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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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QUEMAR DESPUÉS DE LEER    (12.10.08)  
Dir.: Ethan y Joel Coen
Pro.: Ethan y Joel Coen  Gui.: Ethan y Joel Coen 
Int.: George Clooney, Brad Pitt, Frances McDormand, John Malkovich
Fot. Emmanuel Lubezki   Mús.: Carter Burwell  
Nueva película de los hermanos Coen, muy poquito después de su éxito mundial No es país para viejos. Y ésta es muy distinta de aquélla, porque vuelven al terreno de la comedia, y con sus intérpretes favoritos Frances McDormand –esposa, además, de Joel- y George Clooney, a los que se añaden Brad Pitt –colega de fechorías de este último- y John Malkovich.
Es posible que las películas “serias” de los Coen sean más importantes: Sangre fácil, Muerte entre las flores, Barton Fink, Fargo –desde luego-, El hombre que nunca estuvo allí... Lo que sí tienen en común con las comedias es ese punto de ferocidad, esa tremenda ironía y esa fuerza visual, todo ello marca de la casa. Y un profundo elogio de la estupidez, como expresa George Clooney cuando afirma que ha cerrado su “trilogía de la idiotez” con esta película, tras O  Brother y Crueldad intolerable.
Quemar después de leer, en efecto, está llena de idiotas. La narración se inicia con los apuros de Osbourne Cox, un agente de la CIA en horas bajas. Tan bajas, que realmente lo ponen de patitas en la calle. Cox –primer error- decide vengarse, por el procedimiento de escribir sus memorias, en las que piensa reventar más de un secreto profesional, es decir del espionaje americano y tal. Por qué causas y mediante qué sucesos casuales el disquete con las supuestas confidencias trascendentales va a parar a manos de unos pelanas –2º disparate- que trabajan en un gimnasio, es algo que es mejor dejar en el secreto del sumario. 
Los pelanas del gimnasio son dos: un tonto del bote rematado –un inconmensurable Brad Pitt- y una pobre desesperada de la vida; es decir, que se muere por encontrar novio. El tercer error –de la naturaleza- se produce cuando la empleada del gimnasio se cree que el famoso disquete la va a hacer rica, chantajeando a su dueño o vendiéndoselo a los rusos, eso depende. Y encima, conoce, a través de un programa de citas, al amante de la mujer del funcionario de la CIA. Está claro, ¿no? Los jefes de CIA también son idiotas –eso es reconfortante- pero no tienen un pelo de tontos, y enseguida se dan cuenta de que algo pasa con el disquete y los cinco o seis individuos que andan alrededor.
Da mucho gusto ver a actores tan formidables meterse de lleno en sus papeles y someterse a los caprichos del humor de los Coen. Nada que decir de Frances McDormand, siempre estupenda. Malkovich –como agente de la CIA- no es en realidad el protagonista, pero sobre él se apoya todo el entramado de la historia; es un personaje a su medida y no hay que insistir más. Clooney está hecho un auténtico hortera, en las antípodas de su elegancia habitual, y se ve que lo disfruta. Y Brad Pitt hace de un mascachapas sin cerebro, con un corte de pelo inverosímil y una mirada que te mata... de risa. Ah, también están el estupendo Richard Jenkins –habitual de los Coen- y la glacial Tilda Swinton, que también te mata, pero de miedo; qué señora...
Y eso es casi todo. El resto: el guión, el argumento, la historia, es algo más convencional, más previsible para el ingenio y el genio de Ethan y Joel Coen: es otra historia de perdedores radicales, muy cercanos a otros protagonistas de su obra. Ésta tiene la envoltura de un thriller político –en clave de farsa, claro- ambientado, esta vez, en Washington, cuna de la alta intriga USA; y a la vez es una descomunal caricatura de la sociedad americana –como otras veces-, que parece repleta de paranoicos, aun antes de la crisis económica.
Previsible o no, Quemar después de leer sigue siendo lo que en el fondo pretende: una comedia disparatada, que transmite muy buen rollo entre sus creadores y que hace sonreír al espectador un buen número de veces. La película se pone un poco tramposa para lograrlo, pero ¿no sería hermoso que en la realidad el jefe de la CIA, ante un descacharre semejante, también dijera: “Algo hemos debido hacer mal, seguro... Sólo falta saber qué puede ser”. (www.quemardespuesdeleer.es)

QUE SE MUERAN LOS FEOS   (25.04.10)
Dir. Nacho G. Velilla
Pro. Nacho G. Velilla, Mercedes Gamero   Gui. Nacho G. Velilla, Oriol Capel, Antonio Sánchez, David Sánchez
Int. Javier Cámara, Carmen Machi, Julián López  
Nacho G. Velilla hizo sus primeros trabajos como guionista para la mítica serie Médico de familia; y más modernamente ha sido escritor, productor –y también director de algunos capítulos- de 7 vidas y Aída. Hace un par de años debutó en el cine con Fuera de carta, que triunfó en Málaga y –más o menos- en la taquilla nacional. Con todo ese bagaje, le es posible demostrar que domina los mecanismos del género: de la comedia, quiero decir; si puede ser costumbrista y bastante coral, mejor. 
Ahora repite con Javier Cámara y Carmen Machi, a los que convierte en los antihéroes protagonistas de su indagación: ¿se puede ser feliz siendo feo, cojo... y paleto? Soltero y poco espabilado, además, Eliseo, vive en su granja dedicado a las vacas y a la carnicería del pueblo. Separada y con alguna tara física, Nati se deja caer por allí, buscando cobijo y un poco de aire. Nati se casó con el hermano de Eliseo, más guapo que él pero también bastante más sinvergüenza; por eso ella ahora se arrima a su ex cuñado. Eso sí, con buenas intenciones: sólo para trabajar en el negocio familiar, por la parte que se supone que le toca.
Entre sus complejos y sus vacas, ayudados, es un decir, por el tío Auxilio y por Bertín -Julián López, la revelación del momento-, Eliseo y Nati sobreviven como pueden; sus caminos han vuelto a cruzarse, pero eso no les ayuda a afrontar un futuro que, por más que lo intenten, no parece hecho para ellos. La verdad es que todo el pueblo parece suspendido en el vacío; por lo menos, los vecinos que conocemos: el maestro con aspiraciones literarias y su sacrificada mujer, el cura moderno, la aspirante a madre soltera y el ligón vocacional. Cada uno da vueltas sobre su eje y alrededor de los demás, pero no da la sensación de que ese universo vaya a expandirse mucho ni a cambiar su gravitación particular. Aunque, claro, a lo mejor sí; esa es una de las claves de la buena escritura de comedia, la posibilidad de alterar y desviar el orden del argumento. 
El género, y sobre todo en su vertiente más coral, tiene ilustres precedentes en nuestro cine; en la mente de todos están Azcona y Berlanga, en la cúspide del Olimpo. En la de Nacho G. Velilla también, y se atreve con el formato, en la series de televisión y en sus películas; pero lo que en Fuera de carta era un espacio urbano y cerrado se convierte aquí en un escenario natural campestre, que tiene clara vocación de protagonista, tanto como los propios personajes.
Por desgracia, lo que tiene el guión de buen entramado dramático y narrativo hace aguas por un par de defectos; que son más bien excesos: por un lado, las composiciones habituales de Cámara y Machi tienen tanta personalidad y tanta fuerza que es difícil verlos en papeles diferenciados. Este Eliseo está duramente caracterizado, pero aun así se le ve un poco el cartón; y no digamos la buena de Aída, digo de Nati, que retrata a una señora casi de la familia, de tan conocida.
Y por otra parte, hay algunos momentos de cierto desaliño, tanto en la imagen como en la escritura. El ritmo de la película –cine y televisión no comparten absolutamente el lenguaje- resulta atropellado y deslucido por abusivos subrayados, y los chistes de brocha gorda salpican abundantemente las ocurrencias de los protagonistas; basten como muestras la mayoría de las apariciones de la joven lesbiana o la interminable secuencia final. 
En la parte positiva, sin duda, el esfuerzo de los intérpretes para llevar adelante su trabajo, a pesar de las circunstancias señaladas, de las que son, evidentemente, conscientes. Javier Cámara y Carmen Machi se ponen al tajo y no desdeñan ni asistir al parto de una vaca en la granja; esfuerzo titánico, equiparable al del resto del elenco, que no duda en destrozar concienzudamente el emblemático Eres tú de Mocedades, un icono de la cultura “pop” de este país. Este aire fresco y esta capacidad iconoclasta son lo mejor de la película, por encima de su mensaje bienintencionado de felicidad en el feísmo y la incompetencia manifiesta. (www.quesemueranlosfeos.com)

15 AÑOS Y UN DÍA   (09.06.13)
Dir.: Gracia Querejeta
Pro.: Gerardo Herrero, Mariela Besuievsky   Gui.: Santos Mercero, Gracia Querejeta
Int.:
Maribel Verdú, Tito Valverde, Arón Piper
Hace ya mucho tiempo que Gracia Querejeta dejó ser “la hija de Elías” para adquirir y afirmar una voz propia; se ha ganado la consideración general con una obra sólida y consecuente, que desarrolla su mirada y su escritura sobre cuanto la rodea. Debutó en 1992 con la muy estimable Una estación de paso, a la que siguieron El último viaje de Robert Rylands, basada en una novela de Javier Marías, que gustó –la película- a todo el mundo menos a este; una curiosa serie de documentales dedicados a los ases del fútbol; Cuando vuelvas a mi lado; Héctor –muy aplaudida y premiada-, y Siete mesas de billar francés
Con 15 años y un día, Gracia Querejeta ha conseguido cuatro premios en el pasado Festival de Málaga, incluidas la Biznaga de Oro a la mejor película y la de Plata al mejor guion. El argumento es sencillo, aunque no carente de ambición; de hecho, contiene más de una faceta: crítica social, retrato familiar, apunte amoroso y hasta intriga criminal; pero al igual que en Héctor, toda la historia gira en torno a un adolescente problemático. Y también aquí el entorno doméstico es determinante.
Jon, el chaval protagonista, vive con su madre, Margo, inteligente y voluntariosa pero incapaz de echarse a los hombros la vida de los dos. Ella quiere abrirse camino como actriz, aunque es consciente de que seguramente su momento ya ha pasado. Se organizaría medianamente, a pesar de ello, si no fuera porque Jon no deja de hacer trastadas. La mayor parte no son graves, aunque apunta a dos blancos de consideración: su vecino, un hombre antipático dueño de un perrito todavía peor educado que su amo, y alguno de los profesores y auxiliares del instituto, con los que se lleva bastante mal y a los que hace objeto de sus pullas y sus bromas pesadas.
Cuando su proceder se pasa de la raya, al final, como es lógico, es expulsado del colegio; entonces Margo, desesperada, decide enviar a Jon a un pueblo de la costa, a vivir con su abuelo. Max  es un militar jubilado, inflexible en sus costumbres y no demasiado cariñoso. Acepta tener a su nieto con él, pero a condición de que acate sus normas y no le haga cambiar de vida. Max tiene pocas manías, o eso cree él: no necesita ningún lujo –ni televisor tiene-, come y viste austeramente y su única diversión consiste en su ejercicio mañanero y en mirar de reojo a Aledo, la policía local, si se cruza con ella en ese rato.
El pulso entre abuelo y nieto echa chispas; pero poco a poco irán acercando sus posiciones: Jon se resigna a la vida del pueblo, adquiere alguna disciplina, hace nuevos amigos y comprende y asume los valores que ve en el hombre; y Max, por su parte, recibe una inyección de juventud y recobra parte de una alegría de vivir que ya creía olvidada. Deja de preocuparse –poco- tan solo por él mismo y trata de comprender –otro poco- la situación del chaval. Hasta le busca un profesor para que no pierda del todo el ritmo de los estudios. Claro que el que encuentra más a mano es otro chico, de la misma edad de Jon y, por desgracia, más complicado aun que él. Precisamente a consecuencia de la relación de amistad que surge entre los dos adolescentes, Jon va a vivir los momentos más difíciles y más dramáticos de su existencia.
En ese momento, el argumento enlaza todas las subtramas de la historia: la realidad, tantas veces cruel, de la inmigración, más aun para los jóvenes; el dolor –y también el rencor- de las familias rotas; la resignación cobarde o la fuerza para reencontrar el amor… Y hasta cierto suspense que acompaña a la investigación de un tremendo suceso. Todo está orquestado correctamente y discurre con solvencia hacia la catarsis final. Pero el cine de Gracia Querejeta se ha vuelto frío, algo distante, carente al parecer de la necesaria sensibilidad. Y no por culpa de los intérpretes, que están bien –y sobresaliente Maribel Verdú-, sino quizá por esa intención de tocar distintos temas a la vez que, en vez de sumar y aumentar la emoción, la dispersa y no la deja llegar al espectador. (
http://www.tornasolfilms.com/estrenos/15-anos-y-un-dia)