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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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T2 TRAINSPOTTING   (25.02.17)
Director: Danny Boyle. Intérpretes: Ewan McGregor, Ewen Bremner, Johnny Lee Miller, Robert Carlyle
Danny Boyle dirigió Trainspotting –película inaugural en tantos aspectos- en 1996, con un guion de John Hodge basado en una novela de Irvine Welsh. Y ahora repite con ambos y retoma también a los personajes de entonces. Han pasado veinte años, en efecto, pero no hemos olvidado aquella película ni a sus protagonistas. Y aquí están otra vez: Spud, Sick Boy y Begbie, y Mark, que regresa a su ciudad para reunirse con sus antiguos colegas y comprobar si se acuerdan de él… y si le han perdonado aquella pequeña jugarreta de entonces: escaparse con las 20.000 libras que iban a repartirse.
Spud está hecho –bueno, sigue hecho- una calamidad, sin trabajo ni hogar y enganchado a todo lo que pilla; Sick Boy –Simon para los amigos… ¿o es al revés?- trampea con un local de mala muerte y una improbable novia que le sirve para insanos chantajes; y Begbie acaba de salir de la cárcel –es una manera de decirlo-, con no muy buenas intenciones. El reencuentro no será fácil, porque todos son veinte años más viejos y el tiempo, como puede verse, ha hecho que algunas cosas –buenas y menos buenas- hayan cambiado, y otras –malas y peores- sigan siendo igual.
Siempre hay que interrogarse acerca de la necesidad de segundas partes, pero a veces la apuesta, si no imprescindible, sí resulta aceptable. Danny Boyle lo sabe, y por eso repite no solo con sus personajes sino también con la acertada fórmula original, que no por sabida resulta menos brillante: imágenes impactantes, diálogos acerados, sus dosis de violencia y también de sentido del humor; buena música de baile, sustancias estimulantes varias, escenarios no aptos para seres sensibles y sentimientos a flor de piel: amistad, miedo, venganza, fracaso, deseo y necesidad de redención. Todo mezclado en coctelera de lujo y servido con una pizca de nostalgia en una copa de futuro imposible.

TAMARA DREWE   (14.11.10)
Dir. Stephen Frears
Pro. Alison Owen, Paul Trijbits   Gui. Moira Buffini 
Int. Gemma Arterton, Roger Allam, Dominic Cooper
Un montón de títulos importantes jalonan la trayectoria de Stephen Frears: Mi hermosa lavandería, Ábrete de orejas, Las amistades peligrosas, Café irlandés, La camioneta, Alta fidelidad… En la línea de sus argumentos más cercanos, su nueva película, basada en una novela gráfica de Posy Simmonds, y más remotamente en el relato de Thomas Hardy Lejos del mundanal ruido, sigue las andanzas de la joven Tamara Drewe. Cuando Tamara se fue de su pueblo era una chiquilla poco agraciada, pero cuando regresa, convertida en una joven desinhibida y muy atractiva, todo el mundo parece perder la cabeza por ella. La asedia un veterano novelista, la adora el joven con el que compartió su adolescencia… y la conquista un famoso rockero que pasaba por allí. Pero esto es sólo el principio.
Todo el pueblo arde pronto en comentarios, suspicacias y envidias varias: los sesudos intelectuales que se albergan en la pintoresca casa-refugio para escritores, la joven y experta tabernera, las jovencitas soñadoras –que van a ser muy protagonistas en alguna historia paralela-, los granjeros y –sobre todo- las granjeras… Lo cierto es que Tamara, convertida en una aplicada periodista, lo que pretende es cortar las últimas amarras con su pueblo, vender su vieja casa y volver al trabajo y al trajín de la metrópoli. Otra cosa es lo que el destino le depara, lo que los sentimientos, los recuerdos y el amor –quiero decir, el sexo- van a pesar en su camino.
Los amores y desamores, las acechanzas juveniles y los enredos de los adultos, la literatura y la vida, el pequeño universo pueblerino y el amor inconfesado a la casa natal –junto con el análisis implacable de la conducta y los errores humanos- son los ingredientes que aderezan la historia: esta comedia dramática en la que cada personaje y cada rincón del escenario están compuestos con una pincelada de modélica precisión para mayor lucimiento de un magnífico reparto –grandísimos intérpretes británicos y algún americano que no desmerece de ellos- encabezado por Gemma Arterton, toda una estrella a sus espléndidos veinticuatro años. (www.tamaradrewe-movie.com)

TAMBIÉN LA LLUVIA   (09.01.11)
Dir.: Iciar Bollaín
Pro.: Juan Gordon   Gui.: Paul Laverty
Int.: Luis Tosar, Gael García Bernal, Karra Elejalde  
Quinta película –aparte cortos y fragmentos en obras colectivas- de la directora madrileña; que cuenta además con una treintena de títulos como actriz, actividad que no ha abandonado del todo. Hasta ahora me ha caído muy bien, sus películas me han gustado mucho y he celebrado sus triunfos y los premios conseguidos por la mayoría de ellas. Pero me ha parecido fatal la maniobra realizada con ésta última, falsamente exhibida en 2010 para acudir a las convocatorias del año pasado –incluidos los Goya, en los que ya veremos…- y, ahora sí, estrenada realmente en la víspera del día de Reyes.
Naturalmente, esto no supone una descalificación en cuanto a la calidad de la película. Que, para empezar, asume valientemente un riesgo importante, al escapar de los anteriores planteamientos más intimistas y los argumentos cotidianos de sus anteriores obras, para plantear un relato épico, con elementos de cine de acción y basado en un conflicto lejano en el espacio aunque cercano en el tiempo y en la ideología.
También la lluvia cuenta una aventura cinematográfica: Sebastián –Gael García Bernal- es un joven e ilusionado director mejicano que rueda en Bolivia la llegada de Colón a América. Con él está Costa, el productor –Luis Tosar-, un hombre pragmático y poco escrupuloso, que se las apaña para completar un reparto difícil entre la población del lugar; y también está Antón, un amargado y solitario actor –Karra Elejalde-, que compone un Cristóbal Colón bastante atípico al frente del abigarrado elenco. La película expone un punto de vista acerca del descubrimiento un tanto diferente del que estamos acostumbrados a estudiar. De hecho, los auténticos protagonistas son Bartolomé de las Casas y Antonio Montesinos, los frailes que alzaron su voz a favor de los indígenas, y estos mismos, liderados por el rebelde Hatuey, que se enfrenta a los españoles hasta la muerte. Hatuey está interpretado –en la película de Sebastián- por Daniel, un joven de la localidad, bastante concienciado y belicoso. Costa dice que “huele a problemas”, pero a Sebastián le gusta, precisamente, por su capacidad de arrastrar y convencer a sus paisanos.
Los dos tienen razón. De repente, en el pueblo estalla la “guerra del agua”. El suceso es auténtico: Cochabamba, abril del 2000. Ante la privatización y carestía consiguiente del agua, que el gobierno entrega al capital americano, los habitantes de la región se levantan en una protesta que empieza pacífica y termina en una batalla campal por las calles y las casas, con centenares de detenidos, heridos y muertos. Así, la revuelta complica gravemente el rodaje de la película; más aún cuando Daniel es detenido, los figurantes desaparecen y el mismo equipo, empezando por Costa, dudan seriamente si seguir la producción o abandonarla. 
También la lluvia se despliega, por lo tanto, en tres dimensiones: la vida de las gentes del cine, la película que ruedan y la contienda entre las fuerzas gubernamentales y los campesinos. Cada una de estas partes se mezcla inevitablemente con las otras y, aunque siguen conservando su entidad, puede que se produzca algún que otro desajuste, alguna desorientación; no es muy grave, porque al final, como es lógico, las tres confluyen mientras se produce la toma de conciencia de los personajes. Sebastián y Costa, sobre todo, y también Antón, serán quienes resuelvan sus vidas con mayor dramatismo.
Como de costumbre, Icíar Bollaín acierta en el trazo de sus protagonistas; más que en el tratamiento de las escenas bélicas, o en la dinámica grupal de los lugareños –que ya hemos visto, de Ken Loach acá, bastantes veces-, en el trabajo con sus actores y en su aplicación a la defensa de los valores humanos, la verdad y la libertad. Aquí, en homenaje a unas gentes que, desprovistas de todo, lucharon por quienes les querían quitar el agua: la de sus casas y sus campos… Y, para colmo, también la lluvia. (www.tambienlalluvia.com)

TE QUIERO, TÍO   (14.06.09)
Dir.: John Hamburg
Pro.: John Hamburg, Donald de Line   Gui.: John Hamburg, Larry Levin
Int.: Paul Rudd, Rashida Jones, Jason Segel  
Ya va siendo hora de que nos ocupemos de la llamada “nueva comedia” americana; ésa que parte de los argumentos más gamberros y la factura desaliñada, que prende como la pólvora en el público adolescente –y no tan juvenil-, y que comprende además los trabajos de un amplio arco de cómicos: la mayoría judíos, buena parte procedentes del archifamoso Saturday Night Live, y deudores casi todos del empeño de ese nuevo “gurú” del género que se llama Judd Apatow. Todo ello conforma el reverso de la comedia tradicional, de caras guapas y vocación de “buen gusto” que personifican hoy en día el morrito de Renée Zellweger y la picardía de George Clooney, pongamos por caso.
Esta comedia gansa y aparentemente –sólo aparentemente- descerebrada tiene sus picos, como es natural: desde lo más deleznable –huelga citar títulos- hasta esta Te quiero, tío, que es de las mejores del subgénero. La protagonizan Paul Rudd –uno de los cómicos con mayor proyección en los últimos años, de Friends y Fuera de onda para acá- y el desinhibido Jason Segel, muy bien acompañados por Rashida Jones, procedente también del Saturday... y a la que hemos visto recientemente en The Office.
Rudd es Peter Klaven, un joven promotor inmobiliario que está haciendo planes de boda con su encantadora novia Zooey; están muy  enamorados y todo va bien; incluso Peter está a punto de cerrar una importante operación –vender la mansión de Lou Ferrigno, alias La Masa- y ganar un dinerito que les va a venir estupendamente... Hasta que se dan cuenta de que Zooey tiene un montón de amigas, que lo pasa muy bien con ellas, que se ven, se llaman y se hacen confidencias y se aconsejan sobre cualquier cuestión, y que puede escoger sin problema sus damas de honor para la boda.
Y Peter, por el contrario, no tiene amigos. Se le dan bien las chicas, ha tenido varias –alguno piensa que muchas- novias, se lleva bien con sus colegas, con su hermano y con el resto de la tribu... pero amigos, lo que se dice amigos, no tiene. Así es que se dispone a movilizar todos sus efectivos personales, profesionales y hasta familiares para dar con una amistad de las de toda la vida; aunque eso le suponga algún que otro encuentro verdaderamente incómodo. Hasta que conoce al apabullante Sydney, un excéntrico inversor que pasa de ser un posible cliente a lo más cercano a un amigo íntimo que puede encontrar. Lo único que falta, para que la dicha sea completa, es que también a Zooey le parezca bien; y eso ya es más difícil.
Porque parece ser que los hombres tenemos quizá cierta mayor dificultad para hacer amigos, pero cuando encontramos uno verdadero... es la bomba. Eso sí que es confianza, diversión y camaradería de la buena: confidencias, bromas, consejos desinteresados, música, humo, la litrona por bandera y el rock and roll como santo y seña compartido. Por un amigo, hasta deja uno de ver la tele con su chica, siempre que haya partido, concierto o cualquier otra circunstancia igual de prioritaria. Y no es que Peter abandone a Zooey, no; todo lo contrario: es feliz dejando que los acompañe en sus correrías. Sólo que a ella eso le apetece poco, y el cambio de vida de su novio, menos todavía.
La historia es divertida, sobre todo porque el guión de John Hamburg –como en Zoolander, Los padres de él, Los padres de ella...- es todo lo desvergonzado y transgresor que hace falta y está lleno de guiños, equívocos, su buena dosis de mala uva y también bastante sal gorda, advertimos: no vaya a ser que algún desprevenido crea que va a ver a Doris Day y Rock Hudson en una nueva comedia rosa. Nada de eso: verbal y visualmente Te quiero, tío es un ataque frontal a la etiqueta del “buen gusto”; pero a la vez, reflexiona seriamente, más de lo que parece, sobre el valor de la amistad –masculina o no- como elemento sustantivo del ser humano; ahí es nada.
Y también es un trabajo muy digno de Rudd y Segel, que pelean con sus personajes sin darse importancia y sin buscarles moraleja ni más pretensión que hacernos reír. Y eso es un empeño más que notable. (www.iloveyouman.com)

TESIS SOBRE UN HOMICIDIO   (07.04.13)
Dir.: Hernán Goldfrid
Pro.: Gerardo Herrero, Diego Dubcovsky  Gui.: Patricio Vega
Int.: Ricardo Darín, Alberto Ammann, Calu Rivero
¿Cómo se hace esta película? Gerardo Herrero conoce la fórmula, para eso es uno de nuestros más importantes productores, uno de los que apuesta por un entramado “industrial” de nuestro cine. No hay secreto: se compran los derechos de una novela, se confecciona un guion, se contrata a un director y a uno –mejor, dos- de los  intérpretes más adecuados para el proyecto, se busca la financiación –aquí es donde debe funcionar con obligada fluidez el engranaje-, que suele incluir la coproducción con Argentina… y a rodar.
La novela precedente de Tesis para un homicidio es de Diego Paszkowski, el guión, de Patricio Vega –que coescribió el de La señal, la película que dirigió Ricardo Darín-, y el director es Hernán Goldfrid, habitual colaborador de Vega en trabajos para televisión. La historia la protagonizan Darín y Alberto Ammann. El primero es Roberto Bermúdez, un importante abogado que se ha retirado de la profesión en plena madurez –Darín acaba de cumplir 56 años- y se dedica a impartir conferencias y cursos de posgrado; posee evidente prestigio e influencia y se codea con familiaridad con policías, jueces y forenses.
Ammann es Gonzalo Ruiz Cordera, alumno de Bermúdez en el “máster” que está ahora dirigiendo. Es hijo de un antiguo compañero, ha estado viviendo en Europa y llega a Buenos Aires solo y algo desorientado; esto hace que se produzca un lógico acercamiento entre los dos hombres, y Gonzalo tiene la oportunidad de sincerarse con Roberto acerca de sus ideas sobre la ley y la justicia. El veterano abogado descubre la inteligencia y la lucidez del joven, aun sin compartir totalmente sus tesis; pero sí lo suficiente como para sentirse interesado. Y mucho más cuando un terrible suceso va a unir sus vidas y sus destinos.
Durante una de las primeras clases, delante mismo de sus ventanas, una joven es encontrada muerta, asesinada de manera horrible. Profesor y alumnos son testigos del descubrimiento, de las operaciones de manipulación y levantamiento del cadáver… Puede ser una experiencia enriquecedora, dentro de la tragedia, pero para Bermúdez es algo más. Algo ha descubierto, algo que lo puede poner en la pista del asesino y, al mismo tiempo, lo va a llevar camino de la obsesión, el peligro y el escándalo.
La película se abre con una secuencia impactante, de la que no sabremos el auténtico significado hasta muy avanzada la trama. Que en su planteamiento y en los primeros momentos, recuerda un tanto -como todo el mundo reconoce- a El secreto de sus ojos; seguramente, por su leve semejanza argumental, por el sello de la producción de Gerardo Herrero y, sin duda, por la presencia de Ricardo Darín; pero el parecido se acaba pronto. La película de Campanella, transitaba hipnóticamente, es verdad, entre las miradas de Darín y Soledad Villamil; y aquí los ojos del protagonista echan chispas, pero no encuentran destinatario tan fácilmente.
El abogado Bermúdez está convencido de su teoría sobre el asesinato y su autor, y cuanto más indaga, más certezas encuentra; por su parte, Gonzalo demuestra mayor aplomo cada día, termina el curso brillantemente con un trabajo final que perturba a su maestro, y hasta llega a robarle una conquista femenina en sus mismas barbas, dejándolo todavía más confuso y frustrado. La película bucea sin descanso en los estados de ánimo de Bermúdez, su interés por el crimen, su aplicación obsesiva y su rabia, y no tanto en algún rincón de su pasado que podría quizá explicar mejor su comportamiento.
Ricardo Darín está en todos los planos de la película y su presencia sigue siendo magnética; pero su personaje empieza a parecerse a otros tantos de su carrera; casi como si uno solo hubiera ido evolucionando con él. Amman, por su parte, ha cambiado radicalmente su caracterización –él todavía puede- y eso lo favorece. Aun así, el resultado global de la obra no es demasiado convincente: el guion tiene graves altibajos, el argumento no llega a apasionar y esa escena inicial –pretenciosa- y otra final –redundante-, acaban por deteriorar un empeño que deja la sensación de haberse quedado muy lejos de sus propias intenciones. (
www.tesissobreunhomicidio.com)

TETRO   (28.06.09)
Dir., Gui, Pro.: Francis Ford Coppola 
Int.: Vincent Gallo, Maribel Verdú, Alden Ehrenreich  
No hace falta presentar al director de El padrino, Apocalypse now, La ley de la calle, Cotton Club, Drácula... Y también Corazonada, un solemne batacazo que lo dejó a las puertas de la ruina en 1982. De cualquier forma, Coppola es uno de los grandes maestros del cine, un clásico; que no está en su mejor momento, a sus setenta respetables años: su película Juventud sin juventud no se ha estrenado –injusticias de la distribución... o a lo mejor, no- y esta última Tetro no va a romper las taquillas, precisamente.
La película recrea una historia familiar, de inmigrantes italianos afincados en América. De momento, sólo sabemos que el joven Bennie llega a Buenos Aires en busca de su hermano: Tetro vive en el popular barrio de La Boca, y es un hombre huraño y complicado, que abandonó su casa y ahora también su carrera de escritor. Acaba de sufrir un accidente, lo que no contribuye a mejorar su malhumor y no acoge a su hermano con excesiva cordialidad, no digamos ya cariño. Todo lo contrario que Miranda, la novia de Tetro –la única persona que lo aguanta- que se convierte en cómplice de Bennie y trata de mediar entre los hermanos.
Poco a poco, vamos conociendo más de la vida de Tetro, que bascula entre la culpabilidad por la muerte de su madre y la existencia –no por lejana menos opresiva- de su padre Carlo, un extraordinario director de orquesta pero también una personalidad caprichosa, tiránica y dominante. Es algo así como un personaje bíblico, que presta de inmediato al argumento –y cada vez más- un aire de drama clásico, cercano al tema edípico, con su ausencia eternamente presente en el ingrato recuerdo. La historia tenderá a cerrar ese círculo, aunque lo hará de manera insospechada, pero exageradamente evidente una vez desvelada. Y con la apariencia de un recurso facilón y de escasa calidad; eso es lo peor.
Porque la película es enormemente desigual; contiene momentos de extraordinaria categoría, secuencias de cine de gran altura y, al lado, desfallecimientos, fantasías y extravagancias que rozan lo grotesco. Y la culpa es, para empezar, de un guión que carece de rigor y de exigencia artística; y eso que la obra habla todo el tiempo de arte y de literatura: penosa paradoja.
La imagen, igualmente, alterna momentos de gran belleza plástica con planos ramplones, puntos de vista distorsionados a capricho y escenas tan cursis que dan grima. Coppola ha optado por una fotografía expresionista en blanco y negro, que en sus mejores momentos recuerda a Welles y Kurosawa y en los peores... a Cantinflas. Y para muestra, valgan los protagonizados por el personaje de Carmen Maura, una improbable agente artística y mecenas, organizadora en la Patagonia –nada menos- de un festival, no he llegado a entender si literario, teatral o circense.
Y ya que cito a Carmen Maura –torturada sin piedad- es bueno reconocer el trabajo de Maribel Verdú, espléndida, como acostumbra, hasta donde su papel se lo permite: hay un par de escenas que ni ella puede salvar. Muy interesante el debutante
Alden Ehrenreich –a ver si tiene suerte en el futuro como otros descubrimientos de Coppola, que eso sí que lo hace muy bien-, y francamente insoportable Vincent Gallo, sobreactuado y carente de la menor química con sus compañeros; y me consta que no por culpa de ellos.
Todo en la película es puro desequilibrio; tanto, que no cabe duda de que es una elección personal de su absoluto autor. Elección que debería ser respetable, y desde luego lo es en los ratos en que Coppola parece en estado de gracia: la primera media hora, algunos de los insertos de color que combinan una exquisita estética con el poder hipnótico de la música, planos, movimientos de auténtica genialidad... Pero la impresión general es de escasa consistencia, de escritura improvisada –desde luego las mejores películas de Coppola son las que no ha escrito en solitario- y de decadencia ensimismada. Sobre todo porque Tetro va a menos a cada rato que pasa y termina por caer en el desinterés, el absurdo y el ridículo. Una auténtica lástima. (www.tetro.com)

THE ARTIST   (18.12.11)
Dir.: Michel Hazanavicius
Pro.: Thomas Langmann, Emmanuel Montamat   Gui.: Michel Hazanavicius
Int.: Jean Dujardin, Bérénice Bejo, John Goodman  
Después de hacer television y publicidad en los años 90, el director francés Michel Hazanavicius rompió las taquillas en Francia con sus dos películas protagonizadas por el agente especial OSS-117 –El Cairo, nido de espías en 2006 y Perdido en Río… en  2009-, parodias de inspiración más que evidente. Y ahora estrena una de las obras más originales del año que se nos va acabando. 
Hollywood, 1927. George Valentin es el actor de moda, imprescindible en cintas de acción y en historias románticas; un trasunto indudable de Rodolfo Valentino, o de lo que después serían Robert Taylor y Errol Flynn. Valentin protagoniza película tras película, todas tienen enorme éxito y es el objeto del mimo de los productores. Vive felizmente rodeado de lujo y de mujeres hermosas que se pelean por un autógrafo, una mirada o una sonrisa del divo. Y un día, una admiradora joven y tímida se cruza en su camino: Peppy Miller, una aspirante a bailarina que, naturalmente, adora a Valentin y cree tocar el cielo cuando consigue un papelito insignificante en una de sus películas.
Pero Peppy está llamada a convertirse, aunque ellos aún no lo saben, en la estrella más rutilante de la pantalla. De repente, llega el sonoro; los actores seductores y las bellas actrices hablan y cantan, su voz se escucha… y no todos tienen ya el mismo atractivo. Peppy encandila, triunfa, sube y sube, se convierte en el nuevo ídolo de las masas, mientras George deja de gustar, no tiene interés, cae en la decadencia, el fracaso y el olvido. Los productores que antes bebían los vientos por él, le han negado su apoyo; ha intentado producir y financiar sus propias aventuras, pero la crítica le ha dado la espalda y el público se ha reído de él. Abandonado por todos, vive entre la caridad y la miseria.  
Un melodrama clásico, en resumen; que no es el colmo de lo nuevo –El crepúsculo de los dioses es similar-, pero Hazanavicius le ha dado un giro completo al género, situándose él mismo en los orígenes del séptimo arte: la película es muda –en un 95 por ciento de su metraje- y está rodada en blanco y negro; exactamente como lo harían sus personajes, que cobran así un impulso vital raro y muy estimulante. La pareja protagonista, Jean Dujardin –actor favorito del director- y Bérénice Bejo –mujer de Hazanavicius-, han entrado sin reservas en el juego, y sus interpretaciones abarcan todo el espectro del cliché del cine mudo: su repertorio gestual está absolutamente trabajado y coreografiado a la perfección, señal de la mutua entrega y confianza. 
Dujardin ya fue premiado como mejor actor en el último festival de Cannes; pero tanto Bejo como los estupendos James Cromwell –el abnegado secretario de Valentin-, John Goodman –el actor que más veces ha hecho de productor en el cine moderno-, Penelope Ann Miller y Malcolm McDowell merecerían otro tanto. La película también está siendo reconocida, desde el premio del público en San Sebastián al reciente de los críticos de Nueva York, pasando por el conseguido en la convocatoria del cine europeo por Ludovic Bource para su banda sonora, verdaderamente brillante.
The artist contiene un buen número de momentos estupendos, como esos insertos sonoros a destiempo, que anuncian el cine del futuro y que provocan la estupefacción del protagonista; o el número final, digno del mejor Minnelli, o los sucesivos encuentros de los protagonistas… Y el relato, aunque no deja mucho resquicio a la sorpresa, fluye con el ritmo preciso y con la aplicación que Hazanavicius le ha puesto al proyecto, perseguido durante diez años y rodado en un mes en escenarios rescatados del cine de la época, los mismos en los que trabajaron Chaplin, Fairbanks, Pickford y compañía. Mayor coherencia, imposible. Y aunque es verdad que podría objetarse la necesidad y la oportunidad de realizar hoy en día una película tal y como se hacía ochenta años atrás, seguramente la emoción, la poesía y la categoría del resultado lo justifican por completo. (http://www.altafilms.com/)

THE BLIND SIDE   (20.06.10)
Dir.: John Lee Hancock
Pro.: Gil Netter, Andrew A. Kosove, Broderick Johnson   Gui.: John Lee Hancock
Int.: Sandra Bullock, Quinton Aaron, Kathy Bates  
John Lee Hancock tiene cierto peso como guionista: es el autor de Un mundo perfecto y Medianoche en el jardín del bien y del mal, dirigidas por Clint Eastwood. Como director, la carrera de Hancock es corta y desigual: Hard time romance, El novato, con Dennis Quaid, y su versión de El Álamo, de 2004.
Esta película parte –cómo no- de una novela, que cuenta, más o menos, la vida real de Michael Oher, un jugador de fútbol americano.
Cuando era un adolescente, Mike, desatendido por su madre, tutelado por el estado y fracasada su acogida en distintas familias, vivía prácticamente en la calle, sin hogar, sin dinero, mal vestido y mal alimentado. A duras penas podía asistir a las clases de su instituto, donde cosechaba fracaso tras fracaso y recibía desaires y burlas por su atraso y su aspecto físico, de una corpulencia fuera de lo común. Un día, la madre de una compañera de clase lo encuentra en mitad de la carretera y se lo lleva a su casa. 
La madre, no hace falta decirlo, es Sandra Bullock; ganó el Oscar este año con su interpretación en esta película, seguramente porque ya le tocaba. No en vano esta señora es una de las más potentes figuras del cine americano. Aún recuerdo cuando en Demolition Man, todavía con un currículum que progresaba poco a poco, se "comió" crudo a Sylvester Stallone; tenía ya casi treinta años, pero desde ahí su carrera despegó vertiginosamente. Hoy es una estrella, una poderosa mujer de negocios, productora además de protagonista en algunos de sus títulos más comerciales.
Pero también intenta dar un giro a su estilo –iniciado ya con Crash, de Paul Haggis- y acercarse a personajes de mayor calado dramático. Como esta madre de familia, obstinada, inteligente y generosa –y escandalosamente millonaria, también hay que decirlo-, que decide acoger al bueno de Mike en su casa, como un hijo más. El chaval responde, mejora en sus estudios y se gana el derecho a formar parte del equipo de fútbol. La verdad es que no tiene ni idea, pero su físico, su voluntad y la de su madre adoptiva, todavía mayor, lo llevan a convertirse en un jugador de primera.
Si nos dicen que la película recoge la vida de este personaje, será verdad; pero también es indudable que el guión ha dulcificado muchos momentos y quizá la raíz misma de los acontecimientos. El chico, que era un absoluto rebelde, se somete sin ninguna duda ni la menor quiebra al régimen familiar que se le ofrece; y por su parte, el resto de la familia: el marido, la hija adolescente, el hijo pequeño, todos aceptan tan de buen grado la inclusión del nuevo miembro –una presencia bastante rotunda-, que nos hace pensar que, por mucha caridad cristiana que prediquen, algún mal rato se nos está escamoteando.
Hace unos meses, Precious nos presentaba un caso que, sin ser absolutamente biográfico, lo parecía. Aquí el efecto es al contrario: aunque sepamos que la película recoge la vida de Mike Oher, resulta un poco increíble. Seguramente es porque el guionista y el productor –quizá también la protagonista- han querido huir de los aspectos menos agradables y lo han barnizado todo con una capa de buenas intenciones, que lo hacen bascular incluso en algún momento hacia la comedia; con ánimo, posiblemente, de ofrecer un producto más comercial, más digerible por todos los públicos.
De esto se trata, en definitiva: de una historia reconocible, sobre todo para los americanos –con su héroe del deporte nacional-, con sus momentos de alto voltaje sentimental, su moraleja y su final previsible y bienintencionado. Y, sobre todo, con el trabajo de Sandra Bullock, con una imagen renovada y con un nivel de interpretación bastante más alto del que nos tiene acostumbrados. Ya ha tenido su premio y ahora sólo falta que la bien engrasada maquinaria se ponga en marcha y consiga el otro éxito buscado: el económico, que es realmente el más interesante. (wwws.warnerbros.es/theblindside/)

THE CRAZIES   (30.05.10)
Dir.: Breck Eisner
Pro.: Michael Aguilar, Rob Cowan   Gui.: Scott Kosar, Ray Wright
Int.: Timothy Olyphant, Radha Mitchell, Joe Anderson  
Esta película la hizo George A. Romero en 1973, con lo que no tengo más remedio que volver a preguntarme el porqué de estos proyectos. Bueno, entre nosotros, sí que se me ocurren algunos porqués, pero no es cuestión de profundizar…
El caso es que en un tranquilo y feliz pueblo americano, donde ni la doctora ni el sheriff viven grandes sobresaltos porque no hay motivo ni en uno ni otro aspecto, la vida se va a complicar muchísimo de repente cuando los pacíficos ciudadanos se deciden, en lo que parece un rapto de locura, a destripar vecinos sin que medie provocación. Así es que la atractiva médica y el voluntarioso policía se ven envueltos en tamaños desatinos.
Nadie se explica nada, y al sheriff le cuesta dar con la verdad; al fin lo consigue, porque para eso le pagan y además es el prota de la historia. En los lagos cercanos al pueblo ha caído un avión cargado de alguna sustancia nociva y todo se ha contaminado de mala manera. El veneno podría producir diarrea, pero no: lo que hace es que convierte a los habitantes del pueblo en locos asesinos enfurecidos. Claro, interviene el gobierno, los militares –que sí que saben cómo atajar la epidemia- y los científicos, todos con métodos a cual más expeditivo.
Así es que resuenan los ecos de la “gripe A” y apocalipsis similares, tantas veces explotados en la pantalla. El argumento no deja de ser un “corre, corre que te pillo”, mientras los supervivientes van de susto en susto –los espectadores no tanto- y su número –el de los protagonistas, el de los espectadores no sé- va reduciéndose a lo largo del metraje hasta un final largamente esperado y previsto. Eso sí, conviene quedarse mientras se proyectan los títulos de crédito, por si hay alguna sorpresa final. Total, si hemos aguantado hasta ahí… (www.thecrazies-movie.com)

THE GRANDMASTER   (12.01.14)
Dir.: Wong Kar Wai
Pro.: Wong Kar Wai, Jacky Pang   Gui.: Wong Kar Wai, Zou Jingzhi, Xu Haofeng
Fot.: Philippe Le Sourd   Mús.: Nathaniel Méchaly, Shigeru Umebayashi
Int.: Tony Leung, Zhang Ziyi, Chang Chen
Nacido en Shaghai en 1958 y crecido en Hong Kong, Wong Kar Wai es el más grande de los directores chinos. Primero guionista, realiza sus propias películas desde 1988 y goza de prestigio universal desde el 94, con Chungking Express, Fallen angels, Happy togheter –premio en Cannes-, Deseando amar (In the mood for love) –una obra maestra-, 2046, My blueberry nights… Aunque ya había hecho una incursión en el “wuxia” –cine de héroes de artes marciales- con Ashes of time (1994), vuelve al género para contar la historia del maestro Ip Man y, de paso, para crear una maravillosa sinfonía de imágenes, sonidos, luces, músicas e infinitas sugerencias tan inteligentes como brillantes.
Un proceso de seis años de investigación y documentación, tres años de rodaje, decenas de horas invertidas en cada escena, cada detalle –la secuencia inicial de la pelea bajo la lluvia, de diez minutos, necesitó treinta noches para completarse-, un trabajo ingente de posproducción para conseguir el fantástico aspecto final… y tres montajes diferentes: uno para América, que comercializa Harvey Weinstein; otro para China –seguramente, el más completo-, y un tercero, que es el que conocemos en Europa.
El final de la película, tras los primeros títulos de crédito, muestra al mítico Ip Man en su escuela de Hong Kong, rodeado de sus alumnos; entre ellos, un chiquillo que se hará famoso en todo el mundo bajo el nombre de Bruce Lee. Pero antes conoceremos la vida del Maestro, desde su juventud en Foshan, al sur de China, donde practica el arte del Wing Chun, un sistema de defensa personal imbatible. Allí, en el fastuoso Pabellón Dorado, conoce al anciano Gong Baosen, dueño de los secretos más complicados y poderosos del kung fu.
Ip Man quiere heredar su liderazgo, aunque también lo pretende su primer discípulo y hasta su hija, Gong Er, a pesar de ser muy joven y, además, mujer. Y la guerra con Japón y la atroz invasión nipona –una herida que los chinos jamás van a cicatrizar- obligarán a Ip Man a salir de Foshan, dejando atrás sus ilusiones, su familia y la huella imborrable de su encuentro con Gong Er: un combate íntimo, y la escena de artes marciales más bella jamás filmada. Ambos volverán a encontrarse en Hong Kong, pero antes transcurrirá media vida dominada por las dificultades, la ausencia y el dolor; y también por el sentido del honor y la tradición.
Puede que ese montaje “europeo” al que me refería oscurezca un tanto esta zona de la aventura; no importa: The Grandmaster es mucho más que una película de kung fu; es una indagación y una exposición de la filosofía y la práctica del arte marcial por excelencia: el kung fu como modo de vida, como pasión y como aliento. Seguramente hay que ser chino para comprenderlo en toda su extensión, y Wong Kar Wai demuestra haber llegado hasta la raíz de su conocimiento. Cada momento, cada imagen, cada movimiento, están presididos por un sentido de la poesía, de la melodía y el ritmo que los convierten en un ballet, una danza armónica y majestuosa que deja al espectador anonadado, casi incapaz de percibir todos los detalles en un solo visionado. Los elementos esenciales –la luz, el fuego, el agua sobre todo- cobran dimensión protagonista, y los objetos más sencillos –un simple botón- se convierten en conductores del relato.
Pero además, The Grandmaster es una extraordinaria historia de amor. Un amor perdido, un amor soñado, un amor imposible; constante fundamental en la obra de Wong Kar Wai, aparece aquí en todas sus formas, como un eje paralelo a la columna vertebral del argumento: el amor de Ip Man por su familia, deshecha por la guerra; el amor de Gong Er por su padre difunto, teñido de respeto a la herencia; y el amor de los protagonistas, soslayado, nunca explícito, imbatible pero silencioso. Excepto para la mirada cómplice de Wong Kar Wai: sabia, brillante, respetuosa e implacable: el triunfo de la sensibilidad y la inteligencia. (http://www.golem.es/distribucion/pelicula.php?id=309)

THE MASTER   (06.01.13)
Dir.: Paul Thomas Anderson
Pro.: Paul Thomas Anderson, Megan Ellison, Daniel Lupi   Gui.: Paul Thomas Anderson
Int.: Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams
El trio de "Andersons" que pululan por nuestras pantallas lo forman el inglés Paul William Scott –más conocido como Paul W. S.-, un artesano que se dedica mayormente a las aventuras de su señora Milla Jovovich; Wes Anderson –el director de Moonrise Kingdom-, un artista muy interesante, original, divertido y profundo a la vez. Y Paul Thomas Anderson… que es un maestro, autor de Boogie nights (1997), la maravillosa Magnolia (1999), Embriagado de amor (2002), con el mejor Adam Sandler, y la apabullante Pozos de ambición (2007).
Quizá The Master, que inaugura 2013, sea su mejor película; y, seguramente, una de las mejores –sin duda de las más interesantes y complejas- del año. Se sitúa en el ecuador del pasado siglo, recién acabada la Segunda Guerra Mundial. La contienda ha terminado, pero
para los soldados americanos que regresan de Japón empieza otro conflicto igual de complicado: retomar su vida y tratar de olvidar los horrores del combate. Freddie Quell ha salido relativamente ileso de la guerra, pero se ha convertido en un hombre violento, desequilibrado, dominado por la obsesión sexual y caído en la delincuencia y el alcoholismo. Después de dar tumbos por diferentes ciudades y oficios –desde fotógrafo de centro comercial a recolector de coles-, cuando más desesperado está, se encuentra con el magnético Lancaster Dodd, un oscuro y extraño personaje que dirige una aún más extraña y oscura organización. Dodd acoge a Freddie y lo introduce entre sus gentes, ofreciéndole su confianza, seduciéndolo, hasta dejándolo penetrar en su círculo más íntimo; y entre los dos hombres surge una relación narcótica y adictiva, a la que no es ajena Peggy, la esposa del “maestro”, y que va de la sorpresa a la sumisión y de la devoción a la rebeldía.
El relato ha seguido los pasos de Freddie de manera sincopada, intercalando radicales elipsis y algún flashback que nos permiten conocer la personalidad y la evolución del protagonista; que deja de serlo absolutamente cuando abre los ojos y se encuentra en presencia de Dodd: a partir de ese momento, son los dos los que ocupan la pantalla y el ritmo cambia de vertiginoso solo a cadencioso y detallista “pas-de-deux”, a la vez que el escenario se cierra hacia el interior de la restringida sociedad de los adeptos a “la Causa”, como ellos la llaman.
Anderson nos muestra, sin ninguna complacencia, el nacimiento y auge imparable de la nueva iglesia de Lancaster Dodd –trasunto evidente de L. Ron Hubbard, creador de la Cienciología- y traza un firme perfil del personaje y su entorno, desde su familia, capitaneada con mano férrea por su mujer, hasta la tropa de entregados fieles, capaces de ceder dinero y voluntades a los deseos del fundador. Las imágenes no dejan resquicio por donde escapar, ni para los protagonistas ni para los espectadores, atrapados por la fuerza, la intensidad y la perfección de la narración, que rompe los moldes tradicionales para crear una estructura nueva, propia e inteligentísima.
Todo es atmósfera, todo es cine en esta película ejemplar e hipnótica, iluminada además por las maravillosas interpretaciones de Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman, dos artistas portentosos: Phoenix crea su personaje desde las tripas, dejando salir su tormenta interior, con una capacidad de expresión que vibra en cada gesto, en cada músculo; Hoffman, el actor más completo de estas décadas, se apodera del papel de maestro de las almas, haciendo que todo respire, a su alrededor, al compás de su mirada, de su voz, de la atracción absolutamente fotogénica de su figura: irradia poder, levanta pasiones, da miedo.
The Master no es una película biográfica ni pretende entrar en el terreno de las creencias; el telón de fondo es la crónica de unos años difíciles, de los tipos que los poblaron y del nacimiento de una religión; pero sobre todo es la historia de una relación, un cara a cara fulgurante y arrasador, un retrato implacable. Una película enorme. (http://www.themasterfilm.com/)

THE PELAYOS   (29.04.12)
Dir.: Eduard Cortés
Pro.: Gustavo Ferrada, Daniel Hernández   Gui.: Eduard Cortés, Piti Español
Int.: Daniel Brühl, Lluis Homar, Miguel Ángel Silvestre  
Como tantos otros directores, Eduard Cortes compagina su trabajo en el cine con una –hasta ahora abundante- dedicación a la televisión: ha realizado capítulos de las series Secretos de familia, Sitges, Hay alguien ahí y Ángel o demonio, entre otras, y también distintos largometrajes para la pequeña pantalla. Y para la grande, ha dirigido –desde 2002- La vida de nadie, Otros días vendrán e Ingrid.
The Pelayos, que inauguró el Festival de Málaga, es el nombre con el que se conoce internacionalmente –mundialmente, sería mejor decir- a Gonzalo García Pelayo y su familia. Gonzalo –Luis  Homar en la película- es el patriarca de un clan muy especial; él solo, su personalidad, sus teorías y sus actividades darían para una extensa biografía cinematográfica, pero se ha optado por trazar un retrato coral, que abarque también, y preferentemente, a su descendencia y asimilados. De esta manera, el guión recorre los momentos más intensos, afortunados o no tanto, estimulantes o peligrosos, del “trabajo” de los jóvenes, apostando en las ruletas de los más importantes casinos.
Es que de esto se trata: de un trabajo como otro cualquiera, como el del jornalero, el oficinista o el técnico de ascensores, pongamos por ejemplo. Cada día, o más bien cada noche, los hijos de Gonzalo, los sobrinos y algún cuñado se reparten las mesas y empiezan a jugar. Gonzalo no va: le han prohibido la entrada en los salones, después de haber saltado la banca repetidamente. Su método consiste en la observación incesante y la anotación de los números que la ruleta, debido a alguna ligerísima imperfección en el equilibrado o los engranajes, tiende a repetir con mínima frecuencia. Y parece que funciona, porque los jóvenes ganan sumas importantes. A los directores de los casinos en cuestión no le hace tanta gracia su éxito, como es natural. Las peleas que mantienen contra los infalibles Pelayos dan lugar a variadas, divertidas y también dramáticas consecuencias: los jugadores pueden ganar fortunas, pueden perderlo todo, reciben amenazas y sobornos y viven momentos de gloria y de auténtico peligro. Y hasta encuentran la posibilidad de disfrutar –y rivalizar- con la amistad y el amor. 
Porque en el argumento se mezclan, con diversa fortuna, las peripecias “profesionales” con las personales. No todo va sobre ruedas en la familia, porque es demasiado extensa y porque cada uno de sus miembros tiene su personalidad, sus gustos y sus preocupaciones. Por aquí hace aguas la historia: están bien explicadas sus andanzas en las mesas de juego; el enfrentamiento con el odioso jefe del casino –un divertido Eduard Fernández-, que cumple con su deber oponiéndose a quienes le buscan la ruina, tiene la entidad suficiente para ocupar la columna vertebral del relato… pero las relaciones familiares no terminan de funcionar, y son más un estorbo que otra cosa.
Hay un par de enredos amorosos a los que les falta toda la pasión que cabría suponerles, alguno de los personajes tiende innecesariamente a la caricatura, y el interés se quiebra alguna vez en los momentos en que los personajes, y no la acción, pasan al primer plano. El relato se pretende, desde el principio, con un tono de leyenda, de gesta épica, que luego no llega a cuajar; sobre todo, insisto, en la resolución de los roles personales. Quizá el protagonismo de Lluis Homar, que es quien más riesgos toma con su caracterización, debería ser más patente, más definitivo.
Es cuestión de elección, naturalmente; pero, aunque Vicente Romero –siempre está bien- hace lo que puede con su personaje, Daniel Brühl y Miguel Ángel Silvestre no son capaces de dotar de tanto peso a los suyos como para conseguir emocionar al espectador. Y aunque la película al final obtenga un claro suficiente y haya sido de lo mejor de Málaga –que es como no decir nada-, se podía esperar de estos Pelayos algo más interesante, intenso y apasionado que esta ligera trama de aventuras de amor y juego. (www.sonypicturesreleasing.es/)

THE TOURIST   (02.01.11)
Dir.: Florian Henckel von Donnersmark
Pro.: Graham King, Tim Headington, Roger Birnbaum   Gui.: Florian Henckel von Donnersmark, Christopher McQuarrie
Int.: Angelina Jolie, Johnny Depp, Paul Bettany  
Este director alemán –un hombre tan largo como su propio apellido- sorprendió a todo el mundo –y ganó el Oscar- en 2007 con su primera película La vida de los otros, un drama profundo que hablaba tanto de la represión política en la antigua República Democrática de Alemania como de la evolución de la conciencia de los protagonistas. También es un poco sorprendente que después se haya pasado al cine americano para rodar este thriller con ribetes de comedia, revisión de una película francesa de 2005, y con dos de las mayores estrellas de Hollywood.
Aunque toda la película transcurre en Europa. Comienza en París, donde Elise sale de su hotel cada mañana para ir a desayunar a un café cercano. Es una mujer muy atractiva y derrocha elegancia en toda su figura, desde el peinado hasta los altísimos zapatos; seguramente es porque sabe que la están vigilando y que lleva, literalmente, una cámara pegada… a la espalda. El servicio secreto la espía tan minuciosamente, porque Elise espera la llamada de su hombre, un importante falsificador y ladrón con el que va a reunirse en cualquier momento. En efecto, ella recibe un mensaje que la hace ponerse en movimiento y, tras una peripecia en el Metro de París que parece homenajear a French Connection, se dirige a Venecia en un lujoso tren. En el trayecto, Elise conoce –y no por casualidad- a Frank, un desprevenido profesor americano que viaja para hacer turismo de calidad y al tiempo tratar de olvidar amores perdidos. Frank no sospecha de tan afortunado encuentro, ni se pregunta demasiado profundamente por qué Elise lo ha elegido para que la acompañe en la ciudad de los canales hasta el punto de compartir hotel… y habitación; invitado por ella, lo que le hace concebir algunas ilusiones, más íntimas cada vez. Y completamente equivocadas, como se verá.
Porque el pobre Frank ha quedado fascinado por la belleza y el enigma que rodea a Elise y, sin poderlo remediar y sin comprender nada de lo que le está pasando, se ve muy pronto envuelto en una intriga peligrosísima en la que parece que todo el mundo lo busca para matarlo: por un lado, el servicio secreto americano; por otro, la policía italiana –a la que acude, ignorante del alcance de la trama-, y, finalmente, una tropa de sicarios rusos armados de las peores intenciones. Para Frank, lo que creía que era el viaje perfecto se convierte en la trampa perfecta y su viaje turístico lo lleva al mismo infierno.
Angelina Jolie –la equívoca seductora- y Johnny Depp –el desconcertado viajero- ponen de su parte todo su saber, la buena química que parece reunirlos, y su belleza, su magnetismo y su fotogenia –ella-, su simpatía, su experiencia y también su fotogenia, por qué no –él-. Los dos se lo trabajan a las órdenes de Florian Henckel, que ha aprovechado esta oportunidad para introducirse en el mercado americano. The tourist –no se comprende por qué el título no se ha traducido, cada día somos más… raros- está, naturalmente, muy lejos de La vida de los otros; apenas coincide en ese eco del espionaje y registro de las conductas ajenas, algo que, sin duda, al director le motiva.
Esta película es, en el fondo –y a veces en la superficie-, una comedia. Un policíaco, un relato de aventuras que remite a los mejores momentos del género, pero presidido siempre por un evidente y un tanto elemental sentido del humor. Naturalmente que se agradece la presencia de la pareja protagonista, así como de los estupendos secundarios –entre los que aparece un Timothy Dalton que parece el agente 007 cuando era mayor- y el rigor narrativo de Henckel von Donnersmarck, que demuestra que se puede rodar una película de acción dejando ver a los personajes y su entorno –un homenaje a los suntuosos hoteles, las callejuelas húmedas y los mil canales de Venecia- y sin perder el ritmo a pesar de que los planos duran más –bastante más- de tres segundos. De momento, ya cuenta con el aval de sus tres candidaturas a los Globos de Oro. (www.thetourist-movie.com)

THE VISITOR    (15.03.09)
Dir. y Gui: Tom McCarthy
Pro.: Michael London, Mary Jane Skalski 
Int.: Richard Jenkins, Haaz Sleiman, Hiam Abbass
Tras una carrera de cierta importancia como actor de reparto, Tom McCarthy sorprendió a todo el mundo en el 2003 escribiendo y dirigiendo Vías cruzadas, con la que ganó un montón de premios, incluyendo un BAFTA –la Academia británica- y el Especial del Jurado en San Sebastián. Vías cruzadas era una entrañable y divertida historia de amistad entre diferentes; y algo de eso hay también en esta su segunda película, un relato que protagoniza el formidable Richard Jenkins –reciente nominado a un Oscar- en el papel del profesor Walter Vale.
Walter tiene sesenta años y es un hombre solitario y desengañado de la profesión; imparte sus clases dominado ya por la rutina, sin ilusión y sin más horizonte que la cercana jubilación. Ha perdido la vocación por la docencia, pero lo peor es que tampoco mantiene mucha más esperanza en su propia vida; solamente encuentra consuelo en la música, aunque de momento vale más como oyente que como instrumentista: el piano se le da fatal y consume afanes y profesores con resultados bastante negativos.
En un momento determinado, se le ofrece la posibilidad de viajar a Nueva York para participar en un congreso. En realidad, no es una posibilidad, sino una imposición, pese a que Walter se resiste lo más posible. Al final no tiene más remedio que aceptar, pero al llegar a Nueva York se encuentra con una sorpresa de lo más desagradable: su apartamento, que él creía cerrado durante sus ausencias, ha sido alquilado a sus espaldas y está habitado por una pareja de jóvenes inmigrantes: Tarek, que es sirio y toca el tambor, y Zainab, su novia senegalesa, que fabrica y vende artesanía. Walter, pasado el primer momento de estupor y disgusto, y sin saber muy bien por qué, les permite quedarse unos días más en su piso.
Esa decisión cambiará su vida de manera radical. Y también la de sus huéspedes, aunque nada lo haga presagiar en los primeros momentos: entre el desencantado profesor y el joven Tarek se establece pronto una empatía musical, que lleva a Walter incluso a iniciarse como percusionista; con la chica lo tiene más difícil, en principio: Zainab es muy tímida, muy reservada y muy poco comunicativa. Pero la convivencia entre los tres se vuelve fluida y relativamente cómoda. Hasta que un incidente desgraciado vendrá a poner en cuestión esa armonía.
Y no es por culpa de ninguno de ellos. La culpa es de la paranoia que cunde por el mundo –mucho más en Estados Unidos-, de la brutalidad y la intransigencia policial y de la crueldad y la deshumanización de la justicia. El argumento muestra entonces su verdadero andamiaje: el personaje de Walter se agiganta según la naturaleza moral del profesor se va desvelando y de su apatía profesional y su incapacidad melódica pasa a la cordialidad bienintencionada y, definitivamente, a la lealtad y el apoyo incondicional a sus protegidos.
McCarthy une una realización concisa, de abrumadora sencillez y la misma eficacia, a un espléndido guión, un hermoso relato que viaja de la soledad a la solidaridad y de la incomprensión al amor, y que revela, además, una mirada crítica a nuestra sociedad y a uno de sus problemas más actuales y preocupantes. Lo que era, todo el tiempo, una película de personajes, con una fabulosa galería de intérpretes –Jenkins a la cabeza-, se convierte así en una decidida y acertada denuncia política y social: de nuevo el hombre frente al sistema, pero tratado aquí por la vía directa, sin asomo de metáforas ni ambivalencias.
Esta es la vida de todos los días: un hombre que no es de aquí; su color, su acento, su aspecto lo delatan. Un inmigrante, un extranjero, un “visitante” –pero ¿por qué no se traduce el título en nuestros cines?- y, en definitiva, un sospechoso. Más aún, un culpable, al que hay que detener, encerrar y enviar de vuelta a su oscuro país. Si queremos, podemos mirar para otro lado; pero si no, podemos empezar por ver esta pequeña película sencilla, hermosa y verdadera, sin duda una de las mejores del año. (www.karmafilms.es/thevisitor/index.html)
  
TIRO EN LA CABEZA    (05.10.08)
Dir.: Jaime Rosales
Pro.: José Mª Morales   Gui.: Jaime Rosales
Int.: Ion Arretxe, José Ángel Lopetegui  
Nueva propuesta –cada vez más arriesgadas-, del director de La soledad. Su carrera, corta todavía, va ligada a la experimentación, la independencia y la personalidad. Primero fue Las horas del día, una disección del cerebro de un asesino compulsivo, interpretado por un gélido Álex Brendemuhl; luego la reciente y multipremiada La soledad, y ahora esta vuelta de tuerca, difícil, inhóspita y comprometida... con el cine.
Como En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín; como en El sol del membrillo, de Víctor Erice –y cito estos ejemplos, separados 15 años, para resarcirme del mal sabor de boca que me dejó el otro día un colega, pagadísimo de sí mismo, que echaba a los tres: Erice, Guerín y Rosales, al mismo cubo de la basura-, Tiro en la cabeza investiga en la forma narrativa para restaurar al cine en su original concepción: la cámara es un “voyeur”, que registra el espacio y el tiempo que le pasa por delante, testificando la historia o la no-historia del acontecimiento que mira con el ojo frío del objetivo.
Rosales lo planta delante de un tipo normal. Atisba por sus balcones, lo ve –de lejos- pasear, salir y entrar, usar el cajero, tomarse unas cañas, ir a la estación, jugar en el parque con el hijo de una mujer, hacer el amor, cerrar el día y levantarse al siguiente. Durante casi una hora, la cámara sigue a este personaje como único protagonista; los demás no son sino breves secundarios. Pero uno y otros están vistos desde la distancia –con teleobjetivos que achatan las perspectivas-, muy frecuentemente a través de cristales, ventanillas, escaparates; y nunca oímos lo que dicen: apenas unos incomprensibles retazos de conversación, siempre ahogados por el ruido ambiente, la lejanía y los obstáculos.
No hace falta explicar la dificultad del asunto. El espectador echa de menos los diálogos o, al menos, aceptando el punto de vista documental, una voz en off, una música, algo que subraye –como es costumbre- la acción; o, mejor dicho, la falta de acción. Ni siquiera el protagonista es simpático: es un hombre seco, muy poco expresivo, bastante adusto y al que apenas vemos reír en una ocasión. Pero de repente, este hombre se encuentra con un amigo, se meten en un coche, vemos que van hacia Francia y que pasan la frontera y se recluyen en la casa de unos conocidos.
Aquí el ritmo narrativo cambia radicalmente. Seguimos sin oír a los personajes, viéndolos de lejos; pero lo que era un relato puntillista, de esbozos, de fragmentos sueltos a lo largo del tiempo, se vuelve narración lineal, con una cámara –siempre sorda- que sigue la acción en continuidad. Lo que resta, la media hora final, cuenta el encuentro fortuito del protagonista y sus amigos con dos guardias civiles, de paisano y desarmados, en una cafetería. Y se produce el tiro en la cabeza, los tiros mortales: los jóvenes guardias civiles son asesinados por los dos terroristas de ETA, que escapan inmediatamente por sus medios habituales.
Como en Días contados, de Imanol Uribe, el protagonista es un etarra; el que parecía un hombre normal, es un asesino. Como el de Las horas del día. Quizá lo que menos se menciona es el interés morboso de Rosales por la muerte y el crimen... Eso y esa quiebra en el ritmo, son elementos significativos en esta película. La otra polémica, la política, es estéril. Nadie toma partido por ETA, ni Rosales, ni los actores, ni, es de suponer, el público normal... que en este caso serán verdaderos cinéfilos a los que no les asuste la crudeza de un planteamiento tan radical.
Para completar el acontecimiento, Tiro en la cabeza, que sólo se exhibe en dieciséis pantallas, se ha estrenado también en internet, en una sala virtual abierta en www.tiroenlacabeza.com en la que se dan cuatro sesiones diarias, cada una para 100 espectadores que pagarán 3,40 euros por la “entrada”; y se exhibe también, sábado y domingo, en el Museo Reina Sofía de Madrid. Triple oportunidad para no perderse esta película: cine durísimo, experimental, arriesgado y muy, muy interesante.

TODAS LAS CANCIONES HABLAN DE MÍ   (12.12.10)
Dir.: Jonás Trueba
Pro.: Gerardo Herrero, Mariela Besuievski   Gui.: Jonás Trueba, Daniel Gascón
Int.: Oriol Vila, Bárbara Lennie, Ramón Fontseré
Primer largo de Jonás Trueba, tras un cortometraje y tres guiones más: dos para películas de Víctor García León y otro con su padre Fernando: el de El baile de la Victoria. Una carrera que arranca ahora ya con palabras mayores y que, de momento, se muestra esperanzadora.
El protagonista de Todas las canciones hablan de mí es Ramiro. Un chaval en la frontera de los treinta, que ha estudiado filología y que trabaja en la librería de viejo de su tío Luismi, un personaje escapado de la misma literatura que llena sus estantes. Ramiro ha vuelto a vivir en su casa de toda la vida, con su madre y sus vecinos, también de toda la vida. Menos los últimos seis años, que ha estado viviendo con su novia Andrea, que es muy guapa y es arquitecta, pero que ya no se soportan. O es que se les ha acabado el amor, sin otro argumento de repuesto.
El caso es que Ramiro va y viene por la vida, y la historia también va y viene por la película. El argumento, eso sí, está más orientado que su protagonista, que duda entre irse de profesor a Canadá, casarse con la primera camarera necesitada o quedarse quieto mirando las fuentes, las casas, los libros, su botella de cerveza o a sus colegas que pasan o al tiempo que también pasa mientras los recuerdos llegan y se van y suena la música. Se acuerda de Andrea; sale con otras chicas pero se acuerda de Andrea. Sale con Lucas, que siempre será su amigo, o con Nico, que nunca volverá a ser el amigo que era, o con Raquel, que era una cría pero que ahora es una moza que aún conserva los viejos versos de Ramiro. Y a Ramiro que no se le olvida Andrea.
Aunque ambos lo nieguen, la película de Jonás tiene algo de aquella Ópera prima de su padre. Y a la vez, son radicalmente distintas. Ambas son, de alguna manera, relatos generacionales; ambas nos enseñan Madrid, la ciudad de sus personajes. Pero cada una es hija de su tiempo: Todas las canciones hablan de mí está poblada por hombres y mujeres de hace diez minutos, del comienzo de este siglo XXI, cuando ya sabíamos que sexo, amor y matrimonio no son sinónimos, pero cuando aún había jóvenes poetas, sólo había libros de papel y los estancos vendían sellos porque todavía se escribían cartas.
Además, esta película huye de los registros habituales de la comedia –“madrileña” o no-, para adentrarse en los recovecos del alma del protagonista y construir un mosaico sentimental que se desarrolla en capítulos, rompe la continuidad narrativa –que no dramática- y se encaja merced a la memoria, la palabra, las lecturas y las músicas del personaje. Es deudora de un cine entendido a la manera de la “nueva ola” francesa –de eso hace cincuenta años-, tanto como de un estilo literario y unas formas que remiten a nuestros clásicos del 98, y de eso ya hace tanto que no guardamos memoria.
Y sin embargo, la película es tremendamente actual y funciona casi siempre. Hay algún momento de desasosiego rítmico, porque obliga al espectador a un juego que es valiente y decidido, pero a ratos no tan emocionante ni divertido; y eso puede provocar caídas de atención. También contiene alguna raspadura en la interpretación, en un par de personajes no siempre perfilados con el mismo pulso. Pero son mayores los aciertos de la película, la sensación de verdad de sus protagonistas –qué bien Oriol Vila y qué madura y completa Bárbara Lennie, a sus veintiséis años-, la inteligencia del guión y hasta la mirada a una ciudad que parece nueva aun en sus escenarios archiconocidos.  
Buena nota, en definitiva, para Jonás Trueba. Su película es, más que una comedia costumbrista, un retrato inteligente y verdadero de personas y sentimientos. Seguimos las andanzas de Ramiro y nos las creemos; y no quisiéramos abandonarlo en su último afán, cuando gestos y miradas, cuando palabras y música se funden –en un momento verdaderamente magistral- llenándonos de emoción y simpatía: eso es el cine. (www.todaslascancioneshablandemi.es)

TODO LO QUE TÚ QUIERAS   (12.09.10)
Dir.: Achero Mañas
Pro.: José Nolla   Gui.: Achero Mañas
Fot.: David Omedes   Mús.: Leiva
Int.: Juan Diego Botto, Ana Risueño, José Luis Gómez

Achero Mañas fue un estimable actor en los 80 –cuando era un crío- y los 90; hizo cine –aquel curioso Belmonte- y televisión, pero se pasó a la dirección en 1994; realizó algunos cortos y saltó al largometraje con El Bola (2000), una película de auténtico impacto. En 2003 dirigió Noviembre, un intento bastante incomprendido, y luego… el silencio. Hasta que ahora reaparece con esta Todo lo que tú quieras, una obra de máximo riesgo, más personal aún que las anteriores, más madura y más valiente. Cuenta la historia de Leo, un joven abogado con un futuro prometedor. Está casado y tiene una hija de cuatro años. Por desgracia, la mujer muere y Leo se ve solo para seguir cuidando de la pequeña Dafne, para responder a las tremendas preguntas de la desorientada chiquilla y para sustituir a la madre definitivamente ausente.
Después de los primeros instantes de desconcierto, Leo asume que su absoluta prioridad es su hija y que su deber es hacer por ella todo cuanto esté en su mano, hasta donde le sea posible; y más aún si hace falta. Leo no cuenta con sus padres, rechaza terminantemente a sus suegros, atiende como puede –mal- su trabajo, y se apoya tan sólo en una amiga y antigua amante, y en el desconcertante y patético Álex, un caduco artista de cabaret. 
En el momento en que las vidas de Leo y Álex se cruzan, cobran sentido las imágenes que abren la película: primeros planos radicales, sin concesiones, de una serie de rostros de hombres que se transforman en mujeres, virtuosos del maquillaje, el trazo grueso, la peluca y las plumas: como Álex. Y por ahí también, aunque alguna pista ya ha dejado antes, Achero Mañas se expone, muestra todas sus claves y juega con las cartas boca arriba.
La película es un intenso relato, esencialmente cinematográfico, que no puede ser leído en clave realista. Las imágenes, los personajes, son reales; pero sólo con la realidad que muestra el otro lado del espejo cuando ese otro lado cobra vida y escapa de nuestra voluntad. Leo y Álex son distintos, pero cada uno es igual a su otra cara, la que asoma cuando uno la deja salir, o cuando se asoma por propia iniciativa. La primera lectura, por lo tanto, es una historia de amor –de Leo por su hija- pero es también la historia de una suplantación, la historia de una transgresión.
Un argumento tan complejo y atrevido se apoya, naturalmente, en algunas subtramas de interés: la incomprensión ante el cambio de roles en la familia, o la mecánica judicial, a veces descaradamente injusta, en ocasiones completamente absurda, machista o todo lo contrario. Y en un guión que va tomando altura y cadencia a lo largo del metraje, dibujando unos personajes que soportan al protagonista con entereza y sinceridad. Aquí juegan su papel unos actores en estado de gracia, en especial Juan Diego Botto, entregado, transformado desde el corazón hasta los ojos, y José Luis Gómez, otra vez llenando la pantalla con su voz quebrada, con su mirada oscurecida, con su dolor.
Con ellos, la espontaneidad sabiamente conducida de la niña Lucía Fernández. Achero Mañas la deja recrear su personaje, la rodea de atmósfera, la trae a primeros planos casi expresionistas, conjugando el equilibrio entre ella y su padre en la pantalla: su madre en su fantasía.
Lucía es todavía muy pequeña para ser considerada una actriz pero es ya un prodigio de fotogenia, sinceridad y encanto; son su sensibilidad y el talento de Mañas los que consiguen dar apariencia de naturalidad a esa fantasía, a ese juego de la imaginación, el deseo y la rebelión.  
Difícil película, áspera y nada complaciente; pero sincera y arrebatadoramente poética. No es solamente la historia de un hombre que, por amor a su hija, cae en la extravagancia y en el ridículo; es mucho más: como todo el buen cine, como la buena literatura, como el arte en general, es la muestra de la expresión íntima de un creador y, para el espectador, un motivo para la emoción y un espacio para la reflexión. (www.todoloquetuquieraslapelicula.com)

TODOS ESTAMOS INVITADOS    (13.04.08) 
Dir.: Manuel Gutiérrez Aragón
Pro.: Enrique Cerezo, José Manuel Lorenzo  Gui.: Manuel Gutiérrez Aragón, Ángeles González Sinde
Int.: José Coronado, Óscar Jaenada, Vanessa Incontrada
 
Película número 19 de Gutiérrez Aragón, el veterano director cántabro -66 años- al que el cine español debe títulos muy importantes como Habla mudita, El corazón del bosque, Sonámbulos, Maravillas, La noche más hermosa, La mitad del cielo, Cosas que dejé en La Habana y también un estupendo Don Quijote, en 2002, con Galiardo y Carlos Iglesias de protagonistas. 
A veces el cine de Gutiérrez Aragón ha sido metafórico, poético, sugerente... Esta película, este Todos estamos invitados, es todo lo contrario. Es una crónica, es un trozo de realidad doloroso y certero, es un puñetazo en la mandíbula y en la conciencia del espectador. Los protagonistas son un profesor de la universidad donostiarra, su novia y un etarra: un triángulo de miedo, violencia, impotencia y muerte. Xabier Legazpi, el profesor, ha manifestado repetida y públicamente su rechazo al terrorismo y no le ha importado señalar a los miembros de ETA como responsables de torturas y asesinatos. La banda terrorista responde amenazándolo de muerte.
Josu Jon es un joven etarra, huérfano de padre –se supone que activista también en su momento- y decidido a la lucha armada. En el transcurso de un atentado con cóctel molotov, trata de escapar de un control policial y sufre un aparatoso accidente del que sale con una tremenda herida en la cabeza que le produce una amnesia casi total. Y va a parar al hospital en el que trabaja Francesca, la novia de Legazpi. Eso es una casualidad, pero como tantas veces en la vida, será determinante en el destino de los personajes. Lo que no es casualidad es que, cuando la amenaza de ETA es conocida, todo el mundo se aparta de Xabier como un apestado: amigos, compañeros, vecinos, alumnos...
“Como” un apestado, no; “es” un apestado. Está señalado por los terroristas y la amenaza hace crecer un círculo de miedo insalvable a su alrededor. Y el miedo lo atenaza a él también, que no encuentra consuelo ni solución en los métodos preventivos que le explica la ertzaina –a él y a otros muchas personas en las mismas circunstancias, con las vidas rotas, amargadas y condenadas a sufrir con el chantaje mortal sobre sus cabezas-, ni aprende a comportarse sin método, ni a convivir con sus guardaespaldas, ni a acercarse o alejar a su novia.
Xabier duerme a trompicones, con la cadena en la puerta, con el miedo pegado a su cuerpo y a su entorno –a Francesca, para empezar-, y sabiendo que va a recibir más avisos, más cartas que le explican que tienen la llave de su casa, que está en el punto de mira, que las cocochas que ha degustado pueden ser las últimas que coma, que el estruendo de los tambores en fiestas pueden ahogar el ruido del disparo que le rompa el corazón en mitad de la algarabía y la diversión general. No hay casi nada más patético que la agonía de un hombre inundado de temor en medio de una multitud festiva que no le quiere ver; que no le puede ver porque todos miran para otro lado, asustados y ajenos, culpables por omisión, pero con la feroz atenuante del miedo insuperable.
Todos estamos invitados no es una obra maestra; no es una gran película, quizá ni siquiera una buena película. Es demasiado esquemática, hay personajes mal dibujados o aparentemente caprichosos, y tiene algunos momentos francamente desechables, porque Gutiérrez Aragón no conserva ya el pulso de antes. 
Pero no importa; esta es, sobre todo, una película honesta y valiente, que cuenta lo que no se dice habitualmente, que habla de esas “otras” víctimas del terrorismo: las que sufren las amenazas, sí; pero también las que están alrededor de ellas, las que sienten también el miedo cercano, las que no se atreven a manifestar su apoyo o siquiera su opinión, las que forman esa muchedumbre amordazada y temerosa que vive con el horizonte de la bomba y el tiro por la espalda.
Esa realidad es la que muestra Gutiérrez Aragón. Y hacía mucha falta que alguien lo hiciera. Por eso nos convence, nos atrapa y nos emociona profundamente. (www.todosestamosinvitados.com)

TODOS ESTÁN BIEN   (03.01.10)
Dir.: Kirk Jones
Pro.: Gianni Nunnari, Ted Field, Vittorio Cecchi Gori   Gui.: Kirk Jones
Int.: R.de Niro, Kate Beckinsale, Drew Barrymore, Sam Rockwell  
En 1990, Giuseppe Tornatore dirigió Stanno tutti bene, con un guión del gran Tonino Guerra y con Marcello Mastroianni de protagonista. Así es que lo primero que hay que preguntarse es por qué hay que hacer la película otra vez, aunque hayan pasado veinte años. Es verdad que veinte años no es nada, y además el cine americano es capaz de cualquier cosa, de modo que, posiblemente, la pregunta sobra. Aquí está esta Todos están bien, dirigida ahora por el británico Kirk Jones, director de Despertando a Ned y después La niñera mágica, con aquella tremebunda Emma Thompson.
El guión, aunque reescrito por Jones, sigue la pauta del primitivo, con algunos retoques ingeniosos y de cierto valor: Frank Goode es un viudo y jubilado reciente, que se las apaña para vivir en soledad. Sus cuatro hijos ya son mayores y están repartidos por todo el país; ahora espera su visita y se afana en limpiar a fondo y preparar la casa, seguramente es la primera vez que todos van a coincidir bajo el mismo techo. Por desgracia, uno tras otro le van explicando su imposibilidad para acudir a la cita. Frank se queda solo.
Pero el hombre echa de menos a sus hijos y, asumiendo las dificultades para reunirlos en su hogar, se decide a ir a visitarlos, uno por uno y por sorpresa, en sus lugares de residencia. Su salud no es muy buena y su médico le desaconseja el viaje y se lo prohíbe en avión, pero aun así se pone en camino, utilizando trenes y autobuses, rumbo a Nueva York, donde vive David, un pintor de éxito, Chicago –allí está Amy, poderosa ejecutiva de publicidad-, Denver, para ver a Robert, director de orquesta, y Las Vegas, donde Rosie es primera bailarina en un gran espectáculo.
Todo eso es lo que él cree, porque sus hijos y su difunta esposa se lo han hecho saber a lo largo de los años y las conversaciones telefónicas que los han mantenido en contacto. Cuando llega a Nueva York, su hijo David ha desaparecido, no hay apenas rastro de su pintura y pronto sabremos –antes que Frank- en qué malos pasos anda metido. En Chicago, Amy lleva los negocios mucho mejor que su matrimonio, que ya ha fracasado, aunque intente ocultárselo a su padre. Al llegar a Denver, Frank descubre que Robert no es el ilustre director de la orquesta, sino  que tan sólo toca el tambor en el último puesto de la última fila de la formación. Y para remate, Rosie no es más que una humilde camarera y madre soltera, bastante perdida en el laberinto de Las Vegas.
Los mensajes que atraviesan el argumento son bastante explícitos: en el mundo actual, y en América aún más que en Italia, por supuesto, las familias se disgregan y sus miembros se reparten por todo el país, a veces a grandes distancias y no sólo kilométricas; también sentimentales. Y las ficciones, el disimulo y las mentiras, también las afectivas, tejen una tela de araña que se complica cada vez más hasta que se rompe por algún lado. Los protagonistas de la historia lo sufren, y por eso Frank tendrá que comprender y aceptar la realidad, si quiere salvarse y salvar a su familia, y los hijos deberán asumir su propia verdad sin tratar de engañarse a sí mismos ni a su padre.
La película de Jones –como la de Tornatore- cuenta con un solidísimo reparto. Es esencial en una obra como ésta, y todos se han puesto a la tarea con eficacia más que notable. Sería curioso ver  las dos versiones seguidas y comparar el trabajo de Mastroianni con el de Robert De Niro. No creo que el americano salga mal parado: De Niro vuelve por sus fueros y compone aquí un personaje sensacional, medido, profundo, su mejor interpretación de los últimos tiempos. A su lado, tres estrellas de la siguiente generación, muy convincentes también; todo, claro, dentro del tono general de cosa conocida que comporta la adaptación del artesano Jones del original de Tornatore y Guerra.
Bien la película, muy bien De Niro y, en todo caso, esto tiene más sentido en Estados Unidos porque –y eso contesta definitivamente mi pregunta del principio- millones de espectadores... no han visto la de Tornatore. (www.everyboysfinemovie.com)

TONI ERDMANN   (21.01.17)
Directora: Maren Ade. Intérpretes: Peter Simonischek, Sandra Hüller, Michael Wittenborn.
Tercera película de la alemana Maren Ade, aunque la primera no se estrenó en España y la segunda –Entre nosotros, 2009- no tuvo ninguna repercusión. Quizá esta corra mejor suerte, la historia de este Winfried, un hombre solitario y bastante excéntrico; divorciado, pero con buena relación con su exmujer y el nuevo marido de esta; y no tanto con su hija Ines, que vive y trabaja en Bucarest con un bien remunerado empleo como consultora en una importante empresa alemana. Pero a Winfried le preocupa el rumbo que ha tomado la vida de Ines y se presenta en la capital rumana para saber si es feliz y para tratar de ayudarla.
Lo que es bastante discutible, porque el hombre irrumpe en la ya difícil existencia de su hija, dudosamente escondido bajo un burdo disfraz y una personalidad inventada, la de un tal Toni Erdman que sigue a Ines a todas horas y se dedica a hacerle la vida imposible, hasta casi volverla loca. No hay momento ni ocasión en que no se haga presente, sea una reunión de negocios, sea una fiesta o un paseo pretendidamente intrascendente. Menos mal que le deja libertad para algunas relaciones íntimas; que por cierto empiezan a ser bastante desquiciadas también. De hecho, tiene que aparecer –es un decir- hasta en su cumpleaños: una de las escenas más extravagantes del cine moderno.
La película, que ya ha ganado todos los premios europeos y es favorita para el Oscar, resulta un relato provocativo y transgresor que no deja un respiro al espectador en su larga duración; a veces parece una locura y a ratos se muestra impregnado de poesía. En realidad, es una comedia bastante alemana y bastante desaforada,  que esconde en su seno un caso de decidido amor paternal; todo lo que ocurre en la pantalla es sorprendente, pero lo más original y perturbador es este personaje protagonista, el pintoresco, abrumador y falso Toni Erdmann.

TORRENTE 4: LETHAL CRISIS   (13.03.11)
Dir.: Santiago Segura
Pro.: Mercedes Gamero, Santiago Segura   Gui.: Santiago Segura
Int.: Santiago Segura, Kiko Rivera, Tony Leblanc  
Para qué vamos a hablar de Santiago Segura, muy conocido como actor, director, productor, guionista, “businessman” y showman en todo tipo de pantallas, o, como se dice ahora, “ventanas”; incluidas, seguramente, las de su propia casa. Así es que mejor hablamos de su criatura: Torrente. Que vuelve a aparecer por nuestros cines –de momento en más de 650 salas- y ya es la cuarta ocasión; en esta oportunidad, intitulada “Crisis letal”; será por darle actualidad. Porque nada ha cambiado. Después de ver las cuatro películas (1998, 2001, 2005, 2011), tengo la impresión de que Segura rodó en su momento una muy, muy larga, y la ha ido enseñando a cachos. Iba a decir a trozos, pero hay que estar a tono… Quiero decir que no se advierte diferencia, evolución o deriva en los argumentos, las situaciones, los chistes –llamémoslos así-, o los personajes. Aunque en éstos si cabe señalar un cierto progreso: en cada edición, Torrente se ha visto acompañado de un número mayor de figuras populares, bien con apariciones fugaces, como extras de lujo, bien como figurantes con mínimo texto, o hasta como secundarios muy secundarios.
Aquí, al casposo antihéroe y a su siempre redivivo tío Tony lo arropan medio centenar –y no exagero- de participantes… (Si alguien tiene interés, puede ver más abajo la lista completa... o casi). Es una opción personal, probablemente respetable; pero en cierta manera también es una patada en el culo de la profesión: estos aficionados amiguetes del director o de las farándulas catódicas lo hacen bastante mal, empezando por el coprotagonista Kiko Rivera –que no se me diga que interpreta, porque no me lo creo- hasta llegar a la ínclita Belén Esteban pasando por esas señoras y caballeros sin miedo al ridículo y sin vergüenza estética.
Contemos un poco de qué va la historia. Érase una vez un tío espantoso, que merced a unas increíbles influencias, se encarga de la seguridad en una boda de alto copete. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Torrente: José Luis Torrente en persona. Y claro, la celebración acaba como era de esperar. Emocionado por su éxito, Torrente visita un club de alterne, donde conoce al que va a ser su nuevo escudero: un tonto de remate, al que le estafa primero dos euros y luego la vida misma cuando se lo lleva de compinche para ejecutar la más arriesgada misión que nunca le hayan encomendado.
Torrente da asco y muchas de las cosas que pasan y se ven en su película, también. Dice Santiago Segura que esto es una comedia. Pero a excepción un chiste –que, por lo demás, es bastante viejo-, todos los demás son tremendos: escatológicos, machistas, reaccionarios… Y las actitudes, las ocurrencias, las continuas tropelías del personaje son del mismo grueso calibre. Ya sabemos que esta profusión de ordinarieces forma parte del envoltorio del protagonista y que la intención del autor no es la apología sino, precisamente, la crítica de este tipejo y de sus semejantes. Pero coinciden dos circunstancias que, a mi parecer, invalidan este propósito; y las dos son graves.
Por una parte, Torrente, se quiera o no, se magnifica a sí mismo: es el héroe, el prota, el más listo de la peli, a pesar de su burricie, y, aunque sea horroroso –y en calzoncillos todavía más-, el guapo del barrio, el que se sale con la suya y siempre triunfa. Hasta escaparse de la cárcel, sabe. Y es del Atleti, esa cruz tiene; pero es posible que por eso y por todo lo demás el público se sienta inclinado a empatizar con él. Y por otro lado, resulta que la película no es buena. Después de los magníficos créditos iniciales y antes del “crescendo” final –a Segura le gustan las explosiones y el descacharre-, la imagen, y no digamos el guión, resulta deslavazada, mal compuesta, con titubeos y lagunas y llena de recursos facilones y antiestéticos. Es imposible sacar partido de la mayoría de los “actores” improvisados, y los de verdad se pierden entre la muchedumbre. Aunque, en el fondo, da lo mismo: esto no tiene nada que ver con el arte ni con el cine. Es sólo un negocio, y puede que funcione.
[Intervienen en la película: David Bisbal, Francisco, el Langui, los Hombres G –cantantes-, Sergio Ramos, Gonzalo Iguaín, Cesc Fábregas, “Kun” Agüero, Álvaro Arbeloa, Enrique Cerezo –futboleros-, Belén Esteban, Alejandro Lecquio, Andréu Buenafuente, Carmen Martínez Bordiú, su marido, Risto Mejide, el Dioni, Josemi, Kiko Matamoros, María Patiño, Pablo Motos, Florentino Fernández, Aramis Fuster, Poti, Octavio Acebes, Maricielo Pajares, Joselito, John Cobra y el Batu, Carmen de Mairena…, y “actores” y “actrices” como Ana Obregón, Fernando Esteso, María Lapiedra, David Fernández (a) “Chiquilicuatre”, “Cañita Brava” y Barragán. También aparecen la Blasa –José Mota- y el Aberroncho, Javier Gutiérrez, Enrique Villén, Yon González, Santiago Urrialde, David Muro, Ernesto Sevilla, Carlos Areces, Goyo Jiménez, Silvia Abril, Soledad Mallol, David Castillo, Xavier Deltell, el Gran Wyoming…] (http://torrente4.com/)

TRANCE   (16.06.13)
Dir.: Danny Boyle
Pro.: Danny Boyle, Christian Colson  Gui.: Joe Ahearne, John Hodge
Int.: James McAvoy, Rosario Dawson, Vincent Cassel
Danny Boyle dirigió en 1994 Tumba abierta, que inauguraba un giro nuevo en los esquemas del cine negro; pero tuvo mucho más éxito con su siguiente película, Trainspotting, que lo lanzó a la fama mundial; después siguió con diferente fortuna –Una historia diferente, La playa, 28 días después, Millones y Sunshine- hasta llegar al bombazo de Slumdog millionaire (2008): ocho Oscar, siete BAFTA, cuatro Globos de Oro y muchos premios más. En las antípodas de ese brillante espectáculo, rodó hace tres años 127 horas, y ahora nos llega esta nueva historia hipnótica y laberíntica.
El relato empieza cuando en una importante casa de subastas de Londres se está pujando por un cuadro de Goya. De pronto, se produce un grave incidente, con toda la pinta de un asalto; y, siguiendo el procedimiento, el mecanismo de seguridad se pone en marcha: Simon, el joven y eficaz jefe de sala, retira la pintura y la deja a buen recaudo, mientras el público, aterrorizado, corre de un lado para otro tratando de escapar. Al cesar la confusión, el cuadro ha desaparecido. En realidad, una banda de ladrones, con un plan muy bien pensado, ha intentado robarlo; y ahora Franck, su jefe, lo que quiere es que Simon les diga dónde lo ha guardado. El problema es que durante el asalto el hombre ha recibido un golpe en la cabeza y no puede recordar lo que ha pasado, ni aunque lo torturen salvajemente. Franck, entonces, decide contratar a Elizabeth Lamb, una psicóloga especialista en hipnosis, para que entre en la mente de Simon y revele su secreto. Y empieza un juego mental –y a ratos muy físico- a tres bandas, en el que los recuerdos de Simon van reapareciendo, llenando los huecos de su memoria. O eso parece, porque las verdades se mezclan con las mentiras, la realidad con los ensueños, y los manejos de la psicóloga chocan con las exigencias del ladrón.
La verdad es que Trance se puede contemplar desde diferentes puntos de vista. Como thriller clásico –subgénero psicoanalítico, lo que tanto gustaba a Hitchcock-, no resiste el análisis; es mejor tomarlo como lo que es: un divertimiento fílmico, muy bien rodado –espectacular en muchos momentos- y con un guion muy eficaz –y muy, muy tramposo- lleno de referencias sutiles y algunas, además, divertidas, al servicio de un enredo triangular, referente habitual del director.
De alguna manera, Boyle y Hodge le dan la vuelta a la seriedad del psicoanálisis –algo así como el contratipo de Un método peligroso de Cronenberg-, buceando en las escondidas pulsiones sexuales de los protagonistas. Goya, aunque el robo de su cuadro sea solo un pretexto, no desaparece del panorama, sino que se revela como pieza central del engranaje: el genio aragonés fue el primero, en toda la historia del arte occidental, en atreverse a reproducir el vello púbico femenino; en su “Maja desnuda”, por supuesto. Detalle genital que resulta de suma importancia para la recuperación… total de Simon y para la exhibición no menos completa de la doctora Lamb, la muy atractiva Rosario Dawson.
Toda la zona final de la película nos lleva de traca en traca y de sorpresa en sorpresa; la verdad es que no todas, como ya apuntaba, absolutamente legítimas. Boyle ha tenido mayor interés en retorcer el argumento, haciendo que en cada momento suceda algo inesperado, algo que cambie el sentido del relato; a costa, naturalmente, de que algunos sucesos rocen lo inverosímil y de que los protagonistas se desnaturalicen un tanto. Quedan, eso sí, otras estupendas señas de identidad: el ritmo trepidante, las imágenes estupendas en secuencias modélicas, la ambigüedad de los caracteres, lejísimos de cualquier maniqueísmo.
Y un elemento que me parece novedoso en la filmografía del director: el protagonismo de la mujer. La psicóloga que atrae y despide a Simon una y otra vez, que manipula la voluntad y los deseos inconfesados de Franck, que aparece como por casualidad y que termina robándoles el papel, el plano y todo lo demás a sus desprevenidos compañeros de viaje. Si triunfa o fracasa, ya se verá; pero el clímax –también el cinematográfico- lo domina ella. (
http://www.trancethemovie.com/)

360. JUEGO DE DESTINOS   (02.06.13)
Dir.: Fernando Meirelles
Pro.: Andrew Eaton, David Linde, Emanuel Michael   Gui.: Peter Morgan
Int.: Jude Law, Rachel Weisz, Anthony Hopkins
El brasileño Fernando Meirelles posee ya una copiosa carrera como productor –ficción, documentales y series de televisión-, siempre en su país, y ha dirigido cerca de una veintena de títulos, también de distintos géneros. Sus largometrajes más conocidos son Ciudad de Dios (2002), El jardinero fiel (2005, Globo de Oro y Oscar para Rachel Weisz y León de Oro en Venecia para el director) y A ciegas (2008); estos dos últimos ya fuera de Brasil y con repartos internacionales.
Y más internacional todavía es este nuevo: 360 –al que le hemos completado el título con Juego de destinos, por si alguien no la había entendido-. La acción salta de un lado a otro del Atlántico y transcurre en siete u ocho ciudades del viejo y el nuevo continente. De Bratislava a Viena, y viceversa, la joven Mirka se busca la vida; ella quiere ser actriz y no le importa acudir a múltiples “castings”, aunque alguno de ellos tenga más peligro y menos categoría de lo normal. En Viena también, tratando de hacer lucrativos negocios, está Michael, un importante ejecutivo inglés que se aburre por las noches y querría tener compañía agradable y discreta…
En Londres, el atractivo Rui
ve cómo, incomprensiblemente, le abandonan a la vez su amante, Rose –que prefiere la seguridad de su marido-, y su novia, Laura, que se ha enterado de su doble vida amorosa. Laura, frustrada y dolorida, se marcha a Brasil, su país de origen; y en el viaje conoce a John y a Tyler. John es un hombre que busca desesperadamente –pero incansable- a su hija desaparecida hace tiempo; Tyler es un joven extraño, con una historia muy oscura, que viaja en libertad condicional con la esperanza de su reinserción…
Al mismo tiempo, en París, un dentista locamente enamorado de su auxiliar rompe con ella y la despide, porque es musulmán ferviente y su religión no le permite querer a una mujer casada; ella está dispuesta, sin embargo, a abandonar a su marido, un gánster ruso asistente de un peligroso mafioso, que la tiene  poco atendida y muy asustada y enfadada por los peligros de su trabajo y las continuas ausencias a las que se ve obligado. Ahora, precisamente, viaja a Viena a reunirse con su jefe, que debe rematar allí uno de sus turbios asuntos; claro que siempre habrá tiempo para una placentera aventura sexual…
Y allí puede que se cierre el círculo, esos 360 grados a los que alude el título. El argumento es casi una cadena perfecta de acontecimientos, protagonizada por unos seres que se van conectando sucesivamente con un hilo conductor, que es el amor. Correspondido o no, naciente o declinante, verdadero o interesado. Nunca fácil, desde luego. Como tampoco lo es la narración, este juego de historias que se suceden y –algunas- se entrecruzan y relacionan. El reto es que cada una tenga su propia entidad, sin hacer olvidar las anteriores, pero consiguiendo que la tensión progrese y aumente.  
La verdad es que Meirelles demuestra bastante habilidad para que lo que podría parecer una sucesión de cuentos cortos obtenga esa continuidad y esa progresión en la mayor parte del metraje. No siempre, por desgracia, porque hay relatos claramente mejores que otros, e incluso un par de momentos rozan lo increíble. Pero, en general, los personajes se sienten como reales y cercanos –no todos simpáticos, como es natural- y las situaciones que viven, aunque no profundicen demasiado, tienen su dosis de emoción y un sentido cinematográfico más que solvente.
Jude Law, Rachel Weisz, Anthony Hopkins, Peter Morgan –también autor del guion- y otros intérpretes no tan conocidos pero de indudable calidad –Jamel Debbouze, Moritz Bleibtreu, Ben Foster y Lucia Siposová, una revelación- dan vida a estos personajes que cruzan por la pantalla en pos del amor, y, si puede ser, de la felicidad; y de su destino, que les sale al paso: algunos se resignan, otros pelean y hay quien se hace la ilusión de que puede elegir. (
http://www.magpictures.com/360/)

TRES DÍAS   (27.04.08)
Dir.: F. Javier Gutiérrez
Pro.: Antonio P. Pérez, Ant Banderas   Gui.: F. Javier Gutiérrez, Juan Velarde
Int.: Víctor Clavijo, Mariana Cordero, Eduard Fernández
 
Esta película ha ganado el Premio en Málaga, y seguramente lo ha hecho con todo merecimiento –también por demérito de las demás-: es la obra más consecuente, mejor trazada y con más peso específico del certamen. Y curiosamente, es una película “de género”: una especie de “thriller apocalíptico” con gotas de terror y suspense. El relato desvela desde el principio la tremenda –y no tan increíble- circunstancia: un gran meteorito se acerca a la Tierra y el choque, inevitable y de consecuencias definitivas, se va a producir en tres días.
Naturalmente, eso produce un efecto devastador en la población: los últimos tres días en la vida, un plazo fijo y tan corto, supone para algunos la liberación de todos los instintos, las ansias ocultas y también los terrores. Y el abandono de la actividad, las responsabilidades, los deberes. Los guardias de la cárcel se van y los presos, incluido el más sanguinario y vengativo asesino, se escapan y regresan para cumplir sus amenazas.
Los protagonistas, un joven desesperado, su enérgica madre y tres chiquillos, recluidos en una casa en el límite de la nada, esperan y temen, luchan y tratan de sobrevivir a un destino doblemente siniestro. Mariana Cordero –premio de interpretación- y Víctor Clavijo son los que aguardan; tienen miedo y una escopeta. Eduard Fernández es el enloquecido asesino que los acecha; su arma es el desprecio y una maldad sin límites. Los tres están estupendos cargando con sus oscuros personajes en medio de la aún más tenebrosa situación. Los tres se juegan la vida, y a la vida le quedan unas pocas horas de existencia.
Obra de género, como decía, bien construida y excelentemente resuelta, y que no desmerece en nada de otras de parecido talante, que vienen de fuera y triunfan en taquilla. Ésta, desde luego, merece el apoyo tanto o más que aquéllas. (www.3diaslapelicula.com)

TROPIC THUNDER    (28.09.08)  
Dir.: Ben Stiller
Pro.: Ben Stiller, Stuart Cornfeld   Gui.: Ben Stiller, Justin Theroux
Int.: Ben Stiller, Robert Downey Jr, Jack Black  
Ben Stiller es uno de los más famosos y prolíficos cómicos americanos de la última hornada; pero para demostrarnos que no es sólo un actor que interpreta personajes divertidos en películas de otros –Noche en el museo, Matrimonio compulsivo, Los padres de ella/él, Algo pasa con Mary-, vuelve a erigirse en creador total y actúa y dirige –como en Bocados de realidad-, y hasta produce y escribe –igual que en Zoolander- esta descacharrante historia de un grupo de actores que se ven envueltos en una tremenda aventura real, muchísimo más peligrosa que la película que creían estar filmando.
El disparate empieza con la presentación de los protagonistas mediante unos falsos trailers, muy divertidos; así conocemos a Tugg Speedman, un héroe de acción venido a menos por lo cansino de sus personajes; a Jeff Portnoy, un cómico guarrindongo que hace honor a la cita literaria de su apellido; al ínclito Kirk Lazarus, mega estrella repetidamente galardonada, y a Alpa Chino, representante de la minoría étnica –un rapero negro, para entendernos-; éstos y alguno más se han juntado para hacer una película bélica que haga olvidar Apocalypse now y Salvar al soldado Ryan. Luego va a ser para ellos El día más largo, pero aún no lo saben.
En seguida nos damos cuenta del problema; bueno, son más de uno: Speedman quiere rehacer su carrera a toda costa y su ímpetu choca con el “método” de Lazarus, que hasta se ha sometido a una operación estética para convertirse en... negro; perdón, afroamericano, y no consiente en salirse de su papel. Portnoy está de droga hasta las cejas y bastante tiene con sostenerse de pie y Chino –Alpa Chino- está permanentemente cabreado porque ni le gusta su personaje ni los de los demás.
Les dirige un absoluto incompetente, que no para hasta recibir su merecido; y el guión es de un héroe de guerra –Nick Nolte- más falso que un billete de tres euros. Y para remate, muy pronto conocemos al espídico agente artístico Rick Peck –Matthew McConaughey- y al desaprensivo y feroz magnate que produce la película, interpretado por un sorprendente Tom Cruise. También pasan por allí, haciendo más o menos de ellos mismos, Jon Voight, Jennifer Love Hewitt, Alicia Silverstone, Jason Bateman y hasta Mickey Rooney...
No es de extrañar que la película –la que rueda toda esta panda- esté bastante atascada; y tampoco es raro que, para salvar definitivamente la producción, dar al argumento mucha más emoción y –quién sabe- hasta aspirar a conseguir un Oscar... o dos, a alguien se le ocurra una idea sensacional: llevar actores y escenario a la auténtica selva, rodar con cámaras ocultas y hacerles pasar un susto de muerte. Cinema-verité, que se dice. Lo que pasa es que la cosa empieza mal, se va poniendo peor, y cuando aparecen en escena unos auténticos y salvajes traficantes que son los amos del lugar, la película pasa a ser un documental del género “aquí te pillo y aquí te mato”.
Todo es bastante divertido y, aunque la historia va a menos –no se pueden sostener más ni el argumento ni las gracietas de los personajes-, no resulta despreciable, ni mucho menos. No sólo porque la película viene avalada por el taquillazo americano –también aquí hará unos euros-, sino porque este tipo de cine también es necesario. La cantera cómica americana es inagotable, el filón de los artistas judíos -de Chaplin y los hermanos Marx a Woody Allen, pasando por Jerry Lewis- se renueva en cada generación y a ello ha venido a sumarse la revolución moderna de la televisión, que dispara desde programas como el mítico Saturday Night Live personalidades hoy indiscutibles: Adam Sandler, Judd Apatow, Steve Carell y el propio Stiller.
Dueños de un humor grueso, disparatado, rozando siempre –y cayendo de pleno a veces- en el mal gusto y la inconveniencia, hay que ver su obra con mirada desprovista de prejuicios y melindres; entonces sólo queda una disyuntiva: reir... o reir.
(www.tropicthunder.com/intl/es/)