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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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RANGO   (06.03.11)
Dir.: Gore Verbinski
Pro.: Gore Verbinski, John B. Carls, Graham King   Gui.: John Logan
Int.: Johnny Depp, Isla Fisher, Bill Nighy (Animación)
Gore Verbinski es ahora muy conocido por sus Piratas del Caribe –las tres ya estrenadas; en la cuarta ha sido sustituido por Rob Marshall- pero también ha dirigido Un ratoncito duro de roer, The mexican –ambas en cierta manera antecedentes de la actual-, La señal –la versión americana de The ring- y El hombre del tiempo, la última vez que Nicolas Cage no hizo una completa estupidez.
A partir de una historia propia y de John Logan y con un guión de éste, Verbinski ha desarrollado Rango, un auténtico homenaje al western; con todos sus héroes, sus villanos, sus escenarios polvorientos y siempre peligrosos, su clima de aventuras, acción y un poquito de amor, su música y su color… y Clint Eastwood. Todo ello merced a una prodigiosa animación, que esta vez no es de Pixar sino de la Industrial Light & Magic de George Lucas en la primera producción de Paramount separada de Dreamworks. Todas estas son palabras mayores, naturalmente; hablamos de nombres propios de un género –o más bien una especialidad- que tiene en cartelera ahora mismo Enredados, El oso Yogui y Chico y Rita, tres muestras más de la pujanza de este cine.
Rango vive apaciblemente con su familia de acogida, hasta que un desgraciado accidente lo deja abandonado, maltrecho y asustado en pleno desierto. Cuatro cactus, una tierra hirviente, algún grotesco pedrusco que no es lo que parece, y el peligro inminente de ser aniquilado por la crueldad de la ley del más fuerte… o el más hambriento. Aunque es capaz de mimetizarse con el terreno bastante bien, Rango no tiene más remedio que tentar a la suerte, echar a correr y tratar de llegar más o menos ileso al lejano poblado que se divisa en el horizonte, entre espejismos, pelusas y arenas movedizas.
Porque nuestro protagonista no es más que un pobre camaleón y sus posibilidades de supervivencia son más bien escasas; de hecho, el ubicuo mariachi de lechuzas que hace de coro quejumbroso y relativamente siniestro, ya nos lo ha anunciado desde su primera ranchera: Rango no va a durar ni un suspiro, enfrentado a enemigos de mucha envergadura: el aguilucho cazalagartos, la pavorosa serpiente de cascabel y –el más peligroso- el malvado alcalde del pueblo. 
El pueblucho se llama –aproximadamente- “Mugre”, y no es de extrañar, porque allí no hay ni gota de agua; no para limpiar, sino tampoco para beber: hace siglos que no llueve y el líquido elemento está superracionado y controlado por el alcalde y sus esbirros. De nada sirve que los lugareños, deslumbrados por las supuestas hazañas de Rango, lo nombren sheriff y esperen que les solucione la vida; él lo intenta, porque no quiere quedar mal ante sus nuevos amigos y ante Beans, la encantadora sabandija que le gusta. Pero es más fácil fracasar y desanimarse que perseverar en el esfuerzo y el peligro. La vida, que era muy dura en el Oeste americano.
Rango, la película, es un auténtico prodigio. El diseño de los personajes es muy original, muy divertido y completamente acertado, y la épica del western llena cada minuto de la narración. Verbinski y sus colaboradores se han inspirado en títulos como El bueno, el feo y el malo y en los escenarios auténticos de The mexican, y los actores han rodado realmente muchas de las escenas. Mark McCreery, el diseñador de producción de Piratas del Caribe ha trabajado como si de una película de acción real se tratase y, por supuesto, la magnífica banda sonora de Hans Zimmer es el complemento más adecuado y más brillante.  
Quizá Rango no sea tan apropiada para un público netamente infantil –ahí Yogui y, sobre todo, Enredados la superan con su ingenuidad y alegría-, pero para jóvenes y adultos de cualquier edad, seguidores del western y la animación o amantes del buen cine sin más etiquetas, ésta es una propuesta sorprendente, muy entretenida, llena de inteligencia y sentido del humor: una estupenda película en versión original y –supongo- también doblada. (www.rangomovie.com/intl/es/)

RASTROS DE SÁNDALO   (30.11.14)
Dir.: María Ripoll
Pro.: Anna Soler-Pont, Ricard Domingo   Gui.: Anna Soler-Pont
Int.: Aina Clotet, Naby Dakhli, Nandita Das
Lo contrario de lo que ocurre en Rastros de sándalo, una producción dirigida al público adulto, aunque no carente de pretensiones. Cuenta una historia que comienza en la India y acaba en Barcelona; o, por lo menos, llega hasta allí, donde se encuentra la hermana pequeña de una famosa actriz de Bollywood, a la que le fue arrebatada al quedarse huérfanas. A la mujer, rica y llena de buenas intenciones, le cuesta muchísimo encontrar el paradero de su hermana, que desconoce completamente su origen y que fue adoptada por un adinerado matrimonio catalán.
Es un guion extraño, al que no le falta calidad pero si, desde luego, pasión. Todo queda en tono menor, y hay cierta diferencia narrativa y estilística –que no le sienta muy bien a la película- entre los momentos y los escenarios de uno y otro continente. Y también hay dos mundos de separación entre ambas protagonistas, por más esfuerzos que hace Aina Clotet por salvar su personaje; me ha gustado mucho más en otras ocasiones.

[REC]    (25.11.07)
Dir.: Jaume Balagueró y Paco Plaza 
Pro.: Julio Fernández   Gui.: Jaume Balagueró, Paco Plaza y Luis Berdejo
Int.: Manuela Velasco, Pablo Rosso, Jorge Serrano  
Balagueró y Plaza ya habían dirigido juntos un curioso documento –OT: La película- sobre los primeros participantes en “Operación Triunfo”, un experimento que no vio casi nadie, y que hoy sería muy interesante recuperar; pero lo fundamental de sus carreras se asienta, por separado, en el cine de terror: Darkness, Frágiles y Los sin nombre y Romasanta, respectivamente. Ahora han vuelto a unir sus nombres en este proyecto, que ganó, muy merecidamente, unos cuantos premios, incluido el de la mejor dirección, en el pasado Festival de Sitges. Si el terror es, como parece, el género de moda en el cine español, esta película es un más que digno referente. 
Una joven y esforzada periodista de televisión elabora un reportaje sobre la vida y el trabajo de los bomberos municipales. Llevada por su afán de realismo, se integra con todo su equipo de producción –es decir, con su cámara- en una dotación que pasa la noche en medio de su rutina habitual, esperando que se produzca –o mejor, que no se produzca- un aviso que les haga ponerse en marcha.
Por fin, ese momento llega. La periodista y el cámara se meten en el coche de bomberos, y todos parten hacia lo que tiene aspecto de ser una alarma menor: no hay fuego, ni siquiera una inundación; es una anciana que parece tener problemas en su piso; los vecinos la han oído gritar y han llamado a la policía y a los bomberos. Juntos, penetran en el edificio, llegan al piso, efectivamente, allí está la anciana... y de repente todo se convierte en una auténtica pesadilla, una ratonera mortal. 
La película nos brinda todo el rato las imágenes que la cámara recoge, al principio con la tranquilidad y el oficio de la reportera, pero luego con los nervios de una situación inesperada –todavía pendiente de la gran noticia, la exclusiva y la posibilidad del éxito-, y por último con la angustia, el horror y el miedo definitivo. A través de ella, los espectadores presenciamos atónitos, primero, atemorizados después, y finalmente horrorizados, los acontecimientos que se van desarrollando delante del objetivo.
Evidentemente  –no se puede obviar la referencia- [REC] recuerda, en su planteamiento formal, a El proyecto de la bruja de Blair, pero sustituyendo el espíritu “amateur” de aquellos irreflexivos protagonistas por la intención de documentalista profesional de la arriesgada periodista. Además, Plaza y Balagueró, sabiamente, se han traído el escenario a uno de los espacios más eficaces y reconocibles –además de habitual- del cine de terror: el edificio urbano, la casa, un lugar cercano y cotidiano, que podría ser el nuestro, en el que vivimos tranquilos y despreocupados... hasta ahora.
Este recurso permite a los autores una resolución técnica más brillante, más realista todavía y, desde luego, mucho más potente. Es verdad que el punto de partida no es muy original, y hay que reconocer que los directores no se arriesgan aquí por caminos sin explorar –como han hecho en otras de sus películas-; quizá también es cierto que la película se alarga hasta una duración convencional –más allá de la muy brillante primera hora-, provocando cierto agotamiento en el espectador. Pero tampoco se puede discutir la calidad de este guión, su capacidad para el asalto repentino y el susto sabiamente dosificado y, desde luego, la consecución de una cima del horror de altura muy respetable. (http://movies.filmax.com/rec/)

[REC]3 GÉNESIS   (01.04.12)
Dir.: Paco Plaza
Pro.: Julio Fernández   Gui.: Paco Plaza, Luiso Berdejo 
Int.: Leticia Dolera, Diego Martín, Ismael Martínez  
Paco Plaza es un nombre clave en el terror y el fantástico de la “factoría” Filmax y del cine español en general. Ha dirigido El segundo nombre, Romasanta, la caza de la bestia y, en colaboración con Jaume Balagueró, REC y REC 2. Balagueró es productor creativo en esta tercera entrega y en la cuarta, que ya se anuncia, invertirán los papeles. Filmax, con una u otra denominación, es la productora que más empeño demuestra en este género en estos años, y decir Filmax es decir Julio Fernández: un hombre que se lo sabe todo de este tinglado, uno de los pocos que tiene una idea aproximada de lo que puede ser una industria cinematográfica en España, y un águila –o un halcón, quizás- para los negocios.
Dicho esto, cabría preguntarse si era necesario un capítulo más de la serie REC. Y la respuesta es que sí, porque esta tercera parte es estupenda: seguramente, la mejor de las tres. Para empezar, supone una ruptura y un aire nuevo con respecto a las precedentes. Aquí no estamos en el claustrofóbico espacio de una casa hermética, sino en el día más feliz de la vida de Clara y Koldo. Que se casan, vamos. Y presenciamos las obligadas imágenes del DVD del acontecimiento: fotos de los novios de pequeños, de jóvenes, de pareja enamorada… escenas previas a la boda con la novia en casa, el novio en la puerta de la iglesia, los parientes, los amigos que llegan, el tío Víctor, el abuelo…
Por la pantalla cruzan vertiginosamente los acontecimientos, grabados cámara en mano por todo tipo de artilugios, desde las de los iPhone de los invitados hasta la muy profesional del cinéfilo de turno, con su “steadycam” y todo. No se escapa nada, cada momento de emoción y de… eso: de emoción, queda registrado para la posteridad. Es REC puro: una película de terror.
Pero de pronto se cumple el sueño de más de un asistente, y el jolgorio se convierte de verdad en una pesadilla; todo se viene abajo y lo que parecía no ir más allá de algún coma etílico, algún encontronazo más o menos íntimo y la resaca general, se transforma en un banquete infernal en el que el picadillo abunda pero no se encuentra, precisamente, en los platos del convite. 
Y aquí viene, paradójicamente, la segunda ruptura con el esquema precedente. El novio, desesperado porque no comprende qué está pasando, no sabe dónde ha ido a parar su chica y está harto de que lo graben en riguroso “cine-verité”, manda apagar la cámara de manera expeditiva. Y la película –la que todos vemos- se reinventa a sí misma y se reivindica como lenguaje y como género. De hecho, en este momento aparece el título, REC 3, para indicar que empieza algo nuevo. Así es: evadidas del corsé de la mirada subjetiva, las imágenes vuelan libres y, sin perder ritmo ni intensidad, pasan de la crónica bufa al terror clásico más bien tirando a “gore”.
Paco Plaza y sus actores se mueven con agilidad y eficacia entre las convenciones del argumento. Diego Martín es Koldo, un joven aturdido e indeciso, que poco a poco irá creciendo en valor y astucia tratando de reunirse con su reciente esposa. Leticia Dolera, Clara en la película, es mucho más decidida y, desde luego, tiene muy claro que ese es el día más feliz de su vida y que no va a consentir que nadie se lo estropee. Luchará con todas las armas a su alcance, incluso provista de sierra eléctrica –evidente homenaje a los clásicos- o peleando a puñetazos. Va a buscar a su marido y ¡ay! del que trate de impedírselo. 
El afán de ambos por encontrarse es tan fuerte y tan puro, que seguramente hasta alcanzarán ayuda divina. Para el éxito de la película no debería hacerles falta, porque tiene todos los ingredientes necesarios: un muy buen guion, divertido cuando es necesario y truculento todo el rato; una factura impecable, con el uso justo de trucos y efectos; estupendo ritmo, muy medido y sin concesiones –dura hora y cuarto y no hace falta más- y absoluta coherencia con el género y con sus antecedentes. En resumen, un regalo para incondicionales y seguidores de la serie.
(http://www.rec3genesis.com/)

RED   (30.01.11)
Dir.: Robert Schwentke
Pro.: Lorenzo di Bonaventura, Mark Vahradian   Gui.: Jon Hoeber, Erich Hoeber
Int.: Bruce Willis, Mary-Louise Parker, Morgan Freeman  
Red es rojo, en ingles, y alude quizás a la temperatura que adquiere la acción; mucho más, desde luego, que a una acepción más cercana a la que inspiró la película de Warren Beatty: aquí no hay ningún comunista suelto. En realidad, son las siglas de Retirado Extremadamente Peligroso (dangerous en el original); pero en español también funciona, porque los personajes aludidos –numerosos y famosos, como ahora veremos- se ven envueltos en una malla tenebrosa de conspiración y peligro mortal. Partiendo de una novela gráfica de Warren Ellis y Cully Hamner, los Hoeber han compuesto un guión con buenas dosis de acción, aceptable intriga y sentido del humor. Las imágenes son responsabilidad del alemán Robert Schwentke, otro de los directores europeos que trabajan últimamente en Hollywood; suyas son Tatoo –todavía en Alemania-, Plan de vuelo: desaparecida –con Jodie Foster- y la fantasía romántica Más allá del tiempo.
La historia de Red comienza cuando el ex agente de la CIA Frank Moses comprende que le ha llegado la hora de la jubilación. Más que nada porque la agencia se lo notifica a cañonazos; no se sabe si es porque ha sido malo o simplemente por no engordar las listas del paro. Moses se defiende como puede; menos mal que cuenta con la ayuda –bastante involuntaria- de Sarah, una atractiva empleada de banca, y de su maestro y mentor Joe, un veterano espía que espera, éste sí, el último y definitivo retiro.
Al hilo de la acción irán apareciendo otras viejas glorias de la organización, en diverso estado de deterioro mental: por ahí andan la terrible Victoria, que parece una amable y virtuosa dama, y el enloquecido Marvin, que parece todavía más chiflado de lo que está en realidad; ambos –la elegante Helen Mirren y el poliédrico John Malkovich- capaces de acabar a tiro limpio con cualquiera que les lleve la contraria. Hay también agentes malvados, malutos de guardarropía –la hilarante aparición de Richard Dreyfuss- enemigos íntimos –genial Brian Cox- y hasta la inestimable colaboración de Ernest Borgnine, en un breve papel.
Todo este reparto ha tenido un solo objetivo: pasárselo bien haciendo una película entre amigos; y si el público acompaña, estupendo. Va siendo una moda: Stallone se juntó hace poco con algunos de su quinta –incluido Willis- en Los mercenarios, con tan buen resultado que ya anuncian segunda parte; y el regreso de Schwarzenegger a la pantalla apunta a secuelas seguras. Es una fórmula más, que unas veces funcionará mejor y otras… será igual de taquillera.
En la franquicia que nos ocupa, el meollo de la cuestión estriba en saber cómo esta panda de veteranos –más la inexperta oficinista-se puede oponer a la apabullante y mortífera CIA y salir triunfante en el empeño. Pero esto el cine americano lo ha explicado muchas veces y la todopoderosa agencia ha salido malparada en tantas ocasiones que al final nos vamos a pensar que está repleta de unos agentes desastrosos, tontorrones y malos. Alguno de estos adjetivos puede ser cierto -y bastante serio-, pero la verdad es que en Red todo es una broma.
Ya lo decía al principio: la historia contiene acción, algunos giros argumentales de interés –no todos igual de legítimos- y un punto de vista descreído, humorístico y un tanto desvergonzado, que le sienta bastante bien. Sobre todo porque los intérpretes tienen la oportunidad de mostrar su lado más gamberro; sobresale, como es lógico, este modelo de agente muy, muy especial que interpreta Bruce Willis: como de costumbre, está mucho mejor en papeles que dejan salir su vis cómica que en los que se apuesta por una hondura dramática que él mismo no se cree. Un entretenimiento intrascendente, por tanto, y buena nota para sus artistas, con el agradecimiento por su falta de pretensiones. (www.red-themovie.com/)

RED DE MENTIRAS    (09.11.08)  
Dir.: Ridley Scott
Pro.: Ridley Scott, Donald De Line   Gui.: William Monahan
Int.: Leonardo Di Caprio, Russell Crowe, Mark Strong  
Vuelve Sir Ridley Scott, el gran director inglés de 71 años, que como todos esos chavales de su generación, está en plena forma. Ha dirigido una veintena de películas, desde su debut –después de doce años como realizador de publicidad y televisión- con la extraordinaria Los duelistas, en 1977. Y ha tenido épocas mejores y peores, pero cómo negarle el mérito de Alien, Blade Runner, Black rain, Thelma y Louise, Gladiator o American gangster, una de las mejores películas del año pasado.
Desde luego, un maestro, un clásico y un magnífico director de acción; que no necesita, por supuesto, montar con ordenador a razón de cinco segundos por plano para disfrazar la ausencia de talento, como hacen otros. Y eso hace que sus historias estén muy bien contadas, por complicada que sea la trama. Que lo es en este caso, un intrincado guión de William Monahan –Oscar por Infiltrados- que se enreda como una madeja entre las dos puntas del hilo: el agente de la CIA Roger Ferris –un superespía de primera clase, eficaz, disciplinado y valeroso-, metido en todos los fregados de la lucha antiterrorista, y su jefe Ed Hoffman –un funcionario inteligente, despiadado y absolutamente cínico- que gobierna las operaciones desde su despacho en Langley o desde el jardín de su casa.
La madeja lo que contiene es la pura realidad: el terrorismo islamista ataca los fundamentos de la cultura occidental, provocando el caos y la muerte de cientos de personas. Los servicios de inteligencia americanos luchan contra los terroristas utilizando todo su arsenal: las armas más modernas –incluidos los aviones Predator, capaces de fotografiar la caspa en la cabeza de un beduino- y los agentes más capacitados, con más recursos y con menos escrúpulos; y, de paso, a todo el que se ponga por medio, culpable o inocente, y que sirva para sus fines.  
Así es que el agente Ferris se juega el tipo desde el minuto uno de la película, tratando con renegados de la “yihad”, diplomáticos de pistola al cinto, espías profesionales de toda condición y pobres pardillos atrapados en su juego. Y luego está Hani Salaam; y Aisha. Ella es una guapa enfermera jordana y él es el jefe de los servicios secretos. Porque la acción saca a Ferris de Irak y lo lleva a Jordania, adonde parece conducir el rastro de Al Saleem –un trasunto de Bin Laden-, el terrorista más peligroso y más buscado.
Salaam, el jefe de la inteligencia jordana, es un hombre refinado, elegante, frío y afilado como una espada: un aliado fiel pero exigente, que no admite dudas ni, sobre todo, mentiras. Aisha es el contrapunto: desconfiada al principio, no tarda en dejarse llevar por el sentimiento que le provoca Ferris, a pesar de su diferente religión y cultura, y sin saber a ciencia cierta en qué se ocupa el americano. Justo en este punto, el relato se complica un poco más, porque confluye una operación planeada con los jordanos, la intervención de Hoffman, que lo puede echar todo a perder, y otro intento de ambos con la colaboración involuntaria de un arquitecto de prestigio en el mundo islámico.
Hay que estar muy atento, porque si se nos escapa algún cabo lo mismo no entendemos muy bien todo el remate de la historia, que sucede además con cierta sensación de vértigo; en parte porque todo lo vemos desde los tenebrosos Predator, invisibles desde el suelo pero absolutamente omniscientes, y también porque los acontecimientos se precipitan y Ferris se ve en el mayor peligro de su carrera... y ha vivido muchos. Estupendo pulso de Ridley Scott, que conduce la acción trepidante con mano maestra y con la complicidad de sus dos grandes actores: Di Caprio, como el esforzado agente de campo, y Russell Crowe –en una composición espléndida-, como el desaprensivo y mentiroso líder de la CIA, capaz de ser un ejemplar padre de familia y un no menos exquisito asesino. 
Estos personajes –y esta es la moraleja del asunto- existen de verdad... y en estos momentos nos están mirando. A lo mejor es que es mejor así, y, en todo caso, siempre nos queda el recurso de escondernos en el cine a ver una buena película como ésta. (www.bodyofliesmovie.co.uk)
 
REDACTED    (18.11.07)  
Dir. Brian De Palma. 
Pro. Simone Urdl, Jennifer Weiss, Jason Kliot.   Gui. Brian de Palma. 
Int. Robert Devaney, Izzy Díaz, Patrick Carroll.  
Brian De Palma (New Jersey, 1940) es todo un veterano, con una larga carrera a sus espaldas. Carrera que si por algo se caracteriza es por su versatilidad: desde sus comienzos como radical cineasta independiente –Greetings (1968), The wedding party (1969)- hasta sus últimos coqueteos con el “star system” –Femme fatale (2002), La dalia negra (2006)-, ha tocado géneros, argumentos y registros muy diferentes; no olvidemos títulos como Carrie, Vestida para matar, Scarface, Los intocables, La feria de las vanidades o la primera Misión imposible.
Pero quizá lo que De Palma no ha perdido del todo es ese inicial afán por la independencia, que sin duda lo ha llevado a realizar esta su última película –distribuida en España por On Pictures-, un durísimo manifiesto contra la guerra de Irak y algunos aspectos de la intervención del ejército de su país. “Redacted”, en la jerga periodística americana, se aplica a un documento corregido, censurado, falseado. Y De Palma construye un estremecedor puzle con fragmentos de lo que podrían ser, efectivamente, distintas fuentes de información acerca de un hecho que, aunque presentado como ficción, ha sido una triste realidad en esta injusta contienda. 
Un destacamento de soldados americanos, en las cercanías de la ciudad iraquí de Samarra, entretiene su descanso insomne entre las partidas de cartas, las lecturas de cualquier género, las fotos de chicas inalcanzables y los afanes de cineasta amateur de uno de ellos. Su cámara doméstica graba al grupo, como también la de unos documentalistas franceses, las de la televisión –la local y las cadenas internacionales, que se disputan cualquier acontecimiento-, las de seguridad del propio campo militar, y las de las webs personales o colgadas en los servidores de internet...
Es todo un universo audiovisual, que –propone De Palma- no puede ser totalmente anulado, censurado. Los hechos quedan registrados y ya no hay posibilidad de tapar todas las rendijas, acallar las manifestaciones ni ocultar la realidad. Redacted, así, es un alegato a favor de la verdad y en contra de la manipulación. La película cuenta, en el centro de la narración, un suceso real escalofriante: la violación múltiple de una niña de quince años y su asesinato, junto a toda su familia, a manos de ese pelotón americano. Hay un prólogo estremecedor, cuando un coche iraquí es tiroteado por error en un puesto de control y, como represalia, un soldado americano muere en un atentado. Lo que sucede después se debe tanto a la sed de venganza, que prende como la yesca en la mentalidad de los invasores, como a las propias condiciones del estado de guerra que se vive en cada metro y en cada minuto del país. 
Luego, los soldados afrontarán las secuelas de su acto criminal, cada uno desde su conciencia y su perspectiva; pero De Palma persiste en el mismo procedimiento, dejándonos ver los registros de las conversaciones entre ellos y también las declaraciones ante los instructores del proceso que, al parecer muy a su pesar, debe abrirse por los mandos militares. Hay un infinito cinismo en cada una de estas afirmaciones, y la denuncia de la película es implacable; no es de extrañar que en los propios Estados Unidos haya habido múltiples protestas y un sinfín de intentos de impedir su distribución, lo que no deja, precisamente, de darle la razón a su director.
Es evidente que todavía parte de la sociedad civil se mantiene a favor de la intervención americana en Afganistán, primero, y en Irak después; el recuerdo de las torres gemelas enciende todavía el corazón –seguramente más que el cerebro- de los americanos; sin embargo, ese número de personas decrece día a día, según la sangría de jóvenes soldados va aumentando, y también mientras el número de civiles inocentes sacrificados se multiplica incesantemente y la sangre derramada en Irak salpica por todos los rincones de occidente. Un occidente culpable –no sólo América- de prestarse a la exigencia tiránica de una guerra injustificada, inútil y perversa como pocas.
Brian De Palma contribuye con sus imágenes de autoría disfrazada a la mejor comprensión de este horror, de esta equivocación y de este sacrificio. Desde los primeros momentos de la película, mientras la “Zarabanda” de Haendel arropa la tensa espera de los soldados armados hasta los dientes, hasta el final del héroe inerme sollozando en brazos de su esposa, no hay reposo ni coartada; y en conclusión, no queda ya lugar para la duda, para la menor interrogación: esta guerra es infame y los culpables están a la vista de todos. (www.onpictures.com/peliculas/redacted/index.htm)

REQUISITOS PARA SER UNA PERSONA NORMAL   (07.06.15)
Dir.: Leticia Dolera
Pro.: Axel Kuschevatzky   Gui.: Leticia Dolera
Int.: Leticia Dolera, Manuel Burque, Silvia Munt
Leticia Dolera debuta en la dirección de largometrajes con esta película. A los 33 años, con absoluto reconocimiento para su carrera de actriz –ha intervenido en más de cuarenta títulos, incluyendo un buen número de episodios de series-, ha realizado también cuatro cortos y ha escrito el guion de todas sus películas: un estupendo bagaje y un futuro más que prometedor. De momento, estos
Requisitos para ser una persona normal ya le han valido el premio como mejor guionista novel en el pasado Festival de Málaga, además de otros galardones para la fotografía y el montaje. A ver ahora cómo rueda la taquilla.
La historia está protagonizada por María de las Montañas, una joven treintañera que busca dar sentido a su vida. Lo tiene bastante claro:
se ha hecho una lista con las condiciones que debe reunir para no sentirse excluida ni verse a sí misma como un bicho raro; pretende independizarse, encontrar trabajo, tener amigos y amigas y vida social, divertirse, enamorarse, ser feliz… En definitiva, quiere ser como todo el mundo: una persona normal. Pero vive en casa de su madre –esa desconocida-, está en el paro, no conserva amistades ni aficiones pasadas y, lo que es peor, está a punto de recurrir a los libros de autoayuda en busca de soluciones.
Menos mal que conoce a Borja, un chavalote que le sirve de confesor y de paño de lágrimas. Casi tan inseguro y solitario como ella –vive con su abuela y está obsesionado con las dietas, que es incapaz de seguir-, Borja proporciona a María un espejo en el que mirarse. Se ve gordo, con gafotas y pelirrojo, pero es una imagen que la hace reír, la tranquiliza y le da ánimos para establecer una especie de ayuda mutua, un “quid pro quo”, como dicen ellos, que les permita saltar al abismo sin matarse.
“Quid pro quo” es también un error garrafal, y eso es lo que María de las Montañas está a punto de cometer. Empujada por sus ansias y la buena voluntad de su amigo, la joven
se pone a la tarea con todo entusiasmo, tratando de alcanzar las metas propuestas: trabaja –es un decir- de mujer-galleta, recupera a una amiga del cole y a través de ella conoce a un posible probable pretendiente, y hasta se apunta a cursos bastante modernos de risoterapia y gin-tonic… solo para comprobar que no siempre se obtiene el éxito deseado y, curiosamente, que tampoco se siente muy satisfecha cuando parece que lo consigue; en el fondo, se da cuenta de que si quiere ser auténtica tendrá que olvidarse de listas, normas y recetas y dejar volar libremente su personalidad.
Por lo menos, eso es lo que hecho Leticia Dolera: crear desde su pluma y desde su cámara un personaje delicioso y una historia encantadora, divertida y sincera. Ha contado, desde luego, con la experiencia de sus productores Oriol Maymó y, sobre todo, Paco Plaza –responsable de buena parte de la serie REC-, la fotografía de Marc Gómez del Moral, con ese tono de surrealismo pop que tan bien ilumina a la protagonista, y una banda sonora muy bien elegida; todo a juego con el resto de los apartados técnicos y artísticos; y para colmo, con unos intérpretes que están en estado de gracia: muy divertidos Alexandra Jiménez y Miki Esparbé –habitual ahora en la comedia española, también en la pequeña pantalla-; con su habitual eficacia Silvia Munt, en el sustento más dramático de la película, y la revelación de Manuel Burque, el contrapunto ideal de la ilusionada y entrañable María de las Montañas; que puede parecer –y parece- el “alter ego” de la propia directora, como de tantos jóvenes en circunstancias parecidas.
Relato generacional, comedia de la mejor ley, pero por encima de todo un canto a la libertad y a las ganas de vivir, y un elogio de la diferencia, de la personalidad y de la coherencia. Un sobresaliente para la película, y un rotundo aplauso para Leticia Dolera: reconocimiento al mérito de lanzarse al vacío para escribir y dirigir, y también interpretar, una obra que parece sencilla pero que es muy compleja, además de inteligente y precisa.
(www.acontracorrientefilms.com/pelicula/445/requisitos-para-ser-una-persona-normal/)

RIVALES    (29.06.08)
Dir.: Fernando Colomo
Pro.:
Luis de Val   Gui.: Joaquín Oristrell, Inés París
Int.: Ernesto Alterio, Jorge Sanz, Goya Toledo, Kira Miró...
Fernando Colomo es uno de los inventores de la “nueva comedia” del cine español; ya no tan nueva, porque las primeras películas de esa generación –las de Trueba, Martínez Lázaro, García Sánchez...- datan de finales de los 70, lo que quiere decir que esos autores y ese género se mantienen –aunque algo han evolucionado, es verdad- desde hace tres décadas. Quien más ha insistido en la comedia ha sido precisamente Colomo, cuyo debut en el largometraje, tras tres o cuatro estupendos cortos, se produjo en 1977, con la inolvidable Tigres de papel, que reunía a Carmen Maura, Emma Cohen, Joaquín Hinojosa y el malogrado Félix Rotaeta. Y después ha seguido trabajando con regularidad, hasta completar una veintena de títulos; casi todos, además, con guión propio. Entre ellos hay películas verdaderamente memorables, que justifican la pervivencia del género: ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?, La línea del cielo –una deliciosa “aventura americana”-, La vida alegre, Bajarse al moro –esta vez con texto de José Luis Alonso de Santos-, Alegre ma non troppo, El efecto mariposa, Los años bárbaros –ésta no tan cómica-, Al sur de Granada –con Guillermo Toledo, Verónica Sánchez y la rememoración de Gerald Brenan-, El próximo oriente...
Rivales es la nueva película de Colomo, ahora con guión de dos escritores experimentados y eficaces: Joaquín Oristrell e Inés París. La historia se fundamenta en la pasión más honda, más extendida y, desde luego, más arrebatadora de los españoles: el fútbol. Un deporte que arrastra masas –como ya quisiera hacerlo el cine- y que ha dado lugar recientemente a la aparición de casi un subgénero en la producción española: Días de fútbol, El penalti más largo del mundo... y ahora ésta. El argumento explota, además, la enorme rivalidad existente entre Madrid y Barcelona, con esos épicos enfrentamientos entre sus clubes y, supuestamente, sus respectivas poblaciones. Precisamente, los equipos ¡infantiles! de ambas ciudades tienen que jugar en Sevilla la gran final del campeonato nacional. Los alevines de futbolistas tienen tanta emoción y sufren parecida presión a la de sus modelos profesionales; y no digamos los padres de los niños, todavía más implicados que ellos en un choque tan trascendental, casi más importante incluso que un auténtico Real Madrid-Barça que, por casualidad, se va a jugar la víspera de su partido.
Los padres –y las madres- son, verdaderamente, los protagonistas. Los guionistas conocen mejor el mundo adulto y además saben que Colomo y sus intérpretes sacarán más partido de la caricatura de los mayores; aunque también hay algún chaval que podría ser el retrato de la infancia del protagonista de Psicosis. Pero la narración se plantea como una película de carretera por fascículos: camino de Sevilla se entrecruzan, sin saberlo, los caminos de Guillermo –Ernesto Alterio- y su hijo, los matrimonios que recrean Goya Toledo y Jorge Sanz, y María Pujalte y Gonzalo de Castro, con los suyos, la improbable pareja que forman Xavier y Sara –Santi Millán y  Kira Miró-, con el sociópata infantil antes citado, y algún otro incontrolado, más los dos autocares “oficiales” de los equipos, presididos por sus respectivos entrenadores. El viaje está lleno de sobresaltos; o, por mejor decir, de accidentes que van aumentando en gravedad y truculencia, hasta hacer que todos arriben a la meta en estado bastante lamentable. Claro que eso es sólo el comienzo.
Fernando Colomo conduce con muy buen pulso cada una de las historias convergentes y maneja el reparto –quizá el más coral de toda su carrera- con la solvencia que le da su experiencia: cada personaje tiene su “tempo”, su medida, y el trabajo con los entregados intérpretes hace que los caracteres se vayan desarrollando y ganando entidad de forma que su presencia permanece aún cuando la historia toma otros protagonistas; y cuando los hace coincidir brevemente, como por casualidad, nos permite reconocerlos y entenderlos, preparando con habilidad el momento final del acontecimiento futbolístico. 
Colomo se mueve además con mucha comodidad en ese ambiente de la comedia costumbrista; no en vano lleva, como decía, treinta años haciéndolo. A veces cae más hacia el lado del sentimiento, a veces se inclina más hacia lo bufo, aunque su burla nunca es sangrienta; El director siente simpatía por sus personajes y los mima bastante, por más que parezca que los deja caer en desgracia: siempre habrá un resquicio para la redención. Catalanes y madrileños se ríen en esta historia de sus rivales –por lo menos lo intentan-, pero también de sí mismos. Algún personaje, como la abuela desorbitada que crea Rosa María Sardá, sufre en sus carnes las gracietas anticatalanistas y los asedios sexistas, pero se resarce liquidando la película con un tremebundo chiste en contra del fútbol y el machismo; y todos –niños, padres y entrenadores- se enredan en constantes trifulcas que reparten chichones y esparadrapo por igual, sin vencedores ni vencidos. Y éstos son sólo un par de ejemplos.
La verdad es que aquí no hay héroes sino pobres diablos, y la primera impresión –los títulos de crédito dejan ver a los chavales jugando con afán y a sus mayores, en la grada, insultando concienzudamente y con el más grueso vocabulario a los contrarios y ¡cómo no! al árbitro de turno- se confirma según vamos conociendo más a los protagonistas: son gente del montón, con problemas normales, económicos y familiares, que trasparentan fácilmente su miedo, su egoísmo, sus fobias y sus carencias. Por debajo del argumento futbolero e incluso más que esa disputa regionalista –que también hay que ridiculizarla sin miedo, y Colomo y sus guionistas lo hacen muy bien-, la “rivalidad” que anuncia el título es, sobre todo, la que existe entre las personas: entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre clases sociales y entre contendientes por el poder, el cariño, el sexo o el dinero. Menos mal que, al final, esa mirada comprensiva de Colomo, que sabe que, en definitiva, todos estamos hechos del mismo barro, permite que el divertido encuentro termine sin demasiada sangre y con el marcador en un misericordioso empate.
Los intérpretes:
Fernando Colomo ha dispuesto en esta ocasión de un reparto verdaderamente coral. Sus comedias no suelen ser intimistas, sino más bien expansivas, y siempre cuenta con una amplia batería de personajes; pero aquí todo el plantel de intérpretes juega al mismo nivel y la diferencia entre protagonistas y secundarios se diluye hasta desaparecer. Mérito suyo y de sus actores y actrices, que sacan petróleo –o sea, risas- de las múltiples confrontaciones que los enredan. La Sardá lo borda todo el rato y, a su rebufo, Juanjo Puigcorbé compone un tipo sensacional, melífluo, equívoco y con sorpresita. Claro que para equívocos, Edu y Pepe, los entrenadores de la chavalería, un par demasiado bien avenido para tanta rivalidad, que dibujan con cariño Juan Navarro y Javier Cifrián –un actor revelación “marca Colomo”-, o los cuatro amigos “íntimos” que conforman Jorge y Maribel, y Carlos y María: los dos matrimonios interpretados por Goya Toledo y Jorge Sanz, y María Pujalte y Gonzalo de Castro. Ernesto Alterio nos regala otro de sus impagables “perdedores”, un pobre hombre a trompicones con su exmujer, su beligerante hijo y el resto de circunstancias de su vida; dolorido, siempre perplejo y a pesar de todo animoso, este Guillermo León, representante de cava sin futuro, nos parte el corazón. Y para terminar, mención especial para los dos personajes mejor dibujados y mejor resueltos también: la pareja –suponiendo que lo sean- que forman  Xavier y Sara. Él es Santi Millán, y su Xavier en la pantalla es un neurótico padre de un niño insoportable, un débil de carácter y un muy improbable amante; ella está interpretada por Kira Miró, que no sólo sigue siendo muy guapa, sino que poco a poco va subiendo enteros en su cotización como actriz; es la revelación de la película en el papel de esta chica insegura, acomplejada y violenta. Y que sabe kung-fu: un tiro. (www.rivaleslapelicula.com)

ROBIN HOOD   (16.05.10)
Dir.: Ridley Scott
Pro.: Brian Grazer, Ridley Scott, Russell Crowe.   Gui.: Briam Helgeland
Int.: Russell Crowe, Cate Blanchett, William Hurt  
Las tres primeras películas de Ridley Scott fueron Los duelistas (1978), Alien (79) y Blade Runner (82). Claro, así es muy difícil seguir progresando… Aunque luego ha dirigido, entre otras de menor importancia, Black rain (89), Thelma y Louise (91), Gladiator (2000) y American gangster (2007). En total, 18 películas, un Oscar por Gladiator y otros que no ha ganado pero que ha merecido, incluso más que ése. Una carrera, en fin, de cierta desigualdad en los últimos años. Y tampoco este Robin Hood es su mejor película; seguramente porque ya no va a superar a las primeras.
El guión anduvo rodando una buena temporada hasta que cayó en manos de Brian Grazer, que olvidó inmediatamente el proyecto inicial, centrado en el protagonismo del sheriff de Nottingham, y encargó a Brian Helgeland –L.A. Confidential, Mystic River- la escritura de uno completamente nuevo. La historia arranca en los últimos días del siglo XII, cuando Ricardo Corazón de León vuelve de las cruzadas sin ninguna gloria y, lo que es peor, sin honor. Cruza Francia saqueando aldeas y castillos, sediento todavía de sangre pero más aún de riquezas que llevarse a su trono. En casa lo espera su desconcertada madre Leonor, que contempla las hazañas extraconyugales de su hijo menor, Juan, cuyo último capricho es anular su matrimonio y casarse luego con una sobrina del rey francés, que no sabemos cómo ha llegado hasta allí pero que, por lo que se deja ver, parece bastante más competente que su actual esposa; en la cama, quiero decir. Por otra parte, el inexperto príncipe, que pronto será rey, confía en el taimado secretario Godfrey una alianza con Francia que le reporte tranquilidad y un apoyo ante los rebeldes barones del norte, que se pasan la vida conspirando para conseguir su independencia.
Y ahora me doy cuenta de que todavía no ha salido Robin en la película… Bueno, sí que ha salido. Estaba en Francia, al servicio del rey Ricardo como experto arquero que es, ha cruzado el canal, llegó hasta Londres y se acerca a Nottingham para entregar a sir Walter Loxley la espada de su hijo, muerto en combate. Está de paso, pero allí se encuentra con Lady Marion, una esforzada ama de casa de la época, que le deja fascinado al momento. No es para menos. Retratemos a los personajes: Russell Crowe hace un Robin Longstride muy interesante, una especie de soldado-funcionario con mucho sentido del deber pero con poco entusiasmo; está cansado de guerrear y de ir de un lado para otro, se gana unas perras extras haciendo de vulgar trilero y es un hombre descreído, adusto y reservado, de pocas palabras. Lady Marion es una fascinante Cate Blanchett –¿cuándo no está fascinante?-, decidida, valiente y trabajadora incansable; ella gobierna su casa y sus tierras y ni el malvado sheriff la asusta con sus amenazas y sus proposiciones indecentes.
Ambos se sienten atraídos, aunque ella no quiere aceptarlo y él no se atreve a pensarlo. Además, no pueden; los acontecimientos van a precipitarse, porque Inglaterra entera está viviendo el mayor de los peligros, a punto de una guerra civil y de sufrir paralelamente el ataque del oportunista y desaprensivo rey de Francia. La película, que ha estado aderezada todo el tiempo con trepidantes secuencias de acción, desemboca, para mayor lucimiento de Ridley Scott, en una apoteosis guerrera: una especie de desembarco de Normandía –pero en sentido contrario- que rinde tributo al Soldado Ryan de Spielberg con su descomunal escabechina en la playa.
A lo mejor a Scott se le ha acabado el genio hace unas cuantas películas, pero le sobra oficio y talento visual para contar esta historia, para remontar los momentos de bajón –que los hay- y para minimizar los errores del guión, un tanto excesivo en algunos detalles. Quizá le sobre metraje, pero este “Robin antes de Robin” es interesante, más oscuro y más realista que los anteriores pero con el mismo propósito de tributo al cine de aventuras y más aún al histórico, que es lo que parece que ahora motiva a Ridley Scott.
(www.robinhood-lapelicula.es)

ROBOCOP   (16.02.14)
Dir.: Jose Padilha
Pro.: Marc Abraham, Brad Fischer, Eric Newman   Gui.: Joshua Zetumer
Int.: Joel Kinnaman, Gary Oldman, Michael Keaton
El brasileño Jose Padilha consiguió el reconocimiento internacional con su debut con Tropa de élite (2007), éxito que reafirmó con Tropa de élite 2 (2010); estupendas películas en las que mezclaba documento, denuncia social y acción trepidante. Seguramente por esa destreza ha sido elegido para llevar a la pantalla la revisión de Robocop, la película que lanzó a Paul Verhoeven en 1987 y convirtió al personaje en una de las franquicias de mayor peso del cine moderno. El policía-robot protagonizó dos continuaciones –1990 y 1993-, media docena de series televisivas de distinto calado, otras tantas apariciones en el mercado del vídeo y varios videojuegos.
Esta historia de ahora retoma el argumento y el guion original de Edward Neumeier y Michael Miner, material con el que ha trabajado Joshua Zetumer para tratar de darle un nuevo enfoque. Y en cierta manera, lo ha conseguido: aunque la historia es la misma, hay algunos elementos diferentes y novedosos. De momento, la acción se sitúa, igualmente, en un futuro más o menos próximo. Los Estados Unidos se han convertido en los gendarmes del mundo –ya ves tú qué cosa- y hasta las calles de cualquier ciudad, antes muy peligrosa, de Irán, o del mismo Afganistán, viven una tranquilidad vigilada. Tremendas y muy eficaces máquinas velan por el orden público y cualquier asomo de delincuencia, y no digamos de rebeldía, es sofocado al instante. En cualquier rincón del planeta, excepto en el propio país, donde todavía el elemento humano no ha sido eliminado; a los gobernantes americanos no les parece oportuno sustituir a sus policías por máquinas, aunque estas sean infalibles y aquellos sufran accidentes y asaltos y también tentaciones de manejos turbios y dinero fácil y abundante.
Precisamente persiguiendo uno de esos asuntos, y tras un terrible atentado, el agente Alex Murphy resulta gravemente herido, con tremendas quemaduras en todo el cuerpo y graves amputaciones de miembros. Y es entonces cuando el astuto y cruel Raymond Sellars, que dirige OmniCorp, la más importante empresa de seguridad del mundo, ve su oportunidad. Gracias a los conocimientos del doctor Dennett Norton, sus talleres consiguen salvar la vida de Murphy, aunque sea convirtiéndolo en un nuevo ser, medio máquina, medio humano.
Algo menos de medio, en realidad: el agente Murphy solo conserva una mano, el rostro y los órganos fundamentales: pulmones, corazón y cerebro; se ve que los otros no son tan necesarios. El cerebro, además, no está intacto, sino que se ha rellenado con dispositivos electrónicos capaces de intervenir en caso de urgencia mental, sentimental o moral. Y este es el gran invento. Convertido en un instrumento de la ley prácticamente invulnerable, el policía-robot es capaz de enfrentarse a los malhechores, sobrevivir a golpes y disparos y ser tan rápido, potente y eficaz como una máquina… O quizá no. Con su exoesqueleto de acero, con su aspecto temible –no se comprende cómo su mujer y su hijo pequeño no se desmayan ni huyen al verlo- Robocop todavía piensa. Siente, reflexiona, evalúa… No es el policía perfecto. No lo es en el futuro ni lo es ahora; todos los elementos con los que juega Padilha son perfectamente reconocibles: la televisión-basura, el poder económico, la corrupción política y policial… Este escenario, absolutamente actual, y la forma en que afecta al protagonista, es mucho más interesante que los momentos de pura acción, aunque esta esté, por supuesto, correctamente orquestada y resuelta.
Al principio de la película, como una premonición, hemos contemplado una mano biónica capaz de interpretar una pieza clásica a la guitarra… hasta que la emoción interfiere con la mecánica. Por eso Robocop, como un Frankenstein posmoderno, es un fracaso. Si duda, juzga, se emociona –por primera vez lo vemos llorar-, no sirve para policía: no es obediente, no va a ejecutar desahucios, no va a reprimir manifestantes ni va a disparar a indefensos inmigrantes: un inútil. (https://www.facebook.com/RoboCop)

RUSH   (22.09.13)
Dir.: Ron Howard
Pro.: R.Howard, Brian Grazer, Peter Morgan   Gui.: Peter Morgan
Int.: Daniel Brühl, Chris Hemsworth, Olivia Wilde
En Hollywood, Ron Howard es todo un personaje: actor, productor, guionista y director; y en esta faceta, con más de treinta títulos, entre los que se cuentan Un, dos, tres… splash, Cocoon, Willow, Un horizonte muy lejano, Apolo 13, El Grich, Una mente maravillosa –con la que ganó el Oscar-, El código Da Vinci y Frost contra Nixon. Un buen currículum, en el que hay de todo: comedia, fantasía, drama, acción y también biografía, cuando ha encontrado algún personaje real con la suficiente dosis de aventura y emoción en su vida.
Q
uizá por eso se ha sentido atraído por la figura de Niki Lauda, un deportista fuera de serie, idolatrado en todo el mundo. Mucho ha cambiado el “circo” de la Fórmula 1 desde los años 70, pero es imposible olvidar la figura del piloto austriaco, su impresionante palmarés y sus duelos con el británico James Hunt. Sobre todo a lo largo de la temporada 75-76, que presenció un espectacular codo con codo entre los dos, disputándose carrera a carrera el campeonato del mundo. Su rivalidad había nacido desde que coincidieron, aun muy jóvenes, en los circuitos inferiores, y no hizo más que crecer hasta el terrible accidente de Lauda en Nürburgring, en agosto de 1976, que casi le cuesta la vida.
Con indudable acierto, Howard ha fiado la recreación de los dos campeones a Daniel Brühl y Chris Hemsworth; empezando por su aspecto físico –más fácil el de Hemsworth-Hunt; más complicado, pero muy logrado el de Brühl-Lauda- y completándolo con su carácter y personalidad. Ambos fueron las dos caras del héroe moderno: James Hunt, un playboy atractivo, juerguista impenitente, ansioso de exprimir todo el jugo de la vida; Niki Lauda, un hombre frío, calculador, exigente consigo mismo y con los demás, como persona y como deportista.
Porque su rivalidad –no exenta de mutua admiración- y su dispar sentido de la existencia y la competición se revelan en la película en la indagación de su intimidad: Hunt se casa, casi por capricho, con Suzy Miller una guapísima modelo que, harta de sus excesos, lo abandona por Richard Burton, otro pájaro de cuidado; Hunt, en todo caso, no pareció demasiado afectado. Niki Lauda, por su parte, se casó con Marlene, una joven rica pero formal, que lo ayudó a recuperarse y con la que convivió durante 21 años.
Es un rasgo más del argumento, desarrollado en un estupendo guion de Peter Morgan –autor de Frost contra Nixon y The Queen-, que otorga parecido peso a los dos protagonistas. Es otro logro, porque cada uno es quien es gracias a su oponente. Hunt quiere ganar, ser campeón; pero sobre todo quiere derrotar a Lauda y pasar por encima de él con su velocidad, su destreza y su don de gentes. Lauda también quiere vencer, ser el mejor, que su coche sea superior al de Hunt, que éste no pueda alcanzarlo y que acepte sus reglas del juego. También le gustaría, aunque lo niegue, que la gente lo quisiera tanto como a él.
Hay muy buenas películas sobre las carreras de coches; y esta es una de ellas. No sólo los personajes llenan de verdad y emoción todo el metraje; su universo, el mundo casi enloquecido de la Fórmula 1, los personajes y las intrigas que lo pueblan y, por supuesto, el momento crucial de los coches en la pista, el estruendo de los motores, el humo de las gomas quemándose en el asfalto, la velocidad bajo el sol o en medio de la lluvia…, todo está retratado con pulso excelente, trepidante y espectacular cuando hace falta y profundo y analítico cuando toca.
No hace falta ser muy aficionado, ni conocerse los circuitos, ni los campeones de ahora –además de Fernando Alonso, claro- ni de antes. La película lo explica muy bien, pero interesa, sobre todo, por todo lo demás: la historia humana, la rivalidad, el afán de superación, la pasión por el triunfo y todas sus consecuencias. Y también, que igual es lo más importante, por ofrecer dos horas de entretenimiento sin complejos ni pretensiones. Ron Howard es un artesano y un hombre de cine que rara vez engaña: sus trabajos gustarán más o menos pero no tienen trampa ni cartón. (http://www.rushmovie.com/)