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CRÓNICAS ASESINAS     Por Lilith, la Reina Asesina

LAPUTA. EL CASTILLO EN EL CIELO (PARTE I)   (28.09.14)

Título original: Tenkû no shiro Rapyuta (1986)

Dirección y guión: Hayao Miyazaki

Producción: Isao Takahata, Toshio Suzuki

Música: Joe Hisaishi

Personajes: Sheeta, Pazu, Mushka, Dola y su banda, Papipom, robots...
“Esta es la fotografía que mi padre tomó. Aunque Swift escribió sobre Laputa en «Los Viajes de Gulliver», eso era solo una historia. ¡Pero mi padre la vio con sus propios ojos!” (Pazu)  
Introducción:

Tras reunir los medios necesarios para la fundación de Studio Ghibli gracias al éxito cosechado con su brillante Nausicaä del Valle del Viento, Hayao Miyazaki y su equipo volverían a sorprendernos con Laputa, el Castillo en el Cielo, oficialmente reconocida como primera película del ya mítico estudio de animación. Rompiendo con la tónica imperante del momento y la proliferación cada vez mayor de la animación por ordenador, Miyazaki y sus socios y amigos, Toshio Suzuki e Isao Takahata (Heidi, Ana de las tejas verdes o Marco, de los Apeninos a los Andes), apostaron por un género poco explotado, embarcándose en esta aventura animada repleta de altas dosis de magia, una pizca de sensibilidad y cantidad suficiente de mimo que no en vano dejarían patente en obras posteriores.
Desde un principio, el director japonés tenía claro que en su peculiar versión de La Isla del Tesoro no había cabida para manidas fórmulas de castillos en el espacio, en el mar o en una isla al uso, sino que tal como él mismo afirmaría: “Para mí no existe el modelo antiguo de una isla inhabitada y perdida en el mar, ya todos emplearon el mar y el espacio, así que me encontré con un castillo y busqué un lugar donde nadie pudiera encontrarlo, poniéndolo así en una isla flotante en medio del cielo”. 
Así pues, nos hallamos de nuevo ante un evocador universo de celuloide plagado de magia, un mundo de ensueño donde confluyen todos y cada uno de los rasgos inconfundibles a los cuales sensei Miyazaki nos tiene acostumbrados, desde su heroína protagonista o su amor por la naturaleza, a su universo de fábula o esa pasión por la aviación patente en cada una de las escenas aéreas y los artilugios voladores que aparecen en el film. Tampoco podía faltar en este singular universo salido de la fértil imaginación del genio nipón, una inolvidable historia de aventuras, amor y amistad, rociada con grandes dosis de acción, acción propiciada en gran medida por unos villanos más entrañables que realmente malvados. Todo esto, salpicado con unos sutiles toques de humor, hacen de El Castillo en el Cielo, un auténtico deleite para los sentidos.
Y entre las numerosas escenas de acción vertiginosa, surgen algunas secuencias de una belleza tan sublime como onírica, ya sea en forma de estanque feérico que oculta en su seno los restos de una ciudad sumergida bajo las aguas o en esa profunda reflexión sobre la naturaleza y la evolución cuando un gigantesco robot demuestra ser “más humano que los propios humanos” al salvar a un nido de papamoscas de ser aplastado o cuidando con un mimo indescriptible del desolado a la par que bucólico jardín. Instantes de una belleza tan abrumadora que nos atrapa en ese universo fantástico y dan como resultado un poema visual repleto de significado como sólo Miyazaki-san es capaz de componer, con universos de fábula que asemejan nuestra realidad, historias donde las féminas son heroínas, los cerdos, pilotos de aviones, los mapaches poseen gigantescos genitales mágicos (kin tama) que emplean a modo de tambor o un icónico y enorme espíritu del bosque se convierte en el mejor amigo de unas niñas.
Todo ello aderezado con la exquisita banda sonora a cargo del siempre magistral Joe Hisaishi, da lugar a infinidad de momentos sublimes que nos transportan a mundos idílicos e invitan a recapacitar. A
legoría inequívoca de la extraordinaria calma que precede a una tempestad de sensaciones, envolviéndonos en cada uno de los filmes de este gran artífice de sueños que es Miyazaki.
Sinopsis:

En un desesperado intento por huir de sus captores, la joven Sheeta se cruza en el camino de Pazu (o mejor dicho, ésta le cae del cielo), un huérfano minero que desde entonces, tratará de protegerla a toda costa. El destino de ambos, dará un giro desde ese día al descubrir que no sólo están unidos por su estado de orfandad, sino entre otras cosas, por la codiciada piedra mágica que Sheeta posee y el principal motivo de su huida. Sueños por cumplir heredados de sus progenitores y plagados de reinos imaginarios o fortalezas voladoras, llevarán a nuestros jóvenes protagonistas a embarcarse en esta singular aventura, una suerte de viaje iniciático donde hallarán su propia identidad, unida desde tiempos pretéritos a la de la legendaria Laputa, una isla flotante oculta en el cielo por nubes durante cientos de años (quizá miles) y concebida por una enigmática civilización extinta. Laputa, custodia de secretos ignotos, fortaleza inexpugnable que alberga celosa entre sus entrañas conocimientos ancestrales y más de una sorpresa. Pero para llegar hasta ella, deberán lidiar con un villano de más que dudosas intenciones y con una banda de piratas muy peculiar...
1. Donde nace la inspiración...

Los Viajes de Gulliver (Jonathan Swift)

La inspiración que Miyazaki necesitaba para dar a luz una obra como El Castillo en el Cielo, la halló en uno de los episodios de Los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift en el que Gulliver encuentra una isla flotante con base de diamante llamada Laputa. Los laputianos estaban tan interesados en el desarrollo científico y tecnológico, que lograron construir una ciudad - fortaleza la cual se desplazaba por el cielo mediante propulsión magnética (interacción entre un imán enorme ubicado en su centro y la Tierra).

Ramayana

Muska llama al fuego de Laputa “la flecha de Indra en el Ramayana”. Ramayana es una saga épica hindú, escrita en el siglo IV A.C. que cuenta la historia del príncipe Rama y su esposa, Shita. Indra es el Dios que rige sobre el trueno y la lluvia y manda rayos denominados “la flecha de Indra” para castigar a los humanos.

PARTE II   (12.10.14)
Paronella Park
Un parque temático, cuyo elemento central es un precioso castillo construido por José Paronella en Mena Creek, al norte de Queensland (Australia). El tema musical utilizado en el filme durante los títulos de crédito, se empleaba también durante las visitas nocturnas. http://www.youtube.com/watch?v=ko6s5EgeR4I
Este lugar fue clave como inspiración de Miyazaki a la hora de diseñar Laputa. No es de extrañar, pues la historia de este tristemente desconocido creador de sueños y de su parque propio de cuento de hadas, merece ser conocida. http://blog.destinia.com/paronella-park-un-sueno-espanol-en-australia)
Gales
Aunque el film se desarrolle en un país imaginario, para recrear el poblado en el que vive Pazu Miyazaki se inspiraría en una villa minera galesa que visitó en 1984. Según declararía a posteriori a The Guardian: “Estuve en Gales justo después de una huelga de mineros. Admiro realmente la forma en la que los sindicatos mineros lucharon hasta el final para defender sus puestos de trabajo y quería reflejar la fuerza de esas comunidades en mi película. Admiro a aquellos hombres y el modo en que lucharon para salvar su modo de vida, igual que hicieron los mineros del carbón en Japón. Mucha gente de mi generación ve en los mineros a un símbolo; una especie de guerreros que ya no existe”. Estos hechos le conmovieron tanto que hizo añadir la escena en la que el jefe de Pazu lucha con los piratas (elemento clave dentro del subgénero de comedia slapstick, cuyo recurso fue empleado anteriormente por Miyazaki en Conan y Lupin III o Porco Rosso a posteriori). Como guiño a todos aquellos sucesos, podemos observar un cartel en la habitación del jefe de Pazu. 
Superman (Fleischer Studios) y Adiós, querido Lupin
Los robots que pueblan Laputa están inspirados en los que aparecían en la versión de Superman de los hermanos Max y Dave Fleischer (Monstruos Mecánicos), aunque el diseño es original de Miyazaki. También guardan un gran parecido con el robot que aparece en Saraba Itoshiki Lupin yo (Adiós, querido Lupin), el último episodio de la segunda temporada del anime de Lupin en 1980. Este capítulo fue el último escrito y dirigido por Miyazaki y marcó su despedida del personaje.
En la terraza del Museo Ghibli (Mitaka, Japón) existe una réplica exacta a tamaño natural de estos robots.
Enclaves de ficción vs Laputa
- La Ciudad del Sol (Tommaso Campanella): Análogamente a Laputa, la Ciudad del Sol está formada por varios niveles principales y rodeada por murallas concéntricas (cada una de ellas dedicada a un planeta) coronadas a su vez por torres cilíndricas y rematadas con cúpulas. En la cúspide hallamos el elemento central, protegiendo la esencia espiritual de la ciudad: el templo consagrado al astro rey en La Ciudad del Sol y el vivero de los árboles en Laputa. Asimismo, la presencia de canales de agua y columnas griegas, nos retrotrae a la Atlántida de Platón*(modelo de la obra de Campanella por su República). La esfera sobre la cual se asienta Laputa, representa tanto a la Tierra como al cosmos. En su interior, el núcleo central es un octaedro azul, uno de los cinco sólidos platónicos y fuente de energía que permite a Laputa mantenerse en el aire. Y ya para concluir, recordar que en ambas ciudades existía una sociedad ideal cuyo mando se hallaba en manos de eruditos o sacerdotes y las técnicas mágicas y astrológicas poseían gran relevancia.
- La Torre de Babel (Pieter Brueghel): Desde el punto de vista iconográfico, Laputa evoca a la Torre de Babel, lienzo tomado a su vez de la Ciudad del Sol de Campanella.
- Utopía (Tomás Moro): Al igual que Laputa, Utopía es una isla que dispone de ciudades donde se fomenta la investigación científica, la tecnología y los estudios de todo tipo, cuyo modelo de sociedad promueve principios pacíficos, filosóficos y políticos ideales.
- Arcadia: Como si de un artista renacentista se tratase, Miyazaki pinta un idílico lienzo de celuloide jalonado, no ya de bellas ninfas, sino de personajes arrolladores y paisajes paradisíacos, una suerte de Arcadia de la actualidad donde los rascacielos se asemejan a vasijas de piedra de estilo retro y antaño reinaba la felicidad, la sencillez y la paz en un ambiente habitado por una población de pastores que vivía en comunión con la naturaleza.
2 ... y bebe la creación
Lupin III. El Castillo de Cagliostro y Conan, el niño del futuro
Existen numerosas analogías entre El Castillo en el Cielo y otras obras de Miyazaki como Lupin III. El Castillo de Cagliostro (por ejemplo, entre el personaje de Mushka y el Conde de Cagliostro) o Conan, el niño del futuro (serie de 26 capítulos del propio Miyazaki emitida 8 años antes). En relación a Conan y El Castillo en el Cielo, aunque su trasfondo es muy distinto, poseen algunos puntos en común que vemos reflejados en los siguientes ejemplos:
- El gran parecido entre Sheeta y Pazu (El castillo en el cielo) con Conan y Lana (Conan, el niño del futuro).
- En ambas obras aparece una enigmática jovencita perseguida con motivo de un secreto que el resto desconoce. En el Castillo en el Cielo, Sheeta posee un colgante mágico que sólo ella es capaz de activar, mientras que en Conan, Lana guarda celosamente el enigma de la energía solar, imprescindible para la supervivencia humana.
- Tanto Conan como Pazu se convierten en protectores y salvadores de ambas protagonistas.
- Muchos de los personajes de serie y película comparten idéntico papel y similar idiosincrasia, ya sean Mushka vs Lepka o la banda de Dola vs Capitán Dyce.
Anécdotas y curiosidades:
Según se comenta en el libro “The Art of Laputa”, Miyazaki barajaría en un borrador inicial de la película la posibilidad de incluir una historia de su imaginación en la que Platón era autor de un hipotético Libro del Cielo, el cual formaba parte de la geografía perdida de la humanidad. En esta obra, la isla flotante tomaba el nombre de Laputatilis, una suerte de Atlántida construida por una civilización sumamente desarrollada para huir de la guerra. Sin embargo, sus habitantes se volvieron tan dependientes de la tecnología que la enfermedad diezmó a la mayoría de la población. Algunos de los supervivientes volvieron a la tierra y Laputa fue abandonada.

PARTE III   (26.10.14)
Teniendo siempre en cuenta la fuente original, evitaremos incurrir en un error frecuente en numerosas páginas que dan por hecho la existencia del susodicho Libro del Cielo y redundan en que éste fue escrito por Platón (ya sea por desconocimiento o confusión propiciada por la cantidad de referencias al filósofo griego que aparecen en la película y que ya fueron citadas anteriormente*). Algo harto improbable a no ser que el ilustre filósofo lo hubiera escrito desde un universo paralelo. Pese a todo, tampoco hay que descartar la posibilidad de que el sabio Miyazaki-sensei posea conocimientos ignotos para el resto de la humanidad los cuales nos pondrían sobre la pista del auténtico origen de Laputa. Quizá incluso viviese in situ los acontecimientos que dieron origen a la isla flotante, como si de la reencarnación del Amenophis IV de nuestro siglo en el Egipto faraónico se tratase (A.k.a J.A. Cebrián), ¿por qué no? todo es posible para un genio de su calibre. 

Especial atención merece el susodicho episodio de Los Viajes de Gulliver que en su día originase cierta controversia en nuestro país en cuanto a la fonética se refiere. Si en determinadas ediciones en castellano de la novela de Swift llaman al castillo Lupata o Lapuda, en un primer doblaje de El Castillo en el Cielo, el nombre de Laputa fue sustituido por el de Lapuntu. Sin embargo, en un doblaje posterior la mítica isla flotante conserva su nombre original. Huelga decir que Miyazaki desconocía las connotaciones de esta palabra en español, todo lo contrario que Jonathan Swift, quien optó por el nombre de Laputa a modo de sátira hacia cierto sector británico del más rancio abolengo, como si de una alegoría a la explotación por parte de la Pérfida Albión hacia la Irlanda del siglo XVIII se tratase.

El nombre de Sheeta se escribía originalmente Shita, pero acabó cambiándose debido a la similitud con el término “shit” en inglés (mierda).

Según Miyazaki, escribió Laputa como una “novela de ciencia ficción de finales del siglo XIX”. De ahí esa ambientación atemporal entre steampunk y retrofuturista.

Tras el estreno de la película, se adaptó la historia a una novela escrita en 1986 por Osamu Kameoka e ilustrada por el propio Miyazaki; “Shousetsu Tenkuu No Shiro Rapyuta Zenpen / Kouhen” (La Novelización de Laputa: El Castillo en el Cielo, Volumen 1 y 2).

Existen diferentes versiones del filme con alguna que otra variación. La más evidente fue el cambio de la partitura original por otra orquestal cuyo autor sería también Joe Hishaishi, pero además los diálogos y hasta el subtitulado sufrieron modificaciones. En relación a la BSO, decir que el tema principal aparece en los títulos iniciales acompañando una secuencia de antiguos grabados futuristas (lo que nos recuerda a Nausicaä) y reaparece al final cantado con una letra del propio Miyazaki. Igualmente obvias resultan ciertas similitudes entre esta BSO y la de Nausicaä, tanto en las melodías más clásicas, como en aquellas en las que se ha empleado el sintetizador.

Uno de los guiños inconfundibles de Ghibli que viene siendo habitual en sus películas, es la aparición de personajes propios en otras obras del mismo estudio. En el caso que nos ocupa, son las ardillas - zorro (kitsune risu) que corretean sobre el robot en la isla de Laputa las que llaman nuestra atención, clara alusión a la mascota de Nausicaä del Valle del Viento.

Si algo resulta fascinante en El castillo en el cielo, es la avanzada tecnología aérea, tanto los aparatos voladores con toques futuristas ideados por el propio Miyazaki, como los de diseño más davinciano e incluso algunos que recuerdan a la tecnología desarrollada por Verne.

Dado que Miyazaki es admirador del armamento militar alemán y británico, se inspiró en ambos para diseñar también los de Laputa. Así, mientras uniformes, medallas, granadas y el zeppelin Goliat, están basados en los alemanes de la 2ª Guerra Mundial, el atuendo de los civiles, el uniforme del coronel Muska, su propio arma y las de sus agentes o los soldados del ejército, están inspirados en los británicos.

En un momento determinado, Dola comenta que Sheeta le recuerda a ella cuando era joven (de hecho, puede observarse tal semejanza en una fotografía de juventud que Dola tiene en su camarote). El esposo de Dola fue el ingeniero creador de la nave pirata. Pazu por su parte, quiere ser ingeniero y también está fabricando su propio avión. Anécdotas aparte y según cuenta el hermano de Miyazaki, su madre era tan valerosa como Dola.

Cuando Sheeta y Pazu pronuncian la palabra “parusu” al final del film, un sortilegio de destrucción asola buena parte de la isla de Laputa. Una curiosa incongruencia si tenemos en cuenta que la etimología turca de ese término significa paz y armonía.

En EEUU Laputa, el Castillo en el Cielo no fue doblada hasta 1999, siendo distribuida en video cuatro años más tarde, cuando El Viaje de Chihiro recibió el Oscar a la mejor película animada. Hasta entonces, el film sólo había sido mostrado ocasionalmente en distintos festivales de cine y su popularidad se había extendido gracias al boca a boca. Pese a su limitado éxito, la explicación oficial de Disney fue que el retraso se debió a que Studio Ghibli quería evitar pérdidas en el proceso de exportación. Sin embargo, en 2003 la película ya había logrado recuperar su dinero gracias a las ventas nacionales del film en DVD. Eso disparó los rumores de que Disney había invertido en la colección Ghibli con la intención de sabotear su éxito en EEUU.
Moraleja:

“No soy optimista sobre lo que nos deparan los próximos cincuenta años porque creo que vamos a enfrentarnos a más tragedias humanas según nos vamos convirtiendo en más estúpidos y haciendo cosas más peligrosas. Cuando pase ese tiempo y hayamos comprobado que efectivamente todo eso ha fallado , tal vez volvamos a intentar hacer las cosas de otro modo, mejor, y todo empiece a funcionar de nuevo”.  (Hayao Miyazaki durante la promoción de El castillo en el cielo)
FIN

Trailer: http://www.youtube.com/watch?v=v8CgPx8c2JY

CHARADA (I)   (14.06.15)
Director: Stanley Donen (1963)

Guión: Peter Stone y Marc Behm

Música: Henry Mancini

Fotografía: Charles Lang Jr.

Reparto: Cary Grant (Peter Joshua / Alexander Dyle / Adam Canfield / Brian Cruikshank), Audrey Hepburn (Regina Lampert), Walter Matthau (Hamilton Bartholomew / Carson Dyle), James Coburn (Tex Panthollow), George Kennedy (Herman Scobie)
Mordaz homenaje a unas vidas tejidas entre mentiras y bordadas entre los bastidores del cinismo
Introducción:
Según la definición de la RAE, “charada” (del francés, charade), es un acertijo en que se trata de adivinar una palabra, haciendo una indicación sobre su significado y el de las palabras que resultan tomando una o varias sílabas de aquella. En vista a tal definición, podemos hacernos una ligera idea de que el argumento de esta película es un verdadero galimatías no exento de controversia y más de una sorpresa.
En pleno apogeo de grandes títulos como Psicosis (1960) o Los Pájaros (1963), de Alfred Hitchcock, no es de extrañar el éxito de dicho homenaje al maestro del suspense por parte de otro maestro, en este caso del musical, como lo era Stanley Donen. De maestro a maestro, del suspense al musical, y de títulos como Un día en Nueva York, (1949), Cantando bajo la lluvia (1952) o Siete novias para siete hermanos (1954), a Charada, Donen hace gala de su savoir faire en este thriller de espionaje, que mezcla comedia, romance e intriga a partes iguales y en auténtica armonía.
Tanto Hepburn como Grant, ya habían trabajado previamente bajo la dirección de Stanley Donen. Ella en Una cara con ángel (1957) o Dos en la carretera (1967), y él en Bésalas por mí (1957), Indiscreta (1958) y Página en blanco (1960). De ahí, la insistencia de Donen en reunir a ambos en una misma película. En el caso que nos ocupa, sus interpretaciones alcanzan un nivel especialmente notable, tanto en el caso de Grant cuya actuación borda en ese cocktail perfecto al que nos tenía acostumbrados entre el eterno galán y el desopilante actor, como en el de Hepburn, tan cándida y pizpireta como siempre. No por casualidad serían nominados para los Globos de Oro y Audrey ganaría el Bafta como mejor actriz del año.
En cuanto al romance entre ambos protagonistas, resulta de lo más delirante. El sempiterno galán conquistador y embustero, perseguido por la enigmática e inocente diva en apuros. Veteranía y elegancia en contraposición a las habituales y sobre-explotadas juventud o sensualidad, propias de un género cuyos arrebatos no evocan patéticas “sombras”, sino que a diferencia de ello, conducen al clásico juego del gato y el ratón en el cual los papeles se intercambian constantemente.
No hay que olvidar tampoco a ese conjunto de secundarios de primera línea, desde Walter Matthau a James Coburn, George Kennedy o Ned Glass, cuyas magníficas interpretaciones están a la altura de las de los protagonistas.
Y qué mejor escenario para todos ellos que la ciudad del amor, París. Un telón de fondo que percibimos con personalidad propia y el acompañamiento ideal de los personajes durante su paseo por los aledaños del Sena, mientras se ven “sorprendidos” por la mismísima catedral de Notre Dame, recuerdan a Gene Kelly en Un americano en París (Vincente Minnelli, 1951) o disfrutan de una romántica velada en un barco.
Un gran acierto de la película es su banda sonora. A Donen le bastó con escuchar la simpática melodía Baby Elephant Walk, del film Hatari (Howard Hawks, 1962), para quedar inmediatamente hechizado, contactar con Mancini y “proponerle una oferta que no podría rechazar”. Así nació una banda sonora con tintes de jazz que se acopla cual guante a cada personaje y escena, ya sea humorística, de suspense, de acción o romántica. Buena culpa de ello se hallaba sin duda en la amistad que unía a Mancini con Audrey Hepburn desde Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961), pues aunque Henry también conocía a Cary Grant desde su participación en la BSO de Operación Pacífico (Blake Edwards, 1959), fue con ella con la que le unía un mayor vínculo. De este modo, compondría el tema principal de Charada imaginándosela a ella, tal y como él mismo afirmaría:
"Hay una escena en la película donde Audrey vuelve de unas felices vacaciones de invierno y llega a su apartamento de París encontrándolo despojado de todo lo de valor. El piso desnudo y las paredes son todo lo que permanece. Su marido se había fugado con todos sus bienes mundanos. Ella entra en el apartamento, débilmente alumbrado, con su maleta e inspecciona la escena. Sus sentimientos son de tristeza, soledad y vulnerabilidad. Para mí, esto se tradujo en un triste vals parisino. Con aquella imagen de Audrey en mi mente, fui al piano y en menos de una hora compuse Charada. La compuse para Audrey y Stanley. Ambos sintieron que era perfecta para la película, Johnny Mercer añadió su poesía, y la canción fue candidata a los Oscar ese año".
No obstante a sus grandes virtudes, no resulta ni mucho menos esa obra “pluscuamperfecta” glorificada hasta la saciedad, pues siendo consciente de los sentimientos encontrados que despierta, me atrevo a afirmar a título muy, pero que muy personal, que el guión resulta tan brillante como inverosímil y que existe “cierta” sobre-actuación por parte de ambos protagonistas... ¿Una esposa desencantada, a la postre viuda que desconoce absolutamente todo de su marido y que tan sólo siembra una ínfima sombra de sospecha en el inspector que encabeza la investigación por asesinato? ¿que se muestra practicamente impasible pese a conocer el peligro que corre su vida? ¿que a pesar de quedarse sin nada y andar huyendo continuamente de unos y otros, luce un extenso e impoluto vestuario made by Givenchy? ¿y que por más embustes a los que se ve sometida por parte de su objeto de deseo, continúa creyéndole y cayendo rendida a sus pies una y otra vez? ¿En qué mundo? ¿Quizá en el de Yupi? Y eso por no mencionar la facilidad con la que un hipotético agente de la CIA se cuela en sus instalaciones como Mortadelo y Filemón pasean por el despacho del Superintendente Vicente en la T.I.A, entre otras muchas cosas...
A pesar de todo, en su imperfección se halla también la virtud, una virtud que lleva como título Charada, cuyo ritmo, trepidante cual montaña rusa, nos mantiene constantemente en vilo, sus continuos cambios de rumbo, sorprenden casi tanto como las numerosas identidades que adoptan los distintos personajes a lo largo de todo el metraje, y que aunando actores, localización o BSO, hace las delicias de los amantes del cine con cada visionado.

CHARADA (Y II)   (21.06.15)
Sinopsis:
Un tren se acerca a toda velocidad. Un cadáver cae de él. Una mano apunta con un arma a un icono de la belleza de todos los tiempos en su rol de Ms Lampert. Y de repente, un disparo... acaba rociando a la diva con un chorro de agua.
Tras un comienzo de tal calibre, todo hace presagiar que lo que prosigue no nos dejará en absoluto indiferentes. Comienzo con ecos al maestro del suspense, y quizá a su film Spellbound, que da paso al siguiente plano, en el que vemos a la propia Regina Lampert durante sus vacaciones en una estación de esquí y donde al poco, hace su aparición en escena Peter Joshua, que no es otro que el siempre apuesto Cary Grant. Hastiada de secretos y mentiras, Reggie está decidida a pedir el divorcio de su marido Charles, y así se lo comunica al “señor Joshua”. Su sorpresa es mayúscula cuando al llegar a París, encuentra su apartamento completamente vacío y es informada de que Charles ha sido asesinado. Según le cuentan en la embajada americana, Charles se apropió durante la Segunda Guerra Mundial de un botín perteneciente al gobierno de EEUU que actualmente se halla desaparecido. Por este motivo, tanto sus cómplices, como el gobierno, andan tras la pista de la fortuna que creen se encuentra en poder de Reggie. A partir de entonces comienzan a sucederse una serie de asesinatos y Ms Lampert se verá inmersa en un peligroso galimatias de persecuciones, mentirosos compulsivos... y “bailes a la naranja”.
Anécdotas y curiosidades:
En esta Charada se da un insólito acontecimiento nunca visto anteriormente: la conjunción de dos estrellas como Audrey Hepburn y Cary Grant que compartirían plano en la que sería su primera y única película juntos y donde harían gala de esa química entre ambos capaz de traspasar la gran pantalla. No en vano, el papel de Gregory Peck en Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953) se propondría  previamente a Cary Grant, aunque éste lo desestimaría por considerarse mayor para Audrey Hepburn (25 años de diferencia). Por este motivo, cuando Grant decidió aceptar su papel en Charada, insistió en que el personaje interpretado por Hepburn debía ser el que llevara las riendas de la relación.
Charada representaría otro éxito notable en la carrera de Audrey Hepburn tras su memorable interpretación de Holly Golightly en Desayuno con diamantes (Blake Edwards) o Karen Wright en la polémica La calumnia, de William Wyler (donde se trataba un controvertido asunto para la época como era el lesbianismo), ambas de 1961.  Respecto a Cary Grant y teniendo en cuenta los antecedentes, se barajaron también nombres como Paul Newman, Warren Beatty o Robert Redford para interpretar su rol en el film.
El hombre que dice “Me tiré un farol con el viejo. Al final, con un par de doses” al salir del ascensor y cruzarse con Ms Lampert cuando ésta acude por vez primera a la embajada americana, es el propio Peter Stone y la voz en su versión original es la del director. En cambio, la voz de Stone es la del marine que vigila la embajada al final de la película.
Los derechos de autor de la película son de dominio público (no así su banda sonora) desde el momento en que, ¡oh, sorpresa! olvidaron reclamar los derechos de las primeras copias. Seguramente ocurriría lo mismo en la actualidad...
Los coloristas y sinuosos títulos de crédito, hacen presagiar una trama plagada de enigmas y enredos por doquier, recordando a su vez a los de James Bond (incluso Vértigo). No por casualidad, pues ambos son autoría del diseñador gráfico Maurice Binder, muy en la línea también del estilo Saul Bass.
Cuando tan sólo era un tierno infante, Stanley Donen quedó maravillado con Volando a Río (Thornton Freeland, 1933), protagonizada por Fred Astaire y Ginger Rogers. Desde ese instante, algo despertaría en su interior que en un futuro le convertiría en uno de los maestros del musical. Aunque además de musicales, también dirigiría filmes como Lío en Río (1984), con Demi Moore en uno de sus primeros papeles.
En 1966, el trío Donen, Stone y Mancini, emularía de nuevo el modelo de Charada con Arabesco, en este caso con las interpretaciones de Sofia Loren y Gregory Peck (como en Vacaciones en Roma, el papel fue escrito para Cary Grant y rechazado por éste). Evidentemente, no superaron el éxito obtenido con Charada.
Pese a no ser un veterano en La Meca del Cine, el particular despliegue de originalidad y talento de Henry Mancini, le proporcionaría grandes éxitos poco comunes para la época. Sería a raíz de Sed de Mal (Orson Welles, 1958) y su posterior reconocimiento por Peter Gunn (serie de TV de 1958), Desayuno con Diamantes (Blake Edwards, 1961), Hatari (Howard Hawks, 1962) o Días de Vino y Rosas (Blake Edwards, 1962), cuando la carrera de Mancini despegaría definitivamente. No en vano, ganaría tres Oscar consecutivos precisamente por las BSO de Desayuno con diamantes y Días de vino y rosas, algo que le impidió llevarse un cuarto por Charada, candidata al Oscar que perdería la preciada estatuilla contra Papa's Delicate Condition (George Marshall, 1963) y la canción de Jimmy Van Heusen y Sammy Cahn, Call Me Irresponsible.
Charada sería la ópera prima de Peter Stone (escritor y periodista radiofónico) que marcaría sus inicios en el mundo del celuloide. Un año después recibiría el Oscar al Mejor Guión Original por Operación Whisky (dirigida por Ralph Nelson en 1964 y protagonizada también por Cary Grant) y el premio Edgar de la Asociación de Escritores de Misterio de EEUU al mejor guión adaptado. No obstante, en el caso que nos ocupa, el guión de Stone titulado The Unsuspecting Wife around Hollywood, sería rechazado a priori hasta por un total de siete estudios. Finalmente, optaría por novelizarlo y publicarlo bajo el título de Charada, apareciendo además por entregas en la revista femenina Redbook, logrando el éxito que le permitiría convertirlo de nuevo en guión y llamando así la atención de los estudios que lo habían rechazado inicialmente.
En 2002 se hizo un remake titulado La verdad sobre Charlie. La dirección corrió a cargo de Jonathan Demme, con las interpretaciones de Thandie Newton en el papel de Regina Lambert, Mark Wahlberg como Joshua Peters y Tim Robbins en el de  Bartholomew. Ni que decir tiene que siquiera se acerca de lejos a Charada.
Escenas memorables:
Las exequias de Mr Lampert, con una Regina absolutamente desconcertada ante la presencia de tres inquietantes personajes cuya única intención parece ser verificar la muerte de su antiguo compañero de andanzas y difunto esposo de Reggie.
El hilarante baile de la naranja, con Cary Grant haciendo gala de su mejor vis cómica ante una impertérrita dama de gran “pechonalidad”. 
La ducha de Cary Grant, traje incluido, con esa espontaneidad que le caracterizaba.
El vibrante final en el teatro cuando Bartholomew va caminando sobre el escenario y mediante una analogía ajedrecística, la “jugada” acaba con un certero jaque mate.
Moraleja:
“-¿Por qué tiene que decir la gente mentiras?”. (Regina Lampert)
“-Normalmente, porque quieren algo. Temen que con la verdad no lo consigan”. (Peter Joshua)

MILLENNIUM ACTRESS (I)   (20.02.16)
Título original: Sennen joyû. Año: 2001

Director: Satoshi Kon

Guión: Satoshi Kon y Sadayuki Murai. BSO: Susumu Hirasawa. Fotografía: Hisao Shirai

Personajes: Chiyoko Fujiwara, Genya Tachibana, Kyoji Ida, pintor misterioso, Eiko Shimao,   Junichi Ootaki, militar de la cicatriz, etc...
Introducción:

Millennium Actress, es el segundo largometraje del japonés Satoshi Kon y primero creado completamente por ordenador.

Precursora de obras posteriores como Tokyo Godfathers (en cuanto al empleo de fotografías para los flashbacks se refiere), Paranoia Agent (introduciendo a los personajes en recuerdos ajenos) o Paprika (sueño dentro otro sueño), Millennium Actress sembraría un precedente indiscutible en el estilo de Kon.

En 2010 y cuando apenas contaba con 47 años de edad, cuatro películas (Perfect Blue, Millennium Actress, Tokyo Godfathers o Paprika) y una serie en su haber (Paranoia Agent), Satoshi Kon abandonó este mundo dejándonos un legado tan magnífico, como imperecedero. Sus películas, dirigidas a un sector más adulto que el anime de la época, se caracterizan por la fusión entre realidad y ficción o los mundos oníricos. Asimismo, las complejas tramas psicológicas, sus personajes y estilo realistas o el detallismo en las localizaciones, se convertirían en otros de sus leitmotiv.

Su colaboración con dos de los grandes, como son los autores de las celebérrimas Ghost in the Shell (1995, Mamoru Oshii) y Akira (1988, Katsuhiro Otomo), inspiraría claramente la obra de Kon y le convertiría en un autor de prestigio a nivel internacional, posicionando a la animación japonesa en un lugar privilegiado.

Los más avispados, ya habrán advertido que el título del filme no es aleatorio, sino que como su propio nombre indica, corresponde a un milenio en el devenir histórico japonés. En apenas hora y media, la actriz protagonista pasa del Período Edo (1603 – 1868), donde aparece como ninja o como geisha, hasta el Período Shōwa (1926 – 1989), durante los bombardeos a Japón en la Segunda Guerra Mundial, para finalizar en el futuro de los viajes interestelares.

En ocasiones la película recuerda a otros títulos con la posguerra como telón de fondo. La tumba de las luciérnagas (1988, Isao Takahata), representa perfectamente uno de tantos ejemplos.

Kon nos muestra en esta atípica cinta, esa parte de la historia nacional e internacional que gran parte de occidentales y japoneses desconocían. Como él mismo afirmaría, fueron necesarios más de seiscientos libros para su labor de documentación (y mucho tiempo imagino), algo que le permitió conocer más a fondo su historia y cultura. Como para no ser así, con tal volumen de datos…

Millennium Actress es cine dentro del cine, desde sus entrañas y en su más puro estado. Una suerte de Cinema Paradiso de la animación en forma de subyugante poesía audiovisual disfrazada de costumbrismo. Un melodrama que gira en torno a la búsqueda del amor verdadero con cierta dosis de melancolía y enorme talento. Esa llave, que hace las veces de Mcguffin, se convierte en el nexo de una vida tejida entre recuerdos y promesas incumplidas, donde la confusión imperante se adueña de dos de sus protagonistas y los convierte en espectadores activos de la vida de una actriz. ¿Será eso la vida real? ¿o sólo será fantasía? Una delicia para los sentidos que demuestra cómo el cine de animación, más que un simple pasatiempo infantil, puede ser una fascinante joya del séptimo arte, digna de admiración que permanece incólume al paso del tiempo. Y Kon no se merece menos...
Sinopsis (¡ojo, a partir de aquí spoilers!): 

Una astronauta aborda una nave dispuesta para su despegue. De repente, un temblor interrumpe la acción y sorprende a Genya Tachibana viendo lo que resulta ser una película de ciencia ficción.

Con la intención de rodar un documental sobre la veterana actriz Chiyoko Fujiwara, retirada hace décadas de los platós, Genya y su compañero Kyoji se trasladan hasta su casa. Es entonces cuando Genya, uno de sus mayores admiradores, aprovecha la ocasión para devolverle algo que había estado guardando durante mucho tiempo: una llave que antaño perteneció a Chiyoko y que abrirá la puerta de par en par a los recuerdos de la actriz.

En un memorable viaje por la historia y el cine japoneses, la propia Chiyoko nos lleva de la mano a través de sus memorias mientras recorremos un pasado en el que se entrelaza tanto su carrera de actriz, como su vida real.

Una existencia marcada por la búsqueda del pintor que cierto día robó su corazón y al que permanecería ligada gracias a la citada llave que éste le dejó, como una suerte de hilo rojo del destino que les mantendría unidos para siempre. Si bien esta búsqueda no es sino la “persecución de una sombra”, como el propio Genya indica, no es menos cierto que a su vez daría sentido a su vida.

Y tal como comenzaba el film, éste llega a su conclusión. Nos hallamos de nuevo ante la secuencia del cohete despegando mientras Genya y Kyoji observan desde la plataforma, analogía a su vez de la historia de Chiyoko: el inicio de un nuevo viaje más allá del mundo material, cual mayor Tom rumbo a las estrellas. The Show Must Go On, my friends.

Anécdotas y curiosidades:
La acción se desarrolla principalmente entre Tokyo y Hokkaido, aunque también en otros lugares imaginarios.
Según los recuerdos de Chiyoko, Kon juega con distintos colores para diferenciar unas partes de otras: las referidas a la vida de la actriz, aparecen en blanco y negro, con algunos colores puntuales o muy tenues si es algo esencial en la historia. Sin embargo, cuando se trata de los filmes que Chiyoko protagoniza, sorprende su deslumbrante colorido. Por otro lado, Genya y Kyoji conservan sus colores originales, puesto que son espectadores activos de los recuerdos de la actriz.
El encargado de la banda sonora, sería Susumu Hirasawa (Berserk), quien también colaboró con Satoshi Kon en Paranoia Agent y Paprika. El prestigio de este compositor y sus más de veinte años de carrera, le convirtieron en el candidato ideal para Kon. En Millennium Actress, destacan sus piezas electropop y predomina el piano. Estremecedoras a la par que enigmáticas todas ellas.

Por la cantidad de coincidencias, el personaje de Chiyoko parece estar inspirado en las actrices Setsuko Hara (1920 – 2015. Primavera tardía, Cuentos de Tokio...) y Hideko Takamine (1924 – 2010. El hombre del carrito, La vida de una mujer...)

La película homenajea a algunos de los títulos más destacados del celuloide, entre los que se hallan:

-¿Cómo te llamas? (Hideo Ôba, 1953). El cartel de la película que protagoniza Chiyoko en el que aparece con un pañuelo en la cabeza y la tendencia que tanto su película, como la original, crearían entre el público femenino.

-Godzilla (Ishirô Honda, 1954).

-Trono de sangre (Akira Kurosawa, 1957). La lluvia de flechas que cae sobre el cámara Kyoji y quedan clavadas a su alrededor, recuerda a una de las últimas escenas de la película de Kurosawa protagonizada por Taketoki Washizu.

-2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). El traje de Chiyoko como astronauta, es similar a alguno de los que aparecen en el film de Kubrick.

MILLENNIUM ACTRESS (y II)   (05.03.16)

Título original: Sennen joyû. Año: 2001

Director: Satoshi Kon

Guión: Satoshi Kon y Sadayuki Murai. BSO: Susumu Hirasawa. Fotografía: Hisao Shirai

Personajes: Chiyoko Fujiwara, Genya Tachibana, Kyoji Ida, pintor misterioso, Eiko Shimao,   Junichi Ootaki, militar de la cicatriz, etc...

En cuanto a la indudable inspiración que Kon ha supuesto para muchos y que a más de uno sorprenderá, podemos destacar algunos casos como el de Darren Aronofsky, que se hizo con los derechos de Perfect Blue y se basaría en la ópera prima del desaparecido cineasta nipón para Réquiem por un Sueño (2000) y Cisne Negro (2010). Otro ejemplo palmario es el de Origen (Christopher Nolan, 2010), “influenciada” palpablemente por Paprika. Por último, tenemos el caso de Guardianes del Día (Timur Bekmambetov, 2006), cuyos créditos de cierre recuerdan a los del inicio de Tokyo Godfathers. https://www.youtube.com/watch?v=oz49vQwSoTE

La obra de Kon está plagada de alegorías, y el caso que nos ocupa, es un buen ejemplo de ello. Por citar algunas: 

Sakura (flores/árboles de cerezo):

Simbolizan lo efímero de la vida y de la belleza, pues su periodo de floración es tan breve como hermoso. También guardan relación con la inocencia y la lealtad, así como con los encuentros y las despedidas. En el budismo, representan el ciclo de la vida, por lo que se asocian al renacer.

Para los samuráis, era su emblema, ya que recordaban a las gotas de sangre vertidas en combate. Equiparable a la floración de las sakura, era el aguerrido espíritu samurái durante el fulgor de la lucha, pues no existía mayor honor para estos guerreros nipones que morir durante la misma, cuando aún se hallaban en su máximo esplendor. La efímera vida de las sakura, tan delicadas que con un hálito de brisa tapizan el suelo de suaves colores rosados y envuelven todo con su fragancia, al igual que el samurái que sucumbe en la batalla, no se marchitan ni envejecen.

En Millennium Actress, forman parte del paisaje cuando Chiyoko va montada en carruaje y un tren pasa por su lado, mientras pasea por la ciudad en un jinrikisha (人力車, de jin (人) “persona”; riki (力), “fuerza”; y sha (車), “carruaje”) o carrito transportado por Genya cuando les adelanta el coche con Kyoji grabando la escena, y mientras baja una pendiente en su bicicleta a toda velocidad, hasta toparse con el militar de la cicatriz. Todas ellas, secuencias consecutivas cuyas connotaciones, tanto por los sakura en si, como por los distintos medios de transporte empleados para desplazarse, tienen que ver con el transcurso del tiempo.

Flor de loto:

En el budismo, es considerada una flor sagrada que sugiere la belleza, la fidelidad, la eternidad o el despertar espiritual. El loto, es también el perfecto representante de la pureza, porque florece en aguas estancadas (asociadas al deseo y el apego), mientras la flor se mantiene inmaculada. Cuando aparece completamente abierta, se identifica con el trascender del alma a su estado más elevado, abriéndose a la luz de la divinidad y del conocimiento.

En el filme donde la veterana actriz interpreta a una astronauta, la base lunar recuerda a un loto abriéndose. Los lotos también son parte del espléndido jardín de Chiyoko, apareciendo al comienzo de la película, aún cerrados, y durante un breve instante al final, ya completamente abiertos, cuando la actriz se encuentra ingresada en el hospital. Por último, tenemos el nombre del estudio de Genya, Lotus (El Loto), la flor predilecta de su idolatrada Chiyoko.

El espíritu de la anciana que aparece con una rueca en las visiones de Chiyoko, evoca a las Parcas de la mitología romana, las Moiras, de la griega, y las Nornas, de la nórdica. Todas ellas encarnaban el destino de mortales e inmortales manejando a su antojo el simbólico hilo de la vida, desde su nacimiento hasta su muerte.

En el desenlace de la película, se desvela que la auténtica identidad de la anciana no es otra que la  Chiyoko del futuro con unas cuantas canas más. “Ya no era la niña que él recordaba. No quería que me viera vieja”, confesaba la actriz con un claro halo de nostalgia.

Grullas:

Para los japoneses, las grullas son seres mitológicos que viven mil años. Bautizadas como “aves de la felicidad” o “grullas celestiales”, se consideran las aves más antiguas sobre la faz de la tierra según las leyendas. Son el símbolo de la paz y la esperanza, y portadoras de buenos augurios. Se relacionan con la longevidad, la salud y la prosperidad, motivo por el que las hallamos presentes en muchos nacimientos. También son habituales en las bodas, pues simbolizan la fidelidad y la lealtad y dicen que otorgan mil años de felicidad conyugal. No en vano, las parejas de grullas permanecen unidas durante toda su vida.

Podemos observarlas en la decoración de la casa de Chiyoko, durante su nacimiento, en sus fotos infantiles, en uno de sus filmes cuando aparece por primera vez la anciana con la rueca, en otro mientras representa a una geisha, o en el camión que está a punto de atropellarla hacia el final de la película.

El derribo de los estudios de cine Ginei, tanto al comienzo, como en una de las escenas claves al final del film, es una clara alusión al declive de una época inexorablemente unida a la vida personal y profesional que formaría parte de ella.

Como ella misma confiesa, cada terremoto que tiene lugar a lo largo del filme, es el preludio de algún acontecimiento esencial en el destino Chiyoko, ya sea su propio nacimiento durante el célebre terremoto de Kanto, en 1923, el abandono de su carrera como actriz o su propio final.

En una de las últimas escenas del film, el cuadro de Chiyoko cae al suelo a causa de un terremoto y se rompe el cristal que lo protegía, sutil analogía del ocaso de una vida.

Escena memorable:

Cuando aparece el militar de la cicatriz en su periodo de expiación y le entrega a Chiyoko la carta que el enigmático pintor dejó antaño para ella. La carga emocional de esa escena y las que le suceden a continuación, junto a una serie de flashbacks y la música que les acompaña, es tal, que estremece el alma del más impasible de los seres.

Moraleja:

“Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños”. (Crónicas Marcianas. Ray Bradbury).

ALMAS DESNUDAS   (25.02.17)

Título original: The Reckless Moment

Año: 1949

Dirección: Max Ophüls

Guión: Henry Garson, Robert W. Soderberg, Mel Dinelli, Robert Kent

BSO: Hans J. Salter

Fotografía: Burnett Guffey

Intérpretes: Lucia Harper (Joan Bennett), Martin Donnelly (James Mason), Beatriz (Geraldine Brooks), David (David Bair), Tom (Henry O’Neil), Sybil (Frances E.Williams), Roy Roberts (Nagel), Ted Darby (Shepperd Strudwick)

 De las puertas traseras de los lugares de lujo... 

Introducción
Almas desnudas sería la última película que Max Ophüls rodó en Hollywood después de La conquista de un reino (1947), Carta de una desconocida (1948) y Atrapados (1949). En 1950 y tras estos cuatro filmes, Ophüls regresaría a Europa.

Este brillante thriller psicológico con tintes de cine negro, nos presenta a la clásica heroína de Ophüls, protagonista indiscutible de la trama, como una auténtica madre coraje capaz de todo para proteger a sus vástagos. En ausencia del cónyuge, ésta deberá asumir el rol de cabeza de familia en una sociedad de posguerra donde la mujer representaba un papel bastante secundario (como así se demuestra cuando acude a solicitar un préstamo y no se lo permiten sin la autorización de su marido). De la maestría del director para retratar la psique femenina, surge una mujer firme y consecuente en su desesperación, pero también sensible y con sus propios dilemas morales. Una mujer, que por el bien común de los suyos, decide permanecer en una vida aparentemente idílica sin despojarse de su disfraz, aunque esto vaya en detrimento de su libertad. Pero a su vez, una mujer capaz de afrontar el destino como buenamente puede y salir indemne de la situación.
La cuidada puesta en escena, siempre envuelta en una lúgubre atmósfera (alegoría de la asfixiante situación), una historia que mantiene el suspense en todo momento, y esa combinación de primeros y largos planos que dotan de dramatismo a la trama, hicieron de Ophüls un director con una firma muy personal y admirado por cineastas de la talla de Truffaut o Rossellini. No en vano, sus característicos travellings, recuerdan también a otro de sus coetáneos, Sir Alfred Hitchcock, aunque ésa es una opinión muy personal, claro.
Porque Almas desnudas sangra cine por los cuatro costados, en el baile que Ophüls representa con su cámara y con el cual nos deleita, en las sobresalientes interpretaciones del dúo Bennett – Mason, cuya química traspasa la pantalla, en esa magnífica fotografía en blanco y negro, o en una banda sonora que se adapta cual guante a cada secuencia, logrando que la intriga vaya in crescendo. Pero también, en el ambiente con efluvios a tinieblas que se respira, donde lo prohibido pasa inadvertido, donde en el misterio todo se oculta, y las malas compañías emergen de entre las sombras desprendiendo un peligroso atractivo.

Sinopsis (¡Ojo! Spoilers a partir de aquí)
Nuestra historia acontece una semana antes de navidad en la pequeña localidad de Balboa, donde reside la familia Harper: Lucia, su anciano padre (o suegro), sus dos hijos adolescentes, Beatriz, de 17 años, y David, y Sybil, la doncella. Su plácida e hipotética vida acomodada, sufre la ausencia del padre de familia, que se encuentra trabajando en Berlín.
Todo da un giro cuando Beatriz inicia un romance inadecuado en un acto de rebeldía, de atracción suicida por experimentar el lado oscuro de la vida. Luces y sombras del ser humano, que conducen a un chantaje, una pelea, una muerte accidental confundida con un crimen… y un Momento Insensato, ese Reckless Moment al que hace alusión el título y el modo que cada cual escoge de afrontar el destino en una situación determinada. Y de nuevo, un chantaje, un chantaje que se torna en atracción cuando aparece el señor Martin Donnelly y acaba cayendo rendido ante la arrolladora personalidad de Lucia. Lo que comienza como una extorsión, se convierte en instinto de protección y respeto donde dos almas se confiesan y desnudan de todo artificio para encontrarse, desde la distancia, una vez despojadas de las cadenas de la mala vida o del yugo familiar. Solo entonces, cuando el alma atormentada se ha encontrado consigo misma, alcanza el anhelado estado de libertad.    

Anécdotas y curiosidades
Durante toda la película,  Lucia se refiere a ¿su padre?, llamándole “papá” o “mi suegro”. Tras comprobar que tanto en la versión original como en la doblada y en distintas publicaciones escritas, ocurre exactamente lo mismo, personalmente no sabría con qué opción quedarme.
Si alguien está interesado en revivir la escena del filme en la que Bennett y Mason suben al ferry con su coche, no tiene más que acceder al Balboa Island Ferry, pues continúa en activo desde 1919. Dicha embarcación, cubre el trayecto entre la isla y la península de Balboa (Newport Beach, California).
Almas desnudas se filmaría en menos de un mes, aunque cabe destacar que pese a su triunfo en Europa (especialmente en Francia y Reino Unido), la película no obtuvo el éxito esperado en EEUU.
Walter Wanger, sería el productor del filme y esposo de Joan Bennett hasta 1965. Fue precisamente a él a quien se le ocurrió dos años atrás adaptar la novela en la que se inspira la película, The Blank Wall, de Elisabeth Sanxay Holding. Posteriormente, ya en 2001, se realizaría otra adaptación denominada En lo más profundo, de Scott Mc Gehee y David Siegel.
Los guionistas Henry Garson y Robert Sodergerg, eran unos principiantes propuestos por la escritora Sally Benson, autora de Cita en San Luis (en la que se basaría el musical homónimo adaptado por Vincente Minelli en 1944, con Judy Garland a la cabeza).
El primer candidato a director, tanto de Wanger, como de Mason (implicado también en la producción), sería Jean Renoir. Sin embargo, como se pasaba del presupuesto, finalmente Mason sugiriría a Ophüls.
Ophüls y Mason colaboraron juntos en dos ocasiones, la primera en Atrapados (1949). De hecho, James Mason escribió un poema acerca de los travellings de Ophüls (tracking shots) y su cámara (dolly):

A shot that does not call for tracks

Is agony for poor old Max,

Who, separated from his dolly,

Is wrapped in deepest melancholy.

Once, when they took away his crane,

I thought he'd never smile again.

El director Preston Sturges, gran admirador de Ophüls, le ayudaría cuando éste llegó a Hollywood. En agradecimiento a Sturges, Ophüls le dedica unas palabras en sus memorias.
Max Ophüls moriría en Hamburgo ocho años después del estreno de Almas desnudas a causa de un paro cardíaco. Se encontraba rodando Les Amants de Montparnasse (1958). Sus cenizas reposan en el ínclito cementerio de Père-Lachaise (París).

Escenas memorables
The Reckless Moment, ese Momento Imprevisto en el que Lucia halla el cuerpo sin vida de Ted Darby y en un intento desesperado, se deshace de él.
El repentino cese de la música, y ese ambiente de constante tensión creado por Ophüls, es simplemente sublime. Su singular modo de contar la historia combinando primeros y largos planos, nos permite colarnos en el filme, y por ende, en la vida de la familia Harper. 
Esa escena, unida a la del final, cuando Lucia halla a Donelly tras el accidente y la pericia de Ophüls ante la cámara nos muestra a través de sus míticos planos un torrente de emociones, traspasa la pantalla.

Moraleja

Las locaciones son sitios que tienen un vaho a noche, de las sombras, de callejones, de las puertas traseras de los lugares de lujo, de edificios de apartamentos con una alta tasa de rotación, de taxistas y camareros que lo han visto todo. (Características del cine negro. Roger Ebert, crítico de cine estadounidense reconocido a nivel mundial. 1942-2013).

 

CUENTOS DE LA LUNA PÁLIDA   (07.11.20)

Dirección: Kenji Mizoguchi

Guión: Matsutarō Kawaguchi, Yoshikata Yoda

Música: Fumio Hayasaka, Ichirō Saitō y Tamekichi Mochizuki

Fotografía: Kazuo Miyagawa

Reparto: Genjurô (Masayuki Mori), Miyagi (Kinuyo Tanaka), Tōbei (Eitarô Ozawa), Ohama (Mitsuko Mito), princesa Wakasa (Machiko Kyō), Eigoro Onoe, Ichisaburo Sawamura, Ryôsuke Kagawa, Sugisaku Aoyama

Año: 1953

“Los misteriosos y extravagantes cuentos a la luz de la luna de los días de lluvia, van derechos al corazón de los hombres y despiertan sus fantasías. Esta oda es un cuento que nace precisamente de esas fantasías...”

Introducción

Cuentos de la luna pálida de agosto supondría la consagración de Kenji Mizoguchi en Occidente y una joya del séptimo arte que todo aquel que se considere un auténtico cinéfilo, debería permitirse el lujo de disfrutar. No en vano, en 1953 obtendría el León de Plata en el Festival Internacional de Cine de Venecia.

El cineasta nipón plasmaría de un modo admirable la belleza de la pintura en sus películas, cual pintor en su lienzo. La única diferencia radica en que cambió el pincel por una cámara y los cuadros por el celuloide. En esta cinta, su cámara danza con tal elegancia como lo hace la princesa Wakasa entre las inquietantes penumbras de su casona, captando la emoción de los personajes en cada plano y confundiéndose con ellos. Todo ello unido al magnífico contraste de luces y sombras, nos permite navegar por un mar donde se fusionan lo terrenal y lo mágico, un mar donde la ficción es y será la única realidad. Pues al fin y al cabo, “¿Qué es la vida? Un frenesí… una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

Existen dos partes bien diferenciadas a lo largo de todo el metraje. Una primera que va desde el inicio hasta que nuestros protagonistas surcan el lago Biwa, y una segunda desde su viaje por el lago hasta el final del film. La primera, tan realista como descarnada, la segunda, un cuento de misterio repleto de magia y lirismo, de una belleza sobrenatural tan visual como sutil.

Este sublime melodrama, hace las veces de fábula salpicada con tintes épicos y fantásticos, donde la ambición irrumpe cual caballo desbocado en la vida de sus protagonistas, apartándoles del buen camino y de su objetivo principal. Gracias a la sutileza que caracteriza a Mizoguchi, nos sumergimos en una suerte de relato onírico donde la realidad y lo sobrenatural se funden y confunden bajo la luna pálida de agosto.

La mezcla resultante es un cóctel de dulce sabor donde confluyen géneros como el de las kaidan, el chanbara o el cine bélico, todos aderezados con unas gotas de misterio, costumbrismo, elegancia y relato tan siniestro como poético, donde los seres espectrales son más humanos que los humanos.

Porque Ugetsu Monogatari nos cuenta la historia de vivos muertos en vida y muertos más vivos que nunca, de princesas del más allá y anhelos del más acá, de palacios de noche y ruinas de día, de la paz y de la guerra.

Sean pues bienvenidos a sumergirse en los Cuentos a la luz de la luna pálida, donde se oye el murmullo y la risa de los vientos del bosque y a los árboles se les escucha hablar en sueños. Mientras, vamos cayendo subyugados en el hechizo de seres de leyenda que se desvanecen como la bruma entre su reino de tinieblas.

Sinopsis

Japón feudal, S. XVI. A orillas del lago Biwa, viven Genjurô y Tōbei con sus respectivas esposas, Miyagi y Ohama. Pese a que la provincia de Ōmi se encuentra bajo la amenaza de los soldados de Shibata, Genjurô decide aprovechar la ocasión para vender sus cerámicas en la gran ciudad, mientras que Tōbei, se empecina en convertirse en samurái. Cegados por la fortuna y la gloria, ambos campesinos se embarcan en una aventura no exenta de humillaciones, fantasmas, y cantidades ingentes de codicia. Deberán aprender la lección y desterrar los espejismos de sus vidas, aceptando, como diría el Nobel François Mauriac que “de nada sirve al hombre ganar la Luna si ha de perder la Tierra”.

Anécdotas y curiosidades

Kenji Mizoguchi se inspiró en el cuento Condecorado, de Guy de Maupassant y en unos relatos de Ueda Akinari incluidos en la obra homónima y traducidos en España como Cuentos de lluvia y de luna (1776): Asaji ga Yado (La cabaña entre las cañas esparcidas) y Jasei no In (La impura pasión de una serpiente).

El título de Ugetsu Monogatari es realmente simbólico. Proviene de la antigua creencia japonesa de contemplar la luna y de la literatura china, donde se indica que una noche lluviosa o una luna matutina presagia la llegada de criaturas sobrenaturales. En España se tradujo como Cuentos de la luna pálida de agosto o Cuentos de la luna pálida después de la lluvia, donde Ugetsu significa “luna tras la lluvia”. Según una ancestral costumbre japonesa, desde mediados de agosto (septiembre según el calendario gregoriano) y hasta el equinoccio de otoño, se celebra el tsukimi (月見), traducido literalmente como “mirar” () la “luna” (). Durante la noche del quince de agosto o jyūgoya (十五夜), puede observarse la “luna clara de mitad de otoño”; chūshū no meigetsu (en el calendario lunar el otoño va de julio a septiembre). El particular esplendor de la luna esa noche, propiciaría la celebración de todo tipo de actos para contemplarla. Originalmente esta tradición sería adoptada por la aristocracia nipona, más tarde por los samuráis, y con el paso del tiempo se popularizó entre todos los japoneses. En el tsukimi se realizaban ofrendas a la diosa japonesa de la luna, Tsukiyomi no Kami, así como a otros dioses, en muestra de agradecimiento por las cosechas y por una futura recolección abundante. Dichas ofrendas se colocaban en los lugares más apropiados para contemplar la luna, como balcones o ventanas, denominados tsukimidai (lugar para ver la luna). Durante esas celebraciones, se organizaban ceremonias del té, se recitaba poesía (haiku), se tocaba música... y se contaban cuentos.

Otra espléndida muestra de esta tradición nipona del tsukimi la hallamos también en el film El cuento de la princesa Kaguya (Isao Takahata, 2013).

Uno de los iconos populares que Japón ha adaptado en más ocasiones y con mayor éxito, es el del onyrō (literalmente, espíritu vengativo). Desde su debut en el teatro kabuki como Lady Oiwa en la obra Tōkaidō Yotsuya Kaidan (東海道四谷怪談) de 1825, hasta Sadako Yamamura en Ringu (Hideo Nakata, 1998) o Kayako en Ju-on (Takashi Shimizu, 2000), sin olvidar otros tantos anime e impresiones de ukiyo-e. El kimono de luto blanco, representación de la muerte en la cultura asiática o el pelo largo y negro, tan propios del onyrō en el kabuki, son sus rasgos significativos. En el caso que nos ocupa, La princesa Wakasa es la perfecta encarnación del onyrō. En su afán de permanecer en este mundo, Wakasa es capaz de atraer hasta su reinado de tinieblas al hombre que se cruce en su camino.

Los personajes femeninos en el cine  de Mizoguchi representan la sensatez, la abnegación y la fortaleza, ante el despotismo, la codicia y el egoísmo del que hacen gala los hombres. Ellos representan la violencia (la guerra) y ellas son las víctimas de esa sinrazón. Así, mientras Miyagi se encarga de la crianza de su hijo durante la guerra y da su vida por él, Genjurô les abandona a su suerte para dar rienda suelta a su líbido. Ohama, en cambio, es violada y se ve abocada a la prostitución para sobrevivir, y la princesa Wakasa sufre el desengaño también a manos de Genjurô.

Existe cierto paralelismo entre Genjurô, quien pretende hacer negocios durante la guerra sin reparar en el peligro que eso supone para su familia, y el padre de Mizoguchi, un humilde carpintero para el que la victoria del ejército imperial durante la guerra ruso - japonesa, supuso la ruina de toda su familia al intentar hacer fortuna vendiendo chubasqueros.

Pese a que Mizoguchi no elude las atrocidades que acompañan a un país en guerra y los devastadores efectos a los que la población civil se ve sometida, evita mostrar cualquier tipo de violencia explícita. Por medio de la profundidad de campo, distintas escenas se suceden simultáneamente durante todo el metraje, logrando así mayor realismo. Pero aquellas más escabrosas más bien se sugieren (elipsis), clara evidencia de la genial sutileza que caracterizaba al cineasta japonés y de que una imagen vale más que mil palabras. Un par de ejemplos, los hallamos en las siguientes escenas: la primera, es la violación de Ohama. Mientras una estatua de Buda permanece como único testigo y vemos a continuación el plano de unas sandalias hundidas en el barro. La segunda, es la escena del asesinato de Miyagi. Cuando ella y Genichi están en el suelo, con los soldados peleando por la comida robada al fondo de la imagen.

En cuanto a los actores, destacan en especial Kinuyo Tanaka, Machiko Kyô y Masayuki Mori, tres de los actores japoneses más prolíficos y que coincidieron en más de una ocasión en distintas películas. En el caso de Kinuyo Tanaka, protagonizó gran parte de ellas a las órdenes de Yasujiro Ozu (Las hermanas Munekata, 1950) y Mizoguchi (Vida de Oharu, mujer galante, en 1952 o El intendente Sansho, en 1954). Aunque fue más conocida por ser la primera mujer directora de cine en Japón, con títulos como: Carta de amor (1953) o Amor bajo el crucifijo (1962). Con respecto a Machiko Kyô, protagonizaría films como Rashômon, junto a Toshirô Mifune (A. Kurosawa, 1950), La Emperatriz Yang Kwei Fei (1955) y La calle de la vergüenza (1956), ambas de Mizoguchi o La Casa de Té de la Luna de Agosto (Daniel Mann, 1956). Por último tenemos a Masayuki Mori, que también trabajaría para Kurosawa en Rashômon (1950) y Mizoguchi en La Emperatriz Yang Kwei Fei (1955).

Escenas memorables

El viaje en barca por el lago Biwa, cuando ambas parejas se dirigen hacia la ciudad. Una oda onírica a lo sobrenatural. Como si los protagonistas surcaran entre ensueños las aguas de la realidad y la fantasía. Cual Caronte en su barca o Keneō y Datsue-ba a orillas del Río Sanzu. Mientras la embarcación de nuestros protagonistas se adentra por el reino de los Narakas, una suerte de macabra premonición en forma de bote que flota a la deriva, hace su aparición como si de un espejismo fantasmagórico se tratase. De ella surge un tripulante moribundo que les advierte de que tengan cuidado con los piratas. Metáfora del destino aciago que les espera. Una secuencia que recuerda a otro filme de Mizoguchi como Los amantes crucificados, de 1954, así como a La noche del cazador (Charles Laughton, 1955)

Cada una de las escenas que transcurren en la morada de la princesa Wakasa. Todas ellas, destilan ese aire de poesía con pinceladas de leyenda que salpica la trama durante buena parte del metraje. Desde el trayecto inicial que conduce hasta allí, al fantasmal juego entre luces y sombras en el interior de la estancia de la princesa. Sin olvidar la secuencia del baño a la luz de la luna, seguido por un magnífico travelling que finaliza con los amantes retozando a orillas del lago. Los dos árboles pesadillescos y espectrales que destacan amenazantes, presagian un sino más propio de espectros errantes por los dominios de Érebo, que del paraíso, como asevera Genjurô.

Aunque Mizoguchi no quedó en absoluto satisfecho con el “final feliz”, éste también es digno de mención. En especial, el regreso de Genjurô al hogar, cual Ulises en La Odisea. Un hogar sumido inicialmente en la más sobrecogedora desolación hasta que por arte de magia aparece Miyagi, no precisamente tejiendo, sino cocinando como si tal cosa. La cámara nos muestra una panorámica sin cambiar de plano desde el interior, mientras Genjurô busca a su esposa por doquier. Miyagi se manifiesta entonces cual ilusión en el crepúsculo para desvanecerse cuando los primeros rayos de sol despuntan al alba, no sin antes haber redimido a su esposo. La más clara alusión a la fina línea que separa realidad y ficción con la que Mizoguchi juega durante la segunda parte del metraje.

 

Moraleja:

“La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse”. (Jonathan Swift).