Más... Más... Más... Más... Más...

CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

=J=

JACK REACHER: NUNCA VUELVAS ATRÁS   (12.11.16)
Director: Edward Zwick. Intérpretes: Tom Cruise, Cobie Smulders, Danika Yarosh
Existen en el cine -americano, sobre todo- algunos curiosos elementos que yo llamo "paradojas de guion". Por ejemplo: ¿por qué los zombis, si tanta hambre tienen, en vez de perseguir seres vivientes, que se les suelen escapar, no se comen entre ellos, que lo tienen mucho más fácil? ¿Por qué cuando alguien se dirige al personaje que acaba de recibir una paliza que lo ha dejado medio muerto, e incluso le han pegado un par de tiros en las rodillas, siempre siempre le dice: "¿Estás bien?" Y por qué los sicarios profesionales contratados por el malo, gentes de probada eficacia y absoluta solvencia criminal, se vuelven tan torpes que son incapaces de alcanzar al protagonista con un cañón a cuatro metros? Todo esto viene a cuento porque en la nueva película de Tom Cruise se dan dos de estas curiosidades. Todas no, porque no es de zombis. 

Tom Cruise, sin que nadie se lo impida, vuelve a encarnar el personaje de Jack Reacher, un antiguo oficial del  ejército reconvertido en justiciero autónomo. Ahora se ha metido en una aventura muy peligrosa, tratando de salvar a la comandante Susan Turner –aun antes de saber lo atractiva que es, aunque como han hablado por teléfono, igual le ha mandado un selfie y no nos hemos percatado- de un complot contra su vida, acusada falsamente de traición para encubrir un asunto de tráfico de armas y droga, y asesinato de soldados americanos. A Reacher no le importa unir sus destinos, aunque ello le valga quedar fuera de la ley y ser perseguido implacablemente por soldados y esbirros profesionales... de esos que decía antes. Y por si fuera poco, en su camino se cruza Samantha, una jovencita que puede ser su hija, fruto de un amor pasajero del que Jack no guarda el menor recuerdo. Todo esto sería demasiado para cualquiera, pero Reacher posee recursos interminables -casi de minisuperhéroe-, aun a costa de hacer increíble el argumento. Si se salva es por la potencia fotogénica que todavía muestra Tom Cruise en la pantalla, su aparente sintonía con Cobie Smulders –lo más interesante del argumento, esa reivindicación del papel femenino en el cine de acción- y el oficio de Edward Zwick, el director de Tiempos de gloria, Leyendas de pasión, Diamantes de sangre y El caso Fischer: esas películas.

 

JACKIE   (18.02.17)
Director: Pablo Larraín. Intérpretes: Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup.
No contento con estrenar dos magníficas obras en un año –El club y Neruda- el chileno Pablo Larraín nos trae a los pocos meses este valiente desembarco en Hollywood con su película sobre una de las figuras más míticas de la historia contemporánea: Jackie Kennedy. 

La película cuenta cómo pocas fechas después del asesinato de su marido, Jackie recibe a un periodista para realizar la que será la entrevista más importante de su vida. A lo largo de la conversación, la joven viuda, todavía con secuelas del trauma pasado, recuerda los fatídicos momentos del atentado y las tremendas horas posteriores hasta desembocar en el controvertido y multitudinario entierro del presidente Kennedy. Jackie revive su paso por la Casa Blanca, con la figura de John al fondo, y el posterior apoyo de su cuñado Robert, siempre cercano, y se interroga acerca de un futuro que no acierta a imaginar fuera de los focos y de la mirada del mundo entero. 

El guion va salpicando los acontecimientos según la protagonista los trae a su memoria; es un artificio que funciona perfectamente, pues los giros caprichosos de los recuerdos –también removidos por las preguntas del periodista- van permitiendo encajar el puzle de situaciones, momentos y sentimientos que se entrecruzan en la pantalla y que permiten al fin comprender en toda su magnitud el trance por el que pasaron los estadounidenses y, sobre todo, la que fue su primera dama e icono de un estilo, una cultura y un modo de vida de personalidad arrebatadora.

Formidable interpretación de Natalie Portman, con un gesto contenido que sugiere tanto como revela de una figura sorprendente, mucho más interesante de lo que se mostraba en aquellos años; y, como decía, otra reveladora película de Pablo Larraín: un director muy inteligente, que no hace concesiones y que acostumbra a poner el dedo en la llaga.

J. EDGAR   (29.01.12)
Dir.: Clint Eastwood
Pro.: Clint Eastwood, Brian Grazer, Ron Howard   Gui.: Dustin Lance Black
Int.: Leonardo DiCaprio, Naomi Watts, Armie Hammer  
Nueva película del gran Clint Eastwood, el maestro de casi 82 años, que lleva 56 en la pantalla: más de 60 títulos como actor, en los que ha ido ganando calidad y prestigio paso a paso, y 32 como director en las tres últimas décadas, con un balance más que sobresaliente: El jinete pálido, Bird, Sin perdón, Los puentes de Madison, Mystic River, Million dollar baby, Banderas de nuestros padres-Cartas desde Iwo Jma –las dos caras de un episodio de la guerra mundial-, El intercambio, Gran Torino… son algunas de sus mejores y más reconocidas películas. 
Alguna vez Estwood se ha acercado al género biográfico, pero ahora se sumerge de lleno para retratar la vida de John Edgar Hoover, el fundador y primer director del F.B.I. La película comienza cuando un anciano Hoover se decide a escribir sus memorias. Lentamente, con enorme concentración, va dictando sus recuerdos a los jóvenes agentes que sucesivamente se ponen a su disposición; recuerdos en los que se mezclan aciertos y errores, espectaculares triunfos y amargas derrotas, y también verdades y mentiras: en muchos momentos, J. Edgar transforma a su antojo el pasado y se presenta como un héroe de la justicia y la moral.
De esta manera obtenemos una visión del país de la juventud de Hoover. Los movimientos anarquistas de la época sacuden la sociedad con sus huelgas y atentados, y el comunismo aparece pronto como una amenaza venida del extranjero para dinamitar las esencias americanas. El joven abogado se introduce en el Departamento de Justicia y pronto llega a ser asistente del director de la Oficina de Investigación; no mucho después recibe el encargo del presidente Coolidge de crear, organizar y presidir un nuevo organismo de lucha contra el crimen: la Oficina Federal de Investigación: el famoso F.B.I.
J. Edgar cuenta su vida como a él le apetece que aparezca, pero el espectador pronto advierte que esa imagen autocomplaciente se asemeja poco a la que Eastwood traza: patriota a ultranza, luchador incesante contra la anarquía y el comunismo, racista, xenófobo, chantajista y ocultamente homosexual, lo que vemos es un retrato mucho más profundo, complejo y contradictorio. Dueño aparentemente de una voluntad y una decisión cercana a la violencia, necesita sin embargo el apoyo incesante de su madre y se alimenta de la mutua devoción que se profesan. Sin apenas salir de su oficina, en la que se desenvuelve gracias a la asistencia de su fiel secretaria Helen y su íntimo amigo Clyde Tolson, controla las actuaciones de su organización; eso sí, otorgándose el éxito que obtienen sus agentes: parece que él mismo es capaz de detener al raptor y asesino del bebé de los Lindbergh o de enfrentarse y acabar con cualquier gánster de primera categoría. Se siente defensor de su patria, pero no duda en ordenar escuchas ilegales y elaborar documentos –o inventárselos, si llega el caso- sobre la vida privada del secretario de Justicia Robert Kennedy, la esposa del presidente Roosevelt, el líder afroamericano Martin Luther King o el mismo presidente Kennedy.
La película de Eastwood, sin duda una de las mejores de las muy numerosas -casi 40 he contado, entre cine y televisión- que hablan del inventor del F.B.I., recrea con la frialdad y la exactitud de un cirujano toda la vida de Hoover; desde su juventud ambiciosa a su vejez indomable, recorriendo los 50 años de su trayectoria profesional y personal; todas las imágenes tienen dueño: un sensacional Leonardo DiCaprio, magníficamente caracterizado, que pone cara, cuerpo y voz al personaje en todas sus edades. 
Pero la autoría, sirviéndose magistralmente del guión de Dustin Lance Black –autor de Mi nombre es Harvey Milk-, es de Clint Eastwood; aquí está toda su sabiduría para crear atmósferas, para la progresión dramática y para el análisis y la descripción sin contemplaciones: un universo estilístico, pero sobre todo ético, en el que el cine traspasa la barrera de los sueños para convertirse en un trozo de vida auténtica, real y contada sin temor a la verdad. (www.jedgarmovie.com)

JERSEY BOYS   (07.09.14)
Dir. Clint Eastwood
Pro.: C.E., Graham King, Tim Headington, Robert Lorenz   Gui.: Marshall Brickman, Rick Elice
Int.: John Lloyd Young, Erich Bergen, Christopher Walken
Clint Eastwood: 66 títulos como actor, 37 como director, también productor y compositor. Un puñado de obras maestras, y muchas películas magníficas. Le ha dado tiempo, tiene 84 años: es uno de los pocos grandes maestros del cine que siguen en activo a esa edad. Parece que se despidió de la interpretación –yo no lo tengo tan claro- hace un par de años, con Golpe de efecto, pero sigue dispuesto a dirigir; de hecho, tiene casi terminada su siguiente película, American sniper, basada en la vida de los Navy Seal americanos; ya se sabe que el asunto bélico le interesa. 
Jersey Boys es un musical, un género poco frecuente en su carrera, pero sin duda muy de su gusto. El guion parte del libreto de la obra de teatro, de gran éxito en Estados Unidos, que relata la vida  y canciones de The Four Seasons, el grupo que arrasó en las listas de éxitos y el favor del público durante los años sesenta. Unos chavales de la calle, delincuentes juveniles sin más futuro ni frontera que su barrio de Nueva Jersey, se convirtieron en artistas consagrados, famosos y millonarios, gracias a la música. Gracias, sobre todo, a la voz, un falsete extraordinaria-mente modulado, de Frankie Valli –nacido Francis Castelluccio- y al empeño de Tommy DeVito, que alternaba la cárcel con los escenarios, con diversa fortuna en ambos espacios. Con Nick Massi y Bob Gaudio –autor de las mejores canciones del grupo- se completó la formación inicial, que tras probar suerte con varios nombres, acertaron al fin con el definitivo. También acertaron con la música que al público y a las radios, omnipotentes entonces, le gustaba; y llegó el éxito. Y años después, como es lógico, los problemas, las disensiones y la ruptura.

¿Cómo está contado todo esto? Con una bonita factura, que une a la perfecta recreación de la época una fotografía adecuada, con tonos ocres y luces planas, como una película antigua, precisamente. La acción está salpicada, por supuesto, por múltiples actuaciones de la banda, desde los primeros escenarios hasta el mítico show de Ed Sullivan; y por continuas apelaciones de los protagonistas, que se dirigen directamente a la cámara para explicar la historia o su punto de vista del momento. Ambas cosas –sobre todo la primera- hacen que el ritmo de la narración se resienta; y también contribuye el que el guion haya preferido obviar la carrera artística para centrarse en la vida personal de los cantantes. 

No sabemos nada de sus giras –a pesar de estar siempre en movimiento- ni de las grabaciones, ni de la trastienda de sus conciertos. O, mejor dicho, casi nada: vemos lo que concierne a Valli y su familia, a DeVito y sus finanzas –desastrosas-, a los efectos del vino y las mujeres –escasamente- en Gaudio y Massi. Hay algunos momentos muy dramáticos en la vida de Frankie Valli, principal protagonista del relato, que no llegan a cuajar en verdadera emoción, y lo mismo sucede cuando la quiebra económica pone al grupo al borde del abismo por culpa de DeVito.

Los mensajes latentes en la historia: que solo el trabajo continuo y la fe en el propio talento conducen al éxito, y que la fidelidad a la amistad antigua y al espíritu de barrio está por encima de cualquier problema, que seguramente están en el libreto original y que me parece que entroncan muy bien con el ideario de Clint Eastwood, no están afirmados, sin embargo, con la fuerza necesaria. Al director parece que le ha menguado la energía y no acierta a sacar la partitura de un tono menor; lo que se trasluce también en el reparto, que no me parece un ejemplo de acierto, precisamente. 

Y esa debilidad impregna a la película, más que de nostalgia –que quizá un fan americano pueda sentir-, de ñoñería; a lo que contribuyen las propias apariciones del grupo, con sus voces y sus coreografías: a la vista de la película, no sé si The Four Seasons fueron los más cursis de entre los grandes, o uno de los más grandes de todos los grupos cursis que han pisado un escenario. (www.jerseyboysmovie.net)

 

JOHN WICK: CAPÍTULO 3 - PARABELLUM   (01.06.19)

Dir.: Chad Stahelski. Pro.: Basil Iwanyk, Erica Lee. Gui.: Derek Kolstad, Shay Hatten, Chris Collins, Marc Abrams. Int.: Keanu Reeves, Ian McShane, Halle Berry.

Esta película tiene dos protagonistas absolutos: el que vemos en la pantalla y el que firma el artefacto. De Keanu Reeves lo sabemos casi todo: actor consagrado, con cerca de 100 títulos en su haber que van de lo magnífico a lo… regular. De Chad Stahelski conocíamos que era antiguo boxeador y maestro de artes marciales, y luego especialista –de los de caerse por las escaleras y saltar por los aires- en más de 70 filmes. En Matrix coincidió con Keanu y de ahí surgió esta colaboración en las historias del personaje creado por Derek Kolstad.

En el tercer capítulo de John Wick, el hombre aparece corriendo que se las pela por las calles de Nueva York. Es de noche y llueve y se está poniendo como una sopa, pero no encuentra dónde guarecerse. La verdad es que han puesto precio a su cabeza -14 millones, ahí es nada- por haber matado en lugar sagrado, y todo el mundo quiere cobrar la recompensa. Toda la primera mitad del metraje consiste en una serie de escaramuzas entre el bueno de Wick y sus perseguidores.

Hay descomunales peleas, en las que Wick debe utilizar toda clase de habilidades y recursos, algunos cercanos al dibujo animado, para escapar una y otra vez, más maltrecho, pero aun con vida. Hasta que, harto de correr, decide ir a ver a los responsables del asunto. Primero a La Directora –una Anjelica Huston cada vez más tenebrosa-, luego a su antigua amiga Sofía, que duda entre matarlo o llevarlo a ver al jefe, y así va subiendo escalones hasta llegar al mandamás de la Alta Mesa, que así es como se llama la organización.

Esta segunda parte –que contiene tantas peleas como la primera- culmina con el regreso de Wick al hotel Continental con un encargo muy concreto: matar a su director. Y ahí se desarrolla la fantástica traca final, con una ensalada de tiros, toda la cristalería destrozada y un duelo a cuchilladas y mamporros digna de las mejores películas de aventuras del Hollywood clásico.

Por medio hay secretos, compromisos y traiciones, y hasta amuletos y relicarios, y una tropa de personajes más o menos secundarios que los seguidores de la serie reconocerán y disfrutarán. El espectador común también se lo pasa bien, gracias a la velocidad de los acontecimientos –el guion es de una eficacia imbatible-, la brillante factura de la imagen y el sentido del humor que derrocha la película, con algunas situaciones cercanas al puro cómic.

Y con dos elementos más, de primera categoría: el pulso del director para crear y fotografiar unas coreografías a veces sumamente complicadas, y el carisma de Keanu Reeves, que compone un John Wick que, apaleado, herido y mugriento, sigue siendo el pistolero más elegante –con traje y corbata todo el tiempo- y más resistente. A sus 55 años, y aunque la mitad de las escenas no las haya rodado él, la paliza que se lleva en esta película acabaría con cualquiera menos templado.

Para colofón, el plano final, en el que un Wick muy cabreado, deja entrever que la cosa no acaba aquí. Ya nos lo imaginábamos, dado el éxito del personaje, la fuerza de su intérprete y el empeño de sus creadores. Tenemos John Wick para rato.

 

JOKER   (05.10.19)

Dir.: Todd Phillips. Pro.: Todd Phillips, Bradley Cooper, Emma Tillinger Koskoff. Gui.: Todd Phillips, Scott Silver. Int.: Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Zazie Beetz. 

Fue una relativa sorpresa saber que la reaparición del Joker iba a ser realizada por Todd Phillips, el director de Starsky & Hutch, Escuela de pringaos, Salidos de cuentas y los explosivos Resacón en Las Vegas y sucesivos. El hombre parecía más dotado para la comedia bufa que otra cosa; pero este cambio de registro demuestra que tiene pulso para otros géneros también.

En cuanto al personaje, es sabido que el Joker es el enemigo mortal de Batman. Ya lo hemos visto batirse el cobre con el hombre-murciélago en varias ocasiones –hasta ocho, según mis cuentas-, en películas sombrías, paródicas, de animación y en series de televisión. Bajo las capas de maquillaje y la sonrisa rota han estado Jack Nicholson, Heath Ledger –para muchos el mejor- y Jared Leto, entre otros. Y ahora toma el relevo Joaquin Phoenix, un actor descomunal al que le viene como anillo al dedo.

Esta versión es, quizá, la más realista y la más honda. Bucea en la raíz del individuo, un pobre hombre con cierta disfunción mental, aquejado además de un síndrome nervioso que le hace estallar en carcajadas ante la menor perturbación. Se gana la vida haciendo de payaso, publicitario, familiar y hasta terapéutico: lo que le dejan. La verdad es que no le va muy bien. Gothan es una ciudad inhóspita y cruel, y sus calles están pobladas de pandilleros peligrosos y delincuentes de traje y corbata, más letales todavía.

Y ahí anda este Arthur Fleck, un equilibrista en el alambre. Lo malo es que el alambre está electrificado. Y la vida de Arthur está presidida por el dolor, la amargura y el caos. Y como consecuencia, la locura. Joker no es una película de superhéroes; ni de supervillanos. Es un desguace psicológico y sociológico. Un individuo dislocado en una sociedad deshumanizada. Phillips ahonda en su protagonista, en su evolución/involución, pero de su mirada no se escapa nadie: ni el sistema público de salud, ni la policía, ni las clases altas ni las bajas. Y, por supuesto, tampoco los medios, empezando por una televisión omnipresente y omnívora. Ahí aparece el rutilante Murray Franklin, presentador de un famoso “late night”, que ya se cree dueño del destino de las personas. Un espléndido Robert De Niro, que compone el contratipo del Rupert Pumkin de El rey de la comedia (Martin Scorsese, 1982), un delirante aspirante a cómico. Un referente inevitable, quizá; alguien como Arthur Fleck, al que también le gustaría ser una estrella del escenario. Lo intenta, lo intenta todo; y cada rechazo lo empuja más por el camino de la enajenación y la violencia.

La película es de una potencia extraordinaria, con una banda sonora que no da respiro y una fotografía –de Lawrence Sher–espléndida. Y es sobre todo una exhibición del talento de Joaquin Phoenix, un recital apabullante y de extremo riesgo, que lleva desde las miserias de Arthur Fleck hasta la explosión del Joker; un recorrido que suscita la simpatía del espectador, luego el miedo y por fin el horror. Christopher Nolan nos ayudó a entender a Batman; Todd Phillips nos ha contado la vida del Joker: yo creo que todavía más apasionante.

JOVEN Y BONITA   (09.03.14)
Dir.: François Ozon
Pro.: Eric y Nicolas Altmayer   Gui.: François Ozon
Int.: Marine Vacth, Géraldine Pailhas, Frédéric Pierrot
François Ozon, parisino de 43 años, ha demostrado a lo largo de su carrera un especial conocimiento del alma femenina. De sus 15 largos –ha dirigido además una veintena de cortos y documentales-, casi la mitad poseen potentes personajes femeninos, cuando no absolutos protagonistas: Bajo la arena, 8 mujeres, Swimming pool, 5x2, Potiche, mujeres al poder… Y también alguna vez Ozon ha fijado su mirada en el mundo de los adolescentes: en Sitcom –su segunda película, del 98- por ejemplo, y, por supuesto, en su mayor éxito internacional, la reciente En la casa.
Si a estas características le sumamos una evidente inclinación hacia los asuntos cargados de morbo, cercanos alguna vez a la perversión, esta última propuesta, Joven y bonita, resulta ser, sin duda, una de sus obras más representativas: universo femenino, personaje adolescente, situaciones de franca perturbación. La protagonista es la guapísima Isabelle  –la modelo Marine Vacth, hasta ahora rostro de Yves Saint-Laurent y Ralph Lauren-, una chica de diecisiete años, de familia acomodada, que vive en París y estudia en el instituto. Pasa las vacaciones en la playa, acaba de celebrar su cumpleaños y se entrega sin ningún entusiasmo a su noviete de verano.
Cuando llega el otoño, la vida de Isabelle da un cambio radical. Nadie lo sabe en su entorno ni mucho menos en su familia, pero muchas tardes Isabelle se esconde, se maquilla y se viste de manera sugerente, y acude a hoteles discretos para prostituirse con desconocidos con los que ha chateado en páginas de contactos de internet. La mayoría hombres mayores, seguramente casados, generalmente educados y de buena posición, que pagan muy a gusto 300 euros o más por satisfacer sus caprichos sexuales con una chica tan atractiva… y tan inexperta al principio.
¿Por qué se prostituye Isabelle? No es por dinero, no es por placer ni tampoco por castigarse ni por una dependencia emocional. No es ladrona, ni anoréxica, ni drogadicta: es prostituta, y tampoco ella sabe por cuánto tiempo ni con qué finalidad. Sus encuentros con los hombres son mecánicos, fríos; la vemos subir las escaleras del metro, atravesar los pasillos de los hoteles, ducharse y vestirse en las habitaciones, ponerse los vaqueros y guardar la falda estrecha y los zapatos de tacón una vez recuperada su personalidad. Apenas habla con sus clientes; si alguno la ofende lo aguanta sin rechistar y si otro parece sentir más de lo habitual su contacto humano, Isabelle no expresa mayor emoción.
Ozon recuerda el verso de Rimbaud “No existe seriedad a los diecisiete años”. La seriedad de la categoría moral, de la norma social, de la imposición de la “normalidad”; todo esto está ausente en el comportamiento y en el pensamiento de Isabelle. Siente su vida en clave de rebeldía, de afirmación de su identidad y de su sexualidad, de la forma más clandestina y más prohibida que puede encontrar. De esta manera, su mundo se desdobla: su vida familiar, sus estudios, sus colegas, su hermano pequeño, que la adora, por un lado; por otro, su vida secreta, su actividad oculta, el sexo pagado, indolente y quizá peligroso, de mano en mano y de cama en cama.
Pasa el invierno y llega la primavera, y habrá que saber qué va a ser de Isabelle. Cada estación está acompañada
por una canción de Françoise Hardy que le sirve de contrapunto: la melancolía y el romanticismo del amor adolescente que impregnan las baladas contrastan con la rebeldía procaz y la aventura incomprensible y temeraria de la protagonista. Entre canción y canción, el estallido juvenil del cuerpo de Isabelle enfrentado al mundo de los adultos: la mirada de la madre, la ausencia del padre, las palabras de la mujer de Georges, el de más edad de todos sus clientes. Y cuando acaba el año, quizá acabe también esa aventura; pero seguramente seguirá siendo indescifrable. Por eso el interrogante sobre el futuro de Isabelle queda sin resolver: François Ozon se muestra como un inteligente observador, pero en la película no hay soluciones ni respuestas; ni mucho menos juicios: el autor comprende a su criatura y la deja libre en busca de su destino. (www.golem.es/jovenybonita)

JUDY      (01.02.20)

Dir.: Rupert Goold. Pro.: David Livingstone. Jim Spencer. Gui.: Tom Edge, Peter Quilter. Int.: Renée Zellweger, Jessie Buckley, Finn Wittrock.

Esta película tiene dos nombres propios; por encima de los demás, quiero decir. El de su director, naturalmente: Rupert Goold –segundo título, tras Una historia real (2015)-; y el de su protagonista: Renée Zellweger, 37 películas, un carrerón hasta que se metió en un duro bache del que sale, quizá, por la puerta grande con este papel de la actriz y cantante Judy Garland que le va a valer su segundo Oscar.

La propia Judy Garland lo rozó dos veces –en 1955 por Ha nacido una estrella y en 1962 por ¿Vencedores o vencidos?- y recibió un premio honorífico de la Academia americana en 1940 por su protagonista de El mago de Oz. Tenía 17 años cuando se estrenó; y treinta años después, con graves problemas económicos, emocionales y físicos, se trasladó a Inglaterra para una importante –y definitiva- temporada de conciertos en un gran teatro de Londres.

No tiene ni un dólar, la han echado de su hotel y debe dejar a sus hijos pequeños con su exmarido, que aprovechará para obtener su custodia. Es alcohólica, su corazón está dañado y su mente sufre asaeteada por los recuerdos de sus pasados éxitos, de sus fracasos sentimentales y también de su infancia y su adolescencia robadas por un inmisericorde Louis B. Mayer, su productor, mentor y verdugo, todo en una pieza.

El relato, que se basa en un texto teatral de Peter Quilter, salta de la actualidad a esos momentos, cruciales en la vida y el trabajo de la artista. Y son los que explica, quizá, la tormentosa historia de Judy Garland; pero sirven, también, para dar a conocer, una vez más, el abuso y la tortura que sufrían las jóvenes actrices en manos de los omnipotentes dueños de los estudios. Y como, por desgracia, esos hechos siguen sucediendo, la película resulta doblemente esclarecedora.

Además, los saltos en el tiempo están insertados con habilidad e incluso con cierta oportunidad dramática, lo que es un acierto de Rupert Goold, que se mueve especialmente bien en el terreno de la biografía. Judy está contada con perfecto sentido de la narración, que se fragmenta por medio de breves elipsis. Así recorremos la vida de la protagonista –un auténtico portento de voz y estilo en la pantalla y en los escenarios- y llegamos a los últimos días en Londres, los últimos conciertos: algunos brillantísimos, otros espantosos. Menos mal que la película remata con Judy Garland –es decir, Renée Zellweger- cantando Over the rainbow, un instante verdaderamente cumbre, lleno de emoción y de entrega. En realidad, el éxito de estas películas biográficas depende sobre todo de la calidad de la actuación y de la empatía y el referente físico entre personaje e intérprete.

Últimamente, el género abunda bastante; y esta Judy de Renée Zellweger, con un inmenso y muy afortunado trabajo de la actriz, es de las mejores y más interesantes propuestas de estas temporadas.