CINEMA PARAÍSO   José Antonio Martínez

DESARCANGELADOS   (02.12.17)

En la mañana celeste, esa infinita, aunque lo infinito era algo desconocido en los cielos divinos, sustancia de café con leche y churros, Yavé paseaba gozoso por su Paraíso. El gozo era algo consustancial a la divinidad, así el gozo divino satisfacía las almas que moraban bajo la protección de la bóveda celeste. Ese gozo que alegra y vivifica, que satisface y apasiona, que hace que la noche sea corta y el día interminable, que la oscuridad sea un manto de lana lúbrica valiosa como el vino eterno y el lecho de hojarasca de piel y sementera.

Sí, el buen Dios vivía en el gozo, por eso los jardines del paraíso florecían a su paso, las arboledas se preñaban de frutos y las campas rebosaban de fragantes herbazales.

Cuando el Señor estaba así de contento cantaba y sus cánticos se reflejaban en el Cantar de los cantares, en los cánticos de los Nahuas y de los Aztecas, El Decamerón y el Libro de Buen Amor, los cantos a Venus y las canciones de los Vedas, los cantos a Shiva y a Dionisos, los tankas japoneses y las canciones yorubas.

Así era porque el buen Dios había dado a los hombres corazón para la bondad y la piedad y sexo para el amor y la pasión.

Canturreaba Yavé cuando el arcángel San Gabriel se le acercó temeroso, batiendo sus alas por llamar la atención. Dios abrió los brazos al tiempo que la boca, en una gran sonrisa: “Qué dulce batir de alas, que brisa arcangélica anuncia tu presencia, qué alegría de verte querido Gabri”.

“Gracias mi Dios, tu alegría es mi dicha”, respondió San Gabriel y calló.

“No puedo creer que hayas venido sin motivo, tú mi arcángel tan consecuente siempre”.

“Perdona, mi Señor, es que me azora la petición y aún más, pues no vengo en mi nombre sino que lo hago en nombre de los otros arcángeles, de los ángeles, de los serafines, los querubines y los tronos”.

“¡Ay Gabri! Tú siempre con encomiendas trascendentes. Y yo soy el responsable, sólo Yo, por el recadito de la Anunciación a la dulce María. Pero no te cohíbas y dime a qué has venido”.

“Pues verás Padre, nos preguntamos, hace tiempo que lo hacemos, ¿por qué los ángeles no tenemos sexo?”

Yavé abrió desmesuradamente el ojo dentro del Triángulo.

“Pero, ¿a qué viene eso ahora?... Pues no os creé con sexo porque vosotros no tenéis la misión de procrear, por tanto el sexo en vosotros es prescindible.”

“Ya, mi Creador, pero nos preguntábamos si bien no nos es dado el procrear sería deseable el que se nos diera la dicha del gozo, al igual que los humanos e incluso que los brutos.”

El Triángulo Divino se llenó de ojo y, tras un patente silencio: “Me dejas pensativo Gabriel querido y al tiempo preocupado. Nunca imaginé esa demanda, esas carencias, ni esos anhelos”.

Yavé se alejó conturbado a reflexionar bajo el algarrobo divino. Mientras ello hacía acertó a pasar por allí Don Bosco y al notar que las hojas del algarrobo no tenían el brillo habitual se acercó a su Creador el cual le refirió la petición del arcángel. Se retiró Don Bosco a buscar entre el material de la filmoteca celeste a fin de ayudar a su Señor o, al menos, pues no quería ser presuntuoso, mostrar algún camino que iluminara las incertidumbres de los gozos en las sombras. Cuando hubo hecho la selección convocó a la parroquia celestial y en la bóveda celeste se proyectaron: El imperio de los sentidos, Lolita, Nueve semanas y media, El último tango en París, Historia de O, Eyes Wide Shut, Instinto básico, Shame, Belle de jour, Lucía y el sexo, La pianista, Habitación en Roma, Emmanuelle, Átame, Match Point, Nymphomaniac, Herida, Lunas de hiel, El amante doble, Fuego en el cuerpo, Delicias turcas, Kamasutra, Sebastiane, El diablo en el cuerpo, El amante, Orquídea salvaje, La llave secreta, Las edades de Lulú, La pasión turca, Eros, Bilitis, Ars amandi, La vida e Adele, El amante de lady Chatterley, Amantes, Acosada, Entre las piernas.

Tras la proyección el cielo se calentó tanto que el buen Dios tuvo que crear una brisa fresca que apaciguara las lúbricas sensaciones.

El Señor, que en su divina bondad sólo quería la felicidad de sus criaturas, decidió otorgar el bien del sexo a los ángeles y distribuyó a demanda unos lustrosos genitales que lucieron radiantes en la entrepierna de los seres angelicales.

La noche paradisíaca tuvo ese murmullo de gemidos, esa sinfonía de jadeos, esa explosión lúbrica sana y celeste, propia del gozoso delirio.  

En la mañana celeste, esa infinita, aunque lo infinito era algo desconocido en los cielos divinos, sustancia de café con leche y churros, Yavé paseaba gozoso por su Paraíso. Y no quiso discernir si esto fue antes o después de aquello, sólo supo que la pasión tiene su origen en la divinidad y aquella mañana, inexplicablemente el triángulo se metió dentro del ojo. Y fue divertido.