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Mr. Mulliner*                                                                          ((VER anteriores) anteriores)

CAPÍTULO XIV   (01.05.21)

 

Torquay, hacia 1950.

El inspector Fox recibió a Alice Hills en su despacho de la comisaría de Torquay.

- Muchas gracias por venir tan pronto, Miss Hills. Como le informaron los agentes de Londres, su padre falleció en extrañas circunstancias mientras desayunaba en la terraza de un hotel de esta ciudad. Permítame que le hable sin rodeos. El análisis preliminar de su sangre revela que, con gran probabilidad, fue víctima de envenenamiento por alguna sustancia que está siendo investigada.

- No puedo creerlo, inspector. ¿Envenenado? ¿Quién haría eso, y por qué?

- Todo eso se aclarará a su debido tiempo. Lo primero, es preceptivo que usted, como familiar más próximo, reconozca el cadáver y autorice la autopsia.

- Entiendo. Pero aún me cuesta aceptarlo.

- Sígame, por favor –exhortó el inspector levantándose de su butaca.

Bajaron al sótano del edificio, y, tras recorrer varios pasillos, llegaron a una puerta rotulada como “Laboratorio Forense. Prohibido el acceso a personal no autorizado”. Fox llamó, y sin esperar respuesta, entró y franqueó el paso a la joven, quien titubeó unos instantes, aturdida por el frío del interior y el olor a compuestos químicos. Dentro se encontraba el Dr. Carruthers, el forense de la policía.

- Carruthers, le presento a Miss Hills, la hija de Mr. Hills, que falleció ayer.

- Claro, claro. Miss Hills, le acompaño en el sentimiento- y, tras una leve inclinación de cabeza de Alice, prosiguió: - Pase por aquí, por favor.

Accedieron a otra habitación, en la que, sobre una camilla, podía adivinarse un cuerpo cubierto por una sábana. Tras consultar a Fox con una mirada, el Dr. Carruthers descubrió el torso del difunto. Alice, sin acercarse demasiado, confirmó, murmurando.

- Sí, es mi padre. Aunque había ganado peso, y ha perdido pelo.

Fox, algo sorprendido, preguntó:

- ¿Lo encuentra usted muy cambiado?

- Bueno, hace tiempo que no lo veía. Pero vámonos de aquí, por favor.

- Por supuesto. Gracias, Carruthers.

Carruthers asintió en silencio, y Fox condujo de nuevo a Alice a su despacho.

- Miss Hills, ¿puedo ofrecerle una taza de té?

- Sí, se lo agradezco, inspector. No ha sido nada agradable.

Cuando volvió el inspector Fox con un par de tazas de humeante té, reanudó la conversación con la joven.

- Miss Hills, entiendo que ha perdido usted también a su madre recientemente.

- Sí, hace un par de semanas. Llevaba ya mucho tiempo ingresada en una residencia, y estaba muy débil.

- Pero no era una persona mayor, ¿cierto?

- No, inspector Fox. Mejor le cuento todo. Mis padres se separaron cuando yo era una niña. Fue una ruptura muy traumática, y mi madre resultó muy afectada. Cayó enferma, estuvo hospitalizada bastante tiempo, y ya nunca se recuperó anímicamente. Entró en una gran depresión, y fue perdiendo la voluntad, y poco después, el entendimiento. Vivimos juntas unos años, pero al final, tuve que llevarla a una residencia. Mi padre se desentendió de ella por completo, aunque siguió enviándome una asignación cada mes, hasta que cumplí los 21. En todo ese tiempo, apenas lo he visto dos o tres veces. Lo llamé cuando falleció mi madre, pero su secretaria me dijo que estaba de viaje.

- Entiendo. Son tiempos muy difíciles para usted. Lo lamento, pero perdone que pase a asuntos más materiales. ¿Sabe si su padre tenía hecho testamento?

- Ni idea.

- Su padre era el propietario de la empresa Hills, Ltd. ¿Está usted al tanto del funcionamiento de la empresa?

- Lo siento, no conozco los detalles. Sé que tiene una oficina en la zona de negocios del centro de Londres, o al menos allí estaba. Tal vez fuera en ella la última vez que lo vi, hace ya varios años.

- Miss Jennings, la secretaria de su padre, fue quien nos dio su dirección.

- No la conozco en persona. Su anterior secretaria era una tal Miss Maddox –y al inspector Fox no se le escapó el ligero desdén con el que la joven pronunció ese nombre-, pero de eso hace ya mucho tiempo también. Inspector–añadió Alice-, no sé si necesita algo más de mí, pero en caso contrario, si me apresuro puedo llegar a coger el tren de vuelta a Londres. Allí ya sabe dónde encontrarme.

- Solamente necesito su firma para autorizar la autopsia –y, sacando un impreso de un cajón, lo presentó a la joven, quien firmó rápidamente, sin leer el documento-. Puede marcharse, Miss Hills, y gracias otra vez por venir tan prontamente. Me pondré en contacto con usted cuando se realice la autopsia, y probablemente tendremos que hablar de nuevo al empezar la investigación. Sargento –llamó a Burton-, acompañe a Miss Hills a la salida.

Alice se levantó, estrechó la mano del oficial, y siguió al sargento Burton hacia la puerta de la comisaría. En la entrada se cruzó unos instantes con Jane Maple, quien, acompañada por Dora Wopleton, su inseparable amiga, venía a hablar con el inspector Fox. Jane observó a Alice Hills con cierta atención, pero continuó sin hacer ningún comentario hasta el despacho del inspector.

- ¡Ah, Miss Maple! –exclamó éste al verla-. Gracias por venir. Hoy va todo el día del caso Hills, por lo que parece. Acaba de salir de aquí su hija. Puede que se haya usted cruzado con ella.

- Sí, inspector. Era la joven del vestido gris que hemos visto salir, ¿no es así? Había algo en ella que me resultaba familiar. Por cierto, he venido con mi amiga, Miss Wopleton. ¿Tiene usted algún inconveniente?

- ¡En absoluto! Siéntense, por favor. Pasa tú también, Burton. Veamos qué más nos cuenta Miss Maple, con su agudo poder de observación.

 

(CONTINUARÁ)