Más... Más... Más... Más... Más...

CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

=D=

DALLAS BUYERS CLUB   (16.03.14)
Dir.: Jean-Marc Vallée
Pro.: Robbie Brenner, Rachel Winter   Gui.: Craig Borten, Melisa Wallack
Int.: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner
Del canadiense Jean-Marc Vallée he visto C.R.A.Z.Y. (2005) y Café de Flore (2011), dos excelentes películas, originales e inteligentes; y musicales, en cierta medida. En Dallas Buyers Club, la música ocupa también un espacio importante, con una banda sonora que administra un buen número de piezas de estupendo rock –más bien tirando a “indie” pero con dos temas de los inmortales T. Rex- que ambientan y puntúan a la perfección la vida azarosa de Ron Woodroof, un trabajador poco cualificado, homófobo, machista, borrachín y bastante promiscuo, que malvive haciendo trampas y chapuzas, y cayéndose de los toros en rodeos de segunda o tercera categoría. Un pieza.
Precisamente a causa de un tonto accidente, Ron va a parar al hospital; y allí, para su sorpresa e indignación, se entera de que es afectado por el VIH, en fase muy avanzada además. El sida acaba de irrumpir en la sociedad occidental con la fuerza y el estigma de una plaga infernal, que se asocia a la práctica homosexual y al consumo de droga; y la medicina da aun palos de ciego ante el terrible problema. Ron se niega a admitirlo; es algo que su machismo y su soberbia radical no pueden soportar; hasta que la realidad se le impone con toda su crudeza, que incluye un plazo fatal inexorablemente breve. Por fin, se somete al tratamiento prescrito, pero al mismo tiempo se rebela ante la enfermedad y se propone luchar hasta que se le acaben las fuerzas.
Lo que sucedió, afortunadamente, mucho más tarde de lo previsto. Muy pronto, Woodroof se dio cuenta de la ineficacia de la medicina y también de las corruptelas de las farmacéuticas, capaces de hacer pruebas crueles con los enfermos sin atender más que a la rentabilidad del negocio, con la complicidad de médicos inmorales y gobernantes comprados. Harto de la situación, y con la ayuda de una doctora de su hospital, Woodroof investigó hasta dar con un tratamiento mucho más racional y eficaz… pero prohibido en Estados Unidos, aunque no en Méjico. Entonces, se dedicó a importar clandestinamente las medicinas y a administrarlas correctamente entre quienes quisieron formar parte de su club privado; se convirtió así en la tabla de salvación de centenares de enfermos de sida. Naturalmente, sus actividades traspasaban los límites de la legalidad y le valieron sucesivos y cada vez más enconados encontronazos con las autoridades sanitarias y policiales.
Los muy merecidos premios –Oscar y demás- a Matthew McConaughey y Jared Leto consagran la calidad de sus interpretaciones. Leto es un actor formidable y polifacético, que no rehúye ningún riesgo en su trabajo; es músico, productor y director –también conocido como Bartholomew Cubbins- y en Dallas Buyers Club interpreta a Rayon, un transexual que se convierte en la mano derecha de Ron. Por su parte, Matthew McConaughey le ha robado el Oscar a Leo DiCaprio –cuando más cerca estaba de llevárselo- con este personaje patético, terminal, desesperado y obstinado a partes iguales y siempre lleno de humanidad.
Dicen que es una revelación, un giro en su carrera; yo creo que hay que hacer justicia a McConaughey. Desde su primer personaje importante, el íntegro abogado de Tiempo de matar (Joel Schumacher, 1996), podían preverse fácilmente sus posibilidades; de ahí hasta la reciente Mud (Jeff Nichols, 2012) y su breve aparición en El lobo de Wall Street, ha hecho de todo: películas flojas, sí, pero también interpretaciones estupendas. Lo es esta, desde luego, no solo por su aspecto famélico y por su caracterización –otro Oscar para la película-, sino por la hondura y la sinceridad con que dota a su personaje.
Los dos protagonistas son la baza fundamental de la película, que a través de su amistad explora la transformación y los límites de los sentimientos, a la vez que desvela y fustiga las maniobras de las empresas farmacéuticas para lucrarse a costa de la salud, la enfermedad y, si hace falta, la vida de las personas.                                                                            (http://www.focusfeatures.com/dallas_buyers_club)

DEAD MAN DOWN (LA VENGANZA DEL HOMBRE MUERTO)   (26.05.13)
Dir.: Niels Arden Oplev
Pro.: J.H. Wyman, Neal H. Moritz   Gui.: J.H. Wyman
Int.: Colin Farrel, Noomi Rapace, Terrence Howard
El danés Niels Arden Oplev ha dirigido media docena de películas en Europa, incluida Los hombres que no amaban a las mujeres –la original- y muchos episodios de series de televisión antes de dar el salto a Hollywood para realizar este thriller ambientado en los bajos fondos de Nueva York, una historia violenta y negrísima en la que los buenos son malos, y los malos, más malos todavía.
El protagonista es Victor, un hombre extraño, de aspecto sombrío, callado –no dice una palabra hasta pasado un cuarto de hora de la película- y solitario. Hay motivos para todo ello: trabaja para Alphonse, un siniestro gánster que ahora no pasa, precisamente, por su mejor momento. Su poder está siendo amenazado por un asesino desconocido que mata a los miembros de su banda uno a uno, y no es capaz de evitarlo ni de descubrir al ejecutor de sus secuaces. Uno es estrangulado y puesto en conserva en un frigorífico; otro cae a balazos y uno más por una ventana… Alph
onse está ciego de ira; y lo peor es que cada paso que da se vuelve en su contra.
Victor asiste con impasibilidad a estos sucesos. La misma que pierde al fin cuando se encuentra con Beatrice, una enigmática joven francesa vecina suya, que ha llamado su atención. Beatrice vive con su madre y trata de restañar sus heridas –de cuerpo y alma- y recomponer su vida; para ello necesita de Victor y no dudará en demostrarle que sabe de él más que nadie, que conoce sus secretos más escondidos; aunque se equivoca: no lo sabe todo.
Ella, a cambio, sí que le cuenta toda su verdad, su dolor y su rabia contenida, que al fin deja salir: debe convencer a Victor para pedirle, o más bien exigirle, que ejecute su venganza.
Y la venganza es también el motor que lo mueve a él. Los dos están dispuestos a tomarse la justicia por su mano, dado que la ley y los jueces los han desamparado. Ambos buscan encontrar la paz, la tranquilidad para su espíritu, y ello solo es posible si  la reparación es suficiente: es decir, que incluya la desaparición del agresor.
Niels Arden Oplev se ha llevado a América a su actriz favorita, Noomi Rapace –una Lisbeth Salander francesa y adulta, pero igual de intensa- para hacer pareja con
Colin Farrel: una combinación extraña pero que funciona bien; es verdad que son muy adecuados a la oscura historia que viven en la pantalla. El director ha acertado también al dotarla de una fotografía muy expresionista, con objetivos muy largos, que difuminan el escenario para dar protagonismo a los personajes, y al rodearlos de una luz opaca, carente totalmente de heroísmo y de poesía.
Porque no hay ninguna de las dos cosas en este guion acerado y bien calibrado, que solo en un par de momentos –momento y medio, para ser más exacto- desciende hasta bordear el nivel de la cacharrería; el más peligroso es, precisamente, el de la secuencia final, el único en que también asoma cierta concesión al sentimiento. El resto –la mayor parte- navega por los senderos del “noir”, fiel a sus códigos sin caer en la justificación moral de unos seres que ni la piden ni la necesitan.
Esa crudeza y esa ambigüedad de los personajes, y la difícil separación entre héroes y villanos a la que aludía al principio, se resuelven solo por el carácter liberador de la venganza y la difícil redención que proporciona: la vuelta al origen de los protagonistas, a su vida antes de la tragedia que los impulsa, tuerce su voluntad y los convierte en verdugos implacables, urgentes y –casi involuntariamente- unidos en su destino. Para que al final los mecanismos del odio y la violencia pudieran convertirse en una historia de amor sería necesario que Victor y Beatrice, antes perdidos y casi ahogados en un mundo que los ha maltratado y hundido, pudieran reencontrarse entre los restos del naufragio y salir a flote juntos, limpios y libres de toda culpa. (http://www.blooddemandsblood.com)

DÉJAME ENTRAR   (24.10.10)
Dir.: Matt Reeves
Pro.: John Nordling, Simon Oakes   Gui.: Matt Reeves
Int.: Chloë Grace Moretz, Kodi Smit-McPhee, Richard Jenkins  
Esta Déjame entrar de Matt Reeves –el director de Monstruoso-tiene que competir con dos antecedentes de peso: la espléndida novela de John Ajvide Lindqvist y la también magnífica primera versión cinematográfica de Tomas Alfredson, de hace sólo dos años. Dado el éxito de aquélla, se han dado mucha prisa en intentarlo de nuevo, contando, eso sí, con un muy acertado reparto y el empeño de la mítica productora Hammer –que regresa de ultratumba-; y la verdad es que ésta de ahora no sale mal parada en la comparación.
Owen –Kodi Smit-McPhee, el niño de The road- es un chaval marginado y angustiado por la falta de su padre y, aun más, por los continuos abusos que sufre en su colegio; sin embargo, su desamparo encuentra consuelo, de repente, en la amistad que le brinda una nueva vecina: la misteriosa Abby –Clhoë Grace Moretz, la protagonista de Kick-Ass-, una chica de doce años que acaba de trasladarse al barrio con su padre, y que demuestra ser la única que lo comprende. La niña es más bien rarita, pero pronto se establece entre los chavales una complicidad que nace en su mutua soledad y se va fortaleciendo, hasta llegar a límites… insospechados.
Poco a poco, Owen va descubriendo que la inocente Abby no es lo que parece y que la serie de tremendos asesinatos que están ocurriendo en la comarca quizá tengan que ver con la inquietante presencia de los forasteros. La película no oculta nada, y el espectador accede enseguida a las claves de la situación, pero el chico tendrá que vivir una serie de momentos más bien horripilantes para alcanzar a comprender la naturaleza, el poder y también la fuerza de la amistad de su vecinita. Abby se descubre ante Owen –más en la primera versión- y él se enfrenta a un destino inquietante, perverso y bastante sangriento. (www.dejameentrarlapelicula.com)

DE NICOLAS A SARKOZY   (15.04.12)
Dir.: Xavier Durringer
Pro.:
Eric y Nicolas Altmeyer   Gui.: Xavier Durringer, Patrick Rotman
Int.: Denis Podalydès, Florence Pernel, Bernard Le Coq
Hasta ahora, el francés Xavier Durringer ha hecho –dirigidas y escritas- películas para televisión. Y algo de eso tiene también esta La conquista –título original, mucho mejor que el español-, que retrata a Nicolas Sarkozy en sus últimos años. El 6 de mayo de 2007, Sarkozy se convertía en Presidente de la República francesa; detrás dejaba una larga lucha llena de dificultades, algunos éxitos y pérdidas importantes: la más señalada, la de su mujer, que para entonces ya había decidido abandonarlo. La película de Xavier Durringer recorre el camino hacia el Elíseo del ambicioso político conservador, líder del UPM y ministro incombustible en los sucesivos gobiernos de Balladur, Raffarin y Dominique de Villepin, su más encarnizado enemigo, durante el mandato del presidente Chirac; quien, después de apoyarlo, terminó por detestar francamente a Sarkozy, aunque no pudo evitar entregarle la cartera de Interior, el mejor trampolín que  éste podía desear para desbancar a sus adversarios.
Evidentemente, las biografías de los líderes políticos son una tentación continua para el cine: Kennedy, Nixon, Mandela, más recientemente Hoover y Thatcher, son, entre otros, ejemplos de este interés. Esta película, sin embargo, tiene una especial cualidad: habla de un personaje vivo y en activo, de absoluta y candente actualidad, además. Cabría entonces preguntarse si trata de ensalzar al héroe o derribar al villano; es decir, si Sarkozy sale bien o mal parado, si la película es verdadera o tramposa. Y habría que contestar que… ni sí, ni no, sino todo lo contrario.
Nicolas Sarkozy no es presentado como un dechado de virtudes, por supuesto. Aparece como un hombre decidido y egoísta y como un político intrigante, calculador e insaciable. Su ambición corre pareja con su cinismo y su capacidad para la maquinación y el disimulo. En el terreno de la política, maneja los hilos con inteligencia y con muchísima pasión. En lo personal, sin embargo, es incapaz de conservar los afectos de sus amigos y, por supuesto, como decía más arriba, el de su mujer. Harta de sus enredos, sus ausencias, su escasa atención y, seguramente, algunas otras cosas, Cécilia acabó por abandonarlo, aunque dejándolo cuidadosamente, eso sí, a las puertas del palacio presidencial.
Sin embargo, la narración de Durringer, potente por momentos y bastante sincopada para abarcar en su duración casi toda la andadura de Sarkozy –ya digo que parece pensada para una más extensa miniserie de televisión-, deja al espectador la impresión de que no se cuenta todo, de que hay ángulos más oscuros en su biografía que no se han explicitado, por moderación, respeto… o miedo. Se puede entrever su escandalosa celebración del triunfo electoral, pero no se trasparenta nada de los aspectos más escabrosos –conexiones inconfesables, trampas indignas, escarceos con personas y sectores poco recomendables- de su escalada al poder.
La película se plantea como un “thriller”, una intriga política; de la que, sin embargo, conocemos el desenlace. Durringer se confía enteramente a Denis Podalydès, un actor curtido en mil escenarios, que compone un sorprendente Sarkozy, del que logra imitar actitudes y gestos, y hasta la manera de hablar y andar; el espectador acaba por creerse el personaje, por la soberbia interpretación y por la cercanía y veracidad de los hechos que protagoniza.
Él es el eje natural de la obra, porque todos los acontecimientos y todos los demás personajes gravitan sobre él. Podalydès-Sarkozy interesa, aunque no apasione, por su inquietante personalidad y por ese realismo con que se reflejan los avatares políticos –y también familiares- del implacable aspirante a la Presidencia; no hay reposo entre tantas maquinaciones, mentiras y traiciones: los dramáticos entresijos de la política, revestidos de la solemnidad y la trascendencia que la democracia presta a la lucha por el poder. (www.musicboxfilms.com/the-conquest)

DESDE ALLÁ   (25.06.16)
Director: Lorenzo Vigas. Intérpretes: Alfredo Castro, Luis Silva, Jericó Montilla.
Que una película venezolana se exhiba internacionalmente ya es un triunfo; si esa película, además, gana el Leon de Oro de Venecia, el acontecimiento adquiere resonancia mundial. Que resulta ser muy merecida: Desde allá es una obra excepcional, personalísima e inteligente, y también oscura y perversa, como su protagonista. Armando, un hombre gris y solitario, vive en la actual Caracas una existencia aparentemente anodina que reparte entre su trabajo fabricando prótesis dentales y la soledad de su piso. Solo la rompe cuando recibe a chicos jóvenes que aborda en la calle y paga para que lo acompañen y se dejen mirar. Así conoce a Elder, un delincuente juvenil de poca monta; y entre los dos se establece una relación que se va haciendo cada vez más intensa, más turbia y más peligrosa.

Una trama que Lorenzo Vigas desarrolla con extraordinaria precisión pero también con la máxima frialdad, sin tomar partido, con una mirada distante que obliga al espectador a seguir a los personajes, contemplar sus actos y, por fin, intentar comprenderlos.

DESEO, PELIGRO    (16.12.07)  
Dir.: Ang Lee
Pro.: Lloyd Chao, Ang Lee   Gui.: James Schamus, Hui-Ling Wang
Fot.: Rodrigo Prieto   Mús.: Alexandre Desplat 
Int.: Tang Wei, Tony Leung, Joan Chen  
Ang Lee es un director taiwanés, de 53 años, muy conocido por los aficionados, sobre todo desde que ganara el Oscar con Brokeback Montain –esa película que escandalizó a algunos...-. Antes había dirigido El banquete de boda, Comer, beber, amar, Sentido y sensibilidad, La tormenta de hielo y Tigre y dragón, entre otras. Trabaja en China y en USA, ha ganado infinidad de premios y toca diferentes temas, desde el folklore de las artes marciales hasta el melodrama victoriano; pero su mundo es el de los sentimientos profundos, mejor a contracorriente y sin barreras.
Ahora ha encargado a sus guionistas de cabecera la adaptación de un relato de la escritora china Eileen Chang, situado en un momento especialmente difícil. La narración arranca en 1942, en el Shanghai ocupado por el ejército japonés. La mayoría de la población sufre la opresión y malvive entre el miedo y la más absoluta estrechez, pero existe todavía un núcleo importante de resistencia, que espera que la intervención americana cambie el sentido de la guerra y, mientras, trata de hostigar a los invasores y a sus compatriotas colaboracionistas: el gobierno-títere y la opulenta clase que lo rodea, que se ha enriquecido rápidamente con el contrabando y la expoliación.
Mak Tai Tai es una sofisticada joven de esta alta sociedad, amiga de la esposa de un ministro chino. Pasa los días ociosa, sin más preocupación que no perder demasiado en las eternas partidas de mahjong que las señoras-bien practican sin cesar. Se le da bastante mal, pero no pierde la sonrisa frívola ni descompone el desmayado gesto. No deja entrever, en ningún momento, la tensión que vive, el drama que la atraviesa, las tremendas consecuencias de su inminente decisión.
Y retrocedemos cuatro años, cuando Mak todavía es Wong Chia Chi, una estudiante de idiomas en una China convulsa, que descubre por casualidad la emoción del teatro... y muchas cosas más. Con sus idealistas colegas, no tarda en concienciarse políticamente y en aventurarse en una arriesgada acción contra el mismo corazón del colaboracionismo chino. Jugará entonces con las bazas de la atracción sexual, de las que también se sabía ignorante pero que aprende y desarrolla con rapidez y muchísima eficacia, a pesar del evidente riesgo.
Las películas de Ang Lee transitan frecuentemente un camino por el amor y la muerte; un paseo por el amor, que lleva a la muerte a veces; a veces, no. En esta formidable película, todo el trayecto está a la vista, pero como en la vida, el verdadero cine no desvela su destino hasta que pone la palabra fin. Deseo, peligro, han traducido aquí el original Lujuria, cautela, seguramente porque todavía hay palabras que dan cierto apuro; pero el camino está así mucho mejor descrito. La precaución de la amante entregada y de sus dirigentes clandestinos choca frontalmente con la pulsión del sexo, la violencia rozando el sadismo de la relación furtiva, el placer brutal, enajenado, disfrutado, asumido...
Gran escándalo fariseo por las escenas de sexo rodadas por Lee. Nada nuevo: ya pasaba en El imperio de los sentidos y en El último tango en París... y como en esas películas, la dureza de las imágenes, su desvelamiento explícito, su desarrollo y su evolución son absolutamente fundamentales para la comprensión de la obra. El sexo como metáfora de la vida; también como expresión del amor, y no hay ninguna bajeza en ello. Los amantes de Shanghai explican sobre la cama su atracción, el juego impetuoso de la dominación, la entrega y, desde luego, la lujuria, el deseo... y el amor que ignora el peligro y la precaución.
Alrededor de ello, todo en la película –personajes, escenarios, momentos, palabras, miradas...- está contado con emoción creciente y ritmo constante; a pesar de las dos horas y media largas de duración, la historia todavía sugiere más de lo que cuenta, la vida late aun cuando no se ve y el relato crece por momentos, hasta culminar en una secuencia de absoluta maestría,
que remata una obra densísima, de muy hondo calado, oscura y terrible, pero también esclarecedora y evidente; quizá no para todos los públicos pero sin duda indispensable para los amantes de las películas de verdad, del cine en estado puro. (www.deseo-peligro.es)

DE TAL PADRE, TAL HIJO   (01.12.13)
Dir.: Hirokazu Kore-eda
Pro.: Kaoru Matsuzaki, Hijiri Taguchi   Gui.: Hirokazu Kore-eda
Int.: Masaharu Fukuyama, Machiko Ono, Yôko Maki
Los grandes clásicos del cine japonés -Mizoguchi, Imamura, Ozu, Kurosawa, Oshima…- han dado paso a otra generación, posiblemente igual de brillante, en la que destacan Miike, Kitano, Kawase y, en los últimos años por encima de todos, Kore-eda. Que no es un recién llegado; nacido en Tokio en 1962, comenzó su carrera en 1989 como documentalista, para pasar a la ficción en 1998. Un año después dirigió su primer largo importante, Distance, al que siguieron Nadie sabe, Hana y Still walking, que lo consagraron internacionalmente. Después vinieron Air doll y Kiseki (Milagro). Un currículum formidable.
Hirokazu Kore-eda se ha ocupado a menudo de retratar la familia –una constante en el cine japonés- y, con evidente insistencia, la infancia. Los niños son protagonistas absolutos en otras de sus películas, y en De tal padre, tal hijo, aunque involuntariamente, también. Ryota y Midori Nonomiya son padres de un crío de seis años, Keita. Son un matrimonio adinerado, Ryota es un arquitecto de éxito y un hombre serio, y en su familia no falta de nada, incluida la mejor educación para su hijo. Por su parte, Yudai y Yukari Saiki, que también tienen un chaval de la misma edad, Ryusei –y dos críos más-, son una pareja de clase media, que viven gracias a la modesta tienda con la que abastecen al barrio.
Las dos parejas parecen afrontar el futuro con tranquilidad y –en distinto grado- cierta esperanza, cuando se ven envueltos en el drama más inesperado. Los padres de Keita y Ryusei reciben a la vez la terrible noticia: por un error, o quizá una negligencia del personal del hospital donde Midori y Yukari dieron a luz el mismo día… los bebés fueron cambiados. La impresión, la incredulidad, el desconcierto y la rabia se suceden en ambas familias. No importa revelar estos hechos, porque son tan solo el punto de partida del conflicto; y porque cualquier intento de reflexión inmediata carecería de sentido, seguramente, sin su conocimiento.
El dilema se presenta en este momento a los protagonistas, y es pavoroso. La realidad se impone, el dolor y la incertidumbre los arrasan y los consumen ¿Deben devolverse los niños, sacándolos del que ha sido su ambiente, haciéndolos cambiar de padres y llevándolos a un entorno extraño, como si el pasado –los seis años de iniciación a la vida- no hubiera existido? ¿Puede hacerse cargo un matrimonio de los dos niños, el que creía suyo y el que lo es de verdad, arrebatándoselo al otro? ¿Es posible –terrible perspectiva- olvidar lo ocurrido y continuar como antes, como si nada hubiera cambiado, como si el error no se hubiera descubierto?
El guion profundiza sabiamente en el desarrollo de sus personajes: unos seres enfrentados a un problema, que es único pero que cada uno vive de una forma. Los padres –ellos: Ryota y Yudai- son diametralmente opuestos: uno, frío, orgulloso, poco afectuoso; el otro, modesto, cordial y cercano. Los niños también son muy distintos, según la familia y la educación con la que han crecido: tímido y respetuoso Keita, alegre y travieso Ryusei. Solo las madres se acercan, sus miradas y sus gestos confluyen; hasta obtienen cierto parecido físico. Y no es una caracterización casual: ambas han parido a sus hijos y han criado al de la otra pensando y sintiéndolo suyo. ¿Cómo querer ahora a uno más que otro?
Hirokazu Kore-eda se interroga acerca de la paternidad. Los niños ya no están solos como en Nadie sabe y en Kiseki, pero casi. La secuencia en la que uno de los críos se escapa y corre por un sendero mientras uno de los padres –suyo o no, tanto da- camina por otro, tratando de ir a su encuentro, es reveladora. ¿Un padre verdadero, un padre cambiado, un padre lejanísimo…? El personaje de Ryota, que también es hijo –Como padre, como hijo es el título original-, da sentido moral a la historia y vertebra el relato hacia su final. Es como el gozne que articula la delicada y difusa propuesta de Kore-eda: quizá la familia sea posible con dos padres, dos madres, y todos los hijos juntos. (
http://www.golem.es/distribucion/pelicula.php?id=304)

DETROIT   (16.09.17)

Dir.: Kathryn Bigelow. Pro.: Kathryn Bigelow, Mark Boal. Gui.: Mark Boal. Int.: John Boyega, Anthony Mackie, Algee Smith.
Kathryn Bigelow sabe dotar a sus películas de unas imágenes y un ritmo impactantes; recordemos Acero azul, Le llaman Bodhi, Días extraños, En tierra hostil – 6 Oscar en 2010- y La noche más oscura. Es decir, que alguna vez rodará una comedia… pero de momento, no. Detroit se centra en los sucesos que vivió la ciudad industrial por excelencia –al menos, antes- en el verano de 1967, cuando las revueltas raciales hicieron arder literalmente la ciudad.
El caldo de cultivo es, naturalmente, el racismo que impregna una sociedad que ve como la población negra, que ha abandonado los cultivos del sur atraída por el señuelo de un mejor trabajo en las fábricas, disputa el mercado laboral y ocupa barrios enteros de la ciudad. Cuando se produce una multitudinaria redada en un establecimiento sin licencia, la actuación policial provoca una violentísima respuesta, que se extiende y explota como un polvorín.
Bigelow se centra en la actuación de un pequeño grupo de policías, que toman al asalto un motel con el pretexto de buscar a un francotirador, y detienen y humillan a sus ocupantes, unos cuantos jóvenes negros y dos chicas blancas. La humillación no se detiene en malos tratos, insultos y golpes: llegan incluso al asesinato, llevados por su ira y su racismo incontrolado.
La magnífica fotografía de Barry Ackroyd permite a la directora retratar la violencia con un verismo casi aterrador; en muchos momentos el espectador tiene la impresión de estar viendo un telediario, un documento vivo en tiempo real. A ello contribuye también la elección de un reparto con nombres no muy conocidos, que añaden verosimilitud a unas imágenes que hieren la retina. Detroit es una crónica de sucesos, pero es, sobre todo, una denuncia, un análisis de la infamia. Y una película actualísima, que no bucea en ese pasado inmediato de los Estados Unidos por casualidad. Kathryn Bigelow sabe lo que hace.

 

DÍA DE LLUVIA EN NUEVA YORK      (12.10.19)

Dir.: Woody Allen. Pro.: Letty y Erika Aronson, Helen Robin. Gui.: Woody Allen. Int.: Timothée Chalamet, Elle Fanning, Liev Schreiber, Jude Law, Diego Luna, Selena Gomez.

Fiel a su cita anual –esta vez con un poco de retraso-, acaba de llegar la película número 50 de este señor de 83 años llamado Woody Allen. Nada que añadir de su carrera, que es inigualable, ni de su vida privada, que no nos incumbe.

La que nos atañe aquí es la de sus jóvenes protagonistas, Gatsby y Ashleigh, que son dos estudiantes de una universidad provinciana. Gatsby nos está contando –la voz en off sigue siendo un formidable recurso para Woody Allen- que ha huído de Nueva York y de su posesiva madre y que está muy contento con sus estudios y, sobre todo, con su novia Ashleigh. Y en ese momento llega ella, toda emocionada, porque le han concedido una entrevista con el famoso director de cine Roland Pollard para la revista de la universidad. La cita, eso sí, es en Nueva York, donde reside el cineasta. Pero no hay problema: Gatsby le propone viajar juntos y pasar unas horas, después de la entrevista, enseñándole la Gran Manzana y sus lujosos ambientes. Y así lo hacen. Pero lo que iba a ser un día feliz y tranquilo, se complica sobremanera: Roland Pollard no resulta nada fácil de entrevistar. Y a cambio propone a Ashleigh comer juntos; la chica, claro, acepta, para decepción de su impaciente novio.

La cosa no acaba ahí, y la aspirante a periodista inicia un periplo alocado que la lleva por los caminos más insospechados. Encima, llueve. Y Gatsby, desesperado, da tantos tumbos como ella para acabar, muy a su pesar, en la mansión de sus padres. Allí le espera, quizá, el momento más trascendente de su vida. Así que, cuando los enamorados se reencuentran, puede que todo haya cambiado para ellos.

He oído decir a algún colega que esta es una “obra menor”. Sí, exactamente igual que el orfebre que crea una miniatura excelsa y rara, mucho más importante que la grosera bisutería que tanto abunda. Día de lluvia en Nueva York es una pieza de cámara, una comedia delicada, llena de humor y de verdad; es asombroso presenciar, degustar una obra tan ligera y a la vez tan profunda: algo que solo está al alcance de auténticos creadores.

Ashleigh y Gatsby deambulan por Nueva York, salen y entran, se ponen como una sopa, tienen encuentros inesperados y viven situaciones que serían casi trágicas si no fuera porque son tan cómicas. Y todo ello, gobernado por un estilo, un ritmo, una atmósfera que lleva la firma de Allen en cada secuencia, en cada plano. El guion, tan clásico que parece de película antigua –y grande- insiste en las sentencias que ya conocemos de su autor pero, en boca de los personajes, parecen otra vez nuevas. Timothée Chalamet es un Woody Allen redivivo; pero también Liev Schreiber, Jude Law, ellos, y hasta las mismas Elle Fanning y Selena Gomez. Lo que dicen parece imposible y, sin embargo, nunca están fuera de lugar.

Y al festín para la inteligencia se une la colaboración de Vittorio Storaro con una maravillosa fotografía, que acompaña tanto los estados de ánimo de los protagonistas como los de la propia Nueva York, románticamente dorada o amenazadoramente gris. Es un escenario encantado, que transforma la realidad y cala al espectador. Al terminar la proyección, al salir de la sala, yo estaba seguro de que, también en Madrid, estaba lloviendo.

DÍA DE PATRIOTAS   (22.04.17)
Director: Peter Berg. Intérpretes: Mark Wahlberg, John Goodman, Michelle Monaghan.
En el transcurso del Maratón de Boston de 2013, cuando la mayor parte de los casi 6000 participantes aun no habían llegado a la meta, la explosión de dos bombas mató a tres personas, dejó heridas a cerca de 300 y provocó el caos en la carrera y en toda la ciudad. Peter Berg narra con pasión aquellos sucesos y crea una epopeya que homenajea a las víctimas y a los ciudadanos de un Boston estremecido pero decidido a encontrar y castigar a sus verdugos. La película está dividida en dos partes, antes y después del horror: las horas previas a la carrera, con los terroristas preparando el atentado, las fuerzas de seguridad velando por el orden y la gente acudiendo tranquila al acontecimiento, y la consiguiente conmoción por la barbarie, el dolor, el miedo y la carrera desenfrenada para detener a los criminales. Los protagonistas son los policías Davis y Saunders, que encabezan la persecución, pero también la ciudad entera, unida para afrontar la tragedia con valor y determinación.

18 COMIDAS   (21.11.10)
Dir.: Jorge Coira
Pro.: Fernando del Nido, Hugo Castro   Gui.: J.C., Araceli Gonda, Diego Ameixeiras
Int.: Luis Tosar, Esperanza Pedreño, Cristina Brondo
Jorge Coira lleva diez años trabajando en televisión, sobre todo en la gallega, y también ha dirigido un largo, El año de la garrapata, en 2004. Esta experiencia se le nota en el dominio de las distancias cortas y en la facilidad para ensamblar escenas diferentes en una continuidad argumental; algo que muchos intentan y no siempre resulta aceptable. En el caso que nos ocupa, el resultado es más que notable.
Edu es un músico callejero que, un día, recibe una llamada de una antigua amiga, casi olvidada, que lo invita a comer. Nuria desayuna con el hombre con el que ha pasado la noche. Sergio y Víctor reciben al hermano de éste, ignorantes todos de cómo va a resultar el almuerzo. Un joven prepara la mesa a cada rato esperando a una moza que nunca llega. Dos colegas desayunan, comen y cenan juntos, sin parar de beber y de charlar. Dos ancianos pasan el día sin hablar, casi sin verse, del silencio a la mesa, del plato de guiso a la boca cerrada y la mirada perdida… Y así sucesivamente.
Estos y otros tantos personajes pueblan este universo gastronómico-sentimental, en el que algunas historias se entrecruzan y otras discurren en paralelo; pero incluso éstas últimas dan la impresión de poder ensamblarse en cualquier momento y formar una única narración. En cualquier caso, eso no importa. Coira ha trabajado con sus actores y actrices en una elaboración previa, muy sistemática y concienzuda, de sus personajes; y después les ha dado aire para que en cada escena quepa la improvisación, la creación personal, la complicidad dos a dos –la mayoría de las veces- o a cuatro voces, como en el modélico episodio protagonizado por Víctor Clavijo y Sergio Peris-Mencheta.
Así, la película discurre fácil y ordenadamente, pero también apasionadamente, en absoluta complicidad con un espectador entregado, divertido y emocionado. (www.18comidas.com)

DIPLOMACIA   (16.11.14)
Dir. Volker Schlöndorff
Pro.: Marc de Bayser, Frank Le Wita   Gui.: Cyril Gely, Volker Schlöndorff
Int.: Niels Arestrup, André Dussollier, Burghart Klau
βner
El maestro Volker Schlöndorff parece inagotable: ha cumplido ya 75 años, y 50 de carrera repleta de títulos importantes: El joven Torless, con el que se dio a conocer en 1966, El honor perdido de Katharina Blum, que fue premiado en San Sebastián en 1975, El tambor de hojalata, que le valió el Oscar, la Palma de Oro de Cannes y otros muchos premios en 1980, Tiro de gracia, El amor de Swann, sobre la obra de Marcel Proust, El ogro, El silencio tras el disparo… Es verdad que los más significativos pertenecen a su primera época, pero Schlöndorff sigue en la brecha y no ha perdido fuelle ni el instinto de reconocer una buena historia y apostar por unos magníficos intérpretes.
Y lo demuestra con esta última película, Diplomacia, que ha ganado los premios al mejor director y mejor actor en el reciente Festival de Valladolid. Cuenta lo sucedido en París en los momentos finales de la II Guerra Mundial. O, por decirlo mejor, lo que no sucedió… y qué fue lo que lo impidió. El 24 de agosto de 1944, el general Dietrich von Choltitz ve caer la noche sobre París desde su lujosa suite del Hotel Meurice. Según las órdenes del mismísimo Hitler, antes del amanecer la ciudad debe ser destruida, justo cuando se consume la entrada de los aliados y quede de manifiesto que la guerra, definitivamente, se ha perdido.
El general, con la ayuda de un ingeniero francés colaboracionista –seguramente muy a su pesar-, ha preparado al detalle la operación. Todo París está minado, esperando tan solo su decisión. Primero saltarán por los aires los puentes del Sena, provocando una crecida descomunal que arrasará calles y edificios. Y después, simultáneamente, caerán las más preciadas joyas de la arquitectura parisina: el Louvre, la catedral de Notre Dame, la Ópera, el Arco del Triunfo y, por supuesto, la Torre Eiffel. Von Choltitz no es ningún ignorante; es consciente del horror que va a provocar, pero su férreo sentido de la disciplina y su absoluto acatamiento de las consignas del Führer –y el temor a las represalias, también: su familia aun permanece en Alemania- no le permiten dudar. Está a punto de levantar el teléfono y dar la orden.
Y en ese momento, como por arte de magia, aparece en la sala el cónsul de Suecia, Raoul Nordling. En realidad, ha entrado por una puerta disimulada en el mobiliario, uno de tantos secretos que guardan los hoteles y las alcobas de París. Tras la sorpresa, y ante la insistencia del cónsul de un país neutral, y viejo conocido de Von Choltitz, además, el general accede a escuchar lo que le propone; que no es otra cosa que desobedecer a Hitler y salvar París de la destrucción. Entre el diplomático sueco, dueño de una oratoria formidable, y el militar alemán, aferrado a sus convicciones y lo que considera su deber, se entabla un duelo dialéctico de proporciones colosales.
Por la trascendencia del resultado, y también, en la película, por la calidad de sus intérpretes. Niels Arestrup y André Dussollier –dos de los más grandes actores de Francia y de Europa- despliegan todo su talento en una sucesión de demandas y exigencias, réplicas y contrarréplicas, afirmaciones y negaciones rotundas e insinuaciones sibilinas y, por qué no, también dudas y mentiras. La tensión no decae en ningún instante; cierto que la película puede resentirse en algunos momentos de su evidente estructura teatral –de una pieza de Cyril Gely-, pero la habilidad narrativa de Schlöndorff y el superlativo y apasionado duelo interpretativo de sus protagonistas la elevan muy por encima de esa circunstancia.
Diplomacia es una muy interesante película: en primer lugar, es una oportunidad más para que Schlöndorff y el cine alemán –la cultura y la sociedad alemanas, en realidad- exorcicen el fantasma de la culpa por el pecado del nazismo; también la exposición de una crónica –seguramente muy certera- de unos momentos cruciales en la historia contemporánea, y por último, y sobre todo, una ocasión para aprender de la historia y disfrutar del trabajo de unos genios de la pantalla. (www.acontracorrientefilms.com/pelicula/338/diplomacia/)

DISOBEDIENCE   (26.05.18)

Dir.: Sebastián Lelio. Pro.: Ed Guiney, Frida Torresblanco, Rachel Weisz. Guí.: Sebastián Lelio. Int.: Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola.

Menos de un año después del rotundo éxito de Una mujer fantástica, Sebastián Lelio -el más en forma de los directores chilenos, autor también de La sagrada familia, Navidad, El año del tigre y Gloria, otra gran película- estrena esta historia de radical desobediencia protagonizada por dos grandes actrices que interpretan a dos mujeres que luchan por su libertad en un ambiente asfixiante y castrador.

La poderosa Rachel Weisz es Ronit Krushka, una artista plástica que vive en Nueva York. Llega a Londres porque la han avisado que su padre, rabino de la colectividad judía ortodoxa, ha fallecido. Hace muchos años que Ronit había perdido todo contacto con la comunidad, pero ahora busca a sus antiguos amigos Dovid y Esti y descubre que Dovid parece el evidente sucesor de su padre como nuevo rabino, y que Esti –una deliciosa Rachel McAdams-, su querida amiga de juventud, se ha casado con él. Ambos la acogen en su casa mientras se prepara el funeral y pronto, inevitablemente, resurge la pasión que unió a las dos jóvenes y que provocó la marcha -más bien huida- de Ronit.

Mientras vemos cómo de los rescoldos de aquella hoguera vuelven a brotar llamaradas –y en algunos momentos la metáfora se queda corta ante la intensidad de las imágenes que protagonizan ambas mujeres-, Lelio pone el acento en los usos y costumbres de los judíos ultraortodoxos, cuya rigidez, rayana en el absurdo, queda en evidencia: visten de negro riguroso, no se quitan la “kipá” ni para dormir, las reglas para elegir al nuevo rabino no admiten variación y las mujeres son seres de segunda, sometidas a los varones y obligadas -las casadas- a ocultar su cabello bajo pañuelos o, lo que es un poco ridículo, pelucas.

Por su parte, Ronit no recibe mucho cariño de sus familiares y hasta comprueba dolorosamente el olvido de su padre; naturalmente, no solo antes, sino por supuesto ahora, incumple todas las estrictas normas de su religión, incluyendo alguna de hondo significado hacia Esti, cuyo matrimonio se tambalea, por decirlo delicadamente. Y la onda expansiva puede sacudir a toda la comunidad, absorta en su incapacidad para admitir algo que no esté escrito en sus libros, consagrado por la costumbre y fuera de la vida que para ellos es normal.

Así que Disobedience late al ritmo que imponen sus protagonistas, interpretadas con enorme entrega por Rachel Weisz y Rachel McAdams; ellas conducen el relato de su relación y el entorno en el que se produce; la película es, así, tanto una historia de amor –nada complaciente, por cierto- como un repaso, casi entomológico, a un grupo de personas que viven en el siglo XXI encerradas en un pasado que parece más bien medieval.

DIVORCIO A LA FINLANDESA   (11.09.11)
Dir.: Mika Kaurismäki
Pro.: Mika Kaurismäki   Gui.: Mika Kaurismäki, Sami Keski Vähälä
Int.: Hannu-Pekka Björkman, Elina Knihtilä, Kati Outinen  
Algún “gen Kaurismäki” debe existir en Finlandia para que en un país con tan escasa proyección cinematográfica internacional haya dos hermanos directores de primera fila, creadores absolutos y dotados de un riquísimo universo personal: Aki –del que veremos pronto Le Havre- y Mika, del que se estrena ahora la primera de las cinco películas –entre ellas el documental Mamá África, dedicado a Miriam Makeba- que ha rodado de un tirón en los últimos dos años.
Evidentemente, el título que se le ha puesto en España hace referencia a Divorcio a la italiana, la comedia de Pietro Germi, con Marcello Mastroianni de protagonista; más acertado, por supuesto, es el título original, algo parecido a La casa de la separación o La casa de la discordia, traduciendo libremente. Sí que es una comedia, pero también es otras cosas; y, desde luego, la casa es un elemento fundamental, un protagonista más. En ella se desarrolla la mayor parte de la acción, porque cuando la pareja protagonista, Tuula y Juhani, deciden acabar con su convivencia marital y divorciarse, ninguno de los dos abandona el hogar.
Ninguno de los dos tiene mucho dinero y acuerdan repartirse la casa; pero sobre todo cada uno piensa fastidiar a su excónyuge haciéndole partícipe involuntario de sus nuevas relaciones. Tuula se trae a casa a Marco, un novio fugaz y de bastante buen ver y Juhani, tras algún intento fallido, pide ayuda a su hermanastro Wolffi, reconocido proxeneta, para que le ceda por unos días a alguna de sus chicas; la elegida es Nina, a la que le viene muy bien esconderse una temporada porque la buscan unos peligrosos mafiosos que la acusan de matar a una colega y escaparse con un considerable botín. Y además la policía, que no es tonta –aunque sí un poco despistada-, anda detrás del oscuro acontecimiento.
La trama se enreda entonces por las calles y edificios de Helsinki; nada gratuitamente, porque igual que la casa del matrimonio, la arquitectura de la ciudad, retratada en grandes angulares que parecen primeros planos, está presente con peso específico en todo el argumento; Mika Kaurismäki iba para arquitecto y ese interés y esa experiencia se nota. Como también se nota su calidad de documentalista: la película se desliza fácilmente por los terrenos de la comedia costumbrista, describiendo con trazo firme la Finlandia actual, mucho más abierta y multiétnica que hace unos pocos años.
Para ello no hacen falta alardes técnicos ni efectos digitales de laboratorio. Dice Mika Kaurismäki que es un director “barato”; el hecho de producirse sus propias películas y de haber aprendido a rodar con la máxima economía –alguna de sus obras se ha concluido en menos de una semana- emparenta su cine argumental con el de la “nouvelle vague” e incluso con el de Jacques Tati: escenarios naturales, inclusión de aparatos cotidianos, narrativa sintética, personajes simples, sin el menor rastro de excepcionalidad…
La originalidad de Divorcio a la finlandesa es que, además de la comedia, transita también distintos géneros: el drama, el vodevil, el policíaco… Y hasta es capaz de homenajear al mismísimo Acorazado Potemkin y de rescatar a la musa de su hermano Aki, Kati Outinen, para un papel diametralmente opuesto a los que estamos acostumbrados a ver. Es una actriz tremenda, como tremendos están, en otro sentido, los demás componentes del reparto, tan centrados en sus papeles que aún en los momentos de mayor disparate están comedidos y enternecedores.
El guión, escrito a cuatro manos –es una película y una novela a la vez, que fueron creciendo al mismo tiempo- encaja todos estos elementos para que fluyan con sencillez, y en la pantalla la obra parece ligera pero no lo es en absoluto: por el contrario, revela un trabajo muy exigente y muy bien realizado y muestra un estudio y una exposición divertida pero muy profunda y realista de la condición humana y de los verdaderos problemas, deseos y miedos de la gente, sean o no finlandeses. (www.haarautuvanrakkaudentalo.fi)

12 AÑOS DE ESCLAVITUD   (15.12.13)
Dir.: Steve McQueen
Pro.: Steve McQueen, Arnon Milchan, Brad Pitt   Gui.: John Ridley
Int.: Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Michael K. Williams
Steve McQueen –no confundir con el actor americano, fallecido en 1980; este tiene ahora 43 años, es director y guionista, es londinense y es mucho más moreno- ha realizado en las últimas dos décadas 23 cortos y 3 largometrajes: Hunger, Shame y esta 12 años de esclavitud. No sé los cortos, pero sus dos primeros largos son, aunque muy diferentes entre sí, muy interesantes. Y con este tercero se ha convertido en el director del momento, uno de los máximos aspirantes al Oscar.
La película habla de la esclavitud de los negros americanos, como otras anteriores –algunas de ellas muy ilustres-, pero esta vez de manera más original; en primer lugar, McQueen también es negro, oriundo de Grenada –la isla caribeña con una población mayoritariamente procedente de esclavos africanos-, lo que le permite dotar a su obra de un acento muy personal; y además la historia real de este Solomon Northup, héroe a su pesar, no es la habitual: Solomon es un negro adulto, un
hombre libre, padre de familia y músico de prestigio que vive en Nueva York, y es engañado y secuestrado, trasladado al Sur y vendido como esclavo.
Durante doce terribles años, desde que cae en manos del cruel Edwin Epps –interpretado por Michael Fassbender en su personaje más duro hasta la fecha- hasta que, por casualidad, conoce a un abolicionista canadiense, el bienintencionado Mr. Bass –Brad Pitt-, el pobre Solomon –magnífico Chiwetel Ejiofor- vive las mismas penalidades y miserias que los negros que, para su desgracia, nacieron ya cautivos. Solomon pasa por manos más o menos compasivas –más bien menos-, pero en ningún momento se conforma ni se deja abatir y todo el tiempo lucha por conseguir su libertad –algo casi imposible- y por conservar su dignidad de persona a toda costa.
Como es lógico, estos hechos, tras un breve prólogo y un todavía más rápido epílogo, ocupan la mayoría del metraje de 12 años de esclavitud. Una secuencia tras otra, la potente cámara de McQueen va mostrando el sufrimiento de su protagonista y de los que lo acompañan en su cautiverio; los esclavos son víctimas de amos despóticos, de capataces sanguinarios e incluso de otros criados más obedientes o más temerosos. Con la excepción de los breves lapsos de tiempo que Solomon trabaja para algún patrón menos cruel, las imágenes se suceden en un crescendo de violencia que llega a herir la retina de quien las contempla. Desde luego, el director y guionista consigue su doble propósito: exponer la brutalidad de los esclavistas, dejando que el espectador la sienta de manera inevitable, y demostrar que en esa terrible situación –como en cualquier otra de la vida- cada uno hizo lo que pudo para sobrevivir. También este hombre inteligente y cultivado, que sabe que no podrá escapar de sus captores porque para ellos no es una persona, sino una propiedad, un objeto que igual que se usa, se tira cuando ya no sirve. Y no hay un horizonte distinto para él, salvo que su voz consiga atravesarlo y llegar hasta su familia, de la que lo separa una distancia infinita.
Por eso Solomon se resiste a la degradación y a la desesperanza y solo su cuerpo se somete a veces; pero nunca su alma, que se trasparenta en la fiera mirada del esclavo. Chiwetel Ejiofor le da vida con tremenda grandeza: sus movimientos, sus gestos, su rostro, son los de un hombre sometido, pero libre, con su conciencia intacta y su dignidad inexpugnable. Los duelos de miradas que sostiene con Michael Fassbender son de un magnetismo revelador. Epps es el amo, pero si alguien llega a dudar, a sentirse amenazado, no es precisamente el esclavo Solomon, tal es la fuerza de su personalidad.
El desenlace del argumento está en los libros, pero lo más importante de la película no es cómo acaba, sino como transcurre. Steve McQueen retrata a un personaje inmenso, un hombre que no se rinde, un hombre que lucha. Y esa lucha incesante, que salta de la pantalla con realismo y emoción creciente, confiere a la historia y a su protagonista rasgos de auténtica epopeya homérica. (http://www.12anosdeesclavitud.com)

DOGMAN   (10.11.18)

Dir.: Matteo Garrone. Pro.: Matteo Garrone, Jean Labadie, Jeremy Thomas. Gui.: Matteo Garrone, Ugo Chiti, Massimo Gaudioso. Int.: Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Alida Baldari.

En 2008, Matteo Garrone sacudió las pantallas –y las conciencias- con Gomorra, un puñetazo en las mismísimas fauces de la Camorra que le valió el reconocimiento mundial y el Gran Premio del Jurado en Cannes; premio que volvió a alcanzar con Reality, su siguiente película. Después ha dirigido El cuento de los cuentos y ahora vuelve a dejarnos boquiabiertos con esta historia.

El protagonista es Marcello, un modesto cuidador y peluquero de perros que vive en un barrio a las afueras de Nápoles, un escenario decadente y helador como un paisaje lunar. Allí tiene su negocio y allí sobrevive, entre los cuidados a sus clientes de cuatro patas, sus trapicheos y sus charlas con sus vecinos y amigos: el que compra oro al peso, el dueño del bar y el desocupado y violento Simone, al que le ríe las gracias por obligación.

La verdad es que Simone es un animal, un drogadicto furioso, que termina por enredar a Marcello en un asunto más que turbio que les echa a la policía encima. Marcello demuestra entonces un carácter del que parecía carecer y sufre las consecuencias de una lealtad y una firmeza inexplicables. Todo cambia a partir de ese momento, y la vida apacible del insignificante peluquero canino se inunda de violencia.

Una violencia que estaba soterrada, en letargo, flotando en el aire de las calles de ese Nápoles insólito que retrata Garrone con la fidelidad de un neorrealismo clásico pasado por el tamiz de una mirada oscura y carente de afecto, como la de Gomorra y sus desalmados habitantes. Es imposible que Marcello, un hombre sencillo, lleno de dignidad y de amor por su pequeña hija, pueda sobrevivir entre tanta contaminación.

El escenario de Dogman es, como decía, lunar: inhóspito, nocturno, casi surrealista; no ya suburbial sino absolutamente desprovisto de toda referencia urbana. Por allí hay un parque infantil abandonado hace siglos, una carretera por la que no va nadie, se intuye el mar ahí cerca, y todo contribuye a que el espectador tenga el ánimo en suspenso, esperando la tragedia que sin duda va a suceder. La cámara de Matteo Garrone –esa mirada a la que me refería- pasa implacable de un sitio a otro, de un rostro a otro, de un momento de reposo a otro de feroz actividad. Y lo hace con enorme eficacia y con toda la confianza en sus personajes.

El principal, este Marcello de ida y vuelta, una enorme creación de su intérprete Marcello Fonte, que ya ganó en Cannes el Premio al Mejor Actor: personifica a la perfección la figura de ese hombre apocado, de figura enclenque y aparentemente débil, y dueño sin embargo de un valor, una fuerza y una determinación que lo convierten en un bulldog capaz de morder y comerse el mundo. Ese mundo pequeño y ridículo en el que malviven y medran estos personajes, y que no es, claro, más que una metáfora del mundo grande, entero, en el que vivimos todos. Con la misma impiedad, la misma impunidad, la misma falta de sinceridad y de belleza: esa es la enseñanza que Garrone nos quiere transmitir.

 

DOLOR Y GLORIA   (23.03.19)

Dir.: Pedro Almodóvar. Pro.: Agustín Almodóvar, Esther García. Gui.: Pedro Almodóvar. Int.: Antonio Banderas, Asier Etxeandía, Penélope Cruz.

Película número 22 en la carrera de Almodóvar, que ha llegado precedida de un tsunami publicitario más digno de un capítulo de superhéroes al uso; todos los medios se han rendido de antemano al acontecimiento, lo que a algunos les parecerá maravilloso y a otros nos resulta de lo más cargante y manipulador. En fin, esto también es parte de la industria.

Ciñéndonos a los hechos, Pedro Almodóvar estrena nueva película, y es de las mejores de su carrera. Dolor y gloria retrata a un personaje, Salvador Mallo, director de cine y evidente alter ego del propio Almodóvar, y en la pantalla se despliega –con una extraordinaria interpretación de Antonio Banderas- toda su personalidad: su realidad, que pasa por un estancamiento creativo y un ánimo depresivo y desesperanzado, sus sueños, sus paraísos artificiales, sus recuerdos, los olvidos y los reencuentros, sus deseos y hasta sus dolencias, enumeradas y mostradas explícita, gráficamente.

A Salvador le asalta el pasado y, aunque él no lo sabe, le abre alguna posibilidad de progreso. Casi sin querer, recupera una antigua amistad, tras décadas de lastre de incomprensión y olvido. Y sin querer de ninguna manera, otras figuras salen de la sombra y se le cruzan en el camino: un antiguo amor, la madre… La madre, sobre todo: una presencia que regresa a su vida y a su obra –la de Mallo y la de Almodóvar, no hace falta explicarlo- como un referente, un asidero y también un mazo que golpea sin disimulo y sin piedad.

Poco a poco en la película, Salvador se va abriendo a nuevas posibilidades. Y paralelamente, el relato se despliega en tramas de diferente calado, como unas corrientes subterráneas que atraviesan un fluido superficial. Dolor y gloria es una obra poliédrica, dotada de un poderoso metalenguaje: cine sobre el cine, cine dentro del cine, personajes que se interrogan en la pantalla lo mismo que sus autores en su vida real.

Y digo autores porque la película es, entera de Pedro Almodóvar, claro: su filme más personal y autobiográfico –en una carrera en la que abundan esas características-, también de los más maduros y serenos. Pero no sería posible sin la creación de Antonio Banderas, quizá en el mejor trabajo de su vida. Claro que estos dos han hecho ya ocho películas juntos y se conocen a la perfección; pero la tarea del actor no solo es complicidad e imitación; es, sobre todo, una re-creación y una expresión propia y personal. Banderas es Almodóvar, sin duda, pero es también Mallo, un personaje que vive su propia historia.

Una historia, poco o mucho fabulada en el guion –otro de los grandes aciertos de la película-, que se asienta sobre la piedra angular de la actividad creativa. Su posibilidad, su necesidad; su ausencia, de repente, como si jamás la inspiración volviera a habitar la mente, las manos del artista. La angustia, la depresión y sus peligros, de los más evidentes a los más complejos y escondidos. Y Mallo-Banderas-Almodóvar intenta escapar y quizá lo consiga. Aunque sea en el plano final, donde confluyen todas las corrientes, todas las historias, todas las vidas.

 

DOMINO      (22.02.20)

Dir.: Brian de Palma. Pro.: Michel Schonnemann, Els Vandevorst. Gui.: Petter Skavlan. Int.: Nicolaj Coster-Waldau, Carice van Houten, Guy Pearce.

Brian de Palma cumplirá 80 años el próximo 11 de septiembre. Es otro de esos directores veteranos a los que aun dejan hacer cine, aunque en otros casos está justificado. Quiero decir que hace mucho que De Palma rodó El precio del poder, Doble cuerpo, Carrie, Vestida para matar o Los intocables de Eliot Ness. Incluso de La dalia negra –que no era su mejor película- hace ya 14 años. Y se nota. Sobre todo, por su olfato, o su responsabilidad para elegir guiones. El de Domino es bastante malo; es más: es, pecado mortal, risible.

Lo cierto es que la historia no empieza mal. Se plantea como un thriller inspirado en la novela negra escandinava –la película es una coproducción enteramente europea-, tan en boga actualmente. Ambientada, además, en el ámbito del terrorismo islamista. En Copenhague, donde dos policías siguen la pista de un sospechoso; se provoca un enfrentamiento, y uno de ellos resulta malherido. El otro corre en persecución del delincuente, sin pensar que esa acción le va a traer consecuencias muy serias; por lo menos al principio.

La trama se enreda y muy pronto pasa a adquirir tintes de un policíaco más convencional. Hay una serie de personajes y acciones enlazadas –de ahí lo del dominó, supongo-, el protagonista –llamémosle Christian, en la película es Nicolaj Coster-Waldau, famoso desde Juego de tronos- recibe la ayuda de una compañera, Alex –Carice van Houten, se llama en el filme igual que el seudónimo con el que el guionista ha firmado algún trabajo, otro rasgo de humor-, que se la juega por él, luego sabremos por qué.

Se produce una persecución que va de Dinamarca a España y, para complicarlo todo un poco más y que nada sea al final lo que parece, interviene también la CIA mediante un agente poco secreto, que se llama Joe Martin –como Pepe Pérez, ya que estamos- y que interpreta con su habitual esfuerzo Guy Pearce.

Y todos van a parar a Almería, con el fin de coger el ferry a Melilla. Y Almería está en fiestas, cómo no, con su corrida de toros nocturna y todo. Que no es broma: parte de la trama se va a desarrollar ahora entre las calles estrechas, algún bareto semicerrado, una azotea con cartel luminoso y la propia plaza de toros. Con una demostración de cómo pilotar un dron de penúltima generación y morir en el intento.

El que no se sabe si muere por fin es el toro, porque todo lo que pasa en la plaza es surrealista: tan pronto está llena como semivacía; la gente anda por los pasillos en vez de ver la corrida, y el matarife, un tal Roca Rey –así nombrado en los títulos de crédito-, a lo suyo, como si no hubiera un mañana.

Al final, no hay mucho suspense, pero hay tiros y muertos; y la película se acaba para descanso de todos. El saldo es negativo, porque, como se ve, ha ido a menos por momentos. Los intérpretes hacen lo que pueden, y a De Palma le sobra oficio, pero el relato es imposible de negociar. Queda, eso sí, la otra aportación española: la fotografía de José Luis Alcaine, siempre entonada y procurando lograr un clima que todo lo demás trata de impedir.

DOS DÍAS, UNA NOCHE   (26.10.14)
Dir. Jean-Pierre y Luc Dardenne
Pro.: Jean-Pierre y Luc Dardenne, Denis Freyd   Gui.: Jean-Pierre y Luc Dardenne
Int.: Marion Cotillard, Fabrizio Rongione, Pili Groyne
Los hermanos Dardenne ocupan un lugar capital en el cine europeo contemporáneo. Han dirigido –y han escrito y producido- películas importantes, comprometidas y hermosas como Rosetta (1999), El hijo (2002), El silencio de Lorna (2008) y El niño de la bicicleta (2011). En sus argumentos no hay héroes –tampoco villanos- ni aventuras extraordinarias en lugares exóticos; a menos que entendamos por tales las vidas de las gentes que luchan a brazo partido por salir adelante en cualquier rincón de algún país como el nuestro. Gente corriente, que casi siempre correría el riesgo de pasar desapercibida, si no fuera por la decidida mirada de estos cineastas.
Por ejemplo, esta protagonista de Dos días, una noche. Sandra es una joven madre y trabajadora. Su vida no es fácil; acaba de salir de una depresión y, cuando trata de reincorporarse a la fábrica, se encuentra con una horrible situación: el director no quiere readmitirla y ha ofrecido al resto de los obreros asumir su trabajo entre todos, a cambio de una prima de mil euros. Los compañeros han votado –es verdad que bastante influidos por el jefe de personal- y han decidido aceptar la propuesta de la empresa. Y Sandra se va a quedar en la calle.
Su desolación es infinita. Solo encuentra una remota esperanza cuando una compañera se ofrece para ir con ella a ver al director, contarle los manejos del jefe de personal y pedirle que se repita la votación. Casi con sorpresa, Sandra ve cómo el hombre accede; y tiene entonces un fin de semana por delante para hablar con sus colegas y conseguir que cambien de opinión y se pongan de su parte, aunque para ello tengan que renunciar a la prima. Son dieciséis empleados, así que necesita asegurarse al menos el voto de nueve para tener mayoría.
Y empieza entonces un angustioso peregrinaje puerta a puerta, cara a cara. De algunos compañeros, Sandra no sabe ni el teléfono, ni dónde viven, por lo que el comienzo es doblemente dificultoso. Poco a poco, va consiguiendo localizarlos, e incluso arrancar alguna vaga promesa de aceptar la nueva votación y reconsiderar la primera opinión. Pero el plazo parece demasiado corto: sábado y domingo son dos días complicados para recorrer la ciudad de punta a punta, encontrar a sus interlocutores y llamar a su puerta y a su corazón.
A Sandra la anima y acompaña su marido, pero cada vez es ella, sola, quien ha de hablar, explicarse y tragarse como puede el orgullo, el miedo y la desesperación. Lo que encuentra es todo un mundo: la condición humana se despliega ante sus ojos –y los del espectador- como un abanico en el que se muestra la sorpresa, la incredulidad, el egoísmo y hasta la brutalidad; pero también la comprensión, la lealtad y la generosidad. En sus vaivenes por las calles, seguida por el ágil objetivo de los Dardenne, la joven recibe respuestas dictadas por el agobio de la crisis y los problemas familiares, el maltrato conyugal y la precariedad de la inmigración... Y ella nos muestra a todos la fortaleza, el valor y la dignidad de la persona, aunque sea en un camino sembrado de las minas de la duda, la tristeza y la tentación mortal. Todo eso está en este magnífico relato que escribe esa cámara decidida y ágil –como decíamás arriba- pero también inteligente, reveladora y solidaria: las cualidades que elevan el cine de Jean-Pierre y Luc Dardenne a la categoría de lección moral y de obra magistral imprescindible.
Esta vez, además, han tenido de protagonista a una estrella, lo que no es habitual en su cine. Claro que, en realidad, Marion Cotillard no es una estrella, es una actriz: una extraordinaria actriz, dúctil, potentísima en su aparente fragilidad, sincera y versátil, capaz de ser inmigrante polaca o diosa de la costura, inválida o bailarina, sueño fugitivo o heroína de leyenda; dueña de una fotogenia cautivadora y de una fuerza que atraviesa la pantalla. Es capaz de interpretar hasta de espaldas a la cámara; y cuando la mira, el objetivo se llena de verdad y de hondura: una maravilla. (www.wandavision.com/site/sinopsis/dos_dias_una_noche)

2 FRANCOS, 40 PESETAS      (30.03.14)
Dir.: Carlos Iglesias
Pro.: Juan Gona   Gui.: Carlos Iglesias
Int.: Carlos Iglesias, Nieve de Medina, Javier Gutiérrez
Carlos Iglesias no ha estado en este Festival de Málaga; si lo hizo en 2006 con 1 franco, 14 pesetas, que ganó tres premios gracias a su frescura y su convincente tono nostálgico. Después Iglesias dirigió Ispansi! –vamos a hacerle el favor de olvidarlo- y ahora regresa a sus personajes y paisajes autobiográficos, una decena de años después de su primera aparición. Martín y su mujer, Pilar, que ya ven como su chaval se va de Erasmus –o similar- por Europa, y que de nuevo se sienten con muy poco futuro en España, deciden volver a Suiza. De momento, a encontrarse con su amigo del alma, Marcos, que ya casi se ha convertido en un suizo más.
Y de paso, con el resto de su historia. Allí está el mismo escenario, con sus viejos camaradas, sus recuerdos intactos y sus antiguas tentaciones… que nunca mueren del todo. Pero también irrumpen en la historia un sinfín de nuevos personajes que comprenden suegras, cuñadas, curas estrafalarios y hasta un evasor de capitales, con su maletín y todo. Tina Sáinz, Jorge Roelas, Roberto Álvarez y demás se unen a la fiesta. Que roza en algunos momentos un tono berlanguiano… sin la capacidad de ironía y distanciamiento ni la maestría de Berlanga, claro.
Lo peor no es el barullo en que se va convirtiendo la escena; lo menos justificable es, en la raíz del relato, la decisión del matrimonio protagonista –del marido, más bien- de emprender este viaje al paraíso helvético, que no se sabe si es de ida y vuelta, o pretende ser, como al final resulta, de huida de una situación social y laboral penosa… para acabar reconociendo que como en casa no se está en ningún sitio.
Y todo eso contado con la colaboración de unos intérpretes que resultan francamente desiguales: en comparación entre sí y con ellos mismos. Puede ser que, igual que el espectador, tampoco estén convencidos de que el viaje ha merecido la pena.

2012   (15.11.09)
Dir.: Roland Emmerich
Pro.: Roland Emmerich, Harald Kloser, Larry J. Franco   Gui.: Roland Emmerich, Harald Kloser
Int.: John Cusack, Amanda Peet, Chiwetel Ejiofor
Emmerich nació en Stuttgart hace 54 años, debutó en 1979 con el mediometraje Franzman y saltó a América en 1992 con el que fue su primer gran éxito: Soldado universal. A partir de ahí se especializó en los grandes presupuestos y, cada vez más, en los grandes espectáculos, a veces cinematográficos, a veces de otra cosa: Stargate, Independence day, Godzilla, El patriota, El día de mañana, 10.000 –ese horror- y este desaforado 2012.
El prólogo nos permite ir de ahora mismo hacia delante. En 2009, un científico hindú descubre que las sobreabundantes erupciones solares están produciendo una mutación en los neutrinos terrestres que tiene muy mala pinta. Se lo cuenta a su amigo Adrian, que también es un hombre de ciencia; como es americano, consigue llegar hasta el mismísimo presidente, que es negro pero no se llama Obama sino Wilson, Thomas Wilson. Y en los meses siguientes presenciamos alguna extraña operación mercantil a la par que, en la reunión del G-8, el presidente Wilson explica a los otros mandatarios que la cosa está muy mal y que hay que prepararse para lo peor.
Lo peor llega en el 2012. La rebelión de los neutrinos pone el planeta patas arriba: la corteza terrestre empieza a moverse y a resquebrajarse, hay unos terremotos que cada vez van a más y hasta el parque de Yellowstone se convierte en un hirviente y gigantesco volcán. Esto, precisamente en el momento en el que Jackson Curtis y sus dos hijos estaban allí de excursión. Jackson –John Cusak- es un novelista frustrado, divorciado de su guapa esposa y empleado por un magnate ruso como chófer de su limusina. Jackson y los niños escapan por un pelo, lo justo para recoger a la mamá y a su nuevo marido y salir volando mientras la ciudad entera se rompe, se derrumba y desaparece. 
Todo el mundo está igual: primero los terremotos sacuden y deshacen cada rincón, sin respetar ni siquiera los símbolos más sagrados: el Capitolio se hace polvo, el Cristo de Río de Janeiro se cae en pedazos, la Capilla Sixtina se rompe por donde más le duele y la cúpula del Vaticano rueda por los suelos... Y luego el mar, azotado por terribles sunamis, vuelca trasatlánticos, inunda países enteros y hasta levanta un enorme portaaviones y lo estrella contra la Casa Blanca, qué mala uva...
La primera hora de la película está bastante bien y hay momentos de cine trepidante mientras los protagonistas se reúnen y huyen del cataclismo. Ya hay sobreabundancia de efectos visuales tremebundos, algunos correctos y necesarios, otros decididamente excesivos; pero se sobrelleva. Lo malo es que aún queda otra hora y tres cuartos, un metraje suficiente para otra película; y eso es lo que pasa, que hay otra película, cada vez más exagerada, más ruidosa, inverosímil y absurda y más infantil. Y para colmo, empiezan a deslizarse mensajes más patéticos, cuando no más reaccionarios y falsamente sensibleros.
Todo este larguísimo recorrido no es más que un pretexto para ir añadiendo personajes y relaciones más que dudosas y, sobre todo, efectos digitales que son variaciones interminables sobre dos temas, a saber: la tierra que se rompe y el mar que lo inunda todo, como en un diluvio universal, pero sin diluvio... y hasta aquí puedo contar. El colmo es la media hora final, cuando Emmerich cita a Cameron –Titanic, The abyss- si no es al Poseidón, y el suspense se desdobla, o eso intenta, al mismo borde del Everest, que, mire usted por dónde, pasaba por allí.
No hay, naturalmente, ni el menor rigor científico en la historia de este fin del mundo, lo hayan predicho los mayas hace siglos o no. Pero lo peor es que tampoco hay mucho cine en una película tan larguísima, tan pretenciosa y tan vergonzosamente cara: 200 millones de dólares. Emmerich dice que se trata de una película divertida; se habrá reído él, no lo dudo. Yo lo único que veo es otro espectáculo de “circomatógrafo” más, donde el “más difícil todavía” se traduce en más grotesco todavía, más previsible, más conservador y más pueril. (www.2012-lapelicula.com)

DOWNTON ABBEY   (21.09.19)

Dir.: Michael Engler. Pro.: Julian Fellowes, Gareth Neame, Liz Trubridge. Gio.: Julian Fellowes. Int.: Maggie Smith, Michelle Dockery, Matthew Goode.

La traslación a la pantalla grande de Downton Abbey se le ha encargado a Michael Engler, un director de televisión, responsable de algunos episodios de la serie, así como de otros de Sexo en Nueva York, A dos metros bajo tierra, Rockefeller Plaza y otras. Y el responsable máximo sigue siendo Julian Fellowes, productor y guionista de la práctica totalidad de las seis temporadas –de 2010 a 2015- del Downton Abbey televisivo.

Con estas credenciales, no es de extrañar que el producto actual sea igual que un nuevo capítulo de la serie, aproximadamente el doble de largo que aquellos; así que caben más peripecias, con el mismo esquema tantas veces empleado: los señores del feudo, por un lado –lady Violet Crawley, sus hijos y nietos-, muy preocupados porque los reyes van a pasar una jornada allí, y por sus líos familiares, con herencia incluida, que no pueden faltar en ningún episodio. Y por otra parte, los criados de la casa, igual de preocupados, y además ofendidos porque sus egregias majestades –las majestades son egregias de por sí- traen consigo su servidumbre y no les van a dejar tocar un puchero; y ellos también tienen sus cuitas, sentimentales y profesionales, que enredan algo más el argumento.

Luego hay un par de tramas más, con un asunto de mucho peligro y otro de mucho amor. Ah, también un desfile, que no viene mucho a cuento pero que proporciona esplendor, música militar –si no fuera un oxímoron como una casa- y boato para los reyes y su seguimiento. Y para terminar, un baile en el que una orquesta asesina concienzudamente a Johan Strauss mientras la nobleza allí presente se lo pasa de maravilla.

A ver si con todo esto alguien va a pensar que la película no me ha gustado… Nada de eso, lo que no me gusta es otra cosa. Este Downton Abbey funciona en la pantalla grande como un reloj. Sus intérpretes –los antiguos y alguno nuevo- se emplean con profesionalidad rayana en el entusiasmo –son británicos- y alcanzan un magnífico nivel; no solo Maggie Smith, Imelda Staunton, Matthew Goode o Jim Carter; los menos conocidos, también. Y el guion es un ejemplo de oficio y eficacia: directo, muy medido, con oportunidades de lucimiento para todos, provisto de cierto sentido del humor –son británicos, ¿lo he dicho ya?- inteligible aun para los que no vieran la serie y, sobre todo, fiel a su espíritu, a sus personajes y a sus escenarios, esos compartimentos estancos, arriba y abajo, cada uno un auténtico microcosmos repleto de vida.

Claro que este episodio, largo y lujoso, hay que pagar para verlo. Pero seguro que los espectadores darán por bien empleado su dinero: si uno se deja llevar por la magia de la sala oscura, la película tiene calidad de sobra, es elegante, entretenida, divertida a ratos y siempre instructiva, hasta para un apasionado de la/s monarquía/s como yo.

 

DUMBO   (30.03.19

Dir.: Tim Burton. Pro.: Justin Springer, Ehren Kruger, Derek Frey. Gui.: Helen Aberson, Ehren Kruger, Harold Pearl. Int.: Colin Farrell, Michael Keaton, Danny DeVito.

Veinte películas lleva Tim Burton en su haber, casi todas fantásticas, muchas muy buenas y alguna más floja: nadie es perfecto. Ahora firma este nuevo Dumbo de Disney, revisión de la de 1941 de la misma factoría. Mientras la poderosísima productora anuncia otro El rey león y otro Aladino, y no creo que la cosa acabe ahí, yo me pregunto: ¿por qué?

También podría preguntarme para qué, pero en ese caso la contestación es más obvia: para ganar dinero, muchos dólares, millones, si puede ser. Para eso son las películas y para eso existe Disney. Y en cuanto al por qué, tampoco hay que romperse la sesera investigando: porque no se les ocurre nada más original. Y es una pena, sobre todo si se tiene en cuenta que esas primeras versiones suelen ser mucho mejores que las actuales.

Desde luego, eso es lo que sucede en este caso. El Dumbo de 1941 –realizado por un grupo de artistas que nunca salió del anonimato- era una delicia de simpatía, ingenuidad de buena ley y su dosis de poesía. Este de ahora se debe sobre todo a la personalidad de Burton –algunas de sus mejores cosas- unida a la moralina marca de la casa. El relato empieza igual, cuando mamá elefanta tiene una cría, que resulta ser poseedor de unas orejas descomunales.

Mi primer reparo es para el diseño del elefantito, que me parece, para decirlo con amabilidad, horroroso. Pero en fin, esto va en gustos. La historia progresa un rato en paralelo al original, pero enseguida toma otros derroteros y otros protagonistas. Hay un circo, claro, y el dueño es Max Medici, una caricatura que hace Danny DeVito. Está acompañado por Holt Farrier –un Colin Farrell que parece enfadado todo el rato, que si no quería hacer la película, haberlo dicho- y sus dos nenes, que son los que mejor entienden a Dumbo, y una troupe de artistas más o menos talentosos.

Y luego el circo se vende en pleno al poderoso –y ya vemos que malvado, por la peluca que lleva- V. A. Vandevere, que lo integra en su gigantesco parque de atracciones. Ahí pasan muchas cosas más, incluyendo los vuelos acrobáticos de Dumbo, los números de la guapa trapecista, los manejos y las traiciones de Vandevere –Michael Keaton sí que disfruta con su personaje, se ve que ya está para lo que le echen-, tremendos peligros y gracietas varias, y algo tan moderno como las reunificaciones familiares y la reivindicación circense final.

Por si no ha quedado claro, todo me resulta exageradamente banal, exageradamente pueril y exageradamente exagerado. Sin olvidar la banda sonora de Danny Elfman –imprescindible para Tim Burton- cuya música resuena a todo trapo durante las dos horas de la película. Que tiene, eso sí, una factura magnífica, faltaría más, con estupendos efectos que no dejan ver un descosido. El roto está en el guion, un poco en el casting, quizá algo en la soberbia de Burton y sus cómplices.

Por lo demás, este Dumbo volará un par de semanas, gustará a mucha gente, hará su taquilla y Disney preparará una segunda parte con la familia proboscidia en su resort de la sabana. Así es el cine de ahora mismo, un arte casi extinto en el que cabe que hasta Steven Spielberg haga –otra vez- West Side Story. No sé si se lo perdonaré.