El SuperDiez
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BLACKOUT (EL APAGÓN)   Josemanuel Escribano
 

Ya está en las librerías de toda España The blackout (El apagón). Coordinado por Mikel Navarro Ayensa y basado en su cortometraje del mismo título, 41 firmas reflexionan sobre las consecuencias de un apagón mundial. La recaudación del libro irá destinada a Médicos sin Fronteras. Entre las diversas colaboraciones de escritores, pensadores, periodistas y demás, figura este relato.

 

LA ÚLTIMA LUZ

 

Cuando le quito la última prenda, Noomy sonríe. Lo hace siempre. Emite un ronroneo de placer y sus ojos oblicuos se entrecierran aun más hasta casi formar dos líneas oscuras bajo sus cejas perfiladas. La cojo de la mano y la llevo a la cama. Procuro que lo hagamos siempre de día, me parece –igual me equivoco- que así las baterías aguantarán más. Por otra parte, las noches son demasiado oscuras, hace tiempo que las lámparas se apagaron, el suministro eléctrico cesó. En realidad, las empresas distribuidoras dejaron de existir una a una, al final todas a la vez, las que quedaban. Llegó la oscuridad, ese fue el golpe más duro.

Y las velas no durarán siempre. Procuro encender las imprescindibles: para el aseo personal, para la comida –cada vez más frugal, nada que haya que calentar, lo poco que conseguí en el mercado antes de que se derrumbara casi en su totalidad-, para escribir. He encontrado un cuaderno de hojas en blanco, sin usar. Me viene bien para intentar poner en orden mis pensamientos, aunque me reconozco muy torpe en la escritura manual, con una pluma sobre el papel. No recuerdo haber escrito nunca así, seguro que lo hice, de pequeño; no tendría si no ahora ninguna posibilidad. Aun así, pese a mis esfuerzos, mi letra me daría vergüenza si no fuera porque creo que nadie va a leerme nunca. Ya casi he perdido la esperanza de encontrar a nadie más, a ningún semejante vivo. Estamos solos, Noomy y yo, en esta casa que también se deshace poco a poco. Y nuestra relación, dure lo que dure, es lo único estable que me queda.

Discutí mucho con Parras esta cuestión. En el confesionario y fuera de él, también cuando quedábamos para ir al cine -¿por qué el último que cerró se llamaba Cinema Paz? Hoy es una ruina, igual que esa palabra- o para ver una película en su plasma de 112 pulgadas, o simplemente paseando, cuando había calles y avenidas, parques y plazas. Parras era mi amigo y era cura; era mi amigo a pesar de ser cura y a pesar de que no aprobaba mi convivencia con Noomy.

-Pero la quiero- le decía yo.

-Eso no es amor –objetaba.

-Qué sabrás tú lo que es amor…

Y así siempre. Hasta que un día, o quizá después de muchos días, Parras y su iglesia desaparecieron, se confundieron con el polvo. La iglesia, todas las iglesias, todas las creencias. Todas las arquitecturas, también los símbolos, las imágenes; desde las más toscas hasta las más artísticas, las maravillosas creaciones que una vez los hombres supieron plasmar. Todavía recuerdo la sonrisa de Parras la última vez que lo vi. La sonrisa triste de quien sabe que llega el final, que el Ser sucumbe ante los seres nuevos y terribles, las ánimas ancestrales y vengativas que llegaron de lo desconocido para acabar con el conocimiento.

También Flora ha desaparecido. Un día, su librería amaneció cerrada, amordazada por un ancho precinto que sellaba puerta y escaparates. Sucedió de repente. Flora, Edmon   –su mejor cliente y amigo de los dos, un hombre sabio y tranquilo- y yo charlábamos una tarde entre los estantes atestados de libros. A la mañana siguiente, Flora me llamó desconsolada, sumida en un mar de lágrimas.

-Edmon ha muerto –me dijo entre sollozos.

-¿Cómo? No me lo puedo creer… -opuse yo, incrédulo- ¡Cómo se va a morir!

 -Sí… Lo han encontrado en la calle, delante de su casa. ¡Se ha muerto!

Pasó ese día como pasa un día de tormenta, envuelto en nubarrones negros y presagios dolorosos. Y al otro, cuando fui a recoger a Flora para ir juntos a despedir a Edmon, la librería ya estaba cerrada. Nunca he vuelto a ver a mi amiga.

La llamé, claro. Sin éxito. Noté que el teléfono me temblaba en la mano. Y ahora recuerdo que ese contacto del móvil contra la cara, tan cotidiano, dejó de suceder muy poco después. Antes de que nos quedáramos sin electricidad. Los aparatos domésticos dejaron de funcionar; primero los más sencillos: la placa eléctrica, la caldera, el frigorífico; luego, los más sofisticados: los televisores, los reproductores, los móviles, los ordenadores… Los ordenadores.

“El mundo salta en mil pedazos”, pensé.

Las bombillas de mi casa lanzaban sus últimos suspiros mientras por las ventanas entraba el resplandor y se colaba el olor a cultura muerta de los miles de libros que ardían en piras indecentes a lo largo de la calle. Con el brazo rodeando la cintura de Noomy miré a través de los cristales; su piel tibia me reconfortaba y su levedad acogía la pesadez de mi cuerpo. La miré a los ojos. Ella sonrió para infundirme tranquilidad y agitó la cabeza, haciendo que su pelo, negro y sedoso, acariciara mi cara.

Por la calle, entonces, cruzaron unas sombras apresuradas. Creí reconocer a Montán, el operario que algunas veces –muchas veces- había reparado las averías domésticas del vecindario. Abrí la ventana, impulsivamente, y lo llamé:

-¡Montán! ¡Montán…!

-¿Qué…? –acertó a contestarme. Y sin apenas frenar su camino, me gritó-: ¡Vete! ¡No te quedes ahí! ¡Son bestias…! ¡Es la Bestia!

Y siguió corriendo, sin mirar atrás, calle adelante. Me pareció –no puede ser- que el fuego lo alcanzaba. Mudo de angustia, cerré la ventana, me retiré del vano, pero seguí mirando al exterior. Noomy me abrazó y cerró los ojos. Los míos, bien abiertos, presenciaron el innoble paso de las fieras. Figuras negras en el negro de la noche. Fantasmas oscuros de tiniebla, si no fuera porque los fantasmas están muertos y aquellos estaban vivos. No sé si miraron hacia mi ventana, el resplandor de las hogueras ya languidecía.

No recuerdo los días que pasaron. A lo mejor ninguno, era la mañana siguiente cuando decidí salir a la calle. Necesitaba ver. La luz, las calles, las casas. Las personas. ¿Qué personas? ¿Quedaba alguna? ¿Alguien? Me vestí de cualquier manera y le dije a Noomy:

-Enseguida vuelvo, no te preocupes.

Ella seguía en la cama, desnuda, relajada. Asintió con la cabeza, pero no sonrió. Debería haber sonreído pero no lo hizo. Salí.

Ya no había nadie. Ya no había nada.

No sé el tiempo que anduve, sonámbulo, por las calles desiertas. Caminé entre las ruinas, el polvo, los vestigios de una civilización que parecía inmortal muy poco antes. Creo, eso sí, que atardecía cuando volví a mi casa. Hace ¿cuánto? No importa.

No importa, es verdad; ya he llegado al final. Noomy no se ha movido de la cama. La he saludado con un escueto “Ya he vuelto” y se ha incorporado lentamente, con movimientos perezosos, mecánicos. Me he quedado sin aliento. He encendido las velas, todas las velas, ya da lo mismo. Llevo al dormitorio todas las que puedo, la habitación reluce como una catedral. En medio, la cama. Y la imagen oferente de la joven desnuda, inmóvil. Me ha mirado, ha curvado sus labios en un último intento de sonreír. Ha cerrado los ojos. La abrazo, la reclino en la cama, quiero sentir su latido pero no lo encuentro. Su piel ahora es más dura, más rígida, con tacto áspero de plástico. La giro un poco, busco en su espalda, en el centro de la columna, la mínima callosidad que oculta el botón. Lo oprimo y se abre, sin ruido, la pequeña oquedad que alberga las baterías. El pilotito que antes brillaba con color verde parpadea ahora en rojo y, de repente, se queda fijo y en breves segundos se funde. La última luz que me alentaba se apaga definitivamente.   

Sin poderlo remediar, tapo a Noomy con la sábana. Cubro el producto 1.9.19 CNKK/CD 11.16.19.5.5.4.1 de Dreams Of Love Company. Debería llorar, quizás. Pero no puedo. Vuelvo a acordarme, ahora, de Parras, la última vez que lo vi. Su tristeza y sus últimas palabras: “Solo queda el Perdón, la Luz y la Palabra”. Quisiera creer en el perdón, si pudiera creer en el pecado. Las palabras, esa fuerza incandescente de la que emerge la naturaleza humana, han desaparecido en el polvo, como desaparecerán las últimas que he ido escribiendo en mi cuaderno, cada vez más convencido de mi destino.

Y la luz, todas las luces, se han apagado. Se apagó mi dulce Noomy, se apagaron todas las velas, se apagó la cultura, el progreso y toda la humanidad. Me voy. Me llevo mi cuaderno como salvoconducto, las únicas páginas salvadas todavía del fuego y la miseria. Buscaré la huella de Parras, mi último amigo. La encontraré, o la Bestia encontrará la mía. Cualquiera de las dos opciones me servirá.