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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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JACK REACHER: NUNCA VUELVAS ATRÁS   (12.11.16)
Director: Edward Zwick. Intérpretes: Tom Cruise, Cobie Smulders, Danika Yarosh
Existen en el cine -americano, sobre todo- algunos curiosos elementos que yo llamo "paradojas de guion". Por ejemplo: ¿por qué los zombis, si tanta hambre tienen, en vez de perseguir seres vivientes, que se les suelen escapar, no se comen entre ellos, que lo tienen mucho más fácil? ¿Por qué cuando alguien se dirige al personaje que acaba de recibir una paliza que lo ha dejado medio muerto, e incluso le han pegado un par de tiros en las rodillas, siempre siempre le dice: "¿Estás bien?" Y por qué los sicarios profesionales contratados por el malo, gentes de probada eficacia y absoluta solvencia criminal, se vuelven tan torpes que son incapaces de alcanzar al protagonista con un cañón a cuatro metros? Todo esto viene a cuento porque en la nueva película de Tom Cruise se dan dos de estas curiosidades. Todas no, porque no es de zombis. 

Tom Cruise, sin que nadie se lo impida, vuelve a encarnar el personaje de Jack Reacher, un antiguo oficial del  ejército reconvertido en justiciero autónomo. Ahora se ha metido en una aventura muy peligrosa, tratando de salvar a la comandante Susan Turner –aun antes de saber lo atractiva que es, aunque como han hablado por teléfono, igual le ha mandado un selfie y no nos hemos percatado- de un complot contra su vida, acusada falsamente de traición para encubrir un asunto de tráfico de armas y droga, y asesinato de soldados americanos. A Reacher no le importa unir sus destinos, aunque ello le valga quedar fuera de la ley y ser perseguido implacablemente por soldados y esbirros profesionales... de esos que decía antes. Y por si fuera poco, en su camino se cruza Samantha, una jovencita que puede ser su hija, fruto de un amor pasajero del que Jack no guarda el menor recuerdo. Todo esto sería demasiado para cualquiera, pero Reacher posee recursos interminables -casi de minisuperhéroe-, aun a costa de hacer increíble el argumento. Si se salva es por la potencia fotogénica que todavía muestra Tom Cruise en la pantalla, su aparente sintonía con Cobie Smulders –lo más interesante del argumento, esa reivindicación del papel femenino en el cine de acción- y el oficio de Edward Zwick, el director de Tiempos de gloria, Leyendas de pasión, Diamantes de sangre y El caso Fischer: esas películas.

 

JACKIE   (18.02.17)
Director: Pablo Larraín. Intérpretes: Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup.
No contento con estrenar dos magníficas obras en un año –El club y Neruda- el chileno Pablo Larraín nos trae a los pocos meses este valiente desembarco en Hollywood con su película sobre una de las figuras más míticas de la historia contemporánea: Jackie Kennedy. 

La película cuenta cómo pocas fechas después del asesinato de su marido, Jackie recibe a un periodista para realizar la que será la entrevista más importante de su vida. A lo largo de la conversación, la joven viuda, todavía con secuelas del trauma pasado, recuerda los fatídicos momentos del atentado y las tremendas horas posteriores hasta desembocar en el controvertido y multitudinario entierro del presidente Kennedy. Jackie revive su paso por la Casa Blanca, con la figura de John al fondo, y el posterior apoyo de su cuñado Robert, siempre cercano, y se interroga acerca de un futuro que no acierta a imaginar fuera de los focos y de la mirada del mundo entero. 

El guion va salpicando los acontecimientos según la protagonista los trae a su memoria; es un artificio que funciona perfectamente, pues los giros caprichosos de los recuerdos –también removidos por las preguntas del periodista- van permitiendo encajar el puzle de situaciones, momentos y sentimientos que se entrecruzan en la pantalla y que permiten al fin comprender en toda su magnitud el trance por el que pasaron los estadounidenses y, sobre todo, la que fue su primera dama e icono de un estilo, una cultura y un modo de vida de personalidad arrebatadora.

Formidable interpretación de Natalie Portman, con un gesto contenido que sugiere tanto como revela de una figura sorprendente, mucho más interesante de lo que se mostraba en aquellos años; y, como decía, otra reveladora película de Pablo Larraín: un director muy inteligente, que no hace concesiones y que acostumbra a poner el dedo en la llaga.

J. EDGAR   (29.01.12)
Dir.: Clint Eastwood
Pro.: Clint Eastwood, Brian Grazer, Ron Howard   Gui.: Dustin Lance Black
Int.: Leonardo DiCaprio, Naomi Watts, Armie Hammer  
Nueva película del gran Clint Eastwood, el maestro de casi 82 años, que lleva 56 en la pantalla: más de 60 títulos como actor, en los que ha ido ganando calidad y prestigio paso a paso, y 32 como director en las tres últimas décadas, con un balance más que sobresaliente: El jinete pálido, Bird, Sin perdón, Los puentes de Madison, Mystic River, Million dollar baby, Banderas de nuestros padres-Cartas desde Iwo Jma –las dos caras de un episodio de la guerra mundial-, El intercambio, Gran Torino… son algunas de sus mejores y más reconocidas películas. 
Alguna vez Estwood se ha acercado al género biográfico, pero ahora se sumerge de lleno para retratar la vida de John Edgar Hoover, el fundador y primer director del F.B.I. La película comienza cuando un anciano Hoover se decide a escribir sus memorias. Lentamente, con enorme concentración, va dictando sus recuerdos a los jóvenes agentes que sucesivamente se ponen a su disposición; recuerdos en los que se mezclan aciertos y errores, espectaculares triunfos y amargas derrotas, y también verdades y mentiras: en muchos momentos, J. Edgar transforma a su antojo el pasado y se presenta como un héroe de la justicia y la moral.
De esta manera obtenemos una visión del país de la juventud de Hoover. Los movimientos anarquistas de la época sacuden la sociedad con sus huelgas y atentados, y el comunismo aparece pronto como una amenaza venida del extranjero para dinamitar las esencias americanas. El joven abogado se introduce en el Departamento de Justicia y pronto llega a ser asistente del director de la Oficina de Investigación; no mucho después recibe el encargo del presidente Coolidge de crear, organizar y presidir un nuevo organismo de lucha contra el crimen: la Oficina Federal de Investigación: el famoso F.B.I.
J. Edgar cuenta su vida como a él le apetece que aparezca, pero el espectador pronto advierte que esa imagen autocomplaciente se asemeja poco a la que Eastwood traza: patriota a ultranza, luchador incesante contra la anarquía y el comunismo, racista, xenófobo, chantajista y ocultamente homosexual, lo que vemos es un retrato mucho más profundo, complejo y contradictorio. Dueño aparentemente de una voluntad y una decisión cercana a la violencia, necesita sin embargo el apoyo incesante de su madre y se alimenta de la mutua devoción que se profesan. Sin apenas salir de su oficina, en la que se desenvuelve gracias a la asistencia de su fiel secretaria Helen y su íntimo amigo Clyde Tolson, controla las actuaciones de su organización; eso sí, otorgándose el éxito que obtienen sus agentes: parece que él mismo es capaz de detener al raptor y asesino del bebé de los Lindbergh o de enfrentarse y acabar con cualquier gánster de primera categoría. Se siente defensor de su patria, pero no duda en ordenar escuchas ilegales y elaborar documentos –o inventárselos, si llega el caso- sobre la vida privada del secretario de Justicia Robert Kennedy, la esposa del presidente Roosevelt, el líder afroamericano Martin Luther King o el mismo presidente Kennedy.
La película de Eastwood, sin duda una de las mejores de las muy numerosas -casi 40 he contado, entre cine y televisión- que hablan del inventor del F.B.I., recrea con la frialdad y la exactitud de un cirujano toda la vida de Hoover; desde su juventud ambiciosa a su vejez indomable, recorriendo los 50 años de su trayectoria profesional y personal; todas las imágenes tienen dueño: un sensacional Leonardo DiCaprio, magníficamente caracterizado, que pone cara, cuerpo y voz al personaje en todas sus edades. 
Pero la autoría, sirviéndose magistralmente del guión de Dustin Lance Black –autor de Mi nombre es Harvey Milk-, es de Clint Eastwood; aquí está toda su sabiduría para crear atmósferas, para la progresión dramática y para el análisis y la descripción sin contemplaciones: un universo estilístico, pero sobre todo ético, en el que el cine traspasa la barrera de los sueños para convertirse en un trozo de vida auténtica, real y contada sin temor a la verdad. (www.jedgarmovie.com)

JERSEY BOYS   (07.09.14)
Dir. Clint Eastwood
Pro.: C.E., Graham King, Tim Headington, Robert Lorenz   Gui.: Marshall Brickman, Rick Elice
Int.: John Lloyd Young, Erich Bergen, Christopher Walken
Clint Eastwood: 66 títulos como actor, 37 como director, también productor y compositor. Un puñado de obras maestras, y muchas películas magníficas. Le ha dado tiempo, tiene 84 años: es uno de los pocos grandes maestros del cine que siguen en activo a esa edad. Parece que se despidió de la interpretación –yo no lo tengo tan claro- hace un par de años, con Golpe de efecto, pero sigue dispuesto a dirigir; de hecho, tiene casi terminada su siguiente película, American sniper, basada en la vida de los Navy Seal americanos; ya se sabe que el asunto bélico le interesa. 
Jersey Boys es un musical, un género poco frecuente en su carrera, pero sin duda muy de su gusto. El guion parte del libreto de la obra de teatro, de gran éxito en Estados Unidos, que relata la vida  y canciones de The Four Seasons, el grupo que arrasó en las listas de éxitos y el favor del público durante los años sesenta. Unos chavales de la calle, delincuentes juveniles sin más futuro ni frontera que su barrio de Nueva Jersey, se convirtieron en artistas consagrados, famosos y millonarios, gracias a la música. Gracias, sobre todo, a la voz, un falsete extraordinaria-mente modulado, de Frankie Valli –nacido Francis Castelluccio- y al empeño de Tommy DeVito, que alternaba la cárcel con los escenarios, con diversa fortuna en ambos espacios. Con Nick Massi y Bob Gaudio –autor de las mejores canciones del grupo- se completó la formación inicial, que tras probar suerte con varios nombres, acertaron al fin con el definitivo. También acertaron con la música que al público y a las radios, omnipotentes entonces, le gustaba; y llegó el éxito. Y años después, como es lógico, los problemas, las disensiones y la ruptura.

¿Cómo está contado todo esto? Con una bonita factura, que une a la perfecta recreación de la época una fotografía adecuada, con tonos ocres y luces planas, como una película antigua, precisamente. La acción está salpicada, por supuesto, por múltiples actuaciones de la banda, desde los primeros escenarios hasta el mítico show de Ed Sullivan; y por continuas apelaciones de los protagonistas, que se dirigen directamente a la cámara para explicar la historia o su punto de vista del momento. Ambas cosas –sobre todo la primera- hacen que el ritmo de la narración se resienta; y también contribuye el que el guion haya preferido obviar la carrera artística para centrarse en la vida personal de los cantantes. 

No sabemos nada de sus giras –a pesar de estar siempre en movimiento- ni de las grabaciones, ni de la trastienda de sus conciertos. O, mejor dicho, casi nada: vemos lo que concierne a Valli y su familia, a DeVito y sus finanzas –desastrosas-, a los efectos del vino y las mujeres –escasamente- en Gaudio y Massi. Hay algunos momentos muy dramáticos en la vida de Frankie Valli, principal protagonista del relato, que no llegan a cuajar en verdadera emoción, y lo mismo sucede cuando la quiebra económica pone al grupo al borde del abismo por culpa de DeVito.

Los mensajes latentes en la historia: que solo el trabajo continuo y la fe en el propio talento conducen al éxito, y que la fidelidad a la amistad antigua y al espíritu de barrio está por encima de cualquier problema, que seguramente están en el libreto original y que me parece que entroncan muy bien con el ideario de Clint Eastwood, no están afirmados, sin embargo, con la fuerza necesaria. Al director parece que le ha menguado la energía y no acierta a sacar la partitura de un tono menor; lo que se trasluce también en el reparto, que no me parece un ejemplo de acierto, precisamente. 

Y esa debilidad impregna a la película, más que de nostalgia –que quizá un fan americano pueda sentir-, de ñoñería; a lo que contribuyen las propias apariciones del grupo, con sus voces y sus coreografías: a la vista de la película, no sé si The Four Seasons fueron los más cursis de entre los grandes, o uno de los más grandes de todos los grupos cursis que han pisado un escenario. (www.jerseyboysmovie.net)

JOVEN Y BONITA   (09.03.14)
Dir.: François Ozon
Pro.: Eric y Nicolas Altmayer   Gui.: François Ozon
Int.: Marine Vacth, Géraldine Pailhas, Frédéric Pierrot
François Ozon, parisino de 43 años, ha demostrado a lo largo de su carrera un especial conocimiento del alma femenina. De sus 15 largos –ha dirigido además una veintena de cortos y documentales-, casi la mitad poseen potentes personajes femeninos, cuando no absolutos protagonistas: Bajo la arena, 8 mujeres, Swimming pool, 5x2, Potiche, mujeres al poder… Y también alguna vez Ozon ha fijado su mirada en el mundo de los adolescentes: en Sitcom –su segunda película, del 98- por ejemplo, y, por supuesto, en su mayor éxito internacional, la reciente En la casa.
Si a estas características le sumamos una evidente inclinación hacia los asuntos cargados de morbo, cercanos alguna vez a la perversión, esta última propuesta, Joven y bonita, resulta ser, sin duda, una de sus obras más representativas: universo femenino, personaje adolescente, situaciones de franca perturbación. La protagonista es la guapísima Isabelle  –la modelo Marine Vacth, hasta ahora rostro de Yves Saint-Laurent y Ralph Lauren-, una chica de diecisiete años, de familia acomodada, que vive en París y estudia en el instituto. Pasa las vacaciones en la playa, acaba de celebrar su cumpleaños y se entrega sin ningún entusiasmo a su noviete de verano.
Cuando llega el otoño, la vida de Isabelle da un cambio radical. Nadie lo sabe en su entorno ni mucho menos en su familia, pero muchas tardes Isabelle se esconde, se maquilla y se viste de manera sugerente, y acude a hoteles discretos para prostituirse con desconocidos con los que ha chateado en páginas de contactos de internet. La mayoría hombres mayores, seguramente casados, generalmente educados y de buena posición, que pagan muy a gusto 300 euros o más por satisfacer sus caprichos sexuales con una chica tan atractiva… y tan inexperta al principio.
¿Por qué se prostituye Isabelle? No es por dinero, no es por placer ni tampoco por castigarse ni por una dependencia emocional. No es ladrona, ni anoréxica, ni drogadicta: es prostituta, y tampoco ella sabe por cuánto tiempo ni con qué finalidad. Sus encuentros con los hombres son mecánicos, fríos; la vemos subir las escaleras del metro, atravesar los pasillos de los hoteles, ducharse y vestirse en las habitaciones, ponerse los vaqueros y guardar la falda estrecha y los zapatos de tacón una vez recuperada su personalidad. Apenas habla con sus clientes; si alguno la ofende lo aguanta sin rechistar y si otro parece sentir más de lo habitual su contacto humano, Isabelle no expresa mayor emoción.
Ozon recuerda el verso de Rimbaud “No existe seriedad a los diecisiete años”. La seriedad de la categoría moral, de la norma social, de la imposición de la “normalidad”; todo esto está ausente en el comportamiento y en el pensamiento de Isabelle. Siente su vida en clave de rebeldía, de afirmación de su identidad y de su sexualidad, de la forma más clandestina y más prohibida que puede encontrar. De esta manera, su mundo se desdobla: su vida familiar, sus estudios, sus colegas, su hermano pequeño, que la adora, por un lado; por otro, su vida secreta, su actividad oculta, el sexo pagado, indolente y quizá peligroso, de mano en mano y de cama en cama.
Pasa el invierno y llega la primavera, y habrá que saber qué va a ser de Isabelle. Cada estación está acompañada
por una canción de Françoise Hardy que le sirve de contrapunto: la melancolía y el romanticismo del amor adolescente que impregnan las baladas contrastan con la rebeldía procaz y la aventura incomprensible y temeraria de la protagonista. Entre canción y canción, el estallido juvenil del cuerpo de Isabelle enfrentado al mundo de los adultos: la mirada de la madre, la ausencia del padre, las palabras de la mujer de Georges, el de más edad de todos sus clientes. Y cuando acaba el año, quizá acabe también esa aventura; pero seguramente seguirá siendo indescifrable. Por eso el interrogante sobre el futuro de Isabelle queda sin resolver: François Ozon se muestra como un inteligente observador, pero en la película no hay soluciones ni respuestas; ni mucho menos juicios: el autor comprende a su criatura y la deja libre en busca de su destino. (www.golem.es/jovenybonita)