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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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NACIDAS PARA SUFRIR   (14.02.10)
Dir.: Miguel Albaladejo
Pro.: Gerardo Herrero, Mariela Bsuievski, Javier López Blanco   Gui.: Miguel Albaladejo
Int.: Petra Martínez, Adriana Ozores, Malena Alterio  
Miguel Albaladejo debutó en 1998 con la estimable La primera noche de mi vida y ésta es su octava película; por medio, títulos como Manolito Gafotas, Ataque verbal, Rencor, Cachorro... Unas son mejores que otras, todas tienen personajes, momentos, asuntos de interés. Y Nacidas para sufrir es la mejor. Los protagonistas de Albaladejo suelen ser mujeres; en Nacidas para sufrir, absolutamente. Una señora mayor, Flora, más buena que el pan, se ha pasado la vida ayudando a sus parientes. Vive en el pueblo y como ha sido soltera todo el tiempo, ha acogido en su casa a sus sobrinas cuando se quedaron huérfanas y en estos últimos tiempos a una tía anciana. La tía se muere, como es obligado, y Flora se queda sola... Bueno, sola del todo, no: Purita vive con ella. Purita es la criada, también es una santa, y trabaja como una bestia: la casa, los huertos, los animales... hasta de chófer de Flora hace, si es necesario.
Para las sobrinas, Purita, aunque sea una santa, no cuenta. La tía Flora se ha quedado sola y lo mejor sería acudir a atenderla y solucionarle el futuro; es decir, llevarla a una residencia, vender lo del pueblo y heredar ahora que todavía tienen la vida por delante. La más convencida es Marta, que, como es monja, debe de ser la más buena de todas. Pero por más que le insisten,  Flora –que es de pueblo pero no tiene un pelo de tonta y está muy puesta en la vida moderna- no se deja convencer. Así es que pone a las sobrinas de patitas en la calle y se dispone a tomar sus propias decisiones.
Dos de los mejores retratos de mujeres de la galería de Albaladejo: Flora y Purita. Petra Martínez y Adriana Ozores realizan a compás un auténtico duelo de “titanas” de la pantalla. Adriana Ozores, que se ha dedicado más últimamente al teatro y la televisión, vuelve al cine por la puerta grande: su Purita es una composición genial: callada, humilde, servicial al máximo... y habilísima manipuladora bajo su caparazón de inocencia. Petra Martínez es, desde hace mucho tiempo, una de nuestras mejores actrices, toda una vida en los escenarios; en estos años también ha hecho televisión y, después de cuarenta de trabajo, fue la revelación de La soledad hace un par de temporadas.
La soledad es, precisamente, el pájaro oscuro que atrapa con sus garras también a este personaje. Flora ha llenado sus días con el cuidado de su tía y la vigilancia del trabajo denodado de Purita. Si deja que despidan a la criada, su vida se hundirá en la nada, condenada a la residencia de ancianos o a las horas eternas sin compañía en la frialdad de su casona vacía. La solución que alcanza es habilidosa, valiente, absolutamente rompedora de tan moderna y, no nos engañemos, un ejemplo más del abuso que su gran corazón comete contra su criada, amiga y rehén. Ella lo ve muy justificado y meritorio: hay personas que no saben ser malas, eso es lo que pasa.
Contra la pareja actúan multitud de fuerzas centrífugas: la codicia de las sobrinas, capitaneadas por la monja; la maledicencia y la envidia del entorno pueblerino, que hasta hace actuar al cura, un tipo tan auténtico que parece de opereta, y la malicia de la familia de Purita –el penúltimo as que Albaladejo guardaba en la manga-, que obliga a Flora a hospedar en su casa a la incómoda madre de su amiga –estupenda también Alfonsa Rosso- y a prodigarle unos cuidados que van poco a poco dinamitando su espacio, su tiempo y su vida entera.
Todavía quedará ingenio para saber cómo la pareja se defiende –o no- de tanta tensión, cómo la bondad se enfrenta al dolor, y viceversa, cómo se deshace un nudo cada vez más apretado. Miguel Albaladejo aporta toda su experiencia en esta clase de guiones y consigue uno modélico, casi perfecto. Sus actrices despliegan sus personajes sin una sola nota discordante, y la película fluye apaciblemente narrando la vida de estas personas sacrificadas y bondadosas... capaces de las mayores atrocidades. (www.nacidasparasufrir.com)

NADA QUE DECLARAR   (10.04.11)
Dir.: Dany Boon
Pro.: Jérôme Seydoux   Gui.: Dany Boon
Int.: Dany Boon, Benoît Poelvoorde, Karin Viard  
Dany Boon lleva quince años como actor y escribe y dirige desde 2004, su debut tras la cámara con La vie de chantier, inédita por estos pagos; luego llegaron La casa de tus sueños (2006) y Bienvenidos al Norte (2008), con la que rompió todos los records en Francia: veinte millones y medio de espectadores. Dany Boon es director, guionista y actor cómico, pero sus argumentos hablan de temas cada vez más serios, que van de los apuros que todos pasamos cuando hacemos obras en casa al racismo y la abominable xenofobia, pasando por la irracional estupidez de los prejuicios regionalistas. Boon sabe de lo que habla: hijo de una jovencita francesa y un argelino exboxeador, ha vivido desde pequeño los sinsabores de esas mismas situaciones que ahora critica, en clave de farsa, en sus películas. Nada que declarar empieza en los últimos días de 1992, vísperas de la eliminación de las aduanas en la Eurozona. La rutinaria actividad en la frontera franco-belga de Courquain-Koorkin –la grafía del nombre depende del lado de la raya en que se esté- empieza a echar humo. Sobre todo porque el policía Ruben Vandervoorde –francófobo por tradición familiar y decisión propia- y el gendarme Mathias Ducatel –con su aire de superioridad y condescendencia- mantienen una relación que si no es de odio mortal se le parece bastante. 
Aunque Mathias no siente especial aversión por sus vecinos, y de hecho está viviendo un estupendo romance –secreto, eso sí- con la joven belga Louise, a Ruben le saca de quicio que los franceses vayan a pasar en breve por delante de sus narices sin que pueda pararlos, molestarlos ni hacerles volver por donde han venido, como es hasta ahora su diversión favorita. A ambos, sin embargo, les une –es un decir- su preocupación por la posible pérdida o cambio del trabajo; y les separa –definitivamente- un pequeño problema sentimental que, cuando se conozca, será una bomba: la novia de Mathias, Louise, no es otra que la hermana pequeña de Vandervoorde. No hace falta explicar que a la absurda aversión xenófoba de Ruben se une un exacerbado machismo que, con la excusa de la protección, considerará a su hermana menor de edad y débil mental, y tratará de impedir semejante pecaminosa relación.
Para terminar de empeorar las cosas, a las autoridades de ambos países se les ocurre que la mejor manera de conservar el orden en la zona fronteriza y a la vez potenciar la tarea común de ambas policías consiste en la creación de una patrulla móvil, compuesta por un elemento de cada lado: como era de esperar, el trabajito recae en Ruben –como “recompensa” por sus exagerados desvelos- y en Mathias, que se ofrece voluntario para tratar de dulcificar a su tremebundo futuro cuñado.
Dany Boon comprende que la peripecia de los dos carabineros patrullando las carreteras en su “bólido” –una tartana desastrosa hasta que un amiguete se lo “tunea” convenientemente- no da para el metraje necesario, y por eso introduce una historia paralela de gangsters de poca monta y otros delincuentes aficionados, que sirven de distracción y relleno. El recurso es peligroso, porque podría dar al traste con la necesaria continuidad del relato principal; pero el director-guionista se las apaña con absoluta solvencia para resolver el escollo, integrando a los protagonistas en este segundo enredo.
El actor Boon está, naturalmente, a sus anchas; secundado por Benoît Poelvoorde -con un papel escrito para él- y el resto de los intérpretes, que se pliegan gustosísimos al sainete. Lo más interesante, sin embargo, sigue siendo esta trama, que abunda en los conflictos que Dany Boon maneja mejor: los personajes en situación límite, los enredos sentimentales y el absurdo de los prejuicios elevados a categoría internacional, como este peligroso y contagioso racismo, desgraciadamente tan actual. Todo ello hilvanado con un guión de trazo grueso cuando hace falta y siempre con una eficacia para el chiste verbal –mejor en versión original- y visual fuera de toda duda.
(www.rienadeclarer.com)

NEBRASKA   (09.02.14)
Dir.: Alexander Payne
Pro.: Albert Berger, Ron Yerxa   Gui.: Bob Nelson
Int.: Bruce Dern, Will Forte, Stacy Keach
Alexander Payne cuenta en su curriculum como guionista con dos Oscar, por Entre copas (2004) y Los descendientes (2011), que también dirigió. Antes había hecho Ciudadana Ruth (1996) y las más celebradas Election (1999) y A propósito de Schmidt (2002). Payne no suele trabajar con primerísimas figuras –Nicholson y Clooney son la excepción-, pero sí con grandísimos intépretes. Para Nebraska, esta historia viajera y crepuscular, ha contado con el extraordinario Bruce Dern, que no por casualidad fue premiado con este papel en el último Festival de Cannes y es muy merecido candidato al Oscar de este año.
Dern es Woody Grant, un anciano borrachín y un tanto demenciado, que está obsesionado con escaparse de casa. En realidad, lo que pretende es llegar a Lincoln, Nebraska, para cobrar un billete supuestamente premiado con un millón de dólares; no hay quien lo convenza de que no se trata más que de un reclamo publicitario, y como no puede conducir, y su mujer no le da dinero para el billete, Woody aprovecha cualquier ocasión para echar a andar carretera adelante... hasta que la policía o su hijo David, alertado por la madre, le dan alcance.
Por fin, compadecido y a la vez resignado, David acepta acompañarlo en su aventura; y los dos emprenden el fatigoso y larguísimo viaje de 1.500 kilómetros entre Montana y Nebraska, desde casi la frontera con Canadá hasta el mismísimo corazón de la América más profunda. Padre e hijo saben que lo que hacen es un disparate, pero ninguno de los dos quiere reconocerlo: David solo aspira a cuidar del anciano, y más de una vez intentará que den media vuelta; y Woody reúne los últimos alientos que le quedan para seguir hacia delante, sin dejar un resquicio a la duda, al cansancio ni mucho menos a la derrota: el billete es suyo, el dinero es suyo y nada le impedirá hacer su voluntad.
Como en todos los grandes relatos de viajes, de La Odisea a Una historia verdadera, de David Lynch –a la que además se asemeja en su carácter declinante- lo importante no es la meta, sino el recorrido. Es improbable que el protagonista consiga su propósito, pero mientras lo intenta, el magnífico guion de Bob Nelson nos permite conocerlo; a él y a su entorno. Porque David y Woody harán una parada en el pueblo natal de este y allí aprovecharán para reunir a toda la familia: hermanos, cuñadas, sobrinos y algún que otro allegado, a los que se suman los amigos casi olvidados; todos llegan al olor del suculento premio, del que imprudentemente el anciano ha alardeado.
El viaje como argumento se le da bien a Alexander Payne, gran retratista de personajes y paisajes. Aquí utiliza una vigorosa y muy adecuada fotografía en blanco y negro que llena de matices de gris carreteras y caminos, campos polvorientos e interiores en claroscuro: la penumbra del bar y sus parroquianos, la calma somnolienta de la casa repleta de parientes; la noche en el pueblo y las figuras que escapan de la luz… Hay una oposición, que llega a ser cómica, de tan brutal, entre la sencillez y la tozuda ingenuidad de Woody, y la rancia y agresiva miseria –sobre todo moral- de las gentes del pueblo.
Pero no hay trazo grueso, sino delicadeza y naturalidad para mostrar el paso de la vida, la persistencia de la memoria –aun en el límite del olvido-,  y el respeto por el pasado que no se conoce y el futuro que no se entiende. David descubre el cariño que tiene a su padre, por encima de las inquietudes cotidianas y del sentido común, y Woody reconoce en su hijo su propia sombra, su fuerza perdida, su herencia. En Nebraska no encontramos los rutilantes viñedos californianos ni las cálidas playas hawaianas; es otra América, pero un idéntico canto a la vida, a las raíces, a la verdadera humanidad y al compromiso con uno mismo y con los demás. Y al amor, que no entiende de pueblos ni de edades. Ni mucho menos de dinero. (
http://www.nebraskamovie.co.uk/)

NEGACIÓN   (22.04.17)
Director: Mick Jackson. Producción: Gary Foster, Russ Krasnoff. Guion: David Hare. Intérpretes: Rachel Weisz, Timothy Spall, Tom Wilkinson.
El británico Mick Jackson es un director de televisión que a veces se pasa a la pantalla grande; cuenta con títulos como Héroes de papel (1989), Borrón y cuenta nueva (1994), Volcán (1997) y, la que le dio más fama, El guardaespaldas (1992), con Whitney Houston y Kevin Costner de protagonistas, y guion de Lawrence Kasdan.
La historia de Negación está basada en los sucesos provocados por el contenido del libro de la escritora americana Deborah Lipstadt –representada en la película por Rachel Weisz-, atacando a ciertos periodistas y supuestos historiadores negacionistas del Holocausto. El relato comienza en 1966, cuando uno de estos, David Irving, famoso columnista y conferenciante admirador de Hitler y del nazismo que contaba con cientos de seguidores, denunció a Lipstadt por difamación. Y ella tuvo que acudir a los tribunales de Inglaterra, a intentar demostrar la verdad de las afirmaciones vertidas en su libro y la falsedad de los argumentos de Irving que, por muy descabellados que fueran,  pretendían sustentarse en hechos y detalles que se tergiversaban, magnificaban u ocultaban a capricho de la hábil dialéctica del iracundo denunciante.
El exterminio sistemático de ciudadanos judíos –y también gitanos, comunistas, homosexuales, discapacitados y prisioneros de guerra-, hombres, mujeres y niños, lo que se conoce comúnmente como el Holocausto provocado por el régimen nazi, es uno de los episodios más terribles y vergonzosos de la historia de la humanidad; sin embargo, a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX se extendieron múltiples formas de negación de lo ocurrido, sobre todo tendentes a minimizar la extensión y las causas del genocidio.
Uno de los líderes de este movimiento en Gran Bretaña fue este David Irving, a quien conocemos de entrada en la película en una de sus charlas-mítines en la que defiende la figura de Hitler como unificador de Europa y ridiculiza a las víctimas ante sus enfervorizados admiradores. Y a pesar de esta falacia y este estilo, es él quien denuncia a la escritora, obligándola así a tener que rebatir ante el juez su disparatado discurso, en vez de al revés; en Inglaterra, la ley obliga al acusado a convencer de su inocencia, algo que el orgullo americano de Lipstadt se resiste a comprender.
Al fin, Deborah llega a Londres y contacta con la comunidad judía y con sus editores, que ponen en marcha la estrategia judicial contratando a un experto abogado, Anthony Julius y, sobre todo, al genial Richard Rampton, un letrado al borde de la jubilación, pero lleno de coraje, de sabiduría y de capacidad para el combate cuerpo a cuerpo. En efecto, la táctica de Rampton, que se niega a utilizar ningún testimonio de los supervivientes y testigos del genocidio –para disgusto de los colectivos judíos y de la propia Lipstadt- a fin de que no puedan ser utilizados ni humillados, se centra en las disparatadas opiniones de Irving, que niega la existencia de las letales cámaras de gas de Auschwitz y atribuye la noción del Holocausto a un complot internacional; y las desmonta una por una, demostrando la verdad contenida en las páginas del libro de la escritora. Pero la vehemencia y el descaro del fanático negacionista son tales, que el juez está a punto de creer en su buena fe y otorgarle el beneficio de la libertad de expresión.
Aunque la película relata unos hechos reales, no son tan conocidos como para que no haya suspense y tensión en lo que es, sobre todo, un thriller judicial realizado por Mick Jackson con el necesario oficio para permitir que luzca el trabajo de los protagonistas: perfecta Rachel Weisz, absolutamente integrada en el personaje de Deborah Lipstadt –con la que trabajó personalmente en su recreación-, y magníficos los antagonistas: Tom Wilkinson como el hábil abogado Rampton y un fascinante Timothy Spall –tantas veces defensor de causas nobles en la pantalla- como el insolente e iluminado extremista David Irving.

NO CONFÍES EN NADIE   (15.02.15)
Dir.: Rowan Joffé
Pro.: Avi Lerner, Liza Marshall, Mark Gill   Gui.: Rowan Joffé
Int.: Nicole Kidman, Colin Firth, Mark Strong
Además de un interesante guionista, autor de 28 semanas después y El americano, Rowan Joffé es hijo de Roland Joffé –un veterano realizador, muy interesante hasta que se le fue la pinza rodando su película de Escrivá de Balaguer- y también director desde 2007, con dos películas para televisión y Brighton Rock (2007), que no se estrenó en España. Para la que nos ocupa ha compuesto el guion a partir de una novela de S.J. Watson y ha vuelto a reunir a Nicole Kidman y Colin Firth, que fueron pareja hace cosa de un año en la dramática Un largo viaje.
Esta también es seria; por lo menos, al principio. Christine es una mujer con un problema muy grave: una especie de amnesia que le hace olvidarlo todo –su vida, su entorno, sus recuerdos- cuando duerme. Cada mañana se levanta con la memoria en blanco. Confusa, asustada, va al baño –desnudo integral trasero, ya que estamos, de una señora que NO es Nicole Kidman- y descubre la pared llena de etiquetas con instrucciones. Y Ben, su marido, le explica –una vez más- la realidad. Después, él se marcha a la oficina y Christine se queda sola.
Siguiendo sus propias indicaciones, encuentra una cámara de vídeo, en la que, ahora lo sabe, graba día tras día sus datos más esenciales, sus tareas cotidianas, sus impresiones. Es como una memoria eventual, que le permite reconocerse y encajarse en la vida. Y antes de que suceda otra cosa, recibe la llamada del doctor Nasch, que dice ser el psiquiatra que la está atendiendo. De esa conversación, Christine extrae algunas conclusiones, además de empezar a entender las causas de su estado. Ben le ha hablado de un tremendo accidente, pero el doctor Nasch parece conocer algo más. Y Christine –ella no lo sabe, pero cada día actúa igual- indaga, trata de entender, de recordar, de abrir una rendija en sus recuerdos.
Es imposible no acordarse –el espectador- de 50 primeras citas, con una Drew Barrymore atacada de la misma especie de amnesia y Adam Sandler en el papel de paciente enamorado. Supongo que no son tan buenos actores como estos, pero esa película era una comedia, que se veía con simpatía en su ligereza, y esta es un drama con suspense, que exprime y angustia a los protagonistas tanto como al que los contempla. En cada giro de guion, en cada peldaño que Christine sube hacia la comprensión de su propia vida, su pasado parece enredarse en múltiples direcciones, sin posibilidad de discernir cuál es la verdadera.
Nada que objetar al relato, ni desde el punto de vista visual ni desde el de la escritura. Los sucesivos amaneceres –Despertares, he aquí otra referencia, como pueda ser, en cierto modo, Memento, la gran película de Christopher Nolan- se despliegan en una estructura narrativa que Joffé, y desde luego Nicole Kidman y un soberbio Colin Firth, manejan a la perfección. Ella, cada vez más rehén de su propia consciencia; él, como el marido de conducta impecable, poseedor de todas las respuestas y de infinita paciencia. Y entre los dos, cerrando un triángulo imposible –al menos, improbable-, el enigmático pero concienzudo psiquiatra.
Todo va tan bien resuelto, que no se dejan ver los agujeros de la trama ni los costurones que los remiendan. Hay incluso un par de goles en clamoroso fuera de juego, que el árbitro no quiso ver. Por eso la historia transcurre con facilidad, sazonada de sobresaltos como mandan los cánones; pero en el último tramo el vehículo se desliza de mala manera, y amenaza con descarrilar. No hay ya nada original en el desenlace; ya no es que encontremos parecidos, es que tras un clímax poco razonable, todo lo que ocurre hasta el final es previsible, un poco ridículo e igual a centenares de películas que hemos visto antes.
Una pena, porque se estropea una buena historia, que naufraga tras haber ido bastante rato navegando viento en popa. (www.deaplaneta.com/no-confies-en-nadie)

NO ES PAÍS PARA VIEJOS    (10.02.08)  
Esc. y Dir.: Ethan y Joel Coen
Pro.: Ethan Coen, Joel Coen, Scott Rudin 
Int.: Josh Brolin, Tommy Lee Jones, Woody Harrelson, Javier Bardem  
Enorme personalidad la de los hermanos Coen, puesta de manifiesto desde su fulgurante debut en 1984 con Sangre fácil. Luego vinieron 12 títulos más, entre ellos Muerte entre las flores, El gran salto, Fargo (2 Oscar y 5 nominaciones más), El gran Lebowski, O brother, Crueldad intolerable, Ladykillers... y ahora ésta, basada en una novela de Cormac McCarthy,  que Scott Rudin había comprado y que a ellos les gustó mucho.
La película cuenta los afanes de un tal Llewelyn Moss, un pobre diablo que un mal día se encuentra, en mitad de la nada, con lo que evidentemente es el desenlace de un tiroteo: coches, furgonetas y unos cuantos muertos. Hasta el aire parece pesar en el paraje desierto. Huele muy mal: a cadáveres... y también a peligro. El mismo sol titubea antes de abrasar el escenario. Y en una de las camionetas, un moribundo sin salvación. Y un cargamento de muchos kilos de droga. Y un maletín con dos millones de dólares.
Moss sabe que el dinero tiene dueño, pero se lo lleva de todas maneras. Y pone en marcha un tremendo mecanismo de persecución a muerte que empieza como un billar a tres bandas y se va convirtiendo en un tapete americano que va enviando las bolas a las troneras: es decir, los muertos al hoyo. A Moss lo persiguen los dueños de la pasta, el sheriff Bell y el asesino profesional Anton Chigurh. Y además anda por medio otro vaquero con muy malas intenciones: Carson Wells, el personaje que borda Woody Harrelson, y que es de verdad un secundario.
Bardem, no. Su asesino psicópata es en realidad el protagonista de la historia. Él es el dueño de la narración, desde la secuencia inicial, en la que disfruta de su primera oportunidad de lucimiento. A partir de ahí, su presencia gravita sobre la pantalla, aún en los momentos en que seguimos a otros personajes. Chigurh está en todos los recovecos de la película: el sheriff persigue su sombra, el matón Wells se encuentra con ella, y Chigurh olfatea el rastro de sangre y de miedo y, sembrando de cadáveres su camino, no pierde el rastro de Moss, de la mujer de Moss, de la madre de ésta –una bruja- y de cuantos objetivos le imponga su irrenunciable y diabólica ética profesional.
Javier Bardem está sensacional. No porque su personaje tenga una especial dificultad; hay cientos de papeles así y de mayor complejidad. Es, desde luego, por su creación personal, su dotación artística de los matices, las señas particulares de la que dota al diabólico asesino. Es su peinado, que podría ser ridículo y resulta espantoso; es su gesto, con una sobriedad mecánica que paraliza; es su mirada y es su voz, su modulación cambiante, sugerente, siniestra, apabullante, terrible. Lo que quiere decir que el personaje no está completo sino en la versión original en inglés, qué le vamos a hacer.
Como Chigurh es el protagonista, los demás pivotan en su órbita. El pobre perdedor que se debate entre la posibilidad de la vida resuelta y el siniestro total. Y el sheriff Bell, que acerca a la jubilación tediosa después de toda una existencia rutinaria, siguiendo la tradición familiar y sin más fe en la ley y la justicia que cuando la empezó: la misma si acaso, o un poco menos. 
No hay mucha alegría, la verdad, en la vida de estos personajes; no la hay en los parajes desolados que atraviesan, desde la inhóspita frontera mejicana a las tristes habitaciones donde la sangre se derrama. Este relato no es divertido, aunque de pronto asome el feroz sentido del humor que los Coen nunca pierden.
Parece que han seguido muy fielmente, en la escritura de la película –la fílmica también-, el original de McCarthy, su ascetismo narrativo, su lenguaje despojado, sus silencios, su ensimismamiento. Tampoco importa mucho: lo importante es que todo eso y lo demás, los elementos cinematográficos que los Coen manejan con sabiduría, les han permitido crear esta estupenda película, original, un poco a contracorriente –no todo el mundo la va a entender ni a disfrutar- violenta, pero también adornada de la poética crepuscular de los viejos relatos de oscuros escenarios, sólo iluminados, como dice el sheriff Bell, por las hogueras que encienden la noche. (www.nocountryforoldmen.co.uk/intl/es/)

NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS   (25.09.11)
Dir.: Enrique Urbizu
Pro.: Álvaro Augustín, Gonzalo Salazar-Simpson   Gui.: Enrique Urbizu, Michel Gaztambide
Int.: José Coronado, Helena Miquel, Juan José Artero
Octava película de Enrique Urbizu, un director que no se prodiga mucho –hace 8 años de La vida mancha, su anterior título- porque pretende hacer sólo el cine que le interesa: los buenos argumentos –originales o adaptados-, los personajes con fuerza y vida propia. Su carrera ha ido de la comedia, cada vez más feroz, al thriller, cada vez más negro. Eso que asomaba ya en La caja 507, y que llega ahora a una espléndida culminación del género conjugando la gran interpretación de su actor favorito, José Coronado, con unas imágenes de impacto y un guión tan certero y tan cercano que parece una crónica bien documentada y actualísima.
A Coronado, Urbizu le ha regalado este personaje: Santos Trinidad, un policía desencantado, alcoholizado y violento. Como cada día, Santos se toma la última copa cuando lo echan del bar; todavía deambula dando traspiés en la noche hasta que se ve atraído por la luz y la música del único local que ve abierto: un club de alterne regido por colombianos de peligroso aspecto y peor conducta. Hace falta muy poco para encender la chispa que lo hará saltar todo por los aires y la madrugada se tiñe de pólvora y sangre. Un desastre, pero Santos todavía tendrá reflejos para intentar borrar sus huellas y tratar de olvidarse. Sólo un pero: hay un involuntario espectador de lo sucedido.
La juez Chacón, encargada del sumario, y el policía Leiva empiezan a tirar del hilo que lleva a la madeja del caso; por el otro extremo, Santos trata de encontrar al testigo de su fechoría. En realidad, de la actividad oficial del protagonista sabemos poco. Ha pertenecido a los cuerpos especiales de intervención, ha trabajado en Colombia –hasta que un oscuro acontecimiento lo ha hecho regresar- y ahora se ocupa de casos de mujeres desaparecidas, siguiendo rutinariamente el procedimiento.
Lo que sí está claro que quiere hacer es escapar de su responsabilidad. Aunque poco a poco, el hilo se ha ido tensando y el trabajo de Leiva concluirá por llevar a Santos ante la juez. Es uno de los momentos cumbre de la película, cuando los dos antagonistas se sientan a ambos lados de la mesa y la escena tiene el mejor aroma del cine policíaco, ése que remite a De Niro y Pacino comiéndose el plano en Heat; como en la película de Michael Mann, sus caminos han ido convergiendo hasta su confrontación cara a cara. Pero para esos momentos, Santos ha dejado de ser una liebre para convertirse en un depredador, que sigue el rastro de una pieza más importante. 
José Coronado y Helena Miquel son los ejes de la historia. Ella se enfrenta a su primer papel importante, y está perfecta: es la cara de la ley y la justicia, en un escenario en que los guardianes de la primera la traicionan y la segunda depende de la mano de un ejecutor. Y Coronado borda su personaje, creado desde su espectacular caracterización y resuelto en gestos, miradas, voz y cuerpo de absoluta veracidad, ferozmente contenido hasta la explosión de la violencia. Urbizu y Gaztambide le han escrito un papel que es un homenaje, y él lo asume y lo resuelve a la perfección.
No es el único acierto del guión. La escritura de la película desarrolla esa crónica de la España de hoy que ahonda en las zonas más negras y prohibidas: el mundo de la delincuencia organizada, la prostitución, las drogas y, finalmente, el peligro del islamismo radical. El eco del 11-M se deja oír con toda claridad y la película escarba en los planes y los movimientos de una célula terrorista que prepara un atentado similar. Urbizu se asoma con valentía a tan dolorosa cuestión, sin escatimar ningún detalle y sin el menor asomo de manipulación.
No es un relato moral, sino un retrato que huye del blanco y negro para plasmar con una paleta de infinitos tonos de gris la vida de unos personajes que no amamos pero que nos subyugan por su verdad y nos emocionan por la tensión que se desprende de la pantalla, creciente minuto a minuto, sin descanso ni caídas hasta la conclusión necesaria y convincente. (www.nohabrapaz.com/)

NO TENGAS MIEDO   (01.05.11)
Dir.: Montxo Armendáriz
Pro.: Puy Oria   Gui.: Montxo Armendáriz, sobre un argumento de Montxo Armendáriz y Mª Laura Gargarella
Int.: Michelle Jenner, Lluís Homar, Belén Rueda.
 
Se ha hecho esperar la nueva película de Montxo Armendáriz: seis largos años desde Obaba. Claro que el director navarro no se prodiga nunca mucho; tan sólo ha hecho 8 películas entre Tasio (1984) y ésta. Eso sí, todas interesantes y algunas francamente magistrales: 27 horas, Las cartas de Alou, Historias del Kronen, Secretos del corazón, Silencio roto
Armendáriz suele plantear en sus argumentos la indagación de la verdad, la ruptura de muros de apariencias y de sombras de engaños, la liberación del peso de culpas y secretos, a veces gozosa, a veces imposible. No tengas miedo es, seguramente, su película más difícil, más dolorosa y también más decidida y más valiente. Habla de una situación, de un hecho sumamente penoso y complicado; quizá el más sombrío, el más oculto y el más dañino que las personas se puedan provocar.
Silvia es una nena de seis o siete años. Va al colegio, se divierte con sus amiguitos, regresa a casa con sus padres. Su madre anda por ahí, pero su padre está con ella, juega con ella… Algunos juegos Silvia no los entiende bien, pero su padre le dice: “No tengas miedo”… Y ella confía y cierra los ojos. Y su madre también cierra los ojos, aunque de otra manera, cuando ve a Silvia practicando con sus muñecos juegos imposibles, increíbles, insoportables.
Y pasa el tiempo sobre la familia; algunas cosas cambian, otras no. Silvia es una muchacha retraída, roza la anorexia, tiene problemas para relacionarse y sólo encuentra refugio en la música de su inseparable violonchelo y en la compañía de su amiga Maite; crecen juntas y se conocen mejor que nadie, pero sus vidas no son iguales. El problema de Silvia no lo cura la amistad, ni la terapia psicológica ni, por supuesto, la ignorancia culpable y la cómoda ausencia de la madre. El problema sigue en casa, agazapado en la oscuridad de su habitación, disfrazado de cariño, escondido ante el mundo bajo capas de soledad, miedo y resignación.
Montxo Armendáriz se acerca a la vida de Silvia, a la vida de tantas mujeres, tantas niñas y niños que sufren los abusos sexuales –llamémoslo ya por su nombre- a manos de los adultos, generalmente los más cercanos, a veces en el mismo seno familiar. Coloca el objetivo junto a la muchacha, la sigue cámara en mano en largos planos-secuencia, penetra en su atmósfera atormentada y luego elude con estudiadas y dramáticas elipsis los momentos más duros, así como los tiempos que jalonan la evolución de la protagonista.
El espectador recompone fácilmente esos tiempos en su retina, a la vez que asimila el dolor, el horror y la pelea de la joven por recuperar su integridad, su estima y su libertad. El relato se jalona, además, con insertos de declaraciones de personas que han vivido casos semejantes; adultos que apenas pueden olvidar y perdonar –incluso a sí mismos- una niñez o una juventud marcada por la manipulación y la humillación. Pero no perdemos de vista a Silvia, al contrario: todo se ensambla perfectamente en su historia, consiguiendo una progresión narrativa y dramática que parece no encontrar la luz final. 
Michelle Jenner –junto con las niñas Irene Cervantes e Irantzu Erro- da vida a la protagonista, en un trabajo arriesgadísimo que resuelve a la perfección. Y otro tanto cabría decir de Lluís Homar –hay que alabar su valentía y su esfuerzo para cargar con el papel más desagradecido de su historia- y Belén Rueda, seguramente en su mejor interpretación hasta la fecha. Todos se pliegan a la intensidad del relato, pero también a la elegancia y al respeto que Armendáriz ha sabido mostrar en ese tono documental con tan formidable poder de sugerencia que evita el morbo y la vulgaridad. No se puede frivolizar con sus imágenes porque esta película es más que una película; es una denuncia y una crónica de unos hechos que nunca, nunca, deberían suceder. (www.notengasmiedolapelicula.com/)

NUESTRO ÚLTIMO VERANO EN ESCOCIA   (31.05.15)
Dir.: Andy Hamilton, Guy Jenkin
Pro.: David M. Thompson, Dan Winch   Gui.: Andy Hamilton, Guy Jenkin
Int.: Rosamund Pike, David Tennant, Billy Connolly
La familia McLeod se dispone a ir de vacaciones. Quizá decir familia sea mucho decir: el matrimonio de Doug y Abi está prácticamente liquidado, apenas se hablan y sus abogados preparan los documentos del divorcio. Los tres hijos, todavía pequeños, no son muy conscientes del drama, aunque advierten que sus padres discuten mucho, dicen palabrotas y mienten a menudo. Pero tienen ilusión por ir a Escocia a ver al abuelo Gordy, disfrutar del campo y bañarse en el helado Mar del Norte.
Así empieza la película de
Andy Hamilton y Guy Jenkin; autores que, juntos o por separado, han escrito, producido y realizado series y películas para la televisión británica desde hace treinta años; experiencia no les falta. Nuestro último verano en Escocia tiene, precisamente, ese aire lleno de eficacia y precisión de los mejores títulos de las pantallas –pequeña y grande- de aquellas latitudes. Lo que incluye los argumentos cotidianos, los paisajes reconocibles y los personajes cercanos y verdaderos. Envueltos, si es posible, con un toque de comedia que lo hace todo más atractivo, pero sin caer en el tópico ni en la facilidad.
Así que los McLeod –papás y niños- llegan al pueblo, a la gran casa del abuelo. El viaje no es muy fácil; y además,
con el anciano Gordy viven el hermano de Doug, Gavin, y su mujer; y eso tampoco anima mucho: Gavin es un nuevo rico, pretencioso y bastante ridículo, ansioso de mostrar sus cualidades financieras y su éxito económico; no importa que el público sea tan inocente y desinteresado como sus propios sobrinos. Menos mal que los críos hacen muy buenas migas con Gordy, que les anima en sus travesuras, les da algunas insólitas lecciones y juega incansable con ellos, a pesar de sus limitaciones y hasta que se le acaban las fuerzas.
Con el abuelo –y alguna vecina-amiga del lugar-, los hijos y los chiquillos se completa un panorama que recorre tres generaciones y toda una vida: la sabiduría despojada de ilusión de la tercera edad, la realidad acuciante, llena de problemas y con un futuro incierto de la madurez, y la energía, la curiosidad y la mirada despierta de la niñez. Naturalmente, pequeños y ancianos ganan por goleada: los adultos en el término medio de su existencia revelan sus carencias, sus miedos, sus egoísmos y su afán por no perder lo que tienen o no alcanzar lo que desean. Un retrato perfecto del ser humano y sus circunstancias.
Lo mejor es que todo está expuesto sin pedantería ni concesión alguna a la sensiblería; ni en los momentos más intensos, ni en la leve caricatura, ni cuando asoma la tragedia; todo está medido con escrupulosa exactitud, pero dejándolo fluir sin que parezca artificial. A ello contribuye un guion estupendo y unas interpretaciones modélicas. Los diálogos son brillantes y eficaces, y nada redundantes: lo que se ve no necesita explicaciones y lo que no se dice se comprende igualmente: así es el cine; y el reparto, magníficamente dirigido, se pone a la tarea sin fisuras: los veteranos Billy Connolly y Celia Imrie lo bordan, y los más jóvenes David Tennant y Rosamund Pike –una de las actrices más en forma del cine británico- brillan a la misma altura. Por no hablar de los tres críos, una verdadera delicia en la pantalla, espontáneos, graciosos y conmovedores: otro mérito de sus directores, especialistas, precisamente, en trabajar con niños.
Nuestro último verano en Escocia puede parecer, pese a todo, una obra menor. Y lo es, en cierta medida, y sin ningún demérito por esa condición. Es un cine pensado para el disfrute sin complicaciones, para que distraiga y guste a todas las sensibilidades, hecho con oficio y con inteligencia pero sin pretensiones de romper las taquillas para rentabilizar ningún presupuesto desorbitado de antemano por las exigencias técnicas y el caché de las grandes estrellas. Es solo un excelente retablo humano, muy divertido a ratos, pero profundo y acertado: una aguda mirada acerca de los problemas familiares y generacionales, y una historia de valor, reafirmación e iniciación. (www.acontracorrientefilms.com/pelicula/427/nuestro-ultimo-verano-en-escocia/)

NUEVA VIDA EN NUEVA YORK   (18.05.14)
Dir. Cédric Klapisch
Pro.: Cédric Klapisch, Bruno Levy   Gui.: Cédric Klapisch
Int.: Romain Duris, Cécile De France, Audrey Tautou
A Cédric Klapisch le gustan los argumentos corales, con abundancia de personajes que giran en torno a su protagonista; así era en Como en las mejores familias, Cada uno busca su gato y Peut-être, por ejemplo –y en otras no estrenadas en España-, y también en esta trilogía que cierra con Nueva vida en Nueva York. Klapisch dirigió en 2002 Una casa de locos, que retrataba a un grupo de despreocupados “erasmus” que convivían en un piso de Barcelona: franceses, algún nórdico, alguna española que pasaba por allí… Gentes que volvieron a encontrarse en Las muñecas rusas (2005) y que ahora –por el momento-  ponen fin a su historia.
Para sus protagonistas –Xavier, Isabelle, Martine y Wendy- han pasado veinte años desde sus días locos de estudiantes. Al bueno de Xavier –Romain Duris en su mejor momento, con esa pinta de golfo desvalido que lo hace tan simpático- no le van bien las cosas. Wendy y él han terminado su relación y ella se ha marchado a Nueva York, llevándose a sus dos hijos. Y también su trabajo se ha empantanado: su nueva novela no progresa y su editor está empezando a ponerse nervioso. Xavier, un poco a la desesperada, y bastante aturdido, decide irse tras Wendy, no tanto para recuperarla –sabe que ya vive con otro hombre- como para no perder a los niños.
Y porque, entrado en la cuarentena, piensa que su vida tiene que encontrar al fin su sentido y desea que sus sentimientos, sus necesidades y sus aspiraciones acaben por encajar: si no es en Francia, tendrá que ser en América. En realidad, todo esto lo sabemos nada más empezar la película, en la que vemos a Xavier correr por el barrio chino, en una especie de prólogo acelerado de sus aventuras y tribulaciones por Nueva York. Sus problemas son los de cualquier europeo en el hormiguero neoyorkino: le abruman las magnitudes de la ciudad y no se entiende muy bien con sus estirados habitantes. Si además pretende quedarse allí una temporada, debe encontrar un sitio donde vivir. Y si el europeo –aunque sea francés- quiere establecerse en Nueva York y, por ejemplo, tener a sus hijos con él frecuentemente, entonces el abogado que ha contratado le dirá que lo mejor que puede hacer es buscar un trabajo y, desde luego, casarse con una americana y obtener la ciudadanía.
Xavier se ha refugiado en casa de Isabelle y su novia Ju, un bonito apartamento en Brooklyn; pero sabe que allí no puede estar mucho tiempo. Así que de inmediato se pone a la tarea de encontrar piso –muy caros-, empleo –muy malos- y novia, que tampoco es fácil, aunque sea de conveniencia y a cambio de algún favor. Y Xavier transita a toda velocidad por la película –que mantiene idéntico ritmo narrativo- atravesando a trompicones las calles de Manhattan y debatiéndose entre trabajos ocasionales, bodas y divorcios, hijos propios y ajenos, y amores antiguos y nuevos, olvidados y recuperados. Porque también Martine está en Nueva York, de visita –de momento- y cargada de problemas.
Martine, la novia de juventud, es Audrey Tautou, siempre –o casi siempre- encantadora; Cécile de France es Isabelle, la amiga eterna que todo soltero tiene; y Wendy, la ex y madre de los hijos de Xavier, es Kelly Reilly. Las tres, siempre alrededor de Romain Duris, han atravesado toda la historia afectiva y vital del protagonista. Cédric Klapisch ha tenido la habilidad de hacerlos evolucionar y crecer a lo largo de las tres películas, que también pueden verse por separado: Nueva vida en Nueva York, como las otras, tiene entidad por sí misma y se deja comprender con facilidad. Es el movimiento final de la sinfonía, lleno de ritmo y sentido del humor, en el que encajan todas las piezas del rompecabezas –con la ayuda de Hegel y Schopenhauer, si hace falta-, para que el protagonista y el espectador inteligente sean capaces de contemplar la vida, ese carrusel de sensaciones y acontecimientos, con toda madurez y sin perder la esperanza ni la sonrisa. (www.acontracorrientefilms.com/pelicula/292/nueva-vida-en-nueva-york)

NYMPHOMANIAC   (26.01.14)
Dir.: Lars von Trier
Pro.: Louise Vesth, Madeleine Ekman, Bert Hamelink, Marianne Slot   Gui.: Lars von Trier
Int.: Charlotte Gainsbourg, Stacy Martin, Stellan Skarsgård
El estreno del Volumen 2 completa las cuatro horas de esta versión “reducida” –el montaje original del director es de cinco y media- de Nymphomaniac, la última apuesta del siempre arriesgado y provocativo Lars von Trier. Ninguna de sus películas deja indiferente, desde El elemento del crimen y Europa –no sé cuál más tremenda-, pasando por su trilogía Corazón dorado: Rompiendo las olas, Los idiotas y Bailando en la oscuridad y terminando con Anticristo y Melancolía, que forman con esta nueva un lote de especial negrura y desesperanza.
En la oscuridad, precisamente, se maneja bastante bien Von Trier. Está en toda su obra, y Nymphomaniac  se abre y se cierra con la pantalla en negro, mientras el sonido va entrando y perdiéndose, respectivamente. Con el ruido de la lluvia, la primera imagen nos deja ver un estrecho callejón, oscuro y solitario; o no tanto: Joe está en el suelo, desmayada y hecha un guiñapo. Y así la encuentra Seligman, un hombre que ha salido a hacer una pequeña y rutinaria compra. Sorprendido, Seligman descubre que la mujer ha sido brutalmente golpeada y se la lleva a su casa para que se reponga de la paliza.
Aunque el hombre es un completo desconocido para ella, Joe, una vez que se recupera mínimamente, decide contarle su vida, hasta llegar al momento de su encuentro. Para sorpresa de Seligman, ella le
narra sus primeras experiencias sexuales y le confiesa que es ninfómana, que lo ha sido siempre y que sufre un enorme sentimiento de culpa por lo que considera una depravación y unas actitudes desordenadas pero irresistibles: solo en la relación sexual continua y con distintas personas encuentra la posibilidad de satisfacción a su constante deseo. A lo largo de los ocho capítulos que componen la historia –El pescador de caña, Jerome, Delirium, La Iglesia Oriental y la Iglesia Occidental, La pistola…-, Joe nos va dando a conocer los personajes que pueblan sus recuerdos; de la mayoría, no sabemos sus nombres –H, P, B, K, L…-, como si ese casi anonimato contribuyera aun más al propio desprecio; aunque el paciente y comprensivo Seligman se las ingenia siempre para disculparla, estableciendo con su proceder similitudes, metáforas y equivalencias de todo tipo: matemáticas, literarias, artísticas y hasta teológicas.
Pero Joe le desbarata sus buenas intenciones cada vez, con un relato que se va haciendo más oscuro, más triste y más despiadadamente impúdico, lo que coincide con la plena madurez de la protagonista –Charlotte Gaisbourg sustituye a la juvenil Stacy Martin en el personaje-; y más doloroso también, y no solo porque Joe se adentra en los terrenos del sadomasoquismo y la franca delincuencia. La mujer, que se ha desnudado físicamente  desde las primeras secuencias, deja ver también su alma, sus sentimientos y su capacidad para el mal.
Más cerca de Anticristo –hay incluso una autocita de una terrible escena- que de Melancolía –en esta los protagonistas no son tan culpables-, Lars von Trier domina en Nymphomaniac todos los resortes de este doble striptease: mientras el intenso e inteligente diálogo que mantienen Joe y Seligman se ilustra con las imágenes más que explícitas de las actividades amatorias de la mujer, vamos también recorriendo la senda moral que traza la protagonista. Así como en los primeros compases no es difícil encontrar la sonrisa y hasta empatizar con su militancia, la conducta de Joe llega a producir, en los momentos finales, verdadera repulsión.
Por eso Nymphomaniac –por si hacía falta decirlo- está tan lejos de la pornografía. El retrato de Joe es un tratado de anatomía, sí, pero de la intimidad: la de una mujer que es dueña de su cuerpo al mismo tiempo que esclava de sí misma; que reniega de su pasado y que no encuentra ninguna luz en su presente. Por eso al final vuelve la oscuridad, y con la pantalla en negro sus pasos se alejan… hacia el silencio. (www.golem.es/nymphomaniac)