El SuperDiez

 La lista de éxitos del cine en España

 
 YOU WIN, YOU LOSE   
Mr. Mulliner*                                                                          ((VER anteriores) anteriores)

CAPÍTULO XXII   (26.06.21)

 

- ¡Mr. Redfern! Justo la persona a quien estábamos buscando –exclamó Fox.

- ¿Le leo sus derechos, inspector? –preguntó un ansioso Burton, provocando un gesto de sorpresa en Dexter.

- No, sargento. Acompáñelo a la sala de visitas. Me reuniré con ustedes en un instante.

- Por aquí –indicó Burton el camino con bruscos modales, que a duras penas ocultaban su deseo de agarrar a Redfern por el cuello y arrastrarlo por el pasillo-. ¡Tiene usted cuajo! –le espetó, cuando llegaron a la sala.

Dexter lo miró en silencio, con un gesto ambiguo. En seguida se les unió el inspector Fox.

- Mr. Redfern, nos ha costado mucho dar con usted. Fue usted quien estuvo hablando con Mr. Hills en la terraza del Hotel Atlantic poco antes de su fallecimiento, ¿no es cierto? –preguntó nada más tomar asiento.

- Sí, inspector. Pero nada me hizo presumir que aquellos fueran los últimos instantes de Henry.

- Mr. Hills fue envenado. Y por si no lo sabe, usted es el principal sospechoso.

- ¿Yo? ¡Qué absurdo! ¿Por qué querría yo matar a Henry? Éramos amigos. O lo fuimos, en una época. Luego, nos distanciamos, pero nunca hemos dejado de tenernos cierta estima. Y sí, ya sé que fue envenenado, pero yo no tuve nada que ver.

- Mr. Redfern, le vieron hablando con Mr. Hills, llevando guantes para no dejar pruebas de huellas dactilares. Usted pudo fácilmente suministrarle el veneno en la bebida, lo mismo que le introdujo un sobre en el bolsillo de su americana.

- ¡Ah, ya entiendo! Veo que tendré que explicar algunas cosas. Pero será todo más fácil si primero echan un vistazo a esta carta. Me ha sido redirigida por correo urgente desde mi dirección en Pasadena, en California. Al leerla he comprendido que tendría que enseñársela a la policía –y Dexter extrajo un sobre, que entregó a Fox.

Estaba dirigida, en efecto, al Dr. Dexter Redfern, al Instituto de Tecnología de California en Pasadena, y el remitente era Mr. H. Hills, de Londres. Fox extrajo un par de hojas manuscritas, en las que leyó lo siguiente:

 

Querido Dexter,

Cuando leas esto estaré descansando en algún cementerio, probablemente en Torquay, esperándote para cuando vengas a visitarme. No tengo prisa, para entonces tendré todo el tiempo del mundo.

 

- Sabía que iba a morir –murmuró Burton, que estaba leyendo por encima del hombro del inspector-. Perdón, jefe –añadió, al ver el gesto de desagrado de Fox, y se irguió un poco para no molestar, pero sin dejar de leer.

 

Creo que este es buen momento para dejar este mundo. Me lo he pasado bien, he hecho siempre lo que he querido, he disfrutado de muchas cosas, y de muchas mujeres, por qué no confesarlo, pero todo tiene un fin. Me han detectado cáncer de testículos, muy agresivo, y según los ineptos de los doctores, tengo pocas esperanzas de supervivencia, y todas ellas requieren la extirpación inmediata de mis más preciados atributos. Y, la verdad, no estoy dispuesto a seguir viviendo en esas condiciones.

En las últimas semanas, he estado arreglando mis papeles, y me he dedicado a estudiar cómo preparar algunos compuestos químicos, que seguramente tú conoces mejor que yo, que me proporcionarán una muerte rápida e indolora. Y he preparado también la puesta en escena. Será en Torquay, en el hotel Atlantic, donde he pasado momentos muy felices y excitantes a pesar del cretino de su director, en la terraza, mirando al océano. He preparado tres pastillas que llevaré en mi cajita de edulcorantes, y al disolverlas en el té, todo debe suceder rápidamente. Con una habría bastado, según los manuales, pero no quiero arriesgarme a fallar. Así que dentro de unos días te llegarán noticias de mi muerte, en extrañas circunstancias, como suelen decir los inútiles de la policía.

Lo que me lleva a nuestra famosa apuesta. Con esta acción, he cumplido mi parte. Falta ahora por ver si tú cumplirás la tuya. Lamentablemente, creo que no voy a poder comprobarlo, pero al menos tú sí lo harás.

Solo una cosa más. He dejado encargado a mi notario, Pendleton, que entregue a mi hija dentro de unos días un sobre con la clave de la caja de seguridad que hay en mi dormitorio. Allí podrá encontrar algo de dinero, algunos papeles importantes, los informes médicos, restos de los compuestos químicos que he utilizado para preparar el veneno, y una carta de suicidio para enseñar a la policía si fuera necesario. No me extrañaría que los incompetentes de la policía traten de colgarle el muerto, que en este caso soy yo, a algún pobre diablo que pasara por allí.

    Henry

 

Todos permanecieron en silencio al acabar la lectura. Solamente Burton se atrevió a conjeturar:

- Pero ¿cómo sabemos que no ha escrito usted mismo esta carta, falsificando la caligrafía de Mr. Hills?

La respuesta llegó en ese mismo momento. Un agente llamó a la puerta, y cuando iba a anunciar una visita, Alice Hills le empujó a un lado y entró precipitadamente en la sala:

- Inspector, mire lo que he encontrado –dijo, blandiendo una carta. Y en ese momento se apercibió de la presencia de Redfern-. ¡Tío Dex! ¿Qué haces aquí? ¿No te habrán detenido?

Dexter se levantó de la silla, sonriendo, y abrazó cariñosamente a la joven.

- No, Alice, no te preocupes. Está todo aclarado –dijo.

- En realidad, no todo –refutó el inspector-. ¿Por qué llevaba usted guantes? ¿Y qué es eso de la apuesta, y qué es ahora lo que debe hacer usted para cumplir su parte?

- Llevaba guantes porque tenía un eczema, adquirido en algún sitio de mi reciente estancia en Japón. Ya se me ha quitado. Y lo de la apuesta, era una idea estúpida de Henry. Tenía la manía de estar siempre apostando por todo. Y una vez, hace muchos años, apostó a que era capaz de cometer un asesinato sin ser descubierto por la policía –explicó Redfern, omitiendo deliberadamente la parte que él debía cumplir en la apuesta-. Naturalmente, me negué a tomar parte en ese juego. Pero él seguía teniéndolo como idea fija, y me lo recordaba cada vez que nos veíamos, lo que no era muy frecuente. Al final, cuando me enteré del fallecimiento de su mujer, Candy, a quien yo tenía gran cariño, pensé que era hora de poner fin a esa estupidez. Por eso escribí esa nota, indicando que él ganaba la apuesta, YOU WIN, al haber acabado directa o indirectamente con la vida de Candy, pero a la vez, la perdía, YOU LOSE, pues con el fallecimiento de Candy había perdido la parte más valiosa de su vida.

- ¡Oh, tío Dex! ¡Cuánto te he echado de menos estos días! –suspiró Alice, abrazando de nuevo a Redfern.

- Supongo que con esto se cierra este caso –admitió el inspector Fox, después de leer la nota de suicidio que había aportado Alice-. Miss Hills, no se ha portado usted muy bien con nosotros, entre lo de la florista y su negativa a reconocer a Mr. Redfern en el retrato que le enseñamos –y, cuando Alice iba seguramente a objetar que la calidad del dibujo no era nada buena, la interrumpió levantando la mano, y continuó-, pero lo dejaremos pasar por esta vez. Pueden ustedes marcharse.

Alice se asió al brazo de Dexter y los dos salieron lentamente de la comisaría.

Cuando se quedaron solos, Burton todavía insistió:

- ¡Quién sabe si habrán dicho la verdad!

- Probablemente lo que han dicho es todo verdad, pero casi con seguridad, no toda la verdad. En fin, redactaremos los informes correspondientes y daremos por cerrada la investigación. En cualquier caso, Burton, debemos reconocer que ha sido una buena distracción con respecto a la rutina habitual de Torquay.

- Y hemos conocido algunos tipos interesantes, inspector.

- Desde luego. Algunos eran como para escribir una novela sobre ellos.

  

                                                                          FIN