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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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PÁJAROS DE PAPEL   (14.03.10)
Dir.: Emilio Aragón
Pro.: Emilio Aragón, Mercedes Gamero.   Gui.: Emilio Aragón, Fernando Castets
Int.: Imanol Arias, Lluís Homar, Carmen Machi
Este es el debut de Emilio Aragón como director de cine; ya lo ha sido todo en la pequeña pantalla: payaso, actor, “showman”, músico, productor, empresario… Le faltaba este paso y se ha lanzado a la aventura, tocando todos los registros creativos –hasta la banda sonora es suya- y con un resultado más que estimable. Claro que es una primera obra y vaya por delante que no es perfecta. Pero se nota que está hecha con toda la ilusión del mundo, con muchísimo esfuerzo y con mucho trabajo y tras una larga preparación; suya y de Fernando Castets –habitual colaborador de Campanella- con el que ha coescrito el guión.
La película arranca en el Madrid sitiado de la guerra civil. Por allí anda un esforzado grupo de cómicos, artistas de “varietés”, como se decía entonces, encabezado por dos buenos amigos: el músico Jorge del Pino y el ventrílocuo Enrique Corgo. Jorge actúa por esos pueblos, dejando en casa a la familia; Enrique también, pero familia no tiene, el hombre. Y muy pronto, Jorge tampoco: una bomba se lleva por delante a su mujer y a su hijo, inundando su vida de dolor y desesperación.
Acaba la contienda, y, en la gélida posguerra, los cómicos van y vienen por la dolida geografía española;
se separan, se reencuentran, sobreviven en la penuria, navegan entre el éxito pequeño y la desesperanza tenebrosa y sufren los peligros de unos días hostiles y unas calles sin calor. Jorge y Enrique se reencuentran bajo la tutela de Arturo, otro superviviente, un empresario con malas taquillas pero buena fe. La fe es lo que ha perdido Jorge; y también la pena se le ha disipado y eso le duele más que cuando la sentía. Enrique tampoco se hace ilusiones, y todavía menos Rocío, cupletista en franca decadencia que fía ya más en sus artes amatorias que en las musicales. 
Todos juntos, más un chaval huérfano que se les pega, la joven promesa –una niña inocente de los peligros del momento-, los músicos, el anciano matrimonio con sus perritos danzarines, imitadores, tramoyistas, cantantes… y también un espía; todos forman esa extraña “familia” de artistas desheredados de la fortuna, pero capaces aún de sobreponerse al hambre, a la represión, a los abusos y, si puede ser, hasta a los militares. Son éstos los que han infiltrado a uno de los suyos en la compañía, para vigilar y controlar la vida licenciosa y probablemente conspirativa de los cómicos.
Este coro, un conjunto de formidables actores, constituyen la columna vertebral de la historia; no podía ser de otra manera, y Emilio Aragón ha ejercido de director de orquesta –también la banda sonora tiene números de buenísima factura- para darle a cada uno su partitura, su sitio y también su libertad para crear. En ese aspecto está mejor que en la realización, que le ha quedado un tanto desigual: hay secuencias mucho mejores que otras, en algún momento el ritmo decae y la resolución del relato no es, precisamente, lo más logrado de la película.
Pero la intención es muy buena, y las dos o tres tramas que se entretejen tienen entidad y están convenientemente trazadas: los homenajes y referencias a la profesión –el hábitat natural de Emilio Aragón- son oportunas y sinceras; la vida de los artistas de “varietés”, tan denostada, humillada y censurada; tan sospechosa en la época y en todas las épocas, sale retratada con valentía, realismo y muchísimo amor. Y por último, los personajes protagonistas, este Jorge y este Enrique –magnífico Imanol Arias, majestuoso Lluís Homar- desnudan su vida y su corazón dolorido, su soledad y su amargura, con la mirada, con el gesto, con el tono, hasta con el silencio más elocuente que un discurso.
Entrañable reconstrucción, en suma, de una época y unas gentes, pero también de unos sentimientos: por encima de todos, el del amor por una profesión que pervive para llenar pantallas y escenarios de alegría, imaginación y talento, y por quienes se dedican a ello con toda su voluntad y con la intención de no morir en el intento. A veces se consigue, a veces no.
(www.pajarosdepapel.com)

PARÍS, PARÍS   (12.04.09)
Dir. Christophe Barratier. Pro. Nicolas Mauvernay, Jacques Perrin. Gui. Christophe Barratier, Julien Rappeneau. Int. Gérard Jugnot, Clovis Cornillac, Kad Merad.  
Hace cuatro años, Christophe Barratier alcanzó un éxito mundial con Los chicos del coro. Y ahora trata de reeditarlo, con el mismo protagonista y con esta nueva historia, también con las suficientes dosis de música, nostalgia y apego por sus personajes.
París, mayo de 1936: el bueno de Pigoil –Gérard Jugnot- asiste alborozado al triunfo del Frente Popular y a lo que piensa que va a ser una época de máximo esplendor de “su” teatro: el Chansonnia, el lugar preferido por todo el barrio, siempre lleno de magia, canciones, chicas guapas y un público incondicional. En realidad, Pigoil no es más que un humilde empleado; y pronto, ni eso: los avatares políticos y económicos hacen que el teatro pase a manos del rico y malvado Galapiat y toda la nómina del Chansonnia acaban en el paro. Para colmo, Pigoil pierde la custodia de su hijo y, desesperado, no encuentra más solución que ocupar –por las buenas o por las malas- el teatro y, en compañía de sus amigos Milou y Jacky, convertirse en empresario de variedades y devolver al barrio su local favorito. Con la que está cayendo.
Unas gotitas de suspense aderezan convenientemente el guión, que recorre un París pre-bélico azotado por la inseguridad, las huelgas y la amenaza nazi, de creciente violencia. Pero también lleno de alegría, música, esperanza y amor: dentro y fuera del escenario.

PASSENGERS   (14.01.17)
Director: Morten Tyldum. Intérpretes: Chris Pratt, Jennifer Lawrence, Michael Sheen.
En un futuro quizá no muy lejano, la nave de transporte Avalon cruza el espacio en un viaje de 120 años desde la Tierra hacia un planeta en el que la vida sea posible. A bordo van hibernando 5.000 pasajeros que permitirán la continuidad de la especie humana. Pero un accidente fortuito provoca que una de las cápsulas de hibernación se abra, y Jim Preston, un joven mecánico que busca un futuro mejor, despierte antes de tiempo y se encuentre solo en la inmensa nave. ¿Solo…? En realidad, no tanto.

Morten Tyldum, el director de Headhunters e Imitation game, es el responsable de esta nueva odisea espacial cercana al mito edénico, que cuenta con el carisma de sus intérpretes, un espectacular –como no podía ser por menos- diseño de producción y un depurado estilo narrativo, que va adquiriendo ritmo e intensidad según progresa el relato; sin olvidarse tampoco de aderezar la trama con un oportuno sentido del humor y, por supuesto, con la chispa del amor que salta entre los protagonistas.

PATERSON   (10.12.16)
Dir. Jim Jarmusch. Int. Adam Driver, Golshifteh Farahani, Chasten Harmon
Jim Jarmusch, que no había estado muy activo últimamente –solo dos películas desde Flores rotas (2005): Los límites del control y Solo los amantes sobreviven- se descuelga ahora con otras dos en este año: el documental sobre Iggy Pop y The Stooges, y esta Paterson, que recupera el aroma de gran cine de Extraños en el paraíso, Mystery train o Noche en la tierra. Paterson es una pequeña ciudad de New Jersey, pero, curiosamente, también es el nombre del protagonista, un conductor de autobús aficionado a la poesía y poeta él mismo.
Paterson vive con su mujer, Laura; y cada mañana se despiertan juntos; él se va al trabajo, ella se queda en casa ideando nuevos motivos decorativos para sus muebles, sus cortinas o los “cup-cakes” que prepara, o inventando nuevos platos, o soñando con sus futuras glorias como cantante country. La vida de Paterson es más monótona: coge su autobús, hace siempre el mismo recorrido, escucha y paladea las conversaciones de sus pasajeros, siempre distintas, siempre iguales, para para comer y vuelve a casa por la tarde. Y ya está. Bueno, no: sale a tomar una cerveza después de cenar y aprovecha para pasear a Marvin, un bulldog inglés con ocultas y traviesas intenciones. Y en medio de todo eso, escribe poemas, escribe sin parar.
Una semana, de lunes a domingo, ocupa la película. No es mucho tiempo, pero a la vez es toda una vida: conocemos a Paterson y Laura como si fueran nuestros vecinos. Y es imposible no quererlos. Porque Adam Driver es un actor sensacional –en un personaje maravilloso-, y Golshifteh Farahani no se queda atrás. Y porque la poesía, esa que el protagonista escribe y disfruta y homenajea, empapa todo el metraje de esta obra modélica, una joya en la que cada plano, cada secuencia y cada diálogo es una gozosa lección de cine. Jim Jarmusch en estado puro: un director capaz de extraer de lo más sencillo la más alta cota de complejidad, diversión e inteligencia.

PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA   (29.05.11)
Dir.: Guillaume Canet
Pro.: Alain Attal   Gui.: Guillaume Canet 
Int.: Marion Cotillard, François Cluzet, Benoît Magimel  
Guillaume Canet es un conocido actor francés de 38 años, con más de cuarenta títulos, entre cine y televisión –lo veremos en la nueva versión de La guerra de los botones de Christophe Barratier- y una más corta carrera como director: éste es su tercer largo; con el que ha conseguido, eso sí, un taquillazo en su país: más de cinco millones de franceses han visto esta película.
Max –François Cluzet, extraordinario actor- invita todos los años a sus amigos a pasar dos semanas de vacaciones en su casa de la playa. Aunque en esta ocasión Ludo, quizá uno de los más animados, ha sufrido un grave accidente, los demás, tras algunas apenadas resistencias, y pensando que está bien atendido y que no pueden hacer más por él, deciden seguir adelante con el plan. No es la única ausencia: Marie –Marion Cotillard, la más rutilante estrella del actual cine francés- se ha dejado en París a su último amante, y a Éric y a Antoine, sus novias les acaban de plantar, dejándolos solos y en un desconcierto bastante patético. Son suficientes, sin embargo, para llenar la casa de Max; un espectacular chalet al borde del mar en el que, evidentemente, todos se sienten como si fuera suyo. No en balde Canet ensayó allí con sus actores hasta hacer que se familiarizaran con la casa y todos sus elementos. Ese trabajo, además, permite que un guión bien aprendido explique en pocas secuencias y algunas palabras más la personalidad de cada cual y las relaciones, explícitas o subterráneas, que mantienen entre sí. Todos capitaneados, desde luego, por su anfitrión, un hombre rico y generoso, pero también bastante neurótico, acaparador y, en el fondo, un poco egoísta.
El esquema no es muy original: una decena de personas reunidas, casi encerradas, en un único espacio; no importa el horizonte infinito del mar ni las idas y venidas de los personajes; en realidad, la casa funciona como un escenario único –es casi otro protagonista- y allí sucede lo más importante, en la discreción de las habitaciones –más o menos- o congregados todos en torno a la mesa. Así vamos conociendo la vida de estas personas, de la más alegre a la más dolorosa, pasando por una completa exposición del amor, la soledad, el desconcierto y el temor al futuro, además de la propia amistad, ciertamente, y de sus pruebas; alguna verdaderamente inesperada y hasta incómoda. Que no surge de repente, por arte de magia. Lo mejor de este relato es que los personajes están muy bien construidos, cada uno con su historia detrás, con una evolución que ahora vemos y comprendemos según se desenreda el entramado de situaciones divertidas, apasionadas, conmovedoras o absurdas que se nos muestran. Canet confiesa los rasgos autobiográficos del argumento, pero no hace falta; sus protagonistas –que lo son todos por igual- son tan reconocibles y verdaderos que esta reunión se parece mucho a la que podamos tener cualquiera de nosotros con nuestros propios amigos.
Claro que hace falta encontrar un reparto de excelentes intérpretes que ponga todo eso en la pantalla y lo haga funcionar. Marion Cotillard y François Cluzet; y Benoît Magimel, Jean Dujardin y Gilles Lellouche, y todos los demás, están sencillamente soberbios, calculadamente espontáneos y creíbles; gracias a ellos y a la agilidad de la puesta en escena de su director, la película trasciende su cotidianeidad para adentrarse en el terreno del arte. 
Sí que hay también algún reparo, desde esta misma falta de originalidad inicial –la historia de treintañeros enfrentados al miedo a la vida- hasta la inclusión abrumadora de canciones, recurso expresivo que detesto; quizá también la excesiva duración… Pero no empañan la nota final de esta estupenda película coral, que te interesa y te divierte, y te lleva de la sonrisa a la emoción con las vidas de estos amigos y el retrato de sus aspiraciones, sus dudas, sus certezas y sus engaños: esas pequeñas –y medianas- mentiras que cuentan a los demás y que ellos mismos –y tú y yo- necesitamos creernos para sobrevivir.
(http://pequeñasmentiras-lapelicula.es/)

PERDIDA   (12.10.14)
Dir. David Fincher
Pro.: Arnon Milchan, Reese Witherspoon   Gui.: Gillian Flynn
Int.: Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris
David Fincher posee una de las carreras más notables dentro de la nómina de directores americanos en activo. Películas suyas son las extraordinarias Seven y Zodiac; y también The game, El club de la lucha, El curioso caso de Benjamin Button, La red social y alguna más, todas interesantes cuando menos. El potente cine de Fincher se mueve a menudo en los terrenos del suspense, la ambigüedad y la intriga –policiaca o no-, con evidente afición por los finales sorprendentes. Muchos, y también él mismo, lo han comparado con Alfred Hitchcock, y es imposible negar esa evidencia.
Quizá el genial autor de Vértigo habría filmado su versión de la novela de Gillian Flynn. El argumento, en principio, parece apropiado: Nick y Amy Dunne son un matrimonio normal; han vivido en Nueva York unos años de éxito y relativo lujo, pero ahora las cosas no les van muy bien; han tenido que mudarse a Mississippi y el dinero ya no fluye con la alegría de antes. Nick ha abierto un bar a medias con su hermana y la inteligente y muy atractiva Amy trata de revivir su prestigio como escritora. Quizá haya alguna fisura en su vida en común, ciertamente, pero nada hace presagiar la tragedia que van a vivir justo en su quinto aniversario: de repente, Amy desaparece.
Nick no puede comprender lo sucedido. En la casa hay señales de lucha y todo parece apuntar a un secuestro. Pero nadie pide rescate, y él sabe, además, que no podría pagarlo. Y lo peor es que, cuando la policía local empieza a investigar, aparecen indicios bastante más preocupantes, y la idea de un asesinato comienza a hacerse más y más patente. El hombre empieza a desesperarse y, junto con los padres de Amy, inicia una campaña que trata de llegar a los medios y a la opinión pública en busca de alguna pista del paradero de su mujer.
Por desgracia para Nick, esa opinión pública y, lo que es peor, la de la policía, lo señala cada vez más como el posible culpable de la muerte de Amy. Se encuentran nuevas aparentes evidencias, pero la definitiva es el diario de la joven, donde explica sus desavenencias íntimas, alguna de ellas de extraordinaria gravedad. Y el cerco parece cerrarse sobre Nick, incapaz de demostrar su inocencia bajo el peso de la sospecha; hasta el punto de ser linchado moralmente por la propia sociedad a la que pedía ayuda.
¿Cuál es la verdad? Fincher maneja con habilidad la capacidad perturbadora del hasta ahora modélico guion. La cámara persigue la zozobra y la angustia del protagonista, pero pronto se despliega en diferentes y paralelos puntos de vista: Nick trata de explicarse, pero también oímos la voz de Amy plasmada en su diario, y conocemos la realidad mostrada por las pruebas. Y aun hay otra trama más, que surge de repente y se cruza con el argumento para hacer que salten chispas en cada imagen y que la emoción y la incertidumbre crezcan sin parar.
El mejor Ben Affleck se complementa con una estupenda Rosamund Pike; atención a esta actriz –una belleza rubia que hubiera encantado a Hitchcock-, que harta de lidiar con un buen número de personajes secundarios –hasta ser “chica Bond” en Muere otro día-, está decidida a dar el definitivo paso: cualidades le sobran para ser una estrella. Aquí da la réplica a Affleck con absoluta contundencia. La misma que muestra la película, en progresión continua –como ya apuntaba- hasta llegar a un majestuoso clímax… que por desgracia se diluye, en mi opinión, en un demasiado largo y por demás explicativo epílogo.
Seguramente, es el final que la guionista ha escrito para la película, distinto del de la novela original. En todo caso, quizá sirva también para recuperar el aliento tras una catarata de emociones, oscuras pasiones, verdades ocultas y mentiras brutales que llenan la película y que muestran, en definitiva, la maestría de Fincher para el suspense, su mirada cargada de perversión siempre al borde de la tragedia, siempre agudo observador de la transgresión y el crimen… con o sin castigo. (
http://www.perdidalapelicula.es)

PERDIENDO EL NORTE   (01.03.15)
Dir.: Nacho García Velilla
Pro.: Mercedes Gamero, Nacho G. Velilla   Gui.: Oriol Capel, David S. Olivas, Antonio Sánchez, Nacho G. Velilla
Int.:
Yon González, Julián López, Blanca Suárez
Vente a Alemania, Pepe, decía José Sacristán en 1971. Y con muy parecido fundamento, Nacho G. Velilla –director de Fuera de carta y Que se mueran los feos, y responsable de series como 7 vidas o Aída- traza un relato de emigrantes en apuros; con un humor no tan básico ni tan grosero, pero casi tan superficial como aquel. Hay continuas referencias a la crisis y a los recortes, que obligan a las “jóvenes promesas” protagonistas –un economista y un biólogo- a marcharse a Berlín, donde, según han visto en un reportaje televisivo, atan los perros con… salchichas. De Frankfurt, naturalmente.
Y naturalmente, nada les sale como creían. No saben el idioma, no saben desenvolverse en un medio tan hostil… Y menos mal que acaban cayendo en un redil –léase kebab- completamente llenito de compatriotas, en Kreuzberg, el barrio turco de la capital alemana. Lo más normal: la mujer del dueño, un encargado enloquecido, su hermana y hasta Andrés, un señor mayor que pasaba por allí –José Sacristán, qué casualidad-, todos españoles. Y también casualmente, el reparto lo componen los artistas habituales de García Velilla: Julián López, Javier Cámara, Carmen Machi, Yon González… más Blanca Suárez, que forma con este último la pareja de guapos protagonistas.
De manera que todo entre amigos, y todo en sordina: el guion, que no es muy brillante en los diálogos y carece de rigor en la resolución de las secuencias; las interpretaciones, bastante desiguales –para no cargar las tintas sobre alguno-, y hasta la producción, tan modesta que deja ver las costuras de unos escenarios supuestamente berlineses que no engañan a nadie. En realidad, la película, aun abundando en sus buenas intenciones –ese intento de retrato de la crisis y sus damnificados- deja pasar la oportunidad de profundizar y denunciar tan grave situación; la comedia, si se sabe hacer, también sirve para eso. (
http://perdiendoelnorte.es/)

PHILOMENA   (02.03.14)
Dir.: Stephen Frears
Pro.: Steve Coogan, Gabrielle Tana  Gui.: Steve Coogan, Jeff Pope
Int.: Judy Dench, Steve Coogan, Sophie Kennedy Clark
Como tantos otros grandes del cine británico, Stephen Frears se formó en la televisión; desde finales de los 60 hasta los primeros 80 realizó un buen número –casi 40, en realidad- de capítulos de series y películas para la pequeña pantalla. Y sin abandonarla del todo, ha dirigido cine con enorme éxito desde 1985: Mi hermosa lavandería, Ábrete de orejas, Las amistades peligrosas, Mary Reilly, La camioneta, Hi-Lo Country –con Penélope Cruz iniciando su carrera internacional-, Negocios ocultos, La reina… son solo algunos de sus 23 títulos, importantes y sugerentes casi todos ellos.
También lo es este último: Philomena, escrito, producido y protagonizado por Steve Coogan, personaje polifacético y quizá el actor más interesante y en mejor forma de su generación. Claro que aquí lo que hace es acompañar y ayudar al brillo de su compañera, la maravillosa Judi Dench –nominada al Oscar por este personaje- que da nombre a la película: ella es Philomena Lee, una mujer de setenta años que lleva casi cincuenta sin saber nada de su hijo. Cuando era una adolescente, Philomena se quedó embarazada y fue cruelmente arrojada a la institución –lo más parecido a una cárcel- que las Hermanas del Corazón de Jesús mantenían en Roscrea, en el corazón de la muy católica Irlanda.
Resuenan los ecos de Las hermanas de la Magdalena (Peter Mullan, 2002), otra película que cuenta hechos parecidos. En Roscrea –hasta su clausura en 1970- las monjas maltrataban ferozmente a las chicas que caían en sus manos. Descarriadas, pecadoras y merecedoras de todos los castigos, trabajaban en condiciones espantosas, daban a luz sin ningún auxilio médico –a veces con resultados fatales para madre e hijo- y perdían después los niños, vendidos por sus captoras a familias adineradas y poco escrupulosas.
Desde un ventanuco enrejado de su prisión, Philomena vio cómo se llevaban a su hijo Michel, y su imagen todavía no se le ha borrado. Y ahora, en el tramo final de su vida, quiere buscarlo, saber de él, reconocerlo. Casi por casualidad,
traba conocimiento con Martin Sixsmith, un periodista que, recién despedido de un puesto importante en el Gobierno, busca inspiración para escribir un libro con el suficiente interés humano. Martin, sin mucho convencimiento, decide ayudar a la mujer a encontrar el rastro de su hijo, aunque para ello tengan que atravesar días y kilómetros, e incluso viajar muy lejos y ahondar en secretos y verdades nunca sospechados.
Martin y Philomena son personas muy distintas. Ella es creyente, católica convencida de su culpa –el placer momentáneo y eternamente pecaminoso-; él es agnóstico rozando el ateísmo y educadamente distante –a un paso del cinismo-. Él es un hombre de mundo, inteligente y un punto egoísta; ella es una mujer sencilla, poco cultivada pero de gran corazón. Cuando inician el viaje, con una primera visita a Roscrea, la hostilidad, las mentiras y el desprecio de las monjas enfurecen a Martin, pero dan fuerzas a Philomena para seguir buscando a su hijo. Cuando él descubre que el niño fue entregado a un matrimonio americano, ella no duda en pedirle que la lleve hasta allí.
Formalmente, la película es tanto un relato de viaje –la “road movie” clásica- como una historia “de colegas”, géneros que a menudo se dan juntos y que aquí siguen los cánones establecidos. Según se desarrolla el recorrido, y a la par que van apareciendo personajes y sucediendo acontecimientos, la relación entre los protagonistas se aproxima, se solidifica hasta la cohesión de sentimientos y propósitos. Cuando terminan su viaje y se cierra el círculo de la búsqueda, la amistad ha sustituido a la desconfianza y el destino se rinde a la fuerza de voluntad que no cede ante la hipocresía, la intolerancia, la crueldad y los vaivenes de la vida.
Aunque, naturalmente, la escritura de un guion tan poderoso y certero no deja resquicio a la complacencia ni al sentimentalismo. La historia, como decía, es real; pero aunque no lo fuera, la película seguiría siendo verídica y necesaria: toda una lección. (http://philomenamovie.com/)

PLANES PARA MAÑANA   (21.11.10)
Dir. Juana Macías
Pro. Guillermo Sempere   Gui. Juana Macías, Alberto Bermejo, Juan Moreno
Int. Carme Elías, Goya Toledo, Ana Labordeta, Aura Garrido
Juana Macías es una estupenda y muy elogiada directora de cortometrajes –ganó un Goya con Siete cafés por semana- que ahora se pasa al largo con esta historia: cuatro mujeres se enfrentan al día más crucial de su vida: Antonia debe elegir entre su felicidad y la de su familia; Inés va a decidir si quiere ser madre o no; Marian sabe que va a romper con su opresiva relación; y Mónica, por último, vive el inminente paso a la vida adulta.
Premio en el pasado festival de Málaga para la directora debutante, para la joven Aura Garrido y para el magnífico guión, que sigue en paralelo las horas más dramáticas de las protagonistas hasta hacerlas confluir en su tramo final con un giro narrativo lleno de sentido y emoción. La película parte, como en Amores perros –también coincide con una de sus actrices: Goya Toledo-, de un accidente de coche; pero lo que en la de González Iñárritu es un fundido a negro, aquí se traduce a un encadenado con salida a la esperanza. Aunque sabemos que no es fácil, porque conocemos perfectamente a estas mujeres: son parte de nuestro entorno; están, ellas u otras muy parecidas, en nuestro propio horizonte. Y también los hombres que las acompañan, desdibujados, en segundo término: uno no cuenta, otro está de sobra, otro aparece de repente, con riesgo de desvanecerse, y el más joven es el único que va a caminar al lado, y no detrás, de su pareja.
Por eso son ellas las protagonistas y son cuatro grandes actrices las que dan vida a estas mujeres; de distintas generaciones y clases sociales pero con un mismo afán de superar sus problemas y de romper la malsana rutina, la feroz incomprensión, el miedo a la dicha posible y el agobiante sentido de culpa; formidables interpretaciones al servicio del pulso exquisito, el mimo casi, con el que la directora traza y conduce sus vidas: cuatro personajes en busca de futuro. (www.planesparamañana.com)

PLANET 51   (29.11.09)
Dir.: Jorge Blanco con Javier Abad, Marcos Martínez
Pro.:
Ignacio Pérez Dolset, Guy Collins   Gui.: Joe Stillman  
El estudio español Ilion ha levantado este colosal proyecto, la película más cara de nuestro cine –55 millones de presupuesto, más de 150 en promoción-: una apuesta en el campo de la animación que no tiene nada que envidiar a las grandes producciones internacionales, japonesas o estadounidenses, incluidas las de Dreamworks o Pixar-Disney. De hecho, el argumento y el muy ingenioso guión –de uno de los autores de Shrek- intentan descaradamente jugar en campo contrario y están llenos de guiños y referencias al imaginario americano, desde sus costumbres y escenarios hasta sus propias películas.
La historia cuenta una invasión extraterrestre, pero al revés: un divertido prólogo nos sitúa en un lugar perdido en una galaxia desconocida, en el que sus gentes, unos simpáticos “marcianos” verdes, pequeñitos y con antenas –un jocoso estereotipo- llevan una vida muy parecida a la “terrícola” que conocemos: hasta van al cine a ver películas de “humaníacos” que asaltan su territorio. Y de repente, esa invasión se produce: se aproxima una nave espacial y el capitán astronauta Charles “Chuck” Baker llega con su módulo de aterrizaje terrestre a lo que él cree un planeta deshabitado, y desemboca... en el jardín de una familia que está preparando su barbacoa. 
La impresión y el susto son parecidos por ambas partes: los pacíficos ciudadanos de Glipforg –algo así como la California de los años 50- se sienten invadidos por los “alienígenas”, y el desprevenido Chuck huye espantado y se esconde en el primer sitio que encuentra, que resulta ser el planetario donde trabaja Lem, un espabilado chaval de dieciséis años; Lem tiene todas las características de los chicos de su edad: le gusta la vecinita de enfrente, se siente inseguro e incomprendido, sale con sus amigos... y eso sí, le apasiona la astronomía. 
Chuck y Lem, claro, se hacen amigos... y así empieza la aventura. Juntos tendrán que afrontar el miedo y la incomprensión de los naturales del planeta ante una presencia que imaginan peligrosa y que pone hasta al ejército en su busca y captura. Y por ahí se desarrolla toda una serie de personajes estupendos, muy bien dibujados –en el más amplio sentido del término-: el profesor Kipple, todo cerebro; el general Grawl, todo... uniforme, dispuesto a impedir y resolver cualquier peligro que aceche su planeta; los chavales Skiff, Eckle y Neera, la novieta de Lem; y padres, vecinos y ciudadanos en general: un mundo.
Sin olvidar al pequeño robot Rover y otros animales de compañía, como el delicioso perrito, una especie de “alien”-mascota, que acaba por ser bastante protagonista también. Todo ello ambientado en un planeta tan reconocible que parece diseñado por un maestro del pop. De hecho, éste es el mayor valor de la película: un aspecto visual formidable, basado en elementos geométricos primarios como el círculo y la esfera, en el que todo armoniza en colores, volúmenes y movimiento; personajes, ropas, casas, calles, vehículos y accesorios de todo tipo, con cientos de detalles tan cuidados e imaginativos que darían para muchas más películas.
Desgraciadamente, no parece que vaya a ser posible. La película es exageradamente costosa –no sé si el estudio la va a sobrevivir- y el estreno americano, en 2.600 salas y en las mejores fechas, no ha sido demasiado feliz. El problema puede que consista, precisamente, en el afán de emular a las producciones de la casa. La animación, como ya digo, es excelente; el diseño, magnífico; y sin embargo... La historia resulta algo pueril, con un argumento sólo apto para menores. Está bien resuelto, con su toque de thriller clásico, pero no reserva la mínima sorpresa. Y el evidente homenaje a la América de los 50, sus películas y sus manías –el fantasma de otra “guerra fría” al fondo- acaba por ser redundante, de tan utilizado. Y pelear con los americanos, en su casa y con un género en auge que multiplica la competencia, es complicadísimo. A ver qué pasa aquí, donde la taquilla tampoco da muchas facilidades, que digamos... (www.planet51.es)

POZOS DE AMBICIÓN   (17.02.08)
Esc. y Dir.: Paul Thomas Anderson
Pro.:  Paul Thomas Anderson, Scott Rudin
Int.: Daniel Day-Lewis, Paul Dano, Ciaran Hinds 
Paul Thomas Anderson: 37 años, “enfant terrible” del cine americano, un director extraordinario: es decir, nada corriente. Es el autor de Sidney (su debut en 1996), la película que reunió a Philip Seymour Hoffman, Samuel L. Jackson y Gwyneth Paltrow; Boogie nights, una inmersión en la industria del porno que puso en órbita a Mark Wahlberg y Julianne Moore; Magnolia, ese mosaico de vidas capitaneadas por el mejor Tom Cruise, y Punch-drunk love (Embriagado de amor), una historia alucinada entre Emily Watson y un apabullante Adam Sandler.
Ahora le llega el turno a Daniel Day-Lewis, un actor que sólo trabaja si está muy, muy motivado: sólo ha hecho cuatro películas en los últimos 10 años. Pero esta historia le interesó, y de momento le está dando muy buenos réditos: lo gana todo, incluido, con casi total seguridad, el Oscar próximo. Él es el absoluto protagonista de este argumento, 30 años de la vida de Daniel Plainview, un oscuro y ambicioso minero que, buscando plata a principios del siglo XX, encontró petróleo. Su instinto para los negocios, su intuición y su codicia lo convirtieron en pocos años en un hombre rico y poderoso, pero también prepotente y despiadado.
Mientras sembraba con sus torres petrolíferas las tierras que arrendaba, compraba o sustraía –todo le valía-, Plainview seguía el camino que se había trazado con absoluta determinación: un plan en el que no importaban creencias, familia, amistades ni compromisos; nada que estorbara su enriquecimiento, su expansión y su poder. El personaje es absolutamente monolítico: no retrocede ante nada, aunque tenga que sacrificar a sus trabajadores y hasta a sus seres más cercanos; y, por supuesto, aunque tenga que mentir y humillar sus creencias más íntimas. 
Paul Thomas Anderson, gran creador de personalidades singulares, dibuja con extraordinario vigor –lo que requiere el argumento- el retrato del “petrolero” Plainview, investido de los rasgos, los ademanes y la traza de Daniel Day-Lewis, que está sencillamente magnífico: su creación tiene tanta alma, tan rica es su presencia, que hasta desaparece bajo la apariencia de su personaje. Su gesto, su mirada y su voz son absolutamente fascinantes; está en todas las secuencias de la película, y, casi, casi, en todos los planos; y cuando no está, su imagen sigue viva en la retina y la consciencia del espectador. 
Su personalidad, además, evoluciona al ritmo que marca el guión, que esta vez sigue los cauces tradicionales: hay una estructura muy clara de tres tiempos, con la presentación del protagonista y los elementos que lo definen –su obstinación, su espíritu solitario y egoísta, su apropiación interesada del papel de “padre” y su capacidad de negociador-, el nudo de la acción –desde los primeros pozos a la expansión hacia la distribución y comercio del petróleo-, y la conclusión, a modo de epílogo, en el que historia y personaje se ajustan las cuentas mutuamente.
Es verdad que en esta ocasión Paul Thomas Anderson ha optado por un relato –que parte de la novela Petróleo de Upton Sinclair- con cierto sabor a clasicismo y que remite con su construcción de personajes y ambientes a obras como Gigante –la película de George Stevens- o Ciudadano Kane, historias del hombre emprendedor e implacable que sale de la nada para conseguir el sueño del poder y la riqueza. Pero la personalidad de Anderson imprime un carácter propio a la suya: el argumento tiene ecos de aquéllas pero la potencia visual –casi excesiva- y emotiva de este cine es de su exclusiva propiedad.
Compartida aquí, también es cierto, con el fantástico trabajo de Daniel Day-Lewis: su compenetración es perfecta. Y si la obra pudiera pecar, quizás, de excesivo metraje –algo más de dos horas y media- y de una ligera grieta antes de su resolución, el actor se encarga de que no nos demos cuenta ni de una ni de otra circunstancia con su calidad y con la pasión –y la técnica- que ha puesto en su papel: el soberbio, despiadado y vengativo rey del petróleo.  (www.paramountvantage.com/blood/)

PRECIOUS   (07.02.10)
Dir.: Lee Daniels
Pro.: L.D., Sarah y Gary Siegel-Magness  Gui.: Geoffrey Fletcher
Int.: Gabourey Sidibe, Mo’Nique, Paula Patton  
Lee Daniels ha sido representante de estrellas, fue el productor de Monster’s ball –Oscar en 2002 para Halle Berry- y ha dirigido Shadowboxer en 2005. Precious está basada en la novela Push, de Sapphire, que no he leído; ni pienso hacerlo, de momento. Lo primero porque no espero que me descubra gran cosa, y, sobre todo, porque las películas tienen entidad por sí mismas y así hay que recibirlas y juzgarlas. Fuera polémicas.
Claireece Precious Jones, a la que todo el mundo llama simplemente “Precious”, es cualquier cosa menos preciosa. Tiene dieciséis años, sufre una deforme obesidad y no es muy bonita, la verdad. Además está embarazada. Será su segundo hijo y ambos se deben a su propio padre, que la viola sistemáticamente. Vive en Harlem con su madre, una ex reclusa que la maltrata física y verbalmente con la mayor crueldad. Precious, naturalmente, fracasa en la escuela: todavía está en primaria, apenas lee y escribe y la acaban de expulsar a causa de su embarazo.
La vida no es un camino de rosas para la muchacha, que sueña desesperadamente con el amor, el éxito, la belleza inalcanzable y un futuro distinto al que parece estar destinada. Precious lucha por conseguirlo y gracias a su obstinada voluntad descubre una escuela alternativa, refugio de otras chicas tan desafortunadas como ella. La dirige una joven maestra, la señorita Rain, decididamente volcada en la ayuda y la redención de sus escasas y problemáticas alumnas. Gracias a ella, Precious encuentra un cobijo y un espacio para echar a andar: es decir, para aprender a leer de verdad y a escribir sus primeras líneas.
Lee Daniels ha optado por aligerar un tanto el tremendo dramatismo de la historia, e introduce elementos paralelos a la trama, como esas ensoñaciones de Precious que permiten respirar a la protagonista y al espectador. No me parecen del todo acertadas, como tampoco el ritmo sincopado del montaje con el que arranca la película y que poco a poco, afortunadamente, se va perdiendo en favor de un sentido más sosegado y más profundo, más cinematográfico también, de la narración.
Que tiene, sin duda, otros valores y aciertos indiscutibles. El primero, sus dos protagonistas, madre e hija. Precious vive aplastada por el recuerdo de su padre, un canalla ignorante y sin escrúpulos, y por la presencia de la madre avasalladora y cruel. La chica se siente fea, gorda y despreciable; pero según avanza en su liberación por la influencia de su maestra, el peso materno se va diluyendo. Hasta que reaparece al final del relato, para lamentarse, explicarse e intentar justificarse en un cara a cara con su hija y con la asistente social –una sorprendente Mariah Carey- que lleva el expediente de la joven.
Gabby Sidibe está fenomenal en el papel de Precious, toda sensibilidad y acierto, tanto en su abatimiento dolorido como en su actitud desafiante; todo un logro para una intérprete primeriza. Y Mo’Nique también, una actriz cómica que demuestra un rigor sorprendente y una capacidad dramática de muchísimo calado. Las dos aprovechan estupendamente el magnífico guión –veleidades estilísticas aparte- que se les brinda. Los personajes, casi todos ellos, son poderosos y espectaculares, pero no ocultan que también son verdaderos.
No hace falta ser negra, gorda, fea, analfabeta y malvivir en Harlem; cualquier barrio de nuestras ciudades está lleno de chicas y chicos así; desde nuestras “juanis” hasta aquella enternecedora Rosetta de los hermanos Dardenne. Todos son víctimas de lo mismo, abusos y violencias que hunden sus raíces en la más cruel carencia del ser humano: la ignorancia. Si Precious se salvara, sería por la instrucción y el conocimiento. Si otros niños y jóvenes más cercanos sufren de manera parecida, acudamos al rescate, sin excusas ni descanso, con las armas de la educación y la cultura: Precious grita su mensaje de auxilio desde la pantalla y su grito nace de la auténtica necesidad.
(www.weareallprecious.com)   (17.02.08)  

PRIDE   (22.03.15)
Dir.: Matthew Warchus
Pro.: David Livingstone   Gui.: Stephen Beresford
Int.: Bill Nighy, Imelda Staunton, Dominic West
El cine del Reino Unido nos depara a veces sorpresas como Trainspotting (Danny Boyle, 1996), Full Monty (Peter Cattaneo, 1997) o Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), películas en principio modestas que consiguen un rotundo éxito. Son comedias dramáticas –más o menos- que se sustentan en una realidad social dura protagonizada por gentes instaladas en la crisis. En esa misma línea, Matthew Warchus, el director de Círculo de engaños –la historia de ese triángulo que formaban Nick Nolte, Sharon Stone y Jeff Bridges-, lleva ahora a la pantalla unos hechos reales que sucedieron durante la tremenda huelga de la minería británica contra el thatcherismo en 1984.
A un grupo de activistas del movimiento LGTB londinense se les ocurrió aprovechar la manifestación del “orgullo gay” de ese verano –hace veinte años esas celebraciones no tenían aun la repercusión que han alcanzado en la actualidad-, para hacer una colecta de ayuda a los trabajadores en paro. No consiguieron mucho dinero, pero sí crearon un “comité” relativamente clandestino y decididamente variopinto, que se impuso la tarea de sensibilizar a la población y conseguir nutrir sus arcas con un saldo de cierta importancia. Y después, llevar la recaudación a uno de los lugares más afectados, en pleno corazón de Gales.
La película muestra, una a una y por orden, todas las vicisitudes de tan solidaria acción: la dificultad de la cuestación, los problemas personales de sus promotores, el pintoresco viaje y la espectacular llegada al pueblo. El grupo visitante –homosexuales, lesbianas y algún transexual- provoca un ciclón en la sociedad estrecha y muy machista de la localidad, cuyos habitantes se debaten entre agradecer el gesto a sus benefactores o echarlos del lugar a pedradas. Una disyuntiva melodramática, con feroces partidarios por ambas partes. Afortunadamente, entre las gentes del lugar hay algunos más inteligentes y comprensivos; entre ellos, el influyente Dai, la combativa Hefina y el melancólico Cliff, cuya vida secreta tendrá oportunidad de salir a la luz. Sus intérpretes son, también, un valor seguro de la película: los veteranos Paddy Considine, Imelda Staunton y Billy Nighy, que completan el reparto –exento de estrellas de relumbrón, esto no es Hollywood- junto a un buen número de actores y actrices jóvenes, la mayoría desconocidos pero todos ellos de enorme calidad.
Esta, precisamente, es otra de las señas de identidad de este excelente cine británico; ni Jamie Bell, ni Ewan McGregor eran populares cuando protagonizaron las películas antes citadas; y hoy son artistas reconocidos mundialmente. En realidad, esa apuesta por los nuevos rostros hace que estas obras posean la frescura y la autenticidad de que otras, más ambiciosas, carecen. En el caso de Pride, además, lo importante es el conjunto: es una pieza coral, en la que se enfrentan dos mundos opuestos, el de la capital, aparentemente más abierto y cosmopolita, y el rural, cerrado y más atrasado.
Claro que en ambas sociedades hay mucho que explicar, mucho que descubrir. En el pueblo hay intransigencia, rencor y miedo –a la libertad, sobre todo-; pero también buena voluntad y agradecimiento. Y en la city descubrimos que, bajo una capa de supuesta modernidad, late un profundo odio al diferente, al transgresor, al que se coloca fuera de la norma rígida y convencional. La vida del activista gay, del chaval que descubre su homosexualidad, de las chicas que se quieren, del hombre que se convierte en mujer, no resulta fácil. Sobre todo si no se somete, si se deja ver, si se manifiesta.
Matthew Warchus retrata la Gran Bretaña de 1984, y lo hace con la habilidad de mostrar un escenario y unos personajes que, sin dejar de ser de hace treinta años, permanecen en nuestros días con absoluta actualidad. Puede que algunas cosas hayan cambiado y quizá a veces triunfe –ahora y antes- la solidaridad; pero la película apunta, creo que con acierto, que no hay descanso, que no nos podemos fiar, que no está todo hecho. Ni mucho menos. (http://www.pridemovie.co.uk/)

PRIMOS   (06.02.11)
Dir.: Daniel Sánchez Arévalo
Pro.: José Antonio Félez, Fernando Bovaira  Gui.: Daniel Sánchez Arévalo
Int.: Quim Gutiérrez, Raúl Arévalo, Adrián Lastra…

…y Antonio de la Torre, e Inma Cuesta, y Clara Lago; los primeros son los tres primos que dan título a la película, pero estos últimos también importan. Todos juegan en este tercer largo de Sánchez Arévalo, de dilatada carrera como productor, guionista –sobre todo- y cortometrajista. Debutó en el formato grande con la estupenda Azuloscurocasinegro, a la que siguió la no tan afortunada pero aún más arriesgada Gordos; y ahora se atreve con la comedia, en un cambio de género que no le hace perder sus señas de identidad.
Primos arranca con un plano-secuencia, que es en sí mismo un divertido cortometraje. Hasta los últimos segundos se mantiene en un plano cercano de Quim Gutiérrez, que, trajeado de novio, se lamenta del abandono de su chica. Entre actor y director hay una absoluta complicidad, que extrae de Gutiérrez lo mejor de un intérprete de difícil clasificación: sus maneras, su gesto, hasta su dicción pueden conseguir que lo detestes –en Una hora más en Canarias, por ejemplo- aunque no sea culpa suya, o que lo ames, como en estas películas de Sánchez Arévalo.
Diego, su personaje, se lamenta del doble ridículo que está haciendo; al final –al final de este prólogo-, vemos que sólo le queda el consuelo de sus dos primos, que son a la vez sus mejores amigos: Julián –Raúl Arévalo con chaqué: todo un espectáculo- y José Miguel –Adrián Lastra, un actor forjado en las series televisivas-, que lleva un parche en un ojo como resultado de un accidente bélico que no cuenta por pudor. Los tres, para darse ánimos mutuamente ante la catástrofe, deciden bebérselo todo, primero, y luego coger el cadillac de la boda y marcharse al pueblo, a Cantabria, en donde pasaron los veranos de su adolescencia.
Y los recuerdos les salen al paso; los recuerdos y los personajes que los protagonizaron: allí sigue El Bachi, agarrado a su botella, vigilando inútilmente a su hija Clara, que no anda por buen camino… Y allí está Martina, el amor de juventud, la niña guapísima que enamoraba a Diego, convertida ahora en la joven de belleza serena, madre de un chavalín y contrapunto sensato de todas las locuras pasadas, presentes y futuras.
El relato recorre las andanzas de todos ellos en apenas cuarenta y ocho horas de ajetreo, añoranzas, amores imprevistos pero inevitables y otros trajines que acaban frecuentemente en las frías aguas del puerto. El más asiduo es Julián, empeñado en redimir al Bachi y, de paso, a Clara, mientras José Miguel se empeña en vencer los traumas del niño junto con los propios, y Diego siente que el pasado vuelve, o que no puede ser, o que cualquiera sabe lo que siente, si no lo sabe ni él. Menos mal que también ayuda Martina –Inma Cuesta, otra de las “diplomadas” en televisión, la heroína de Águila roja-, con su aplomo y su irónica seriedad. 
A Sánchez Arévalo, esta vez –como en Azuloscuro…- el guión no se le va de las manos. Claro que, como apuntaba, exige la complicidad del espectador, porque estos personajes y sus intérpretes viven en un universo poético tan personal que necesita ser aceptado y comprendido para poder ser disfrutado. Pero si estás del lado de los creadores, la historia se revela en todas sus dimensiones: no sólo como una comedia costumbrista, ágil y entretenida, sino también como un canto a la vida sencilla –el marco de Comillas se presta como anillo al dedo- y a la amistad, y como un apunte más profundo que habla de la pérdida de la inocencia adolescente, en un trazo de ida y vuelta, y la asunción de la madurez y el compromiso de la vida adulta.
Cualquiera sabe qué será de esta tropa divertida, pelín desastrosa y decididamente entrañable; casi, casi, como todo el mundo. Pero el mismo hecho de que nos lo preguntemos, de que sus vidas nos interesen aún cuando ya se han borrado de la realidad, demuestra el calado, el interés y la sinceridad de la propuesta. Que, además, te hace, todo el rato, pensar y sonreír: algo verdaderamente notable en el panorama actual del cine en España.
(www.primoslapelicula.com)

PROFESOR LAZHAR   (20.05.12)
Dir.: Philippe Falardeau
Pro.: Luc Déry, Kim McCraw   Gui.: Philippe Falardeau
Int.: Mohamed Fellag, Sophie Nélisse, Émilien Néron  
Philippe Falardeau es un director y guionista canadiense, nacido en Quebec en 1968; ha realizado media docena de películas y hasta ahora ninguna, según creo, se había estrenado en España. Profesor Lazhar llega a nuestras pantallas avalada por un aluvión de trofeos: seis Genie de la Academia canadiense –incluidos los de mejor película, director, guión adaptado y actor protagonista-, premios en Locarno, Toronto, Valladolid, Sundance y Rotterdam, y una nominación a los Oscar.
El guión parte de una obra de teatro, cuyo escenario es un colegio de Montreal. Allí sucede la mayor parte de la acción, y allí empieza la narración: un buen día, al comienzo de una jornada que parece normal, la escuela se ve sacudida por la tragedia más insospechada cuando una de las profesoras se ha suicidado en su aula. Tras la conmoción, los alumnos, sus padres y el claustro al completo quedan aturdidos, y no saben bien cómo afrontar la situación. A la desolación y la incertidumbre se une un problema administrativo: el curso está a la mitad y no va a ser fácil encontrar quien sustituya a la maestra desaparecida.
Por suerte, aparece un aspirante a cubrir la vacante: Bachir Lazhar, un maestro de origen argelino, que se ofrece incondicionalmente a trabajar en el colegio. La directora, sorprendida pero aliviada en el fondo, acaba por aceptar y pone a Bachir al frente del aula y de sus asustados alumnos; lo cierto es que tampoco él domina al completo la situación: es un hombre un tanto chapado a la antigua y un profesor de métodos más bien tradicionales. Como es lógico, choca francamente con el estilo mucho más moderno de la escuela y su alumnado; pero poco a poco va cogiendo el tono, y los niños y las niñas se acostumbran también a la manera directa, sincera y animosa del nuevo profesor.
Las películas que se desarrollan en torno al aula forman, desde hace mucho, un auténtico género cinematográfico; hay un montón de referentes ilustres, desde Rebelión en las aulas y El club de los Poetas Muertos hasta Mentes peligrosas y las europeas Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier y La clase, de Laurent Cantet –la más reciente y, sin duda, una de las mejores-. Sin embargo, Profesor Lazhar aporta un grado importante de originalidad. En principio, los chicos son pequeños, de 10 y 11 años, y no plantean conflicto frente a la institución, sino que el problema está en sus cabecitas, confusas por lo sucedido; y otro tanto sucede con el maestro: su relación con los alumnos está presidida por la dedicación y el cariño, pero bajo su apariencia tranquila y ordenada, Lazhar guarda más de un secreto.
La película va desvelando paulatinamente la vida de sus protagonistas, mostrando lo que es preciso de cada cual para que comportamientos, dudas, temores y esperanzas vayan definiéndolos con exactitud: la directora del colegio y su claustro; el profesor de gimnasia y la maestra atraída por Bachir y su aire misterioso; la alumna más brillante, ese chaval angustiado y aquel otro más simplón pero igual de entrañable… Y finalmente, el extraño profesor, casi un extranjero sin apenas recursos, pero que no deja que su pasado arruine su vida y su trabajo cuando ha encontrado su auténtico sentido: ayudar a los chavales a superar su dolor, y enseñarles, más que conocimientos, los valores que pueden conducirles en el futuro.
No hay nada de fábula en esta historia; sólo un trozo de realidad que se muestra de la mano de un grupo de actores inspiradísimos, que no hace falta que sean famosas estrellas de la pantalla, y de unos chavales que son un prodigio de sencillez, espontaneidad y ternura. Una realidad que roza la tragedia pero no está exenta de sentido del humor; que apunta a la cuestión de la inmigración, sus causas políticas y sus desvalimientos; al sentido de la educación y sus absurdos dogmas pedagógicos y –no digamos- afectivos; al dolor por la pérdida y a la posibilidad de su superación… Sin complejos y sin mentiras, con una mirada fresca y estimulante, basada ciertamente en una muy actual problemática social y a la vez rebosante de simpatía y esperanza. (http://www.acontracorrientefilms.com/pelicula/66/profesor-lazhar/)

PROMESAS DEL ESTE   (07.10.07)  
Dir.: David Cronenberg
Pro.: Paul Webster, Robert Lantos   Gui.: Steven Knight 
Int.: Viggo Mortensen, Naomi Watts, Vincent Cassel  
Nueva película de Cronenberg, tras Una historia de violencia (2005) y de nuevo con Viggo Mortensen de protagonista; su anterior obra fue enormemente discutida, aunque nadie le puede negar el sello de su autor. Que se ha manifestado durante toda su carrera con una enorme personalidad que lo convierte en uno de esos directores que no pasan desapercibidos, desde sus inicios con Rabid, Fast company, Scanners y las más conocidas Videodrome y La zona muerta, entre finales de los 70 y los primeros 80, hasta la últimas Inseparables, Naked lunch, Crash, eXistenZ y Spider
Cronenberg suele poner el acento en la búsqueda de los subsuelos de la existencia humana, sea bajo la fórmula del horror o el fantástico o basándose en la más cruda normalidad... aparente. Instintos básicos como el miedo, la pasión, la ambición y, por supuesto, el sexo y la violencia son componentes habituales de los perturbadores argumentos del director canadiense. Y desde luego están presentes en esta película, que retrata un Londres poco conocido pero inequívocamente real.
Hay que ir preparados, porque la primera secuencia ya explicita una tremenda violencia visual, pero sobre todo conceptual, que no hará sino ir en aumento gradualmente. Con enorme sabiduría, Cronenberg hace gravitar todo la historia sobre los hombros castigados de su heroína. Anna es una enfermera de origen ruso, no demasiado afortunada en la vida y sin muchas expectativas de futuro pero llena de determinación cuando se trata de proteger a la recién nacida que le cae entre los brazos, huérfana de otra inmigrante, ésta una pobre chica condenada a la prostitución y a la vida infame y, además, breve.
Paralelamente, pero trágicamente enlazado con este hecho, conocemos la vida interior de la familia, el respetable trabajo en la hostelería, la dedicación patriarcal y todopoderosa, y los turbios manejos y criminales asuntos –todo a la vez- de Semyon, el jefe del clan y de la mafia rusa del contrabando de mujeres en Londres. Semyon dirige con mano férea sus negocios, con la yuda de su hijo Kirill y su hombre de confianza Nikolai. Este es el triángulo de fuerza contra el que Anna, involuntariamente, irá a estrellarse. 
La enfermera trata de obtener algún dato que permita identificar a la niña, pero sólo tiene un cuaderno, indescifrable para ella, encontrado entre las pertenencias de la madre. Casi por casualidad, esto hará que Anna conozca a Semyon y, a través de él, a Nikolai. No hay ninguna concesión, ningún respiro. Anna es absolutamente inocente, bastante hace con sobrevivir y no sabe qué puede acarrearle esta relación. Nikolai es bastante menos inocente -¿cómo puede serlo un matón profesional, de conciencia más terrible aún que su terrible aspecto?- pero igualmente ignorante de su destino. 
El espectador, sin embargo, sí que es consciente de las tramas que se entrecruzan en estas vidas, y que siente caer sobre ellas por el mismo peso de la sangre, la corrupción y el crimen organizado. Todo conduce, con paso cauteloso pero rebosante de maldad, al momento cumbre de la película, una secuencia de tremenda violencia –de nuevo-, de una sequedad brutal y de un realismo que pone –otra vez- los pelos de punta. Y después, para que reconozcamos aún el talento de Cronenberg, la historia da un quiebro y se producen no una sino dos sorpresas que nos llevan hasta el final.  
Fantástico trabajo de los actores, la dolorida Naomi Watts, el expansivo Vincent Cassel, el enigmático y ambivalente Armin Mueller-Stahl que da vida al patriarca Semyon y, desde luego, el contenido y magnífico Viggo Mortensen, en una memorable interpretación llena de pasión, fuerza e inteligencia. Promesas del este es un Cronenberg en estado puro, sin ningún resquicio ni la menor licencia: esta vez no hay ciencia ficción ni fantasía, sino la terrible verdad de una situación que el director denuncia absolutamente sin renunciar a su estilo, su temperamento y su poética personal. (www.promesasdeleste.es)

PROMOCIÓN FANTASMA   (05.02.12)
Dir.: Javier Ruiz Caldera
Pro.: Francisco Sánchez Ortiz, Fernando Bovaira, Simón de Santiago   Gui.: Cristóbal Garrido, Adolfo Valor 
Int.:
Raúl Arévalo, Alexandra Jiménez, Aura Garrido
Segunda película de Javier Ruiz Caldera, el director de Spanish movie (2009), esa caricatura hecha al modo americano pero bastante mejor que muchas de aquéllas. Aquí también hay referentes del cine USA de los 80, desde El club de los cinco (John Hughes, 1985) hasta las ya clásicas películas de fantasmas de Ivan Reitman (1984 y 89), pero sin que personajes y situaciones pierdan su sabor español; a lo que contribuye también la acertada banda sonora, con inclusión de canciones de referencia.
Modesto -un acertadísimo Raúl Arévalo, más actor cada día- es un profesor de instituto de personalidad... delicada. Es un buen chico y, seguro, un buen profesor; pero posee una cualidad extraña, incómoda y casi siempre incomprendida: desde niño, ve muertos. Y eso ha afectado a su carácter y a su curriculum: no dejan de despedirlo de todos los colegios en los que trabaja. Hasta que va a parar a un instituto en el que encuentra a cinco chicos, eternamente repetidores; como que murieron hace veinte años en un incendio en la biblioteca del centro, y allí se han quedado hasta que consigan resolver su "asignatura" pendiente. El bueno de Modesto, que es único que los ve, tratará de ayudarlos, con el beneplácito de la directora -Alexandra Jiménez- y la enemiga del presidente del APA, el desastroso Otegui -Carlos Areces-, que solo busca su expulsión.
Comedia juvenil, sin duda; pero con cierta enjundia argumental que se equilibra entre los dos extremos habituales: la sosería bobalicona o el exceso escatológico, y con un reparto muy bien organizado, compuesto por tres generaciones de intérpretes -Luis Varela, Elena Irureta, Silvia Abril, Joaquín Reyes, Aura Garrido...- que han entendido lo que se traen entre manos y se han puesto a la tarea con entrega y dedicación. El resultado es que se cumple con creces el objetivo propuesto: hacer reir a todos los públicos sin prescindir de la inteligencia y el sentido del humor. (www.promocionfantasma.es/)

PROYECTO DOS   (27.04.08)
Dir.: Guillermo Fernandez Groizard
Pro.: José Antonio Romero   Gui.: Guillermo Fernandez Groizard, Nacho Cabana
Int.: Adriá Collado, Lucía Jiménez
 
Confuso argumento, que trata de un joven científico que sufre desde pequeño episodios de paramnesia, los aparentes recuerdos de situaciones que en realidad son nuevas. Eso no pasaría de ser una curiosidad, casi molesta por su reiteración, pero la cosa se complica cuando parece ser que el protagonista es asesinado en mitad de la calle, pero luego resulta que no... Y su mujer tiene un pasado escondido y un presente nada claro, y ella no es capaz de explicarlo, o a lo mejor sí. Y hay una organización que los quiere matar a todos, empezando por los compañeros de laboratorio del protagonista, que digo yo que qué culpa tienen ellos...
Tampoco el espectador tiene la culpa, que bastante hace con tratar de entender todo el tejemaneje que va y viene de los cerros de Úbeda a las azoteas de Madrid, pasando por Londres a toda velocidad. La película funciona como un thriller –o al menos eso pretende-, pero sin el rigor y la construcción dramática necesarios para una verdadera intriga. Lástima, porque el cine español debe hacer también este tipo de películas... pero debe hacerlas bien.

PUÑOS DE ASFALTO   (17.05.09)
Dir.: Dito Montiel
Pro.: Kevin Misher   Gui.: Dito Montiel, Robert Munic
Int.: Channing Tatum, Terrence Howard, Zulay Henao
Dito Montiel es un neoyorquino de 42 años, de origen latino y de profesión músico, novelista, actor, guionista y director... Su banda de rock-punk se llamaba “Mayor Conflicto”, lo cual que era toda una premonición; pero su debut en la dirección, con la estupenda Memorias de Queens en 2006, auguraba cierto futuro prometedor. En ese reparto estaba ya este chico Channing Tatum –se ve que le tiene cierto interés- pero allí aparecía arropado por Robert Downey Jr. y Shia LaBeouf. Aquí es el protagonista.
Se trata de un tal Shawn MacArthur, un chaval aspirante a huérfano, que llega a Nueva York y se echa a la calle a vender cacharros varios, falsos y de dudosa procedencia. Le va mal, claro, pero llama la atención de Harvey, otro maleante de poca monta, un timador callejero de corto recorrido pero de vista larga para los negocios. Se da cuenta de que a Shawn se le da bien repartir, y no pizzas, precisamente. Como entre los ilustres conocidos de Harvey están los más importantes promotores de peleas clandestinas, le propone al chico participar y repartirse las ganancias.
Hay quien ha dicho que ésta –como Memorias de Queens- es una película de iniciación; a mí me gustaría saber de iniciación a qué, como no sea a la desesperación del espectador, que empieza aquí, es verdad, y va rápidamente en aumento según progresa el argumento. Porque argumento hay; siempre hay uno, menos en las películas de Antonioni, que no hacía falta. Otra cosa es suponer que haya historia, que haya guión y que haya interpretación: la historia es muy floja, la interpretación muy mala y el guión, inexistente.
Claro, que yo he visto la película doblada; pero el doblaje, aunque sea horroroso, suele ser también bastante cercano a su original; y sí, por la cara que se les pone a los protagonistas, es seguro que la V. O. es tan mala como la versión en castellano. Entendámonos: es posible reunir una cantidad mayor de sandeces e hilvanarlas peor aún... pero habría que trabajar mucho, y no creo que merezca la pena. Es más fácil así, con unos personajes de cartón piedra, unas situaciones sin pies ni cabeza y unos diálogos que producen sonrojo.
Del reparto, qué vamos a decir. El chaval Tatum está para ir a la escuela y que le pongan deberes; Terrence Howard, que es un estupendo actor, hace cada vez peores películas y más facilillas, con lo que su naciente prestigio ya es más decreciente que otra cosa; la chavala, que parece la hija mulata de Paloma San Basilio, seguro que es una buena persona, y a Luis Guzmán ya no hay quien le aguante, de tanto parecer y ser malo. Del resto, lo más destacable es que incluya nombres como Janet Paparazzo, Kimelisa Chomba Dunn, John Cenatiempo, Gabrielle Pelucco, Flaco Navaja, Youri Cho, Cung Le y Nina Poon... Una risa.
Pero tampoco todo esto es lo peor. Lo peor es lo que se ve: una serie de peripecias absurdas entrelazadas con brutales peleas a puñetazo limpio entre el protagonista y su rival de turno. Si el boxeo ya es de por sí un espectáculo lamentable –sólo un puntito más divertido que las corridas de toros-, estas exhibiciones de combates sin guantes, sin reglas, sin límites, sin ningún espíritu deportivo; sólo por dinero, por el valor de la fuerza bruta y para deleite de gangsters y millonarios de baja estofa... son sencillamente repugnantes.
Extraer de estos contenidos la menor consecución ética, y no digamos estética, es imposible. Y que esto se presente como cine, como entretenimiento y como opción de ocio para los jóvenes es, como mínimo, lamentable. Dito Montiel ha hecho una película mucho peor que la primera, sin siquiera aquel aparente virtuosismo técnico: ésta es ramplona, sin gracia, reaccionaria y violenta: la peor que he visto este año. Y ya sé que no se debe contar el final; no lo voy a hacer, aunque tenga la tentación, por ver si así va menos gente a verla. Lo que sí diré es que es perfectamente coherente con el resto: da grima. (www.puñosdeasfalto.es)

PURO VICIO   (15.03.15)
Dir.: Paul Thomas Anderson
Pro.: Paul Thomas Anderson, Daniel Lupi, JoAnne Sellar   Gui.: Paul Thomas Anderson
Int.: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherine Waterston
Paul Thomas Anderson –no confundir con Wes Anderson, el magnético director de El Gran Hotel Budapest, ni menos con Paul W. S. Anderson, el marido de Milla Jovovich que se entretiene habitualmente en hacerla enfrentarse a tiro limpio con zombis y mutantes varios- es un realizador californiano que lleva dos décadas creando obras muy personales, muy originales y siempre estimulantes, desde Boogie nights (1997) hasta este Inherent viceVicio natural o Vicio propio, mejor que el título que le han puesto-, pasando por Magnolia (1999), Embriagado de amor (2002), Pozos de ambición (2007) y The master (2012).
Con Puro vicio tampoco va a dejar indiferente a nadie. El guion procede de una novela de Thomas Pynchon, autor muy celebrado como punta de lanza de la narrativa americana posmoderna; seguramente da lo mismo, porque Anderson, si se inspira en él es para devorarlo, digerirlo y transformarlo en cine de imparable impacto. El que tiene su protagonista, un majestuoso Joaquin Phoenix que está en –casi- todos los planos y a través de cuyos ojos se muestra la desorbitada trama. Que empieza con el más clásico esquema de la novela negra: un detective privado recibe la visita de una joven que le encarga buscar a una persona desaparecida.
Claro que a Larry Sportello –“Doc” para los amigos-, la visita de Shasta Fay Hepworth le pilla por sorpresa: no solo porque el hombre está sumergido en las ensoñaciones propias de un colocón considerable –su estado habitual en estos momentos-, sino porque Shasta fue su novia hasta que lo abandonó de buenas a primeras, y reaparece sin previo aviso. Y el encargo también se las trae: su novio actual se ha esfumado, seguramente enterado de que su mujer –la del novio- y su amante –el de ella- piensan matarlo.
Estamos en California, años 70, y la película estalla de color. Pero no es el color de la luz y la alegría, sino el prisma deformante de una atmósfera abrasadora en la que el sol se enturbia con los humos, el polvo blanco y las pastillas para soñar. Y el viaje de “Doc” se puebla con los individuos más variopintos: unos están y otros no, y sus vidas o sus sombras se entrecruzan en un paisaje que se va complicando y desdoblando como si fueran muñecas rusas; a cada paso –titubeante- que el detective da, la historia se hace más densa y más contradictoria.
Y más decadente. Porque “Doc” sabe que su mundo se acaba, que la intriga se termina, que los tipos que tiene delante se esfuman y que, consiga complacer a Shasta o no, su tiempo y sus amores se acabarán también. Lo sabe, pero no le importa: sigue intentando penetrar en la verdad y no le importa sufrir la persecución del desaforado policía, ni los batacazos de las mafias, ni la desilusión de saber que lo que averigua no sirve para nada. El personaje, creado a la medida para Joaquin Phoenix, es una mina y el actor la explota hasta la última veta. Este empecinado detective, siempre en el filo de la exageración –una especie de “El Nota” de El gran Lebowski, pero mucho más colgado-, no descansa un momento ni se da por vencido; y su pelea y su desconcierto corren parejos a los del espectador al tratar de asimilar la catarata de acontecimientos que cruzan por la pantalla.
Pero hay una absoluta coherencia en ello, por más que en algún momento la locura que atraviesa –en más de un sentido- la película, amenace con abrumar y agotar. Porque la propuesta de Anderson, como él mismo dice, consiste en que quien la vea se deje perder entre la avalancha de información sin enredarse en los detalles, y permita que la historia se sienta, aunque no se entienda completamente. Corre un riesgo importante, en una época en que los argumentos predigeridos, las historias previsibles y fácilmente asimilables consiguen éxitos de taquilla que hacen el negocio más rentable; pero apostar por un relato sorprendente, una película un tanto apabullante, sí, pero de estructura y factura brillantísimas, y que te hace sentir, pensar y disfrutar, es algo muy de agradecer: es apostar por el cine. (
http://inherentvicemovie.com/)