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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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YO, DANIEL BLAKE   (29.10.16)
Director: Ken Loach. Intérpretes: Dave Johns, Hayley Squires, Sharon Percy. 
Ken Loach tiene 80 años y cuenta con más de 40 películas en sus 52 años de carrera. Si algo caracteriza su obra es sin duda su compromiso, su interés humano -léase social y también político- y su coherencia. Family life, Agenda oculta, Tierra y libertad, Mi nombre es Joe, Felices dieciséis... son unos pocos títulos que lo confirman. Sus protagonistas son siempre tan auténticos como este Daniel Blake. Es carpintero, tiene casi sesenta años, es viudo y está en paro. Además, sufre una afección cardiaca. Para cobrar el subsidio debe demostrar que busca trabajo, pero los médicos no le dan el alta, y se encuentra enredado en una espiral de burocracia que no es capaz de entender ni solucionar. Sobre todo, porque choca con el aspecto más absurdo de la tecnología y, para su desgracia, con la incomprensión, la indiferencia y la pésima atención de los funcionarios de los servicios sociales y del sistema estatal de empleo. De oficina en oficina y de disgusto en disgusto, traba conocimiento con Kate, una joven madre soltera que ha tenido que desplazarse lejos de su ciudad para evitar ir a parar a un hogar de acogida. Y entre las dos víctimas surge la necesidad de la ayuda mutua, que desemboca en una fuerte amistad que podría dar sentido a sus vidas.
Ken Loach traza el relato con firmeza -y con la ayuda de su guionista de cabecera Paul Laverty- para retratar la vida de estas personas que están junto a nosotros, aunque no las veamos porque están al otro lado de nuestra mirada: ancianos, mujeres, parados, extranjeros, pobres... Yo, Daniel Blake ganó la Palma de Oro en el último Festival de Cannes con esta historia extraída de la más cruda realidad: un aldabonazo en las conciencias y una proclama de sensibilidad y solidaridad.

¿Y TÚ QUIÉN ERES?    (23.09.07)
Dir.: Antonio Mercero
Pro.: Miguel Menéndez de Zubillaga   Gui.: Antonio Mercero
Int.: Manuel Alexandre, José Luis L. Vázquez, Cristina Brondo  
Mercero es el realizador de la entrañable –y bastante cursi- serie Verano azul, en los primeros años 80 de nuestra tele. Pero también de Crónicas de un pueblo y Este señor de negro y, por supuesto, de La cabina, una película para televisión de éxito internacional. No ha dejado de hacer televisión, algún Estudio 1, algunos episodios de Manolito Gafotas –que también llevó a la pantalla grande-y de Farmacia de guardia, y bastantes de Turno de oficio. En cine ha dirigido una docena de largos, entre ellos Las delicias de los verdes años, La guerra de papá, La próxima estación, Don Juan, mi querido fantasma, La hora de los valientes  y Planta 4ª. O sea, un currante.
Y ni siquiera pasada la frontera de los 70 quiere dejar de trabajar, y ahora se embarca en esta especie de aproximación didáctica al terrible mal de Alzheimer, estrenada justo en el día internacional dedicado a la enfermedad y con un argumento tan simple que da hasta vergüenza.
Érase que se era una familia feliz... y pudiente, compuesta, a lo que se ve, por un padre trabajador y enérgico, una madre satisfecha, dos jovencitos zangolotinos y una chiquita casadera y estudiosa; más de lo segundo, porque a base de preparar oposiciones a notarías con tanta intensidad, ha dejado escapar ya tres pretendientes, aburridos por la escasa aplicación amorosa de la chica. Y está el abuelo. Que estar, está; pero como está muy mayor, come aparte en su mesita su puré y sus galletas integrales... 
Tan mayor es, que esta vez, dispuesta la familia a veranear –y no digo ir de vacaciones, sino veranear, como es debido- en San Sebastián, a la nena la van a dejar en casa, estudiando –claro-, y al abuelo lo van a ingresar en una residencia. Provisionalmente, sólo para que no sufra en San Sebastián, todos con tanto trajín y él allí solo, en el hotel, aburrido a más no poder. Y que la residencia es de lujo, y cuesta una pasta, no te vayas a creer... Al abuelo, claro, tanto mimo no le parece nada bien. Él prefería aburrirse en la playa de la Concha, como cada año; pero se somete porque no le queda más remedio. La nieta, por su parte, se coge un rebote importante, porque es muy buena chica y no le gusta tener unos padres tan egoístas; llora y todo de la pena que tiene y no se consuela hasta que ve a su abuelo bien instalado y hasta que conoce al médico que lo cuida, que es un chaval muy guapete y muy simpático, que no parece ni médico ni nada.
Y a partir de aquí, la historia se desarrolla como estaba previsto. El abuelo va empeorando a toda velocidad, para que podamos ver todas las fases de la enfermedad –y la que no vemos nos la cuentan-; Manuel Alexandre hace cada vez más esfuerzos para sacar adelante el personaje, mientras López Vázquez –el compañero de habitación del anciano- hace cada vez menos con el suyo, se ve que para compensar... 
Todo está contado de forma muy ramplona, sin ninguna pretensión artística ni mucho menos intelectual. Da la impresión de que los intérpretes recitan su papel en cada escena de manera mecánica, sin ninguna continuidad ni emoción, con un estilo tan funcionarial que echa de la sala. Todos lo hacen todo como por obligación y a su aire; claro está que por culpa de Mercero, que se ha tomado el trabajo con un afán inexistente excepto para la didáctica de la situación. Y eso surte un efecto contraproducente, porque los aspectos externos de la enfermedad, cómo afecta al paciente y a sus cuidadores, son de sobra conocidos; y el guión no hace más que redundar en ello sin ninguna pasión, sin que el protagonista llegue a emocionarnos y sin que tampoco nos cautive ninguna de las peripecias de los personajes que lo rodean.
Cosa natural, porque la historia es vieja, carece de pulso, de interés y de originalidad. Como cada uno hace exactamente lo que ya nos imaginábamos, y Mercero dirige como siempre, y el argumento cuenta lo que ya pensábamos, pues eso, que resulta que la película ya nos la sabíamos y casi no merece la pena ir a verla. (www.ytuquieneres.com)

YO SERVÍ AL REY DE INGLATERRA    (20.07.08)
Dir.: Jiri Menzel
Pro.: Rudolf Biermann   Gui.: Jiri Menzel (sobre la novela de Bohumil Hrabal)
Int.: Ivan Barnev, Oldrich Kaiser, Julia Jentsch  
Jiri Menzel es un veterano director checo de 70 años –él dice que tiene 72, seguramente para presumir de su inmediata paternidad-, autor de una veintena de películas y prácticamente desconocido para el gran público, sobre todo porque hacía 12 años que no dirigía –si exceptuamos su fragmento de Ten minutes older- y porque queda lejísimos su famosa Trenes rigurosamente vigilados (1966), en la que la trama política quedaba eclipsada por la impactante escena en la que aquel empleado de correos le plantaba el matasellos a su chica... en el mismísimo culo.
Ese sentido del humor sigue vigente, por lo que se ve, en la obra más actual de Menzel. Esta película cuenta la vida y milagros de un tal Jan Dite, camarero en su juventud y millonario de vocación. Lo de los milagros no es sólo una frase hecha, porque el hombre tiene toda su vida una extraña suerte, la capacidad de estar siempre en el sitio y en el momento adecuados; incluso cuando la casa se le cae encima es capaz de salir por la puerta, y cuando le caen quince años de cárcel le pilla una amnistía y sale habiendo cumplido sólo catorce años y nueve meses.
Un hombre afortunado, como se ve. Bajito, eso sí, pero guapete. Sobre todo de joven, con su uniforme de gala y la condecoración que le dan por casualidad... y precisamente por su escasa estatura. Jan es más listo que el hambre –lo del hambre tampoco es una tontería- y se las compone para caer bien a sus jefes y, sobre todo, a sus compañeras, amigas y guapas transeúntes. Y Menzel nos lo cuenta, y es muy de agradecer, con profusión de detalles y muestras generosas de anatomías femeninas, artísticamente adornadas por la naturaleza y las graciosas y sabias manos del atractivo –pero bajito- camarero.
Toda la primera parte de la película rebosa de ese disfrute de la vida, pleno de voluptuosidad, erotismo y bellos escenarios. Menzel se aplica con entusiasmo y nos brinda una realización de auténtico virtuoso, elegante, sincopada y alegre: una auténtica lección de cine. Pero no hay que obviar que la narración arranca con la salida de la cárcel del protagonista, ya mayor, y se desarrolla paralelamente entre ese tramo final de su vida y sus recuerdos de juventud. La película entra así en una segunda parte mucho más oscura, en el relato de lo que podría ser una nueva “Auge y caída del III Reich”, cuando Checoslovaquia fue dominada por el ejército nazi y liberada después y convertida al comunismo.
Aunque seguimos contemplando las andanzas del joven Jan –con ese tramo, impagable, en que el hotel se convierte en una granja reproductora de impolutos arios-, va pudiendo más el relato en tiempo actual, marcado por la soledad y la añoranza. Claro que en el maduro ex camarero, ex millonario y ex amante no cunde la desesperanza: todavía mira con ojos ávidos a la única vecina, una joven un poquito asilvestrada que se deja desear, y se propone abrir, aunque sea en un rincón del mundo, una nueva cervecería en la que corra la espuma y brillen vasos y botellas. 
Seguramente, por debajo –y a la par- que la feroz denuncia del nazismo y sus crímenes, esta esperanza a ultranza, esta alegría de vivir contra toda desgracia y frente a toda pesadumbre es el verdadero mensaje de la película. Eso, y el retrato inteligente y amable del pueblo checo, presidido por el orgullo irrenunciable de ser persona y de ser libre hasta las últimas consecuencias, personificado en el magnífico maitre del Gran Hotel –que curiosamente, se llama Skrivánek; tengo que preguntarle al Sr. Escribano padre, a ver si los ancestros de la saga son de Praga, y no de Cuenca, como dice siempre él-.
Hay que celebrar el regreso de Jiri Menzel, que confirma, una vez más, la capacidad inagotable del cine europeo. Esta no es una película de masas, no goza de una enorme campaña de publicidad, pero la destacamos aquí precisamente por eso. Y por ser una película estupenda, divertida, inteligente y distinta. (www.anglickykral.cz/)