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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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FIN   (25.11.12)
Dir.: Jorge Torregrossa
Pro.: Fernando Bovaira, Mercedes Gamero, Mikel Lejarza (entre otros)  Gui.: Jorge Guerricaechevarría, Sergio G. Sánchez
Int.: Daniel Grao, Clara Lago, Maribel Verdú
Jorge Torregrossa debuta en el largo tras una interesante cosecha de cortometrajes y el trabajo de una década en televisión, en series como Herederos, La señora, Tierra de lobos o la reciente Imperium. Para este estreno en el cine grande ha contado con una importante producción, un guión extraído de la novela homónima de David Monteagudo y un reparto con mayoría de nombres procedentes, precisamente, de la formidable cantera de la pequeña pantalla; con los citados más arriba,
Antonio Garrido, Carmen Ruiz, Miquel Fernández, Eugenio Mira y Blanca Romero; a los que se añade la presentación del modelo Andrés Velencoso, un guiño “sexy” a la parroquia.
Estos son todos los que pueblan la película, no hay más personajes. Ellos son un grupo de viejos amigos que, rozando la cuarentena y tras bastantes años sin verse, acuden a la llamada de reencuentro y de reunión en una casona perdida en el campo. Sara es la convocante y acuden Maribel y Rafa, Sergio, Hugo y Cova, y Félix, sorprendentemente acompañado de Eva, su joven novia; solo falta uno, que tiene que llegar. Los primeros momentos son, como mandan los cánones, emocionantes, placenteros y divertidos; luego pasan las horas y para cuando los ocho amigos se reúnen en torno a la fogata nocturna, ya han surgido algunos roces, han aflorado algunas rencillas y algún recuerdo ingrato, se cruza alguna mirada hostil, alguna palabra destemplada. Es la noche de san Lorenzo y en el cielo hay lluvia de estrellas; pero en torno a los reunidos saltan chispas, y no solo las de la hoguera. Y de repente, al influjo de la evocación del amigo ausente –como en los buenos relatos de miedo de toda la vida-, algo misterioso y terrible sucede.
La película tiene varios capítulos, con una estructura un tanto dubitativa. Hay una primera secuencia-prólogo de cierto impacto –tras ella aparece la palabra “fin”, como una premonición-, después se produce la presentación de los personajes, que va hasta ese momento crítico, y luego llega todo el nudo de la trama, la parte dramática y apocalíptica. Para terminar, hay un breve epílogo entre la bruma. Y no debe de ser casual, porque la niebla envuelve todo el argumento. ¿Qué ha pasado? ¿Qué les ocurre a los protagonistas? ¿Dónde está todo el mundo?
Y no me refiero a los espectadores, que, si no son demasiado exigentes, se dejarán llevar por los acontecimientos, esperando que esas preguntas –al menos alguna- tenga respuesta. Aunque me temo que no será así. Y este, aunque irrite a más de uno, no es el mayor problema de la obra. Lo peor, lo más complicado, es que no se consigue que se produzca la necesaria empatía entre los personajes y quien los mira –no digo quien los ha creado, porque es evidente que no la hay-; pero no es fácil: sabemos poco de ellos, no tienen mucha vida. Quizá porque el argumento apunta en una dirección y dispara en otra.
El relato, que empieza bastante bien con el aire de una historia generacional, con unos protagonistas enfrentados a sus crisis personales y domésticas, se estanca un poco y además no termina de definirlos. Hay ciertos apuntes interesantes, es verdad, pero no llegan a cuajar porque de inmediato arranca la segunda parte y la propia acción pasa por encima de sus actores. Y aquí lo que fracasa es el ritmo y la intensidad. No hay mucha emoción, y muy pronto se pierde la posibilidad de la sorpresa, porque lo que sucede pasa una y otra vez y solo queda esperar a ver a quién le toca sufrir
en la siguiente ocasión.
No es que siempre sea imprescindible una aclaración: el cine está lleno de momentos inexplicables, misteriosos, poéticos; pero esta película tropieza sin cesar, va demasiado a la deriva –quizá por culpa del relato original, al que parece bastante fiel- y son tantos los interrogantes, que acaban por quebrar el posible atractivo de una trama y unos personajes que, desgraciadamente, no nos interesan.
(www.finlapelicula.com)

FOXCATCHER   (08.02.15)
Dir.: Bennett Miller
Pro.: Bennett Miller, Anthony Bregman, Jon Kilik   
Gui.: E. Max Frye, Dan Futterman
Int.: Steve Carell, Channing Tatum, Mark Ruffalo
Bennett Miller es un director neoyorkino de 48 años, con una carrera corta pero muy brillante: Truman Capote (2005), que le valió el Oscar –y otros premios- a Philip Seymour Hoffman, Moneyball: Rompiendo las reglas (2011), con múltiples nominaciones para Brad Pitt y Jonah Hill, y esta Foxcatcher que llega a los próximos Oscar con cinco nominaciones que incluyen las del propio Miller y las de Steve Carell y Mark Ruffalo. No ganarán todos, claro, pero es un signo evidente de cómo Bennett Miller saca de sus actores lo mejor que tienen dentro.
Ruffalo y un irreconocible Channing Tatum interpretan a los hermanos Schultz, famosos campeones de lucha olímpica en los años 80.
Dave, el mayor, es un veterano y muy apreciado atleta que entrena a su hermano Mark y le enseña todo lo que sabe; y ambos llegan a conseguir el oro olímpico en los Juegos de Los Angeles de 1984. La juventud y la fuerza de Mark llaman la atención de John du Pont, heredero de una de las mayores fortunas de América, filántropo, ornitólogo, magnate de la industria química y coleccionista de armas, y esclavo de un temperamento desordenado y posesivo.
Du Pont se ofrece a entrenar a Mark  en Foxcatcher, su finca de Delaware, en la que ha construido un maravilloso centro de entrenamiento con un fantástico gimnasio, estupendas instalaciones y residencias para los atletas. El caprichoso millonario se dedica en cuerpo y alma a la puesta a punto del joven Schultz para los Juegos Olímpicos de Seul-1988; y exige de su pupilo la misma dedicación y entrega, para conseguir a toda costa el éxito que su orgullo necesita. John parece incluso entregarle toda su confianza y hasta lo que puede ser una profunda y sincera amistad.
Mark se siente un tanto enclaustrado y echa de menos a su hermano. Pero Du Pont le ofrece tanta seguridad, que se vuelca en su preparación. Como fruto del intensísimo entrenamiento, Mark gana el campeonato del mundo. Es el momento más dulce de la relación entre el atleta y su mentor. Pero el temperamento ingobernable del millonario empieza a hacer mella en el joven luchador. Du Pont, además, considera de repente la necesidad de volver a reunir a los dos hermanos y hace ir hasta Foxcatcher a Dave y lo contrata como entrenador jefe.
Y a partir de ahí se desarrollan los acontecimientos que culminaron a principios de 1996, y que Bennett Miller relata con escalofriante precisión, muy cercana a la realidad. Su retrato de los protagonistas y la tormentosa relación que los unió parte de la minuciosa reconstrucción física: Channing Tatum ha desarrollado para la película una importante masa muscular, que lo ha llevado a convertirse en un personaje macizo, casi bamboleante, que completa con una mirada y una actitud huidiza, insegura. Por su parte, Steve Carell desaparece bajo la caracterización de John Du Pont: la nariz aguileña, la mandíbula desafiante, el pliegue hosco de la boca y la mirada iluminada que anuncia el destructivo desorden mental. Du Pont, en la pantalla, da miedo; en la vida real, seguramente, también. La película muestra las aristas y los recodos más evidentes de los seres que pueblan Foxcatcher, pero también sugiere que hay zonas más oscuras, que late, a espaldas de la cámara, una tensión creciente que amenaza con explotar… y que acaba haciéndolo ante los ojos del espectador.
Bennett Miller es un maestro de la medida y de la atmósfera: las palabras se alternan con los silencios más significativos y las miradas se cruzan o se esquinan por la penumbra de los sentimientos en un escenario que va del calor al hielo y del aplauso a la locura. Un ejercicio de estilo brillantísimo, que no se aparta de la esencia del cine sino que juega con todos sus elementos para lograr que su cámara escriba con las más poderosas imágenes esta historia oscura y malsana articulada sobre la interpretación de sus tres grandes protagonistas. (
http://sonyclassics.com/foxcatcher/)

FUEGO   (30.11.14)
Dir.: Luis Marías
Pro.: Gerardo Herrero, Javier López Blanco   Gui.: Luis Marías
Int.: José Coronado, Aida Folch, Leire Berrocal
Precisamente pasión desbordante es lo que hay en Fuego, un oscuro thriller de sentimientos muy bien pensado y con vocación de llegar al gran público. Es la segunda película de Luis Marías, estupendo y prolífico guionista, que dirige aquí a un intensísimo José Coronado. Él es Carlos, un hombre que parece envuelto en una nube negra. Hace 10 años era policía y una bomba de ETA mató a su mujer y dejó sin piernas a su hija Alba.
Ahora ambos, tras largos y penosos tratamientos, parecen estar bien… pero es solo una apariencia. Alba es una joven de reconcentrada amargura; Carlos, que ha rehecho su vida profesional y regenta una empresa de seguridad, se va al País Vasco; no para descansar y escribir, como le ha dicho a su hija, sino para cumplir la venganza que lleva años abrasándole el corazón y la mente. Mientras Alba va quizá encontrando un camino hacia la vida, Carlos baja paso a paso el suyo de descenso a los infiernos: el dolor, la rabia, el odio, no encontrarán remedio más que en esa venganza minuciosamente planeada y que por fin tiene al alcance la mano.
Apasionado –casi excesivo- trabajo de José Coronado, que puede llevarlo nuevamente a la lista de las candidaturas a los Goya; seguramente también Rastros de sándalo rozará algún premio –el lobby catalán es muy poderoso en la Academia- y no supone ningún riesgo apostar por el Goya para Mortadelo y Filemón: es la más potente cinta de animación del año.

FUNNY GAMES    (06.07.08)  
Dir.: Michael Haneke
Pro.: Chris Coen, Hamish McAlpine   Gui. Michael Haneke
Int.: Naomi Watts, Tim Roth, Michael Pitt  
Haneke es un director alemán de 66 años, que lleva trabajando desde 1974, primero en TV y en teatro, incluida la ópera. En el 92 ya llamó la atención con El vídeo de Benny –con el desaparecido Ulrich Mühe como padre del jovencito que realizaba vídeos espantosos- y en el 97 nos puso a todos los pelos de punta con su primera Funny games. Luego dirigió El castillo –sobre la obra de Kafka-, Código desconocido, La pianista –una apabullante indagación sadomasoquista-, El tiempo del lobo y Caché, otra cumbre de la inteligencia al servicio del horror.
Nada complaciente, como se ve, rodó Funny games como respuesta a la trivialidad de la violencia reflejada por el cine americano, y diez años después ha accedido a repetir la película, ahora en campo contrario y con intérpretes muy conocidos en América. La nueva Funny games no es, como suele decirse, un “remake”, sino una copia, un calco plano a plano del original, con la única sustitución –curiosa, pero absolutamente lógica- de los teléfonos inalámbricos por móviles. Lo demás es idéntico.
El matrimonio formado por Ann –Naomi Watts, en vez de Susanne Lothar- y George –Tim Roth en lugar de Ulrich Mühe- va a pasar un fin de semana a su casa de verano, a orillas de un idílico lago. Ann prepara la comida, mientras George y el pequeño hijo de la pareja reparan el barco de vela. Y de pronto, un joven apuesto y educado, al parecer invitado de los vecinos, aparece en la puerta de la cocina de Ann para pedirle unos huevos, que, dice, se les han acabado a sus anfitriones. Pasada la sorpresa –no se sabe bien cómo el joven ha salvado la valla de la casa y la puerta principal-, Anne le da lo que pide, sin sospechar que la aparente inocencia y la manifiesta torpeza del visitante no son sino la máscara de la más refinada crueldad.
Y poco después, la casa es un infierno. La familia cae en manos de la pareja de asaltantes -el joven de antes, acompañado de un amigo que es como un clon suyo-, y empieza el juego mortal, la diversión perversa, la apuesta por la vida que todos saben cómo se va a resolver. Un implacable Haneke, que desde los primeros momentos ha ido creando una atmósfera cargada, cada vez más opresiva y premonitoria –aunque no supiéramos lo que va a suceder-, vuelve a desplegar toda su potencia narrativa y visual para desarrollar esta exploración sobre la violencia y la maldad en estado puro, la cuestión que más preocupa al director germano-austriaco y que es una constante en su obra.
Hay muchas películas violentas –y aquí hay un referente estético que remite, inevitablemente, a La naranja mecánica- pero no hay muchos directores con la capacidad de agresión de Michael Haneke. Es imposible permanecer indiferente ante sus historias y sus imágenes, y es imposible no reconocer la fuerza de su propuesta. En Funny games –aquélla y ésta- la ferocidad de la situación perturba y absorbe al espectador, aunque los momentos más terribles se hurtan siempre a su mirada, y aunque Haneke introduce elementos distanciadores; todo sigue resultando terrible.
También sus intérpretes, antes y ahora, se someten y colaboran en la función, y en esta película están especialmente brillantes: espléndidos en su sufrimiento Roth y Watts, acompañados por un Michael Pitt que da verdadero miedo en su retrato de la crueldad humana, que Haneke muestra, pero, eso sí, no explica. Su obra no contiene moralejas: consiste en la exposición de los hechos; y las consecuencias, y las calificaciones, quedan a cargo del espectador. Una vez que se le pasa la náusea, claro. 
Este “thriller” provocativo y despiadado no ha perdido vigencia; todo lo contrario: esta historia puede suceder –y desgraciadamente, sucede- hoy mismo, en cualquier lugar. Y además, como el propio director asegura, en estos diez años el cine se ha vuelto todavía más violento, sus historias son más brutales y los diseños de producción más desinhibidos. Tiene toda la razón: su nueva versión de Funny games, sin añadir nada a la primera, es todavía más actual, más oportuna y más eficaz. (www.funnygames-es.com)