El SuperDiez
  La lista de éxitos del cine en España                                                                                           

 EL RETRATO DE MARIAN REY   Leo J. Mans                                                                     (VER anteriores)        
 

PRIMERA PARTE: BROOMVILLE
CAPÍTULO 3
   (05.10.19)
 

Todavía sin reponernos del todo de la tremenda sacudida, vimos como de The Big Dish salía un hombre y se dirigía a nosotros corriendo mientras empezaban a caer las primeras gotas de una lluvia pesada y gruesa como el granizo.

-¿Estáis bien? –nos preguntó, con cara de susto. Y añadió-: Pasad, pasad…

Le hicimos caso con rapidez y entramos en un acogedor salón, con una elegante barra y unas cuantas mesas bien vestidas; se apreciaba un evidente cuidado, a pesar de la tenue iluminación que lo alumbraba. Inmediatamente, se presentó.

-Soy David, el propietario, cocinero, barman y camarero de este sitio, todo a la vez –declaró, con una sonrisa. Era un hombre delgado, de barba y pelo entrecano y de una afabilidad, como demostró en cada ocasión, a prueba de bombas-. Perdonad esta penumbra, el rayo ha hecho saltar el interruptor general y estamos con las luces de emergencia.

-No te preocupes… Yo soy Leo, y esta es Mary, mi mujer –le contesté. Y habría añadido algo más, si no me hubiera interrumpido una serie de bocinazos de evidente urgencia.

-¿Qué pasa…? –se preguntó David, asomándose a la puerta. Y enseguida añadió, con tono alarmado-: ¡Hay un incendio!

Me asomé yo también y, en efecto, vi cómo, a pesar de la lluvia, que ahora caía abundante, de una casa de enfrente, un edificio de dos plantas, salía una oscura columna de humo. Y se dejó oír una explosión sorda, tras la que apareció un estallido de llamas, justo bajo el tejado de la casa. Delante de ella ya estaba un pequeño grupo de personas y alguno más se acercaba corriendo con un par de cubos; los pasó a uno del grupo, un hombretón joven y barbudo, que se metió con ellos en la vivienda.

David y yo, sin ponernos de acuerdo, salimos también. Él me indicó con un gesto que lo acompañara; rodeamos su establecimiento y, en lo que parecía un patio trasero, me señaló un grifo al que estaba enganchada una larga manguera.

-¡Ábrelo! –me gritó, mientras cogía la goma por su extremo y la desenrollaba en dirección a la casa incendiada. Así lo hice y corrí tras él. Ya había más gente delante del edificio y también había más cubos. Se fueron llenando con el agua de la manguera y algunos hombres entraron a toda velocidad para intentar apagar las llamas; el que más prisa se daba era el joven barbudo, al que una mujer, entre sollozos, interpeló:

-¡Ten cuidado, Little Al! ¡Ten mucho cuidado!

David y yo, empapados por la lluvia, contemplábamos la dantesca escena. Él, señalando a la mujer que había gritado, me dijo:

-Es Meg, la dueña de la casa. No sé dónde está Gerard, su marido… Espero que no esté dentro.

En ese momento, precedido por el ulular de su sirena, apareció por la carretera un coche de bomberos. Inmediatamente se hicieron cargo de la situación, nos obligaron a retirarnos a todos y se cercioraron de que no había nadie dentro de la vivienda. Y actuaron con enorme rapidez y eficacia, al ritmo de los enormes chorros de agua a presión que dirigían contra la casa; en pocos minutos el fuego estaba sofocado e incluso el humo empezaba a disminuir.

El jefe de los bomberos nos conminó:

-Que nadie se acerque a la casa, ¿entendido? Vamos a precintar la zona hasta tener la seguridad de que no hay peligro. Nos marchamos, parece que ha caído más de un rayo, o los efectos de este se han multiplicado: hay otros avisos de tuberías rotas y aparatos fundidos en todo el pueblo.

Asentimos. Los vecinos empezaron a volver a sus domicilios, y David y yo entramos de nuevo en su hostal. Vi que Meg también entraba, agarrada a un hombre que entendí que era su marido, y lo único que se me ocurrió fue ir a mi coche y coger la maleta. Entré en The Big Dish y me dirigí a ella.

-Lo siento mucho –le dije-. Aquí traigo algo de ropa seca de mi mujer y alguna chaqueta… Puede cambiarse, si quiere, antes de que, además del desastre, coja una pulmonía.

Ella me miró, casi sin comprender, y al final me dio las gracias, tartamudeando. Pero Gerard –efectivamente, era él- dijo:

-Muchas gracias, pero no hace falta. David –añadió, dirigiéndose al hostelero-, ¿Tendrás una habitación libre, donde Meg pueda ducharse y descansar? Mientras, yo voy a casa de su madre; allí hay ropa y todo lo necesario; lo traigo en un momento.

-Por supuesto –contestó David-. Ven –le dijo a Meg- y entró con ella en un pequeño distribuidor del que arrancaba una escalera que, evidentemente, llevaba a las habitaciones. 

Gerard salió también, y Mary y yo nos quedamos solos. Nos miramos, asustados; pero enseguida reapareció David.

-Ahora mismo estoy solo para todo –dijo-. Pero si queréis, también os puedo dejar una habitación para que te cambies y podáis tranquilizaros.

-Muchas gracias –le dijo Mary-. Queremos quedarnos aquí; vamos a pasar una temporada en el pueblo y nos han recomendado este sitio.

-¡Magnífico! –exclamó él-. Pues venid, os doy la mejor habitación que tengo.

Y nos dirigió a una puerta, que abrió y nos dejó pasar. Comprobó que nos parecía bien, y nos dejó solos.

-Estás empapado… -me dijo Mary y, a pesar de ello, me abrazó-. ¡Y qué miedo he pasado…!

-No te preocupes –le contesté-. Ya está, ya se acabó –y añadí, inconsciente-: Estamos a salvo, nada malo nos puede pasar.

(Continuará)