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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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GALVESTON   (08.12.18)

Dir.: Mélanie Laurent. Pro.: Tyler Davidson. Gui.: Jim Hammett. Int.: Ben Foster, Elle Fanning, María Valverde.

Conocemos a Mélanie Laurent sobre todo como actriz –más de 40 títulos ya en su carrera- pero es también guionista, productora y directora: ha realizado cortos y cinco largometrajes, aunque hasta ahora no había traspasado las fronteras de su país. Con Galveston se lanza a la aventura internacional, llevando a la pantalla una novela de Nic Pizzolatto, que firma el guion como Jim Hammett, seguramente un oculto homenaje a Dashiell Hammett, uno de los padres de la novela negra americana. Pizzolatto es el autor de un par de muy buenas novelas, además de guionista de Los siete magníficos  de Antoine Fuqua (2016) y creador de las series The killing y la muy famosa True detective. Entre los dos –Pizzolatto y Laurent- recrean con estricta fidelidad las páginas del libro, que retrata la complicada existencia de dos personas en conflicto; entre sí y con ellos mismos.

Roy Cady es un matón de tres al cuarto, al servicio de Stan, un mafioso y chantajista que, por desgracia, se ha encaprichado de Carmen, la novia de Roy. Así que lo manda a un “encargo” que parece fácil pero que tiene una trastienda bastante sospechosa. De resultas de la operación, Roy tiene que salir por piernas; cargando, además, con Rocky, una chica joven que andaba por allí en situación igual de complicada.

Roy y Rocky inician así una escapada que tiene todo el aire de una “road movie”. Aunque su periplo no dura mucho; primero porque hacen escala para que ella rescate a su hermana pequeña de las garras de su padrastro, y luego porque pronto recalan en un motel medio perdido que les ofrece una mínima seguridad. A partir de aquí, el movimiento sigue, pero son viajes de ida y vuelta al mismo sitio.

Ambos personajes se revisten de su propia paradoja: Roy es un hombre tosco, violento, sin ningún escrúpulo cuando hace falta, pero con una enorme –y escondida- sensibilidad para comprender y solidarizarse con su joven compañera. Rocky es, al contrario, aparentemente frágil y quebradiza; pero su delicada figura oculta una voluntad y una determinación que la hacen imparable. Ambos se enfrentan a un futuro tan improbable que parece milagroso que puedan permitirse una esperanza.

No conozco la génesis del proyecto, pero es evidente que Mélanie Laurent y Pizzolatto se han concedido una mutua confianza y una compenetración que les ha dado buenos réditos. La directora, sobre todo, muestra, a sus 35 años, la madurez y el valor necesarios para afrontar un reto de estas características: volar a América y realizar un relato negro acerca de la amistad imposible y la supervivencia improbable, en un marco de extrema dureza y amenaza permanente.

Ben Foster y Elle Fanning son, claro, la columna vertebral de la historia, y cada uno por separado, y los dos juntos, le aportan su mayor grado de credibilidad y de empatía; y hacen desenvolverse a sus personajes con firmeza entre la nebulosa, la atmósfera envenenada y la amenazante tormenta en la que viven. Un aire amargo recreado con solvencia –y hasta con algún alarde técnico- por el temperamento y la experiencia que demuestra, pese a su juventud, Mélanie Laurent.

GAZA MON AMOUR   (12.06.21)

Dir: Nasser Brothers (Arab y Tarzan). Pro.: Marie Legrand, Rani Massalha. Gui.: Arab y Yarzan Nasser. Int.: Salim Dau, Hiam Abbass, Maisa Abd Elhadi

Arab y Tarzan Nasser son una pareja de hermanos directores de cine. Ojo, que hay muchos: los Coen, los Dardenne, los Wachowski, los Farrelly, los Taviani… y algunos más. Pero estos son especiales. Son gemelos, muestran una figura impresionante, tienen 31 años y son palestinos. En el terreno puramente cinematográfico, son los autores de Degradé, que presentaron con éxito en Cannes, Toronto y Valladolid -aunque entonces se llamaban Mohammed Abou y Ahmad Abou, vaya usted a saber por qué- y esta Gaza mon amour, que destacó en Venecia y ganó en Valladolid los premios a la dirección y al guion.

En el campamento de refugiados de la franja de Gaza vive Issa, un pescador sesentón que sale cada noche al mar -a la estrecha zona costera permitida por Israel- para vender su cosecha al otro día en el mercado. Por allí cerca trabaja Siham, en una tienda de ropa para mujeres; es viuda, vive con su hija Leila, y entre las dos sacan adelante como pueden las confecciones y los arreglos que les piden. En Gaza no hay mucho dinero, así que ni Siham ni Issa andan sobrados, precisamente.

Pero una noche, en las redes de Issa se enreda una presa especial: una estatua de tamaño natural, al parecer de bronce, que luego sabemos que representa al dios Apolo. Bueno, a Apolo a secas, porque allí no se le puede atribuir deidad a nadie más que a Alá. En cualquier caso, es una estatua imponente, en actitud de saludo y bastante contento, porque luce una formidable erección. Issa, confundido, opta por llevarse a su casa el trofeo, pensando en sacarle buen rendimiento.

Quizá así pueda comprar todo el tabaco del mundo -fumar es su vicio más evidente- y las colonias que más le gusten para su aseo personal; y, sobre todo, conquistar definitivamente a Siham, de la que está perdidamente enamorado.

Tanto, que ya se imagina la vida de felicidad que lo espera, y sueña despierto en su humilde casa, al olor del pescado frito y entre los compases de la música de Julio Iglesias; aunque parezca mentira, su cantante favorito. Pero naturalmente, nada es tan fácil. La policía no tarda en enterarse de la furtiva captura y el bueno de Issa es apresado, desposeído de la estatua, conducido en el furgón policial -un carromato viejo y destartalado- y encerrado en el atestado calabozo, entre un montón de delincuentes de toda clase.

La vida continúa. Y los hermanos Nasser retratan la de estos personajes: los protagonistas, la hermana casamentera de Issa, el amigo que planea escapar de allí de cualquier manera, el comisario y las autoridades atentas a medrar, los políticos que se manifiestan en la televisión, las gentes de la calle. Una calle amenazada por la omnipresencia -aunque invisible pero siempre amenazadora- de los aviones y las bombas israelíes. A pesar de eso, como digo, la vida sigue, con cierta esperanza, con cierta alegría incluso, con evidente solidaridad.

Pero no es posible abstraerse a la historia ni a la dramática realidad actual de la franja. No se puede dejar de pensar en qué puede pasar, cuánto les van a durar a estas gentes sus casas, sus trabajos, sus afanes, sus vidas. Hasta el próximo bombardeo, el inminente ataque, la implacable destrucción. Menos mal que, en la película, Issa sigue pescando, Siham cosiendo y regañando a su hija, y la pantalla late con esa esperanza a la que me refería.

Él es Salim Dau, un estupendo y veterano actor, y ella la gran Hiam Abbas -la hemos visto, entre otras, en Las golondrinas de Kabul y Blade Runner 2049- una actriz que no necesita hablar para expresarlo todo con los ojos, con la sonrisa. Ellos dominan la película, una pequeña joya de apenas hora y media que no necesita más para ganar el corazón y la inteligencia del espectador.

GENTE DE MALA CALIDAD    (13.07.08)  
Esc. y Dir.: Juan Cavestany
Pro.: Tomás Cimadevilla
Int.: Alberto San Juan, Javier Gutiérrez, Antonio Molero  
Tras su debut como director con El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo, el también guionista Juan Cavestany nos trae ahora esta “comedia atroz” –como él la llama-, también presentada en Málaga este año. Con los citados, y además Fernando Tejero, Pilar Castro, Francesc Garrido y la colaboración especial de Maribel Verdú haciendo de estupenda sin entrañas.
Un planteamiento, como se ve, absolutamente opuesto al de Irene Cardona: populares primeras figuras de nuestras pantallas –grande y, sobre todo, pequeña- y un argumento que recrea una serie de tipos a cuál más torcido. Manuel es, de alguna manera, el hilo conductor; ejerce de “gigoló” con poca fortuna, vive a salto de mata y después de hacer creer a sus amigos –de intentarlo- que ha estado un tiempo triunfando en el extranjero, “regresa” al barrio tratando de rehacer su vida, sus amistades y hasta su romance con la sofisticada Osiris. 
No se le da muy bien, ni tampoco a sus amigos Fernando, David, Andrés, Lola, José Luis... Sus vidas zozobran entre la angustia existencial –mucho para ellos-, las dificultades de la convivencia, el miedo a la impotencia –de dos o más tipos- y el desamor y la insolidaridad. Y la indiferencia, que es peor. La verdad es que estos personajes no son marcianos; son bastante reconocibles, bastante reales y dan bastante pena. J.C. insiste en esa comedia negra, que te hiela la risa nada más empezada, que es un género muy español de toda la vida y que él se esfuerza en poner al día.
Para eso hace falta una buena producción, y la tiene, y unos buenos intérpretes. Los tiene también: lo malo es que también ellos son caras demasiado habituales, en registros parecidos casi siempre, y eso resta credibilidad y, sobre todo, novedad a su propuesta. Que es muy aceptable, de todos modos: su película es inteligente y muy personal, y divertida y feroz a partes iguales. (www.gentedemalacalidad.es)

GERNIKA   (10.09.16)
Director: Koldo Serra. Producción: José Alba, Daniel Marc Dreifuss. Guión: Carlos Clavijo, Barney Cohen. Intérpretes: James D’Arcy, María Valverde, Jack Davenport.
Gernika es el segundo largometraje para la pantalla grande del bilbaíno Koldo Serra, tras Bosque de sombras, un estupendo y sombrío thriller que rodó en 2006 con reparto internacional. Pero estos diez años los ha ocupado en un prolífico trabajo en televisión, dirigiendo películas y episodios de series como El comisario, Muchachada nui o La fuga; y esa experiencia se manifiesta en la capacidad narrativa y el dominio de los ritmos que atesora esta obra, evidentemente la más personal de su filmografía.
El primer acierto de Gernika reside, precisamente, en huir del panfleto localista. La acción inicial no se sitúa en la propia ciudad, sino en Bilbao, en el seno de la oficina de prensa de la república; desde allí, el oficial ruso Vasyl impone una férrea censura sobre cualquier noticia que pueda resultar contraria a sus intereses. Cosa que no importa demasiado, de momento, a Henry, un periodista americano más dado a la bebida que a su trabajo –trasunto del auténtico George Steer, quien contó al mundo la verdad del bombardeo– y que cubre el frente norte de la guerra sin mayor apasionamiento. Hasta que se siente atraído por Teresa, una joven y entusiasta trabajadora de la oficina, que desprecia el cortejo y las amabilidades de su jefe para entregarse al amor por el atractivo periodista. Esto es cuanto conviene al melodrama bélico, género en el que la historia se inscribe plenamente, recorriendo todos los ingredientes –incluso los más tópicos- del esquema establecido.
De esta manera, son los personajes los que conducen al espectador hasta el momento crítico en que los aviones de la Legión Cóndor –y sus aliados italianos- llevarán el terror hasta la desprevenida Gernika, que solo al final se convierte en protagonista; es la opción desarrollada por el guion, y Serra se aplica a construir la historia de amor que se encamina al fatídico 26 de abril: la misma fecha que la película se presentó en el Festival de Málaga, 79 años después. Aquella tarde –la de 1937-, el coronel Wolfram von Richtofen recibe por fin la ansiada autorización para realizar un experimento bélico de extrema crueldad, concentrando en unas pocas horas la acción que normalmente ocuparía varios días: bombardear y reducir a escombros una población dada. La elegida es Gernika, que posee un puente relativamente estratégico, una estación de ferrocarril y una fábrica de armas, que sirven como excusa. Desde las cuatro de la tarde y en algo más de tres horas, los aviones descargan bombas explosivas e incendiarias mientras los cazas ametrallan a la población en las calles y los campos cercanos sembrando la destrucción y la muerte.
La peripecia de los enamorados, y las de los componentes de las varias tramas secundarias que jalonan el relato, confluyen en el momento y el lugar adecuados para el dramatismo; los personajes han dejado ya muestra de su carácter y de la evolución de sus sentimientos –muy acertadas las interpretaciones del coral reparto encabezado por María Valverde y James D’Arcy- y el clímax se resuelve en conjunción de la propuesta emocional y la crónica histórica. Gernika novela la vida nada inverosímil de los protagonistas –basados más de uno en figuras reales- sin apartarse ni un milímetro de la verdad de unos sucesos que, por mucho que se insista en esa pretendida afición de nuestro cine por la Guerra Civil, se han llevado a la pantalla por primera vez.
Gracias, hay que decir, al empeño personal de Koldo Serra, que retomó un proyecto largamente aplazado, consiguió la financiación precisa para tener el reparto y los medios necesarios –seis millones de euros, una cifra más que importante para la industria española- y trabajó en el argumento para dotarlo de energía y realismo: una historia de amor, un homenaje a los periodistas que cubrieron la guerra y también a las mujeres que trabajaron en medio de la contienda. Y una crónica de un hecho terrible, que nunca debió suceder y que no debemos olvidar.

GHOSTS   (15.05.21)

Dir.: Azra Deniz Okyay. Pro.: Dilek Aydin. Gui.: Azra Deniz Okyay. Int.: Dilayda Günes, Beril Kayar, Nalan Kuruçim.

Debut en el largometraje -Premio de la Semana de la Crítica en Venecia- de esta directora turca, con una mirada original y bastante hipnótica sobre el Estambul actual, una ciudad que sufre, como tantas otras, un proceso de gentrificación en sus barrios tradicionales, deteriorados por el tiempo y cierto abandono. Por allí andan tres mujeres: Dilem, una joven que quiere ser bailarina, Ela, una artista plástica comprometida, e Iffet, una mujer cuyo hijo está en la cárcel, acosado por otros reclusos. Y también está Rasit, un gangster de medio pelo, intermediario en negocios inmobiliarios.

En Estambul hay un apagón general que no acaba nunca, con lo que los días se vuelven complicados, y las noches mucho más. Pero eso no impide que los protagonistas prosigan con su actividad: Rasit intriga para quedarse con los pisos que las mafias le señalan y para tratar de cambiar su apariencia ruinosa; Iffet necesita dinero para echar una mano a su hijo e impedir que lo maten y tiene que recurrir a soluciones peligrosas; Dilem se pelea con todos por conseguir llevar a su grupo de baile a los concursos, y Ela se la juega con su lucha humanitaria.

Las tres mujeres son las que lo tienen más complicado: esto es Turquía, en la capital reina el caos y sus actividades chocan con la insolidaridad y el machismo de una sociedad muy alejada de sus intereses. Y las vidas de todos se entrecruzan en la pantalla, en un montaje espectacular que mezcla incluso formatos y que lleva al espectador en volandas. Azra Deniz Okyay ha dotado a su relato de una fuerza visual -unida a una espectacular banda sonora- y una intención que lo emparenta con obras mayores como Amores perros, de González Iñárritu.

En Ghosts no hay fantasmas terroríficos; pero sí unas almas heridas por la decadencia cívica y moral de un universo cerrado, oscuro y opresivo, en el que la vida no vale más que el dinero, la esperanza se ahoga cada noche y cada individuo busca su tabla de salvación, aunque sea a costa de robársela al vecino.

 

GLASS   (19.01.19)

Dir.: M. Night Shyamalan. Pro.: M. Night Shyamalan, Marc Bienstock, Jason Blum. Gui.: M. Night Shyamalan. Int.: James McAvoy, Bruce Willis, Samuel L. Jackson.

No hace falta presentar a Shyamalan –aunque él se las apañe casi siempre para asomarse en algún momento por la pantalla-: nacido en la India hace 48 años y con una carrera hecha en América, que  comprende 13 películas desde 1992, aunque la que le dio fama universal fue El sexto sentido (1999). Su carrera quizá es un tanto desigual, pero sus historias siempre tienen interés, llenas de misterio, fantasía, algo de ciencia-ficción y puede que con ribetes de terror. Por ejemplo, James McAvoy da mucho miedo.

El británico deslumbró en Múltiple en 2016 y repite ahora, igual que Bruce Willis y Samuel L. Jackson, rescatados de El protegido, aquella película de hace 19 años. Los tres son los protagonistas de Glass, porque lo que ha hecho Shyamalan ha sido enrocarse en su propia obra para enlazar los personajes en un nuevo relato. “Glass” es el apodo ahora del malvado Elijah, pero el argumento es igual de frágil y quebradizo que sus huesos: hay que estar muy atento y no perder ni una imagen, ni una palabra de cuanto sucede en la pantalla.

Elijah, David y Kevin –este junto con sus otras 23 personalidades- se encuentran reunidos en un momento dado, sometidos a la atención de la doctora Staple, una psiquiatra que parece entender las características y condiciones de los tres: el trastorno de personalidad disociativa de uno, la conciencia de su invulnerabilidad del segundo y la capacidad para el mal del último. De alguna manera, son tres superhéroes, como salidos de la infinita creatividad del mundo de los comics. O más bien, tres supervillanos.

Y como en toda buena historia de superhéroes –suponiendo que Glass lo sea-, cada malvado lleva de serie su posibilidad de redención: a David lo acompaña su hijo, el crío alucinado de El protegido, ahora crecidito; Casey, la víctima liberada de La Bestia, tratará de rescatar a Kevin del abismo; y la madre de Elijah luchará por la corrupta vida de su hijo.

Si hay redención o no; si los personajes acaban aquí su vuelo o siguen planeando en las retinas y en las pantallas de la gente, es algo que no se puede desvelar sin ver la película. Lo que sí perdura en mí después de haberla visto es la tremebunda interpretación de James McAvoy, un titán que –látex y efectos digitales aparte- cambia de registro en segundos y que va de la ternura al horror y de la confusión a la lucidez con una facilidad pasmosa.

Y confieso que tenía mi prevención ante esta película. Por un lado, como ya decía, no todas las de Shyamalan me parecen obras maestras; y por otro, esto de reunir personajes tan dispares y separados en el tiempo, se me antojaba un experimento más que arriesgado. Tengo que reconocer que me equivocaba: Glass es original, está bien pensada y muy bien resuelta, es un espectáculo de dos horas de entretenimiento que se pasan en un suspiro, lo suficientemente ágil como para que no canse, y a la vez exigente e ingenioso para recabar la atención constante del espectador.

 

GLORIA BELL / VENGADORES: ENDGAME   (27.04.19)

Vengadores: Endgame

Dir.: Anthony y Joe Russo. Pro.: Kevin Feige. Christopher Markus, Stephen McFeely. Gui.: Christopher Markus, Stephen McFeely. Int.: Robert Downey Jr., Chris Evans, Mark Ruffalo...

Gloria Bell

Dir.: Sebastián Lelio. Pro.: Sebastián Lelio, Juan de Dios y Pablo Larraín. Gui.: Sebastián Lelio, Alice Johnson Boher. Int.: Julianne Moore, John Turturro, Sean Astin

Aquí van juntos, en un “pack”, los dos estrenos más interesantes del fin de semana. Uno, porque va a hacer millones de euros de recaudación y colma las expectativas de miles de seguidores; el otro, porque encierra en hora y tres cuartos de cine una historia creíble y contemporánea con la descomunal interpretación de una actriz en estado de gracia: Julianne Moore.

Gloria Bell es la revisión que ha hecho el chileno Sebastián Lelio de su película Gloria (2013), trasladando argumento y personajes a Los Angeles; el guion, con la necesaria adaptación, es idéntico al de aquella: Gloria es una mujer divorciada, tiene dos hijos y un trabajo en una compañía de seguros que ni la agobia ni la apasiona. Lo que sí le gusta sobre todo es bailar y la vemos casi cada noche en sus discotecas favoritas, entregándose a la danza; sola, no necesita compañero para disfrutar de la música –estupenda y divertida colección de temas “disco”- y el baile. La película nos muestra su vida, sus sentimientos, su aliento y su piel.

En Vengadores no hay baile; lo que hay es acción, mucha acción: tres horas trepidantes, en las que la aventura no decae. Como es bien sabido, la cosa había quedado en que el malvado Thanos había acabado con media humanidad, incluidos un buen número de superhéroes; él lo hacía por remediar la superpoblación del planeta, pero ya cogido el gusto, amenaza con seguir la escabechina, ahora ya por el propio placer. Además, como tiene en su poder las cinco o seis –no llevo muy bien la cuenta- gemas milagrosas que todo lo pueden, no hay quien le tosa.

En Gloria Bell lo que vemos es un pedazo de realidad, unas personas de carne y hueso en su mundo de cada día; en Vengadores: Endgame, una fantasía hiperrevolucionada, un tebeo en pantalla grande, un espectáculo de circomatógrafo de muchísima intensidad. En la película de Lelio todos los intérpretes están bien, tras la superlativa Julianne Moore, presente en el 99% de los planos –y en los pocos que no, también se deja notar- y en cada uno da una lección de sinceridad y talento.

En la de los hermanos Russo no hay un protagonismo definido, es una obra verdaderamente coral y todos los artistas que encarnan a héroes y villanos se afanan a lo suyo con verdadero espíritu; es lo que requiere la producción. Que, naturalmente, brilla en efectos, maquillajes y trucos de toda índole; nadie sabe hacerlo mejor que los americanos, Disney-Marvel y compañía.

Además de dos estrenos importantes, como decía al principio, estas dos películas representan muy bien dos maneras prácticamente antagónicas de entender el cine: una herramienta para la madurez, el goce intelectual y artístico y la reflexión, y un artefacto para el entretenimiento puro y el rendimiento económico cuanto mayor, mejor. Las dos cumplen perfectamente sus expectativas: Vengadores –con un fin de semana de cuatro días de salida- romperá la taquilla. Gloria Bell, no; pero hará pensar a sus espectadores.

Ah, y una similitud más: la película de Sebastián Lelio la habíamos visto ya una vez. La de Disney, también: una vez, y otra, y otra… y las que quedarán.

 

GLORIA MUNDI   (30.11.19)

Dir.: Robert Guédiguian. Pro.: Marc Bordure, Robert Guédiguian, Angelo Barbagallo. Gui.: Robert Guédiguian, Serge Valletti. Int. . Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan.

Robert Guediguian (Marsella, 1953) ha dirigido una veintena de películas desde 1981 que han recogido casi sin excepción el reconocimiento de la crítica y de muchos de sus espectadores. Por citar algunas, recordemos Las nieves del Kilimanjaro y La ciudad está tranquila –triunfadoras ambas en Valladolid-; De todo corazón –Premio Especial del Jurado en San Sebastián-; La casa junto al mar –premiada en Venecia-, así como Marius y Jeannette, Marie-Jo y sus dos amores, Una historia de locos

Iba a decir que esta última Una historia de locos (2015) es un pedazo de realidad… pero es que todas sus obras lo son. Y todas fieles a un compromiso, que parte de la fidelidad a unos equipos y unos escenarios –sus actores fetiche, empezando por su mujer, y su ciudad, Marsella- y concluye en la mirada hacia unos personajes y unas vidas que nunca nos dejan indiferentes.

Gloria mundi está protagonizada en exclusiva por siete adultos y un bebé: Gloria acaba de nacer y sus padres, de momento, están muy contentos. Son una pareja joven: Mathilda y Nicolas. La madre de ella, Sylvie –una inmensa Ariane Ascaride- se ha vuelto a casar, después de que su primer marido, Daniel, fuera a parar a la cárcel por unos desafortunados acontecimientos. Con Richard, su actual compañero, ha tenido otra hija, Aurore, que está casada con Bruno, un hombre sin escrúpulos, una mala persona. Bruno y Aurore regentan una tienda de compraventa de segunda mano, que marcha estupendamente porque se aprovechan de las necesidades de una clientela deprimida y marginal. Los dos se llevan bien, porque ella es casi peor que él, una mujer insensible, racista y déspota, una auténtica nazi.

Ahora, Daniel ha salido de la cárcel, sabe que es abuelo y se presenta en Marsella con ánimo de rehacer su vida, conocer a su nieta y recuperar a su hija. Sylvie y Richard no nadan en la abundancia, precisamente: ella trabaja de limpiadora por la noche, porque así gana un poco más; él conduce autobuses urbanos. Apenas pueden ayudar a su hija Mathilda, y menos si el joven matrimonio está sin trabajo. La situación, para mayor desgracia, se deteriora con huelgas, sanciones y accidentes; cuando parece que no puede empeorar, empeora un poco más.

Guédiguian plantea un panorama desolador. Como vimos hace unas semanas con Sorry we missed you de Ken Loach, la sociedad actual se muestra como un enjambre en el que hay muchas más abejas asesinas que humildes obreras. Y en unos días se estrena El joven Ahmed, donde los hermanos Dardenne vuelven a golpearnos con una crónica de hoy día que permite muy pequeño resquicio para la esperanza.

Los Dardenne, Guédiguian, mucho más Loach, son directores maduros, hombres mayores, con mucha experiencia en sus cámaras y en sus vidas. Y esa mirada que nos ofrecen es absolutamente pesimista. En Gloria mundi y en las otras películas que cito hay gente que sufre y hay explosiones de maldad, de insolidaridad y de fanatismo; y ninguna tiene un final feliz; de hecho, no tienen ninguna clase de final, cierran con un fundido a negro que no deja lugar a dudas. Los padres, los abuelos de Gloria tienen poco futuro. Aurore y Bruno, ese par de indeseables, también; pero al menos disfrutan de un presente. Pero engañoso y emponzoñado, eso sí: lo que se merecen.

GOMORRA    (16.11.08) 
Dir.: Matteo Garrone
Pro.: Domenico Procacci   Gui.: Matteo Garrone y otros, sobre la novela de Roberto Saviano
Int.: Gianfelice Imparato, Toni Servillo, Ciro Petrone  
Matteo Garrone es un director italiano de 40 años, absolutamente desconocido en España; tiene ya media docena de películas en su haber pero, como aquí a los distribuidores se les olvidó importar cine de Italia cuando se retiró Sofía Loren, no han llegado a nuestras pantallas. Y eso que alguna ha tenido reconocimiento en Berlín y en Cannes; como ésta Gomorra, Gran Premio en el festival francés, seleccionada por su país para el Oscar y candidata al premio de la Academia del cine europeo. Ésta sí ha llegado; menos mal... Porque es estupenda, y además, tremenda: una auténtica película de terror; o, por mejor decir, una película de terror auténtico. “Gomorra” –la ciudad bíblica de la perdición- es el territorio de la Camorra napolitana, el “sistema” –como ellos mismos lo denominan- que domina, a punta de pistola, la vida y las haciendas de los habitantes de los barrios de Scampia, Secondigliano –el lugar más peligroso del planeta, después de Irak-, Casertano... lugares que la mayoría de las personas desconocemos, pero que son mortalmente reales.
Allí transcurre la acción de la película; las acciones entrelazadas, porque son hasta cinco los episodios que se van sucediendo, alternando en la narración. Este procedimiento, que siempre es complicado, alcanza aquí grados de dificultad superiores, porque los intérpretes son desconocidos y se parecen entre sí hasta el punto de que a veces resulta costoso identificarlos; son gente de la calle, hombres –y también niños- anónimos, taciturnos, violentos; vecinos y amigos, y, con la misma facilidad, enemigos. Y su sentido de la vida, de la fidelidad a un clan, de esa violencia punitiva ante la traición o la desobediencia, lo traspasa todo y unifica el relato en una única melodía de terror y muerte.
 En Scampia está instalado uno de los mayores mercados de droga del mundo; los niños vigilan por si aparece la policía, los camellos y sus clientes circulan libremente y los hombres mayores son pagadores que circulan de casa en casa con el dinero. En el barrio de al lado, dos chavales pretenden emular a sus mayores y espían las idas y venidas de los traficantes de armas; cuando encuentran un arsenal escondido, creen ser los héroes de una película de gangsters y se ven capaces de desafiar al sistema.
En Secondigliano, mientras tanto, las familias luchan por el poder a tiro limpio; ahí sí que no entra la policía, y la justicia se imparte desde el consejo de los clanes. Ni los niños ni las mujeres están libres del peso de la venganza. Son unas escenas implacables. Lo mismo que esas otras que transcurren en Tersigno, donde la industria textil produce prendas para los bazares de todo a un euro... y también para las firmas de la alta costura que compramos en el primer mundo a altos precios sin sospechar la sangre que empapa los vestidos: trabajo en negro, sueldos miserables y, si hace falta eliminar al traidor que colabora con los chinos a espaldas del sistema, se le vuela por los aires; para que aprenda.
Por último, en el Casertano y la Campania, la Camorra incinera y entierra clandestinamente residuos –muchos de ellos tóxicos-, envenenando los campos, provocando enfermedades a los paisanos y utilizando además, en la tarea, mano de obra ilegal y hasta niños si hace falta.
Todo esto lo contaba ya el libro de Roberto Saviano y esto es lo que ha puesto en imágenes, de la misma extrema dureza, Matteo Garrone. La película, naturalmente, está mucho más cerca del neorrealismo que del thriller americano. Aquí todo es verdad, está pasando hoy y pasará mañana, y los actores están sacados de las mismas calles que sirven de escenario; aunque sabemos que estamos ante una representación, no podemos escapar de la realidad de unos hechos tan dolorosos e impactantes, que están, incluso aquí, por encima del valor cinematográfico –que es muy alto- de la película. Conclusión: la Camorra genera un negocio de 150.000 millones de euros al año. Y también ha producido 10.000 muertos en los últimos treinta. Una auténtica tragedia. (www.mymovies.it/gomorra/)
 

GOOD   (24.05.09)
Dir.: Vicente Amorim
Pro.: Miriam Segal, Sarah Boote, Billy Dietrich   Gui.: John Wrathall
Int.: Viggo Mortensen, Jason Isaacs, Jodie Whittaker  
Good  es la quinta película del austro-brasileño Vicente Amorim; procede de una pieza teatral del escocés Cecil Philip Taylor, y por eso el director y su guionista han tenido mucho interés en salvar lo que podría ser un escollo en la estructura de la obra. El argumento va desde 1933 a 1942 y arranca con un pequeño salto atrás para que conozcamos a un temeroso ciudadano requerido con urgencia por el gobierno nazi.
John Halder –un Viggo Mortensen en plena forma- es un estupendo profesor de literatura en la Alemania que ha visto llegar a Hitler sin comprender el alcance de la amenaza del nazismo. Halder es un hombre honrado y cabal, padre cariñoso, hijo agobiado por la progresiva y cruel enfermedad de su madre, y marido atento a pesar del difícil carácter de su mujer. Halder está muy preocupado: explica en clase con entusiasmo, hasta que su jefe le prohíbe hablar de Proust –y de otros muchos más, escritores “extranjeros” y poco aceptables-; su suegro le conmina a afiliarse al cada vez más poderoso partido nacionalsocialista; su casa es un caos y, para colmo, su alumna más aplicada y más guapa se interesa muchísimo por él.
Se ve que Halder, a pesar de todo, todavía ha tenido algún rato libre para escribir una novela. Y precisamente, ese libro, en el que hace una defensa de la “muerte por compasión” –un acto supremo de amor, según él lo ve-, es el detonante de lo que va a ser su nueva vida. El mismo Hitler ha leído la novela, le cuentan, y ha quedado muy impresionado por su calidad, su interés y, sobre todo, por su tesis. De modo que Halder recibe un premio, un encargo y una sugerencia. El premio es en metálico; el encargo, escribir un ensayo que dé forma a sus teorías, y la sugerencia... que no tarde en afiliarse.
Halder no es un mal hombre, pero tampoco un héroe; todo lo contrario, su debilidad de carácter le impide resistirse a las tentaciones y, a pesar de las alarmas de Maurice –un formidable Jason Isaacs-, su amigo de toda la vida, psiquiatra y consejero... y judío, se deja convencer; en parte temeroso, en parte interesado por progresar en su carrera profesional y mejorar en su ámbito personal y familiar. 
El relato conforma la ascensión del profesor: pronto es jefe de departamento, ya no tiene que soportar a su mujer ni a su madre, su novela es llevada al cine y hasta recibe la felicitación del temible ministro de propaganda Goebbels, y se ha convertido en oficial de las SS. Eso sí, es un cargo honorario y sus misiones son puramente intelectuales. Su referente, sin embargo, sigue siendo su amigo, que es como la otra cara de su espejo. Aunque él se niegue a comprenderlo, Maurice ha ido hacia abajo mientras él subía, y su situación es ya desesperada; el régimen persigue a los judíos, primero solapadamente, después con creciente descaro y violencia. La única posibilidad para Maurice es recabar la ayuda de su ahora poderoso compañero.
De las quemas de libros de 1933 a los campos de exterminio del 42 y siguientes, pasando por las noches de cuchillos largos y demás atrocidades, Good revela la historia de este hombre no tan bueno y de su terrible, odioso entorno. Amorim se ha inspirado, en lo formal, en El conformista de Bertolucci y, como el maestro italiano, enfatiza los elementos visuales para que, sin perder su valor de referencia a un personaje y su época, sirva también de parábola universal acerca de la conciencia, la decisión de actuar y la consecuencia de esos actos; hay una muy acertada opción por una decoración y ambientación estilizadas, que contrastan con la oscuridad y la bajeza moral de los personajes.
Entre los que, desde luego, no perdona a su protagonista: la película se abre con un primer plano del rostro de Halder, sigue constantemente su mirada, menos limpia y más espesa cada vez, y lo abandona al final, tras un espantoso deambular por los callejones de Auschwitz, perdida su identidad entre prisioneros famélicos, moribundos y tan desesperados como él. (www.goodthefilm.com)
  
GORDOS   (13.09.09)
Dir.: Daniel Sánchez Arévalo
Pro.: José Antonio Félez, Antón Reixa  Gui.: Daniel Sánchez Arévalo
Int.: Antonio de la Torre, Raúl Arévalo, Roberto Enríquez...
 
Azuloscurocasinegro, la primera película de Sánchez Arévalo, triunfó en Málaga y en muchos otros festivales, en los Goya, en la cartelera y en la crítica. Muchísimo éxito para un director debutante –aunque con un extenso bagaje en magníficos guiones y cortometrajes- y una gran responsabilidad ante su siguiente paso. Sánchez Arévalo se lo ha pensado mucho y después de tres años y tras diez meses de rodaje, ha estrenado Gordos. Como la primera, Gordos es una tragicomedia; o, mejor, es una tragedia con ribetes cómicos. Pero lo que en Azuloscurocasinegro era contención precavida, aquí es –él mismo lo confiesa- una liberación, un tanto desmadrada. Si en aquélla la historia principal se veía acotada y enriquecida por algunas acciones paralelas, en ésta el argumento está completamente fragmentado en cuatro o hasta cinco relatos que se entrecruzan, superponen y van y vienen con un personaje y un motivo comunes.
El personaje es Abel –Roberto Enríquez-, un terapeuta que trabaja con un grupo de personas acomplejadas por su aspecto físico. Y ése es el motivo: todos están gordos y viven sus kilos como un calvario. Uno, porque teme morir de un infarto; otra, porque no sabe cómo ha podido perder su figura y quiere recuperarla; uno más, porque es culpable y víctima de su propia estrategia engañosa, que le ha hecho pasar de modelo publicitario a gordo ridículo y antipático; y hasta Abel vive el problema en su propia casa, porque Paula, su mujer, está embarazada y engorda por todas partes; y eso le horroriza. A casi todos les da miedo su cuerpo. A todos, menos a Paula. Y a los que más, a Álex y Sofía, una pareja de jóvenes miembros de una comunidad católica, obsesionados por el ideal de pureza y por las ganas de darse un revolcón, a partes iguales.
Parejas con problemas; parejas de gordos, parejas de gordas y flacos, chicas gordas traumatizadas... y Enrique –espectacular Antonio de la Torre-: un homosexual obeso, cínico y amargado. Estos son los personajes que pululan por la pantalla al compás del mayor o menor tino de su director-guionista. Mayor o menor, porque la película está llena de claroscuros, de aciertos inteligentes y de errores cercanos a la vulgaridad.
Vaya por delante el sentido del riesgo de Sánchez Arévalo, su inconformismo y su complicidad con los intérpretes, que han sufrido físicamente unas transformaciones penosas, y no sé si estrictamente imprescindibles, y que están francamente estupendos casi todo el rato. Pero junto a determinados momentos de altura cinematográfica y de verdadero interés argumental hay otros de muy escaso calado y una sensación de conjunto de desmesura y de trazo deshilvanado. 
No es fácil manejar un reparto coral –alguna llaga había ya en Azuloscuro...- y menos aún resolver un conjunto de historias relativamente conexas, con unos personajes que aparecen y desaparecen sucesivamente. Hay algún procedimiento posible, como dejarlos siempre en lo más alto del interés, o hacerlos tan simpáticos y adorables que no se puedan olvidar mientras no los ves; ninguna de ambas cosas se produce en Gordos, quizá porque el estilo de Sánchez Arévalo se lo impide; pero se equivoca.
Como se equivoca gravemente con el contenido principal de la película: que la gordura no es sólo física; que la personalidad, el estado de ánimo y el grado de felicidad influyen en el aspecto; que todos podemos llevar un “gordo” dentro, en definitiva, es una metáfora tan obvia que cae en el ridículo. Precisamente, la metáfora es un recurso que si resulta incomprensible no surte efecto, pero si es tan elemental carece de fuerza poética. Y más si se utiliza en sentidos contradictorios y se acompaña, como aquí, de elementos religiosos, oníricos, científicos y sexuales, todo sin mucho orden ni concierto y demasiado rato. Quizá a Sánchez Arévalo le haya faltado algo de humildad, quizá haya querido picar demasiado y demasiado alto, y a su película le pase lo que a sus personajes: que tiene un problema de exceso de peso.
(www.gordoslapelicula.com)
  
GRACE DE MÓNACO   (25.05.14)
Dir. Olivier Dahan
Pro.: Arash Amel, Pierre-Ange Le Pogam   Gui.: Arash Amel
Int.: Nicole Kidman, Tim Roth, Frank Langella, Paz Vega
La carrera del director y guionista francés Olivier Dahan se desarrolla con evidente personalidad, no carente de altibajos: ha hecho publicidad, videocreación y catorce películas entre cine y televisión; algunas relevantes internacionalmente –cinco se han estrenado en España- y una de gran éxito: La vida en rosa, la biografía de Edith Piaf que les valió sendos Oscar a Marion Cotillard y a sus maquilladores, además del Globo de Oro, el Cesar y un montón de premios más. Quizá esa renta ha llevado a los productores a encargarle un nuevo retrato personal de otra celebridad; en este caso, el de la carismática Grace Kelly, actriz y princesa. Un reto, en principio, apasionante.
Y nada fácil: la figura de Grace de Mónaco está, para siempre, demasiado cerca del papel cuché; y cualquier intento de llevarla al extremo de la desmitificación correría el peligro de dejarlo desprovisto de identidad. Por no hablar –en cuanto a dificultades- de la oposición de la familia Grimaldi, que ha estado a punto de echar a pique el proyecto. De inicio, el guion intenta sortear esa primera disyuntiva, desplegando la historia en torno a dos hechos, de muy distinta importancia, pero que convergen en la figura de la protagonista: la persona más admirada y recordada del pequeño estado monegasco. Tan pequeño que, al comienzo de la película, el coche que lleva a Alfred Hitchcock se detiene en una colina y el chofer le dice: “Señor Hitchcock, desde aquí puede usted ver todo Mónaco”. Y del primero de los dos acontecimientos que podrán cambiar la historia de la princesa y del país, tiene la culpa el maestro del suspense: llega para ofrecer a Grace el papel protagonista en su nueva película, Marnie. Una propuesta tan tentadora que no será fácilmente rechazada.
Hace seis años que Grace Kelly se casó con Rainiero III y dejó de ser actriz para ser princesa. Un papel lleno de obstáculos, con un guion no escrito, en un país –y un continente- extraño, con un idioma desconocido, permanentemente en el centro de todas las miradas y de todas las intrigas… Y en esos momentos, por añadidura, en medio de una crisis brutal: Mónaco está arruinado y la Francia de De Gaulle amenaza con terminar de ahogarlo, engullirlo y hacerlo desaparecer. El presidente francés quiere acabar con el paraíso fiscal monegasco –su principal fuente de ingresos-, y exige su término, clausura la frontera y hasta pone fecha a la invasión.
El papel de Grace será determinante en la resolución del conflicto; según la película, mediante su emotivo discurso en la Gala de la Cruz Roja celebrada en octubre de 1962. En cualquier caso, ahí se acaba el relato. Demasiado corto, seguramente: de no tratarse de una figura como la de la princesa de Mónaco, saldríamos del cine sin saber apenas nada de su vida; ni antes ni después de esos meses cruciales. Nada de su carrera en el cine, nada de su existencia posterior ni de su trágica desaparición. Además, el guion, como decía al principio, trata de mantener cierta equidistancia dramática entre el romanticismo rosa y la comedia humana; y lo que consigue es caer sucesivamente en ambos extremos sin conseguir ahondar en ninguno de los dos.
Olivier Dahan intenta compensar esa falta de brío haciendo evolucionar a su heroína en todos los instantes de la película; la sigue en cada uno de sus movimientos, cada escena gira en torno a ella, y hasta trata de penetrar en sus pensamientos en radicales primeros planos, aunque no todas las veces lo consigue. No es por culpa de Nicole Kidman; ella y Tim Roth –y la mayoría de los intérpretes- están perfectos en sus personajes, y también es correcta la ambientación –faltaría más- y la puesta en escena a través de una estupenda fotografía de Eric Gautier, colaborador habitual del director. El problema mayor de la obra es que no llega a emocionar –quizá tampoco lo pretenda- ni a  interesar lo suficiente; por falta de profundidad; y también de extensión: al final, yo querría saber más de la vida de Su Alteza Serenísima la Princesa Grace de Mónaco. (www.tripictures.com/web/grace-de-monaco/)

GRAN TORINO    (08.03.09)  
Dir.: Clint Eastwood
Pro.: C.E., Bill Gerber, Robert Lorenz   Gui. Nick Schenk 
Int.: C.E., Christopher Carley, Bee Vang.
A punto de cumplir los 79 años, intérprete de 60 películas, director de 31, productor de otras tantas y compositor o intérprete de una veintena de bandas sonoras, el ritmo de trabajo de este californiano incombustible es asombroso: sin descanso tras El intercambio, Clint Eastwood produce, dirige y protagoniza Gran Torino. Puede ser su despedida como actor, pero seguro que su carrera tras la cámara aún no ha terminado; de hecho, prepara ya su biopeli sobre Nelson Mandela.
La historia del cine contiene los grandes personajes de Eastwood: de los pistoleros de Sergio Leone al entrenador de Million dollar baby, y de Harry El Sucio al desolado Robert Kinkaid de Los puentes de Madison; pasando, naturalmente, por su Jinete pálido, el William Munny de Sin perdón, y otros muchos, hasta llegar a este solitario excombatiente, adusto, antipático, racista y violento Walt Kowalski –de origen polaco pero más americano que el Tío Sam-, su última gran creación. Walt acaba de perder a su mujer; sus hijos y demás familia le parecen unos extraños horrorosos, y para colmo vive rodeado de “amarillos” –como él los llama: chinos, vietnamitas, coreanos...- y demás “extranjeros” en un barrio que sus compatriotas han ido abandonando. Le queda, eso sí, su casa, su pequeño jardín, su completísimo taller y su coche, el fabuloso Ford Gran Torino del 72 que da título a la historia. Su jardín es inviolable, su casa todavía más y su coche... podría llevarlo a matar a quien quisiera robárselo. 
Poco a poco, sin embargo, sus vecinos irán conquistando un hueco en sus posesiones y, lo que es más raro, en su corazón; no porque sean tres generaciones de una familia hmong –un grupo étnico laosiano que luchó junto a los americanos en la guerra de Vietnam- sino porque los más jóvenes llaman su atención.
De hecho, a Walt le importa un pito el origen de la familia –uno de los elementos, sin embargo, más interesantes del guión-, y se fija en el chaval, Thao, porque le parece un joven distinto a los brutos gamberros agresivos que pululan por el barrio y consiente en perdonarle –casi- alguna fechoría; la chica, Sue, ablanda su durísima condición con su insistencia cordial y su trato desenfadado y descarado. De verdad que Kowalski es un hombre duro: trata con el mismo desprecio a los pandilleros negros que al párroco bisoño que intenta ofrecerle el consuelo de la iglesia, no hay conflicto humano que le interese más que su cerveza y –si acaso- su perro, y ante una pelea que invade su jardín, se preocupa más por su césped que por la integridad de las personas.
Con estos ingredientes, y con el protagonista contra el mundo, la película mantiene un tono de comedia, feroz pero muy divertida, durante un buen rato. El guión está muy bien medido y contiene un puñado de diálogos chispeantes y de enorme eficacia. Y después también, siempre que los personajes se lo permitan, como en las escenas que Thao protagoniza con el barbero de Walt y con su amigo el contratista... Pero hay un punto de inflexión en que el dramatismo de la situación se impone, y si el anciano iracundo está siempre en el límite de lo verosímil en la comedia, cuando llega la tragedia resulta –para mí, por lo menos- insostenible.
No es culpa de Eastwood. Él sigue soportando el peso del personaje, y su composición se pliega a la exigencia del papel, y otro tanto cabe decir de la realización, que sigue siendo igual de vigorosa, con pleno dominio de la situación y el “tempo” cinematográfico, tanto en lo que cuenta como –de manera sobresaliente, para eso el director es un maestro- en lo que elude. Pero el guión se va escandalosamente por los cerros de Úbeda y Walt Kowalski, apenas sin transición, es otro. Es verdad que hay un par de elementos dramáticos que quieren justificarlo, pero uno tiene valor mientras que el otro es un recurso de baja calidad. 
Y precisamente éste es el detonante de la solución final, que a mí se me antoja forzadísima, blanda, moralizante y, francamente, bastante inverosímil. Y eso estropea la calidad, la brillantez y la maestría –marca Eastwood- del resto de la obra.
(www.thegrantorino.com)

GRAVITY   (06.10.13)
Dir.: Alfonso Cuarón
Pro.: Alfonso Cuarón, David Heyman.  Gui.: Alfonso y Jonás Cuarón
Int.: Sandra Bullock, George Clooney
El que dice ser y llamarse Alfonso Cuarón Orozco, nacido en Ciudad de México el 28 de noviembre de 1961, es autor de siete películas: dos de ellas en su país y las otras donde el negocio o el talento lo han llevado. Además de un Harry Potter  que le cayó en suerte, ha dirigido títulos de géneros variados, como Grandes esperanzas, Y tu mamá también e Hijos de los hombres, un sombrío y apocalíptico thriller de ciencia-ficción muy interesante. Y con su nueva obra, aunque no lo parezca en principio, vuelve a cambiar de registro: Gravity es, sobre todo, un espectáculo en 3D y el relato de una aventura personal.
Tres astronautas flotan ingrávidos en el espacio, en medio de la nada, en el silencio solo interrumpido por las voces entrecortadas de sus propias comunicaciones. Allá abajo –o arriba- está la Tierra y alrededor tienen millones de puntos luminosos que decoran el fantasmal escenario. Están atareados en las reparaciones de la estación espacial; dos de ellos unidos al casco por su elástico cordón umbilical, el tercero provisto de una mochila propulsora que le da mayor autonomía y libertad. De pronto, el accidente: miles de fragmentos de basura, de todos los tamaños, ametrallan a los desprevenidos astronautas.
La doctora Ryan Stone sale despedida, rota su cuerda de seguridad, y gira alocadamente separándose cada vez más de su nave; Matt Kowalski intenta localizarla y alcanzarla. El tercer tripulante ha muerto, destrozada su escafandra por un impacto. Y la pantalla se curva y se abre hacia el infinito, haciendo que el espectador acompañe a la astronauta en su viaje desesperado. El 3D alcanza aquí, como en La vida de Pi, una función narrativa y un fundamento estético de primer orden. Alfonso Cuarón acierta en ambos planos con su apuesta por esta tecnología.
Gracias a ella seguimos a los protagonistas de esta nueva odisea del espacio casi como si estuviéramos allí, desde ese punto de vista imposible. Stone y Kowalski se han quedado solos; y de verdad que allá arriba –o abajo- la soledad es un sentimiento terrorífico. Los astronautas están inermes, incomunicados, sin respuestas y casi sin oxígeno. A lo lejos, muy lejos, un punto brillante les señala la posición de la estación china. ¿Cómo llegar hasta allí? La posibilidad parece más que remota; y es aquí donde empieza la aventura personal y la película, con un inteligente uso de la cámara subjetiva, nos ofrece la mirada de la conmovida doctora Stone dentro de la inmensidad del escenario infinito.
Sandra Bullock y George Clooney confiesan –cómo no- estar maravillados y emocionados por la experiencia. Aunque en muchos momentos –entre el trabajo de los especialistas y los efectos visuales- no sean ellos quienes habiten sus personajes, no cabe duda de que un rodaje tan pleno de acrobacias habrá sido una experiencia importante. Pero, aun considerando que la taquilla también –sobre todo- manda, esta pareja no resulta demasiado atractiva: ella necesita un esfuerzo extra para hacerse creíble y Clooney está un poco talludito para astronauta.
La doctora Stone, además, parece demasiado inexperta para resolver la angustiosa situación en que se encuentra; claro que es intuitiva y valerosa y tiene suerte; el personaje lo necesita. Para colmo, la resolución del argumento, aunque válida e interesante estéticamente –plano de los pies firmemente asentados y panorámica pantorrillas arriba de la protagonista-, contiene tal disparate científico y tecnológico que merecería haber sido pensada un poco más.
Queda, por supuesto, el impresionante espectáculo visual –y también auditivo-, esos momentos impactantes del mejor 3D, y el incesante ritmo de intensidad narrativa y suspense crecientes, gracias a la maestría con la cámara y el ordenador alcanzada por Emmanuel Lubezki –el gran director de fotografía-, Alfonso Cuarón y, para qué disimularlo, el cine americano en general. (
http://gravitymovie.warnerbros.com/)

GREEN BOOK   (02.02.19)

Dir.: Peter Farrelly. Pro. y Gui.: Nick Vallelonga, Brian Currie, Peter Farrelly. Int.: Viggo Mortensen, Mahershala Alí, Linda Cardellini.

Peter Farrelly y su hermano Bobby han transitado por la comedia gamberra y pelín desenfrenada -tampoco nada especialmente ofensivo- desde hace veinticuatro años, con Dos tontos muy tontos, Vaya par de idiotas, Algo pasa con Mary –seguramente la más conseguida-, Yo, yo mismo e Irene, Matrimonio compulsivo y otras parecidas. Ahora, Peter, en solitario, sigue proponiendo divertirnos, pero todavía de manera más blanca y bienintencionada.

A lo que no renuncia es a sus subgéneros favoritos: Green book es una “road movie” y una “buddy movie” –dicho pedantemente-, o sea una película de viaje y de colegas. Estamos en los años 60 y los colegas son Tony Lip y el doctor Don Shirley. Tony es un ítaloamericano que trabaja en un club haciendo de camarero y de lo que le mandan, que a veces son menesteres relativamente violentos. Ahora está en el paro, porque el club ha cerrado por reformas… o similar.

El doctor es en realidad un extraordinario pianista de color –negro, quiero decir- que vive en un lujoso apartamento encima del Carnegie Hall, y quiere realizar una gira por el Sur de los Estados Unidos. Para ello necesita un chófer y le propone el empleo a Tony. Y de ahí el viaje: los dos solos, en su coche, carretera y manta. Don es un hombre refinado y Tony es bastante bruto, pero muy pronto prende entre los dos una estupenda química.

Que les es muy necesaria, porque cuanto más se adentran en ese paisaje sureño, más peligroso se va volviendo. Los conciertos de Don –acompañado por dos músicos de cámara- se celebran en teatros, clubs y lugares respetables; pero luego hay que salir a la calle y, no hace falta decirlo, un hombre negro no es demasiado bien recibido en según qué ambientes. La pareja lleva con ellos el “libro verde” que da título a la película, una guía de los sitios de los que es aconsejable no salirse; pero a veces la recomendación no es suficiente. Así que Tony tiene que emplearse a fondo para intentar cada vez que su jefe y amigo llegue indemne a la próxima actuación.

El relato está construido, como es lógico, sobre la confrontación de los dos caracteres, que parten de características opuestas: un hombre blanco, el otro negro; uno, un artista elegante y culto; el otro un bruto maleducado; Tony, con una familia omnipresente y ruidosa; Don, soltero y solo. Y aun así, el talento del pianista seduce al chófer y la sencillez primaria de este conquista la simpatía de aquel. Y hay que decir que el guion discurre con absoluta fluidez y naturalidad, sin baches ni aspavientos.

Cinco nominaciones al Oscar ostenta la película, entre las que están, claro, las de sus dos protagonistas. No lo tienen fácil: Mahershla Alí ya ganó uno en 2017, y Viggo Mortensen sufre una competencia feroz. Pero no importa, los dos están estupendos, y Mortensen en concreto compone un personaje delicioso: un pillastre abotargado y de pocas luces pero con cierto sentido moral y una enorme capacidad de empatía. Ellos llevan en volandas Green book, una historia ligera y un tanto previsible, y la convierten en la clásica película bonita y optimista que le gusta a todo el mundo; excepto –claro- si a alguien no le gustan las películas que le gustan a todo el mundo.

GRUPO 7   (08.04.12)
Dir.: Alberto Rodríguez
Pro.: José Antonio Félez   Gui.: Alberto Rodríguez, Rafael Cobos
Int.: Antonio de la Torre, Mario Casas, Inma Cuesta  
El sevillano Alberto Rodríguez debutó en el 2000 con El factor Pilgrim, a medias con Santi Amodeo y con Álex O’Dogherty de protagonista: todo un manifiesto de un cine distinto, independiente y muy estimulante. Después llegaron El traje, 7 vírgenes y After; películas arriesgadas e interesantes. Detrás de todas ellas está José Antonio Félez –y también de El bola, Astronautas, Elsa y Fred, Azuloscurocasinegro, Cabeza de perro, Pudor, 8 citas, Una palabra tuya, Gordos, Primos…-, uno de los productores de mayor calidad de este país.
Félez le ha producido Grupo 7 a Rodríguez, como era de esperar, y la unión de los esfuerzos de ambos ha vuelto a dar muy buenos resultados. La película, además, se basa en hechos verdaderos, como sabe todo el que haya vivido en la Sevilla pre-Expo’92. En los meses –varios años, en realidad- que duró la preparación de la descomunal Exposición Universal, la policía sevillana se empleó a fondo para “limpiar” la ciudad, y sobre todo el centro histórico, de delincuentes, prostitutas y demás personal poco agradable a la vista de los miles de forasteros que se esperaban. En especial, la batalla se libró contra yonkis y camellos que pudieran contaminar el reluciente acontecimiento con el pestilente tufo de la droga.
Ángel, Rafael, Miguel y Mateo forman el “Grupo 7” de la policía sevillana. Comparten tarea, pero poco más; Rafael es un funcionario endurecido, violento, puede que con alguna oscura pasión entre las costillas; Miguel y Mateo sólo se parecen en que llevan placa, pistola y mucho desengaño encima; y Ángel es un chaval recién casado y recién ingresado en el cuerpo, todavía con más ilusiones y dudas que certezas y temores. Tiene lo que los demás ni sueñan: una mujer joven y cariñosa que lo espera en casa todos los días, todas las madrugadas, todas las ausencias.
La película se mueve a dos niveles y, como está muy bien escrita, porque los autores saben de lo que hablan, los dos funcionan perfectamente. Por un lado, explora las personalidades de los policías y su relación; por otra parte, expone el escenario en el que los cuatro se mueven profesionalmente: las calles sevillanas, con un submundo de fauces abiertas bajo el albero y los geranios; los rincones secretos, las casas de citas y las tapias desconchadas de los solares abrasados por la heroína; el comisario desabrido, el confidente escurridizo, los chorizos, los chaperos y las peligrosas mafias del menudeo y el tráfico pesado.
Se acerca el 92 y para abril la Expo debe estar lista y las calles de Sevilla, limpias. La presión policial aumenta y aumenta el riesgo de un encontronazo grave; con los delincuentes… y con ellos mismos. Rafael ha entrado en una espiral de preocupación que le roba el sueño y la luz, aunque él la revista de indiferencia; Ángel, por su parte, va descubriendo las aristas de la vida que ha elegido sin saber cómo le iba a doler. Los cuatro juntos se ven arrastrados por los acontecimientos y, mientras el mundo se prepara para la fiesta, su existencia se complica por el peso de una lucha que no saben cómo ganar, ni sin van a poder hacerlo, ni, en todo caso, cuánto les va a costar. 
Como en todas sus películas y desde luego en After y en ésta, Alberto Rodríguez se confía a la calidad y a la intensidad dramática de sus actores. Excelencia comprobada: Mario Casas gana credibilidad y hondura en cada película, y éste puede ser, seguramente, su mejor papel hasta la fecha. Julián Villagrán está ya por derecho en la nómina de los grandes secundarios del cine español –esos que merecen ser protagonistas-. Y qué se puede decir de Antonio de la Torre, un actor extraordinario en cualquier registro: disciplinado, intenso, de credibilidad imbatible, su Rafael es un retrato maravilloso de la soledad, la desconfianza y, también, el desconsuelo.
Magnífica crónica, auténtica, sincera puesta al día de una página de nuestra historia pequeña; esa que está por debajo de los grandes sucesos y las grandes palabras, pero que impregna de verdad y sentimiento lo que pasa delante de nuestros ojos. (www.facebook.com/grupo7lapelicula)