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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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VALHALLA RISING   (15.05.21)

Dir.: Nicolas Winding Refn. Pro.: Johnny Andersen, Henrik Danstrup, Bo Ehrhardt. Gui.: Nicolas Winding Refn, Roy Jacobsen, Matthew Read. Int.: Mads Mikkelsen, Alexander Morton, Maarten Stevenson.

Nos llega ahora Valhalla Rising, dirigida en 2009 por Nicolas Winding Refn -el mismo de Pusher, la impactante Driver y Solo Dios perdona, entre otras-, un autor nada convencional, siempre discutido pero de talento innegable. Bienvenido el retraso, si ahora podemos disfrutar de esta obra extraña, absorbente, simbólica y de bellísima factura.

La protagoniza el gran Mads Mikkelsen, actor fetiche de Winding Refn. Él es “Un-ojo”, un esclavo tuerto y mudo, utilizado por sus captores como luchador invencible. Tan invencible, que acaba por matarlos a todos y fugarse; a todos, excepto a un chaval rubio -nadie sabe de dónde ha salido- que fascinado, se convierte en su sombra, siguiéndolo a todas partes. Y los dos se unen, superadas ciertas dificultades, a una tropa de guerreros cristianos empeñados en reconquistar Jerusalén.

El metraje central de la película está compuesto por el viaje de este grupo, atravesando montañas y mares, hacia los Santos Lugares. Si la tierra firme es inhóspita, el mar es aterrador. La niebla lo envuelve todo, y cada minuto puede cobrarse una baja mortal en la expedición. Nadie parece tener la brújula, y tampoco “Un-ojo”, que permanece ajeno y solo se expresa a través del chico; pero al fin se atisba la tierra prometida y parece llegar el término del viaje.

Dice Winding Refn que su película es su particular versión de 2001. Una odisea del espacio, y se comprende el paralelismo: lo que allí era un viaje hacia el infinito, aquí es hacia el interior del propio personaje. Pero de idéntica manera el tiempo y el espacio se transforman y se asumen bajo la mirada del ojo único de Hal 9000 o del guerrero tuerto. Y la mística del relato envuelve al espectador entre las brumas de la fe y la superstición, entre la cruz y la espada, entre la superación y el aniquilamiento.

VALKIRIA    (01.02.09)
Dir.: Bryan Singer
Pro.: Christopher Mc Quarrie, Bryan Singer   Gui.: Christopher Mc Quarrie, Nathan Alexander
Int.: Tom Cruise, Kenneth Branagh, Tom Wilkinson, Terence Stamp  
Bryan Singer es un neoyorkino de 43 años, productor, alguna vez guionista y director famoso sobre todo desde Sospechosos habituales (1994) y por la serie X-Men, de la que realizó las dos primeras entregas; las siguió Superman returns hace un par de temporadas, la verdad es que sin demasiada suerte, y ahora se pone a las órdenes de Tom Cruise –o viceversa- para contar esta historia que relata hechos absolutamente reales. 
El protagonista es el coronel Claus von Stauffenberg, un militar alemán que, en los últimos momentos de la II Guerra Mundial, sigue amando profundamente a su país pero odia con la misma intensidad a Adolf Hitler, a quien considera culpable del desastre que se avecina. Conocemos a Stauffenbeg en plena campaña de África, cuando las tropas alemanas de Rommel están siendo concienzudamente machacadas por los aliados. Allí, a consecuencia de un ataque aéreo, resulta gravemente herido y pierde un ojo, una mano y casi la otra; además de llenarse el cuerpo de metralla y el alma de una firme decisión: acabar con la vida de Hitler y de paso, a ser posible, con la guerra.
De regreso a Alemania y una vez curado de sus heridas, no tarda en coincidir con un grupo de militares, dirigido por los generales Beck y Olbricht, con Von Tresckow en la sombra –todos, curiosamente, interpretados en la película por actores británicos- que ya están planeando un golpe que acabe con el fuhrer. Y en efecto, asistimos a un primer intento, que resulta fallido. Angustiosamente fallido, porque todos los implicados, de alta graduación en el ejército alemán, saben lo que les espera si son descubiertos. A este grupo, tras algunos momentos de vacilación, se une el coronel Stauffenberg. Su claridad de ideas y su determinación lo ponen enseguida a la cabeza de la rebelión.
El guión nos muestra entonces, paso a paso, la preparación del que puede ser el atentado definitivo, el 20 de julio de 1944. Todo se dispone con minuciosidad y, aunque Stauffenberg correrá un riesgo altísimo, si se logra el éxito y Hitler, como está previsto, muere, se pondrá en marcha toda una gigantesca maquinaria –la Operación Valkiria- que, apoyándose en la movilización de las reservas militares del general Fromm, neutralizará al ejército afín al dictador y a las siempre fieles SS y Gestapo, anulará a los temibles Goebbels y Goering y dejará el mando alemán en manos de los conspiradores.
Aunque sean hechos reales y de sobra conocidos, no vamos a referir el resultado de la operación. Las consecuencias, desde luego, fueron catastróficas, con casi 5.000 víctimas de la represión nazi. La película, no obstante, termina justo al comienzo de ésta, porque lo que cuenta es la intriga que le da título y sus antecedentes, para recrear la figura de Claus Von Stauffenberg encarnado por Tom Cruise.
Le ha costado a Cruise llevar este proyecto a cabo, con dificultades de todo tipo, incluidas las negativas alemanas a la utilización de localizaciones reales y las muy serias reservas al posible enfoque de la historia. La reconstrucción, sin embargo, es muy correcta, y el punto de vista de la narración resulta objetivo y, seguramente, muy cercano a la realidad. El argumento posee interés, veracidad y todo el suspense posible en un relato que cuenta hechos históricos, conocidos y analizados exhaustivamente por los estudiosos. Bryan Singer se olvida de efectos digitales y fantasías de tebeo, y se aplica a poner en imágenes un guión que transcurre de manera convencional.
No deja de tener buen pulso, en definitiva, porque la película se ve muy bien y no decae en su interés. También porque aunque, insisto, se trate de unos sucesos reales cuyo desenlace es ya sabido, Adolf Hitler y sus secuaces siguen despertando hoy el mismo interés de siempre; aunque sólo sea para conmovernos una vez más, detestarlo más cada vez y soñar, con los protagonistas de la película, que el terrible dictador, el fuhrer asesino, podría haber acabado sus días volando por los aires por efecto de una bomba. (www.valkirialapelicula.es)
  
VALOR DE LEY   (13.02.11)
Dir.: Ethan Coen, Joel Coen
Pro.: Ethan y Joel Coen y Scott Rudin   Gui.: Ethan y Joel Coen
Int.: Jeff Bridges, Hailee Steinfeld, Matt Damon
Las películas de los hermanos Coen son todas diferentes y bastante inclasificables, pero frecuentemente revisan, actualizan o versionan los géneros clásicos: desde su debut con Sangre fácil (1984) a Un tipo serio (2009), quince en total, en las que se puede rastrear el cine negro, la comedia –sentimental o surrealista-, el suspense o la aventura más o menos dislocada. Recordemos Muerte entre las flores, Barton Fink, Fargo, El gran Lebowski, Crueldad intolerable, Ladykillers o No es país para viejos, entre otras. Y en más de uno de sus relatos, por supuesto, se advierte un muy consciente aire de western. 
Pero esta vez han decidido una absoluta inmersión en el género y para ello han “resucitado” Valor de ley, la película de Henry Hathaway de 1969, con John Wayne de protagonista. O más bien se han inspirado en la novela que dio origen a aquélla; por eso, el guión es nuevo, aunque argumento y personajes son los mismos; ahora con Jeff Bridges en el papel del “marshall” Rooster Cogburn. 
Mattie Ross, una niña de catorce años, quiere vengar la muerte de su padre a manos del malvado Tom Chaney –Josh Brolin- y no duda en contratar a Cogburn, reconocido por su valor y eficacia implacable en la caza de delincuentes, aunque también por su afición al alcohol y sus nada ortodoxos métodos. A la partida se une el “ranger” LaBoeuf –Matt Damon-, que busca a Chaney por otros delitos, y tras algunas escaramuzas personales, los tres persiguen juntos –aunque nunca muy bien avenidos- el rastro del asesino. Para ello cruzarán peligrosos parajes y se adentrarán en territorios  proscritos poblados de indios indescifrables, transeúntes de diverso pelaje y malhechores provistos de armamento mortal e intenciones todavía peores. Rooster y LaBoeuf son perros viejos –sobre todo el primero- y no es fácil despistarlos ni eliminarlos, así es que poco a poco se van acercando a su objetivo; con muchas precauciones, porque Chaney se ha unido a una banda de forajidos sin escrúpulos y de gatillo fácil y que, para más señas, tienen alguna cuenta pendiente con el veterano “marshall”. 
Los perseguidores tienen además ideas muy opuestas en cuanto a los métodos y estrategias a seguir, y la chiquilla se ve expuesta a los mayores riesgos y calamidades, vencidas por su determinación inquebrantable, mucho mayor que el horror que experimenta a cada paso. Aunque no pegue tiros como sus feroces acompañantes –a menos que sea imprescindible-, ella es la verdadera protagonista de esta narración, desde sus ojos contemplamos la historia, y su fuerza, su decisión y el deseo invencible de vengar a su padre son los ejes que articulan el relato: su relato. Esta imagen de la adolescente enfrentada a unos tipos, un paisaje y una misión aparentemente muy superiores a su capacidad es la que aporta la mayor novedad de un argumento tan “masculino” y decadente.
Desde la interpretación llena de coraje de la jovencita Hailee Steinfeld a la sabiduría y el talento de Jeff Bridges, pasando por la estupenda recreación de Matt Damon, los protagonistas se lucen con la colaboración del magnífico engranaje dispuesto por los autores –dirección, producción y guión a cuatro manos de los hermanos Coen-, que envuelve al espectador con su acertadísima fotografía –de Roger Deakins- y la espectacular banda sonora de Carter Burwell; nombres habituales en su filmografía, lo que habla de la conjunción y la armonía de un equipo que trabaja unido desde hace muchos años.
Fotografía, música, sonido, montaje… No son más que algunos aspectos parciales de un espectáculo total que demuestra, otra vez, la pasión, la inteligencia y el estilo de sus creadores. El western parecía extinto –sólo Sin perdón y algún otro chispazo más en los últimos tiempos-, pero con Valor de ley la pantalla vuelve a encenderse, como en el mejor de los clásicos, con los escenarios míticos, los espacios abiertos frente al horizonte y los héroes cansados pero invencibles: el género inmortal, que regresa gracias al talento de Ethan y Joel Coen.
(www.TrueGritMovie.com)

VAN GOGH, A LAS PUERTAS DE LA ETERNIDAD   (02.03.19)

Dir.: Julian Schnabel. Pro.: Jon Kilik. Gui.: Jean-Claude Carrière, Julian Schnabel, Louise Kugelberg. Int.: Willem Dafoe, Rupert Friend, Oscar Isaac.

De repente, la figura de Vincent Van Gogh se ha puesto de moda en el cine, y en los últimos meses nos han llegado hasta tres películas –muy distintas, eso sí- acerca del pintor. La más interesante, tal vez, es esta última, dirigida por Julian Schnabel, otro personaje bastante especial: pintor encuadrado en el neoexpresionismo, se pasó al cine en 1996 con Basquiat, dirigió luego Antes que anochezca –con Javier Bardem en el papel del poeta Reinaldo Arenas- y La escafandra y la mariposa, una joya que le valió numerosos premios y el respeto internacional.

A Schnabel le gustan las biografías; nada que objetar. A esta de Van Gogh llega en los últimos años de su vida, cuando el pintor, siempre tutelado y aconsejado por su hermano Theo, abandona París para recluirse en Arles, primero, y en Auvers-sur-Oise, donde falleció, después. Vincent pinta; pinta sin cesar, tratando de atrapar la luz, el color, el aire y la vida. Y sufre, se deprime, bebe, pierde el sentido. Y sigue pintando.

El guion de Jean-Claude Carrière –el habitual colaborador en la etapa final de Buñuel- se basa en la correspondencia entre Vincent y Theo para mostrar de manera introspectiva los estados de ánimo del protagonista, y la banda sonora de Tatiana Lisovskaya ilustra incesantemente unas imágenes que huyen de lo convencional para acercarse, quizás, a esa misma perturbación mental en la que el mismo Van Gogh se reconoce. La cámara de Schnabel se desplaza por los paisajes, avanza tras los personajes y llega a situarse a centímetros de sus rostros, en primeros planos francamente arriesgados para intérpretes y espectadores.

Para estos, el reto merece la pena, porque la aproximación a la personalidad y el entorno del pintor es, a pesar de todo, respetuosa y certera, incluidas las polémicas circunstancias de su muerte; para los artistas que ponen cara a quienes lo rodearon –un plantel de figuras del cine francés y europeo en su mayoría, algunos casi irreconocibles bajo sus caracterizaciones- la posibilidad de mostrar su calidad.

Y por encima de todos, el carisma, la fotogenia y el talento de Willem Dafoe, un actor descomunal. Su Van Gogh es de una precisión milimétrica, sin dejarse caer en ningún exceso –que sería probable en el personaje- pero mostrando el alma en cada gesto y en cada mirada. Cuando piensa en voz alta, cuando habla con sus amigos y vecinos, cuando pinta, cuando se sabe libre y creador y cuando se somete a sus desvaríos y su melancolía, hasta atado a una camisa de fuerza, Dafoe-Van Gogh es una fuerza de la naturaleza.

Es cierto que algunas propuestas –excesos, se dirían mejor- formales de la película pueden llegar a molestar; pero también es cierto que la pintura, la obra y la vida de Vincent Van Gogh tampoco fueron nunca complacientes ni del agrado de la mayoría. Schnabel se ha imbuido de esa condición y ha apostado por concederse la libertad absoluta como tributo a la presencia inmortal del genial pintor.

 

VENGADORES: ENDGAME / GLORIA BELL    (27.04.19)

Vengadores: Endgame

Dir.: Anthony y Joe Russo. Pro.: Kevin Feige. Christopher Markus, Stephen McFeely. Gui.: Christopher Markus, Stephen McFeely. Int.: Robert Downey Jr., Chris Evans, Mark Ruffalo...

Gloria Bell

Dir.: Sebastián Lelio. Pro.: Sebastián Lelio, Juan de Dios y Pablo Larraín. Gui.: Sebastián Lelio, Alice Johnson Boher. Int.: Julianne Moore, John Turturro, Sean Astin

Aquí van juntos, en un “pack”, los dos estrenos más interesantes del fin de semana. Uno, porque va a hacer millones de euros de recaudación y colma las expectativas de miles de seguidores; el otro, porque encierra en hora y tres cuartos de cine una historia creíble y contemporánea con la descomunal interpretación de una actriz en estado de gracia: Julianne Moore.

Gloria Bell es la revisión que ha hecho el chileno Sebastián Lelio de su película Gloria (2013), trasladando argumento y personajes a Los Angeles; el guion, con la necesaria adaptación, es idéntico al de aquella: Gloria es una mujer divorciada, tiene dos hijos y un trabajo en una compañía de seguros que ni la agobia ni la apasiona. Lo que sí le gusta sobre todo es bailar y la vemos casi cada noche en sus discotecas favoritas, entregándose a la danza; sola, no necesita compañero para disfrutar de la música –estupenda y divertida colección de temas “disco”- y el baile. La película nos muestra su vida, sus sentimientos, su aliento y su piel.

En Vengadores no hay baile; lo que hay es acción, mucha acción: tres horas trepidantes, en las que la aventura no decae. Como es bien sabido, la cosa había quedado en que el malvado Thanos había acabado con media humanidad, incluidos un buen número de superhéroes; él lo hacía por remediar la superpoblación del planeta, pero ya cogido el gusto, amenaza con seguir la escabechina, ahora ya por el propio placer. Además, como tiene en su poder las cinco o seis –no llevo muy bien la cuenta- gemas milagrosas que todo lo pueden, no hay quien le tosa.

En Gloria Bell lo que vemos es un pedazo de realidad, unas personas de carne y hueso en su mundo de cada día; en Vengadores: Endgame, una fantasía hiperrevolucionada, un tebeo en pantalla grande, un espectáculo de circomatógrafo de muchísima intensidad. En la película de Lelio todos los intérpretes están bien, tras la superlativa Julianne Moore, presente en el 99% de los planos –y en los pocos que no, también se deja notar- y en cada uno da una lección de sinceridad y talento.

En la de los hermanos Russo no hay un protagonismo definido, es una obra verdaderamente coral y todos los artistas que encarnan a héroes y villanos se afanan a lo suyo con verdadero espíritu; es lo que requiere la producción. Que, naturalmente, brilla en efectos, maquillajes y trucos de toda índole; nadie sabe hacerlo mejor que los americanos, Disney-Marvel y compañía.

Además de dos estrenos importantes, como decía al principio, estas dos películas representan muy bien dos maneras prácticamente antagónicas de entender el cine: una herramienta para la madurez, el goce intelectual y artístico y la reflexión, y un artefacto para el entretenimiento puro y el rendimiento económico cuanto mayor, mejor. Las dos cumplen perfectamente sus expectativas: Vengadores –con un fin de semana de cuatro días de salida- romperá la taquilla. Gloria Bell, no; pero hará pensar a sus espectadores.

Ah, y una similitud más: la película de Sebastián Lelio la habíamos visto ya una vez. La de Disney, también: una vez, y otra, y otra… y las que quedarán.

25 KILATES   (26.04.09)
Dir.: Patxi Amezcua
Pro.: José Nolla, Quique Camín   Gui.: Patxi Amezcua
Int
.: Francesc Garrido, Aida Folch, Manuel Morón  
Aida Folch se ha hecho mayor; ya no es la niña de El embrujo de Shanghai y Los lunes al sol y ahora protagoniza, muy brillantemente -premio en el Festival de Málaga-, este estimulante thriller del debutante Patxi Amezcua, hasta ahora reconocido guionista y que por fin se atreve a ponerse tras la cámara para firmar una obra de género, algo poco habitual en el cine español.
25 kilates es más que una historia de amor, más que una intriga policiaca: es un cruce de caminos y un choque de personajes y destinos con sabor a Melville y a novela negra: un “cobrador” de deudas tan implacable como eficaz –magnífico, como siempre, Francesc Garrido-, un inspector de la brigada antiatracos, un perista con mucha iniciativa y no demasiada suerte –Manuel Morón, otro de nuestros grandes secundarios- y la hija de éste, una veinteañera criada en la calle y crecida en la delincuencia. La casualidad, quizá, o el propio sino de cada cual, entrecruza sus vidas y teje una trama con pocos hilos sueltos y un acabado que se nos antoja que va a tener muy poco brillo.
La acción arranca cuando los policías interrumpen una animada fiesta de un grupo de ladrones. Los detienen y se llevan el botín, naturalmente. O no tan naturalmente, porque se llevan el botín... para quedárselo. Y después acuden al perista, para que les coloque la mercancía con su habitual eficacia. Que resulta menor que su codicia, porque el alijo es de los que permiten a un trabajador del ramo retirarse con las ganancias para toda la vida; siempre que no lo encuentren, claro.
No es de extrañar tampoco que Kay, su hija, con la educación recibida, se dedique a pegar pequeños golpes en la calle, de esos que aprovechan los problemas del tráfico y el despiste de los conductores. Y en uno de ellos conoce al enigmático Abel, que pronto deja de serlo, en cuanto sabemos a qué se dedica y cómo son sus relaciones con sus clientes, con su jefe y también con la mujer de su jefe, que todo tiene su trascendencia en la vida de Abel.
En la suya y en la de los demás, porque como decía al principio, los caminos de estas gentes tienden a cruzarse y a hacer saltar chispas en los encontronazos; en unos casos, las del amor; en otros las de la avaricia y el odio; en otros más, en fin, las del puro destino, que organiza la vida y la muerte -obligada, prematura o cruelmente provocada- de cada cual. Por esos caminos andan, por esas calles de la ciudad perfectamente reconocible, aunque el director y escritor se haya fijado sobre todo en lo más turbio que la habita: unos seres para los que la ley no significa nada y la moral es únicamente su propio código de supervivencia.
Malas gentes, pobres gentes: un antihéroe capaz de redimirse -que va a ser que no-, una "lolita" ángel y demonio a partes desiguales, policías que roban y ladrones que roban también -es su oficio-, ilusiones perversas, dinero -mucho dinero- por medio, corrupción, crimen seguramente sin castigo, y, mira por dónde, hasta unas hebras de pasión. Como la vida misma, aunque pueda parecernos una mirada un tanto oblicua, que se detiene mucho más en el lado más oscuro; en realidad, no hay ningún exceso ni ninguna fantasía en la película, y sí una lectura aplicada de las convenciones del género.
Que da muy buen resultado: Patxi Amezcua ha creado una atmósfera muy interesante, con una fotografía saturada, opaca y virada a triste, como las intenciones de los protagonistas. Ellos están muy bien -yo destacaría a Folch y Garrido, por lo que tienen de posible revelación- pero todos aciertan con unas estupendas y contenidas interpretaciones -lo que pide el brillante guión, casi siempre perfectamente ajustado-, en una puesta en escena con rigor y excelente ritmo: todo ello da la medida de esta muy interesante propuesta de cine español independiente y personal, seguramente de escaso presupuesto pero sobrada de fuerza, interés y calidad. (www.25kilates.es)
  
23-F   (27.02.11)
Dir.: Chema de la Peña
Pro.: Gonzalo e Ignacio Salazar-Simpson   Gui.: Joaquín Andújar
Int.: Paco Tous, Fernando Cayo, Juan Diego
La carrera de Chema de la Peña es muy personal, aunque bastante irregular: sus primeras películas –el raro musical Shacky Carmine e Isi/Disi (Amor a lo bestia), con Santiago Segura y Florentino Fernández de figuras- no presagiaban nada demasiado espectacular, pero luego dirigió –a medias con Gabriel Velázquez- Sud Express, una obra aún más pequeña y modesta pero, por eso mismo, muy estimulante y, en algún aspecto, modélica.
No se puede decir que haya progresado. Este 23-F, que estrena justo en el trigésimo aniversario del acontecimiento, llega tarde y se queda muy corta. Tarde, porque en los últimos meses ha habido un aluvión de documentos, escritos y filmados, sobre el mismo tema: artículos y ensayos más o menos novelados, reportajes variados y distintas películas y miniseries televisivas. Y corta –y esto es lo más grave-, porque la narración se centra en la figura de Antonio Tejero y todo gira en torno a su criminal intentona, sus andanzas por el interior del Congreso de los Diputados, sus bravuconadas, sus disputas y sus disparates, que lo llevan en algunos momentos al borde de una trágica comicidad. 
Claro que también está reflejada la actividad en La Zarzuela –con el rey Juan Carlos y Sabino Fernández Campo de protagonistas- y en los cuarteles, con la siempre firme decisión de Jaime Miláns del Bosch en Valencia, el papel desairado de José Juste en Madrid y los manejos conspiratorios de Alfonso Armada por los despachos: los generales que se apoyaron, hasta verse rebasados con creces, en la iniciativa del teniente coronel de la guardia civil. Por supuesto, asistimos a la conversación telefónica entre Juste y Fernandez Campo, con el ya famoso “Armada no está aquí ni se le espera” y al mensaje del rey a la nación, una vez liberada Televisión Española de la presencia militar.
Pero, aparte de unas leves pinceladas de la “trama civil” encabezada por Juan García Carrés –un par de charlas por teléfono con Tejero-, no hay casi nada en este argumento –excepto unos breves apuntes introductorios- que indague, explique o señale hacia los fundamentos, los motivos y la preparación del golpe. Hay, evidentemente, una confabulación; pero la película empieza con el guardia civil saliendo de su casa en la misma mañana del 23 de febrero y acaba con su derrota al otro día, abandonando el Congreso de los Diputados tras despedirse de su gente; como si ese protagonismo quisiera presentarlo como el responsable central del pronunciamiento. 
Naturalmente, es una opción legítima; quizá contar los entresijos de esa conspiración –o más bien conspiraciones- fuera otra película, en la línea de algunos documentales o de ciertas fabulaciones más o menos cercanas a la verdad. Chema de la Peña confiesa que también ha manejado material para andar esos caminos, pero que al final han preferido –los productores y él- centrarse en los hechos del mismo día 23 y sus horas posteriores, tratando de “fotografiar” la dureza y el miedo de los primeros momentos en contraste con el alivio y la alegría de los últimos instantes del golpe. Poco más de veinticuatro horas tremendas en nuestra historia, pero, a pesar de esa dramática conmoción que vivimos los españoles, mínima emoción y escasa pasión en la película.
Y también tiene la culpa el poco acertado reparto, con nombres ilustres de nuestra pantalla que se ven forzados a representar, con remoto parecido los más, a los personajes protagonistas de la historia. No está mal Paco Tous, aunque su papel sea tan desairado, y quizá tampoco Mariano Venancio –un convincente Fernández Campo-, pero no se puede decir lo mismo de los políticos retenidos en el Congreso ni de los generales  y demás militares golpistas; y ya no sabe qué pensar de la figura del rey –a cuya mayor gloria se dedica subliminalmente el relato-, tan repetido últimamente en nuestras pantallas, representado por una variedad de artistas; aunque Fernando Cayo es el más asiduo. Ya se lo debe saber. (www.23flapelicula.com/)

VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN      (09.11.19)

Dir.: Aritz Moreno. Pro.: Juan Gordon, Leire Apellániz, Merry Colomer. Gui.: Javier Gullón, Antonio Orejudo. Int.: Pilar Castro, Ernesto Alterio, Luis Tosar, Quim Gutiérrez…

Tras cuatro cortometrajes, este es el primer largo de Aritz Moreno (San Sebastián, 1980), que se ha atrevido con un ejercicio de estilo de mucho calado. La cosa empieza así: Helga viaja en tren; luego sabremos que acaba de dejar a su marido en una clínica psiquiátrica, pero eso no importa todavía. Frente a Helga va sentado un hombre, que de pronto entabla conversación con ella. Dice ser y llamarse Ángel Sanagustín, el doctor Sanagustín, un psiquiatra que puede ser quizá el que trate a su marido.

Tampoco eso importa aun. El doctor comienza a contar una historia, cuyo protagonista, Martín Urales de Úbeda, vuelve a casa hecho un cristo. Viene de la guerra y, claro, narra cómo le ha ido allí, que aventuras ha vivido y a qué personajes ha conocido. Entre ellos está la enigmática doctora Linares, que, un día, ante su asombro, le contó toda su vida, en la que resulta que Cristóbal… o quizá Leandro, o Emilio… No, Emilio, no. Emilio, luego lo sabremos, es el marido de Helga.

Y así sucesivamente. El relato se va enredando más y más, como una madeja de subtramas que se van superponiendo unas a otras, al estilo de El manuscrito encontrado en Zaragoza de Wojciech Has (1965) –sobre la novela de Jan Potoki-, a lo largo de progresivos capítulos, dejando que el espectador vaya componiendo el tejido narrativo con los retazos de que dispone, en los que, además, no faltan las sorpresas y los golpes de efecto. Eso sí, alguno de los fragmentos quiebra, voluntariamente o no, el cuerpo de la historia. O me lo parece a mí, cualquiera sabe.

En cualquier caso, sigue sin importar. La película es tan surrealista que vale tanto lo que se ve en la pantalla como lo que bulle en el cerebro del espectador. Creo que los mimbres del relato están ya en la novela original de Antonio Orejudo, pero hay que ensamblarlos en una imagen que, sin perder seguramente esa esencia, se construya como un discurso autónomo.

Desde mi punto de vista, Moreno lo consigue sobradamente, con un pulso certero –muy difícil en una obra como esta-, con un feroz sentido del humor y con la complicidad y la entrega de sus intérpretes, que se ponen, del primero al último, a hacer las barbaridades que este viaje desastroso les impone. Pilar Castro subyuga, Ernesto Alterio es un escapista alienado, Luis Tosar desmiente con la mirada lo que dice de palabra, Quim Gutiérrez se crece sádicamente -¿he dicho sádicamente?- como nunca lo había visto, Javier Botet y Macarena García protagonizan la más delirante historia de amor jamás filmada, algo así como si Amèlie se hubiera vuelto loca…

En fin, que, como dice el propio Aritz, su película tiende a ser como si Wes Anderson hubiera rodado El club de la lucha, con un resultado absolutamente marciano. Estoy de acuerdo, porque si Ventajas de viajar en tren no es una obra maestra, ni siquiera perfecta al cien por cien, sí que es una ópera prima muy prometedora por su ingenio, su velocidad de crucero, su capacidad transgresora y su enorme –enorme- potencia visual: lo principal en el cine.

VIAJE A SILS MARIA   (14.06.15)
Dir.: Olivier Assayas
Pro.: Charles Gillibert   Gui.: Olivier Assayas
Int.: Juliette Binoche, Kristen Stewart, Chloë Grace Moretz
El francés Olivier Assayas es un director y guionista con una veintena de títulos en su currículum; su apuesta ha sido siempre por un cine de autor, personal y sin demasiadas concesiones a la comercialidad. Quizá por eso su obra no es muy popular en España; sus estrenos han llegado –unos pocos: Boarding gate (2007), Las horas del verano (2008), Después de mayo (2012)…- con cuentagotas y lo más visto ha sido, paradójicamente, su miniserie Carlos (2010), sobre el famoso terrorista venezolano. 
Ahora nos trae su última película, Viaje a Sils Maria. Es el nombre de
un espectacular enclave en el corazón de los Alpes suizos, y hasta allí viaja la célebre actriz Maria Enders, acompañada de su asistente personal, Valentine. El propósito del viaje, que de momento parece ser la pieza angular del argumento, se frustra por un dramático acontecimiento; en esos primeros momentos, el guion deja entrever los caracteres de ambas mujeres y las imágenes escuetas –un vagón de tren, dos personajes, unas llamadas de teléfono- las ilustran con eficacia.
Maria llega a su destino desconcertada y sin mucho ánimo, pero encuentra, a cambio, una inesperada posibilidad de relanzar su carrera. Hace veinte años, ella triunfó en el teatro interpretando una obra que plasmaba la relación entre dos mujeres: la joven Sigrid y la madura Helena: una historia de admiración, posesión y dependencia, que acababa en un arrebato mortal. Maria entonces fue Sigrid, y ahora un importante director quiere reponer la función y le ofrece el papel de Helena, acorde a su edad actual.
Al principio, el proyecto le parece descabellado e imposible de asumir, pero poco a poco, Maria va venciendo sus dudas y sus escrúpulos –y sus enormes miedos- y acepta el desafío.
Entonces comienza a ensayar su nuevo rol con la ayuda de Valentine, que asume darle la réplica. La posición real de ambas, su relación profesional, se parece demasiado a la de la ficción teatral; las palabras, los gestos, las miradas empiezan a alcanzar otra dimensión, y la vida de las dos mujeres se adentra en una espiral de emociones, en la que cada vez está menos claro dónde acaban los personajes y cuándo siguen siendo ellas mismas. Ni siquiera la aparición de la turbulenta Jo-Ann Ellis, la joven y escandalosa actriz que aspira al papel de Sigrid, cortocircuita la electricidad que se crea en los ensayos privados en la soledad de los valles alpinos.
Maria y Valentine recrean el texto por todos los rincones de la casa y también en mitad de la infinita montaña cercada por las nubes. Hasta que el tiempo pasa y llega el desenlace. Que, como dice Assayas de su película, no es geométrico, sino líquido. Como el sustento de esas nubes, como la naturaleza de los sentimientos. Es posible no entender Viaje a Sils Maria, pero es casi imposible sustraerse a sus imágenes, sus sonidos –desde las voces de las protagonistas a la ensoñadora música barroca que las enmarca-, sus secuencias sugerentes y adultas.
Viaje a Sils María coincide en su estreno con el regreso de las emociones jurásicas de Spielberg. Sin ánimo de establecer una comparación entre ambas películas, salta a la vista la meridiana diferencia entre las propuestas: un guion archisabido, predigerido, efectista y pueril frente a un texto original, maduro e inteligente. Y eso sí, una evidente coherencia interna en ambos relatos: la de unos personajes y situaciones –apoyados en la apabullante factura técnica- que en ningún momento escapan del corsé, por un lado, y la que prestan la verdad, la hondura y la libertad narrativa y vital, en el otro: el estupendo trabajo de Kristen Stewart, lejísimos de sus argumentos adolescentes, y la maravillosa Juliette Binoche, que se desdobla una y otra vez en un juego de interpretaciones y sutilezas que parece no tener fin.
Pese a todo eso, desgraciada
mente, Jurassic World la verán millones de espectadores, y la de Assayas, no. Y aquella recaudará diez, tal vez cien veces más que esta. El signo de los tiempos.
(https://www.facebook.com/CloudsOfSilsMariaMovie)

VICKY CRISTINA BARCELONA    (21.09.08)  
Esc. y Dir.: Woody Allen
Pro.: Letty Aronson, Stephen Tenenbaum
Int.: Scarlett Johansson, Rebecca Hall, Javier Bardem, Penélope Cruz  
Nueva película de Woody Allen –y van 40-, nueva entrega anual del genio neoyorkino –72 años y toda una carrera por delante, al paso que va-, que sigue rodando en Europa: tres en Londres, ésta en España y dos más que le quedan por su acuerdo con Mediapro. Y curiosamente ahora es más celebrado en su país: tras Match Point, ésta última ha sido unánimemente bien acogida por público y crítica.
Vicky y Cristina son dos chicas americanas que llegan a Barcelona a pasar las vacaciones de verano. Son completamente distintas, y ya nos lo anticipa un narrador, una voz en off que no abandonará en toda la película sus puntualizaciones, y que no deja de ser un capricho más de Allen; un procedimiento nada cinematográfico en principio, pero que acaba por funcionar, proporcionando al relato un aire de fábula, de cuento moral bastante significativo.
Vicky –Rebecca Hall- es una joven sensata, aplicada y con novio; sabe lo que quiere e intenta ser consecuente. Cristina –Scarlett Johansson- sabe, sobre todo, lo que no quiere; tiene un temperamento artístico y un carácter mucho más alocado y decidido que su amiga. Las dos se instalan en casa de un matrimonio amigo de Vicky y recorren la Barcelona turística y cultural –estupendas pinceladas de Allen- hasta coincidir en una exposición con un pintor español, Juan Antonio, que, como los cuadros no son suyos, está allí muy aburrido.
Pocos días después, Juan Antonio –que también se ha fijado en ellas, claro- se presenta en la mesa en que las dos comen y les propone irse los tres a Oviedo, disfrutar de la ciudad y de su gastronomía, y hacer el amor indiscriminada y abundantemente. Naturalmente, a Vicky la proposición de semejante golfo le parece un horror, y Cristina la encuentra divertida; tanto, que convence a su amiga, y sin más preámbulos cogen el avión: uno chiquitito, con Juan Antonio a los mandos, porque además de pintor es piloto, y además muy guapo y atento y muy inteligente, y todo es muy gracioso.
No es cuestión de contar toda la película, pero sí explicar que, cuando Cristina y Juan Antonio van consolidando su relación y ella está más confiada, hace su aparición María Elena –los nombres compuestos españoles le hacen mucha gracia a Woody-, la ex del pintor: una joven exuberante, arrolladora; también pintora, y bastante loca, en realidad. Juan Antonio y ella se quieren muchísimo pero no se soportan; han vivido un matrimonio breve y problemático y una ruptura más traumática todavía, según el más racial modelo mediterráneo.
Aunque aquí –que no tenemos remedio- nos gustaría que la película se llamase Juan Antonio María Elena Barcelona, o más todavía Penélope Javier Barcelona –qué gustazo-, lo que hace Allen es seguir el periplo amoroso y vital de sus protagonistas: Vicky recibe la visita de su novio, y contempla con sentimientos encontrados la vida que, provisionalmente –siempre provisionalmente- vive Cristina con Juan Antonio y María Elena de tercera en concordia. Lo que sí hace el director es no hacer de guionista de la pareja española: deja que los diálogos broten de la inspiración del momento y del particular genio de ambos: Bardem está estupendo casi siempre; Penélope se va calentando y, en mi opinión, termina pasada de rosca; aunque es verdad que su personaje de loca española apasionada es bastante divertido.
Woody Allen rueda como si no estuviera, con enorme facilidad aparente y, desde luego, sin imponerse a los actores. Pero posee una sabiduría apabullante para el rodaje, una capacidad narrativa que le permite cambiar de registro y seguir siendo él mismo, y una inteligencia excepcional que hace que sus películas sean muy graciosas sin dejar de contener unas cargas de profundidad de hondísimo calado. Como ésta, que indaga, en definitiva, en lo que más le gusta: el amor, digo el sexo... y las mujeres. (www.vickycristinabarcelonalapelicula.com)

VIDA OCULTA      (08.02.20)

Dir.: Terrence Malick. Pro.: Elisabeth Bentley, Dario Bergesio, Grant Hill, Josh Jeter. Gui.: Terrence Malick. Int.: August Diehl, Valerie Pachner, Maria Simon.

Llega la nueva película de Terrence Malick, un director de una personalidad arrebatadora. Tiene 76 años y ha dirigido 10 largos. Dos filmes extraordinarios para empezar: Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978), que lo consagraron en todo el mundo y que, paradójicamente, provocaron un insólito silencio de 20 años, que pareció casi una despedida. Reapareció en 1998 con otra obra maestra, un monumento del cine bélico: La delgada línea roja.

Y después han ido llegando títulos con cierta regularidad: El nuevo mundo, El árbol de la vida, To the wonder, Song to song… hasta llegar a esta Vida oculta, una fascinante indagación acerca del alma humana y la libertad de conciencia. Una película de tres horas en la que no hay ni un momento que no sea cine; y esto, que parece una perogrullada, no lo es en absoluto. Sin ir más lejos, acabo de ver una cosa de unos compadres, de casi hora y media, en la que no hay absolutamente nada de cine.

Vida oculta cuenta la vida de Franz Jägerstatter, un personaje real –parece que inspiró a Muhammad Alí su rebeldía al servicio militar- que vivía en un pueblo de Austria de lo que sus tierras y su ganado le proporcionaban. Con mucho trabajo y con total dedicación, obtenía lo suficiente para mantener a su mujer, Fani, y a sus tres hijas pequeñas. Desde el primer momento, Franz deja claro su rechazo a las armas; así como también a apoyar con algún donativo –exigido más que pedido- al ejército de Hitler

Desde 1938, Austria había sido anexionada, incorporada al III Reich como una provincia más. Por eso, Franz es llamado a filas para combatir en la guerra que atraviesa Europa. Y el hombre, que ya siente sobre sus espaldas el aliento del odio y el fanatismo de sus convecinos y las autoridades del pueblo, tiene que dejar a su familia y acudir a la cita con su destino. Pero se niega a coger un fusil, se niega a jurar fidelidad a Hitler. Y es detenido y encarcelado.

Comienza entonces un triste y largo periplo que lo lleva de cárcel en cárcel, de tormento en tormento, sin más consuelo que las cartas que escribe y recibe de su mujer. Esa correspondencia entre Franz y Fani aparece literalmente en la película. Y aparecen también los paisajes auténticos en los que se desarrolló el drama, enmarcando las figuras de sus habitantes. Es imposible filmar con más solemnidad, con más belleza, con un encuadre más expresivo, más exacto.

La fotografía de Jörg Widmer –el mismo de Pina, el maravilloso documental de Win Wenders- retrata esos escenarios, y también los interiores, con emocionante maestría. Y las figuras se rodean, además, de una banda sonora en la que confluyen la naturaleza, la voz interior del protagonista, los aullidos –en alemán sin subtítulos- de sus carceleros, y la música: la genial partitura del maestro James Newton Howard, una pieza maestra de la música de cine.

Vida oculta es larga y la acción se desgrana con un compás pausado, el que requiere una lectura atenta destinada a la inteligencia más que a emoción. Aun así, la película transcurre con ritmo, el que le proporciona el perfecto montaje paralelo de las vidas de sus personajes: Franz, apresado pero libre interiormente; Fani, en la esperanza insomne de un milagro. Magníficos August Diehl y Valerie Pachner en sus composiciones milimétricas, diáfanas. Un acierto total el reparto de intérpretes poco conocidos, que prestan verosimilitud, a los que se suman en breves papeles consagrados como Matthias Schoenaerts, Michael Nyqvist y el gran Bruno Ganz, esta vez sí, en su último trabajo.

VIVIR ES FÁCIL CON LOS OJOS CERRADOS   (03.11.13)
Dir.: David Trueba
Pro.: Cristina Huete   Gui.: David Trueba
Int.: Javier Cámara, Natalia de Molina, Francesc Colomer
Los Rodríguez Trueba: ¡qué familia tan cinematográfica! David es el hermano pequeño de Fernando Trueba, y es tío, por tanto, de Jonás, también cineasta. Es cuñado de la productora de esta película, Cristina Huete, y la hermana de esta, Lala, es la diseñadora de vestuario; y también “sale” Ariadna Gil, con la que el director mantiene buenas relaciones. Eso sí: Jorge Sanz y Ramón Fontseré, que completan el reparto, deben ser solo amigos; sobre todo este último, porque si no es por amistad, no se sabe qué pinta en el asunto.
De David Trueba son La buena vida –un muy estimable debut-, Soldados de Salamina, La silla de Fernando –un magnífico documental co-dirigido con Luis Alegre-, Madrid, 1987 y otras menos interesantes. También es, por supuesto, guionista, escritor y actor si es necesario.
Vivir es fácil… se inspira en un hecho real: en los años 60, un profesor de inglés enseñaba el idioma basándose en las letras de las canciones de los Beatles. Como encontraba algunas frases ininteligibles, cuando se enteró de que John Lennon estaba en España rodando una película –Cómo gané la guerra, de Richard Lester-, decidió ir a encontrarlo para que le sacara de la duda. Y ese es el itinerario de la película, con Antonio –el profesor- cabalgando en su rutilante 850 desde Cartagena hasta Almería.
Lo demás se lo ha inventado Trueba; por el camino, Antonio recoge a Belén y a Juanjo, dos chavales fugitivos: él, de su casa, donde su padre, un severo policía, no entiende su rebeldía juvenil; y ella, de una institución religiosa –o sea, una cárcel- para madres solteras y niñas descarriadas en general. Juanjo es un crío que no sabe qué hacer con su vida, y solo tiene claro que en su casa no aguanta más; Belén es una joven animosa y alegre, que quiere llegar a la costa, que es también la libertad y el futuro. Antonio acepta complicarse el viaje –siempre que no le saquen de su irrevocable intención-, conmovido y estimulado por el aire fresco que le aporta la presencia de los chicos. Y así, llegan a Almería.
Como en tantas ocasiones, lo importante del camino es el camino mismo, como una vía de conocimiento, de estímulo y de crecimiento. También aquí, pero en esta ocasión importa más la meta. Allí, Juanjo madurará en un curso acelerado; Belén encontrará la energía que necesitaba; y Antonio pasará por encima de las mil y una dificultades que presenta su misión –casi una odisea homérica- para alcanzar su Ítaca soñada: el rodaje de la película y la caravana de John Lennon, con Lennon y su guitarra dentro. Y allí, como un himno, como una alegoría, nace Strawberry Fields Forever.
La historia es bonita; quizá demasiado bonita… La ambientación es buena; seguramente si no me la creo del todo es porque la España cutre que retrata Trueba era en realidad más cutre todavía. Javier Cámara está muy bien, aunque se parece demasiado a Javier Cámara… Ningún reparo a los dos jóvenes: Francesc Colomer –el “Andreu” de Pan negro- ha crecido y apunta muy buenas maneras, y Natalia de Molina, una casi debutante, es una agradable revelación que llena la pantalla con su fotogenia y su gracia. Por el contrario, Ramón Fontseré, un enorme actor de teatro, me resulta un muy flojo actor de cine; o será que su papel es menos agraciado…
El propio título de la película está sacado de la canción de Lennon, pero también en ella se dice que “nada es real”. Quizá haya que ver la película así para que funcione: como un cuento, como una historia de ilusión, un canto a la voluntad y una metáfora de la vida en la que abrir los ojos cuesta más, pero tiene su recompensa. En esa tesitura, el guion funciona sin fisuras; a estas alturas, David Trueba no tiene problemas para componer de manera eficaz sus palabras y sus imágenes; la historia fluye felizmente y el espectador se cree lo que ve y lo que se le sugiere: incluso que Lennon devolvió la visita a Antonio para cantar con él Strawberry Fileds Forever en su clase. (
https://es-es.facebook.com/viviresfacillapelicula)

VOLVER A EMPEZAR   (28.11.20)

Dir.: Phyllida Lloyd. Pro.: Rory Gilmartin, Ed Guiney, Sharon Horgan. Gui.: Malcolm Campbell, Clare Dunne. Int.: Clare Dunne, Molly McCann, Ruby Rose O’Hara.

Nos va a llegar muy oportunamente Volver a empezar, la nueva película de Phyllida Lloyd (Bristol, Inglaterra, 1957); la conocemos por sus anteriores y estimables películas: Mamma mia! (2008) y La dama de hierro (2011), la biopeli de Margaret Thatcher que protagonizó Meryl Streep. También produjo la Mamma mia 2, pero eso se lo perdonamos.

Oportuno, el estreno, porque llegará a pocos días de que celebremos la lucha contra la violencia machista, precisamente el tema central de la película, cuyo título original, Herself (Ella misma) es, nuevamente, mucho mejor que el que le han puesto aquí. Ella es Sandra, un mujer joven y trabajadora, que escapa con sus dos hijas de un marido animal, machista y violento, y homicida si le dan la oportunidad. Se ha librado por poco, pero su vida no es nada fácil.

Vive en un hotel, malamente escondida con las niñas. Trabaja asistiendo a una mujer mayor, que necesita todos los cuidados, y completa su jornada en un bar regentado por otro homínido de baja estofa. Mucho trabajo y poco dinero, otro signo de los tiempos. Se supone que las instituciones y organismos competentes velan por Sandra y sus hijas, vigilan –un poco- la conducta del marido, amparan –otro poco- sus necesidades y hasta las tienen apuntadas en la lista –interminable- de los pisos de protección para que puedan dejar el hotel.

De repente, cae en sus manos una información que puede cambiarles la vida: la oportunidad de construirse una casa. Con sus propias fuerzas y con la ayuda necesaria, claro. Pero parece algo tangible, un proyecto posible, una solución. Aunque a Sandra no se le ocultan las dificultades del asunto: cuesta unas 35.000 libras, que no tiene; necesita un terreno donde asentar la casa, y no cuenta con más manos que las suyas, fatigadas, y las demasiado pequeñas de sus hijas.

Por aquí aletea el aliento del gran Ken Loach: en el dibujo de estos personajes, seres desvalidos en medio de una sociedad indiferente cuando no francamente hostil; los postulados estéticos y narrativos son parecidos, y también idéntica la mirada comprensiva y compasiva. Sobre todo cuando esta mujer se enfrenta a la administración y sus servidores cuadriculados y obtusos, sean funcionarios de a pie o magistrados togados; capaces de quitarle la ayuda económica o hasta la custodia de sus hijas ante el menor problema, aunque sea ficticio, que aparezca.

En cualquier caso, la historia de Sandra vuela con alas propias, gracias a la entrega de sus protagonistas y a la sinceridad y originalidad de la propuesta, que incluye no solo la evidente complicidad entre las mujeres, sino también la de buena parte de los hombres del entorno; y también el punto de vista de las niñas, algo que es profundamente acertado: los hijos son las víctimas inocentes de los malos tratos machistas, sobrevivientes a veces en un hogar roto, con una madre malherida, a veces en la absoluta e irrecuperable orfandad.

No importa cuál sea el final del relato de Lloyd y Dunne –estupenda coautora, como actriz y guionista-, si es amargo o esperanzador, o ambas cosas a la vez; lo importante es la lección moral que se desprende de todo él: la lucha de una mujer por remediar un error –casarse con un imbécil al que, evidentemente, no conocía-, sacar a sus hijas de la desgracia inminente y buscar un futuro acorde a la condición humana que todos poseemos. Dentro de una frágil casa de madera o entre los más sólidos muros de la voluntad, el coraje y la solidaridad.

VULNERABLES   (04.11.12)
Y para el final se queda el intento de cine de otro español, también debutante en la pantalla grande: Miguel Cruz Carretero y su Vulnerables. El título hace referencia a los sufridos críticos, que no nos merecemos tanto castigo. O no, igual es a los protagonistas de la película: una madre soltera, su bebé prematuro y el guarda de su finca, que tiene un hijo de armas tomar. Puede ser, porque la protagonista es Paula Echevarría, una chica muy mona que está aprendiendo a vocalizar: hay que cuidarla. A los demás no los conozco de nada, pero parecen buena gente. Ah, sí, a Joaquín Perles lo vi en El discípulo; por eso no me acordaba.
Carla, la protagonista, se refugia en la finca en cuestión buscando un ambiente más sano que el de la ciudad para su recién nacido. Trata de vivir allí y trabajar desde la tranquilidad que da el campo, pero la verdad es que aire puro puede que sí, pero tranquilidad no encuentra. Porque en esa casa también pasan cosas inexplicables. Y aquí está bien que lo sean, porque en cuanto se explican resulta aun peor. La película, que no tenía mucho fundamento, se desliza todavía más hacia lo previsible y lo grotesco, con un final tan falsamente dramático que uno lamenta que se acabe… cuando empezaba por fin a reírse.
(http://www.vulnerables.es/)