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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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HABITACIÓN EN ROMA   (09.05.10)
Dir.: Julio Medem
Pro.: Álvaro Longoria  Gui.: Julio Medem
Int.: Elena Anaya, Natasha Yarovenko, Enrico lo Verso
Julio Medem es uno de nuestros directores más singulares, atrevidos y poéticos. Su obra, cortometrajes y documentales aparte, comprende títulos como Vacas, La ardilla roja, Tierra, Los amantes del círculo polar, Lucía y el sexo y Caótica Ana. El vapuleo que sufrió por esta última lo dejó muy tocado, pero se ha ido espabilando preparando su macroproyecto sobre Aspasia de Atenas. Y entre tanto, le llegó la propuesta del productor Álvaro Longoria para hacer una revisión de En la cama, la película del chileno Matías Bize.
No la ha hecho, sino que, partiendo de esa base, ha realizado un film completamente diferente, que lleva su sello y que, nuevamente, lo pone en el auténtico filo de la navaja. Medem se arriesga y sin miedo al ridículo ni a la incomprensión construye esta historia mínima –dos mujeres entre cuatro paredes- que es un monumento al erotismo pero también un canto al amor, a la fuerza de los sentimientos y a la complicidad femenina: dos mujeres jóvenes pasan la noche en la habitación de un hotel romano. Alba es española; Natasha –o Dasha, o Sasha…- es rusa. La española está en Roma asistiendo a una feria industrial; la rusa, en viaje de turismo pagado por su novio, que la espera para casarse en cuanto vuelva. Se han conocido en un bar, han bebido juntas, han sentido una mutua atracción. Alba propone a Natasha seguir bebiendo en su hotel; la rusa, fascinada, sin saber por qué, acepta. Al día siguiente cada una partirá con rumbo a esquinas opuestas del mapa: Alba a España, Natasha a Moscú; pero esta noche acaba de empezar y ambas viven horas de charla, vino y sexo; de palabras sinceras o equívocas; de recuerdos, invenciones y deseos quizá imposibles; de amor, dolor y miedo, de placer extenuante, pero sin culpa ni vergüenza.
El desnudo de los cuerpos, la intimidad física absoluta, la entrega, se corresponde progresivamente con la oferta, la desnudez también del alma, de los sentimientos. En realidad, no es tarea tan fácil: Alba titubea, inventa una historia que rodea su identidad, le duele descubrirse, hasta que al final cede. Natasha juega con una doble personalidad –dos nombres, tres…- con un pasado que se enturbia, con un futuro que presiente que no será el esperado. Poco a poco, mientras el placer arrasa sus cuerpos, ambas van acercando sus vidas, explicándose, mientras la noche se consume, y Alba se ha enamorado, y Natasha no, y cuando amanezca todo será blanco, y dolor, y distinto.
Medem ha encerrado a sus protagonistas en un espacio de pocos metros, un escenario simbólicamente hermético –aunque haya puertas y balcones-, que rompe el universo habitual de su cine: los territorios abiertos, insondables, inabarcables de Tierra, Los amantes, Lucía...; hasta su Ana, tan caótica, los transita. Claro que en esos espacios ilimitados, sus protagonistas exploran el suyo propio, cerrado, impenetrable al principio, descubierto más tarde. Como estas jóvenes que viven su noche de pasión en un escenario que puede ser -¿por qué no?- una habitación de hotel en Roma; en este sentido, son dos personajes perfectamente coherentes con el resto de su obra.
Ésta tiene también la impronta visual del autor: en el estupendo trávelin que presenta a las actrices y las recoge en la habitación, en los elementos irreales que inserta, en la inclusión de las historias que viven en los cuadros de la habitación, en el mimo, en fin, con que retrata cada rincón de la piel de sus protagonistas. Gracias, también, a la bellísima fotografía que ilumina los cuerpos desnudos de las dos jóvenes, a la música envolvente de Jocelyn Pook y Russian Red… y sobre todo a la interpretación de Elena Anaya y Natasha Yarovenko. Las dos, y sobre todo la española, que lleva el peso de la iniciativa, están sensacionales: entregadas, creíbles y precisas, constituyen el elemento crucial de un todo que se conjunta a la perfección en esta magistral muestra de cine moderno, llena de sensualidad, romanticismo y poesía. (www.
juliomedem.org/habitacionenroma)

HÁBLAME DE LA LLUVIA   (01.03.09)  
Dir.: Agnés Jaoui
Pro.: Jean-Philippe Andraca, Christian Bérard   Gui.: A. Jaoui, Jean-Pierre Bacri
Int.: Jean-Pierre Bacri, Jamel Debbouze, Agnés Jaoui
 
Agnés Jaoui –francesa, mucho menos conocida en España que en su país y en Europa-, lleva 20 películas como actriz y 7 como guionista, entre ellas Smoking/No smoking y On connaît la chanson, del maestro Alain Resnais y las tres que ha dirigido: Para todos los gustos (2000), Como una imagen (2004) y ésta. Su carrera ha sido ya reconocida con el premio en Cannes a su guión de Como una imagen, además de los Cesar del cine francés a Para todos los gustos y a sus películas con Resnais.
Está casada con Jean-Pierre Bacri y ambos suelen escribir conjuntamente los guiones de sus películas y, a veces, las protagonizan. También en este caso, que relata unos días en la vida de Agathe Villanova, una mujer de éxito, intelectual y feminista, que ha decidido dedicarse a la política. Está dando sus primeros pasos y sus primeros mítines, y está muy preocupada por este inicio de su nueva carrera. Su relación sentimental no marcha demasiado bien y ahora tiene que regresar a su pueblo, en el sur de Francia, para arreglar todos los asuntos que quedan pendientes tras la muerte de su madre, un año atrás.
Allí está su hermana Florence, en la que fue la casa familiar y en la que sólo quedan recuerdos y la presencia, que parece eterna, de Mimouna, la criada argelina de toda la vida. A Agathe no le gusta nada de aquello; seguramente, ni su misma hermana. Pero piensa sacar partido electoral de su visita, haciendo campaña por la región en los días que dure su estancia. Agathe es una mujer fuerte, que traza sus planes con seguridad y que no duda en suprimir los obstáculos que se le puedan presentar; de hecho, coloca sin dudar sus objetivos por encima de sus sentimientos y sus propias necesidades. Pero comete la imprudencia de acceder a la solicitud de Michel y de Karim: grave error.
Michel Ronsard es director de cine –por lo menos, eso dice él-, y es amigo de Karim, el hijo de la criada. A través de ambos, Michel convence a Agathe para rodar un documental sobre ella, inicio de la que deberá ser una exitosa serie acerca de “mujeres triunfadoras”. A ella, para qué negarlo, le halaga la propuesta, y además parece ser algo muy fácil, tan sólo una ronda de entrevistas, en los lugares cercanos a la casa, y sin más compromiso que responder a algunas preguntas nada difíciles y de paso definirse y contar algo de su vida de éxito.
Bien es sabido que cuando un inútil se junta a otro inútil el resultado no son dos inútiles sino una multiplicación de inutilidades. Agathe empieza a sufrir un aluvión de incomodidades provocado por los dos cineastas terribles: no se entienden entre ellos, se les olvida el guión, la batería  de la cámara o la cámara misma... Se retrasan o se equivocan de cita, se extravían, llueve, se les hace de noche... Por su culpa, Agathe pierde un mitin y gana una otitis de campeonato, y en vez de recibir los aplausos de sus seguidores se lleva una bronca descomunal de un agricultor enfurecido. Una delicia.   
Naturalmente, el ocurrente guión de Jaoui y Bacri no es unidimensional: hay más historia y más intención. Junto a la protagonista y sus dos torturadores se desenvuelven los personajes de su entorno, que permiten dibujar un completo retrato familiar y profesional. Sabemos más de Agathe, pero sabemos, sobre todo, mucho más de la vida de Michel –personificado en el propio Bacri-, permanentemente al borde del desastre, y de Karim y su circunstancia: interpretado por Jamel Debbouze –el frutero manco de Amélie-, el joven y confiado amigo de Michel vive entre su mujer y su compañera, entre sus raíces y su futuro, un obstinado optimista que no quiere ver que no tiene razones para serlo.
También están los demás: las tres mujeres que rodean a Karim, la hermana y el novio –más o menos- de Agathe, los hijos, los amigos, los compañeros... Un universo limitado aparentemente pero con un potente valor representativo; sobre todo, por la cercanía y la veracidad de sus elementos: el mayor valor de las películas de Agnés Jaoui. ¿Comedias...? Sí, pero humanas. (www.parlezmoidelapluie-lefilm.com)

HANNA   (12.06.11)
Dir.: Joe Wright
Pro.: Marty Adelstein, Leslie Holleran, Scott Nemes   Gui.: Seth Lochhead, David Farr
Int.: Saoirse Ronan, Eric Bana, Cate Blanchett  
Aún no tiene 40 años, pero Joe Wright se cuenta ya entre los más interesantes directores británicos de la nueva hornada. Tras su paso por televisión, debutó en el cine en 2005 con una versión muy atractiva de Orgullo y prejuicio –la que protagonizó Keira Knightley-; después hizo Expiación (2007) y la relativamente fallida El solista (2009). A la luz de lo visto, el cine de Wright adolece de una cierta tendencia al exceso, bien argumental, bien sentimental; aunque ello redunda en un evidente rasgo de autoría y en un sello personal nada desdeñable. En Expiación, precisamente, Joe Wright descubrió a Saoirse Ronan cuando tenía doce años; cuatro más tarde vuelven a encontrarse y la chica ya no es aquella niña –poco inocente, es verdad-, sino una jovencita dotada de la fuerza de un terremoto; en la pantalla, me refiero: Hanna ha sido criada por su padre entre las nieves perpetuas de la tundra polar, sin otra compañía humana y sin más instrucción que cuatro nociones elementales y, eso sí, el manejo de toda clase de armas. Es una infalible cazadora, tiene la fuerza de un luchador profesional y dispara con la destreza del mejor soldado; se ha convertido, aunque ella aún no lo sabe, en un invencible instrumento para una venganza aplazada.
En un preciso momento, su vida cambiará radicalmente: Hanna toma la decisión que hace saltar todas las alarmas; una opaca organización se va a poner en movimiento y toda su habilidad y su experiencia se verán puestas a prueba cuando se vea atacada y perseguida por los sicarios de la malvada Marissa Wiegler, que tratarán de descubrir su secreto y eliminarla luego. De cazadora pasará a convertirse en prisionera y en vez de ir sigilosa tras su pieza, habrá de correr sin descanso para mantenerse a salvo.
Nuevamente, la capacidad de empatía de Wright con el espectador se pone a prueba: la acción es trepidante, pero tan extraordinaria que roza la fantasía y en muchos momentos parece caer en un mundo onírico, con toques surrealistas que se dirían sacados de Twin Peaks; hay que hacer el esfuerzo de dejarse atrapar por la peripecia de la protagonista, por el ritmo incesante y por la desbordante banda sonora de The Chemical Brothers –que eso Wright lo hace muy bien, recordemos el inicio de Expiación, con la música de Dario Marianelli integrada en la imagen-; entonces el apabullante espectáculo visual se despliega en todo su poderío. Y vemos, entre el suspense violento y la sonrisa cómplice, como Hanna, en un viaje desesperado que la lleva a atravesar medio continente, desde del norte de África hasta Berlín, afrontará peligros mortales, recorrerá paisajes de pesadilla –como una auténtica Alicia en el país de las… calamidades- y vivirá momentos de duda y dolor. Su padre y sus amigos, la cruel Melissa y sus hombres, la irán desvelando poco a poco –y con ella al espectador- las claves de su pasado desconocido y su azaroso presente; el futuro, entre unos y otros, se presenta bastante negro para la chica.
Eric Bana explica con dos gestos y cuatro palabras su personaje; no le hace falta más. Cate Blanchett compone una perversa de tebeo, cerca de la estética pop, y da verdadero miedo; sobre todo cuando se pone cariñosa: como debe ser. Tom Hollander lleva al extremo su composición de asesino profesional homosexual, tan incansable como hortera; supongo que con el beneplácito de todos. Y Saoirse Ronan –acostumbrada ya a papeles de mucho sufrimiento, pese a su juventud-, está sensacional. Corre como la Lola de Tykwer, se escapa como Bourne, cree soñar como la Alicia de Burton y las reúne a todas y las supera enfrentándose al objetivo con una frescura y una fotogenia que desarman. Sin ella no habría película; y tampoco, claro, sin la fuerza y el estilo de Joe Wright, que orquesta esta representación que tiene del musical, del “horror-show”, del suspense y de la comedia feroz: un cóctel sabiamente mezclado con gusto a cine verdadero. (http://hannathemovie.com)

HANSEL Y GRETEL: CAZADORES DE BRUJAS   (03.03.13)
Dir.: Tommy Wirkola
Pro.: Will Ferrell, Chris Henchy   Gui.: Tommy Wirkola
Int.: Jeremy Renner, Gemma Arterton, Famke Janssen
El noruego Tommy Wirkola es un director, guionista, productor y actor ocasional, que ha dado el salto a Hollywood en su cuarta película. La segunda fue esa inclasificable Zombis nazis (2009); y aquí “inclasificable” quiere decir que mejor no intentar definirla, por la propia salud mental. Pero se conoce que su sentido de la acción y su facilidad para provocar la risa nerviosa han llamado poderosamente la atención de los productores y le han encargado poner al día –es un decir- esta historieta.
Ya se sabe que u
na de las tramas que en la actualidad nutren con frecuencia al cine americano son los cuentos infantiles. Primero vino Caperucita, después Blancanieves –por partida doble- y mientras esperamos a la Cenicienta, llegan los dos hermanos perdidos en el bosque: Hansel y Gretel que, ya creciditos, se han convertido en unos avezados cazabrujas; seguramente, para vengarse de la que les dio aquel terrible susto en su infancia. De hecho, la película empieza con el dramático momento en que los padres de los niños deciden abandonarlos a su suerte en mitad de la foresta; con nocturnidad y, probablemente, alevosía. Porque, de entrada, no se nos explican los motivos. Quizá la pobreza, quizá el padre ha sido víctima de un ERE fulminante y no pueden alimentar dos bocas exigentes, tal vez es por el bien de las criaturas, para que aprendan a buscarse la vida… No lo sabemos. El caso es que los dos hermanos vagan por la espesura hasta que encuentran una adorable casita toda hecha de caramelos y lacasitos de mil colores. Por desgracia, la casa es una trampa y caen en manos de una malvada bruja, que los infla a golosinas con la malsana intención de zampárselos; pero se ve que Hansel y Gretel, ya desde pequeños, eran de armas tomar, porque consiguen escapar y es la vieja arpía la que termina en el asador.
Ahora ya son mayores y se parecen un poco a Jeremy Renner –un actor de moda, especialista en cintas de acción- y Gemma Arterton –que ha sido “chica Bond” y princesa del desierto, se la ve preparada-. Se han especializado en eliminar brujas de la faz de la tierra y la verdad es que están ganando una fortuna; toda en B, además, porque no admiten factura. Eso sí, corren serios riesgos porque a veces tienen que enfrentarse a seres malignos muy poderosos. Como ahora, que siguen el rastro de la siniestra Muriel, un hada negra tan guapa como Famke Janssen, en estado de reposo, pero horrible como una pesadilla con
Cristóbal Montoro cuando entra en acción.
Todo es escandalosamente anacrónico en este argumento, que puede resultar divertido a fuerza de exagerado. Hay un momento triunfal, cuando Hansel confiesa que padece la “enfermedad del azúcar” por culpa de las abundantes golosinas que la bruja le hizo comer, y debe inyectarse una “sustancia” milagrosa que le devuelve las fuerzas. También es gloria bendita el arsenal que manejan los hermanitos: disparan sin recato ballestas de repetición, fantásticas pistolas capaces de agujerear a un ogro, y hasta ametralladoras de carga interminable cuando la abundancia de enemigos lo requiere.
Por último, se nos ofrece un final abierto, por si cae la posibilidad de una secuela –en su acepción correcta: consecuencia o trastorno que resulta tras una enfermedad o traumatismo- de parecida calidad; peor no va a ser. Y
además obtenemos una explicación del abandono infantil, para que quede más correctito: no es por la situación económica, ni el padre fue víctima de despido improcedente ni diferido mediante simulación… Es por una causa materno-filial muy respetable pero que no voy a revelar, por si todavía queda alguien con ganas de ir a ver la película.
Que todo puede suceder, aunque no está muy claro cuál es el público objetivo de este producto, y ni siquiera se sabe muy bien a qué intención obedece tan desafortunada e hiperviolenta versión del relato infantil. Ni siquiera parecen saberlo sus protagonistas, exhaustos de tanto correr, y hartos –ellos y sus dobles- de recibir una paliza tras otra. Y las que les quedan.
(http://www.hanselandgretelmovie.com/)

HERMOSA JUVENTUD   (01.06.14)
Dir. Jaime Rosales
Pro.: Jaime Rosales, José Mª Morales, Jérôme Dopffer   Gui.: Jaime Rosales, Enric Rufas
Int.: Ingrid García-Jonsson, Carlos Rodríguez, Inma Nieto
Las películas de Jaime Rosales –Las horas del día, La soledad, Tiro en la cabeza y Sueño y silencio- son cualquier cosa menos convencionales. Originales, diferentes, polémicas… y frías: Rosales filma desde el hielo. Un asesino críptico y absurdo, una madre arrasada por el dolor –en la famosa pantalla partida de La soledad-, un terrorista en la lejanía, un hombre sin recuerdos… esos son sus protagonistas, tomados siempre desde la distancia, con un objetivo de documentalista que retrata sin concesiones y sin tomar partido; ni ama ni odia a sus personajes, sean víctimas o verdugos, les ronde la muerte –frecuentemente- o la salvación.
Dice Rosales que Hermosa juventud es la menos personal de sus películas. Será porque esta vez se ha olvidado de riesgos más o menos experimentales –de formato, de color, de punto de vista- y ha desarrollado una narración prácticamente lineal, más cerca del relato tradicional de personajes corrientes y situaciones cotidianas. Salvo en un par de momentos, en que resuelve el paso del tiempo mediante un montaje acelerado de fotos, mensajes de móviles e imágenes de chats; y sin prescindir, por supuesto, de su dominio de la elipsis, del encuadre expresionista y del espacio fuera de campo. En Hermosa juventud, como en sus anteriores obras, todo es cine todo el rato.
Natalia y Carlos son dos jóvenes de ahora mismo, como otros miles con los que nos cruzamos por la calle o en la escalera de nuestra propia casa. Veinte y veintidós años, sin trabajo, sin haber terminado sus estudios y con más dudas que certezas, con muchos más problemas que esperanzas. Natalia vive con su madre y sus dos hermanos, un chavalote que aun va –poco- al instituto y una niña pequeña, que tuvieron sus padres poco antes de separarse. El padre no es más que una sombra fugitiva y la madre apenas un paño de lágrimas confundido y angustiado. Del padre de Carlos tampoco se sabe nada, y el chico vive con su madre, una mujer enferma de obesidad y desesperación.
Este es el presente. El futuro aparece aun más negro. Natalia se harta de dejar solicitudes de trabajo allí donde se las admiten, sin ninguna posibilidad real; Carlos hace de vez en cuando una chapuza a cargo de algún conocido y a razón de diez euros por día de tajo. Y si por casualidad aparece en el horizonte algún atisbo de mejora, la suerte –mejor valdría decir la justicia- les vuelve la espalda: cuando los jóvenes esperan una compensación económica medianamente interesante por un turbio asunto en el que se han visto involucrados, nuevamente quedan defraudados. Quizá este momento colme el vaso de la desilusión; y también posiblemente esta historia esté metida con calzador en el relato general: un inciso violento, con un remate gratuito y confuso, que está a punto de distraer al espectador. Pasa pronto, pero deja mal sabor de boca; y tampoco contribuye a que podamos empatizar con la pareja protagonista.
Claro que, una vez más, no es eso lo que pretende Rosales: su punto de vista sigue siendo frío y distante… aunque absolutamente certero: Natalia y Carlos –y sus familias y sus amigos- son personajes verdaderos, hijos de la España de hoy, víctimas de la crisis provocada y mantenida por desalmados que contaminan y ahogan sus vidas. Carlos y Natalia son jóvenes, con ganas de vivir. Son pobres porque les ha tocado la peor parte de esta sociedad insolidaria y cruel con los más desfavorecidos. Y si intentan el camino de la emigración, sufrirán en sus propias carnes las dificultades reales del exilio laboral: en el extranjero, sin conocer el idioma, sin cualificación y a merced de la explotación; tanto como en su propio país. Este es el panorama que retrata la cámara implacable de Jaime Rosales: una película de no-ficción, casi un documental; pero esta vez la leona no se come a la gacela, sino que es la misma naturaleza la que devora a sus criaturas.
Por eso es una lástima que la obra resulte tan carente de pasión que no permita con facilidad la cercanía ni la emoción que sus protagonistas se merecen: unos intérpretes que aciertan a vivirla desde la absoluta naturalidad, encabezando un excelente reparto sin nombres populares pero con un resultado realmente excepcional. (www.wandavision.com/site/sinopsis/hermosa_juventud)

HIPÓCRATES   (10.05.15)
Dir.: Thomas Lilti
Pro.: Agnés Vallée, Emmanuel Barraux   Gui.: Thomas y Julien Lilti, Pierre Chosson, Baya Kasmi
Int.: Vincent Lacoste, Reda Kateb, Jacques Gamblin
Segunda película del francés Thomas Lilti, director inédito en España; o, por lo menos, yo no he visto Les yeux bandés, su primer largometraje. Hipócrates ha tenido mucho éxito en Francia –no es tan raro: a los franceses sí les gusta su cine- y ahora veremos cómo se porta en la taquilla española.
El protagonista de la historia es Benjamin,
un joven médico residente que tiene seis meses por delante para completar su formación en un hospital público de París, precisamente a las órdenes de su padre, el prestigioso doctor Barois. Benjamin llega lleno de ilusión, dispuesto a practicar y a atender lo que le echen, y con todas las ganas de aprender cómo ser un buen médico; pero tal vez no esté preparado para las dificultades y los problemas, algunos muy serios, que lo aguardan. Como la falta de personal y de los aparatos necesarios, por culpa de los recortes de los presupuestos de sanidad que –también allí- se han producido.
Por esa causa, las jornadas de trabajo son muy duras, médicos y auxiliares se emplean
con importantes carencias, entre las que la inexperiencia no es la más seria, y la atención a los enfermos cae hasta límites de auténtica tragedia. Benjamin encuentra cierto consuelo en la influencia y los consejos de su padre y en la amistad con otro residente, Abdel, un médico argelino que trata de convalidar su título en Francia; pero pronto tiene que enfrentarse a casos de extrema seriedad: uno de sus pacientes es un sin techo, alcoholizado y con una grave cardiopatía; otra más es una anciana, con cáncer y en estado terminal, que sufre grandes dolores y molestias insoportables…
A través de los ojos del joven aspirante a doctor, Thomas Lilti disecciona el microcosmos del hospital; un universo cerrado y endogámico, pero rico en especies y con una estructura que asigna a cada elemento un lugar y una categoría. Así, conocemos al director del establecimiento, un imbécil obediente, que no sabe nada de medicina y que solo atiende a consignas políticas y supuestamente económicas. (Recuerdo al amable lector que no estamos hablando de España; esta es una película y una institución francesa. Prosigo.)En lo alto del organigrama médico está el doctor Barois, padre del protagonista, que se debate entre sus obligaciones profesionales –ese juramento hipocrático al que alude el título- y su compromiso con los jefes. Más abajo están los distintos equipos y servicios, y sus componentes: la resuelta jefa de Benjamin, su colega Abdel, con su difícil situación, los compañeros y técnicos, a veces muy eficaces, en ocasiones no tan coordinados como debieran. La cruda realidad, esta sí seguramente trasplantable a cualquier hospital del mundo. Hipócrates salva con fortuna el esquematismo propio de tantas series de televisión con escenarios semejantes; no es fácil, como no lo es para el espectador, olvidarlas; desde la mítica Urgencias a nuestro Hospital Central, pasando, cómo no, por el inefable House –homenajeado humorísticamente en la película- y algunas otras. Lilti, sin embargo, consigue dar con la tecla que provoca el interés del espectador: sus personajes están por encima de las situaciones y los conflictos que viven. Hay catástrofes importantes y hay confrontaciones profesionales de alto voltaje; pero quienes las protagonizan están muy bien dibujados y se encuentran siempre situados en el lugar preciso.
También están bien interpretados, por supuesto. El joven Vincent Lacoste acumula ya experiencia suficiente para solventar su papel con holgura, y el resto del reparto, con el veterano Jacques Gamblin a la cabeza, lo secundan con absoluta eficacia. Son la columna vertebral del hospital, las personas que lo componen, con sus afanes, sus desvelos, sus pequeñas ruindades, sus aciertos y sus fallos. Y el guion descubre sin tapujos el ejercicio de los profesionales de la sanidad: unas vidas plenas de dedicación, capacidad y compromiso, pero a veces también de engaño, incompetencia y frustración. (www.caramelfilms.es)

HOLMES & WATSON. MADRID DAYS   (09.09.12)
Dir.: José Luis Garci 
Pro.:
José Luis Garci   Gui.: José Luis Garci, María San Román, Andrea Tenuta
Int.: Gary Piquer, José Luis García Pérez, Belén López
Decimoctava película de Garci, ordinal que permitió a su distribuidor, también exhibidor y presidente de la Academia, Enrique González Macho, felicitarlo públicamente por su “mayoría de edad”. El chiste está bien y el homenaje implícito es merecido, porque José Luis Garci es un autor –creador total: hasta el montaje de la película es suyo, para que nadie se sienta responsable- adulto, constante, pertinaz e inconmovible: fiel a su lenguaje, impermeable a modas y modismos, filma su última obra con el mismo estilo que la primera –o un poco más antiguo- y, desde luego, a estas alturas, posee esa capacidad de que su película sea identificada, al primer vistazo como “película de Garci”.
Dejando bien sentado ese carácter de personal e intransferible, hay que decir que Holmes & Watson…, relato de época, está excelentemente ambientada e interpretada. Lo primero, gracias a una muy buena documentación y al trabajo de la dirección artística, aun con las carencias que luego veremos; lo segundo, porque los intérpretes de este argumento están –los profesionales; hay un par de aficionados que se lo podían haber ahorrado- francamente bien: Gary Piquer –un Holmes impasible- y José Luis García Pérez hacen una más que convincente pareja, en un registro relativamente novedoso, y los secundarios son gente de tanta solvencia que su calidad no deja lugar a dudas.
Y, desgraciadamente, aquí se acaba lo bueno. La historia es ciertamente pintoresca. Sherolck Holmes y su amigo el doctor Watson están en Londres, como corresponde; éste recién casado y dedicado a su profesión,
aquél decidido, como mandan los cánones, a seguir viviendo bien con la suya; es decir, sin dar golpe. Pero de repente algo llama la atención de ambos: en España, ese país lejano y raro, y más concretamente en su capital, Madrid, están ocurriendo unos hechos terribles. Alguien está repitiendo los asesinatos del sanguinario Jack “El destripador”. Un asesino escurridizo y desconocido, si no es el propio Jack, que ha cambiado el Támesis por el Manzanares y la niebla londinense por la oscuridad del suburbio madrileño. Y Holmes y Watson se vienen a Madrid, a ver qué pillan. Dice Garci que este asunto del Destripador es el “McGuffin”, un pretexto en el argumento, un elemento de despiste, según Hitchcock. Pero se engaña: en los buenos “mcguffin”, cuando se disuelven queda la película; en ésta, si lo quitamos no queda nada, o casi nada.
Quedan los caprichos del director-escritor en un guión en el que se alternan algunos hallazgos interesantes y multitud de disparates literarios, amiguismos pedantes, coloquios ridículos y hasta las estruendosas sentencias filotaurinas de los protagonistas; todo vale. Como que la famosa cantante de ópera fume como un carretero –igual que todos los demás, por cierto- o como que Watson lleve a su señora la receta del cocido: no me extraña que José Luis García Pérez esté muerto de risa todo el tiempo.
Por otra parte, aun disculpando la pobreza insultante de algunos recursos –que Garci justifica por la falta de presupuesto, como si eso fuera admisible-, la pesadez de la puesta en escena, con una cámara rígida y un punto de vista tan lejano que parece que al mismo director la historia le importa un pito; y un montaje tan lento y falto de pasión, hacen imposible la emoción y consiguen que la película parezca todavía más larga de lo que es, y lo es bastante. De hecho, con media hora menos sería mucho mejor. Sin todas esas imágenes y momentos de cartón piedra y sin ese final alargadísimo, cuando el enigma de los crímenes ya ha apuntado a una resolución imaginativa, inteligente y muy interesante.
Pero es cierto que Garci rueda así, que es su sello personal y que exhibe su derecho a hacerlo. Tiene razón, pero también tendrá que escuchar que su cine resulta, en general, aburrido, viejuno y artesanal, en el peor sentido del término.
(http://www.altafilms.com/site/sinopsis/holmes_watson)

HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS   (14.12.14)
Dir.: Jason Reitman
Pro.: Jason Reitman, Helen Estabrook   Gui.: Jason Reitman, Erin Cressida Wilson
Int.: Adam Sandler, Jennifer Garner, Rosemarie DeWitt
Jason Reitman acierta bastante con sus retratos de caracteres: la adolescente embarazada de Juno –que nos descubrió a Ellen Page-, el liquidador de Up in the air, la fantasiosa divorciada de Young adult, el ama de casa asaltada –y su asaltante- de Una vida en tres días… Claro que se apoya en unos buenos guiones y unos sólidos, excelentes intérpretes; pero ese es, precisamente, el fundamento de los mejores personajes y las mejores películas.
En Hombres, mujeres y niños no hay, para variar, un protagonista nítido. Se trata de una obra coral, en la que los personajes –adultos y jóvenes, matrimonios, parejas y algún verso suelto- comparten un nexo único, universal y omnipresente: internet. Son ya muchas, casi un subgénero, las películas basadas en la red y sus circunstancias, y es natural: este es el mundo actual. M
óviles, tabletas, consolas, ordenadores; mensajes, chats, fotos, videojuegos, páginas del más variado voltaje; todo un universo que cambia a velocidad vertiginosa; que capta, tienta y seduce, y modifica los esquemas sociales y familiares, los ideales, las relaciones y la vida amorosa de las gentes.
Desde luego, de las que pueblan esta historia: Don y Helen Truby –Adam Sandler y Rosemarie DeWitt- son adultos y afrontan como tales su matrimonio y sus problemáticas; Patricia, Kent y Dona también son adultos, pero sus preocupaciones tienen más que ver con sus hijos adolescentes: Hannah, Allison, Tim y Brandy, como tantos otros chicos, van de las aulas a sus asuntos, más o menos secretos, más o menos resbaladizos.
Don y Helen parecen haber agotado su matrimonio… y, por supuesto, su vida sexual; hasta que la pantalla del ordenador les revela un mundo nuevo, desconocido y tentador. Patricia es una madre estricta, que solo vive para controlar, presa del pánico, las idas y venidas de su hija adolescente y sus contactos y comunicaciones: mensajes, chats, fotos… Como Kent, que persigue airado a su hijo, sin comprender por qué ha abandonado el fútbol y se dedica en cuerpo y alma a su videojuego favorito; y todo lo contrario que Donna, consagrada a que su hija triunfe en el cine o la televisión o la moda, y es la primera y alocada promotora de su blog de fotos…
Los chavales, por su parte, trampean como pueden con los estudios, la presión de los padres y la presencia inquietante, turbadora, del amor y el sexo. Colgados permanentemente de sus móviles, charlan, organizan y deshacen citas y reuniones; traman conquistas, urden coartadas, aman y se pelean… Todo esto pasa en la pantalla, pero no es otra cosa que un fiel reflejo de la vida cotidiana de cualquier grupo humano de hoy mismo; no cabe la duda ni la sorpresa.  
Hasta aquí, Hombres, mujeres y niños es la más documental de las películas de Jason Reitman; pero, naturalmente, se impone su sentido de la dramatización. Las vidas de los personajes evolucionan, se atraviesan o discurren paralelas, con buen ritmo y excelente discurso narrativo, aunque quizá le falte un punto de pasión, al menos para el espectador; seguramente, porque todavía Reitman no es Robert Altman, el maestro de las acciones cruzadas.
Sí comparten, como apuntaba más arriba, el interés por los buenos intérpretes; y no se puede poner reparos al elenco de esta película, encabezado por un sobrio Adam Sandler, Jennifer Garner –que repite con el director- y la muy interesante Rosemarie DeWitt, secundados por actores de reconocida solvencia, y jóvenes promesas del cine americano. En cualquier caso, lo interesante son sus personajes: qué hacen y por dónde encaminan sus pasos bajo la densa red digital que nos cubre a todos: internet está ahí, con su fascinante capacidad de información y comunicación; con sus peligros, virtuales o reales, con sus retos y con sus inmensas posibilidades. En la película, cada uno busca su camino; y unos lo encuentran y otros no: como en la vida misma. (
http://www.menwomenchildrenmovie.com/)

HOTEL EUROPA   (04.02.17)
Director: Danis Tanovic. Producción: Amra Baksic Camo, François Margolin. Guion: Bernard-Henri Lévy, Danis Tanovic. Intérpretes: Jacques Weber, Snežana Vidović, Izudin Bajrović.
El bosnio Danis Tanovic se consagró en 2001 con En tierra de nadie –esa tragicomedia bélica protagonizada por dos hombres y una bomba-, que ganó en San Sebastián, en Cannes y se llevó el Globo de Oro y el Oscar. Después ha firmado obras notables, como Triage  y La mujer del chatarrero, entre otras; su cine habla frecuentemente de su país, de su región y de las vicisitudes por las que han pasado sus gentes, que él conoce de primera mano: fue, por ejemplo, fotógrafo en la guerra de los Balcanes. Su nueva película, Hotel EuropaMuerte en Sarajevo es el título original, bastante más explícito- ganó el Gran Premio del Jurado en el último festival de Berlín. La acción se sitúa en 2014. Toda la ciudad se prepara para conmemorar el centenario del asesinato del archiduque Francisco Fernando a manos del serbo-bosnio Gavrilo Princip, suceso que ocurrió el 28 de junio de 1914 y provocó el estallido de la I Guerra Mundial.
Fue un golpe organizado por el nacionalismo serbio, que iniciaba una expansión triunfante derrotando a turcos y búlgaros y se había anexionado gran parte de Macedonia y Kosovo. Y no toleraba que el imperio austrohúngaro hubiese ocupado Bosnia-Herzegovina, con gran parte de población serbia. A primeros de 1914 se preparó un atentado contra el gobernador de Sarajevo, pero se cambió el objetivo al saber que el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador y heredero al trono de Viena, estaría en la ciudad. Y aunque el atentado estuvo a punto de fracasar, al final el joven Princip mató al archiduque y a su esposa. Las consecuencias fueron inmediatas: Austria exigió unas condiciones que Serbia, apoyada por Rusia, no cumplió, y el imperio le declaró la guerra, a la que se sumaron paulatinamente casi todas las potencias europeas, en un conflicto que provocó más de veinte millones de muertos.
La película comienza cien años después, cuando el Hotel Europa acoge a los importantes políticos que participan en la conmemoración, y todo el establecimiento es un hervidero. El director Omer y su ayudante Lamija vuelan por los pasillos procurando que todo esté a punto; lo malo es que a las dificultades de atender a sus huéspedes se suma la amenaza de una huelga de los empleados del hotel, los graves problemas económicos por los que atraviesa y la desproporcionada actuación de los matones que controlan el juego y la prostitución en los bajos del edificio y que se encargan también de mantener el orden. Al tiempo, la televisión ha instalado allí un set en el que se efectúan entrevistas a diferentes personas relacionadas con la conmemoración histórica, mientras el actor francés Jacques Weber –que se interpreta a sí mismo- prepara en su habitación el discurso que pronunciará ante las autoridades europeas.
El guion de la película parte, precisamente, de ese monólogo escrito por Bernard-Henri Lévy –una mirada ácida y poco esperanzadora sobre Europa-, que se entrecruza con el resto de la acción; la confrontación entre esas palabras, escogidas con aparente dificultad, y las manifestaciones del principal entrevistado, un enérgico activista serbo-bosnio que discute con la periodista el valor y la condición de héroe o traidor del magnicida Princip, servirá de telón de fondo para ese microcosmos en el que las figuras del director y su ayudante funcionan como una metáfora de la propia colectividad: a Omer termina por estallarle la realidad en la propia cara, mientras la desorientada Latija ve como su confort se derrumba cuando pierde su empleo, su superior intenta abusar de ella y su madre, responsable de la huelga, desaparece a manos de los gangsters que intentan sabotearla. La película, un ejemplo de precisión, llega a su clímax, y el Hotel Europa es un campo de batalla en el que se desarrolla sin descanso una cascada de situaciones que van ganando en dramatismo mientras se hace más y más explícita la brecha política e ideológica que pervive en la sociedad de Bosnia- Herzegovina.