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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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O APÓSTOLO   (04.11.12)
Hay cierto interés, al menos en el intento, en esta curiosa aventura española y gallega que se llama O apóstolo. Es una película de animación “stop-motion”; es decir, realizada con muñecos que se desplazan milimétricamente plano a plano para dar la sensación de movimiento: una cosa de mucho mérito. La ha dirigido el debutante Fernando Cortizo, sobre un guion propio. Y ponen voces a los personajes Carlos Blanco, Luis Tosar, Jorge Sanz, Celso Bugallo, Paul Naschy –que murió hace tres años, así que la película debió comenzarse en 2009-, Manuel Manquiña y Geraldine Chaplin.
El apóstol del título debe ser, sin duda, Santiago; aunque en el argumento no está, ni se le espera. El que está todo el tiempo es Ramón, un pobre diablo que se escapa de la cárcel y trata de llegar a una aldea perdida en la que se supone que un compinche ha dejado escondidas unas joyas en la casa de una anciana del lugar. Casi de milagro, consigue llegar al pueblo, pero allí le espera una aventura maquiavélica por la que cruzan el malvado cura, la posadera enigmática, los siniestros vecinos y la inevitable Santa Compaña, esa reunión de almas en pena que recorre las húmedas noches gallegas asustando a los pacíficos transeúntes y llevándose sus almas al limbo. En el mismo en que se encuentra el espectador, porque la historia tiene tan poca gracia y tan poco ritmo, y está escrita con tal desacierto, que aun reconociendo el trabajo y la ilusión puestos en el proyecto solo cabe lamentarse de un resultado tan pobre y aburrido. (
http://www.oapostolo.es/)

ON THE ROAD   (21.04.13)
Dir.: Walter Salles
Pro.: Charles Gillibert, Nathanaël Karmitz, Rebecca Yeldham  Gui.: José Rivera  
Int.: Sam Riley, Garrett Hedlund, Kristen Stewart
El brasileño Walter Salles tiene una carrera interesante y variada, con películas como Estación Central de Brasil –un tremendo documento-, Dark water –su incursión en el cine de terror con la revisión del título original japonés- o Diarios de motocicleta, el viaje del joven Ernesto Guevara atravesando América del Sur. Esta historia itinerante quizá esté en el germen del apasionante proyecto de llevar al cine On the road: Francis Ford Coppola, como productor ejecutivo, ha confiado a Salles –tras seis años de trabajos y titubeos, es verdad- la recreación del particular universo de Jack Kerouac.
En los pasados años 50, Kerouac dinamitó el panorama literario americano con la publicación de On the road, un relato interior, un intenso y apasionado monólogo vital que escandalizó por su libertad narrativa y su muy explícito contenido, a la vez que inauguraba la “Beat Generation” de las letras americanas. El reto de llevar esas páginas a la pantalla era tan potente como la propia expectación levantada por su rodaje y su estreno. Walter Salles y su guionista, José Rivera –el mismo de los Diarios del “Che”- lo han enfrentado con decisión y sin rehuir el riesgo.
El protagonista y narrador de la historia es el aspirante a escritor
Sal Paradise –interpretado por Sam Riley-, que traba amistad con otros jóvenes de Nueva York: el tranquilo Carlo Marx, el atrevido Dean Moriarty y la novia de este, Marylou –Kristen Stewart-, de apenas dieciséis años. Fascinado por la personalidad y los argumentos de Dean, cuando la pareja se traslada a Denver, Sal atraviesa América para encontrarlos; y desde allí, los dos amigos solos o con muy diversas compañías viajan en su viejo coche por todo el mapa: Nueva York, Luisiana, San Francisco, Denver otra vez, Indiana, Missouri, Texas… sin parar hasta llegar a Méjico.  
La carretera, el camino, los acerca o los despide de otros lugares, otras personas: Jane y Terry, Ed y Galatea Dunkle, y el incombustible Old Bull Lee, y Camille, la “otra” mujer de Dean… La amistad entre este y Sam parece indestructible y navega entre el humo de los cigarrillos, la música trepidante, las drogas y el sexo desinhibido, sin complejos ni tabúes. Los dos jóvenes lo comparten todo y viven su aventura a cuatro ruedas, a toda velocidad y sin pensar en el destino.
Dean no tiene más preocupación que su propia existencia, sin huellas ni recuerdos; Sam, por el contrario, vuelca sin cesar en sus pequeñas libretas negras la contabilidad errante, azarosa, vital, exprimiendo el presente en un diario que es una premonición de la obra futura. Después pegará hojas y hojas y quemará su máquina de escribir redactando febril, sin pausa y sin reserva, la memoria de su viaje.
Las imágenes de Walter Salles –a veces repletas de vida, a veces de soledad, como sacadas de un cuadro de Hopper- son fieles a Kerouac, a sus personajes fronterizos y a sus ambientes: su universo en sepia, abrasado por las pasiones, el ritmo de los cuerpos jóvenes, los hipnóticos mundos paralelos y las emociones a flor de piel. Más difícil habría sido reproducir la subversión del estilo, la ruptura de las estructuras narrativas presentes en la obra literaria, que hace de En la carretera una pieza inaugural, única. Por el contrario, la película se desenvuelve en el terreno del relato tradicional; puntuado, eso sí, por la constante voz del narrador –la primera persona en las páginas de la novela- y la evidencia de la mirada elocuente del protagonista sobre cuanto lo rodea.
No lo sabemos mientras los vemos –y además, no importa-, pero en la pantalla está el propio Jack Kerouac, y con él Allen Ginsberg, William S. Burroughs y Neal Cassady con sus amores: su mujer Carolyn y su amante y compañera LuAnne Henderson. Ciertamente, ellas en el papel subsidiario que el autor les asignó: el mundo de On the road es un mundo de hombres y la película también lo muestra así. En cualquier caso, y en ausencia de otra opción más arriesgada, Salles y Rivera han acertado a resolver, con su guion y sus imágenes, un envite de tanta envergadura como dejarnos ver –dentro de lo posible- lo que Kerouac escribió. (http://themadones.us/)

OPERACIÓN ANTHROPOID   (17.12.16)
Director: Sean Ellis. Pro.: Sean Ellis, Mickey Liddell, Pete Shilaimon. Gui.: Sean Ellis, Anthony Frewin. Intérpretes: Jamie Dornan, Cillian Murphy, Toby Jones.
El inglés Sean Ellis toca casi todos los palos: es director, actor, guionista y productor, y ha desarrollado hasta ahora una carrera en la que no huye del realismo social –Metro Manila- pero tampoco de la fantasía psicológica y casi surrealista –The broken, Cashback-. Sin embargo, da ahora un giro para adentrarse en la crónica histórica y relatar, nada menos, el asesinato del general de las SS Reinhard Heydrich, el tristemente famoso “carnicero de Praga”, ideólogo de la “solución final” para los internados en los campos de exterminio nazis.
La “Operación Anthropoid” se llevó a cabo con el acuerdo entre el presidente checo en el exilio y el premier inglés Winston Churchill, y la película comienza con la llegada a tierra del comando compuesto por los suboficiales Jan Kubis y Josef Gabcik, lanzados en paracaídas cerca de la capital. Es diciembre de 1941, y la ocupación alemana tiene a la población sometida a un régimen de terror y mantiene maniatado al gobierno títere impuesto desde el Tercer Reich. Los dos patriotas consiguen, tras alguna escaramuza que demuestra de entrada el peligro de la intentona y la fragilidad de la resistencia, contactar con el núcleo operativo de Praga. Acogidos en un domicilio particular, pronto se articula un programa que permita llevar a cabo el atentado, aun en contra de la opinión de los dirigentes de la clandestinidad checa, temerosos de que la muerte de Heydrich desatara una espiral de represalias.
La secuencia del atentado conforma el clímax de la narración, preparatorio de la larga y trágica parte final. La cámara recorre el escenario con un intento de frialdad objetiva, pero la emoción del momento atraviesa la pantalla: llega el coche de Heydrich, Gabcik intenta disparar pero su fusil se encasquilla; el general y su chófer sacan sus pistolas, la granada que arroja Kubis hace explosión, Heydrich consigue abrir fuego, los atacantes huyen…
A partir de aquí se desarrolla la feroz represalia que los resistentes locales temían, sobre todo desde el momento en que se confirma la muerte del
Obergruppenführer –teniente general, tercero en la línea de mando del Reich- Reinhard Heydrich. Se desencadena una ola de persecuciones que acaba con la detención, tortura y muerte de la familia que había acogido al comando, así como de la práctica totalidad de la cúpula de la resistencia. Y también, tras una delación, con la localización de los autores e instigadores del atentado. Refugiados en la iglesia de San Cirilo, son asediados por el ejército nazi.
Y comienza esa secuencia final, de una crudeza extraordinaria, en la que los guerrilleros resisten hasta la muerte, no sin provocar numerosas bajas entre los asaltantes. Ellis no nos ahorra ningún momento, ningún sufrimiento, entre el estrépito de la nube de balas, granadas y proyectiles de todo calibre, con la escena ensangrentada y la decisión heroica de los comandos de pelear hasta el final y no caer vivos en manos de los alemanes. Es difícil presenciar impávido este apoteósico –y mortal- desenlace, epílogo de una acción suicida desde su inicio, que la Historia ya ha contado pero que Sean Ellis y sus intérpretes llevan a la pantalla con honestidad, rigor y emoción de cine verdadero.

OVIEDO EXPRESS    (04.11.07)  
Dir.: Gonzalo Suárez
Pro.: Juan Gona   Gui.: Gonzalo Suárez 
Int.: Aitana Sánchez-Gijón, Carmelo Gómez, Bárbara Goenaga  
Nueva película de uno de los más originales e inteligentes directores españoles. Un veterano: Gonzalo Suárez, 73 años y una larga carrera con películas muy interesantes como Ditirambo, El extraño caso del Dr. Fausto, Aaoom, Morbo, La regenta (1974), Epílogo, remando al viento, La reina anónima, El detective y la muerte, Mi nombre es sombra... Suárez es también guionista y un formidable novelista, lo que hace que sea capaz como ninguno de acercar cine y literatura hasta casi fundirlos en sus películas.
Ahora lo hace también con esta propuesta que arranca cuando un lujoso tren –“si no hay AVE, que llegue el Oriente-Express”, explica él- lleva a Oviedo a una compañía de teatro que va a representar en el Campoamor una versión de La regenta. El argumento está inspirado en una obra de Stephan Zweig, Angustia, que enlaza poéticamente las peripecias matrimoniales de la esposa del alcalde de Oviedo –en la película- con las de la “regenta” de Clarín. Al mismo tiempo, toda la compañía vive al mismísimo filo de la navaja, psicológicamente hablando, enzarzada en un sinfín de enredos amorosos, megalomanías, alcohol, drogas y música, mucha música, venga o no a cuento.
Ello hace que hasta el aire que se respira en cada fotograma –o que se refleja en espejos, cristales y sombras- exhale un poderoso aroma a falso. Y éste es el tema, y Gonzalo Suárez nos propone numerosas claves, y hasta sus intérpretes lo proclaman: el arte como falsificación. Esto, que está claro desde Magritte y su pipa para acá, resulta todavía sorprendente porque el cine, que está muy cerca y a la vez lejísimos de la realidad, raramente lo ha abordado con tanta franqueza. Suárez, sí; lo ha intentado en más de una ocasión, y se ha ido acercando cada vez más a esta solución, que parece ser definitiva.
La película es la historia de una superchería; de varias y continuas supercherías, verdaderamente. Pero ella misma es una superchería. Es una obra que parte de una novela para encajar en ella otra novela que va a ser forzada, convertida en teatro –con la escenografía más surrealista que se pueda imaginar-, y todo ello filmado, montado y elaborado para la pantalla. No se puede pensar en mayor falsificación de la vida, la naturaleza, la realidad. Pero es una traición voluntaria, asumida y enormemente poética.
Lo demuestra, además, la propia graduación de los personajes y sus escenarios. En el ensayo teatral, los actores gesticulan, sobreactúan, son títeres entre un decorado que se cierne sobre ellos, repleto de ojos ciegos y lenguas mudas; en el otro extremo, Emma, la mujer del alcalde, se debate con toda sobriedad entre el respeto a su marido, las artimañas de su madre y la pasión que despierta en ella el clérigo-donjuan protagonista: esta parte es verdad en la ficción, y sólo exagera cuando más se acerca al melodrama literario original.
Entre ambos extremos, toda la escala cromática que va desde los apuntes documentales del Oviedo contemporáneo –Jorge Sanz en mudo diálogo con la efigie de Woody Allen- a la misma representación mágica de la ciudad, sumida en un ensueño romántico de noches al trasluz, jardines reinventados y fino “orbayu” que cala el alma. Por allí zigzaguean el matrimonio de regidores, las primeras figuras de la compañía –egoístas y desencantados-, el director pretencioso, la joven actriz que quiere prosperar y el actor maduro en tristísima decadencia, y los demás figurantes y tramoyistas... Ah, y la “cronista oficial de la villa”, una periodista sin escrúpulos; para que haya de todo.
La película, por todo esto, no es fácil de ver. Es complicado seguir a Gonzalo Suárez en todo su juego, lleno de altibajos estilísticos y narrativos, cambios de plano, de secuencia, de intención y de estilo, y con un atrevimiento interpretativo de altísimo voltaje. Suárez fuerza a sus actores, los somete, los desnuda psicológica y físicamente y casi, casi, los agota. El espectador también siente el esfuerzo, pero, si es capaz de ponerse a su altura, recibe agradecido las bondades de un espectáculo que no se agota en sí mismo sino que sigue vivo en la retina y en la conciencia mucho después de terminar. (www.gona.es/oviedoexpress/)