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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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LA BRÚJULA DORADA    (09.12.07) 
Dir.: Chris Weitz
Pro.: Bill Carraro, Deborah Forte   Gui.: Philip Pullman, Chris Weitz
Int.: Nicole Kidman, Daniel Craig, Dakota Blue Richards  
Philip Pullman es eso que en la cultura americana llaman “un aclamado novelista” –ignoro la causa y la procedencia de tal aclamación-, autor de una trilogía titulada La materia oscura. Eso, lo de la trilogía, es muy llamativo para Hollywood, porque se les proporcionan tres de una tacada y así la huelga de guionistas se nota menos. Y la primera parte de la cosa –que tendrá su continuación, si Gary Cooper, que estás en los cielos, no lo remedia-, es esta: La brújula dorada.
A ver si lo resumo –es que es muy larga...-: esto es un mundo paralelo al humano, muy parecido pero separado del nuestro por unas fronteras mágicas. En este mundo, cada persona va acompañada por su alma, que se llama “dimon” y es un animalito que está siempre a su lado, y que, además, habla. Si a mí un día me habla mi alma me muero del susto, y esto explica por qué este mundo es diferente al nuestro. Eso sí, que sea un bicho que va con el personaje tiene sus ventajas: si te encuentras con un tío que lleva una mofeta subida a la chepa, ya te imaginas que no es muy de fiar... Y así sucesivamente.
A lo que iba: que antes las buenas gentes de ese sitio tenían unos aparatos llamados “aletiómetros”, que son, como todo el mundo sabe, como unas brújulas que en vez de marcar los puntos cardinales señalan lo que el guionista quiere, que para eso son suyas. Resulta que sólo queda una, porque los malvados sicarios del Magisterio las han ido destruyendo. Esto del Magisterio tiene su guasa, porque sus seguidores tienen tal concepto de la educación que piensan que a los niños hay que meterlos en vereda de chiquititos, que luego no hay quien haga carrera de ellos; así es que se dedican a secuestrarlos y separarlos de su dimon, para que no puedan pensar y ser independientes. Esto me suena más... 
Pero Lyra Belacqua, la jovencita protagonista, se propone liberar a sus amiguitos y, de paso, llevar la única Brújula que queda a su tío, Lord Asriel, que va camino del Polo Norte de allí a ver si encuentra la frontera mágica esa. La malvada Sra. Coulter, a pesar de que es guapísima, trata de impedírselo, y a la nena la ayudan la bruja Serafina, el vaquero del espacio Lee Scoresby y el oso polar Iorek, que aunque está todo remendado, lleva armadura y no veas qué miedo da.
Todo en la narración es brutalmente esquemático. Cuanto más lujo de efectos especiales, animaciones informáticas, decorados fantásticos, peleas, carreras, sustos y demás, más rechina toda la maquinaria. La acción es caprichosa, los personajes incoherentes, el guión tramposo y todo huele a refrito –suntuoso, eso sí-, a cosa ya vista, como por otra parte sucede en la mayoría de la literatura y el cine juvenil en la actualidad.
Por si fuera poco, se ha mezclado en el acontecimiento un pequeño escándalo por el aparente ateísmo, el ataque al catolicismo latente, más que en la película, en las novelas originales... Vaya por Dios –nunca mejor dicho-; Narnia es cristiana, La brújula es atea... Esto es como enfrentar al ángel de Qué bello es vivir con Hannibal Lecter; claro que eso era verdadero cine. Esto no, esto es un espectáculo grandilocuente, una sesión más de “circomatógrafo” donde el argumento, las interpretaciones, el ritmo dramático y la intención intelectual se subordinan al esfuerzo por sorprender y apabullar con la acumulación de elementos visuales –y sonoros- excesivamente explícitos, predigeridos y carentes de sugestión y poesía.
Y para concluir, hay que añadir que la película no acaba... Con un final cerrado, quiero decir; sino que se interrumpe cuando ya llevan casi dos horas de aventuras y se queda todo en globo hasta la próxima. Que veremos a ver, porque el producto ha salido tan caro -200 millones de dólares, 3 veces el P.I.B. de Liberia- y la fabricación tan complicada, que lo mismo no les quedan ganas ni dinero para seguir. O a lo mejor sí, porque puede que yo esté totalmente equivocado y a los chavales esta película les encante. A mí me ha aburrido –y escandalizado- soberanamente. (www.goldencompassmovie.com)

LA CHICA DEL TREN   (22.10.16)
Director: Tate Taylor. Intérpretes: Emily Blunt, Justin Theroux, Rebecca Ferguson
Adaptación bastante cercana de la famosa novela de Paula Hawkins, La chica del tren está dirigida por Tate Taylor, el mismo que llevó al Oscar a Octavia Spencer por Criadas y señoras, a la que acompañaban Emma Stone, Jessica Chastain y Viola Davis. Ahora la protagonista es Emily Blunt, una de las estrellas más en forma del actual panorama. Ella es Rachel, una joven con una vida complicada por el alcohol y su divorcio, que parece no poder superar.
Todos los días toma el tren para ir a su trabajo, y puede ver su antigua casa, donde su exmarido vive con otra mujer; y también otra, en la que una pareja parece llevar una existencia perfecta. Rachel incluso fantasea con la felicidad de los desconocidos; pero de repente un día ve algo que la llena de confusión. Y se adentra en una espiral de engaños y al final de misterio y terror, de la que ella misma podría ser la causante… si consiguiera recordar lo sucedido.
Esa puede ser la sinopsis, que sigue, como digo, los pasos y la estructura de la obra original; y eso es, seguramente, la primera rémora de la película (digo seguramente, porque como todo el que la ve ha leído antes la novela, parte de la confusión se evita). Porque confusa es, y bastante premiosa, como alargada innecesariamente. Y con resultado de lejanía, que no deja empatizar con los personajes. Y las protagonistas, las tres mujeres que soportan la trama, alternando sus puntos de vista, lo necesitan.
Por lo demás, la película es un oscuro thriller convencional, de buena factura –bien fotografiado y con una estupenda banda sonora de Danny Elfman- en el que sobresale el trabajo a contracorriente de Emily Blunt, que funde en la pantalla su desesperanza, su estado mental alterado y su necesidad de salvación a cualquier precio.

LA CHISPA DE LA VIDA   (15.01.12)
Dir.: Álex de la Iglesia
Pro.: Andrés Vicente Gómez   Gui.: Randy Feldman
Int.: José Mota, Salma Hayek, Fernando Tejero  
Reconozco que no tengo mucho aprecio por el cine de Álex de la Iglesia; desde la primera, Acción mutante (93), que me estaba gustando mucho hasta que dejó de gustarme, sus películas me parecen mal acabadas, incompletas, con unos guiones –suyos o perpetrados en compañía de otros- poco rigurosos, pésimamente medidos y con esa afición al remate escandaloso, truculento y autocomplaciente. Me pasó en El día de la bestia (95), La comunidad (2000), Crimen ferpecto (04), Los crímenes de Oxford (08) y –todavía más- Balada triste de trompeta (2010). De las otras guardaré un silencio piadoso.
En ésta, sin embargo, la cosa ha sido distinta: no es que no me haya gustado el final; es que no me ha gustado desde el principio. La culpa también es del guión –esta vez, del todo ajeno a De la Iglesia-, pero sobre todo es del protagonista, José Mota. A mí este hombre me resulta inquietante, nada simpático –aunque esto no tiene nada que ver con la interpretación, está en su derecho- y con una vis cómica muy por debajo de su propia estima; y con ninguna capacidad dramática, al menos por el momento.
En la película, es Roberto, un “creativo” en paro con serios problemas económicos. Cuando empieza el relato se dispone a visitar a algún antiguo conocido, armado de sus ansias –vivas, naturalmente- de trabajar y del recuerdo de su pasado éxito como creador del famosísimo eslogan de la Cocacola. No tiene ninguna suerte y, desesperado, se marcha a Cartagena, al hotel donde pasó su luna de miel; lo que haríamos todos en situación parecida. Desgraciadamente, el hotel ya no existe y en su lugar se alza un teatro romano, recién restaurado y a punto de inaugurarse. Y más desgraciadamente aún, allí sufre un tremendo accidente que lo pone a las puertas de la muerte.
También lo pone delante de las cámaras, que –esto no lo habíamos visto nunca- se disputan ferozmente la noticia, la exclusiva, las manifestaciones de todos los afectados –el accidentado, su mujer y sus hijos; pero también el alcalde de la ciudad, la directora de la instalación, el guarda que lo encuentra primero y los médicos que lo atienden- y hasta el testamento del buen hombre, si no logran salvarle la vida. Eso sería lo mejor, claro; lo que más vendería y lo que más les gustaría a los desaprensivos periodistas (?) y productores.
Un circo, en definitiva. Y una crítica sin contemplaciones de este modo de tratar la realidad y sus desgracias, a manos de los canales de televisión –principalmente- y sus innumerables programas-basura; y, de paso, de toda esta sociedad que lo consiente y aplaude. En la intención y en el discurso, De la Iglesia es fiel a sí mismo; pero ha elegido un tono bufo, de burla desaforada, que no le sienta nada bien al relato ni a sus protagonistas: Galiardo es un alcalde desquiciado, Tejero un periodista de caricatura, y no digamos Puigcorbé, un productor putero e ilimitadamente ambicioso. Salma Hayek solo se justifica para hacer cartel internacional –más o menos-, Carolina Bang está porque tiene que estar…
Y José Mota: por más esfuerzos que haga –supongo yo-, no puede hacer olvidar su presencia de tantos años en la pantalla pequeña. Que no es que sea muy gracioso todo el rato, pero a fuerza de multiplicarse en infinitos personajes y con el concurso de su nutrido grupo de guionistas, salva los muebles. Pero aquí se enfrenta a un papel auténticamente dramático, en una situación que requiere un actor de verdad. Lo malo sería que él mismo se considerase así ya, y más a la luz de una candidatura al Goya –por una película no estrenada en 2011, mira por dónde-; y lo peor, que su trabajo justificara el desacierto y la desidia con que está realizada la película.
Álex de la Iglesia ha tirado por lo más fácil, pensando que la denuncia que escenifica –como si fuera nueva- se basta para salvar su obra. La verdad es que no, que nada disculpa ese barullo desaliñado y grotesco, que como tragedia da un poco de risa y como comedia no tiene ni puñetera gracia. (www.lachispadelavida.es)

LA CINTA BLANCA   (17.01.10)
Dir. y Gui.: Michael Haneke
Pro.: Andrea Occhipinti, Margaret Ménégoz, Stefan Arndt 
Int.: Christian Friedel, Leonie Benesch, Ulrich Tukur  
Michael Haneke vuelve a sacudir nuestras conciencias desde la pantalla. Lo ha hecho muchas veces; sus películas suelen ser arrasadoras y, desde luego, nunca dejan al espectador indiferente: El vídeo de Benny, El castillo, Funny games –las dos versiones, la del 97 y la del 2007-, Código desconocido, La pianista, Caché... son títulos de una filmografía apabullante. La cinta blanca ha ganado ya la Palma de Oro en Cannes, el Gran Premio Fipresci en San Sebastián, los Premios de la Academia Europea –mejor película, director y guión- y es la candidatura alemana a los Globos de Oro y los Oscar del cine americano.
En un pequeño pueblo del norte de Alemania, en los años previos al inicio de la I Guerra Mundial, ocurren extraños sucesos que perturban la tranquilidad y el aparente orden asumido por los vecinos de la aldea: el médico sufre un grave accidente que nadie sabe explicar; algo después, y con pocas fechas de separación, dos niños son agredidos brutalmente; hay suicidios, desapariciones y muertes súbitas; un granero se incendia de repente... La voz anciana del antiguo maestro del pueblo va recordando aquellos acontecimientos, y gracias a él sabemos también otras historias más privadas, ocultas en el seno de las familias.
No sólo de las del pueblo llano; también las de la cúpula social. El barón, verdadero amo del lugar, gobierna sus posesiones con la autoritaria demagogia que le confiere su poder; pero su casa se resquebraja por lo más íntimo. El pastor hace temblar a los feligreses desde su púlpito y todavía más a sus hijos en la sacrosanta mesa del comedor, desde donde imparte su implacable disciplina a golpes de moral puritana y de vara de azotes para su mejor y más rápida comprensión. El médico guarda el secreto de su relación ilegítima, pero guarda más escondida aún su verdadera cara, despótica, cruel y cínica: él protagoniza una de las escenas más duras y bochornosas del relato. 
...Y los niños, cuyo comportamiento también sorprende e intriga al maestro, que fue testigo de esos días y esas gentes. El buen hombre intenta descifrar tanto secreto y alcanzar la verdad, mientras corteja a la joven sirviente del barón, con éxito poco probable en ambos empeños: no sabe, no sabía entonces, los riesgos y los peligros a los que se enfrentaba.
El relato es tan descarnado como los hechos que cuenta. Haneke desarrolla esta historia con un férreo rigor narrativo, en un deslumbrante blanco y negro, sin música pegada ni artificio alguno, con una economía de planos que muestran lo esencial y sugieren lo que no enseñan, lo que sucede fuera del cuadro, a veces rutinario, a veces insólito y terrible. Por difícil que parezca, Haneke se reinventa a sí mismo: en sus imágenes resuenan los ecos de Dreyer, de Bresson, del Bergman de La vergüenza y El huevo de la serpiente; pero La cinta blanca, que es también una metáfora –el estigma público de quien no es capaz de alcanzar la pureza-, sigue apuntando a la cuestión latente en toda la obra del director: el mal, la maldad que socava el sustrato del ser humano.
Y que se extiende fácilmente a toda la sociedad: la ignorancia, el odio, la represión y el fanatismo se reproducen en la estructuras familiares, laborales, económicas, políticas y, por supuesto, religiosas. El pueblo que educa a sus hijos en el fascismo está proyectando el suicidio moral de la siguiente generación. Haneke lo señala firmemente. Su mirada y su palabra escudriñan, descubren, denuncian. Nos enseña la aldea, sus habitantes y su conducta; nos explica los mecanismos del poder y su equilibrio y cómo el maestro navega malamente entre las fuerzas dominantes. No es, naturalmente, un recurso casual: la acción transcurre en 1914, pero el germen del nazismo –autoritarismo, orden extremo, dictadura- late en cada momento de la película, en cada imagen. Y, si escuchamos atentamente, podremos oír a lo lejos, como un rumor, los cánticos infantiles: la presencia, apenas desvelada, de los verdaderos protagonistas de la historia.
(http://dasweisseband.x-verleih.de/)

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS   (14.01.17)
Director: Damien Chazelle. Intérpretes: Emma Stone, Ryan Gosling, J. K. Simmons.
Damien Chazelle es el nuevo maestro del cine musical. Hace un par de temporadas consiguió tres Oscar con Whiplash -la historia de un chaval que quería tocar la batería y de su antipático profesor- y ahora acaba de arrasar en los Globos de Oro y es favorito para todos los grandes premios con La ciudad de las estrellas, un homenaje a Los Ángeles y a quienes viven en ella entregados a su pasión por el arte.
Dos de estas personas son Mia y Sebastian: ella, aspirante a actriz enredada en un eterno casting; él, pianista empeñado en subsistir gracias al jazz. Los conocemos tras un extraordinario número musical en medio de la autopista, a golpe de claxon entre un maremágnum de coches, y
su encuentro no puede ser más desalentador. Pero pronto el ruido de los motores y las bocinas será sustituido por las fantásticas melodías que nacen del corazón de los protagonistas y les hacen danzar, volar… y enamorarse. La película -un verdadero prodigio de ritmo, sensibilidad y magnetismo- nos presenta por separado sus vidas, sus ilusiones, sus preocupaciones y sus desengaños, hasta que poco a poco, entre canciones y bailes, sus caminos se van encontrando y fundiendo, en una historia de amor que puede ser eterno, como en el cine, o algo más complicado, como en la vida misma. De momento, Sebastian y Mia -imposible pensar en mejores intérpretes que Emma Stone y Ryan Gosling, dos artistas en estado de gracia- disfrutan y sueñan: juntos, son capaces de crear un mundo mágico, a veces real, a veces soñado, en el que la música, la luz, el color y las coreografías nos remiten a las mejores páginas del Hollywood eterno: el lugar de la felicidad, el amor y las estrellas.

LA CLASE    (18.01.09)
Dir.: Laurent Cantet
Pro.: Caroline Benjo, Carole Scotta   Gui.: François Bégaudeau
Int.: François Bégaudeau, Nassim Amrabt, Laura Baquela  
Laurent Cantet, francés, 47 años, es el director de Recursos humanos, El empleo del tiempo y Hacia el sur, tres muy interesantes películas; antes dirigió Los sanguinarios –que no he visto- y remata, de momento, con esta nueva, Palma de Oro en el último Festival de Cannes. En las obras de Cantet, frecuentemente el protagonista es un hombre atrapado por su circunstancia, sea la necesidad de tomar decisiones indeseadas, sea la locura de ocultar su situación laboral. En este caso se trata de un joven profesor enfrentado al sistema educativo; o, más concretamente, a la realidad escolar, multiétnica, desmotivada e indisciplinada.
La película cuenta, efectivamente, lo que sucede en la vida diaria de una clase de un instituto: profesores y alumnos que conviven más o menos voluntariamente “entre las paredes” –título original-  de su aula a lo largo de todo un curso. Como los demás colegas, François –interpretado por el propio guionista François Bégaudeau- se prepara para enfrentarse a su difícil tarea; es profesor de lengua francesa y está lleno de buena voluntad; y, aunque ya los conoce, alberga las mejores intenciones para con sus alumnos. Pero las complicaciones no tardan en presentarse. 
La clase es un conjunto de veintitantos chavales, de actitudes, intereses y culturas demasiado diferentes; sobre todo, culturas: cuesta trabajo encontrar chicos franceses, hay bastantes magrebíes –marroquíes, argelinos...-, algún subsahariano y hasta un chino. Y aunque el profesor utilice sus mejores recursos, empezando por una absoluta sinceridad y un ejemplar sentido ético, el comportamiento de los chicos estará a punto de echar por tierra toda su ilusión. Para empezar, los alumnos ignoran y desprecian cuanto se refiere al idioma, una jerga alejadísima de sus usos y necesidades; el uso del subjuntivo, por ejemplo, les parece de marcianos, de burgueses o de viejos, si no cosa de otra lengua.
Casi todos los contenidos de una asignatura tan fundamental como el propio idioma les resultan absolutamente aburridos y los viven como una imposición. Sin contar con que la inmensa mayoría no quieren ser ni sentirse franceses y muestran, como un signo más de desafío, su pertenencia a países y etnias extranjeras. La propia rebeldía, el descaro y el absentismo de los adolescentes son otros ingredientes del colectivo al que tiene que enfrentarse cada profesor. François maneja la situación como puede y trata de encontrar recursos e instrumentos suficientemente atractivos para su clase. A veces lo consigue, otras no tanto.
Un microcosmos –la clase- elevado a categoría: así son las aulas de casi todos los institutos públicos, así es la sociedad occidental: en Francia y, no nos engañemos, también en España. Cantet expone al sistema educativo y escolar ante sus propias miserias: la convivencia en el aula es dificilísima, el procedimiento disciplinario es injusto y roza el absurdo, los chavales no tienen interés por lo que se les explica... Y el plano final, tras la confesión de una de las alumnas más destacadas de que no quiere de ninguna manera estudiar FP, es revelador: la clase está vacía, los pupitres desordenados, no hay ni rastro de los alumnos... que están en el patio, felices por fin, jugando al fútbol.
Bégaudeau –el guionista- y Cantet se conocieron por casualidad, cuando el primero promocionaba la novela de la que ha partido la película. El director tenía ya la idea de un guión de este estilo y encontró la oportunidad de trabajar a partir del material escrito. Un cásting exhaustivo condujo a la selección de los jóvenes, con los que trabajó más de un año en un taller de interpretación; fruto de esa labor es la creación de la mayoría de los componentes de la clase, que no se muestran como son –como pudiéramos creer ingenuamente- sino como les exige su papel, desarrollado en el guión y asumido por ellos con verdadero valor y muchísimo arte.
Magnífico relato, un trozo de verdad atrapado por el guionista-actor, que también es profesor y que sabe muy bien de qué está hablando: entre él y Cantet han compuesto un formidable espejo en el que mirarse y mirarnos para analizar y comprender nuestra propia realidad.
(www.golem.es/laclase)
 
LA CONSPIRACIÓN   (04.12.11)
Dir: Robert Redford
Pro: Robert Redford, Brian Falk, Bill Holderman   Gui: James Solomon
Int: James McAvoy, Robin Wright, Tom Wilkinson 
Con 75 años y más de 60 títulos a sus espaldas, Robert Redford es un magnífico actor que ha pasado por todas las fases: joven promesa –sobre todo en televisión, en los años sesenta-, galán joven de muchísimo éxito, y galán maduro –capaz de más de una Proposición indecente- en los últimos ochenta y los noventa. Y en esas décadas se redescubrió como productor y director, con una carrera más que interesante: Gente corriente, Un lugar llamado Milagro, Quiz Show, El hombre que susurraba a los caballos, Leones por corderos… 8 películas con esta nueva y sin contar su siguiente proyecto, The company you keep, que ya está rodando.
La conspiración cuenta un tremendo episodio de la historia americana. El 14 de abril de 1865, todavía con las heridas de la guerra civil muy abiertas, el presidente Abraham Lincoln sufrió un atentado en su palco del teatro Ford a manos de un actor de Maryland, John Wilkes Booth. Lincoln murió a las pocas horas. Este suceso es muy conocido, pero no tanto el hecho de que se sustentaba en una conspiración que estuvo a punto de acabar también con la vida del secretario de estado William Seward, y de la que se salvó el vicepresidente Andrew Johnson porque su ejecutor huyó aterrorizado sin cometer el crimen. La investigación judicial y la persecución policial contra los conjurados, dirigidas ambas por el ejército, dieron sus frutos con cierta rapidez: el 26 de abril Booth fue abatido, su cómplice apresado, y el resto de los implicados cayó pronto en manos de la justicia. Se procesó a siete hombres y una mujer, el tribunal militar comenzó sus sesiones el 9 de mayo, y el 30 de junio concluyó con una sentencia de pena de muerte para cuatro de ellos, incluida la mujer: Mary Surratt, madre de uno de los conspiradores; prácticamente el único que no fue detenido.
Nadie quería saber nada de esta historia, por aquello de que si no nos acordamos es como si no hubiera pasado; y James Solomon ha estado casi veinte años dando forma a este guión y tratando de llevarlo a la pantalla. Al final, los productores de la America Film Company, una empresa especializada en películas históricas, se hicieron cargo del proyecto y se lo entregaron a Robert Redford para que lo dirigiera. Redford sabe que cuando se profundiza en un documento real, aparecen casi siempre muchas zonas oscuras que se pueden sacar a la luz; exactamente como en este caso.
El relato transcurre con rapidez por el magnicidio y los sucesos inmediatamente posteriores, para centrarse en el proceso a los detenidos y en los personajes de su entorno. Sobre todo en el principal acusador, Joseph Holt, mano derecha en el juicio del secretario de la guerra Edwin Stanton; el joven abogado Frederick Aiken, ayudante del muy importante Reverdy Johnson –que delega en él el trabajo-, y, por supuesto, Mary Surratt: acusada de conspiración y de dar cobijo a su hijo y al resto de los conjurados.
James McAvoy y Robin Wright son los principales protagonistas; ella es una grandísima actriz, que no tiene dificultades para alcanzar el grado de dramatismo que requiere su personaje; y parte de su fuerza se transmite a McAvoy, una de las más más firmes carreras del cine británico actual, que es el encargado de la defensa de la mujer. Al principio no cree en su inocencia más que el terrible fiscal; pero su actitud cambia cuando le atrapa la duda y, convencido de que ella y los demás acusados merecen un juicio justo, comprende que no va a ser así. El abogado defensor se encuentra solo frente a todo el país, que anhela venganza a cualquier precio, pero la película muestra cómo el proceso se vuelve, inevitablemente, en contra de la propia justicia. Director y guionista ponen su dedo en la llaga que más escuece a los americanos: esos casos –algunos no tan lejanos- en los que la ley se olvida, el derecho de las personas se ignora y los intereses ocultos de políticos, militares y jueces arrasan con la libertad y la dignidad individual. Redford sabe de lo que está hablando y conduce la trama con absoluta seguridad, sin caer en el melodrama pero sin que el pulso le tiemble ni un momento. (http://www.deaplaneta.com/es/la-conspiracion)

LA DAMA DE HIERRO   (08.01.12)
Dir.: Phyllida Lloyd
Pro.: Damian Jones   Gui.: Aby Morgan
Int.: Meryl Streep, Jim Broadvent, Anthony Head, Alexandra Roach  
Phyllida Lloyd tiene una carrera todavía corta, pero muy musical: este año pasado ha dirigido su segunda película, una versión de Macbeth, la ópera de Verdi; pero su debut fue en 2008 con ¡Mamma mía!, el espectáculo lleno de canciones de Abba, con galanes maduros haciendo el ganso en bonitos escenarios naturales, y con la espectacular fotogenia de Amanda Seyfried. Y, por encima de todo, con el protagonismo de Meryl Streep.
Y de ahí viene, probablemente, la evidente buena química que demuestran: la directora ha realizado esta complaciente biografía de Margaret Thatcher para el lucimiento personal de la actriz. La dama de hierro repasa toda la vida de Thatcher; la muestra primero en la actualidad, como una anciana con un serio deterioro mental aunque siempre con una voluntad inquebrantable: todavía es capaz de organizar su vida –lo intenta al menos-, se emplea a fondo en las tareas domésticas, con algún que otro susto incluido, y dialoga –regaña, más bien- con su difunto marido Denis, que ella ve a todas horas a su lado.
Y desde aquí, partiendo de unos recuerdos seguramente ya perdidos, pero recuperados para la pantalla, la película retrocede y avanza repetidas veces para contar su juventud, sus primeros pasos en la esfera pública, enfrentada ya a la incomprensión y a la desconfianza, cuando no al indisimulado desprecio de sus colegas varones, y la evolución personal y política de la que iba a ser una figura clave en la historia moderna de su país y, sin duda, del mundo entero. Poco a poco, a base de energía, astucia, paciencia y oportunismo populista, la joven Thatcher se abre camino y gana apoyos en su partido, en el parlamento y en la opinión pública; tras unos iniciales reveses pronto superados, consigue el liderazgo de los conservadores y los lleva al triunfo electoral.
Es probable que, una vez presentado el personaje en la secuencia inicial, una narración más lineal y sin tantas idas y venidas fuera más conveniente y procurara un ritmo y una progresión constante; no es así, y el relato se interrumpe a cada rato para volver a la Margaret anciana. Puede ser que la directora haya querido regalar a Meryl Streep estos largos momentos, porque aquí la actriz, caracterizada con modélica perfección, se encuentra a sus anchas y borda su papel; pero la película se resiente, se enfría y no consigue apasionar. En realidad, es mucho más interesante contemplar esa evolución que citaba y conocer el protagonismo de la primera ministra en los acontecimientos que le tocó vivir.
Además, estas imágenes se corresponden mejor con la que todos tenemos en la retina y en las hemerotecas. Y el trabajo de Meryl Streep en estas secuencias –secundada por Alexandra Roach en los años juveniles- es todavía más formidable: una portentosa recreación de la figura –vestuario, peinado, actitudes y miradas- de Margaret Thatcher. Y, por supuesto, de su voz: su entonación, su dicción, su impecable acento inglés; no hace falta decir que la película, desde este punto de vista, sólo tiene sentido en su versión original si queremos presenciar la interpretación, el esfuerzo tremendo y el apabullante resultado que la lleva, una vez más, camino del Oscar.
Está, naturalmente, bien secundada por un eficaz reparto que se mueve en ambientes extraordinariamente construidos; en el aspecto formal, estas son las bazas que tratan de equilibrar la descompensada narración. Pero hay algo más grave, y es la falta de profundidad en el carácter político del personaje, su ideología y sus decisiones, como si se pasara de puntillas por las zonas más oscuras de su intervención. La película muestra una mujer formidable, sí, pero no se puede eludir su responsabilidad en un período crítico de la historia de la Gran Bretaña: la lucha por el poder, las tremendas huelgas de la minería, la guerra de las Malvinas, la política interna y su repercusión internacional… En resumen: poco más que la maravillosa actuación de Meryl Streep, que merecía algo mejor que esta biografía, minuciosa y apasionada, pero tan “artística” como discutible. (www.theironladymovie.co.uk)

LA DUQUESA    (05.04.09)
Dir.: Saul Dibb
Pro.: Michael Kuhn, Gabrielle Tana. Gui.
Jeffrey Hatcher, Anders Thomas Jensen, Saul Dibb
Int.: Keira Knightley, Ralph Fiennes, Charlotte Rampling  
La Duquesa, dirigida por Saul Dibb,  acaba de ganar el Oscar al mejor vestuario. Dibb es un director británico de 40 años y ésta es su segunda película; más llamativa es su protagonista: Keira Knightley, a sus 24 años recién cumplidos, la actriz joven europea con más proyección internacional. Ella es Georgiana Spencer, la Duquesa de Devonshire, una mujer que vivió en Inglaterra durante los últimos años del siglo XVIII y protagonizó una vida turbulenta y escandalosa en lo político y, sobre todo, en lo familiar y sexual. 
Curiosamente, parece que esta mujer es una antepasada de Diana Spencer, la Lady Di de nuestros días, con cuya vida guarda cierta semejanza; detalle éste muy destacado por la publicidad, como si fuera un mérito o tuviera algo que ver con la película. En fin... Lo cierto es que Georgiana tuvo realmente una vida intensa y llena de emociones. Casada con apenas dieciocho años con el maduro Duque de Devonshire, uno de los más poderoso nobles del reino, pero cuyo único interés era asegurarse la descendencia masculina, pronto fue capaz de alcanzar un enorme ascendiente en la corte y en el gobierno, y se convirtió en un icono de la moda y en la mujer más influyente y más amada por los políticos, los intelectuales y el pueblo inglés. 
Desengañada por la falta de atención de su marido, la Duquesa no tardó en entablar amistad íntima con la joven Elizabeth Foster y en caer en brazos del apuesto Charles Grey. Charles era un antiguo amigo de juventud, sin demasiados posibles pero no carente de ambición; y Elizabeth –Bess, para los amigos- era una bella divorciada y sin dinero, acogida a la hospitalidad y el beneficio –también del dormitorio- de los duques.
Georgiana asume contra su voluntad la relación entre su marido y su amiga, y se entrega, a cambio, a su pasión con su amante. Pero no comprende las consecuencias de sus actos: mientras el Duque y Bess mantienen un idilio ardoroso y algo estridente, pero que no traspasa los muros de Devonshire, su falta de tacto, su entrega incondicional y su afán de libertad llama la atención en la corte y fuera de ella y se convierte en el cotilleo favorito de todo el país. 
La sociedad de su época, todavía más hipócrita y conservadora que la actual –que ya es decir- se conmueve ante el escándalo y puede hasta poner en peligro la influencia política del Duque; de manera que la madre de Georgiana, primero, y el marido, después, se ven obligados a intervenir, exigiendo a la joven Duquesa su vuelta al redil matrimonial. Las razones maternas son de orden familiar y hasta ético, pero las del Duque, sencillamente, no pueden ser desoídas: sólo hay un modo de acabar con la murmuración y restaurar el orden, y Georgiana se verá obligada a obedecer.
La película eleva así un tanto su trazo histórico para conformarse como una parábola acerca de las relaciones sociales, la fuerza de las normas, el valor del disimulo y los peligros de la pasión. Georgiana Spencer, seguramente, fue una mujer adelantada a su tiempo, que trató de pasar por encima de todas las convenciones apostando por el amor y la libertad. Y claro, entonces –y ahora- esas pretensiones solían pagarse caras. Eso es lo que muestra este guión, que caldea su relativa frialdad con dos potentes elementos: una magnífica reconstrucción histórica y, sobre todo, un formidable duelo de interpretaciones. 
Merecido Oscar al vestuario, pero también –faltaría más- estupenda ambientación, con escenarios reales y una muy conseguida “atmósfera” palaciega y cortesana. Por su parte, Ralph Fiennes compone un impresionante Duque de Devonshire, un personaje decidido y casi violento, pero también frío y contenido, capaz de expresarlo todo con sus silencios y sus miradas; y Keira Knightley, que está en todos los planos de la película con una irresistible fotogenia, acompañada de muchísimo talento, es una insuperable Duquesa, toda corazón, encanto y sensibilidad. (www.theduchessmovie.com)
  
LADY MACBETH   (29.04.17)
Director: William Oldroyd. Intérpretes: Florence Pugh, Christopher Fairbank, Cosmo Jarvis.
Inspirada en el personaje femenino de la inmortal obra de Shakespeare, esta película nos regala, de entrada, un par de nombres que, con seguridad, volveremos a oír: el del director, William Oldroyd, que debuta en el largometraje, y el de la actriz Florence Pugh, que protagoniza, con apenas veinte años, su segunda película.
La acción transcurre en la Inglaterra rural de 1865, y a Katherine la casan con un hombre que le dobla la edad. Aunque ella es poco más que una adolescente, sabe cuáles son sus obligaciones para con su esposo; pero este no parece tener ningún interés en exigírselas más allá del gobierno de la mansión y del resto de posesiones, doncellas y criados incluidos. El marido y el suegro de Katherine se marchan a atender sus negocios y la joven queda sumida en la soledad y el tedio más agobiantes.
Hasta que se siente atraída por Sebastian, un mozo de cuadra rudo y fogoso –la antítesis de su marido-, con el que se enreda en un ardiente romance. Y a partir de ahí, su vida girará en un torbellino de pasiones y en una sucesión de terribles acontecimientos, que Katherine gobernará con mano firme, y en los que mostrará su verdadera personalidad. Que impregna toda la película, con la fotogenia y la mirada de su intérprete.
Katherine habla poco, pero el valor de sus palabras es inmenso en una obra de silencios, de espacios cerrados y atmósfera viciada, en la que Oldroyd escarba para retratar, con fino pincel impresionista y una plástica impecable, la vida y costumbres de una sociedad injusta y clasista, en la que el dinero y la ambición están por encima de la ley y los sentimientos.
Interesantísima película y, como decía al principio, con un sorprendente debut del británico William Oldroyd y la deslumbrante revelación de Florence Pugh, una “lady Macbeth” impenetrable, ambiciosa y fría como el hielo.
LA

ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA    (03.02.08)
Dir.: Julian Schnabel
Pro.: Kathleen Kennedy, Jon Kilik   Gui.: Ronald Harwood (sobre la novela de Jean-Dominique Bauby)
Int.: Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Max von Sydow  
Julian Schnabel es una personalidad impactante: neoyorkino, 56 años, pintor de éxito líder del movimiento neoexpresionista “bad painting”, dirige cine desde 1996 cuando debutó con su película dedicada a Jean Michel Basquiat; y en 2000 dirigió Antes que anochezca, que brindó a Javier Bardem, en su personaje de Reinaldo Arenas, su primera opción al Oscar. Y ahora vuelve con esta asombrosa adaptación de la novela La escafandra y la mariposa.
Jean-Dominique Bauby era redactor-jefe de Elle cuando, en 1995 y con poco más de cuarenta años, sufrió un gravísimo percance cardiovascular que lo dejó paralizado, sin poder hablar ni casi alimentarse y con la única posibilidad de movimiento de su párpado izquierdo; aniquilado físicamente, pero con sus facultades intelectuales intactas. Padecía el “síndrome del cautiverio”: un cuerpo encerrado en una coraza inclemente, como una rígida escafandra, sin más libertad que la de su memoria, su imaginación y su capacidad poética, como una mariposa fragilísima que intentara echar a volar cada día y cada hora. 
Bauby fue dictando heroicamente a su enfermera –parpadeando para señalar, una por una, todas las letras-, cada palabra y cada frase de un libro impresionante en el que cuenta su existencia, antes y después del accidente; es una novela, pero también una lúcida reflexión sobre la vida, una autobiografía y un epitafio. Y Julian Schnabel, partiendo de esas páginas, ha orquestado con su guionista una conmovedora película. Con un prodigioso sentido del tiempo interior y del espacio externo, y adueñándose de la percepción limitadísima del protagonista, aúna admirablemente el punto de vista subjetivo de éste con la necesaria distancia para la observación del espectador.
La obra arranca con los planos que muestran esas impresiones, las que el único ojo del enfermo puede registrar –vacilantes, casi desenfocados, verdaderamente húmedos a veces-, con tal maestría que no es necesario conocer de antemano la dramática circunstancia del personaje; comprendemos, sabemos, lo que pasa, lo que siente, lo que percibe y lo que piensa; lo acompañamos en su terrible despertar y en su desesperación inicial, que se hace más patente, más aniquiladora, según la realidad se le va imponiendo. Bauby no se mueve, no habla, pero oye y comprende, y su sufrimiento no tiene límites.
Según la realidad exterior se va haciendo más nítida Schnabel se va también atreviendo a mostrarla y la cámara nos enseña entonces el entorno, el escenario y los acompañantes de Bauby, y ambos universos, el océano exterior que navega inmóvil dentro de su escafandra, y el interno que vive e imagina al vuelo de su mariposa, los dos se funden en una sola realidad en la pantalla, con tanta precisión y tanta armonía que parece fácil.
Con el retrato de todos esos momentos, esos días en los que el genio de Bauby se peleaba con su deterioro físico, más un par de insertos que relatan con sabiduría los instantes cruciales de su historia, el director compone, apoyado en un magnífico guión y siempre ayudado por sus intérpretes, un monumento poético que rinde homenaje al esfuerzo humano y demuestra cuánto sentido puede tener la vida cuando el último aliento es, a la vez, tan débil y tan extraordinariamente poderoso.
Quizá por eso dice Schnabel que su obra es como un manual de autoayuda para la muerte... Si fuera así ya sería bastante para apreciar la grandeza del cine; pero en todo caso, La escafandra y la mariposa, por encima del éxito y de los premios –Cannes, dos Globos de Oro, cuatro nominaciones al Oscar-, es mucho más: es una gran película, que hay que ir a ver desprovisto de prejuicios y con la mente y los ojos bien abiertos: no es una tragedia, ni un melodrama, ni tampoco, claro, una comedia; es, simplemente, gran cine: el trazo de una vida, la recreación poética, conmovedora, certera –y además inteligentísima- de la pasión de un hombre y cuantos estuvieron junto a él. (www.laescafandraylamariposa.es)

LA FUENTE DE LAS MUJERES   (11.12.11)
Dir: Radu Mihaileanu
Pro.: Radu Mihaileanu, Luc Besson, Denis Carot, Gaetan David   Gui.: Radu Mihaileanu, Alain-Michel Blanc
Int.: Laila Bekhti, Hafsia Herzi, Biyouna  
La fuente de las mujeres transcurre en algún punto del norte de África, y es una película francesa que dirige un judío francés nacido en Rumanía, Radu Mihaileanu. Reconocido internacionalmente a partir de Vete y vive (2005) y, sobre todo, El concierto (2009) –esa historia de los veteranos músicos rusos que se inventaban una orquesta sinfónica en París-, Mihaileanu plantea ahora una fábula que tiene algo de la Sherezade de Las mil y una noches y bastante más de Aristófanes, aunque Lisístrata hable en darija –un dialecto marroquí- y la asamblea de las mujeres sea aquí un baño público.
La fuente en cuestión está en lo alto de una colina con muy malos y empinados caminos; es el único suministro de agua que tiene el pueblo, y son las mujeres, desde siempre, las encargadas de acarrearla. Con dos o tres cubos a cuestas, suben y bajan penosamente día tras día, sufriendo mil inconvenientes y hasta graves problemas de salud. Mientras, los hombres vegetan en el bar, mano sobre mano; la pertinaz sequía ha secado los campos, no hay nada que cultivar ni apenas ganado que cuidar. Ni industria alguna: estamos en el siglo XXI, pero el pueblo se ha quedado anclado en el pasado.
El contraste entre el ocio de los hombres y el trabajo de las mujeres es brutal. Como lo es la alegría y la fiesta por el nacimiento de un varón –la película abunda en insertos musicales que dan pie a que las mujeres manifiesten cantando lo que no pueden decir formalmente- y el sufrimiento de la joven embarazada que baja de la fuente, tropieza, cae y pierde el niño sin que nadie ponga el menor remedio. Pero eso hace que Leila tome conciencia de la situación y contagie su rebeldía y su valor a las demás mujeres del lugar. Leila está casada con un joven del pueblo, pero es forastera; sabe leer y escribir, no está atada a las tradiciones y aspira a alcanzar el progreso colectivo y a la vez su propia dignidad. 
Su propuesta, al principio escandalosa para todas, termina por calar: las mujeres harán huelga de sexo hasta que el problema del agua se resuelva; es decir, que los hombres suban a la fuente a cogerla, o que busquen cualquier otra solución que a ellas las libere. Naturalmente, se organiza un tremendo conflicto. Leila tiene a favor a su marido, a la influyente “Viejo Fusil” y a la mayoría de las mujeres, con más o menos decisión, con más o menos sacrificio. En contra, a todos los demás; empezando por la familia de su marido, que le insta a repudiarla, pasando por todos los hombres del pueblo y terminando por el mismísimo imán, que, Corán en mano, intenta convencer a las rebeldes.
Mihaileanu se ha documentado exhaustivamente; de hecho, el acontecimiento que narra es real: ocurrió –más o menos- en Turquía en 2001. Pero, como decía, la película no es una crónica social o política, sino un relato fabulado en el que se reivindica la libertad sexual y la ruptura de una tradición machista embrutecedora. Para ello se centra en el mundo islámico, donde estas cuestiones tienen aún un camino infinito por recorrer y donde las mujeres son muchas veces consideradas como seres reproductores, sin ninguna otra aspiración, y viven sometidas al poder de los hombres; lo que incluye, además, la influencia todopoderosa de la familia política. 
Por eso oculta acertadamente la localización exacta de la historia, pero indica su contemporaneidad: ya usan los móviles y las modernas tecnologías, y la solución al problema del agua es totalmente actual. Como también lo es el repaso que Mihaileanu hace del papel de las instancias políticas, corruptas y oportunistas. Se salva de la quema el personaje del imán, hombre, sí; pero sabio: es el único capaz de razonar, comprender, y aceptar el papel de la mujer educada y responsable. 
Es la cara amable del islam, la lectura progresista del Corán y el mejor valor de un mundo retratado por Mihaileanu y Blanc en esta película: acogida favorablemente en el pasado Cannes y en todo el mundo occidental y, desgraciadamente, desconocida más allá. (www.lafuentedelasmujeres.es)

LA GRAN BELLEZA   (08.12.13)
Dir.: Paolo Sorrentino
Pro.: Nicola Giuliano, Francesca Cima   Gui.: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello
Int.: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli
Puede que el cine de Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) no guste a todo el mundo pero lo que no se le puede negar es que sus películas tienen fuerza y originalidad. Recordemos, por ejemplo, Las consecuencias del amor, Il divo –con un maravilloso Toni Servillo en la piel de Giulio Andreotti-, Un lugar donde quedarse –la más “glamurosa” interpretación de Sean Penn-… Un cine y un director con evidente personalidad.
La que demuestra en La gran belleza ya desde los primeros compases. La película arranca con una declaración de intenciones: diez minutos de imágenes sin palabras, que aúnan la impresión estética de la monumentalidad de Roma –capaz de hacer desmayarse a un turista japonés- con el vértigo de la “dolce vita” del siglo XXI que explota en la noche del cumpleaños de Jep Gambardella. Jep ha reunido a todos sus amigos en su espléndida terraza con vistas al Capitolio. Allí corre el champán y el mejor vino, acompañados de otras materias y sustancias; atruena la música, y los cuerpos, jóvenes y mayores, vibran al compás del frenético “house” mezclado con éxitos de Raffaela Carrá, sones estridentes de mariachi y sublimes fragmentos de ópera.
Todo vale para celebrar y homenajear al anfitrión. Jep Gambardella es el protagonista –y creador- absoluto de esta historia; y un maravilloso
Toni Servillo compone a la perfección este personaje inolvidable: un hombre inteligente, elegante, maduro –más cerca de los setenta que de los sesenta- pero aun seductor, brillante y mordaz hasta el cinismo. Su novela de juventud –y única que ha escrito- El aparato humano le ha conseguido reconocimiento interminable y ahora disfruta de fama y riqueza mientras observa el paso del tiempo y la vida de sus semejantes desencantado y aburrido. Toda una galería de tipos humanos pasa por delante o –en el mejor de los casos- rodea a Jep; convive con ellos, los soporta, los desprecia y puede que en algún caso lleguen a conmoverlo: la artista moderna, la directora de su revista, el hijo “especial” de su amiga, el marido de su exnovia, su amigo aspirante a autor, el cardenal “papable”, la monja-santa… y otros tantos. Todos son reconocibles, verdaderos –en la película y en la realidad-, para todos tiene Jep un calificativo, una mirada de través, quizá una caricia decadente.
La calidad del personaje corre pareja con la potencia de las imágenes; la cámara de Paolo Sorrentino escribe con una caligrafía majestuosa, homenajeando a los grandes maestros italianos: traza larguísimas panorámicas, como el Visconti de Muerte en Venecia, del que hereda además el virtuosismo en la recreación de los ambientes; expone composiciones sobre vacío,  personajes desolados como en Antonioni, y hay momentos que remiten a su postrero documento Lo sguardo di Michelangelo; en otras ocasiones la ironía, la imaginación y la fuerza poética, casi onírica, del impacto visual, remiten a Fellini y sus criaturas…
Pero ese brillantísimo ejercicio formal no esconde un contenido más profundo y más amargo, porque hay otros referentes aun en la reflexión que paralelamente hacen director y protagonista: ambos se muestran radicales enemigos de la hipocresía, de las apariencias, del culto idólatra a figuras insignificantes y distantes de la fatua felicidad terrenal, tanto como de las falsas esperanzas en mundos mejores y más eternos. La secuencia de la recepción a la supuesta santa, una monja centenaria que parece una momia, escoltada por gentes de todas las confesiones y sentada en el reconocible sillón de mimbre de Emmanuelle, es reveladora.
Jep observa esa sociedad, esas gentes, y no encuentra en ellos, ni en la vida que comparten, ningún rastro de la belleza que quiso entrever, en su juventud, en el cuerpo de su novia; o más tarde en la sonrisa de un niño; o en el canon escultural del mármol, en la voluta de un capitel de piedra. Aquellos rastros murieron; estos no han estado nunca vivos. Y la mirada de Jep busca la Gran Belleza antes de la muerte. La busca, pero no la encuentra. (http://www.wandavision.com/site/sinopsis/la_gran_belleza)

LA GRAN ESTAFA AMERICANA   (02.02.14)
Dir.: David O. Russell
Pro.: Charles Roven, Richard Suckle, Megan Ellison, Jonathan Gordon 
Gui.: Eric Warren Singer, David O. Russell 
Int.: Christian Bale, Amy Adams, Bradley Cooper, Jennifer Lawrence
David Owen Russell es una de las nuevas luminarias de Hollywood: un director con mucha personalidad, acostumbrado al éxito de público y, a veces, también de crítica; produce y escribe además de dirigir, y ha firmado títulos como Flirteando con el desastre, Tres reyes, Extrañas coincidencias –en 2004, con el debut de Jonah Hill-, The fighter –de 2010, con Amy Adams y sendos Oscar para Christian Bale y Melissa Leo- y El lado bueno de las cosas, con Bradley Cooper de pareja de baile de Jennifer Lawrence, quien ganó también el Oscar el pasado año.
Con sus cuatro artistas preferidos –Bale, Adams, Lawrence y Cooper- repite en esta última: La gran estafa americana, nuevamente favorita para el gran premio del cine; cuenta nada menos que con diez nominaciones, incluidas la de la película, el director y sus cuatro protagonistas. Puede que gane: por lo general, casi nunca se lleva el Oscar la mejor en competencia; basta con echar una mirada a la lista de premiadas año tras año para comprobarlo. Y no sería de extrañar que volviera a suceder en esta próxima convocatoria, a pesar de la extraordinaria calidad de algunas otras aspirantes.
Quizá porque además de al público –seguro- y a algunos críticos, esta historia de estafadores y maleantes de diversa ralea pueda convencer también a los académicos americanos. El guion tiene pretensiones de altura, a ratos alcanzada, y cuenta la historia de Irving Rosenfeld, un timador profesional que se está haciendo rico con falsos créditos y obras de arte más falsas todavía. Su carrera cobra un impulso decisivo cuando se asocia a Sydney Prosser, una atractiva y desvergonzada buscavidas que se hace pasar por británica para impresionar y seducir a los clientes.
Y cuando están en lo más alto, son descubiertos y amenazados por el FBI. El astuto y ambicioso agente Richie DiMaso les obliga a colaborar con él en una operación en la que pretende enredar al incauto alcalde de New Jersey y a unos cuantos congresistas sin escrúpulos; cuantos más, mejor, porque DiMaso solo busca un golpe de efecto que le haga ganar puntos en su trabajo. Irving está muy preocupado, y la vida se le complica todavía más cuando su estrecha –muy estrecha- colaboración con Sydney levanta una tempestad de celos en Rosalyn, su joven, bastante idiota y muy histérica mujer.
Los perfiles de los protagonistas están trazados con enorme vigor, y sus intérpretes se ponen a la tarea con toda energía; más sofisticada Amy Adams, rozando la violencia la fuerza con que Jennifer Lawrence se entrega a su desmesurado personaje. Bradley Cooper y Christian Bale disfrutan de sus caracterizaciones queriendo tomarse en serio sus prótesis y sus adornos capilares, que van del peluquín vergonzante a los ridículos bigudíes. Los ambientes en que se desenvuelven y el vestuario con el que se arropan reflejan con exactitud no exenta de ironía el aire decadente y hortera, tirando a canalla pero también muy divertido, de los años setenta del pasado siglo. Eso, y una excelente banda sonora, que además de la partitura original deja oir temas de Tom Jones –el inevitable Delilah-, Santana, Elton John, Chicago o Donna Summer… Todo contribuye a dar veracidad a un relato que también podría desarrollarse en nuestros días; parece que las historias de corrupción, de maletines que van y vienen, de promesas de negocios fraudulentos –con la mafia de los casinos por medio- y de políticos inmorales, son modelos que se repiten antes y ahora, allí y aquí.
La gran estafa americana podría ser un retrato ácido de esos hechos y esos personajes. Pero le pierde su verborrea excesiva, sus momentos grandilocuentes y, desde luego, su desenlace. Todo lo que está pensado, precisamente, para conquistar a un público fácil –que incluye a los académicos americanos- y para conseguir que su presupuesto –28 millones de dólares- se multiplique en taquilla. (http://www.americanhustle-movie.com/teaser/)

LA GRAN FAMILIA ESPAÑOLA   (15.09.13)
Dir.: Daniel Sánchez Arévalo
Pro.: José Antonio Félez, Fernando Bovaira   Gui.: Daniel Sánchez Arévalo
Int.: Antonio de la Torre, Quim Gutiérrez, Verónica Echegui
La obra de Daniel Sánchez Arévalo es todavía corta, pero muy interesante: la inició en 2006 con Azuloscurocasinegro –más de 50 premios, incluidos 3 Goyas- y después ha dirigido Gordos –en 2009, 2 Goyas más- y Primos (2011). También es un estupendo guionista y cortometrajista; de uno de sus más celebrados cortos, Traumalogía, procede este largo actual. Y quizá también de ¡Gol!, su debut absoluto en 2002.
Antes de levantar falsas esperanzas, es preciso señalar que este procedimiento de tomar un corto y alargarlo y completarlo hasta conseguir un largometraje, unas veces sale bien y otras no. Y, lamentablemente, me parece que esta es una de las que no.
La gran familia española es la que forman cinco hijos, el padre –la madre se marchó de casa hace ocho años-, una nieta y las novias más o menos inciertas de los retoños. La más evidente parece Carla, que se va a casar hoy mismo con Efraín, el pequeño de la prole; que no se llama Efraín porque sí: a los padres, desde que tuvieron su primera cita, les emociona Siete novias para siete hermanos, la película musical de Stanley Donen; llevados de su entusiasmo, decidieron tener también siete hijos, a los que fueron llamando como a los hermanos de marras: Adán, Benjamín, Caleb, Daniel y el ya mentado. Pararon después del quinto, luego sabremos por qué. Y Efraín y Carla se van a casar, un tanto intempestivamente; no solo porque ella aparece en evidente estado de buena esperanza, sino porque precisamente hoy, tras décadas de decepciones inconsolables, España juega la final del campeonato del mundo de fútbol contra Holanda. Aunque familiares y amigos piensan que a nadie se le ocurre una cosa así, acuden resignados a la boda.
Cada uno de los hijos –y el padre- tiene una historia: Adán, deprimido y atontado por los ansiolíticos; Benjamín, infeliz como un crío pequeño; Dani, con serios problemas de autoestima, anulado por la figura –y la ausencia- de Caleb, un cirujano que se ha tirado dos años en África sin dar señales de vida. El padre aún no se ha recuperado del abandono de su mujer; y Efraín… bastante tiene con celebrar su boda y su mayoría de edad al mismo tiempo. Entre Dani y Caleb tiene que decidirse Cris, sucesivamente comprometida con ambos; y alrededor de los novios está Mónica, hermana gemela de Carla. Y estos son los caracteres más importantes.
Que todos estén bien dibujados no quiere decir que el relato funcione siempre. Al contrario, hay muchos momentos en los que las situaciones, los diálogos, los personajes, se vuelven lunáticos. Hay escenas brillantísimas y en otras parece que todo se ha puesto patas arriba y no se encuentra la ilación ni
la coherencia. A veces los protagonistas –que son demasiados- se debilitan, mientras que los secundarios son meros brochazos sin apenas justificación; y un guion excelente se pierde en secuencias que casi abochornan. Para colmo, el omnipresente partidito interrumpe más de la cuenta y la película no perdería nada sin él; todo lo contrario.
Cuando no se pone didáctico, Sánchez Arévalo escribe maravillosamente; sus diálogos están llenos de naturalidad, desparpajo y la suficiente profundidad para retratar a sus personajes. Pero La gran familia española se tiñe de moralina alguna vez y otras cae en su contrario más absurdo; que los novios confiesen sus intimidades y que todos, unánimemente, se rían de ellos, es una de las cosas más idiotas que he visto en una pantalla.
Como es lógico, también las interpretaciones quedan desiguales y resueltas a trompicones; con la excepción de Verónica Echegui, que está muy bien todo el tiempo, los demás hacen lo que pueden y a veces se nota que les cuesta. El trío juvenil quizá también se salva, a fuerza de fotogenia y de entrega. Que no se les niega a ninguno, por supuesto; ni tampoco al director y guionista. Quizá todo sea a causa de un pequeño bache creativo de Daniel Sánchez Arévalo; esperemos que transitorio.
(https://www.facebook.com/LaGranFamiliaEspanola)

LA GRAN SEDUCCIÓN   (21.09.14)
Dir. Don McKellar
Pro.: Barbara Doran, Roger Frappier   Gui.: Michael Dowse, Ken Scott

Int.: Brendan Gleeson, Taylor Kitsch, Liane Balaban

No es que el canadiense Don McKellar sea un director muy famoso, pero hay que reconocerle cierta experiencia: lleva veinte años trabajando como actor –sobre todo en televisión-, productor y guionista –suyo es el guion de A ciegas, sobre la novela de Saramago, por ejemplo-, y ha realizado una docena de episodios de series y tres largometrajes; el último, de momento, es esta revisión de la película del mismo título, de Jean-François Pouliot,  de 2003.
De modo que regresamos al mismo escenario, u otro muy parecido: Tickle Head es un pequeño pueblo perdido en algún recodo de la costa del norte de Canadá; poco más de un centenar de habitantes malviven –con contadas excepciones- del subsidio estatal y trampean con lo que pueden. Hace años, cuando aun eran jóvenes, vivían bien gracias a la pesca; pero eso se acabó definitivamente. Y la única posibilidad de supervivencia se la ofrece ahora una industria de reciclados, que podría establecerse en el pueblo… si tuvieran médico. La cuestión preocupa a las fuerzas vivas de la aldea, encabezadas por el nuevo alcalde, Murray French, un pícaro emprendedor con las ideas muy claras.
Cuando, por una carambola, el joven y desprevenido doctor Lewis cae por allí, desterrado por un mes, el astuto alcalde convoca a todos los lugareños en el empeño en hacerle la estancia fácil y agradable –si no divertida- con la esperanza de que se quede para siempre. No todo el pueblo está de acuerdo en secundar las artimañas de Murray; Kathleen, la joven y bonita encargada del correo no se presta a servir de cebo, y el temeroso –y único- empleado del banco tampoco lo tiene tan claro. Pero el alcalde, como una fuerza de la naturaleza, arrasa con todo y convence a la mayoría.
El doctor Lewis toma posesión provisional –o eso cree él- de su cargo, encantado de las atenciones que recibe. No importa que las estratagemas utilizadas lleguen a ser absolutamente disparatadas, desde obligar a la población a jugar al críquet –deporte que desconocen por completo-, hasta ponerle peces en el anzuelo para que Lewis los pesque; el bueno del doctor las disfruta todas y empieza a pensar que aquel puede ser el sitio ideal para vivir.
La historia sigue los cánones trazados por el género de comedia costumbrista, sección rural, y, por supuesto, por la versión primitiva de la que no se separa ni un milímetro salvo por el cambio de idioma –francés por inglés- y el reparto. Que ahora preside el gran Brendan Gleeson, bien secundado por Taylor Kitsch –el protagonista de la fallida John Carter- y por toda la tropa de paisanos del lugar. Don McKellar se muestra un eficaz director de actores y compone una coreografía ligera y desenfadada en la que no hay nada estridente: leves toques ecologistas, amor por el terruño y preocupación por unos lugares y unas gentes que van desapareciendo.
Y una divertida justificación de las trampas, si las hacen gentes rudas pero de buen corazón. En resumen, una historia sencilla y entretenida, que es exactamente lo que el espectador espera y exige de una película de este estilo. Cabe preguntarse, desde luego, por las razones de volver a hacerla tan solo diez años después de la primera. La verdad es que no se encuentran demasiadas… pero quizá es el signo de los tiempos; y, al fin y al cabo, experiencias peores hemos tenido que soportar. (www.acontracorrientefilms.com/pelicula/328/la-gran-seduccion)

LA GUERRA DE CHARLIE WILSON    (24.02.08)  
Dir.: Mike Nichols 
Pro.: Tom Hanks, Gary Goetzman   Gui.: Aaron Sorkin
Int.: Tom Hanks, Julia Roberts, Philip Seymour Hoffman  
Mike Nichols es un director... por lo menos particular. Nació en Berlín en 1931 pero ha trabajado siempre en América; ha realizado una veintena de películas, desde su debut en 1966 con Quién teme a Virginia Wolf?, a la que siguió el éxito mundial de El graduado al año siguiente; y en su carrera hay títulos como Conocimiento carnal, Silkwood, Armas de mujer, A propósito de Henry, Lobo, Una jaula de grillos y Closer; ésta última, de hace un par de temporadas, con un reparto de bellezones –de ambos sexos- presidido por Natalie Portman y Julia Roberts.
Con Roberts repite ahora: ella es Joanne Harring, una bella, acaudalada y liberal –y anticomunista- dama, que le pone los puntos a Charlie Wilson. Wilson es un excongresista americano, de casi 75 años, que no se parece mucho a Tom Hanks. Pero Hanks lo hace muy bien y no nos cuesta nada creernos su personaje. Charlie Wilson estaba en plena actividad política a comienzos de los 80; congresista por Texas, su carrera se cimentaba en sólidos apoyos y en una extraordinaria mano izquierda, y un poder de seducción que también se demostraba en su vida privada.
Impenitente mujeriego y juerguista consumado, procuraba disfrutar de ambientes lujosos, de bellas señoras y de variados estimulantes, no todos alcohólicos. Y casi por casualidad, su vida reunió a dos personajes clave: por un lado, la deslumbrante mistress Harring –soltera en ese momento-, una de las pocas personas influyentes que se daba cuenta de lo que sucedía en aquellos años en el Afganistán ocupado y casi asfixiado por los soviéticos. Ella convenció a Wilson para que se entrevistara con el gobierno de Pakistán y pudiera conocer los campamentos de refugiados afganos cerca de la frontera.
Esa tremenda situación, más el peligro manifiesto de una final anexión de Afganistán a la Unión Soviética, convenció a Wilson de la necesidad de intervenir. Evidentemente, la resistencia popular afgana, los famosos “muyahidines”, no tenían ni la fuerza ni –sobre todo- las armas suficientes para enfrentarse a los temibles tanques y helicópteros rusos. Y ahí entra la segunda persona que cambió el destino de Charlie Wilson y seguramente también el de toda la geopolítica del siglo XXI; y esto no es ninguna exageración. Wilson reclamó ayuda de la C.I.A. y recibió, por todo bagaje, la visita de un agente de segunda, en horas bajas y con mala fama: Gust Avrakotos, un hombre muy listo.
Con la supervisión y el estímulo de Joanne Harring, el congresista y el espía profesional formaron equipo y Wilson se encargó de ir multiplicando el presupuesto que el Congreso dedicaba a la ayuda a Afganistán –empezó doblando los 5 millones de dólares iniciales y terminó por conseguir, en el momento más candente, mil millones-, mientras Avrakotos los convertía en armas cada vez más sofisticadas y eficaces y las hacía llegar a los afganos a través de Pakistán.
Mike Nichols cuenta toda esta historia con evidente placer, disfrutando del material y de sus intérpretes. Toda la película va como la seda, conducida por la experiencia del director, la buenísima química de los actores y la eficacia del guión, salpicado de chispas de gracia e ironía, propias de la mejor comedia. Por una vez, la hora y media que dura se hace escasa, y se echa de menos más desarrollo de historia y personajes. 
Y ése es, precisamente, el principal escollo de la obra: que se ha optado por el tono y las situaciones generales de la comedia, cuando se está tratando, bajo la apariencia de la biografía bienhumorada del congresista Wilson, uno de los momentos y de los asuntos más trascendentes en la moderna historia de la humanidad. Nada menos. Los americanos consiguieron echar a los rusos de Afganistán, armaron a los afganos hasta los dientes y luego los abandonaron, y, sin darse cuenta, ayudaron a crear el movimiento fanático talibán, sus líderes terroristas y sus dramáticas consecuencias.
La película retrata los hechos y al hombre que los provocó, pero siempre de esta manera amena, casi simpática y, desde luego, superficial. Incluso el propio protagonista –un hombre fascinante- debe poseer, sin duda, mucha mayor profundidad; no en vano ha dicho el auténtico Charlie Wilson: “No sé qué disparates contarán estos de mí... pero seguramente todo es cierto”. (www.laguerradecharliewilson.es)

LA HUÉRFANA   (18.10.09)
Dir.: Jaume Collet-Serra
Pro.: Leonardo DiCaprio, Joel Silver   Gui.: David Johnson
Int.: Vera Farmiga, Peter Sarsgaard, Isabelle Fuhrman  
Jaume Collet-Serra se dio a conocer en 2005 cuando rodó en América Casa de cera, una revisión más o menos aproximada de la mítica Los crímenes del museo de cera (André de Toth, 1953); por lo bien que le quedó y, sobre todo, porque costó cuatro duros y recaudó unos buenos miles de dólares. Luego hizo esa cosa tan rara de Gol 2ª parte –en la que salía el Real Madrid- y ahora, como parece que lo suyo es dar miedo, otra vez los americanos le han producido esta historia de La huérfana de marras.
Resulta que un matrimonio está empeñado en adoptar a una niña... Ya tienen dos hijos, pero en seguida se ve que también arrastran algún problemilla, que ya el guión irá desvelando. El caso es que van a un orfanato y, aunque está lleno de chiquillas simpáticas y monísimas, se fijan en la más repolluda y friqui de todas, una nena con una especial vena artística, solitaria y un puntito siniestra. ¿Por qué se encaprichan con el fenómeno? Misterios de la vida... y para que haya película.
El caso es que el comienzo de la cosa no está mal, y Collet-Serra demuestra ya un oficio que no le abandonará en el resto de la narración. Pero la historieta empieza a parecerse a otras dos mil de la especie y se vuelve bastante previsible. ¿Qué puede pasar en esta familia –aparte del rollo conyugal- con dos niños que ven llegar a una hermana que parece escapada de La casa de la pradera y que es capaz de llevárselos por delante a las segundas de cambio? Pues eso.
Eso, y un poquito más; porque es verdad que la película trata de ofrecer alguna variación sobre el mismo tema, sobre todo en el tramo final; claro que para que sea del todo creíble hay que tener bastantes tragaderas, o una buena dosis de ingenuidad... o ser un irrevocable fanático del género. (wwws.warnerbros.es/orphan/)

LA INVENCIÓN DE HUGO   (26.02.12)
Dir.: Martin Scorsese
Pro.: Martin Scorsese, Graham King, Johnny Depp   Gui.: John Logan
Int.: Asa Butterfield, Chloë Grace Moretz, Ben Kingsley  
De Lumiére a Scorsese hay un buen trecho… Un siglo largo, en el que el cine ha ido de la Llegada de un tren y La salida de los obreros de la fábrica a El aviador, Infiltrados o Shutter island, por citar sólo títulos recientes de la obra del maestro neoyorkino. Y de este tiempo y de este arte nos habla su última película: La invención de Hugo, una transparente metáfora del significado de las imágenes que habitan en el celuloide.
París, años 30. En la gigantesca, dinámica y atestada estación de trenes todo funciona como un reloj; y el reloj funciona… de milagro. Hace mucho tiempo que el hombre que lo cuidaba y reparaba desapareció, pero nadie lo ha advertido, ni siquiera Gustav, el celoso guardián de la ley, porque Hugo, el hijo del relojero, un chaval avispado y decidido, vive solo tras la esfera, a la sombra de las agujas y los números, escondido entre los complicados engranajes; y él trata de que el extraordinario cronómetro funcione con la máxima puntualidad y exactitud. 
La vida de Hugo es, como se puede suponer, bastante precaria: alimentarse, vestirse, hasta dormir, y no digamos jugar como cualquier niño, son para él tareas complicadas, casi heroicas, a veces imposibles. Algo se alivia su situación con la amistad de Isabelle, una chiquilla de su misma edad que lo acompaña en sus correrías, y con la protección –renqueante y hasta severa- del anciano Georges. Pero Hugo no puede ser completamente feliz: no olvida a su padre y se esfuerza en alcanzar su habilidad con las máquinas; sobre todo, para poder descubrir el secreto de su más preciado legado: un misterioso y viejo autómata, que parece estar pidiéndole, con sus ojos vacíos de latón y con sus manos oxidadas por la parálisis, que le devuelva el movimiento.
La estación es un microcosmos en el que cabe todo: el orden y el desorden; el amor y la pena, la cultura y la revolución, y la cruda realidad y los sueños, terribles o gozosos: es la vida. Y en ella están –en la vida y en la estación- el anciano desengañado  y abatido y el niño ilusionado y prometedor: los dos polos del eje que atraviesa este luminoso relato que Scorsese ha filmado en tres dimensiones –por primera vez en su carrera- para que comprendamos cómo el uso de esta tecnología se pone al servicio de lo que cuenta, y no al revés. Con el 3D, el director nos adentra en el espacio de sus protagonistas, nos hace entenderlos y seguirlos, nos obliga a volar sobre las vías del tren y entre los dientes y las ruedas de las máquinas y tras los telones de los primitivos estudios de cine. Como cualquier otro elemento de la película, no se queda con el protagonismo, sino que se funde con los demás y contribuye de forma expresionista, espectacular pero subordinada, a la compleja creación cinematográfica. 
Que esa es la verdadera vocación de la historia narrada por Scorsese: un canto de amor al cine y a su maravillosa naturaleza: fiel espejo de la realidad –como el de los Lumiére, como el de los estupendos documentales que él mismo firma- pero también cuna de la fantasía, la aventura, la poesía y la ilusión, como viene sucediendo desde que Georges Méliès cubrió la sábana blanca con su imaginación y asombró a los espectadores con sus trucos y sus primitivos efectos especiales.
Martin Scorsese, que tantos universos oscuros ha construido, que tantas pasiones, peligros, dramas y tragicomedias ha retratado, siempre cerca de la más cruda realidad, se ha olvidado de sus duros personajes para dejarse ganar por la ingenuidad y el aliento vital, nostálgico y optimista a la vez, de estos seres y este mundo. No sé si La invención de Hugo es absolutamente perfecta –quizá no- pero es imposible no agradecer a Scorsese este cuento infantil, que es mucho más que un cuento y que no es sólo infantil: es una aventura entrañable, divertida y sorprendente, una loa a la ilusión y la imaginación, y un homenaje a los orígenes y a la misma esencia del cine. Ese que Méliès, el primero, elevó a la categoría de mágica fábrica de sueños. (http://www.hugomovie.com/intl/es/)

LA ISLA MÍNIMA   (28.09.14)
Dir. Alberto Rodríguez 
Pro.: José Antonio Félez, Gervasio Iglesias  Gui.: A.R., Rafael Cobos
Int.: Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Antonio de la Torre
Antes de La isla mínima, Alberto Rodríguez ha dirigido El factor Pilgrim (2000) –con Santi Amodeo-, El traje (2002), 7 vírgenes (2005), After (2009) y Grupo 7 (2012). Es decir, que no ha trabajado en Hollywood ni con estrellas internacionales, sus cintas no contienen rutilantes efectos especiales, y no se han levantado sobre presupuestos multimillonarios; no obstante, es uno de los mejores directores del cine español actual. Y uno de los más interesantes guionistas también: con Amodeo las dos primeras y con Rafael Cobos las demás, ha escrito todos los textos de sus películas.
La isla mínima nos sitúa en las marismas del Guadalquivir, en la España postfranquista. Un pueblo escondido, aparentemente dormido entre los meandros, los pantanosos arrozales y los mil caminos tortuosos que los cruzan, pasa sus fiestas entre la obligación de divertirse y la preocupación de los jornaleros por la inmediata –y mal pagada- recolección. Pero este año hay algo más: Estrella y Carmen, dos hermanas adolescentes, han desaparecido una noche al volver a su casa. En realidad, no es la primera vez que pasa: otras chicas, hartas de la estrechez del lugar, han salido de allí para buscarse la vida y el futuro en algún sitio mejor.
Sin embargo, la madre de las jóvenes, preocupada, ha conseguido que las autoridades se interesen por el asunto, y como consecuencia, llegan dos policías de Madrid para investigar lo sucedido. Pedro –Raúl Arévalo- y Juan –Javier Gutiérrez-, son dos hombres muy diferentes: profesionales de distintas generaciones, muy distantes pensamientos y métodos tan opuestos como sus carreras: Juan procede de la temible policía secreta franquista y Pedro es un impetuoso y concienciado agente, con el único afán de encontrar la verdad.
No hay muy buena sintonía entre los dos, aunque ambos saben su oficio y tratan de progresar en sus pesquisas. Pero la realidad pronto se les muestra mucho más compleja, opaca y violenta de lo que imaginaban: las pistas, como los senderos entre la marisma, se entrecruzan y confunden en un laberinto en el que se ocultan falsedades, delitos y crímenes protegidos por la niebla de la mentira y la corrupción. Los policías no saben en quién confiar, perdidos entre los recelos, la indiferencia y las invenciones de las gentes del pueblo: los angustiados padres de las chicas; el interesado cazador furtivo y los guardia civiles no tan interesados; los jóvenes y los mayores, cada cual con su secreto…
Alberto Rodríguez ha conseguido crear unos personajes y un clima que llenan de intensidad y de creciente opresión la pantalla, pero también de rigor, de emoción y de verdad. En La isla mínima no hay efectos ni trucos, más allá de la aplicación de la estricta sintaxis cinematográfica que consiste, en primer lugar, en colocar la cámara en el sitio preciso y con la mirada justa. Los primeros planos permiten conocer el alma de los personajes –perfectos Arévalo y Gutiérrez, nadie desentona en el reparto-; la acción progresa al ritmo que marca el relato, y la narración se salpica con vertiginosos planos cenitales, que dotan al escenario de un dramatismo tan silencioso como esclarecedor.
En el suelo, bajo el polvo del secarral o con el agua al cuello en los pantanos; entre el alcohol y el humo de la taberna o bajo el techo que alberga el dolor, los policías tratan de cerrar su caso, o más bien, de impedir que el caso se cierre sobre ellos. Un guion modélico, en que valen tanto las palabras como los silencios, concluye la historia dejando los resquicios que el espectador está obligado a rellenar; esta no es una historia de buenos y malos, sino de personas bajo la tormenta, arrasados por las turbulencias del deseo, el miedo, la codicia y la ignorancia.
Magnífica, extraordinaria película, el mejor cine español en lo que va de año y una confirmación más del talento de Rodríguez y sus colaboradores. Y de la categoría y la calidad –hay que reseñarlo- de su productor, José Antonio Félez: uno de los más interesantes y acertados hombres de cine de nuestro país. (warnerbros.es/cine/thriller/la-ísla-minima)

LA JUNGLA 4.0   (09.09.07) 
Dir.: Len Wiseman                                                                
Pro.:  B.W., John McTiernan, Michael Fottrell   Gui.: Mark Bomback
Int.: Bruce Willis, Timothy Oliphant, Maggie Q  
Len Wiseman firma esta cuarta entrega de La jungla; es el director de la serie Underworld –que protagoniza su señora, la estupenda Kate Beckinsale-, y esa parece que fue la baza que convenció a Bruce Willis para volver a meterse en la piel del agente John McClane. La jungla de cristal nació hace casi 20 años –en 1988 exactamente- y su primer responsable fue un John McTiernan que estaba en su mejor momento, y que aún repitió en la tercera ocasión; la segunda fue dirigida por Renny Harlin, otro especialista en acción, de éxito entonces y ahora también en horas bajas. El caso es que tras un parón de 12 años, vuelve el invento.
Hay algunos puntos a favor; el personaje mismo está muy bien como héroe: un policía íntegro, ya mayor, bastante bruto, con sentido del humor, un poco carca y relativamente vulnerable pero capaz de las mayores hazañas físicas en pro de los ideales que defiende. La progresión del mal en esta “jungla” también tiene gracia; ha pasado sucesivamente de un edificio en peligro a un aeropuerto, a la ciudad de Nueva Tork entera y a todo el país en esta última edición; en la próxima, si McClane aguanta, el ataque será planetario, suponemos... Y, desde luego, La jungla 4.0 –el título también es gracioso, remite al mundo informático, absoluto protagonista de la película- contiene momentos épicos, divertidos y emocionantes.
Desgraciadamente, todo eso sucede antes de que el metraje –dos hora y cuarto larguísimas-, la insistencia en los mismos elementos –peleas, tiros, explosiones y carreras por las calles protagonizadas por todo tipo de vehículos-, la velocidad acelerada del montaje y la misma monotonía y el absurdo de un guión desenfrenado, terminen por abrumar, hartar y aburrir al espectador con un mínimo de criterio intelectual. Y todo, empezando porque la misma causa de todo este barullo es, esta vez, de muy endeble condición.
Resulta que un agente del gobierno, herido en su pundonor tras el 11-S por no haber recibido su plan de defensa ante un posible nuevo ataque terrorista la atención que él suponía imprescindible, decide hacérselo pagar a la nación entera llevándola a un caos ciudadano y vital colapsando servicios, comunicaciones e instituciones por medio de los más hábiles “hackers”, que identifica, contrata sin dificultad y despide después sin finiquito ni más indemnización que una muerte rápida y –se supone- inmune.
Mira por donde, igual le había salido bien si no fuera porque McClane recibe por casualidad –por estar donde no debía- la orden de detener al último piratilla de la serie, justo cuando acababa su trabajo y le iban a dar lo suyo... A partir de ahí, claro, la cosa se convierte en un duelo entre el policía y el maluto, que tiene, la verdad, mucha menos entidad que los antagonistas personificados por Alan Rickman o Jeremy Irons en las anteriores versiones. No es que McClane lo tenga fácil, claro: está prácticamente solo ante el peligro, con los agentes del gobierno totalmente desorientados y la única ayuda del chaval, únicamente experto –eso sí, expertísimo- en el rollo informático ese.
El malo cuenta, por el contrario, con un batallón de eficaces sicarios –encabezados por la guapa Mai Lihn, una especie de Emma Peel en negativo-, toda clase de armas letales, helicópteros incluidos-, se ve que mucho dinero y los más expertos “hackers” del planeta; esto último es muy gracioso: como se supone que todo el mundo estamos obnubilados por el poderío de los ordenadores, debe resultar fácil hacernos ver que con unos buenos equipos se puede controlar el universo mundo desde un cuartito –o la trasera de una furgoneta-, así sin más límite y con sólo apretar unas teclas.
Como decía, McClean está un poco mayor –los 50 cumpliditos que tiene el propio Willis- y está bien que eso no se haya disfrazado; pero lo que en principio es una virtud del guión termina por ser la mayor rémora ante una situaciones tan disparatadas, inverosímiles, absurdas y –lo que es peor- completamente tramposas. Así, lo que empieza siendo una revisión estimulante de un mito, acaba en una sesión de circomatógrafo digital que abruma con sus trucos –eso sí- de ordenador, su ausencia de originalidad y su absoluta puerilidad. (www.lajungla4.es)

LA MUJER DEL ANARQUISTA    (25.01.09)
Dir.: Marie Noëlle, Peter Sehr
Pro.: Marie Noëlle, Peter Sehr   Gui.: Marie Noëlle 
Int.: María Valverde, Juan Diego Botto, Ivana Baquero
 
Marie Noëlle y Peter Sehr son matrimonio; han producido y escrito películas juntos o por separado y ahora debutan en la dirección con este largometraje, del que también ambos son productores y ella guionista, con el complemento de Ray Loriga en algunos diálogos. La mujer del anarquista es una historia curiosa –y dramática, desde luego- porque habla de nuestra guerra civil, con personajes españoles, pero está vista desde la óptica de esta pareja franco-alemana. En ese sentido se emparenta con La guerre est finie, de Alain Resnais, y con la obra del maestro francés aún en algún aspecto más.
Manuela y Justo son un joven matrimonio que vive en el Madrid asediado. La ciudad sufre, constantemente bombardeada por el ejército franquista y sus aliados, y sus habitantes sobreviven entre el miedo, la escasez y, todavía, algún atisbo de esperanza. Justo es abogado y anarquista, y dirige discursos encendidos por la radio tratando de mantener la moral y el ánimo de quienes defienden la legalidad republicana. Poco a poco, la situación empeora: la defensa de Madrid va cediendo, el gobierno constitucional abandona, la victoria de Franco es evidente y la familia se rompe: Justo ha llegado a Teruel y luego ya no se sabe más de él; y Manuela y su hija, una auténtica “niña de la guerra”, se quedan en Madrid tratando de vivir el fracaso, la soledad y la terca ilusión del reencuentro.
Se han hecho algunas –no tantísimas- películas sobre la guerra civil española; pero muy pocas, además de la de Resnais, acerca de la vida de los republicanos exiliados en Francia. Muchos vivieron un auténtico calvario, hacinados en campos de refugiados, primero, y quizá sumidos de lleno en la Segunda Guerra Mundial, después. Lucharon con Francia y contra el fascismo y centenares de ellos penaron y murieron en los campos de exterminio nazis. Y al terminar la contienda, todavía intentaron golpear al régimen franquista y perdieron la vida –en todos los sentidos- ideando ataques y atentados, que fracasaron sin excepción.
Marie Noëlle es hija y nieta de españoles y sentía que se debía a sí misma y a la memoria colectiva esta película. Ha trabajado mucho tiempo el guión, lo ha poblado de intérpretes mayoritariamente españoles y ha confiado el protagonismo a Juan Diego Botto –que a duras penas puede con el personaje- y a María Valverde. Ella está francamente bien, aunque pueda parecer que no tiene la edad que el papel requiere, sobre todo en el tramo final; no importa, porque su personaje es tan vitalista y tan resuelto que justifica sobradamente su aspecto juvenil. E Ivana Baquero –la niña de El laberinto del fauno- se ha convertido ya en una estupenda actriz adolescente y carga con un papel comprometido y maduro.
También queda algo desnivelado el “tempo” narrativo, como si los directores hubieran optado por un discurso literario, que debe más a explicaciones y razonamientos que a la fuerza de la sola imagen; y que alterna, además, cierto atropello argumental con momentos de mayor pausa. Pero en el haber de los autores hay que contabilizar el acierto en la reconstrucción histórica –con algunos efectos debidos al genio maquetista de Emilio Ruiz, en la que ha sido su última película- y, sobre todo, la sinceridad y el valor del empeño.
La mujer del anarquista es una película de la guerra, en efecto, pero es, sobre todo, una historia de amor. Y una reivindicación de la memoria –y en eso entronca de nuevo con la obra de Alain Resnais-, como forma de supervivencia. Confiesa Marie Noëlle que sus mayores se sentían incapaces de contar lo que habían pasado. También el anarquista de la película pretende callar, y así olvidar sus padecimientos. No podrá, y eso lo salvará, porque no hay futuro sin pasado: la memoria es la huella del tiempo, es una facultad que nunca muere, porque se puede heredar. Los recuerdos pasan de padres a hijos y por eso la memoria de un pueblo está siempre viva en el rastro de la historia. (www.altafilms.com/)

LA MUJER DEL ANIMAL   (17.06.17)
Director: Víctor Gaviria. Intérpretes: Natalia Polo, Tito Alexander Gómez, Jesús Vásquez.
El colombiano Víctor Gaviria alcanzó el reconocimiento mundial con La vendedora de rosas (1998). Después dirigió Sumas y restas y ahora, tras doce años de silencio, regresa a la pantalla con este durísimo drama rural que narra la historia de Amparo, una joven estudiante de Medellín. Un día, Amparo se escapa del internado en el que estaba recogida para ir a refugiarse en casa de su hermana, que vive sin demasiados recursos en un barrio marginal.
Allí conoce a Libardo y muy poco después comienza su cruel calvario: Libardo la rapta, se la lleva con su familia y la somete a todo tipo de vejaciones, sexuales, físicas y mentales, y la hace vivir en un clima insoportable de violencia que puede llegar incluso al asesinato y que parece no tener fin. La cámara de Víctor Gaviria se muestra absolutamente explícita relatando estos hechos, de tal manera que llega a ser abrumadora para el espectador.
Cabría preguntarse si es necesario tanto realismo, pero no cabe más que responderse afirmativamente: lo que se cuenta es una historia real, apenas ficcionada –magníficamente interpretada por actores no profesionales, como es habitual en el cine del colombiano- y es además parecida a tantos y tantos casos que suceden cada día en todo el mundo; también en nuestro propio vecindario. Cuanto más se vea y se rechace al animal, a todos estos animales, mejor.  
Víctor Gaviria ganó el galardón al mejor director en el pasado Festival de Málaga; un premio merecido por esa intensidad, esa emoción y la verdad de las que ha sabido dotar a su película, que es sobre todo una cruda y violenta denuncia de la violencia machista, y que parte, como decía, de la ficción, para convertirse en un documento real, tan doloroso como valiente y necesario.

LA MULA   (12.05.13)
Pro.: Alejandra Frade, Bruce St. Clair   Gui.: Juan Eslava Galán
Int.: Mario Casas, María Valverde, Secun de la Rosa
Por fin se estrena La mula, rodada hace casi cuatro años y envuelta desde entonces en una escandalera de litigios y embrollos administrativos. La película fue dirigida por Michael Radford –El cartero (y Pablo Neruda), Pasiones en Kenia, El mercader de Venecia…-, que escribió también el guion junto con Juan Eslava Galán, autor de la novela original. Antes de acabar el rodaje, Radford abandonó su trabajo, en disconformidad con la productora Alejandra Frade; La mula fue terminada por Sebastien Grousset, pero los problemas no habían hecho más que empezar. Al final, la justicia –y el Ministerio de Cultura- han zanjado el proceso con la calificación correspondiente de la película y sin la autoría de Michael Radford, que no reconoce el montaje definitivo y ha intentado impedir el estreno. Y habría sido una pena, porque, en cualquier caso, la historia es estupenda: en los últimos meses de la Guerra Civil, el cabo acemilero Juan Castro, un chaval de pueblo metido en una contienda que no comprende ni le interesa, sobrevive como puede entre la indiferencia y el atrevimiento de la juventud, y el peligro de las balas enemigas… y de las amigas, que en la confusión reinante todo es posible y no es fácil distinguir a propios y contrarios.
Un día, en mitad del estruendo y el humo de la refriega, encuentra una mula perdida y asustada. Juan se apropia del animal y lo une a la recua que tiene a su cargo. Pero desde el primer momento la considera suya y sueña con volverse a su quintería cuando acabe todo el jaleo, llevándosela para que lo ayude en las tareas del campo. La mula es blanca, tranquila y cariñosa: una preciosidad; y Juan la llama “Valentina” y le dedica casi tanto cuidado y devoción como le pone a la conquista de Conchi, la chica más atractiva del pueblo vecino al campo de batalla.
Para colmo, mientras trata de seducir a Conchi con halagos, regalos –alguno bastante truculento- y embustes más o menos inocentes, el conflicto va agonizando y se producen sucesos inesperados. En uno de ellos se ve enredado Juan: un episodio que podía haber sido trágico y termina siendo cómico; de manera casi surrealista, el cabo de las mulas se convierte en héroe de guerra, con todos los honores y un prometedor futuro en la milicia, cosa que no le gusta absolutamente nada. Lo que él quiere –y ahora, con su condecoración impuesta por el mismísimo Franco brillándole en el pecho, le parece fácil- es llevarse a Conchi y a Valentina al pueblo y allí vivir felices los tres.
Naturalmente, la historia tiene una conclusión, paralela al desenlace de la Guerra Civil. El cabo Juan Castro, junto con alguno de sus amigos –otros no lo han conseguido- regresará, probablemente a su pueblo y a sus labores. El plano final contiene alguna esperanza, pero está lleno también de la tragedia de la tierra ensangrentada. Hasta llegar ahí, la película ha huido de toda clase de truculencia, salvo en dos o tres momentos concretos, uno de ellos bastante dramático; más que una película “de” guerra, es la historia de unas personas durante una guerra, con mayor interés en el dibujo de los caracteres que en la peripecia bélica que los envuelve.
De hecho, buena parte del metraje discurre por los cauces de la comedia; verdad es que con ciertos trompicones y alguna desorientación en el montaje; seguramente, la película acusa esos problemas que comentaba al principio. Desde luego, quien no tiene ninguna culpa son los protagonistas; arropados por un muy buen reparto –con Secun de la Rosa y Luis Callejo a la cabeza-, María Valverde y Mario Casas se entregan a la causa con toda aplicación, mucho talento y mucha gracia.
Ella es una Conchi pizpireta y más lista que el hambre y él resuelve magníficamente su personaje, un Juan Castro tierno, un poco bruto pero carente de malicia. Ambos llevan en volandas la película, en la que la inocente historia de los dos jóvenes se suma a la intención desmitificadora y claramente antibelicista del relato: ninguna guerra es buena; y esta, menos que ninguna. (http://lamulalapelicula.blogspot.com.es/)

LA NOCHE ES NUESTRA    (30.03.08) 
Dir. y Gui. James Gray
Pro.: Mark Wahlberg, Joaquin Phoenix
Int.: Joaquin Phoenix, Mark Wahlberg, Eva Mendes  
James Gray es un director neoyorkino nacido en 1969, y con sólo tres películas es ya un auténtico especialista en el trhiller. Debutó en 1994 con Cuestión de sangre (Little Odessa) y realizó después The yard (La otra cara del crimen), con Wahlberg y Phoenix,  acompañados esa vez por Charlize Theron y un estupendo reparto. Con La noche es nuestra insiste otra vez en el género, de nuevo con sus actores-productores y con un guión propio que cuenta la historia de dos hermanos enfrentados por sus radicalmente opuestos modos de vida. 
Bobby Green –Joaquin Phoenix- dirige una lujosa discoteca en Brooklyn llena de chicas guapas, música a todo volumen y licores y sustancias más o menos peligrosas –más bien más- distribuidas por individuos de muy mala condición; Joseph –Mark Wahlberg- es teniente de la policía de Nueva York y va detrás, precisamente, de un gangster ruso que frecuenta el local de su hermano; y el padre de ambos, el jefe Burt Grusinsky –el estupendo Robert Duvall-, es quien coordina la investigación; padre e hijo están muy unidos, y ambos lamentan que el díscolo Bobby no forme parte de esa unión ni, casi, casi, de la misma familia.
La policía no está consiguiendo grandes éxitos en su empeño, porque los traficantes están muy protegidos y se saben casi inmunes; los agentes del orden bordean el ridículo y por eso Joseph y Burt tratan de obtener la ayuda de Bobby. Pero él pretende más bien mantenerse al margen de los acontecimientos y salvar su negocio sin complicarse la vida ni complicársela a su novia Amada –Eva Mendes, guapísima-. Pero es difícil que lo consiga, porque muy pronto tendrá que comprender que debe tomar partido, a uno u otro lado de la ley, obligado, además, por un suceso de extrema gravedad que el director –que para eso también es guionista- decide que suceda.
El escenario de la película es el mundo del hampa y los bajos fondos, que Gray ya demostró conocer bien en sus primeras películas. En ese trasfondo, los acontecimientos se suceden con una cadencia calculada al milímetro, como Gray ha aprendido a hacerlo de sus guías y referentes: William Friedkin y los maestros de hace cuatro décadas. Escaramuzas, ataques, crímenes y persecuciones, tiros y enfrentamientos van apareciendo como mandan los cánones. Mafiosos de la droga y policías se enfrentan en las calles de Nueva York con bajas por las dos partes, mucho más sensible en la de los buenos, que para eso son los buenos... 
Y para que el protagonista, un hombre que se encuentra en la encrucijada, sepa elegir su camino entre traiciones imprevistas y lealtades renacidas. Joaquin Phoenix –que está bastante mejor que su “hermano” en la película- compone un personaje muy interesante, que va evolucionando desde la indiferencia, e incluso la lealtad incondicional al patriarca ruso –que luego se transformará en el conflicto mayor-, hacia una toma de posición que llegará a suponer la identificación con los mismos valores que al principio despreciaba. Lo malo es que este desarrollo va paralelo con la misma trama de la película y ambas cosas terminan saliéndose por los cerros de Úbeda del conformismo y la complacencia cinematográfica.
Una pena, porque la cosa arranca muy bien, y durante bastante rato se mantiene con un ritmo trepidante y violento, no muy original en ningún caso, pero presentado brillantemente y con fuerza. Hay incluso una zona de clímax, con el enfrentamiento precisamente en esa noche que los dos bandos se disputan como suya, en la que el resultado parece estar en el alero, y donde el Gray guionista podría haber apostado por una solución más realista y menos condescendiente. No es así, porque aquí se huye del riesgo y de la autoría moral y artística. ¿Qué habría hecho con una historia semejante uno de los verdaderos maestros del thriller -eso que siempre habíamos llamado policiaco o cine negro-? Pongamos, por ejemplo, John Huston dirigiendo a Richard Wickmark y Robert Mitchum... Ya sé: las comparaciones son odiosas, sí; pero además, algunas veces, dan pena. (www.lanocheesnuestra.es)
 
LA PARTE DE LOS ÁNGELES   (18.11.12)
Dir.: Ken Loach
Pro.: Rebecca O’Brien   Gui.: Paul Laverty
Int.: Paul Brannigan, John Henshaw, Gary Maitland
Ken Loach empieza a ser un veterano, a sus 76 años, tras 48 de carrera y 35 películas –más numerosos trabajos en distintas series de televisión-; pero no ha perdido nada de su capacidad crítica, de su impulso solidario ni de su agilidad y acierto en el retrato de personajes y escenarios. Su mirada sigue siendo la misma que sorprendió con Family life (1971), una propuesta novedosa y rompedora –todavía hoy- y que emocionó con Agenda oculta, Lloviendo piedras, Ladybird Ladybird, Tierra y libertad, Mi nombre es Joe, Felices dieciséis, El viento que agita la cebada y hasta con Buscando a Eric, que convirtió –casi- a Eric Cantona en actor…
Algunas de estas películas –y las de los directores británicos de su generación- huelen a gasolina, a pólvora, a la humedad de los campos mojados, al aire viciado de las habitaciones cerradas y las calles abarrotadas… Y a desesperanza. Pero esta huele a whisky: “la parte de los ángeles” es la cantidad de licor que se evapora en la barrica, y que debe permanecer invisible, pero fragante, en la atmósfera de la bodega. Pero también es la porción –igualmente pequeña- de esperanza que les queda a los menos favorecidos cuando parece que ya se ha repartido todo el bienestar.
Todavía no lo sabe Robbie, un joven de Glasgow con poca suerte. Tras dar algunos malos pasos, ha sido condenado a una temporada de trabajos sociales, eso que se llama “servicios a la comunidad”: reparar aceras, arreglar puertas, repintar paredes… Su novia está embarazada, su futuro suegro lo quiere ver lejos de la chica y del bebé, cuando nazca; y para colmo, algunos tipos desaprensivos del barrio lo buscan para ajustar viejas cuentas. Menos mal que en el centro al que acude para cumplir su deuda con la justicia encuentra el apoyo del veterano asistente social.
Y allí, además, hace amigos entre la tropilla de delincuentes de poca monta que forman sus destartalados colegas: una pobre chica, cleptómana compulsiva, que disfraza de fiereza siniestra su debilidad, un despistado de pocas luces y todavía menos aspiraciones, un drogadicto rebelde pero de buen corazón, y alguno más con mejores deseos que posibilidades. Ahí andan, trampeando con la vida, hasta que un día, en una visita a una destilería,
Robbie se descubre una insólita capacidad para degustar, distinguir y valorar los licores; especialmente el whisky escocés de la mayor calidad. Y eso lo llevará a planear el que puede ser el golpe de su vida.
Aunque la operación no vaya a ser muy ortodoxa, no podemos evitar ponernos del lado del chico y sus cómplices; porque la causa lo merece y porque contra la solemnidad burguesa y la prepotencia económica de los grandes señores del whisky juega la picaresca y el estado de necesidad de nuestros protagonistas. Ken Loach acierta, además, con su reparto, compuesto casi exclusivamente por intérpretes desconocidos, que prestan su frescura y su aparente improvisación, y hacen que nos resulten cercanos y absolutamente reconocibles. Sí los conocen perfectamente director y guionista, que por eso se permiten acompañarlos en sus desventuras y mirarlos con evidente simpatía  
Antes, y ahora con Paul Laverty en los libretos, el cine de Loach se ha ido dejando impregnar de algunas gotas de humor, procedente casi siempre del carácter y las intervenciones de algún secundario; funciona como válvula de escape en el desarrollo del argumento, generalmente agrio y conflictivo, cuando no francamente doloroso. Pero en esta ocasión, sin embargo, el maestro del realismo social se da un respiro y hace que la historia evolucione favorablemente, que los personajes tomen aire y que el relato transite del drama a la comedia.
Así que, por esta vez, podemos sonreír y contemplar con cierta tranquilidad como Robbie y su novia Leonie, y Mo, Albert y Rhino embarcan hacia el futuro. Que no va a ser un camino de rosas, seguro; pero que al menos no estará solo poblado de espinas. (www.altafilms.com)

LA PIEL QUE HABITO   (04.09.11)
Dir.: Pedro Almodóvar
Pro.: Agustín Almodóvar   Gui.: Pedro Almodóvar con la colaboración de Agustín Almodóvar
Int.: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes  
Ya tocaba: cada dos años, aproximadamente, Pedro Almodóvar estrena una nueva película. A punto de cumplir 62, lleva 18 en su haber; no son malas cifras, si recordamos que empezó su carrera en 1980, cuando dirigió –es un decir- con 30 años aquella indescriptible Pepi, Lucy, Bom y otras chicas del montón; es decir: Carmen Maura, Eva Siva, Olvido Gara –más conocida como Alaska- y otras gentes, de las que, en algunos casos, nunca más se supo. De Pedro sí, y su popularidad, su fama y su prestigio no han hecho más que crecer en estas tres décadas.
De forma desigual, eso sí; porque la irregularidad, la heterodoxia y la extravagancia son, precisamente, características propias del manchego y de su obra. Aunque, según ha ido aprendiendo y afirmando su personalidad, se ha ido haciendo, es verdad, más seria, más cerrada, no sé si más profunda pero desde luego más oscura y más amarga; sobre todo desde finales de los 90 –La flor de mi secreto, Todo sobre mi madre, Hable con ella…-. Él lo sabe y lo achaca a su propia evolución personal, a la edad… Que también puede ser. 
Desde luego, esta nueva película La piel que habito, de divertida tiene poco. Es una historia de agresiones y venganzas, de dolor, de abuso y de maldad; y deja muy escaso resquicio a la esperanza. Roberto Ledgard es un eminente científico y un cirujano plástico excepcional; sus estudios sobre la piel humana lo han llevado a logros impensables pero también peligrosos hasta traspasar los límites de la seguridad y la ética profesional. Su interés tiene un porqué muy personal: su mujer resultó quemada en un accidente de tráfico y tuvo que verla tratar de sobrevivir con toda la superficie de su cuerpo arrasada, un dolorido y doloroso guiñapo arrugado, seco y monstruoso.
Ahora, Ledgard tiene una única paciente: Vera, una joven recluida en su clínica, con la que experimenta sus últimos avances. El doctor mima el cuerpo de Vera, su cara, cada centímetro de la piel femenina, tersa, suave, definitivamente viva. Vera piensa que ha llegado el momento de su libertad, pero el sombrío y exigente Ledgard quiere aún más perfección; nunca le parece que su tarea está acabada. Para comprender bien esta relación, esta situación, debemos retroceder en el tiempo media docena de años. No sin que antes –y aquí empiezan los problemas de la película- se produzca una intromisión tan desafortunada como innecesaria.
La acción se quiebra y esto, que no tendría por qué ser negativo, resulta aquí una equivocación. Hay un desliz, un punto y aparte exagerado y parece que empieza otra película, también con otro estilo y hasta otros personajes. Claro que sabemos que desenlazará en la acción principal, pero esta nueva historia tiene tanto peso narrativo y dramático que desequilibra el relato entero. Y lo hace navegar ya hasta el final con muy poco calado para un barco tan pesado. 
El problema es todo de guión, porque los protagonistas están perfectos: contenido y magnético Antonio Banderas –como Almodóvar lo exigía-, dúctil y entregada, maravillosamente convincente Elena Anaya, muy bien los jóvenes Jan Cornet y Blanca Suárez… sólo Roberto Álamo se estrella –involuntariamente- con su breve e imposible personaje. La factura de la película es espléndida, como es costumbre, y la fotografía de José Luis Alcaine y la música de Alberto Iglesias son superlativas. Pero Almodóvar no es tan buen guionista, con o sin la ayuda de su hermano; y ya debería haberse dado cuenta. No sé cuánto habrá puesto de su cosecha sobre la idea del relato original, pero es una pena que sus excesos, sus vaivenes, sus titubeos empañen una obra que, por lo demás, profundiza muy acertadamente en el comportamiento humano, en la inviolabilidad de la libertad y en la esencia de la propia identidad: eso que nos constituye precisamente dentro de nuestra piel, la que nos muestra y nos defiende del mundo exterior. Pero es que la firma de Almodóvar es así: con su estilo, sus personajes, su mezcla de géneros; o más bien como lo define Antonio Banderas: es que Pedro es un género en sí mismo. (www.lapielquehabito.com)

LA RED SOCIAL   (17.10.10)
Dir.: David Fincher
Pro.: Scott Rudin, Dana Brunetti, Michael de Luca   Gui.: Aaron Sorkin
Int.: Jesse Eisenberg, Andrew Galfield, Justin Timberlake  
David Fincher es un director de éxito, con una carrera siempre ascendente: Alien 3, Seven –un bombazo-, The game, El club de la lucha –otra de las más aplaudidas-, La habitación del pánico, Zodiac –para mi gusto, la mejor- y El curioso caso de Benjamin Button. Impecable currículum, que completa con un buen puñado de estupendos documentales y vídeos musicales. Fincher es uno de los autores de La red social.
El otro es Aaron Sorkin, guionista de calidad reconocida: la serie El ala oeste de la Casa Blanca y películas como Algunos hombres buenos, Malicia, El presidente y Miss Wade y La guerra de Charlie Wilson. El guión de La red social, basado en los apuntes de Ben Mezrich para un libro y en otras muchas fuentes, es una joya de precisión narrativa, interés humano y perfecta estructura. 
La película tiene un título equívoco, porque no es una historia “de” o “en” Facebook, sino la historia de los creadores de Facebook y su relación, su propia red que fueron desenvolviendo y en la que todavía siguen algunos. El relato arranca en 2003, cuando un estudiante de Harvard de apenas veinte años, Mark Zuckerberg, decide profundizar en el funcionamiento de las incipientes redes sociales alojadas en internet utilizando su talento como programador y “hacker” consumado. 
“Profundizar” quiere decir atacar las bases de datos y “facebooks” –álbumes de fotos- femeninos de las conocidas facultades universitarias y exponerlas en una web para degustación, comparación y valoración de sus colegas masculinos. Lógicamente, esta primera experiencia le vale una dura reprimenda y le hace sentir la disciplina de la prestigiosa universidad.
Pero también llama la atención de un grupo de estudiantes, que tienen la intuición de que una web que facilitara la comunicación entre los miembros de la universidad, para empezar, podría tener algo de futuro. Zuckerberg se da cuenta de esas posibilidades y comienza a diseñar por su cuenta un sitio con esas características; nace así, a primeros de 2004, “The Facebook”, exactamente el embrión de la poderosísima red que ha ido creciendo hasta llegar a como ahora la conocemos: a finales de 2005 contaba con 5 millones y medio de usuarios universitarios y hoy son ya 500 millones, de toda clase y condición y en todo el mundo, y está valorada en más de 25.000 millones de dólares.
El despegue definitivo del “invento” de Zuckerberg llegó con la incorporación de Sean Parker, otro personaje de parecida categoría: el creador de Napster, bastante arruinado en ese momento pero dueño de un caudal inagotable de creatividad para los negocios… y otras cosas. Llegó el éxito; pero llegaron también los más graves problemas, causados sobre todo por la personalidad y la actitud del mismo Zuckerberg. 
Dicen que a él no le ha gustado la película ni cómo cuenta la historia. Es comprensible, porque no sale muy bien parado. Desde la primera escena –un trepidante diálogo magníficamente escrito, realizado e interpretado-, nos damos cuenta de que Zuckerberg es inmaduro y pagado de sí mismo. Y con el tiempo, no mejora: desprecia a las chicas, desprecia a sus compañeros y tiene todas las trazas de despreciar también al resto de sus semejantes, que, desde luego, no son tan listos ni tan poderosos como él. De esa forma, comprendemos que los sentimientos de amistad, lealtad y honradez no están hechos para su persona.
La película explora las consecuencias de sus actos, que lo llevan a continuos y dolorosos litigios; y lo hace desde todos los puntos de vista de los distintos protagonistas. Sorkin y Fincher indagan así en la verdad de los argumentos, sin sentar cátedra ni tomar partido más decididamente que lo que parecen mostrar los propios hechos. Es otra virtud más de esta obra, que es tanto una intriga judicial como una biografía: la de un hombre paradójico, que puede tener mil amigos en la red pero ninguno en su vida real. (www.laredsocial-lapelicula.com)

 

LA REINA DE ESPAÑA   (26.11.16)
Director: Fernando Trueba. Intérpretes: Penélope Cruz, Cary Elwes, Antonio Resines.

Fernando Trueba se ha empeñado en seguirles la pista a los personajes de La niña de tus ojos, la película que rodó hace casi veinte años. Los mismos que han transcurrido para sus protagonistas, y aquí están de nuevo: Macarena Granada –que ahora es una estrella internacional: triunfó en Hollywood, se casó con un productor y se divorció, y hasta ganó un Oscar-, Julián Torralba, Rosa, Trini, Lucía, Pepe Bonilla, Castillo…

y hasta Blas Fontiveros, que regresa a España tras un doloroso cautiverio en Mauthausen. Todos se juntan en el rodaje de La Reina de España, que dirige el veterano John Scott –un trasunto del maestro John Ford venido a mucho menos- y protagonizan Macarena y el famoso actor Gary Jones, y que supone el desembarco de la industria americana en los más económicos escenarios españoles de los años cincuenta.

Trueba recorre las peripecias del rodaje –en el que no falta de nada- y en paralelo sigue la vida nada feliz del pobre Fontiveros, que va de mal en peor. Hasta que ambas tramas coinciden, de una manera un tanto rocambolesca y no muy realista; lo que traspasa el tono general de la película, llena de apuntes costumbristas, unos trágicos, otros más cómicos; algunos muy acertados, otros no tanto.

En cualquier caso, aunque Penélope Cruz asume el eje de la acción, el verdadero protagonismo recae en un reparto coral de múltiples facetas y generalmente muy acertado. Quizá los personajes y las situaciones hayan perdido algo de frescura, pero Trueba mantiene el pulso de un relato que es un ajuste de cuentas con la historia tanto como una declaración de amor al cine.

LA RONDA DE NOCHE    (01.06.08) 
Dir.: Peter Greenaway
Pro.: Kees Kasander   Gui.: Peter Greenaway
Int.: Martin Freeman, Emily Holmes, Eva Birthistle  
Peter Greenaway es cualquier cosa menos un director convencional; hace 26 años, deslumbró a todo el mundo con El contrato del dibujante, una apabullante propuesta estética apoyada en la música fascinante de Michael Nyman. También es el autor, recordemos, de El vientre del arquitecto, Ahogado por números, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, El libro de Próspero, El niño de Macón y el curioso proyecto Las maletas de Tulse Luper, entre las casi 60 obras que ha realizado en las cuatro últimas décadas. 
Y ahora insiste con otra película igual de personal, en la que vuelve a unir cine y pintura –luz, colores, texturas- en una indagación en la vida de Rembrandt, en los momentos en que el genial pintor holandés realiza uno de sus cuadros más famosos –y más polémicos, en su momento-: “La ronda de noche”. Una cumbre en su técnica pero también un retrato de su época, y algo más -según Greenaway, siempre amante de la intriga-: el apunte de una conspiración para eliminar a un personaje incómodo en la política de la república holandesa.
Tras una primera secuencia de aire aparentemente teatral pero que es un auténtico manifiesto pictórico –de corte claramente onírico, además-, y que revela al personaje de Rembrandt en su desnudez física y mental, y también moral, el argumento recorre esos meses cruciales en la vida del pintor: recibe el encargo de ese importantísimo cuadro, retrato de las “fuerzas vivas” de la ciudad de Amsterdam, y en el largo proceso de creación, un Rembrandt dolorido por la muerte de su mujer y decidido a romper todas las barreras sociales y políticas, va transformando lo que debería ser una glorificación de sus patronos en una denuncia del cruel asesinato cometido por ellos mismos.
Permítaseme una nota al margen: Peter Greenaway ha estado recientemente en Madrid, impartiendo una “master class” –eso que antes de ser americanos llamábamos clase magistral, o, más modestamente, conferencia- en el Caixa-Forum, un edificio tan protagonista que da absolutamente lo mismo lo que vayas a hacer dentro. Qué curioso es este mundo moderno, ¿no? Fin de la nota.
En su disertación, Greenaway, además de explicar brillantemente algunos aspectos de su película y mostrar una espectacular intervención digital sobre el cuadro de Rembrandt, insistió en su ya conocida teoría de la muerte del cine a plazo fijo, y no muy lejano, además. La incapacidad para traspasar el fundamento literario de las películas y el acabamiento de una fórmula por repetición extenuante, además de la invasión de los nuevos formatos y “ventanas” –del PC al móvil-, son las causas evidentes. Y seguro que tiene razón.
Pero mientras tanto, él mismo ha realizado una obra que, siempre con su impronta más personal, reúne todas las características del cine que considera moribundo: un tratamiento absolutamente estético de la composición, con una magistral aplicación de la luz, una coreografía operística conteniendo interpretaciones tan escasamente naturalistas que bordean el lirismo, y por debajo una base literaria evidente, con un argumento que roza el suspense policíaco y que se desarrolla según los cánones y los tiempos más clásicos.
Claro que eso no quita para que La ronda de noche según Greenaway, sea una película diferente, nada convencional y con todo el sello de su cine más arriesgado: no es, desde luego, una biografía de Rembrandt al uso –aunque el personaje queda claramente explicado en el excelente guión interpretado con absoluta entrega por Martin Freeman-, y la historia da por sabidos hechos y circunstancias que no todo el mundo conoce. No es una película comercial ni para todos los públicos; pero sí una obra de mucho calado, una “delicatesen” para degustadores infatigables y para quienes quieran ver cómo el genio de Greenaway funde imagen y música –brillantísima de nuevo- y cine y pintura, y cine y teatro, y cine y literatura. El cine: ese superviviente. (www.nightwatchingthefilm.com)

LASA Y ZABALA   (19.10.14)

Dir. Pablo Malo
Pro.: Joxe Portela, Alberto Gerrikabeitia  Gui.: Joanes Urkixo
Int.: Unax Ugalde, Jon Anza, Cristian Merchán, Francesc Orella
Pablo Malo dirigió entre 2004 y 2006 dos películas muy personales y muy diferentes: Frío sol de invierno y La sombra de nadie, que van del delicado retrato familiar al puro terror. Y tras realizar un par de capítulos de la serie Hispania, la leyenda, sorprende ahora con esta crónica, con intención cercana al docudrama, de uno de los asuntos más turbios y dolorosos de la reciente historia española.  

Tras unos impactantes títulos de crédito, que nos anticipan lo que está por llegar, la película abre en un estudio de radio del País Vasco. Junto al locutor, las hermanas de Lasa y Zabala hacen un llamamiento a la reconciliación, al respeto y a la paz. La escena es actual, pero inmediatamente la pantalla va a recorrer distintos momentos en torno a la España de los pasados años 80.  

En 1983, Joxean Lasa y Joxi Zabala, antiguos integrantes del comando Gorki de ETA, se encuentran en la localidad francesa de Bayona. Se mueven en un entorno relativamente tranquilo, aunque se saben vigilados por la policía española. Y en el mes de octubre, repentinamente, se producen distintos ataques de grupos armados, que culminan con el secuestro de ambos jóvenes. Los autores son los llamados GAL –Grupos Antiterroristas de Liberación-, y en principio no hay ninguna referencia, ninguna noticia, ninguna reivindicación.  

Los familiares y amigos de Lasa y Zabala tratan de encontrarlos, y se desesperan cuando la evidencia del secuestro se hace indiscutible y también, poco a poco, se impone la realidad de una definitiva desaparición. Y casi año y medio después, en enero de 1985, aparecen en Bussot, un pueblo de Alicante, los restos de dos personas que parecen haber fallecido de muerte violenta.

Han sido enterrados en cal viva, con lo que su identificación resulta casi imposible; los forenses encuentran señales de golpes y balazos en los cuerpos, pero la policía lo atribuye a un ajuste de cuentas entre bandas mafiosas, y da el caso por cerrado. Tuvieron que pasar otros diez años para que un inspector, llevado de un celo extraordinario, consiguiera la identificación de los maltrechos cadáveres; las fichas dentales y los exámenes de ADN demostraron que los restos correspondían a Lasa y Zabala. Y comenzó entonces una dura lucha para tratar de descubrir a los autores del secuestro, la tortura y la muerte de ambos.  

La película se desarrolla con un montaje de dramáticos flash-backs que recuperan sucesivamente los terribles acontecimientos, a la par que muestra cómo el abogado de las familias trata de desenmascarar a los culpables. Así van apareciendo las figuras del coronel Rodríguez Galindo y el gobernador Julen Elgorriaga como cabezas de la operación: el primero como jefe del grupo de guardias civiles que constituyó el inicial núcleo del GAL y este aportando el apoyo logístico y material. Los guardias Dorado y Bayo figuran en la investigación como responsables directos del asesinato; y también aparece, en la cúpula de la organización, la misteriosa X nunca del todo revelada. 

La cámara permanece, en los momentos más duros, retratando impasible –sin ahorrarnos prácticamente nada- el horror de la tortura, el escalofrío del asesinato y también la indecencia de la mentira y el dolor de la injusticia. Pero esa frialdad del objetivo, que contrasta con las apasionadas interpretaciones –de un muy convincente Unax Ugalde y del riguroso Francesc Orella, sobre todo-, no traspasa más allá del acontecimiento relatado. Y se echa de menos una mayor indagación, un análisis de las causas profundas y el origen real de la trama. Director y guionista se han detenido ahí voluntariamente, desarrollando el relato como una página de sucesos: no muestran nada que no se corresponda estrictamente con la verdad; pero es evidente que su película no pretende otra cosa que recordar lo pasado para, desde esa memoria –como en la secuencia preliminar-, intentar mirar definitivamente hacia el futuro. (www.lasaetazabala.com/es/)

LAS CONFESIONES   (27.05.17)
Director: Roberto Andò. Intérpretes: Toni Servillo, Daniel Auteuil, Connie Nielsen
Roberto Andò es conocido por haber dirigido Bajo nombre falso y Viaje secreto, y más por Viva la libertad, película en la que Toni Servillo se desdoblaba en el papel de un político desencantado y su hermano gemelo. Y en esta nueva continúa la colaboración entre actor y director.
En un lujoso hotel de la costa de Alemania se encuentra reunido el poderoso G8. Con los ministros de los países más importantes de la Tierra está el presidente del Fondo Monetario Internacional y también concurren algunos artistas –como una novelista o un cantante muy famosos…- y un extraño fraile, silencioso y ensimismado, al que nadie sabe quién ha invitado.
Tras la primera jornada, que transcurre tranquila, cae la noche; y a la mañana siguiente, se produce el caos: Daniel Roché, el jefe del F.M.I. aparece muerto en sus habitaciones, con trazas de haber sido asesinado. Las sospechas se disparan entre los asistentes, pero recaen en el misterioso fraile, al que han visto salir de madrugada del aposento del fallecido. Y este reconoce haber estado allí y haber hablado con Roché, pero se niega a revelar el contenido de su conversación.
Cada uno de los mandatarios, desde el japonés a la canadiense, pasando por un temible ministro ruso; los responsables del hotel, y también la policía, insisten en interrogar al religioso, pero no obtienen de él la menor confidencia. Al final, la reunión se convierte en algo muy distinto a lo programado: un G8 bastante particular. Naturalmente, el protagonista es el fraile que representa Toni Servillo, un actor tan poderoso que consigue que su personaje esté en todos los planos; también en los que no está.
Gracias a él y a un acertado guion, la película conforma un ácido suspense dramático y político, una parábola –nada irreal- acerca de los entresijos del poder y el cinismo de quienes lo detentan y, sobre todo, un descarnado relato desarrollado con la fuerza de un directo a la mandíbula de los amos del dinero.

LAS DOS CARAS DE ENERO   (15.06.14)
Dir. Hossein Amini
Pro.: Robyn Slovo, Tom Sternberg   Gui.: Hossein Amini
Int.: Viggo Mortensen, Kirsten Dunst, Oscar Isaac
Los productores de El topo, la última versión de Los miserables y algunas de las mejores películas de los Coen, se unen para dar la oportunidad a Hossein Amini, el guionista de Drive, de debutar como director con este oscuro thriller, basado en una novela de Patricia Highsmith y protagonizado por Kirsten Dunst y Viggo Mortensen.
Atenas, 1962. Chester y Colette McFarland son una pareja de adinerados turistas americanos de vacaciones en
la capital griega. Aunque él es bastante mayor que su mujer, parecen estar muy compenetrados y disfrutar del lujo de los buenos hoteles y el aroma decadente de la cuna de la civilización. Bajo los asombrosos dinteles de la Acrópolis, conocen a Rydal, un joven compatriota que trabaja de guía turístico y complementa sus ganancias con lo que les saca a viajeras ricas y desprevenidas. Entre los tres se establece pronto una complicidad basada en el deseo –cuyo eje es la atractiva Colette-, la ambición –Rydal envidia la riqueza de sus nuevos amigos- y la mentira. Elementos, todos estos, fundamentales en la narrativa de Patricia Highsmith, que es, sin duda, la mano que mece la cuna a lo largo y a lo ancho de la película. La falsedad, la suplantación y el enigma de la identidad son los motores de un relato en el que no se sabe quién juega con quién: Chester puede no ser lo que parece, Colette puede no estar tan enamorada, Rydal quizá pretenda engañarlos, o ayudarlos… o las dos cosas a la vez.
La oportunidad se le presenta cuando en lo que parecían unas apacibles vacaciones se cruza la amenaza, el crimen y la desesperación. Y los sucesos que se van desencadenando ponen en manos de Rydal –auténtico Minotauro- el destino de la pareja, protagonistas de una huida alucinada que los lleva hasta Creta y su laberinto. Allí el antiguo mito tendrá que hacerse realidad, pero será el destino quien determine cómo el héroe escapará de la encrucijada y qué víctimas habrá de dejar atrás.
Hossein Amini ha urdido perfectamente los hilos de la trama, midiendo muy bien los ritmos y dando cada vez más peso al que no era en principio el personaje principal, convirtiéndolo de acompañante en el trío inicial a voz cantante en el dueto final; no tan lejos de su áspero conductor de Drive. Cualidad del libro original, seguramente, pero habilidad también para llevarlo a la pantalla. Con una perfecta y muy estilizada fotografía, que reproduce con fidelidad la estética de los años sesenta y de los mejores thrillers de la época; de hecho, es posible reconocer en Las dos caras de enero la influencia de Hitchcock y otros maestros del género.
Como en muchas de aquellas películas, el protagonista –ahora de dudosa moralidad, los tiempos sí han cambiado en algo- pasa de ser libre a sufrir persecuciones y equívocos, con riesgo de peligro mortal. Claro que Viggo Mortensen no es James Stewart, ni mucho menos Cary Grant; pero tampoco lo necesita aquí: Mortensen compone su personaje con absoluta sobriedad, fiándolo todo, como ahora se estila, a su mirada y a su voz. Con ambas herramientas construye su transformación, de sofisticado triunfador a fugitivo acorralado al borde de la derrota. A su lado,
Kirsten Dunst demuestra que ha dejado ya su aspecto y sus papeles juveniles para entrar en la primera etapa de la madurez; poseedora de una fotogenia muy interesante, como antes, pero también de una calidad indiscutible. Durante un buen rato de la película, ella es la dueña de la pantalla, mientras los dos hombres se disputan su presencia y, si es posible, sus favores. Y Oscar Isaac –para mí una revelación en Ágora y A propósito de Llewyn Davis- está a la altura requerida, creciéndose con el personaje, como decía, a lo largo del metraje. Que se deja ver en un suspiro, acompasado por la magnífica banda sonora de Alberto Iglesias y atrapado el espectador por el interés y el suspense de esta agobiante historia en la que, hasta el final, nada es lo que parece. (www.lasdoscarasdeenero.com)

LAS MALAS HIERBAS   (18.03.12)
Dir.: Alain Resnais 
Pro.: Jean-Louis Livi   Gui.: Alex Réval, Laurent Herbiet
Int.: Sabine Azéma, André Dussollier, Anne Consigny  
Alain Resnais cumplirá el 3 de junio 90 años. Y acaba de terminar su película número 20: Todavía no has visto nada, muestra de su inacabable vitalidad. Resnais es uno de los más evidentes padres del cine contemporáneo, que fundamentó con dos obras maestras en 1959 y 1961: Hirosima mon amour y El año pasado en Marienbad; y ya antes, con una serie de magníficos, impactantes documentales, que renovaron también el género. Todos los títulos de Alain Resnais son importantes, pero a estas alturas, más que repasarlos todos, habría que destacar el giro que su cine, desde Smoking/No smoking y On connaît la chanson ha dado hacia la comedia; entendiéndose, sobre todo, como estudio bienhumorado y ligeramente burlón del comportamiento humano. 
Claro que nunca ha tenido otro objeto: sus películas siempre hablan de las personas y su conducta; y también esta Las malas hierbas. Sus protagonistas son Georges y Marguerite, dos desconocidos que seguramente nunca habrían podido encontrarse, pero a los que la casualidad, o el destino, lleva a coincidir. 

Georges encuentra una cartera, sin dinero pero con toda la documentación de su dueña. Se la han robado a Marguerite, como comprobamos en la secuencia inicial de la película –que muestra, por cierto, que Resnais es también un maestro del suspense-: tras unos planos que enseñan esas “malas hierbas” del título, que aparecen y crecen por cualquier grieta del suelo, vemos los pies de la gente que cruzan la pantalla, los zapatos que pisan despreocupada o concienzudamente… 
Unos pies y unos zapatos son los protagonistas: los pies de Margueritte, que buscan nuevos zapatos en su tienda de siempre, atendida –con mucha paciencia- por su empleada favorita. No vemos el rostro de Margueritte –no la conocemos- hasta que llega a su casa, disgustada por haber sido víctima del robo. Y entonces Resnais nos presenta a Georges, un hombre extraño, inquietante en lo poco que vamos sabiendo de él. Georges descubre la cartera tirada en el aparcamiento, junto a su coche. Intrigado, mira a quién pertenece, fantasea con llamar a la mujer, lo intenta incluso… pero al fin decide ir a la comisaría y dejar allí el objeto de su preocupación y la preocupación misma.
Y a partir de aquí, nada es lo previsible. Las vidas de Margueritte y Georges cambiarán con rumbo a lo inesperado. Él, que a pesar de un posible-probable-ignorado oscuro pasado tiene una familia relativamente normal –mujer, dos hijos ya mayores-, sucumbe a la fascinación por esa desconocida; ella, una mujer sola, acomodada, dentista de profesión y aviadora aficionada, va de la repulsa a la atracción, del rechazo a la entrega, con la veleidad y la fuerza de un vendaval loco. 
No se puede presenciar impasible esta película; sobre todo porque nunca se sabe qué puede pasar a continuación, qué plano sucederá al presente, cuándo la mirada de Resnais alzará el vuelo o se duplicará, o doblegará el espacio y el tiempo, o caerá a ras de asfalto para ver de nuevo como las malas hierbas rompen la uniformidad y la rutina y asoman por cualquier sitio y en cualquier momento: cómo la conducta de los personajes se tiñe de irracionalidad, de capricho, de perversión seguramente.
Fascinantes imágenes, de principio a fin, ilustradas con una portentosa paleta de colores y luces que acompañan y definen a los protagonistas y se enriquecen con una banda sonora en la que danzan la música, la voz en off y los diálogos con una exactitud y una armonía absolutas. André Dussollier y Sabine Azéma –los intérpretes favoritos del director- se miran, se atraen, se sorprenden, se hablan incluso cuando no están juntos. Su atracción, su conducta tiene un punto de locura tan juvenil, que resultaría inconcebible si no fuera porque toda la película está dotada de esa misma cualidad, esa férrea coherencia que le da el pulso, la sabiduría, la capacidad para la ironía, la travesura y la imaginación de ese chaval de 90 años que se llama Alain Resnais. (http://www.sonyclassics.com/wildgrass/)

LA SOLEDAD   (03.06.07)
Dir.: Jaime Rosales 
Pro.: José Mª Morales, Jaime Rosales, Ricard Figueras   Gui.: Jaime Rosales, Enric Rufas
Int.: Sonia Almarcha, Petra Martínez, Miriam Correa  
Segundo trabajo de Jaime Rosales, director de 37 años que ha estudiado en San Antonio de los Baños (Cuba) y en la Australian Film School, entre 1996 y 2000; a su regreso de Australia trabajó en televisión y en 2003 debutó con Las horas del día, una extraordinaria película que ganó el Premio de la crítica internacional en Cannes y que contiene la estremecedora interpretación del siempre inquietante Álex Brendemühl convertido en un gélido asesino múltiple. 
En esta película no está Brendemühl, pero sí la mayoría de los colaboradores de Rosales en aquélla: repite Rufas como guionista, Óscar Durán como director de fotografía y los mismos responsables de montaje, sonido y producción. Naturalmente, La soledad muestra una palpable unidad de estilo con Las horas del día, pero también evidencia la progresión del director, su valor para dar un paso adelante y su capacidad para bordear –si no alcanzar francamente-, ya en esta segunda película, la obra maestra.
Las protagonistas son mujeres: Adela es una joven madre de un bebé de apenas un año. Separada, deja a su padre en el pueblo y se viene a Madrid; encuentra trabajo como azafata de congresos y vive en un piso compartido con otros dos jóvenes: Carlos e Inés. Antonia es la madre de Inés, y también de Helena y Nieves; es viuda y siente su futuro resuelto: tiene su piso, un pequeño supermercado de barrio y hasta un novio de su edad que la quiere y la acompaña. Sus vidas –las de Adela y Antonia-, levemente convergentes, son en realidad más paralelas de lo que ellas suponen: ambas parten de una fractura, un dolor, una separación, y parecen encaminarse hacia una relativa tranquilidad.
Pero de repente, la tragedia azota la existencia de estas mujeres. O quizá simplemente es la misma vida, que les muestra su lado más amargo: el miedo a la enfermedad, la herida en los sentimientos, la dentellada del crimen, el doloroso riesgo de existir, en suma. Antonia ya no puede vivir su presente en paz, ahogada por la preocupación; Adela, arrasada por la pena y la angustia, rota la piel y el alma, no concibe el futuro sin esperanza. 
Rosales habla de estas mujeres y de los hombres que están a su lado, casi en su sombra, en su rastro más bien. Habla de la vida. Y habla de la muerte: la muerte casual, o esperada, o consecuente o caprichosa; la ausencia definitiva del que se ha ido y la permanencia aturdida, dolorosa, casi involuntaria, de los que se quedan. La película se abre inteligentemente para enseñar este carrusel de sentimientos, emociones, percepciones, miradas, silencios... Los personajes –estas maravillosas actrices, también los veteranos Cracio y Margallo...- viven, se relacionan, se aman y  –casi- se odian, se apoyan, disimulan, se separan... y nunca llegan a conocerse –ni tampoco los espectadores- completamente.
Los vemos, y no es fácil contemplarlos: tanta sinceridad, tanto realismo nos asalta con su cercanía. Rosales tampoco nos lo pone fácil, porque huye de la emoción gratuita y del chapuzón sentimental; todo lo contrario: su punto de vista es objetivo, despojado, casi frío de tan austero y conciso. La narración progresa frecuentemente fuera del plano y en marcadas elipsis, y la propia imagen está a menudo fragmentada y compartimentada por distintos elementos. 
Y en casi la tercera parte de la película, la pantalla aparece partida en dos mitades, en cada una de las cuales podemos ver aspectos diferentes de la misma escena, o dos ambientes de un espacio complementario, o la conversación de dos personajes, en una versión nueva y arriesgadísima del plano-contraplano. Es un experimento narrativo, o, por mejor decirlo, no-narrativo, que nos sitúa en una perspectiva distinta, difícil pero muy enriquecedora; nos obligamos a contemplar un argumento que discurre como la vida: sin pretextos ni explicaciones, con las puertas entreabiertas, sin que el drama nos pida permiso para entrar, pero también sin dejar escapar del todo la esperanza. (www.wandavision.com)

LA SOMBRA DEL CAZADOR    (06.01.08)
Dir.: Richard Shepard
Pro.: Paul Hanson, Mark Johnson   Gui.: Richard Shepard
Int.: Richard Gere, Terrence Howard, Diane Kruger, James Brolin  
El guión de esta película, que rescata el género de aventuras y de paso roza otros temas de interés, tiene un curioso origen: el periodista americano Scott Anderson, de vacaciones en Sarajevo dos años después de acabada la guerra, se propuso –con un par de colegas tan colgados como él- encontrar y detener a Radovan Karadzic... nada menos. En octubre del 2000 publicó un artículo en Esquire contando la peripecia, y en 2005, Richard Shepard decidió adaptar el relato y dirigir la película.
Shepard, además de su experiencia en televisión –Betty la fea, por ejemplo-, escribió y dirigió en 2006 Matador, la estupenda historia de un asesino profesional, interpretado por Pierce Brosnan, que se hace mayor para el oficio; de alguna manera, lo mismo le pasa aquí a su protagonista, el periodista Simon Hunt. El guión nos presenta a Simon y “Duck”, una imbatible pareja de informadores; hasta en la más peligrosa batalla, permanecían unidos y eran la sensación de los telediarios. Simon –Richard Gere- agarraba el micrófono y “Duck” –Terrence Howard- la cámara, y juntos relataban a sus remotos espectadores los avatares de la guerra. 
Pero un día Simon cometió un gravísimo error –es decir, dijo lo que verdaderamente pensaba- y sus carreras se separaron para siempre... hasta que volvieron a encontrarse. Y ahora, años después, con “Duck” convertido en un importante ejecutivo, y Hunt hecho una calamidad, se disponen a enfrentarse a una misión que, evidentemente, está muy por encima de sus posibilidades: cazar al “Zorro”, el más temido y escurridizo criminal de guerra en la maltrecha Bosnia posbélica. 
Para colmo, se les une un “enchufado”, un joven e inexperto reportero, y por su temeridad –de los tres- y unas gotitas añadidas de arrogancia, acaban por ser confundidos con agentes de la CIA, de los que todos: paisanos, militares, políticos y guerrilleros, desconfían. Perdidos por esos montes y esos pueblos –que Simon dice conocer al dedillo y no deja de ser otra fantasía- y entre unos paisanos de catadura más que siniestra, los periodistas se encuentran muy pronto en situación bastante desesperada.
Richard Gere se mueve comodísimo en este papel de héroe desencantado, y Terrence Howard escala un peldaño más en su carrera imparable al estrellato: dicen que es la inmediata apuesta de futuro de Hollywood. Ambos se complementan muy bien en la pantalla –fuera de ella parece que no tanto-, y forman una de esas parejas de película que son una de las fórmulas seguras en su escritura. De esta manera, el argumento juega con distintos géneros: la “buddy movie” –película de “colegas”- la “road movie” –película de carretera, de viaje- el “thriller” y la comedia –hay más  de un momento francamente divertido-, y hasta la película de denuncia a dos bandas: de los medios, que se muestran en su lado más hipócrita y sensacionalista, y de los políticos, gentes con muy poca conciencia y un escandaloso sentido de la estrategia.
Según los cánones, estos son los ingredientes tradicionales del cine de aventuras, sobre todo cuando no hay que profundizar demasiado porque tampoco el argumento lo necesita. El guión de Shepard procura no hacer excesiva sangre, como tampoco la había en el relato de la loca aventura original. No se falta a la verdad ni a las convenciones del género, pero no se puede ir muy lejos con esta idea; no hay que olvidar que los auténticos criminales de guerra del desgraciado conflicto de los Balcanes –Karadzic, Mladic- están libres. La caracterización del “malo” de la película, el astuto y cruel “El Zorro” Boghdanovich, se les aproxima, pero eso es todo.
La película, entre la sonrisa y el conato de suspense, se deja ver con agrado, sin perder el interés y con la sensación de recuperar el cine de toda la vida, con ese puntito de falsa ingenuidad pero con una historia muy bien contada, sin más pretensiones ni engañifas. Para los tiempos que corren, seguramente no se puede pedir más. (www.thehuntingpartymovie.com)

LA SOMBRA DEL PODER   (19.04.09)
Dir.: Kevin MacDonald
Pro.: Andrew Hauptman, Tim Bevan   Gui.: Matthew Michael Carnahan, Tony Gilroy
Int.: Russell Crowe, Ben Affleck, Rachel McAdams, Helen Mirren  
El escocés Kevin McDonald, director de El último rey de Escocia –ese fragmento de la tenebrosa biografía de Idi Amin Dada- es también un importante documentalista, que últimamente se ha pasado a la ficción y ahora pone en imágenes un guión basado en una muy popular miniserie de la BBC. El argumento se ha trasladado, para la pantalla grande, a un tenebroso Washington empañado por el crimen y la delincuencia política y está protagonizado por un montón de estrellas con Russell Crowe y Ben Affleck a la cabeza. 
Crowe es Cal McAffrey, un experimentado periodista empeñado en desentrañar algunos casos oscuros; el más importante, el asesinato de la asistente del congresista Stephen Collins –Ben Affleck- un prometedor y honrado político, encargado de controlar los gastos de Defensa y cuya carrera podía catapultarlo hacia la candidatura de su partido a la presidencia del país. La ayudante de Collins parece ser algo más que una simple ayudante, y parece ser también, y esto es más grave, el nudo gordiano de un asunto oscuro y complicado como un billar a tres bandas... o más. 
McAffrey sufre bastante presión en su periódico; al menos, la airada directora lo intenta, aunque otra cosa es que lo consiga. A ella la atosigan los nuevos propietarios, que quieren una exclusiva en cada página; y él no se adapta a los nuevos ritmos, ni mucho menos al moderno periodismo digital, hecho por jóvenes “blogueros” con mucha iniciativa y poco respeto por las viejas glorias. Pero McAffrey también es amigo del congresista Collins y se dispone a investigar y a descubrir la verdad. No cuenta, claro, con que esa investigación lo va a llevar a chocar con el poder político, empresarial y –sobre todo- económico, en una confrontación en la que no tiene, precisamente, las de ganar.
Collins se enfrenta a una poderosa empresa de seguridad que ayuda al ejército americano en sus guerras... a cambio, naturalmente, de pingües beneficios. Hasta dónde llegan éstos y hasta dónde ese poder es algo que el congresista estima que debe intentar controlar. Y necesita desesperadamente la ayuda de McAffrey para contener a los ambiciosos negociantes y para saber la verdad sobre la muerte de su asistente. En los pantanosos terrenos de la corrupción política y los intereses comerciales, quizá donde Collins no pueda entrar el periodista lo logre.
No diré que los guionistas son unos artistas, porque el arte es otra cosa, pero tanto a Carnahan como a Gilroy –autor de la serie de Bourne- hay que reconocerles una enorme eficacia y quizá hasta cierto talento. Han fabricado un texto y unos escenarios que permiten el lucimiento de Kevin MacDonald, un director que ya ha demostrado poseer un estupendo sentido del ritmo visual y una acentuada astucia narrativa –que es otra clase de talento- para manejar el suspense.
Por su parte, Russell Crowe y Helen Mirren están encantados con sus respectivas composiciones: ella, mandona, exigente, casi antipática pero también inteligente; sabe qué clase de persona y de periodista es él, por mucho que lo disimule bajo una apariencia descuidada, instalada aparentemente en el desorden. Sólo aparentemente. Con ellos están Robin Wright Penn y Jeff Daniels –en el apartado de excelentes secundarios- y Ben Affleck y Rachel McAdams compartiendo protagonismo.
La verdad es que la película no es muy original, ni en su planteamiento, ni en los sucesivos giros ni en un final que se pretende sorprendente; y sin embargo funciona en casi todas sus pretensiones: posee elementos de “buddy movie” -película “de colegas”-, contiene una exaltación casi romántica de la profesión periodística –rama investigación y denuncia-, y es, sobre todo, un violento “thriller” político, muy cerca del cine negro, que transcurre con precisión matemática dosificando la acción y dejando ver poco a poco todos los hilos que sostienen la trama, oculta bajo una superficie movediza en la que el amor, el deber y la justicia están a punto de perder todo su sentido. 
(www.lasombradelpoder.es)
  
LAS OVEJAS NO PIERDEN EL TREN   (01.02.15)
Dir.: Álvaro Fernández Armero
Pro.: Juan Gordon   Gui.: Álvaro Fernández Armero
Int.: Raúl Arévalo, Inma Cuesta, Candela Peña
Podría considerarse a Álvaro Fernández Armero como heredero de aquella comedia madrileña que inventaron Trueba, Colomo, Martínez Lázaro y demás; subgénero que habría que reformular como comedia urbana sin más, calificativo más acorde con la condición de sus protagonistas. En esa línea, Fernández Armero dirigió en los 90 tres películas muy estimables: Todo es mentira, Brujas y Nada en la nevera, para entrar en el siglo XXI con una deriva que lo llevó al campo del documental y a la televisión. Tras realizar durante siete años un buen número de capítulos de series –Doctor Mateo y Con el culo al aire, entre otras-, ha vuelto a la pantalla grande y a su género preferido.
Los protagonistas de Las ovejas no pierden el tren son un puñado de treintañeros –más o menos cerca de la cuarentena-, que bien podrían ser la evolución de aquellos otros jovenzanos de su primera época. Alberto y Luisa son un matrimonio como muchos de ahora mismo: viven en un pueblo de Segovia y mientras ella va cada día a trabajar a Madrid, él se queda en casa tratando de recobrar su éxito como novelista o, al menos, de ejercer su oficio de periodista.
El hermano de Alberto, Juan –que tampoco trabaja mucho-, es separado, padre de dos niñas y sale con Natalia, una jovencita a la que saca quince –o más- años… y, seguramente, se nota. Y la hermana de Luisa, Sara, tiene su propio negocio pero es soltera, y también se le nota mucho que querría dejar de serlo. Además, están los padres de las dos parejas –estupenda como siempre Kity Manver, como madre de las chicas-, más algún transeúnte que pasaba por allí… o que vive en el pueblín, dedicado a sus tareas agrícolas y a sus ovejas, esos bichos extraños y antojadizos que son otros protagonistas de la película.
Evidentemente, Fernández Armero mira a sus criaturas con simpatía. Y el espectador, también, porque no hay que hacer ningún esfuerzo para reconocerse en ellos, aunque alguno resulte a veces tan patético –dicho sea en sentido cariñoso- que provoca cierta vergüenza ajena. Es un mérito del director-guionista, que sabe llevar a sus personajes hasta el borde del abismo, sin dejarlos caer del todo. Los salva su propia indefensión, además del humor con que están resueltas muchas situaciones.
Valgan como ejemplo la comida familiar en la que Sara llega al colmo del funambulismo, o la velada de los dos hermanos, entre los vapores etílicos, en la que filosofan acerca de la muy original metáfora –nunca antes expresada- de la vida como un tren que pasa y se lleva las oportunidades. Se lo perdonamos.
Claro que de nada valdrían esos aciertos del guion –y se notarían más sus defectos, que también los tiene- sin la aplicación de sus intérpretes. Cada uno se pone a la tarea con dedicación, y Fernández Armero los organiza excelentemente; siempre ha sido un hábil coreógrafo, en la pantalla pequeña y en la grande. Candela Peña e Inma Cuesta se desenvuelven muy bien en este tipo de relato agridulce: llena de recursos la primera y cada vez más segura la segunda. Raúl Arévalo y Alberto San Juan, en su registro más eficaz: conteniendo la caricatura este, menos intenso –afortunadamente- y más ligero aquel. Y si alguien sigue calificando a Irene Escolar de “promesa”, se equivoca: es ya toda una realidad de nuestra escena y nuestra pantalla.
Los demás, estupendamente. Incluidas las ovejas, que si sirven de moraleja es, creo yo, para dejar claro que el destino de cada cual depende de la suerte y de la casualidad, sí, pero sobre todo de la apuesta que se haga sobre la propia vida. Dice Álvaro Fernández Armero que sus personajes, totalmente contemporáneos como hijos de este colapso social, son capaces –o lo intentan- de sobreponerse al día a día: a su situación laboral y profesional, a sus problemas sentimentales, al paso del tiempo y al peso de la familia; y unos trenes se les escapan y otros los cogen. Y otros los atropellan; por eso esta película, como la vida misma, es –más o menos seria- una comedia.
(www.morenafilms.com)

LAS TRECE ROSAS    (21.10.07)  
Dir.: Emilio Martínez Lázaro
Pro.: Pedro Costa, Enrique Cerezo   Gui.: Ignacio Mtnez de Pisón 
Int.: Pilar López de Ayala, Verónica Sánchez, Marta Etura...
Emilio Martínez Lázaro –director de comedias más o menos costumbristas -El juego más divertido, Amo tu cama rica, Los peores años de nuestra vida-, otras de más variada clasificación –Las palabras de Max, Carreteras secundarias- y últimamente incluso musicales -El otro lado de la cama, Los dos lados de la cama-, se acerca ahora a la dolorosa, trágica historia de las trece jóvenes ejecutadas por el franquismo recién acabada la guerra, como venganza por el asesinato de un guardia civil y su hija. 
En el verano de 1939, los vencedores cruzan las calles de Madrid con la soberbia que les dan sus pistolas, sus crucifijos y sus camisas azules; en cada esquina se cantan himnos, se celebran misas y se detiene a transeúntes y vecinos. La población vivió esos meses entre la alegría y el miedo, la liberación y la nueva clandestinidad, las feroces delaciones y el instinto de supervivencia. Las protagonistas de esta historia, muchas de ellas menores de edad, sin más culpa que el ingenuo intento de organizarse en resistencia, o la ocurrencia de estar casada con un comunista, fueron cazadas con rapidez en sus casas y por las calles, que cruzaban ingenuamente señaladas con un lacito que las servía para identificarse entre ellas y, claro, para mayor facilidad de la policía. 
También sufrieron traiciones, e incluso alguna fue entregada por su propio padre temeroso de la represalia y confiado en la justicia. No la hubo: las trece chicas -y un grupo numeroso de sus compañeros- fueron sometidas a un consejo de guerra sumarísimo, una pantomima cuya sentencia estaba escrita ya antes de celebrarse, y, todos ellos, condenados a muerte. La sentencia se cumplió el 5 de agosto y desde entonces, durante muchos años, la historia sólo quedó en la memoria de las familias, los allegados y las personas que convivieron con esa tragedia. 
Ahora, Emilio Martínez Lázaro y su guionista han realizado una aproximación cuidadosa, muy prudente; tratando de soslayar algunas asperezas del momento, limando aspectos de especial dureza –el interrogatorio de las detenidas, el interior de la temible prisión de Ventas-, buscando cierta equidistancia y eludiendo con buen estilo y efectividad los acontecimientos más sangrientos. En la primera mitad de la película, el guión recrea con minuciosidad los últimos momentos de la guerra y el Madrid “liberado”, y va sumando las historias paralelas de las protagonistas; quizá la sensación es de que el argumento progresa poco, que el escenario tiene un cierto tono de cosa ya vista y que hay algún pie forzado en la presentación y relación de las protagonistas.
Pero a partir de esa primera hora, cuando las jóvenes van ingresando en la cárcel, se abre ese nuevo escenario con todas reunidas entre el miedo, la incertidumbre, la diversión casi infantil también, y, desde luego, la absoluta incredulidad ante su destino. Entonces la película, que mostraba ciertos titubeos, progresa en hondura y dramatismo para ofrecernos los mejores momentos, de pulso certero y de estupendas interpretaciones. Mientras, todo se oscurece y el espacio tenebroso de las celdas y las galerías hacinadas –ya digo que mucho menos siniestras, a pesar de todo, que la tremenda realidad de aquellos días-, se impone a la luminosidad del patio y al aliento de esperanza que les queda a las reclusas.
Martínez Lázaro se ha rodeado de un estupendo plantel de jóvenes actrices de nuestro cine, acompañadas por la veteranía de Luisa Martín, Natalia Menéndez y Goya Toledo –ésta especialmente brillante-, que están bien, en general, salvo fugaces desfallecimientos, comprensibles por el peso de sus personajes; y muy bien en el caso de la jovencísima Nadia de Santiago -15 años- y la estupenda Pilar López de Ayala, en el personaje más dramático y maduro, la más inocente de todas estas mujeres fusiladas de madrugada contra las tapias heladas del cementerio. 
Todas juntas, y sus intérpretes, levantan el vuelo en este tramo último de la película, redimiéndola de sus carencias, y nos emocionan con su historia y su final injusto, terrible y real, más terrible por tan real, y definitivamente inolvidable. (www.las13rosas.com)

LA TEORÍA DEL TODO   (18.01.15)
Dir.: James Marsh
Pro.: Anthony McCarten, Tim Bevan, Eric Fellner   Gui.: Anthony McCarten
Int.: Eddie R
edmayne, Felicity Jones, Tom Prior
James Marsh es un magnífico documentalista: recordemos que se llevó el Oscar en 2009 con su espectacular Man on wire, esa aventura de un hombre sobre el alambre entre las Torres Gemelas. Y mucho de documento –esta vez biográfico- tiene este estupendo retrato de Stephen Hawking, que sigue paso a paso la vida del genial científico desde el final de sus estudios en Cambridge, con veinte años y con más afán por vivir y divertirse que por concluir su doctorado. Es un joven físico de enorme personalidad y, aunque él mismo no lo sabe aun, con un talento tan grande que nada, ni la más cruel enfermedad, podrá truncarlo. Hawking, casi por casualidad, encamina su tesis, plagada tanto de certeras intuiciones como de inéditas formulaciones matemáticas, hacia el estudio del tiempo y el espacio. Y entonces suceden los acontecimientos que, en lo personal, marcarán su vida para siempre: empieza a sufrir los primeros síntomas de la terrible dolencia que devastará su cuerpo –pero no su mente-, y conoce a Jane Wilde, que será su mujer y su apoyo durante treinta años.
La historia de amor entre Stephen y Jane constituye la columna vertebral del relato, con su mutuo deslumbramiento inicial, sus dificultades, siempre vencidas por la fuerza de la pareja, y así mismo sus claroscuros hasta su declinación definitiva. Pero también está, naturalmente, la lucha de Hawking contra la adversidad y, sin dejarse vencer, sus pasos hacia una teoría del universo capaz de explicar su nacimiento y evolución total; y sus deslumbrantes avances expuestos en los foros más prestigiosos y recogidos en multitud de publicaciones y sobre todo en su Breve historia del tiempo, el libro que, en su paradójico título, encierra el fundamento de sus enseñanzas.
Ambas tramas avanzan paralelamente –muy bien ensambladas- en la película; y, seguramente, también en la vida real de Stephen Hawking. Su mujer, Jane, es el apoyo constante y definitivo del científico: desde el doloroso descubrimiento de la enfermedad motoneuronal –dos años de esperanza de vida- hasta su reconocimiento como el científico más popular y respetado de nuestro tiempo. Y a la vez que se desarrolla su vida personal y familiar –Hawking encuentra tiempo, entre fórmula y fórmula, para tener tres hijos- la película muestra también, de forma más sintética y sin caer en profundidades difícilmente comprensibles, la evolución del pensamiento del protagonista.
Ese es un acierto del argumento. La esencia del tiempo y el universo, la manera en que se desarrolló el big bang o si definitivamente los agujeros negros emiten radiación o no, son temas que quedan para el estudio y la comprensión posterior del público. Lo importante aquí es conocer a la persona, la vida prodigiosa –en más de un aspecto- del autor de esas teorías. Y la de quien lo acompañó durante treinta años, Jane Wilde.
Si el guion de Anthony McCarten está bien escrito, la interpretación de Felicity Jones lo hace mejor aun; su retrato de la mujer enamorada, entregada y abnegada es brillantísimo, sin necesidad de exageraciones ni sensiblería alguna, lleno de matices y de comprensión absoluta del personaje y del amor hacia su marido.
No desmerece en absoluto de la composición admirable que de éste hace Eddie Redmayne; premiado ya con el Globo de Oro y directo hacia el Oscar, su Stephen Hawking es magistral: perfecta su graduación desde el despreocupado joven universitario hasta el desarbolado adulto –la biografía concluye en los años 90-, atrapado en su silla de ruedas y privado de la voz y el movimiento; son sus ojos los que lo dicen todo, y el leve temblor de su boca –cercano a la sonrisa- o de sus dedos sobre el mando que traduce sus palabras al ordenador. Un prodigio.
Con todo ello, La teoría del todo, en resumen, es una muy interesante, y también emocionante película; tan emocionante como la vida de Stephen Hawking, un sabio de nuestro tiempo. (www.lateoriadeltodo-lapelicula.es)

LA TRAMA   (17.02.13)
Dir.: Allen Hughes
Pro.: Allen Hughes, Mark Wahlberg, Arnon Milchan  Gui.: Brian Tucker
Int.: Mark Wahlberg, Russell Crowe, Catherine Zeta-Jones
Allen Hughes y su hermano Albert han dirigido, entre otras películas, Dinero para quemar (1995), Desde el infierno (2001) y El libro de Eli (2010). Ahora Allen, en solitario, pasa de la ficción apocalíptica al puro thriller político, desarrollado en un espacio realista y contemporáneo: la ciudad –como escenario y protagonista- y sus regidores.
Billy Taggart –Mark Wahlberg-, se vio obligado a dejar su empleo en la policía de Nueva York hace siete años, tras un violento suceso nunca aclarado del todo; y ahora lo vemos convertido en un duro detective privado; parece eficaz, pero no tiene muchos medios y tampoco demasiada habilidad para cobrar a sus clientes, de manera que le viene muy bien la oferta del alcalde Hostetler –Russell Crowe- para que vuelva a trabajar para él. Hostetler lo ha contratado, con una buena suma por delante, para que investigue la aparente infidelidad de su cónyuge. Cathleen Hostetler –Catherine Zeta-Jones-, la esposa del alcalde, es una mujer fascinante, muy guapa y muy inteligente; defiende causas progresistas y solidarias, acude a actos y reuniones y, la verdad, anda todo el día de un lado para otro. A veces, hasta encuentra tiempo y ocasión para visitar discretamente alguna casa, algún hotel… Taggart, con la experiencia profesional que acumula, no encuentra demasiadas dificultades para localizar y seguir a la dama y, seguramente, encontrar pruebas de sus encuentros más reservados y problemáticos.
Al alcalde le preocupan las andanzas de Cathleen; pero sobre todo lo incomodan porque está en víspera de elecciones, su oponente, el joven concejal Jack Valliant, amenaza con arrebatarle parte de sus votantes, y no puede permitirse un escándalo conyugal. Podría incluso cerrar los ojos a la evidencia de la traición y el desprecio de su mujer con tal de
que nada trascendiera, pero apenas a cuarenta y ocho horas de la cita electoral, el supuesto amante de ésta es asesinado en mitad de la calle.
Para Billy Taggart, el asunto se complica mucho más de lo previsto, y no tarda en comprender que ha sido engañado y utilizado; y ahora está solo: amenazado por el alcalde y su mujer, acosado por la policía y abandonado por su novia, a la que le interesa mucho más su futura carrera de actriz. El hombre intenta encontrar el camino de la verdad, pero ya nada tiene remedio: sin darse cuenta, ha cruzado el puente que lleva al mundo de la corrupción política y los oscuros negocios urbanísticos: el terreno en el que se emparentan el poder, la especulación y el crimen.
Nueva York es el decorado de este argumento que mezcla política con historias de amor y traición, y venganza y redención; pero el mérito del contundente y afilado guion de Brian Tucker –muy interesante debutante de 25 años- es que el relato alcanza vocación de universal; los hechos y sus protagonistas –guerra sucia electoralista, soborno y espionaje, enredos familiares, estafa consentida por alcaldes venales y constructores timadores-, no se limitan a la ciudad de los rascacielos ni a la sociedad americana.
Por su parte, Allen Hughes ha optado por inspirarse en las hechuras del cine negro de toda la vida para todos los elementos del aspecto visual de la película; no sólo en la fotografía o la ambientación, sino en la misma elaboración de los personajes. Russel y Catherine Zeta-Jones, como el resto de un sólido reparto, se desenvuelven con absoluta solvencia, y Mark Wahlberg encuentra el punto preciso para una de sus mejores interpretaciones: la suya es una espléndida recreación de este desengañado y taciturno expolicía, víctima de su propio compromiso pero dueño al final de su destino.
Quizá ese desenlace, precisamente, sea lo más flojo de la película e impida que La trama alcance valor de referencia absoluta; no obstante, sigue siendo un muy notable reflexión sobre la política y el poder y, en definitiva, la naturaleza humana. (www.brokencitymovie.com)

LA ÚLTIMA ESTACIÓN   (13.06.10)
Dir.: Michael Hoffman
Pro.: Bonnie Arnold, Chris Curling  Gui.: Michael Hoffman
Int.: Christopher Plummer, Helen Mirren, Paul Giamatti  
Michael Hoffman es un director americano, nacido en Hawai hace 54 años; su carrera –una docena de obras- ofrece cierta predilección por el cine de época, aunque lo ha alternado con una extraña afición deportiva, por el béisbol o el fútbol. Sus películas más destacadas, en cualquier caso, son Restauración, Un día inolvidable, El sueño de una noche de verano –con Michelle Pfeiffer y un impagable Stanley Tucci- y El club de los emperadores.
Tampoco hace ascos Hoffman a una buena base literaria; como en este caso, en que su guión se basa en la novela de Jay Parini que cuenta los últimos meses en la vida de Liev Nicolaievich Tolstói. El gran escritor vive el final de su vida en medio de una tremenda tempestad, cuyo origen es el dinero. León Tolstói era un hombre rico, pero también una persona de ideas sumamente… originales. Pacifista –seguidor de Gandhi-, radical libertario, filántropo, esperantista, vegetariano y fundador, puede que a su pesar, de un movimiento popular con miles de fieles seguidores que proclamaban su fe “tolstoiana”.
El discípulo y secretario personal del autor de Guerra y paz, Vladimir Chertkov, trata de conseguir que el el escritor, que ya tiene 82 años, haga testamento a favor del pueblo ruso, en contra de los deseos –bastante razonables- de su mujer, Sofía, que ve como está en trance de quedarse en la miseria; ella y sus trece hijos. Tolstói quiere a Sofía, pero parece a punto de ceder a las manipulaciones y requerimientos de su secretario, que ha introducido en la familia al joven Valentin Bulgakov como ayudante, pero en realidad con el fin de que lime asperezas, calme a la iracunda Sofía y ayude a terminar de convencer a Tolstói para culminar su gran obra filantrópica.
La mansión del matrimonio, con todo este trajín, es un auténtico hervidero; hasta que, con Tolstói seriamente enfermo, Chertkov consigue sacarlo de su casa y trata de esconderlo viajando en tren; pero al llegar a la estación de Astápovo se ven obligados a detenerse por la gravísima recaída en la salud del escritor. Hace de esto justo ahora cien años.
Las intrigas del secretario necesitaban de un actor lo suficientemente inquietante y versátil, y ha sido un acierto contar con el extraordinario Paul Giamatti para el papel. Se les olvidó a los señores –y señoras- de la Academia americana nominarlo para el Oscar, aunque sí se rindieron ante la calidad y la fuerza descomunal de la pareja protagonista: Christopher Plummer es un magnífico Tolstói, lleno de sensibilidad y matices, y Helen Mirren hace una Sofía descomunal: afligida, señorial, airada, desmelenada, abatida; todos los registros posibles en un personaje verdaderamente protagonista.
James McAvoy y Anne-Marie Duff, como el joven ayudante y la decidida hija de Tolstói están a la altura de los anteriores, y hay que destacarlo, porque la interpretación, como también la ambientación y la fidelidad histórica, son los elementos más importantes de la película. Que no llega a ser sobresaliente porque Hoffman no ha resuelto acertadamente el compás de la narración: o no ha dado con el ritmo adecuado o la complejidad del relato requería otra organización. Hay momentos ciertamente confusos y otros quedan demasiado explícitos; y algún rato, entre intrigas y pasiones, resulta excesivamente académico, casi aburrido.
Claro que también hay instantes brillantes, y no sólo los debidos al genio de los intérpretes: la secuencia del testamento, por ejemplo. Pero la sensación general es de cierta frialdad, de falta de brío, como de una obra muy cuidada en sus aspectos externos pero sin una auténtica voluntad de emocionar, de convencer. A lo mejor es una apuesta personal del director; Hoffman tiene experiencia y quizá ha querido retratar sin pasión, más objetivamente a sus personajes. Puede ser; pero en cualquier caso la película se queda en terreno de nadie: no está mal, desde luego, pero no es la obra que vamos a recordar con entusiasmo durante meses. (www.sites.sonypicturesreleasing.es/sites/laultimaestacion/)

LAURENCE ANYWAYS   (23.06.13)
Dir.: Xavier Dolan
Pro.: Charles Gilibert, Nathanaël Karmitz   Gui.: Xavier Dolan
Int.: Melvil Poupaud, Suzanne Clément, Nathalie Baye
A sus veinticuatro años y con solo tres películas en su haber –He matado a mi madre (2009), Los amores imaginarios (2010) y esta- Xavier Dolan es el “enfant terrible” del cine canadiense: como es sabido, la más “europea” de todas las cinematografías americanas. A Dolan se le ha etiquetado como heredero de Fassbinder y quizá deudor también de Wong Kar-wai y de Almodóvar; puede ser, pero en todo caso no creo que esas referencias le hagan mayor favor; Dolan tiene una personalidad evidente y una voz propia que dotan a su cine de una autoría indiscutible.
Sus argumentos, hasta ahora, han sido polémicos: un joven que odia a su madre, un deseo a tres bandas… Y este nuevo también lo es: Laurence, el protagonista de la historia, un joven profesor de literatura aspirante a escritor, decide un buen día dar el paso definitivo que lleva deseando desde hace mucho; desde siempre, seguramente. Acaba de cumplir treinta años y delante de todo el mundo: de su novia, de sus amigos, de sus padres y de sus alumnos, se declara mujer. Rompe sus ataduras mentales, se libera de todos los miedos, atraviesa barreras morales y sociales, y deja salir su verdadera persona, antes amordazada y sometida.
Laurence se convierte, así, en un nuevo ser. Adopta ropa femenina, se maquilla y se tiñe… y reanuda su vida social, familiar y profesional. Sus alumnos asisten sorprendidos a la transformación, sus padres no pueden asimilarla –cada uno por  un motivo distinto-, su novia sufre, como es natural, el mayor choque. Y después del asombro, del rechazo inicial y de la necesaria asimilación, la vida abre a Laurence panoramas muy diversos.
En una muestra de inteligencia nada complaciente, Xavier Dolan plantea el relato en dos tiempos: conocemos a Laurence en la actualidad, un momento en la vida de un ser extraño, incalificable en su ambigüedad; que no es tal, pronto lo comprendemos. Y de repente la historia retrocede hasta ese momento de la transformación, de la decisión de Laurence de cambiar de identidad; a partir de ahí el argumento progresará hasta llegar al punto de partida y rebasarlo para contar toda la peripecia del protagonista, todo el camino recorrido con sus logros, sus renuncias, sus victorias dulces y amargas y sus derrotas de tristeza y soledad.
Dolan, evidentemente, comprende a Laurence. Ha construido un personaje que, llevado al límite, es la metáfora de la naturaleza humana; el cambio de género, la transexualidad del protagonista no es otra cosa que un grito de libertad, un ansia de crecimiento, de evolución y de perfección: Laurence no es una mujer bella, pero es una mujer auténtica –dentro aun de un cuerpo de hombre-, un ser humano perfecto, aun con sus humanas imperfecciones; Laurence es libre. Le ha costado años, muchos momentos de duda y de dolor; y Dolan nos los deja ver todos.
El ritmo de la narración es pausado, por eso mismo; las imágenes –brillantes, originales, sorprendentes- se suceden con el compás de la emoción. No hay prisa; y tampoco hay noción convencional del tiempo y la estructura; quizá por ello la película se alargue más de lo previsto –por encima de las dos horas y media-, lo que será, sin duda, un hándicap para la comercialidad de la obra. Lo que, desde luego, no preocupa a sus autores: ni al Xavier Dolan director, ni al Dolan guionista, ni a sus magníficos artistas; Melvil Poupaud es un intérprete excepcional, en el mejor sentido de ambas palabras, y los demás se entregan a sus papeles con idéntica pasión.
La misma con la que se sigue esta hermosa, difícil, desconcertante a ratos, extraordinaria película. Hay que abrir un amplísimo crédito a Xavier Dolan, un creador de imágenes, de personajes, de vida, que dará mucho que hablar y mucho que enseñar en los próximos años. Y nosotros –si puede ser- que lo veamos.
(
http://www.avalon.me/distribucion/catalogo/laurence-anyways)

LA VERGÜENZA   (03.05.09)
Dir.: David Planell
Pro.: María Zamora, Stefan Schmitz   Gui.: David Planell
Int.: Alberto San Juan, Natalia Mateo, Brandon Lastra  
David Planell ha dirigido algunos cortos muy interesantes, y es también coguionista de la galardonada Siete mesas de billar francés, de Gracia Querejeta. Con La vergüenza, su primer largo, ha ganado los premios a la mejor película y al mejor guión en el pasado Festival malagueño.
Pepe y Lucía son un joven matrimonio, de vida evidentemente acomodada, que tienen a Manu, un chaval peruano, en acogida en su hogar. Podrían pasar a pensar en la adopción definitiva, pero la convivencia con el niño no es fácil; Pepe, sobre todo, no puede más y lo que se está planteando realmente es devolver al niño a la institución tutelar. Precisamente, la nueva trabajadora social viene a visitar a la pareja y sus encuestas y demandas van a sacar a la luz las contradicciones, dudas y secretos de cada uno.
El título de la película adquiere así un doble significado: a la vergüenza de admitir la incapacidad de adoptar al chiquillo –al que por otra parte sienten ya como un hijo-, se une la de su despojo sentimental y conyugal ante la inquisitiva visitante. Todos estos momentos están francamente bien, tirando a muy bien: marido y mujer componen un dueto que va del allegro –ma non troppo, naturalmente- al adagio con fuga, y la artista invitada –la asistente social- les hace un estupendo contrapunto.
Lo único malo es cuando el sentido del humor, la intimidad desvelada y la chispa sentimental –y el recital de Alberto San Juan- desaparecen, porque Planell eleva al chaval y su circunstancia a protagonista paralelo: la situación, los personajes y los escenarios no encajan en la continuidad ni en la dinámica del argumento y es como si hablara de otra cosa, aún siendo parte del mismo drama. No es un pecado mortal, de todas formas, y seguro que Planell lo resuelve estupendamente en su siguiente película. (www.laverguenza.com)

LA VIDA DE ADÈLE   (27.10.13)
Dir.: Abdellatif Kechiche 
Pro.: Olivier Thery Lapiney y Laurence Clerc   Gui.: A. Kechiche, Ghalya Lacroix
Int.: Adèle Exarchopoulos, Léa Seydoux, Salim Kechiouche
Sexta película de Abdellatif Kechiche, nacido en Túnez hace 53 años. Con la segunda, La escurridiza, o cómo esquivar el amor (2003), rompió records en Francia y se consagró en toda Europa. Después dirigió la estupenda Cuscús (2007) y Venus negra (2010), que no se ha estrenado en España. El cine de Kechiche aborda habitualmente temas fronterizos, polémicos –la adolescencia, la inmigración, los problemas étnicos- y retrata unos personajes verídicos, incómodos, a veces marginales y nunca totalmente convencionales. Así es también esta magnífica La vida de Adèle –Palma de Oro en Cannes-, construida sobre el trabajo grandioso, descomunal, de dos actrices extraordinarias.
Léa Seydoux  es una diosa en Francia. Musa del nuevo cine galo, actriz potentísima, de un físico espectacular y una fotogenia prodigiosa: ella es Emma. Adèle es Adèle Exarchopoulos –el director ha dado a la protagonista el propio nombre de la actriz, como un homenaje-, una joven de 17 años, casi desconocida pero no sin experiencia –trabaja desde los 9-, capaz de un registro amplísimo que va de la ingenuidad a la pasión, de la risa explosiva al dolor incandescente: una maravilla.
Cuando empieza el relato, Adèle está todavía en el instituto y es una cría que se divierte con sus compañeros y que se interroga con sus amigas acerca de las primeras escaramuzas del amor; o del sexo, para ser más exactos. Le preocupan y le interesan las mismas cosas que a las demás chicas y experimenta el juego de la seducción con los chavales que la rondan. Pero su cuerpo siente alguna sinrazón que su mente todavía no domina, y hay señales que aun no sabe interpretar. Y entonces, entre la música, las luces y las sombras pobladas de sonidos ambiguos y miradas calculadas, conoce a Emma.
Y con Emma, Adèle descubre el amor. Emma es una joven muy atractiva; es una artista y una intelectual y, además, una amante experta, y Adèle se  entrega a ella con inocencia, con admiración y, muy pronto, con pasión encendida. Juntas emprenden un camino de descubrimiento y placer; juntas atraviesan incomprensiones y desdenes y aprenden a disfrutar de las horas y los días en común. En este tramo, la vida de Adèle es también la vida de Emma.
El objetivo de Kechiche persigue incansablemente a sus protagonistas: sus rostros, en perturbadores primeros planos; sus gestos y actitudes; y sus cuerpos, vestidos y desnudos, en los asuntos de cada día y en el amor de cada noche: la película contiene escenas de alto voltaje erótico, sin escatimar momentos de absoluta intimidad, en los que la cámara no deja nada por desvelar; pero con un sentido estético y moral tan completamente alejado de la pornografía como de los ridículos excesos de puritanismo –o de procacidad- en los que caen otras películas.
Es verdad que Abdellatif Kechiche ha sometido a sus intérpretes a un trabajo de una intensidad abrumadora. Es posible, como ellas denuncian, que haya llegado a abusar, pero el resultado –desde el talento de Léa Seydoux y desde la entrega de Adèle Exarchopoulos- es admirable. Esta brilla con luz propia en los momentos más dramáticos: cuando se defiende ante sus compañeros de clase, cuando es acusada por su amante, cuando vive en la derrota; Léa, por su parte, es una maestra de la mirada, de la actitud, del tono. 
Las dos dan vida a este extraordinario poema visual; La vida de Adèle es un estudio del alma humana, del rostro al corazón, de la existencia a la esencia, y un relato inteligente y apasionado, minucioso y preciso, estrictamente cinematográfico también, de unos personajes en medio de una sociedad, en un tiempo y en un lugar; pero, por encima de todo, es el retrato de dos personas que se quieren: una historia de amor, con sus goces y sus aristas, con sus esperanzas y sus desengaños: tierna y terrible; cercana y comprensible. Diferente y, en el fondo, semejante a todas las demás. (www.lavidadeadele.es)

LA VIDA DE PI   (02.12.12)
Dir.: Ang Lee
Pro.: Ang Lee, Gil Netter, David Womark   Gui.: David Magee
Int.: Suraj Sharma, Irrfan Khan, Rafe Spall
¿Qué tienen en común Comer, beber, amar, Sentido y sensibilidad, La tormenta de hielo, Tigre y dragón y Brokeback Mountain? Muy poco, nada… excepto que el director de todas ellas es Ang Lee, el realizador taiwanés autor además de El banquete de boda, Cabalga con el diablo, Hulk –sí, esta también- y Deseo, peligro. Ang Lee acaba de cumplir 58 años, trabaja desde principios de los 90 en Estados Unidos, ganó un Oscar con Brokeback Mountain y apunta nuevamente a la estatuilla dorada con este cuento maravilloso, lleno de imaginación y poesía, un espectáculo fascinante en 3D –plenamente justificado esta vez- que no deja a nadie indiferente.
El protagonista es Pi Patel, un chaval indio de Pondicherry. Cuando empieza la película, Pi adulto comienza también a contar su vida; es un niño inteligente, interesado por su universo infantil pero también por cuestiones trascendentes del pensamiento humano; paralelamente, disfruta de su vida en el zoo de su padre, descubre las distintas religiones que se practican en la India y supera su primera prueba personal: abandonar su horrible nombre inicial –“Piscina Molitor”, su padre tiene la culpa- para quedarse sólo con la primera, definitiva y matemática sílaba: Pi.
Pronto, su adolescencia se verá quebrada por un acontecimiento radical: los negocios van mal y sus padres han decidido salir de la India y embarcarse, rumbo a Canadá –un nuevo mundo y una nueva oportunidad- con todos los animales de su zoológico. A Pi la idea le rompe el corazón, pero, naturalmente, tiene que aceptar la decisión familiar. Parten todos juntos en una travesía llena de esperanza que sin embargo nunca llegará a buen fin. Una negra noche la desgracia, en forma de terrible tempestad, se abate sobre el barco y lo hace naufragar.
Pi se encuentra en un pequeño bote en medio del Pacífico, perdido y solo… aunque no del todo. Sorprendido y asustado, descubre que tiene la compañía de algunos bichos: una cebra, una hiena y un orangután. Y para colmo de horror, un tremendo tigre de Bengala; todos igual de desorientados, mareados… y hambrientos. Pronto, Pi y el tigre serán los únicos ocupantes vivos del estrecho escenario; el chaval intenta que la fiera se comporte como un compañero de infortunio, pero en sus ojos solo encuentra el reflejo de su propio miedo y el instinto depredador del animal salvaje.
Naturalmente, el argumento da un giro espectacular; ahora sólo hay dos personajes, dos antagonistas entre el cielo y el agua; parecería que el relato podría ralentizarse y hacerse menos dinámico. Todo lo contrario: la fantasía y la capacidad de sorpresa de Ang Lee se vuelve ilimitada. Gracias también al texto original, la novela del canadiense Yann Martel, cuya complejidad hizo pensar que nunca podría ser lleva al cine. Ang Lee aceptó el reto y lo ha superado cumplidamente. Utilizando, además, el 3D; un procedimiento en el que no confiaba, pero que ha resultado su mejor instrumento; como en La invención de Hugo, de Scorsese, el cine en tres dimensiones alcanza –sobre todo desde este momento de la narración- una categoría no sólo estética sino también ética: todo un
universo de sensaciones, colores, movimientos, mundos de infinita profundidad se despliegan ante el espectador poniéndose al servicio de la historia y sus protagonistas, y no al revés, como sucede tantas veces. Si Pi busca a dios en lo alto o en lo más hondo, podemos viajar con él, apresar el espacio y entender la trascendencia de su deseo.
Porque Pi, sobre todo, se busca a sí mismo; en la mirada del tigre o en su reflejo en el mar, el joven quiere encontrarse como persona, quiere superar también esta prueba definitiva. Su historia, memoria verdadera o sueño febril, es la historia del hombre, la crónica de su evolución y su crecimiento: una aventura asombrosa, un canto al valor, la fe y la capacidad de supervivencia, y también un himno a la fantasía y a la vida.
(www.http://www.lifeofpimovie.com/)

LA VIDA PRIVADA DE PIPPA LEE   (27.06.10)
Dir.: Rebecca Miller
Pro.: Dede Gardner, Lemore Syvan   Gui. Rebecca Miller 
Int.: Robin Wright, Alan Arkin, Maria Bello  
Rebecca Miller –escritora, guionista, actriz también- ha dirigido cuatro películas con ésta. Hija de Arthur Miller y mujer de Daniel Day Lewis, todavía no es muy popular; a lo mejor, por eso mismo de parentescos tan ilustres. Pero sus películas suelen tener sólidos guiones, bastante interés humano y muy buenos personajes femeninos.
Como Pippa Lee, que nos cuenta su vida en esta historia. Pippa es una bella mujer de cincuenta años, casada con Herb Lee, un importante editor treinta años mayor que ella, semirretirado por culpa de una buena colección de infartos. Han dejado Manhattan y su estrés y, juntos, se han trasladado a vivir a Connecticut, a un tranquilo y lujoso complejo urbanístico para la tercera edad. A ella no le importa –no le importa demasiado, para ser exactos-, pero la ancianidad de su marido la llena de preocupación, la lleva a pensar en la muerte y le produce cierto desequilibrio nervioso, muy a su pesar.
Entre unas cosas y otras, entre unos ratos y otros, a Pippa le viene a la memoria toda su vida. Su infancia junto a una madre neurótica y castradora, de la que escapa huyendo a casa de su tía, hacia una adolescencia desordenada, llena de experiencias desconocidas y bastante radicales. Y después, su juventud libertaria y promiscua, con aplicada observancia de las reglas del sexo, las drogas y el rock and roll… Hasta que, tras devaneos y azares de diverso tipo, conoce al que va a ser el hombre de su vida. 
Herb es un maduro y poderoso –y casado- editor; a ella la deslumbra esa madurez y ese poder y le gusta más que sus jóvenes colegas; él también se enamora de Pippa, así es que se divorcia y se casa con ella. Y juntos han pasado los últimos años, han fundado una familia, han visto crecer a sus hijos y han vivido tranquilos entre sus amigos y sus vecinos; primero en Nueva York, ahora en el pueblo. La vida, en este último tramo, parece encauzada; Pippa piensa que el futuro ya no le reserva muchas sorpresas más. Pero se equivoca.
Después de ir salpicando el relato con los distintos fragmentos que los recuerdos de la protagonista traen al primer plano, la narración se detiene en lo que parecería ser la continuidad y el desenlace; pero por el contrario, de modo inesperado –aunque muy coherente-, se produce un giro sorprendente, con una solución en racimo, que abre nuevos caminos a la historia, a la inteligencia y a la interpretación del espectador.
Nuevamente, Rebecca Miller ha construido un sólido guión, que desarrolla una historia francamente interesante, con una buena dosis de mala uva, pero certera y profunda. Pippa Lee es una mujer de una pieza, muy verdadera y muy de hoy, que no cuesta trabajo reconocer y apreciar; claro que cuenta con el trabajo de Robin Wright, una actriz extraordinaria que borda su personaje. No está sola: a su lado, Alan Arkin es el marido, el hombre mayor fiel a su naturaleza más que a sus condiciones; y Keanu Reeves es un sorprendente vecino, un soplo de aire fresco en el barrio por su juventud y su excentricidad.
Algunas señoras más: Winona Ryder, Monica Belucci, y Maria Bello y Julianne Moore –como la madre y la tía de Pippa-; un reparto de auténtico lujo, casi femenino al completo. Y sin casi, porque los hombres son aquí poco más que el contrapunto, la compañía, el otro lado –no precisamente el mejor- de la moneda. Rebecca Miller ha dirigido a todo este elenco sin perder el compás, en una narración cuya estructura en “flash-backs”, esta vez sí, contribuye a la claridad y al interés del argumento.
Que no es sólo para mujeres. Es verdad que va habiendo una mayor abundancia de protagonistas femeninos –The blind side la semana pasada, Madres & hijas la próxima-, pero esta película es tolerada, y más bien obligatoria, para todos los públicos.
(www.pippalee.com)

LEGIÓN   (30.05.10)
Dir.: Scott Stewart
Pro.: Michael Litvak, David Lancaster   Gui.: Scott Stewart, Peter Schink 
Int.: Paul Bettany, Adrianne Palicki, Lucas Black, Dennis Quaid  
Ésta es muy bonita también. Resulta que Dios –el de los católicos, no vayamos a tener cuestión- se ha hartado de los hombres y ha decidido que sus arcángeles, con Miguel y Gabriel a la cabeza, vengan a la tierra y hagan una escabechina. Que yo estoy de acuerdo, ¿eh?, nos lo tenemos muy merecido. Pero Miguel no está conforme y, desobedeciendo las órdenes de su jefe, se viene para acá dispuesto a salvar a la humanidad.
La humanidad está representada por el adusto dueño de una gasolinera perdida en el último rincón del mundo. A la sazón lo acompañan los siguientes especímenes: su hijo, el cocinero, una joven embarazadísima –todos estos viven allí, no se sabe cómo-, un matrimonio y su hija minifaldera, que van de viaje y se les ha estropeado el auto, y un representante de los macarras anónimos. A ellos se suma Miguel, que aún sin alas ni nada sigue siendo un bigardo de categoría.
Mientras tanto, Gabriel ha hecho de las suyas y todo el mundo está ya enloquecido, zombi perdido y con ganas de aniquilarse los unos a los otros, lo que viene siendo como la cara oculta del mandato divino. Hay bastantes figurantes –que deben ser los que sobraban de la otra película-, que han dado trabajo al departamento de maquillaje y efectos, y la cuestión es saber si se puede atravesar ese gentío o hay que quedarse en casa esperando que escampe. En cualquier caso, lo peor va a ser como la parturienta se ponga a la tarea, a ver qué hacemos con el bebé.
Que puede ser algo así como la redención de la raza humana, vaya parábola tan original. Pero antes habrá que saber quién vence, si el ángel Gabriel, con su mandato de exterminio, o el ángel Miguel, con su afán de salvar la creación. Peleas mitológicas, tiros –muchos-, sustos –pocos- y efectos especiales: los justos, necesarios… y previsibles.
(www.sites.sonypicturesreleasing.es/sites/legion_site/)

LEONES POR CORDEROS    (11.11.07)  
Dir.: Robert Redford
Pro.: Robert Redford, Andrew Hauptman   Gui.: Matthew Michael Carnahan
Int.: Tom Cruise, Meryl Streep, Robert Redford  
Robert Redford es una de las personalidades más populares del cine mudial. Tiene 71 años –aunque sí lo parezca-, ha interpretado más de 60 películas y ha dirigido 7, todas ellas muy interesantes, desde su Ordinary people (Gente corriente), de 1980, hasta ésta; por medio, títulos como El río de la vida, Quiz Show (El dilema), El hombre que susurraba a los caballos... Además es un hombre comprometido con el cine –baste recordar el estímulo y el apoyo que brinda desde el Festival de Sundance y su Instituto- y también con el mundo y la vida. 
Sus mejores películas lo demuestran, y también esta historia de “leones” –los soldados americanos que luchan en Afganistan o en Irak, valientes hasta la inconsciencia- y “corderos” –los políticos que los dirigen, agazapados temerosa y confortablemente en sus despachos-, mientras la sociedad americana –y la del resto de occidente- se divide también entre los que esperan que escampe sin mover un dedo y los que se oponen decididamente a la manipulación y a la violencia de estado del gobierno de Bush y compañía.
Tom Cruise –que apoya el proyecto de Redford desde la producción ejecutiva de la película, con su socia habitual Paula Wagner en la "nueva" United Artists-, es aquí el senador Jasper Irving, un joven y prometedor político republicano, con las ideas bastante claras. La principal, que hay que cambiar el curso de las cosas; es decir, la opinión pública acerca del conflicto bélico en que los Estados Unidos se encuentran envueltos desde el 11-S, con la sangría incesante de dólares y –lo que es mucho peor- de vidas humanas. Para ello, trata de valerse de los oficios de una veterana periodista –la siempre magnífica Meryl Streep-, a la que intenta convencer con el señuelo de la entrevista exclusiva y el tratamiento informativo de excepción. Éste es uno de los tres ejes narrativos y dramáticos del argumento.
Por otro lado, el profesor Stephen Malley –Redford- se enfrenta a uno de sus alumnos sobresalientes y lo enfrenta a él a la alternativa entre el compromiso con la universidad y con su propia sociedad, y la comodidad anónima del paso desganado por el aula. En ambas conversaciones –el político y la periodista, el profesor y su alumno- late por debajo de las palabras y entre el sesgo de las miradas, el profundo antagonismo entre responsabilidad y dejadez, entre imprudencia y reflexión, entre mentira y verdad.
Y alternando entre los dos espacios que en principio no tienen nada que ver entre sí, y haciéndolos confluir dramáticamente, la narración nos muestra la tremenda peripecia de dos soldados americanos, aislados por accidente en las montañas de Afganistán y obligados a luchar en solitario y a la vez contra un enemigo más numeroso y efectivo y contra el tiempo que se les agota esperando la llegada o la puntería del fuego amigo. Los dos soldados son dos completos desconocidos para el senador Irving, sólo dos números en su estrategia de camino a la Casa Blanca; pero son dos personas muy conocidas para el profesor Malley: dos de sus alumnos más interesantes, preparados y concienciados. Eso los ha llevado a las armas, a la guerra y a su destino.
Esos fragmentos intercalados de la lucha in extremis de los dos jóvenes convierten lo que sería un diálogo especulativo en un trozo de vida, un documento lleno de verdad y emoción. Ahí, en ese registro –curiosamente parecido, a menor escala, al inmediato estreno de Brian De Palma, Redacted, del que hablaremos la semana que viene- es donde Redford y Cruise se la juegan. Han apostado por un formato de película comercial, con sus nombres como reclamo, no para un relato de género –aventuras épicas o crónica sentimental, como podría pensarse-, sino para esta denuncia de la guerra implacable, oscura, un punto intelectual pero sincera y comprometida.
Las tres historias están muy bien interpretadas y contadas con energía –un poco más deficitaria la que protagoniza el propio Redford, precisamente la más compleja de todas- e hilvanadas entre sí con la suficiente sabiduría para que el interés no decaiga. La intención es tan noble y la toma de postura tan decidida y arriesgada, que, de cualquier forma, los pecados veniales se le perdonan a esta película: merece, sin duda, que vayamos a verla. (www.fox.es)

LINCOLN   (20.01.13)
Dir.: Steven Spielberg
Pro.: Steven Spielberg, Kathleen Kennedy   Gui.: Tony Kushner
Int.: Daniel Day-Lewis, Sally Field, David Strathairn
Steven Spielberg, dueño de una de las carreras más importantes de la historia del cine, ha vivido desde chaval fascinado por la figura de Abraham Lincoln; que a su vez es, según manifiestan sus compatriotas, el personaje más respetado de la historia americana. El cine la ha retratado en diversas ocasiones, las últimas de forma muy dispar: la pasada temporada, La conspiración, de Robert Redford, relataba el asesinato del gobernante y las tramas políticas que lo provocaron y acompañaron; hace unos pocos meses, Abraham Lincoln: cazador de vampiros, de Timur Bekmambetov, disparataba sobre unas estrepitosas aventuras protagonizadas por un improbable Lincoln.
Y ahora llega el encuentro de Spielberg con el personaje real: esta impresionante película que cuenta los últimos meses en la vida de Abraham Lincoln –de hecho, termina donde empieza la de Robert Redford-, y su empeño por acabar con la lacra de la esclavitud en Estados Unidos.    
A Spielberg le tienta sobremanera la épica de la guerra –cinematográficamente hablando-; de Salvar al soldado Ryan a Caballo de batalla hay ejemplos suficientes de su afición y su maestría para retratar escenas bélicas. Quizá por ello, Lincoln se abre con las imágenes de una tremenda batalla de la muy cruenta Guerra de Secesión americana. Cuatro interminables años de lucha encarnizada entre unionistas del norte y confederados sudistas arrasaron medio país y dejaron más de medio millón de muertos. Al cabo de esos cuatro años, el presidente Abraham Lincoln, su secretario de estado William Seward  y su comandante en jefe Ulysses Grant atisban el final de la contienda. Pero la preocupación mayor del presidente, con ser el fin de la guerra muy importante, no es ésa: lo que él quiere es sacar adelante a toda costa su proyecto de la 13ª Enmienda de la Constitución, para abolir y prohibir la esclavitud en todo el territorio americano.
Lincoln sabía que, antes que en el campo de batalla, debería vencer en el Congreso. Pero para lograr la proclamación de la 13ª Enmienda, el presidente necesitaba el voto de los dos tercios de la Cámara; contaba con la mayoría de sus propios congresistas republicanos –y esperaba convencer a la totalidad- y con la simpatía de algunos del partido demócrata, pero aun así no podía alcanzar el número de votos suficiente. Lincoln y Seward echan cuentas: les faltan veinte. La maquinaria política se pone en marcha y el número va bajando; pronto ya solo les falta una docena; alguna semana después, ya solamente son cinco o seis… El tiempo apremia, los confederados ya han constituido una comisión que negocia con el general Grant y que aspira a entrevistarse lo antes posible con el presidente. Y aún faltan tres votos para alcanzar la victoria. Es entonces cuando la película gana altura y el relato deja ver la auténtica determinación de Lincoln, su rostro de estadista de voluntad férrea, el convencimiento en la categoría moral y humana de su propósito, que no duda en considerar por encima de cualquier método y de cualquier duda sobre la licitud de sus procedimientos. Y los mensajeros del presidente recurren a toda clase de argucias, incluidos el soborno, la compra del voto y la mentira, con tal de asegurarse el triunfo en la votación.
Steven Spielberg –y la potentísima interpretación de Daniel Day-Lewis- trazan un retrato con vocación de verdad, lleno de facetas –alguna con aristas bien cortantes- y armado con la urdimbre que mejor define a su personaje: sus hechos y sus palabras. Tan abundantes, éstas, que en algún momento hasta se corre el riesgo de ralentizar y torpedear el discurrir de la historia. Spielberg, evidentemente, ha reprimido su pasión por la aventura comercial y el espectáculo apabullante para buscar un discurso más intimista, no exento de momentos de impacto, pero más atento a la complejidad del alma del protagonista.
Y es ahí donde parece que la película titubea: la acostumbrada perfección en los aspectos formales y la capacidad sobradamente demostrada de Spielberg para la narrativa se ven lastradas por graves caídas en el ritmo y el interés. Lincoln, el personaje, seduce y emociona mucho más que la película.
(http://www.thelincolnmovie.com/)

LOCAS DE ALEGRÍA   (25.03.17)
Director: Paolo Virzì. Intérpretes: Valeria Bruni Tedeschi, Micaela Ramazzotti, Valentina Carnelutti.
Paolo Virzì forma, junto a Sorrentino y Gianfranco Rosi, la vanguardia del actual cine italiano. La carrera de Virzí, que cuenta ya con una docena de títulos desde 1994, es más habitual aquí desde La prima cosa bella (2010) y se reconoce por su interés social y el afinado estudio de caracteres. La última película de Virzì, El capital humano, consiguió una buena colección de premios, y esta nueva lleva camino parecido.
Sus protagonistas son Beatrice, una aristócrata parlanchina, hiperactiva y completamente chiflada, y Donatella, una joven deprimida, asustada y sumamente vulnerable; ambas están recogidas en Villabiondi, una institución psiquiátrica nada convencional. Un día, casi sin pretenderlo, las dos se escapan de la residencia y comienzan a vivir una serie de aventuras a cual más insólita, dando tumbos sin parar de un lado para otro. Pero a su paso la película nos permite conocer otras gentes y otros lugares, y desentrañar el pasado y las circunstancias que han llevado a las dos mujeres a su situación actual.
Virzì lo fía todo –y hay que decir que acierta de pleno- a la fuerza de las imágenes, que llevan ellas solas el ritmo del relato, y, sobre todo, a la excepcional interpretación de sus protagonistas; a veces polos opuestos y en otros momentos vidas gemelas, Beatrice y Donatella –Valeria Bruni Tedeschi, maravillosa, y Micaela Ramazzotti, la mujer del director, que no le va a la zaga- son dos mujeres apasionantes, inasequibles a la indiferencia, agotadoras y tremendamente tristes, pero también cercanas y divertidas, y sus intérpretes nos convencen, nos conmueven y nos hacen sonreír.
Porque todo tiene un aire de comedia, casi delirante también, pero en el fondo –más ácido que divertido- subyace el poso de una sociedad falsa, interesada y profundamente insolidaria, en la que los locos –si queremos llamarlos así- pueden ser, quizás, las personas más sensatas.

LO IMPOSIBLE   (14.10.12)
Dir.: Juan Antonio Bayona
Pro.: Belén Atienza, Álvaro Augustín   Gui.: Sergio G. Sánchez
Int.: Naomi Watts, Ewan McGregor, Tom Holland
El orfanato (2007) lanzó a Juan Antonio Bayona a la fama, pero él se lo ha tomado con calma. Ha madurado mucho su segundo proyecto, ha conseguido financiación -30 millones de euros- y a unos buenos y conocidos protagonistas –una cosa lleva a la otra- y ha puesto en pie una película monumental, brillante y también un poco pretenciosa.
Lo imposible cuenta la increíble peripecia de una familia –española en la realidad- que sufrió el tremendo desastre del tsunami de 2004 en Tailandia. En la película, una familia de veraneantes –el matrimonio y tres niños- espera pasar unos días felices en una playa paradisíaca… y lo que encuentran es el desatado infierno que arrasa con todo. La madre, gravemente herida, y el hijo mayor, por un lado; el padre y los otros niños, supuestamente desaparecidos, por otro, los cinco luchan por su supervivencia y por el ansiado reencuentro. Como el final es conocido, no importa decir que los cinco se salvan y, juntos, emprenden viaje de regreso a sus vidas de siempre. Se supone, porque ahí hay, sin duda, otra historia.
Lo que importa en la película es lo que hay entre el cataclismo apabullante –muy bien rodado, con absoluta solvencia de medios- y la feliz reunión. Y todo ese rato es tremebundo, emocionante hacia la lágrima y estupendamente resuelto por los intérpretes de la historia. Pero también es culpablemente manipulador, con un exagerado sentimentalismo y con una banda sonora abrumadora y sobreexplicita que amenaza con comerse a las propias imágenes. Una falta que no es precisamente leve y que empaña el resultado global de la obra.
(www.loimposible-lapelicula.com)

LOPE   (05.09.10)
Dir.: Andrucha Waddington
Pro.: Mercedes Gamero, Edmon Roch   Gui.: Jordi Gasull, Ignacio del Moral 
Int.: Alberto Ammann, Leonor Watling, Pilar López de Ayala  
Andrucha Waddington es un director brasileño de cuarenta años, que ha trabajado en televisión en su país y que está bastante inédito en las pantallas europeas, grandes o pequeñas. No se sabe bien por qué se ha elegido a Waddington para dirigir la historia de Lope de Vega, ni tampoco por qué lo representa el argentino Alberto Ammann, también casi un recién llegado a nuestro cine. Misterios de la producción.
En realidad, la película no es la historia de Lope de Vega; no su vida al completo sino sólo unos pocos años: el joven Lope regresa de la milicia en Portugal, más pobre que las ratas –pero ya con un innato talento para la escritura, aunque sea de cartas de amor para otros- y trata de instalarse en Madrid, donde descubre una repentina pasión por el teatro. El grueso del argumento recorre esos inicios del protagonista, cuando traba conocimiento con un importante empresario, el soberbio y antipático Jerónimo Velázquez. Ante las reiteradas negativas y los desprecios de Velázquez, Lope opone su paciencia y su insistencia: Velázquez tiene teatro, tiene compañía… y tiene una hija muy guapa: Elena.
Al mismo tiempo, por la vida del poeta y dramaturgo en ciernes cruza Isabel, una joven rebelde y desenfadada, que, casualmente, está en el punto de mira del marqués  de Navas. Los versos que el marqués encarga a Lope para conquistar a Isabel van surtiendo efecto y desatan los celos del verdadero autor, que reparte su amor, sus poemas y sus atenciones entre las dos jóvenes.
Poco a poco, Lope va alcanzando todas sus metas, y no sólo las amatorias: Jerónimo Velázquez le deja “arreglar” un texto de un tal Cervantes, luego alguno suyo y por fin se atreverá –porque sabe reconocer el genio- a permitirle estrenar. Con inmediato éxito, por cierto. Éxitos todos estos que provocan el orgullo de Lope, todavía no muy maduro para asimilar su propia vida. Algunos de los rasgos que van a caracterizarla están ya esbozados en estos momentos, pero el relato sólo muestra esta imagen de un hombre inquieto, arrogante, pendenciero –con las letras y con las armas-, amante formidable y ciertamente tramposo, y, eso sí, magnífico poeta. 
¿Todo esto –y lo que sigue- está mal contado? Pues no, la verdad; ése no es el problema de la película. Está bien ambientada, bien fotografiada, con buenos vestuarios, escenarios bien elegidos… y nada desentona. Pero tampoco brilla nada. Los intérpretes están bajos de tono, mejor los que son estupendos artistas –Juan Diego, Dechent- y no tan bien los que no lo son tanto; y el pulso del director no desfallece, pero le falta nervio para llegar a emocionar. Hay tensión sentimental, hay conflicto personal, se atisba un esbozo de aventura… pero ni la realización alcanza a embargar la atención, ni los actores arrebatan en la pantalla. 
Y otro tanto pasa con el guión: no está mal escrito y no es que esta visión del joven Lope de Vega resulte falsa o insignificante; todo lo contrario. De hecho, el escueto título, Lope, ya indica que no se va a hablar del autor que revolucionó el teatro, impuso nuevas reglas y escribió comedias y dramas en número inalcanzable, sino, como ya decía, de un momento concreto de su historia, que nada tiene que ver con su plenitud literaria. Eso es legítimo, pero en el texto presente nada parece original, uno no se puede olvidar de Shakespeare in love y otros mil ejemplos, y algunas escenas y algunos diálogos resultan excesivamente previsibles o un poco forzados. 
Una pena, porque un intento de estas características merecía mejor suerte. No por dar a conocer la figura del genial escritor, que –contrariamente a lo que piensa el director- ya es reconocido y admirado en todo el mundo, sino porque el cine histórico patrio, a pesar de algunos alardes de producción –Alatriste- o algunos empeños personales –La conjura de El Escorial- sigue siendo, después de este Lope a medio gas, una asignatura pendiente. (www.lopelapelicula.com)

LOS ABRAZOS ROTOS    (22.03.09)
Dir.: Pedro Almodóvar
Pro.: Esther García, Agustín Almodóvar   Gui.: Pedro Almodóvar
Int.: Penélope Cruz, Lluís Homar, Blanca Portillo, José Luis Gómez
 
Película número diecisiete en la filmografía del director manchego, que, parece que no, pero está cerca de cumplir sus primeros sesenta años. Diecisiete películas en una carrera que abarca distintas épocas o fases, de Pepi, Luci, Bom... –su debut en el 80- a ¿Qué he hecho yo para merecer esto! y Mujeres al borde de un ataque de nervios; de Matador a Kika, y, a partir de 1995, este otro cine con ansias de mayor profundidad, muchísimo más serio y –por lo menos él lo pretende- más maduro: de La flor de mi secreto hasta hoy, con Carne trémula, Todo sobre mi madre, Hable con ella, La mala educación y Volver
Desde luego, Almodóvar raramente deja indiferente. Tiene apasionados seguidores y feroces detractores; hay quien defiende su cine primero, hay a quien le gusta más el actual; algunos adoran la misma película que otros aborrecen..., y a unos les parece un genio y a otros un petardo. Y a algunos, entre los que me cuento, ni una cosa ni otra. Lo que desde luego tiene nuestro laureado director es mucho olfato para el negocio –junto con su hermano-, atractivo publicitario y también creatividad y talento.
Los abrazos rotos, según su director, es una declaración de amor al cine; y será verdad. El protagonista es un hombre que mira a su pasado, cuando él era otro. Harry Caine –Lluís Homar- es un escritor y guionista, ciego desde que, catorce años atrás, cuando aún se llamaba Mateo Blanco y era director de cine, perdió la vista en un tremendo accidente de coche. En el accidente murió su amante, Lena –Penélope Cruz-, y allí, en cierta forma, también murió Mateo. Harry vive solo, escribe guiones malísimos y sólo se relaciona con su antigua jefa de producción y el hijo de ésta; y será el joven, precisamente, quien sacará a la luz la memoria oculta y olvidada del escritor. Entonces empezamos a conocer toda la historia y Almodóvar va intercalando momentos presentes y pasados; procedimiento que está demostrado que no se le da muy bien pero en el que él insiste: Mateo rueda una película –Chicas y maletas, se llama- protagonizada por Lena. Ella es una joven con mucha ilusión por ser actriz, y ha convencido a su amante, el rico industrial Ernesto Martel, para que produzca su debut en la pantalla. Al mismo tiempo, Ernesto pone a su hijo a realizar un documental sobre el rodaje y su cámara persigue constantemente las idas y venidas de Lena y Mateo, que, claro, se han enamorado. 
Y son descubiertos gracias a una “lectora de labios” que traduce implacablemente a Ernesto –uno de los mejores momentos de la película, protagonizado por la inmensa Lola Dueñas- los verdaderos sentimientos de la pareja. La acción va ganando en dramatismo y el escenario se traslada al suelo volcánico de Lanzarote, que Almodóvar pretende que sea un elemento visual con carácter protagonista: tiene toda la potencia para ello, pero el resultado está muy lejos de conmover, y casi, casi, de interesar. La culpa, seguramente, es de ese constante ir y venir del argumento, que quiere tener suspense y garra, y no lo consigue.
Hay otras razones que contribuyen al escaso brillo de la película. Los actores están... regular. Bien Penélope, con muchas ganas, pero mucho más atrayente –y eso es grave- en su personaje de la comedia Chicas y maletas que en el drama que la envuelve. José Luis Gómez no está precisamente cómodo y Blanca Portillo y Lluís Homar son muy eficaces haciendo de Blanca Portillo y Lluís Homar, respectivamente. Y los demás, por el estilo.
Todo el mundo coincide en que los fragmentos cómicos son lo mejor, y que ese estilo es el más propio de Almodóvar; lo cierto es que a Los abrazos rotos –película de muy buenas intenciones y, como siempre, con chispazos de interés- le falta continuidad, le sobra una pizca de soberbia, no es nada original y, sobre todo, su guión no es bueno: resulta plano, no sabe rentabilizar sus propios clímax y, lo que es más grave, no despierta la menor emoción. Pedro Almodóvar trabaja muchísimo, dentro y fuera de la película, pero a veces tanta dedicación produce, como aquí, muy escaso rendimiento.
(www.losabrazosrotos.com)

LOS AMANTES PASAJEROS   (10.03.13)
Dir.: Pedro Almodóvar
Pro.: Agustín Almodóvar, Esther García   Gui.: Pedro Almodóvar
Int.: Javier Cámara, Raúl Arévalo, Carlos Areces
Veinte películas ya en la carrera de Pedro Almodóvar, desde sus titubeantes inicios a principios de los 80, esa década prodigiosa en más de un sentido. En ese currículum del manchego hay títulos de todos los géneros, y unos cuantos que reúnen, sin ningún empacho, más de uno… y hasta más de dos. De Laberinto de pasiones (1982) a La piel que habito (2011), pasando por ¿Qué he hecho yo para merecer esto!, La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Átame, La flor de mi secreto, Todo sobre mi madre, Hable con ella –sus grandes éxitos internacionales- y Volver, entre otras, hay abundantes pruebas que lo confirman.
Pero en esta su última película se ha dejado de mezclas y
se ha olvidado del drama, de la intriga y de los amores obsesivos para firmar un guion personal que lo lleva de retorno a la comedia petarda de sus comienzos. Con actores y actrices de su confianza, antiguos colaboradores, y también algunos nuevos: Antonio Banderas y Penélope Cruz –poco más que un “cameo”, pero de mucha trascendencia en el argumento-, Cecilia Roth, Javier Cámara, Blanca Suárez, y Lola Dueñas, Hugo Silva, Miguel Ángel Silvestre, Guillermo Toledo y Antonio de la Torre; y Raúl Arévalo, y Carlos Areces. Me dejo unos cuantos, para no hacerme eterno.
Todo ese elenco forma parte de esta aventura aeronáutica. El escenario, prácticamente único, es el avión de la compañía “Peninsular” que hace el vuelo entre Madrid y Méjico. El aparato sufre serias turbulencias… pero la tormenta está toda en su interior. En clase turista, no; ahí el pasaje va drogado –no se sabe cómo ni por qué- y no se entera de nada; pero en “business”, cada butaca es una historia y cada viajero, un conflicto. Y de la tripulación no puede esperarse nada bueno: las azafatas han dimitido, el sobrecargo y sus ayudantes son unos locos… perdón, quiero decir unas “locas” de cuidado, y el comandante y su segundo, además de enredarse en unos comportamientos de sexualidad difusa, tienen un problema grave: han perdido un tren de aterrizaje y el final del viaje puede resultar bastante peligroso.
La idea, en principio, no es mala; y así se ha encargado de publicitarla el propio Almodóvar, un maestro de la mercadotecnia. O del “marketing", como se dice ahora porque es más corto y mola más. El caso es que todas sus películas arrancan con una presión publicitaria considerable, que abunda, naturalmente, en los aspectos más comerciales de cada producto. Luego llega el escrutinio de la crítica, el juicio, más inapelable y más trascendente del público y el resultado en taquilla de todo ello. Y la verdad es que este “aterriza como puedas” es posible que no vaya todo lo bien que su omnipresente autor demanda.
Los amantes pasajeros es la película que él ha querido hacer, no valen excusas. Es una comedia disparatada, con chispazos de comicidad bien elaborada –eso sí, con abundante brocha gorda-, con apuntes de caricatura política de actualidad y con algunos guiños de complicidad en ese largo y popular reparto. Pero este tipo de historia, una sucesión de chistes verbales y visuales –de antigua tradición en el cine, sobre todo norteamericano- necesita de una importante continuidad en la actuación y de una escritura bien trabada; por desgracia, en la pantalla no se observan ninguna de las dos cosas.
Al contrario: la historia va y viene caprichosamente, con escaso sentido del ritmo y la secuencia, y los intérpretes se mueven en el acartonado y teatral escenario sin conseguir imponerse a sus personajes y sin dejar huella en el espectador; a excepción, claro, de los tres desmesurados “azafatos”, que se ganan el sueldo con sus ilimitadas monerías que van de lo simplón a lo escatológico. En cualquier caso, no es culpa de ellos, sino de un Almodóvar que dirige con mano de hierro pero escribe con guante de boxeador. Por eso los momentos divertidos y las ocurrencias desinhibidas y sugerentes se pierden sin remedio en ese guion tan confuso, falto de ritmo y lleno de altibajos. (http://losamantespasajeros.com)

LOS CRÍMENES DE OXFORD    (20.01.08)  
Dir.: Álex de la Iglesia
Pro.: Gerardo Herrero   Gui.: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría
Int.: Elijah Wood, John Hurt, Leonor Watling, Julie Cox  
El bilbaíno Álex de la Iglesia sorprendió a todo el mundo cuando en 1993 dirigió Acción mutante, un descomunal western gótico-futurista: si no una obra maestra, desde luego una auténtica revelación y una película estupenda. Luego llegó El día de la bestia, que tampoco era perfecta, pero sí otra vez una obra muy estimulante, terroríficamente divertida y llena de buen oficio a pesar de la juventud del director, 30 años entonces. De la Iglesia ha seguido siempre demostrando esa capacidad, en una carrera con altibajos: Perdita Durango, Muertos de risa, La comunidad, 800 balas y Crimen ferpecto
Ahora ha emprendido una aventura distinta: sobre una novela de Guillermo Martínez, y con la sempiterna colaboración de su guionista de cabecera, Álex de la Iglesia se ha ido fuera de España, a rodar con actores extranjeros y en inglés; como en Perdita Durango, pero a todo volumen. Nada menos que con un joven prodigio americano y con uno de los más respetados veteranos británicos; ah, y con Leonor Watling, que es, por estos pagos, lo más de lo más. La intención, como se ve, es buena.
La historia cuenta que Martin, un joven estudiante americano llega a Oxford dispuesto a conseguir que el afamado profesor Seldom le dirija la tesis; no parece tener mucha suerte, porque el profesor no está por la labor, sobre todo desde que se encuentra aburrido y desengañado ante la imposibilidad ontológica de la verdad y la certeza más allá del campo de las matemáticas. Esto, que suena así de pedante, no sólo es muy cierto sino que propicia el estupendo arranque de la película, con Seldom perorando ante un grupo de estudiantes entre los que se encuentra nuestro atónito protagonista. Martin se da cuenta de que sus posibilidades con el venerado maestro se reducen a casi nada.
Y Álex de la Iglesia nos lleva magistralmente, en una serie de planos encadenados –ojo al momento, la mejor demostración del talento profesional del director- al arranque dramático del argumento. Cuando Martin regresa a casa, se tropieza con Seldom que, casualmente, también va allí; el profesor y la casera del estudiante son viejos conocidos. Entran juntos... y juntos se encuentran a la anciana señora muerta del todo y además, al parecer, involuntariamente: vamos, que la han asesinado.
Martin y Seldom, convertidos en la típica pareja de investigadores –como Holmes y Watson, es un decir-, intentan esclarecer lo sucedido, pero pronto se ven sorprendidos por un segundo crimen –y luego un tercero- que parecen seguir el orden de una secuencia matemática... que también está por descubrir. La policía también interviene, claro, pero es mucho menos inteligente que los investigadores improvisados y no sabe por dónde van los tiros. El espectador, tampoco; la famosa secuencia matemática no es nada fácil, sobre todo porque los guionistas no quieren que lo sea.
Y la película entra en un bache tremendo, del que ya no se recupera. De la Iglesia se empeña en mostrarnos las emociones de los protagonistas, forzando unos primeros planos llenos de fotogenia pero con muy poca alma; la narración sufre altibajos de ritmo, que terminan por cansar, y las apariciones de las dos mujeres co-protagonistas son cada vez más equívocas e inoportunas. Concretamente, todo el personaje que interpreta Leonor Watling es absolutamente gratuito y su relación con los dos hombres carece de rigor..., hasta gastronómico.
Dicen que De la Iglesia ha traicionado su estilo, su personalidad; yo creo que su capacidad narrativa sigue intacta y que un director puede escoger el género y el carácter que desee para cada película. Lo que sí es verdad es que Los crímenes de Oxford no tiene la fuerza ni el impacto visual de otras veces –tampoco hay caricatura, que al director se le da tan bien-; pero el error mayor está en un guión que no es muy original y para colmo tampoco consigue desarrollar bien la historia y, por eso, no atrae, no engancha ni emociona. Al contrario, va de más a menos y deja la sensación de algo ya visto y escasamente interesante. (www.loscrimenesdeoxford.com)

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES   (31.05.09)
Dir.: Niels Arden Oplev
Pro.: Sören Staermose   Gui: Nicolaj Arcel, Rasmus Heisterberg 
Int.: Michael Nyqvist, Noomi Rapace, Sven-Bertil Taube
El último “boom” mundial de narrativa se llama Stieg Larsson, el escritor y periodista sueco que falleció después de escribir y antes de ver publicada su trilogía Millennium –hay quien dice que pensaba completar diez tomos-, y, por supuesto, antes de disfrutar del éxito obtenido: vendidos millones –muchos- de ejemplares de su dos primeros libros, y la obra completa llevada al cine; y a la televisión: después de su estreno en la pantalla grande podremos ver la serie, en su versión extendida. La primera parte, Los hombres que no amaban a las mujeres, la ha dirigido un veterano de la televisión sueca, Niels Arden Oplev; las otras dos las ha realizado Daniel Alfredson, hermano del director de Déjame entrar, actualmente en nuestras salas. Todas, eso sí, las protagonizan Michael Nyqvist –en el papel del periodista Mikael Blomkvist-, y Noomi Rapace, que “es” Lisbeth Salander, una auténtica bomba como personaje.
El relato comienza cuando Henrik Vanger, un anciano magnate de la industria sueca, recibe por su cumpleaños una flor enmarcada en un cuadro. Exactamente igual que los últimos cuarenta años. El regalo procede, al parecer, del asesino de su sobrina Harriett, que no quiere que Henrik descanse ni se consuele en el olvido. El hombre, desesperado, decide contratar a Mikael Blomkvist para que investigue los sucesos de aquel aciago día en que su sobrina desapareció y no se volvió a encontrar rastro de ella. El periodista está en las horas más bajas de su carrera: acaba de ser condenado a tres meses de cárcel y una fuerte multa, precisamente porque sus investigaciones lo han llevado a denunciar a un multimillonario aparentemente ligado a las peores mafias. Investigaciones y denuncias que se han revelado falsas y calumniosas, y le han costado bastante caras.
Pero Vanger sabe que Blomkvist es un hombre honrado, de profundas convicciones y amante de la verdad. Lo sabe, porque Lisbeth Salander le ha entregado un informe absolutamente exculpatorio y muy convincente de las virtudes del periodista. Lisbeth es una muy experta y muy rebelde investigadora, una auténtica “hacker” capaz de reventar el disco duro de cualquier ordenador, y una joven de aspecto tremendo –enlutada, erizada de piercings y profusamente tatuada-, víctima de un oscuro pasado y dueña de un violentísimo presente. 
Mientras Lisbeth sufre el acoso de su infame tutor, Mikael acepta, todavía extrañado, el encargo de Vanger: no sabe por qué es él el elegido y no sabe por dónde empezar. No tiene más pistas que alguna vieja fotografía y, luego, unas breves anotaciones de la desaparecida Harriet: unos nombres, unas iniciales, unos números de teléfono. Hasta que los caminos de Lisbeth y Mikael se encuentran y parten juntos desde el escenario del crimen hacia la resolución del misterio... O no. 
Claro que muchos de los espectadores ya habrán leído las novelas. Encontrarán que en la película faltan subtramas, y a la vez aparecen claves que corresponden al segundo libro; que ciertos personajes han perdido peso –sobre todo algunos secundarios-, y que hay momentos en los que aceleradas elipsis hacen avanzar la acción sin demasiado reposo. Pero la narración no decae por ello, todo lo contrario. El argumento tiene mucha fuerza, no tanto por lo que debería ser la tesis principal, la violencia contra las mujeres –que también-, sino porque la investigación criminal se desarrolla con creciente interés, llena de equívocos, secretos y peligros mortales para los protagonistas.
Niels Arden Oplev ha optado por una realización absolutamente expresionista –que resultará muy bien en televisión-, con abundancia de primeros planos, objetivos largos y una iluminación cercana a los estándares del cine de terror: estupenda fotografía; y excelente también una banda sonora que, si no es estrictamente original, sí que resulta un perfecto acompañante de la imagen. En resumen: un magnífico entretenimiento. Y el descubrimiento de un personaje fantástico y su deslumbrante actriz. (www.loshombresquenoamabanalasmujeres.es)

LOS IDUS DE MARZO   (11.03.12)
Dir.: Geoge Clooney
Pro.: Geoge Clooney, Grant Heslov, Brian Oliver   Gui.: Geoge Clooney, Grant Heslov, Beau Willimon
Int.: Ryan Gosling, Geoge Clooney, Philip Seymour Hoffman  
George Clooney es una de las figuras más importantes y respetadas del cine americano: 50 años, una carrera de actor con casi 70 títulos –incluidas sus muchas apariciones en series de televisión- desde su debut en 1968, 27 como productor, y además director de 5 episodios de la serie Unscripted y de 4 películas: Confesiones de una mente peligrosa (2002), Buenas noches y buena suerte (2005), Ella es el partido (2008) y esta nueva.
Si en la anterior demostraba su versatilidad recreando los estándares de la comedia clásica, los argumentos de Buenas noches… y la actual plantean cuestiones de hondo calado político. Los idus de marzo, que marcaron el final de Julio César en el lejano 44 antes de Cristo, señalan en la moderna historia americana el punto álgido de la lucha por la presidencia del país. En este relato, el gobernador Mike Morris y el senador Pullman buscan ponerse en cabeza de la candidatura demócrata para disputar la Casa Blanca al vigente presidente republicano, puede que el mismísimo George Bush hijo. Morris –George Clooney- lleva cierta ventaja, pero la inmediata confrontación, que parece decisiva, no se le presenta muy bien. Por eso, los jefes de su campaña, el experimentado Paul Zara y el joven y prometedor Stephen Meyers, pelean por arañar votos y voluntades; entre otras, la del muy influyente senador Thompson, que puede aportar un número de delegados que incline la balanza hacia uno u otro pretendiente. Pero en la otra esquina del ring se encuentra el astuto Tom Duffy, que dirige la campaña de Pullman. Duffy sabe muy bien qué cartas mover y cómo hacerlo y va a jugarse un órdago capaz de darle la victoria definitivamente.
La historia, que al principio parece protagonizada por el aspirante a presidente, muestra en seguida que tiene otras aristas más importantes. La oficina del candidato es un pequeño mundo en el que se mueven primeras figuras, secundarios y parásitos; dineros, datos y cifras; tensiones y pasiones grandes y pequeñas. Por allí y desde allí va y viene el jefe de campaña, su ayudante, el ayudante del ayudante, la joven becaria… Y por los aledaños husmean los bancos, la prensa… Es la política y sus habitantes, los profesionales del discurso, la promesa y el -como ya sabemos por aquí- “todo vale”. Es un tablero de ajedrez en el que se persigue el jaque mate sin sentimientos ni el menor asomo de ética.
En realidad, lo que hace Clooney –el autor- es fustigar severamente a su propio país, su propia sociedad, con una historia que no es nada sorprendente, no contiene nada que no sepamos o nos imaginemos; pero que, aun así, es necesario denunciar y enseñar una y otra vez: los entresijos de una pugna electoral, sacados a la luz en sus menores detalles, nos revelan la corrupción moral –también económica y social- que la preside: de candidato a candidato, y aun dentro de un mismo equipo, cabe el chanchullo, el engaño, la traición; todos los grados de la falsedad, con tal de conseguir el propósito deseado. Y en ese ambiente de la política, sucumbe el compromiso, la amistad, el amor… 
La historia no puede ser más negra; y cuanto más avanza el metraje, más nos damos cuenta de a qué grado puede llegar el egoísmo, la ambición y el cinismo de estas gentes; y también, paralelamente, a dónde puede conducir la desesperación cuando la situación se hace insostenible. Los idus de marzo es un demoledor documento, inteligente, sincero y valiente. 
Es de agradecer que George Clooney vuelva a poner el dedo en la llaga, que demuestre otra vez su capacidad como narrador tanto como intérprete, y que además se reúna de un grupo de colegas de la categoría de Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood –otra estrella “emergente”- y el cada vez más imprescindible Ryan Gosling.
Con esos mimbres el cesto tiene que salir bien; si además el contenido es interesante, nos entretiene y nos hace pensar, como sucede con esta película, el esfuerzo de ir al cine y pasar por taquilla estará más que justificado. (http://www.losidusdemarzo-lapelicula.es/)

LOURDES   (04.04.10)
Dir.: Jessica Hausner
Pro.: Martin Gschlacht, Philippe Bober   Gui.: Jessica Hausner
Int.: Sylvie Testud, Léa Seydoux, Bruno Todeschini  
Jessica Hausner es una directora austriaca de 37 años, que ha realizado tres largos: Lovely Rita, Hôtel y ésta Lourdes. A Hausner le gustan los espacios cerrados, únicos; ninguno más cerrado que éste, aunque se trate en realidad de toda una ciudad. A Lourdes se puede uno acercar –en el cine, digo- desde distintas perspectivas: con un documental, con un panfleto propagandístico, con una película boba, del tipo de La canción de Bernardette (Henry King, 1943), o con una obra seria como ésta.
Lourdes arranca con un plano general del comedor de la residencia de peregrinos. Unas mujeres van acercando comida a las mesas y en seguida vemos llegar a los viajeros: enfermos la mayoría, algunos con graves discapacidades físicas que necesitan de ayuda; con ellos vienen algunos familiares, pero sobre todo destacan las jóvenes uniformadas, de aspecto casi monjil, de la Orden de Malta que les dan escolta. También hay hombres de la Orden, también jóvenes en su mayoría y también uniformados: parecen un ejército de soldados disciplinados y eficaces.
Conocemos a los protagonistas: Christine, enferma de esclerosis múltiple, confinada a su silla de ruedas, sin movilidad de cuello para abajo; María, la muchacha que la ayuda; Cécile, la jefa de las jóvenes y encargada del orden y el programa de actividades, muy completito en los días que dura la estancia; Kuno, el más activo de los Caballeros de Malta, siempre dispuesto a echar una mano en lo que se necesite. Y otros más: pacientes, médicos, curas, monjas y beatos en general. Se estiran en larguísimas colas que avanzan lentamente hacia la gruta, hacia las piscinas, hacia el templo donde rezan, se confiesan y proclaman su fe. Y luego regresan a los comedores y los dormitorios.
Christine es joven pero sabe que su tiempo se acaba. Intenta conformarse, vivir con esperanza; peregrina a Roma y a Lourdes, y también se rebela y maldice su destino. María es más joven aún, casi una chiquilla, y trata de mantener la seriedad que la Orden la impone; pero el cuerpo le bulle de vida y ganas de vivirla, y no puede ni quiere reprimirlo, a pesar de la gravedad de su trabajo y el escenario en el que se desenvuelve. 
El escenario, para decir la verdad, se parece al de una película de terror: los enfermos en tropel, con la exhibición de sus minusvalías; la iluminación y el humo de los cirios; las duchas, auténticas ceremonias veladas; las fiestas de peregrinos con premio para el mejor; y el gentío, entrando y saliendo de las tiendas, supermercados de la fe en todos los idiomas y para todas las economías… Y luego el milagro. Dice el cura de esta tropa que a Lourdes se va, sobre todo, a curar el alma; claro, eso es más fácil. Pero entre tantos miles –millones cada año- de visitantes, algún hecho extraordinario debe caer.
Desde 1858, cuando la Virgen María se apareció dieciocho veces a Bernardette Soubirous en la gruta de Lourdes, ha habido miles de curaciones milagrosas; de la creación de la Oficina Médica, a primeros del siglo XX, hasta ahora, se han registrado casi 7.000 y la iglesia católica ha reconocido 66 milagros. En Lourdes –la película- también hay. Claro, de este grupo de creyentes, sólo le toca a uno. Sucede entre la admiración general, la alegría de buena fe y la envidia irrefrenable de más de uno. 
Cada cual se retrata tal como es, porque lo que ha hecho Jessica Hausner es una fotografía nada complaciente de unos personajes rodando por la cuesta abajo de la vida. Hay momentos que rozan el documental –la actuación de los doctores y sacerdotes, o cuando el grupo es engullido por la masa-, pero lo mejor es la mirada cercana a las protagonistas: la jefa de servicio, que esconde su secreto; los jóvenes con ganas de marcha; la madre con su hija inválida; el cura, las mujeres devotas y rencorosas. Y la joven tullida –una formidable Sylvie Testud-, que nos pregunta desde la pantalla si de verdad creemos que el milagro es posible. (www.altafilms.com)

LUCES ROJAS   (04.03.12)
Dir.: Rodrigo Cortés
Pro.: Rodrigo Cortés, Adrián Guerra, Christina Piovesan   Gui.: Rodrigo Cortés
Int.: Robert De Niro, Sigourney Weaver, Cillian Murphy
Tras la revelación –en España- de Concursante y el éxito internacional de Buried (Enterrado), Rodrigo Cortés ha aprovechado la posibilidad de rodar con importantes estrellas de Hollywood este “thriller” psicológico basado en el mundo de los fenómenos paranormales, sus protagonistas y el espectáculo que los rodea.
Margaret Matheson –Sigourney Weaver- es una profesora que se ha especializado en investigar y desvelar los trucos que utilizan los supuestos parapsicólogos, y los fraudes que pueden llegar a cometer. Cuando Simon Silver –De Niro-, un famoso mago y telépata capaz de los resultados más sensacionales, reaparece tras años de silencio, ella decide desenmascararlo y exponerlo al ridículo y la vergüenza pública, apoyada por su joven asistente y en contra del criterio del profesorado de su propia universidad. Acosado aparentemente por los métodos de la profesora Matheson y su ayudante, Silver accede a interrumpir sus exitosos espectáculos, que llenan teatros allí donde acude, para someterse a distintas pruebas “científicas” que conducirán a demostrar sus poderes paranormales. 
Cortés ha escenificado su guión de manera sugerente, como si de un mismo truco de ilusionismo se tratara: primero plantea la situación; luego se producen todas las maniobras de distracción del espectador… y luego llega el final espectacular, inesperado, el “prestigio” que deja al público con la boca abierta. Quizá esa zona central, precisamente, constituya el mayor obstáculo en el ritmo del relato; no es que se le vea el truco, sino todo lo contrario; hay una abundancia innecesaria de elementos narrativos, que pueden llegar a distraer. Pero luego los protagonistas toman otra vez la acción y la tensión aumenta en la pantalla; es ahí donde, como un maestro del “suspense”, Cortés esconde la solución hasta el último plano de esta película intensa, brillante y sorprendente. (www.lucesrojas-es.com)