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CINEMA PARAÍSO     Por José Antonio Martínez
 

EL PARNASO   (03.06.17)
Yavé sabía que los poetas son una nonada más que humanos: humanos con vocación de espíritus celestes; o un ápice menos que humanos: humanos con vocación de ángel rebelado. Por ellos y para que siguieran creando bellezas, ternuras, penas, escalofríos, sensaciones, emociones, amarguras, inquietudes, reflexiones y sobre todo arena cristalina de sentimientos, cálido torrente de  deseos, enigmática faz de lo irreal, el buen Dios los metió a todos en el Parnaso Celeste.

En el Parnaso los vates cada uno a lo suyo: los místicos estaban desconcertados, ya que el anhelo de encontrarse con Dios era tan grande, ese morirse por no morir tan vehemente, que veían que la cosa no era para tanto.

Alberti estaba emocionado, buscando arcángeles todo el día para leerles poemas de su Sobre los ángeles:

“¡Nostalgia de los arcángeles

Yo era…

Miradme”

Pero las pobres criaturas celestes lo huían tras el noveno poema.

Luis Cernuda se había enamorado de un arcángel de plumas de terciopelo que le correspondía, y le escribía poemas alegres alejados de su Desolación de la quimera.  

El que más perplejo estaba era Dante. ¿Dónde están los círculos concéntricos del Paraíso de su Divina Comedia? ¿Dónde la Luz Divina que era Dios? ¡Sí! Veía a Yavé paseando desaliñadamente en su Jardín de las Delicias, lo veía feliz y desenfadado, sesteando bajo el algarrobo, travieso como un diablo haciendo de rabiar al Hijo, bonachón con sus angelotes, comprensivo con su creación, ¡jamás irascible, ni vengador, ni rencoroso!

Dios había dejado entrar al Parnaso a La Argentinita y en la noche celeste montaban lo más grande con Lorca al piano.

A Jaime Gil de Biedma los hermosos cuerpos celestes le parecían poca cosa y le pedía constantemente al Señor que le dejara ir de vez en cuando al infierno.

Claudio Rodríguez apelaba al Don de la ebriedad para justificar su dipsomanía y así degustar bebidas espiritosas en compañía de Leopoldo María que se escondía de la mirada reprobatoria de su padre que también estaba en el Parnaso.

José Ángel Valente, José Hierro y Ángel González  hablaban risueños de sus vivencias en los premios Príncipe de Asturias y de las juergas que se corrieron después por Vetusta.

Y, milagrosamente, por el Parnaso pasaba titubeando como un resplandor de pábilo triste, Max Estrella, ese poeta ciego y pobre,  creado como poema aciago, como luz de bohemia.

A Yavé le gustaban los poetas, por eso llamó a Don Bosco y en el Parnaso se proyectaron para gozo o desazón de la sensibilidad de los vates:

Shakespeare enamorado, El club de los poetas muertos, Remando al viento, Antes de que anochezca, Vidas al límite, La noche  oscura, Cyrano de Bergerac,  La señora Parquer y el círculo vicioso, El secreto de Joe Gould, Tom y Viv, El cónsul de Sodoma, Muerte en Granada, El cartero y Pablo Neruda, Luces de bohemia, Wilde.

Tras la sesión los poetas quedaron relajados, cerraron los ojos para conjurar a las musas.

La mezcla de cine y poesía le gustó al Creador por eso antes de cerrar el ojo y plegar el triángulo para sestear bajo el algarrobo envió las musas a Luis Alberto de Cuenca, Antonio Martínez Sarrión y Luis García Montero, entre otros.

El editor Francisco Arellano, disfrazado de Humprey Bogart,

tranquiliza al poeta en un momento de ansiedad,

recordándole un pasaje de Píndaro, Píticas VIII 96

Sin mujer, sin amigos, sin dinero,
loco por una loca bailarina,
me encontraba yo anoche en una esquina
que se dobla y conduce al matadero.

Se reflejó una luz en el letrero
de la calle, testigo de mi ruina,
y de un coche surgió una gabardina
y los ojos de un tipo con sombrero.

Se acercaba, venía a hablar conmigo.
Mi aburrido dolor le interesaba.
Con tal de que no fuese un policía…

«Somos el sueño de una sombra, amigo»,
me dijo. y era Bogart, y me amaba;
y era Paco Arellano, y me quería.

El cine de los sábados

Maravillas del cine galerías
de luz parpadeante entre silbidos
niños con sus mamás que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
por alcanzar los frutos más dorados
Ivonne de Carlo baila en Scherezade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años Marilyn
ríos de memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros

Miércoles día del espectador

No se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.
La película es mala,
las sombras buscan cuerpos para encontrar deseos,
se oyen voces de actores,
imágenes dudosas,
pero los labios son materia viva
en las butacas observadas
y los botones pierden su vergüenza.
Suena un disparo inútil,
la camisa deshecha,
la mano que naufraga entre los muslos.
Se persiguen dos coches por tus hombros
y estalla un edificio,
una lengua de fuego en la ventana,
llamas que desesperan vientre abajo,
el pelo negro por la mano abierta,
negro como la vida en la pantalla,
como el silencio del actor que mira,
del acomodador,
del público encendido.
Ya no tienen edad para estas cosas,
comenta el matrimonio de la última fila.
Y pienso que es verdad. No se descarta,
no se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.

 

PEQUEÑECES   (17.06.17)
El Señor tiene un espacio preferente para los niños en su Morada, el Jardín del Paraíso. En ese espacio, el más celestial del Cielo, los pequeños inocentes son felices. Cuando uno de esos cándidos llega al cielo, en algún lugar de la tierra cae una estrella fugaz; cuando un pequeño muere la tierra agoniza, a la mar se revuelven sus entrañas abisales y las montañas se convierten en volcanes.

Aunque los más fanáticos digan que a su pequeño se lo ha llevado Dios al Cielo, Yavé es incapaz de cometer atrocidades tales. ¡No!, Dios es incapaz de cercenar vida alguna, menos aún la de los párvulos; es más, le duele en lo más íntimo de su improbable impotencia que los inocentes perezcan por la mano infame de la injusticia terrenal. Esos niños agonizantes, muertos de hambre, con vientres inflamados en gigantescas bubas  de necesidad, no son obra de Él; esas criaturas que han tenido que huir de sus hogares en brazos de sus padres, haciendo travesías en pateras pilotadas por la Parca Átropos, cuyo cuerpito muerto y frío lo deposita en la orilla el piadoso oleaje, no son su culpa; esos críos que perecen por enfermedad al haber nacido en lugares en los que los medicamentos son un lujo inalcanzable, no es por su causa; o los inocentes muertos a manos  de sus progenitores, víctimas de la mala saña, de la crueldad sin medida, por se debe imputar la muerte a Dios. Esos inocentes que han luchado por vivir pero en los que la línea roja del fin les pilló al comienzo del camino, enfermos sin esperanza, niñitos sin futuro, tampoco son culpa suya

Los hombres o el infortunio eran los únicos responsables de que ellos fueran al Cielo antes de tiempo, por ello el buen Dios tenía pesadillas en sus siestas bajo el algarrobo celeste, insomnio de luceros en la noche más universal y anemia de nubes en la quimérica bóveda  celeste; pesadillas, insomnios y anemias que era incapaz de erradicar de su inmortalidad, expeler de sus poros infinitos, excretar de sus intestinos divinos.

A Yavé le escocía tanto las muertes de los niños que dilató de rabia los desiertos, le agobiaba tanto sus muertes que apantanó de las riveras del enojo, le deprimía tanto que arrojó la noche al día por el enfado.

Fue por eso que creó el Jardín del Paraíso, para que los pequeños hambrientos  comieran, los refugiados tuvieran su patria y los desafortunados niñitos enfermos tuvieran salud eterna. En el Jardín crecían esas flores de la alegría que hacían dulces las cosquillas, y las fuentes soprano conocían canciones infantiles en todos los idiomas,  y las nubes mecían la candidez de los sueños limpios.

Nadie podía resistirse a pasar esas horas sin medida en el Jardín. El Tunicado les fabricaba cunas, columpios y caballitos con secuoyas, cedros y sicomoros; La Paloma, Trinidad, les hacía todas las piruetas que había aprendido de las cometas; la arcángela Macenta se disfrazaba de  payasa y acunaba a los más pequeños, como también los acunaban Sebastián y la vieja María; los apóstoles jugaban al corro con ellos y los querubines y los tronos montaban teatrillos de guiñol con historias inventadas por Federico.

En el Jardín también había Tiovivos alados, casitas sin tejado, aviones  con remos, chupetes de mandarino, estanques con sirenitas y unicornios tan pequeños como cobayas.

Dios acostumbraba a ir periódicamente por el Jardín, los pequeños al verlo, tras deslumbrarse, se subían a su magnificencia glorificándose, y al bajarse llenos de luz se arracimaban jugando a la alborada.

Don Bosco organizaba sesiones de cine en la bóveda inmaculada del Jardín. Y los pequeños se quedaban quietos contemplando aquellos seres translúcidos como ellos.

En el hoy del Paraíso, que es un hoy eterno, suenan flautas dulces, pífanos y tamboriles y se proyectan Mary Poppins, El mago de Hoz, Matilda, Brave, Fantasía, Pinocho, Up, Toy Story, Nemo, E.T., El libro de la selva, Bichos, 101 dálmatas, La invención de Hugo, Alicia en el País de las Maravillas, El rey y yo, El viaje de Arlo, Peter Pan, Heidi, La guerra de los botones, Los chicos del coro, Cuento de navidad, Tu a Boston y yo a California, Annie, El rey león, Solo en casa, El albergue de la sexta felicidad, Ballerina. Pero, en este hoy interminable de cine para ellos, Dios, el buen Dios hace de pantalla, una pantalla inmensa, inmensa, inmensa; esa que ellos merecen. Pequeñeces.

 

CERRADO POR VACACIONES   (23.09.17)
En el Cielo hubo un tiempo en que no se descansaba. Después del palizón de la Creación, jornada intensiva con horas extras durante seis días, el Creador se tomó uno de descanso. Lo establecido, lo divino, pensaba Yavé, que los creados se habían apropiado y disfrutaban de asueto en el día dedicado al Señor.

Asueto no había en el Paraíso, lo celestial era a tiempo completo: trescientos sesenta y cinco días, o mil y una noches, o diez mil lunas, o un instante, o infinito, o nada.

Sin embargo, el buen Dios se fijaba en su creación y sus criaturas lucharon y murieron por tener, además del día a Dios debido, vacaciones anuales. Y reflexionó: si para el común de los mortales la malaventura de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” se paliaba por el descanso semanal y se completaba con el vacacional, ¿por qué no aplicarlo al Paraíso?

Sopló, últimamente le había cogido el gusto a eso de comunicarse mediante el hálito divino, y su Hijo, El Tunicado; la Trinidad; las Vírgenes, los ángeles, arcángeles y tronos; y las buenas almas. Todos supieron que tenían vacaciones. Vacaciones en el mundo.

¿Vacaciones? Se preguntaban. ¿En el mundo? ¡Pero si esto es el Paraíso!

Ya, dijo el Señor, pero del Paraíso también se debe descansar.

Dios volvió a “halitar” y todos entendieron que en un punto temporal el Paraíso se cerraba y todo el mundo a “hacer las maletas” (era una expresión esa que a el Creador le gustaba por la polisemia) y al mundo.

Ante ese reto vacacional, una incertidumbre para todos, Yavé quería saber qué harían las criaturas celestes en vacaciones. Así los fue citando.

El primero fue El Hijo. El Tunicado llegó de mala gana al trono paterno.

“Dime Hijo. ¿Qué vas a hacer en tus vacaciones?”

El Tunicado miró desafiante a Papá y le espetó: Lo primero es ir a un tatoo studio  para tatuarme en un brazo “No digas nunca hágase tu voluntad”; y en el otro “No pongas nunca la otra mejilla, dale una hostia antes.” Luego me voy a afeitar la barba, la cabeza, me voy a quitar esta túnica, comprar un traje de Versace y hacerme un capitalista cabrón, un “apedreaputas”, un “ahostianiños” y me voy a ir a La Ribera Sacra, ¡Ja!, para convertir todo ese vino en agua.

El Padre, sin abandonar su sonrisa, le dijo “¡Hágase tu voluntad, pero ¿es necesario que tu rencor dure una eternidad?”

A continuación vino La Trinidad. “¿Y tu Trini, qué quieres hacer estas vacaciones?”

La Santísima respondió con firmeza: “Ser simple y llanamente una paloma. Volar como una paloma de campanario, comer todo tipo de desperdicio y, sobre todo, excretar en las aceras de las ciudades, los bancos de parques y bulevares, poner perdidos los automóviles y ¡ja! cagarme en tus creados.

Sonrió el buen Dios y dijo ¡Sea! Pero ¿es necesario que seas tan escatológica, Trini?

Luego vino la Virgen y todas las Vírgenes. “María, ¿Qué harás en vacaciones?”

La Virgen, poniéndose colorada dijo a Yavé: “¡Hacer el amor todo lo que pueda, cuantas más veces, mejor, mucho mejor, muchísimo mejor! ¡Ja!”

“Y nosotras también! ¡Ja!” Exclamaron a coro todas las vírgenes del Paraíso.

“Está bien”, dijo El Padre, “Gozad con el cuerpo todo lo que, por lo visto, no habéis gozado con el alma. Pero por favor no me vengáis todas embarazadas y contaminadas. Tomad precauciones, pues”.

Luego vinieron los Santos. San Sebastián quería desfilar en una de las carrozas del Orgullo; San Jorge tener un papel en la serie Juego de Tronos; Pedro montar una empresa de porteros automáticos; Santa Teresa participar en Master Chef; Santa Juana de Arco que dejaran de su cuenta a los del Brexit…

¡Sea!, ¡Sea!, ¡Sea! Decía el Señor, y aún quedaba los Arcángeles, Ángeles, Tronos y las buenas Almas.

Estaba el Señor preocupado y, para sosegar los anhelos, llamó a Don Bosco, “halitó” y todos fueron a sus butacas del Cinema Paraíso, para ver: Vacaciones en Roma, La risa en Vacaciones, Vacaciones en familia, El turismo es un gran invento ¡Vaya vacaciones!, Vacaciones, Cuento de verano, Vacaciones en Navidad, Vacaciones de Mr. Hulot, Torremolinos Gran Hotel, Las últimas vacaciones, Amor a la española, Bajo la arena, Turistas, Pauline en la playa, Verano del 42, Las largas vacaciones del 36, Bajo el sol de la Toscana, De repente el último verano, Picnic, El cielo protector, Sé lo que hicisteis el último verano, El talento de Mr Ripley, Rio Salvaje.

Al terminar la sesión múltiple, el Paraíso quedó vacío.

Yavé miró su Paraíso, vacío y blanco, y exclamó. ¡Al fin solo! ¡Ja!

 

BABEL   (07.10.17)
Añoraban los escritores del  famoso best seller La biblia, la utopía de las Naciones Unidas, y se lamentaban de la actitud de Yavé en el capítulo llamado Babel:

“Toda la Tierra hablaba una misma lengua y usaba las mismas palabras. Al emigrar los hombres desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: «Hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego». Emplearon ladrillos en lugar de piedras y betún en lugar de argamasa; y dijeron: «Edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos así famosos y no andemos más dispersos sobre la faz de la Tierra». Pero Yavé descendió para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban edificando y dijo: «He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua; siendo este el principio de sus empresas, nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros».
Así, Yavé los dispersó de allí sobre toda la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se la llamó Babel ​ porque allí confundió Yavé la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie”.

Al Señor le hacían gracia las fabulaciones sobre sus acciones y pensamientos. Todo era más simple, mucho más simple pero los profetas a la intuición la convertían en dogma y el simple indicio accidental en revelación.

No, no era cierto que sus creados hablaran una sola lengua y que Él los babelizó. Yavé no sabía ni de lenguas ni de gramáticas. Dios no habla, por tanto no otorgó el don del habla a sus criaturas, fueron ellas las que del gesto pasaron a la voz y de la voz al idioma por la que los grupos afines se comunican entre sí.

Le hacía gracia al Creador que a ese invento le hubieran llamado lengua. Pensaba Él que en todo caso debería llamarse lengua-oído, pero aunque era un asunto que no le competía, sí le inquietaba que esa lengua, jerga, jerigonza, dividiera a los hombre en un empeño de no entenderse; igual que lo dividían el color de su piel, o esa fragmentación que de Él habían hecho, esas llamadas religiones, cristalizadas en el culto que la más de las veces estaba alejada de la cultura.

Creador no comprendía muy bien esa falta de entendimiento que las lenguas perpetraban y entendía aún menos que muchos de esos idiomas se envolvieran en telas llenas de franjas de colores, estrellas y animales; idiomas diferentes, telas distintas y hombres iguales.

Pensaba Yavé que si pusiéramos dos naciones con sus lenguas diferentes y sus diferentes enseñas frente a frente, los hombres, todos los hombres de uno y otro lado se reflejarían como en un espejo: buenos y malos, sagaces y torpes, vehementes y calmados, libidinosos y frígidos, cariñosos y maltratadores, piadosos e impíos. Frente a frente, poniendo en evidencia esa condición humana, grande y miserable.

No le gustaba al Señor las lenguas que dividen, las banderas que separan, las patrias que limitan; por tales, sus creados se habían masacrado sin piedad.

Quería entenderlo y no podía. Llamó a Don Bosco y en El Paraíso se proyectaron películas que le enternecieron pero que a su vez le produjeron una profunda tristeza.

Pa negre, La ciutat cremada, Herois, Amic amat, Caracremada, Tres dies amb la familia, Bruc, Barcelona  nit  d’estiu,  Ciutat  morta, Salvador, Actrius, Et dec una nit de  divendres, Mai es tan fo…, Mur viu, La teranyina, 14 d’abril, Macià contra Companys, Rastres de sand.   

Cuando terminó la proyección el Señor se concentró y los ángeles, arcángeles, serafines, tronos y querubines y todas las almas del Paraíso se abrazaron.

 

UN PREDICADOR LLAMADO RICARDO   (21.10.17)
El Creador andaba preocupado por la bajada de creyentes lo que era directamente proporcional al aumento de crédulos. Predicar la palabra de Dios no era cosa fácil y el plantel de emisarios estaba más preocupado por el continente que por el contenido así, lejos de trasmitir el divino ideario y mucho más lejos de predicar con el ejemplo, la cosa hacía aguas y no precisamente las que  ungía el Jordán; por lo tanto el buen Dios necesitaba con urgencia un líder religioso que pastoreara ese rebaño disperso, descontrolado y descreído.

No, no quería enviar un nuevo Mesías. Con la experiencia  del Tunicado, ese reproche constante del “hágase tu voluntad”, esas espinas de rencor y esos clavos del martirio echados en cara una y otra vez,  había tenido bastante.

Debía pues buscar a un nato capaz de desempeñar tan complejo empeño. Pero ¿había en lo creado alguien capaz de convencer con humildad, defender con manos blancas, amar de modo ilimitado al prójimo; alguien contundente y generoso, creíble y sencillo, bueno y honesto?

 Uffff, espiró el Señor temiendo que la cosa no iba a ser tan fácil como el creía.

Había encarnado a unos arcángeles de su confianza a los que había encargado que hicieran el casting predical y tras unos instantes celestes había recibido un informe detallado en el que, después de haber analizado y entrevistado a un millón ciento nueve mil doscientos dos candidatos, el resultado era francamente adverso. Los había honrados pero sin labia, seductores con una cara tan oscura como oculta, líderes pero falsos, castos pero bobos, listos pero espabilados. Los arcángeles tenían tan desplumada la moral y tan escaldado el ánimo por no poder acercarse a lo que el Sumo  Hacedor quería que habían tirado la nube (que no es otra cosa que la toalla celeste). Gabriel en su desasosiego se había acercado a Jesús para intentar convencerle de que volviese a liderar el rebaño en la seguridad de que El Padre no le haría beber de nuevo el cáliz de la amargura, pero El Tunicado le dio tal hostia en forma de hogaza que al pobre Gabriel presentó su renuncia a la arcangelidad y solicitó integrarse en los tronos. Menos mal que el buen Dios no se lo aceptó, destronándolo sin más ni más.

Se llegó a tal grado de desesperanza que empezó a verse con benevolencia venial  la golfería, el trapicheo, lo libidinoso, la verborrea y la tahurería mortal.

La situación estaba desangelando el Paraíso y por más que se aleteaban los anhelos se desplumaban las esperanzas.

Una alborada de blanco inmaculado y mientras Yavé meditaba bajo su algarrobo preferido, Don Bosco rememoraba escena a escena Casablanca y al llegar a Siempre nos quedará París, ¡se le ocurrió! Se acercó a Dios y le susurró que quería hacer un pase especial, una proyección que quizás pudiera arreglar el escabroso asunto del predicador. “Pero, ¿para qué una proyección de películas? No necesito hologramas, necesito un profeta”, dijo el Señor un poco desconcertado. “Porque creo que con esas películas quizás su Divinidad encuentre la solución al problema del Predicador”.

En el Paraíso se anunció con fanfarrias líricas y celestiales el comienzo de la proyección y en la bóveda celeste se proyectaron: El mismo amor la misma lluvia, Nueve reinas, El hijo de la novia, Elefante blanco, Carancho, Un cuento chino, El aura, Séptimo, Tesis sobre un homicidio, La luna de Avellaneda, El baile de la victoria, El secreto de sus ojos, La educación de las hadas, Kamchatka, El faro, Relatos salvajes, Truman, La cordillera.

Tras la proyección una nube blanca y rosada envolvió a Yavé que esbozando una sonrisa bobalicona gritó “Es ÉL” y el eco de universos y galaxias repitió “Es ÉL”.

Don Bosco se retiró contento hacia el pequeño cielo de sus proyecciones mientras en su cabeza daba una y otra  vez vueltas una frase: Siempre nos quedará Darín, el profeta Ricardo.

 

PARCA   (04.11.17)
Al buen Dios le hacía gracia el galimatías de los textos sagrados. Creó al hombre a su imagen y semejanza pero era imposible que lo hiciera inmortal pues en la máxima de “creced y multiplicaos” hubiera sido un disparate la superpoblación. Lo que era necesario, los doctores de la iglesia lo habían convertido en lío. Se habían sacado de la casulla una serie de sentencias para hacer pasable el infortunio o inducir a la resignación de la penuria y la mala vida. Así hablaban de la resurrección de la carne en el Apocalipsis. Y el Señor se hacía, obviamente, cruces porque ni se le había pasado por los vértices de su Triángulo, semejante atrocidad. Lo mismo le ocurría con la máxima de “polvo eres y en polvo te convertirás” inmortalizado en el miércoles de ceniza; y, precisamente, cuando a los mortales, o a sus deudos, se les ocurría la consecuente decisión de convertir en cenizas sus restos mortales, en polvo pues, resulta que los doctores de la iglesia, siguiendo la antiquísima tradición cristiana, recomiendan insistentemente que los cuerpos de los difuntos seans epultados en los cementerios u otros lugares sagrados. "Enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne, y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia", que así se explican; y, aceptando la cremación, porque no les queda otra, prohíben esparcir las cenizas, conservarlas en el domicilio o dividirlas entre los familiares. Ante estas cosas al Creador se le quebraba la divina hipotenusa del ataque de risa. ¡Vaya tropa!

Sin embargo, lo que nunca imaginó es que tras tanto milenio transcurrido, sus criaturas ni hubieran aceptado ni se hubieran resignado a la mortalidad. La muerte es, sin duda, connatural a la vida. Se nace para morir o porque se muere se nace. Así es y así será por los siglos de los siglos. Por consiguiente, para Dios no tenía sentido ese miedo atávico, esa angustia por el no ser, cuando precisamente es el no ser consustancial al ser. Ese temor a no ver nunca más su imagen reflejada en el espejo, de los hijos de la Creación, confundía al Inconfundible, ya que era la evidencia de que el alma sin la carne palpitante era un alma devaluada por mucho que se empeñara la divinidad o sus satélites.

Sobre este particular quiso hablar Dios con su Hijo, El Tunicado. Lo convocó y al preguntarle sobre la muerte, al Hijo se agolparon todas las imágenes de la crucifixión y no pudiendo contener la mala leche redentora le espetó: La próxima vez que quieras redimir, te haces carne tú. ¡Joder con la preguntita!

¡Carne, carne! ¡Qué miedo a perderla! ¿Qué tendrás, carne, que al alma ensombreces?

Llamó Yavé a Don Bosco a ver si con una de sus proyecciones en el Cinema Paraíso le aclaraba lo inescrutable. 

Ante tanta petición, Don Bosco había ido acumulando películas y más películas en lo que ya se conocía en el Paraíso como la Filmoestrella Celestial. Y allí encontró Don Bosco: La habitación del hijo, Mas allá de los sueños, Ghost, Mi vida sin mí, El séptimo sello, 21 gramos, ¿Conoces a Joe Black?, Las invasiones bárbaras, Un funeral de muerte, Pena de muerte, El sexto sentido, Tierras de penumbras, Ordet, Tres colores: Azul, Cerezas en flor, El amor y otras cosas imposibles, Más allá de la vida, Gente corriente, Macario, La balada de Narayama, El sabor de las cerezas, Cuentos de Tokio, Los secretos del corazón, La muerte tenía un precio, Cuatro bodas y un funeral.

Tras la fanfarria de los metales angelicales todas las películas se proyectaron en la pantalla paradisiaca.

Tras ver la sesión, el Creador se fue a reflexionar sobre la parca bajo el algarrobo celeste y, aunque lo comprendía, no lo sentía porque nunca fue carne en sí mismo. Plegó el triángulo con la intención de soñar con esa materia indescriptible que palpitaba con el placer y la desazón, con los sentimientos y los deseos. Esa carne de la carne que la parca deseaba.

 

MIL   (18.11.17)
   MAMÁ CUMPLE 100 AÑOS

+                                 50  HOMBRES MUERTOS

+                               100  AÑOS DE PERDÓN

+                                 27  HORAS 

+                                 10  LA MUJER PERFECTA  

+                                   3  SOLTEROS Y UN BIBERON 

+                                   7  MESAS DE BILLAR FRANCÉS

+                          LOS 3 DÍAS DEL CONDOR 

+                          LOS 4 FANTÁSTICOS

+                               101 DÁLMATAS

+                 CELDA 211

+                                 12 MONOS

+                                 21 GRAMOS

+                                 39 ESCALONES

+                        LOS 10 MANDAMIENTOS

+                                   9 SEMANAS Y MEDIAS

+                                 55 DÍAS EN PEKIN

+                                   9 REINAS

+                                 12 HOMBRES SIN PIEDAD

+                          LOS 7 MAGNÍFICOS

+                     HORA 25

+                VIERNES 13

+                   LÍMITE 24 HORAS

+                  APOLO 13

+                                50 PRIMERAS CITAS

+                                28 SEMANAS DESPUÉS

+           PASAJERO 57

                          ________

                            1000 números de El SuperDiez.

                        1000 Josemanuel Escribano.

                        1000 Profesor Kelp.

                        1000 Películas de la semana.

                        1000 Listas de éxitos. (*)

 

Tras este aniversario milenario del SuperDiez  hay mil sesiones continuas en cines reestrenados, mil temblores al escuchar la fanfarria uniformada del NODO, mil suspiros al encarar la realidad que comienza con el FIN. Hay mil apaches hispanos y mil romanos con reloj; mil caballos locos, mil leones rugiendo MGM y mil unicornios de color azul. Tras el SuperDiez hay mil besos iniciáticos amparados en butacas invidentes y miles de  manos buscando bajo el telón de las faldas. Hay mil miradas en violetas de la Taylor, mil rostros abiertos de la Magnani, miles de camisetas machos de Brando y dos poderosas razones para dejarse seducir por la Loren. Hay mil gritos de Tarzán, mil susurros de Bergman, mil elucubraciones de Woody , mil mohines de Marilyn. 

Las mil ediciones del SuperDiez es el alivio de la Transición en El espíritu de la colmenaCanciones para después de una guerraLa prima Angélica, Asignatura pendiente y Belle Epoque

En la lente del ojo del proyector de este querido SuperDiez  está el primer plano de la cara apesadumbrada del mejor Bogart, el rictus amargo de Montgomery Clift, la seda rosácea del rostro de  Romy Schneider, la bonhomía legal en el semblante de Gregory Peck, el rostro picassiano de Belmondo.

En estos malos tiempos en los que la luna llena se vacía, la tierra se arruga de sed de lluvia y los mares no pueden lavar más cadáveres. En estos malos mundos en el que los niños pobres siguen muriendo del hambre de los vientres hinchados y de esa maldita tristeza en los ojos de los refugiados. Estos días olvidables en los que nuestras mujeres son asesinadas por unos animales que mamaron leche de muerte; en los que los derechos son inhumanos, la política guiñol y la educación y la sanidad se han desangrado en las cajas fuertes de los bancos intervenidos. Llenemos las salas de los cines para que, al menos, la ilusión nos haga libres.

En este tiempo de Cines muertos y enterrados en nichos de moda barata, gritemos en las líneas de este SuperDiez  milenario y romántico “¡Viva el Cine!”
(*) N. del E. Mil gracias a mi querido amigo José Antonio Martínez por este Editorial que ningún redactor podría haber hecho mejor. Mil gracias a mis queridos Elena, Rafael y Beatriz, y Lilith y Juan Carlos, por mantener en pie este invento verdaderamente romántico además de milenario. Y miles de gracias también a todos los demás colaboradores, los que habéis estado aquí un rato largo o corto, una lista larga y maravillosa. Por último muchas gracias también a quienes nos leen; y a los que, de vez en cuando, van al cine. ¡Un abrazo emocionado!