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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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SAMBA   (01.03.15)
Dir.: Eric Toledano, Olivier Nakache
Pro.: Nicolas Duval-Adassovsky, Laurent Zeitoun, Yann Zenou   Gui.: Eric Toledano, Olivier Nakache
Int.: Omar Sy, Charlotte Gainsbourg, Tahar Rahim
Tras el éxito espectacular de Intocable, Nakache y Toledano se enfrentan al reto de volver a convencer al público. Para su nueva película han contado otra vez con Omar Sy, acompañado por Charlotte Gainsbourg en los papeles protagonistas de una historia menos divertida pero bastante más profunda: la lucha por la supervivencia de los inmigrantes sin documentos en un medio hostil –París en este caso-, golpeado por la crisis y el desempleo. Por medio, el racismo, la delincuencia, la burocracia y hasta el amor, que no es la menor de las dificultades.
Samba, un senegalés que lleva diez años en Francia trampeando en distintas ocupaciones, va a parar al fin a un centro de internamiento de extranjeros; de allí sale con una orden de expulsión, pero gracias a los buenos oficios de Alice –una ejecutiva que se recupera de un agotamiento nervioso colaborando con los servicios sociales-, a la peligrosa ayuda de su amigo Wilson y también a la casualidad, atisba el camino que puede llevarlo a encontrar una identidad y convertirse en un hombre libre y un ciudadano como los demás.
La película se inicia por todo lo alto, con un plano-secuencia muy brillante, que sirve para situar al protagonista en su eventual trabajo; pero luego la realización se vuelve más convencional y rutinaria, constantemente desde el punto de vista da Samba –un Omar Sy muy expresivo y siempre dueño de la pantalla-, sin alcanzar demasiada hondura ni absoluta comicidad -salvo dos o tres chistes un tanto efectistas y no muy justificados-, hasta la pirueta final, que roza la tragedia pero consigue un remate optimista, marca de la casa. Incluso para la –aparentemente- frágil Alice, un personaje que borda Charlotte Gainsbourg con la capacidad que demuestra en cada película; también en la comedia. Que hay que ver, ineludiblemente, en versión original. Escuchar a Omar Sy en castellano es una irremediable chapuza.
(www.acontracorrientefilms.com/pelicula/377/samba/)

SEARCHING   (15.09.18)

Dir.: Aneesh Chaganty. Pro.: Timur Bekmambetov, Adam Sidman. Gui.: Aneesh Chaganty, Sev Ohanian. Int.: John Cho, Michelle La, Debra Messing.

Debut de Aneesh Chaganty, un joven director y guionista -27 años- nacido en la India pero afincado en América. Timur Bekmambetov -Guardianes de la noche, el último Ben-Hur...- avala este estreno y lo hace con la confianza de que va a gustar o, por lo menos, sorprender. Searching está protagonizada por un padre que busca a su hija y por la policía que lo ayuda. Pero sobre todo está protagonizada por la pantalla. La del ordenador, los móviles, las tabletas, las televisiones y algún cacharro más que se me puede olvidar; pero que tenga su pantalla o pantallita, grande o pequeña.

Porque toda la película está vista a través de este artificio. En el ordenador se ven fugazmente, al comienzo, las fotografías que cuentan la historia de la familia Kim: David y Pam y la pequeña Margot, que va creciendo al tiempo que su madre sucumbe a un cáncer recurrente. Es una secuencia modélica -al estilo de la inicial de Up-, que lleva a Margot desde los 5 a los 16 años, cuando se queda sola con su padre. David se empeña en que la chiquilla siga con su vida, con sus estudios y sus amistades, aunque se preocupa, naturalmente, por los vídeos y los chats que Margot sostiene con gente de su edad. Y la auténtica preocupación, y el desconcierto y el miedo se apoderan de él cuando Margot no regresa a casa, nadie sabe dónde está... desaparece.

La detective Vick se hace cargo del caso y la búsqueda comienza. A través de los móviles y de las redes sociales, David, Vick y los demás se van comunicando los resultados de la penosa tarea. Nulos, por el momento. Los medios también se hacen eco del suceso y las grandes cadenas le dedican espacios a todas horas. Y aparecen pistas, algunas con ribetes dramáticos, que no conducen a ningún resultado. La policía está a punto de dar por cerrado el caso y asumir la desaparición de Margot, pero David no ceja en sus esfuerzos, rastreando una y otra vez cualquier señal que pueda aparecer en los terminales que ha manejado su hija. Realmente, es un hombre ducho en los modernos sistemas de comunicación y vemos como por la pantalla -del cine- se deslizan incesantemente las otras pantallas, las de los móviles y ordenadores de la chiquilla.

Naturalmente, lo más novedoso e interesante de la película no es el argumento, que sigue los esquemas de un thriller convencional, ni tampoco las interpretaciones -correctos y aplicados los veteranos John Cho y Debra Missimg, que alcanzan aquí el protagonismo-, sino este tratamiento de la imagen, con momentos que rozan lo espectacular, aunque siempre bien medidos para que un espectador no avezado en estos menesteres pueda seguirlos sin mayor dificultad. Y para mi gusto, y al contrario que otras obras más catastrofistas o desesperanzadoras, Searching contiene un muy acertado punto de vista acerca de la utilidad y los beneficios que pueden alcanzarse con el uso de las modernas herramientas de comunicación: dispositivos, redes, chats... Internet, en una palabra.

SEDA   (23.03.08)        (23.03.08)  
Dir.: François Girard 
Pro.: Niv Fichman, Nadine Luque   Gui.: François Girard, Michael Golding
Int.: Michael Pitt, Keira Knightley, Alfred Molina  
El canadiense François Girard es un director con cierto recorrido en cine documental y televisión, y también es el autor de El violín rojo, que ganó el Oscar a la mejor música en 1999. Ahora ha realizado este guión basado, cómo no, en una novela de éxito: el “best seller” del italiano Alessandro Baricco Seda. Es un drama romántico, género que vuelve a estar de moda, también en el cine, quizá como reacción a los violentos y vertiginosos espectáculos que van de los ordenadores a la pantalla con tanta frecuencia.
Esta historia, desde luego, de vertiginosa no tiene nada. Arranca con una especie de ensoñación del protagonista, con las imágenes de un bellísimo cuerpo de mujer entrevisto entre la bruma y el agua, mientras una voz en off desgrana una melancólica explicación. Luego, la misma voz –que no se calla un momento- empieza a explicar el argumento, que cuenta la peripecia personal de Hervé Joncour, un joven militar que, sin mucha vocación, dejará las armas para convertirse en un importante comerciante de la seda en la Francia preindustrial de finales del XIX. 
La clave está en la conversación entre el magnate Joncour –padre del protagonista-  y el negociante Baldabiou: “¿Sabe qué es esto?”, le dice éste, enseñándole un pañuelo de seda. “Cosa de mujeres”, le responde Joncour. “No”, le contradice el comerciante; “es dinero... cosa de hombres”. Y ahí comienza todo: la idea es renovar el negocio de fabricación de la seda en la localidad importando los huevos de los gusanos, y el joven Joncour es la persona idónea para la gestión El trabajo lo lleva hasta África, primero, y después hasta las lejanas y desconocidas islas del Japón. No le falta valor, y no lo duda mucho antes de cada viaje, aunque para ello tenga que dejar sola durante meses a su esposa, joven, bella y desconsolada. 
Como un nuevo Marco Polo –y también con algo de épica homérica-, el hombre se lanza a la aventura: cruzará Europa y Asia en tren, en carromato, en barco y a caballo, disfrazado y a golpe de dinero; pasará bastantes calamidades hasta llegar a su destino, los dominios vedados a occidente del “shogun” Hara Jubei, pero todo queda compensado cuando obtiene grandes beneficios económicos y, sobre todo, cuando tiene la oportunidad de descubrir los encantos –geográficos y humanos- del exótico paisaje. Sin apenas poder comunicarse, por la ausencia de un lenguaje común, queda sin embargo fascinado por la belleza y la armonía de una misteriosa joven, la concubina del señor japonés.
Desde que la ve, Joncour, hechizado, sólo tiene pensamientos para ella y sueña con su presencia, sus ojos, su piel... Sin remedio, el joven tiene que regresar a Francia; pero cada ocasión le sirve de excusa para volver a emprender viaje y atravesar medio mundo para reencontrarla. Es una pasión sin esperanza, pero es también una llamada imposible de ignorar. Una y otra vez, en Japón y en Francia, Joncour tratará de alcanzar la paz para su alma torturada por su amor escondido. Y al final, sólo el destino jugará sus bazas más insospechadas para resolver la dramática situación.
Todo, naturalmente, está en la novela; un relato en esencia más breve que la película, que, por una vez, no tiene que resumir el argumento. Al contrario, parece que François Girard se ha visto obligado a explayarse en la construcción de los personajes. Michael Pitt defiende el suyo, muy extenso, hasta donde puede, y Keira Knightley presta su belleza y su fragilidad; la joven Sei Ashina apenas aparece para dejar constancia de su personalidad, envuelta en el erotismo y el misterio... y todos están constantemente arropados por la voz del narrador, que explica situaciones y sentimientos;
recurso muy poco cinematográfico, cuando no está estrictamente justificado, y que contribuye aquí, además, a ralentizar todavía más el ritmo. Con todo ello, y a pesar de una espectacular fotografía y una sensacional partitura de Ryuichi Sakamoto, la película no llega a apasionar y más bien termina por desconcertar y aburrir un poco a un espectador medianamente exigente. (www.silkmovie.com)

SÉPTIMO - STOCKHOLM   (10.11.13)
Séptimo
Dir.: Patxi Amezcua
Pro.: Álvaro Augustín, Jordi Gasull, Edmon Roch   Gui.: Patxi Amezcua, Alejo Flah
Int.: Ricardo Darín, Belén Rueda
Stockholm
Dir.: Rodrigo Sorogoyen
Pro.: Rodrigo Sorogoyen, Borja Soler, Eduardo Villanueva   Gui.: Rodrigo Sorogoyen, Isabel Peña
Int.: Aura Garrido, Javier Pereira
Son tantos los estrenos que se acumulan en este fin de año, y tantas las películas españolas que luchan por hacerse un hueco con el horizonte de los Goya, que no puedo resistirme a comparar al menos dos de estas producciones, que representan, además, dos modos diametralmente opuestos de hacer cine y llevarlo hasta los espectadores. Stockholm  y Séptimo son muy buenos ejemplos. La primera está dirigida por un director joven, Rodrigo Sorogoyen; es su segunda película, tras la muy estimable 8 citas y un copioso trabajo en televisión. El director de Séptimo, Patxi Amezcua, también llega a su segundo largo: dirigió 25 kilates, que me gustó mucho, en 2008.
Hasta aquí, empate: se ve que los productores –ya veremos de qué categorías- confían en directores primerizos; igual es que son más baratos… Las historias, claro, no tienen nada que ver. En Séptimo, Sebastián y Delia, un matrimonio en trance de separación, se reparten la atención a sus dos niños. Mientras la madre marcha al trabajo, el padre se encarga de llevarlos al colegio. Salen del piso –el séptimo del título- y mientras los críos corren escaleras abajo, el hombre baja en el ascensor. Al llegar al portal, los niños han desaparecido. Sebastián intuye enseguida que los han secuestrado para presionarlo en un caso complicado que lleva el bufete del que es miembro. No se equivoca.
En Stockholm, un joven se fija en una chica en una fiesta y, a la salida, de madrugada, la aborda por la calle y trata de convencerla para que acceda a subir a su piso y pasar la noche con él. También aquí hay una coincidencia curiosa, porque cuando la joven, que parecía convencida por su insistencia –o casi secuestrada, de ahí el título- se marcha del piso, él baja en el ascensor, la alcanza y la hace subir de nuevo. Y empieza la segunda parte, en la mañana siguiente; que parece otro mundo, porque el conquistador divertido, atento y respetuoso, se ha convertido en un ser odioso, antipático y frío. Y ella –nunca sabemos su nombre- deja salir su rabia, su ansiedad y su dolor.
Stockholm ha costado 60.000 euros, reunidos entre cincuenta “inversores”; se ha rodado en cuatro calles cercanas a la Gran Vía madrileña y se estrena con 16 copias para toda España. Séptimo es una producción de varios millones de euros –con el soporte de importantes cadenas de televisión-, se ha rodado en Buenos Aires y sale con 42 copias en Madrid, supongo que con más de 200 en todo el país. Distribuye la todopoderosa Fox, y se han llenado las marquesinas callejeras con el cartel de la película, publicitando una historia confeccionada rigurosamente con la fórmula precisa. No importa que se le vean las costuras y que todo resulte un tanto previsible; la finalidad es hacer taquilla.
Stockholm llegó a Málaga con lo puesto y sin la menor seguridad de distribución. Ahora ha encontrado a Festival Films, que ha apostado por esta historia modesta, pequeña, pero llena de verdad, de emoción y de incertidumbre. Sus creadores, del primero al último, quieren, sobre todas las cosas, hacer cine. Si para ello no tienen que cobrar, trabajan gratis, solo cargados con su interés y su esperanza.
Los protagonistas de Séptimo sí habrán cobrado: son dos estrellas –sobre todo Darín-, que han llevado al cine en Argentina a casi un millón de espectadores en un mes; ambos están muy bien, haciendo personajes que se saben de memoria. Los intérpretes de Stockholm son dos jóvenes de 32 y 24 años, con todo el futuro por delante. Javier Pereira compone su personaje a la perfección, y Aura Garrido es de sobresaliente: su trabajo culmina de momento una carrera muy inteligente y de muchísima calidad; Aura es, probablemente, la mejor actriz de su generación. Da gusto verla aquí, como da mucho gusto ver –siempre- las buenas películas. (http://www.septimolapelicula.es/ http://www.stockholmlapelicula.com/)

SERENA   (02.11.14)Dir. Susanne Bier
Pro.: Ben Cosgrove, Mark Cuban, Paula Mae Schwartz   Gui.: Christopher Kyle
Int.: Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Sean Harris
Las películas más personales de la danesa Susanne Bier contienen argumentos que giran en torno a la familia –más o menos extensa-y sus circunstancias, también con distinta profundidad. Ajustada a los cánones del Dogma o más frecuentemente –y mejor- por vía libre, en títulos como Te quiero para siempre, Hermanos, Después de la boda, Cosas que perdimos en el fuego o Amor es todo lo que necesitas ha brillado su estilo y su talento; y obtuvo en 2011 el reconocimiento mundial, y de paso el Oscar, con En un mundo mejor, un rotundo alegato a favor de la paternidad y el valor de la educación.
Cuando trabaja en América, Susanne Bier se pliega más, como es natural, a las exigencias de género y estilo de un cine que no es exactamente el suyo. Así sucede en Serena, que evoca el aliento de los melodramas clásicos de Hollywood, con una historia pasional sustentada en la fotogenia y la empatía de los protagonistas: la pareja más brillante de los últimos años, formada por Bradley Cooper y Jennifer Lawrence. Es su tercera película juntos, y el tiempo dirá si forman un tándem tan sólido y duradero como otros que están en la mente de todos.
Cooper es George Pemberton, dueño y señor de una potente industria maderera en Carolina del Norte, a finales de los años 20 del pasado siglo. Pemberton es un hombre decidido, emprendedor y que no admite una negativa por respuesta, ni se desvía un ápice de sus planes. Su capricho es ley, y cree que lo seguirá siendo cuando conoce a Serena, se enamora perdidamente y se casa con ella. Serena es una joven de aparente sencillez, pero de fuerte personalidad, muy seductora y con una voluntad tan inquebrantable como la de su marido.
Desde su matrimonio, se enfrentan juntos a las mil dificultades y peligros de su empresa: desde la inclemencia del lugar y sus habitantes hasta las presiones de los bancos y la ley, que les ponen en riesgo de perder sus tierras y su negocio. George y su socio difieren absolutamente en la manera de afrontar el futuro inmediato, y la situación se irá haciendo más difícil y más tensa, hasta desembocar en la tragedia. Serena, por su parte, dará muestras de su valor y su determinación, incluso en momentos de extrema dificultad; hasta ganarse el respeto y la admiración de los rudos trabajadores, empezando por su sombrío capataz.
Pero cuando a estas circunstancias se unen de repente el dolor, la frustración y los celos, Serena ve revivir ante ella el pasado –el suyo y el de su marido- y asume el mando de sus vidas. George, que ha vivido haciendo su voluntad y luego se ha sentido acompañado, comprendido y protegido por su mujer, acaba viendo como ella toma las decisiones –aun las más dramáticas-y se convierte casi en un títere en sus manos. Todo lo que va pasando es tremendo, pero Serena actuará sin detenerse ante ningún obstáculo, aunque sus actos los lleven a ambos hasta el abismo.
Tanto Jennifer Lawrence como Bradley Cooper se han empleado a fondo y con éxito en otros variados menesteres, como los desaforados resacones y los interminables juegos del hambre; prueba inequívoca de su versatilidad y, en los empeños más serios, como este de ahora, también de su calidad. Y juntos funcionan perfectamente, y no solo en la comedia dramática, como en El lado bueno de las cosas, o en la inclasificable La gran estafa americana, sino en el duro cara a cara del melodrama, donde cada interpretación gravita sobre la otra aun en los momentos que uno u otra están ausentes de la pantalla, pero presentes en la retina del espectador.
Ese duelo es lo más conseguido de la película, aunque también tendrá algo que ver la presencia de Susanne Bier, experta directora de actores; no es su mejor obra, ni la más personal, pero aun así es de suponer que habrá sido la oportunidad de poder trabajar sobre caracteres tan fuertes, recreados por tan buenos intérpretes, lo que la habrá llevado de regreso a Hollywood. (http://www.serena-themovie.tumblr.com/)

Sexo fácil, películas tristes   (26.04.15)
Dir.: Alejo Flah
Pro.: Juan Pablo García, Gonzalo Salazar-Simpson y otros   Gui.: Alejo Flah
Int.: Ernesto Alterio, Quim Gutiérrez, Marta Etura
Debut como director del guionista argentino Alejo Flah con esta película que –por su título- parecen dos; y en efecto, son dos: la que transcurre en Madrid según la escribe Pablo, y las andanzas en Buenos Aires del propio Pablo, que intenta ganarse la vida con su trabajo de guionista. En Madrid, es Nochevieja; y Víctor acaba de darse cuenta, entre campanada y campanada, de que su vida ha sido una equivocación. Según el guión de Pablo, que piensa que toda buena comedia sentimental debe empezar por el final y luego ir hacia atrás. Es decir, que nos disponemos a ver un flash back que explique al personaje desde el principio.

Víctor es un joven diseñador –seguramente un trasunto de su autor- que se busca la vida, sin más muletas que su voluntad y la ayuda –es un decir- de su amigo Luis. Una noche de francachela, ambos conocen a Marina y Clara, y surge el interés; mutuo entre Víctor y Marina, nada correspondido el de Luis por Clara. Pero como el mundo da muchas vueltas –siempre según las bases de la buena comedia sentadas por Pablo-, al final estos terminan juntos, y los primeros, separados. Hasta ese momento final, que es el comienzo de la historia.

Delante de la pantalla, uno no se hace tanto lío; solo un poco. Parecido al que tiene Pablo –el de Buenos Aires- con su propia vida, que no termina de salir adelante entre asuntos con productores arruinados e inversores improbables, y amores caducos u olvidados, que pueden reverdecer o darse una segunda oportunidad. En medio, tiene que conseguir escribir. Y si es posible, también comer.

En el fondo, eso de las oportunidades es lo que intenta explicar la película; las dos películas: la que ha escrito y dirigido Alejo Flah, y la que escribe Pablo y, seguramente, nunca dirigirá nadie. El título, al final, es mentiroso; porque las historias no son tan tristes y el sexo, desde luego, nada fácil.

SHAME   (19.02.12)
Dir.: Steve McQueen
Pro.: Iain Canning, Emile Sherman   Gui.: Abin Morgan, Steve McQueen
Int.: Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale  
Steve McQueen (Londres, 1969) y Michael Fassbender fueron los artífices de la durísima Hunger (2008), sobre el militante del IRA Bobby Sands, fallecido en prisión a causa de su huelga de hambre. Ahora, McQueen –reputado videoartista desde los años 90- vuelve a dirigir a Fassbender en esta nueva película: Shame. Polémica, impactante, escandalosa para algunos, y también multipremiada en festivales como Venecia –Copa Volpi para el protagonista- y Sevilla –premio para los dos-. 
Shame es un descarnado retrato de Brandon Sullivan, un ejecutivo de vida metódica y controlada, que reparte su tiempo entre el trabajo y su afición favorita: el sexo. A veces, no sólo lo reparte, sino que lo comparte: el ordenador de su despacho está atascado por sobreabundancia de páginas eróticas. Es de suponer que cumple aceptablemente con su actividad profesional; en el otro terreno, no nos cabe ninguna duda: no desdeña ninguna ocasión, ni lugar, ni compañía; su casa y su cama son el escenario de encuentros fugaces, casi anónimos, placenteros pero insignificantes. Es capaz de dejar a su última amante en la ducha y, camino del trabajo, encelarse con la mirada y la posible provocación de cualquier desconocida que va en su mismo metro, y su deseo se enciende automáticamente a la menor posibilidad. Es un depredador, ni conoce el amor ni le interesa; sus días transcurren con la sistemática frialdad de un ingeniero del sexo. Pero su aparente tranquilidad y su estabilidad desaparecen cuando su hermana Sissy irrumpe de repente en su vida para quebrar sus rutinas y alterar peligrosamente su existencia.
Sissy es una carga para Brandon, pero su evidente fragilidad, su creciente estado de indefensión, puede quizá llegar a desarmarlo. Instalada en su apartamento, parece que sus caminos, hasta entonces tan separados, van a acercarse. No será  así, o no será fácilmente. Sissy es, además de una artista –hay una maravillosa, enternecedora actuación en un club-, una persona débil, extremadamente dependiente y autodestructiva, capaz de agarrarse al primer clavo ardiendo y lamentar después haberse quemado. Brandon no sabe consolarla.
De algún modo, son como las dos caras de una moneda: Sissy es inestable, va y viene, ha vivido tristes capítulos de drama y no está segura de querer seguir haciéndolo. El penúltimo tumbo, carente de amarras, la lleva hasta su hermano. Brandon tiene trabajo y dinero, es duro y consecuente: ha luchado por lo que tiene y no quiere perderlo; es hermético porque no se consiente rendijas que dejen escapar su alma o permitan que pase una gota de perturbadora compasión.
Como cualquier historia, ésta se puede contar de diferentes maneras. McQueen ha optado por un radical realismo en el que los ámbitos, frecuentemente cerrados –dormitorios, despachos, discotecas, vagones de metro-, enmarcan las figuras y pesan sobre los rostros, los cuerpos, la piel; la fotografía remite a los grandes del retrato urbano naturalista, mientras que el ritmo, fragmentado como un “collage”, sigue también los pulsos sincopados de la gran ciudad. Por ella se mueven los dos protagonistas, que se sirven de unos intérpretes en estado de gracia. Carey Mulligan –magnífica junto a Ryan Gosling en Drive- está espléndida también aquí. Su Sissy Sullivan es un prodigio de sensibilidad, y acierta plenamente a transmitir el carácter complejo y tortuoso de su personaje. Por su parte, Michael Fassbender, uno de los actores más en forma del momento –Malditos bastardos, Centurión, Jane Eyre, Un método peligroso…-, se desnuda física y psicológicamente en su absoluta entrega a este personaje opaco, transgresor, consumidor compulsivo y esclavo del sexo: Brandon seguramente sabe extraer de la vida todo su jugo… pero al final también comprende que ha naufragado en su presente y ha malgastado su futuro; que ha fracasado, que siente vergüenza y que está solo. (http://www.foxsearchlight.com/shame/)

SHUTTER ISLAND   (21.02.10)
Dir.: Martin Scorsese
Pro.: Martin Scorsese, Brad Fisher   Gui.: Laeta Kalogridis 
Int.: Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo, Ben Kingsley  
Martin Scorsese ha dirigido una treintena de películas; en ellas hay con frecuencia retratos de sociópatas, asesinos, gangsters, mafiosos y perturbados de distinta índole. También ha hecho alguna comedia, algún documental musical y un anuncio de cava, pero eso no viene al caso. Lo más significativo es que el director neoyorkino vuelve a incrementar su galería de personajes atormentados en este argumento que parte de una novela de Dennis Lehane, ahora también célebre guionista de televisión.
La historia arranca a mediados del siglo pasado, cuando los agentes federales Teddy Daniels y Chuck Aule llegan a Shutter Island, poco más que un islote aislado frente a la costa de Boston, con un escueto embarcadero cercado por agresivos acantilados. Allí se encuentra una siniestra penitenciaría que alberga a los criminales más perversos y enloquecidos; son apenas tres pabellones –hombres, mujeres y extremadamente peligrosos-, más las dependencias de las autoridades del penal y un oscuro faro, que quizá esté vacío en esos momentos. 
El director de las instalaciones es el doctor Cawley, que explica rápidamente a los agentes el grave problema que tienen: una reclusa ha desaparecido. Es una demente violenta, asesina de sus propios hijos y sin ninguna capacidad de remordimiento ni de redención. Increíblemente, ha desaparecido de su celda, en la que estaba encerrada. No ha forzado la cerradura, la puerta y la ventana están en perfecto estado, todo está en su sitio... menos la prisionera. Y lo que es peor, los vigilantes de la isla la han recorrido palmo a palmo y no han encontrado ni rastro de la mujer. Daniels se entrevista con distintos penados y con los guardias de la prisión y empieza a sospechar de la actuación del doctor Cowley y de su colega Naehring, el otro psiquiatra del establecimiento. 
Shutter Island, el escenario, es en realidad un laberinto lúgubre, una bajada a los infiernos en la que cada rincón está poblado por demonios, malas presencias, ángeles de la muerte y la locura. Scorsese abre su cámara a siluetas entrecortadas entre cielos negros, rocas afiladas bajo la espuma y muros opacos y opresivos, en una gama de tonos, texturas y volúmenes inspirados en los lienzos cubistas, los de Georges Braque sobre todo. Los reclusos, los guardianes, el agente Daniels, todos conviven en esa atmósfera, bajo esa amenaza.
Shutter Island, la película, es un tobogán de pesadillas en el que la ilusión es parte de la realidad y la vida puede ser una alucinación intermitente, sueño y vigilia alternándose hasta el agotamiento. Scorsese bucea en una historia gótica que parte de Poe y se aproxima a Kafka, que tiene de los relatos de misterio del siglo XIX y termina por asomarse al cine de suspense, plagado de equívocos psicológicos –el Recuerda de Hitchcock-, más aun que al de terror, aunque su protagonista pase –y dé- bastante miedo.
No sabemos casi nada del agente Daniels, pero poco a poco vamos conociéndolo. En su pasado hay zonas oscuras y dolorosas que maltratan su presente: ha combatido en la segunda guerra mundial, bebe, le duele la cabeza, fuma muchísimo y no se encuentra nada bien. Duerme sin descansar, con un sueño poblado de monstruos, y ve cómo sus intentos de encontrar la verdad de la isla chocan con dificultades físicas y de las otras. Todo cambia ante sus ojos, nadie parece poder asegurarle alguna certeza y hasta los psiquiatras mantienen posiciones peligrosamente opuestas en sus manipulaciones con los reclusos.
Magnífico DiCaprio, que se entiende a las mil maravillas con su personaje y con su director: es su cuarta colaboración. Y Scorsese aporta todo su talento para crear sobre él esta película claustrofóbica, alucinante y absorbente, geometría pura de la imagen y perfecta química de las sensaciones. Desde que en la pantalla aparece Shutter Island intuimos que allí reside el misterio y sabemos que en cuanto la isla nos abra sus fauces seremos devorados por ella sin poder escapar, sin poder defendernos, sin poder despertar... mientras dure la película. (www.shutterisland.com)

7 CAJAS   (05.05.13)
Dir.: Juan Carlos Maneglia, Tana Schémbori
Pro.: Juan Carlos Maneglia, Tana Schémbori   Gui.: Juan Carlos Maneglia, Tito Chamorro
Int.:
Celso Franco, Lali González, Nico García
De vez en cuando, el cine produce estos chispazos milagrosos: hace seis años se estrenaba Hamaca paraguaya, de Paz Encina, un asombroso ejercicio de estilo de un solo plano protagonizado por dos personajes, cuatro palmeras y una hamaca, producida contra corriente y exhibida gracias a su reconocimiento en Cannes –premio FIPRESCI- y otros festivales. Y ahora llega otra revelación de la cinematografía de Paraguay –que existir, existe-, rodada gracias al apoyo del festival de San Sebastián: un proyecto acariciado durante veinte años por los cineastas –debutantes en la pantalla grande- Maneglia y Schémbori.
7 cajas tiene como escenario principal el impresionante Mercado 4 de Asunción, un lugar emblemático para los paraguayos, centro neurálgico de la capital abarrotado de toda clase de géneros –no solo alimenticios- y lleno de un gentío, no siempre bien avenido, que compra, vende y trapichea entre sus puestos, callejas y rincones más o menos escondidos. Alli trabaja Víctor, un chaval de 17 años que anda con su maltrecha carretilla llevando los encargos de sus clientes; hace lo que puede, que no siempre es lo que quiere, porque la competencia entre los porteadores es feroz.
En realidad, lo que Víctor quiere es poder comprar un teléfono móvil, de esos que hacen fotos y todo. Eso y salir en la tele, disfrutar de esos momentos de gloria que envidia de cuantos famosos –enseguida él les concede esa calificación- asoman por la pequeña pantalla. Y de repente, parece que la fortuna lo sonríe: recibe un encargo que debe ser sencillo, transportar siete cajas hasta la otra punta del mercado y regresar con ellas cuando se le indique. Lo mejor es que le dan como adelanto la mitad de un billete de cien dólares, y la promesa de la otra parte cuando complete el trabajo.
Víctor emprende el viaje, sin sospechar que va a ir alcanzando, poco a poco, las proporciones de una auténtica odisea. Lleva sus siete cajas, ignorando –nadie lo sabemos todavía- qué contienen en su interior, ni los acontecimientos que se van desarrollando a sus espaldas. Para empezar, ha caído sin querer en un funesto equívoco y ha desatado la envidia y las iras de sus colegas; todo lo cual desemboca en una tremenda persecución, que Maneglia y Schémbori realizan al estilo del mejor thriller americano; eso sí, en vez de coches hay carretillas y las avenidas y autopistas son sustituidas por los angostos pasillos del mercado; pero la velocidad, el ritmo y la tensión son los mismos.
Por el camino del desconcertado Víctor, cada vez más accidentado y más peligroso, cruzan otros personajes, desde una joven coleguilla que trata de ayudarlo, hasta el más maluto de sus competidores, que lidera un grupo de carretilleros armado de las peores intenciones; pasando por los secuaces de un mafioso secuestrador –bastante chapucero, por cierto- y hasta los agentes de la policía local, que andan tras todos ellos tratando de poner algo de orden en la confusión de la noche, pero sin saber muy bien qué está pasando en realidad.
Y por supuesto, con el propio Mercado 4 como un protagonista más. En su espacio se dan cita todos los elementos del argumento, que se desdobla en un acertado retrato de las gentes que lo pueblan, con sus vidas, sus problemas y sus ilusiones, no exento de crítica social y provisto de un exquisito despliegue de humor negro. Y en paralelo transcurre la aventura de Víctor, sin cesar de correr, con o sin carretilla, en busca de su destino: medio billete de 100 dólares, un móvil con cámara y su inmortalidad fugaz en los noticiarios de la televisión.
Un regalo del cine paraguayo, récord de taquilla en ese país, que empieza su carrera internacional; una película pequeña, levemente imperfecta pero tremendamente estimulante, divertida y sincera. Estuvo nominada a los pasados Goya; no ganó –a pesar de ser muchísimo mejor que la triunfadora- pero eso no tiene que importar a sus autores: realizadores, técnicos e intérpretes han dado, seguro, lo mejor de ellos mismos. Y se nota. (
http://7cajas.com/)

SI LA COSA FUNCIONA   (04.10.09)
Dir.: Woody Allen
Pro.: Letty Aronson, Stephen Tenenbaum   Gui.: Woody Allen
Int.: Larry David, Evan Rachel Wood, Patricia Clarkson  
Allan Stewart Konigsberg, más conocido como Woody Allen, a punto de cumplir 74 años, 64 guiones originales, intérprete de 40 películas y director de 45 entre 1966 y 2009, las últimas 30 a razón de una por año: los datos de un genio, un maestro de la comedia, del CINE con mayúsculas. Y para delicia de sus fans, de los exigentes del Woody-Woody, del Allen más puro, sin compromisos londinenses ni “vicky-cristinos” que menos valgan, este año nos regala una película cien por cien Manhattan, muy divertida, muy estimulante, brillante en la superficie y armada con unas cargas de profundidad de muchos megatones.
El protagonista es un tal Boris Yellnikoff, un neoyorkino neurótico, misántropo y engreído -¿les suena?- que arrastra las huellas de un divorcio ruinoso, que sostiene una horrorosa opinión de sus semejantes y que lleva una vida muy poco estimulante. Su imagen descuidada, su cojera y su mal genio enmascaran su perspicacia, su sabiduría de aspirante al Nobel y su maduro escepticismo. En realidad, Boris es tan antipático porque no sabe defenderse de otra manera. 
Por eso, algo puede cambiar cuando Melodie, una pobre chica escapada de su pueblo y de su excéntrica familia, irrumpe como un cometa en su camino. Este es, realmente, el punto de partida de este argumento: sin saber por qué, Boris mete a Melodie en su casa por unos días, contento en el fondo por tener compañía y más contento aún por tener cerca alguien a quien sorprender, regañar, insultar, enseñar y apabullar, a partes iguales. Y claro, por ser la envidia de sus amigos, capaces de imaginar mil y una perversidades en una convivencia tan estrecha y desnivelada.
Poco a poco, en sucesivas oleadas –alguna casi con efectos de sunami-, la vida de Boris, tan confortable en su negrura, se ve removida por las consecuencias de haber acogido a la perturbadora intrusa. Sobre todo, porque la furibunda madre de la intrusa, el padre paleto de la intrusa y la multiplicación de caracteres y circunstancias que la ya no tan intrusa Melodie hace gravitar sobre la cabeza –y otros órganos- del pobre Boris, están a punto de hacerle perder la serenidad. A lo mejor sí que lo consiguen, pero entonces intervendrá el destino, siempre el mejor aliado del Allen guionista.
La historia se despliega en todo un abanico de estupendos personajes que permiten a Woody Allen desarrollar unas escenas y unos diálogos chispeantes, inteligentes y sarcásticos, capaces de levantar ampollas en más de un espectador biempensante y desprevenido; valga de ejemplo la tertulia final, en la que todos los protagonistas, reunidos en los más dispares modelos familiares –ninguno ortodoxo, claro- escuchan el discurso de Boris, que se dirige tanto a ellos como al público de la sala: una antimoraleja cargada de vitriolo... y sentido común.
Allen ha encontrado en el guionista y actor Larry David su perfecto “alter ego”. El tipo maduro y antipático -pero genial-, dotado de una verborrea inagotable y de una lucidez que casi ofende, es otro más de sus personajes esenciales; no lo interpreta él, porque entonces su relativo romance con la joven Evan Rachel Wood resultaría casi increíble, pero no importa: todo lo que hace y dice lleva la firma del director. Y lo demás, también, porque la película –en esto no cambia nada, cualquiera que sea cada vez el origen de la producción- tiene su estilo inconfundible, la gracia, la fluidez y el sentido del ritmo que caracteriza su puesta en escena.
En definitiva, una gozosa tocata y fuga orquestada por Woody Allen con sus mejores instrumentos: un gran guión, unos personajes muy divertidos y, como decía más arriba, el escenario que mejor conoce y con el que mantiene un idilio que dura décadas: Nueva York. Y  una historia que vuelve a revelarnos los secretos de la vida, el amor, el sexo y las demás pasiones. Que pueden resultar arrebatadoras... si la cosa funciona. (www.whateverworksfilm.com)

SILENCIO   (14.01.17)
Director: Martin Scorsese. Producción: Vittorio Cecchi Gori, Barbara De Fina, Martin Scorsese, Irwin Winkler. Guión: Jay Cocks, Martin Scorsese. Intérpretes: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neesom.
Martin Scorsese no necesita presentación. Su carrera está llena de éxitos y grandes títulos, muchas veces coincidentes, desde las películas iniciales –Malas calles, Taxi driver, Toro salvaje…- hasta las más recientes –Infiltrados, Shutter Island, El lobo de Wall Street…-, en una lista de más de treinta. Y aunque el propio Scorsese confiesa que la redención es un tema central en su obra, hay tres películas concretas que conforman una cierta unidad en torno a esta cuestión: La última tentación de Cristo (1988), Kundun (1997), sobre la figura del Dalai Lama, y su más reciente estreno, madurado durante casi tres décadas, Silencio.
Con un guion basado en la novela de Shûsaku Endô, Silencio nos traslada al siglo XVII, cuando la iglesia católica trataba de desarrollarse en Japón, casi un siglo después de la llegada de los primeros misioneros portugueses y españoles. Fue decisiva, en esos momentos iniciales, la labor evangelizadora de san Francisco Javier, uno de los fundadores de la Compañía de Jesús, que consiguió cierto grado de penetración, al menos en algunas áreas, del catolicismo. Pero en el momento en que se inicia el relato, la nueva fe importada por los occidentales se ha reducido hasta casi desaparecer, diluida en pequeñas comunidades rurales perdidas en las islas del archipiélago. Los jesuitas, sin embargo, no cesan de intentarlo, aunque ellos y los pocos fieles que mantienen son perseguidos y torturados hasta la muerte por el hermético y sanguinario régimen feudal nipón.
El padre Ferreira, un fraile portugués que ha dedicado su vida a esta tarea, ha desaparecido tras, al parecer, abjurar de su religión y su Dios. Y dos jóvenes de su misma orden, los padres Rodrigues y Garupe, deciden partir hacia Japón en su busca y, una vez allí, continuar su misión. Saben los peligros y las penalidades a las que se exponen, pero su determinación es inquebrantable. Llegan a China y desde allí atraviesan un mar embravecido como una premonición, para llegar a una de las islas en las que se esconde un grupo de conversos, conducidos por el muy sospechoso guía japonés Mokichi. Su papel secundario se tornará indispensable para comprender el pensamiento de Scorsese: Mokichi es católico, pero no duda en traicionar su fe para salvar la vida; tantas veces como, seguido de un repentino arrepentimiento, solicita y obtiene el perdón; de hecho, es el único que seguirá al lado del padre Rodrigues, acompañándolo en su doloroso tránsito.
Garupe y Rodrigues han tomado caminos separados para defenderse mejor del acoso de las autoridades; y es a este a quien sigue el objetivo de la cámara –elección que convierte a un magnífico Andrew Garfield en protagonista principal-, para mostrar en su propia carne toda la crudeza del dolor, el tormento –también el ajeno-, la tentación y la amargura de pensar que sus oraciones solo encuentran el silencio. El silencio de Dios, opuesto al discurso elocuente, magnético y a la postre subversivo del temible inquisidor Inoue, gobernador de Nagasaki y decidido combatiente contra el catolicismo invasor. La relación y la controversia que sostienen Inoue y Rodrigues elevan el discurso teológico de la narración hasta convertirse en el eje central del mismo. La seguridad del anciano samurái y las dudas del joven jesuita chocan hasta concluir en el perturbador y doloroso desenlace, expuesto sin ninguna posibilidad de equívoco por la mirada compasiva de Martin Scorsese.
Quizá la película se haya desarrollado lentamente hasta llegar a ese punto –no de manera gratuita, desde luego-, quizá se muestren demasiado explícitamente las terribles prácticas a las que los verdugos japoneses someten a los indefensos católicos; pero seguramente todo ello contribuye a la mejor comprensión de esta obra estremecedora, grandiosa e íntima a la vez: el retrato de unos mártires y una profunda indagación acerca de la pervivencia de la fe.

SILENCIO EN LA NIEVE   (22.01.12)
Dir.: Gerardo Herrero
Pro.: Gerardo Herrero, Carlos Rodríguez, José Velasco   Gui.: Nicolás Saad
Int.: Juan Diego Botto, Carmelo Gómez, Víctor Clavijo  
Gerardo Herrero es uno de los mejores y más importantes productores españoles; para que nos hagamos una idea, su carrera desde los años 80 contiene más de 100 títulos, ha ganado innumerables premios –entre ellos un Oscar por El secreto de sus ojos- y es de los pocos que tiene una noción clara de la posibilidad de una industria del cine en España. También dirige, aunque menos: 15 películas, la verdad es que de un interés desigual. Se pueden destacar, quizás, Desvío al paraíso, Malena es un nombre de tango, Las razones de mis amigos, Heroína, Los aires difíciles, El corredor nocturno
Suele apoyarse en guiones basados en textos precedentes, generalmente novelas; también sucede así en Silencio en la nieve, extraído de El tiempo de los emperadores extraños, de Ignacio del Valle. En silencio, desde luego, pero no en la nieve sino en la superficie de un lago helado, aparecen semisepultados los cuerpos de unos caballos. Rusia, invierno de 1943. Un destacamento de la División Azul –los soldados españoles que marcharon a combatir contra el comunismo soviético, uniéndose al ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial- se encuentra con el macabro escenario. Los caballos no están solos: junto a ellos encuentran el cadáver de un militar, degollado y con una extraña inscripción grabada a cuchillo en su pecho: “MIRA QUE TE MIRA DIOS”.
El soldado Arturo Andrade y el sargento Espinosa son encargados de la investigación por el teniente coronel Navajas, jefe del batallón; Navajas no ignora –todo se sabe en la División Azul- que Andrade era inspector de policía antes de la guerra –la de España- y, a pesar de la sospecha de su pasado republicano, le parece que puede resolver el caso, le da amplios poderes –dentro de un orden, claro- y le apremia para encontrar al culpable. 
Andrade y Espinosa forman una curiosa pareja: éste es el superior de aquél, pero de alguna manera está a sus órdenes; el sargento es un hombre locuaz, intuitivo y enérgico, mientras que Andrade es callado, casi hermético –muy consciente de su situación-, observador y reflexivo. Los dos juntos, una especie de Holmes y Watson a la española, avanzan lentamente en sus pesquisas: no es fácil investigar, están en plena guerra, sometidos a un efectivo contrataque de los rusos, y en no muy buenas relaciones con los alemanes, a pesar de ser, sobre el papel, aliados.
Para colmo, pronto descubren un segundo asesinato: otro soldado español, también con una frase decorándole el torso: “MIRA QUE ESTÁ MIRANDO”, sin duda continuación del anterior. Andrade está seguro de que los versos forman parte de una estrofa y de que los crímenes seguirán, si no pueden impedirlo, hasta que se complete. Pero sus pesquisan se bifurcan lamentablemente cuando aparece un fotógrafo que retrata a todo el batallón, unos soldados desesperados que juegan a la ruleta rusa, unas cartas sospechosas, unos posibles orígenes masónicos del drama y toda una serie de personajes de conducta más que dudosa.
“Mira que te has de morir… mira que no sabes cuándo”. La muerte, en definitiva, es la protagonista de la historia. Andrade lo sabe, lo presencia a cada rato y lucha por evitarla y por descubrir la verdad. Estupendo Juan Diego Botto, en un papel tan contenido como intenso, echándole fuerza a la aparente inexpresión de su personaje. Todo el reparto está bien, en realidad: Carmelo Gómez, un magnífico Víctor Clavijo –como siempre-, Rafa Castejón, Andrés Gertrúdix –no me explico cómo está tan desaprovechado este chico-, y a su altura los demás: la mejor baza de la película.
Realizada, eso sí, con un esfuerzo encomiable de producción, que demuestra una vez más la categoría de Gerardo Herrero en este campo. Lástima que su dirección sea mucho más plana, dubitativa a veces, apuntando a demasiadas tramas que quedan sin desarrollar y sin encontrar la pasión que esta historia requiere. Le pierde, creo yo, una equivocada intención de pulcritud, de seguir lo más posible los estándares comerciales; y así se queda a mitad de camino: la película está bien, pero no llega a emocionar. (www.silencioenlanieve.com)

SINISTER   (04.11.12)
De Estados Unidos nos llega Sinister, escrita y dirigida por Scott Derrikson –suyas son Hellraiser y El exorcismo de Emily Rose- y protagonizada por Ethan Hawke como principal reclamo en la taquilla. Cuenta la historia de un escritor, aficionado a investigar sobre el terreno crímenes sin explicación. A veces él la encuentra –o eso se piensa- pero a cambio somete a su familia a un continuo trasiego de una ciudad a otra, de una casa a otra. Su mujer está un poco harta, y sus hijos mucho más. Tanto es así que, en esta última mudanza con la que se abre la película, el hombre no ha querido confesar que, una vez más, se están instalando en la misma casa en la que ocurrió el espeluznante suceso que quiere estudiar. Como es lógico, no podrá disimular por mucho tiempo, porque empiezan a pasar cosas misteriosas y un poquito terribles.
Que una casa tenga vida propia y que muestre su carácter a sus habitantes es uno de los elementos clásicos del género. Que eso se traduzca en una serie de fenómenos inexplicables, también. Que la causa de todo ello venga de atrás y persiga a los protagonistas por mucho que se empeñen en evitarlo, lo hemos visto igualmente  un montón de veces. Es necesario, por lo tanto, que se dé alguna sorpresa, o que exista un cierto rigor argumental, o que la potencia de las imágenes nos arrastre y nos perturbe. ¿Sucede algo de eso en Sinister? La verdad es que no. (http://www.sinister-lapelicula.com.ar)

SLUMDOG MILLIONAIRE    (15.02.09)
Dir.: Danny Boyle
Pro.: Christian Colson   Gui.: Simon Beaufoy
Int.: Dev Patel, Anil Kapoor, Freida Pinto
Fot.: Anthony Dod Mantle   Mús.: A. R. Rahman  
Danny Boyle es el director de Trainspotting, que le dio la fama mundial un año después de su magnífico debut con Shallow grave (Tumba abierta). También ha dirigido Una historia diferente, 28 días después, Millones y –nadie es perfecto- Sunshine y La isla. Dice Boyle que siempre hace películas distintas, y es verdad; pero también hay, en su obra más importante, una fuerte coherencia, de Shallow grave a esta última estupenda Slumdog millionaire.
“¿Quiere ser millonario?” es un concurso-franquicia que se realiza en todo el mundo. La fórmula es idéntica, y el diseño, el decorado y hasta la música se repiten en cada televisión y en cada país; y el presentador calca sus tics, sus fórmulas y sus chistes, como si fuera un Carlos Sobera replicado hasta el infinito. El concurso es absolutamente conocido y multitudinariamente seguido, aunque no tiene nada de inocente: enfrenta la prudencia con la codicia del concursante, que va ganando dinero y cada vez tiene la posibilidad de doblar la cantidad... o perderlo todo.
Eso es lo que parece, en principio, que le motiva al protagonista de esta historia, el chabolista de Bombay que quiere ser millonario. Lo malo es que, cuando ya ha ganado un montón de dinero y se enfrenta a la última pregunta, la de los 20 millones de rupias –una fortuna impensable para la India-, despierta las sospechas de la policía, que decide arrestarlo y, por medios nada cariñosos, arrancarle la verdad: ¿está haciendo trampas o, por extraño que parezca, ha sabido todas las respuestas? El pobre Jamal, un chico de 18 años analfabeto y sin recursos, sólo puede contar su vida y, de esta manera, explicar sus aciertos.
Y así se desarrolla la trama de la película, alternando en un montaje excepcional hasta cinco épocas de la historia de Jamal: cuando es un crío perdido por las calles de Bombay, sus aventuras y desventuras de adolescente, los años de juventud, enamorado de Latika y enfrentado a la mafia, los momentos durísimos en poder de la policía y, finalmente, el propio concurso, emocionante y lleno de zozobra. Slumdog millionaire se ha confeccionado en la mesa de montaje; el sentido del ritmo y la narración de Doyle y la categoría de Chris Dickens les deberían valer aquí otro Oscar, además de los principales que se va a llevar. La imagen pasa de uno a otro momento sin transición, sin ninguna clase de puntuación, perfectamente inteligible siempre, brillantísimamente a veces y con una precisión y una maestría admirables.
Una introducción musical, por ejemplo, puede resolver ese paso, y no es trivial citar la espléndida banda sonora, que acerca la obra a los estándares de Bollywood, la mayor fábrica de películas del mundo. Pero Slumdog millonaire es una cosa muy distinta: se ha rodado en el Bombay auténtico, en paisajes y escenarios naturales -gracias al intenso trabajo previo de Boyle y a la ayuda de su colaboradora Loveleen Tandan- y no en decorados de estudio, como hace el cine indio; chabolas y rascacielos, calles superpobladas y polvorientos caminos, exteriores que dan miedo e interiores lujosos, todo es real.
Como es real la mirada a esa ciudad y a ese país, que evolucionan a la par que Jamal crece, se busca la vida y encuentra multitud de problemas, incluidos la orfandad, el secuestro, la pobreza y el amor, que tampoco es ninguna tontería. Bombay es, sin duda, una de las ciudades más apasionantes del mundo, y más peligrosas también: una ciudad en la que bulle la vida, especula la mafia, se puede morir de un tiro o de pobreza y se pueden ganar millones en un concurso de televisión. Danny Boyle nos lo cuenta con verdadera inspiración.
La que le ha llevado a levantar este proyecto, muchas veces a punto de naufragar, resuelto al fin con un escueto presupuesto -7 millones de libras- que ha resultado rentabilísimo –más de 140 millones de dólares de recaudación, y está empezando- y que tiene la virtud de gustar a todo el mundo. Por la fuerza de sus personajes, por su arrollador sentido narrativo y por la calidad de su historia, que habla de cosas tan elementales como el don de la inteligencia natural, el poder del amor y la generosidad, y la confianza en el destino. Jamal –un estupendo Dev Patel, un actor cómico británico de origen hindú- lo personifica todo: es muy listo, quiere ese dinero, pero quiere más a Latika y está lleno de tranquilidad y de certidumbre. Un ejemplo.
(www.slumdog.filmax.com)
 
SÓLO QUIERO CAMINAR    (02.11.08)  
Esc. y Dir.: Agustín Díaz Yanes 
Pro.: Eduardo Campoy, José Manuel Lorenzo
Int.: Victoria Abril, Ariadna Gil, Pilar López de Ayala, Elena Anaya
 
Agustín Díaz Yanes era ya un reputado guionista –Barrios altos, A solas contigo, Demasiado corazón- cuando se pasó a la dirección, en 1995, con la extraordinaria Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Lo malo de empezar por todo lo alto es que, probablemente, luego venga la cuesta abajo; y eso es lo que le ha sucedido a Díaz Yanes: después dirigió la poco interesante Sin noticias de Dios (2001), más tarde (2006) se estrelló con la pretenciosa Alatriste y ahora nos cuenta este cuento de venganzas femeninas que no tiene ni pies ni cabeza.
Porque lo peor, de entrada, es lo que parecía ser lo más fiable en la obra de Díaz Yanes: el guión. Lo de menos es que retome, sin ninguna necesidad, el personaje de Gloria Duque que interpretó hace 13 años –y ahora también- Victoria Abril; es más grave que la convierta en cabecilla de un trío de mujeres, muy guapas ellas, pero prostitutas y ladronas... Bueno, una, no: una trabaja en los juzgados, de secretaria de un juez indecente, corrupto y prevaricador. Y lo peor es el nudo de la cuestión.
Cuando un gangster mejicano aterriza en España para un trabajo “exprés”, se encapricha de una de las chicas –y eso que sólo la ve desde arriba- y se empeña en llevársela a su país y casarse con ella. Una vez allí, a ella no se le olvida su oficio; y a él menos todavía, con lo que la joven termina por resultar bastante perjudicada por el marido celoso, cornudo y vengativo. Y sus amigas de España, que se enteran, deciden tomar cartas en el asunto y darle al mafioso un escarmiento donde más le duela; que, además de en la bragueta, es en el dinero.
Yo lo siento mucho, pero desde el minuto dos, cuando Ariadna Gil y Elena Anaya intentan un atraco armadas de un taladro de proporciones ciclópeas y con una preparación absolutamente circense, me fui de la película. Y estaba intentando regresar, cuando una llega a Méjico cargada de dinero; otra fabrica una escopeta con una bicicleta –que ya sé que todas las prostitutas ladronas saben hacerlo- otra –o la misma de antes, no sé- perfora un túnel debajo mismo de la oficina del maluto, sin mayores dificultades... Y yo ya es que me perdí del todo.
Por eso, seguramente, me parece que la acción progresa a trompicones, con personajes que van y vienen y no se sabe si son trascendentes o no, con sucesos imposibles, apuntes sociológicos del hampa mejicano, Victoria Abril de señora de la limpieza, Ariadna Gil campeona de tiro, momentos truculentos de los que siempre son víctimas las mujeres –yo creo que Díaz Yanes se lo debería hacer mirar-, un niño que quiere ser torero, la foto de Pilar Bardem, tiros, peleas... 
Y estas superchicas, la verdad, no son las culpables. Elena Anaya, en un papel cortito, está muy bien; Victoria Abril, en un papel larguísimo, también –porque sufre mucho y eso le sale estupendamente-, y Ariadna Gil y Pilar López de Ayala resuelven con mucha solvencia sus correspondientes penalidades. Y por la parte masculina, lo mismo: José Mª Yazpik y Diego Luna –sobre todo éste- resultan convincentes en sus desagradables personajes. Pero todos se enredan más de una vez en el muy endeble y tópico guión, que, además, se revela exageradamente evidente en su afán de vindicar la venganza de las mujeres ante el atropello y la brutalidad masculina.
En resumen: una lástima. La película que podía haber levantado un tanto el ánimo en el maltrecho cine español de esta cosecha, se queda, en el mejor de los casos, en el intento. Seguro que Agustín Díaz Yanes lo ha hecho lo mejor que ha podido, y ya digo que el esfuerzo de sus intérpretes es encomiable, lo mismo que el de los demás colaboradores. Y entre todos consiguen que, en algunos momentos, la narración parezca que va a levantar el vuelo; son instantes aislados de buen cine, sepultados de inmediato por las quiebras, las exageraciones y la incoherencia de una historia que podía haber sido mucho y se ha quedado en nada. (www.fox.es)

SÓLO UNA NOCHE   (26.06.11)
Dir.: Massy Tadjedin
Pro.: Christophe Riandee, Massy Tadjedin  Gui.: Massy Tadjedin 
Int.: Keira Knightley, Sam Worthington, Eva Mendes, Guillaume
Canet  
Debut como directora de la americana de origen iraní Massy Tadjedin, con una corta carrera como guionista y productora; aquí asume las tres funciones y en todas muestra buen pulso. Su relato comienza presentándonos a la pareja protagonista, el matrimonio casi ideal que forman Joanna –Keira Knightley- y Michael –Sam Worthington, un chaval normalito sin su “avatar” azul-; ambos son jóvenes, guapos, con éxito y con dinero. El único pero es que Joanna es un poco celosa y le parece que su marido dedica una atención especial a Laura –Eva Mendes-, una guapísima compañera de trabajo. Sus sentimientos amenazan con desbordarse, por más que Michael intente convencerla de que sus sospechas no tienen fundamento; no lo consigue del todo, y mucho menos cuando él debe realizar de inmediato un viaje de negocios en el que también participa Laura. Joanna se queda sola, angustiada por la desconfianza y bastante aturdida; paseando sin rumbo y sin más intención que dejar pasar las horas, casualmente se encuentra con Alex –el actor y director Guillaume Canet-, un joven francés con el que mantuvo un apasionado romance años atrás. En una palabra –mejor dicho, en tres-, un antiguo amor, de esos que nunca se olvidan del todo.
Los celos de Joanna y la preocupación de Michael –que intuye el desasosiego de su mujer- dan paso a un auténtico juego de tentaciones, a lo largo de la noche que envuelve en la distancia a los protagonistas: Alex se da cuenta de la fragilidad de Joanna y trata de reavivar el pasado amor invitándola a cenar en compañía de unos amigos, y Laura intenta seducir a su colega con su evidente atractivo potenciado por una generosa ración de alcohol en la privacidad de su habitación del hotel.
El argumento se adentra así en los terrenos del auténtico “suspense” sentimental; vamos contemplando alternativamente el proceder de las dos parejas mientras va pasando la noche y cualquier desenlace es posible. Massy Tadjedin mueve sus piezas con extraordinaria eficacia, pasando de uno a otro escenario con soltura, encadenando las situaciones y dejando que crezca el interés y la emoción entre los espectadores y los protagonistas. Michael sufre la tentación de la desinhibida Laura, una mujer muy bella, muy deseable y con las ideas muy claras. Por comparación, Joanna, con su aire adolescente envuelto en la duda, parece frágil e incapaz de sustraerse al encanto parisino –eso debe de ser algo irresistible- de Alex.
El mismo tacto que Massy Tadjedin muestra en su montaje y en su ritmo envuelve a los intérpretes: los cuatro responden perfectamente a la exigencia del relato y cada uno se apoya en el fundamento de su personaje: la mirada cargada de incertidumbre de Keira Knightley, la sonrisa cautivadora de Guillaume Canet, el gesto contenido y casi triste de Sam Worthington… y Eva Mendes: la sensualidad en cada poro de su piel. Un reparto poco convencional, internacional y muy inteligente. Y como toda propuesta inteligente, el guión expone más interrogantes que soluciones; si es capaz de trascender a la mera peripecia emocional, sentimental y erótica de los protagonistas es porque no aplasta con dogma alguno, sino que abre un sinfín de sugerencias. La película habla de la tentación en la pareja, del amor y la infidelidad y todos sus grados, de la confianza y los celos y los efectos que pueden causar esos sentimientos. No sé si –como dicen en la publicidad- la mejor manera de superar esa tentación es caer en ella… o no; y tampoco sabría decir si los celos matan el amor o lo alimentan; tampoco Joanna y Michael lo saben y no parece fácil que lo aprendan en tan sólo una noche.
Aunque, naturalmente, hay una conclusión, porque la película no elude esa dificultad, y porque la directora-guionista tiene también opción a construir la historia a su manera; pero ese final que enfrenta a los protagonistas sigue siendo una ventana abierta a la complicidad, la reflexión y el debate. (www.solounanoche.es)

SOMBRAS TENEBROSAS   (13.05.12)
Dir.: Tim Burton 
Pro.: Graham King, Richard D. Zanuck, Johnny Depp   Gui.: Seth
Graeme-Smith
Int.: Johnny Depp, Michelle Pfeiffer, Eva Green  
Pocos directores –en realidad, creo que ninguno- poseen un sello tan personal, mágico e inimitable como Tim Burton. Partiendo de narraciones góticas, cuentos infantiles o sus propias fantasías, sus películas son siempre sorprendentes, reconocibles y admirables, de La gran aventura de Pee-Wee (1985) y Bitelchus (1988) a Alicia en el país de las maravillas (2010) y esta última Sombras tenebrosas, pasando por Eduardo Manostijeras, Ed Wood, Sleepy Hollow, Big Fish, La novia cadáver, Sweeney Todd… y así hasta dieciséis, todas destacables.
Sombras tenebrosas, protagonizada –como otras siete antes- por su inseparable Johnny Depp, uno de sus iconos más queridos, retoma un personaje de una antigua serie de televisión: el vampiro Barnabas Collins. Su historia es la historia de una maldición. La familia Collins emigra de Inglaterra a América a mediados del siglo XVIII para hacer fortuna en el nuevo mundo; parece que lo consiguen, hasta el punto de dar su nombre a una pujante ciudad portuaria, en la que viven con el mayor de los lujos. Pero el joven Barnabas se las arregla, desgraciadamente, para caer bajo el hechizo de la malvada Angelique: por despreciar su amor, la muy bruja lo convierte en vampiro y lo entierra vivo.
Y de repente, cosas del progreso, Barnabas se encuentra en 1972, en un mundo desconocido y con una familia más rara todavía. Collinsport, su ciudad, está poblada por seres y aparatos extraños, su casa solariega Collinwood Manor, es pura decadencia, y sus parientes… le parecen marcianos: Elizabeth y Roger, algo así como unos tataranietos, son una sofisticada y distante mujer de negocios y un caradura desaprensivo, respectivamente; los jovencitos Carolyn y David son una chica insoportable y malcriada y un niño raro que se dedica a asustar a la gente, también respectivamente. Y a ellos se unen la doctora Julia Hoffman, una gorrona alcohólica irredenta, y la institutriz que se hace llamar Victoria, una delicada y espiritual joven que no sabe dónde se ha metido. Claro que, si  a Barbabas sus descendientes le parecen raros –es imposible no acordarse de la famila Addams-, él no es consciente del efecto que produce en ellos, incapaces de asimilar lo que les ha caído encima: la aparición de un fantasmal antepasado, un personaje deliciosamente tenebroso, que se empeña en devolver a la casa el esplendor que le corresponde. 
Para su desgracia, va a tropezar de nuevo con la mismísima Angelique, que sigue igual de bruja pero bastante más moderna, atractiva y tentadora. Barnabas quiere comérsela, no se sabe si como dieta erótico-festiva o para quitársela de en medio definitivamente. El actor que hay dentro de Barnabas, es decir, Johnny Depp, se lo pasa divinamente con estos acontecimientos. En realidad, da la impresión de que Depp y Burton y todos los demás se divierten sin parar en esta película; sensación que también es bastante frecuente en la filmografía del director. El espectador debería contagiarse de este espíritu, tal es su potencial. Y así sucede en la mayor parte del metraje; desde luego en casi todas las idas y venidas del protagonista y en muchos de los momentos más arrebatados del expresionismo visual de Burton, lírico, romántico y macabro todo a la vez. Pero de por medio se producen algunas lagunas importantes, caídas de ritmo y de interés que son culpa de un guión quizá alargado en exceso y ciertamente irregular. 
Lástima, porque el argumento también contiene elementos estupendos, desde la inclusión de la música setentera hasta secuencias memorables como la charla de Barnabas con un grupo de hippies o los esfuerzos del vampiro por dejar de serlo. A ello hay que añadir la magnífica banda sonora de Danny Elfman –otro habitual- y la fotografía de Bruno Delbonnel, absolutamente acorde con la historia –como en Amelie, como en Fausto- que está retratando. Y sobre todo, insisto, la mayor cualidad de la película es su personalidad, su brillantísima factura: otra demostración de la potencia como fabricante de sueños –o pesadillas- de Tim Burton. (http://darkshadowsmovie.warnerbros.com/)

SOMERS TOWN    (30.11.08)
Dir.: Shane Meadows
Pro.: Zoe Bell, Barnaby Spurrier   Gui.: Paul Fraser
Int.: Thomas Turgoose, Piotr Jagiello, Elisa Lasowski
El año pasado un desconocido director inglés de 35 años, Shane Meadows, nos sorprendió a todos –a los que estábamos atentos- con la magnífica This is England: una película sencilla, directa y realista, que hablaba de la vida en la calle y de los peligros de enarbolar banderas y acabar usándolas como armas. Si nuestra cartelera no padeciera de la contaminación abusiva de 300 películas americanas/año habría sido uno de los sucesos de la temporada. Y ahora vuelve a regalarnos la vista con otra película pequeña, intimista –en blanco y negro, apenas hora y cuarto-, pero igualmente auténtica y realmente encantadora. Cuenta la amistad de dos chavales: Marek es un inmigrante polaco que vive con su padre en un barrio obrero de Londres, y pasa los días en la calle, haciendo fotos, aburriéndose, ganando una libras –pocas- con alguna chapuza que le ofrece un vecino chamarilero y oportunista, y esperando que llegue cada noche para ver si su padre ha bebido más o menos y si se trae a casa a los compañeros de curro para ver la tele o, en el mejor de los casos, si puede charlar un rato con él. 
Tomo, el otro chico, acaba de salir de un centro de acogida en Nottingham y llega a la capital sin más equipaje que su voluntad de sobrevivir. Sabe lo que es el abandono, la soledad y la falta de cariño, lo que no quiere decir que se resigne: pasará la noche en la calle, debajo de un puente o debajo de la cama de algún amigo reciente, cuando lo encuentre; y hablando de encuentros, todos los que le salen al paso, de momento, son francamente desagradables y peligrosos. Luego, Tomo y Marek se chocan de bruces, por decirlo finamente. Son dos raros, dos chavales perdidos en el Londres proletario, un mundo inhóspito en el que es difícil salvarse solo. 
A Marek le gusta la fotografía, a Tomo le gusta la cerveza y a los dos les gusta Marie, la bonita camarera francesa del bar de al lado. Esa coincidencia, inevitable, les basta para unir, de momento, sus más que inciertos destinos. Tampoco tienen mucho más que hacer que fantasear con Marie –que se deja querer, halagada por la devoción que le profesan-, colaborar ocasionalmente con el excéntrico vecino y, en el caso de Marek, esperar a su padre; Tomo, ni eso.
La inspiración de Shane Meadows bebe directamente de las calles de la ciudad, de sus rincones menos glamurosos pero más interesantes, y de la fauna que los puebla. Y de la fotogenia atrabiliaria de su personaje, este Thomas Turgoose –que protagonizaba también This is England-, un chico de figura destemplada, mirada adusta, capaz de cualquier atrocidad y sin embargo profundamente tierno. Tomo es un chaval de la calle, también de nuestras calles, sin familia ni afectos, a un paso de la delincuencia, la droga y el desastre pero agarrado ferozmente a la vida y al futuro con sólo un empujoncito que encuentre en el momento adecuado.
Somers Town es el nombre del barrio en el que viven Marek y su padre, un entorno proletario y sin lustre en el que aparece el lugar de trabajo, la estación de la que parte el Eurostar –el tren que une Londres con París-, como una metáfora de la voluntad que rompe las barreras: de Inglaterra al continente, de Somers Town a la libertad. Pero la película no contiene ni un gramo de demagogia; Meadows pone el microscopio encima de sus bichitos y nos cuenta lo que ve: la ciudad no es una postal, los chicos no son angelitos rubios –ni siquiera guapos- y los adultos son turbios y poliédricos como somos los adultos: el padre de Marek bebe demasiado, el vecino es un desastre, el dueño del bar no gasta muchas contemplaciones y Marie se esfuma de la fotografía rompiendo el corazón de los chavales con su sonrisa en negativo.
Tampoco hay moraleja; las buenas historia no la necesitan. Las imágenes, esta vez sí, hablan por sí solas y su conclusión es evidente: la vida es dura, pero bella, cuando se tienen dieciséis años, mucho valor y la ilusión de ver París en tecnicolor. (www.somers-town.com)

SOMEWHERE   (02.10.11)
Dir.: Sofia Coppola
Pro.: G. Mac Brown, Roman Coppola, Sofia Coppola   Gui.: Sofia Coppola
Int.: Stephen Dorff, Elle Fanning  
Sofia Coppola tiene un apellido ilustre y una familia importante en el mundo del cine; puede que eso haya sido una ayuda, pero su talento está fuera de toda duda. Primero actriz, con 25 años debutó en la dirección con un par de cortos y en 1999 dirigió su primer largo, Las vírgenes suicidas, a la que siguieron la extraordinaria Lost in translation (2003, Oscar al mejor guión original) y María Antonieta (2006). Somewhere ganó el León de Oro en el Festival de Venecia del pasado año.
El protagonista de la película, este tal Johnny Marco, es un joven –treintañero-, rico y famoso actor de Hollywood. Vive solo en sus habitaciones del lujoso hotel Chateau Marmont de Los Angeles. Allí a menudo hay animadas fiestas, aunque no siempre las organice él. Al final todo el mundo se va y es posible que él se quede, tirado en la cama, mientras un par de chicas disfrazadas escuetamente de enfermeras o de tenistas bailan y se contonean sugerentemente… hasta que se queda dormido. La culpa puede ser de los analgésicos: Johnny está un poco perjudicado, tiene un pómulo hinchado y una muñeca escayolada; lo más probable es que se haya caído por la escalera. 
El hombre se explica poco; en los primeros quince minutos de la película apenas pronuncia cuatro frases. Pero sus hechos hablan por él: pronto nos damos cuenta de que es un individuo desorientado, encerrado en sí mismo, esclavo más que dueño de su propia circunstancia, con una vida superficial, entre el reconocimiento aparente de la fama y la verdadera soledad. Sofia Coppola ha trazado un demoledor retrato del actor-estrella, dotándolo de una dimensión en profundidad que pocas veces hemos visto: ese triunfador que se apea de su espectacular Ferrari y que es en realidad una víctima de su propio éxito.
Hasta que un día se ve obligado a mirar de frente a la realidad. El detonante es la convivencia forzosa con su hija, una cría de once años a la que su madre deposita sin miramientos bajo la guarda del sorprendido Johnny. La niña le supone una preocupación, pero él la asume contento de recibir ese soplo de aire fresco en el discurrir absurdo y hasta monótono, a fuerza de desidia, de sus días y sus noches. Cleo lo acompañará a todas horas, y Johnny se verá forzado a cambiar sus costumbres, sus juegos y sus caprichos. Porque si se desliza un milímetro –bueno, más bien es un kilómetro- se encontrará con la mirada de la niña, más expresiva y más dolorosa que un puñetazo en la mandíbula.
El peso de la paternidad, aunque sea asumida provisionalmente, le sirve al protagonista para madurar; y su proceso se explica en un guión excepcional, que no necesita de palabras y que implica con sabiduría al espectador a través de los silencios, la música, los tiempos muertos y las elipsis, en una continua rotura del ritmo que no cansa sino que subyuga con su poesía. Sofía Coppola muestra con la misma inteligencia implacable el desvalimiento de la chiquilla, la evolución del padre, la aburrida idiotez de su trabajo –ruedas de prensa absurdas, fotografías publicitarias, cómplices y mentirosas, eventos ridículos con premios más ridículos todavía- y la quiebra de esa fascinación por un mundo que no resiste el menor análisis.
El resultado es que Johnny Marco se encuentra tan perdido como Bob Harris en Tokio. El personaje de Lost in translation se mueve en escenario extraño mientras que éste conoce el suyo como la palma de su mano; pero al igual que Bob, Johnny empezará por reconocerse, mirándose en el otro –la otra- que tiene al lado, y después en su propio espejo. Entonces, deberá dejar de atronar al mundo con el cuádruple tubo de escape de su bólido y tendrá que parar y apearse. La película concluye con una escena paralela a la inicial, en un recurso dramático que no necesita explicación. Y que vale tanto para un famoso actor de Hollywood atrapado en el ciclón del éxito como para cualquiera que intente sobrevivir a la más modesta y doméstica borrasca preguntándose por el sentido de su vida. (www.somewherethemovie.com)

SPANISH MOVIE   (06.12.09)
Dir.:  Javier Ruiz Caldera
Pro.: Eneko Lizarraga, Álvaro Augustin   Gui.: Paco Cabezas, Eneko Lizarraga
Int.: Alexandra Jiménez, Silvia Abril, Carlos Areces...  
...Joaquín Reyes como el Fauno, Eduardo Gómez como Alatriste, Michelle Jenner como el hada, Leticia Dolera de reportera mocosa, Buenafuente y Berto Romero como dos pitufos, Leslie Nielsen haciendo de doctor, y Joselito como él mismo, o sea algo indescriptible. Y cito todo este reparto, porque como será la última vez que hagan cine, pues para que les sirva de consuelo. Ah, y también salen –pero éstos sí que repetirán- Alejandro Amenábar, Álex de la Iglesia, Paco Plaza, Jaume Balagueró, J. Bayona y Belén Rueda, en lo que vienen siendo unos cameos de nada.
Spanish movie es la primera película del joven aspirante Javier Ruiz Caldera. Se ha colocado en el mismísimo filo de la navaja, pero hay que reconocer que la culpa no es toda suya, sino más bien del guión que le han puesto delante, con muy mala intención. Que no es otra sino la de atacar las meninges del espectador con la fórmula americana –más que gastada, desde Aterriza como puedas hasta las terroríficas Scary movie- de las que llaman “spoof movies”: las películas de parodias, que enlazan una referencia tras otra hilándolas en algo que tiene una remota apariencia de historia.
Aquí la cosa empieza con una misteriosa figura encapuchada que surge de la niebla... y se acerca a un también misterioso caserón. Abre la puerta y penetra en otro misterioso interior, lleno de salones y pasillos, que nos recuerda, más misteriosamente quizás, a algo visto en El orfanato. Inmediatamente, una mujer se despierta en su cama, en un plano que quiere ser calcado de Los otros, y nos vamos sin parar a una habitación, con su puerta, su ventana y su cama; en la cama, postrado, un pobre parapléjico –más o menos- que responde al nombre de Pedro San Antón. ¡Uy, casi igual que el protagonista de Mar adentro, te has fijado?
Todavía tiene que aparecer el Fauno –sin su laberinto-, un depauperado Alatriste, las buenas gentes del pueblo manchego de Volver y –aunque no peguen en el argumento ni con cola- sendos homenajes a Los lunes al sol, No es país para viejos y REC. Me debo de dejar algo, porque también aparece Chiquito de la Calzá y no recuerdo muy bien por qué. Sí que me acuerdo de Joselito en brazos de Silvia Abril, y una cosa redonda, estampada y muy grande, que es el culo –postizo, menos mal- de Alexandra Jiménez. Ah, y creo que al final hay tomas falsas, también muy graciosas.
Eso que tiene aspecto de guión es francamente flojo, ya lo he dicho antes. Ya sé que no hay que ser demasiado exigentes con una propuesta como ésta, pero aún así es necesario un mínimo de rigor, aunque después parezca que no lo parece. Aquí no lo hay, la historia avanza, se para, salta caprichosamente, los chistes caen del cielo como por casualidad y hay un par de viñetas que no encajan en la historieta ni con calzador. Tampoco el ritmo tiene un compás definido, y esto ya sí es culpa del director, seguramente demasiado inexperto para pelearse con garantías con un encargo de estas dimensiones.
Alexandra y Silvia, junto con Carlos Areces –que se ha puesto un jersey azul celeste de cuello vuelto que es un primor- llevan la mayor parte del peso del artefacto. Procedentes de la televisión, como la mayoría del reparto, juegan la baza de su popularidad –o al menos eso se pretende- en unos papeles muy alejados de sus roles de la pequeña pantalla; se les ve con simpatía, pero no consiguen –ni se les exige- unos niveles importantes de calidad interpretativa; eso sí, todos se lo han pasado muy bien. Y eso, a veces se comunica al espectador; y a veces no.
Al lado de todo esto, puede que haya algún momento bien traído, alguna broma más lograda y un par de secuencias trazadas con cierto ingenio. Pero pocas risas para tanto empeño. Mira que lo siento, pero debo reconocer que una vez más un tráiler me parece mucho mejor que la película; en este caso, es más divertido, tiene bastante más ritmo, caben igualmente todos los homenajes y además... es mucho más corto. (www.spanishmovie.es)

STAR TREK   (10.05.09)  
Dir.: J. J. Abrams
Pro.: J. J. Abrams, Damon Lindelof   Gui.: Roberto Orci, Alex Kurtzman
Int.: Chris Pine, Eric Bana, Winona Ryder, Zachary Quinto  
¿Quién es J. J. Abrams? Pues una figura: neoyorkino, 42 años, productor de series de televisión como Fringe, 6 grados, Alias, Felicity y la superpopular Perdidos; guionista de todas ellas y además de A propósito de Henry, Eternamente joven, Armaggedon y Misión imposible III... Así es que, con esos créditos, ¿quién podía “resucitar” la serie galáctica más popular de todos los tiempos? Este hombre, sin duda. 
Claro que más que resucitar, lo que ha buscado –con muy buen criterio comercial- es “renacer” la historia: tanto, que en la secuencia inicial asistimos al nacimiento del futuro capitán Kirk, en medio de un trepidante combate galáctico. A partir de ahí el relato progresa contando la juventud del personaje, al que se van añadiendo los tripulantes de la nave Enterprise: Scotty, Sulu... y, por supuesto, el vulcaniano Spock, que será –pero aún no- el mejor amigo de Kirk. De momento, ni siquiera se llevan bien: Spock es un serio militar, al que su mitad extraterrestre no le permite demasiado sentido del humor; exactamente lo contrario que Kirk, que parece haber olvidado que es hijo de un héroe galáctico y está más por el ocio que por el negocio, o sea el trabajo.
Sin embargo, la Enterprise parece ejercer una indudable atracción sobre el joven zascandil; lástima que su rendimiento académico no le dé para graduarse de piloto interplanetario. Como no haga alguna trampa, estoy viendo que se queda en tierra, sin nave, sin amigos y sin la chica que le gusta. 
No está mal el prólogo, porque la verdadera acción llega enseguida. La Federación, como de costumbre, está en guerra con otras galaxias, sobre todo porque esas otras civilizaciones –como ya sabemos por los infinitos capítulos de la serie, más los 10 antecedentes en la pantalla grande- siempre gozan de intenciones más que perversas. Y más que antiguas, porque no es sólo el espacio el que se quiebra fácilmente en esta aventura: también el tiempo se dobla y se desdobla a voluntad, produciendo incluso paradojas que harán las delicias de los "fans". Aquí el enemigo es un tal Nero, un malvado romuliano que clama venganza contra Spock –poco a poco iremos sabiendo por qué- y se pasa toda la película, algo así como veinticinco años- haciendo la pascua con su nave invencible: destroza el planeta Vulcano –casi parece la secuencia inicial de Superman-, acaba con cuantas naves lo atacan, pone en serios aprietos a Kirk –perdido en un planeta gélido, parecido a alguno de La guerra de las Galaxias- y encima apresa al capitán Pike y deja a la Enterprise sin jefe.
Casi 150 millones de dólares –unos 110 millones de euros- de presupuesto que, seguramente, han sido bien empleados: la película tiene muy buen ritmo y un estupendo sentido de la narración, que no se pierde a pesar de los vaivenes temporales. Además de esos homenajes implícitos a las otras grandes series de la ciencia ficción, esta Star Trek es fiel a sí misma y al mismo tiempo tiene la suficiente capacidad dramática y garantiza la diversión tanto a los más furibundos trekkies como a los que se acerquen a la película con menor pasión o conocimiento. El reparto, con Eric Bana de villano y las fugaces intervenciones maternales de Winona Ryder y Jennifer Morrison -la doctora Cameron de House- toma perfectamente el relevo y todo funciona a la perfección.
En resumen: 40 años de aventura espacial, sucesivas reformas y remiendos argumentales más o menos caprichosos, intentos afortunados y otros no tanto... y ahora la jugada maestra, consumada por el nuevo tahúr de la imagen: J. J. Abrams devuelve el relato a sus orígenes y así podemos volver a hilvanar otras cuatro décadas de éxitos. De momento, éste parece asegurado. El espectáculo es todo lo apabullante que se puede esperar: naves en el espacio, tremendas batallas, grandes peligros, mucho ruido y mucho heroísmo; el humor necesario y el suspense adecuado. Y todo aderezado con los mejores y más nuevos efectos visuales y sonoros; esos que sólo se pueden degustar en las cómodas butacas y las pantallas gigantes de los grandes cines. Algo es algo. (www.paramount.com/startrek/)

STILL WALKING   (07.06.09)  
Dir.: Hirokazu Kore-eda
Pro.: Yoshihiro Kato, Hijiri Taguchi   Gui.: Hirokazu Kore-eda
Int.: Hiroshi Abe, Yui Natsukawa, You
Sexta película del japonés Hirokazu Kore-eda –uno de los mejores exponentes de la nueva generación de cineastas de su país-, y tercera estrenada en España, donde aún es un completo desconocido para el gran público. No para los buenos aficionados, que ya tuvieron oportunidad de emocionarse en el 2005 con Nadie sabe –aquella auténtica tragedia urbana protagonizada por cuatro niños abandonados por su madre- y después disfrutar en el 2007 con Hana, una historia moderna atravesada por el inmortal espíritu samurái. 
Los padres de Kore-eda murieron recientemente, y del dolor y la incomprensión de esa pérdida nació esta reflexión familar: después de mucho tiempo, los Yokoyama –tres generaciones- se van a reunir de nuevo en la casa de los ancianos padres. La hija, su marido y los nietos ya están allí; el otro hijo, con su mujer y el niño de ésta –de un matrimonio anterior-, llegan en el autobús. Serán veinticuatro horas de convivencia nada más, muy poco para que ocurra algo verdaderamente importante; pero suficiente para que afloren algunos secretos olvidados, ciertas mentiras escondidas, más de una verdad reprimida. 
El hijo mayor falleció hace quince años, y su recuerdo permanece en la casa con una determinación que llega a ser violenta. Poco a poco vamos descubriendo las circunstancias de aquel accidente, y comprendemos los sentimientos reprimidos día a día y liberados en cada conmemoración. La tradición familiar es un yugo que aprisiona a cada miembro, con distinto peso pero con la misma presencia: los padres, siempre inconsolables; los hermanos, forzándose en asumir la ausencia y sus consecuencias, en una relación tan férrea que no deja lugar a la improvisación, aunque sea tan involuntaria como ésa.
De todas formas, los años han pasado y los hijos presienten que se acerca el final de los padres: un médico que se resiste a la jubilación y una mujer entregada a su casa y a su descendencia. Entre el ir y venir de la cocina a la sala, entre platos copiosos y licores –los manjares de toda la vida-, entre la somnolencia y la vigilia, en las conversaciones susurradas y los sobreentendidos clamorosos, las horas pasan y los hermanos pugnan por reconocerse y por cerrar las heridas del tiempo, mientras atisban las revelaciones futuras de la existencia.
A pesar de la violencia soterrada de algunos momentos, Kore-eda filma apaciblemente, dejando que las sensaciones penetren con delicadeza, insertando incluso bellísimos planos de estancias vacías, tiempos detenidos, elementos de la naturaleza –cerezos en flor, mariposas...- que apoyan visualmente su apuesta por la armonía. El montaje posee una permanente cadencia, que permite mostrar el transcurso del día sin altibajos y se resuelve en el epílogo reposado y lleno de añoranza: una secuencia de excelencia cinematográfica que explica en unos minutos, unos gestos, un horizonte y una voz, toda una vida: todas las vidas.
Hirokazu Kore-eda funde frecuentemente en sus películas el sentido tradicional y la actitud vital de la cultura japonesa con los aspectos más actuales de la cultura global contemporánea. Si en Hana todavía resonaban los códigos morales y narrativos de Kurosawa, en ésta hay mucho más de la meditación cotidiana de Ozu que, por ejemplo, de la épica violenta de un Takeshi Kitano. Sus personajes –espléndidos intérpretes y mención especial, como de costumbre, a esa mirada reveladora sobre los niños- viven su normalidad diaria en un Japón moderno, de hoy mismo, y sin embargo no renuncian a una raíz ancestral, que se hunde en el sustrato más profundo de su conciencia.
De esta manera, Still walking es una contenida y poética reflexión sobre la familia, el tiempo y la fugacidad de los sentimientos; y tanto una apuesta por el futuro –los nietos- como, sobre todo, un sentido homenaje a los padres ancianos, la presencia declinante hacia el próximo ocaso. Un sentimiento que vale para Oriente pero también para cada casa y cada rincón de nuestro suelo. (www.golem.es/stillwalking)

STOCKHOLM   (Ver SÉPTIMO)

STONE   (24.10.10)
Dir. John Curran
Prod. David Mimran, Jordan Schur   Gui. Angus MacLachlan 
Int. Robert De Niro, Edward Norton, Milla Jovovich.  
John Curran ha dirigido Ya no somos dos y El velo pintado; mucho mejor la segunda, pero ambas con argumentos que hablan de la infidelidad y el adulterio. Parece que el tema le interesa, porque en esta turbulenta historia presente vuelve a incidir en él.
Tras un prólogo tremebundo, en el que conocemos cómo se las gasta el protagonista, saltamos unos años para llegar al momento en que Jack Mabry, un hombre duro, inflexible, muy religioso y absolutamente dedicado a su profesión –es oficial de prisiones-, está a punto de jubilarse. Todavía pasan por sus manos los reclusos que quieren abandonar la cárcel: él es quien debe elaborar el informe que otorgará la libertad, en el grado correspondiente, y vemos desfilar por su despacho a los penados que hacen firmes protestas de arrepentimiento y rehabilitación. Hasta que llega “Stone”, un preso de aspecto y carácter tremendos, acusado de crímenes horribles por los que ha pasado años encerrado. 
Éste sería un caso profesional más, si no fuera por Lucetta, la joven y espectacular mujer del recluso; “Stone” la utiliza para tejer una espesa tela de araña de seducción en torno al desprevenido Jack. Aunque él comprende enseguida la maniobra de la pareja, y sabe perfectamente cuál es su deber, le resulta muy difícil escapar a la tentación y renunciar a los placeres que la guapísima Lucetta le sugiere. De un lado está su integridad profesional y su sentido moral, pero de otro están las palabras, los susurros al teléfono, las invitaciones y las caricias en la penumbra… y lo que seguirá. Jack vive un auténtico infierno, que paga su mujer, sus colegas y, al final, él mismo.
Stone es una historia de pesadilla, un oscuro y perverso juego, con el siempre inquietante Edward Norton, la muy seductora Milla Jovovich y el mejor Robert De Niro de los últimos tiempos: que no es mucho decir, pero ya es algo. (http://stone.filmax.com)

 

SUBURBICON   (09.12.17)

Dir.: George Clooney. Pro.: George Clooney, Grant Heslov, Teddy Schwarzman. Gui.: Ethan, Joel Coen, George Clooney, Grant Heslov. Int.: Matt Damon, Julian Moore, Oscar Isaac

George Clooney es ese señor de 56 años, que lleva 40 en las pantallas, que ha intervenido en 79 títulos como actor, ha producido 36 obras y ha dirigido hasta la fecha 7 películas –recordemos Monuments men, Los idus de marzo y Buenas noches y buena suerte, por ejemplo- y que es uno de los personajes más atractivos y más simpáticos de Hollywood. Una estrella.

Su nueva película, Suburbicon, cuenta con un guion de los hermanos Coen, insistiendo una vez más en una colaboración que lo sitúa, alternativamente, delante o detrás de la cámara. La autoría de los Coen es más que evidente aquí, pero también el punto de vista de Clooney acerca de la sociedad de su país, a la que no deja de fustigar; aunque la acción se sitúe a mediados del pasado siglo.

Suburbicon es el barrio ideal en cualquier ciudad de cierta importancia. Todo parece perfecto en las bonitas casas, entre calles impolutas adornadas por jardines y parterres exquisitamente cuidados. Se respira tranquilidad, buen gusto y alegría de vivir. También en el hogar de los Gardner, un ejecutivo que parece feliz con su hijo, su mujer y su cuñada. Ellas, Rose y Margaret, son gemelas; y aunque la mujer quedó inválida en un accidente, son tan parecidas que no es de extrañar que la vida conyugal parezca no resentirse.

Pero en la casa de al lado hay un problema: acaban de llegar los nuevos propietarios, los Mayers: un matrimonio joven… y negro. Algo que hace temblar los cimientos de una comunidad tan armoniosa, homogénea y tremendamente racista. Y los acontecimientos se disparan en una insospechada escalada de violencia. Los vecinos cercan la casa de los Mayers, en un asedio cada vez más estrecho, más brutal. Y, por si fuera poco, en la de los Gardner penetran en plena noche un par de maleantes que se llevan todo lo que pueden, maltratan a los propietarios y provocan una terrible tragedia.

Lo que viene a continuación son las consecuencias de esos acontecimientos. Y se desarrolla una doble trama, más en primer plano la de la familia Gardner, con policías, peritos, delincuentes de doble filo y sorprendentes relaciones familiares, pero quizá más potente la de los Mayers: ahí hay una metáfora, una trascendencia y un zurriagazo a la sociedad más típica norteamericana de entonces y ahora, los puros “wasp” –blancos, anglosajones, protestantes- que habitan las mejores urbanizaciones del país.

Sobre el escenario bastante negro, generalmente canalla y nunca desprovisto de suspense y de emoción cercana al espanto de los Coen planea el punto de vista de Clooney, más universal y, aunque no lo parezca, mucho más radical y vitriólico. En cualquier familia, una mala tarde la tiene cualquiera; pero si una masa, una nación está enferma –de odio, de xenofobia, de cualquier otra fobia-, eso es mucho más inquietante y trascendente. Si además el ejemplo se filma con la elegancia y la precisión que hay en Suburbicon, el resultado es una obra notable y necesaria.

SUEÑO Y SILENCIO   (10.06.12)
Dir.: Jaime Rosales
Pro.: J.R., José Mª Morales, Jérôme Dopffer   Gui.: J.R., Enric Rufas
Int.: Yolanda Galocha, Oriol Roselló, Alba Ros
Nueva película de Jaime Rosales (Barcelona, 1970), el más singular de los directores españoles; si alguien lo duda, repasemos su filmografía: Las horas del día (2003), La soledad (2007) y Tiro en la cabeza (2008). Y ahora ésta Sueño y silencio, otra película formidable, original, inteligente… Las obras de Rosales son diferentes radicalmente, cada una explora caminos distintos; y sin embargo tienen mucho en común. Además de ese riesgo constante y esa apuesta por la experimentación, los argumentos hablan invariablemente de la muerte; de la muerte violenta, producto del crimen o el accidente: en la primera retrataba a un gélido asesino múltiple; en La soledad, una bomba estallaba en el autobús en que viajaba la protagonista; en Tiro en la cabeza, reproducía el asesinato de dos guardias civiles a manos de un etarra. En Sueño y silencio, un absurdo accidente de tráfico acaba con la vida de una pequeña, quebrando la de toda la familia. 
Y por otra parte, cada obra de Rosales es siempre un desafío para el espectador, que no puede permanecer pasivo, sino que debe participar, investigar, elaborar su propia película, a medias con el director. Sueño y silencio se abre y se cierra con un paréntesis a modo de pista: un plano cenital de Miquel Barceló, que elabora minuciosamente una lámina: el pintor superpone elemento sobre elemento, cambiando sin cesar su pintura, hasta que alcanza el resultado final. De alguna manera, un plano-secuencia, que sólo obtiene su auténtica verdad, su realidad total, cuando acaba, cuando se completa: exactamente como los que componen la película. Que está rodada en blanco y negro, a primera toma y con reparto no profesional; y con un punto de vista aleatorio: la cámara ocupa la mirada de un espectador casual –como lo somos cualquiera de la vida de los demás-, con encuadres a veces nada convencionales.
El relato se puede resumir en pocas líneas: describe la vida de una familia, un matrimonio joven, sus dos niñas, los abuelos… Viven en París, la madre es profesora de español, el padre es arquitecto. La arquitectura, la construcción y la “autoría” de la obra, es importante en la película. Y también los idiomas: español, francés, inglés, catalán, todos se usan alternativamente. De manera normal, como todo es más o menos normal en la vida de esta gente. Y de pronto, el accidente, la muerte. La niña mayor muere, el padre queda malherido. Y el trauma y el dolor se abate sobre la familia: la madre devastada, la hermanita confusa, los abuelos con la sabiduría de la vejez atenuando el golpe… 
El padre, cuando se recupera, no recuerda nada; ni siquiera, inexplicablemente, la existencia de su hija muerta. La hija que ya no está es la hija que nunca estuvo. No hay recuerdo, no hay dolor. Solo silencio. Y el sueño de la madre, que revive en sus pesadillas y sus vigilias insomnes la vida que tuvo y ya no tendrá, con sus hijas, las dos vivas, a su lado. Como en La soledad –con la que hay más de un elemento coincidente-, la maternidad truncada no encuentra alivio en la propia realidad, en la propia vida que se siente amputada y traicionada.
Las imágenes nos van mostrando la evolución de estas personas, y ellas nos hablan de su dolor y de cómo superarlo. A veces, aun sin palabras; en ocasiones, sin dejarse ver. Tenemos el privilegio de asomarnos a sus vidas, pero Rosales no nos da ninguna facilidad, ninguna explicación añadida, ningún reposo. La cámara descubre a los personajes de repente, sin avisar y ahí se queda mirándolos, estática o con lentos, silenciosos movimientos que los envuelven o los persiguen, los descubren para que los hagamos nuestros otra vez. Y de nuevo es el espectador –de la mano de unos intérpretes magníficos en su anonimato- quien debe construir, enlazar, comprender lo que pasa delante de él. 
Rosales rompe todas las normas de una película convencional, pero esa es su apuesta, nuevamente, por el cine en estado puro: el que más se acerca a la vida. Y en la vida no hay narradores, ni subtítulos, ni músicas adornando las palabras, las miradas, las ausencias, los sueños, los silencios. (http://www.wandafilms.com/site/sinopsis/sueno_y_silencio)

SULLY   (05.11.16)
Director: Clint Eastwood. Intérpretes: Tom Hanks, Aaron Eckhart, Laura Linney.
A sus 86 años, Clint Eastwood sigue haciendo cine; y no un cine cualquiera: Sully es una estupenda película, y como viene siendo habitual últimamente -Invictus, J. Edgar, Jersey Boys, El francotirador-  una sólida recreación de unos sucesos y unos personajes reales. Sully, seguramente, es la mejor de todas estas. Cuenta lo sucedido el 15 de enero de 2009, cuando Chesley “Sully” Sullenberger, que pilotaba un Airbus 320 que se había quedado sin motores por el choque con una bandada de aves consiguió “aterrizar” en el río Hudson, salvando la vida de las 155 personas que iban a bordo. Fue reconocido popularmente como un héroe, pero los ejecutivos de la US Airways lo sometieron a un proceso que trataba de averiguar si se podría haber dirigido el avión a los aeropuertos cercanos y evitado así las cuantiosas pérdidas económicas que el accidente provocó a la compañía.
La película narra toda esta historia, fragmentando la acción con evidente acierto al presentarla desde el punto de vista del protagonista y su drama profesional y humano; esta vez el personaje no es un tipo infalible ni un héroe de una pieza, sino un hombre normal, tan solo un profesional competente y experimentado, que llega a dudar y a sentirse angustiado y solo ante un suceso tan descomunal. Trata de ser objetivo y la película lo intenta también, casi todo el tiempo; por eso quizá no es tan emocionante -quiero decir sensiblera-, lo que en este caso puede resultar una cualidad destacable.
Lo que sí tiene, como no podía ser de otra manera, es un estupendo y corto reparto, con un Tom Hanks modélico en el papel del comandante Sully, y una brillante puesta en escena, que no escatima en medios –perfectas las secuencias del impacto y el posterior salvamento en el río, con el avión y sus pasajeros flotando a duras penas- y que, como digo, modula el relato inteligentemente para la comprensión y la emoción del espectador.