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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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VALKIRIA    (01.02.09)
Dir.: Bryan Singer
Pro.: Christopher Mc Quarrie, Bryan Singer   Gui.: Christopher Mc Quarrie, Nathan Alexander
Int.: Tom Cruise, Kenneth Branagh, Tom Wilkinson, Terence Stamp  
Bryan Singer es un neoyorkino de 43 años, productor, alguna vez guionista y director famoso sobre todo desde Sospechosos habituales (1994) y por la serie X-Men, de la que realizó las dos primeras entregas; las siguió Superman returns hace un par de temporadas, la verdad es que sin demasiada suerte, y ahora se pone a las órdenes de Tom Cruise –o viceversa- para contar esta historia que relata hechos absolutamente reales. 
El protagonista es el coronel Claus von Stauffenberg, un militar alemán que, en los últimos momentos de la II Guerra Mundial, sigue amando profundamente a su país pero odia con la misma intensidad a Adolf Hitler, a quien considera culpable del desastre que se avecina. Conocemos a Stauffenbeg en plena campaña de África, cuando las tropas alemanas de Rommel están siendo concienzudamente machacadas por los aliados. Allí, a consecuencia de un ataque aéreo, resulta gravemente herido y pierde un ojo, una mano y casi la otra; además de llenarse el cuerpo de metralla y el alma de una firme decisión: acabar con la vida de Hitler y de paso, a ser posible, con la guerra.
De regreso a Alemania y una vez curado de sus heridas, no tarda en coincidir con un grupo de militares, dirigido por los generales Beck y Olbricht, con Von Tresckow en la sombra –todos, curiosamente, interpretados en la película por actores británicos- que ya están planeando un golpe que acabe con el fuhrer. Y en efecto, asistimos a un primer intento, que resulta fallido. Angustiosamente fallido, porque todos los implicados, de alta graduación en el ejército alemán, saben lo que les espera si son descubiertos. A este grupo, tras algunos momentos de vacilación, se une el coronel Stauffenberg. Su claridad de ideas y su determinación lo ponen enseguida a la cabeza de la rebelión.
El guión nos muestra entonces, paso a paso, la preparación del que puede ser el atentado definitivo, el 20 de julio de 1944. Todo se dispone con minuciosidad y, aunque Stauffenberg correrá un riesgo altísimo, si se logra el éxito y Hitler, como está previsto, muere, se pondrá en marcha toda una gigantesca maquinaria –la Operación Valkiria- que, apoyándose en la movilización de las reservas militares del general Fromm, neutralizará al ejército afín al dictador y a las siempre fieles SS y Gestapo, anulará a los temibles Goebbels y Goering y dejará el mando alemán en manos de los conspiradores.
Aunque sean hechos reales y de sobra conocidos, no vamos a referir el resultado de la operación. Las consecuencias, desde luego, fueron catastróficas, con casi 5.000 víctimas de la represión nazi. La película, no obstante, termina justo al comienzo de ésta, porque lo que cuenta es la intriga que le da título y sus antecedentes, para recrear la figura de Claus Von Stauffenberg encarnado por Tom Cruise.
Le ha costado a Cruise llevar este proyecto a cabo, con dificultades de todo tipo, incluidas las negativas alemanas a la utilización de localizaciones reales y las muy serias reservas al posible enfoque de la historia. La reconstrucción, sin embargo, es muy correcta, y el punto de vista de la narración resulta objetivo y, seguramente, muy cercano a la realidad. El argumento posee interés, veracidad y todo el suspense posible en un relato que cuenta hechos históricos, conocidos y analizados exhaustivamente por los estudiosos. Bryan Singer se olvida de efectos digitales y fantasías de tebeo, y se aplica a poner en imágenes un guión que transcurre de manera convencional.
No deja de tener buen pulso, en definitiva, porque la película se ve muy bien y no decae en su interés. También porque aunque, insisto, se trate de unos sucesos reales cuyo desenlace es ya sabido, Adolf Hitler y sus secuaces siguen despertando hoy el mismo interés de siempre; aunque sólo sea para conmovernos una vez más, detestarlo más cada vez y soñar, con los protagonistas de la película, que el terrible dictador, el fuhrer asesino, podría haber acabado sus días volando por los aires por efecto de una bomba. (www.valkirialapelicula.es)
  
VALOR DE LEY   (13.02.11)
Dir.: Ethan Coen, Joel Coen
Pro.: Ethan y Joel Coen y Scott Rudin   Gui.: Ethan y Joel Coen
Int.: Jeff Bridges, Hailee Steinfeld, Matt Damon
Las películas de los hermanos Coen son todas diferentes y bastante inclasificables, pero frecuentemente revisan, actualizan o versionan los géneros clásicos: desde su debut con Sangre fácil (1984) a Un tipo serio (2009), quince en total, en las que se puede rastrear el cine negro, la comedia –sentimental o surrealista-, el suspense o la aventura más o menos dislocada. Recordemos Muerte entre las flores, Barton Fink, Fargo, El gran Lebowski, Crueldad intolerable, Ladykillers o No es país para viejos, entre otras. Y en más de uno de sus relatos, por supuesto, se advierte un muy consciente aire de western. 
Pero esta vez han decidido una absoluta inmersión en el género y para ello han “resucitado” Valor de ley, la película de Henry Hathaway de 1969, con John Wayne de protagonista. O más bien se han inspirado en la novela que dio origen a aquélla; por eso, el guión es nuevo, aunque argumento y personajes son los mismos; ahora con Jeff Bridges en el papel del “marshall” Rooster Cogburn. 
Mattie Ross, una niña de catorce años, quiere vengar la muerte de su padre a manos del malvado Tom Chaney –Josh Brolin- y no duda en contratar a Cogburn, reconocido por su valor y eficacia implacable en la caza de delincuentes, aunque también por su afición al alcohol y sus nada ortodoxos métodos. A la partida se une el “ranger” LaBoeuf –Matt Damon-, que busca a Chaney por otros delitos, y tras algunas escaramuzas personales, los tres persiguen juntos –aunque nunca muy bien avenidos- el rastro del asesino. Para ello cruzarán peligrosos parajes y se adentrarán en territorios  proscritos poblados de indios indescifrables, transeúntes de diverso pelaje y malhechores provistos de armamento mortal e intenciones todavía peores. Rooster y LaBoeuf son perros viejos –sobre todo el primero- y no es fácil despistarlos ni eliminarlos, así es que poco a poco se van acercando a su objetivo; con muchas precauciones, porque Chaney se ha unido a una banda de forajidos sin escrúpulos y de gatillo fácil y que, para más señas, tienen alguna cuenta pendiente con el veterano “marshall”. 
Los perseguidores tienen además ideas muy opuestas en cuanto a los métodos y estrategias a seguir, y la chiquilla se ve expuesta a los mayores riesgos y calamidades, vencidas por su determinación inquebrantable, mucho mayor que el horror que experimenta a cada paso. Aunque no pegue tiros como sus feroces acompañantes –a menos que sea imprescindible-, ella es la verdadera protagonista de esta narración, desde sus ojos contemplamos la historia, y su fuerza, su decisión y el deseo invencible de vengar a su padre son los ejes que articulan el relato: su relato. Esta imagen de la adolescente enfrentada a unos tipos, un paisaje y una misión aparentemente muy superiores a su capacidad es la que aporta la mayor novedad de un argumento tan “masculino” y decadente.
Desde la interpretación llena de coraje de la jovencita Hailee Steinfeld a la sabiduría y el talento de Jeff Bridges, pasando por la estupenda recreación de Matt Damon, los protagonistas se lucen con la colaboración del magnífico engranaje dispuesto por los autores –dirección, producción y guión a cuatro manos de los hermanos Coen-, que envuelve al espectador con su acertadísima fotografía –de Roger Deakins- y la espectacular banda sonora de Carter Burwell; nombres habituales en su filmografía, lo que habla de la conjunción y la armonía de un equipo que trabaja unido desde hace muchos años.
Fotografía, música, sonido, montaje… No son más que algunos aspectos parciales de un espectáculo total que demuestra, otra vez, la pasión, la inteligencia y el estilo de sus creadores. El western parecía extinto –sólo Sin perdón y algún otro chispazo más en los últimos tiempos-, pero con Valor de ley la pantalla vuelve a encenderse, como en el mejor de los clásicos, con los escenarios míticos, los espacios abiertos frente al horizonte y los héroes cansados pero invencibles: el género inmortal, que regresa gracias al talento de Ethan y Joel Coen.
(www.TrueGritMovie.com)

25 KILATES   (26.04.09)
Dir.: Patxi Amezcua
Pro.: José Nolla, Quique Camín   Gui.: Patxi Amezcua
Int
.: Francesc Garrido, Aida Folch, Manuel Morón  
Aida Folch se ha hecho mayor; ya no es la niña de El embrujo de Shanghai y Los lunes al sol y ahora protagoniza, muy brillantemente -premio en el Festival de Málaga-, este estimulante thriller del debutante Patxi Amezcua, hasta ahora reconocido guionista y que por fin se atreve a ponerse tras la cámara para firmar una obra de género, algo poco habitual en el cine español.
25 kilates es más que una historia de amor, más que una intriga policiaca: es un cruce de caminos y un choque de personajes y destinos con sabor a Melville y a novela negra: un “cobrador” de deudas tan implacable como eficaz –magnífico, como siempre, Francesc Garrido-, un inspector de la brigada antiatracos, un perista con mucha iniciativa y no demasiada suerte –Manuel Morón, otro de nuestros grandes secundarios- y la hija de éste, una veinteañera criada en la calle y crecida en la delincuencia. La casualidad, quizá, o el propio sino de cada cual, entrecruza sus vidas y teje una trama con pocos hilos sueltos y un acabado que se nos antoja que va a tener muy poco brillo.
La acción arranca cuando los policías interrumpen una animada fiesta de un grupo de ladrones. Los detienen y se llevan el botín, naturalmente. O no tan naturalmente, porque se llevan el botín... para quedárselo. Y después acuden al perista, para que les coloque la mercancía con su habitual eficacia. Que resulta menor que su codicia, porque el alijo es de los que permiten a un trabajador del ramo retirarse con las ganancias para toda la vida; siempre que no lo encuentren, claro.
No es de extrañar tampoco que Kay, su hija, con la educación recibida, se dedique a pegar pequeños golpes en la calle, de esos que aprovechan los problemas del tráfico y el despiste de los conductores. Y en uno de ellos conoce al enigmático Abel, que pronto deja de serlo, en cuanto sabemos a qué se dedica y cómo son sus relaciones con sus clientes, con su jefe y también con la mujer de su jefe, que todo tiene su trascendencia en la vida de Abel.
En la suya y en la de los demás, porque como decía al principio, los caminos de estas gentes tienden a cruzarse y a hacer saltar chispas en los encontronazos; en unos casos, las del amor; en otros las de la avaricia y el odio; en otros más, en fin, las del puro destino, que organiza la vida y la muerte -obligada, prematura o cruelmente provocada- de cada cual. Por esos caminos andan, por esas calles de la ciudad perfectamente reconocible, aunque el director y escritor se haya fijado sobre todo en lo más turbio que la habita: unos seres para los que la ley no significa nada y la moral es únicamente su propio código de supervivencia.
Malas gentes, pobres gentes: un antihéroe capaz de redimirse -que va a ser que no-, una "lolita" ángel y demonio a partes desiguales, policías que roban y ladrones que roban también -es su oficio-, ilusiones perversas, dinero -mucho dinero- por medio, corrupción, crimen seguramente sin castigo, y, mira por dónde, hasta unas hebras de pasión. Como la vida misma, aunque pueda parecernos una mirada un tanto oblicua, que se detiene mucho más en el lado más oscuro; en realidad, no hay ningún exceso ni ninguna fantasía en la película, y sí una lectura aplicada de las convenciones del género.
Que da muy buen resultado: Patxi Amezcua ha creado una atmósfera muy interesante, con una fotografía saturada, opaca y virada a triste, como las intenciones de los protagonistas. Ellos están muy bien -yo destacaría a Folch y Garrido, por lo que tienen de posible revelación- pero todos aciertan con unas estupendas y contenidas interpretaciones -lo que pide el brillante guión, casi siempre perfectamente ajustado-, en una puesta en escena con rigor y excelente ritmo: todo ello da la medida de esta muy interesante propuesta de cine español independiente y personal, seguramente de escaso presupuesto pero sobrada de fuerza, interés y calidad. (www.25kilates.es)
  
23-F   (27.02.11)
Dir.: Chema de la Peña
Pro.: Gonzalo e Ignacio Salazar-Simpson   Gui.: Joaquín Andújar
Int.: Paco Tous, Fernando Cayo, Juan Diego
La carrera de Chema de la Peña es muy personal, aunque bastante irregular: sus primeras películas –el raro musical Shacky Carmine e Isi/Disi (Amor a lo bestia), con Santiago Segura y Florentino Fernández de figuras- no presagiaban nada demasiado espectacular, pero luego dirigió –a medias con Gabriel Velázquez- Sud Express, una obra aún más pequeña y modesta pero, por eso mismo, muy estimulante y, en algún aspecto, modélica.
No se puede decir que haya progresado. Este 23-F, que estrena justo en el trigésimo aniversario del acontecimiento, llega tarde y se queda muy corta. Tarde, porque en los últimos meses ha habido un aluvión de documentos, escritos y filmados, sobre el mismo tema: artículos y ensayos más o menos novelados, reportajes variados y distintas películas y miniseries televisivas. Y corta –y esto es lo más grave-, porque la narración se centra en la figura de Antonio Tejero y todo gira en torno a su criminal intentona, sus andanzas por el interior del Congreso de los Diputados, sus bravuconadas, sus disputas y sus disparates, que lo llevan en algunos momentos al borde de una trágica comicidad. 
Claro que también está reflejada la actividad en La Zarzuela –con el rey Juan Carlos y Sabino Fernández Campo de protagonistas- y en los cuarteles, con la siempre firme decisión de Jaime Miláns del Bosch en Valencia, el papel desairado de José Juste en Madrid y los manejos conspiratorios de Alfonso Armada por los despachos: los generales que se apoyaron, hasta verse rebasados con creces, en la iniciativa del teniente coronel de la guardia civil. Por supuesto, asistimos a la conversación telefónica entre Juste y Fernandez Campo, con el ya famoso “Armada no está aquí ni se le espera” y al mensaje del rey a la nación, una vez liberada Televisión Española de la presencia militar.
Pero, aparte de unas leves pinceladas de la “trama civil” encabezada por Juan García Carrés –un par de charlas por teléfono con Tejero-, no hay casi nada en este argumento –excepto unos breves apuntes introductorios- que indague, explique o señale hacia los fundamentos, los motivos y la preparación del golpe. Hay, evidentemente, una confabulación; pero la película empieza con el guardia civil saliendo de su casa en la misma mañana del 23 de febrero y acaba con su derrota al otro día, abandonando el Congreso de los Diputados tras despedirse de su gente; como si ese protagonismo quisiera presentarlo como el responsable central del pronunciamiento. 
Naturalmente, es una opción legítima; quizá contar los entresijos de esa conspiración –o más bien conspiraciones- fuera otra película, en la línea de algunos documentales o de ciertas fabulaciones más o menos cercanas a la verdad. Chema de la Peña confiesa que también ha manejado material para andar esos caminos, pero que al final han preferido –los productores y él- centrarse en los hechos del mismo día 23 y sus horas posteriores, tratando de “fotografiar” la dureza y el miedo de los primeros momentos en contraste con el alivio y la alegría de los últimos instantes del golpe. Poco más de veinticuatro horas tremendas en nuestra historia, pero, a pesar de esa dramática conmoción que vivimos los españoles, mínima emoción y escasa pasión en la película.
Y también tiene la culpa el poco acertado reparto, con nombres ilustres de nuestra pantalla que se ven forzados a representar, con remoto parecido los más, a los personajes protagonistas de la historia. No está mal Paco Tous, aunque su papel sea tan desairado, y quizá tampoco Mariano Venancio –un convincente Fernández Campo-, pero no se puede decir lo mismo de los políticos retenidos en el Congreso ni de los generales  y demás militares golpistas; y ya no sabe qué pensar de la figura del rey –a cuya mayor gloria se dedica subliminalmente el relato-, tan repetido últimamente en nuestras pantallas, representado por una variedad de artistas; aunque Fernando Cayo es el más asiduo. Ya se lo debe saber. (www.23flapelicula.com/)

VIAJE A SILS MARIA   (14.06.15)
Dir.: Olivier Assayas
Pro.: Charles Gillibert   Gui.: Olivier Assayas
Int.: Juliette Binoche, Kristen Stewart, Chloë Grace Moretz
El francés Olivier Assayas es un director y guionista con una veintena de títulos en su currículum; su apuesta ha sido siempre por un cine de autor, personal y sin demasiadas concesiones a la comercialidad. Quizá por eso su obra no es muy popular en España; sus estrenos han llegado –unos pocos: Boarding gate (2007), Las horas del verano (2008), Después de mayo (2012)…- con cuentagotas y lo más visto ha sido, paradójicamente, su miniserie Carlos (2010), sobre el famoso terrorista venezolano. 
Ahora nos trae su última película, Viaje a Sils Maria. Es el nombre de
un espectacular enclave en el corazón de los Alpes suizos, y hasta allí viaja la célebre actriz Maria Enders, acompañada de su asistente personal, Valentine. El propósito del viaje, que de momento parece ser la pieza angular del argumento, se frustra por un dramático acontecimiento; en esos primeros momentos, el guion deja entrever los caracteres de ambas mujeres y las imágenes escuetas –un vagón de tren, dos personajes, unas llamadas de teléfono- las ilustran con eficacia.
Maria llega a su destino desconcertada y sin mucho ánimo, pero encuentra, a cambio, una inesperada posibilidad de relanzar su carrera. Hace veinte años, ella triunfó en el teatro interpretando una obra que plasmaba la relación entre dos mujeres: la joven Sigrid y la madura Helena: una historia de admiración, posesión y dependencia, que acababa en un arrebato mortal. Maria entonces fue Sigrid, y ahora un importante director quiere reponer la función y le ofrece el papel de Helena, acorde a su edad actual.
Al principio, el proyecto le parece descabellado e imposible de asumir, pero poco a poco, Maria va venciendo sus dudas y sus escrúpulos –y sus enormes miedos- y acepta el desafío.
Entonces comienza a ensayar su nuevo rol con la ayuda de Valentine, que asume darle la réplica. La posición real de ambas, su relación profesional, se parece demasiado a la de la ficción teatral; las palabras, los gestos, las miradas empiezan a alcanzar otra dimensión, y la vida de las dos mujeres se adentra en una espiral de emociones, en la que cada vez está menos claro dónde acaban los personajes y cuándo siguen siendo ellas mismas. Ni siquiera la aparición de la turbulenta Jo-Ann Ellis, la joven y escandalosa actriz que aspira al papel de Sigrid, cortocircuita la electricidad que se crea en los ensayos privados en la soledad de los valles alpinos.
Maria y Valentine recrean el texto por todos los rincones de la casa y también en mitad de la infinita montaña cercada por las nubes. Hasta que el tiempo pasa y llega el desenlace. Que, como dice Assayas de su película, no es geométrico, sino líquido. Como el sustento de esas nubes, como la naturaleza de los sentimientos. Es posible no entender Viaje a Sils Maria, pero es casi imposible sustraerse a sus imágenes, sus sonidos –desde las voces de las protagonistas a la ensoñadora música barroca que las enmarca-, sus secuencias sugerentes y adultas.
Viaje a Sils María coincide en su estreno con el regreso de las emociones jurásicas de Spielberg. Sin ánimo de establecer una comparación entre ambas películas, salta a la vista la meridiana diferencia entre las propuestas: un guion archisabido, predigerido, efectista y pueril frente a un texto original, maduro e inteligente. Y eso sí, una evidente coherencia interna en ambos relatos: la de unos personajes y situaciones –apoyados en la apabullante factura técnica- que en ningún momento escapan del corsé, por un lado, y la que prestan la verdad, la hondura y la libertad narrativa y vital, en el otro: el estupendo trabajo de Kristen Stewart, lejísimos de sus argumentos adolescentes, y la maravillosa Juliette Binoche, que se desdobla una y otra vez en un juego de interpretaciones y sutilezas que parece no tener fin.
Pese a todo eso, desgraciada
mente, Jurassic World la verán millones de espectadores, y la de Assayas, no. Y aquella recaudará diez, tal vez cien veces más que esta. El signo de los tiempos.
(https://www.facebook.com/CloudsOfSilsMariaMovie)

VICKY CRISTINA BARCELONA    (21.09.08)  
Esc. y Dir.: Woody Allen
Pro.: Letty Aronson, Stephen Tenenbaum
Int.: Scarlett Johansson, Rebecca Hall, Javier Bardem, Penélope Cruz  
Nueva película de Woody Allen –y van 40-, nueva entrega anual del genio neoyorkino –72 años y toda una carrera por delante, al paso que va-, que sigue rodando en Europa: tres en Londres, ésta en España y dos más que le quedan por su acuerdo con Mediapro. Y curiosamente ahora es más celebrado en su país: tras Match Point, ésta última ha sido unánimemente bien acogida por público y crítica.
Vicky y Cristina son dos chicas americanas que llegan a Barcelona a pasar las vacaciones de verano. Son completamente distintas, y ya nos lo anticipa un narrador, una voz en off que no abandonará en toda la película sus puntualizaciones, y que no deja de ser un capricho más de Allen; un procedimiento nada cinematográfico en principio, pero que acaba por funcionar, proporcionando al relato un aire de fábula, de cuento moral bastante significativo.
Vicky –Rebecca Hall- es una joven sensata, aplicada y con novio; sabe lo que quiere e intenta ser consecuente. Cristina –Scarlett Johansson- sabe, sobre todo, lo que no quiere; tiene un temperamento artístico y un carácter mucho más alocado y decidido que su amiga. Las dos se instalan en casa de un matrimonio amigo de Vicky y recorren la Barcelona turística y cultural –estupendas pinceladas de Allen- hasta coincidir en una exposición con un pintor español, Juan Antonio, que, como los cuadros no son suyos, está allí muy aburrido.
Pocos días después, Juan Antonio –que también se ha fijado en ellas, claro- se presenta en la mesa en que las dos comen y les propone irse los tres a Oviedo, disfrutar de la ciudad y de su gastronomía, y hacer el amor indiscriminada y abundantemente. Naturalmente, a Vicky la proposición de semejante golfo le parece un horror, y Cristina la encuentra divertida; tanto, que convence a su amiga, y sin más preámbulos cogen el avión: uno chiquitito, con Juan Antonio a los mandos, porque además de pintor es piloto, y además muy guapo y atento y muy inteligente, y todo es muy gracioso.
No es cuestión de contar toda la película, pero sí explicar que, cuando Cristina y Juan Antonio van consolidando su relación y ella está más confiada, hace su aparición María Elena –los nombres compuestos españoles le hacen mucha gracia a Woody-, la ex del pintor: una joven exuberante, arrolladora; también pintora, y bastante loca, en realidad. Juan Antonio y ella se quieren muchísimo pero no se soportan; han vivido un matrimonio breve y problemático y una ruptura más traumática todavía, según el más racial modelo mediterráneo.
Aunque aquí –que no tenemos remedio- nos gustaría que la película se llamase Juan Antonio María Elena Barcelona, o más todavía Penélope Javier Barcelona –qué gustazo-, lo que hace Allen es seguir el periplo amoroso y vital de sus protagonistas: Vicky recibe la visita de su novio, y contempla con sentimientos encontrados la vida que, provisionalmente –siempre provisionalmente- vive Cristina con Juan Antonio y María Elena de tercera en concordia. Lo que sí hace el director es no hacer de guionista de la pareja española: deja que los diálogos broten de la inspiración del momento y del particular genio de ambos: Bardem está estupendo casi siempre; Penélope se va calentando y, en mi opinión, termina pasada de rosca; aunque es verdad que su personaje de loca española apasionada es bastante divertido.
Woody Allen rueda como si no estuviera, con enorme facilidad aparente y, desde luego, sin imponerse a los actores. Pero posee una sabiduría apabullante para el rodaje, una capacidad narrativa que le permite cambiar de registro y seguir siendo él mismo, y una inteligencia excepcional que hace que sus películas sean muy graciosas sin dejar de contener unas cargas de profundidad de hondísimo calado. Como ésta, que indaga, en definitiva, en lo que más le gusta: el amor, digo el sexo... y las mujeres. (www.vickycristinabarcelonalapelicula.com)

VIVIR ES FÁCIL CON LOS OJOS CERRADOS   (03.11.13)
Dir.: David Trueba
Pro.: Cristina Huete   Gui.: David Trueba
Int.: Javier Cámara, Natalia de Molina, Francesc Colomer
Los Rodríguez Trueba: ¡qué familia tan cinematográfica! David es el hermano pequeño de Fernando Trueba, y es tío, por tanto, de Jonás, también cineasta. Es cuñado de la productora de esta película, Cristina Huete, y la hermana de esta, Lala, es la diseñadora de vestuario; y también “sale” Ariadna Gil, con la que el director mantiene buenas relaciones. Eso sí: Jorge Sanz y Ramón Fontseré, que completan el reparto, deben ser solo amigos; sobre todo este último, porque si no es por amistad, no se sabe qué pinta en el asunto.
De David Trueba son La buena vida –un muy estimable debut-, Soldados de Salamina, La silla de Fernando –un magnífico documental co-dirigido con Luis Alegre-, Madrid, 1987 y otras menos interesantes. También es, por supuesto, guionista, escritor y actor si es necesario.
Vivir es fácil… se inspira en un hecho real: en los años 60, un profesor de inglés enseñaba el idioma basándose en las letras de las canciones de los Beatles. Como encontraba algunas frases ininteligibles, cuando se enteró de que John Lennon estaba en España rodando una película –Cómo gané la guerra, de Richard Lester-, decidió ir a encontrarlo para que le sacara de la duda. Y ese es el itinerario de la película, con Antonio –el profesor- cabalgando en su rutilante 850 desde Cartagena hasta Almería.
Lo demás se lo ha inventado Trueba; por el camino, Antonio recoge a Belén y a Juanjo, dos chavales fugitivos: él, de su casa, donde su padre, un severo policía, no entiende su rebeldía juvenil; y ella, de una institución religiosa –o sea, una cárcel- para madres solteras y niñas descarriadas en general. Juanjo es un crío que no sabe qué hacer con su vida, y solo tiene claro que en su casa no aguanta más; Belén es una joven animosa y alegre, que quiere llegar a la costa, que es también la libertad y el futuro. Antonio acepta complicarse el viaje –siempre que no le saquen de su irrevocable intención-, conmovido y estimulado por el aire fresco que le aporta la presencia de los chicos. Y así, llegan a Almería.
Como en tantas ocasiones, lo importante del camino es el camino mismo, como una vía de conocimiento, de estímulo y de crecimiento. También aquí, pero en esta ocasión importa más la meta. Allí, Juanjo madurará en un curso acelerado; Belén encontrará la energía que necesitaba; y Antonio pasará por encima de las mil y una dificultades que presenta su misión –casi una odisea homérica- para alcanzar su Ítaca soñada: el rodaje de la película y la caravana de John Lennon, con Lennon y su guitarra dentro. Y allí, como un himno, como una alegoría, nace Strawberry Fields Forever.
La historia es bonita; quizá demasiado bonita… La ambientación es buena; seguramente si no me la creo del todo es porque la España cutre que retrata Trueba era en realidad más cutre todavía. Javier Cámara está muy bien, aunque se parece demasiado a Javier Cámara… Ningún reparo a los dos jóvenes: Francesc Colomer –el “Andreu” de Pan negro- ha crecido y apunta muy buenas maneras, y Natalia de Molina, una casi debutante, es una agradable revelación que llena la pantalla con su fotogenia y su gracia. Por el contrario, Ramón Fontseré, un enorme actor de teatro, me resulta un muy flojo actor de cine; o será que su papel es menos agraciado…
El propio título de la película está sacado de la canción de Lennon, pero también en ella se dice que “nada es real”. Quizá haya que ver la película así para que funcione: como un cuento, como una historia de ilusión, un canto a la voluntad y una metáfora de la vida en la que abrir los ojos cuesta más, pero tiene su recompensa. En esa tesitura, el guion funciona sin fisuras; a estas alturas, David Trueba no tiene problemas para componer de manera eficaz sus palabras y sus imágenes; la historia fluye felizmente y el espectador se cree lo que ve y lo que se le sugiere: incluso que Lennon devolvió la visita a Antonio para cantar con él Strawberry Fileds Forever en su clase. (
https://es-es.facebook.com/viviresfacillapelicula)

VULNERABLES   (04.11.12)
Y para el final se queda el intento de cine de otro español, también debutante en la pantalla grande: Miguel Cruz Carretero y su Vulnerables. El título hace referencia a los sufridos críticos, que no nos merecemos tanto castigo. O no, igual es a los protagonistas de la película: una madre soltera, su bebé prematuro y el guarda de su finca, que tiene un hijo de armas tomar. Puede ser, porque la protagonista es Paula Echevarría, una chica muy mona que está aprendiendo a vocalizar: hay que cuidarla. A los demás no los conozco de nada, pero parecen buena gente. Ah, sí, a Joaquín Perles lo vi en El discípulo; por eso no me acordaba.
Carla, la protagonista, se refugia en la finca en cuestión buscando un ambiente más sano que el de la ciudad para su recién nacido. Trata de vivir allí y trabajar desde la tranquilidad que da el campo, pero la verdad es que aire puro puede que sí, pero tranquilidad no encuentra. Porque en esa casa también pasan cosas inexplicables. Y aquí está bien que lo sean, porque en cuanto se explican resulta aun peor. La película, que no tenía mucho fundamento, se desliza todavía más hacia lo previsible y lo grotesco, con un final tan falsamente dramático que uno lamenta que se acabe… cuando empezaba por fin a reírse.
(http://www.vulnerables.es/)