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YOU WIN, YOU LOSE     Por Mr. Mulliner*
 

(Primera Parte)

SEGUNDA PARTE

 

CAPÍTULO XII   (17.04.21)

Un par de días después, Henry viajó a Waltonham para poner a Candy al corriente de la situación. Cuando acostaron a Alice, se reunieron en el salón del cottage.

- Candy, me he visto forzado a cortar por lo sano. La semana que viene voy a vender la empresa.

- ¡Henry! ¿Vender la empresa? ¡No es posible!

- Lo es. Es la única solución. Las deudas se acumulan, los ingresos son mínimos, y nadie sabe cuánto va a durar esto. Ahora mismo, he conseguido una oferta razonable. Dentro de un mes, quizá no la mantendrán, y tendríamos que cerrar.

- Pero, Henry, ¿qué vamos a hacer ahora? ¿Se lo has dicho a Arthur? ¿Qué va a decir?

- Se lo he dicho. Tuvimos una fuerte discusión, como te puedes imaginar. Pero ¿qué quieres que haga? Era la mejor alternativa.

- ¡Dios mío, pobre Arthur! ¡Y pobre Maureen! Henry, ¡no lo hagas! Busca otra posibilidad. Tú eres un hombre de recursos, siempre sales adelante –rogó.

- Ya está decidido. Y, en efecto, ya he buscado otra opción. Pero necesito un pequeño capital inicial, y tener las manos libres, sin depender de Arthur o de nadie más.

- ¿Qué has pensado?

- Voy a montar otro negocio. Con mis contactos en el ejército, gestionaré las importaciones para los militares. Haré de intermediario entre ellos y los productores. Conseguiré un buen porcentaje. Ahí es el único sitio donde se mueve dinero en estos tiempos. Necesito una pequeña cantidad inicial para establecer la nueva empresa. Tengo que alquilar unas oficinas, una nave industrial para almacenar las importaciones, hay gastos de papeleo, representación… Con la mitad de lo que saquemos de la empresa, creo que puedo empezar. Y espero obtener beneficios rápidamente.

- ¿Y no podrías mantener a Arthur como socio? –sugirió Candy.

- Imposible. Ya te digo que debo tener control absoluto, sin rendir cuentas a nadie. No quiero entrar en detalles, pero piensa un poco. A veces hay que recurrir a algunas prácticas poco ortodoxas para conseguir resultados.

- Me estás asustando, Henry. ¿Qué quieres decir? ¿No estarás planeando algo ilegal?

- No estoy planeando asesinatos, si es lo que estás pensando. No dramatices. Se trata de buscar soluciones que satisfagan a todo el mundo. Pero ya te digo que cuanto menos sepas, mejor.

- Pues estoy asustada, es verdad. ¿Y cómo vas a hacer todo esto, vas a trabajar tú solo?

- No. Mantendré a Madeleine. Me será muy útil en las gestiones de papeleo.

- ¿Madeleine? –una sombra de duda apareció en el rostro de Candy-. Ella es la única que seguiría, claro…

- Sí, no necesito a nadie más, al menos de momento. Pero una secretaria es imprescindible.

Candy se mantuvo unos instantes en silencio. Luego, se sentó junto a su marido y apoyó su cabeza en el pecho de Henry.

- ¡Qué disgusto, Henry! No podía imaginar que llegáramos a eso. Creo que Alice y yo deberíamos volver a Londres contigo.

- No es una buena idea. Los malditos alemanes están bombardeando Londres y otras ciudades. Estáis mucho más seguras aquí. Vendré con vosotras siempre que pueda, ya lo sabes.

- o -

Por la noche, en la cama, las lágrimas fluían en silencio de los ojos de Candy. No podía dormir pensando en las noticias. Henry hizo un leve intento de aproximación sexual, pero ella lo rechazó. No dejaba de pensar en Arthur y Maureen, en el inicio de su amistad, y también en ella misma y su hijita. ¿Qué pasaría si la nueva empresa de Henry fracasaba? ¿A qué se refería con las prácticas poco ortodoxas? Probablemente pagos ocultos, comisiones ilegales, incluso algo peor: amenazas, coacciones, sobornos… ¿Y si lo descubrían? Y además estaba Madeleine, siempre allí, tan joven y atractiva… Pensó que debía ir a Londres con Henry. Pero, ¿y si los bombardeaban? La vida de su niña, la pequeña Alice, era lo más importante del mundo para ella. Su pensamiento voló también a veces hasta California, donde estaba Dexter. ¡Cómo le echaba de menos! ¡Cuánto le hubiera gustado hablar con él en esos momentos! Pero Dex estaría ahora tan contento, con su nueva amiga española, y quizá ni se acordara de ella. Dio vueltas mil veces en la cama sin lograr conciliar el sueño, mientras, a su lado, Henry dormía con sus típicos ronquidos acompasados. Se levantó en un par de ocasiones para ver dormir a su pequeña, tranquila, como un angelito. Finalmente, cuando ya empezaba a clarear, se sumió en un sopor intranquilo, salpicado de pequeños sueños angustiosos, de los que sólo emergió cuando Alice, en pie junto a su cama, le pedía insistentemente su desayuno.

 

CAPÍTULO XIII   (24.04.21)

Tras la venta de Swathorn Eastern Trade, Henry desplegó su habitual hiperactividad. Con la incansable ayuda de Madeleine, alquiló y rediseñó una pequeña oficina en la City de Londres, perceptible desde la calle únicamente por una plaquita de bronce etiquetada como Hills, Ltd., 3rd floor, Apt. 3. La puerta de acceso al local, en el tercer piso, tampoco presentaba ningún signo de ostentación, semejante a las de los otros dos apartamentos del pasillo. Pero en su interior, el amueblado de la pequeña oficina de Madeleine mostraba ya una clara distinción: moqueta nueva color teja, mesa y estanterías de nogal, dos teléfonos, intercomunicador con el despacho al que servía de antesala y una mesita con servicio de té impecablemente limpio. Y la sensación de elegancia sin ostentación se acentuaba al acceder al despacho del director: gran escritorio, dos butacas de cuero junto a una mesa baja, algunos cuadros con estilo y otros detalles que imponían respeto a cualquier visitante. Una puerta lateral, siempre cerrada con llave, permitía la entrada a una cámara privada, reducto dedicado a los momentos de intimidad de su propietario. Por lo general, los proveedores que fueron llegando a visitar a Henry no eran personas de un destacado nivel social. Por eso, su primera impresión al ser recibidos en tan esmerado local por Madeleine, vestida de manera que resaltaba su ya considerable atractivo, aunque sin caer en la vulgaridad, solía dejarlos unos momentos dudando de si entraban en la oficina correcta. Madeleine los atendía con una amplia sonrisa, y leía cuidadosamente su nombre en la tarjeta de negocios. Entonces, según la importancia del visitante, se limitaba a llamar a su jefe por el interfono anunciando la visita, o, para los de mayor categoría, se levantaba, entreabría la puerta de Henry después de llamar suavemente un par de veces, y susurraba en voz apenas audible:

- Mr. Hills, el señor MMM desearía hablar con usted.

A lo que siempre seguía desde dentro la firme voz de Henry, diciendo:

- Hágalo pasar, Miss Maddox.

Pero Madeleine también resultó ser de gran ayuda cuando era Henry quien debía visitar a alguien, especialmente a militares de alto rango, con los que su jefe se citaba en algún club privado. Los militares mostraban su sorpresa inicial al ver llegar a Henry en tan atractiva compañía, que él se apresuraba a explicar:

- Coronel NNN, le presento a mi Secretaria Ejecutiva, Miss Maddox. La he hecho venir hoy para presentársela, por si en alguna ocasión fuera urgente contactar conmigo y yo no estuviera disponible en ese momento.

El Coronel NNN solía aceptar la explicación, y cuando, después de tomar unas bebidas llegaba el momento de hablar de temas delicados, Madeleine se despedía con discreción:

- Mr. Hills, le recuerdo que esperamos una importante llamada en las oficinas. Si le parece bien, me encargaré de ello –y tras un simple gesto de aquiescencia de Henry, se despedía-. Coronel NNN, ha sido un placer.

El citado coronel la veía alejarse con admiración, y rara vez dejaba de escaparse alguna frase del tipo:

- Vaya, Hills, menuda secretaria… ¡Casi estoy deseando buscarlo cuando no esté disponible!

- o -

Con estos mimbres, el nuevo negocio de Henry pronto empezó a carburar. Primero consiguieron contratos sobre material de pequeño tamaño, de oficina o servicios. Y no hubo que esperar demasiado hasta firmar uno de mayor cuantía, de neumáticos para automóviles de uso militar, incluyendo camiones de transporte de tropa y mercancía. Henry y Madeleine decidieron celebrar este contrato de alguna forma especial, pero Henry, siempre astuto y desconfiado, insistió en demorar unos días la celebración, hasta asegurarse de haber recibido la transferencia bancaria. Cuando por fin comprobaron que ya estaba hecha, Henry consiguió una botella del mejor scotch y una lata de caviar Beluga, y al anochecer, después de cerrar la oficina, se sentaron en los sillones del despacho de Henry y abrieron su preciado trofeo.

- Esta es una combinación deliciosa –comentó Henry-. El sabor salado y crujiente del caviar con el gusto amargo y aroma de roble del whisky. No encontrarás nada igual en el mejor restaurante.

Madeleine cerró los ojos mientras saboreaba los productos.

- Mmm… Tienes razón, jefe. Tú sí que sabes de la vida –afirmó, sonriendo.

- Esto es solo el principio, Maddy. Nos esperan grandes éxitos.

Justo entonces empezaron a sonar las alarmas antiaéreas sobre Londres. Pero Henry mantuvo la calma.

- No quiero echar a perder este momento. Nos quedaremos aquí. Apagaremos todas las luces, correremos las cortinas y encenderemos una vela bajo el escritorio. No necesitamos más iluminación.

Madeleine aceptó, excitada. Al poco rato estaban los dos sentados sobre la moqueta, al borde de la mesa, muy juntos, casi en tinieblas. Madeleine abrió el fuego ofreciendo a Henry caviar con la cucharilla que ella estaba utilizando, mirándolo fijamente a los ojos. Henry lo paladeó, y ofreció a la joven un trago de scotch del vaso del que bebía él…

Unos minutos después volvieron a sonar las alarmas, informando del fin del peligro de bombardeo, pero las luces de la oficina de Hills, Ltd. no volvieron a encenderse.

 

CAPÍTULO XIV   (01.05.21)

Torquay, hacia 1950.

El inspector Fox recibió a Alice Hills en su despacho de la comisaría de Torquay.

- Muchas gracias por venir tan pronto, Miss Hills. Como le informaron los agentes de Londres, su padre falleció en extrañas circunstancias mientras desayunaba en la terraza de un hotel de esta ciudad. Permítame que le hable sin rodeos. El análisis preliminar de su sangre revela que, con gran probabilidad, fue víctima de envenenamiento por alguna sustancia que está siendo investigada.

- No puedo creerlo, inspector. ¿Envenenado? ¿Quién haría eso, y por qué?

- Todo eso se aclarará a su debido tiempo. Lo primero, es preceptivo que usted, como familiar más próximo, reconozca el cadáver y autorice la autopsia.

- Entiendo. Pero aún me cuesta aceptarlo.

- Sígame, por favor –exhortó el inspector levantándose de su butaca.

Bajaron al sótano del edificio, y, tras recorrer varios pasillos, llegaron a una puerta rotulada como “Laboratorio Forense. Prohibido el acceso a personal no autorizado”. Fox llamó, y sin esperar respuesta, entró y franqueó el paso a la joven, quien titubeó unos instantes, aturdida por el frío del interior y el olor a compuestos químicos. Dentro se encontraba el Dr. Carruthers, el forense de la policía.

- Carruthers, le presento a Miss Hills, la hija de Mr. Hills, que falleció ayer.

- Claro, claro. Miss Hills, le acompaño en el sentimiento- y, tras una leve inclinación de cabeza de Alice, prosiguió: - Pase por aquí, por favor.

Accedieron a otra habitación, en la que, sobre una camilla, podía adivinarse un cuerpo cubierto por una sábana. Tras consultar a Fox con una mirada, el Dr. Carruthers descubrió el torso del difunto. Alice, sin acercarse demasiado, confirmó, murmurando.

- Sí, es mi padre. Aunque había ganado peso, y ha perdido pelo.

Fox, algo sorprendido, preguntó:

- ¿Lo encuentra usted muy cambiado?

- Bueno, hace tiempo que no lo veía. Pero vámonos de aquí, por favor.

- Por supuesto. Gracias, Carruthers.

Carruthers asintió en silencio, y Fox condujo de nuevo a Alice a su despacho.

- Miss Hills, ¿puedo ofrecerle una taza de té?

- Sí, se lo agradezco, inspector. No ha sido nada agradable.

Cuando volvió el inspector Fox con un par de tazas de humeante té, reanudó la conversación con la joven.

- Miss Hills, entiendo que ha perdido usted también a su madre recientemente.

- Sí, hace un par de semanas. Llevaba ya mucho tiempo ingresada en una residencia, y estaba muy débil.

- Pero no era una persona mayor, ¿cierto?

- No, inspector Fox. Mejor le cuento todo. Mis padres se separaron cuando yo era una niña. Fue una ruptura muy traumática, y mi madre resultó muy afectada. Cayó enferma, estuvo hospitalizada bastante tiempo, y ya nunca se recuperó anímicamente. Entró en una gran depresión, y fue perdiendo la voluntad, y poco después, el entendimiento. Vivimos juntas unos años, pero al final, tuve que llevarla a una residencia. Mi padre se desentendió de ella por completo, aunque siguió enviándome una asignación cada mes, hasta que cumplí los 21. En todo ese tiempo, apenas lo he visto dos o tres veces. Lo llamé cuando falleció mi madre, pero su secretaria me dijo que estaba de viaje.

- Entiendo. Son tiempos muy difíciles para usted. Lo lamento, pero perdone que pase a asuntos más materiales. ¿Sabe si su padre tenía hecho testamento?

- Ni idea.

- Su padre era el propietario de la empresa Hills, Ltd. ¿Está usted al tanto del funcionamiento de la empresa?

- Lo siento, no conozco los detalles. Sé que tiene una oficina en la zona de negocios del centro de Londres, o al menos allí estaba. Tal vez fuera en ella la última vez que lo vi, hace ya varios años.

- Miss Jennings, la secretaria de su padre, fue quien nos dio su dirección.

- No la conozco en persona. Su anterior secretaria era una tal Miss Maddox –y al inspector Fox no se le escapó el ligero desdén con el que la joven pronunció ese nombre-, pero de eso hace ya mucho tiempo también. Inspector–añadió Alice-, no sé si necesita algo más de mí, pero en caso contrario, si me apresuro puedo llegar a coger el tren de vuelta a Londres. Allí ya sabe dónde encontrarme.

- Solamente necesito su firma para autorizar la autopsia –y, sacando un impreso de un cajón, lo presentó a la joven, quien firmó rápidamente, sin leer el documento-. Puede marcharse, Miss Hills, y gracias otra vez por venir tan prontamente. Me pondré en contacto con usted cuando se realice la autopsia, y probablemente tendremos que hablar de nuevo al empezar la investigación. Sargento –llamó a Burton-, acompañe a Miss Hills a la salida.

Alice se levantó, estrechó la mano del oficial, y siguió al sargento Burton hacia la puerta de la comisaría. En la entrada se cruzó unos instantes con Jane Maple, quien, acompañada por Dora Wopleton, su inseparable amiga, venía a hablar con el inspector Fox. Jane observó a Alice Hills con cierta atención, pero continuó sin hacer ningún comentario hasta el despacho del inspector.

- ¡Ah, Miss Maple! –exclamó éste al verla-. Gracias por venir. Hoy va todo el día del caso Hills, por lo que parece. Acaba de salir de aquí su hija. Puede que se haya usted cruzado con ella.

- Sí, inspector. Era la joven del vestido gris que hemos visto salir, ¿no es así? Había algo en ella que me resultaba familiar. Por cierto, he venido con mi amiga, Miss Wopleton. ¿Tiene usted algún inconveniente?

- ¡En absoluto! Siéntense, por favor. Pasa tú también, Burton. Veamos qué más nos cuenta Miss Maple, con su agudo poder de observación.

 

CAPÍTULO XV   (08.05.21)

Miss Maple repitió frente a los agentes sus observaciones respecto al hombre que había compartido la mesa unos minutos con Mr. Hills, y respecto a la cajita de edulcorantes que apareció en el bolsillo de la víctima. Fox la escuchó con toda atención, mientras Burton tomaba notas en su libreta (como hacen todos los policías en estos casos).

- Usted mencionó en el hotel que no le parecía que los hombres fueran realmente amigos, y que la florista no parecía una verdadera florista. ¿Puede comentarnos algo más al respecto?

- En realidad, se trata de una especie de impresión general, si quiere llamarlo así, inspector. La conversación entre los dos caballeros me recordó a otra que había presenciado años atrás: como en aquella ocasión, se notaba que ellos se conocían bien, pero mantenían una actitud de respeto y cierta agresividad contenida, más que cordialidad entre amigos. Además, su aspecto general era muy diferente; aunque los dos iban correctamente vestidos, Hills era claramente un hombre de negocios, y su visitante parecía otra cosa, quizá un deportista, o un científico… Sí, yo diría que un científico. Y su ropa tenía un corte poco habitual por aquí. ¿Sería americano?

Fox hizo un gesto con la cabeza en dirección a Burton, quien respondió afirmativamente, mientras anotaba algo con rapidez.

- Prosiga, por favor –rogó el inspector.

- En cuanto a la florista, su comportamiento fue algo extraño. Para empezar, se dirigió directamente a la mesa de Hills, después de observar la terraza unos instantes. ¿Por qué no a la mesa donde estaba ese distinguido señor extranjero y su acompañante? Alguno de los dos podría haber comprado una flor para su ojal. Y luego, con Hills, se acercó mucho, casi se le echó encima, hasta que él hizo un gesto con la mano para apartarla, y luego retiró su mano rápidamente, como si se hubiera pinchado con algo. Y la supuesta florista se alejó a toda prisa, incluso antes de que el camarero viniera a echarla. Además, caminaba con cierta elegancia y aplomo, distinto de como se mueven las floristas o las gitanas. Una florista se hubiera encarado unos instantes con el camarero, como hacen las gitanas que nos visitan a veces en nuestro pueblo.

- Es decir, usted supone que era una mujer disfrazada de florista, si la he entendido bien.

- Me parece muy posible, inspector. Pero todo esto no sé si tiene algún sentido o algún interés para ustedes.

- ¡Ya lo creo! Sus apreciaciones son extremadamente valiosas. Supongo que habrá oído que la causa de la muerte de Mr. Hills pudo haber sido algún tipo de veneno, por lo que debemos hacer una investigación exhaustiva. Por eso, sus impresiones pueden ser de la mayor utilidad.

- Me alegro mucho, inspector.

- Una cosa más, Miss Maple. ¿Cree que podría describir a esas dos personas a nuestro dibujante? Quizá podríamos preparar un retrato robot. No tenemos ninguna otra pista para buscarlas.

- Claro, podemos intentarlo. ¿Me ayudarás, Dora? Tú te fijas más en las caras.

- ¡Sí, sí! Vamos a hacerlo. Ya tenía yo ganas de ayudar a detener a un asesino –exclamó Dora Wopleton, excitada, provocando la sonrisa en todos los presentes.

- En todo caso –continuó Jane-, tenemos previsto permanecer aun algunos días en Torquay. Si desea que volvamos a hablar, inspector, puede encontrarnos en el hotel. A decir verdad, me encantaría saber cómo termina este caso –añadió, sonriendo.

- No se preocupe, Miss Maple. Puede estar segura de que la mantendremos informada. Y no sería extraño que volvamos a preguntarle algo más. Muchas gracias por su visita. Burton…

- Sí, inspector. Las llevo con Percy –dijo el sargento, levantándose y abriendo la puerta para franquear el paso a las dos señoras.

Cuando Burton volvió al despacho, el inspector Fox dijo:

- Creo que va siendo hora de que hagamos una visita a las oficinas de Hills, Ltd. y hablemos con Miss Jennings, la secretaria. Hay demasiadas cosas que ignoramos de este asunto. Prepárese a un largo viaje, Burton. Sé que le gusta conducir, y tendremos para unas horas. Para cuando volvamos, ya estará listo el informe de la autopsia.

- o -

Durante el viaje, hicieron un alto en Amesbury, y se dispusieron a cenar en el Green Lion, un atractivo pub, a través de cuyas ventanas se podía adivinar un animado ambiente. La camarera los atendió en la barra con una amplia sonrisa:

- ¡Buenas noches, chicos! ¿Qué os sirvo?

- Hola, joven –contestó Fox, alegremente-. De momento, un par de pintas. Y algo para cenar. ¿Qué nos recomiendas?

- Aquí está todo bueno, encanto. Pero me parece que os va a gustar el Shepherd’s Pie.

- Por mí, perfecto. ¿Burton?

- Yo prefiero un Gammon Steak.

- ¡Marchando! Sentaros donde queráis, que os lo llevaré a la mesa –repuso la camarera, entregando sendas pintas a los detectives.

Tras los primeros sorbos, el inspector Fox comentó:

- Me gusta este asunto, Burton. Hace tiempo que no teníamos algo interesante que investigar en Torquay. Pero debemos ir con discreción y rapidez. Si la cosa se complica, los buitres de Scotland Yard estarán sobre nuestras cabezas en un santiamén.

- Sí, jefe. Si hacemos caso a Miss Maple, tenemos al menos dos sospechosos: una joven capaz de disfrazarse de zíngara con todo aplomo, y un científico, posiblemente americano.

- Pero recuerda que el difunto también desayunó en su habitación. Podría haber sido envenenado entonces.

- Tiene razón, inspector.

- De cualquier forma, estoy asombrado por la concisión de las apreciaciones de esa señora. Tengo curiosidad por ver los dibujos que haya podido hacer Percy a partir de sus indicaciones.

- Y yo tengo curiosidad por conocer a la secretaria Miss Jennings. El fiambre tenía pinta de vivir bien. Me da que se buscara una secretaria de buen ver, y algo más…

- Deberías tener un poco más de respeto, Burton. Pero estoy de acuerdo en parte. Los hombres de negocios se lo suelen montar bien. Mañana saldremos de dudas.

Disfrutaron satisfactoriamente de la gastronomía local. Cuando la camarera vino a recoger los platos, los observó unos instantes con expresión divertida, y al rato preguntó:

- ¿Y qué hacen dos polis de Torquay en mi modesto establecimiento?

Los agentes la miraron con asombro. Pero Fox no quiso delatarse por completo:

- ¿Y quién te ha dicho que somos polis? ¿Y que venimos de Torquay?

La camarera rompió a reír.

- Mi poder de observación, naturalmente. Tenéis acento del sur, de esa zona. Y el jovencito te trata con cierta deferencia, y como no es tu hijo, ni sois militares, tendréis que ser polis.

Fox, divertido, no supo qué contestar. Y entonces ella prosiguió:

- Bueno, y también porque soy de allí y os conozco a los dos. Soy Molly, la hija de Bradford, el panadero. Me casé y me vine a vivir aquí, pero he vivido unos cuantos años en Torquay. Y tú una vez intentaste ponerme una multa por tirar petardos, ¿no te acuerdas? –añadió, dirigiéndose a Fox.

Los tres celebraron el reencuentro con gran regocijo. Tuvieron que interrumpirlo cuando desde una mesa próxima, un mozarrón llamó a grandes voces:

- ¡Molly! ¡Estamos secos!

Poco después, al pagar, se despidieron de Molly:

- Lamentablemente el deber nos llama. Pero ha sido un gran placer volverte a ver. Y la cerveza y la cena estaban deliciosas.

- Pues ya sabéis dónde encontrarme la próxima vez. Y que atrapéis muchos malhechores.

Tras la cena, continuaron el viaje llegando a Londres bien entrada la noche, alojándose en una modesta pensión.

 

CAPÍTULO XVI   (15.05.21)

A primera hora de la mañana siguiente, se dirigieron a las oficinas de la empresa de Hills. Miss Abigail Jennings, la secretaria, los recibió, sorprendida al conocer su identidad.

- Pasen, por favor. Aunque había hablado con alguno de ustedes por teléfono, no tenía ni idea de que la policía vendría por aquí.

Miss Jennings tenía un aspecto muy profesional. Rondaría los cuarenta y tantos, y vestía un discreto traje de franela. No era especialmente atractiva, y desde luego, no transmitía la imagen de una típica secretaria de la que el jefe se encapricharía, como sospechaba Burton.

La entrevista con Miss Jennings no arrojó mucha luz. Llevaba solo unos meses con Mr. Hills, enviada por la agencia Administration and Secretary Services. Se ocupaba de la parte estrictamente profesional de la empresa; Hills se encargaba personalmente de todos sus asuntos personales, aunque ella había hablado con su hija, Alice Hills, cuando llamó para informar a su padre del fallecimiento de su ex-esposa. Mr. Hills no hizo ningún comentario cuando Miss Jennings le pasó el recado correspondiente. Al parecer, el comportamiento de Mr. Hills había sido un poco desacostumbrado en las últimas semanas. Parecía algo despreocupado por asuntos económicos, incluyendo alguna reclamación de proveedores por retrasos en los pagos, algo muy poco habitual en él. Además, se había ausentado de la empresa con cierta frecuencia en mitad del día, sin dar ninguna explicación o información de adonde se dirigía. Miss Jennings lo atribuyó a la proximidad de sus vacaciones en Torquay, en las que parecía estar especialmente interesado. Había insistido en que ella comprobara que le habían reservado la suite 114. Y tras la pregunta acerca de un posible testamento de Mr. Hills, la secretaria no podría asegurarlo, pero encontró una factura reciente de un notario, de la que Burton tomó nota.

El inspector Fox solicitó a Miss Jennings una lista de todos los clientes de Hills de los últimos dos años, y la secretaria prometió enviársela a la comisaría lo antes posible. Los agentes inspeccionaron el despacho de Hills, y poco después se despidieron:

- Miss Jennings, gracias por su ayuda. Procure no tocar nada, y sobre todo, no tire ningún papel. Vendrán más policías a examinarlo todo.

Cuando salieron a la calle, el sargento Burton comentó:

- ¿Se ha fijado, jefe? Ni una foto, ni un papel encima de la mesa de Hills. Este tipo era algo curioso.

- Es cierto, Burton. Y su secretaria no ha sido de mucha ayuda. Creo que tanto la agencia de contratación como el notario nos darán algo más de información. Empecemos por el último.

- o -

En la notaría Pendleton, Pendleton & Middlesbrough, fueron recibidos por el mayor de los primeros, de edad avanzada, pero en perfectas condiciones.

- No tenía noticia del fallecimiento de Mr. Hills. Lo lamento mucho. Era un distinguido caballero.

- Mr. Pendleton, necesitaríamos saber si había otorgado testamento, y lo que figura en él.

- Sí, lo hizo, precisamente hace menos de un mes. En cuanto a su contenido, caballeros, no sé si debo…

- Lamentablemente, las circunstancias del fallecimiento no son demasiado claras, y debemos investigar todos los detalles –respondió el inspector Fox-. Si fuera tan amable de informarnos, ahorraríamos tiempo y esfuerzos.

Mr. Pendleton pareció dudar unos instantes, pero al final sacudió la cabeza afirmativamente.

- Está bien. En realidad, no hay ningún misterio. Recuerdo los términos perfectamente, pero se lo enseñaré de todas formas. Mrs. Truthwaite, venga, por favor –llamó, alzando la voz.

A la llamada acudió su empleada, no mucho más joven que su jefe, arrastrando un poco los pies. Cuando se acercó suficientemente a la mesa, Mr. Pendleton pidió con voz fuerte y pausada:

- Tráigame el expediente de Mr. Henry Hills, por favor.

Cuando Mrs. Truthwaite se alejó, el notario aclaró a los agentes:

- Esta chica es un encanto y es muy eficaz, pero ha perdido algo de oído.

Instantes después, Mr. Pendleton confirmaba que Mr. Hills legaba todos sus bienes, que consistían en la empresa de su propiedad, un apartamento en el centro de Londres, algunas acciones y dinero en efectivo en varias cuentas bancarias, a su única hija, Alice Hills. Según las normas legales, los detalles de estas propiedades se harían públicos tras la lectura oficial del testamento a su heredera.

Agradeciendo a Mr. Pendleton, Senior, su valiosa ayuda, los agentes comentaron esta información al encontrarse en la calle.

- El apartamento puede ser bastante valioso –observó el inspector Fox-, pero del valor actual de la empresa y todo lo demás, habrá que informarse. Me temo que tendremos que pedir ayuda a nuestros colegas de Londres.

- Bueno, jefe, y ahora, ¿a la Agencia de Secretarias?

- Así es, Burton. Ya veo que se le está poniendo cara de emoción…

- o -

En Administration and Secretary Services fueron recibidos por la Directora, Mrs. Scott, en su despacho privado, al que se accedía atravesando una amplia sala con varias jóvenes trabajando afanosamente con sus máquinas de escribir. Burton avanzó lo más lentamente posible, saludando sonriente a varias de las secretarias, consiguiendo que alguna le devolviese el saludo con una sonrisa. Mrs. Scott, que parecía mirar al inspector con clara simpatía, recordaba muy bien el caso de Mr. Hills.

- Era un cliente muy especial. Durante varios años tuvo una única secretaria, pero en algún momento la relación se rompió. Entonces acudió a nuestra Agencia y desde aquí le proporcionamos el personal que necesitaba. La verdad es que no hubo mucha suerte con las empleadas que le enviamos. En varios casos sus contratos no duraron más de seis o siete meses.

- ¿Mr. Hills era demasiado exigente? –inquirió Fox.

- No exactamente. Pero parece que el trato personal era complicado.

- Mrs. Scott, ¿podría ser más específica? ¿Quizá intentaba aprovecharse de las jóvenes?

La Directora se levantó y se aseguró de que la puerta de su despacho estuviera bien cerrada. Luego continuó bajando un poco la voz, a la vez que se inclinaba hacia Fox, que obtuvo así una generosa visión de su escote:

- Mr. Hills pagaba muy bien. Es posible que también tuviera las manos un poco largas…

- Ya entiendo.

- Pero no es solo eso. Me consta que algunas jóvenes estarían dispuestas a aceptar algún toqueteo, o algo más, dentro de un empleo bien pagado. Pero también hay otras que, cuando conseguían una situación que estimaban suficientemente controlada, intentasen tener alguna iniciativa, personal o en el negocio. Y eso Mr. Hills no estaba dispuesto a aceptarlo de ninguna manera, y eran despedidas inmediatamente.

- ¿Se le ocurre que alguna decidiera hacerle pagar caro ese comportamiento a su antiguo jefe?

- Lo dudo mucho. Mis secretarias son unas chicas sensatas y no cometerían tonterías. Pero si lo desea, puedo prepararle una lista de todas las que han trabajado para Mr. Hills –ofreció, con una sonrisa.

- Se lo agradezco, Mrs. Scott. ¿Y qué me dice de Miss Jennings, la actual secretaria?

- A la vista de los antecedentes que le comentaba, se me ocurrió enviar a Abigail Jennings cuando Mr. Hills pidió una nueva secretaria. Es un poco distinta de las más jovencitas, pero es una persona de gran seriedad y capacidad de trabajo. Me parece que esta vez habíamos dado en el clavo. Sería una lástima que ahora se quedase sin empleo. Inspector, ¿sabe usted si la empresa Hills, Ltd., seguirá funcionando?

- Es pronto para saberlo. Tendrán que ser los herederos de Mr. Hills quienes lo decidan.

- Mientras encargo a Jenny que prepare la lista, ¿le apetecería una taza de té, inspector?

- Gracias, es una idea excelente. Burton, vaya usted con Jenny a preparar esa lista…

- o -

Ese mismo día regresaron a Torquay. Por la noche, al dejar al inspector Fox en su domicilio, el sargento Burton comentó:

- ¡Ah, estoy cansado! Ha sido un largo día, inspector. Supongo que mañana no hará falta madrugar, ¿no?

- No, con que estés en la Comisaría a las 8 y media será suficiente –respondió Fox, ignorando el gesto de fastidio de su suboficial-. Gracias, Burton. Que descanses.

El sargento afirmó con la cabeza, sin fuerzas para discutir con su jefe.

 

CAPÍTULO XVII   (22.05.21)

A la mañana siguiente, cuando llegó Burton al trabajo, Fox estaba leyendo con gran interés el informe sobre la autopsia de Mr. Hills.

- Es muy interesante, Burton. Carruthers ha encontrado tres tipos distintos de sustancias tóxicas en el organismo del difunto. Sólo una de ellas tenía concentración suficientemente alta para causar la muerte, neosaxitoxina, NXT, comúnmente llamada curarina. El pinchazo en la mano estaba infectado con un hongo habitual en los rosales, y además había fosfato de sodio en el sistema digestivo. Parece que alguien, o algunos, estaban dispuestos a deshacerse de Hills a toda costa.

- ¿Se sabe cómo le suministraron esas drogas?

- Lo único que parece claro es lo del hongo de los rosales, que debió ser consecuencia de la acción, voluntaria o involuntaria, de la florista.

- Más bien parece lo primero, inspector.

- Es probable. Las otras dos debieron de ingerirse oralmente, quizá disueltas en el café o té. Carruthers ha analizado también el edulcorante en la cajita de Hills sin encontrar nada extraño. Sargento, creo que debemos darnos otro paseo por el Hotel Atlantic. Quizá el famoso detective Poiret haya deducido o recordado algún otro detalle, o tal vez se le ocurra algo a la vista del informe de la autopsia.

- Muy bien, inspector. Al menos no tendré que conducir horas y horas hoy también…

- Nunca se sabe, Burton. El día es muy largo.

- o -

Cuando llegaron al hotel, Poiret estaba aún desayunando, en el restaurante interior, sentado junto a una gran ventana. El día estaba algo nublado y destemplado para ocupar la terraza exterior. Cuando los vio llegar, Poiret hizo un leve gesto de levantarse, y señalando un par de sillas junto a su mesa, ofreció:

- Bon jour, inspector, sargento... Por favor, acompáñenme en el desayuno. Les estaba esperando.

Fox no pudo evitar un leve gesto de sorpresa, y preguntó, mientras tomaban asiento:

- ¿De veras? ¿Cómo sabía que vendríamos?

- ¡Ah, es sencillo! Han pasado unos días desde el fallecimiento de Mr. Hills, por lo que la autopsia ya se habrá celebrado, y seguramente, contando con su amabilidad, han pensado en informarme de su resultado –respondió Poiret, mientras su rostro parecía indicar más bien: “… y necesitan ayuda para resolver el caso”.

Pero Fox no quiso dar su brazo a torcer:

- En realidad hemos venido a hablar de nuevo con personal del hotel, pero pensando que estaría usted por aquí, se nos ha ocurrido pasar a saludarlo. Aunque es verdad –admitió, al fin-, que ya tenemos el informe de la autopsia. Y es interesante, la verdad.

- Cuénteme, inspector. Poiret le escucha con la mayor atención.

Fox informó a Poiret de los resultados de la autopsia. De vez en cuando, el famoso detective belga asentía con la cabeza, como dando a entender que ya sospechaba esos resultados. Cuando finalizó, el inspector preguntó:

- M. Poiret, ¿se le ocurre alguna explicación? Y por otra parte, ¿ha recordado algo en particular sobre lo que ocurrió aquel día? Nunca nos contó cómo sabía lo del famoso sobre en los bolsillos de Hills, por cierto.

Poiret permitió una amplia sonrisa en su rostro.

- Eso fue muy simple, inspector. Es uno de los trucos habituales de los prestidigitadores. El visitante de Mr. Hills se inclinó ligeramente hacia él, como para dar un recado en voz baja, que concluyó con una pequeña palmada en el hombro, y con estas maniobras desvió la atención de su otra mano, con la introdujo algo que me pareció un sobre en el bolsillo de la chaqueta de Mr. Hills.

- Sí, ya entiendo –afirmó Fox.

- Lo que significa que el citado visitante era muy hábil, realmente, al poder ejecutar esta maniobra llevando guantes.

- ¿Guantes? –se sorprendió el inspector-. Nadie nos había comentado ese detalle.

- ¡Ah, oui! Eran unos guantes finos, de color beige claro. No muy diferentes a los míos, aunque de distinta tonalidad.

- Pero, ¿por qué llevar guantes? Hacía un día caluroso–preguntó el sargento. E inmediatamente, trató de rectificar, al darse cuenta del comentario de Poiret-; quiero decir, que no eran necesarios…

- Ya sé lo que está pensando, sargento –adivinó Poiret, siempre sonriente, aunque en este caso parecía más bien una sonrisa condescendiente-. Recuerde el dicho: Et les gants ne doivent manquer, si élégant on veut-y-aller.

Ante la cara de pasmo del sargento, Poiret aclaró, en una mezcla de idiomas:

- Es un pequeño juego de palabras, mes amis: “Et les gants” quiere decir: “y los guantes”, y “élégant”, ça veux dire: “elegante”.

(N. del A.: Para mí que este refrán se lo acaba de inventar M. Poiret, que conste)

- Pero, en cualquier caso –observó el inspector, más atento a los detalles relevantes-, según tenemos entendido, el visitante no era especialmente elegante.

- ¡Ah, très bien, inspector! Es usted muy observador. Efectivamente, si no iba elegantemente arreglado, ¿por qué llevar guantes? ¿Qué propósito puede tener utilizar guantes? –dijo Poiret, acompañando sus palabras de una sonrisa ladina.

- ¡Por todos los diablos! –exclamó Fox, dando un puñetazo sobre la mesa- ¡Para no dejar huellas!

Poiret asintió, con un ligero movimiento de la cabeza.

- Lo que nos aclara algo las cosas. Digamos que la florista inoculó los hongos a Mr. Hills, ¡ah!, eso seguro que ya lo habían deducido, y el visitante pudiera haberle suministrado el veneno, quizá en las pastillas edulcorantes, o vertiéndolo en la taza sin que Mr. Hills se apercibiera. Pero, le ruego me perdone, inspector, no estoy asegurando que así fuera. Poiret no afirma nada hasta que tenga evidencias concluyentes.

- Sí, tiene razón, M. Poiret. En todo caso, esta charla ha sido de lo más reveladora.

- Hay una cosa más, que seguramente ya han pensado también –continuó Poiret-. Por lo que sé, Mr. Hills estaba aquí solamente unos días de vacaciones, y habitualmente residía en Londres. Si alguien quería eliminarlo, tenía que saber que se encontraría precisamente en este lugar en la fecha indicada. ¿Alguien que conocía su agenda?

Mientras los agentes se miraban, tratando de asimilar esta idea, apareció por el restaurante el Director del hotel, quien, nada más verlos, intentó alejarse, pero no pudo evitar que el inspector lo reclamase:

- ¡Mr. Folkson! Justamente queríamos hablar con usted. ¿Le importaría acompañarnos? Seguramente a M. Poiret no le importará estar presente –añadió, girándose hacia el detective, que admitió su beneplácito.

Mr. Folkson se sentó junto a ellos.

- ¿Cómo están, señores? ¿En qué puedo ayudarlos?

- Seguimos investigando lo ocurrido a Mr. Hills. Díganos, ¿cuándo se hizo su reserva? ¿Mr. Hills venía frecuentemente a su hotel?

- No recuerdo cuándo se hizo la reserva; estará anotado en nuestra agenda. Pero sí, Mr. Hills venía todos los años por estas fechas a nuestro célebre establecimiento, y siempre reservaba la suite 114. En los primeros tiempos, hace ya bastantes años, a veces le visitaba su secretaria durante su estancia. Era una señora muy atractiva, por cierto. Mr. Hills debía de estar muy ocupado, pues con frecuencia pasaban días enteros trabajando en su suite. Solamente salían a cenar a nuestro distinguido restaurante. Pero hace ya varios años que su secretaria no ha venido por aquí. ¡Ahora lo recuerdo! Su nombre era Miss Maddox.

El aplicado sargento Burton continuó tomando notas de todos estos detalles. El Director del hotel continuó:

- Señores, si me necesitan, estoy a su disposición. Pero si no es necesario me temo que debo abandonar su ilustre compañía. Estamos muy ocupados, es temporada alta y encima se ha despedido una de nuestras doncellas.

- ¿Por algún motivo en particular? –inquirió Fox.

- Bueno, podríamos decirlo así. Es esa joven cabeza hueca, Miss Dolittle, precisamente la que conocieron ustedes, la que arregló la habitación del pobre Mr. Hills. Ha dicho al encargado que se iba inmediatamente: “¡No quiero encontrarme un fiambre en la bañera cualquier día de estos!” ¡Qué falta de respeto! En fin, caballeros…- y Mr. Folkson se levantó para marcharse.

Pero el inspector Fox lo retuvo por un brazo:

- Solamente una cosa más, Mr. Folkson. ¿Puede proporcionarnos la dirección actual de Miss Dolittle?

- Claro, inspector. Si es tan amable, pásese por la oficina. Mi secretaria se la indicará.

Cuando se alejó, Poiret comentó:

- Buena idea, inspector. Puede ser muy útil investigar a esa joven. Una cosa más, inspector. ¿Sería tan amable de describirme el contenido del sobre hallado en el bolsillo de Mr. Hills?

- Ciertamente. Era una pequeña tarjeta con la inscripción: You win, you lose. Nada más. Y tampoco se han podido encontrar huellas dactilares, ni en la tarjeta ni en el sobre.

- “You win, you lose” -musitó Poiret-. Una apuesta, sin duda.

- Y ahora, M. Poiret, debemos marcharnos. Se han abierto nuevas vías a nuestra investigación. Muchas gracias por su cooperación.

Poiret les saludó con una ligera inclinación de cabeza, mientras mantenía una leve sonrisa en sus labios.

- o -

- Burton, tenemos mucho trabajo por delante. Hay que seguir la pista a esa Miss Dolittle, que probablemente es un nombre falso, por cierto. Y debemos localizar a la famosa ex-secretaria, Miss Maddox. Se impone una charla con ella. Y hay que investigar también a todas las personas que pudieran saber que Hills estaría aquí en esas fechas.

- Entre ellas, su hija Alice Hills, inspector.

- Cierto. La cual, además, heredará un buen pellizco. Puede convertirse en nuestra principal sospechosa de momento.

- Sin olvidar al famoso científico americano que describió Miss Maple.

 

CAPÍTULO XVIII   (29.05.21)

 

La primera de esas gestiones no tuvo éxito. La dirección de Miss Dolittle en Torquay era de una pensión, donde confirmaron que la joven había estado alojada allí un par de semanas, pero que dos días atrás se había despedido precipitadamente, sin dejar ninguna otra dirección de contacto. La dueña de la pensión la describió como una joven seria y trabajadora, que madrugaba todos los días para acudir a su trabajo y volvía al anochecer. En todo el tiempo que estuvo allí, ninguna visita, ninguna llamada, nada digno de mención.

El segundo objetivo, localizar a Miss Maddox, tampoco parecía sencillo. Su nombre no figuraba en la lista de antiguas secretarias de Mr. Hills que habían conseguido en la Agencia de empleo. De vuelta en la Comisaría, Burton hubo de encargarse de empezar a rastrear a todos los Maddox que figuraban en diversas listas de teléfono o correos de Londres, y con la ayuda de otros agentes, empezaron a hacer llamadas para ir descartando candidatos. Este trabajo era todavía más aburrido que conducir durante horas, por lo que Burton tuvo una ocurrencia.

- Inspector, mientras otros agentes se encargan de rastrear a los Maddox, ¿no sería conveniente volver a Londres y visitar personalmente a Miss Alice Hills?

- Quizá no sea mala idea, Burton. Podríamos repetir el viaje. El shepherd’s pie del Green Lion de nuestra amiga Molly estaba muy rico. Y su bitter era de las mejores cervezas que se encuentran por la zona… Y además podríamos echar un vistazo al piso de Mr. Hills, por si encontramos algo interesante por allí.

- ¿Voy sacando el coche, inspector? –preguntó ávidamente Burton, temeroso que su jefe cambiara de idea.

- De acuerdo. Pero tendremos que pasar por casa para recoger algunos efectos personales.

- o -

Sonó el timbre de la puerta de la casa de Alice Hills. Cuando la abrió, exclamó:

- ¡Wendy! ¡Me alegro mucho de verte! Pasa, por favor.

Wendy Swathorn y Alice se saludaron cariñosamente. Amigas desde la infancia, habían mantenido una muy buena relación a lo largo de los años.

- Ya me imaginaba que vendrías por aquí –dijo Alice.

- Claro. Después de lo de tu madre hace apenas quince días, ahora tu padre… Te acompaño en el sentimiento, Ali.

- Muchas gracias, Wendy, aunque ya sabes que no tiene nada que ver. Hacía años que no veía a mi padre.

Se sentaron a tomar un café. Wendy continuó:

- Ya lo sé. La verdad es que tu padre no era bueno, pero no deja de ser tu familia. Y su fallecimiento en extrañas circunstancias…

- Sí, es todo muy raro. ¿Qué ha dicho tu madre?

- Se ha quedado muy sorprendida. Pero creo que en el fondo se ha alegrado. Ya sabes que nunca perdonó a tu padre su manera de comportarse con el mío.

- Y no la culpo. ¡Pobre Arthur! Y después, lo de Madeleine Maddox fue lo que acabó de destrozar a mi madre también.

- Ali, tengo algo que confesarte –comentó Wendy-. Me da vergüenza, ahora me arrepiento de haberlo hecho, pero ya es tarde. Espero que no me odies por ello.

Alice, sorprendida, tomó las manos de Wendy entre las suyas:

- ¿Qué estás diciendo, Wendy? Eres mi mejor amiga, nunca podría odiarte.

Wendy la miró a los ojos, y luego bajó la mirada y continuó en voz baja.

- Verás, quise ver de cerca a tu padre, y darle una lección. Es una estupidez, ya lo sé, pero me pareció una buena idea. Supe que iba a ir a Torquay, al Hotel Atlantic, y me presenté allí, buscando un trabajo de doncella. En temporada alta, siempre necesitan gente, y no se preocupan mucho de pedir referencias. En seguida me contrataron. Y en cuanto llegó tu padre, me las arreglé para encargarme de su habitación. Y entonces… -se interrumpió, avergonzada-. Me cuesta mucho decir esto, pero tengo que contártelo. Cuando pidió el desayuno en la habitación, por la mañana, yo le llevé el café, y algunos bollos. Sólo que … sólo que, en el café, eché una dosis de purgante. Quería que le hiciera efecto de pronto, en mitad de la mañana.

Alice la escuchaba asombrada, sin saber qué decir. Wendy prosiguió su narración:

- Pero no observé que le afectara lo más mínimo. Así que al día siguiente doblé la dosis. Y entonces fue cuando pasó lo de la terraza… Pero lo mío no pudo haberle envenenado, te lo aseguro –se apresuró a añadir-. Era una dosis como para que no le diera tiempo a llegar al baño, pero nada más. Es imposible que eso pudiera causarle la muerte.

Solo entonces se atrevió a mirar de nuevo a los ojos a su amiga. Y lo que observó en ellos era una mezcla de preocupación y risa contenida.

- ¡Wendy, qué ocurrencia! Imagínate si se lo hubiera hecho encima… -y Alice rompió a reír, con una risa nerviosa, a la que Wendy acabó por sumarse también. Cuando se tranquilizaron un poco, Wendy suplicó:

- Ali, dime que me perdonas, por favor.

- Wendy, cielo, no te preocupes –estuvo unos instantes en silencio, y luego continuó-: De hecho, yo también tengo que confesarte algo. Es todavía más tonto que lo tuyo.

Ahora fue Wendy quien puso cara de asombro.

- Verás, cuando lo llamé para decirle que había fallecido mi madre, no pude hablar con él, pero su secretaria me dijo que estaba a punto de ir a Torquay de vacaciones. Y entonces yo también quise darle una lección. Me compré una peluca morena y rizada, encontré unos vestidos viejos y algo llamativos, y compré unas cuantas rosas. Dejé que alguna se pudriera en agua, y llené una pequeña jeringuilla con ese líquido. Cuando estaba todo a punto, fui a Torquay disfrazada de florista o gitana o algo así. Mi plan era buscar el momento oportuno, en mitad de la gente, y pincharle con la jeringuilla tratando de pasar desapercibida. En el fondo, no sabía si me atrevería a hacerlo. Pero cuando lo vi tan tranquilo, desayunando en la terraza, mirando al mar como si no tuviera una preocupación en la vida, no pude contenerme. Me dirigí a él pretendiendo venderle unas rosas, pero ni se dignó mirarme. Levantó la mano para quitarme de en medio, y entonces le di un pequeño pinchazo, y salí corriendo de la terraza.

Sólo entonces pudo Wendy cerrar la boca que había tenido abierta como un plato mientras escuchaba a su amiga.

- ¡Alice! ¿De verdad hiciste eso?

- Como lo oyes. Pero tampoco eso era grave como para provocar su muerte instantánea. Como mucho, una infección leve que hubiera podido curar con un desinfectante.

- ¡Santo cielo, Wendy! ¡Vaya dos! –y de nuevo las amigas se echaron a reír, sin poderse contener.

Luego, Wendy observó:

- Entonces, si no hemos sido nosotras, ¿quién lo envenenó?

- ¡Dios mío! –exclamó Alice- ¡Espero que no haya sido el tío Dex! –y aclaró-: Ya sabes, Dexter Redfern, el amigo de mi madre. Le llamaba tío Dex de niña. Era siempre muy cariñoso conmigo, y mamá lo quería mucho. Le envié un telegrama a California cuando ella murió. Pero no tengo noticias suyas, ni supongo que haya venido a Inglaterra por ahora.

En ese momento, el timbre de la puerta volvió a sonar.

 

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* Mr. Mulliner es un seudónimo, bajo el que se oculta Rudolph Mulliner, también conocido como Rodolfo Molinero.**

** Que también es otro seudónimo, dicen que de un tal Rafael Escribano.