El SuperDiez
  La lista de éxitos del cine en España                                                                                           

 EL ZOOM   de Juan Carlos Rojas     

WORTH   (18.09.21)
 

¿Cuánto dinero vale una vida? ¿En base a qué se determina su valor? ¿Se puede aplicar, para hallarlo, una fórmula matemática? ¿Se podría aplicar la misma fórmula que utilizan las compañías aseguradoras para indemnizar a las víctimas de un accidente, por ejemplo, de coche, a las víctimas de un atentado terrorista? ¿Vale lo mismo, en términos crematísticos, la vida de un abogado que la de una empleada de la limpieza o la de un recepcionista? ¿O la de un inmigrante sin papeles? ¿Qué cantidad se puede considerar justa para reparar el dolor y la pérdida de un ser querido en un ataque terrorista? En estas circunstancias ¿sería justo resarcir también a los cónyuges de parejas que no tuvieran su situación legalizada, o a los hijos tenidos fuera del matrimonio?

 Todas estas preguntas y alguna otra más son las que se plantean en este interesante filme basado en hechos reales, y que también se tuvo que plantear el prestigioso abogado Kenneth Fainberg, interpretado en la pantalla por el actor Michael Keaton, quien tuvo que afrontar la inmensa y difícil tarea del reparto de indemnizaciones del fondo de compensación a las víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 creado por el gobierno de los Estados Unidos. Fondo originariamente instituido, por cierto, tal como se recoge en la película, por razones muy alejadas de las estrictamente humanitarias. A la complicadísima labor de este esforzado abogado había que sumarle la excepcionalidad de la situación: un país en shock tras sufrir el peor atentado terrorista de su historia, y con el dolor, rabia, sufrimiento , ira, impotencia, tristeza e indignación de los familiares y seres queridos de las víctimas, quienes cargaban, además de con su desgracia, con este cóctel Molotov de sentimientos a flor de piel, dispuestos a hacerlo estallar contra aquel o aquellos que con una fórmula matemática fría, insensible y descarnada osaran poner precio a sus irreparables pérdidas. Es precisamente uno de estos afectados, a quien da vida un notable Stanley Tucci, quien contribuye al inicio del cambio de perspectiva del protagonista y a la evolución de su inicial postura, que transitará por un tortuoso camino plagado de dudas, presiones, incertidumbres y   sentimientos, que aportan gran cantidad de matices a la construcción del personaje solventemente interpretado por Keaton. En el transcurso de este cambio de las ideas preconcebidas de este voluntarioso y bienintencionado abogado, en su empeño de conseguir la justicia hacia las víctimas, van a aparecer, a través de los intentos de acercamiento hacia ellas, diferentes situaciones y circunstancias que confirman que incluso en una situación crítica, como lo fue ésta, el egoísmo, los prejuicios y la hipocresía marcan el comportamiento de algunas personas. La aproximación a las circunstancias personales de las víctimas condiciona que la película sea una película donde predominan los encuentros, las reuniones. las entrevistas y, por tanto, los diálogos, y en consecuencia, el predominio de algunos de los tipos de planos utilizados para tal fin: escorzos, planos medios individualizados de perfil de los personajes, planos-contraplanos. Y es en este punto donde aparece un elemento visual un tanto chocante, en relación a la decisión de la directora del film, Sara Colangelo, de utilizar de manera un tanto arbitraria planos que no guardan las proporciones respecto al aire horizontal de los mismos, lo que puede inducir a transmitir un mensaje ambiguo de éstos. Es decir, los espectadores podrán comprobar como en algunas situaciones de diálogos, los personajes aparecen en el plano muy desplazados, prácticamente en un extremo, en la dirección de sus miradas. El utilizar este recurso del lenguaje cinematográfico obedece a unas razones y tiene su sentido y significación dentro de un film, pero en el caso que nos ocupa estas razones no parecen tan evidentes.

Independientemente de que se pueda estar más o menos de acuerdo con la directora en este aspecto, la película tiene su interés por su temática y trasfondo, su estreno coincide cuando se cumple el 20 aniversario de los atentados y se plantea como homenaje a las víctimas. Por lo demás, cuenta con un excelente elenco bien dirigido (a destacar también la interpretación de Amy Ryan, como una de las abogadas colaboradoras de Fainberg y de Shunori Ramanathan como letrada que trabajaba en una de las torres del World Trade Center y que vivió para contarlo).

A pesar de su desgracia, las víctimas pudieron contar, al menos, con la infatigable labor de un hombre que inteligentemente y emocionalmente supo abandonar sus rígidos esquemas mentales, empatizar con los damnificados, y comprender la enorme e inabarcable complejidad del ser humano y, desde el afán de justicia, armado con su honradez y bondad, (qué poco reivindicada y qué difícil de encontrar esta última cualidad), cumplir eficientemente con su trabajo.