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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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UNA CHICA CORTADA EN DOS    (18.05.08)  
Dir. Claude Chabrol
Pro.: Patrick Godeau   Gui. Claude Chabrol, Cécile Maistre
Int.: Ludivine Sagnier, François Berléand, Benoît Magimel  
Nueva película del muy prolífico Claude Chabrol, el “joven” director francés de (casi) 78 años que no ha dejado de trabajar desde la “nueva ola” de los años 60; concretamente, lleva 50 de carrera, desde El bello Sergio, de 1958, y aproximadamente 70 títulos; entre ellos El tigre se perfuma con dinamita, La mujer infiel, El carnicero, La década prodigiosa, Las bodas rojas, La sangre de los otros, Pollo al vinage, Días tranquilos en Clichy, El infierno... Ahora Chabrol ha escrito este guión a medias con su habitual ayudante de dirección Cécile Maistre, inspirado en el crimen que le costó la vida al arquitecto del Madison Square Garden en 1906. Igual que Richard Fleischer en La chica del trapecio rojo (1955) y Milos Forman (Ragtime, 1981); pero distinto, claro. La acción actual se sitúa en nuestros días, en Lyon, y en las primeras imágenes los títulos de crédito se superponen a una atmósfera ensangrentada y a la trágica música de Puccini, mientras nos acercamos a la lujosa casa de Charles Saint-Dennis, un maduro escritor de mucho prestigio. 
Mientras vamos conociendo a Charles, Chabrol nos presenta a Gabrielle, una joven y guapa periodista de televisión, deseosa de hacer una carrera en la pequeña pantalla. Y paralelamente, en la vida de Gabrielle se cruza también Paul Gaudens, un joven millonario, heredero de un imperio y bastante desequilibrado emocionalmente. Ambos hombres desean a Gabrielle y ella cae en las redes seductoras del escritor, a pesar de la diferencia de edad y a pesar, aún más, de la relación, llena de desapego y perversión, que éste le ofrece.
Paul no deja, sin embargo, de intentar conquistar a Gabrielle, ofreciéndole su fortuna y la posibilidad de hacer realidad sus deseos, los más prácticos –tener su propio programa de televisión- y los más románticos, noches de amor y viajes de placer a lugares soñados incluidos. Si Gabrielle no quiere ser verdaderamente la chica partida en dos –como Chabrol nos muestra en la feroz caricatura que cierra la película-, tendrá que escoger entre el depravado Charles y el desquiciado Paul... a menos que, como suele suceder, la propia vida elija por ella.
Claude Chabrol no ha sentido nunca demasiado apego por sus protagonistas, ni por el género humano en general; en sus películas hay crímenes, traiciones y maldades surtidas. Pero en los últimos tiempos, claramente desde La ceremonia (1995) y en las obras siguientes –En el corazón de la mentira, Gracias por el chocolate, La flor del mal, La dama de honor- el maestro francés vuelve una y otra vez su mirada hacia la sociedad burguesa y provinciana y sus pecados, y los muestra sin tapujos y con ánimo de trascender al resto de la humanidad. Sus relatos son, en el envés de Rohmer, “cuentos amorales”; si sus personajes se salvan –a veces sí- será a su pesar, por casualidad o fruto de la misma corrupción en la que abundan.
Una chica cortada en dos es, en ese sentido, la misma película que las anteriores. O mejor dicho –porque afirmar eso sería caer en un reduccionismo “amateur” y paleto-, es un capítulo más de la misma historia, que el autor desarrolla con insistencia y con cierta impaciencia, como demuestra su ritmo de trabajo. Una impaciencia que no le impide retratar ambientes y personajes con calma, con una exacta medida del tiempo, dando a la imagen y a la elipsis el valor dramático que cada una necesita: muestra el crimen pasional que atraviesa el relato, pero lo más significativo, los sucesos más importantes, suceden a escondidas del espectador.
Apoyado en ese estilo sintético y en la formidable actuación de sus intérpretes, Chabrol observa a sus criaturas y nos las enseña sin opinar sobre sus conductas ni sus conciencias... suponiendo que las tengan. En todo caso, su cine se aleja tanto del suspense como del dogmatismo o la denuncia: aquí no hay historias de buenos y malos, ni de crímenes y castigos; al final abandona a sus personajes y deja que cada uno los juzgue y concluya la historia como su inteligencia y su sensibilidad se lo concedan. (www.la fillecoupeeendeux.com)

UNA DULCE MENTIRA   (17.04.11)
Dir.: Pierre Salvadori
Pro.: Philippe Martin   Gui.: Pierre Salvadori
Int.: Audrey Tautou, Nathalie Baye, Sami Bouajila  
El director Pierre Salvadori y Audrey Tautou ya trabajaron juntos en Un engaño de lujo, una comedia de enredo semejante a la actual; en ese registro, con mayor o menor profundidad, es en el que se desenvuelve la carrera de Salvadori: Usted primero, Los aprendices, el guión de La mujer del cosmonauta, con Victoria Abril… Por su parte, Amélie, digo Audrey Tautou se mueve como pez en el agua por la pantalla, dada su portentosa fotogenia, en cualquier género que acometa. En esta película es la atractiva Émilie, una joven emprendedora dueña de una moderna peluquería. Su socia y sus empleadas la quieren, pero la quiere más –en secreto- Jean, el apuesto encargado del mantenimiento del local. Émilie, por su parte, está más pendiente del negocio y sus clientas y, sobre todo, de su madre, Maddy, permanentemente deprimida desde que su marido la abandonó. Todo marcha con relativa tranquilidad hasta que Jean, incapaz de reprimir sus sentimientos, escribe a Émilie una carta anónima declarándole su amor. 
Tras el primer momento de sorpresa e indiferencia, Émilie tiene una idea y le remite la apasionada misiva a su madre, pensando que el tal amante imaginario puede servirle de revulsivo. Y tanto que lo hace: de repente, Maddy se transforma en una mujer feliz, decidida y con tantas ganas de vivir como ascos le hacía antes a la vida. La joven, desconcertada, sólo atina a prolongar el engaño, escribiendo ella misma más cartas de amor a su madre. Lo hace bastante mal y cuanto más lo intenta, se preocupa y pierde el sueño y casi la salud, más obligada se siente a seguir escribiendo y a hacerlo mejor para no desilusionar a la confiada pero cada vez más exigente Maddy.
Por su culpa –por la de Émilie- el embrollo crece enredándolos a los tres, hasta poner en peligro la estabilidad emocional de los que no la habían perdido ya, e incluso zozobra el propio negocio. La chica, su madre y el inocente Jean olvidan su estima recíproca y lo que antes era una balsa de aceite se convierte en un auténtico tsunami. Y todo esto sucede aproximadamente en una primera hora larga de la película, que tiene un ritmo excelente y un guión chispeante, divertido y acerado.
Los tres protagonistas, además, están francamente bien: Sami Bouajila –el actor de origen tunecino al que hemos visto en Indígenas y London River-, la siempre magnífica Nathalie Baye y Audrey Tautou –no quiero insistir en su capacidad de seducción- componen sus personajes con toda eficacia. En todo este tramo, ya digo, parece fácil. Lo complicado viene a continuación, cuando Salvadori tiene que ir buscando la pista de aterrizaje sin que le descarrile el patinete. Y es difícil, porque él mismo se ha puesto el listón muy alto con un enredo tan mayúsculo.
Para empezar, y en aras de la coherencia, cuando los personajes descubren la verdad, ninguno quiere aceptarla: Maddy se niega a olvidar la ilusión de una nueva pasión, Émilie rechaza terminantemente a Jean, y éste no puede resignarse a perder el amor de la joven ni tampoco a disculpar el lío en el que le ha metido. Y el guión se resiente de tanta calamidad: los diálogos pierden chispa, aparecen algunos elementos que chirrían y descompensan las actitudes y los caracteres de los protagonistas, y todos van y viene por la pantalla sin rumbo demasiado claro, a riesgo de marear y desinteresar al espectador.
Una pena, que demuestra que las buenas historias sólo son buenas cuando terminan bien; y no me refiero, claro está, al manido “happy end”, que a veces –como ésta- estropea más que ilustra una película. El final de un relato puede ser incluso abierto, sugerente, un “no-final”, si la historia así lo exige; lo que no es de recibo es llevar un argumento y unos personajes a unas situaciones que sólo se pueden concluir con un remiendo. Eso es lo que le ha pasado a esta Dulce mentira: que para ser verdad le sobra media hora. (www.golem.es/unadulcementira/index.php)

UNA FAMILIA DE TOKIO   (24.11.13)
Dir.: Yôji Yamada
Pro.: Hiroshi Fukazawa   Gui.: Yôji Yamada, Emiko Hiramatsu
Int.: Isao Hashizume, Kazuko Yoshiyuki, Masahiko Nishimura
En 1953, el mítico Yasuhirô Ozu dirigió la extraordinaria Cuentos de Tokio. Sesenta años después, otro gran director japonés, el veterano Yôji Yamada –el autor de El ocaso del samurái- homenajea a su maestro, rehaciendo la película con personajes y ambientes de la actualidad. Yamada tiene 83 años, lleva 50 dirigiendo cine y cuenta con 70 películas en su haber -4 o 5 estrenadas en España-, entre las que se encuentra la serie de 48 títulos, la más larga de la historia, dedicada al héroe urbano Tora-San. En 2010 recibió en Berlín un premio a toda su carrera, con El ocaso del samurái fue candidato al Oscar y Una familia de Tokio ha ganado hace unas semanas la Espiga de Oro del Festival de Valladolid.
Aunque el guion sea nuevo, el argumento de esta es idéntico al de la película de Ozu: como en aquella, un anciano matrimonio llega a la capital para ver a sus hijos y a sus nietos. Como entonces, pero ahora todavía más, Tokio es una megalópolis que no favorece las relaciones familiares, y menos si los hijos viven dispersos, están muy atareados en sus respectivas ocupaciones y se han acostumbrado a la ausencia y la vida lejana de sus padres. El mayor es médico y tiene mucho trabajo; la segunda tiene una peluquería y un marido ocioso, y ambas cosas la preocupan por igual; y el menor es soltero, no tiene una ocupación fija y parece un poco inconsciente y despistado.
Tanto, que protagoniza la secuencia inicial, en la que debe ir a recoger a sus padres a la estación y todos a la vez y cada uno por su lado se hacen un buen lío, que termina con el matrimonio llegando en taxi a casa de su hijo mayor mientras el pequeño se pierde con su viejo coche tratando de adivinar por dónde vienen y qué camino han cogido.
En realidad, todos sienten la alegría y la emoción del reencuentro –aunque no lo manifiesten mucho, son japoneses: las reverencias sustituyen a los besos y abrazos-, pero a los pocos días, cuando los ancianos han pasado ya por las casas de los hijos mayores –ir a la del menor ni se lo plantean- surge la incomodidad y el desconcierto: ninguno sabe cómo seguir atendiendo ni cobijando a los ancianos, y estos aceptan a regañadientes trasladarse a un hotel; eso sí, moderno y muy lujoso. Tan moderno y tan lujoso que no les resulta confortable.
No les queda casi nada por hacer en Tokio. Y como presienten que puede ser su último viaje a la ciudad, antes de irse el padre quiere hacer una visita en honor de un antiguo camarada, y la madre se empeña en conocer de primera mano cómo vive su hijo soltero. Ambos pasarán unas horas separados, y los dos cumplirán su deseo; de formas muy distintas, pero seguramente muy satisfactorias. Ya pueden volver a su casa del pueblo. Y el relato emboca su recta final –presidida por el dolor y la incertidumbre-, que revela todo el mundo interior de sus protagonistas: un grupo de personas unidas por lazos que el tiempo y las distancias han ajado y debilitado hasta marchitarse y morir.
Como en Hara-Kiri, la película de Masaki Kobayashi (1962) reinterpretada hace un par de años por Takashi Miike, la película de Yôji Yamada es igual que la de Ozu y a la vez radicalmente distinta: no hay imitación, sino un homenaje que propone una relectura con códigos éticos y estilísticos nuevos. Una familia de Tokio trasciende –como su antecesora- la mera anécdota, para plantear una metáfora sobre la naturaleza humana. Pero no hay otros elementos poéticos, salvo en los momentos que la pareja de ancianos pasa en el hotel; la película sólo describe la realidad y pinta en planos largos y delicados, como si una rápida y vulgar aproximación no fuera suficiente, la vida de los personajes, sus casas agobiantes, la ciudad tremenda. La mirada de Yôji Yamada es implacable. A lo largo de dos horas y media, en las que no sobra nada, realiza con mano magistral una certera crónica social y un retrato de familia desolador; pero también una película rigurosa y bellísima. (www.acontracorrientefilms.com/pelicula/245/una-familia-de-tokio/)

UNA MUJER, UNA PISTOLA Y UNA TIENDA DE FIDEOS CHINOS   (22.05.11)
Dir.: Zhang Yimou
Pro.: William Kong, Zhang Weiping  Gui.: Shi Jianquan, Shang Jing
Int.: Sun Honglei, Shen Yang Xiao, Yan Ni  
Este próximo noviembre, Zhang Yimou cumplirá sesenta años, y puso al cine chino en el mundo hace más de veinte con Sorgo rojo, que ganó el Oso de Oro en Berlín y que lo consagró a la cabeza de una nueva generación de directores de su país. Después llegaron Semilla de crisantemo, La linterna roja, Qiu Ju, una mujer china, ¡Vivir!, La joya de Shanghai, Ni uno menos, El camino a casa, Hero, La casa de las dagas voladoras, La maldición de la flor dorada y alguna más. Una obra excepcional, llena de aciertos y con un sello personal caracterizado por su interés político, humano y, desde luego, estético.
En algún momento, Zhang Yimou vio Sangre fácil, la primera película de los hermanos Coen –otros maestros en lo suyo- y quedó fascinado; durante muchos años maduró una idea y por fin se decidió a realizarla: una historia china basada en ese mismo argumento. No se trata de una revisión ni de un calco, al estilo de las versiones que el cine americano suele producir sobre éxitos anteriores, sino de una “inspiración” trasplantada a su propio lenguaje, a su cultura y su tradición.
Dice Zhang que la tragedia y el drama son universales y que cualquier obra de estos géneros puede comprenderse en todo el mundo, sea cual sea el lugar y la época en que fuera creada; pero con la comedia no sucede lo mismo: el humor es mucho más local y es posible que lo que en un país o en una zona resulte divertido, en otros la gracia pase totalmente desapercibida. Seguramente tiene razón, pero aún así se ha atrevido a tomar la historia de los Coen –un sombrío thriller sentimental salpicado de humor negro- y convertirla en una ópera bufa completamente china, una farsa casi musical –su ritmo es su banda sonora- en la que los elementos teatrales se combinan con su espectacular sentido cinematográfico.
El argumento se desarrolla en una vieja posada en mitad de un paisaje lunar. La trama es la misma que en el original: el eterno conflicto entre el marido burlado, la esposa casquivana y el amante; aquí éste es un tontaina pusilánime, elegido sólo por el ansia de venganza de una mujer maltratada… y porque no había otro más a mano. El elenco se completa con una pareja de criados –personajes cómicos equivalentes al “gracioso” de nuestro Siglo de Oro- y, claro, el detective, encargado por el marido de dar un escarmiento a los traidores. El marido es cruel, brutal y avaricioso, y el detective es astuto, malvado y todavía más codicioso. Puede matar fácilmente a los amantes, pero quizá prefiera esperar a ver cuánto dinero puede sacar del asunto.
A estas alturas, la experiencia y el talento de Zhang no encuentran ningún obstáculo para contar esta historia. Convertida, como digo, en una farsa –casi surrealista-, el director retrata la posada con grandes angulares, para darle aún mayor aspecto de escenario teatral, pero los combina con espectaculares exteriores, en unos campos infinitos, rojos de día y azules de noche, bajo unos cielos surcados de nubes velocísimas, de lunas que parecen faros, de luces y sombras como amenazas: unos auténticos protagonistas del relato. Y por supuesto, hay soldados a caballo, de lanzas y armaduras relucientes, detalles riquísimos en primeros planos fulgurantes: la marca del genio. La misma firma que se revela en los momentos más brillantes de una película que los tiene a docenas: la secuencia inicial con el descacharrante vendedor de armas; la elaboración, casi mágica y a ritmo sinfónico, de la sopa de tallarines; o el final trepidante, lleno de violencia pero también repleto de ingenio y sentido del humor. A lo mejor hay que ser chino para entender y disfrutar toda esta armonía de sensaciones, sonidos y colores; pero yo creo que no; y que, aunque Zhang se lo piense, el humor y los conflictos humanos son universales e intemporales. La “Commedia dell’Arte” ya representaba este mismo argumento. Y Lope; y Moliére; y Buñuel, y el cine italiano, y el francés y el americano: los Coen, con su estilo; Zhnag Yimou con el suyo: esa maravilla de ritmo, luz, color y sentido plástico absolutamente inimitable.
(www.unapeli.com/sitio-oficial/web-oficial-una-mujer-una-pistola-y-una-tienda-de-fideos-chinos.html)

UNA NOCHE EN EL VIEJO MÉXICO   (11.05.14)
Dir. Emilio Aragón
Pro.: Emilio Aragón, Daniel Écija, Rob Carliner, William D. Wittliff   Gui.: William D. Wittliff
Int.: Robert Duvall, Jeremy Irvine, Angie Cepeda
No hace falta presentar a Emilio Aragón: es uno de los personajes más populares del universo audiovisual español. Acaba de cumplir 55 años y ha hecho de todo: ha sido payaso, presentador, músico –seguramente su pasión más honda-, actor en un buen número de series de televisión y alguna película, productor, guionista y, por último, director, con dos largometrajes en su haber. Debutó en 2010 con Pájaros de papel, una historia en la que había puesto muchísimas esperanzas; de alguna manera, aun siendo una obra estimable, no se cumplieron sus expectativas. Seguramente por eso ha tardado cuatro años en volver al cine.
Y podrían haber sido más, pero se encontró esta oferta para rodar en Estados Unidos, con producción americana y española –ese nuevo cine patrio en inglés y con reparto internacional-, con un gran actor como Robert Duvall, y con la posibilidad de aportar cierto toque personal al proyecto, incluyendo algunos intérpretes y la música de la película. Además, el argumento tampoco parece del todo ajeno a los intereses que se adivinan más habituales en su carrera.
Robert Duvall es
Red Bovie, un viejo granjero que, cuando empieza la historia, no pasa por sus mejores horas; desahuciado por el banco y sin poder hacer frente a sus deudas, se ve obligado a abandonar todo cuanto posee y terminar sus días en una residencia. La alternativa que ve más razonable es pegarse un tiro, pero justo en ese momento recibe la inesperada visita de Gally, un joven desconocido que dice ser su nieto. Red no sabe nada de su hijo desde hace mucho tiempo; y, por supuesto, todavía menos de la existencia de este nieto. Una existencia y una visita totalmente inesperadas.
Gally y Red no congenian a la primera, precisamente; al adusto granjero no le interesan nada –en apariencia, al menos- las noticias que trae su nieto, y este se desconcierta tanto por la acogida del abuelo, que decide marcharse por donde ha venido.  Pero el destino –llamémosle necesidad- hace que, casi sin querer, acaben escapando juntos por las polvorientas carret
eras secundarias de Tejas hasta dar con un pueblo olvidado y fronterizo en más de un sentido. Allí la noche se llena de aventura, tequila, canciones y amoríos cercados por el peligro.
La culpa la tienen, a partes desiguales, la guapa Patty, una joven aspirante a cantante que carga con sus sueños rotos y un futuro muy oscuro, y el taciturno y violento Panamá, un pistolero que rastrea la pista de unos compinches traidores y de un bolsón lleno de dólares caído, casualmente, en manos de la pareja. Gally es inexperto en casi todo, aunque atesora la osadía de la juventud; todo lo contrario de Red, de vuelta de la vida y sus recovecos, cargado de años y escaso de fuerzas; pero sabio, tozudo y capaz de un último acelerón del corazón.
Emilio Aragón se las ha entendido con esta historia mezcla de “road movie” y western crepuscular, que contiene también gotas de humor corrosivo y certeros trazos de personajes. Lo malo es que falta continuidad, en lo lineal y en lo profundo. Quizá sea culpa del guion, que va de más a menos: las primeras secuencias dibujan unos tipos estupendos: los maleantes que abren el argumento, el abuelo y el nieto… Incluso Patty y Panamá arrancan con más brío del que luego muestran. Y lo mismo puede decirse de las evoluciones de los protagonistas, que se inician con cierto halo de tragedia para terminar en un territorio cercano a la comicidad.
Esa mezcla y esa arritmia están a punto de arruinar la película; pero se compensan con la voluntad que le ha puesto Emilio Aragón para remontar la tensión narrativa, y las buenas intenciones de todo el reparto, encabezado por el gran Robert Duvall –suya es la pantalla todo el tiempo-, con Jeremy Irvine de muleta, Angie Cepeda para iluminarle la mirada y un estupendo Luis Tosar de antagonista. (http://www.facebook.com/UnaNocheEnElViejoMexico
)

UN BUEN HOMBRE   (03.05.09)
Dir.: Juan Martínez Moreno
Pro.: Gerardo Herrero, Mariela Besuievski   Gui.: Juan Martínez Moreno
Int.: Tristán Ulloa, Emilio Gutiérrez Caba, Nathalie Poza  
Segunda película de Juan Martínez Moreno, después de Dos tipos duros –premio del público en Málaga 2003-, a la que ésta no se parece en nada. Martínez Moreno es también autor del guión, que relata la amistad entre Vicente y Fernando, dos profesores de la facultad de Derecho de una universidad gallega; el mayor, Fernando –Emilio Gutiérrez Caba- es catedrático, casado con una mujer bastante más joven y padre de un chavalín; apoya y tutela a Vicente –Tristán Ulloa-, que, además de compañero y amigo, es casi como otro hijo para él. 
Vicente está a punto de ganar también su cátedra; es una persona honrada, recta y muy religiosa: un buen profesor, un buen marido, un buen hombre. La amistad entre ambos parece inquebrantable, pero un terrible suceso vendrá a ponerla a prueba y hará tambalear las más sólidas creencias y actitudes del estricto Vicente; a partir de ahí, su vida se quebrará entre el éxito profesional, la acomodada –hasta entonces- situación conyugal y los dictados de su conciencia, que no sabe si podrá acallar definitivamente.
Las novelas de Patricia Highsmith y las películas de Claude Chabrol son los referentes confesados por Martínez Moreno; en efecto, en Un buen hombre se respira ese mismo aire provinciano viciado de pequeñas y grandes maldades, habitado por personajes cotidianos, reconocibles en su cercanía y en su ausencia de notoriedad y trascendencia. La doble moral burguesa, la ambición, el odio y el crimen aderezan esta historia oscura y despiadada, apasionadamente interpretada por el dúo protagonista.
Lástima que esa misma pasión produzca resultados contraproducentes cuando el guión se desliza más de la cuenta en la desmesura dramática y –por el otro extremo- en la simpleza de la trama policial, que no ayuda a la hondura de los personajes. Aún así, hay que reconocer la muy buena idea inicial y el propósito de un cine nada convencional, crítico y valiente. (www.unbuenhombre.com)

UN BUEN PARTIDO   (09.12.12)
Dir.: Gabriele Muccino
Pro.: Gerard Butler, Jonathan Mostow, Alan Siegel   Gui.: Robbie Fox
Int.: Gerard Butler, Jessica Biel, Dennis Quaid
El italiano Gabriele Muccino (Roma, 1967) ha trabajado en su país –recuerdo que me gustó El último beso- hasta que Wil Smith lo llamó a América, él sabrá por qué, para dirigirlo en dos películas: En busca de la felicidad y Siete almas, dos “melos” sin más pretensiones que el lucimiento del protagonista. La cosa, el negocio, no debió salir muy mal, cuando ahora es Gerard Butler el que ha reclamado sus servicios con finalidad parecida.
El guion de Robbie Fox –que tampoco es una lumbrera, de momento- convierte a Butler en futbolista. Él es George Dryer, una vieja gloria que, siguiendo la estela de David Beckham y tantos otros, recala en el “soccer” americano tras una carrera de éxitos en el fútbol europeo. Ha sobrevivido algunas temporadas, hasta que una grave lesión lo ha retirado definitivamente; y ahora malvive en un pueblo de Luisiana, con la esperanza de trabajar en la televisión como comentarista y de recuperar el amor de Stacie, su ex mujer, y de Lewis, su hijo, al que no ha visto mucho en los últimos años.
Aunque no es lo que más le gusta, acepta entrenar a los chavales del colegio de Lewis, niños y niñas de ocho o nueve años. Eso, al menos, le permite estar cerca de Stacie, aunque es evidente que ella no lo mira con demasiada confianza. Los niños sí que están encantados de tener un entrenador que ha sido una estrella; y mucho más encantadas se muestran algunas de sus mamás, que van a desplegar todas sus dotes de seducción para conquistarlo. Sobre todo Barb, una llorosa divorciada que busca desesperadamente la autoestima perdida, Denise, una decidida profesional de la televisión que quiere solucionarle la vida, en más de un sentido, y Patti, la muy ardorosa mujer del millonario y promiscuo patrocinador del equipo.
La fórmula de la película no contiene ningún secreto. Un actor de moda, guapo y fotogénico, que produce un relato barato puesto en imágenes por un realizador de oficio, y un reparto que contenga nombres de cierta solvencia y al menos una conocida cara bonita. En este caso, tres: Jessica Biel más Catherine Zeta-Jones y Uma Thurman –aunque la verdad es que estas dos están ya un poquito lejos de sus mejores momentos- y a todos se une Dennis Quaid, que sirve para un roto, un descosido y hasta una vainica, si hace falta.
¿Y cómo ligan todos los ingredientes? Regular nada más. Muccino, como hemos dicho, se mueve con soltura entre el melodrama y la comedia sentimental, pero necesita motivarse con el apoyo de un buen guion; y este no es de los mejores, plagado de lugares comunes, facilillo, excesivamente dócil y demasiado previsible. Condiciones que se traducen en una realización sin fuerza, con un desaliño y una apatía que alcanza también a los protagonistas.
El ejemplo más claro es el de Matt, el actual novio de Stacie, con el que convive y está a punto de casarse –la escena en que George la pilla probándose el traje de novia da grima-, que sabe desde la primera escena cuál va a ser el desenlace y parece que le da lo mismo. Pero los demás tampoco se dejan la piel en el asunto; puede ser que se hayan enterado de lo que cobran los auténticos astros del balón y les haya entrado una depresión.
Hay un momento, no obstante, en que la película parece que cobra altura –que nadie se ilusione, son unos minutillos de nada-, ya cerca del final; como si un desenlace imprevisto, relativamente original, pudiera enderezar relato tan plano. Como era de esperar, no sucede así y todo vuelve por el carril trazado milimétricamente para la placidez y la felicidad del espectador poco exigente. Porque a lo mejor lo que sucede es que algunos lo somos demasiado, y las películas como esta tienen su público, personas que pasan por taquilla y se dejan unos dineros –los de la entrada y los de las palomitas de los niños- que permiten que el engranaje funcione, que todos salgan ganando y que vuelvan a hacer más cosas como esta. Esto es lo peor. (
http://playingforkeepsmovie.com)

UN CUENTO CHINO   (19.06.11)
Dir.: Sebastián Borensztein   
Pro.: Pablo Bossi, Juan Pablo Buscarini, Gerardo Herrero   Gui.: Sebastián Borensztein
Int.: Ricardo Darín, Huang Seng Huang, Muriel Santa Ana  
A estas alturas, Ricardo Darín es una estrella de tanta magnitud que –iba a decir- da igual quien lo dirija. No es así, claro, pero es tal la calidad, la versatilidad y la fotogenia del actor, que hay que hablar casi más de una película “de Ricardo Darín” que de su director; como pasaba antiguamente, vamos. De hecho, la filmografía del argentino Sebastián Borensztein –series de televisión en su mayor parte- es desconocida para nosotros; no así la de Darín, que comprende títulos bien importantes, desde El mismo amor, la misma lluvia y Nueve reinas –que lo descubrió en todo el mundo-, hasta los recientes Carancho y El secreto de sus ojos. Más de cincuenta películas, algunas menos trascendentes pero todas con el aliciente de su presencia.
Dice Darín que Un cuento chino es una sátira; y es verdad en lo que se refiere al personaje protagonista y a su entorno inmediato; y sobre todo, en la carga de ironía que contiene el título; porque lejos de ser una fantástica historia ficticia, lo que vemos es tan real como la vida misma. Empezando por el principio, que sí es una historia oriental: cuando un joven chino se embarca con su novia para pedirle, en la solitaria discreción de su pequeño barquito, que se case con él, un suceso inesperado, casi imposible, increíble del todo, acaba con sus sueños.
Eso sucede en China, pero en Argentina, en un barrio de Buenos Aires, vive Roberto. Todo un personaje: un hombre huraño, maniático, meticuloso hasta contar los clavos de cada caja que le mandan sus proveedores, capaz de repasar y recolocar a cada rato las infinitas figuritas de su vitrina, de repetir sin variación las rutinas diarias de cada día –y noche- de su existencia, y de escudriñar en todos los periódicos las noticias que le parecen de interés, para recortarlas y archivarlas con el mayor de los mimos. Roberto es dueño de un carácter indómito, forjado en la dificultad. Ha sido combatiente en la guerra de las Malvinas, quizás un héroe, aunque no quiera recordarlo; la ferretería que heredó de su padre no le va a hacer millonario, ni lo intenta; y su talante desabrido lo hace parecer antipático. En el fondo, lo que le pasa es que no tolera las tonterías, las injusticias ni los atropellos, vengan de un cliente pesado o de un policía infame. Se ha refugiado en su estricta soledad –esté solo
o en compañía de otros-, en una forzada misantropía que quiere estrangular su sentido solidario, y en una incapacidad para el amor que él mismo sabe que es tan falsa como un salvavidas de papel.
Podemos imaginar lo que sucede cuando en su vida se cuela Jun, el joven chino que ha aterrizado en Buenos Aires casi sin saber cómo, sin hablar ni una palabra de español, abandonado, sin dinero ni paradero conocido pero con hambre. Roberto lo mete en su casa y desde ese momento pelea por librarse de él, por sobrevivir mientras tanto y no dejarse ganar por el afecto que pudiera –no será verdad- empezar a nacer entre los dos. Porque, claro, la absoluta incomunicación que imposibilita el diálogo y la convivencia –dos idiomas, dos caracteres, dos culturas opuestas- se va debilitando y hace nacer algún entendimiento, algún parecido, cierta solidaridad entre dos almas más semejantes de lo que ellos reconocen.
Darín compone este Roberto maravillosamente; con un físico que se adapta al personaje, con un asomo de desdén en la voz traicionado por la tristeza de su mirada, con un gesto medido, siempre exacto. Una interpretación que conmueve. Es el mejor vehículo para esta historia de múltiples lecturas, a la que también
Sebastián Borensztein ha sabido dotar de una factura y un ritmo más que convincentes, fotografiando a sus criaturas con esmero y dosificando con habilidad los tonos y estilos de la comedia costumbrista, la fábula sentimental y la introspección personal; que de todo hay en esta espléndida propuesta. Y, por cierto, una última recomendación: hay que quedarse al final de la película para que podamos presenciar al completo los títulos de crédito… y algo más. (www.uncuentochino.com.ar/)

UN DIOS SALVAJE   (20.11.11)
Dir.:
Roman Polanski
Pro.: Saïd Ben Saïd   Gui.: Roman Polanski, Yasmina Reza
Int.: Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz, John C. Reilly  
Sería una impertinencia tratar de presentar a Roman Polanski. Setenta y ocho años, 36 películas como actor, autor de 22 guiones y director de 19 largometrajes –más un segmento en otros dos- y nueve cortos entre 1955 y 1962, fecha en la que debuta en el largo con El cuchillo en el agua. No hace falta repasar su obra, que es muy conocida; todavía resuenan los ecos de El escritor –una de las mejores películas del año pasado- cuando nos llega esta nueva obra de arte, producto de su confinamiento en Suiza a causa de los problemas que también todos sabemos.
A partir de la pieza teatral de Yasmina Reza, y con su colaboración, Polanski compuso este guión y lo realizó nada más obtener su libertad. A pesar de estar rodado en París, el director lo sitúa en Nueva York, como un primer apunte burlesco; claro que la acción, absolutamente encerrada entre las cuatro paredes de un apartamento, le permite la licencia. Hay, es verdad, un breve prólogo –que tendrá su reflejo en un epílogo semejante- con una escena que vemos de lejos y ni siquiera oímos:
unos chavales discuten en un parque; dos de ellos se enzarzan, cruzan algunos insultos, uno coge un palo y golpea al otro en la cabeza...
De inmediato, presenciamos la evidente consecuencia: los padres de ambos chicos se entrevistan para tratar el problema civilizadamente, educadamente, como corresponde. Redactan un escrito aclaratorio, aluden sin acritud al carácter y a las travesuras de sus hijos. Los dos matrimonios parecen entenderse bien, los cuatro se encuentran a gusto y la reunión se prolonga. La buena sintonía llega a convertirse en aparente cordialidad, los anfitriones agasajan a sus visitantes con postres, licores y buenas palabras, y son correspondidos como mandan las buenas maneras. Pero la conversación empieza a rozar temas peligrosos. Y entonces las actitudes de los cuatro van perdiendo su forzada amabilidad, para mostrar su auténtico parecer; cada uno se manifiesta con la mayor sinceridad y crudeza, expresando sus opiniones sin el menor recato y sin miedo a caer incluso en la crueldad: la charla se convierte en un duelo verbal, y también físico, en el que los contendientes sólo buscan molestar y herir a sus adversarios. Y el salón de la casa se convierte en un campo de batalla, en el que vale todo, donde puede pasar cualquier cosa y donde al final nadie sabe quién es su aliado y quién su enemigo.
A pesar de que, como indicaba, el origen del guión es una obra escénica, Polanski podría haber optado por dar aire a sus protagonistas y hacerlos evolucionar en un espacio más abierto. Nada de eso; sabida es la predilección del director por los lugares pequeños, opresivos, herméticos. De Repulsión a El escritor, pasando por La semilla del diablo, Che?, El quimérico inquilino y La muerte y la doncella, el escenario es una casa, un piso; en El cuchillo en el agua y Lunas de hiel, un barco… Y en todas ellas, los protagonistas encerrados se ven obligados a mostrar al espectador su auténtica cara, su verdad.
Y si siempre ha contado con magníficos intérpretes, aquí juega con la entrega, la complicidad y el inmenso talento de sus cuatro protagonistas: John C. Reilly y Christoph Waltz, un prodigio de versatilidad y contención, y las maravillosas Kate Winslet y Jodie Foster, que me niego a calificar porque cualquier adjetivo les quedaría pequeño. Ver a estos cuatro artistas cómo evolucionan, se miran, se gritan, cruzan las relampagueantes, aceradas frases del guión –preciso, milimétrico, velocísimo-, es un placer sólo comparable al que produce experimentar la sabiduría con que Polanski ha orquestado y retratado la acción. 
En tiempo real, sin elipsis ni coartadas, sin asomarse apenas fuera de la escena principal y, sorprendentemente, sin hacerse notar, la cámara persigue y analiza a los personajes y nos explica, en apenas ochenta minutos, más de la naturaleza humana, de nuestras miserias y grandezas, que el más sesudo tratado de psicología. Sin renunciar al humor –feroz, a veces-, a la ironía ni al agudo apunte familiar; una tragicomedia, una sátira, en definitiva, pero qué inteligente, certera y oportuna. Una pequeña y maravillosa joya.
(http://www.sonyclassics.com/carnage/)

INFERNO   (15.10.16)
Director: Ron Howard. Intérpretes: Tom Hanks, Felicity Jones, Sidse Babett Knudsen.
Ron Howard está en el cine desde crío. Actor, productor y director con cerca de 40 títulos, cuenta con carrera  más que consolidada; ha trabajado más de una vez con Tom Hanks, y en concreto lo ha dirigido en las tres pelis de la serie basada en los libros de Dan Brown, protagonizada x el profesor R. L.
Robert Langdon despierta en la cama de un hospital. Está herido y, lo que es peor, no se acuerda de nada de lo vivido en las últimas horas. Una figura femenina, unas sombras, un disparo… son retazos de su memoria en medio de la bruma. De repente, una mujer que parece policía pretende matarlo, y otra mujer –una atractiva doctora- quiere ayudarlo a escapar. Y ahí comienza una aventura que lo va a llevar de peligro en peligro de Florencia a Venecia, por media Europa, y aledaños, guiado –o eso cree él- por los versos de la Divina Comedia: Paraíso, Purgatorio… e Infierno, el que prepara un científico trastornado que pretende eliminar a media humanidad, con el pretexto de que somos muchos.
Tom Hanks se pone por tercera vez, como decía, en la piel del profesor Langdon y repite el esquema de sus anteriores andanzas: un misterio que resolver, una trama en la que nada es lo que parece y una tensión narrativa creciente que culmina en un final apocalíptico pero nunca cerrado del todo. Esta vez no hay sociedades secretas –bueno, la CIA, sí- ni cuestiones teológicas, ni siquiera un problema matemático que llevarse a la boca; el argumento contiene un mero caso policial; eso sí, tan enredado y tan lleno de pistas falsas, y vueltas y revueltas, que el espectador tiene que hacer el esfuerzo de tragárselo todo o salirse de la película. Es como Tom Hanks: para que la cosa funcione, hace lo que le mandan.

UN NOVIO PARA YASMINA    (13.07.08)
Dir.: Irene Cardona
Pro.: Francisco Espada, Jamal Souissi   Gui.: Irene Cardona, Nuria Villazán
Int.: Sanaa Alaoui, María Luisa Borruel, José Luis García Pérez
 
Debut en el largo de Irene Cardona y triple premio en Málaga –en la sección Zonazine, que ha resultado mucho mejor que la oficial- mejor película, mejor actriz y premio del público. La historia es, además de entrañable, absolutamente cercana: Yasmina es una joven marroquí, que se ha venido a España, a un pueblo de Extremadura en el que vive ya su hermano- en busca de un provenir mejor; quiere estudiar, terminar su carrera y trabajar. El problema, claro, es conseguir la residencia; sobre todo porque Yasmina, que es una chica moderna y liberal, mucho más que sus parientes, tiene un novio –policía local por más señas- que no la quiere lo bastante para casarse con ella.
Yasmina está en contacto con una asociación que trabaja para los emigrantes y otra gente en dificultades; y por ahí pudiera ser que apareciera alguna posibilidad de encontrar trabajo y, sobre todo, algún españolito que no tenga empacho en casarse con ella... aunque sea en falso y por unos euros de compensación. Negocio mutuo, vamos. Y a través de esta peripecia, Irene Cardona nos va mostrando ese microcosmos poblado por personajes absolutamente reconocibles: los inmigrantes, con sus diferentes caracteres, casuísticas y hasta categorías, que de todo hay; los trabajadores de la asociación, la concejala espabilada... y los lugareños, desde el citado policía hasta el parado oportunista.
Cardona ha fiado, sobre todo, en la transparencia y la honestidad de su guión, apoyado en intérpretes poco conocidos, novatos o sin ninguna experiencia –con la excepción de García Pérez-, para conseguir así una mayor credibilidad. Lo consigue, desde luego; y aunque se pueda achacar a su historia cierta tendencia a la benevolencia, el resultado es ciertamente notable por su oportunidad, su hondura y su sentido de la solidaridad. (www.unnovioparayasmina.com)

UN PROFETA   (28.02.10)
Dir.: Jacques Audiard
Pro.: Martine Cassinelli   Gui.: Thomas Bidegain, Jacques Audiard
Int.: Tahar Rahim, Adel Bencherif, Niels Arestrup  
Jacques Audiard es el director de películas interesantísimas como De latir mi corazón se ha parado –ocho Cesar del cine francés y premio de la Academia inglesa-, Lee mis labios –otros tres Cesar- o Un héroe muy discreto; no son muy comerciales, es verdad, pero Audiard es dueño de una poética y un ideario decididamente singulares. Un profeta ganó el Gran Premio del Jurado en el pasado Cannes, el premio a la mejor película en el festival de Londres, acaba de derrotar a La cinta blanca en los BAFTA de la Academia inglesa y ambas son las grandes favoritas en los inminentes Oscar.
Malik El Djebena es un joven de apenas diecinueve años, analfabeto y sin recursos, que acaba de ser condenado a seis años de prisión. Ingresa en la cárcel y muy pronto descubre los engranajes que mueven la maquinaria del poder entre los muros, las rejas y las puertas aparentemente infranqueables del penal. Es casi un crío, está solo e indefenso y parece presa fácil de cualquier depredador. Naturalmente, llama la atención de Cesar Luciani, el jefe de la banda de corsos que impone su ley en el recinto. Es un veterano gángster, que sabe que terminará sus días en la cárcel pero que no renuncia al poder allí dentro ni a sus turbios negocios en la calle.Malik se enfrenta a unas primeras pruebas durísimas, que casi le cuestan la vida pero que le permiten acercarse a Luciani y, si no ganar su confianza –eso nunca puede suceder-, sí al menos establecerse en su círculo más cercano. Claro que es poco más que un criado, mal visto además por el resto de la banda por su origen magrebí. Los corsos lo consideran un árabe… y a los árabes –otra de las bandas de la cárcel- les parece corso, por su proximidad al sanguinario Luciani.
Corsos, árabes, italianos –y hasta un gitano que se llama Jordi y que será importante en la vida de Malik-, internos de toda especie y condición y funcionarios indiferentes o corruptos, todos forman ese universo que compone una sociedad cerrada y ajena al exterior pero que reproduce fielmente los esquemas y las relaciones de la gente en libertad. Sobre todo, y esta es la apuesta moral de Audiard, porque no hay ninguna diferencia. Cuando Malik sale en régimen abierto se encuentra unos tipos y unos intereses que son los mismos de la prisión. Lo que él ha aprendido dentro le sirve para su vida fuera y su personalidad se desdobla mientras gana fuerza: alcanza su propio poder cuando está en la calle y mantiene su personaje servil y apagado cuando al caer la tarde se reintegra a s
u celda. 
La película, que parte como un “thriller” carcelario –al estilo de Celda 211, pero de verdad- dinamita pronto las convenciones del género para alcanzar su verdadera dimensión: una mirada lúcida, intransigente y aséptica sobre un personaje que crece con el guión y se explica a lo largo del metraje. Malik no es un asesino; ni siquiera es manipulador y, si no puede expiar sus delitos, tampoco se dejará aniquilar por sus enemigos ni por su conciencia. 
Hay algo, naturalmente, de acento paternofilial en su relación con Luciani -un elemento que también está en De latir mi corazón se ha parado- pero sobre todo lo que plantea Audiard es la paradoja de un hombre inteligente que llega a una posición que nunca habría alcanzado de no haber estado en la cárcel. Un profeta cuenta los seis años en la vida de su protagonista con absoluto rigor y con un admirable sentido de la veracidad en el que hasta los destellos oníricos y las premoniciones de Malik adquieren carta de naturaleza.
Un profeta es una obra profundamente reflexiva, que al mismo tiempo tiene toda la pasión y la emoción de la realidad. Sus personajes –un magnífico reparto, por cierto- comparten con el espectador su vida, sus pensamientos, sus deseos y sus zozobras: cualquier cosa puede pasar, todo puede cambiar en cualquier momento. Como en la mejor película de acción, pero convertida en gran cine por el genio y la inteligencia de Jacques Audiard. (www.altafilms.com)

UN TRAIDOR COMO LOS NUESTROS   (19.11.16)
Directora: Susanna White. Intérpretes: Ewan McGregor, Stellan Skarsgård, Naomie Harris, Damian Lewis.
La británica Susanna White es una realizadora de televisión, directora también de La niñera mágica y el Big Bang (2010), a la que ahora le han encargado este thriller extraído de una novela de John le Carré. El mayor reto era trasladar a la pantalla, precisamente, ese ambiente, ese aire de las obras de su genial compatriota; y creo que, en gran parte, se ha conseguido. El protagonista de la historia es Perry, un modesto profesor universitario, que, con su mujer, Gail, está de vacaciones en Marrakech tratando de recomponer su matrimonio, que no pasa por un buen momento. Una noche, Perry conoce a Dima, un millonario ruso de absorbente personalidad, que lo lleva de fiesta en fiesta… hasta que le muestra sus verdaderas intenciones: quiere que entregue un misterioso pendrive a las autoridades del MI5, el Servicio Secreto británico. Dima es, en realidad, un agente de la mafia rusa encargado de blanquear el dinero procedente de la delincuencia organizada; y busca garantizar su seguridad y la de su familia a cambio de descubrir a los políticos y banqueros cómplices de esas operaciones criminales. Lo malo es que Perry -y, por lo tanto, también Dima- tiene que confiar en Hector, un agente de dudoso proceder y con más de un secreto a cuestas... como debe ser en un relato de este calibre; y, seguramente, también en la vida real.
Con los ecos oscuros, viciados de las páginas de John le Carré, la película retrata con creciente intensidad el mundo de los mafiosos y de los políticos, y, sobre todo, el desconcierto y la inquietud de la pareja, unas personas normales y corrientes atrapados en un mundo sórdido y muy peligroso en el que se mezclan gangsters, espías, traidores y corruptos, y en el que nunca se sabe con certeza quién está al lado de la ley y quién en contra.

UP IN THE AIR   (24.01.10)
Dir.: Jason Reitman
Pro.: Ivan y Jason Reitman, Daniel Dubiecki   Gui.: Jason Reitman, Sheldon Turner
Int.: George Clooney, Vera Farmiga, Anna Kendrick  
El canadiense Jason Reitman es el director de Gracias por fumar –una ácida comedia conducida por Aaron Eckhart- y la multipremiada Juno, con Ellen Page de protagonista y con guión de Diablo Cody. Reitman ha escrito éste de ahora y también se ha producido a sí mismo la película, junto con su padre Ivan Reitman, el famoso creador de los Cazafantasmas
El argumento nos cuenta las andanzas laborales de Ryan Bingham –Clooney-, un hombre que disfruta de su trabajo. No le desagrada hacer lo que hace, que consiste en ir de empresa en empresa despidiendo trabajadores; sobre todo porque se considera a su vez un agente eficaz y concienzudo, que cumple a la perfección la tarea encomendada: su empresa recibe las directrices de otras compañías en apuros, que se ven obligadas –más o menos- a reducir su personal, y él es el encargado de desplazarse a cualquier rincón de América con la problemática función de liquidador. 
Lo hace muy bien, con la energía y la paciencia necesarias, sin hacer más sangre de la precisa y sin poner, hábilmente, ninguna carne propia en el asador. Pero, de cualquier modo, lo mejor de su trabajo es, precisamente, el viaje. Los viajes. Ryan devora miles de kilómetros de avión en avión, de aeropuerto en aeropuerto, de hotel en hotel, con la sabiduría mecánica que le presta la experiencia. En cada sitio está como en casa, va y viene del hotel al trabajo y viceversa, y vuelta al avión de regreso. No necesita apenas despacho, no tiene un verdadero hogar. Está solo, claro.
La soledad puede ser mala compañía, pero Ryan está encantado. Nada le ata, nadie le preocupa; con sus hermanas mantiene una relación escasa, sin gota de cariño, meramente telefónica.
Las cosas, sin embargo, pueden cambiar. La más joven promesa de su empresa ha ideado un método revolucionario: para despedir empleados no hace falta personarse ante ellos y pasar el mal rato de tenerlos delante; por videoconferencia se puede hacer también y nos ahorramos el avión, el paseo y la incomodidad. Este invento, que puede parecer el colmo de la insensibilidad –porque, seguramente, lo es- gusta en la compañía de despedidores, cómo no. Así es que Ryan está a punto de quedarse sin sus viajes; precisamente ahora, que ha ligado con una atractiva señora, coincidente con él en algún que otro itinerario y con la que comparte algún aeropuerto y alguna impersonal pero agradable cama de hotel entre despido y despido.
Entiendo que hay tres líneas de peso en el guión, que se mantienen de manera un tanto forzada, y que, de alguna forma, acaban por echar al traste la historia. Por un lado arranca con fuerza la demostración de la deshumanización de esta sociedad mercantilizada y sin sentimientos, donde algo tan grave como el despido y la condena al desempleo –a veces definitivamente- se maneja con la misma frialdad que la herramienta del matarife: verdaderamente penoso. Por otra parte, el personaje que hace Clooney está tratado en el guión con cierta complicidad un tanto machista. Ryan es bastante odioso, parece incapaz de la menor empatía, no siente ningún afecto y su soledad es un castigo más que merecido. Pero en el fondo cae bien y estamos esperando que le pasen cosas buenas. Y le pasan, y hasta divertidas, una circunstancia que chirría bastante en la película.
Y por último, cruza soterradamente –equívocamente, además- una tendencia a la loa de la familia tradicional, con su aura de respeto y conformidad, y su apariencia de entorno ideal, aunque se base en la duda profunda cuando no en la mentira más absoluta. De repente, el viajero impenitente, el ejecutivo insensible, el amante ocasional, se convierte en un hombre desconcertado y sentimental, que añora el calor de un hogar nunca conocido. A mí me suena demasiado a artificio y creo que intenta una conclusión que no está en nada acorde con la tesis principal del argumento; a lo mejor, Jason Reitman, sin la mala baba de Diablo Cody, resulta ser bastante más ñoño de lo que parecía. (www.theupintheairmovie.com)