El SuperDiez

 La lista de éxitos del cine en España

 
 EL HOTEL NATURE   
Mr. Mulliner*                                                                                       (VER anteriores)

CAPÍTULO X   (27.11.21)

 

- Los siguientes en la lista son Mr. Jones y Mr. Smith, inspector – informó el sargento.

- Adelante, llámalos.

Al rato se presentaron los mencionados residentes. Mr. Jones era un hombre maduro, estirado, de ademanes seguros y autoritarios, que parecía no separarse nunca de su humeante pipa. Mr. Smith era mucho más joven, aparentemente de menos de 30 años, nervioso y aparentemente algo azorado.

- Siéntense, por favor –comentó Burton indicándoles el sofá-. Permítanme unas preguntas. ¿Es la primera vez que vienen a este hotel?

- No, yo ya he venido en otras ocasiones –respondió Mr. Jones. - Eeeem, sí, para mí es la primera vez.

- Entonces, ¿usted conocía ya al difunto Mr. McKinney? –preguntó el sargento directamente a Mr. Jones.

- Bueno, sí, lo había visto en alguna visita anterior.

- ¿Tuvo alguna relación más directa con él? ¿Hablaron de algún tema en concreto? Verá, Mr. Jones, estamos tratando de hacernos una idea más concreta sobre la personalidad y costumbres del gerente.

- Creo que alguna vez me comentó que le gustaba observar a los pájaros, y les hacía fotos, pero nada más aparte de eso.

- Ya. Quizá le enseñó alguna de sus fotos...

- Es posible. Pero, oiga, sargento, ¿a qué vienen tantas preguntas? Ya le he dicho que apenas conocía a Mr. McKinney –y el tono de Mr. Jones fue claramente brusco.

Entonces intervino el inspector Fox:

- No se altere, Mr. eeem Jones. Estamos cumpliendo con nuestro trabajo. Hablando de otra cosa, tengo algunos amigos en el Ministerio de Comercio. ¿No conocerá usted a alguien del Ministerio?

La pregunta hizo vacilar al interrogado, que perdió parte de su compostura.

- Ehem, no, inspector, no suelo ir por allí –afirmó, algo vacilante, dando repetidas chupadas a su pipa, mientras Fox le miraba fijamente.

- Por último, señores, ¿dónde estaban ustedes esta mañana entre las 8:30 y las 9:30? –Burton volvió a tomar la palabra.

- Estuvimos desayunando en la cafetería –respondió Jones, con aplomo.

- Sí, prácticamente todo el tiempo –corroboró Mr. Smith. - ¿Prácticamente? –el sargento arqueó las cejas:

- Bueno, eee, sí, yo subí a la habitación un momento a traerte las medicinas, ¿recuerdas? –se dirigió Mr. Smith a su amigo senior, que le lanzó una significativa mirada de reproche.

- ¡Ah, sí! Lo había olvidado. Apenas unos minutos. Yo no me moví de la cafetería.

- Bien, señores, gracias por su ayuda. No es necesario que les diga que no salgan de la ciudad –comentó Fox, con una sonrisa.

- Sí, ja, ja, muy ocurrente, inspector –rio la gracia Mr. Jones.

Y cuando salieron de la habitación, Burton preguntó a su jefe:

- ¿Qué ha sido eso del Ministerio, jefe? Le ha descolocado por completo.

- Deberías ser más observador, Burton, y mirar más allá de la falta de ropa. ¿No has reconocido a ese hombre? Es Mr. Waterhouse, el Ministro de Comercio.

Burton se cubrió la boca, que se le había abierto como un buzón. - ¡Caray! Nunca lo hubiera dicho...

- Y, además, al menos por unos minutos, su amiguito no tiene coartada, y quizá él mismo tampoco. Habrá que preguntar a otros residentes que estuvieran en la cafetería, y a las chicas que la atendían. Burton –continuó el inspector, mirando su reloj-. Te dejo por ahora. Continúa tú. Voy a mi habitación.

- Claro, inspector. Nos veremos luego.

Cuando salió Fox, el sargento consultó la lista y llamó al siguiente.

Y el siguiente resultó ser la siguiente. Al abrirse la puerta, apareció la joven pelirroja que había impresionado a Burton desde el momento en que la vio por primera vez.

- Eeee, usted es ...

- Llámeme Erica, inspector.

- Claro, Erica... eee Soy el sargento Burton, no soy inspector... al menos, no todavía –añadió Burton, con una sonrisa-. Por favor, Erica, siéntate –dijo, señalando al sofá. Y cuando la joven tomó asiento, y él hizo lo propio frente a ella, deseó que se le hubiera ocurrido preparar una posición algo más discreta para las entrevistas, tal vez detrás de una mesa de despacho, muuuucho más alta, y también que el inspector estuviera todavía allí para ayudarle y tranquilizarle.

- Dígame, Erica –volvió sin darse cuenta a un tratamiento más formal-. Usted no es de aquí, ¿verdad?

- No, soy española. Vivo en Madrid. Mi inglés no es muy bueno, lo siento.

- Oh, no se preocupe por eso. ¿Por qué ha venido a este sitio? ¿Lo conocía ya?

- No, no, qué va. Trabajo en una editorial de cine, ¿sabes? Mi jefe piensa que quizá será interesante hacer reportaje sobre un sitio como éste, pero es muy caro. Así que pidió precio rebajado para mí y Mr. Pendleton acepta. ¡Estoy muy contenta de estar aquí! Bueno, ya sabes, estoy triste por gerente, claro.

“Cambia todos los tiempos de los verbos”, pensó Burton, “pero, ¿a quién diablos le importa eso? ¡Madre mía! ¡Qué chavala!”, se repitió.

- Y, dígame, Erica –y Burton consiguió frenar la pregunta que tenía en la mente, “¿tienes algún plan para esta noche?”, y en su lugar, dijo-: ¿dónde estabas esta mañana entre las 8:30 y las 9:30?

- A ver... -pensó la española-. Hacia las 9 salgo al jardín detrás del hotel y hago un poco de yoga. Y a 9:30 subo a mi habitación, me ducho y bajo a desayunar hasta las 10.

- Ya... ¿Todos los días haces yoga a esa hora en el jardín? –preguntó Burton, quién sabe si pensando en apuntarse él también a esa sana costumbre el día siguiente.

- ¿Todos los días? ¡No! Algunas veces. Ayer, no. Pero hoy, sí. Pero ayer, no, no. Antes de ayer, no, y ayer, no, pero hoy, sí –detalló Erica, mientas Burton la contemplaba, algo embobado.

- ¿Viste a alguien cuando estabas en el jardín? –reaccionó el sargento tras unos instantes.

- Sí, aunque no presto mucha atención, por el yoga. Pero creo que el gerente sale del hotel y fue hacia el camino de la playa. Y alguien más, también, pero no veo claramente quién era.

- Esto es muy interesante, Erica. Quizá más tarde podemos volver a conversar sobre esto... y aquello –añadió el sargento, con una sonrisa.

- Sí, sí, me encanta –concluyó la joven, y salió de la habitación, dejando a Burton en un estado de ensoñación.

“Empiezo a pensar que esto del nudismo tiene su gracia”, se dijo. “Aunque mejor no me levanto a despedirla...”

 

(Continuará...)