CINEMA PARAÍSO   José Antonio Martínez

BABEL   (07.10.17)

Añoraban los escritores del  famoso best seller La biblia, la utopía de las Naciones Unidas, y se lamentaban de la actitud de Yavé en el capítulo llamado Babel:

“Toda la Tierra hablaba una misma lengua y usaba las mismas palabras. Al emigrar los hombres desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: «Hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego». Emplearon ladrillos en lugar de piedras y betún en lugar de argamasa; y dijeron: «Edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos así famosos y no andemos más dispersos sobre la faz de la Tierra». Pero Yavé descendió para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban edificando y dijo: «He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua; siendo este el principio de sus empresas, nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros».
Así, Yavé los dispersó de allí sobre toda la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se la llamó Babel ​ porque allí confundió Yavé la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie”.

Al Señor le hacían gracia las fabulaciones sobre sus acciones y pensamientos. Todo era más simple, mucho más simple pero los profetas a la intuición la convertían en dogma y el simple indicio accidental en revelación.

No, no era cierto que sus creados hablaran una sola lengua y que Él los babelizó. Yavé no sabía ni de lenguas ni de gramáticas. Dios no habla, por tanto no otorgó el don del habla a sus criaturas, fueron ellas las que del gesto pasaron a la voz y de la voz al idioma por la que los grupos afines se comunican entre sí.

Le hacía gracia al Creador que a ese invento le hubieran llamado lengua. Pensaba Él que en todo caso debería llamarse lengua-oído, pero aunque era un asunto que no le competía, sí le inquietaba que esa lengua, jerga, jerigonza, dividiera a los hombre en un empeño de no entenderse; igual que lo dividían el color de su piel, o esa fragmentación que de Él habían hecho, esas llamadas religiones, cristalizadas en el culto que la más de las veces estaba alejada de la cultura.

Creador no comprendía muy bien esa falta de entendimiento que las lenguas perpetraban y entendía aún menos que muchos de esos idiomas se envolvieran en telas llenas de franjas de colores, estrellas y animales; idiomas diferentes, telas distintas y hombres iguales.

Pensaba Yavé que si pusiéramos dos naciones con sus lenguas diferentes y sus diferentes enseñas frente a frente, los hombres, todos los hombres de uno y otro lado se reflejarían como en un espejo: buenos y malos, sagaces y torpes, vehementes y calmados, libidinosos y frígidos, cariñosos y maltratadores, piadosos e impíos. Frente a frente, poniendo en evidencia esa condición humana, grande y miserable.

No le gustaba al Señor las lenguas que dividen, las banderas que separan, las patrias que limitan; por tales, sus creados se habían masacrado sin piedad.

Quería entenderlo y no podía. Llamó a Don Bosco y en El Paraíso se proyectaron películas que le enternecieron pero que a su vez le produjeron una profunda tristeza.

Pa negre, La ciutat cremada, Herois, Amic amat, Caracremada, Tres dies amb la familia, Bruc, Barcelona  nit  d’estiu,  Ciutat  morta, Salvador, Actrius, Et dec una nit de  divendres, Mai es tan fo…, Mur viu, La teranyina, 14 d’abril, Macià contra Companys, Rastres de sand.   

Cuando terminó la proyección el Señor se concentró y los ángeles, arcángeles, serafines, tronos y querubines y todas las almas del Paraíso se abrazaron.