YOU WIN, YOU LOSE     Por Mr. Mulliner*
 

PRÓLOGO   (09.01.21)

Esta pequeña novela es un homenaje a dos escritores británicos con los que más he disfrutado a lo largo de los años, tanto por sus novelas como por sus adaptaciones para cine y series de TV. No es preciso decir sus nombres; son sobradamente conocidos. Y también a algunos lugares encantadores del suroeste de Inglaterra, y, cómo no, a ciertos aspectos envidiables del tipo de vida inglés, como un buen Tea with scones, un auténtico English breakfast, o unas pintas en un pub rural.

PRINCIPALES PERSONAJES

Burton: Sargento de la Comisaría de policía de Torquay.

Carruthers: Forense de la Comisaría de Torquay.

Castings, Arthur: Capitán retirado, amigo de Hercule Poiret.

Dolitttle, Fanny: Camarera del Hotel Atlantic.

Folkson: Director del Gran Hotel Atlantic de Torquay.

Fox: Inspector de la Comisaría de Torquay, jefe de Burton.

Hills, Alice: Hija de Henry y Candy Hills.

Hills, Candy: Esposa de Henry Hills, inicialmente compañera de estudios en la Universidad de Oxford.

Hills, Henry: Hombre de negocios, que fallece durante sus vacaciones en Torquay.

Jennings, Abigail: Secretaria actual de Henry Hills.

Jives: Mayordomo de Bertie Woster.

Maddox, Madeleine: Empleada de Henry Hills.

Maple, Jane: Señora mayor de mente ágil y despierta.

Pendleton: Notario titular de la firma Pendleton, Pendleton & Middlesbrough.

Poiret, Hercule: Conocido detective belga, que pasa unos días de descanso en Torquay.

Redfern, Dexter: Amigo y compañero de estudios de Henry Hills en su etapa de Oxford.

Swathorn, Arthur: Propietario de la Swathorn Eastern Trade S.T.

Swathorn, Maureen: Esposa de Arthur Swathorn.

Swathorn, Wendy: Hija de Arthur y Maureen Swathorn.

Wopleton, Dora: Amiga de Jane Maple, que comparte viajes con ella.

Woster, Bertie: Caballero acomodado de la alta sociedad inglesa

 

CAPÍTULO I   (09.01.21)

Devon, hacia 1950

Era una mañana espléndida en Torquay, en la costa inglesa de Devon, bañada por un alegre sol veraniego. Una suave brisa agitaba la superficie del mar, y se extendía por las terrazas que salpicaban el paseo marítimo. En la del Gran Hotel Atlantic, varios huéspedes disfrutaban un desayuno tardío, ocupando las mesas refinadamente ataviadas, sentados sobre sillas acolchadas, con vistas al océano. En una de ellas, Miss Jane Maple compartía una generosa tetera con fragrante y estimulante English Breakfast Tea, con su amiga, la viuda Mrs. Dora Wopleton, quien además degustaba pausadamente una buena ración de tarta de limón.

- Mi sobrino Raymond es un encanto –dijo Miss Maple-. Gracias a él puedo disfrutar de estas vacaciones. Y ya se está convirtiendo en una costumbre, esto de que me sufrague una escapada de St. Mary Mead.

- Pues me alegro mucho de que lo haga. Así puedo acompañarte y pasamos juntas unos días entretenidos –respondió su amiga-. Esperemos que esta vez no haya un asesinato de por medio.

- ¡Qué cosas dices! –rió Jane-. Parece difícil pensar que vayamos a encontrar un muerto en este sitio tan pacífico.

En otra de las mesas, el famoso detective belga Hercule Poiret, sorbía con deleite una tisana, una vez que por fin había conseguido ilustrar al camarero del hotel acerca de la manera correcta de prepararla.

- Castings, querido amigo –comentó con su acompañante-, a pesar de lo poco que me gusta salir de mi casa de Londres, reconozco que estamos en un lugar privilegiado. El hotel es más que razonable, y la comida es aceptable, para ser inglesa.

- ¿Me acompañará hoy al campo de golf? –preguntó el capitán Castings.

- Ni lo sueñe –repuso Poiret, sonriendo-. Pero puede irse cuando quiera. Yo me quedaré por aquí, leyendo la prensa. Ahora que parece que se extiende un período de paz y progreso en el continente, resulta agradable seguir noticias intrascendentes. De todas formas, seguro que encontraré algo que me permita mantener entretenidas mis pequeñas células grises.

Sentado a otra de las mesas, Bertie Woster atacaba con fruición un auténtico desayuno inglés, dando cuenta de huevos, salchichas, judías rojas, e incluso arenques, regados con varias tazas de café. Hizo una pausa para encender un cigarrillo, diciendo para sí: “De vez en cuando viene bien librarse un poco de la presencia de Jives, mi mayordomo. Su cerebro es privilegiado, seguramente porque come mucho pescado, pero los Woster somos capaces de manejarnos solos. Hoy, después de desayunar, voy a comprarme ese elegante canotier que vi anoche en la tienda del hotel. Seguro que Jives pondría pegas, pero hay que hacerle ver quién es el que manda”.

En una mesa algo apartada, Henry Hills esperaba que le trajeran el té que había encargado. Cuando ya le parecía que la espera era demasiado larga y estaba dispuesto a quejarse agriamente, recibió una visita.

- Hola, Henry. Volvemos a vernos.

- Vaya, Dexter. No imaginaba encontrarte por aquí. Supongo que acabas de volver de China, o de algún país remoto. Siéntate y acompáñame a desayunar –dijo al recién llegado, indicando una silla con un gesto.

En ese momento apareció el camarero con el té, y Dexter encargó un café cargado.

- He vuelto hace un par de semanas. Tu secretaria me dijo que estabas en Torquay, y me pareció el lugar ideal para hablar contigo.

- ¿Y esos guantes? –inquirió Henry, sorprendido al ver que Dexter no se los quitaba.

- Sí, perdona, tengo un poco de eczema. Escucha, tengo que decirte algo importante –comentó, toqueteando con aspecto nervioso el servicio de té.

Dexter bajó mucho la voz y acercándose a Henry, cuchicheó algo en su oído. La expresión de Henry se animó, a la vez que una ligera sonrisa se extendió en sus labios. Afirmó con la cabeza y respondió algo también al oído de Dexter, que mantenía un semblante muy serio. Recobrando una postura erguida, y volviendo a emplear un tono normal de voz, Dexter añadió:

- Ahora debo marcharme. Se me había olvidado que tengo una cita.

Se llevó la mano al bolsillo y extrajo unas monedas, que depositó sobre la mesa, y comentó:

- Toma, paga el café. Ya hablaremos –y sin dejar tiempo a su amigo para protestar, se levantó y dando un par de palmadas amistosas a Henry, se alejó de la terraza.

Henry tuvo un gesto de sorpresa, luego se encogió de hombros, y finalmente se sirvió el té, como siempre con un poco de leche fría y unas pastillas, que tomó de su propio estuche de edulcorante. Instantes después, una joven morena, agitanada, portando una cesta con flores, se acercó a Henry, intentó vehementemente convencerle de que comprara alguna, y se retiró con rapidez cuando un camarero se aproximaba para echarla del local.

Todo transcurría apaciblemente en la terraza. Cuando Bertie iba a encender su segundo cigarrillo del desayuno, pareció advertir por primera vez a Henry, unas mesas más adelante. “¡Bondad graciosa! ¡Ese es Henry Musculitos Hills, el de Oxford! Está algo pálido. No lo había reconocido; ¡qué gordito se ha puesto!”. Bertie se levantó y se dirigió a la mesa de Henry, que miraba al mar con aspecto de total tranquilidad.

- ¡Henry, viejo pirata! Eres tú, ¿verdad? Hace mil años que no te veía –dijo, al llegar junto a la mesa. Pero Henry parecía absorto en la contemplación del paisaje, y no le hizo el menor caso-. ¿Qué pasa, no te acuerdas de mí? Soy Bertie, de tu mismo curso de Oxford.

Como Henry seguía sin reaccionar, Bertie le dio una palmada en la espalda.

- ¡Vamos, Henry, seguro que eres…! –No terminó la frase. Al recibir el pequeño empujón, Henry se inclinó a un lado, y poco a poco, se desplomó al suelo, volcando el contenido de la mesa.

- Pero Henry, ¿qué diablos te pasa? –preguntó Bertie, reculando un poco. Y cuando se disponía a agarrar de la chaqueta a su amigo, para intentar incorporarlo, una voz a su espalda le interrumpió:

- No toque nada, Monsieur. Me temo que su amigo no podrá contestarle –Hercule Poiret había llegado rápidamente junto a la mesa, y pulsaba con un dedo la sien del caído. Levantándose lentamente, afirmó: - Este caballero ha muerto. Deben llamar inmediatamente a la policía.

Junto a su mesa, Dora Wopleton, presa de gran excitación, asió la muñeca de Miss Maple.

- Te lo dije, Jane. Tienes imán para los difuntos.

 

CAPÍTULO II  (16.01.21)

La placidez de la mañana en las terrazas de Torquay se vio interrumpida por el ulular de las sirenas de una ambulancia y de coches de policía, apenas unos minutos después del fallecimiento de Henry Hills. Los curiosos que paseaban por el paseo marítimo empezaron a aglomerarse frente al hotel. El personal sanitario, tras examinar el cuerpo, certificó el fallecimiento, y apuntó a un posible infarto como motivo de la defunción, pero recomendaron la presencia de un forense. El sargento Burton, como máximo representante de las fuerzas del orden llegadas en un primer momento, ordenó despejar la vía y desocupar la terraza, pero pidiendo a los que se encontraban allí en aquel momento, que aguardaran a ser entrevistados en una sala interior del hotel. Cuando llegó el forense e hizo un primer análisis, no descartó la posibilidad de muerte por causas no naturales. Esto hizo venir al inspector Fox para hacerse cargo de la investigación.

- Es difícil hacer un diagnóstico sin un examen completo –le informó el Dr. Carruthers, el forense-. El fallecimiento ha sido muy rápido e indoloro. El paciente ni siquiera se enteró. Mira: sus facciones están apacibles. Creo que podemos descartar el infarto. Podría ser algún tipo de alergia fulminante. Pero no elimino otras posibilidades.

- ¿Estás sugiriendo un envenenamiento? –inquirió el inspector Fox.

Carruthers se encogió de hombros.

- Es posible. Te pasaré el informe inicial en cuanto pueda. Sospecho que será preciso hacer una autopsia, pero primero debemos informar a posibles familiares.

Fox hizo un gesto de fastidio, pero acabó asintiendo con la cabeza.

- Gracias. Ya me avisarás.

Se acercó el sargento Burton, con un sobre marrón con las pertenencias del fallecido.

- Se llamaba Henry Hills. Aquí está su billetera, talonario de cheques, licencia de conducir, dinero en efectivo, una cajita con lo que parecen ser pastillas de edulcorante, y este sobre sin abrir –le enseñó-. ¿Abrimos el sobre?

- No, que lo lleven a la comisaría; lo abriremos allí. Vamos a hablar con los testigos.

- El cadáver fue descubierto, por así decir, por un tal Woster, un señorito de alta sociedad. Pero hay un testigo interesante. Se trata de un detective extranjero, francés, creo, con pinta algo estrambótica. Se llama Poiret.

- ¿Hercule Poiret? ¡Vaya, es una celebridad! Empecemos por él.

Cuando entraron en el salón donde se encontraban todos los ocupantes de las mesas de la terraza, Woster se levantó y se dirigió rápidamente hacia ellos.

- Soy Bertie Woster –se presentó, extendiendo la mano para saludar-. Yo lo he descubierto todo, y créanme, tengo una teoría que explica a la perfección lo que ha ocurrido. Creo que incluso Jives estaría impresionado por mis facultades de deducción.

- Muchas gracias, Mr. Woster –le respondió el inspector Fox-. Hablaremos con usted en unos minutos –y, sorteando a Woster, los dos policías se encaminaron hacia donde les esperaba Hercule Poiret, sentado muy tieso en su butaca, con una leve sonrisa en su rostro. Su acompañante, el capitán Castings, estaba sentado a su lado, pero no podía disimular su inquietud.

- ¿Señor Poiret? Encantado de saludarle. Soy el inspector Fox, de la policía de Torquay. He oído hablar mucho de usted.

La sonrisa de Poiret se acentuó y saludó con una leve inclinación de cabeza.

- Es usted muy amable, inspector. Estaré encantado de ayudar en lo que pueda.

- Entiendo que, desde su mesa, pudo observar todo lo que ocurría en la terraza, ¿cierto?

- No exactamente. Quedaban varias mesas a mi espalda, y obviamente no sé lo que ocurría allí, al menos por el momento. Pero, sí, tenía una buena percepción de la mesa del pobre difunto.

Fox bajó la voz y añadió:

- Por ahora no se conoce la causa del fallecimiento, pero no se descarta ninguna posibilidad. ¿Me sigue?

- Oui, parfaitement.

- ¿Podría contarnos todo lo que recuerda de lo que pasó en la mesa de Mr. Hills, el fallecido?

- Por supuesto. Mr. Hills esperaba que le trajeran su té, cuando se le acercó un hombre. Debían de ser conocidos, pues se sentó con él y pidió un café. Cuchichearon entre ellos unos instantes. Luego ese hombre, que parecía algo agitado, súbitamente dejó algo sobre la mesa, se despidió precipitadamente y se marchó. A continuación, llegó el camarero y retiró el servicio de café, sin usar, y algo después, una florista se acercó a Mr. Hills, y estuvo insistentemente tratando de venderle algo, unas flores, supongo. Y también ella se marchó deprisa. Mr. Hills quedó solo, bebió su té, y estuvo un buen rato sentado mirando al horizonte. En un momento dado levantó ligeramente la mano, como para llamar al camarero, pero pareció desistir, dejando caer su mano sobre el brazo de la butaca. Me extrañó que, después, se mantuviera totalmente inmóvil tanto tiempo. Y luego, el caballero que les ha saludado antes, se acercó a él como si lo conociera con familiaridad, y al tocarlo, el pobre Mr. Hills cayó al suelo.

- Mmm, ya veo. Muchas gracias por tan detallado relato. Aparte de la inmovilidad de Hills, ¿notó algo extraño, algo que llamara su atención, incluso en el resto de los clientes?

- Nada digno de mención. Puede haber algunos detalles que estén agazapados en mi memoria, y quizá salgan a la superficie más adelante.

- Le estaríamos muy agradecidos, si recuerda algo más. Aquí tiene mi tarjeta. Ahora debemos interrogar a los demás. Gracias otra vez, Mr. Poiret.

- Pas du tout –replicó Poiret. Y cuando los policías se levantaban para alejarse, añadió- Discúlpeme, inspector Fox. ¿No habrán encontrado algo especial en uno de los bolsillos de Mr. Hills, algo así como un sobre?

Fox y Burton se detuvieron, boquiabiertos.

- La verdad es que sí. Un sobrecito cerrado. Todavía no lo hemos abierto. Pero, ¿cómo lo sabe?

- No tiene importancia, inspector–sonrió Poiret-. Espero que sea una prueba de utilidad.

Y cuando los policías se alejaron unos pasos, Castings, asombrado, le preguntó:

- Poiret, ¿cómo diablos ha adivinado lo del sobre? Y todo lo demás, de hecho. ¿Cómo sabe que el difunto tomaba té y el tipo que llegó luego pidió café? Desde nuestra mesa no se oía lo que hablaban con el camarero.

- Basta con poner un poco de atención a lo que se observa, querido Castings. No se preocupe. Se lo contaré todo en detalle a su debido tiempo.

 

CAPÍTULO III   (23.01.21)

Después de su entrevista con Poiret, los agentes Fox y Burton, mirándose como aturdidos sin mediar palabra, se dirigieron hacia Bertie Woster.

- Mr. Woster, disculpe por haberle hecho esperar. ¿Puede contarnos ahora cómo ocurrió todo?

- Por supuesto, amigos –afirmó, jovial-. Y también mi teoría sobre la desgracia de Henry, que, por cierto, cualquiera pudo adivinar.

Fox hizo un gesto de sorpresa, y sentándose frente a Woster, le indicó con la mano que comenzara a hablar.

- Sí, sí. Verán. Ya les digo. Estaba yo tomando mi segundo desayuno… porque naturalmente, primero tomé un té en la cama antes de levantarme. ¿Quién puede levantarse antes de las 10 si no se ha trasegado una buena taza de té? Pero, sigo, sigo. Ya había acabado los huevos y el bacon, con dos o tres tostadas… es que hoy no tengo mucho apetito, y estaba encendiendo un cigarro, cuando me fijé en Musculitos. Así es como le llamábamos en Oxford, ya sabe, porque estaba siempre haciendo deporte. Bueno, cuando no estaba tonteando con todas las chicas de alrededor, que se volvían bobas con él. Al principio no lo reconocí, porque hay que ver cómo se ha puesto de gordo, y estaba un poco pálido, y además ha perdido pelo. ¡Ah, tendría que haberle pasado el tónico capilar que elabora Jives, mi mayordomo! Seguro que habrán oído hablar de él. De Jives, digo, no del tónico. ¿No? Pues tiene una inteligencia privilegiada. En seguida hubiera resuelto este caso, aunque, claro, esta vez me he anticipado yo, jeje.

- Mr. Woster, ¿le importaría ir al grano? Tenemos que hablar con muchas personas –interrumpió algo bruscamente el sargento Burton.

- Claro, claro, disculpen. Bueno, pues una vez que me aseguré de que era Musculitos, o sea Henry Hills, fui a saludarlo. Le llamé un par de veces, pero como no me hacía caso, le di una palmadita en la espalda. Nada parecido a los guantazos que nos sacudíamos en boxeo, porque Henry también fue campeón… perdón, amigos, ya sigo. Bueno, pues se cae redondo, se engancha con el mantel y tira todo por el suelo. Incluso me salpicó el pantalón. Por cierto, ¿puedo subir ya a cambiarme a mi habitación? No puedo soportar esta pinta…

- Mr. Woster, ¿quiere decirnos cómo explica usted lo que sucedió a su amigo?

- ¡Ah, veo que lo toman en serio, y hacen bien! Pues eso, nada más ver su aspecto, se puede deducir que ha ganado mucho peso, que ha dejado de hacer deporte, con lo que él era, y que su corazón le ha fallado. Es evidente, ¿no?

- Pero, ¿ha apreciado usted algún otro síntoma? Mr. Hills no tiene tanto sobrepeso. Y no todo el mundo hace deporte. Usted mismo, Mr. Woster, ¿practica alguna actividad física?

- ¿Quién, yo? Bueno, sí, por supuesto. Muchos días voy caminando de casa al club y vuelta, al menos 15 minutos cada viaje. Excepto cuando llueve, claro. He notado que caminar me sienta muy bien, después de dos o tres martinis de aperitivo y una botella de borgoña con la comida. Y un par de veces al año juego al tenis en la finca de los Greggory-Swanson. Incluso a veces me doy un baño en su lago.

- Mr. Woster, muchas gracias por su ayuda. Puede subir a cambiarse. Pero no se vaya del hotel hasta que acabe la investigación –y los policías se levantaron precipitadamente para hablar con más clientes.

- ¡Ufff! ¡Qué elemento! Y aunque haya sido el último en tener contacto con el difunto, creo que podríamos dejarlo a un lado, ¿no le parece, inspector?

- Supongo que sí. Pero no cerremos puertas antes de que sea necesario. ¿Quién es el siguiente?

- Hay dos señoras mayores, que igual podemos descartar pronto también. Miss Jane Maple and Mrs. Dora Wopleton. Son aquellas dos -y se encaminaron hacia ellas.

El inspector Fox se presentó, y ambos se sentaron frente a las amigas.

- Señoras, según nuestras notas, ustedes tenían una buena perspectiva de la mesa del fallecido. ¿Pueden contarnos su versión de lo que apreciaron?

- Jane, mejor cuéntale tú. Siempre te fijas en más cosas que yo.

- ¡Oh, no, Dora, en realidad no prestaba atención a esa mesa! Era simplemente un caballero de buen nivel económico, probablemente un hombre de negocios, educado, cuidadoso. Recibió una vista de otro hombre, de aspecto informal. Yo no diría que eran exactamente amigos, aunque se sentó a su mesa. Y luego de esa mujer, que en realidad no creo que fuera una florista verdadera… Pero, en fin, inspector, me imagino que ya le habrán contado todo eso.

El inspector Fox la observó con una cauta sonrisa.

- Sus apreciaciones son de gran interés, Miss Maple. No sé cómo ha deducido tantas cosas. Quizá no le importaría venir más tarde a la Comisaría para charlar de esto con calma. Se lo agradecería mucho, la verdad.

- Por supuesto, inspector. Lo haré encantada –y cuando los dos agentes del orden se levantaban, Jane preguntó-: Por cierto, inspector, entre las cosas del fallecido, ¿han encontrado una cajita con pastillas de edulcorante?

Mientras el sargento Burton se tropezó con una silla y casi rodó por los suelos, el inspector Fox sonrió aún más ampliamente, y respondió:

- Como le decía, Miss Maple, me encantaría hablar largo y tendido con usted. Creo que puede sernos de gran ayuda para aclarar este caso. Cuando lo desee, puedo enviarle un coche patrulla para traerla con nosotros.

Cuando se separaron unos pasos, Dora aplaudió sin hacer ruido, con los ojos brillantes:

- Jane, les has dejado patidifusos ¡Qué risa! El espigado sargento casi se marea. ¡Y menos mal que no te habías fijado en lo que pasaba en la mesa del fiambre!

- Vamos, Dora, no es para tanto –sonrió Miss Maple, encogiéndose de hombros-. Tú estabas un poco más ladeada, y por eso no viste bien la mesa. Verás, el señor que se sentó frente al difunto, lo miraba con un poco de recelo. Me recordaba a dos científicos con los que coincidí en un Bed&Breakfast en Bristol hace unos años, en otro viaje que me financió Raymond. Ellos iban a un congreso, de astrofísica, o algo así. Un tema muy interesante, pero no entendí gran cosa de sus explicaciones. Desayuné con ellos un par de días. Lo chocante era cómo se miraban. Escuchaban con aparente interés las ilustraciones o incluso los chascarrillos que contaba el otro; diría que con respeto. Y se veía que se conocían desde mucho tiempo atrás, pero amigos… No, no eran miradas entre amigos. Diría casi que como rivales. Y me pareció observar la misma actitud entre el difunto y su visitante.

- ¿Y lo de la cajita de edulcorante?

- Bueno, no se ve a mucha gente llevar sus propias pastillas para endulzar el té o el café, y menos entre los hombres. Me sorprendió mucho que el difunto utilizara una. Y no pude ver cuándo la guardó. Por eso pregunté a los agentes.

- Bueno, yo diría que casi has resuelto el caso –sentenció Dora, admirada.

 

CAPÍTULO IV   (30.01.21)

Los agentes Fox y Burton intercambiaron una breve conversación.

- Tenemos dos testigos muy interesantes. Sin embargo, no creo que el petimetre de Woster nos ayude nada, la verdad –comentó Burton.

- Sí, estoy de acuerdo. En cualquier caso, según Carruthers, podría tratarse de una muerte no natural. Trataremos el caso como si así fuera. No dejemos ningún cabo suelto.

Continuaron interrogando a los demás clientes del hotel que se encontraban en la terraza durante los acontecimientos narrados, sin que ninguno de ellos aportara nuevas informaciones de provecho. Hablaron también con el camarero que había atendido a Mr. Hills, un hombre de edad que se encontraba bajo una gran agitación nerviosa, enfundado en su blanca chaquetilla de servicio, y que en esencia corroboró las versiones de Poiret y Maple:

- El señor de la suite 114 pidió un Breakfast Tea, como ayer. No tenía muy buena cara, y por eso me enfadé mucho con los compañeros de la barra cuando tardaron tanto en preparar el servicio. Tenemos dos nuevos, que parecen salidos de la escuela. ¡Qué inútiles! Y el pobre señor de la 114 esperando… Y luego llegó su amigo, pidió un café, y cuando se lo traigo a toda velocidad, se va sin probarlo. Y después apareció esa maldita gitana, o lo que fuera, echándose encima del pobre señor de la 114. ¡Vaya día, señor! Cuando se lo cuente a mi mujer…

- ¿Pudo escuchar usted algo de lo que hablaron Mr. Hills y su amigo?

- Oiga, yo soy un camarero profesional, no me pongo a escuchar conversaciones.

- Por supuesto, por supuesto –intentó apaciguarlo el sargento Burton-. Pero igual pudo oír por casualidad algún comentario…

- Bueno, ahora que lo recuerdo, me parece que al llegar el amigo del pobre señor de la 114 dijo algo de una fecha… Algo como llegar hace dos semanas, o algo así.

- Muy interesante. Y cuando Mr. Hills, el pobre señor de la 114, cayó al suelo, entiendo que hizo caer también todo el servicio de la mesa.

- Sí, señor, lo recogimos todo inmediatamente, por supuesto. Eso sí, sin tocar ni un pelo al pobre señor…

Burton resopló, con gesto adusto. Pero se repuso y concluyó:

- Muchas gracias por todo. Puede seguir con su trabajo.

El director del hotel, Mr. Folkson, les informó de la reserva de Mr. Hills:

- Llegó anteayer por la tarde, y tenía reserva por una semana en nuestra mejor suite. ¡Qué desgracia, señor! ¡Un hombre tan distinguido, sufrir un ataque al corazón en nuestro establecimiento! Y en plena terraza, llena de clientes… ¡Y ahora, todo precintado por la policía! Lo retirarán pronto, ¿verdad? En realidad, eso podría ocurrirle a cualquiera. Una vez, hace años, una señora falleció en su habitación…

- Disculpe que le interrumpa –interpuso el inspector Fox-. Quedan cosas por hacer. ¿Puede indicarnos la habitación que ocupaba el difunto? La 114, si no me equivoco. Necesitaremos examinarla.

- Claro, claro, por supuesto. La 114, eso es. ¿Cómo lo saben? Bueno, no importa. A esta hora, seguramente la camarera habrá acabado de limpiarla.

Y tenía razón. Cuando los agentes, acompañados por Folkson, entraron en ella, todo estaba pulcramente organizado. El cuarto de baño estaba aseado, con un neceser conteniendo los efectos personales de Hills en una repisa, junto al lavabo. Había ropa en un armario y en un par de cajones. Sobre una pequeña mesa adosada a una pared, se encontraban varias carpetillas y documentos. Fox los examinó brevemente y dijo a Burton:

- Que lleven todo a la oficina, incluyendo el neceser. Habrá que mirarlo cuidadosamente. Y que nadie entre en la habitación hasta nueva orden, aunque con la obsesión de limpieza de este hotel, sospecho que no sacaremos mucho en claro-y añadió, dirigiéndose al director-: Me gustaría hablar con la camarera que arregló la habitación.

Asintiendo nerviosamente, el director llamó a recepción por el teléfono interior y pidió que subiera la empleada. Al momento apareció Miss Dolittle, una joven de aspecto bien parecido vestida con un delantal blanco sobre un vestido azul claro, que aparentaba ser la única que mantenía la calma en el hotel. Mr. Folkson, con cara de extrañeza, la preguntó:

- ¿Quién es usted? No recuerdo haberla visto por aquí.

- Soy Fanny Dolittle, señor. Soy nueva.

- Miss Dolittle –intervino el sargento Burton-, díganos si observó algo fuera de lo habitual al arreglar esta habitación.

- Nada en absoluto, señor. Cuando entré la habitación estaba vacía. Recogí la bandeja con los restos del desayuno…

- ¿Mr. Hills desayunó en la habitación? –interrumpió el sargento.

- Sí, señor. En la bandeja había servicio de café, pero nada más. Lo llevé a la cafetería al acabar de hacer la cama, limpiar el baño, quitar el polvo, vaciar la papelera… Lo habitual.

- ¿Recuerda qué había en la papelera?

- Algunos papeles arrugados, quizá algún recibo… No recuerdo nada especial.

- ¿Algún sobre, quizá? –quiso saber el inspector Fox.

Por primera vez, Miss Dolittle titubeó.

- No le puedo decir, señor. Vacié la papelera en el cubo que llevamos en el carrito con las cosas de las habitaciones.

- A estas horas estará todo mezclado con los restos de las demás habitaciones del hotel –comentó Burton, dirigiéndose al inspector-. ¿Y el servicio de café? –preguntó a Miss Dolittle.

- Lo bajé a la cafetería, y estará todo limpio, por supuesto –respondió la joven.

- Pero, disculpen –inquirió el director-. ¿Qué es todo esto? El pobre Mr. Hills ha sufrido un infarto fulminante. ¿Qué tiene que ver la papelera, el servicio de café…?

- Mr. Folkson, estamos haciendo nuestro trabajo. Por el momento, esto será todo. Pero, recuerde, que nadie entre en esta habitación hasta nuevo aviso.

Folkson y Dolittle se retiraron, cabizbajo el primero y aparentemente tranquila la segunda, y los policías decidieron volver a la Jefatura de Policía de Torquay. Allí, se dedicaron a repasar sus notas a la espera de los primeros análisis del forense.

- Ya se está tratando de localizar a familiares de Hills. Sabemos su dirección en Londres, en la calle Arundel, en Westminster. He llamado a los colegas del distrito para que se acerquen a la casa. No sabemos si vivía solo o acompañado, ni dónde trabajaba, aunque quizá tengamos alguna información en los papeles del difunto. Mientras no tengamos confirmación de que se trata de un envenenamiento, tampoco podemos hacer mucho más –observó el sargento Burton-. ¿No podríamos abrir el famoso sobrecito? –sugirió-. ¿No le pica la curiosidad?

- La curiosidad mató al gato, como decimos por aquí, Burton. Supón que se confirma la muerte natural. El sobre, con todo lo demás en los bolsillos de Hills, deberá ser entregado a sus familiares.

Pero no tuvieron que esperar mucho más. Por el teléfono interno, Fox recibió una llamada del forense.

- ¿Inspector? Soy Carruthers. No hay duda, fue envenenado. Hay restos de neurotoxinas en la sangre como para dormir a un caballo en dos minutos. Probablemente ingeridas por vía oral, aunque también he encontrado un pinchazo en una mano. Ahora hay que hacer cultivos, analizar tejidos, etc., lo que llevará algún tiempo, pero te confirmo al 100% que el veneno es la causa del fallecimiento. En cuanto tenga autorización, me pondré con la autopsia.

- Gracias, Carruthers. Nos ponemos en marcha inmediatamente –y, dirigiéndose a Burton, afirmó con la cabeza, añadiendo- Ya puedes traer el sobre. Pero usa guantes. Podría haber huellas dactilares.

- ¡A la orden! Ya tenía ganas de hacer algo interesante –respondió el sargento, alegremente.

Instantes después regresó, portando en sus manos, enfundadas en guantes de color azul, un sobre beige claro de tamaño de tarjeta de visita.  Con un gesto, pidió autorización al inspector, quien respondió de manera similar, y abrió el sobre cuidadosamente con un abrecartas. Dentro había un trozo de papel blanco, y al desdoblarlo descubrió la siguiente inscripción:

               YOU WIN. YOU LOSE.

Extrañado, se lo mostró a Fox, y éste, después de observarlo atentamente unos momentos, replicó:

- ¿Qué diablos significa eso? “Tú ganas, tú pierdes”. ¿Es una adivinanza?

- ¡Cualquiera sabe!

- Está escrito a máquina, con letras mayúsculas. Bueno, llévalo al equipo forense, a ver si encuentran huellas, o si pueden extraer de él alguna información –y añadió, rascándose la cabeza-: Este caso está poniéndose de lo más interesante.

 

CAPÍTULO V   (06.02.21)

Oxford, hacia 1930

Reinaba un gran ambiente en The Eagle and Child, uno de los más antiguos pubs de la ciudad, repleto aquel día de estudiantes que celebraban el final de Michaelmas, el primer trimestre lectivo del curso. Muchos de ellos volverían a sus casas para pasar la Navidad en familia; otros aprovecharían para hacer una escapada y practicar senderismo en el Distrito de los Lagos, o en Gales; algunos permanecerían en Oxford para repasar el curso o sacar algún dinero con clases de apoyo; pero todos coincidían en festejar la ocasión, consumiendo pinta tras pinta de una buena cerveza local, elaborada según añejas normas. Sentados a una mesa, un variopinto grupo de estudiantes, todos varones, la mayoría sobrepasando apenas los veinte años, mostraban con grandes risas y voces que ya llevaban varias rondas de cerveza. Henry Hills y Dexter Redfern eran de los más animados, y no paraban de enviar miradas de soslayo a las chicas que ocupaban una mesa vecina, y hacer comentarios jocosos que eran aplaudidos entre risas por sus acompañantes. El ambiente era más o menos recíproco en la mesa de las chicas, aunque allí las cervezas eran medias pintas, y se alternaban con refrescos no alcohólicos, pero era evidente que su atención se centraba también en sus vecinos. Entre ellas, destacaba Helen, una joven pelirroja, muy atractiva, y precisamente a ella se acercó Henry con paso decidido, portando su jarra de cerveza en la mano.

- Hola, chicas –se dirigió a todas, aunque su mano (la que no llevaba la cerveza, claro), se apoyó en el respaldo de la silla de Helen-. Estamos muy aburridos aquí en la mesa de al lado…

- Sí, no hay más que veros –respondió Helen rápidamente, entre las carcajadas de sus amigas.

- Sí, es que lo disimulamos bien –replicó Henry, siguiendo la broma-. Nos preguntábamos si querríais venir a nuestra mesa, a ver si nos animamos un poco.

La propuesta fue aceptada sin discusión, y la mayoría de las jóvenes se sumó a la mesa de los chicos, excepto alguna que adujo una excusa y se marchó del local. Tras unas rápidas y casi inútiles presentaciones, porque a los dos minutos nadie se acordaba del nombre de los demás, la fiesta continuó con gran animación. Poco a poco se fueron formando parejas que conversaban algo más apartadas del grupo, y que, al avanzar la tarde, abandonaron más o menos discretamente el pub. Entre ellas, Henry y Helen trataron de escaparse subrepticiamente, pero fueron descubiertos por los demás, que les conminaron sin éxito a permanecer allí, y al final se marcharon de la mano entre guiños de camaradería. Dexter encontró también su pareja en Candy, una joven morena con aspecto algo más intelectual que la media, también muy atractiva, como de hecho lo son, ¡ay!, casi todas las jóvenes de esa edad.

- o -

Cuatro meses después, la primavera había estallado con todo su esplendor en la campiña de Oxfordshire. El frío y las lluvias del invierno habían germinado la tierra, que ahora lucía un color verde brillante de hierba y césped por todas partes. El aire era fresco y fragante, y la vida parecía asomarse a las ventanas abiertas de par en par de los patios de los Colleges. Uno de los rincones favoritos de todo el mundo era la ribera del Támesis, adonde acudía mucha gente para hacer un pequeño picnic sentados sobre una manta, y consumir fresas con nata. Bajo un fresno ribereño se encontraban Henry y Candy, que ahora eran pareja, junto con Dexter y Tess, otra estudiante de la Universidad.

- Mañana tengo competición de remo –informó Henry-. Supongo que nuestro College volverá a ganar sin problemas.

- No estés tan seguro –objetó Dexter-. Los del Trinity tienen una tripulación impresionante este año.

- Bah, los barreremos. Te apuesto unas pintas a que les sacamos media canoa en la “8 Semanas” –una de las más populares competiciones entre los equipos de remo de la universidad.

- No conozco a nadie a quien le guste apostar más que a ti –interpuso Candy-. Te jugarías la herencia de tu abuelo al ganador de una carrera de caballos.

- Si tuviera un buen chivatazo, seguro que lo haría –se burló Henry-. ¿Tú no, preciosa?

- ¡Muérete, bocazas! –contestó Candy, entre risas-. Tess, con tanto té necesito ir a liberar espacio. ¿Te vienes?

- O como dicen en las películas americanas, a empolvarnos la nariz –contestó Tess-. Sí, voy contigo.

En cuanto las chicas estuvieron fuera de alcance auditivo, Henry lanzó otra bravuconada.

- Las chicas son irresistibles, pero a la vez tan indefensas… Ahí está tu Tess, que parece que te mira con ojos tiernos. Pero si me lo propongo, podría estar besándome con ella en una semana.

- Venga ya, Henry. Seguro que no te haría ni caso.

- ¿Qué te apuestas?

- Tiene razón Candy en lo de tu manía de apostar.

- Te lo digo totalmente en serio. No necesito ni diez días para darme el lote con ella. Vamos, apuéstate algo.

- Eres un cerdo, Henry. No pensarás que voy a poner a Tess como objeto de una apuesta. Y además, ¿qué pasa con Candy? ¿No significa nada para ti?

- Bah, Candy es un encanto, pero es tan ingenua… No llegaremos muy lejos. Y de lo de Tess, ni se enteraría.

- ¿Cómo puedes hablar así de Candy? Es una gran chica y, no entiendo cómo, pero está colada por ti –repuso Dexter, irritado.

- Venga, decídete. ¿Qué dices? ¿Algo sustancioso? ¿Diez guineas?

- Como ha dicho Candy, muérete, bocazas. Cambia de tema. Por ahí vuelven las chicas.

 

CAPÍTULO VI   (13.02.21)

Unas semanas más tarde se celebró la fiesta de la Graduación en toda la Universidad. Henry, Candy y Dexter terminaron con éxito sus estudios. Henry obtuvo Matrícula en Ciencias Económicas, y Candy y Dexter finalizaron con Sobresaliente sus licenciaturas en Historia y Químicas, respectivamente. Tess era un año más joven, y tendría que esperar al curso siguiente. Después de varios días de fiestas y bailes en todos los Colleges, los estudiantes empezaron a dispersarse. Henry y Dexter se reunieron en su pub favorito para tomar unas pintas de despedida.

- ¿Qué planes tienes? –preguntó Dexter.

- Me han ofrecido varios empleos. Supongo que un tipo con mi curriculum siempre encuentra puertas abiertas. Probablemente escoja el que más me pague, jaja. Podría trabajar en la empresa de mi familia, pero se me queda algo pequeña.

- ¿Eso es lo que más te motiva? ¿El dinero?

- Pues claro. ¿Acaso existe otra cosa? ¿Y tú, qué piensas hacer?

- Iré a Estados Unidos, a hacer allí el doctorado. Ya he solicitado plaza en un par de sitios. Me encantaría ir a California, a Berkeley.

- O sea, que sigues pensando en dedicarte a la investigación, o a la enseñanza… Con eso no te vas a forrar, te lo aseguro.

- Sí, probablemente tengas razón, pero la investigación tiene otros alicientes. Puedes descubrir cosas, publicar artículos, tener colegas por todo el mundo…

- Pamplinas. En cambio, yo, te apuesto lo que quieras a que antes de los 30 tendré mi propia empresa, me habré comprado una mansión y conduciré un Alfa Romeo 6C, por lo menos.

- Siempre estás con lo mismo. ¿Te crees tan listo? ¿Crees que siempre vas a ganar todas tus apuestas?

- ¡Claro! No digo que tú seas tonto, pero no estás a mi altura. Escucha –y siguió, bajando la voz-, esta vez propongo un desafío a tu inteligencia. Algo realmente serio. Algo a la altura de mentes privilegiadas.

- Sí, como la tuya y la mía –se burló Dexter.

- Más bien para demostrar que la mía está por encima –y Henry continuó en un susurro-: Se trata de matar a alguien sin ser descubierto, sin que la policía albergue la menor sospecha.

- ¿Estás mal de la cabeza? –se sobresaltó Dexter.

- En absoluto. Es un desafío para probar quién posee una mente superior. Si uno de los dos ni lo intenta, pierde la apuesta. Y si le descubren, también, y además tendrá que enfrentarse a la ley, obviamente. –Hizo una pausa, y continuó-:  En realidad, tampoco es para tanto. Es el crimen perfecto. Seguro que lo han logrado montones de veces a lo largo de la historia. Piensa que la mayoría de los policías son unos zoquetes. Pero se requiere un plan cuidadoso y una mente fría para ejecutarlo. Pongamos un plazo de seis meses. Al concluir, nos reuniremos aquí de nuevo, con pruebas de habernos cepillado a alguien.

- No me puedo creer que lo digas en serio. Y además, ¿a quién piensas cargarte?

- Eso da igual. A cualquiera. Que cada uno elija a su víctima –y, al ver que se acercaban unos amigos, concluyó-: Recuerda, en este mismo lugar, dentro de seis meses. Buena suerte, Dexter –y levantándose de la mesa, se alejó con una gran carcajada.

- o -

Pero esa reunión no llegó a celebrarse. Unos días antes de la fecha señalada, Henry recibió una breve carta. Era de Dexter, enviada desde Berkeley. En su párrafo más importante, decía:

Supongo que bromeabas sobre aquella estúpida apuesta que quisiste hacer conmigo en el pub. Evidentemente yo no he cumplido con mi supuesta parte del trato, y espero que tú tampoco. En todo caso, como verás estoy ya en California desde hace unos meses y no tengo pensado volver por casa en una temporada…

Henry lo leyó en su despacho de la empresa londinense en la que había empezado a trabajar unos meses atrás, con una sonrisa burlona. Luego redactó un mensaje para enviar como telegrama:

Eres un gallina. Apuesta sigue adelante. Cuando estés decidido a cumplir tu parte, avísame. No importa cuándo, meses, años. Yo haré mi trabajo inmediatamente después y te superaré. Ganaré apuesta

Al terminar, avisó a una secretaria:

- Stephanie, ocúpate personalmente de llevar este telegrama a Correos. Luego tráeme de vuelta este papel y la copia. Es importante, no envíes a un mensajero. Solo una chica guapa e inteligente como tú puede encargarse de esto –y subrayó la última frase con una sonrisa y una mirada de zorro observando a su presa.

- Claro, Mr. Hills. Se lo traeré en seguida.

- Buena chica. Por cierto, una de estas noches podríamos ir a cenar a un sitio tranquilo –sugirió, incrementando su sonrisa y su gesto de predador.

- Mr. Hills, ya le he dicho que mi novio me espera todas las tardes a la salida –repuso Stephanie, con un gesto ambiguo, como de reproche simulado.

- Bueno, bueno, ya hablaremos de eso. Ahora encárgate del telegrama sin demora –concluyó Hills.

- o -

En el despacho que compartían varias secretarias, en la antesala a los jefes, Stephanie fue interrogada por sus compañeras:

- ¿Qué quería? ¿Qué te ha dicho? Sales toda acalorada.

- Quiere que envíe este telegrama, y que lo lleve yo personalmente a Correos. Y luego, lo de siempre, que a ver si quedamos una noche.

- ¡Es un buitre! ¡Y un trepa! Lleva menos de tres meses aquí, y ya se cree el dueño de la empresa –exclamó Denise.

- Pues yo mandaba a Correos al chico de los recados, que para eso está –añadió Melissa.

- No, lo llevaré yo –repuso Stephanie-. Si se entera de que no lo he hecho, me puede armar la gorda.

- ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a salir con él una noche? –quiso saber Angela.

- No sé, chicas. La verdad es que está un rato bueno…

- Sí, bueno está, pero ya sabes lo que quiere, y después, si te he visto, no me acuerdo –repuso Denise.

- Bueno, de momento, sigo poniéndole la excusa de mi novio.

- De tu novio imaginario –se burló Melissa, entre las risas de todas.

 

CAPÍTULO VI   (13.02.21)

Unas semanas más tarde se celebró la fiesta de la Graduación en toda la Universidad. Henry, Candy y Dexter terminaron con éxito sus estudios. Henry obtuvo Matrícula en Ciencias Económicas, y Candy y Dexter finalizaron con Sobresaliente sus licenciaturas en Historia y Químicas, respectivamente. Tess era un año más joven, y tendría que esperar al curso siguiente. Después de varios días de fiestas y bailes en todos los Colleges, los estudiantes empezaron a dispersarse. Henry y Dexter se reunieron en su pub favorito para tomar unas pintas de despedida.

- ¿Qué planes tienes? –preguntó Dexter.

- Me han ofrecido varios empleos. Supongo que un tipo con mi curriculum siempre encuentra puertas abiertas. Probablemente escoja el que más me pague, jaja. Podría trabajar en la empresa de mi familia, pero se me queda algo pequeña.

- ¿Eso es lo que más te motiva? ¿El dinero?

- Pues claro. ¿Acaso existe otra cosa? ¿Y tú, qué piensas hacer?

- Iré a Estados Unidos, a hacer allí el doctorado. Ya he solicitado plaza en un par de sitios. Me encantaría ir a California, a Berkeley.

- O sea, que sigues pensando en dedicarte a la investigación, o a la enseñanza… Con eso no te vas a forrar, te lo aseguro.

- Sí, probablemente tengas razón, pero la investigación tiene otros alicientes. Puedes descubrir cosas, publicar artículos, tener colegas por todo el mundo…

- Pamplinas. En cambio, yo, te apuesto lo que quieras a que antes de los 30 tendré mi propia empresa, me habré comprado una mansión y conduciré un Alfa Romeo 6C, por lo menos.

- Siempre estás con lo mismo. ¿Te crees tan listo? ¿Crees que siempre vas a ganar todas tus apuestas?

- ¡Claro! No digo que tú seas tonto, pero no estás a mi altura. Escucha –y siguió, bajando la voz-, esta vez propongo un desafío a tu inteligencia. Algo realmente serio. Algo a la altura de mentes privilegiadas.

- Sí, como la tuya y la mía –se burló Dexter.

- Más bien para demostrar que la mía está por encima –y Henry continuó en un susurro-: Se trata de matar a alguien sin ser descubierto, sin que la policía albergue la menor sospecha.

- ¿Estás mal de la cabeza? –se sobresaltó Dexter.

- En absoluto. Es un desafío para probar quién posee una mente superior. Si uno de los dos ni lo intenta, pierde la apuesta. Y si le descubren, también, y además tendrá que enfrentarse a la ley, obviamente. –Hizo una pausa, y continuó-:  En realidad, tampoco es para tanto. Es el crimen perfecto. Seguro que lo han logrado montones de veces a lo largo de la historia. Piensa que la mayoría de los policías son unos zoquetes. Pero se requiere un plan cuidadoso y una mente fría para ejecutarlo. Pongamos un plazo de seis meses. Al concluir, nos reuniremos aquí de nuevo, con pruebas de habernos cepillado a alguien.

- No me puedo creer que lo digas en serio. Y además, ¿a quién piensas cargarte?

- Eso da igual. A cualquiera. Que cada uno elija a su víctima –y, al ver que se acercaban unos amigos, concluyó-: Recuerda, en este mismo lugar, dentro de seis meses. Buena suerte, Dexter –y levantándose de la mesa, se alejó con una gran carcajada.

- o -

Pero esa reunión no llegó a celebrarse. Unos días antes de la fecha señalada, Henry recibió una breve carta. Era de Dexter, enviada desde Berkeley. En su párrafo más importante, decía:

Supongo que bromeabas sobre aquella estúpida apuesta que quisiste hacer conmigo en el pub. Evidentemente yo no he cumplido con mi supuesta parte del trato, y espero que tú tampoco. En todo caso, como verás estoy ya en California desde hace unos meses y no tengo pensado volver por casa en una temporada…

Henry lo leyó en su despacho de la empresa londinense en la que había empezado a trabajar unos meses atrás, con una sonrisa burlona. Luego redactó un mensaje para enviar como telegrama:

Eres un gallina. Apuesta sigue adelante. Cuando estés decidido a cumplir tu parte, avísame. No importa cuándo, meses, años. Yo haré mi trabajo inmediatamente después y te superaré. Ganaré apuesta

Al terminar, avisó a una secretaria:

- Stephanie, ocúpate personalmente de llevar este telegrama a Correos. Luego tráeme de vuelta este papel y la copia. Es importante, no envíes a un mensajero. Solo una chica guapa e inteligente como tú puede encargarse de esto –y subrayó la última frase con una sonrisa y una mirada de zorro observando a su presa.

- Claro, Mr. Hills. Se lo traeré en seguida.

- Buena chica. Por cierto, una de estas noches podríamos ir a cenar a un sitio tranquilo –sugirió, incrementando su sonrisa y su gesto de predador.

- Mr. Hills, ya le he dicho que mi novio me espera todas las tardes a la salida –repuso Stephanie, con un gesto ambiguo, como de reproche simulado.

- Bueno, bueno, ya hablaremos de eso. Ahora encárgate del telegrama sin demora –concluyó Hills.

- o -

En el despacho que compartían varias secretarias, en la antesala a los jefes, Stephanie fue interrogada por sus compañeras:

- ¿Qué quería? ¿Qué te ha dicho? Sales toda acalorada.

- Quiere que envíe este telegrama, y que lo lleve yo personalmente a Correos. Y luego, lo de siempre, que a ver si quedamos una noche.

- ¡Es un buitre! ¡Y un trepa! Lleva menos de tres meses aquí, y ya se cree el dueño de la empresa –exclamó Denise.

- Pues yo mandaba a Correos al chico de los recados, que para eso está –añadió Melissa.

- No, lo llevaré yo –repuso Stephanie-. Si se entera de que no lo he hecho, me puede armar la gorda.

- ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a salir con él una noche? –quiso saber Angela.

- No sé, chicas. La verdad es que está un rato bueno…

- Sí, bueno está, pero ya sabes lo que quiere, y después, si te he visto, no me acuerdo –repuso Denise.

- Bueno, de momento, sigo poniéndole la excusa de mi novio.

- De tu novio imaginario –se burló Melissa, entre las risas de todas.

 

CAPÍTULO VII   (06.03.21)

La carrera profesional de Henry se fue desarrollando como él había previsto. Durante un plazo de dos o tres años trabajó en la misma empresa londinense, con notable éxito, ascendiendo varios peldaños con rapidez, hasta llegar al puesto de vicedirector. Tras esta experiencia fulgurante, que incluyó algunas aventuras no estrictamente profesionales con personal femenino de administración, se decidió a crear su propia empresa. En primer lugar, utilizó algunos contactos para ser invitado a fiestas, reuniones, inauguraciones de ferias o eventos del más alto nivel, que aprovechó para conocer y darse a conocer a líderes empresariales, banqueros y políticos. En seguida adquirió una gran popularidad, basada en su destacada licenciatura en Oxford, algo especialmente valorado en el Reino Unido, y en el éxito de su gestión en su primera empresa, así como en su indudable atractivo, especialmente valorado por el personal femenino asistente a dichas reuniones. Todo ello le aseguró el acceso a fuentes de información financiera, e igualmente a posibles recursos de financiación en importantes entidades bancarias. Así, se aseguró de que podría obtener un importante crédito en condiciones favorables. Estudió el mercado buscando una opción empresarial con suficientes garantías de éxito para su principal objetivo: verse como Presidente y accionista mayoritario de una firma atractiva. Y en una de aquellas reuniones conoció a Arthur Swathorn.

Arthur era unos veinte años mayor que Henry. Era el propietario de una empresa de tradición familiar dedicada a la importación de tés y cafés, Swathorn Eastern Trade S.T., que había conocido épocas mejores, y que en la actualidad apenas permitía pequeñas ganancias. Estaba casado en segundas nupcias con Maureen, y formaban una apacible pareja, que disfrutaba de la vida sin grandes estridencias, pero sin estrecheces, junto con su hija pequeña, Wendy. En realidad, su mayor interés en la vida era el golf. Gran aficionado y buen jugador, dedicaba casi todas las mañanas que el tiempo lo permitía a la práctica incansable de su afición. Henry vislumbró que la empresa de Arthur podría ser de su interés, y se dedicó a cultivar su relación con él. Aunque no era tan buen jugador como Arthur, se defendía bien al golf, y en poco tiempo se las arregló para ser su rival o compañero de juego con asiduidad. Ambos detestaban perder en cualquier actividad, deportiva o no, pero cuando Henry mejoró lo suficiente como para plantar cara a su contrincante, e incluso vencerle alguna vez, se encargó de que sus victorias fueran solamente esporádicas, aceptando con aparente deportividad sus fingidos errores que permitían a Arthur acabar satisfecho y apreciar aún más la compañía de Henry.

Candy seguía siendo la pareja de Henry, aunque no fuera reconocida como prometida oficial. Normalmente no asistía a las celebraciones a las que él acudía, en parte porque no eran de su apetencia, y en parte para dejarle libertad de movimientos. Era consciente de los ligeros flirteos de Henry con algunas de las asistentes, pero también de que ahí acababa todo: él era muy cuidadoso de no traspasar los límites que pudieran comprometer su objetivo de crearse un nicho en la alta sociedad, sin posibles escándalos o maridos enojados. Un día, en el club de golf, esperando el final de la competición de la mañana, conoció a Maureen, la mujer de Arthur, y en seguida congeniaron. A partir de ese momento, los cuatro se vieron con frecuencia, en comidas en el club o cenas en restaurantes, y también en casa de Arthur y Maureen. En ausencia de sus parejas, las chicas empezaron a hacerse confidencias. Maureen se sinceró con Candy:

- La verdad es que estoy muy a gusto contigo. No te das aires por tu historial oxoniense…

Candy se rió:

- En realidad, no soy de allí, sino de Reading. Se me dio bien la enseñanza secundaria y tuve la suerte de que me aceptaran en la Universidad de Oxford. Y ya ves, con toda mi licenciatura, y tengo un trabajo de lo más normal, en una biblioteca. Y no te creas, en parte te envidio, tú tienes tu marido y tu hijita, que es un encanto.

- ¿Verdad que sí? Wendy es un cielo. Ahora es el momento de disfrutar de ella. Cuando sea algo mayor, seguro que nos pasamos todo el tiempo discutiendo –admitió Maureen, entre risas.

- Y Arthur parece un pedazo de pan…

- Bueno, no te creas. Tiene su carácter. Ahora está algo obsesionado con el golf, pero a veces puede ser muy duro, especialmente en los negocios –Maureen titubeó antes de preguntar- ¿Puedo serte sincera?

- Claro, dime lo que estés pensando.

- Es un poco delicado. Espero que no lo tomes a mal. Es respecto a Henry. No sé, es muy simpático, pero me deja una sensación de desasosiego. No sé si es muy de fiar.

Candy arrugó el entrecejo.

- Supongo que tienes razón. En realidad, tiene un problema con las mujeres, especialmente si son jóvenes y bonitas. Se le van los ojos, y no sé si algo más. Pero trata de controlarse –y, preocupada, añadió- ¡Dios mío! ¡Espero que no haya intentado algo contigo!

- No, no, en absoluto. Creo que nota que mantengo las distancias. Es otra cosa… -pero, después de reflexionar un momento, decidió no continuar- Bueno, nada, déjalo. Olvidemos el tema. ¿Un poco más de té?

- o -

Poco tiempo después, tras una partida de golf de la que Arthur salió particularmente satisfecho de su victoria, especialmente de su eagle en el hoyo 18, mientras saboreaban un martini en el club, Henry sacó el tema.

- Arthur, quería comentarte algo importante. He conseguido un crédito sustancial en muy buenas condiciones, con idea de montar mi propia empresa. El tema de las importaciones me parece muy interesante y con muy buenas expectativas, y me he fijado en tu propia firma de importación de tés y cafés. Quiero hacerte una proposición, pero por favor no me interrumpas hasta que haya acabado de explicarte todo.

Arthur lo miró atentamente, sorprendido por la situación, pero aceptó:

- Está bien. Habla, te escucho.

- Ya sé que tu compañía es una empresa familiar con muchos años de raigambre. En mi opinión, en la actualidad se está quedando un poco rezagada con respecto a las nuevas tecnologías y modelos de actividad, con los cuales estoy bien identificado. Mi propuesta es incorporarme como socio aportando los fondos necesarios para impulsar la firma, incluyendo una suma que recibirías directamente, a condición de que yo pasara a ser el gestor con carta blanca para todo tipo de actividad –Arthur hizo ademán de interrumpir, pero Henry lo detuvo-. Espera, déjame terminar. La empresa seguiría llevando tu nombre, Swathorn Eastern Trade, pero ahora sería Partnership en lugar de S.T. (Sole Trader), y además habría un plazo razonable, digamos de dos o tres años, para que, si no estás satisfecho con la marcha del negocio, se revierta a las condiciones actuales. Así se compaginan varias ventajas: por una parte, mi ilusión de pilotar una empresa; por otra, tendrías más tiempo para dedicarte a otras actividades, sin tener que ocuparte de la parte aburrida de la administración; además, te queda la salvaguarda de retroceso en la operación en el caso improbable de que no estés contento con la situación.

Arthur se mantuvo en silencio unos instantes. Después, comentó:

- Suena interesante. Pero tendría que pensarlo con calma, y hablarlo con mis abogados. De entrada, lo que menos me convence es lo de perder por completo el control de la gestión.

- Lo puedo imaginar. Pero, entiéndelo, necesitaría tener las manos libres para tomar decisiones sobre el funcionamiento de la empresa. Y además es una condición imprescindible para obtener el crédito de los bancos. Y, como te digo –añadió, sonriendo-, si el cliente no queda totalmente satisfecho, se le devuelve el dinero…

- Bien, dejémoslo así de momento. Cuando haya escuchado algunos consejos, si mi decisión inicial es favorable, hablaremos de cuantía económica y de otros detalles.

- De acuerdo. Tómalo con calma. No hay que precipitarse en una operación de esta envergadura. Pero también te pido discreción. Si al final no llegamos a un acuerdo, tendré que explorar otras posibilidades, y no quisiera que alguien pudiera sentirse como alternativa secundaria.

 

CAPÍTULO VIII   (13.03.21)

Arthur se tomó su tiempo para pensar sobre la propuesta de Henry. Era una proposición interesante, y Henry parecía un buen tipo; ambicioso y decidido, pero esas pueden ser las cualidades necesarias para hacer florecer un negocio. Por otra parte, no hacía tanto tiempo que lo conocía, y dudaba de si era totalmente de fiar. Maureen, su mujer, no le ocultó su desconfianza, pero Arthur lo atribuía a un síndrome de atracción-rechazo físico y emocional. No hay duda de que Henry era un hombre muy interesante y parecía atraer a las chicas como el queso a los ratones, y Maureen no sería una excepción, pero Arthur comprobó que ella misma se encargaba de evitar cualquier intimidad con Henry, lo que podría provocarle esa reacción emocional. Mientras estaba en ese tiempo de indecisión, un día recibieron una invitación de Henry para almorzar en Thames Mansion, un restaurante distinguido y de alta reputación. Cuando Maureen y Arthur llegaron al local, Candy y Henry les esperaban sentados a su mesa. Parecían especialmente felices. Ordenaron unos cócteles y Henry levantó su copa:

- Tenemos una gran noticia que daros. ¡Candy y yo vamos a casarnos!

Siguieron las felicitaciones, besos entre las chicas, y un ambiente de alegre celebración.

- Llevaba un tiempo dándole vueltas en la cabeza, y al final me decidí a proponérselo –confesó Henry-. Supongo que me daba miedo que me diera calabazas…

- Sí, seguro –asintió Candy, siguiéndole la broma-. Tardé lo menos tres segundos en darle el sí.

- La boda será muy pronto, dentro de un par de meses si podemos arreglarlo. Será una ceremonia íntima, con muy pocos invitados, pero, por supuesto, contamos con vosotros.

- Deberías haberme avisado antes –reconvino Maureen a su amiga, sonriendo-. Ahora tendré que adelgazar a toda prisa, comprarme un vestido, zapatos…

- o -

La noticia acabó de decidir a Arthur a aceptar el plan de Henry para convertirlo en su socio, con control de la gerencia de la empresa. Su nuevo estado matrimonial le confería una seriedad más adecuada para el estatus que iba a alcanzar, y, en cualquier caso, pensó Arthur, había un plazo de tres años para revertir la situación en el caso improbable de sentirse insatisfecho con la marcha del negocio.

Por su parte, Candy y Maureen comentaron la noticia.

- Henry llevaba unos días como pensativo, algo distraído –contó Candy-. Y de repente un día me suelta: ¡Oye! ¿Por qué no nos casamos? Llevamos mucho tiempo juntos y ya va siendo hora, ¿no crees?

- Bueno, no es muy romántico –repuso Maureen, entre sonrisas.

- Pues no, tienes razón –admitió Candy-. Henry no tiene nada de romántico. Pero me hizo mucha ilusión. Ya casi pensaba que nunca iba a proponérmelo…

- Me pregunto qué le habrá decidido a hacerlo justo ahora –repuso Maureen, sin querer desvelar una íntima sospecha que no podía descartar.

- Pues ni idea. La verdad es que lo noto algo cambiado, más serio y centrado. Parece que ya no hace mucho caso a otras chicas con las que se cruza. Estará madurando, tal vez.

- o -

Durante aquellos años, Dexter realizó su Tesis Doctoral en Ciencias Químicas por la Universidad de Berkeley, seguida de estancias de especialización en Toronto y Chicago, con vistas a una posible incorporación a la Universidad de Stanford, de vuelta a California. En sus viajes a Europa, procuraba pasar por Londres y reunirse, aunque fuera brevemente, con Candy y Henry. Aunque nunca le había hablado directamente de ello, Dexter seguía manteniendo una atracción especial hacia la joven, desde sus primeros años en Oxford, pero su relación con Henry le impedía moralmente cualquier tipo de aproximación. Por otra parte, había evitado volver a tocar el famoso asunto de la apuesta con su amigo, con la esperanza de que se hubiera olvidado de tan descabellada propuesta. Una de aquellas visitas a Londres coincidió con las fechas de la proposición de matrimonio. Candy y Dexter estaban tomando un té, esperando a Henry que debía terminar algunos asuntos, cuando Candy fue desgranando con cierta delicadeza el tema.

- Henry ha cambiado mucho, Dex. Ya ni mira a las secretarias que se pavonean a su alrededor –dijo, sonriendo.

Dexter la escuchó en silencio, con una leve sonrisa que podría interpretarse tanto de duda como de aquiescencia.

- Tanto… que ¡vamos a casarnos! –continuó Candy, excitada, emocionada aun por la nueva noticia.

- ¡Vaya! Eso sí que es un sorpresón –Dexter pareció meditar unos instantes, y luego añadió, sin poder evitar esta vez un deje de tristeza-. Me alegro mucho por ti, Candy. Espero que seas muy feliz.

Candy se inclinó hacia Dexter y le tomó las manos entre las suyas.

- Sé lo que estás pensando, Dex. Tienes que saber que tú eres y siempre serás muy especial para mí, mi mejor amigo de toda la vida, aunque no nos veamos tan a menudo como me gustaría. Pero estoy segura de que Henry me quiere, y yo también a él.

En ese momento llegó Henry al salón de té.

- ¡Vaya, qué bonito! –bromeó-. ¡En cuanto falto unos minutos, mi novia haciendo manitas con mi amigo!

- No seas tonto, Henry. Acabo de decirle que vamos a casarnos.

- ¡Ah, ya se lo has dicho! Ya ves, viejo amigo, esta chiquilla ha conseguido cazarme, al final.

- Todavía no hemos fijado la fecha, Dex –continuó Candy ignorando el comentario de su prometido-. Te lo diré en cuanto lo sepamos. Vendrás, ¿verdad?

- Bueno, lo intentaré, claro –admitió Dexter con una sonrisa algo forzada.

Siguieron, los tres juntos, degustando su afternoon tea con deliciosos scones recién hechos. Al terminar, cuando abandonaban el local, Dexter se las arregló para hablar un momento a solas con Henry.

- Escucha, no sabes la suerte que tienes con Candy. Pero déjame que te avise: como se te ocurra hacerle cualquier faena, prepárate.

Henry se burló:

- Vamos, tranquilízate. ¿Esa es tu manera de felicitarme, con amenazas? No te preocupes, la trataré como a una reina.

- o -

Unos meses más tarde, Candy y Henry se casaron. Finalmente, Dexter no pudo acudir. Se encontraba de viaje en Japón en aquella fecha. Desde allí les envió una cariñosa tarjeta deseándoles toda clase de felicidad. Y, en efecto, la pareja disfrutó plenamente de la vida. Pasaron una corta luna de miel en Venecia, seguida de una estancia de unos días en París. Henry alegó que no podía mantenerse alejado de Londres mucho tiempo, pues Arthur había confirmado ya su aceptación como socio preferente en la empresa, y debía poner en marcha todo el papeleo e iniciar su gestión en la firma lo antes posible. A su regreso, Henry inició una exigente agenda de trabajo.

 

CAPÍTULO IX   (20.03.21)

Al frente de Swathorn Eastern Trade, Partnership, Henry se ocupó de alquilar un local en una céntrica zona de Londres, estableciendo las oficinas en el piso superior, y habilitando la planta de calle para la venta al por menor de sus productos, elegantemente envasados y envueltos con primor por las diligentes y atractivas jóvenes que atendían al público. Candy dejó su empleo como bibliotecaria y se encargó de la gestión de la tienda y supervisión de su personal, tarea que incluía una estricta atención para mantener a raya los posibles intentos de devaneo entre su marido y las dependientas. La firma rediseñó todos sus productos, con atractivos dibujos indios y orientales en las latas de té, y de paisajes montañosos y de brillante vegetación esmeralda en las de granos de café. Como gran novedad, empleó a jóvenes de ambos sexos, cuidadosamente ataviados, como agentes comerciales para colocar sus productos en los principales comercios de Londres. Incluso el mismo Henry se encargó de hablar con el Director Gerente de Harrods, a quien consiguió convencer para la venta de sus especialidades en una zona destacada de la sección de alimentación.

Con todas estas novedades, la empresa funcionaba a la perfección. El negocio de importación producía pingües beneficios, y la tienda permitía también un flujo constante de ingresos, menos considerables, pero igualmente apreciables. Fue una época de estabilidad y prosperidad. Arthur estaba especialmente satisfecho, y pasó a dedicarse en cuerpo y alma a su juego favorito, el golf, desentendiéndose cada vez más de la empresa.

- o -

Al cabo de un año, Candy y Henry tuvieron una niña, Alice. Candy estaba como loca con su bebé, a la que no dejaba sola ni un momento, y se sintió plenamente feliz en su nuevo papel de madre. Hubo que introducir algunos cambios en la tienda, pasando Madeleine Maddox, una de las empleadas con mayor capacidad y decisión, a pesar de su juventud, a ocupar el cargo de supervisora y gerente del negocio.

Madeleine provenía de una zona de clase media baja del llamado East End de Londres. Desde niña mostró ser despierta y diligente, ayudando en su casa y asistiendo puntualmente a la escuela, con aplicación y resultados aceptables hasta los 14 años. Como la mayoría de las chicas de su edad, al terminar la escuela encontró trabajo en una industria textil. Al entrar en contacto con el mundo laboral, rápidamente comprendió que existía una línea sutil que marcaba la diferencia entre obreras y encargadas, que estaba basada, no tanto en el aspecto personal, como en su lenguaje y acento. Si quería progresar, debía deshacerse de su acento cockney y aprender un buen inglés de modelo BBC. Ahorró como pudo durante un par de años, prescindiendo de todo tipo de gastos o caprichos superfluos, hasta conseguir suficiente dinero para asistir a un curso de secretariado, que dedicaba especial atención al lenguaje. Tuvo que soportar burlas y desplantes de familiares y amigos al ir mejorando su dicción, pero en un año estuvo en condiciones de buscar un trabajo más distinguido que el anterior, lo que encontró como dependienta en unos grandes almacenes. Allí pasó por varias secciones, y cuando trabajaba en la de alimentación, se enteró de que buscaban personal para la Swathorn Eastern Trade. Se dirigió a la empresa, y, mediante una entrevista con Candy, en la que desplegó sus mejores cualidades de simpatía, cuidado aspecto físico y disposición para cualquier tarea que le encomendaran, consiguió un puesto en la tienda. Se sintió totalmente feliz con su nuevo empleo, que parecía recompensar todos sus esfuerzos en años anteriores, pero no se durmió en los laureles, y se consagró a su trabajo con la mayor dedicación, aprendiendo rápidamente las características de los productos que comercializaban, y dirigiéndose a los clientes con la mayor educación y simpatía. Era siempre la primera en llegar a la empresa, y estaba dispuesta a extender su jornada por las tardes cuando era menester. Tanto Candy como Henry se mostraron contentos y satisfechos con la elección de su nueva empleada.

Así transcurrieron de largo los tres años recogidos en una cláusula del contrato de conversión de la empresa Swathorn Eastern Trade, S.T. en la nueva Swathorn Eastern Trade, Partnership, bajo control absoluto de Henry Hills, por la que se confería a Arthur Swathorn la posibilidad de deshacer el acuerdo, en caso de no encontrarse satisfecho con la marcha del negocio. Pero la empresa funcionaba a la perfección, Arthur disfrutaba de otros aspectos de la vida, y ni siquiera se planteó hacer uso de dicha disposición. Fue una época tranquila y placentera, de éxito profesional para la empresa y satisfacción para las personas que la componían. Pero preocupantes augurios se cernían sobre todos, y Candy se enteró de ellos de una forma algo desabrida.

En su estado de felicidad, Candy no se sintió preocupada por su pérdida de control de la tienda, ni tampoco pasó a sospechar nada del comportamiento de su marido, que siguió siendo amable y atento con ella, aunque últimamente parecía más cargado de trabajo y volvía a casa más tarde de su horario habitual. Y cuando un día hizo un comentario inocente al respecto, Henry la respondió de manera algo brusca:

- ¡Claro que llego más tarde! ¿No te has dado cuenta de la situación? El continente es ahora mismo un polvorín. Los malditos alemanes pueden hacer saltar la paz por los aires en cualquier momento. Y el negocio de importación está tambaleándose. La gente está preocupada y gasta menos. Y me temo que pronto habrá que hacer algo con la empresa y con la tienda.

Candy se afligió.

- No tenía ni idea de que las cosas estuvieran así. Lo siento, cariño. Dime, ¿qué piensas hacer?

- Todavía no estoy seguro. Pero estoy empezando a buscar otras posibilidades. De todo esto, ni una palabra a Arthur, ¿eh? Igual hay que tomar decisiones drásticas, y puede que tengamos problemas con él. Después de todo, la empresa era en parte continuación de la de su familia.

En ese momento, la pequeña Alice rompió a llorar en otra habitación, y Candy se marchó precipitadamente, interrumpiendo la conversación.

 

CAPÍTULO X   (27.03.21)

Los peores presagios de Henry se cumplieron. Poco después, las tropas de Hitler invadieron Polonia y Gran Bretaña declaró el estado de guerra contra Alemania. Siguieron tiempos difíciles.

Henry, como todos los hombres de su edad, fue llamado a incorporarse al ejército. Al haber superado los 30 años, no fue enviado a filas inmediatamente, pero sí a un campamento de adiestramiento de los más jóvenes. Y allí sufrió un desgraciado accidente. En unas prácticas de combate con granadas, una esquirla de metal se incrustó en su rodilla izquierda, produciendo daños irreparables. Aunque fue operado, nunca recuperó una perfecta movilidad de su pierna, lo que le produjo una ligera cojera. Por otra parte, este incidente le sirvió para no ser enviado al frente, y a la vista de sus antecedentes y experiencia como empresario, quedó destinado en el Servicio de Importaciones del Ejército, con el grado de Capitán. Por las mañanas trabajaba en las oficinas militares, y por las tardes, vistiendo todavía su uniforme que tan bien le sentaba, según algunas jóvenes y no tan jóvenes con las que se cruzaba, se dirigía a su empresa y cuidaba de la marcha del negocio de la mejor manera posible.

Candy se trasladó con Alice a Waltonham, un pueblo de Kent, y Henry quedó en Londres, visitando a su familia con frecuencia, inicialmente cada fin de semana, y más adelante, de forma más espaciada y menos regular. En cualquier caso, la vida de Candy en Kent fue enormemente placentera, junto a su niña. La gente acogió con cariño a una joven madre que iba con su pequeña a todas partes, siempre feliz y sonriente, y a menudo las visitaban en su reducido cottage, llevándoles bizcochos para el té, o frutas y verduras de la fértil campiña. Ante la escasez de hombres en el pueblo, reclamados para el ejército, las mujeres jóvenes se reunían con frecuencia tratando de distraerse y haciendo planes para cuando terminara la guerra. Y las señoras de más edad, muchas de ellas sin familia, se embobaban contemplando a la pequeña Alice, que crecía feliz y correteaba por la añeja casita y su pequeño jardín circundante. Candy esperaba con ilusión cada visita de Henry, preparando las mejores comidas que podía organizar, vistiéndose con la ropa más elegante de su etapa londinense, y arreglando a su niña con vestiditos, a veces regalo de sus nuevas amigas. Pero cuando Henry empezó a incumplir sus visitas previstas, el entusiasmo de Candy comenzó a enfriarse. Al menos, al principio Henry avisaba el día antes de que no podría venir, pero después su llamada llegaba tarde, o dejaba de producirse. No obstante, cuando por fin se presentaba, siempre pasaban un par de días felices juntos. Candy notó que el entusiasmo sexual de su marido había decrecido considerablemente, pero, como ella misma tampoco se encontraba demasiado incitada en los últimos tiempos, no hizo ningún comentario al respecto.

Por entonces, Dexter había conseguido un contrato en el Instituto de Tecnología de California (Caltech) en Pasadena, cerca de Los Angeles, donde conoció a Linus Pauling, entre otros destacados científicos de la época. Cuando estalló la guerra, Dexter se dirigió al Consulado Británico en Los Angeles, ofreciéndose a retornar inmediatamente a su país, pero altos cargos militares decidieron que sería más útil continuando en su actual emplazamiento, donde sus investigaciones en compuestos químicos y biológicos podrían tener importancia excepcional en el futuro. Fue nombrado Agregado Científico del Consulado, lo que le permitió compaginar su trabajo en Caltech con algunas obligaciones meramente burocráticas, que normalmente solventaba en unas horas a la semana en la Agencia británica.

En Caltech, Dexter bajaba frecuentemente a comer a la cantina del Instituto. Un día, haciendo la cola para pagar, encontró delante de él a una joven entre rubia y pelirroja, que intercambió unas palabras con la cajera. Su acento parecía canadiense, pero con un deje aparentemente europeo que Dexter no pudo descifrar. Intrigado, la preguntó, imitando la típica broma con la que los ingleses se burlan de los canadienses, con una amplia sonrisa:

- You’re Canadian, hey?

La chica se volvió, y manteniendo la broma, preguntó a su vez, imitando un fuerte acento inglés:

- You’re British, aren’t you?

Los dos se echaron a reír. Dexter se presentó:

- Sí, soy un inglés estirado y pedante con acento BBC. Soy Dexter –añadió, extendiendo la mano para saludar.

- Yo soy Erica. Soy española, madrileña, ¡más chula que un ocho! –y estrechó la mano de Dexter, divertidos.

- Pero tu acento es casi canadiense, ¿no?

- Hice una estancia en Toronto durante mis estudios. Y luego conseguí una beca para hacer la Tesis aquí, en California.

- Ya veo… Si eres española estarás acostumbrada a comer bien, y no esta bazofia que nos dan en la cantina.

- Bueno, la que cocina bien es mi madre. Y mi abuela ¡ay, abuelita, cuánto tiempo sin verte! –exclamó dejando una sombra de tristeza nublar su alegre rostro.

- ¿Llevas mucho tiempo por aquí? –preguntó Dexter, cambiando de tema.

Se sentaron a comer juntos y continuaron charlando un buen rato. Surgió el tema de sus trabajos respectivos:

- Trabajo en botánica y biología vegetal –contó Erica-. Mi tesis es sobre algunas plantas venenosas o tóxicas. Ten cuidado conmigo. Podría echarte unos polvitos en la cerveza y dejarte dormido en unos minutos.

- Eso lo hace la cerveza ella sola –replicó Dexter, siguiendo la broma-, aunque hacen falta varias pintas y más de unos minutos. Pero tú no te confíes: yo estudio compuestos químicos con gases mucho más peligrosos.

- ¡Vaya pareja de asesinos en potencia! –acabaron los dos muertos de risa.

Al final, al despedirse, Dexter ofreció:

- Si nos vemos alguna otra vez por aquí, si quieres un día te invitaré a cenar auténtica comida española para animarte. Mis amigos me dicen que mi paella está buenísima. Le pongo mucha cebolla y chorizo, por supuesto.

- ¡Puagg! ¡Para vomitar, como si lo viera! ¡Peor que tus compuestos químicos! –respondió Erica, entre risas-. Mira, yo te cocinaré lo que mejor se me da: tortilla española. Sin cebolla, por supuesto.

- Mmm, se me hace la boca agua. De acuerdo, cocinas tú. Espero que nos encontremos pronto de nuevo.

Se despidieron contentos, felices de haber salido de la aburrida rutina de comer en solitario. Cada uno en su trabajo, por la tarde pensaron frecuentemente en que intentarían volver a encontrarse lo antes posible.

 

CAPÍTULO XI   (10.04.21)

En los negocios de Henry en Londres hubo que hacer cambios. La venta de té al por menor se adaptó, suprimiendo los costosos y elegantes envases de antaño por las modestas y sólidas tradicionales cajas de metal, y más tarde, incluso por bolsitas de papel en las que se pesaban las hebras de té. El café prácticamente desapareció de las tiendas y de las costumbres familiares de los londinenses, excepto para los más pudientes. Respecto a las importaciones, cada vez fueron más escasas, y de mercancía de peor calidad. El negocio de Henry y Arthur sobrevivió un tiempo gracias a sus reservas, y, cuando éstas se acabaron, subsistió con grandes apuros con la mercancía que iban consiguiendo. Esta difícil situación motivó que Madeleine, quien también permaneció en Londres durante esos años, compaginara su trabajo al frente de la tienda con tareas de administración en la empresa, lo que hizo crecer una mayor proximidad entre Henry y su empleada.

Una tarde, a última hora, Henry y Madeleine estaban solos en las oficinas del piso superior, con la tienda ya cerrada al público. Henry sacó una botella de scotch que tenía escondida en un cajón, y con un par de vasos, se sentó junto a Madeleine.

- Tengo que contarte algo. Quiero saber tu opinión, y por supuesto, que me prometas silencio absoluto sobre esto –adelantó, sirviendo el aromático licor en ambos vasos.

- Henry, ¿de dónde has sacado este tesoro? ¡Hace siglos que no veía un Macallan de 12 años! Puedes contar con mi silencio hasta la tumba si me dejas probarlo –respondió ella, sonriendo. Cuando estaban solos, Madeleine sustituía el formal “Mr. Hills” por el tuteo cuando hablaba con su jefe.

- Esto es serio, Maddy –repuso Henry, disfrutando el aroma del whisky-. La empresa no puede mantenerse a flote. Estamos ya en números rojos. Arthur se niega a aceptar la evidencia, pero me temo que esto se acaba.

Madeleine saboreó un primer trago, y miró fijamente a Henry.

- ¿Qué estás pensando, jefe?

- He encontrado un posible comprador. Se haría cargo de las deudas y sobraría algo de dinero. No mucho, pero suficiente para empezar otro negocio.

- ¿Vender la empresa? ¿Después de tantos años, y tanto esfuerzo? –se inquietó la joven.

- Ya has visto tú misma cómo estamos. En unos meses tendríamos que cerrar de todas formas, y con mayores deudas que ahora.

Madeleine bajó la mirada y reflexionó en silencio. ¿Qué ocurriría con su propio empleo? ¿Y con la sociedad con Mr. Swathorn?

- ¿Y qué va a decir Arthur? –preguntó, finalmente.

- Me lo puedo imaginar. Pero no quiero soltar nada hasta tener la situación bien amarrada. En realidad, ya tengo pensado cómo usar el resto del dinero. Y aquí entras tú. Para la nueva empresa necesito tu ayuda y tu disposición frente a una situación que será difícil.

Esto tranquilizó a Madeleine. Incluso vislumbró que su momento podría haber llegado. Apuró el vaso y se lo presentó a Henry, para que lo rellenara.

- Henry, puedes contar conmigo para lo que quieras. Absolutamente para lo que quieras –afirmó, hablando despacio, clavando sus ojos azules sobre los de Henry.

Él apenas permitió una leve sonrisa en sus labios, y sin apartar la mirada de Madeleine, acarició con su mano la mejilla de la chica, afirmando en un susurro:

- No esperaba menos de ti. Gracias, Maddy. No te arrepentirás.

- o -

Unos días más tarde se produjo la esperada reunión entre Arthur y Henry.

- Escucha, Arthur, no voy a andarme con rodeos. He tratado varias veces de hacerte ver la catastrófica situación de la empresa. Debemos dinero a transportistas y a empresas de India y China. En cualquier momento dejarán de suministrarnos más mercancía. Y las ventas no despegan. Hay varias empresas importantes del Reino Unido que no nos pagan desde hace meses. Incluso Marks&Spencer nos adeuda algunas facturas. No podemos seguir así ni un día más.

- Vamos, Henry, no seas dramático –repuso su socio-. Todo el mundo lo está pasando mal. La mayoría de las firmas tienen problemas, sobre todo de liquidez. Pero esto acabará pronto y volveremos a resurgir.

- No me quieres escuchar, Arthur –insistió Henry, en un tono algo más agrio-. Si seguimos así, tendremos que cerrar. La tienda no da ni para pagar los sueldos de Miss Maddox y la otra chica, y eso que son salarios miserables. Y tú y yo hace meses que no hemos visto una libra. Yo tengo que pagar mi piso en Londres y el cottage de Candy en Kent. Y tú mismo, dudo que puedas seguir mucho tiempo gastándote los recursos familiares.

- Sí, es cierto que es una situación difícil. Pero habrá que aguantar como sea. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

- Vender el negocio. Venderlo todo, la empresa y la tienda. Tratar de sacar algún rendimiento después de pagar las deudas.

- ¿Qué estás diciendo? –Arthur no pudo disimular su enfado-. Supongo que estarás de broma. ¡Este ha sido el negocio de mi familia desde hace cuatro generaciones!

- Pues tendrás que hacerte a la idea, Arthur. No veo otra solución.

- ¡Ni hablar! Mi abuelo me contaba de lo mal que lo pasaron hace años, cuando perdieron varios barcos de mercancías, y cuando se interrumpió el paso por el canal de Suez, y cuando un gerente se fugó con el dinero de la caja, y… ¡así varias veces! ¡Y la empresa siempre volvió a salir a flote! No vamos a tirar la toalla ahora por un problema de liquidez.

- No es simplemente un problema de liquidez. Es que no podemos mantenerla más. ¡Quién sabe cuánto va a durar esta maldita guerra! ¿Y cuántos años pasarían para volver a recuperarnos? Lo siento, Arthur, no estoy dispuesto a seguir así.

- No puedes hacerme esto –y ahora Arthur habló en tono amenazador-. No tienes derecho y no voy a consentirlo.

- Tengo el control gerente de la propiedad, y por tanto tengo todo el derecho del mundo. Más aún, he encontrado un posible comprador que nos hace una buena oferta. Ni siquiera entiendo cómo, pero ahí está.

- Esto no va a quedar así. Ese no era nuestro acuerdo inicial. Hablaré con mis abogados, y seguro que encontrarán una forma de evitarlo. Y si no la hay y haces esto lo pagarás caro, Henry, te lo aseguro.

- Te repito que no lo hago por mi gusto. Y con el tiempo probablemente me lo agradecerás. La venta se formalizará en una semana. Si quieres venir al acto de la firma, eres bien venido. Y si no, me encargaré de hacerte un traspaso con la mitad de la escasa liquidación que consiga.

- ¡Maldito seas, Henry! ¡Que el diablo te lleve! –y Arthur abandonó la sala dando un gran portazo.