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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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MADRES & HIJAS   (04.07.10)
Dir.: Rodrigo García
Pro.:
María Falcone, Julie Lynn   Gui.: Rodrigo García
Int.: Naomi Watts, Annette Bening, Samuel L. Jackson  
En sólo diez años de carrera como director, guionista y realizador de series de televisión, Rodrigo García –el hijo cineasta de Gabriel García Márquez– ha demostrado ser un perfecto conocedor del alma femenina. Después de Passengers y sobre todo tras Cosas que diría con sólo mirarla y Nueve vidas, nos llega ahora este relato de madres e hijas: un potentísimo melodrama de vidas cruzadas, de historias que se entrelazan y complementan aunque al principio no lo parezca.
Y no lo parece, porque las protagonistas no tienen nada en común: Elizabeth es una independiente y atractiva abogada que busca el placer y la satisfacción profesional, sin importarle mucho cambiar de trabajo o de compañero de cama; Karen es una mujer madura que reparte su tiempo entre el trabajo de enfermera y el cuidado de su anciana madre, y vive cerrada a casi todo lo que suponga alguna transgresora novedad; Lucy es una joven que quiere –pero no puede- ser mamá e intenta adoptar un bebé como solución a su matrimonio y a su problema emocional…
Poco a poco las vamos conociendo más: Elizabeth se desenvuelve con desahogo en su nueva casa y con absoluta eficacia en su nuevo trabajo y no le cuesta nada intimar con su jefe, aunque eso suponga un peligro llamado amor; todo lo contrario que Karen, incapaz de conceder la menor simpatía, siquiera en la mirada, a cualquiera que le parezca un pretendiente; y lo mismo en su hogar, donde no se fía de su madre, no digamos de su asistenta. Por su parte, Lucy lucha contra la incomprensión general… que quiere decir, sobre todo, familiar. Su marido se desespera ante las dificultades y su madre no es precisamente la ayuda que necesita.
Al mismo tiempo, el muy graduado guión de Rodrigo García nos desvela las verdaderas claves de los personajes; son más evidentes, más sencillas las de la joven Lucy, mientras que las de la resuelta abogada y la adusta enfermera arrancan de mayor profundidad y sacuden sus vidas de manera mucho más dramática: las dos buscan una expiación, que para una es más imprescindible, pero que ambas solicitan del destino; un destino que las ha marcado con el estigma de la ausencia, la pérdida, “el fantasma de otro que se fue” –como dice el director-, de otro que nunca existió.
En torno a estas protagonistas giran los demás integrantes de la trama: las personas, mujeres y hombres, que pasan por sus vidas y cambian su futuro, ese esquivo destino. Todos están interpretados por figuras importantes del cine americano, que se ponen al servicio de este proyecto confiando en su calidad e interés hasta el extremo de rebajar su sueldo. El presupuesto de la película, conseguido por Rodrigo García gracias a su trabajo en la televisión, equivale al caché de Samuel L. Jackson en una producción convencional de Hollywood.
Este es, seguramente, el secreto de esta empresa de rabiosa independencia; una reivindicación del cine de autor, de cine para la reflexión y la intimidad, en medio –y a la espalda- de una industria de consumo rápido y fácil digestión multitudinaria: el talento de su director, desde luego, pero también la entrega y la cohesión de sus estrellas, sus maravillosos intérpretes, de Glenn Close y Calista Flockhart a Anne Hathaway –en sus anteriores obras- y de Jimmy Smits y Kerry Washington al propio Samuel L. Jackson.
A Rodrigo García lo que le interesa es precisamente esto, el retrato, lo más perfecto, lo más sincero, lo más íntimo posible, de sus personajes; sobre todo, de sus protagonistas: esas mujeres que, como decía, demuestra conocer tan bien. Sus registros, su alma, es el material que utiliza para construir este formidable mosaico, que indaga en la emoción de la maternidad, en muy diferentes circunstancias –siempre lleno de respeto, sensibilidad y realismo- hasta concluir en un final modélico, de difícil encaje y de suma precisión narrativa y sentimental.  (www.verticecine.com/madresehijas/)

MALDITOS BASTARDOS   (20.09.09)
Dir.: Quentin Tarantino
Pro. Lawrence Bender   Gui. Quentin Tarantino
Int. Brad Pitt, Christoph Waltz, Diane Kruger  
Octava película de Tarantino, no sé si el mejor director de la historia del cine, pero sí seguramente el más cinéfilo; o, por  lo menos, eso piensa él. Sus películas, desde su apabullante debut en 1992 con Reservoir dogs, están repletas de citas, guiños, homenajes y referencias al mundo del celuloide. Malditos bastardos es una prueba más  y la confirmación de un estilo, casi una marca inconfundible. Que no es poco, en los tiempos que corren.
Tras diez años de darle vueltas a la idea, Quentin Tarantino terminó el guión y rodó Malditos bastardos en un tiempo récord para poder exhibirla en el pasado Festival de Cannes, donde fue uno de los platos fuertes de la programación y le valió un premio a su protagonista Christoph Waltz. Claro que aquella copia –ya es una costumbre- no es la exhibida finalmente en las pantallas comerciales: Tarantino la ha retocado con un nuevo montaje hasta dejarla, ahora parece que sí, definitivamente a su gusto. Rodada en Europa, en escenarios reales, con cámaras convencionales -a Tarantino el vídeo de alta definición le parece una cochambre televisiva- y protagonizada por un reparto internacional, en el que los intérpretes son de la misma nacionalidad que sus personajes -puro "toque Tarantino"-, la película se sitúa en la Francia ocupada por Alemania y cuenta los deseos de venganza de una joven que ha visto a su familia morir asesinada por el malvado coronel nazi Hans Landa; deseos que coinciden y son ampliamente superados por la enloquecida misión del teniente Aldo Raine y su pelotón de implacables soldados: los "bastardos" en cuestión. La misión no es otra que la de acabar con cuantos nazis se encuentren: si el número suma centenares, bien; y si hay ocasión de liquidar a los mismísimos Goebbels y Hitler, aprovechando que están distraídos en el cine, muchísimo mejor.
La película está dividida en episodios, al estilo del folletín tradicional; una estructura que Tarantino conoce, maneja y utiliza con profusión. El primero, esa secuencia en la que los soldados del coronel Landa aniquilan a la familia judía, es en sí mismo un cortometraje sensacional, una magistral lección de cine de suspense y terror, no exenta del tremendo sentido del humor marca de la casa. 
A continuación, conoceremos al teniente Raine en el momento de reclutar a sus hombres. Otro personaje sensacional: Raine lo ha pasado mal, lo sabemos por algunos detalles sutiles y no tan sutiles, y arde en deseos de venganza. Como un auténtico jefe apache, su idea es exterminar al hombre blanco –léase nacionalsocialista-, no hacer prisioneros, coleccionar cabelleras –así como suena- y marcar a cuchillo a sus víctimas. Tiene mucho éxito, y hasta Hitler brama encolerizado ante sus andanzas.
Quizá los otros episodios, hasta llegar al explosivo final, hacen decaer el ritmo y la intensidad; hay alguna secuencia un poco larga, chistes que no son tan eficaces, y algún personaje que podría tener mayor peso se diluye para ir y venir demasiado caprichosamente. Está, desde luego, ese hilo conductor y verdadero protagonista: el perverso coronel Landa -¡cómo me gusta que se llame Landa!-, exquisitamente educado, inteligente, implacable y casi satánico cazador de judíos; un bombón de personaje que borda
Christoph Waltz.
Y está también, en la parte positiva, el trabajo con los otros personajes –a alguno lo vamos a volver a ver-, el acierto en el “pastiche” –música e imágenes con ecos tan reconocibles-, y ese amor de Tarantino por las películas, que lo lleva a conducir el argumento hacia un desenlace en una sala de cine. En las butacas se sientan Hitler, Goebbels, Goering, la sombra de Leni Riefenstahl y hasta Emil Jannings, el actor favorito del régimen. Y mientras Landa decide el destino del mundo, asistimos a un apocalipsis con el que Quentin Tarantino se carga el pasado y la historia del siglo XX y siguientes: al fin y al cabo, ésta no es una obra rigurosa ni docente; ni un drama bélico ni una película de tesis. Bien mirado, Malditos bastardos es poco más que una historieta, casi una nadería. Pero ¡qué divertida es y cuanto cine lleva dentro! (www.MalditosBastardos.es)
 
MAMÁ   (10.02.13)
Dir.: Andy Muschietti
Pro.: Guillermo del Toro   Gui.: Neil Cross, Andy y Barbara Muschietti
Int.: Jessica Chastain, Megan Charpentier, Isabelle Nélisse
Los argentinos Andy y Bárbara Muschietti llevan unos años afincados en España, dedicados fundamentalmente a la publicidad. Pero en 2008 rodaron un cortometraje de terror titulado Mamá, escasos tres minutos de angustia de unas niñas perseguidas por un espectro materno, que llamó la atención, entre otros muchos, de Guillermo del Toro. De ese corto ha surgido este largometraje, producido por el mejicano y escrito por los hermanos Muschietti con la colaboración de Neil Cross, destacado guionista de series de la televisión británica.
A la carta de presentación de Mamá se une su éxito fulgurante en Estados Unidos: número uno en la taquilla y 60 millones de dólares recaudados hasta ahora; recordemos que costó 15, así que, por el momento, el negocio va bien. Y hay que decir que la película lo merece. El argumento, claro, es mucho más complejo que el del corto; para empezar, se sitúa –en un alarde de mala intención- en estos tiempos azotados por la crisis económica y política que padecemos. Esta mala situación han producido, entre otras desgracias, tremendas perturbaciones personales en las que caben depresiones y suicidios, y también asesinatos.
Tras unos trágicos sucesos de esa índole, que sacuden a una familia, dos hermanas, dos niñas de tres años y apenas uno, quedan abandonadas en una cabaña en mitad de un bosque. Toda búsqueda resulta infructuosa durante muchos meses, hasta que cinco años después, casi por casualidad, son encontradas vivas pero en un estado semisalvaje. Victoria ahora tiene ocho años y su hermana Lilly, seis; apenas saben comportarse y casi ni hablan; están sucias, delgadas, vestidas con andrajos y llenas de temores;  pero es evidente que si han sobrevivido es porque alguien ha cuidado de ellas todo el tiempo.
El tío de las pequeñas, Lucas –Nikolaj Coster-Waldau, una de las estrellas de Juego de tronos-, y su novia Annabel –magnífica Jessica Chastain, la gran baza de la película- las acogen en su casa y tratan de darles toda la atención y el amor del que han carecido. A Annabel le cuesta un poco: tiene ganas de ser mamá, pero estas criaturas que le han caído encima de repente no suponen, precisamente, la idea que ella tenía de la maternidad. Ve además que su carrera como música de rock está a punto de acabar casi antes de empezar. Pero Lucas muestra tanta ilusión, que no duda en aplicarse a la tarea, aun a costa de disputar la custodia de las niñas a otra pariente que se las quiere llevar a su casa.
Poco a poco, con evidentes dificultades pero sin cejar en el empeño, parece que la pareja va ganándose la confianza de las dos hermanas. Más o menos. Pero pronto las cosas empiezan a torcerse, la casa comienza a temblar y nos damos cuenta de que Victoria y Lilly no han llegado solas: con ellas viene una sombra, una amenaza, una presencia fantasmal terrorífica que quiere su cariño para ella sola y que engendra unos celos mortales hacia la familia recién creada. Annabel tendrá que enfrentarse entonces a ese nuevo desafío, cada vez más oscuro, más siniestro y más temible.
Jessica Chastain cambia su imagen para demostrar, por si hiciera falta, su enorme versatilidad y fotogenia; ella carga con todo el peso del argumento, en el extremo llamemos positivo. En la otra punta están las fuerzas del mal y en el fiel de la balanza, las dos niñas: dos pequeñas actrices que son un prodigio de sensibilidad y desparpajo, pese a los momentos difíciles que se ven obligadas a representar. Muschietti las ha dirigido con enorme eficacia y ha ensamblado con acierto todas las piezas de la película; incluida la estupenda imagen del mejicano Antonio Riestra, el director de fotografía de Katmandú y Pan negro.
Mamá es una excelente película de terror, una de las más originales –aún con sus evidentes referencias y homenajes- de los últimos años, con una estupenda puesta en escena repleta de efectos tenebrosos y con el sello indiscutible de Guillermo del Toro, un maestro del horror fantástico. (http://www.mamamovie.com/)

MANDARINAS   (03.05.15)
Dir.: Dir.: Zaza Urushadze
Pro.: Ivo Felt   Gui.: Zaza Urushadze
Int.: Lembit Ulfsak, Elmo Nü
ganen, Giorgi Nakashidze
De Zaza Urushadze –director, escritor y actor-, nacido en Georgia hace 50 años, y de sus cuatro películas anteriores, no sabíamos nada. Ni, la verdad, del cine georgiano, absolutamente desconocido por estas tierras. Pero Mandarinas coproducción con Estonia, que viene a ser lo mismo- llega precedida de cierta fama: ganadora en diversos festivales y, sobre todo, candidata al Globo de Oro y al Oscar en estas últimas convocatorias.
Prestigio totalmente justificado: Mandarinas es una hermosa y profunda historia, contada con todo el amor del mundo por su director y guionista. Amor a la tierra, a ese movedizo concepto que llamamos patria, y amor a las personas. A su protagonista, desde luego: Ivo, un anciano carpintero que fabrica cajas para las mandarinas de su amigo Margus. Son los únicos habitantes que han quedado en un pueblo estonio zarandeado por la guerra civil de Georgia, una de las más dramáticas consecuencias del desmembramiento de la Unión Soviética.

En 1992, toda la región de Abjasia es un campo de batalla entre chechenos –mayormente mercenarios- y distintas facciones de georgianos; la población estonia ha huido, dejando sus tierras y sus casas, y solo Ivo y Margus resisten sin pensar en acabar sus días en cualquier lugar que no sea su pueblo. El carpintero sigue fabricando cajas, que apenas contienen la colosal cosecha de mandarinas de su vecino; y de eso sobreviven, a duras penas, ambos. A su alrededor, las escaramuzas y enfrentamientos se suceden, hasta que una persecución, seguida de un tiroteo, se produce ante sus mismas puertas.

Y los dos amigos descubren que hay un superviviente por bando. Un miliciano checheno y un joven soldado georgiano. Cristiano este, musulmán aquel. Gravemente heridos los dos, consiguen sobrevivir gracias a los cuidados de Ivo, que los acoge en su casa, y Margus, que no sale de la preocupación por sus mandarinas cuando entra en esta nueva y mucho más peligrosa de lidiar con los combatientes. Sobre todo cuando Ahmed y Niko, los enemigos irreconciliables, mejoran de sus heridas y son capaces de enfrentarse incluso dentro de la casa.

Que se convierte así en una especie de jaula en la que se ven obligados a convivir gentes de distintas edades, religiones y nacionalidades, por más que la línea que define estas últimas sea tan delgada que sería inexistente si no fuera por la cerrazón y el odio de sus ocupantes; que hablan el mismo idioma y, seguramente, eran vecinos antes de estallar el conflicto. Solo cuando se encuentran encerrados y desarmados, cara a cara, los adversarios pueden dejar que sus sentimientos evolucionen y que el conocimiento mutuo y la necesidad de defenderse les hagan llegar a perdonarse, entenderse y cooperar.

Zaza Urushadze desarrolla una metáfora acerca –en sus propias palabras- del comportamiento de personas que se encuentran en una situación que se escapa a su control, lo que las hace modificar su naturaleza. Y eso es así en las figuras de Ahmed y Niko; pero lo que ambos pierden de libertad lo ganan en responsabilidad, gracias a la influencia de Ivo, que representa el sentido común, la moralidad y el orgullo personal. Ivo no toma las armas; y no solo porque es un hombre mayor, sino porque está convencido de su inutilidad y  de la superioridad de la solidaridad, el compromiso y la honradez.

Y pese a ese carácter emblemático, al peso simbólico –en gran parte- del relato y a la lejanía del conflicto para el espectador occidental, nada hay de superfluo ni artificial en esta historia. Contada con extraordinaria economía de medios y con un lenguaje cercano y tan certero que ni se advierte, Mandarinas, como otras grandes obras a contracorriente, de cinematografías escondidas y desconocidas por los grandes circuitos, se eleva a la categoría de referente universal. No es un relato sobre la guerra; es un relato sobre las personas. Es una película sencilla y pequeña pero es cine grande y fundamental. (www.karmafilms.es/mandarinas/)

MAÑANA EMPIEZA TODO   (01.04.17)
Director: Hugo Gélin. Intérpretes: Omar Sy. Clémence Poésy, Antoine Bertrand.
En 2013, el cine mejicano batió records en las taquillas de Méjico, Estados Unidos –la película hispana más vista de la historia-y en toda América con No se aceptan devoluciones, de Eugenio Derbez; y ahora los franceses se apropian del argumento para intentar repetir el éxito en Europa fiándose del casi debutante Hugo Gélin y, sobre todo, del carisma de Omar Sy, el inolvidable protagonista de Intocable.
Sy es Samuel, un despreocupado mujeriego que vive del cuento  en la costa del sur de Francia; pasa el tiempo entre sus fiestas y sus conquistas, pero un buen día aparece Christine, una joven que le asegura que él es el padre de la niña que trae en los brazos. Y aprovechándose de su desconcierto, se la deja y desaparece; de nada sirve que Samuel la persiga hasta Londres y se instale allí, buscándola desesperadamente. Consigue un trabajo de especialista en el cine –esos que hacen las escenas peligrosas en vez de los protagonistas- y da a la nena la educación que puede. Pasan ocho años y cuando padre e hija viven contentos y son inseparables, Christine reaparece y pretende recuperar a la niña: un drama.
Se conozca o no la película original, sigue siendo inevitable ponerse de parte del atribulado padre, aunque sea un poco desastre, y enternecerse con el encanto de la pequeña, que demuestra, una vez más, lo buenos actores que pueden llegar a ser los niños. Lo más difícil es empatizar con la película en sí misma, porque la historia es sumamente previsible –la única sorpresa, nada divertida además, se desvela casi a mitad del metraje- y, a pesar de los esfuerzos de Omar Sy y acompañantes, un tanto ñoña.
Eso sí, sabiendo de su éxito en Francia, con más de 3 millones de entradas vendidas, uno no tiene por menos que pensar –y envidiar- que a los franceses les gusta muchísimo su cine. Todo lo contrario de lo que pasa en España.

 

MAPA DE LOS SONIDOS DE TOKIO   (06.09.09)
Dir.: Isabel Coixet
Pro.: Jaume Roures   Gui.: Isabel Coixet
Int.: Sergi López, Rinko Kikuchi, Min Tanaka  
Isabel Coixet es nuestra directora más internacional; tanto, que ha rodado cinco de sus siete películas fuera, y una –Elegy- ni siquiera es española. Ésta sí -premio en Cannes al mejor sonido-, aunque está rodada casi en su totalidad en Tokio y está hablada en inglés –lo más habitual en su obra- y japonés. 
Este Mapa de los sonidos de Tokio es, en primer lugar, eso: hay más protagonistas, pero el principal es la ciudad, un lugar inmenso, múltiple, atravesado por caminos congestionados, luces brillantes en movimiento perpetuo, gentes siempre afanosas... y murmullos, voces, sonidos, ruidos. Los ruidos que recoge con su micrófono el narrador de la historia, otro personaje fundamental. Y con los sonidos, la urbe que envuelve la relación entre David y Ryu. Él es un español que regenta un negocio de vinos; ella, una joven que trabaja de noche en una lonja de pescado.
Los cuatro: la pareja de amantes, el narrador y el escenario, son los puntos cardinales de un argumento que va de unos a otros sin cesar. Coixet está, evidentemente, fascinada por Tokio, una ciudad en la que es posible casi todo: celebrar comidas de trabajo con señoritas desnudas en vez de mesas, hacer el amor en hoteles solitarios, automáticos, pero con habitaciones que simulan vagones del metro, sorber los fideos con todo el ruido del mundo, y tomarte unas cervezas acompañado de una chica que lleva en el bolso la pistola con la que te va a matar. Y que la joven trabajadora, la solitaria y aparentemente frágil Ryu, sea, en realidad, una profesional del crimen. David ha dejado a su novia japonesa y ella se ha suicidado. El padre de la chica, un importante hombre de negocios, enfermo de dolor, decide contratar a un sicario para que lo asesine.
Ryu entabla conocimiento con David, a través del vino: ella va a la tienda, se deja aconsejar, acepta la invitación a probarlo, a charlar, a seguir la conversación en bares y restaurantes, a terminar la noche en un hotel. Sexo –que Coixet planifica desde su personal punto de vista, como ha explicado repetidamente y que se hace bastante evidente- que David y Ryu comparten desde muy distintas pulsiones: a ella le satisface ser dominada y a él no se le olvida su difunta novia. A esa primera noche siguen otras, mientras en David se instala el remordimiento y en Ryu crece la angustia de tener que matar al hombre que le gusta, quizá al hombre que ama.
La película posee momentos de enorme intensidad, que Coixet alterna –no sé si voluntariamente- con pasajes estáticos, en los que el narrador y los horizontes quebrados de Tokio asumen el primer plano, desplazando y demorando la acción. Siempre está, eso sí, el ruido de la ciudad y su música y su retrato, con unas canciones y unas imágenes de potente plasticidad, que evocan el universo de Wong Kar-wai; como el mismo argumento remite en algunos detalles al Último tango en París. Lo malo es que Coixet todavía no es Bertolucci, ni muchísimo menos algo cercano a la categoría conceptual y fílmica del maestro chino.
Lo que sí ha conseguido la directora, en esta película que de todas maneras es francamente notable –con el Anticristo de Von Trier, las obras más impactantes de este verano-, es la absoluta entrega de sus protagonistas. La personalidad de Sergi López y el equívoco carisma de Rinko Kikuchi –recordemos: nominada al Oscar por Babel- se pliegan a los deseos y las obsesiones de Isabel Coixet, danzan al son que ella les marca y bordan el contrapunto entre Eros y Tánatos con una energía y una sinceridad mucho mayor que la que aparenta la contención de ambos.
Y desde luego, acierta Coixet plenamente en su mirada sobre Tokio; no es la única posible, quizá no todo el mundo la reconozca, pero no cabe dudar de la autenticidad de la imagen de una ciudad-espectáculo, llena de vida y de contrastes, ruidosa o callada, húmeda, inabarcable, que respira, se agita, gime y bulle y apenas se altera por el sonido imprevisto de un disparo. (www.mapofthesoundsoftokyo.com)

MAPS TO THE STARS   (08.03.15)
Dir.: David Cronenberg 
Pro.: Martin Katz, Michel Merkt, Saïd Ben Saïd   Gui.: Bruce Wagner
Int.: Julianne Moore, Mia Wasikowska, John Cusack
Tras una década de trabajos menores y de escasa repercusión, David Cronenberg se dio a conocer en 1975 -¡hace 40 años!- con un clásico del terror fantástico: Vinieron de dentro de, a la que siguieron Rabia, Cromosoma tres, Videodrome, La zona muerta y La mosca, que lo convirtieron en maestro del género. Pero a partir de ahí su cine se alejó de la fantasía para indagar en personajes de la vida común –más o menos-, aunque revelando sus aspectos más morbosos, cargados de complejos, excentricidad y, a veces, erotismo y extrema violencia: Inseparables, El almuerzo desnudo, Crash, Una historia de violencia, Promesas del este, Un método peligroso… 
Ahora fija su mirada en las gentes que pueblan la fábrica de los sueños. Las moradas de las estrellas que se extienden al amparo del gigantesco letrero de la colina de Hollywood no figuran en ningún mapa. Pero a Agatha, una enigmática joven que acaba de llegar a la ciudad, no le hace falta para encontrar la de Havana Segrand, la famosa actriz que busca recuperar su lugar en el firmamento, ni la del doctor Stafford Weiss, conocido terapeuta y escritor. Havana lucha por conservar su delicada estabilidad emocional y por protagonizar una película sobre la vida de su madre, también estrella de la pantalla, desaparecida dramática y prematuramente. Por su parte, el doctor Weiss y su mujer se debaten entre el lujo económico y la miseria afectiva, e intentan recuperar a su hijo, un niño actor de trece años acosado por las drogas y en trance de una complicada rehabilitación, y a la vez enterrar definitivamente un pasado demasiado doloroso que sigue lastrando sus existencias. Y Agatha irrumpe en las vidas de todos ellos como una fuerza de la naturaleza.
Esto es Hollywood y por lo tanto se trata de hacer cine. Pero ni Havana ni Benjie, el crío de los Weiss, lo van a tener precisamente fácil. Ese es un mundo complicado, repleto de egos, manías, imposiciones implacables y relaciones malsanas, en el que nunca se es demasiado joven pero muy pronto se es demasiado mayor. La cámara de Cronenberg retrata a sus personajes, destripándolos con la precisión y la frialdad de un operario que sigue al pie de la letra el libro de instrucciones: en este caso, el magnífico guion de Bruce Wagner –diez años de continuas reescrituras- que disecciona con inteligencia y ácido sentido del humor las criaturas de Beverly Hills y aledaños.
Claro que hay alientos de obras como El crepúsculo de los dioses, Eva al desnudo o –más modernamente- Mulholland Drive, en cuanto se refiere a las desquiciadas gentes de Hollywood vistas por Wagner; pero este mapa de las estrellas de Cronenberg contiene más cruces de caminos, quebradas donde perderse y abismos a los que asomarse; la película habla también del juego de la identidad, como Inseparables; de la pervivencia dramática del pasado, como en Una historia de violencia, y del impacto del sexo, como en Crash, aunque sin coches… o casi.
Y contiene el germen de la locura, el poder del fuego, la oscura disyuntiva entre la redención y el crimen. Como en una revisión contemporánea de la tragedia griega, los personajes son esclavos de su destino; personificado en la figura de Agatha, que asalta el aséptico hogar de los Weiss y la decadente mansión de Havana para dejar su huella indeleble, como la larva que socava la vida que la alberga.
Naturalmente, los intérpretes de Cronenberg se someten al juego: la maravillosa Julianne Moore, en el mejor momento de su carrera; una muy potente Mia Wasikowska, y la pareja anegada por el dolor que forman los estupendos John Cusack y Olivia Williams.
Todos conforman este turbio universo que atraviesa la pantalla como una pesadilla: un relato implacable acerca del mundo de las estrellas de la pantalla, pero sobre todo una ácida sátira sobre la condición humana en general; y otra muestra capital del cine más inquietante, desgarrado y morboso de su maduro e inteligente autor: un David Cronenberg en estado puro. (http://www.focusfeatures.com/maps_to_the_stars)

MARGIN CALL   (23.10.11)
Dir.:
J.C. Chandor 
Pro.: Michael Benaroya, Neal Dodson, Zachary Quinto   Gui.: J.C. Chandor
Int.: Kevin Spacey, Zachary Quinto, Jeremy Irons…
Primera película del joven director y guionista J.C. Chandor, que ha conseguido reunir para su debut un reparto verdaderamente colosal: los citados más arriba, acompañados de Paul Bettany, Stanley Tucci, Demi Moore, Simon Baker y Penn Badgley. El guión, dicen en la promoción, está basado en hechos reales… lo que no deja de ser un eufemismo: la película es, sencillamente, una reconstrucción de la verdadera historia de esta crisis mundial; más concretamente, del nacimiento de la crisis financiera y económica que nos arrasa.
Es verdad que ya se han hecho algunos documentales sobre el tema; un par de ellos, desde luego, de verdadera categoría. Pero el cine de ficción presta un interés y una tensión que el puro documento, por más fidedigno que sea, está generalmente lejos de alcanzar. De esta forma, Chandor y sus intérpretes ponen cuerpo y cara –algunos, mucha cara- a los personajes que iniciaron la catástrofe, a través de las veinticuatro horas previas al derrumbe.
En una muy importante firma de inversiones de los Estados Unidos –nadie nombra a Lehman Brothers, pero podría ser un ejemplo-, se están produciendo despidos generales por ajuste de personal: la excusa más utilizada en los últimos tiempos. Eric Dale, jefe de una sección, es drásticamente apartado de su trabajo; pero no sin antes alertar a Peter Sullivan, un joven analista de su confianza, de algún riesgo que ha advertido recientemente. Sullivan, intrigado, completa el examen y lo que descubre lo deja horrorizado. 
A partir de ahí, la alarma irá subiendo de escalón en escalón: Sullivan alerta a su jefe, éste al suyo, un joven “halcón” de las finanzas capaz de la mayor atrocidad sin perder la compostura, y, por último, ya de madrugada, tiene que hacerse presente el mando supremo, el presidente de la entidad, con toda su cohorte de asesores, abogados y demás servidumbre. No tarda mucho en comprender el alcance de lo que sucede y menos aún en darse cuenta de lo que tiene que hacer y de las consecuencias que se van a producir.
J.C. Chandor confiesa que todo lo que sabe de finanzas, negocios bancarios y chanchullos afines se lo debe a su padre, que trabajó 40 años para Merrill Lynch; a la vista del resultado, es suficiente bagaje. Margin Call es una película trepidante y hasta con suspense, muy bien medida y enormemente didáctica. Pero sobre todo es una historia, la crónica del comienzo de la crisis actual, contada desde dentro y por sus propios protagonistas. Que no hace falta decir que supone un considerable despliegue dramático de este equipo de intérpretes de excepción. Jeremy Irons es John Tuld, el jefe de todo esto; él es el que va a tomar la decisión definitiva, el que va a plantear la estrategia y el que va a ordenar quién la ejecuta, quién se beneficia –él el primero, por supuesto- y quién sale perjudicado. Todo, con la frialdad y la eficacia del que se sabe vencedor, como en tantas crisis anteriores; como en la que, seguramente, vendrán más tarde. A su lado están Demi Moore y Simon Baker, las dos caras de la moneda de la operación suicida en marcha, y también Kevin Spacey en el papel de Sam Rogers, el director de la división de riesgo de la empresa. Su conciencia le enciende las mil alertas morales que gravitan sobre el caso, y deberá elegir, sin apenas margen para la reflexión, qué camino toma: el de la obediencia a la empresa o el de la difícil, quizá imposible honradez. 
J.C. Chandor ha realizado, con una maestría impropia de un casi debutante, una película de enorme valor y oportunidad, para darnos a conocer la cara humana de un conflicto que se ha llevado por delante las ilusiones, el trabajo y casi la vida de millones de ciudadanos en todo el mundo. Aquí están sus responsables, con sus dudas y sus miedos –al fracaso, al paro, a la pobreza-, su feroz determinación, su apego a la riqueza y al poder y su falta de humanidad para crear un desastre y además aprovecharse de él. (http://www.margincallmovie.com/)

MARIE CURIE   (03.06.17)
Director: Marie Noelle. Pro.: Marie Noelle. Mikolaj Pokromski, Ralf Zimmermann. Gui.: Marie Noelle, Andrea Stoll. Intérpretes: Karolina Gruszka, Arieh Worthalter, Charles Berling.
Marie Noelle es la directora de Ludwig II (2012) y La mujer del anarquista, la película de 2009 ambientada en la Guerra Civil española. Y ahora continúa con el género biográfico narrando la vida de Marie Curie, posiblemente la científica más importante de la historia, “descubridora” del radio y el polonio y ganadora –la primera persona y la única mujer- de dos premios Nobel.
Precisamente, la película transcurre entre la entrega del primero de estos premios, el de física, en 1903, y la consecución del segundo, el de química, en 1911. Casi dos décadas de una existencia apasionante definida por su amor a la ciencia, su incansable espíritu de lucha y una voluntad de hierro que la hizo levantarse de todos los golpes que el destino la fue propinando. El guion del filme acierta a recoger esos aspectos, en un repaso a la vida íntima de Marie, tanto en lo profesional como en lo familiar y amoroso; y la cámara se presta siempre a iluminar y embellecer cada momento –magnífica fotografía de Michal Englert-, aproximándose al cuerpo de la protagonista, a su rostro, feliz o contrito, o a sus manos heridas por la radiactividad; o retratando a los personajes en escenarios casi oníricos, bañados por la luz o difuminados en la niebla o la espesura. Siempre, en todo caso, con estricta precisión y evidente sentido estético, como mimando a un ser aparentemente frágil pero con tremenda fuerza interior; lo que también describe la extraordinaria banda sonora de Bruno Coulais: es de rigor citar estos elementos.
El relato se inicia cuando Marie y Pierre Curie son padres de su segunda hija y, tras dilatarlo en el tiempo, acuden por fin a Estocolmo a recibir el premio Nobel que ganaron juntos por sus investigaciones sobre los fenómenos de radiación. Son los albores del siglo XX y todavía Marie se encuentra en un segundo plano tras la figura de su marido. En París empiezan a surgir los primeros movimientos en favor de la emancipación femenina, pero la sociedad francesa –aun estremecida por el caso Dreyfus-, presta poca atención a estas reivindicaciones. Los esposos Curie se embarcan en su tarea, conscientes de sus limitaciones económicas y científicas y Marie aparece como una entregada madre y esposa a la vez que decidida investigadora. Pero en 1906, Pierre muere en un accidente en las calles de París y ella se queda sola.
Son momentos de incertidumbre, de dudas entre regresar a su Polonia natal o proseguir sus investigaciones; pero su carácter se impone, apoyada en su familia política, y vuelve al trabajo, empeñada en conseguir un laboratorio avanzado y suficiente para su sueño: lograr aislar una partícula de radio puro. Claro que su voluntad choca con el machismo de los académicos y profesores franceses, que no soportan ver a una mujer tachada de extranjera y atea –como luego de impúdica y judía- impartiendo clases y realizando experimentos de altísimo nivel. Pero Marie cuenta –además de con la admiración de destacados científicos, como el mismísimo Albert Einstein- con la ayuda de su ayudante y amigo André Debierne y de su colega Paul Langevin. Con este último mantiene un apasionado romance, que acaba de manera melodramática, mientras la prensa y la calle la crucifican y ella, con los primeros síntomas de la enfermedad que la mataría, consigue el éxito buscado y recibe de la Academia Sueca de las Ciencias su segundo premio Nobel, esta vez el de química.
Marie Curie tiene en la pantalla el rostro y la figura de Karolina Gruszka, la intérprete ideal para plasmar la energía y la determinación del personaje tanto como la entrega y la pasión amorosa para con sus dos hombres. Ella tiene la belleza y la fuerza que, como decía, describe el guion y envuelven música y fotografía: toda una vida, todo un espectáculo.

MATAHARIS   (30.09.07)   (23.09.07)  
Dir.: Iciar Bollain
Pro.: Santiago García de Leániz  Gui.: I.B., Tatiana Rodríguez
Int.: Nuria González, Najwa Nimri, María Vázquez...  
...y Tristán Ulloa, Diego Martín, Adolfo Fernández, Antonio de la Torre (que trabaja en todas las películas de Iciar Bollain) y algunos más, pero ellas, las detectives Carmen, Eva e Inés, son las absolutas protagonistas del acontecimiento. Que se suma a una carrera con 25 películas como actriz y cuatro como directora, todas estupendas: Hola, ¿estás sola? (95), Flores de otro mundo (99), la premiadísima Te doy mis ojos (2003) y ésta nueva.
Tres mujeres detectives, efectivamente, que trabajan juntas en la Agencia Valbuena, y que son las “mataharis” a las que alude el título en un juego irónico y cargado de intención. Nada más lejos de la vida de estas trabajadoras de la investigación que el glamour, la picardía, los altos vuelos y la carga política y sexual de la famosa espía. Estas son tres mujeres normales, de diferentes edades y con distinta experiencia en el trabajo y en la vida. 
Carmen es el hombre, digo la mujer de confianza de Valbuena, y trabaja mucho; está casada, pero su marido también tiene muchísimo que hacer y su vida conyugal se está reduciendo a cero a marchas forzadas. Eva también está casada y acaba de ser mamá por segunda vez, lo que le complica extraordinariamente la vida; no es que su marido sea un mamarracho completo pero tiene tanto lío y es tan desastre en la casa, que más que una ayuda es un castigo. E Inés, que es la más joven e inexperta, lo tiene todo por descubrir, apenas tiene un noviete calientasábanas y aspira a algo más... en todos los aspectos.
Lo de que lo tiene todo por descubrir también se puede aplicar a sus dos compañeras, que para eso son investigadoras. De hecho, las tres están envueltas en sendos casos, que se van a desarrollar de forma distinta y no siempre como estaba previsto.
Carmen acompañará a su cliente y amigo Sergio en un asunto de posible fraude laboral, que girará a otro tipo de engaño bastante más íntimo y doloroso; Eva se verá obligada a repartir su trabajo en una doble línea, y mientras busca el amor perdido de su cliente encontrará un hecho sorprendente que le cambiará la vida. Y más trascendente todavía será el caso de Inés, enfrentada a una turbia acusación de robo en una empresa que se convertirá en algo mucho más importante, profundo y decisivo.
Bollain y Rodríguez enfrentan de entrada, en su inteligentísimo guión, la cuestión de las mujeres trabajadoras y la posibilidad –o no- de la conciliación laboral; es una cuestión candente en el mundo de hoy, y la solución no es fácil. Tampoco las autoras sientan cátedra, sino que exponen el problema y, de paso, alguna de sus causas: la inhibición masculina en el hogar, el machismo en el trabajo, la incomprensión y la incomunicación general. Y esto, naturalmente, vale para mujeres detectives, asistentas, ejecutivas, maestras o cajeras del Carrefour.
Pero éstas son investigadoras privadas, y ello permite a Iciar Bollain reflexionar también acerca de la naturaleza humana, la fragilidad de las relaciones y ese valor tan precario que se llama intimidad. Las protagonistas observan, espían... y hoy todos somos observados y espiados, a veces hasta unos límites que llegan a la obscenidad; no hay lugar público –ni casi privado- que escape a esta observación y nuestra vida corre riesgo de ser revelada en sus más íntimos detalles. 
Los personajes de la película lo saben, y también lo padecen. Estas “mataharis” tienen, claro, su vida privada... hasta donde es posible. Son como todo el mundo y se hacen también las mismas preguntas que cualquier persona: ¿hasta dónde el deber? ¿hasta dónde la confianza? ¿el trabajo es más importante que el amor? ¿hay amor sin condiciones? ¿Y qué pasa si miramos y lo que miramos no nos gusta...?
Todo este escenario humano está compuesto con mucha intención e indudable acierto por Bollain y compañía. Quizá, eso sí, haya tantas aristas por ensamblar que el poliedro quede algo difuso, con menos profundidad y encanto que en anteriores películas de la directora. 
Pero no por eso es desestimable, sino todo lo contrario. En un panorama no demasiado halagüeño, esta es una película sobresaliente y, desde luego, tan sincera, valiente e inteligente como todas las de Iciar Bollain, que es un lujo de nuestro cine. (www.sogecine-sogepaq.com/mataharis/)  

MELANCOLÍA   (06.11.11)
Dir.:
Lars von Trier
Pro.: Meta Louise Foldager, Louise Vesth   Gui.: Lars von Trier
Int.: Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Sutherland  
Es muy difícil que una película de Lars von Trier deje indiferente: El elemento del crimen, Europa, Rompiendo las olas, Los idiotas, Bailar en la oscuridad, Dogville, El jefe de todo esto, Anticristo… y así hasta una veintena de títulos. El director danés –seguramente el más potente desde Dreyer- tiene, no cabe duda, una enorme personalidad. Quizá la misma que le impidió, por sus desafortunadas declaraciones, llevarse la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes; aunque no tanto como para privar a Kirsten Dunst del premio a la mejor actriz.
Ella y Charlotte Gainsbourg son Justine y Claire,
las dos hermanas protagonistas de este extraordinario poema visual. Como en Anticristo, la película comienza con un espléndido preludio, casi surrealista, que rinde tributo a los jardines de Marienbad rompiendo –y anticipando- la continuidad espacio-tiempo, y nos hace intuir la soledad y el abatimiento que se apoderan de la Tierra –de la vida- cuando está a punto de extinguirse. Porque aquí es obligatorio contar el final: ésta es una película sobre el fin del mundo.
Tras la obertura, el relato se divide en dos partes. La primera está dedicada a Justine, una joven delicada, vacilante y triste; no lo parece ahora, porque se acaba de casar y llega a la fiesta preparada en la enorme mansión de su hermana con el ánimo suficiente y la forzosa alegría de verse acompañada y agasajada por su reciente marido, su familia y sus amigos. No ayuda mucho el odio que se profesan sus padres, ni el asombro escandalizado de su cuñado, pero Justine, por el momento, intentará ser feliz. El festejo, desgraciadamente, se va a prolongar demasiado y las horas de vigilia servirán para que la joven experimente la realidad, la trascendencia y el peso enorme de su propia vida.
La segunda parte está protagonizada por Claire. El escenario sigue siendo el mismo, también Justine está allí, pero todo ha cambiado. Un gigantesco planeta llamado Melancolía ha surgido detrás el sol, atraviesa la órbita de los planetas y se acerca a la Tierra. Si los cálculos de los científicos no fallan –y parece que no-, los dos planetas chocarán y la Tierra se desintegrará. Claire no puede comprender, y menos aceptar, el dramático acontecimiento; deja que su marido la engañe con falsas esperanzas, y trata de engañar también a su hijo para que no se aterrorice. Al mismo tiempo, se impone ayudar a su hermana a salir de la depresión que la tiene postrada. 
Y poco a poco, extrañamente, los papeles se invertirán: Claire, una mujer vitalista y sensata, se deja abatir por el miedo y la desesperación, y Justine, que no esperaba nada de la vida, recobra la serenidad, el valor y la iniciativa. Lars von Trier, como acostumbra, ha entregado el  timón a sus actrices y, nuevamente, ha acertado: Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg iluminan la pantalla con sus interpretaciones, y en sus rostros y en sus cuerpos vibra el alma de esta historia: los sentimientos, la pasión y el miedo, el vértigo del tiempo y la amenaza de la muerte; la vida, en resumen, que se abandona o se llena de energía, se sufre como una carga o se defiende hasta el último aliento. 
Es posible que Von Trier sea tan excesivo en sus obras como en su vida; ello no deja de ser un caso de absoluta coherencia. Lo cierto es que en sus películas –y, por supuesto en Melancolía- se produce la máxima fusión entre los elementos poéticos que conforman el verdadero cine: la imagen impactante –rara vez caprichosa-, el tratamiento dramático de la banda sonora –aquí la música clásica, como en Bailar en la oscuridad la de Björk, o el silencio en Dogville-, la consistencia de sus personajes, que profundizan en los recovecos del alma humana con implacable consistencia…
Todo contribuye en esta película a crear la atmósfera fascinante y absorbente de un planeta en declive que contiene las miserias, las bajezas, los dolores y las incertidumbres del ser humano que lo puebla. Pero también la luz, la esperanza y el amor.
(http://www.melancholiathemovie.com/)

MEN IN BLACK 3   (27.05.12)
Dir.: Barry Sonnenfeld
Pro.: Walter F. Parkes, Laurie MacDonald   Gui.: Etan Cohen
Int.: Will Smith, Tommy Lee Jones, Josh Brolin  
Es sabido que el moderno cine norteamericano busca el rendimiento económico en repetir y repetir fórmulas y personajes en una especie de franquicias interminables. A veces les funciona, a veces no; pero hay algunas contadas ocasiones en que, independientemente del éxito en taquilla, la insistencia merece la pena, y esta serie de los Hombres de Negro podría ser una de ellas. Las dos anteriores entregas ya fueron realizadas por Barry Sonnenfeld (1997 y 2002), aunque con desigual resultado de recaudación y crítica; pero por si la flauta volvía a sonar como en la primera ocasión, los productores –Spielberg entre ellos- han vuelto a entregar la batuta al director de La familia Addams, Cómo conquistar Hollywood, Wild, wild west y El gran lío, que llevaba seis años tan tranquilo, dedicado a la televisión. 
La “operación” se basa, naturalmente, en el carisma y simpatía de los protagonistas –cada uno en su estilo- la calidad del guión, y la gracia y la oportunidad de los múltiples cachivaches y efectos varios empleados, incluidas las apariciones de los consabidos extraterrestres, amigos y colaboradores, o malísimos enemigos. Para empezar, los agentes “J” y “K” regresan a la pantalla como si los años no pasaran para ellos… o casi. “J” –Will Smith- sigue intentando echarle humor y comprensión a la relación con su siempre gruñón compañero “K” –Tommy Lee Jones-, aunque en algún momento empieza a sentir la tentación de estar harto de él. Y justo entonces, “K” desaparece, el malvado alienígena Boris “El Animal” se escapa de su prisión lunar y amenaza con esclavizar la Tierra, y “J” se verá obligado a viajar en el tiempo para volver a julio de 1969 –en las vísperas del viaje del Apolo XI, la cosa tendrá su miga-, integrarse en la misma organización secreta –pero más antigua y con una jefa jovencita-, reencontrar a un joven “K” –Josh Brolin-, tratar de torcer el destino y conseguir salvar al planeta y a su amigo.
Dos elementos son sin duda sobresalientes: el trabajo de los maquilladores, que convierten a Brolin en un Jones rejuvenecido y a Jemaine Clement –visto recientemente en La cena de los idiotas, versión USA– en un irresistible Boris “El Animal”, y el de ambos intérpretes, que consiguen una perfecta identificación con sus roles respectivos. También queda demostrada la imaginación de los creadores de escenarios y personajes, y la capacidad del guionista para el surrealismo que preside muchas de las situaciones. Pero esos mismos detalles se enredan a veces caprichosamente provocando bastante confusión y, al final, fatiga.
El dúo-trío protagonista hace todo el tiempo lo que le mandan y la verdad es que en muchos momentos consiguen una actuación bastante hilarante, acometiendo con absoluta seriedad los mayores disparates; de eso se trata, claro. Pero todo deja un regusto añejo, como de ya visto –es que ya lo hemos visto- y la aventura en sí misma resulta, además de previsible, liosa y floja. Está Emma Thopmson y hay una versión en 3D, naturalmente, pero ninguna de las dos cosas ayuda a levantar el ánimo. Quizá un poco, en los momentos finales, cuando la película nos regala una sorpresa interesante, que explica y justifica los personajes, el epílogo y, supongo, el fin de la serie.
De manera que no tengo más remedio que cuestionarme lo que decía en principio porque, a mi entender, tampoco esta tercera parte supera a la primera, aún siendo, probablemente, mejor que la segunda. Will Smith –y no digamos Tommy Lee Jones- se está poniendo un poco mayor para estas andanzas; al menos, mientras no evolucionen –las aventuras- al mismo ritmo que sus anteriormente magnéticos Men in black. Con sus elegantes trajes negros, sus molantes gafas oscuras, sus neuralizadores y sus armas atómicas, han llenado tebeos y han cumplido una trilogía divertida en la pantalla. Ya es hora de que les den una merecida jubilación. (www.meninblack.com)

MIDNIGHT IN PARIS   (15.05.11)
Dir.: Woody Allen
Pro.: Letty Aronson, Stephen Tenenbaum, Jaume Roures   Gui.: Woody Allen
Int.: Owen Wilson, Rachel McAdams, Marion Cotillard  
Midnight in Paris ha abierto el festival de Cannes y es una nueva película “española” de Woody Allen; financiada, quiero decir, con dineros de Mediapro, dentro del lote firmado entre Jaume Roures y Allen. También es otra película “europea” del maestro neoyorkino –la siguiente es en Roma- y la que hace el número cuarenta y tres –con más de sesenta como guionista- en su filmografía. Que no hace falta repasar y que cumple, caso único en la historia, esa norma de estrenar cada año; no es cosa de estos últimos tiempos; es que su debut fue en 1966, así es que la cuenta es bien fácil. En cualquier caso, las andanzas por el viejo continente han llevado a Woody Allen a París. Si en su genial Todos dicen I love you aparecía la capital francesa en una secuencia llena de encanto, ahora Allen se ha entregado a una completa declaración de amor personal a la ciudad, a sus calles y rincones, a su atmósfera y su clima, a sus habitantes y a su historia. Sin olvidar, naturalmente, los temas que le son más queridos y que caracterizan sus argumentos, en cualquier sitio que transcurran y con cualquier intérprete que los represente. Aquí, por ejemplo, entregando su “alter ego” nada menos que a Owen Wilson.
Él es Gil, un joven guionista de Hollywood; pese a haber conseguido bastante éxito, no se conforma y quiere escribir una novela. Está en París con su novia y los padres de ésta que, no hace falta decirlo, son ese matrimonio americano que a Allen le encanta ridiculizar. Gil está bastante incómodo, recela del futuro que le aguarda y hasta el viaje parece aguársele del todo cuando coinciden con otra pareja, unos amigos de su novia, que se les pegan –sobre todo él- y que resultan –sobre todo él, ya digo- un modelo de pesadez, inoportunidad y pedantería.
Gil está prendado de París y prefiere recorrer sus calles y sus cafés, paseando solitario en la noche. Hasta que se pierde, como era de esperar, y, aturdido y cansado, se sienta en una esquina esperando que pase un taxi libre. Y en ese momento dan las doce, y aparece un coche: un viejo taxi, un peugeot de aquellos negros, de capota rígida, escapado de los años veinte. No viene vacío, pero sus ocupantes mandar parar el coche al ver a Gil y lo invitan a subir y a ir con ellos a una fiesta. El hombre entra en el taxi y, por arte de magia, entra en el pasado. 
Sus anfitriones son Scott Fitgerald y Hemingway y en la fiesta está tocando Cole Porter, y luego irán a casa de Gertrude Stein, que se brindará a aconsejar al novelista en ciernes, y allí conocerá a Picasso y a Man Ray y al auténtico Dalí, obsesionado con los rinocerontes. Luego llegará el día, el hechizo se romperá y Gil tendrá que atravesar su penosa existencia antes de saber si otra vez, con el embrujo de las campanadas de medianoche, volverá a vivir su cuento de hadas y podrá conocer a T. S. Eliot, a Josephine Baker, a Belmonte y a Buñuel. Y a María, que puede ser quien le descubra el auténtico amor. O no…
Como en La rosa púrpura de El Cairo, como en Sueños de un seductor o Scoop o Zelig, Allen hace ir a sus personajes de la realidad a la fantasía –y viceversa-, dotando a sus imágenes del más auténtico sentido de la poesía; ha ido, además, depurando o, por mejor decir, modificando su estilo, hasta convertir su narración en un ejemplo de ligereza y sencillez, combinándolas con el más estricto rigor en la planificación y el montaje. En Midnight in Paris no falta ni sobra nada: cada plano, cada movimiento de cámara, cada sugerencia en el guión y cada elipsis sirve para dar vida a sus personajes, para azuzar la imaginación y para entretener y divertir al espectador.
La película, además, está llena de hallazgos visuales y, cómo no, verbales; pero sobre todo contiene esa pasión por París que es, en realidad, mucho más: es la pasión por la cultura, por la historia, por el propio cine, sin dejarse enredar en las trampas de la nostalgia simplona y apostando por la sinceridad, el amor verdadero, el futuro pluscuamperfecto y la alegría. (www.midnightinparislapelicula.com)

MIEL   (13.04.14)
Dir.: Valeria Golino
Pro.: Viola Prestieri, Riccardo Scamarcio   Gui.: Valeria Golino, Francesca Marciano, Valia Santella
Int.: Jasmine Trinca, Carlo Cecchi, Libero De Rienzo
La italiana Valeria Golino ha entrado en una espléndida madurez como actriz: 80 títulos, algunos de ellos en impor-tantes producciones americanas –Rain Man, Leaving Las Vegas, Cosas que diría con solo mirarla…- y la mayoría en Europa, Italia sobre todo; películas de distinto calado, pero en las que ella siempre está bien. Y ahora ha debutado en la dirección de largometrajes con esta obra intensa, emotiva, valiente y muy inteligente, que recibió aplausos unánimes en la reciente muestra de cine italiano de Madrid.
Al comenzar el relato, la protagonista aparece escondida tras una mampara
translúcida, que solo nos deja oírla y entrever sus movimientos; después, el secreto se desvela y la descubrimos: Irene es una atractiva treintañera, que enseguida se nos muestra independiente y resuelta. Vive sola, hace deporte de forma agotadora, y parece fría y decidida. No dedica mucho tiempo al amor, aunque mantiene alguna relación a la que no concede demasiado futuro; en cambio, toda su alma está puesta en su actividad clandestina: con el seudónimo de “Miel”, trabaja para una organización que se dedica a ayudar a personas que ya no pueden soportar sus sufrimientos y desean poner fin a su vida.
Cada vez, su gente le facilita la identificación del siguiente demandante y ella llega hasta él con instrucciones precisas pero enormemente respetuosas. Irene trata de desarrollar su tarea sin implicarse emocionalmente; consciente de la radical consecuencia de sus actos, pero convencida de cumplir la voluntad de quienes quieren morir dignamente y sin dolor. En efecto, ella se retira en los últimos momentos, para que sea el propio interesado, solo o con ayuda de otro, quien se administre el ingrediente letal.
Extraído de un pasaje de una novela italiana relativamente trascendente, Valeria Golino y sus guionistas han creado un personaje formidable: Irene es una mujer fuerte, nada condescendiente, rebelde ante la hipocresía y la mentira; su aspecto casi andrógino llena su feminidad de energía, la que necesita Miel para cumplir sus encargos y sobrevivir por debajo de la verdadera piel de la joven. Irene no podría hacer lo que hace Miel, pero la acepta como parte de sí misma. Aunque ese equilibrio, y esa determinación se derrumban cuando llega una solicitud muy diferente. El nuevo “paciente” –el único al que conocemos con nombre y apellido: Carlo Grimaldi- es un hombre mayor, ingeniero jubilado, inteligente y en posesión de todas sus facultades, con buena salud y sin más problema que su absoluto desdén por sus semejantes y su hastío por la vida: algo que Irene, de repente, no puede comprender ni soportar. La sorpresa y la curiosidad la invaden, y también el desconcierto y la rebeldía. Por primera vez, su trabajo le plantea una disyuntiva moral.
La película se adentra con valentía en el espinoso tema de la eutanasia, sin ceder ante posibles –seguras- reacciones adversas de los sectores más conservadores y rancios de la sociedad. Miel es una abanderada de la libertad: para salvaguardar el derecho a decidir de cada cual, y también para recibir y asumir las bofetadas de la vida, cuando llegan. Pero además, Valeria Golino indaga y se pregunta acerca de la alienación y la identidad, la construcción de la persona y su implicación con el resto de la humanidad. A la sombra de la profunda misantropía de Carlo, Irene –esencialmente humanitaria- sobrevivirá, quizás, a Miel para intentar una nueva andadura.
Magnífico el tándem que forman Golino y Jasmine Trinca; la directora consigue en todo momento una temperatura y un ritmo admirables, y la actriz –vista en Caos calmo o La mejor juventud…- recoge toda la luz de la película y la transforma en energía: la historia, que transcurre equilibrada y voluntariamente distanciada, estalla repentinamente, aquí y allá, cargada de emoción, gracias al talento de su protagonista. (www.goodfilms.es)

MIEL DE NARANJAS   (03.06.12)
Dir.: Imanol Uribe
Pro.:
Luis Galvão, Enrique González Macho   Gui.: Remedios Crespo
Int.: Iban Gárate, Blanca Suárez, Karra Elejalde  
Si se puede hablar de un cine “periférico” en España –que yo creo que sí-, hay que referirse, por una parte, al que se hace de espaldas a la industria –raquítica, pero industria al fin y al cabo-, cuyo ejemplo más actual podría ser “Iceberg”, de Gabriel Velázquez, rodada en el río Tormes con cuatro chavales desconocidos; y por otra al que se produce en las comunidades alejadas del epicentro de esa misma –convengamos en llamar- industria: Madrid y aledaños; de estas cinematografías, las que se me antojan más interesantes son la andaluza, por su pujanza y cercanía argumental, y la vasca, siempre a la cabeza de un cine valiente y social y políticamente comprometido.
Valga este exordio para acercarnos a la figura de Imanol Uribe, una de las más representativas de esta última, director de películas como El proceso de Burgos, La muerte de Mikel, Adiós pequeña, El rey pasmado, Días contados, Bwana, El viaje de Carol… Todas ellas interesantes, certeras y alguna verdaderamente arriesgada. Y ésta de ahora también: Miel de naranjas se sitúa e
n la tenebrosa España de los años 50 del pasado siglo, cuando la dictadura franquista se traduce en una feroz represión de las ideas y actitudes contrarias al régimen. Los militares constituyen tribunales que ejecutan juicios sumarísimos contra todo aquél sospechoso de sedición o –lo más frecuente- comunismo; los acusados son invariablemente considerados culpables, condenados y llevados al paredón en cuestión de horas.
En ese terrible ambiente, Enrique, el joven secretario judicial, asiste con pavor y resignación a los acontecimientos. Los procesos, los juicios y sus crueles e inmediatas consecuencias –la condena y el fusilamiento- se han convertido para los ejecutores en una rutina despiadada, en la que caben hasta las bromas y los insensibles automatismos burocráticos… Para Enrique, desde luego, no. A duras penas cumple con su obligación de levantar actas y archivar sentencias; trata de mantener una dura imparcialidad, que cada vez necesita mayor control, y siente que su razón está a punto de rebelarse… aunque también quiere quedar bien con el tremendo presidente del tribunal, porque le tiene miedo y, sobre todo, porque está enamorado de su sobrina Carmen. Los dos jóvenes comparten, además del amor, la preocupación por el momento que viven y el temor a un futuro que se les antoja muy problemático.
Y la verdad es que nada es sencillo en ese paisaje torturado y quebrado por distintas líneas de tensión: un acierto del guión que convierte la película, sobre la denuncia de aquellos sucesos, en una intriga policial a la que se suma el juego de sentimientos de los protagonistas. Enrique –Iban Gárate, por primera vez con un protagonismo absoluto, que resuelve satisfactoriamente- se verá al fin obligado a tomar partido, y será Carmen –lo mismo se puede afirmar de la solicitadísima Blanca Suárez- quien lo ayude en la encrucijada; y en torno a ellos se mueven militares de múltiple condición, paisanos, familiares, militantes clandestinos o no tanto, participantes todos de una aventura equívoca y peligrosa. 
Cuando se fía el peso de la acción a unos protagonistas todavía noveles, es necesario apoyarlos en un reparto sólido y eficaz; Uribe lo sabe muy bien y por eso Iban y Blanca comparten pantalla con gente como Eduard Fernández, Ángela Molina, Karra Elejalde, Bárbara Lennie, el gran Antonio Dechent y otros de parecida categoría. Cada uno con distinta importancia, pero todos entregados a cumplir su guión; que, si tiene en cierto momento algún pequeño escollo, ellos contribuyen a salvarlo.
A la faena se pone también Imanol Uribe –premio al mejor director en Málaga, y la película mereció más-: está siempre atento al ritmo de la narración, al crecimiento de sus personajes y a la progresión argumental; sin medias tintas pero sin caer en excesivo apasionamiento y dejando que hablen las imágenes para retratar en aguafuerte unos seres creíbles y cercanos luchando por sus ideas en un escenario crudamente real: una página de nuestra historia que no debe olvidarse ni repetirse. (http://www.altafilms.com/site/sinopsis/miel_de_naranjas)

MIENTRAS DUERMES   (16.10.11)
Dir.:
Jaume Balagueró
Pro.: Julio Fernández   Gui.: Alberto Marini
Int.: Luis Tosar, Marta Etura, Petra Martínez, Alberto San Juan  
Desde su debut con la estupenda Los sin nombre (1999), Jaume Balagueró ha disfrutado dando miedo a los espectadores. Tras ésta dirigió  OT: La película –nadie es perfecto-, pero luego se reivindicó con Darkness, Frágiles, y la serie [Rec] en colaboración con Paco Plaza. Balagueró ha rodado con repartos internacionales, en español y en inglés, y siempre bajo la batuta del muy listo Julio Fernández y con un ojo puesto en el público norteamericano. Pero ahora ha dado un leve giro, para separarse del terror puro, más o menos fantástico, más o menos “gore”, y para inclinarse hacia el suspense psicológico, cercano al horror pero sin ninguna de las convenciones del género: ni sustos, ni cámara subjetiva, ni golpes de efecto estridentes o sangrientos. Al contrario: los personajes y los escenarios no pueden ser más cotidianos, más normales y sencillos. Al menos, en apariencia. Hay una casa, pero más parece la de la Rue del Percebe que la de [Rec]. En principio.
Abajo está el portero y en los pisos, los vecinos. Primero conocemos a César. Se levanta muy temprano, aún de madrugada. No está en sus habitaciones del sótano del edificio; pero llega enseguida, se asea, se dispone a trabajar. Limpia un poco, distribuye el correo, trae los periódicos del día… Y empiezan a salir los vecinos: la señora Verónica, con sus perritos; Úrsula, la niña del tercero, con su hermano y su padre, que los lleva al cole; en sentido contrario, llegan los empleados de la oficina del primero; y luego baja Clara, la joven siempre alegre, simpática hasta para ir al trabajo.
César es atento, servicial, siempre dispuesto a hacer un favor o resolver un problema doméstico. Al administrador, sin embargo, César le cae fatal, no sabemos bien por qué. Hasta que poco a poco, el personaje se va explicando. Primero es Úrsula, la niña espabilada y despótica, la que nos hace sospechar; luego vemos que el hombre siente algo parecido al desprecio por su anciana vecina Verónica, la de los chuchos; y por último, podemos contemplar las siniestras –y repetidas- actividades nocturnas del equívoco portero. Sabemos también que César visita a su madre enferma, recluida en un hospital. La madre está apenas consciente, no habla ni se mueve, pero su expresión y su mirada cargada de dolor delatan el horror de haber parido semejante monstruo.
César es un hombre atormentado. No puede ser feliz, porque es absolutamente malo; sólo disfruta y se complace haciendo el mal, y la alegría y la dicha de los demás le produce tanto daño que ha dedicado su vida a impedirla por todos los medios. Molesta disimuladamente, provoca, delata, miente y será capaz de llegar a violar y a matar si con ello es posible borrar la sonrisa de una cara, amargarle el día a alguien, acabar con una vida feliz. Como la de Clara, que parece inmune a los problemas y que vive contenta y confiada, y más cuando su novio viene a pasar con ella unos días de placer y risas. El colmo.
Luis Tosar encarna de nuevo un personaje negativo, aunque César no es el Antonio de Te doy mis ojos, ni mucho menos el “Malamadre” de Celda 211. Éste de ahora es perverso sin excusas, es un arquetipo de la maldad absoluta. Aunque en la trama haya algún personaje fallido y un par de errores de bulto –uno, bastante grave-, Balagueró ha construido este protagonista sin fisuras, con una progresión dramática perfectamente modulada y dejándolo expresarse con sus palabras tanto como con sus silencios, hasta un remate final coherente en su maldad y no tan abierto como parece.
Tosar, naturalmente, lo borda; como igualmente hacen Marta Etura con su Clara y Petra Martínez en el papel de la impagable señora Verónica. 
Como decía al principio, en esta película no hay sustos ni gritos, pero eso no impide que el horror que nace en la inconsciencia de la noche te hiele hasta los huesos. (www.mientrasduermeslapelicula.com)

MONUMENTS MEN   (23.02.14)
Dir.: George Clooney
Pro. y Gui.: George Clooney, Grant Heslov
Int.: George Clooney, Matt Damon, Cate Blanchett
Pocas personalidades tan interesantes como la de George Clooney en el actual cine americano: crecido en una familia de artistas, actor de carisma irresistible –casi cuarenta películas de todos los géneros y más de treinta papeles en series de televisión, con Urgencias a la cabeza-, productor de una treintena de títulos y guionista y director de cinco, de los más significativos quizá de su carrera: Confesiones de una mente peligrosa, Buenas noches y buena suerte, Ella es el partido, Los idus de marzo y esta nueva, que reúne todas sus facetas.
Monuments Men es una página –más o menos novelada- de la Historia del Siglo XX. Durante la II Guerra Mundial, los alemanes procedieron al saqueo sistemático de las obras de arte que encontraron en las grandes colecciones –las privadas de los ricos judíos franceses, sobre todo- y, de paso, en museos, iglesias y palacios de toda la Europa ocupada. Miles de cuadros, esculturas y objetos artísticos fueron seleccionados y escondidos para su posterior traslado a Alemania para nutrir el gran museo del III Reich ideado por Hitler. En los últimos tiempos de la contienda, todavía el omnipotente Hermann Göring visitaba con frecuencia el parisino Jeu de Paume, donde se almacenaban miles de obras, para escoger las que quería llevarse.
Con la derrota final del ejército nazi, siguiendo instrucciones del propio Hitler –el terrible “Decreto Nerón”-, muchas de esas piezas se destruyeron con furia incendiaria. Otras permanecieron ocultas en distintos lugares, desde casas particulares hasta minas abandonadas; y muchas más cayeron en poder de los soldados rusos, que las llevaron a su país. Y en esos momentos, alertados por esta dolorosa situación, un grupo de voluntarios americanos –media docena de veteranos arquitectos, restauradores e historiadores- decidieron volar a Europa para rescatar cuantas obras pudieran, y devolverlas a sus legítimos dueños. Al menos, eso es lo que cuenta la película. Como decía, George Clooney escribe, produce y dirige este relato y además capitanea el pelotón de maduros y esforzados combatientes por el arte que forman Bill Murray, John Goodman, Bob Balaban, Jean Dujardin y otros: los infatigables “Monuments Men” que se jugaron la vida –y algunos la perdieron- tratando de salvar el legado histórico de la cultura europea.
Bajo la dirección del profesor Frank Stokes –George Clooney-, el grupo se reparte en misiones de distinto grado de dificultad y peligro: uno va a París para tratar de obtener un catálogo de las piezas robadas, mientras los demás se reparten por los terrenos recién reconquistados e incluso en el mismo frente de la retirada alemana. Buscan sobre todo dos obras de incalculable valor: el Políptico de Gante –el gigantesco retablo de los hermanos Van Eyck-, y la maravillosa Madonna de Brujas, esculpida por Miguel Ángel. Las pesquisas van dando resultado, fruto de la exhaustiva investigación, el empeño de los rescatadores y también, por supuesto, de la suerte que a veces los acompaña.
Aunque no siempre ayude al Clooney autor del evento. Partiendo del texto de Robert Edsel y Bret Witter, el guion simplifica los hechos peligrosamente. No solo en la reducción del número y disposición de los expedicionarios –no sería lo más grave, gracias al estupendo reparto-, sino también en la progresión y la intensidad de sus acciones. La narración se hace pronto demasiado rutinaria, sin excesiva emoción y con cierto sentido del humor que no acaba de encontrar acomodo. Monuments Men apunta a película bélica clásica, a drama histórico-político-cultural y a policiaco con suspense; y seguramente se queda a medio camino de todo ello.
Al final, Clooney quiere cargar las tintas –siguiendo aquí la tesis original del libro- en la difícil cuestión de si una obra de arte vale más que una vida humana, sacrificada por salvarla. En realidad, fueron cinco millones de piezas las rescatadas, pero aun así… la respuesta tiene más aristas de las que muestra el convencido historiador Frank Stokes, protagonista de la historia en la pantalla. (http://www.monumentsmen.es/)

 

MOONLIGHT   (11.02.17)
Director: Barry Jenkins. Intérpretes: Ashton Sanders, Mahershala Ali, Naomie Harris.
La primera película de Barry Jenkins, Medicine for melancholy está inédita en nuestras pantallas, pero ahora estrena Moonlight, y se ha colocado en cabeza de la nómina de directores afroamericanos de Hollywood con esta emocionante historia que refleja la vida en un barrio marginal de Miami, su ciudad natal.

El filme cuenta en tres partes la vida de su protagonista, Chiron, un chaval tímido y acomplejado, que sufre en su casa por la difícil convivencia con una madre soltera y drogadicta, y en la calle y en el colegio con la hostilidad de los violentos chicos de la zona. Solo se sostiene por la amistad con Juan, con un dealer cubano que le coge cariño y le regala las primeras lecciones para la vida.
El relato progresa en el tiempo y Chiron crece, se convierte en un problemático adolescente agobiado por su sexualidad y su entorno tan hostil, y luego, en la conclusión, en un hombre que se enfrenta a la pelea de la vida adulta y busca a tientas su lugar en el mundo y su identidad como persona. Y también la amistad y, si es posible, el amor.

Moonlight es un emotivo retrato del protagonista y sus alrededores; pero es mucho más que una biografía: es un derroche de sentimiento y una mirada compasiva sobre unas gentes a la deriva que buscan desesperadamente su rumbo. Y, por encima de todo, es una lección de cine, con un solidísimo guion, una fotografía y una puesta en escena excepcionales, con una cámara de exactitud milimétrica, una magnífica banda sonora y un plantel de intérpretes –expertos y noveles- en estado de gracia, orquestado todo por el talento y la capacidad poética de Barry Jenkins.

MOONRISE KINGDOM   (17.06.12)
Dir.: Wes Anderson
Pro.: Wes Anderson, Scott Rudin   Gui.: Wes Anderson, Roman Coppola
Int.: Jared Gilman, Kara Hayward, Bruce Willis, Edward Norton, Bill Murray, Frances McDormand, Tilda Swinton, Harvey Keitel, Jason Schwartzman...
Otro director de indiscutible personalidad. Las películas de Wes Anderson –Academia Rushmore, Los Tenenbaums, Vida acuática, Viaje a Darjeeling, Fantástico Sr. Fox- se distinguen a la primera secuencia; casi, al primer plano. Su sentido de la narrativa, el tiempo y el ritmo; el tratamiento de la imagen y el sonido, el color, la fotografía…, todo revela la autoría, la poética personal e intransferible de este creador.
Moonrise Kingdom es otra historia con niños, pero está en las antípodas de la de Velázquez (Iceberg). Lo que en aquélla es retrato en blanco y negro de una dolorosa realidad, se convierte en ésta en artificio multicolor, bañado por la luz de la luna, encendido por rayos y centellas –no todos imaginarios- y atravesado por un sentido del humor que va de la ternura a la demencia. Todo ello sin reposo y continuamente sorprendente. Y además, esta es una historia de amor.
Suzy y Sam son dos críos de 11 o 12 años. Y están enamorados. Así que se marchan juntos: Suzy se escapa de su casa, aprovechando que su madre está entretenida con el sheriff y su padre está como si no estuviera; y Sam se escapa del campamento scout en el que pasa –malamente- el verano. El aturullado jefe del campamento organiza la persecución de Sam, y los padres de Suzy, también. Y el sheriff. Y la adusta y burocrática asistente social, y la policía, y todo el mundo.
Los niños llevan ventaja, aunque sus perseguidores son expertos y perseverantes; pero no es el éxito de la escapada lo que importa, sino la propia escapada, la aventura, el viaje. En todas las películas de Wes Anderson, los personajes van y vienen, se mueven, viajan… y aprenden. Y el espectador no tiene más remedio que simpatizar con ellos, aunque estén chiflados o aunque sean, como en este caso, unos niños malutos y desobedientes. (http://focusfeatures.com/moonrise_kingdom)

MORTADELO Y FILEMÓN CONTRA JIMMY EL CACHONDO   (30.11.14)
Dir.: Javier Fesser
Pro.: Francisco Ramos, Luis Manso   Gui.: Javier Fesser, Claro García
Int.: Karra Elejalde, Janfri Topera
La nueva aventura de Mortadelo y Filemón, de nuevo con Javier Fesser al timón, pretende llegar a todos los públicos y conseguir que todos se partan de risa. Eso es lo que le pasa también al malvado Jimmy –el enemigo de turno de la pareja-, que es capaz de cometer las más terribles fechorías –volar por los aires la sede de la TIA, por ejemplo-… porque le divierten mucho. Es tan cachondo Jimmy, que incluso en la puerta de su guarida secreta ha puesto un letrero que dice “guarida secreta de Jimmy”; y puede encargar misiones distintas a sus dos secuaces, dos malvados hermanos siameses… muy peligrosos. Aunque no tanto como Tronchamulas, un feroz y gigantesco delincuente que se escapa de la cárcel –por el procedimiento de echar la tapia abajo- y que quiere vengarse de Mortadelo.
Claro que a este le ayuda –es un decir- Filemón, además de contar con las fuerzas vivas de la TIA: el superintendente Vicente, la señorita Ofelia y el profesor Bacterio. Y también están otros muchos personajes, viejos y nuevos conocidos de los personajes de Ibáñez; que imagino que estará satisfecho, porque la película de Fesser es un auténtico tebeo como los que forma el genial dibujante. En movimiento, claro. ¡Y qué movimiento! El ritmo de los acontecimientos, los chistes, las carreras, trompazos, explosiones y demás hecatombes es tan furioso que uno no deja de sorprenderse, de sonreír y reír a ratos, pero acaba tan agotado como si el mismo Jimmy le hubiera pegado un ladrillazo en la cabeza. Igual es que hay que ver la peli varias veces para disfrutar y enterarse de todo lo que pasa.

MORTADELO Y FILEMÓN. MISIÓN: SALVAR LA TIERRA    (27.01.08)  
Dir.: Miguel Bardem
Pro.: Paloma Medina, Teddy Villalba   Gui.: Miguel Bardem
Int.: Edu Soto, Pepe Viyuela, Janfri Topera, Carlos Santos, Álex O'Dogherty  
Mortadelo y Filemón forman parte, sin duda, de la mitología española contemporánea. Creados hace ahora cincuenta años por el genial Francisco Ibáñez, los dos inmortales personajes son seguramente los únicos capaces de codearse en el Olimpo de las historietas con Astérix, con Tintin, con Corto Maltés y con los superhéroes de la Marvel. De su inmensa popularidad da buena cuenta el hecho de que  en su primera aparición en la pantalla grande, hace cinco años, rompieron las taquillas y se alzaron con el título de película más vista del año.
Y ahora, los esforzados y desternillantes agentes de la T.I.A. regresan... para salvar al planeta entero de los peligros que lo acechan. Filemón sigue siendo muy parecido a Pepe Viyuela, y Mortadelo tiene ahora los rasgos –prestos al disfraz, a la metamorfosis y a la pirueta- de Eduard Soto, antes conocido como “El Neng de Castefa” y otros alias. Viyuela es el Filemón ideal; su capacidad gestual –es, posiblemente, el mejor “clown” de este país- y su elasticidad lo convierten en un perfecto personaje de cómic, ayudado además por cuantos efectos especiales se puedan imaginar. En cuanto a Mortadelo, el inefable Benito Pocino, protagonista de la primera película, era realmente un calco del personaje; pero Edu Soto, convenientemente caracterizado, lo supera: quizá no posee el encanto naif de Pocino, pero es mucho mejor actor; que, aunque pudiera no parecerlo, también es muy importante en una película como ésta. 
El resto de las comparaciones tampoco desmerecen en la presente aventura: reaparecen el Súper, el profesor Bacterio –culpable de los inventos más atroces-, la descomunal secretaria de la T.I.A., Ofelia, y hasta Rompetechos, esa especie de Mr. Magoo bajito trasladado por Ibáñez a los escenarios españoles; todos, interpretados de nuevo por los mismos actores: eso le da a la película apariencia de continuidad. Pero la gran baza del argumento reside, como no podía ser por menos, en los “malos” de la historia. Además de otros secuaces de menos calado –cuya característica principal es siempre la grandísima fuerza unida a un escasísimo cerebro-, Mortadelo y Filemón se enfrentan al malvado Botijola y a su ayudante Todoquisque. Éste se llama así, seguramente, porque compite con Mortadelo en su capacidad para el disfraz y para convertirse por arte de magia en la persona que desee; naturalmente, es un enemigo peligrosísimo. Y no digamos su jefe, empeñado en dejar que el planeta se muera de sed, acabando con todas las reservas de agua habidas y por haber, para luego obligar a todo el mundo a comprar el brebaje de su invención. Que es evidente que está malísimo, dicho sea de paso; pero para eso es el malo de la película, la mente criminal que trae en jaque a los servicios secretos más conspicuos y profesionales de la Tierra.
Precisamente ahí arranca la historia, cuando las potencias mundiales, aterrorizadas, acaban por determinar pedir ayuda a la única organización que les queda: la T.I.A. La agencia –española, por supuesto- dirigida por el Súper, está en horas muy, pero que muy bajas; casi, casi, a punto del derribo. Y la causa, precisamente, es que, como todo el mundo sabe –y si no, nos acabamos de enterar-, Mortadelo y Filemón han abandonado el servicio. Para colmo, están enfadados entre sí; por culpa, parece, de los devaneos amorosos de Filemón con la hermana de Mortadelo, la joven y virginal –es un decir- Toribia. Parece que no sirve de nada que Filemón proclame su inocencia, tal es el enfado de su colega y antes amigo..., hasta que la presión del Súper y la gravedad de la situación, con Bacterio desaparecido y sus inventos haciendo estragos por todos los rincones, hace que la superpareja decida unir de nuevo sus fuerzas para luchar contra el mal.
Sería imperdonable tratar de explicar los personajes de Ibáñez. En la pantalla están como salidos de las páginas de los tebeos: la pareja se complementa a la perfección y conservan inamovibles sus roles: Filemón parece ser el jefe, y las decisiones importantes las toma él... pero su ayudante lo rebasa en todos los terrenos y convierte cada apuro, cada contratiempo, en un peligro mayúsculo para su superior; sencillamente, porque él mismo no se cree que lo sea; al contrario: Mortadelo es, pese a su torpeza, un superviviente, un listo, un mago capaz de sacar de su chistera –aquéllas primeras historietas...- el disfraz más extraordinario para salir indemne de la situación, aún a costa de empeorar la de su camarada. 
Así sucede en la película: Miguel Bardem, un director especialmente dotado para el imaginario –recordemos Noche de reyes y La mujer más fea del mundo- ha dispuesto casi de la misma ilimitada capacidad de fabulación que la que verdaderamente tiene Ibáñez con sus lápices. La pantalla se convierte, de este modo, en viñeta de cómic, y casi, casi, más que oírlos hablar, vemos salir de las cabezas de los protagonistas “bocadillos” con el texto. Y no hay reposo; a una velocidad de crucero de un efecto por minuto –si no más-, la trama se va desarrollando a ritmo creciente: un “gag” sucede a otro, a un conflicto otro mayor, y a cada ocurrencia, otra más formidable, más descalabrada. Mortadelo y Filemón buscan a Bacterio, se meten en la peligrosa máquina del tiempo –o es en la moderna ducha, los dos inventos son muy parecidos- y se enfrentan a gladiadores monstruosos y a perritos maniáticos; a Torquemada –o un primo suyo- y a la colaboración, todavía más peligrosa, de la oronda secretaria. Y al fin, al malvado Botijola y a sus esbirros, todos, siempre, con la malsana intención de matarnos... de risa.
Hay momentos estupendos en la película, desde la divertida presentación hasta la trepidante secuencia final, con un enfrentamiento “físico” entre buenos y malos repleto de efectos –la animación digital ha venido a proporcionar resultados cada vez más espectaculares-, y pasando por toda una galería de chistes verbales y, sobre todo, visuales, en la línea del mejor tebeo de “línea clara”. Y en general, todo el argumento se sostiene sobre la tensión del más difícil todavía: la facilidad de los protagonistas para meterse en líos, tergiversar la realidad más evidente y salir, asombrosamente, casi ilesos   de tantas dificultades; como un Bond de andar por casa, pero en clave de comedia. Que tampoco hay que buscarle más de estos tres pies al gato de esta historia. Se trata de ofrecer, en resumen, un rato de diversión; que sirva como homenaje a la longevidad de los personajes más grandes de nuestro cómic, y de paso a su autor, que lleva tantos años metiéndolos en tan esforzadas aventuras. Y no se han escatimado esfuerzos para que la película se “lea” como una historieta y para que, dentro de poco, ocupe un lugar –el DVD casero, por ejemplo- entre los demás “Mortadelos” en nuestra estantería. (www.myfmisionsalvarlatierra.com)

MR. TURNER   (21.12.14)
Dir.: Mike Leigh
Pro.: Georgina Lowe   Gui.: Mike Leigh
Int.: Timothy Spall, Dorothy Atkinson, Marion Bailey
Lo que un día fue la avanzadilla del cine británico –y europeo- es hoy una muestra de clásicos –Ken Loach, Terence Davies, Stephen Frears, Jim Sheridan- que atesoran toda la experiencia, no han perdido vigencia y siguen demostrando su calidad y su talento. Como Mike Leigh: 71 años y una docena de películas estupendas, entre las que están Grandes ambiciones, Secretos y mentiras –con la que ganó un buen número de premios y rozó el Oscar-, Dos chicas de hoy, El secreto de Vera Drake, Happy, un cuento sobre la felicidad y la extraordinaria Another year.
Cine sin contemplaciones, exacto como una radiografía, lleno de personajes y escenarios certeros y agudos como una saeta. Y lleno de amor también; pocos autores quieren tanto a sus criaturas como este inglés tan menudo y tímido como enorme en su inteligencia. Con Another year había colocado el listón bien alto, pero lo ha superado ahora con esta deslumbrante biografía del pintor Turner. De los últimos veinticinco años de su vida, más exactamente: los que ocupan el segundo cuarto
del siglo XIX.
En la relamida sociedad inglesa de la época, lo importante es guardar las formas y la discreción. Exactamente lo que no hace Joseph M. William Turner, un hombre de vida disoluta, excéntrico, gruñón y antipático, y un pintor maravilloso. A cualquier hora, en los lugares más dispares, puede vérsele tomando apuntes del paisaje o de cualquier elemento, al tiempo que su retina acumula y guarda la luz de cada instante. De vez en cuando se acuerda de volver a su casa, donde lo aguarda su anciano padre, bastante menos preocupado que la doncella que atiende a ambos. A él, Turner lo adora, tanto como la maltrata a ella, que, secretamente enamorada del pintor, se lo tolera todo. Todo significa todo, porque la falta de escrúpulos y de sentimientos de Turner no parece tener límites. Mientras abusa de su criada, no duda en olvidarse de su mujer y sus dos hijas, a las que casi ni conoce, y frecuenta los burdeles de Chelsea con una mezcla de erótica indiferencia que mezcla la pulsión estética con la lujuria. En los salones palaciegos o en las galerías de la Real Academia de las Artes se muestra displicente y egoísta, incapaz de un elogio o una muestra de interés por sus colegas.
Y en sus últimos años, Turner vive aun más anárquicamente, mientras su pintura se hace a la vez más pura, más abstracta –más revolucionaria- y menos del gusto de sus coetáneos de la distinguida clase alta londinense y de la exquisita Academia. Un personaje tremendo, en resumen; quizás a este, Leigh no lo quiera tanto, pero le sirve para el lucimiento de su protagonista y su director de fotografía.
Timothy Spall, habitual secundario –obligado por su físico- del cine del Reino Unido, borda una interpretación descomunal, acorde con su personaje. Su Turner no habla: gruñe; no camina, arrasa. Y su trazo en el lienzo, que puede ser delicado, a veces se arrebata en un brochazo feroz que cruza
la tela como un relámpago. Y lo maravilloso es que dentro de la tosca corteza del personaje, Spall demuestra una infinita gama de matices: en un gesto, en un respingo, en una mirada, en la respiración entrecortada o en el temblor de unos dedos. Un grandísimo trabajo de este grandísimo actor.
Dick Pope, de la mano del director, lleva a la pantalla la paleta de Turner, impregnando la atmósfera de la película de la luz y los colores del pintor, preciosista y minuciosa en los detalles, como en los mejores óleos, llena de fuerza y también delicadez impresionista como en las acuarelas. La película no solo es Turner; es, además, la pintura, la obra de Turner. Y su época: Leigh se ha cuidado –gracias también a su estupendo guion- de retratar al pintor en su laberinto: las gentes que lo rodean, los lugares que habita y el aire que respira son también protagonistas del relato: una biografía apasionada y apasionante de un maestro de la luz realizada por un maestro del cine.
(www.wanda.es)

MY BLUEBERRY NIGHTS    (14.12.08) 
Dir.: Wong Kar Wai
Pro.: Stéphane Kooshmanian, Jean-Louis Piel, Wang Wei, W.K.W.   Gui.: Wong Kar Wai, Lawrence Block
Int.: Norah Jones, Jude Law, Natalie Portman, Rachel Weisz  
Wong Kar Wai es chino, nacido en Shanghai y afincado en Hong Kong; dirige desde 1982 y es el autor de una treintena de películas, poco conocidas al principio fuera de su país pero aclamadas sucesivamente en todo el mundo desde 1995 –con Fallen angels y Happy together- y sobre todo desde el 2000, con In the mood for love (Deseando amar), una de la mejores películas de las últimas décadas. Después realizó 2046 –una especie de epílogo futurista de la anterior-, un episodio de Eros    –junto con Antonioni y Soderbergh- y esta deslumbrante Mis noches de arándanos americana.
Que Wong Kar Wai dirigiera en Estados Unidos era algo que se veía venir; había enorme curiosidad por comprobar como se resolvía el reto, y más cuando pasaban los meses y la película no llegaba a estrenarse. Aquí está, por fin, y no decepciona: todo lo contrario. Para empezar, cuenta con el descubrimiento de Norah Jones, la extraordinaria cantante, como una espléndida actriz, dúctil, sensible, muy atractiva y contundentemente fotogénica. Ella es Elizabeth, Liza, Beth... Va cambiando su nombre según su rastro se borra por las esquinas de América, en una especie de “road movie” de sentimientos que la libera y la ata a partes iguales. 
Las películas de Wong Kar Wai –como pasa con todo el cine de verdad- no se pueden contar. O sí se pueden contar, pero da igual: el relato está en la pantalla, y en ese espacio infinito que va desde lo más hondo del plano hasta el fondo de la retina del espectador; y se mantiene en la memoria aún cuando ya no lo vemos; al salir de la sala, y mucho tiempo después, la película sigue viva. El tiempo y el espacio –en Deseando amar, en 2046- se fragmentan y se recomponen en el universo personal de Wong Kar Wai.
En My blueberry nights, también, pero el discurso aquí es menos hermético, más descriptivo; quizás porque los personajes que pueblan el periplo de Elizabeth –el policía autodestructivo, la ex esposa fatigada, la joven jugadora- son, como ella misma, americanos; y también el paisaje, la ciudad y los comportamientos. Eso hace cambiar el punto de vista del narrador –y la parte con Natalie Portman es la expresión más evidente-, pero Kar Wai sigue siendo un maestro de la elipsis, del ritmo y la planificación, y un poeta de la imagen: la pantalla se enciende, cambia de color –como los neones del bar de Jeremy-, se agranda o se estrecha, se nubla, se introduce por la oquedades del alma de los protagonistas...
Jeremy es la piedra angular en el viaje de Elizabeth, es su principio y su final. La barra del bar separa a los jóvenes, no sólo físicamente. Jeremy se quedará detrás, custodiando las llaves perdidas de los clientes que no volverán, preparando tartas que no se van a consumir y contemplando una y otra vez el vídeo en el que ella resplandece y luego desaparece, delgada y fugitiva como el humo de su eterno cigarrillo en soledad. Elizabeth se marcha, dejando que su huella se pierda, el teléfono no la alcance y su recuerdo no ocupe más espacio que una tarjeta postal que atraviesa el país por azar. Ella cambia y permanece; viaja, se detiene un momento, se deja llevar: busca y sabe que encontrará.
Magnífica Norah Jones, que además presta su voz cálida y envolvente a la partitura de la película, que no es sólo musical; como siempre, Wong Kar Wai enlaza magistralmente en su pentagrama melodía, sentimiento, imágenes de belleza apabullante y extraordinarias interpretaciones: estupenda Natalie Portman, pero también Rachel Weisz y un David Strathairn que traspasa la conciencia del espectador. 
Jude Law se lleva la mejor parte. Jeremy, su personaje, es, en realidad, el testigo de esta historia. Es él quien ve llegar a Elizabeth desencantada y hambrienta, quien la ve partir doliente pero decidida y quien esperará su regreso –todos los días y todos los kilómetros que haga falta- para recuperar el sabor de la tarta de arándanos en el beso dulce y delicado de su boca. (www.myblueberrynights.es)