El SuperDiez

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 YOU WIN, YOU LOSE   
Mr. Mulliner*                                                                          ((VER anteriores) anteriores)

CAPÍTULO XI   (10.04.21)

 

En los negocios de Henry en Londres hubo que hacer cambios. La venta de té al por menor se adaptó, suprimiendo los costosos y elegantes envases de antaño por las modestas y sólidas tradicionales cajas de metal, y más tarde, incluso por bolsitas de papel en las que se pesaban las hebras de té. El café prácticamente desapareció de las tiendas y de las costumbres familiares de los londinenses, excepto para los más pudientes. Respecto a las importaciones, cada vez fueron más escasas, y de mercancía de peor calidad. El negocio de Henry y Arthur sobrevivió un tiempo gracias a sus reservas, y, cuando éstas se acabaron, subsistió con grandes apuros con la mercancía que iban consiguiendo. Esta difícil situación motivó que Madeleine, quien también permaneció en Londres durante esos años, compaginara su trabajo al frente de la tienda con tareas de administración en la empresa, lo que hizo crecer una mayor proximidad entre Henry y su empleada.

Una tarde, a última hora, Henry y Madeleine estaban solos en las oficinas del piso superior, con la tienda ya cerrada al público. Henry sacó una botella de scotch que tenía escondida en un cajón, y con un par de vasos, se sentó junto a Madeleine.

- Tengo que contarte algo. Quiero saber tu opinión, y por supuesto, que me prometas silencio absoluto sobre esto –adelantó, sirviendo el aromático licor en ambos vasos.

- Henry, ¿de dónde has sacado este tesoro? ¡Hace siglos que no veía un Macallan de 12 años! Puedes contar con mi silencio hasta la tumba si me dejas probarlo –respondió ella, sonriendo. Cuando estaban solos, Madeleine sustituía el formal “Mr. Hills” por el tuteo cuando hablaba con su jefe.

- Esto es serio, Maddy –repuso Henry, disfrutando el aroma del whisky-. La empresa no puede mantenerse a flote. Estamos ya en números rojos. Arthur se niega a aceptar la evidencia, pero me temo que esto se acaba.

Madeleine saboreó un primer trago, y miró fijamente a Henry.

- ¿Qué estás pensando, jefe?

- He encontrado un posible comprador. Se haría cargo de las deudas y sobraría algo de dinero. No mucho, pero suficiente para empezar otro negocio.

- ¿Vender la empresa? ¿Después de tantos años, y tanto esfuerzo? –se inquietó la joven.

- Ya has visto tú misma cómo estamos. En unos meses tendríamos que cerrar de todas formas, y con mayores deudas que ahora.

Madeleine bajó la mirada y reflexionó en silencio. ¿Qué ocurriría con su propio empleo? ¿Y con la sociedad con Mr. Swathorn?

- ¿Y qué va a decir Arthur? –preguntó, finalmente.

- Me lo puedo imaginar. Pero no quiero soltar nada hasta tener la situación bien amarrada. En realidad, ya tengo pensado cómo usar el resto del dinero. Y aquí entras tú. Para la nueva empresa necesito tu ayuda y tu disposición frente a una situación que será difícil.

Esto tranquilizó a Madeleine. Incluso vislumbró que su momento podría haber llegado. Apuró el vaso y se lo presentó a Henry, para que lo rellenara.

- Henry, puedes contar conmigo para lo que quieras. Absolutamente para lo que quieras –afirmó, hablando despacio, clavando sus ojos azules sobre los de Henry.

Él apenas permitió una leve sonrisa en sus labios, y sin apartar la mirada de Madeleine, acarició con su mano la mejilla de la chica, afirmando en un susurro:

- No esperaba menos de ti. Gracias, Maddy. No te arrepentirás.

- o -

Unos días más tarde se produjo la esperada reunión entre Arthur y Henry.

- Escucha, Arthur, no voy a andarme con rodeos. He tratado varias veces de hacerte ver la catastrófica situación de la empresa. Debemos dinero a transportistas y a empresas de India y China. En cualquier momento dejarán de suministrarnos más mercancía. Y las ventas no despegan. Hay varias empresas importantes del Reino Unido que no nos pagan desde hace meses. Incluso Marks&Spencer nos adeuda algunas facturas. No podemos seguir así ni un día más.

- Vamos, Henry, no seas dramático –repuso su socio-. Todo el mundo lo está pasando mal. La mayoría de las firmas tienen problemas, sobre todo de liquidez. Pero esto acabará pronto y volveremos a resurgir.

- No me quieres escuchar, Arthur –insistió Henry, en un tono algo más agrio-. Si seguimos así, tendremos que cerrar. La tienda no da ni para pagar los sueldos de Miss Maddox y la otra chica, y eso que son salarios miserables. Y tú y yo hace meses que no hemos visto una libra. Yo tengo que pagar mi piso en Londres y el cottage de Candy en Kent. Y tú mismo, dudo que puedas seguir mucho tiempo gastándote los recursos familiares.

- Sí, es cierto que es una situación difícil. Pero habrá que aguantar como sea. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

- Vender el negocio. Venderlo todo, la empresa y la tienda. Tratar de sacar algún rendimiento después de pagar las deudas.

- ¿Qué estás diciendo? –Arthur no pudo disimular su enfado-. Supongo que estarás de broma. ¡Este ha sido el negocio de mi familia desde hace cuatro generaciones!

- Pues tendrás que hacerte a la idea, Arthur. No veo otra solución.

- ¡Ni hablar! Mi abuelo me contaba de lo mal que lo pasaron hace años, cuando perdieron varios barcos de mercancías, y cuando se interrumpió el paso por el canal de Suez, y cuando un gerente se fugó con el dinero de la caja, y… ¡así varias veces! ¡Y la empresa siempre volvió a salir a flote! No vamos a tirar la toalla ahora por un problema de liquidez.

- No es simplemente un problema de liquidez. Es que no podemos mantenerla más. ¡Quién sabe cuánto va a durar esta maldita guerra! ¿Y cuántos años pasarían para volver a recuperarnos? Lo siento, Arthur, no estoy dispuesto a seguir así.

- No puedes hacerme esto –y ahora Arthur habló en tono amenazador-. No tienes derecho y no voy a consentirlo.

- Tengo el control gerente de la propiedad, y por tanto tengo todo el derecho del mundo. Más aún, he encontrado un posible comprador que nos hace una buena oferta. Ni siquiera entiendo cómo, pero ahí está.

- Esto no va a quedar así. Ese no era nuestro acuerdo inicial. Hablaré con mis abogados, y seguro que encontrarán una forma de evitarlo. Y si no la hay y haces esto lo pagarás caro, Henry, te lo aseguro.

- Te repito que no lo hago por mi gusto. Y con el tiempo probablemente me lo agradecerás. La venta se formalizará en una semana. Si quieres venir al acto de la firma, eres bien venido. Y si no, me encargaré de hacerte un traspaso con la mitad de la escasa liquidación que consiga.

- ¡Maldito seas, Henry! ¡Que el diablo te lleve! –y Arthur abandonó la sala dando un gran portazo.

 

(CONTINUARÁ)