EL ZOOM   de Juan Carlos Rojas     

EL AUTOR   (09.12.17)

La búsqueda de la verdad. Ahí es nada. Un tema universal. Un viaje personal en soledad, frecuentemente realizado a través de las inmensas planicies congeladas de la incomunicación, la incomprensión y el desprecio de los demás. Travesía que, a menudo, supone ir contracorriente, como el pingüino que, a diferencia de su congregación de congéneres, decide no dejarse llevar por la inercia de la masa y se arriesga en solitario a dirigirse hacia las montañas, a desandar el camino, en vez de dirigirse hacia el mar.

 A través de esa búsqueda, de esa odisea del héroe a través de la sociedad actual, el director de esta cinta nos muestra la disección de una sociedad podrida de egoísmo, de falta de valores, de solidaridad fingida, de racismo, de hipocresía, de engaño y de mentira, donde se manipula y abusa del más débil. Desde este punto de vista, la última película de Manuel Martín Cuenca es profundamente crítica, demoledora, a la hora de describir el paisaje. A este sustrato se le añade, de forma más personalizada en la figura del protagonista, la búsqueda del éxito a costa de lo que sea, incluso de la dignidad, teñida de cierto tufillo de prejuicio machista para acabar de completar la muy acertada descripción del panorama (no hay más que ojear día a día los periódicos para ratificarlo), y el retrato de un personaje, que a pesar de todo, posee una alta autoestima, pero que aún no se ha dado cuenta de que a las musas no se las fuerza sino que se las seduce, de que el talento no es cuestión de pelotas, y que va a comprobar en sus propias carnes que la realidad siempre supera a la ficción. Esa realidad de la que busca empaparse para conseguir el éxito y contra la que se va a estampar de bruces.

Esta historia se sitúa en la Sevilla actual, en un ambiente denso y cargado, caluroso y curiosamente plagado de ventiladores (quizá una metáfora para representar la no asunción de responsabilidades; técnica, como se sabe, sobradamente utilizada por la mayoría de partidos políticos), con una fotografía que retrata la habitación y el escritorio donde el aspirante a escritor famoso se devana los sesos en busca de la genialidad, con una luz blanca, casi cegadora, en posible alusión a su falta de ideas, y que vuelve a ser utilizada en la secuencia final, posiblemente como una forma de reclamar pureza e inocencia ante tanta cochambre. A destacar también, los numerosos silencios cargados de significado que posee el film (Chaplin decía que no hay nada más elocuente que el silencio) y la original manera de mostrarnos, por parte del director, el voyerismo audiovisual del pretendido vecino ideal, a través de las sombras reflejadas de los personajes en los muros de un patio interior.

En un más que notable trabajo de interpretación de todo el reparto, Javier Gutiérrez y Antonio de la Torre, una vez más, soberbios, construyen unos personajes absolutamente creíbles. Al igual que Adelfa Calvo, que interpreta brillantemente a esa portera ya entrada en años, desencantada de la vida y de lo que  le ha deparado el destino, que no se resigna a perder el tren, y que es capaz de transmitir en la escena del karaoke la recobrada ilusión de un amor adolescente en alguien que es consciente de que sus oportunidades se acaban.

El autor es, sin duda, una de las películas de la temporada y un  buen ejemplo de cine español de calidad. A ver si, con suerte, aguanta dos semanas más en cartelera. Los espectadores seguro que lo agradecerán.