El SuperDiez
  La lista de éxitos del cine en España                                                                                           

 EL ZOOM   de Juan Carlos Rojas     

LA VENTANA INDISCRETA   (18.02.20)
 

En estos días de reclusión obligada, de salida a ventanas y balcones, en vez de dedicarme a ver películas de catástrofes o de contagios que, por los datos que ofrecen las plataformas audiovisuales que operan en España, son  las de mayor demanda desde que nos ha afectado la crisis provocada por el Covid-19, hecho que considero digno de un estudio sociológico, he preferido volver a ver, recordando al personaje que interpretaba James Steward  con una pierna escayolada, obligado también a permanecer en su apartamento, La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock.

Una joya que no sólo posee un brillo superficial sino que está llena de caras y matices, tallada por la maestría cinematográfica de su autor. Para empezar, la magistral forma en que nos presenta al personaje de Jeff y toda la información que se proporciona al espectador con un simple movimiento de cámara. Hitchcock nos introduce así en una historia detectivesca en la que va a utilizar de forma admirable algunos recursos cinematográficos para conseguir mantener en vilo al espectador y conseguir aumentar la intensidad del relato hasta el clímax final. El magnetismo de los planos detalle, el ritmo del montaje, la elegante elipsis con la que evita, en esta ocasión, mostrar lo terrible y lo macabro, y la acelerada acumulación de hechos del desenlace final. Pero en todas las películas de don Alfredo hay que buscar también lo que subyace en la historia que cuenta. Tras una situación de aparente normalidad pueden esconderse hechos terribles. Tras una apariencia más o menos recatada e inocente puede esconderse el deseo sexual más desenfrenado.  Cuando Hitchcock nos enseña el vecindario que contempla desde su ventana el protagonista, no solo está mostrando a una solterona solitaria, a un músico frustrado en busca de inspiración, a una bailarina coqueta y perfeccionista o a una pareja de jubilados que duerme en la terraza. Está haciendo una disección, con un afilado bisturí, de nuestra sociedad, y está poniendo ante nuestros ojos los comportamientos, anhelos, esperanzas y carencias de una parte de la humanidad, concentrados en un patio de vecinos. Y esto lo hace a través de la mirada furtiva de un voyeur, como si Hitchcock tuviera serios reparos en desvelar esa realidad que solamente se descubre cuando se espía de forma permanente e incansable a los vecinos. La pareja que discute al otro lado del patio, con una mujer postrada en la cama, con un marido con el que no se lleva bien y posee una relación de hartazgo, funciona, por un lado, como un espejo inverso de la situación del protagonista, él está impedido y su pareja no, y por otro, como una especie de visión de futuro, como un flash forward premonitorio de la situación que parece esperarle en el caso de que acceda a las peticiones de su amada de casarse y sentar de una vez la cabeza. Ella no para de reclamárselo de palabra, pero también lo hace de forma más subliminal cuando es sorprendida en el interior de la casa del vecino y se señala la alianza de la vecina puesta en su dedo. ¿Sólo para probar un crimen? Inmediatamente después, la mirada a cámara de Thorwald, el marido sospechoso espiado, descubre a Jeff como mirón, pero también a nosotros, que sentimos la misma sensación de vergüenza y zozobra al ser descubiertos que el protagonista.

Grace Kelly en su papel de Lisa Framont, tras esa apariencia de dama de conducta intachable e impoluta, encarna, como fetiche erótico del director, todas las obsesiones sexuales de éste, aspecto confesado abiertamente por Hitchcock a Francois Truffaut en su famosa y esclarecedora entrevista. Y también se puede reconocer en el papel del policía Doyle, interpretado por Wendell Corey, al amigo o supuesto amigo, que lleva una vida rutinaria y anodina al que, en el fondo, le molesta profundamente que nos vaya bien o que tengamos  una novia guapísima que se desviva por nosotros, como es el caso de Lisa con Jeff.

Tras el clímax final, Hitchcock sigue incidiendo en el mismo tema, pero ahora de manera más abierta y con humor, la bailarina de buen ver y con múltiples y bien parecidos pretendientes tiene un novio feo y bajito que estaba ausente por estar haciendo la mili y el pretendido cambio de postura ante la vida de Lisa  es simplemente una pose para agradar a Jeff.

No es conveniente dejarse engañar por las apariencias. La realidad es mucho más compleja. En estos días lo estamos comprobando. Un simple microorganismo está poniendo boca abajo toda nuestra existencia.

P.D. Esta humilde recomendación cinéfila se la dedico   a todos los héroes anónimos que hacen posible que nuestro día a día sea posible y, especialmente, a todo el personal sanitario, nuestros héroes en primera línea de frente. ¡¡¡Muchos ánimos!!!