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CINEMA PARAÍSO     Por José Antonio Martínez
 

LAS PASIONES   (22.04.17)
Al Hijo no le gustaba que año tras año le recordaran aquellos días. Pasó y pasó. No, no era nada bueno para él recordar ese padecimiento y, sin embargo, los que se decían ser sus seguidores, esa Iglesia mucho más católica y apostólica y romana que cristiana, se empecinaban en recordar el padecimiento de aquellos días. Además tenían el poco gusto de pasear su imagen lacerada por avenidas, calles y callejas y hasta los había que ordenaban poner las banderas de los cuarteles a media asta.

Desde los cielos veía desfilar las folclóricas imágenes que lo representaban. Algunas de esas figuras no eran más que retorcidos muñecos con melenas falsas y hábitos impropios de Él. No podía evitarlo, se ponía de los nervios con ese cortejo de encapuchados que recorrían las calles de las ciudades,  circunspectos, recitando jaculatorias y cantando desgarros en su memoria. 

El Cristo, con la efeméride,  renegaba y maldecía y, claro, el Paraíso se llenaba de maledicencias cristianas que viniendo de quien venían mustiaban las áureas petunias celestes hasta convertir los parterres de los caminos de la Gloria en verdaderos eriales  y desplumaban las aves del paraíso, que corrían desnuditas por esos campos yermos. Una verdadera pasión paradisiaca.

En esos días de malos humores del Tunicado,  Yavé se ausentaba de sus dominios por no soportar los malos modos del Hijo y aprovechaba para bajar a la tierra a divertirse con esos desfiles. Se mezclaba entre los penitentes por ver aquellas parodias dolientes en las que se confundían  los beatos radicales con los ateos amantes de las tradiciones; los lujuriosos inconfesos con los castos lascivos; los angelicales perversos con los demoníacos píos.

Sí, a Dios le hacía gracia mezclarse con los fieles esos días y como tenía el divino don de la ubicuidad pues estaba al mismo tiempo en los pasos de la Humilde y Fervorosa Hermandad Sacramental y de Gloria de San José Obrero, San Francisco de Paula e Inmaculada Concepción y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Caridad y Nuestra Señora de los Dolores (que así se llamaba y llama dicha Hermandad), o en la de Nuestro Padre Jesús del Amor, La borriquita. Se paseaba divertido entre los nazarenos de La congregación del Santísimo Cristo de la Fe, Cristo de los Alabarderos y María Inmaculada, Reina de los Ángeles o entre los penitentes dolientes de la Pontificia, Real y Primitiva Archicofradía (sin duda pontificia, real y primitiva) del Glorioso Patriarca Señor San José y Santísimo Cristo de la Vida Eterna, o se descalzaba para caminar junto a los nazarenos de la Procesión del Ejercicio Público de las Cinco Llagas.

¡Para troncharse!

Mas como Dios tenía que encarnarse en hombre  y al no poder reprimir la risa con los desfiles de las comparsas, era insultado por los ofendidos fieles y tenía que escuchar como le llamaban ateo, anticristo, Satanás, e incluso “Sin Dios”. Y, claro, se reía aún más.

¡Ay pecadores que echáis el resto en riquezas de tronos, ricas vestimentas y fastuosas procesiones de figuras inertes. Qué poco habéis aprendido de lo predicado! Pensaba mientras reía con amargura.

El Domingo de Resurrección regresaba Yavé al Paraíso y contaba las novedades de la parafernalia de ese año. Luego llamaba a Don Bosco y en la bóveda celeste se proyectaban: La vida de Brian, Dogma, Sigo como Dios, Habemus Papam, El cielo puede esperar, Sister Act, Simón del Desierto, El fuego y la palabra, El día de la bestia, Así en el cielo como en la tierra, Como Dios, Nazarín, Balarrasa.

Luego iba el buen Dios en busca del Hijo para consolarlo.

“Ya sabes como son. Aficionados al martirio y la charanga. ¡Parece mentira que aún no te hayas acostumbrado!”

“Es que cuando lo recuerdo me duele, no sabes cuánto”

“¿Pero no te inmolaste para redimirlos?”

“Mira, no sigas por ahí, eh. ¡No me amueles!!

Y el Padre antes de plegar el triángulo le guiñó, burlón, el ojo.

 

EL DIBUJANTE   (06.05.17)
Aunque Yavé lo sabía todo de todos, a veces se admiraba de la obstinación de los hombres por crear. Crear era lo que más le interesaba.

Esas criaturas de milenios pretéritos, más parecidas  a los animales que a unos hombres creados a su imagen, ya dibujaban en las paredes de las cuevas donde vivían, con el único fin de crear un mundo mágico. Imágenes tan inertes como espirituales, animales esquemáticos y, sin embargo, vitales y signos tan crípticos como el misterio de la Trinidad.

Esos seres mostrencos, esos pobres diablos, sentían la íntima necesidad de dar esa apariencia de vida tan sólo con una rama carbonizada y pigmentos minerales.

Crear de la nada, crear como un ensueño para ir del animal casi primate aún hasta Dios pasando por el hombre.  

De esas manos, esos signos y esos animales plasmados en las piedras de las cuevas a ese deslumbrante prodigio  rayano en lo divino que son Las meninas, pasando por  Vermeer, Goya, Renoir…

Sí, Dios estaba tan orgulloso como admirado de esos seres capaces de reflejar la vida inanimada pero llena de matices anímicos.

De vez en cuando el Creador se envolvía para dormir su siesta paradisiaca en la Capilla Sixtina y, aunque le hacía gracia esa parodia de la Creación y la representación de Él mismo, ese hombre barbudo y melenudo que para nada tenía que ver con su verdadera imagen, reconocía la incalificable capacidad del dibujante, del pintor, si no para crear como Él, al menos para recrear casi como Él.

No, no controlaba las capacidades de sus criaturas y envuelto en La Sixtina, arropado por esos seres musculados parcelados en viñetas de apócrifas historias sobre sus haceres y sus quehaceres, se sentía orgulloso de ese maravilloso continente y se reía del contenido: viendo la representación del Hijo, al Tunicado en paños menores y lampiño, se partía la hipotenusa.

Así en Francia como en Estados Unidos, en México como en España, en los Países Bajos o en Bélgica, en Brasil o en Gran Bretaña, esos dibujantes llenaban de arte la vida, instituían una agrupación de auténticos dioses, por eso El Prado, El Louvre, La Galería de los Uffizi,  El Museo d’Orsay, eran auténticos paraísos terrenales. A veces Dios se envolvía también en ellos y después de eso las obras, esos maravillosos cuadros parecían tener aún más vida, era el reconocimiento divino a esos creadores.

Un crepúsculo, tras sestear bajo el algarrobo divino, Yavé imaginó un cuadro y la bóveda celeste se llenó de figuras de colores. Entonces tuvo una especie de presentimiento. ¿Y si hubiera creado dibujos en vez de seres corpóreos? ¿Y si hubiera creado dibujos animados?

Don Bosco, intuyendo los sentires de su Señor, organizó una sesión en el Paraíso. Los ángeles y las ángelas, los arcángeles y arcángelas, querubines y querubinas, serafines y serafinas, tronos y tronas, llamaron con dulces pífanos a una sesión de dibujos animados y en el firmamento de los creyentes se proyectaron Blancanieves, Toy Story, Fantasía, El libro de la selva, Ratatouille, Cenicienta, Up, La bella y la bestia, Pinocho, Peter Pan, Zootrópolis, Cars, La sirenita, La dama y el vagabundo, Shrek, Madagascar, Gru, Tarzán, La novia cadáver, Ice age, Bambi, Kung fu panda, Bichos, Dumbo, Frozen, Los minions, La abeja Maya, Nemo, El valle encantado, La sirenita, 101 dálmatas, Los pingüinos, Alicia en el país de las maravillas, Rio, Vaiana, Merlín, Fievel, Antz, Brave, Las aventuras de Tadeo Jones, Pesadilla antes de Navidad, El gato con botas, Los increíbles, Chico y Rita.

El Creador tuvo entonces una idea demoníaca convirtiendo en dibujos a todos las almas del Paraíso. Con la agradable visión de esa singular Capilla Sixtina Dios cerró los ojos y plegó el triángulo convertido Él mismo en un dibujo.

 

VICARIOS   (20.05.17)
El cielo se nubló en el Cielo y un querubín un poco díscolo dijo en voz alta “¡Vaya un cielo de sotanas que se está poniendo,  seguro que hará una tarde de curas!”

La Paloma, Trini, escuchó el chascarrillo y le fue con el cuento al Jefe. Yavé sabía que alguna vez la Paloma actuaba como pájaro de mal agüero, como misteriosa cotorra cizañera.

Sabía cabalmente de las intenciones aviesas de La Paloma porque cuando así actuaba el Hijo, el Tunicado, comenzaba a rascarse compulsivamente. Solo Dios sabía los motivos de la desazón del Hijo: la malicia de la Paloma. A veces por esa actuación El Creador castigaba a la Paloma emplumándola de negro cual córvido magistral de La Regenta.

Dios dejaba actuar a sus hijos, luego Él decidía quién gozaba de su gloria o quién purgaba culpas, pero le parecía incompresible que algunos de sus hijos se arrogasen ser sus vicarios. Con cosas como esas al Señor se le partía la hipotenusa en dos.

No, Yavé no acababa de entender muy bien eso de que algunos oficiaran en su nombre, dictaran normas en su nombre y absolvieran en su nombre.

Tampoco entendía esas normas anti natura que se imponían, esos votos impuestos para distinguirse en altura de los demás cuando en ellos producía el efecto contrario: la bajeza.   

Uniformados con sotanas negras, casullas, albas, cíngulos, estolas, amitos, formaban una legión de autoproclamados líderes espirituales, jerarquizados cual cuerpo de ejército. Alabados y denostados; entregados a los demás y déspotas; interesados y generosos. Nada  nuevo en esos seres creados, ni a imagen ni a semejanza, con luces y sombras, con aciertos y defectos. 

A Yavé, estos seres de negro, inventores de pecados, fingidores de glorias, amenazantes con penares y desgarros;  estos vicarios sin plácet divino explícito, le parecían una caterva falsaria.

No, no le gustaba que en su nombre se hubieran cometido las más horrendas torturas y suplicios. Que impusieran a sangre y fuego la fe, esa que no es más que una ideología interesada, una doctrina excluyente, una radical y castrante proclama.

No, no se fiaba Dios de sus vicarios,  y ni mucho menos era su fiador. La libertad era un don divino, el goce una gloria, la bondad un empeño, la alegría una obligación. Había muchos vicarios compartiendo la Gloria, pero había muchos más que nunca la alcanzarían por su mal obrar, por hacer del desamor y la impiedad su proclama.

Abominaba Yavé tanto de las matanzas clericales como de las matanzas de los no creyentes, de los disidentes, de los heterodoxos, de los ateos y los agnósticos.  Esas hogueras canallas, esos potros de tortura, no eran suyas como no lo eran esos vicarios inquisidores.

Verdaderamente tenía razón el querubín al decir que había un amenazante cielo de sotanas.

Extendió el Señor su espíritu y el cielo tornó un esperanzador arco iris. El Tunicado dejó de rascarse y, magnánimo, alivió en grises la negrura de la Paloma.

Llamó luego a don Bosco, un clérigo digno de Los Cielos, y en la cúpula celestial, esa siempre alba se proyectaron:  

La misión, El exorcista, Balarrasa, El padre pitillo, Un Dios prohibido, EL padre Amaro, De hombres y dioses, Encontrarás dragones, El rito, Amarás al prójimo, El noveno día, En nombre de la rosa, Escarlata y negro, Spotlight, Las llaves del reino, El cardenal, Siguiendo mi camino, La mano izquierda de Dios, Yo confieso, Cordero de Dios, La duda, Amarás al prójimo, Molokai la isla maldita, Silencio, Obediencia perfecta, Calvary,  El noveno día, El cardenal, Nazarín, La gloria de Dios, Don Camilo, El fugitivo, Las campanas de Santa María, Forja de hombres, El club.

Vicarios buenos y malos, abnegados y malvados, como todos y cada uno de los seres creados a su imagen y semejanza.

Cansado del maratón de sotanas el buen Dios se retiró a descansar bajo el algarrobo celeste. Cerró el ojo y plegó el triángulo.

Dios no soñaba, pero esa fue una siesta de pesadillas: un vicario no lo perdonaba y jamás llegaba al Paraíso, su hogar.

 

EL PARNASO   (03.06.17)
Yavé sabía que los poetas son una nonada más que humanos: humanos con vocación de espíritus celestes; o un ápice menos que humanos: humanos con vocación de ángel rebelado. Por ellos y para que siguieran creando bellezas, ternuras, penas, escalofríos, sensaciones, emociones, amarguras, inquietudes, reflexiones y sobre todo arena cristalina de sentimientos, cálido torrente de  deseos, enigmática faz de lo irreal, el buen Dios los metió a todos en el Parnaso Celeste.

En el Parnaso los vates cada uno a lo suyo: los místicos estaban desconcertados, ya que el anhelo de encontrarse con Dios era tan grande, ese morirse por no morir tan vehemente, que veían que la cosa no era para tanto.

Alberti estaba emocionado, buscando arcángeles todo el día para leerles poemas de su Sobre los ángeles:

“¡Nostalgia de los arcángeles

Yo era…

Miradme”

Pero las pobres criaturas celestes lo huían tras el noveno poema.

Luis Cernuda se había enamorado de un arcángel de plumas de terciopelo que le correspondía, y le escribía poemas alegres alejados de su Desolación de la quimera.  

El que más perplejo estaba era Dante. ¿Dónde están los círculos concéntricos del Paraíso de su Divina Comedia? ¿Dónde la Luz Divina que era Dios? ¡Sí! Veía a Yavé paseando desaliñadamente en su Jardín de las Delicias, lo veía feliz y desenfadado, sesteando bajo el algarrobo, travieso como un diablo haciendo de rabiar al Hijo, bonachón con sus angelotes, comprensivo con su creación, ¡jamás irascible, ni vengador, ni rencoroso!

Dios había dejado entrar al Parnaso a La Argentinita y en la noche celeste montaban lo más grande con Lorca al piano.

A Jaime Gil de Biedma los hermosos cuerpos celestes le parecían poca cosa y le pedía constantemente al Señor que le dejara ir de vez en cuando al infierno.

Claudio Rodríguez apelaba al Don de la ebriedad para justificar su dipsomanía y así degustar bebidas espiritosas en compañía de Leopoldo María que se escondía de la mirada reprobatoria de su padre que también estaba en el Parnaso.

José Ángel Valente, José Hierro y Ángel González  hablaban risueños de sus vivencias en los premios Príncipe de Asturias y de las juergas que se corrieron después por Vetusta.

Y, milagrosamente, por el Parnaso pasaba titubeando como un resplandor de pábilo triste, Max Estrella, ese poeta ciego y pobre,  creado como poema aciago, como luz de bohemia.

A Yavé le gustaban los poetas, por eso llamó a Don Bosco y en el Parnaso se proyectaron para gozo o desazón de la sensibilidad de los vates:

Shakespeare enamorado, El club de los poetas muertos, Remando al viento, Antes de que anochezca, Vidas al límite, La noche  oscura, Cyrano de Bergerac,  La señora Parquer y el círculo vicioso, El secreto de Joe Gould, Tom y Viv, El cónsul de Sodoma, Muerte en Granada, El cartero y Pablo Neruda, Luces de bohemia, Wilde.

Tras la sesión los poetas quedaron relajados, cerraron los ojos para conjurar a las musas.

La mezcla de cine y poesía le gustó al Creador por eso antes de cerrar el ojo y plegar el triángulo para sestear bajo el algarrobo envió las musas a Luis Alberto de Cuenca, Antonio Martínez Sarrión y Luis García Montero, entre otros.

El editor Francisco Arellano, disfrazado de Humprey Bogart,

tranquiliza al poeta en un momento de ansiedad,

recordándole un pasaje de Píndaro, Píticas VIII 96

Sin mujer, sin amigos, sin dinero,
loco por una loca bailarina,
me encontraba yo anoche en una esquina
que se dobla y conduce al matadero.

Se reflejó una luz en el letrero
de la calle, testigo de mi ruina,
y de un coche surgió una gabardina
y los ojos de un tipo con sombrero.

Se acercaba, venía a hablar conmigo.
Mi aburrido dolor le interesaba.
Con tal de que no fuese un policía…

«Somos el sueño de una sombra, amigo»,
me dijo. y era Bogart, y me amaba;
y era Paco Arellano, y me quería.

El cine de los sábados

Maravillas del cine galerías
de luz parpadeante entre silbidos
niños con sus mamás que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
por alcanzar los frutos más dorados
Ivonne de Carlo baila en Scherezade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años Marilyn
ríos de memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros

Miércoles día del espectador

No se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.
La película es mala,
las sombras buscan cuerpos para encontrar deseos,
se oyen voces de actores,
imágenes dudosas,
pero los labios son materia viva
en las butacas observadas
y los botones pierden su vergüenza.
Suena un disparo inútil,
la camisa deshecha,
la mano que naufraga entre los muslos.
Se persiguen dos coches por tus hombros
y estalla un edificio,
una lengua de fuego en la ventana,
llamas que desesperan vientre abajo,
el pelo negro por la mano abierta,
negro como la vida en la pantalla,
como el silencio del actor que mira,
del acomodador,
del público encendido.
Ya no tienen edad para estas cosas,
comenta el matrimonio de la última fila.
Y pienso que es verdad. No se descarta,
no se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.

 

PEQUEÑECES   (17.06.17)
El Señor tiene un espacio preferente para los niños en su Morada, el Jardín del Paraíso. En ese espacio, el más celestial del Cielo, los pequeños inocentes son felices. Cuando uno de esos cándidos llega al cielo, en algún lugar de la tierra cae una estrella fugaz; cuando un pequeño muere la tierra agoniza, a la mar se revuelven sus entrañas abisales y las montañas se convierten en volcanes.

Aunque los más fanáticos digan que a su pequeño se lo ha llevado Dios al Cielo, Yavé es incapaz de cometer atrocidades tales. ¡No!, Dios es incapaz de cercenar vida alguna, menos aún la de los párvulos; es más, le duele en lo más íntimo de su improbable impotencia que los inocentes perezcan por la mano infame de la injusticia terrenal. Esos niños agonizantes, muertos de hambre, con vientres inflamados en gigantescas bubas  de necesidad, no son obra de Él; esas criaturas que han tenido que huir de sus hogares en brazos de sus padres, haciendo travesías en pateras pilotadas por la Parca Átropos, cuyo cuerpito muerto y frío lo deposita en la orilla el piadoso oleaje, no son su culpa; esos críos que perecen por enfermedad al haber nacido en lugares en los que los medicamentos son un lujo inalcanzable, no es por su causa; o los inocentes muertos a manos  de sus progenitores, víctimas de la mala saña, de la crueldad sin medida, por se debe imputar la muerte a Dios. Esos inocentes que han luchado por vivir pero en los que la línea roja del fin les pilló al comienzo del camino, enfermos sin esperanza, niñitos sin futuro, tampoco son culpa suya

Los hombres o el infortunio eran los únicos responsables de que ellos fueran al Cielo antes de tiempo, por ello el buen Dios tenía pesadillas en sus siestas bajo el algarrobo celeste, insomnio de luceros en la noche más universal y anemia de nubes en la quimérica bóveda  celeste; pesadillas, insomnios y anemias que era incapaz de erradicar de su inmortalidad, expeler de sus poros infinitos, excretar de sus intestinos divinos.

A Yavé le escocía tanto las muertes de los niños que dilató de rabia los desiertos, le agobiaba tanto sus muertes que apantanó de las riveras del enojo, le deprimía tanto que arrojó la noche al día por el enfado.

Fue por eso que creó el Jardín del Paraíso, para que los pequeños hambrientos  comieran, los refugiados tuvieran su patria y los desafortunados niñitos enfermos tuvieran salud eterna. En el Jardín crecían esas flores de la alegría que hacían dulces las cosquillas, y las fuentes soprano conocían canciones infantiles en todos los idiomas,  y las nubes mecían la candidez de los sueños limpios.

Nadie podía resistirse a pasar esas horas sin medida en el Jardín. El Tunicado les fabricaba cunas, columpios y caballitos con secuoyas, cedros y sicomoros; La Paloma, Trinidad, les hacía todas las piruetas que había aprendido de las cometas; la arcángela Macenta se disfrazaba de  payasa y acunaba a los más pequeños, como también los acunaban Sebastián y la vieja María; los apóstoles jugaban al corro con ellos y los querubines y los tronos montaban teatrillos de guiñol con historias inventadas por Federico.

En el Jardín también había Tiovivos alados, casitas sin tejado, aviones  con remos, chupetes de mandarino, estanques con sirenitas y unicornios tan pequeños como cobayas.

Dios acostumbraba a ir periódicamente por el Jardín, los pequeños al verlo, tras deslumbrarse, se subían a su magnificencia glorificándose, y al bajarse llenos de luz se arracimaban jugando a la alborada.

Don Bosco organizaba sesiones de cine en la bóveda inmaculada del Jardín. Y los pequeños se quedaban quietos contemplando aquellos seres translúcidos como ellos.

En el hoy del Paraíso, que es un hoy eterno, suenan flautas dulces, pífanos y tamboriles y se proyectan Mary Poppins, El mago de Hoz, Matilda, Brave, Fantasía, Pinocho, Up, Toy Story, Nemo, E.T., El libro de la selva, Bichos, 101 dálmatas, La invención de Hugo, Alicia en el País de las Maravillas, El rey y yo, El viaje de Arlo, Peter Pan, Heidi, La guerra de los botones, Los chicos del coro, Cuento de navidad, Tu a Boston y yo a California, Annie, El rey león, Solo en casa, El albergue de la sexta felicidad, Ballerina. Pero, en este hoy interminable de cine para ellos, Dios, el buen Dios hace de pantalla, una pantalla inmensa, inmensa, inmensa; esa que ellos merecen. Pequeñeces.

 

CERRADO POR VACACIONES   (23.09.17)
En el Cielo hubo un tiempo en que no se descansaba. Después del palizón de la Creación, jornada intensiva con horas extras durante seis días, el Creador se tomó uno de descanso. Lo establecido, lo divino, pensaba Yavé, que los creados se habían apropiado y disfrutaban de asueto en el día dedicado al Señor.

Asueto no había en el Paraíso, lo celestial era a tiempo completo: trescientos sesenta y cinco días, o mil y una noches, o diez mil lunas, o un instante, o infinito, o nada.

Sin embargo, el buen Dios se fijaba en su creación y sus criaturas lucharon y murieron por tener, además del día a Dios debido, vacaciones anuales. Y reflexionó: si para el común de los mortales la malaventura de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” se paliaba por el descanso semanal y se completaba con el vacacional, ¿por qué no aplicarlo al Paraíso?

Sopló, últimamente le había cogido el gusto a eso de comunicarse mediante el hálito divino, y su Hijo, El Tunicado; la Trinidad; las Vírgenes, los ángeles, arcángeles y tronos; y las buenas almas. Todos supieron que tenían vacaciones. Vacaciones en el mundo.

¿Vacaciones? Se preguntaban. ¿En el mundo? ¡Pero si esto es el Paraíso!

Ya, dijo el Señor, pero del Paraíso también se debe descansar.

Dios volvió a “halitar” y todos entendieron que en un punto temporal el Paraíso se cerraba y todo el mundo a “hacer las maletas” (era una expresión esa que a el Creador le gustaba por la polisemia) y al mundo.

Ante ese reto vacacional, una incertidumbre para todos, Yavé quería saber qué harían las criaturas celestes en vacaciones. Así los fue citando.

El primero fue El Hijo. El Tunicado llegó de mala gana al trono paterno.

“Dime Hijo. ¿Qué vas a hacer en tus vacaciones?”

El Tunicado miró desafiante a Papá y le espetó: Lo primero es ir a un tatoo studio  para tatuarme en un brazo “No digas nunca hágase tu voluntad”; y en el otro “No pongas nunca la otra mejilla, dale una hostia antes.” Luego me voy a afeitar la barba, la cabeza, me voy a quitar esta túnica, comprar un traje de Versace y hacerme un capitalista cabrón, un “apedreaputas”, un “ahostianiños” y me voy a ir a La Ribera Sacra, ¡Ja!, para convertir todo ese vino en agua.

El Padre, sin abandonar su sonrisa, le dijo “¡Hágase tu voluntad, pero ¿es necesario que tu rencor dure una eternidad?”

A continuación vino La Trinidad. “¿Y tu Trini, qué quieres hacer estas vacaciones?”

La Santísima respondió con firmeza: “Ser simple y llanamente una paloma. Volar como una paloma de campanario, comer todo tipo de desperdicio y, sobre todo, excretar en las aceras de las ciudades, los bancos de parques y bulevares, poner perdidos los automóviles y ¡ja! cagarme en tus creados.

Sonrió el buen Dios y dijo ¡Sea! Pero ¿es necesario que seas tan escatológica, Trini?

Luego vino la Virgen y todas las Vírgenes. “María, ¿Qué harás en vacaciones?”

La Virgen, poniéndose colorada dijo a Yavé: “¡Hacer el amor todo lo que pueda, cuantas más veces, mejor, mucho mejor, muchísimo mejor! ¡Ja!”

“Y nosotras también! ¡Ja!” Exclamaron a coro todas las vírgenes del Paraíso.

“Está bien”, dijo El Padre, “Gozad con el cuerpo todo lo que, por lo visto, no habéis gozado con el alma. Pero por favor no me vengáis todas embarazadas y contaminadas. Tomad precauciones, pues”.

Luego vinieron los Santos. San Sebastián quería desfilar en una de las carrozas del Orgullo; San Jorge tener un papel en la serie Juego de Tronos; Pedro montar una empresa de porteros automáticos; Santa Teresa participar en Master Chef; Santa Juana de Arco que dejaran de su cuenta a los del Brexit…

¡Sea!, ¡Sea!, ¡Sea! Decía el Señor, y aún quedaba los Arcángeles, Ángeles, Tronos y las buenas Almas.

Estaba el Señor preocupado y, para sosegar los anhelos, llamó a Don Bosco, “halitó” y todos fueron a sus butacas del Cinema Paraíso, para ver: Vacaciones en Roma, La risa en Vacaciones, Vacaciones en familia, El turismo es un gran invento ¡Vaya vacaciones!, Vacaciones, Cuento de verano, Vacaciones en Navidad, Vacaciones de Mr. Hulot, Torremolinos Gran Hotel, Las últimas vacaciones, Amor a la española, Bajo la arena, Turistas, Pauline en la playa, Verano del 42, Las largas vacaciones del 36, Bajo el sol de la Toscana, De repente el último verano, Picnic, El cielo protector, Sé lo que hicisteis el último verano, El talento de Mr Ripley, Rio Salvaje.

Al terminar la sesión múltiple, el Paraíso quedó vacío.

Yavé miró su Paraíso, vacío y blanco, y exclamó. ¡Al fin solo! ¡Ja!