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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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EL AMERICANO   (19.09.10)
Dir.: Anton Corbijn
Pro.: Grant Heslov, Ann Wingate, George Clooney   Gui.: Rowan Joffe
Int.: George Clooney, Violante Placido, Paolo Bonacelli
 
Anton Corbijn es un famoso fotógrafo y realizador de vídeos musicales que debutó en el cine en 2007 con Control, una biopeli sobre Ian Curtis, el líder de Joy Division. A Clooney y al resto de los productores les ha debido parecer adecuado para realizar esta historia; y creo que han acertado.
La película empieza en un paraje helado de Suecia, con una secuencia de alto voltaje, un prólogo que es una pequeña obra maestra de suspense y que nos permite conocer al protagonista: aunque cueste un poco creerlo, George Clooney es aquí un tal Jack, un asesino a sueldo solitario e implacable. No sabemos mucho de él, pero imaginamos su trayectoria e intuimos el camino que emprende. Las cosas no se le han puesto bien, precisamente, y el hombre salta de norte a sur de Europa buscando un sitio donde hacer un alto. Así va a parar a un pueblo perdido de Italia, donde su presencia es lo más raro que les pasa a los lugareños: Jack es “el americano” que da título al relato.
No está de vacaciones, claro. Muy pronto, va a recibir un nuevo encargo, algo así como un trabajo menor, una última petición –o una orden, más bien- antes de jubilarse. Jack es un profesional y se cuida con absoluto celo, pero se siente cansado y hastiado de la vida que lleva; lo malo es que sus jefes, las fuerzas ocultas que manejan la trama, quizá piensen lo mismo. Al ánimo de Jack contribuyen también la paz del lugar, las charlas con el cura del pueblo y los encuentros sexuales con la guapísima Clara. Ella es una prostituta y él un cliente, pero aún así no pueden evitar sentirse fuertemente atraídos.
De cualquier modo, los días se suceden con tranquilidad aparente y Jack parece tener el control de los acontecimientos. Pero pronto la calma se va a quebrar dramáticamente. Jack se lo estaba temiendo, y el espectador, también. La pena es que la rectitud del guión también se quiebra, y empiezan a aparecer elementos mucho más inconsistentes que los que componían, hasta esos momentos, una narración modélica. Corbijn continúa conduciendo las imágenes con el mismo estilo y la misma fuerza, una elegancia que no es incompatible con la emoción. La cadencia, la secuencia y el plano siguen siendo ejemplares, lo mismo que la composición de los escenarios y los paisajes, muy bien acompañados por fondos musicales que evocan, como los mismos personajes, al western más tradicional. 
Es la escritura de la película la que empieza a irse al garete; primero con algunos detalles gratuitos y de pura distracción, y al final con un cierto desparrame en el que no se sabe quién anda por ahí ni cómo han llegado, ni por qué pasa lo que pasa ni si tiene justificación ni remedio, que yo creo que no. Es verdad que todo tiene un aire de fatalidad que lo emparenta también con el cine negro, sobre todo el europeo, el de Melville y su samurái, y en ese sentido Corbijn acierta a combinar los géneros y a cumplir con sus códigos estéticos y narrativos. Ya digo que si la historia cojea no es por su culpa.
Y tampoco por la de Clooney, desde luego. Es un gran actor, tan popular –el mejor heredero de los grandes nombres míticos de la historia- y tan versátil, que puede hacer frente a todo tipo de registros. Aquí bastan unas miradas, cuatro palabras, un par de gestos, para convencernos de que es este asesino profesional, capaz de cualquier atrocidad. Y también de enamorarse si lo exige el guión. Suya es la película, y
Violante Placido y Paolo Bonacelli ocupan a su sombra las otras dos esquinas de este triángulo afectivo, algo improbable por lo demás. 
Como, en definitiva, la atmósfera, el escenario, importan aquí más que la misma acción, seguramente esos pecados del guionista no pasan de ser veniales, defectos que no llegan a ensombrecer la seriedad y el propósito de la película. Y desde luego no van a ser un obstáculo para que El americano haga un buen recorrido en taquilla, que también de eso se trata. (www.elamericano.es)

EL ÁRBOL DE LA VIDA   (18.09.11)
Dir.: Terrence Malick
Pro.: Sarah Green, Bill Pohland, Brad Pitt   Gui.: Terrence Malick
Int.: Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain  
Uno de los directores menos prolíficos y más interesantes de esta época, Terrence Malick, autor de cinco películas en casi 40 años: Malas tierras (1973, Concha de Oro en San Sebastián), Días del cielo (78, premio en Cannes), La delgada línea roja (98, Oso de Oro en Berlín), El nuevo mundo (2005) y ésta… Aunque la sexta se va a hacer esperar algo menos, porque ya está en marcha; quizá es que va cogiendo velocidad, eso sería estupendo.
El árbol de la vida –Palma de Oro en Cannes y Premio Fipresci de este año, para no perder la costumbre- es una descomunal y brillantísima parábola acerca del sentido de la existencia. De las personas, en primer término, y más allá aún: del aliento cósmico, de la esencia del universo, de la creación y la evolución, de la vida y la muerte y la fugacidad y la permanencia… Palabras mayores, que no desentonan de la magnitud de la propuesta: la película oscila entre la mirada cercana sobre una familia, escogida como al azar, representando a la especie humana, y la apabullante imagen de la primera luz, el primer estallido, la gran marea, el origen de todo.
La inicial antítesis es entre ese gran nacimiento y el fallecimiento de un miembro de la familia, uno de los hijos, aún joven. Pronto vemos también, porque la película salta sin orden cronológico la mayor parte del tiempo, los primeros años del matrimonio, la llegada sucesiva de hasta tres chavales y sus primeros pasos, su niñez. Que no resulta fácil: el padre es un hombre adusto, extraordinariamente severo, partidario de una disciplina exagerada, casi cuartelera: es la preocupación por la agresión exterior, la defensa de la vida, algo primitivo y común a todas las especies animales, desde el primer renacuajo hasta el más gigantesco dinosaurio. Los hijos crecen y observamos su comportamiento y las consecuencias que éste produce, llevados por la cámara de Malick, acerada como un bisturí, que corta, salta, vibra y encaja con un montaje absolutamente virtuoso. El punto de vista es tan próximo e impertinente, que parece intolerable; los planos duran apenas unos segundos, no hay tiempo para el diálogo, los personajes se explican cuando desaparecen y una voz prestada susurra  deseos, intenciones, dudas…
Hay una oposición entre el ambiente campestre de la infancia de los niños y el gélido y amenazador urbanismo de la vida adulta del hijo mayor, del que sólo conocemos, también a ráfagas, su dolor, su desconcierto y su búsqueda. Pero hay una oposición aún mayor entre la ajetreada sociedad humana, una más de las múltiples células animales, y el tiempo y el espacio del cosmos, que gira, se dilata, provoca turbulencias que duran una eternidad o un segundo. Terrence Malick ensambla sin miedo al choque la vida de sus personajes, con su no-argumento y su no-guión, con el guión y el argumento no escritos pero implacables del universo que nos acoge y nos abruma.
Ha rodado miles de planos para esa escritura tan sintética, en la que la elipsis es el núcleo del discurso. Y ha compuesto una auténtica sinfonía visual para las imágenes del big-bang, ayudado por la moderna tecnología pero también por los métodos tradicionales de dos artistas maravillosos como son Dan Glass y Douglas Trumbell –responsables de Matrix y 2001 Una odisea del espacio, respectivamente. El resultado es, como decía, una película apabullante –también un poquito larga, en sus casi dos horas y media de duración-, hermosísima, quizá didáctica en exceso y, al final, de problemática rentabilidad.
Claro que eso es lo que menos le preocupa a su director. Terrence Malick es un autor, en toda la extensión de la palabra. Antes ha hablado de otras cosas, ahora su discurso es voluntariamente metafísico: nos invita a contemplar ese árbol gigantesco que resume la vida y se extiende hasta el infinito; nos sugiere escuchar la voz que resuena entre las estrellas: "¿Dónde estás?" pregunta; y otra voz, o la misma, responde: "Estoy aquí. Eternamente. Siempre." (www.twowaysthroughlife.com/)

EL ARTISTA Y LA MODELO   (30.09.12)
Dir.: Fernando Trueba
Pro.: Cristina Huete  Gui.: Fernando Trueba, Jean-Claude Carriére
Int.: Aida Folch, Jean Rochefort, Claudia Cardinale
Fernando Trueba es uno de nuestros directores más interesantes. También productor y guionista, cuenta con una veintena de títulos en su currículum de realizador, muchos de ellos importantes: Ópera prima (1980), que inventó la “comedia madrileña”, El año de las luces (86), El sueño del mono loco (89), Belle epoque (92, Óscar de Hollywood), Two much (95), La niña de tus ojos (98), Calle 54 (2000, un extraordinario documento musical), Chico y Rita (2010, otro musical, de animación, premio del cine europeo y finalista en los Óscar)… Tres Goyas y un montón de premios internacionales avalan su carrera y cimentan su prestigio.
Curiosamente, para ser tan aficionado y conocedor de la música, en esta su última película, El artista y la modelo, no hay: sólo unos breves compases lejanos de una banda de pueblo y un corto fragmento de la 9ª Sinfonía de Mahler al final del metraje. Como Trueba dice, y tiene razón, no lo necesita. La cadencia y el ritmo están en la pausada, armónica sucesión de las imágenes, y la melodía reside en la mirada del artista sobre el cuerpo desnudo de su modelo y en las manos que trazan su réplica en el barro; todo orquestado por la luminosa, cálida, espléndida fotografía en blanco y negro de Daniel Vilar.
El artista es Marc Cros, un escultor de fama internacional que, ya anciano, vive retraído en su casa de un pueblito del sur de la Francia ocupada. La modelo es Mercè, una joven española escapada de un campo de refugiados, que malvive sin techo ni esperanza por esos parajes hasta que es descubierta por la mujer del escultor, que se la lleva a su casa y le ofrece cama y comida al tiempo que le regala a su marido la posibilidad de contemplar, atrapar y esculpir las formas vivas, rotundas, terrenales, del cuerpo de la joven.
El diálogo que se desarrolla entre ambos, sin apenas palabras, es de una elocuencia emocionante. El escultor dibuja, borra, avanza, crea pequeños esbozos, interroga a la materia. La chica vence su pudor, se desnuda, –también emocionalmente-, se entrega a su oficio recién descubierto. Poco a poco, se van acercando: Mercè intuye y luego descubre el valor del arte, la capacidad evocadora del trazo, el volumen, la luz… Marc vuelve a sentir el calor de la piel viva, la presencia de la naturaleza siempre pujante, el alma que habita en el árbol cimbreante, en la piedra arrugada, en el pájaro sorprendido y en cada poro del cuerpo de la mujer.
Y en el limitado escenario del estudio del artista, y en el bosque y en el río, pero sobre todo allí, entre los mil objetos que lo abarrotan –esculturas, muebles viejos, herramientas, bocetos, papeles, cacharros heridos por el tiempo…- los dos habitan unos días que son la imagen de toda una existencia. Hasta ellos llega la vida exterior, sean los chiquillos curiosos, el oficial nazi enamorado del arte o el fugitivo de la guerra. Hay un espacio para el vino recio, esa musiquilla pueblerina o el atisbo de placer que emerge del peligro y la desesperación. Pero a través de todo, por encima de cualquier provocación, el artista y la modelo siguen su camino, su búsqueda y su meta. Ella quiere comprender y ser libre; él encontrar la forma perfecta y darle cuerpo: esculpir la vida, apresar la naturaleza y crear su mejor obra, la que dé sentido a sus últimos días y a todo su trabajo.
Fernando Trueba ha realizado una extraordinaria película, una de las mejores de su carrera. Un trabajo pensado desde hace quince años, madurado y revelado por fin con indiscutible acierto. Hecho con mimo, con elegancia –el cuerpo desnudo de Aida Folch ennoblece cada minuto en que se expone-, con absoluto rigor y traspasado por la más certera poética cinematográfica. El artista y la modelo remite en algunos momentos al mejor Renoir, naturalmente –no es la primera vez en la obra de Trueba-, pero asumiendo y transformando ese eco en palabra nuevas, en imágenes reveladoras, en metáforas y elipsis inteligentes y certeras. En cine de primera categoría, en suma.
(http://www.elartistaylamodelo.com)

EL ATLAS DE LAS NUBES   (17.02.13)
Dir.: Andy y Lana Wachowski, Tom Tykwer
Pro.: Andy y Lana Wachowski, Tom Tykwer, Stefan Arndt, Grant Hill   Gui.: Andy y Lana Wachowski, Tom Tykwer
Int.: Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent
Los hermanos Wachowski se dieron a conocer en todo el mundo –no hace falta recordarlo- con Matrix y sus dos “secuelas” (1999-2003). Antes habían dirigido la interesante Lazos ardientes (1996) y luego, sin tanto éxito ya, hicieron la discutible Speed racer (2008). Por su parte, el alemán Tom Tykwer alcanzó también el reconocimiento internacional con Corre Lola corre (1998), su tercera película; después ha realizado, entre otras, Cielo –con guión de Kieslowski, de su trilogía Cielo, infierno y purgatorio-, El perfume, historia de un asesino –sobre el “best seller” de Patrick Süskind-, The international y 3, ya en 2010.
Aunque con carreras tan dispares, hay
evidente coherencia en que entre todos levanten este Atlas de las nubes, una obra inclasificable: una película extraña, hipnótica, a ratos surreal, a veces mística, en otros momentos casi cómica. Las historias, las imágenes, los momentos, están muy bien repartidos: aproximadamente la mitad del metraje es responsabilidad de los Wachowski y la otra mitad, de Tykwer. Metraje verdaderamente extenso, rozando las tres horas, que hay que decir que no se hacen largas; gracias, en gran parte, al extraordinario montaje de Alexander Berner, que hace un trabajo caligráfico.
Hasta seis historias se entrecruzan a lo largo del argumento, y un puñado de magníficos intérpretes cambian de personaje y de situación a través de un mosaico de relatos paralelos que, poco a poco, va adquiriendo sentido. Tom Hanks, Halle Berry, Susan Sarandon, Hugh Grant, Jim Broadbent, Hugo Weaving, Jim Sturges, Xun Zhou, Ben Whishaw y alguno más –sucesivamente protagonistas o secundarios; de distinta edad, raza y hasta sexo; incluso irreconocibles en ocasiones- van trazando sus vidas, que los llevan a un futuro cada vez más inhóspito, a un pasado de leyenda o a tiempos más cercanos pero no menos complicados.
El atlas de las nubes es ciencia-ficción, novela gótica, romance y policiaco, uno detrás de otro y todo al mismo tiempo porque a veces las transiciones se producen a extrema velocidad. La acción recorre la odisea de Adam Ewing, un abogado americano que regresa a casa en 1849 mediante una angustiosa travesía; la vida del joven músico inglés Robert Frobisher y su amante Rufus Sixsmith en la primera mitad del siglo XX; la conspiración que Luisa Rey, una inteligente periodista, trata de desbaratar en la California de los pasados años 70; los apuros del editor jubilado Timothy Cavendish –en la actualidad-, recluido por su envidioso hermano en un asilo; la lucha de Sonmi-451, una trabajadora clon de Neo-Seúl en el año 2014, que se rebela contra los ingenieros genéticos que la han creado; y, como principio y final, la narración post-apocalíptica de Zachry, un ser extraño, primitivo y aparentemente eterno, que en 2321 guía a la “presciente” Meronym hacia el “Atlas de las Nubes” perdido en un planeta desconocido.
Naturalmente, con este panorama –que el espectador debe memorizar o llevar como guía de mano-, es difícil mantener todo el tiempo la concentración y la comprensión de cada fragmento; por otra parte, el mensaje que se va destilando cuaja en una propuesta mística y universalista –todo está conectado- que no es obligado comprender ni compartir. Es mucho mejor dejarse arrebatar por el impacto visual de las imágenes y por el ritmo trepidante de la mayoría de las  secuencias.
Sin olvidar la apabullante tarea de los actores y actrices, que trabajaron en dos equipos diferentes a la vez, alternaban sus actuaciones y se sometieron a extremos cambios de imagen y a no menos importantes traslados de una a otra historia, de uno a otro escenario, a veces de uno a otro continente. Un esfuerzo asumido por ellos y por los creadores de esta monumental fantasía fílmica; un poco pretenciosa, un punto exagerada pero también arriesgada, brillante, entretenida y, a ratos, genial. (
http://cloudatlas.warnerbros.com/)

EL BAR   (25.03.17)
Director: Álex de la Iglesia. Intérpretes: Mario Casas, Blanca Suárez, Jaime Ordóñez, Terele Pávez...
Álex de la Iglesia es de los pocos directores que consiguen que cada uno de sus estrenos sea un acontecimiento; luego la película le habrá salido bien o menos bien –creo que nunca mal- pero desde luego no pasará desapercibida. Y eso es así desde su debut con la formidable Acción mutante (1993), a la que siguieron El día de la bestia, La comunidad, 800 balas, Crimen ferpecto, Balada triste de trompeta, Las brujas de Zugarramurdi y otros títulos, hasta catorce, todos interesantes. Y este nuevo, uno de los que más.
El bar es el bar de Amparo, en el centro de Madrid; como cada mañana, acoge a los clientes que van a desayunar. Algunos, habituales, como el joven Nacho, la ludópata Trini o el sin techo Ismael –si es que a este se le puede llamar cliente-; otros, casuales como el viajante Sergio o la atractiva Elena, que pasaba por allí. En total, con la dueña y el ayudante, diez personas; todos están tranquilos ahí dentro… hasta que alguien pretende abandonar el establecimiento.

Entonces surge la tragedia. Y la preocupación y el miedo, que se convierten en horror y en pánico cuando comprenden que están encerrados y que no pueden salir del bar si no quieren morir. Y comienza una difícil convivencia, en la que cada uno llegará a pelear por su vida, sin importarle la de los demás. Es un drama, pero también es una comedia negrísima –el género que mejor se le da a De la Iglesia-, sin dejar de tener aires de thriller con suspense y su pizca de crítica social.
En definitiva, Álex de la Iglesia sigue fiel a su estilo, a sus personajes extremos y a sus historias originales, intensas y explosivas, que pueden arrancar, como en esta ocasión, de una situación de lo más normal para acabar en un crescendo de violencia que sacude al espectador hasta dejarlo exhausto en la butaca.

 

EL CAPITAL HUMANO   (12.04.15)
Dir.: Paolo Virzì
Pro.: Producción: Marco Cohen, Benedetto Habib   Gui.: Paolo Virzì, Francesco Bruni, Francesco Piccolo
Int.: Fabrizio Bentivoglio, Valeria Bruni Tedeschi, Matilde Gioli
Más de cuarenta premios –entre ellos siete “David de Donatello” del cine italiano- lleva cosechados la extraordinaria película de Paolo Virzì, un director con veinte años de carrera y una decena de obras, pero poco conocido en España; quizá solo dos o tres películas: Caterina se va a Roma (2003), La prima cosa bella (2010) y Todo el santo día (2012.
El capital humano parte de un hecho real para retratar el entorno en el que se dio y las consecuencias que produjo.
El suceso es semejante al que relata la magnífica Muerte de un ciclista (1955), de Juan Antonio Bardem. En una noche oscura, en una carretera local, un hombre va en bicicleta hacia su casa. De pronto, un coche se le echa encima y lo golpea; y sigue su carrera. Pero con un punto de partida semejante, ambas películas son diametralmente opuestas: la de Bardem explora un universo personal, cerrado, que no excede apenas del ámbito conyugal salvo por un apunte de crítica social; la de Virzí es, de entrada, mucho más coral, y bajo un aire de intriga policiaca –no sabemos quién es el autor del atropello- supone un muy acertado retrato de caracteres y una inteligente indagación sobre la naturaleza humana.

Dramáticamente, también hay profundas diferencias. El capital humano se estructura en un prólogo y tres capítulos, con un cuarto a modo de epílogo; cada uno de los episodios centrales muestra el punto de vista de los protagonistas: Dino, Carla y Serena ven cómo sus vidas cambian con lo ocurrido esa fatídica noche. El primero es un comercial de tres al cuarto, que sueña con entrar en el mundo de las grandes finanzas, seducido por el millonario Bernaschi, padre del novio de su hija; por intentarlo será capaz de hipotecar su casa, su trabajo y hasta su vida familiar. La mujer del potentado, Carla, se debate entre sus deberes familiares y sus necesidades afectivas, que pasan por dispendios inútiles y amores equivocados. Y la joven Serena, la hija de Dino –casi el único ejemplo de entereza-, posee la llave de la verdad pero el amor la obliga a callar, aun a costa de parecer culpable.

Los tres capítulos funcionan perfectamente, con la evidente intención de ir explicando paso a paso lo sucedido. Cada uno contiene escenas y momentos idénticos, pero según se desarrolla la acción el espectador va conociendo las claves que le ofrece cada protagonista; de esta manera, el argumento, en vez de repetirse inútilmente, se aclara y se comprende. También estos personajes y su ambiente están expuestos con claridad: Dino –el que suscita, quizá, menos empatía-, con su piso de clase media burguesa, su segunda mujer, sus manejos entre utópicos y rastreros; Carla, rica y atractiva, casi ignorante de los negocios y especulaciones de su marido, y totalmente ausente de la vida de su hijo adolescente; y Serena, joven, sensible y leal, justo en medio –involuntariamente- de todo el torbellino.

Lo mejor de la película, junto con la fuerte coherencia interna del relato, son las interpretaciones: hondas, verdaderas, sin un resquicio de debilidad ni una nota falsa. Valeria Bruni Tedeschi es un valor más que reconocido del cine italiano; está magnífica, como la otra Valeria, Golino, en el papel de la mujer de Dino y madrastra de Serena, recreada esta por Matilde Gioli –a la que hemos visto en la serie Gomorra- con absoluta solvencia. Y los actores que completan el reparto –con Fabrizio Bentivoglio a la cabeza- rayan a la misma altura.

Son los que ponen cuerpo a esta historia, narrada con admirable pulso por Paolo Virzì, que interesa por la intriga de su trama y atrapa por su veracidad y el interés humano que destila. Ese que explica, al final, el propio título: el valor de la vida, la farsa de la ley, el poder del dinero y los peligros del amor. Y el peso –tan leve en ocasiones- de la integridad y la verdad: si estas se rompen, no valemos nada. (http://humancapitalfilm.com)

 

EL CASO SLOANE   (20.05.17)
Director: John Madden. Intérpretes: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw.
Elizabeth Sloane es una mujer muy inteligente, una hábil estratega y una competidora inexorable. Tiene las ideas muy claras y sabe que, en su mundo, solo vale ganar. No importa nada el contrincante y, a veces, tampoco sus mismos aliados; la conciencia, supone, es propia de perdedores. Con esa mentalidad y esa decisión entra en la batalla entre los grupos de presión de Washington que debaten sobre la posesión y el uso de las armas: Sloane despliega todo su talento y su capacidad de maniobra para combatir al poderoso lobby armamentista, y las escaramuzas entre ambos bandos –incluidas mentiras, traiciones y artimañas de todo tipo- se suceden en una escalada que solo puede concluir con la victoria o la cárcel.

John Madden –director de Shakespeare in love y El exótico Hotel Marigold- confía el peso de la enrevesada trama a Jessica Chastain, una actriz formidable, de indudable magnetismo en la pantalla; ella conduce el argumento sin vacilar y da vida a esta mujer luchadora en un mundo de hombres implacables.

EL CHICO DEL PERIÓDICO   (17.03.13)
Dir.: Lee Daniels
Pro.: Lee Daniels, Cassian Elwes, Hilary Shor   Gui.: Lee Daniels, Peter Dexter
Int.: Matthew McConaughey, Nicole Kidman, Zac Efron
Desde el mítico Gordon Parks (1912-2006), creador del detective John Shaft –interpretado por Richard Roundtree en las películas y la serie de los primeros 70-, el cine afroamericano ha tenido presencia, aunque con altibajos, en los estudios de Hollywood y alrededores. La figura más elocuente de este cine ha sido, en los últimos años, Spike Lee –últimamente menos activo- y tras él han alcanzado notoriedad otros, como John Singleton y, más recientemente, Lee Daniels: productor, entre otras, de Monster’s ball (2001) y director de Shadowboxer (2005), Precious (2009), ganadora de dos Oscar y esta El chico del periódico.
Basado en una novela de Peter Dexter, el guión de la película, de Dexter y Daniels, otorga carácter si no de protagonista al menos de testigo de excepción y narradora a Anita, la criada negra de la familia Jansen que preside el adusto W.W., importante cacique y omnipotente director del periódico local. Con él vive ahora Jack, el hijo menor
, que ha dejado la universidad y no sabe muy bien a qué dedicarse. Ambos se ven sorprendidos por la repentina llegada de Ward, el casi olvidado hijo mayor, un avezado periodista del Miami Times.
Ward, además, no viene solo: lo acompañan su colega Yardley Acheman –no se sabe si para ayudarlo en su trabajo o todo lo contrario- y una extraña y turbadora mujer:
Charlotte Bless. Charlotte es una persona insolente y apasionada, y está empeñada en demostrar la inocencia de un condenado por homicidio; y para conseguirlo cuenta con la ayuda de Ward y su periódico. Él se deja arrastrar por las vehementes razones de la mujer, pero más aun porque atisba la posibilidad de desvelar la verdad acerca de un caso complicado y de un proceso que quizá esconda una terrible y culpable equivocación. Aunque no se le esconde que a Charlotte, más que la búsqueda de la justicia, le mueve la pasión que siente por el reo, el siniestro cazador de cocodrilos Hillary Van Vetter. Pasión que ha nacido a partir de la correspondencia que ambos se han cruzado y que ha cristalizado en una doble obsesión: la de ella por el amor del acusado y la de este por alcanzar la libertad.
Como es natural, la presencia perturbadora de Charlotte revoluciona la vida de Jack, en todos los  sentidos, y de paso la de todo el pueblo, un rincón perdido de Florida al borde mismo de los pantanos, en el que todo resulta establecido y controlado; y cuando ya parecía que aquellos crímenes caían en el olvido, las pesquisas de Ward, las aventuras de Jack y el empeño de Charlotte hacen brotar a su alrededor un vendaval de emociones que provocarán las más dramáticas consecuencias para cada uno de los protagonistas.
Matthew McConaughey y Zac Efron son los dos hermanos Jansen, dueños cada uno de su secreto, agitados en sentidos opuestos por la fiereza incombustible de Charlotte, la más bárbara y desquiciada composición de Nicole Kidman, la mejor de los últimos tiempos; ella es el eje sobre el que gira toda la película, y la nominación que recibió en los pasados Globos de Oro se queda bastante corta para sus merecimientos. Por su parte, el guion de Lee Daniels y Peter Dexter va desvelando sus cartas poco a poco –según Anita va contando-, sin perder la tensión de un relato que roza la oscuridad y la sordidez en más de una ocasión.
No es posible saber qué película habría hecho Almodóvar –primera opción de los productores- cuando se la ofrecieron hace algunos años, pero Daniels la ha construido con un rigor que quizá el manchego no habría alcanzado. Lo primero, sin duda, porque aunque el relato pueda ser atemporal y trasladable a cualquier localización, se entiende mejor como lo que en realidad es: un argumento profundamente americano, enraizado en aquella sociedad; una historia candente, plena de ambigüedad, morbo y secretos familiares, con personajes contradictorios y sombríos, arrastrados por sus pasiones entre los brumosos, callados y turbios pantanos de Florida. (
http://thepaperboy-movie.com/)

EL CÍRCULO   (06.05.17)
Director: James Ponsoldt. Intérpretes: Emma Watson, Tom Hanks, Patton Oswalt.
Este James Ponsoldt es otro de los directores americanos que alternan la televisión con la pantalla grande, aunque sus películas para esta no han tenido aun demasiada trascendencia fuera de sus fronteras, con la excepción, quizá de El último tour (2015). Ahora, sin embargo, puede tener más suerte; sobre todo, por la categoría de sus protagonistas. Y quizá porque habla de un mundo que, con unos u otros nombres todos conocemos bien.
Trabajar en El Círculo es un sueño para cualquier joven: es la compañía tecnológica más moderna, dinámica y potente del mundo y sus instalaciones son espectaculares, cómodas y divertidas; y todo está previsto para la satisfacción de los empleados. Cuando Mae consigue ser admitida, piensa que su vida empieza a tener sentido. En El Círculo se siente acogida por sus compañeros y trabaja rodeada de simpatía y buen ambiente; hasta se preocupan de su ocio y del bienestar de su familia.
Muy pronto, incluso, conoce personalmente a Eamon Bailey, el maravilloso jefe de la no menos maravillosa empresa. Y para su sorpresa, recibe una proposición profesional que puede limitar su privacidad y su libertad personal pero que también puede convertirla en líder de la corporación y en una estrella de fama mundial. Así, se ve enfrentada a un dilema moral que no sabe si será capaz de resolver.
La película se fundamenta, como decía, en el tirón de sus protagonistas: Emma Watson, como la joven ilusionada y desprevenida Mae, y Steve Jobs –digo, Tom Hanks- como el carismático dirigente de El Círculo; ambos le echan oficio, aunque no sé si mucha pasión, a un argumento que explora las posibilidades de internet, las redes y sus herramientas -y los peligros de pervertir esa tecnología mediante un uso abusivo-, con una puesta en escena, que bordea el thriller y la ciencia ficción, ambientada en un futuro evidentemente no tan lejano.

EL CORREDOR NOCTURNO   (07.03.10)
Dir.: Gerardo Herrero
Pro.: Gerardo Herrero, Vanessa Ragone   Gui.: Nicolás Saad
Int.: Leonardo Sbaraglia, Miguel Ángel Solá, Érica Rivas
Fot.: Alfredo Mayo   Mús.: Lucio Godoy
Gerardo Herrero es una de las personalidades más nítidas del panorama cinematográfico español: es un hombre que conoce perfectamente las características de nuestro cine; es productor, también director, y mantiene una decidida preferencia por los guiones que adaptan obras literarias. Su carrera como productor es muy interesante, desde La boca del lobo (1988) hasta El secreto de sus ojos y las próximas El gran Vázquez y Balada triste de trompeta: cerca de 100 títulos, muchos de ellos coproducidos con Latinoamérica. Como director, su obra es bastante más irregular: se inició también el 88 con Al acecho –sobre un relato de Juan Madrid-, a la que siguió la estupenda Desvío al paraíso, con guión de Daniel Monzón y Santiago Tabernero. Luego una docena de títulos más, adaptando a Almudena Grandes, Belén Gopegui, Arturo Pérez Reverte… Comenzó con cierto gusto por el thriller, se enroló después en el drama cotidiano y el psicologismo costumbrista y parece que mezcla ambos registros en este Corredor nocturno, que parte de una novela del uruguayo Hugo Burel.
Eduardo López es un joven y ambicioso ejecutivo de una importante empresa argentina; regresa de Italia a Buenos Aires y en el aeropuerto de Madrid conoce a Raimundo Conti, un misterioso personaje que poco a poco se va haciendo más y más presente en su vida, ofreciéndole etéreas oportunidades, abrumándolo con su omnipresencia y con su aparente poder, y asaltándolo al final en su intimidad social, profesional y, lo que es más grave, familiar. Conti parece incluso bastante enfadado porque Eduardo no se decide a aceptar su ayuda, no digamos su amistad, y se lo demuestra violentamente.
Este Conti es una especie de Mefistófeles bonaerense y capitalista, incansable en su tarea de tentar a Eduardo, más peligroso cuanto más el hombre ve peligrar su seguridad profesional –por los continuos ajustes económicos en su empresa- y su antes apacible ambiente doméstico. El joven se muestra firme ante su acoso, pero la situación se va volviendo muy problemática cuando se revelan algunos entresijos de su currículum y se producen ciertos sucesos inexplicables dentro de su propia casa.
Claro que la zozobra que siente el espectador es aún mayor, porque no tenemos verdaderos indicios de qué es en realidad lo que Conti quiere de Eduardo. Hay toda una zona de la película en la que resuenan ecos de Caché –de Haneke-, mientras que intermitentemente se muestran las oscuridades y miserias del mundo empresarial; todo aderezado con los choques cada vez más duros entre los protagonistas. Hasta que se produce el desenlace, que se ha hecho desear bastante, y recorremos de golpe el camino que va de Fausto a El club de la lucha; suponiendo que obras de tan distinto calado se puedan superponer, o siquiera comparar.
Claro que la apuesta formal de Gerardo Herrero está bien resuelta: la fotografía monocolor, desvaída, un punto decadente de Alfredo Mayo conviene al tono surreal de la acción y al gélido escenario; lo mismo que la música de Lucio Godoy, que contribuye al suspense del argumento y a la interpretación de los artistas. Que, eso sí, resuelven sus personajes bordeando peligrosamente el abismo. Solá y Sbaraglia son dos grandísimos actores pero su director ha decidido colocarlos en registros tan diferentes que a veces les cuesta encontrar la sintonía.
Y eso perjudica también a la tensión fundamental de la película; no sólo en ese desenlace, que de tan falso no deja ver que es verdadero, sino en el desarrollo del protagonista, que se enreda y se enfanga con su circunstancia, ocultándonos su aspecto esencial. Y es una lástima, porque este argumento y este personaje tan actual, el ejecutivo que trata de sobrevivir en la selva del capitalismo feroz y la empresa carente de sentimientos, entre jefes sin escrúpulos, colegas agresivos y subordinados desencatados, daba para mucho más.
(www.elcorredornocturno.com)

EL CUERNO DE LA ABUNDANCIA    (26.10.08)
Dir.: Juan Carlos Tabío
Pro.: Mariela Besuievski, Gerardo Herrero   Gui.: Gui. Arturo Arango, Juan Carlos Tabío
Int.: Jorge Perugorría, Paula Ali, Yoima Valdés, Vladimir Cruz  
Discípulo y seguidor del gran Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío representa el valor clásico del cine cubano contemporáneo. Dirigieron juntos en 1994 Fresa y chocolate –un auténtico “bombazo” que supuso la revelación de la cinematografía cubana en Europa y, desde luego, en España- y, dos años más tarde, Guantanamera. Fallecido Gutiérrez Alea, Tabío ha dirigido después Lista de espera y Aunque estés lejos, películas que conforman, con ésta actual, un fresco de la Cuba del siglo XXI: sus gentes, su paisaje, su identidad zumbona, caliente y vitalista en sus ciudades carcomidas y orgullosas a la vez.
Como este pueblo en el que transcurre la vida de nuestro protagonista, Bernardito Castiñeiras –o Castiñeyras, la cosa va a tener su importancia-, que recupera al mejor Jorge Perugorría: un tipo descarado, zumbón, patético a ratos pero siempre tierno y simpático; y cubano, de pueblo, de los pies a la cabeza: en su salsa, vamos... A lo que íbamos: Bernardito se nos presenta, en una modélica secuencia inicial, entre sus convecinos y entre los afanes diarios del trabajo y la familia, que se mezclan y que él trata de llevar con la mayor tranquilidad posible.
Esa tranquilidad, y la de todo el pueblo, se verá sin embargo alterada por la noticia que se extiende a toda velocidad por la población: los Castiñeyras –o Castiñeiras, que entre unos y otros son casi todos los lugareños- son herederos directos de la fortuna que unas monjas depositaron en un banco inglés hace más de tres siglos. No se sabe mucho del origen de tan curiosa circunstancia, pero lo cierto es que, en tantos años, el dinero se habrá multiplicado de forma prodigiosa y la fabulosa herencia va a cambiar el destino de los afortunados. 
Cuando los albaceas testamentarios se dirigen al pueblo para organizar el reparto, resuenan por la pantalla los ecos del Bienvenido Mr. Marshall de Berlanga –también apuntados gráficamente con habilidad por el propio Tabío- y el espectador empieza a sospechar que tanta prosperidad y tanta felicidad pueden no resultar tan fáciles de alcanzar. Lo primero, porque habrá que poner de acuerdo a los de la “i” latina y los de la “y” griega, a ver quiénes son los auténticos herederos, y luego porque los deseos, las ilusiones y las peticiones de los susodichos empiezan a rozar lo imposible. Todo esto, en un pueblito perdido de la Cuba empobrecida de ahora mismo.
Por debajo de este argumento, además, se cruzan un buen número de subtramas, que son las que sostienen muy hábilmente el guión. Las principales tienen que ver, como humana comedia que son, con la familia –el matrimonio y sus gracias-, el sexo caliente, la fría ambición, la convivencia y las costumbres. Y todo el tiempo con el retrato acertado de unas gentes, cubanas hasta la médula, pero sin embargo cercanas y reconocibles en sus pequeñas alegrías y miserias y en su envidiable sentido de la vida. El primero de todos, este Bernardito que es ingeniero aunque no lo parezca, que reparte pasteles en su viejísima bicicleta y que recoge ladrillos para terminar las paredes de su casa.
A Perugorría, como ya decía, da gusto verlo. Pero además Tabío nos brinda la oportunidad de presenciar el reencuentro entre los protagonistas de Fresa y chocolate: también están ahí, a distinto nivel, Vladimir Cruz –aquel jovencito indeciso- y la gran Mirtha Ibarra. Y además, la muy interesante Yoima Valdés, y un reparto coral repleto de piezas todas ellas tan bien dibujadas que cuesta creer que no estamos viendo un docudrama interpretado magistralmente por sus auténticos protagonistas. 
Magnífico relato moral, entre El cuento de la lechera y la coreografía mordaz de las películas de Berlanga; estupenda historia de gentes verdaderas, amores sencillos, pasiones arrebatadas, acuerdos subterráneos, disputas a flor de piel e ilusiones no tan complicadas; el mismo Bernardito lo resume muy bien: “Coño, si no llega la herencia... a seguir dándole a los pedales”. (www.golem.es)

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON    (08.02.09)
Dir.: David Fincher
Pro.: Kathleen Kennedy, Frank Marshall   Gui.: Eric Roth
Int.: Brad Pitt, Cate Blanchett, Julia Ormond  
Nueva película de David Fincher, el director que debutó en 1992 con Alien 3, a la que siguió la espeluznante Seven, que lo lanzó a la fama, y luego El juego, El club de la lucha, La habitación del pánico –un poco más convencional, ésta- y la sensacional Zodiac, en 2007. También ha hecho musicales para Aerosmith, Sting, George Michael y Madonna; y para el año próximo anuncia su aproximación, seguro que original e interesante, a la figura de Eliot Ness. No se le puede negar a Fincher su capacidad y su talento.
Lo demuestra con creces en esta historia, una de las favoritas para los inmediatos Oscar de Hollywood; acumula 13 candidaturas, tiene seguro más de uno –maquillaje, efectos visuales...- y aspira a los principales: mejor película, director, actor, guión adaptado... Basada en un relato de F. Scott Fitzgerald, la película cuenta la historia de Benjamin, un curioso personaje que nace con la apariencia y los achaques de un octogenario; su padre, aterrorizado, se deshace de él abandonándolo en la puerta de un asilo de ancianos y allí crece Benjamin que, sorprendentemente, va rejuveneciendo al paso del tiempo mientras cuantos lo rodean envejecen normalmente.
Todo se debe, seguramente, al impulso mágico de un famoso relojero de Nueva Orleans: desesperado por la pérdida de un hijo en la I Guerra Mundial, construye un enorme reloj para la estación de ferrocarril que, ante el asombro de todos, marcha al revés. Del relojero nunca más se supo, pero la vida de Benjamin quedará marcada por ese instrumento que mide el tiempo en sentido contrario a todos los demás. De la misma manera, el protagonista cumple años como cualquiera mientras va de anciano moribundo a criatura lactante, exactamente al contrario que todo el mundo.
Los prodigios técnicos del cine americano consiguen que Brad Pitt parezca un viejo cuando es sólo un niño, más tarde un hombre maduro con sólo 18 años y luego un chaval de 60, hasta alcanzar una vejez longeva ya con el cuerpo de un bebé. Para ello han tenido que inventar un nuevo sistema de captura de movimientos, creando una cabeza digital que recoge más de 100 expresiones del rostro de Pitt, y acoplándola después al cuerpo de distintos intérpretes con el tamaño y los movimientos propios de cada edad del personaje. El actor, además, se sometió, para determinadas secuencias, a tremendas sesiones de maquillaje, algunas de cinco horas de duración.
Algo parecido sucede con el resto de los personajes; espectacular también la transformación de Daisy –magnífica Cate Blanchett-, la amiguita de infancia del protagonista; al mismo tiempo que él, pero en sentido inverso, se ha ido haciendo mayor, han intentado disfrutar juntos de su amor –cuando ambos coinciden en la edad adulta- y llega a ser la anciana que arropa los últimos años del niño-viejo Benjamin. Esa historia de amor, que va de difícil a imposible –según las épocas-, y sus accidentes colaterales, atraviesa la espina dorsal del relato, recuperado casi milagrosamente en la habitación de un hospital de una Nueva Orleans que tiembla ante la llegada del “Katrina”.
Quizá la acción resulte demasiado fragmentada; quizá sobre, de su largo metraje, algún episodio menos significativo. A mí no me lo parece, ni se me hacen excesivas las 2 horas 45 minutos que dura la película, ni me resulta exorbitante ese presupuesto de 150 millones de dólares; ésta es una de esas películas que Hollywood siempre quiere hacer pero casi nunca se atreve: aquí no hay tiros, carreras de coches ni explosiones a mansalva. Hay una guerra, es verdad, pero es parte de la memoria histórica, no un capricho del guión. Y sobre todo hay una emoción humana y estética, y una apuesta por la creación de un universo, un tiempo y unos escenarios poblados por personajes tocados por la magia y la poesía. Maestría absoluta de David Fincher –que se va convirtiendo en un clásico- para manejar los ritmos y las impresiones de esta curiosa, profunda y apasionante historia: la de Benjamin Button, el hombre que vivió al revés. (wwws.warnerbros.es/benjaminbutton)

EL DICTADOR   (15.09.12)
Dir.: Larry Charles
Pro.: Sacha Baron Cohen, Scott Rudin   Gui.: Sacha Baron Cohen, Alec Barg, David Mandel, Jeff Schaffer
Int.: Sacha Baron Cohen, Ben Kingsley, Anna Faris
El dictador la ha dirigido Larry Charles, el mismo de Bruno y Borat, pero en las películas “de” Sacha Baron Cohen caben pocas sutilezas de autor; el hombre produce, escribe e interpreta, y no dirige porque le debe parecer muy cansado. Así que Larry Charles –otro tipo pelín excéntrico, aunque muy trabajador- coge la visera y el megáfono… y se pone a las órdenes de Baron Cohen para registrar las tropelías que se le vayan ocurriendo.
Esta última no es pequeña: el actor se mete en el pellejo del megalómano dictador de Wadiya, un no tan imaginario país norteafricano rico en petróleo: el almirante general Haffaz Aladeen, que gobierna sin oposición y sin enemigos –se han ido muriendo todos- desde que era un niño, cuando sucedió a su padre muerto en un desgraciado accidente provocado por 97 balas y una bomba. Aladeen gobierna feliz y satisfecho, apoyado en su hombre de confianza, su tío Tamir, que en realidad detenta todos los poderes fácticos del reino.
Es Tamir, precisamente, quien convence a Aladeen para que salga de su aislamiento y se presente en la ONU para contestar a los ataques que cada vez más insistentemente le están lanzando los corruptos países democráticos occidentales. La última iniciativa, de pretender inspeccionar sus instalaciones de armamento de supuesta destrucción masiva, amenaza con ponerle de los nervios, así que decide tomar la tribuna de las Naciones Unidas y contraatacar.
Lo que nadie podía esperar es que Aladeen –después de algunos disparates fuera de protocolo- proclame su fe en la democracia y anuncie el final de la dictadura en su país y las inmediatas elecciones libres. Algo ha debido suceder…
En realidad, sí. En Nueva York, Aladeen ha sufrido una traumática transformación, después de pasar por un par de episodios muy emocionantes. Pierde la barba y la identidad –en la parte negativa- pero –y esto es lo bueno- conoce a la encantadora y ecologista Zoey y se topa con su compatriota Nadal, que creía fallecido y que le sirve de guía en la gran ciudad occidental y –ya lo he sugerido anteriormente- corrupta.
En Wadiya y en América, Baron Cohen deja que su personaje se explaye sin la menor vergüenza ni asomo de eso que llamamos lo “políticamente correcto”. Todo lo contrario: como en sus anteriores películas, no deja títere con cabeza; nada ni nadie se escapa del ácido corrosivo que reparte a derecha e izquierda. Su personaje es un ser abominable, una feroz caricatura de algunos de los gobernantes que todos conocemos y hemos padecido; pero a su alrededor pululan personajillos y maniobran instituciones y organismos que tampoco tienen desperdicio.
La dictadura se critica sola; pero los vicios, las sombras y las coartadas de la democracia también reciben lo suyo. Y los políticos, la milicia, la prensa amordazada y la ciudadanía anestesiada, americanos y extranjeros, árabes y judíos, todos ven expuestas sus vergüenzas de la manera más descarnada, más ridícula y, por qué no decirlo, más cómica. Su fórmula es la subversión de los códigos sociales, morales y religiosos –la base de la comedia en todos los tiempos y culturas- pero llevada a extremos pocas veces utilizados.
Es evidente que la bufonada, también desde el horizonte de los tiempos, ha sido tolerada y celebrada; nunca, además, como en esta época de estómagos de acero, capaces de digerir, asimilar y, con la misma facilidad, eliminar la más incisiva y acertada de las críticas: el sistema se lo traga todo. A lo mejor por eso Sacha Baron Cohen puede seguir haciendo este cine en apariencia tan incómodo e irreverente; en cualquier caso, aunque no vayan a caer imperios ni a remediarse males mayores, El dictador es una oportunidad excelente para repasar inteligentemente nuestra vida moderna y replantearnos sus valores. Y a la vez, esto es lo mejor, sin dejar de reír

EL DISCURSO DEL REY   (19.12.10)
Dir.: Tom Hooper
Pro.: Iain Canning, Gareth Unwin   Gui.: David Seidler
Int.: Colin Firth, Geoffrey Rush, Helena Bonham Carter  
Tras más de quince años en la televisión británica y un debut en la pantalla grande en 2004 con Red dust, Tom Hooper nos sorprendió el pasado año con Damned United, una historia ambientada en el mundo del fútbol inglés, que retrataba a un famoso entrenador. Es verdad que su protagonista, Michael Shenn, también ha sido hace no tanto vampiro, el periodista David Frost y el premier Tony Blair: a mí la cosa me quedaba un poco rara, aunque la historia funcionaba muy bien.
En esta nueva película me convence bastante más, a pesar de que su reparto está plagado también de caras conocidas; seguramente es porque su guión me resulta mucho más interesante y novedoso, a pesar de contar hechos históricos y un relato íntimo posiblemente verdadero en todos sus términos. La narración arranca en los últimos meses del reinado de Jorge V de Inglaterra; el monarca estaba preocupado por su descendencia: el príncipe de Gales, Eduardo, mostraba unas incómodas tendencias filonazis y cierta inclinación sexual más preocupante todavía; estas cuestiones no aparecen explícitas en el guión, pero sí el apasionado romance que Eduardo sostenía con la americana Wallis Simpson, de vida no muy edificante y, además, casada. Por su parte, el hijo menor, el duque de York, Alberto, padecía un grave problema de disfemia –como se denomina a la tartamudez cuando la sufren personas importantes-, que le impedía expresarse con fluidez habitualmente, y mucho más cuando hablaba en público. En cualquier caso, al morir el rey Jorge la corona pasó a Eduardo; pero lo que supuso un alivio inicial para Alberto, no llegó a ser más que un breve descanso. Tras menos de un año de reinado, Eduardo abdicó para casarse con su amante americana, la ya divorciada señora Simpson. Al menos, esa fue la excusa.
Fuera por amor o por la influencia decidida de Winston Churchill, la renuncia de su hermano puso a Alberto en el trono de Inglaterra con el nombre, en homenaje a su padre, de Jorge VI. Inmediatamente, aconsejado por su mujer y acuciado por los compromisos de su cargo, decidió enfrentarse al problema que lo había martirizado en sus apariciones públicas, antes escasas pero ahora, necesariamente, numerosas y obligatorias, y resolver su tremenda tartamudez, que acongojaba por igual al ilustre orador y a sus allegados, oyentes y conciudadanos en general. Tras probar numerosos tratamientos y ejercicios, los que la medicina del momento podía proporcionarle, el rey Jorge acudió a un oscuro especialista, un logopeda de origen australiano y títulos poco académicos, oficiante en una consulta casi clandestina y dueño de unas técnicas y unas reglas nada ortodoxas y absolutamente opuestas al trato y al protocolo debidos a tan ilustre paciente.  Que de paciente, además, tenía poco: su carácter, quebrantado por un defecto que acentuaba su timidez y rebajaba la ya escasa autoestima que lo agobiaba, llegaba fácilmente a la impaciencia, la desesperación y la violencia.
El guión explica convincentemente el enfrentamiento entre los dos hombres y su progreso, pero no olvida sus relaciones familiares –que completan su perfil humano- y, desde luego, no elude en ningún caso el entorno histórico en el que se desenvuelven. Las tensiones políticas del momento actúan como elemento fundamental del suspense que envuelve a la figura del rey Jorge, obligado a ponerse al frente de su país ante la amenaza de Hitler y la inminente guerra, de proporciones y consecuencias calamitosas; el rey se dirigirá por radio a su pueblo y cuanto más se aproxima el momento de la retransmisión, más crecen las dudas y los nervios y más necesaria es la presencia del logopeda.
El discurso del rey se postula ya como una de las candidatas a los Oscar –y a muchos otros premios-, por la calidad de su guión, su perfecto pulso entre drama histórico y comedia y, sobre todo, por la magnífica interpretación de sus protagonistas: Colin Firth, absolutamente genial como el monarca tartamudo, y Geoffrey Rush como el excéntrico especialista, consejero áulico y amigo del rey Jorge. (www.weinsteinco.com/#/film/the_kings_speech)

ELEGY    (20.04.08)
Dir.: Isabel Coixet
Pro.:
Gary Lucchesi, Tom Rosenberg   Gui. Nicholas Meyer
Int.: Ben Kingsley, Penélope Cruz, Dennis Hopper  
Isabel Coixet es nuestra directora más internacional; rueda habitualmente en inglés y trabaja en España o fuera de nuestras fronteras, como en esta película de capital americano, basada en una novela de Philip Roth. La capacidad de Coixet, demostrada en toda su carrera -desde Cosas que nunca te dije (1996) hasta sus últimas Mi vida sin mí (2003) y La vida secreta de las palabras (2005), ambas con Sarah Polley de protagonista-, convenció a los productores de Million dollar baby para ofrecerle este encargo: llevar a la pantalla Animal moribundo, uno de los relatos más celebrados de Roth. Isabel Coixet encontró evidentes puntos de encuentro entre su propio universo y el del novelista, a través del estupendo guión de Nicholas Meyer -autor de Sommersby, entre otros-: escritor y cineasta hablan de la naturaleza humana, de la trascendencia de los sentimientos y de la dificultad de traspasar la intimidad en las relaciones personales y en el amor...
Sir Ben Kingsley es en la película David Kapesh, un veterano profesor, bastante desencantado de la vida pero no de las mujeres; no le hace ascos a una relación con alguna de sus alumnas, incluso si la estudiante en cuestión, Consuela Castillo –una guapísima Penélope Cruz- tiene treinta años menos que él. Hay una primera y mutua fascinación: la de la joven alumna por la madurez y el encanto decadente del profesor, la de éste por la evidente belleza y frescura de ella. Pero pronto esa relación, basada en el descarnado juego sexual, se va convirtiendo en algo más profundo, más comprometido y más terrible: el amor. 
Y con el amor, los instantes de felicidad; pero también el miedo, los celos, la pérdida. La vida marca los tiempos de los amantes y define su paso en los cuerpos unidos y diferentes: David conoce los estragos que los años han hecho en el suyo, y contempla el de Consuela como la obra de arte más perfecta de la naturaleza; todavía es solamente él el animal moribundo que describe Philip Roth y retrata Coixet en arriesgados y emotivos primeros planos, llevándonos poética, acertadamente de la letra a la imagen.
Pero el peso de la película no recae sólo en esa reescritura del guión en la pantalla; la directora ha contado con las bazas, de envidiable calidad, de sus intérpretes. Aquí están Dennis Hopper y Patricia Clarkson, en papeles secundarios pero de enorme relieve: son el mejor amigo y la eterna amante del profesor, respectivamente. Y están, sobre todo, los protagonistas: Penélope Cruz y Ben Kingsley. 
Ella culmina una carrera que no hace sino crecer y confirma que los premios y los elogios que recogió por su personaje de Volver son absolutamente merecidos; Penélope, en su papel de joven alumna enamorada de su maduro profesor, cruza el umbral de la mera interpretación para hacer suyo el personaje, recrearlo y transmitirle toda la emoción, la pasión del amor y la tristeza en la desgracia. No le ha importado esperar seis años -desde el primer proyecto de la película, con Al Pacino de protagonista-, ni la dificultad de rodar en inglés, ni la trascendencia de coincidir con un oponente de la categoría de Ben Kingsley; se ha enfrentado a todo ello y ha salido muy airosa del compromiso, en virtud de su sensibilidad, su belleza fascinante y su arte. 
Frente a ella, Kingsley derrocha talento y sabiduría para componer un tipo que podría rozar el ridículo al entregarse a una historia sentimental que parece casi imposible, pero que resulta ennoblecido y, sobre todo, creíble y cercano; tanto como cualquiera de los seres que cruzan por las páginas de Philip Roth, y que aquí se escapan de ellas para convertirse en cine verdadero. Los planos finales, la mirada temblorosa de David, los inmensos ojos líquidos de Consuela, su cuerpo descubierto de nuevo y su belleza todavía no mutilada, elevan la imagen plana de la pantalla, por la gracia de los dos artistas, a la categoría de espacio y tiempo vivo, real, sugerente y conmovedor. (www.onpictures.com/peliculas/elegy/)
 
EL ESCRITOR   (28.03.10)
Dir.: Roman Polanski
Pro.: Alain Sarde, Robert Benmussa   Gui.: Robert Harris, Roman Polanski 
Int.: Ewan McGregor, Pierce Brosnan, Olivia Williams  
Roman Polanski, todo un personaje: 76 años, autor –director, guionista, productor…- de una treintena de películas, todas memorables: Repulsión, El baile de los vampiros, Chinatown, Frenético, Lunas de hiel, El pianista –por contar sólo de cinco en cinco… Y también ha sido actor, para sí mismo y para otros, en otros 35 títulos. Si alguien sabe de cine, es este hombre.
El escritor (fantasma) –título original- es, para los angloparlantes, el “negro”, el que escribe para otro ocultando su nombre, quizá dando forma literaria a un texto preexistente. Algo parecido a lo que hace un director de cine, adaptando para la pantalla una novela anterior… Pero no hay libro sin el “negro” y no hay película sin el director. No he leído la novela de Robert Harris, pero no es mejor que la película de Polanski.
El exprimer ministro británico Adam Lang vive en una espectacular mansión en una isla en la costa este de Estados Unidos. Escribe sus memorias; o, mejor dicho, se las escriben. Pero su colaborador fallece en un desgraciado –y misterioso- accidente y la editorial se moviliza para encontrar rápidamente un sustituto. El elegido, un joven escritor de escasa proyección, acepta encantado: por el dinero y por la oportunidad. Pero el trabajo no es sencillo; más bien al contrario.
Debe terminar el libro en un mes –luego le meterán más prisa- y cuando llega a su destino tras un viaje agotador –de Europa a América, dos aviones, y un ferry hasta la isla- y conoce a Lang y al resto del personal, comprende la magnitud de la tarea. El manuscrito es un volumen inmenso, poco aprovechable y nada manejable; está sometido a tantas medidas de seguridad que no puede trabajar con un mínimo de comodidad. 
Y los habitantes de la casa tampoco son muy divertidos: la estricta y omnipotente ayudante personal del político y su equipo de silenciosas secretarias, la tropa de vigilantes y guardaespaldas, el invisible servicio… y el matrimonio Lang: él, soberbio y antipático; ella malhumorada y distante. Para colmo, al día siguiente aparece una grave perturbación: un antiguo ministro del gabinete de Lang lo acusa de encubrir, durante su mandato, secuestros y torturas de ciudadanos británicos sospechosos de terrorismo.
La casa es una jaula dentro de una madriguera, que es la isla. Un lugar inhóspito, azotado por el mar y frecuentemente batido por la lluvia invernal; sitiado además por los enfurecidos manifestantes que claman contra la guerra de Irak y sus patrocinadores. Adam Lang se escapa para iniciar una campaña de limpieza y el escritor se queda atrapado y solo… aunque no del todo. Y de repente, todo cambia.
Desde el minuto uno de la película, Roman Polanski está dando una lección de cine. Y llegará hasta el último momento, con una conclusión en elipsis digna del mejor Hitchcock, precedida por la secuencia en la que se desvela el misterio –hay que esperar, exactamente, hasta el final de la película- y todo encaja. Apoyado en la portentosa fotografía de Pawel Edelman (El pianista, Katyn) y la magnífica banda sonora de Alexandre Desplat, Polanski lleva al espectador en volandas hasta el interior tenebroso de la historia.
Todo está modulado con exquisita perfección; la trama se va desvelando gradualmente y penetramos con el protagonista en los misterios, las verdades ocultas y las mentiras aparentes, viviendo sucesos todavía inexplicables, entre gentes que nunca muestran su verdadera cara, en lugares que parecen tranquilos y son muy peligrosos, o todo lo contrario. Nada es lo que parece. Al final, el escritor se debe a su trabajo pero se debe también a la verdad que esconde el libro de memorias ajenas que está construyendo. 
Una vez más, Polanski se interroga acerca de esa cuestión: cómo la verdad se esconde, o es secuestrada; como la sociedad se embarra entre la mentira y el engaño, y cómo sobrevivimos en el fango. O no.
(www.theghostwriter-movie.com)

EL EXÓTICO HOTEL MARIGOLD   (25.03.12)
Dir.: John Madden
Pro.: Graham Broadbent, Peter Czernin   Gui.: Ol Parker
Int.: Judi Dench, Tom Wilkinson, Maggie Smith  
El inglés John Madden hizo primero carrera en televisión, y en los años 90 se pasó al cine; tras un par de títulos sin demasiada trascendencia tuvo la fortuna de firmar Shakespeare in love (1998), que se llevó nada menos que siete Oscar; claro que detrás de ese éxito estaba Harvey Weinstein –el mismo de El discurso del rey y The artist, casualmente-. Luego Madden ha hecho otras cinco películas, con resultado desigual; quizá La deuda, estrenada el año pasado, haya sido la más interesante, lo que puede indicar también una cierta recuperación.
El exótico Hotel Marigold cuenta las andanzas de siete jubilados británicos que emprenden viaje a la India. Un solemne magistrado que ha cesado en su carrera, un matrimonio sin dinero, una viuda que no sabe qué va a ser de su vida, una soltera que sí que se lo imagina y no le gusta, un solitario sin raíces, y –asombroso- una anciana a la que la sanidad inglesa le da cita para operarse de la cadera… en un hospital hindú. Los siete, además de su condición y su edad, comparten la ilusión, más o menos, de pasar unos meses, o quizás unos años –que pueden ser los últimos de su vida- en el fantástico hotel que los ha seducido a todos… desde el papel cuché de la publicidad. El Marigold, abierto con todo lujo y con exclusiva dedicación a la tercera edad –perdón: la “edad dorada”-, les ha parecido una alternativa razonable, a pesar del temor a vivir en un país lejano y desconocido, aunque antigua colonia británica: no puede ser tan malo, del que ignoran idioma, usos y costumbres y hacia el que algunos incluso sienten un cierto rechazo racista. No obstante, mantienen la esperanza. Pero cuando llegan, la realidad se impone crudamente: el hotel supuestamente fastuoso no es tan lujoso, ni siquiera tan confortable como creían.
Nada parece salvarlos de la decepción, por más que Sonny, el joven director del establecimiento –interpretado por Dev Patel, el chaval protagonista de Slumdog millionaire: una referencia nada gratuita- les asegure que la estancia en su hotel y en su país les resultará maravillosa. Al hotel, en efecto pueden ir acostumbrándose, sobre todo gracias a los desvelos de Sonny y a las relaciones que van creándose entre los desorientados clientes; y lentamente, empiezan también a salir, a recorrer las calles, a desprenderse del miedo y a disfrutar. La luz, el color, los olores estimulantes y la vitalidad de las gentes van despertando el ánimo de los forasteros; poco a poco, según se sienten más seguros y sus caminos se adentran por la ciudad, vamos conociendo más de ellos, de su carácter, sus esperanzas y sus ilusiones; qué esperaban encontrar y qué es lo que, al final, alcanzan. Y uno reencontrará un amor perdido, otra recuperará la salud, hay quien se pone a trabajar y quien se siente renacer para el placer y la atracción sexual. No todo serán triunfos, naturalmente; pero en cada uno de los visitantes, el Hotel Marigold y sus muy especiales empleados supondrá un nuevo e inesperado punto de partida.
John Madden mueve con ligereza las vidas cruzadas de sus personajes, de manera que las seis o siete historias –ocho, si contamos la del entusiasta director del Marigold- están siempre presentes en la retina del espectador. Cuenta también con un espléndido guion, que recoge perfectamente el choque de culturas, el burgués refinamiento inglés y el exotismo populoso y descosido de la India, y que se muestra lleno de diálogos ingeniosos, divertidos y entrañables, por más que alguno de los protagonistas, como es lógico, roce el ridículo en alguna ocasión. 
Y, por supuesto, están los intérpretes: Maggie Smith y Judi Dench –no hacen falta adjetivos-, el portentoso Tom Wilkinson, un sensacional Bill Nighy y los menos conocidos, estrellas de la escena británica, Penelope Wilton, Celia Imre y Ronald Pickup. Todos se mueven como pez en el agua en esta historia coral pero atravesada por un único pensamiento: hay que vivir la vida lo más intensamente posible, no importa la edad que uno tenga. (www.hotelmarigold.es)

EL FRANCOTIRADOR   (22.02.15)
Dir.: Clint Eastwood
Pro.: Clint Eastwood, Robert Lorenz, Andrew Azar, Bradley Cooper   Gui.: Jason Hall
Int.: Bradley Cooper, Sienna Miller, Jake McDorman
Clint Eastwood cumplirá 85 años el próximo mes de mayo, y es parte de la historia del cine: casi 70 títulos como actor, 40 como productor y 34 como director. Y también ha compuesto algunas bandas sonoras, y ha sido alcalde de Carmel; aunque esto último no tenga que ver con el cine… o sí. En 1992, Eastwood tocó el cielo; ya había interpretado y dirigido muy buenas películas antes, pero Sin perdón supuso su consagración indiscutible para el público, la crítica y la Academia americana: se llevó 4 Oscar.
Luego su carrera se mantuvo en todo lo alto con Los puentes de Madison, Mystic River, Million dollar baby y algunas más. Y últimamente puede que vaya declinando: es humano. Pero es un maestro, y lo demuestra en esta nueva película: El francotirador es desigual, su personaje –extraído de la vida real- es deleznable a ratos, pero por momentos, en determinadas secuencias y en precisos instantes –un plano, un diálogo, una ráfaga- es brillantísima, con la firma de un genio de la pantalla.
El protagonista absoluto de la cinta es Chris Kyle, un rudo tejano, cuya aspiración no va más allá de ganarse la vida como cowboy en rodeos de poca categoría. Pero su patriotismo –parece que innato y de considerable potencia- se exacerba cuando las embajadas americanas sufren los atentados de 1998, y mucho más tras el desastre de las Torres Gemelas de 2001. Con 30 años y una mujer esperándolo en casa, se enrola en los SEAL, la más destacada de las fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos.
Kyle se revela como un impresionante tirador, dueño de una precisión milimétrica con la mirilla de su fusil: cada bala es un blanco seguro. Su puntería salva las vidas de centenares de soldados americanos en Iraq, misión tras misión, a lo largo de cuatro sucesivas y largas etapas de una violencia y un horror crecientes, sin permitirse el menor desfallecimiento, la menor duda. Cuando se empieza matando a una mujer y a un niño –que iban a lanzar una granada contra un destacamento de marines-, lo demás no puede ser tan difícil. Su trabajo consiste, ahora, en alcanzar la máxima eficacia eliminando enemigos y contribuyendo, piensa él, a salvaguardar su patria.
Entre tiempo y tiempo, y también tras terminar su tarea, Kyle regresa a su casa, con su mujer y sus dos hijos, que han nacido y crecido en ausencia de su padre. Y comienza para él otra batalla, incruenta pero más dolorosa que la anterior; ha de recuperar su papel en la familia y en la sociedad, pero sigue llevando dentro el fuego del combate, el aullido de las balas y el hedor a carne quemada. Ha servido a su nación en la guerra y quizá no sepa seguir haciéndolo de otra manera, cuando no hay un adversario al que aniquilar.
Efectivamente, es otra guerra; y Clint Eastwood lo cuenta sobre todo desde otra óptica, la de la abnegada y sacrificada Taya, una mujer permanentemente al borde del abismo. Estupenda Sienna Miller, como también el intensísimo Bradley Cooper en la piel del francotirador implacable: consigo mismo, con su familia y con los enemigos; apodado “La Leyenda” por sus hombres, poseedor del record de personas –iba a decir “piezas”- abatidas: 160, y odiado y perseguido por los rebeldes iraquíes, hasta poner precio a su cabeza. Ahí hay otra línea en la película, en la que Eastwood rinde culto al western, con un duelo personal entre los dos mejores tiradores de ambas fuerzas. No es lo mejor del relato. Lo mejor son los –escasos- momentos de máxima tensión: el dedo curvado en el gatillo, la feroz pelea entre las nubes de polvo, el estruendoso caminar de los carros de combate, la última secuencia doméstica… En medio, el dudoso homenaje a un hombre esclavo de sus ideas y de su deber como combatiente, incapaz de cuestionar su proceder ni de encontrar la menor humanidad en el enemigo. (
https://www.facebook.com/AmericanSniperOfficial)

EL FRAUDE   (07.10.12)
Dir.: Nicholas Jarecki
Pro.: Laura Bickford, Kevin Turen   Gui.: Nicholas Jarecki
Int.: Richard Gere, Susan Sarandon, Tim Roth
El fraude abrió con notable éxito el pasado Festival de San Sebastián. Su director, Nicholas Jarecki es un nuevo talento de Hollywood. Neoyorkino de 25 años, ha realizado videoclips y ha escrito y dirigido un documental, un cortometraje y este largo que reúne a dos pesos pesados como Richard Gere y Susan Sarandon.
Gere es Robert Miller, un importante hombre de negocios, eso que se dice un magnate –cuidado con el baile de consonantes-, de la industria, un triunfador. Tiene mucho éxito en el trabajo y en lo personal. Acaba de cumplir sesenta años y llega a casa para celebrarlo. Allí lo espera su esposa, la fiel Ellen, con la que comparte años de matrimonio e importantes obras de beneficencia –los Miller son muy altruistas-, y también su hija Brooke, que se ha convertido en la mano derecha de su padre en sus empresas y en el difícil mundo de las finanzas. Un poco más tarde y un poco más lejos –pero no demasiado-, también lo espera Julie, su joven amante. Robert sostiene con sus influencias y su dinero el trabajo de Julie, que trata de abrirse camino en el negocio del arte; a cambio, ella le proporciona el placer y la aventura necesarios para seguir sintiéndose joven.
Todo parece sonreír a Robert Miller. Pero por dentro, la procesión no es tan ordenada y apacible como parece. Él sabe que ha llegado a un punto límite en los negocios y que está pendiente de un importantísimo acuerdo, un contrato que le permitirá salvar su economía y su hacienda, y salvarse él mismo de ir a la ruina y a la cárcel. Si ese contrato no se firma –y parece que hay dificultades importantes-, sus empresas se vendrán abajo y quedará al descubierto el fraude gravísimo que ha cometido y los turbios manejos que lo han llevado a esa situación. Y para terminar de enredarlo todo, cometerá un terrible error que llevará su vida a la complicación extrema, lo pondrá al borde de la desesperación y, lo que es peor, provocará que la policía ande tras sus pasos. Como ya es sabido, la policía –el agente Michael Bryer- no es tonta, pero Brooke, la hija de Robert, tampoco: acaba de descubrir algunas “cosas raras” en las cuentas de la empresa.
Lo que faltaba: todo se confabula para que el confortable mundo de Miller se convierta en una pesadilla, en la que giran las acechanzas de astutos detectives, importantes abogados, testigos falsos, competidores implacables y, para colmo, la mirada acusadora de la hija aterrorizada y la esposa insatisfecha. Y Robert toma una decisión.
Nicholas Jarecki debuta en el largometraje con este thriller intenso y brillante, que radiografía a un “tiburón” de los negocios, sin obviar ninguna de las caras de tan poliédrico personaje. Robert Miller es un hombre sin escrúpulos, capaz de acometer las mayores barbaridades, en el mundo de las finanzas y en todos los demás. Pero al tiempo es un preocupado padre de familia, seguramente cariñoso en sus mejores ratos, un amante consecuente y una persona agradecida y generosa en muchos momentos de su vida.
El guion explora sucesivamente todas esas facetas, las mejores y las peores, que se esconden bajo la fachada aparentemente imperturbable del protagonista; no podemos despreciarlo, ni mucho menos odiarlo, porque reconocemos su humanidad y casi disculpamos sus errores, sus mentiras y sus manipulaciones. Cuando la película llega a su clímax, con la tensión argumental perfectamente medida por su director-guionista, el espectador ya está de parte de este anti-héroe: un espejo en el que no nos querríamos mirar pero que aceptamos como cercano y reconocible. Mérito también de un Richard Gere que alcanza su mejor trabajo de los últimos tiempos; rodeado de la gran Susan Sarandon, el siempre inquietante Tim Roth y la breve presencia de Laetitia Casta, su personalidad emerge en
el papel de este hombre angustiado que esconde su verdadero rostro bajo la máscara del triunfador. (http://www.tripictures.com/web/el-fraude/)

EL FUNDADOR   (11.03.17)
Director: John Lee Hancock. Intérpretes: Michael Keaton, John Carrol Lynch, Laura Dern.
John Lee Hancock, para quien no lo tenga muy claro, es el director de El novato, The blind side y Al encuentro de Mr. Banks, entre otras. En esta nueva película no habla precisamente de Walt Disney, pero sí de un personaje no por menos conocido menos importante: Ray Kroc, el “inventor” de los McDonald, esa fábrica de... digamos comida rápida.
Primeros años 50. Ray Kroc es un gran vendedor… con mala suerte. Ha vendido de todo, pero ahora no consigue colocar su mercancía: la “Multimixer”, una fabulosa batidora de seis ejes; un aparato tan exagerado que nadie le encuentra utilidad. Hasta que recibe un pedido tan sorprendente que le hace cruzar todo el país para conocer a sus nuevos clientes.
Son los hermanos Dick y Mac –verídico- McDonald, dueños de una singular hamburguesería en San Bernardino, y Ray queda fascinado por su ingenio, su eficacia y su calidad: poco más de una cocina y un mostrador; el público llega, hace su pedido y en medio minuto se va con su paquetito, tan satisfecho. Y Ahí comienza una relación personal y mercantil que será el embrión del mayor negocio de comida rápida del mundo y que convertirá al antiguo vendedor de tres al cuarto en un magnate supermillonario en poco más de una década. Claro que por medio quedaron amigos, colegas, su mujer y, por supuesto, los propios hermanos McDonald, a los que dejó sin negocio y sin dinero.
John Lee Hancock lleva a la pantalla la historia real del hombre que construyó un imperio: una persona arrolladora, incansable… y bastante sinvergüenza; y Michael Keaton se convierte en el intérprete ideal para despertar a la vez en el espectador simpatía por su férrea voluntad –Kroc lo fiaba todo en la constancia, mucho más que en el talento o la educación- y su carácter de visionario, y rechazo por su falta de escrúpulos y su habilidad para engañar a todo el que se ponía por delante.

EL GRAN GATSBY   (19.05.13)
Dir.: Baz Luhrmann
Pro.: Baz Luhrmann, Lucy Fisher, Douglas Wick  Gui.: Baz Luhrmann, Craig Pearce
Int.: Leonardo DiCaprio, Carey Mulligan, Tobey Maguire
Baz Luhrmann es el director de El amor está en el aire y Australia; pero también de las “modernas” versiones de Romeo y Julieta y Moulin Rouge… Yo diría que su vocación es el espectáculo, desde luego entendido a su manera y tenga ello algo que ver con el cine o no. Y, por supuesto, esté de acuerdo o contradiga ferozmente el espíritu de la obra preexistente: lo mismo da. Características que se ponen de manifiesto igualmente en su empeño en llevar a la pantalla –otra vez, con esta van cinco- El gran Gatsby, la estupenda novela de Francis Scott Fitzgerald.
Cuenta con Leonardo DiCaprio para el personaje protagonista –el que hizo Alan Ladd en 1949 y repitió Robert Redford en 1974 con bastante más acierto-, acompañado de su amigo Tobey Maguire como Nick Carraway, el narrador de la historia.
Que empieza en Nueva York en 1922. La ciudad hierve de actividad, la economía florece y los negocios –los legales y los otros- van viento en popa. El joven Carraway trabaja con aplicación y vive modestamente hasta que, casi por casualidad, tiene la oportunidad de descubrir el lado más fantástico de la ciudad,
su rincón más exclusivo y lujoso, escenario de espectaculares, interminables horas de fiesta. Allí se dan cita las gentes más importantes de Long Island: banqueros, políticos, millonarios, artistas de Hollywood… y otra fauna más oscura pero igual de poderosa. Por salones, escaleras, cuartos, jardines y piscinas corre el champán, suena la música, bailan las chicas más guapas y desenfadadas de Nueva York y la noche y el mar se iluminan con los fuegos y los paraísos artificiales que regala el magnífico anfitrión: el misterioso Jay Gatsby, un hombre rico y distinguido, de alto linaje, héroe de guerra y triunfador hecho a sí mismo. Al menos, esa es la imagen que Gatsby transmite. Fascinado, Nick se deja atrapar por el brillo y la estruendosa alegría que impregna el entorno de su nuevo amigo. Está permanentemente invitado a su casa y a sus fiestas, invitación que se hace extensiva a la prima de Nick, Daisy –que vive al otro lado de la bahía- y al marido de esta, el soberbio Tom Buchanan, un playboy y mujeriego compulsivo que desprecia la riqueza repentina y ostentosa de Gatsby. Pronto, Carraway comprende que a la pasión que Jay siente por el dinero, el poder y los negocios, se une la que vive por Daisy desde hace mucho tiempo.
Poco a poco, el asombrado Nick va conociendo mejor a su vecino: sus extravagancias, sus deseos, sus problemas y, al fin, toda su historia, su vida pasada y su presente; su riqueza y su origen; sus amistades a menudo peligrosas y también sus enemigos, envenenados de odio y celos. Y llegará a descubrir toda la verdad que se esconde bajo el manto de apariencias de Gatsby; una verdad que desemboca, irremediablemente, en la tragedia.
Que Lurhmann siga fielmente el argumento de F. Scott Fitzgerald –incluso su estructura narrativa de relato en primera persona- no presupone que haga lo mismo con el espíritu de la novela. Que no es obligatorio, naturalmente, pero la opción personal del director es tan… personal que abruma: la recreación del ambiente de la casa-palacio de Gatsby parece sacada de un sueño de Disney, empezando por el propio edificio; los números musicales son estrepitosos –visualmente, también- y a veces absurdamente anacrónicos; la fotografía y los escenarios tienen a menudo un aspecto extraño, casi onírico, que le da a la historia un toque fantástico que no se acompasa con el realismo de la
narración… Y los intérpretes están bien, pero todos acusan el esfuerzo de someterse a una puesta en escena que supedita la intimidad de la emoción a un expresionismo de guiñol grandilocuente. La potencia visual y el talento indiscutible de Baz Lurhmann convierten así El gran Gatsby en un entretenimiento brillante, lujoso, espectacular y cuidadísimo, pero también superficial, fatigoso, sobrecargado y –lo que es peor- muy poco apasionante. (http://www.elgrangatsby-es.com)

EL GRAN HOTEL BUDAPEST   (23.03.14)
Dir.: Wes Anderson
Pro.: Wes Anderson, Scott Rudin, Jeremy Dawson   Gui.: Wes Anderson
Int.: Ralph Fiennes, F. Murray Abraham, Tony Revolori
Si repasamos los títulos de Wes Anderson –Ladrón que roba a ladrón, Academia Rushmore, Los Tenenbaums, La vida acuática, Viaje a Darjeeling, Fantástico Sr. Fox, Moonrise Kingdom…- coincidiremos en que hay muy pocos directores con un cine tan personal e identificable. Sus imágenes tienen un aspecto y un punto de vista especial y sus argumentos, siempre itinerantes, caminan entre la poesía, la magia y el surrealismo. Y lo mismo se puede decir de su nueva película: El Gran Hotel Budapest –Gran Premio del Jurado en el reciente Festival de Berlín- contiene todo lo mejor del estilo de Anderson y por sus fotogramas asoman los artistas que lo acompañan habitualmente.
Y algunos otros, claro. El narrador de la historia es, nada menos, F. Murray Abraham, que se mete en la piel de Mr. Moustafa, la memoria viva del establecimiento. Simple botones, primero; conserje principal después, y finalmente dueño del Gran Hotel, va enlazando un relato dentro de otro –como en un juego de muñecas rusas- para contar las peripecias de
Gustave H. –Ralph Fiennes-, su antecesor en el cargo; el malvado Dmitri –Adrien Brody-, la joven enamorada pero no tan ingenua Agatha –Saoirse Ronan-, y el policía Henckels –Edward Norton-, que los sigue a todos sin cesar en nombre de la ley… aunque no se sabe de cuál.
A lo largo de la narración, que empieza cuando Zero Moustafa es un chaval protegido por Gustave, los personajes –muchos de ellos sorprendentes y divertidos- entran y salen, corren y saltan, y van y vienen por paisajes y países imaginarios pero cercanos. Gustave H. se mete en todos los líos posibles y arrastra con él todo un torbellino de sucesos y aventuras: hay un posible crimen, una herencia complicada, un valioso cuadro robado, amor, una fuga complicadísima, persecuciones, la guerra –posiblemente europea-y mucho sentido del humor. 
La zigzagueante estructura del argumento se desarrolla en la pantalla con un ritmo sostenido, que si cambia de marcha es para hacerse más frenético todavía, mientras se suceden los momentos más divertidos. Hay “gags” descomunales, como la sustitución del académico cuadro en cuestión por una tremenda lámina de Egon Schiele, el involuntario “slalom” alpino, la fuga de los reclusos o la escena del confesionario.
Y es que el cine de Wes Anderson –y desde luego El Gran Hotel Budapest- adquiere frecuentemente aires y tono de comedia, aunque en el fondo quizá ninguna de sus películas lo sea: todas contienen, y también esta, elementos muy serios y alguna secuencia bien dramática; pero hay tanta ligereza, tanto dinamismo y tanta inventiva en sus imágenes que es difícil no mantener la sonrisa a lo largo del metraje.
A ello contribuye, por un lado, el aspecto visual, siempre colorista, muy elaborado aunque parezca ingenuo, con una fotografía –de Robert Yeoman, colaborador permanente de Anderson- que roza lo naif, y una puesta en escena que se acerca al cómic tanto como al primitivo cine mudo. Y por otra parte, por la aportación de un elenco tan entregado siempre que parece atravesado por la locura, pero que se mueve con soltura y eficacia extraordinarias. Mathieu Amalric, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Harvey Keitel, Léa Seydoux y sus inseparables Bill Murray, Jason Schwartzman y Owen Wilson son algunos –además de los ya citados- de los que forman la “troupe” de este espectáculo.
Un nuevo escenario –siempre protagonistas en sus películas- para el catálogo de Anderson: a la madriguera de los Fox, la Academia Rushmore, el barco de Steve Zissou, el tranvía de Darjeeling y el campamento infantil, se une este maravilloso universo del Gran Hotel Budapest, un guiñol decadente y romántico en el que el tiempo se rompe y la aventura parece un sueño; o quizá sea al revés. Mr. Moustafa es eternamente un chaval que despierta a la vida, lleve uniforme de botones o chaqué de dueño de circo. Y el gran edificio entorna sus ventanas y dibuja una sonrisa con su escalinata mientras el espectador lo mira y sabe que también el Hotel lo está mirando a él.

EL GRAN VÁZQUEZ   (26.09.10)
Dir.: Óscar Aibar
Pro.: Miriam Porté, Gerardo Herrero   Gui.: Óscar Aibar 
Int.: Santiago Segura, Álex Angulo, Mercè Llorens  
La verdad es que la impresión que da la carrera de Óscar Aibar es que ha ido, en sus quince años, de más a menos. Debutó en 1995 con Atolladero, un cómic-western a la española, muy interesante; le siguió Platillos volantes (2003), una curiosidad estimable, y luego realizó La máquina de bailar (2006), que me pareció bastante floja. Ahora estrena esta película, que nace de la confesada admiración de Aibar –excelente dibujante además de cineasta- por Manuel Vázquez, uno de los “padres” de la historieta española y quizá la principal figura de la mítica editorial Bruguera.
Vázquez, como casi todo el mundo sabe ya a estas alturas, es el autor, entre otros personajes, de las hermanas Gilda, Anacleto, la familia Cebolleta con su inefable abuelo al frente, Angelito, y su propio retrato en los “cuentos del tío Vázquez”. En la película, lo vemos llegar a su destartalado hogar –en lo alto de lo que será el número 13 de la rue del Percebe, según Ibáñez- y burlar a los acreedores que intentan que abra la puerta para cobrar sus múltiples deudas. Vano intento: a lo largo del metraje iremos viendo cómo nuestro protagonista engaña, tima, sablea y embauca a sastres, banqueros, amigos y conocidos, jovencitas de buen ver y escasa precaución y, por supuesto, a sus jefes de la editorial. González y su fiel Peláez, representados por Enrique Villén y Álex Angulo –espléndidos ambos-
sufren toda clase de embustes y trapisondas por parte del dibujante, que es capaz de fingir el entierro de su padre, más de una vez, además, o de entregar un montón de láminas prácticamente vacías; y cobrarlas, claro. Al mismo tiempo, mantiene al menos dos hogares, porque ha conquistado a una chica, se ha ido a vivir con ella y no le importa casarse, después de haber llenado su piso de muebles y electrodomésticos que no piensa pagar. Ni el alquiler, por supuesto.
Como vemos, Manuel Vázquez fue, además de un artista, un auténtico maleante: vividor, tramposo, moroso recalcitrante, mentiroso hasta el cinismo y desvergonzado mujeriego. Óscar Aibar y sus productores no lo han disimulado, no han escatimado medios y han conseguido, sobre el papel, una imagen bastante cercana, aunque se obvia toda la parte final de su carrera, dedicada a una historieta bastante más adulta y desvergonzada.
No importa mucho: la factura de la película es excelente, bien ambientada y con un aire de cómic muy logrado; los insertos animados de los personajes funcionan con gracia, y el ambiente de la editorial es estupendo: por allí pululan, en esa especie de oficina siniestra, los dibujantes –Escobar, Peñarroya, Cifré y Jorge, encabezados por un entrañable Ibáñez- que han hecho la historia de nuestros tebeos. El estilo de la narración también es el adecuado, con su estructura de viñetas; lástima que el ritmo acuse algún que otro sobresalto, y haya alguna secuencia decididamente desafortunada. 
Por su parte, el dibujo de la España que ampara a todos estos personajes está plasmado con exactitud no exenta de una amarga ironía y constituye el valor más destacado de la producción: ahí sí que la película gana altura y nos vemos retratados por un guión que acierta plenamente al crear situaciones y escenarios de nuestra historia no tan lejana, y tipos tan reales que parecen estar vivos, o tan ficticios como si se hubieran escapado de las láminas de un dibujante. El Gran Vázquez es, así, la crónica de un país y de un momento, tanto como la de su protagonista.  
Pero Aibar ha elegido para interpretar a Vázquez a Santiago Segura, una opción comercial pero también arriesgada. Y no le ha salido bien: Segura no se parece mucho a su personaje, y tampoco se han esforzado demasiado en ese sentido; además, hay que reconocer que no es un gran actor, sus recursos son bastante limitados y hasta sus colegas quedan mejor cuando no están con él. Hace lo que puede, pero tiende demasiado a la caricatura; y lo peor es que en la caricatura aparece siempre el dichoso Torrente: su voz, sus guiños y su mala sombra. Y Torrente acaba por comerse a Vázquez y la película. (www.elgranvazquez.com)

EL GUARDIÁN INVISIBLE   (04.03.17)
Director: Fernando González Molina. Intérpretes: Marta Etura, Elvira Mínguez, Francesc Orella.
Fernando González Molina debutó con buena fortuna taquillera con Fuga de cerebros; y alternó las series de televisión con adaptaciones literarias, primero de Federico Moccia –Tres metros sobre el cielo, Tengo ganas de ti- y luego de bests-sellers nacionales: Palmeras en la nieve y este de Dolores Redondo, ambientado en el oscuro y misterioso valle del Baztán.
En la orilla del río, en medio del bosque, aparece el cadáver de una chiquilla; y cuando la inspectora Amaia Salazar –nacida en la zona y formada en el FBI- comienza a investigar, descubre que no es el primer caso de similares características. Y tampoco será el último, en una espiral de crímenes que sacuden la antes tranquila población de Elizondo y envuelven a la misma Amaia, su propia familia y sus recuerdos más profundos, de los que trata de escapar.
Tendremos que esperar a las siguientes partes de la historia para saber cómo evoluciona el personaje, tan protagonista que está presente en el 90% de los planos, y todo pasa por sus ojos, su capacidad, su intuición y su memoria. Para Marta Etura supone un esfuerzo considerable, que supera con el oficio atesorado ya en muchos años de profesión y que hace que su inspectora Salazar sea comprensible, como policía dura e incansable, y como mujer frágil, enfrentada a una oscura amenaza que no puede evitar. Y el resto del reparto está a su altura, con una gran Elvira Mínguez.
Por su parte, González Molina traslada con solvencia el relato literario, con menos elipsis que en Palmeras en la nieve –aunque ello le haga tropezar al principio con algunos hechos de difícil comprensión-, y llevando a la pantalla no solo los personajes de la novela y ese turbio mundo interior de la protagonista, sino también las relaciones familiares, el pueblo, sus gentes y su ambiente opresivo, sus escenarios nocturnos y lluviosos y dominándolo todo, la presencia esquiva del basajaun, el mágico protector del bosque.

 

EL FUNDADOR   (11.03.17)
Director: John Lee Hancock. Intérpretes: Michael Keaton, John Carrol Lynch, Laura Dern.
John Lee Hancock, para quien no lo tenga muy claro, es el director de El novato, The blind side y Al encuentro de Mr. Banks, entre otras. En esta nueva película no habla precisamente de Walt Disney, pero sí de un personaje no por menos conocido menos importante: Ray Kroc, el “inventor” de los McDonald, esa fábrica de... digamos comida rápida.
Primeros años 50. Ray Kroc es un gran vendedor… con mala suerte. Ha vendido de todo, pero ahora no consigue colocar su mercancía: la “Multimixer”, una fabulosa batidora de seis ejes; un aparato tan exagerado que nadie le encuentra utilidad. Hasta que recibe un pedido tan sorprendente que le hace cruzar todo el país para conocer a sus nuevos clientes.
Son los hermanos Dick y Mac –verídico- McDonald, dueños de una singular hamburguesería en San Bernardino, y Ray queda fascinado por su ingenio, su eficacia y su calidad: poco más de una cocina y un mostrador; el público llega, hace su pedido y en medio minuto se va con su paquetito, tan satisfecho. Y Ahí comienza una relación personal y mercantil que será el embrión del mayor negocio de comida rápida del mundo y que convertirá al antiguo vendedor de tres al cuarto en un magnate supermillonario en poco más de una década. Claro que por medio quedaron amigos, colegas, su mujer y, por supuesto, los propios hermanos McDonald, a los que dejó sin negocio y sin dinero.
John Lee Hancock lleva a la pantalla la historia real del hombre que construyó un imperio: una persona arrolladora, incansable… y bastante sinvergüenza; y Michael Keaton se convierte en el intérprete ideal para despertar a la vez en el espectador simpatía por su férrea voluntad –Kroc lo fiaba todo en la constancia, mucho más que en el talento o la educación- y su carácter de visionario, y rechazo por su falta de escrúpulos y su habilidad para engañar a todo el que se ponía por delante.

EL HOBBIT: UN VIAJE INESPERADO   (16.12.12)
Dir.: Peter Jackson
Pro.: Carolynne Cunnigham, Peter Jackson, Fran Walsh, Zane Weiner   Gui.: Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson, Guillermo del Toro
Int.: Martin Freeman, Ian McKellen, Andrew Serkis
Peter Jackson aspira a ser un artista total: toca todas las teclas de la creación cinematográfica, lo que incluye la fotografía, el montaje, el vestuario y hasta la interpretación –al menos en una docena de cameos y apariciones fugaces-. Pero naturalmente, sus facetas más importantes son las de productor y director. Ha realizado ya once películas –sin contar El Hobbit 2 y 3, que se están terminando- y en esta última fase de su carrera parece estar dispuesto a pasar a la historia del arte moderno junto a J. R. R. Tolkien, como autor de las imágenes siempre soñadas de su inmortal obra literaria. A mí me parece más interesante su obra inicial: Mal gusto, Braindead: tu madre se ha comido a mi perro y –sobre todo- Criaturas celestiales; pero no cabe duda de que el gran negocio lo está haciendo –él y sus socios americanos- a partir de 2001, fecha de inicio de la trilogía de El Señor de los Anillos. Por eso, aunque había manifestado su intención de no volver al mundo de la Tierra Media y sus fantásticos habitantes, se lo ha pensado mejor y nos inunda de nuevo la retina con las imágenes espectaculares de la historia del Hobbit. En 2-D, 3-D “normal” y 3-D a 48 imágenes por segundo, la última novedad tecnológica de la pantalla grande.
La narración empieza ciento y pico años antes de los sucesos protagonizados por Frodo, que ya conocemos por los libros, y por las ocho horas de película anteriores. Bilbo, el tío de Frodo, está tan tranquilo en su encantadora casita subterránea, pensando en los festejos populares que se avecinan. Cuando más descuidado está, recibe la visita de Gandalf, una sorprendente aparición que es un preludio de los acontecimientos que están a punto de ocurrir.
Tras el mago llegan los Enanos, supervivientes de la perdida ciudad de Erebor y encabezados por su desconfiado rey. Tras vaciarle a Bilbo la despensa, lo convencen para que los acompañe en un extraño viaje a lo desconocido, repleto de peligros, atravesando parajes oscuros y salvajes, teniendo que defenderse de ataques de todo tipo de seres siniestros –orcos, trolls, trasgos y otros feroces cuadrúpedos carnívoros- y llegando por fin, en lo más profundo de las Montañas Nubladas, al hallazgo del maravilloso Anillo que marcará la vida de Bilbo y después de Frodo y toda la Comarca.
Este episodio del Anillo, en el que Bilbo y el Gollum compiten en astucia, me parece lo mejor de la película. Por el prodigio técnico y artístico del trabajo de Andrew Serkis –el alma digital del Gollum-, por el sentido del humor que destila la escena y por el remanso que supone entre tanto torbellino y tanta agitación de las carreras, peleas y emociones varias a l
as que estamos sometidos. Porque ya sé que esta primera parte de El Hobbit –y las demás también- cumple con las expectativas de los más exigentes seguidores, pero a mí toda esta aventura, atravesada y sostenida por brillantes y abrumadores –y exagerados- efectos especiales de última generación me deja indiferente tras la primera media hora.
Que se multiplica por cinco, y con creces; son casi
tres horas de espectáculo de circomatógrafo en las que cada rato se parece demasiado a cualquier otro rato de cualquiera de las otras películas de la serie. Aunque es cierto que esta es un poco más divertida, sobre todo porque el perplejo Bilbo es un personaje más rico que el sufrido Frodo, El Hobbit es igual de monótona y rimbombante que las anteriores. Y tampoco pretende otra cosa: hasta sigue el esquema argumental y dramático de la primera entrega, con una simetría tan evidente que llega a finalizar con una imagen idéntica a aquélla.
Y que no voy a desvelar, para que no se me acuse de cometer “spoiler” –ese precioso término que hemos adoptado obedientemente para no decir destripe, que es mucho más ordinario-. En cualquier caso, ni el final de la película es un final de verdad. Esto va a continuar… (http://wwws.warnerbros.es/thehobbitpart1/index.html)

EL HOGAR DE MISS PEREGRINE PARA NIÑOS PECULIARES   (01.10.16)
Director: Tim Burton. Intérpretes: Eva Green, Asa Butterfield, Samuel L. Jackson
El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares es la nueva película de Tim Burton, tras Big eyes (Keane) y Frankenweenie y antes Alicia en el País de las maravillas... todas espectaculares, imaginativas y poéticas en mayor o menor grado.
Jake Portman –Asa Butterfield, el niño protagonista de La invención de Hugo- viaja hasta una isla perdida en busca delrastro de su abuelo desaparecido. Para su sorpresa, hace amistad con un grupo de jóvenes que poseen extraños poderes y que lo llevan a través del tiempo a conocer el más fantástico lugar: la mansión de Miss Peregrine –Eva Green-, una bella y enigmática mujer que acoge a otros chavales “especiales” y los defiende de los peligrosos enemigos que los acechan, monstruos salidos de un mundo tenebroso. Jake aprenderá a usar las maravillosas armas que Miss Peregrine posee –desde una potente ballesta a un reloj capaz de parar las horas-, al tiempo que descubrirá su verdadera capacidad y su destino.

Tim Burton filma esta historia –basada en una célebre novela juvenil de Ramson Riggs- que le permite desarrollar, una vez más, el género que más le gusta: el relato gótico pleno de elementos fantásticos y poéticos, para los que se sirve con profusión de toda clase de efectos digitales. El resultado es brillante casi todo el tiempo, aunque decaiga y se embarulle un poco en su tramo final; pero en conjunto, El hogar de Miss Peregrine es una película divertida y sugerente, a la vez que metáfora del despertar a la vida y una parábola acerca del valor de voluntad y la importancia de los sueños… aunque a veces parezcan auténticas pesadillas.

 

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS   (24.09.16)
Director: Alberto Rodríguez. Intérpretes: Eduard Fernández, José Coronado, Carlos Santos.
Tras una carrera llena de éxito -y lo más importante, calidad- culminada con el rotundo triunfo de La isla mínima, Alberto Rodríguez se enfrenta a un reto mayúsculo: retratar a los protagonistas del "caso Roldán", que removió las esferas políticas y sociales de España en los años 90.

Exactamente en 1994, el Director de la Guardia Civil Luis Roldán se fue de España llevándose cerca de 2.000 millones de pesetas de las arcas del Estado. En la evasión de ese capital, en su fuga y en su posterior entrega, en 1995, intervino decisivamente un oscuro personaje llamado Francisco Paesa, un agente que ya había realizado importantes trabajos para el servicio secreto español.
La película de Alberto Rodríguez comienza cuando Roldán se dirige a Paesa para que lo ayude a depositar el dinero en lugar seguro y a esconderse él mismo de la justicia española; este accede, poniendo en marcha su formidable red de contactos y recursos. La acción se desdobla, siguiendo por un lado los pasos de la fortuna, que circula velozmente por múltiples manos hasta que se pierde su destino final, y por otro la secreta ubicación del fugitivo, que trae en jaque a la policía y a los medios de comunicación españoles; Roldán parece haber sido visto en los más dispares lugares aunque en realidad no se ha movido de su escondite parisino, bien custodiado por Paesa. Pero es la relación entre ambos personajes –narrada a través de los ojos del piloto Jesús Camoes, amigo y principal ayudante de este- la que conforma el argumento que se desarrolla en la pantalla: la oposición de dos caracteres contrapuestos, cada vez más dubitativo y angustiado el político, más decidido y astuto el agente.

El hombre de las mil caras es una producción impecable que cruza medio mundo siguiendo las andanzas y las estratagemas económicas y políticas de Francisco Paesa: una persona capaz de renacer de las situaciones más adversas y de engañar a todo un país, incluidos ministros, espías y hasta sus familiares cercanos. Si el relato parece en ocasiones enredarse demasiado, a causa de los oscuros vericuetos de la trama, acaba siempre por salir a flote; gracias, sobre todo, a las magníficas interpretaciones –con una muy fiel caracterización- de los protagonistas, unos estupendos Carlos Santos y Eduard Fernández.

EL INCIDENTE    (15.06.08)
Esc. y Dir.: M. Night Shyamalan
Pro.: M. Night Shyamalan, Sam Mercer, Barry Mendel
Int.: Mark Wahlberg, Zooey Deschanel, John Leguizamo
Octava película del director de El sexto sentido –que fue la tercera, pero también la que lo consagró-; recordemos que luego rodó El protegido, Señales, El bosque y La joven del agua. La verdad es que su obra ha ido a menos, según la crítica y también la taquilla, aunque, conforme ha aumentado el número de sus detractores, también ha crecido el de sus incondicionales. Y veremos qué pasa ahora, con esta otra historia de miedo apocalíptico, sucesos paranormales y naturaleza vengativa. 
La cuestión es que un profesor de ciencias –Mark Wahlberg- trata de transmitir a sus alumnos el necesario ánimo investigador ante una supuesta aparición de fenómenos difícilmente explicables que amenazan con acabar con la vida en la Tierra; y de pronto su tranquila existencia se ve alterada por un suceso –exacta traducción del título, mucho más acertada que eso del “incidente” que se ha inventado algún cerebrito de por aquí- que ocurre en el mismísimo corazón de Nueva York: algo hace que el apacible ambiente del Central Park se envenene de tal manera que las gentes pierden el control de su propia vida y proceden a suicidarse masivamente clavándose el primer pincho que tienen a mano, pegándose un tiro o tirándose de lo alto de su azotea.
Lo peor del caso es que tal proceder empieza a extenderse por toda la ciudad, por los campos y pronto por toda la costa Este de los Estados Unidos. Las gentes, aterrorizadas, huyen por donde pueden sin la menor orientación, mientras las autoridades civiles y científicas tratan de encauzar la situación y descubrir de paso las causas de semejante desastre. El profesor, acompañado de su mujer, pelín catatónica, de un colega, profesor de matemáticas, y de la pequeña hija de éste, intenta también escapar de lo que parece una plaga mortal que se propaga a toda velocidad.
A mí también las historias de Shyamalan me han ido gustando cada vez menos, pero ésta me gusta más, mucho más. La película tiene una formidable puesta en escena, con un ritmo estupendo que alterna momentos de quietud pavorosa con planos-secuencia rematados por instantes de horror, y horizontes abiertos por los que acecha el peligro, con primerísimos planos de absoluta expresividad de los protagonistas. Wahlberg deja de ser héroe de acción para convertirse en un pequeño individuo acosado, asustado y vacilante, que, eso sí, trata de defender y proteger a sus seres queridos con voluntad invencible; y lo hace muy bien.
El incidente –rechazada primero por los grandes estudios, rodada con poco presupuesto, en mes y medio y en escenarios naturales- huye de la cacharrería, las secuencias espectaculares y los efectos especiales. A Shyamalan le gusta mucho Hitchcock –claro- pero su película bebe más del modelo de las estupendas películas de “serie B” –que no deja de ser otra moda- y de algunos clásicos de la ciencia-ficción, como –remotamente- La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel. Al director, que es muy listo, le apetece jugar con ese “aire” –la amenaza extraterrestre se palpa en el ambiente-, pero no desdeña el chantaje del terrorismo internacional ni la potencia del horror de la maldad, la locura y el egoísmo humano.
Tan listo es, que incluso ha conseguido que su película sea clasificada “R” en América, por sus escenas impactantes, con lo que los menores tendrán que ir acompañados de sus papás; es decir, que venderá más entradas... Cosa que se merece bastante más que otras megaproducciones hiperpublicitadas y apabullantemente distribuidas, creo que me explico. El incidente es una estupenda película de género, seguramente no muy profunda –todo el cine de Shyamalan es un poco pueril, sin que eso sirva de descalificación absoluta- pero construida con mucha eficacia, bien interpretada, acompañada de una sensacional banda sonora de James Newton Howard, y, a la postre, con la intención de servir de fábula ecologista, como una metáfora política y un cuento moral; con dosificada acción, misterio y suspense, y sus dosis de terror. Ah, y final inesperado. Es decir, la “fórmula Shyamalan” al completo. (www.elincidente.es)
  
EL INTERCAMBIO    (21.12.08)
Dir.: Clint Eastwood 
Pro.: Brian Grazer, Ron Howard, Clint Eastwood   Gui.: Michael Straczynski
Int.: Angelina Jolie, John Malkovich, Michael Kelly
No hace falta presentar a Clint Eastwood. Californiano, 78 años, más de 60 películas como actor –algunas absolutamente inolvidables- y 30 –casi todas magníficas- como director. Este año ha hecho dos: Gran Torino, que veremos en febrero, y que puede ser su adiós ante las cámaras, y esta Changeling (El intercambio), que se basa en una historia real y que protagoniza Angelina Jolie.
El argumento enlaza con uno de las líneas más dolorosas de Mystic River: el robo de niños. Los Angeles, 1928: Christine Collins es una joven madre soltera que trabaja en una compañía telefónica y tiene un hijo de nueve años; cuando vuelve un día a casa, el niño no está. No está en casa, no está en la calle jugando, no está con ningún amigo. Ha desaparecido. Christine llama a la policía: hay que esperar 24 horas, estará por ahí jugando, todos los niños aparecen... Pero al susto sigue la desesperación cuando pasan las horas y los días y el chaval no regresa. Ahora sí, la policía acepta investigar el caso y se pone pesadamente en marcha el mecanismo de búsqueda.
El departamento de policía de Los Angeles está lleno de oficiales corruptos e inútiles, dirigidos por un jefe de la misma condición. La opinión pública –no digamos la propia Christine- arde ya de indignación ante la ineficacia prepotente de la policía, cuando, tras cinco meses de angustia, encuentran al niño. Pero lo peor está por llegar. Cuando Christine va a recogerlo, el niño que triunfalmente le presentan ante los periodistas, los fotógrafos y las autoridades... resulta que no es su hijo. La joven, aturdida, se lo lleva a su casa; pero inmediatamente denuncia la equivocación y se estrella de bruces con la incomprensión –que no tarda en saber que es en realidad confabulación y engaño- de los policías.
Clint Eastwood, interesado desde siempre en los recovecos de la personalidad, en las zonas oscuras del alma humana y en los abusos del poder, cree absolutamente en lo que está contando. Su cine está mucho más allá de lo que podría ser una película comercial, producto de Howard y Grazer y con Angelina Jolie y John Malkovich de protagonistas. Por eso la historia tiene vida y aliento, se desarrolla con precisión e inteligencia, pero sobre todo con pasión y con sabiduría.
Malkovich está como siempre –para eso es un actor enorme- y Angelina Jolie logra una interpretación extraordinaria –en la línea del dramatismo de Un corazón invencible-, que la pondrá en camino de su segundo Oscar, lo consiga  o no; llevada por la mano maestra de Eastwood, su personaje transmite dolor, rabia, miedo y serena inconformidad. Más que interpretar se convierte en Christine Collins, la madre desesperada que clama justicia. Ella está presente a lo largo de todo el metraje, incluso cuando la historia se separa de sus afanes para mostrar otra realidad, la que, aunque no lo parezca, casi por casualidad, va a proporcionar algunas claves –cada vez más siniestras- de lo sucedido.
Ahí está, por otra parte, el mayor peligro de la película. Christine está a punto de perder el protagonismo: tan duro y tan lejano, aparentemente, es lo que vemos en esos momentos. Pero la sabiduría del guión, la fuerza narrativa de Eastwood y la calidad del trabajo de Angelina, que vuelve a personarse y a apoderarse de la historia, salvan el escollo con eficacia. Y tampoco estorba que el enfrentamiento entre Christine y sus antagonistas roce el maniqueísmo. Claro que el reverendo Briegelb –el personaje de Malkovich- y el oficial Ybarra tendrán sus claroscuros; evidentemente, los policías Jones y Davis y el malvado Northcott son también personas; pero la película es un homenaje a la joven madre y a su valor, y no importa que buenos y malos lo sean de una pieza y parezcan arquetipos: el drama es así desde que se inventó la literatura. Mucho más en este caso, que no es ningún cuento ni procede de alguna brumosa leyenda, sino que recoge y transmite la mismísima realidad. Por eso atrae, convence y emociona. (www.changelingmovie.net)
  
ELLA ES EL PARTIDO    (08.06.08)
Dir.: George Clooney 
Pro.: Grant Heslov, Casey Silver.
Gui. Duncan Brantley, Rick Reilly
Int.: George Clooney, Renée Zellweger, Jonathan Pryce  
George Clooney es un hombre que ha vivido el cine desde pequeño, es un estupendo actor –muy popular en la tele desde Urgencias, y ya con una treintena de películas, con Oscar por Siriana-, un productor avispado –ha creado ahora su nueva empresa, Smokehouse Productions-, y además siente un especial interés por la dirección. Sus dos primeras películas –Confesiones de una mente peligrosa y Buenas noches y buena suerte- han demostrado su capacidad y su talento. 
Y tras la biografía del creador de la “telebasura” y el retrato del maestro de los informativos Edward Murrow, llega su apuesta por la comedia; y con un personaje y un escenario que siguen ambientados en los medios de comunicación, y ahora más concretamente en la prensa deportiva. Aunque el verdadero escenario es el campo de fútbol; americano, se entiende. En 1925, el fútbol americano era cosa de hombres... y la crónica deportiva también. Los futbolistas eran un grupo de brutos semiprofesionales y los espectadores un puñado de aficionados ruidosos, bebedores y tacaños. No es de extrañar que el fútbol profesional estuviera en la auténtica ruina, mientras, curiosamente, el universitario atraía verdaderas masas.
Por eso, Dodge Connolly –Clooney-, el veterano capitán de los Duluth Bulldogs, se empeña en fichar a la estrella del fútbol universitario Carter “Bala” Rutherford –John Krasinski- a ver si el espectáculo mejora; Carter, además de un ídolo del deporte, es un héroe de guerra, que derrotó él solito a todo un pelotón de soldados alemanes. Y es joven, guapo y el más rápido en el campo, de ahí su apodo. Tan perfecto parece, que llama la atención de Lexie Littleton –Renée Zellweger-, escamada lo primero por esa historia de la guerra que no parece muy real.
Lexie, que es una periodista de prometedora carrera, pero completamente inexperta en asuntos deportivos, se dispone a investigar al personaje, y para ello su director la pone a seguir al equipo de Carter y Dodge; éste no comprende qué hace la joven y pizpireta reportera metiendo sus delicadas naricillas en un mundo tan rudo y varonil, y no está demasiado contento con su presencia. Y mucho menos, cuando descubre que ella presta mucha atención al joven Carter, y encima esa atención se ve bastante correspondida.
Todo esto, aunque yo haya tardado un poco en contarlo, no es más que el arranque de esta pieza clásica-moderna, que desarrolla todos los esquemas de la mejor comedia tradicional americana, la que bebe en Hawks y demás maestros de la época dorada del género. Arropados por un estupendo diseño de secundarios –el director del periódico, el taimado representante del joven futbolista, el severo juez deportivo, el cronista borrachín-, los protagonistas se desafían desde los lados de su triángulo particular, dedicándose una deliciosa batería de diálogos agudos, veloces, ingeniosos y precisos. 
A veces nos parece estar viendo a Grant y Hepburn, a veces presenciamos homenajes al primitivo humor mudo –esa escena del hotel, con los protagonistas perseguidos alocadamente por una tropa de policías-, en ocasiones reviven los personajes de los Coen, otras veces resuenan ecos de Ford y su complicidad masculina, que puede empezar por una serie considerable de mamporros... Y nada de esto es gratuito ni artificial –bueno, casi nada; tampoco hay que exagerar-, sino un encaje de calidad que Clooney ha hecho con el estupendo guión que le han prestado.
Todo responde a esa misma idea de volver a los clásicos, fiándose del texto, dejando a los intérpretes moverse con protagonismo en una realización medida, de planos largos y pausados que permiten al espectador comprender y disfrutar cada detalle de lo que está viendo. Y los partidos de fútbol –un extraño deporte en el que todos se empujan y nadie va para atrás ni para delante, hasta que uno de pronto echa a correr con el melón hasta llevarlo a la línea de fondo, mientras todos los demás se dan de puñetazos- ocupan no más de lo preciso, se entienden bien y demuestran que, igual que en el amor, todo vale: incluso ganar el partido en el último minuto y merced a una jugarreta. (www.ellaeselpartido.es)
  
EL LIBRO DE ELI   (21.03.10)
Dir.: Albert y Allen Hughes
Pro.: Joel Silver, Denzel Washington   Gui.: Gary Whitta
Int.: Denzel Washington, Gary Oldman, Mila Kunis  
Estos Hughes, que se unen a la ya muy nutrida nómina de hermanos directores de cine –de los Coen a los Pang pasando por los Wachowski y demás- han firmado ya cinco películas, de las que la más conocida es Desde el infierno, de 2001, con Johnny Depp de protagonista. Ahora parece que suenan también para dirigir Akira, cosa que levanta gran expectación… más o menos.
El libro de Eli es otra historia postapocalíptica: el mundo –al menos lo que vemos- ha quedado arrasado por alguna catástrofe bastante importante; el terreno está cubierto de ruinas, escombros y cadáveres y pronto descubrimos que los pocos seres humanos vivos que pululan por ahí tienen bastante poco de humanos, precisamente. Se disputan una migaja de comida o han llegado al mismísimo canibalismo; se matan y se roban entre sí cualquier cosa que pueda tener valor, y el agua es el bien más preciado, porque escasea muchísimo.
Por esos caminos anda Eli, un extraño personaje solitario, que parece dotado de una férrea determinación: no detenerse, no buscarse problemas, no perder su escaso equipaje y llegar a la costa. Solventa los problemas que se le presentan con suma eficacia no exenta de violencia –lo mismo para ensartar y asar un pobre gato despistado que para enfrentarse y liquidar a una banda de malhechores famélicos- y parece que va a conseguir su objetivo, hasta que llega a un pueblo perdido y arruinado pero aún habitado y medianamente civilizado.
Sólo medianamente. El poblacho está gobernado por un jefecillo tiránico y agresivo, un tal Carnegie –que no sabemos de dónde ha salido-, dueño del agua, del desastroso bar del pueblo y de la vida de sus habitantes; empezando por su mujer y su hija, la joven Solara, a las que trata como esclavas. Carnegie descubre que Eli custodia el bien más preciado, el que él busca desesperadamente: el libro de la sabiduría, el libro infinito, el texto inmortal que le dará el poder absoluto sobre la humanidad. La que queda, claro. El problema es que Eli no puede ni quiere desprenderse del libro y Carnegie lo intentará todo: pedírselo por las buenas, mandar a Solara a que lo seduzca, robar el libro y pegarle a Eli dos tiros, para que aprenda…
No hace falta decir que la película recuerda bastante a otras del mismo género, ahora tan de moda. En concreto, la poderosa imagen de The road está tan presente que parece que El libro de Eli ha utilizado parte de la escenografía de aquélla. Naturalmente, ésta no posee su capacidad de evocación ni su dramatismo; ni tampoco lo pretende. Los hermanos Hughes han construido un western moderno y crepuscular, con un arquetípico antihéroe, con su sheriff perverso, su chica del “saloon”, el tiroteo en la calle polvorienta y las persecuciones a cielo abierto.
El protagonista es un personaje oscuro y bastante tenebroso que choca con su antagonista en un curioso duelo, que sirve también como metáfora. Eli quiere salvaguardar su libro para entregarlo a un fin que se supone redentor, Carnegie quiere utilizarlo para consagrar su poder y perpetuar su dominio sobre sus semejantes: dos aspectos de la cultura que resultan evidentes en cada momento de la historia humana.
Pero la película funciona también en el puro relato lineal, en la aventura, apoyada en el trabajo de Denzel Washington, casi ya un especialista en este tipo de argumentos de anticipación científica, y en el carisma perverso de Gary Oldman, uno de los grandes malvados de la pantalla. Y además, quizá esa anticipación resulte profética: a lo mejor cuando todo acabe y no queden más que despojos de esta civilización, todavía seamos capaces de redimirnos por la cultura; aunque sea conservando las maravillosas historias de los libros en la memoria de cada persona. La verdad es que también esto lo habíamos visto, en Fahrenheit 451… pero sigue valiendo.
(www.ElLibrodeEli.com)

EL LOBO DE WALL STREET   (19.01.14)
Dir.: Martin Scorsese
Pro.: Martin Scorsese, Leonardo DiCaprio, Joey McFarland   Gui.: Terence Winter
Int.: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Margot Robbie
Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio han hecho cinco películas juntos: Gangs of New York (2002), El aviador (2004), Infiltrados (2006), Shutter Island (2010) y esta nueva. Es una colaboración rentable: todas han rebasado los 200 millones de dólares de recaudación, y las dos últimas han rondado los 300. Por separado, naturalmente, los dos han hecho otras muchas películas: veintidós DiCaprio y otra veintena larga –documentales y televisión aparte- Scorsese. En la obra del director neoyorkino las hay de diversos géneros y unas son mejores que otras; pero no creo que haya ninguna mala y sí algunas obras maestras.
Si El lobo de Wall Street no lo es –una obra maestra-, se le acerca mucho. El argumento retrata la turbulenta vida de Jordan Belfort, un personaje que representa el ideal del “sueño americano”: un hombre hecho a sí mismo, que llegó desde la nada a la más alta cúspide del poder económico. Claro que este lo consiguió con malas artes y por el peor camino, sin ningún escrúpulo y sin detenerse ante nadie, sin más interés que su propio beneficio y su placer. Jordan era un joven que trataba de abrirse camino en la jungla de Nueva York; consiguió trabajo como corredor de bolsa y aprendió los tejemanejes del mercado del dinero con mucha rapidez. Tanta, que con poco más de veinte años fundó su propia empresa, en un taller abandonado, con una cartera de productos ínfimos y con un puñado de frikis como empleados. Y a los veintiséis era un hombre rico –se sentía frustrado si no ganaba un millón de dólares todos los meses- y su imperio económico parecía no tener límites; ni tampoco su tren de vida: una mansión espectacular, el coche más caro, un yate, las fiestas más disparatadas, mujeres deslumbrantes, ríos de alcohol… y drogas. Muchas drogas.
Su vertiginosa carrera se apartó pronto –nada más empezar- de los valores de la honradez y la discreción para asentarse en el fraude, la corrupción, el abuso y la desvergüenza. En su modernísima oficina, sus centenares de resueltos vendedores se colgaban de los teléfonos para cumplir su misión: triunfar o morir. Es decir, no parar hasta conseguir engañar al incauto interlocutor –empleados, amas de casa, profesionales medios, jubilados…-y hacerle comprar basura, con una altísima comisión y sin posibilidad alguna de rendimiento. Todo beneficio. Hasta que tanta riqueza y tanta ostentación llamó la atención del gobierno y del mismísimo FBI. Y Jordan Belfort tuvo que empezar otra lucha, muy distinta y con resultados bastante catastróficos.
La arrolladora energía que Belfort y sus compinches demostraban en el ejercicio de su actividad corre paralela a la de Scorsese y su equipo. La narración avanza sin sosiego pero sin altibajos: eso tan difícil de conseguir; y el mejor DiCaprio se multiplica para vivir las mil vidas del protagonista, con tiempo incluso para meterse por el objetivo e interpelar al espectador, por si se había distraído… como si eso fuera posible. Jordan se lo lleva todo por delante: disfruta, trabaja, bebe, ama, engaña, disfruta aun más y se mete en el cuerpo todo lo que le cabe. Hasta que ya no le cabe y es la vida la que se lo lleva por delante a él: la justicia, la traición y la caída; todo le llega de pronto, con la misma velocidad.
Se ha acusado a Scorsese de convertir en héroe a tan nefasto personaje. Nada más lejos de la realidad. Como en Uno de los nuestros, como en Casino –con las que el propio director establece paralelismos-, la historia habla de unas malas personas: gangsters o mafiosos bancarios, tanto da. Jordan Belfort es un cabrón con pintas toda la película, y la probabilidad de empatizar con sus fechorías es verdaderamente lejana; independientemente de que haya sido capaz, en la actualidad, de rentabilizarlas una vez más a través del cine. Pero lo que sí produce admiración es la factura impecable, brillantísima de la película: su ritmo, su fotografía, su ambientación detallista y, por supuesto, el trabajo de sus intérpretes. ¿Es posible que todo eso se mantenga durante tres horas, que pasan como un suspiro? Con Scorsese y DiCaprio, sí. (http://www.ellobodewallstreet.es/)

EL LUCHADOR    (22.02.09)
Dir.: Darren Aronofsky
Pro.: Darren Aronofsky, Scott Franklin   Gui.: Robert D. Siegel
Int.: Mickey Rourke, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood  
Darren Aronofsky es un director de marcada personalidad, que no duda en buscar argumentos y motivos poco convencionales. Debutó en 1998 con Pi, y luego realizó Réquiem por un sueño y La fuente de la vida, un arrebato místico bastante indigerible; y tiene prevista para el año que viene la nueva versión de Robocop. Con El luchador ha ganado el León de Oro en el pasado Festival de Venecia; el “resucitado” Mickey Rourke se llevó allí el premio al mejor actor y además ha ganado el Globo de Oro, igual que Bruce Springsteen –por su canción The Wrestler-; y Rourke y Marisa Tomei están nominados para el Oscar en sus respectivas categorías... 
No se pueden pedir más avales para esta historia de decadencia y dolor, de coraje y esfuerzo a corazón abierto, de segundas y terceras y últimas oportunidades; todo ello define al personaje protagonista: Randy “The Ram” Robinson, un luchador profesional que vive con estupor el paso del tiempo y que hoy, con el cuerpo quebrado, mantenido artificialmente en sospechosa forma –a base de esteroides y analgésicos-, no se resigna a dejar de ser la estrella del cuadrilátero que fue en los años 80. Aunque sabe que su horizonte ya no va más allá de las peleas en veladas de tercera categoría, en patios de instituto y en el circuito de las viejas glorias. Y su vida personal tampoco es mucho mejor. 
Porque mucho dinero, por cierto, no tiene. Paga su “farmacia” particular, malcumple con el alquiler de la caravana –de todo menos suntuosa- en la que vive, y ha de recurrir a trabajar por horas en un supermercado si es que quiere gastarse unos dólares en algún “extra”. Como por ejemplo, ir a ver bailar a su amiga Cassidy –que no se llama Cassidy, pero él tardará en saberlo- y tomarse unas cervezas con ella; a más no llega.
Y Randy atisba también un cierto horizonte familiar, más bien despoblado, la verdad. Ya sabemos que la culpa es de los tumbos que da la vida, de las decisiones equivocadas y de las inhibiciones culpables; de todo eso sabe Randy, que una vez fue marido y padre y que ahora sólo puede ejercer de extraño entrometido. Así es que, en efecto, la cosa no pinta muy bien para él.
Le queda la lucha, esa barbaridad entre doce cuerdas que Aronofsky retrata sin disimulos ni concesiones, aunque con cierta piedad; la que le merecen los gastados gladiadores de músculos descomunales, agrietados, recosidos y emboscados bajo mallas, máscaras y nombres pintorescos: la afición sabe bien que en uno de esos cuadriláteros se puede encontrar con Alí Jamenei, “El Talibán de la Muerte” –un angelito de 140 kilos y 57 años- enfrentado a Billy Bolinga, “El Patriota Enmascarado”, con un pijama de rayas, 20 kilos más y 15 años menos que su oponente. Y les verá golpearse con sillas, mesas y artículos varios de ferretería, y el Randy de turno, al fin, hará “la embestida” –su golpe más famoso- y ganará el combate... como está mandado.
Estupendo dibujo de personajes que, aunque no sea una historia muy original –hay multitud de referentes, de Fat City al último Rocky- brilla en protagonistas y secundarios. Magnífica Marisa Tomei en su papel de “stripper” desilusionada pero valerosa. A Cassidy, en paralelo a Randy, también le parece que se merece un poco más de suerte y está dispuesta a pelear por alcanzarla. Randy lucha entre las cuerdas y Cassidy danza en la barra, pero los dos bailes son parecidos. Y luego está el destino... y la voluntad.
El guión de El luchador se va desenlazando con los subrayados justos, sin más explicaciones de las necesarias, con sus personajes vivos, como apuntaba, y siempre pivotando sobre su protagonista, el actor que parece contar su propia historia. Seguro que no es para tanto, pero Mickey Rourke borda este personaje, un turbio perdedor solitario, al final rabiosamente decidido a recuperar su propia estima aun a costa del mayor sacrificio; se mueve como pez en el agua en el universo marginal y decadente de la lucha libre profesional y nos hace creíble su peripecia humana, su tránsito de la gloria al infierno... y viceversa. (www.elluchadorlapelicula.es)
 
EL MÉDICO   (22.12.13)
Dir.: Philipp Stölzl
Pro.: Wolf Bauer, Nico Hofmann  Gui.: Jan Berger, Noah Gordon
Int.: Tom Payne, Ben Kingsley, Stellan Skarsgård
Philipp Stölzl es un director alemán, autor de media docena de películas –entre ellas North face y El último testigo-, que ha puesto ahora en imágenes la novela de Noah Gordon El médico, un auténtico “best seller” de más de 20 millones de ejemplares vendidos, que cuenta la aventura épica del inquieto y valeroso Rob Cole, desde que era un niño hasta su consagración como médico carismático e infalible en el Londres del siglo XI.
La vida en las minas de carbón inglesas era difícil para los hombres que trabajaban en ellas, y extremadamente cruel para los críos, muchos de corta edad, que hacían a duras penas de picapedreros y porteadores. Rob malvive con su madre y sus hermanos hasta que ella enferma de gravedad y muere. Los huérfanos, entre la caridad y la codicia de sus vecinos, son separados y el chiquillo, con apenas diez años, se queda solo en el mundo. Ante el peligro de caer en malas manos y para no seguir en la miseria del carbón, se empeña en acompañar a Henry Croft, un barbero y cirujano que va de pueblo en pueblo vendiendo remedios “milagrosos” y embaucando a la gente con sus trucos.
A regañadientes, Croft acepta al pequeño ayudante, que poco a poco se gana su confianza –y también su aprecio- mientras va aprendiendo las muchas mañas y la poca ciencia del oficio. Hasta que con el paso de los años, y a pesar de sus todavía escasos conocimientos, Rob comprende que el “arte” que practican tiene más de teatro y de casualidad que de verdadera sabiduría. Y cuando se entera de que existe en un lugar remoto una escuela de medicina presidida por un auténtico maestro, no duda en emprender el largo y casi suicida viaje que lo deberá llevar hasta la ciudad persa de Isfahan.
La película articula el relato en tres momentos, y tras el sombrío primer acto, el segundo recoge precisamente el periplo de Rob desde el puerto de Dover hasta las calles de Isfahan; el joven Cole pasa por toda clase de peligros y desazones, la peor de las cuales sucede cuando se enamora de la bella Rebecca y la pierde poco después en una terrible tormenta de arena en el desierto. La narración, que ha avanzado mediante significativas elipsis, se ralentiza para mostrar la evolución del protagonista y dejarle expresar sus sentimientos: el temor y la duda, el amor y la tristeza, pero también el valor y la absoluta determinación de estudiar y alcanzar el conocimiento.
Al fin, después de penurias y dificultades, Rob llega a integrarse en la “madrasa” del sabio Ibn Sina –trasunto relativamente fiel del científico, filósofo y médico Avicena-, del que intenta absorber todo el saber de la época; aunque para ello se vea obligado a hacerse pasar por judío, ya que a los cristianos les está vedado el acceso a la enseñanza, e incluso a la ciudad. El joven aspirante obtiene importantes éxitos junto a su maestro; pero según aumentan sus inquietudes y avanzan sus investigaciones, corre el riesgo de ser acusado de blasfemia y brujería. Como en cualquier época inculta y oscurantista, las fuerzas más regresivas del poder establecido se oponen al progreso y a la ciencia.
Rob Cole es acusado por la ultraortodoxia islámica, y al propio tiempo la ciudad de Isfahan sufre el asedio de las hordas turcas que tratan de conquistar la ciudad. En estos últimos momentos, la tensión se precipita hacia el clímax: Philipp Stölzl vuelve a aumentar el ritmo, ahora mediante un acelerado montaje en paralelo que se mantiene hasta el epílogo. Quizá a lo largo del metraje estos procedimientos provoquen cierta sensación de arritmia, pero está compensada por la emoción de los acontecimientos y el oficio de los intérpretes. El joven Tom Payne, muy bien arropado por los veteranos Ben Kingsley y Stellan Skarsgård, encabeza el reparto de la película: una superproducción espectacular que recrea brillantemente una época, unas gentes que se debaten entre el saber y la superstición, y la vida de un hombre que hizo crecer la medicina como una disciplina experimental y científica. (http://www.deaplaneta.com/es/el-medico)

EL MUNDO ES NUESTRO   (24.06.12)
Dir.: Alfonso Sánchez
Pro.: Alfonso Sánchez, Álvaro Alonso, Alberto López   Gui.: Alfonso Sánchez
Int.: Alfonso Sánchez, Alberto López, María Cabrera
Llevo dos  o tres semanas dándole vueltas a lo mismo, pero me reafirmo en destacar el interés y la trascendencia del cine andaluz; por muchos valores, y además –importantísimo en los tiempos que corren-, por su indudable rentabilidad, que nace de ajustados presupuestos utilizados con enorme talento. El más reciente ejemplo es esta comedia disparatada que, como el que no quiere la cosa, pone el dedo en las llagas de nuestra agobiada sociedad, nuestras instituciones y nuestro sistema bancario en particular: más actual y oportuna no puede ser.
Alfonso Sánchez y Alberto López llevan ya tiempo exhibiendo en internet sus divertidas locuras, protagonizadas por personajes truculentos como el Fali y el Rafi. Y ahora dan el paso a la pantalla grande y al cine comercial –ojalá- con esta película “de autor” que Sánchez escribe, produce, dirige e interpreta, acompañado en la mitad de estas tareas por su inseparable López. Ellos son El “Cabesa” y el “Culebra”, dos golfantes de poca monta, escapados de las “Tres Mil Viviendas” de Sevilla –o similar-, que deciden dar el golpe de su vida: robar un banco y largarse a Brasil, emulando al “Dioni”, su héroe de cabecera.
A pesar de su torpeza, parece que el asunto puede salirles relativamente bien… hasta que se tuerce definitivamente. En los empleados del banco no encuentran mayor resistencia y los clientes, a excepción de algún pesado que no quiere entender la situación, parece que pueden colaborar. Pero con lo que no contaban el “Culebra” –que, sin salir del reino animal, está como una cabra- ni el “Cabesa” –que no parece tenerla ocupada con algo de seso- es con que a otro desesperado de la vida se le haya ocurrido parecida idea, el mismo día y, vaya por Dios, en la misma sucursal. Así que, por desgracia, todo se complica: Fermín es un empresario honrado –hasta ahora-, de mediana edad, con familia y dedicado concienzudamente a su trabajo; pero la crisis, las deudas y la falta de respuesta de la administración le han hundido y le han arruinado el bolsillo y la existencia. Fermín se introduce en el banco cargado hasta el cuello de explosivos y amenaza con volarse junto con todos los demás si no aparece la televisión y le dejan explicarse a la vista de todo el mundo. Claro, la cosa trasciende y acude la fuerza pública, cerca el edificio y cunde el caos, dentro y fuera.
Lo que parecía una “operación” sencilla se convierte en un lío mayúsculo: un doble asalto, un secuestro con rehenes, un fenómeno mediático y un circo en el que intervienen atracadores, parados, empresarios desesperados, traficantes de cuello blanco, policías desastrosos y periodistas de tercera. En la calle guardias y reporteros compiten en despiste e ineficacia; pero dentro de la oficina bulle un microcosmos que tiene absolutamente de todo y que es una implacable caricatura de la actualidad española poblada por personajes tan reconocibles que, si no fuera porque dan risa, darían miedo.
Con un elenco de intérpretes absolutamente desconocidos para el gran público –más la colaboración especial del gran Antonio Dechent, auténtica seña de identidad del cine andaluz-, Alfonso Sánchez demuestra un sorprendente oficio para el trazo fino, siempre acompañado, desde luego, del brochazo grueso; esa habilidad en el guion, su sentido del humor y su exploración del efecto de la violencia sugerida –Tarantino es la referencia obligada-, y la eficacia en la creación de los caracteres lo sitúan en un plano mucho más alto de lo que la película parece a
primera vista. No solo es divertida; es una farsa profunda, tan sevillana que no falta ni la procesión de Semana Santa, pero a la vez tan universal que nadie puede evitar sentirse aludido ni dejar de entender lo que está viendo. Una feroz comedia costumbrista, pero a la vez un suspense policiaco lleno de intensidad y de saludable mala baba; algo así como si Tarde de perros la hubiera hecho Berlanga en vez de Sidney Lumet… si Berlanga fuera de Sevilla, claro. (www.elmundoesnuestro.es)

EL MUNDO SEGÚN BARNEY   (20.03.11)
Dir.: Richard J. Lewis
Pro.: Robert Lantos   Gui.: Michael Konyves
Int.: Paul Giamatti, Dustin Hoffman, Rosamund Pike  
Unas breves notas introductorias: el director de El mundo según Barney, Richard J. Lewis, ha sido hasta ahora realizador de series de televisión como Leyes de familia y C.S.I. Las Vegas, entre otras; y el productor de la película, Robert Lantos, habitual de Cronenberg y Egoyan –que aparecen en breves cameos, junto con Denys Arcand y el mismo director-, se empeñó en llevar a la pantalla la novela de Mordecai Richler, y encomendó el guión al joven debutante –en el cine- Michael Konyves, desechando los trabajos previos de Richler y Lewis.
Queden claros estos créditos, para significar que esta es una película “de autor”. Y para que conste que, precisamente, éste no es ninguno de los anteriores sino el protagonista del acontecimiento. El actor, quiero decir: Paul Giamatti; recientemente premiado con el Globo de Oro por este papel, secundario siempre inmenso en muchas ocasiones –La joven del agua, El ilusionista, La última estación- y cabeza de reparto en títulos como American Splendor o Entre copas. Un actor extraordinario.
Él es Barney Panofsky, un veterano y destacado productor de televisión, que sufre la sorpresa más desagradable de su existencia cuando ve publicado un libro que repasa los rotundos desastres de su vida: sus tres matrimonios, sus tejemanejes profesionales, sus escándalos más o menos olvidados y, lo que es peor, el posible asesinato de su mejor amigo, cuya desaparición parece acusarlo directamente. El autor del libro es el mismo policía que investigó ese caso, y que no parece querer darlo por cerrado por más que hayan pasado los años y nunca se haya podido resolver.
Barney, entonces, decide contar su propia verdad, su versión personal, sin omitir su amor por las mujeres, el alcohol y las drogas, ni su capacidad manifiesta, aunque involuntaria, para meterse en líos de toda índole. El relato en primera persona se apoya en la estructura de la novela precedente, aunque saltando en el tiempo y deteniéndose en el tercer matrimonio de Barney mucho más que en los otros dos. La primera mujer, Clara, es un romance de juventud en Roma, un breve capítulo en un ambiente bohemio y nada ortodoxo; la segunda –no sabemos cómo se llama- es todo lo contrario: una rica y problemática joven judía con cierta incontinencia verbal y afectiva; y la tercera es la maravillosa Miriam, que hechiza a Barney nada más verla y que será su verdadero y definitivo amor.
A través de sus mujeres, vamos conociendo los hechos públicos y también los privados del personaje. Panofski es un triunfador en su carrera profesional, aún con sus altibajos, y parece tener asimismo el control de su vida íntima. Pero Barney nos deja entrar francamente en sus preocupaciones, sus miedos, sus vicios y sus defectos. Y, por una rendija, nos colamos en sus inesperados rasgos de generosidad y simpatía, que él disfraza de hosca ironía y de rudo trato con sus hijos –los dos que tiene con Miriam- y con su padre, un policía jubilado al que no le parece que su retoño haya crecido más allá de la adolescencia.
El guión mantiene el pulso dramático, sin perder por ello la intención de hacer sonreír, con inteligencia y hasta con capacidad para la sorpresa, como demostrará en el tramo final y en el último giro del argumento; seguramente serán cualidades que ya están en el libro de Mordecai Richler –un autor mordaz, escandaloso y profundo- pero la pantalla las ha recogido y potenciado. A lo largo de cuatro décadas, la vida de Barney contada por él mismo entretiene, divierte, asombra y emociona.
Y sobre todas las virtudes de la película se alza, como decía, la posibilidad de contemplar el trabajo de un gran artista: Paul Giamatti, protagonista absoluto del relato, dueño de todos los resortes de este personaje delicioso, absolutamente comprensible y entrañable por más que él mismo pretenda lo contrario. A su lado está el gran Dustin Hoffman –su padre en la pantalla- y el resto de un reparto excelente y entregado; pero la película es toda suya.
(www.sonyclassics.com/barneysversion/)

EL NIÑO 44   (21.06.15)
Dir.: Daniel Espinosa
Pro.: Ridley Scott, Michael Schaefer, Greg Shapiro   Gui.: Richard Price
Int.: Tom Hardy, Gary Oldman, Noomi Rapace
Como su nombre no indica, Daniel Espinosa es un director sueco de 38 años, que ha trabajado en su país hasta 2010, cuando realizó Dinero fácil, que le dio a conocer internacionalmente; entonces fue fichado por la industria americana, para la que dirigió El invitado (2012), con Denzel Washington y Ryan Reynolds. Ambas películas, thrillers de evidente negrura –por lo demás, bastante diferentes- me gustaron más que esta última, otra incursión en el género, que le han organizado Ridley Scott, Michael Schaefer –productor, con Scott, de Exodus- y Greg Shapiro –ganador del Oscar por En tierra hostil-. No es, precisamente, la producción lo que falla, sino quizá el guion. Lo firma Richard Price, un escritor de cine excelente y muy experimentado –basta con repasar su filmografía-, pero que tal vez ha intentado plasmar demasiado fielmente la novela de Tom Rob Smith de la que procede el texto. No la he leído, pero aseguran que está completa en la película, con todas sus subtramas, sus secundarios y sus explicaciones, a veces redundantes en la pantalla.
La historia, que al parecer parte de un hecho real, se sitúa en la tenebrosa Unión Soviética de los pasados años 50, y narra la vida de Leo Demidov, un hombre que, tras una infancia difícil y una juventud problemática, se convierte en héroe de guerra y finalmente en un experto agente de la policía secreta estalinista, con una carrera en constante ascenso.
Hasta que, en una operación de espionaje aparentemente resuelta con éxito, su propia esposa, Raisa –una joven maestra de conducta bastante hermética-, resulta  sospechosa de traición al estado y conspiración para derribarlo. Y ahí hay una línea argumental de evidente importancia.
Sin embargo, mientras investiga esa acusación –obligado, pero decidido a demostrar la inocencia de su mujer-, Leo tropieza con un nuevo y espeluznante caso: el asesinato de un niño bárbaramente apuñalado, que aparece junto a la vía férrea. Esta, aunque aparezca tarde y se vea constantemente interrumpida, es la trama principal. Leo la sigue, a pesar de que las autoridades presentan el caso como un accidente, bajo el imperativo de que en el paraíso –soviético, se entiende- no hay asesinatos. Y con todas las dificultades, porque cuando cierra el caso de la conspiración negándose a delatar a Raisa, ambos son deportados a la lejana provincia de Volsk y se les prohíbe volver a Moscú.
Pero el obstinado agente, con la colaboración de su nuevo jefe, el general Nesterov, descubre horrorizado que decenas de niños más han aparecido en las mismas circunstancias: acuchillados y mutilados, siempre junto a vías de tren y en un radio muy determinado, lo que habla de la actuación de un pederasta y asesino en serie. Por ahí la película adquiere los aires de un thriller convencional, con la acción policial estrechando el cerco del criminal, que aparece al fin retratado con trazos elementales pero de cierta eficacia.
Que tampoco es la misma en el dibujo de todos los personajes, más simples algunos –el antagonista de Leo y antes camarada y amigo, el furibundo Vasili- y excesivamente complejos otros, como la indescifrable Raisa, cuyo pensamiento nunca está claro. Y no es a causa del elenco, con los protagonistas arriba citados más los estupendos Paddy Considine, Vincent Cassel y –en un papel breve- Charles Dance.
De manera que, como apuntaba, habrá que echar la culpa de la dispersión y la falta de emoción del relato a esa construcción dramática que abarca demasiado y espesa la narración en más de una ocasión. Daniel Espinosa lidia con ese material y maneja los tiempos lo mejor que puede, así como resuelve con notable el aspecto visual de la película, especialmente bien fotografiada y ambientada. Es el propio relato el que hace aguas en su desarrollo; por no hablar, como guinda, de ese sorprendente y empalagoso final que el espectador atento y esforzado no se merece. (www.es.eonefilms.com/films/el-nino-44)

EL NOMBRE   (16.09.12)
Dir.: Matthieu Delaporte, Alexandre de La Patellière
Pro.: Jérôme Seydoux, Dimitri Rassam   Gui.: Matthieu Delaporte
Int.: Patrick Bruel, Valérie Benguigui, Charles Berling
Hace un par de años, Delaporte y La Patellière estrenaron con gran éxito esta pieza teatral; y ahora la han llevado a la pantalla con parecida repercusión: número uno de taquilla en Francia, cuatro millones de espectadores… Los autores definen El nombre como una “comedia de salón” y, ciertamente, de eso se trata.  Porque transcurre en el salón de una casa y porque participa de todos los elementos de ese género, basado en la agilidad, la intención y la hondura de los diálogos.
La ligereza es la característica principal: la película empieza con una broma, el protagonista principal es un hombre muy bromista –demasiado, posiblemente- y durante toda la acción la sonrisa no deja de asomar a la cara del espectador. A las de los personajes, no tanto. Elizabeth –a la que todos llaman Babou- y su marido, Pierre, han invitado a cenar a Vincent –hermano de Babou-, a su mujer, Anna, y a Claude, un amigo de la familia de toda la vida. Vincent, un cuarentón atractivo, simpático y encantado de haberse conocido, se ha casado hace poco y está esperando su primer hijo. Recibe las felicitaciones de todos y, mientras llega su mujer, enseña satisfecho la ecografía del bebé y, más satisfecho todavía, anuncia que es un niño. Y entonces le preguntan ingenuamente cómo se va a llamar: una pregunta amable, que da lugar al suspense, a la bronca y al caos. Después de jugar a que adivinen el nombre y tras el unánime fracaso, Vincent ofrece una pista: “Empieza por A”, dice, y se produce una nueva catarata de intentos, todos fallidos. Por fin, se desvela el misterio: el niño se llamará Adolphe.
La revelación cae como una bomba. Pierre y Babou no salen de su asombro. ¡Su sobrino se va a llamar… como Hitler! Babou –no lo había dicho- es profesora de instituto; Pierre, de universidad. Y los dos son progresistas,  radicalmente demócratas y más radicalmente antifascistas. En sus cabezas no cabe la ocurrencia de su hermano y cuñado, que les parece un insulto y un atentado a la libertad, la igualdad y la fraternidad republicanas. Cuanto más defiende Vincent su elección, más se encrespa el ambiente y saltan los primeros chispazos de lo que va a ser una tormenta eléctrica de dimensiones más que respetables.
Evidentemente, el planteamiento, y también el escenario, recuerda a Un dios salvaje, igualmente un original teatral, de Yasmina Reza, trasladado al cine; pero hay otras referencias: Melo, de Alain Resnais o la más reciente Pequeñas mentiras sin importancia, de Guillaume Canet, dentro del cine francés. Porque si El nombre carece, en definitiva, de la carga de profundidad de la obra de Polanski, si que tiene el sello, el aroma y el estilo inconfundible de las buenas películas francesas: un excelente guión, repleto de diálogos brillantes, ocurrentes, ágiles, y unos intérpretes que se dejan llevar por su ritmo y su intención y crean unos personajes deliciosos y cercanos.
Tan cercanos, que son la esposa, el marido, el amigo íntimo, el cuñado… La familia y sus derivados, en una palabra; con sus amores y sus desdenes, sus pequeños agravios, sus decepciones y sus historias felices también, con sus rincones oscuros y, cuando menos te lo esperas, sus revelaciones sorprendentes. Delaporte y La Patellière trazan con estupendo pulso la confrontación de sus personajes en el limitadísimo espacio en el que los confinan. Y los miran, además, con buen humor y con indudable cariño: los dejan expresarse, permiten que se deslicen hacia el abismo, pero los recogen a tiempo y los dejan redimirse.
Eso nos conforta, porque es muy fácil identificarse con ellos y su circunstancia. Por boca de sus sobresalientes intérpretes, nos hablan de sus vidas, de sus valores en la sociedad: la cultura del dinero, el lugar de la mujer en el mundo actual, la actitud de cierto esnobismo izquierdista, los prejuicios y las envidias en la familia, la fuerza de la amistad… Todo un universo, reunido una noche en un salón, muy parecido al de nuestra casa.
(www.elnombre-lapelicula.es)

EL ORFANATO    (14.10.07)
Dir.: Juan Antonio Bayona
Pro.: Joaquín Padró, Mar Targarona   Gui.: Sergio G. Sánchez
Int.: Belén Rueda, Fernando Cayo, Geraldine Chaplin
El cine español se ha puesto definitivamente de largo en lo que se refiere al cine fantástico y de terror; ya hay títulos y nombres suficientes –Brian Yuzna, Balagueró, Paco Plaza, Fresnadillo, Vigalondo... sin olvidar a Amenábar- como para asegurar la entidad y, posiblemente, la permanencia del género en nuestra siempre tambaleante industria. Como confirmación, nos llega ahora El orfanato, la apuesta de la Academia del Cine para los próximos Oscar y uno de los éxitos del presente Festival de Sitges.
Presentado por el maestro Guillermo del Toro, es el primer largometraje de Juan Antonio Bayona; debutante, pero no recién llegado: cuenta ya con una treintena de trabajos entre cortos, videoclips y spots publicitarios; es el autor, por ejemplo, de Mis vacaciones (1999) y El hombre esponja (2002), dos de los cortometrajes más premiados de los últimos años.
El orfanato cuenta la historia de Laura, una joven emprendedora que trata de abrir una residencia para niños discapacitados en la misma casona, frente al Cantábrico, en la que ella se crió de pequeña junto a media docena más de huérfanos. Con su marido Carlos y su pequeño de siete años, se establece valientemente en la mansión llena de recuerdos, rincones y presencias. Algunas, además, se las trae puestas el chaval, un hijo único que juega con sus amigos invisibles... cada vez más numerosos e inquietantes.
Hay una tensión creciente en la casa –como debe ser- demasiado sola junto a un mar intranquilo, demasiado grande y demasiado oscura para una familia tan pequeña; el niño, además, aporta un plus de inquietud con sus correrías y sus juegos tenebrosos; y por si fuera poco, hace su aparición una extraña anciana, de la que no se sabe nada pero que parece conocerlo todo, y que lleva a Laura a enfrentarse con más fantasmas de los que caben razonablemente en una mente humana. Y por último, todo parecerá estallar en la escena cumbre de la película, la fiesta de presentación de la residencia infantil.
A partir de aquí, el argumento -que apenas ha sufrido un par de faltas veniales, totalmente asumibles en el género- mantiene un elevado nivel de dramatismo, que enlaza sabiamente en el tramo final con los elementos más clásicos: la atmósfera opresiva, la protagonista sola, el espacio y el tiempo rotos por las fuerzas ocultas... y los niños. Los niños fueron los protagonistas en el orfanato del pasado y vuelven a serlo en la quejumbrosa residencia de la actualidad, en esta especie de cuento tenebroso, un Peter Pan gótico en el que Nunca Jamás es ahora mismo.
No es fácil, por supuesto, ser absolutamente original en el relato de terror actual; de hecho, son dos o tres –o cuatro- los títulos que dejan oír sus ecos frecuentemente en esta historia. Los autores de la película, que lo saben muy bien, han fiado sobre todo en la brillantez de la factura, en el ritmo absorbente y doloroso como las notas truncadas del piano, y, sobre todo, en la muy aceptable interpretación de Belén Rueda –bien secundada por un reparto muy solvente-, llena de fuerza, sentimiento y determinación. 
Ella hace posible el personaje y toda la película, que de momento sí ha conseguido sembrar cierta polémica: hay quien la pone por las nubes y hay quien la denigra absolutamente. Los primeros, convencidos del buen hacer general y esperanzados en que la taquilla española se anime significativamente; los otros –huy, se me ha escapado-, valorando escasamente el esfuerzo y acusando la escasa originalidad y el amplio atrevimiento...
Yo creo que, en realidad, ni tanto ni tan calvo. El orfanato está muy bien hecha, conjuga bien los elementos –escasos- de terror puro y del thriller dramático-maternal, no hace más trampas de las precisas, no es ofensiva para la crítica y gustará al público en general. Y desde luego, no inventa nada ni supone ninguna cumbre del género, ni –supongo yo- era esa la intención de los autores. O sea, que se deja ver, y que hay cosas mucho peores. (www.elorfanato-lapelicula.com)

EL OTRO LADO DE LA ESPERANZA   (08.04.17)
Director: Aki Kaurismäki. Intérpretes: Sherwan Haji, Sakai Kuosmanen, Ilkka Koivula.
La nueva película de Kaurismäki se ha hecho esperar seis años; claro que nunca ha sido un trabajador impaciente. Eso sí, ha ganado el premio al mejor director en el reciente Festival de Berlín con esta historia, segunda –tras El Havre- de su prevista trilogía  sobre el exilio; y a lo mejor última, porque Kaurismäki afirma que puede hacer una trilogía de dos obras: genio y figura. De su filmografía no vamos a hacer repaso, porque como es de obligado conocimiento, todo el mundo la recuerda.
Los protagonistas de El otro lado de la esperanza son dos: Wikström es un cincuentón harto de su trabajo y de su vida; un buen día, decide abandonar a su mujer y todo lo que tiene y buscar nuevos horizontes: compra un restaurante de capa caída e intenta levantar el negocio. Al mismo tiempo, Khaled, un joven escapado de Siria, llega a Helsinki escondido en un carguero; a duras penas, consigue llegar hasta las autoridades de inmigración y pedir asilo en Finlandia.
Su solicitud es rechazada, pero su camino se cruza providencialmente con el de Wikström, que decide ayudarlo y, de momento, esconderlo; una decisión peligrosa para ambos. Porque la policía acecha, porque el finlandés bastante tiene con lidiar con el restaurante y sus indescriptibles empleados y porque el joven sirio quiere quedarse y además rescatar a su hermana, que permanece en su país. Todo complicado.
Kaurismäki retrata a sus personajes como siempre: con una mirada elemental y un trazo austero pero que atrapa la esencia de la historia y cautiva por su sinceridad y compromiso. Su película es otro relato magistral, poblado de situaciones insensatas pero terriblemente serias y de momentos dramáticos que bordean la hilaridad. Y provisto, como toda su obra, de una enorme carga de humanidad, de poesía y de sentido del humor: los componentes de un cine grande, inteligente y conmovedor.

 

EL PRIMER DÍA DEL RESTO DE TU VIDA   (21.06.09)
Dir.: Rémi Bezançon
Pro.: Eric y Nicolas Altmeyer   Gui.: Rémi Bezançon
Int.: Jacques Gamblin, Zabou Breitman, Marc-André Grondin
Segunda película del francés Rémi Bezançon –la primera, El amor está en el aire, no se ha estrenado en España- con la que fue nominado a nueve premios César y consiguió tres, además de ganar por el guión una Estrella de Oro de la crítica de su país y llevar a las salas a más de un millón de compatriotas. En Francia, ya se sabe, el público y la crítica apoyan su cine...
El primer día del resto de tu vida cuenta la historia de la familia Duval a lo largo de doce años. Lo hace de una forma original y bastante arriesgada: la película está dividida en cinco capítulos y cada uno cuenta un día protagonizado por un miembro de la familia que, en esas horas, asume el rol principal. De esa manera, vamos conociendo al matrimonio y a sus tres hijos, vistos sucesivamente desde el punto de vista de cada uno de ellos, y vemos su evolución, su forma de ser, sus relaciones, sus problemas y sus defectos y virtudes. Pero no es tanto una obra coral, una saga familiar a través del tiempo, como una historia con cinco personajes protagonistas que se alternan en el centro de la narración; sin dejar que el espectador se olvide del resto, pero obligándolo a componer por sí mismo los tiempos omitidos.
Robert, el padre, es un taxista que se pasa al volante todas las horas necesarias para sacar adelante su familia, tratando al mismo tiempo de atenderla y de devolver a su suegro el dinero que les adelantó para comprar su estupenda casa. Marie-Jeanne, su mujer, es una buena madre y una buena esposa, que cuida a sus hijos hasta donde estos se dejan, y a la que vemos acercarse dolorosamente a una edad crucial para su autoestima. Fleur, la hija, es una chiquilla enfrentada a sus primeras preocupaciones sexuales cuando empieza el relato, y una joven decidida, bastante madura y voluntariosa cuando acaba. Y los hijos mayores crecen, se independizan más o menos, cortan lazos, saltan puentes y buscan atajos de retorno con los titubeos y las frustraciones de rigor. Es la vida, atravesando en esos cinco días toda la historia de la familia; y el relato, a pesar de la aparente discontinuidad del cambio de mirada, no pierde coherencia, sino que encaja y se explica progresivamente. 
A pesar también del ejercicio de estilo que practica Bezançon, que rueda cada episodio de forma diferente, según él ve a sus personajes: el día de Albert, el hijo mayor, está rodado con grandes angulares, para expresar las distancias, la lejanía que pretende establecer con su familia; Raphaël requiere una imagen movida, como su propia existencia; el día de Fleur está contado cámara en mano, persiguiendo sus avatares; Marie-Jeanne protagoniza una historia rodada con teleobjetivos, creando una atmósfera íntima de fondos desenfocados, y, por último, el capítulo de Robert está conseguido con un efecto pictórico, una luz que sugiere un escenario complejo bajo la aparente simplicidad.
Robert, el padre –escenificado por un delicado y a la vez potentísimo Jacques Gamblin, uno de los más interesantes actores europeos del momento-, es, de alguna manera, quien recibe la mayor atención. Él es quien posee mayor perspectiva, quien mejor canaliza los problemas y el que mejor abre camino a las soluciones. También personifica el tránsito de la vida con un sentido más absoluto, algo que los jóvenes, absortos en su propio crecimiento, no son capaces de atisbar.
Hay cierto halo, por eso, de nostálgica tristeza soterrada bajo el ingenio y los rasgos de humorismo inteligente; la familia, dice Bezançon con toda razón, es el lugar donde se contempla mejor el paso del tiempo: los hijos crecen, los padres envejecen, los abuelos van desapareciendo y cada ciclo se va cumpliendo de manera inexorable. Y las personalidades que se desarrollan y las relaciones que se establecen en ese grupo humano, el más íntimo de todos, son, además, imprevisibles y, tantas veces, involuntarias: nadie ha escogido nacer en su propia familia. Eso es lo que nos cuenta, en definitiva, esta entrañable, cercana, un poco triste también, pero siempre verdadera película. (www.lepremierjour-lefilm.com)
 
EL SECRETO DE SUS OJOS   (27.09.09)
Dir.: Juan José Campanella
Pro.: Gerardo Herrero, Mariela Besuievsky, Juan J. Campanella   Gui.: Eduardo Sacheri, Juan J. Campanella
Int.: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella  
Juan José Campanella se dio a conocer mundialmente con su segundo largo El niño que gritó puta en 1991 y luego ha alternado su trabajo en series de televisión americanas –House y Ley y orden, entre otras- y el cine argentino: El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia, Luna de Avellaneda... De ésta hacía ya cinco años y se ve que tenía ganas de regresar a la pantalla grande y de reencontrarse con su actor preferido, Ricardo Darín, con el que tiene absoluta complicidad. Y Darín vuelve a estar sensacional en este personaje en dos tiempos unidos por el misterio y la conciencia. 
Benjamín Espósito está escribiendo una novela. La verdad es que no sabe bien cómo comenzarla; quizá porque es difícil empezar un relato del que ya se sabe cómo termina y, además, todo lo que pasó en medio. Y también porque Benjamín Espósito no es novelista: es agente judicial; o lo ha sido, porque acaban de jubilarlo. La novela, por su parte, no es una novela cualquiera: es un trozo de su vida, el fragmento más desgarrador, el que lleva aún todos sus demonios dentro. Veinticinco años de demonios, y ahora ha llegado el momento de expulsarlos definitivamente.
En 1974, en el Buenos Aires peronista, y casi de rebote, Benjamín se encarga de un crimen tremendo: una atractiva joven ha sido brutalmente violada y asesinada en su propia casa. El agente judicial, conmovido, entabla una relación con el viudo que en seguida va más allá de lo convencional para convertirse en una férrea decisión de encontrar al culpable. Mucho más, cuando los métodos policiales al uso le demuestran la corrupción y la injusticia del sistema. A partir de ahí, Benjamín, ayudado por su compañero Pablo Sandoval y por la secretaria del juzgado, la guapísima Irene Menéndez, inicia la caza del asesino.
La película se desdobla en un magnífico guión que alterna pinceladas de comedia con la intriga y con la paralela historia de amor soterrado, y viaja entre presente y pasado con fluidez y eficacia narrativa. Por eso la novela que escribe Espósito es un pretexto para la comprensión del espectador y para la memoria de los personajes. Más para lo primero, porque ninguno de los protagonistas ha olvidado nada de lo que sucedió ni ha perdido la huella de aquel esfuerzo, aquel dolor, aquella pasión. Veinticinco años después, los caminos que se separaron y se disolvieron en la nada –la nada que abruma a Benjamín Espósito, que le ha arruinado la vida y que no quiere dejar de intentar llenar- pueden quizá volver a encontrarse.
Un crimen mal resuelto, una pérdida trágica e injusta, una pasión escondida... son cargas demasiado pesadas si no se cuenta con una determinación inquebrantable como la del protagonista; que además duda y teme, porque es humano. Pero si es capaz de escribir con una desastrosa máquina a la que le falta la letra A, también podrá seguir el impulso de su corazón y la fuerza de una mirada. Las miradas, los ojos, son los protagonistas de esta historia. Benjamín e Irene se miran y sus ojos lo dicen todo. 
La pantalla ancha le sienta muy bien a este relato, porque deja un espacio largo, intensísimo, para que Darín y Soledad Villamil se contemplen, se hablen, se amen con la mirada más allá de las palabras, por encima de las palabras o incluso sin palabras. Campanella conduce la historia con ritmo pausado, dejando aflorar la intimidad de sus personajes. Aunque no desdeña la fuerza de la escena de masas y la acción más física –la espectacular secuencia del estadio del Rácing de Avellaneda, por ejemplo-, la película navega más bien entre el humor, la poesía y el sentimiento, y se inclina siempre hacia la reflexión y la exploración inteligente. 
El secreto de sus ojos ha roto la taquilla argentina, ha triunfado en San Sebastián y apunta a los Goya; todo ello merecidamente. Campanella, Darín y compañía han levantado una potente pieza narrativa, llena de sugerencias y emociones, palabras y silencios... y miradas: magnéticas, cómplices, elocuentes y humanas. (www.elsecretodesusojos.com)
  
EL SUEÑO DE ELLIS   (29.06.14)

Dir. James Gray
Pro.: James Gray, Christopher Woodrow, Greg Shapiro   Gui.: James Gray, Ric Menello
Int.: Marion Cotillard, Joaquin Phoenix, Jeremy Renner

Quinta película en veinte años de James Gray, un director y guionista que se toma su carrera con calma; y con acierto, porque ha conseguido un casi unánime reconocimiento: al menos de la crítica: Little Odessa –premios para él y para Vanessa Redgrave en Venecia-, La otra cara del crimen, La noche es nuestra y la magnífica y sorprendente Two lovers –con Joaquin Phoenix, a partir de la segunda, como actor-fetiche-, son obras muy sugerentes, siempre con personajes intensos y realistas protagonizando argumentos llenos de interés y, muchas veces, de emoción.
Y con evidentes referencias familiares en todas ellas, sobre todo en lo que toca al vínculo fraternal. También ahora: Ewa y Magda Cybulska son dos hermanas polacas que huyen de la guerra europea; sus padres han sido asesinados, y huérfanas y sin recursos, llegan a Estados Unidos. El barco las deja en la isla de Ellis, la dramática aduana en la que los inmigrantes son detenidos, vigilados e inspeccionados uno a uno mediante exhaustivos controles legales, médicos y hasta morales.
Muy cerca de la isla, la Estatua de la Libertad parece saludar la llegada de los viajeros; pero para Ewa y Magda no hay una mirada acogedora. Magda está enferma de tuberculosis y es descubierta inmediatamente y puesta en cuarentena –encerrada, en realidad- en el hospital. Y Ewa, acusada de conducta inapropiada, va a ser deportada y devuelta a su país. Entonces aparece en escena Bruno Weiss, un hombre misterioso y oscuramente protector, que ofrece a la joven facilitarle la salida de la isla y buscarle alojamiento en Nueva York. Y también trabajo. Bruno es –Ewa lo va descubriendo- empresario de teatro y mánager de actrices y bailarinas. Empresario y mánager quiere decir, además, alguna otra cosa. La joven, cuyo interés principal estriba en sacar a su hermana de su encierro, no consigue salir de la desesperanza; su desgracia solamente ha cambiado de cara. Hasta que aparece en escena Emil, primo de Bruno y también artista… más o menos de la misma categoría. Su espectáculo de magia no es deslumbrante, precisamente; pero sí supone un rayo de luz para Ewa en medio de las tinieblas en las que vive. Emil se siente inmediatamente atraído por ella; su belleza y su soledad lo conmueven, y trata de ayudarla. En realidad, lo que hace es colocarla en medio de la vía, con dos trenes que vienen en direcciones opuestas, de distinta potencia pero con la misma intensidad.
Las películas de Gray, como decía, están todas muy bien escritas, y la calidad de sus imágenes es notable. En El sueño de Ellis, a las estupendas interpretaciones del trío protagonista se une una fotografía que alcanza las más altas cotas de su carrera: el maestro Darius Khondji –el responsable de Seven, Midnight in Paris y Amor, por ejemplo- utiliza una paleta expresionista, llena de matices, claroscuros y tonos ocres como la vida de las gentes que pueblan el relato: la bruma –no solo física- de la isla, las luces amargas de la noche neoyorkina, la penumbra tras el escenario, el peso de las sombras rasgadas por algún brillo insuficiente.
Contemplada así, desde el punto de vista estético, la película resulta irreprochable. Los problemas vienen más bien del ritmo del relato y de la intensidad de la narración, que puede llegar a ser sofocante en algunos momentos. El recorrido de la joven Ewa por las calles de Nueva York y su desamparo entre el omnipresente Bruno, astuto y manipulador, y el ilusionista y bienintencionado Emil está descrito con extraordinaria minuciosidad; tanta, que la historia se ralentiza y pierde emoción. Los personajes viven y sufren una pasión que el espectador, lamentablemente, no llega a compartir en su totalidad.
Pero sin duda sí queda clara la intención de James Gray, avalada por la historia y tan cercana aun a la realidad: plasmar las complicaciones, las angustias y las esperanzas contenidas en una aventura humana tan dolorosa y difícil como la inmigración. (www.vertigofilms.es/catalogo-peliculas/e/el-sueno-de-ellis.html)

EL ÚLTIMO DESAFÍO   (03.02.13)
Dir.: Kim Jee-woon
Pro.: Lorenzo Di Bonaventura   Gui.: Andrew Knauer, Jeffrey Nachmanoff
Int.: Arnold Schwarzenegger, Edurdo Noriega, Forest Whitaker.
El director surcoreano Kim Jee-woon ha realizado su carrera en su país natal desde 1998; el título más relevante internacionalmente de toda ella es Dos hermanas, una historia de terror que, posiblemente, le ha facilitado ahora el salto a Hollywwod. Para su debut americano, el productor Lorenzo Di Bonaventura le ha encargado este thriller con hechuras de western –o viceversa- que iba a interpretar Liam Neeson pero que, afortunadamente, ha sido Schwarzenegger quien al final lo ha aprovechado para su retorno a la pantalla como protagonista. Afortunadamente, porque aunque Neeson es muchísimo mejor actor, Arnie es mucho más simpático –cinematográficamente hablando- y el guión se ha retocado con acierto para acercarlo a su personalidad. En ese registro se dejaba ver en sus apariciones en Los mercenarios, y ahora tiene la oportunidad de desarrollarlo ampliamente. Su personaje, Ray Owens, tras muchos años de trabajo arriesgado y algunas tristes decepciones en la policía de Los Ángeles, en vez de jubilarse –para lo que ya tiene edad- se ha convertido en el tranquilo sheriff de un más que apacible pueblo fronterizo con Méjico.
Pero esa vida cómoda y monótona da un vuelco cuando Gabriel Cortez, un peligroso jefe del narcotráfico, se cruza en su camino. Cortez va a ser trasladado de cárcel en una operación organizada por el FBI con todo lujo de elementos de seguridad, que, como es de rigor, saltarán por los aires para que el criminal sea liberado por sus secuaces. El agente John Bannister ve desesperado como lo imposible sucede: sus hombres caen en una trampa, se equivocan una y otra vez y Cortez se escapa elegantemente tras secuestrar a una atractiva agente y salir a toda velocidad conduciendo un maravilloso Corbette ZR1: un bólido de ensueño.
Por desgracia, el camino elegido por Cortez y sus sicarios para escapar del país pasa por Sommerton, el pueblito antes tranquilo del sheriff Owens. El capo de la droga no tiene más obstáculo que el veterano vigilante de la ley y sus inexpertos ayudantes; en principio, poca cosa para tan temible delincuente. Lo que él no se imagina es que Owens ya ha sido alertado por el desesperado Bannister, y ha tenido que lidiar, además, con un penoso incidente; Owens está muy enfadado y cuando se enfada es un enemigo de cuidado: durísimo, implacable y con más recursos que un mago de feria.
Kim Jee-woon maneja los tiempos con soltura; a la primera y trepidante secuencia, que homenajea a los clásicos del género, le sigue un montaje en paralelo que hace confluir la acción en el escenario antológico del western: la calle principal del pueblo, polvorienta y solitaria: algo de Solo ante el peligro, algo del OK Corral y similares; claro que puesto al día: el protagonista puede empuñar, en vez de un colt 45, una descomunal ametralladora; y héroe y villano se persiguen entre el maizal cabalgando sus coches y no sus caballos. Para terminar con el suspense del duelo mortal –más o menos- entre ambos antagonistas.
Schwarzenegger disfruta con esta historia y no tengo ninguna duda de que al resto del reparto le pasa algo parecido; incluso Forest Whitaker, que siempre tiene carita de pena, y, seguro, Eduardo Noriega, en su personaje de malo latino –el sino de los actores hispanos-, refinado jefe mafioso, experto velocista y esforzado oponente del héroe nacional. Arnie ha regresado. Está mayor, y él lo sabe; pero este no será de verdad su “último desafío”: prepara el estreno de The tomb, rodará inmediatamente Ten –otro policiaco- y dice que estudia una vuelta de Terminator y Conan; imagino que, aquí, como abuelo del famoso guerrero. De momento, su vuelta combina su género favorito, el trhiller de acción, con el elemento humorístico que también se le ha dado bien en otras ocasiones; como se puede comprobar, según avanza el argumento el tono dramático va cediendo paso a la ironía y al apunte burlesco, hasta culminar en una divertida autoparodia del esforzado –y ya más que maduro- protagonista. (www.
thelaststandfilm.com/)

EL VEREDICTO   (05.10.14)
Dir. Jan Verheyen
Pro.: Peter Bouckaert  Gui.: Jan Verheyen
Int.: Koen De Bouw, Johan Leysen, Veerle Baetens
El cine belga –sus creadores, sus intérpretes- no es muy conocido en nuestro país y se va dejando caer en nuestras pantallas casi con cuentagotas: las películas de los hermanos Dardenne –este mes se estrena su nueva película Dos días una noche- o la magnífica Alabama Monroe de la pasada temporada, son posibles ejemplos de esta escasa penetración. Con esta última comparte algunos de sus protagonistas El veredicto, una impactante historia que pone patas arriba los fundamentos del sistema judicial

Luc es un ejecutivo en plena madurez, y un hombre casi feliz. Tiene mujer y una hija y una buena posición. Está un poco nervioso, porque contempla en su horizonte inmediato un importante ascenso en su empresa: nada menos que sustituir al presidente, que se jubila y ha pensado en él como sucesor. Todo parece ir sobre ruedas, pero un futuro tan prometedor se quiebra definitivamente una noche trágica, cuando pierde a la vez a su esposa y a su hija: la niña sufre un atropello mortal instantes después de que su mujer sea asaltada y asesinada por un delincuente enfurecido.

Luc apenas es capaz de asimilar tanta desgracia. Solo, deprimido, se enfrenta a una realidad que ya no le interesa. Pero cuando parece que la vida tiende a encarrilarse, vuelve a golpearlo con lo que menos imaginaba. Su drama se multiplica y se consuma cuando el hombre, arrasado definitivamente por el dolor, contempla cómo un increíble error de procedimiento –una diligencia sin firmar, advertida por una hábil abogada- permite que el autor de la muerte de su mujer quede libre y salga a la calle como si nada hubiera pasado. Desde ese momento, Luc solo vive para planear y ejecutar la venganza que le permita sobrellevar su existencia.

Su determinación puede más que su depresión, y calcula fríamente todos los pasos a seguir. En su punto de mira está, claro, el agresor; pero también la ley, los procedimientos y sus administradores. No se va a detener ante obstáculos ni consideraciones morales o legales: está decidido. Y espera, y adivina, que las consecuencias de sus actos van a provocar un tremendo terremoto –jurídico, político y social- que terminará por alcanzar a todas las capas y estructuras del país: el gobierno, la judicatura, por supuesto la prensa, y la opinión pública toman partido en un proceso apasionante y controvertido.

Jan Verheyen maneja los hilos del relato con extrema precisión. La historia, estructurada en dos tiempos, con prólogo y epílogo, mide perfectamente la progresión del interés y la emoción. En su segunda mitad, asume el esquema clásico de las películas de juicios: el ministerio fiscal, que trata de salvar la cara del gobierno; la abogada de la acusación, implacable desde su férrea convicción; el de la defensa, experimentado y poderoso, que sabe utilizar todos los recodos de la ley; los miembros del jurado, voluntariosos y honrados, pero impresionables; y el acusado. Todos confluyen al amparo de la justicia… si no fuera porque casi ninguno sabe qué es la justicia ni creen de verdad que exista.

Los que sí creen en lo que hacen son los magníficos intérpretes que los representan, encabezados por Koen De Bouw –una estrella en Bélgica-, que asume casi todos los planos y dota de auténtica desesperación, amargura y obstinación, a partes iguales, a este personaje capaz de revolver las conciencias con su actitud y su discurso. Un tremendo alegato, nada panfletario, tan acertado y tan sincero como rotundo.

Es imposible no sentirse afectado por lo que se presencia y por la certeza de que eso mismo –o casos parecidos- se ve todos los días, en cualquier rincón del mundo, a veces con consecuencias terribles y definitivas: inocentes condenados, culpables en libertad –no se sabe qué es peor-, y legisladores ineptos, insolidarios y corruptos. El veredicto pone al espectador ante esa inquietante cuestión: quién hace leyes tan malas, quién las administra y por qué cuesta tanto ponerle remedio a esta calamidad. (www.sherlockfilms.com/prensa/veredict.html)

EL VIENTO SE LEVANTA   (27.04.14)
Dir.: Hayao Miyazaki
Pro.: Toshio Suzuki   Gui.: Hayao Miyazaki
Animación

Cumplidos los 73 años, Hayao Miyazaki tiene derecho a una dorada jubilación. Pero su anuncio de que dejaba la realización de largometrajes produjo una enorme conjunción de lamentos a escala planetaria; parece impensable que no vayamos a celebrar más películas suyas, tras esta maravillosa El viento se levanta. El maestro Miyazaki, creador del sensacional Studio Ghibli –cumbre de la animación japonesa- y de películas superlativas como Nausicaä del Valle del Viento, Mi vecino Totoro, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro –Oso de Oro en Berlín y Oscar de Hollywood- o Ponyo en el acantilado, se despide de sus lápices y pinceles con este testamento cinematográfico: una absoluta obra capital.
El argumento, extraído de un relato de Tatsuo Hori y basado en un cómic del propio Miyazaki, cuenta la vida de Jiro Horikoshi desde que era un niño apasionado por el vuelo; su pronunciada miopía le impidió pilotar, pero no soñar con los aviones más ligeros, veloces y bellos. Inspirado por la figura del ingeniero italiano Giovanni Caproni y estudioso de la industria aeronáutica alemana –la más avanzada en los años 30-,  se dedicó al diseño de aparatos extraordinarios, en los que introdujo novedades formales y técnicas de todo tipo que le valieron rápidamente el reconocimiento de su país y la posibilidad de trabajar para el ejército nipón.
Por primera vez, Miyazaki desarrolla una biografía real; y además, El viento se levanta no contiene aspectos mágicos o mitológicos, aunque sí la constante incursión de elementos oníricos que permiten a Jiro mantener su relación con Caproni: el italiano seduce al joven con sus aviones extraordinarios, con sus reflexiones y con sus ilusiones. Jiro sueña los sueños de Caproni y trata de llevarlos al papel, primero, y a los aires después. Por un momento, su vida –y la película- se ensombrecen con el terrible terremoto que asoló Japón en 1923; pero sirve para que Jiro conozca a Nahoko, que será el amor de su vida. Sobre todo desde que, algunos años después, vuelven a encontrase: Nahoko pinta desde una colina el paisaje que se extiende a sus pies, y Jiro pasa por allí y la descubre. Los colores de la paleta de la joven se funden con la luz de la escena, el azul del cielo, el mundo verde de la pradera y los ocres del bosque hendido por el sendero que atraviesa el desprevenido protagonista. Luego sopla el viento, vienen las nubes, y llueve; pero ya nada importa: Jiro es feliz y dispara aviones de papel como gaviotas caprichosas.
Cada fotograma es una obra de arte. La composición, la iluminación, el movimiento y la secuencia son un prodigio de ritmo, de armonía, de poesía hecha imagen. No hay un solo detalle, por pequeño que sea, que escape a la mirada atenta y delicada de Miyazaki, que –es obvio decirlo- no precisa de ordenadores ni artificiosos efectos visuales: papel y lápiz y los tintes de la naturaleza; y la inspiración y la calidad del trazo para dibujar la vida y el alma de cada personaje y cada objeto. El agua respira, la tierra palpita y el aire se hace presente moviendo las nubes, agitando la falda de Nahoko o dando vida a los aviones de Jiro, de papel, de madera y lona o de acero brillante bajo el sol.
Algunas críticas acusan a la película de belicismo –Horikoshi fue el diseñador del famoso Zero, el avión con el que Japón bombardeó Pearl Harbor y combatió en la Guerra Mundial-, y otras, a la vez, de inoportuno pacifismo. En realidad, la intención de Miyazaki no es condenar ni, por supuesto, alentar el espíritu de la contienda, sino desplegar una inteligente metáfora acerca de la caducidad de la vida, el amor y la belleza. A través de la historia de un hombre en pos de su sueño; un ideal inquebrantable que pasa por encima de todo hasta su conclusión.
Puede que, en definitiva, Miyazaki solo hable de sí mismo; en este punto final de su carrera, semejante –o no- al de su protagonista. Lo que vale, para nosotros, es su obra, llena de imágenes y momentos maravillosos. Y su testimonio, extraído de los versos de Paul Valéry: “El viento se levanta, hay que intentar vivir”. (http://www.elvientoselevanta.es/)

ENCONTRARÁS DRAGONES   (27.03.11)
Dir.: Roland Joffé
Pro.: Ignacio Gómez Sancha, Ignacio Núñez, Roland Joffé  
Gui.: Roland Joffé
Int.: Charlie Cox, Wes Bentley, Dugray Scott  
El británico Roland Joffé ofrece un currículum ciertamente desigual. Hizo televisión durante los años 70 y primeros 80, y debutó en la pantalla grande en 1984 con Los gritos del silencio; luego ha dirigido La misión, La ciudad de la alegría, La letra escarlata, Vatel, Cautivos… Unas más interesantes y otras mucho menos, como se ve. Y ahora toca juzgar a cuál de los dos lotes corresponde ésta última. Encontrarás dragones –el título hace mención a lo que puede pasar si nos aventuramos con cierta profundidad en terrenos pantanosos- es un encargo de dos productores españoles; ambos, miembros del Opus Dei y hasta ahora ajenos por completo al cine, conocieron el guión previo, les pareció muy malo y compraron los derechos de la historia para darle a Joffé la oportunidad de reescribirla y dirigirla.
Es el primer texto propio que afronta Joffé, y se nota. Los productores estarán contentos, entre otras cosas porque ahora seguramente narra los hechos que ellos quieren y de manera plenamente satisfactoria; pero si la película hace aguas por babor y por estribor, es sin duda por culpa de un guión decididamente endeble. La narración está compuesta por los recuerdos que un joven periodista de origen español va recibiendo de su padre, amigo desde la infancia de Josemaría Escrivá de Balaguer. La excusa es que el fundador del Opus Dei acaba de ser canonizado y al periodista le piden sus editores una biografía del santo.
A pesar de que el padre advierte al escritor de que en su investigación va a “encontrar dragones” de difícil asimilación, su decisión es firme y vamos, con él, descubriendo las vidas paralelas de Josemaría y Manolo, dos chavales que crecen juntos en el pueblo hasta que los caprichos de la fortuna apartan a las familias con la diferencia irreconciliable de sus clases sociales.
Estamos en la España republicana y nuestros protagonistas, que han ingresado juntos en el seminario –una posibilidad para los jóvenes de la época de escapar a la miseria y la ignorancia de su medio rural-, viven ya la definitiva separación cuando Manuel se marcha a vivir su vida sin la sotana y Josemaría progresa en su vocación. Y luego un grupo de generales se lanza a la aventura de un golpe de estado criminal y se produce una contienda sangrienta, fratricida y eterna.
No sólo Josemaría y Manuel están en bandos opuestos –aunque no del todo-; también la película se quiebra en dos historias, cada una por su lado, ambas con importantes subtramas y personajes secundarios. Hay algunos momentos chuscos por culpa del idioma –en la versión original-, y transgresiones y errores nada involuntarios en cuanto a los hechos y las localizaciones, muy evidentes desde luego en cuanto se refiere al “ejército” republicano y a los acontecimientos en Madrid; pero quizá estos sean pecados veniales comparados con la evidente incapacidad del guión para mantener la conexión y el interés entre las dos crónicas; a las que se une, por si fuera poco, la propia del protagonista que bucea en el pasado desde el presente.
No puedo objetar a la verdad del relato de la vida de Escrivá de Balaguer, más allá de la comprensible necesidad de novelar en algunos momentos clave; no la conozco al dedillo, sin duda por falta de interés por mi parte. Tampoco hay reparo a la ambientación general ni al trabajo de un importante elenco internacional –además de los protagonistas cruzan por la pantalla Unax Ugalde, Olga Kurylenko, Jordi Mollà, Ana Torrent, Geraldine Chaplin, Derek Jacobi, Charles Dance…-, aspectos en los que Roland Joffé está suficientemente acreditado. Pero esa quiebra continua del argumento, desmañada y confusa, entorpece y difumina la calidad de estos elementos.
Y para colmo, el guión no consigue elevar nunca a categoría de trascendencia las andanzas y los mensajes del curita iluminado; sobre todo en comparación con las de su amigo, bastante más interesantes y sorprendentes. Algo paradójico, que en el fondo da igual, porque esta floja película de un Joffé declinante está destinada a los incondicionales de la causa, convencidos y entusiasmados de antemano; a ellos les parecerá emocionante. (www.therebedragonsfilm.com/)

EN LA CASA   (11.11.12)
Dir.: François Ozon
Pro.: Eric y Nicolas Altmeyer   Gui.: François Ozon
Int.: Fabrice Luchini, Ernst Umhauer, Kristin Scott Thomas
Las películas de François Ozon –parisino, 47 años-, todas escritas también por él, tienen la rara cualidad de resultar inquietantes, a menudo perturbadoras, siempre especiales en sus retratos de personajes que parecen esconder mucho más de lo que muestran. Condición que suele extenderse a cada uno de sus argumentos; es así en Bajo la arena y en Swimming pool –ambas con la maravillosa Charlotte Rampling-, en Gotas de agua sobre piedras calientes –una idea original de Fassbinder-, en 8 mujeres y Potiche, mujeres al poder –con algunas de las mejores actrices del cine europeo-, y en El tiempo que queda y Ricky, la historia de un niño que vuela.
Y también sucede en esta nueva película, basada en la obra teatral del español Juan Mayorga El chico de la última fila: una historia original y fascinante llena de palabras sugerentes, imaginación desbocada y perversidad juvenil. Cuenta el descenso a los infiernos de un hombre, el puntilloso y discreto profesor Germain. El hombre disfruta de una vida acomodada, feliz en su rutina matrimonial con su mujer Jeanne, directora de una galería de arte moderno, y, por el contrario, bastante desencantado con sus clases de lengua francesa. Sus alumnos del instituto le procuran más decepciones que alegrías y repasar sus trabajos le produce irritación y frustración.
Pero de repente encuentra uno, Claude, que lo sorprende con una redacción en la que cuenta con pelos y señales el fin de semana pasado en casa de un compañero de clase. La narración atrapa al profesor por su interés y su minuciosa descripción y, con la excusa de seguir corrigiéndolo, alienta al alumno a continuar relatando sus incursiones, cada vez más indiscretas y morbosas, en la vida doméstica de su amigo.
La película se bifurca así en un doble relato: por un lado la vida de Germain, afectado en el plano familiar y –mucho más- en el profesional por la seducción que Claude y sus historias ejercen sobre él, y por otra parte estos relatos, que, leídos por el profesor, toman cuerpo en la pantalla y se desarrollan en episodios más intensos en cada ocasión, siempre interrumpidos en el momento culminante, como en un juego de las Mil y una noches todavía más perverso.
El joven Claude ofrece al lector no sólo su punto de vista y su opinión –a menudo maliciosa-, sino también un retrato descarnado de las actitudes y conflictos mutuos de todos los componentes de la desprevenida familia que lo ha acogido y le ha dejado, involuntariamente, penetrar y desvelar su intimidad. El chico abusa de su compañero con la excusa de ayudarlo, desprecia al padre y adora a la madre. Paralelamente, aturde y cautiva a Germain con la potencia sugerente de sus palabras, hasta llevarlo a quebrar sus deberes profesionales y a dejarle abrir la puerta de su propia casa.
En La vida de los otros, Florian Henckel von Donnersmarck mostraba el inclemente escrutinio que los oídos ajenos realizaban en la casa asaltada; en estos mismos momentos, se estrena Reality, en la que Matteo Garrone indaga sobre la intimidad revelada del Gran Hermano como paradigma y culminación del espectáculo popular. Pero en el protagonista de la película de Ozon están ausentes las motivaciones políticas o los propósitos socioculturales; Claude –y con él, Germain- es un mirón y un manipulador, un espectador inteligente y un creador implacable.
Y además es un niño, cuya inocencia pervertida provoca mayor desconcierto, más desazón, pero mayor fascinación. Ese es el elemento más interesante de la obra, junto con la interpretación de los protagonistas: Fabrice Luchini, magnífico, y el chaval Ernst Umhauer, una revelación. Ambos se apoderan de la pantalla y los espectadores y no los liberan hasta que en la escena final, los dos juntos, aunque ya en situaciones opuestas, levantan con su mirada la fachada que cubre las casas ajenas e irrumpen, esta vez para siempre, en su interior. (http://www.danslamaison-lefilm.com/)

EN LA CIUDAD DE SYLVIA   (16.09.07) 
Dir.: José Luis Guerín
Pro.: Luis Miñarro, Gaëlle Jones   Gui.: José Luis Guerín
Int.: Pilar López de Ayala, Xavier Lafitte  
Este es el más especial de los directores españoles especiales, tipo Erice o Rosales... José Luis Guerín, barcelonés de 47 años, es el autor de Los motivos de Berta (85), Innisfree (90, formidable recreación del universo de Un hombre tranquilo), Tren de sombras (97) y En construcción (2001, el documental con el que ganó todos los premios del cine español y muchos en el extranjero).
Ahora ha ido más lejos todavía en su búsqueda del cine puro, que según él radica en la sencillez y el compromiso con el espectador. Para conseguirlo ha construido una película que es argumental pero también documental, fundiendo casi absolutamente esa difícil frontera que separa los dos géneros. En la ciudad de Sylvia está protagonizada por las calles tranquilas de Estrasburgo –no importa que sea Estrasburgo-, por las que camina un joven dibujante. Pasea, se sienta en una terraza, mira la gente, esboza en su cuaderno rostros, gestos de mujer y de pronto encuentra a Sylvie, la que él cree que es Sylvie, perdida seis años atrás.
Entonces comienza a seguirla y los dos atraviesan nuevamente las calles, en un itinerario físico pero también poético, a veces acelerado, a veces inmóvil, al principio inocente y después cómplice aunque no aceptado. Todo es una paradoja y un misterio, porque si ella no es Sylvie –que parece que no-, entonces no sabemos quién es ella, quién es Sylvie, ni quién es esa Laura a la que aluden constantemente los grafitis que pueblan las paredes de la ciudad. Tampoco él, en realidad, termina ninguno de sus dibujos, que se acaban en el escorzo, en la línea, en el boceto, incluso de la curva desnuda de la chica que comparte su noche. Hay propuestas, hay posibilidades, pero no hay definiciones.
Guerín ha planteado, sabiamente, una estructura asimismo abierta. La película inicia cada período con una noche –tres en total- que no son más que el preludio de la jornada -corta o larga, da igual-, que vive el protagonista. La que abre la obra arranca con unos planos estáticos hiperrealistas –que remiten al mundo pictórico de Antonio López-, seguidos de la presentación del joven, absorto en su proceso de creación; es evidente la posición del artista, dispuesto a crear, pero también la del espectador, dispuesto a comprender. Así resulta indudable desde el principio el postulado expresado de compromiso con el público.
Porque En la ciudad de Sylvia deja, efectivamente, todo el espacio al espectador. No lo manipula, no lo contamina, no lo ataca con ninguna suerte de efectos sentimentales, formales ni mucho menos de carácter extracinematográfico, como el absurdo bombardeo digital que padecemos actualmente. El cine está hecho para mirar, y la película es una sinfonía de miradas. El protagonista mira desde dentro de la pantalla, y el que está delante de ella mira también con él, mira lo que ha visto el director y ve mucho más, mucho más allá y mucho más tiempo. 
La ciudad está viva, sus personajes están vivos y
cada escenario –la tranquilidad del café, la penumbra sincopada de la discoteca, los reflejos brumosos de los escaparates o los poliédricos del tranvía en movimiento-, muestra cómo la vida atraviesa cada fotograma de la película como atraviesa cada instante de nuestra existencia. Guerín apuesta por la verdad y la sencillez de los Lumiére, de Chaplin, e incluso de Hitchcock, en la sorprendente y genial tensión narrativa de un no-argumento como éste.
En la ciudad de Sylvia es, además, la película que José Luis Guerín quería hacer, y eso es un mérito añadido: no ceder ante la presión de la moda y el negocio y perseverar en un cine muchísimo más auténtico. Quizá más pequeño, evidentemente, pensado y hecho a espaldas de la industria, con postulados que no tienen que ver mucho con la rentabilidad... Pero desde luego, hecho desde la libertad, la sinceridad, la inteligencia y el arte; con un magnífico resultado: En la ciudad de Sylvia es una película formidable, enormemente poética, muy coherente y absolutamente imprescindible. (www.wandavision.com)

ENTERRADO   (03.10.10)
Dir.: Rodrigo Cortés 
Pro.: Adrián Guerra, Rodrigo Cortés   Gui.: Chris Sparling
Fot.: Eduard Grau   Mús.: Víctor Reyes   Mon.: Rodrigo Cortés
Int.: Ryan Reynolds  
Segunda película de Rodrigo Cortés, que ha dejado a todo el mundo con la boca abierta. A mí me gustó mucho su ópera prima, Concursante, que ganó en Málaga hace tres años el premio de la crítica; aunque después hiciera una carrera comercial regular, por eso de que el cine español aquí no nos parece importante… Cortés tiene un estupendo currículum como cortometrajista, y ahí ha forjado ese oficio y ese saber que demuestra en sus dos largos. Enterrado ha ganado también el premio de la crítica en el festival de Deauville, además de dejar muy buena impresión en Sundance y Toronto; y acaba de empezar.
Es una película de argumento mínimo, pero estremecedor. Paul Conroy, un transportista americano que trabaja en Irak, ha sido secuestrado y enterrado vivo, aunque magullado y maniatado, en un ataúd de madera bajo la arena del desierto. Cuando comprende su terrible situación, intenta una búsqueda desesperada de salvación. Sólo cuenta con un teléfono móvil, su mechero y alguna cosa más –una linterna titubeante, una petaca, una pequeña navaja- que sus captores le han dejado… con toda la mala intención del mundo.
Y no hay más: un único protagonista, un único escenario. Y qué escenario… Una caja de madera no muy resistente por la que se cuela arena al menor empujón, restringiendo todavía más el espacio y, consiguientemente, el oxígeno de que Paul dispone. Un planteamiento de auténtica película de horror, que conecta inmediatamente con uno de los terrores más elementales del ser humano: el de parecer muerto sin estarlo y ser enterrado vivo, por error u omisión de sus parientes y allegados. Aquí no hay error sino maldad y eso provoca el primer pánico del espectador.
Paul inicia una trágica carrera contra el reloj, ayudándose fundamentalmente del móvil, que no tiene mucha batería pero que le sirve de momento para establecer contacto con el exterior. El magnífico guión de Chris Sparling –que nadie quiso en Hollywood, hasta que cayó en las manos de Rodrigo Cortés- se recrea entonces en mostrar la incapacidad humana, la insolidaridad y los peligros de las modernas comunicaciones: los teléfonos están apagados, saltan los contestadores, los servicios de emergencia se enredan en estúpidas burocracias, la empresa se desentiende descarada y despiadadamente de su empleado, los agentes del gobierno son lentos y mentirosos… 
Y por el teléfono entran, por si fuera poco, las amenazas y las órdenes crueles de los captores, que incluyen la realización de un vídeo que coloca las imágenes del secuestrado en los ordenadores de todo el mundo, mientras él mismo ignora su localización y padece su angustiosa situación.
Un panorama. Pero la sabiduría de Cortés –autor también del magnífico montaje- hace que estas circunstancias, perfectamente dosificadas, permitan un respiro en el patio de butacas. El horror cede paso a una estupenda maquinaria de suspense cinematográfico, en el que juegan todos los elementos temporales y físicos: la linterna agota su pila, el móvil su batería, la identificación del lugar se complica, la arena entra, el oxígeno se agota, los sentimientos se desbordan.
Rodada en poco más de dos semanas, en orden cronológico y con un par de licencias visuales de corte simbólico, la película es un “tour de force” para su director y, desde luego, para su intérprete. Ryan Reynolds está encerrado entre las maderas, a oscuras y solo durante todo el metraje. Oímos otras voces por el teléfono, percibimos unas escasas y tremendas imágenes que sacuden su pequeña pantalla… y no hay más. Formidable interpretación, iluminada –es un decir- por la sensacional fotografía de Eduard Grau y acompañada por la muy potente banda sonora de Víctor Reyes; todo aquí funciona como un reloj. Con media docena de cortos y estos dos largometrajes, Rodrigo Cortés se revela como un maestro. Si alguien lo duda, el tiempo me dará la razón.
(http://experienceburied.com)

EN TIERRA DE SANGRE Y MIEL   (04.03.12)
Dir.: Angelina Jolie
Pro.: Angelina Jolie, Simon Crane, Graham King   Gui.: Angelina Jolie
Int.: Zana Marjanovic, Goran Kostic, Rade Serbedzija  
No se puede discutir que Angelina Jolie ha optado por el riesgo en su debut como directora. Pero cualquiera que conozca su trayectoria no sólo artística, sino –sobre todo- personal, tampoco puede extrañarse demasiado al presenciar esta dolorosa, tremenda por momentos, comprometida y valiente película.
El relato está enmarcado en una historia de amor; que se tuerce nada más iniciarse: Ajla, una joven artista bosnia musulmana, y Danijel, un policía serbio, se acaban de conocer y surge el romance; pero en esos momentos estalla la guerra. Los amantes quedan en bandos enfrentados; él se convierte en un duro oficial del ejército, que practica una durísima represión sobre la población civil. Hombres adultos, ancianos y niños mueren en las trincheras o en los terribles asaltos calle por calle, casa a casa; las mujeres corren quizá peor suerte: salvan la vida momentáneamente, para ser juguete despiadado de los soldados, que las humillan, las violan y abusan de ellas en todos los sentidos.
Ajla, debatiéndose entre su amor por Danijel y sus deberes para con su patria, vivirá un auténtico calvario. Siguiendo su rastro, su mirada y sus sentimientos, la cámara de Angelina Jolie recorre sin contemplaciones los escenarios de la cruel guerra serbo-bosnia. El odio acumulado, la sed de venganza, los perores sentimientos –y unas gotas de los mejores- afloran entre quienes hasta hace poco eran vecinos, conocidos, amigos… Hay algunos antecedentes ilustres de imágenes sobre este conflicto –En tierra de nadie, de Danis Tanovic, Grbavica, de Jasmila Zbanic, principalmente-, pero quizá ninguno con la crudeza y la sinceridad de esta película. Para Angelina Jolie no hay buenos o malos, no hay diferencias, pero tampoco hay excusas para la brutalidad contra las mujeres: ellas son las víctimas, ellas son la cara más amarga de la guerra, ellas son también las sacrificadas heroínas. (http://www.aurumproducciones.com/index.php?servicio=cine&c_pelicula_id=1624)

EN TIERRA HOSTIL   (31.01.10)
Dir.: Kathryn Bigelow
Pro.: Kathryn Bigelow, Mark Boal, Nicolas Chartier   Gui.: Mark Boal 
Int.: Int. Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty  
Kathryn Bigelow es, a sus 58 años, una de las más modernas y trepidantes directoras americanas; suyas son Acero azul, Le llaman Bodhi, Días extraños y El peso del agua. Le gusta la acción y lo demuestra en esta historia, que ha rozado el Globo de Oro y que se presenta entre las favoritas al Oscar.
En tierra hostil, como su título indica, retrata a unos soldados americanos en un lugar donde no son bienvenidos; hay bastantes, pero el escenario elegido es Irak. Lo tenemos muy claro desde el principio: al acabar los títulos de crédito, antes de empezar la acción, Kathryn Bigelow apunta que la guerra es una droga y que crea adicción; algo que su protagonista parece comprender –y padecer- absolutamente. El sargento William James es un experto en desactivar minas camufladas, bombas inaccesibles y los más peligrosos explosivos en general. Su pasión por el riesgo y sus métodos poco ortodoxos llevan a sus compañeros al borde de la desesperación, pero sus éxitos parecen avalar su temeridad. 
La guerra –aquí la de Irak- sirve nuevamente de argumento a una película americana; claro que ésta no es una más:  Kathryn Bigelow conduce la acción con un ritmo tan acelerado que el espectador acompaña a los intérpretes en sus abundantes subidones de adrenalina; la sensación de peligro no decae y, desde el primer al último minuto, las escaramuzas mortales se suceden a una velocidad que no permite casi ni respirar. Con un reparto de desconocidos –eso es un acierto- salpicado por los “cameos” de Guy Pearce, David Morse y Ralph Fiennes, En tierra hostil obtiene un evidente impacto visual.
Pero su mensaje resulta más que discutible y, quizá, un tanto paranoico. Y tanta velocidad y tanta violencia, con un resultado más que previsible además, llega a agotar y desinteresar. (www.deaplaneta.com/sites/entierrahostil)

EN UN MUNDO MEJOR   (03.04.11)
Dir.: Susanne Bier 
Pro. Sisse Graum Jørgensen   Gui. Anders Thomas Jensen 
Int. Mikael Persbrandt, Trine Dyrholm, Ulrich Thomsen  
Susanne Bier –la directora de Hermanos, Después de la boda y Cosas que perdimos en el fuego, entre otras- ha conseguido, además del Globo de Oro, un nuevo Oscar para Dinamarca, que no lo ganaba desde El festín de Babette y Pelle el conquistador, en 1988 y 89, respectivamente. Según ella misma confiesa, y es muy evidente en su obra, a Susanne Bier le interesan los seres humanos: su naturaleza y sus problemas vitales; su fragilidad, sus dudas y sus incertidumbres más aún que sus certezas. Personas como Anton, el protagonista de En un mundo mejor: un médico danés que trabaja en África con los enfermos –mujeres, niños desnutridos, ancianos y jóvenes lisiados y heridos- de un campo de refugiados en un país indeterminado asolado por la pobreza, la hambruna y la más cruel guerra tribal. Con absoluta escasez de medios, sobreponiéndose al horror de cada día, Anton se esfuerza tenazmente sin dejar resquicio al miedo ni al cansancio y concediéndose sólo una pausa para volver, de tiempo en tiempo, a su casa, a la confortable monotonía de una provinciana ciudad danesa.
El contraste entre la polvorienta, tórrida y peligrosa aldea africana y la civilizada, ilustrada y sólida sociedad europea es brutal. Pero en el hogar también surgen problemas: Anton ve como su matrimonio se deshace, y su hijo sufre graves problemas en el colegio; para colmo, ha hecho amistad con otro niño, un chaval inteligente y decidido pero extremadamente violento. La vida de los niños ofrece otro dramático contraste: los africanos, pobres y al borde de la extenuación, comen migajas y ríen disputándose un balón de fútbol, mientras el alma se les sale por los ojos enormes, negros como la noche sobre sus cabañas; los daneses, bien educados y alimentados, con todo a favor de su futuro, sufren en medio de la abundancia la pérdida familiar y la deshumanización consumista y agresiva del primer mundo.
Elías, el hijo de Anton, acusa la separación de sus padres, y su amigo Christian vive una realidad aún peor: acaba de perder a su madre, y el padre está más atento a sus negocios que al chaval; al desconcierto del primero se une la rabia interminable del segundo. Juntos, pueden provocar una catástrofe considerable. Mientras, Anton, que entre ausencia y ausencia trata de recuperar a su mujer y de educar a su hijo en los valores cívicos y morales que le parecen más importantes, vive en África auténticas calamidades: allí no hay más alternativa que sobrevivir a toda costa, en medio de la ferocidad de los señores de la guerra, de las enfermedades y de la miseria.
Susanne Bier y su guionista han calibrado perfectamente el ritmo dramático de este relato que va y viene entre los dos continentes. De hecho, la directora danesa ya ha demostrado su dominio de la narración fragmentada, alternando el punto de vista o mostrando el peso del pasado en el presente, por ejemplo en Hermanos y en Después de la boda, en la que, además, la acción viaja también de África a los países nórdicos. No es tarea fácil, porque hay que poseer una exacta medida de los vaivenes de la historia para que los espacios y los tiempos, y los personajes que los habitan, no se pierdan de la memoria al mismo tiempo que de la vista del espectador.
También ayuda, como es natural, la calidad de esos personajes, la hondura y la veracidad de sus caracterizaciones. Los cuatro protagonistas –el desconcertado Elías, sus padres y su amigo tremendo- son personas de carne y hueso, absolutamente reconocibles, cercanas y comprensibles; sus vidas laten en la pantalla y la desbordan, maravillosamente retratadas por los intérpretes que los encarnan.
Como señalaba al principio, En un mundo mejor ganó el Oscar hace unas semanas, arrebatándoselo a Biutiful; nada que objetar, porque la película de Susanne Bier es una obra extraordinaria: sincera, solidaria, profunda y emotiva. Y cinematográficamente sobresaliente: quizá lo mejor de la cartelera en lo que va de año. (www.sonyclassics.com/inabetterworld/)

ÉRASE UNA VEZ EN ANATOLIA   (24.03.13)
Dir.: Nuri Bilge Ceylan
Pro.: Zeynep Ozbatur Atakan   Gui.: Nuri Bilge Ceylan, Ebru Ceylan, Ercan Kesal
Int.: Muhammet Uzuner, Yilmaz Erdogan, Taner Birsel
Nacido en Estambul en 1959, Nuri Bilge Ceylan se dio a conocer en todo el mundo con su tercera película: Lejano (2002), que ganó, entre otros muchos galardones, el Gran Premio Especial del Jurado en Cannes y el FIPRESCI en San Sebastián. Después dirigió Los climas (2006, Premio FIPRESCI en Cannes) y Tres monos (2008, Premio al mejor director, también en el gran festival francés). Y esta nueva película también le valió el Gran Premio del Jurado en Cannes, además de ganar en Karlovy Vary y Dublín. Todos estos reconocimientos no le han servido al director turco para alcanzar la popularidad, seguramente por eso mismo: es un director especialmente turco, y su cine es un cine absolutamente turco. Desde luego, lo es esta película: Érase una vez en Anatolia. Transcurre en esas tierras, cuna de las más antiguas civilizaciones, elegida sin duda por Nuri Bilge Ceylan para dar coherencia a su relato –posiblemente muy cercano a una historia real-, a sus personajes y escenarios, y a su ritmo, ese latido profundo, atávico, casi misterioso, que impregna toda la obra.
En mitad de la nada, en un pa
isaje desolado atravesado por una carretera estrecha por la que no transita nadie, aparece de repente una caravana de vehículos sorprendiendo al atardecer amodorrado. Un par de coches viejos y detrás una camioneta militar. Cuando parece que van a seguir rodando hasta el infinito, se detienen en lo que casi es un oasis: una fuente desvencijada, un par de arbolillos… Y de los coches empiezan a descender sus ocupantes. Enseguida, con cuatro palabras, comprendemos lo que está pasando: esas personas tratan de localizar el lugar en el que está enterrado un cadáver; posiblemente, la víctima de un crimen.
Tres o cuatro policías acompañan a un detenido cuneta abajo; junto a los vehículos aguardan unos soldados, el juez de instrucción, el forense, los conductores… El intento fracasa: aquel no es el paraje que se busca. Vuelta a la carretera, nueva parada y nuevo fracaso; y un poco más allá, la misma situación. Y se está haciendo de noche, y la prudencia y el cansancio, y el aburrimiento infinito de un trámite tantas veces repetido aconsejan llegar al pueblo más cercano y buscar la hospitalidad del alcalde, que, como autoridad máxima del lugar, debe darles cena y cobijo en su propia casa.
Ceylan consigue que parezca que en su película no hay actores; cada uno de los personajes conforma una auténtica crónica de la sociedad que los alberga: la posición casi acomodada de las autoridades; los modos desmañados de los servidores de la justicia; la austeridad cercana al desamparo, a la pobreza, de la gente del campo. Y la ignorancia y la sordidez que rodea el caso, desde la brutalidad o la adulación policial –depende a quién se dirija- y la meticulosa eficacia militar, hasta el desdén atemorizado del autor confeso de la fechoría.
Cuando acaba la noche –iluminada un instante por la belleza sobrenatural de la hija del alcalde, una chiquilla que parece escapada de un cuadro de Vermeer-, todos recobran su puesto y la rutina continúa hasta alcanzar su objetivo.
Sin embargo, ahí empieza otra película. El escenario ahora es urbano y el juez Nusret y el doctor Cemal –este sobre todo- pasan a ser los protagonistas absolutos. La mirada de Ceylan los acompaña en los pasos finales de la burocracia forense: el asesino es llevado a la cárcel entre la ira del vecindario, y la víctima yace ya en la mesa de autopsias, dispuesto a revelar sus últimos secretos. Una capa de indiferencia culpable, la misma que cubría el paisaje sombrío del comienzo, cae sobre las personas y las anula y las diluye.
Érase una vez en Anatolia… unos personajes, unos sucesos, una historia real, quizás… Pero sobre todo una atmósfera, un sentimiento, un universo atrapado entre las cuatro esquinas de una pantalla: una lección de cine. (http://www.nbcfilm.com/anatolia/anatolia.php?mid=1)

ESPÍAS   (28.06.15)
Dir.: Paul Feig
Pro.: Paul Feig, Peter Chernin, Jessie Henderson  Gui.: Paul Feig
Int.: Melissa McCarthy, Jude Law, Jason Statham
Paul Feig lleva el gen del cine –y la televisión- en su ADN. Es actor desde muy joven, productor y director de un lote importante de episodios de series además de media docena de largometrajes, y con cierta frecuencia también guionista; en la pantalla grande firmó Life sold separately (1997), La fuerza del valor (2003), ¡Peligro! menores sueltos (2006) y, sin previo aviso, La boda de mi mejor amiga (2011), esa descacharrante historia que reunía a Kristen Wiig, Maya Rudolph, Rose Byrne y, precisamente, Melissa McCarthy, la baza de más “tonelaje· de la historia. Después, McCarthy formó con Sandra Bullock una improbable pareja de policías en Cuerpos especiales (2013), y ahora protagoniza Espías, esta aventura de agentes y espías en clave cómico-feminista; se ve que le ha cogido gusto al personaje.
Que, al principio, despista: la película comienza con un homenaje en toda regla a los cánones fijados por la serie 007.
En una espléndida mansión, al borde de un lago espectacular, un apuesto y atrevido agente secreto vive una trepidante y arriesgada misión. ¿James Bond, quizá? No, esta vez se trata de Bradley Fine, la estrella actual del MI6 británico. Se mueve como pez en el agua en los lujosos salones, entre las sofisticadas señoras y envuelto por la banda sonora de rigor mientras trata de alcanzar su objetivo. Todo el tópico.
Fine es un espía acostumbrado a triunfar, pero la verdad es que la mitad –por lo menos- de su éxito se lo debe a la abnegada y vigilante Susan Cooper, que desde la central de inteligencia le guía con sus herramientas de última generación –sensores, visores, micro-micrófonos y demás- y le advierte de las dificultades y peligros que le acechan a cada momento.
En la aventura presente, la situación parece controlada y de la máxima eficacia… hasta que todo se tuerce. Tras sobrevivir a múltiples escaramuzas y salvar infinitas trampas, cuando parece alcanzar el triunfo, Fine cae en una emboscada y es eliminado; su misión ha fracasado y la humanidad entera está en peligro ante el ir y venir de una terrible arma nuclear, que todos los malvados quieren poseer. La única solución parece ser que un nuevo agente, lo más desconocido posible, se ponga a la tarea.
Y lo más desconocido e improbable resulta ser Susan, la humilde –aunque eficaz- funcionaria, inexperta –pero testaruda-, metida en años –y en carnes- y bastante desastrosa en las relaciones profesionales y sociales. Por alguna oscura razón, parece incluso mejor que el agente Rick Ford, que sería el relevo natural de Fine si no fuera porque es un completo gilipuertas. Así que será ella, la buena de Susan, quien tendrá que enfrentarse a las más disparatadas situaciones, los riesgos y las emociones y las peleas, los tiros y las persecuciones –unas veces delante y otras detrás- que le trae su nueva actividad.
Nueva vuelta de tuerca del género de espías y del subgénero Bond, con todos los elementos puestos esta vez en manos de esta especial agente especial. No es que haya nada demasiado nuevo en el argumento, por más que de vez en cuando asome la sorpresa, más o menos conseguida. Paul Feig hace su apuesta basándose en la fuerza de su protagonista, imposible pero a la vez cercana, como esos personajes a los que no sabes si querer o detestar y que al fin acaban por ganarte por su propia elementalidad.
Eso sí, en la comedia transgresora que se lleva ahora –de Apatow para acá- y que Feig quiere transitar, se echa de menos entre estos Espías ese elemento escatológico que, maloliente y todo, contribuye a elevar el tono de la provocación. Parece que aquí la opción del transgénero del héroe de acción es el máximo riesgo que se ha asumido. Ese, y la oportunidad de que los intérpretes se explayen a gusto en sus arquetipos: guapo de la muerte Jude Law, mala malísima Rose Byrne, tonto del bote Jason Statham y Melissa McCarthy, con licencia para matar… de risa.
(http://www.foxmovies.com/movies/spy)

EXODUS: DIOSES Y REYES   (07.12.14)
Dir.: Ridley Scott
Pro.: Ridley Scott, Peter Chernin, Mark Huffan, Michael Schaefer  
Gui.: Adam Cooper, Bill Collage, Jeffrey Caine, Steven Zaillian
Fot.: Dariusz Wolski   Mús.: Alberto Iglesias
Int.: Christian Bale, Joel Edgerton, Ben Kingsley, María Valverde
¿Quién puede discutir a estas alturas que Ridley Scott es uno de los grandes nombres de la historia del cine? A sus 77 años, con 50 de carrera como director y productor de títulos inolvidables como Los duelistas, Alien, Blade Runner, Black rain, Thelma y Louise, Gladiator, Hannibal, American gangster y otros muchos –quizá ya no tan memorables-, tiene asegurado su puesto en el Olimpo. Y es envidiable su capacidad y su energía para seguir en la brecha, sin importarle su edad y muy a menudo, además, con producciones complejísimas, espectaculares y de alto presupuesto y riesgo parecido. 
Es evidente que lo asume y que le gusta este cine de grandes proporciones. Este Exodus, una vuelta de tuerca sobre un referente de propósito semejante como Los diez mandamientos de Cecil B. DeMille (1956) –nada menos- es la mejor prueba. ¿Cómo queda en la comparación? De momento, la película de DeMille duraba 3 horas 40 minutos; la de Scott, 2 horas y media; pero parece igual de larga. Por culpa del guion, desde luego: a Steve Zaillian le hemos visto trabajos estupendos, firmados por él solo; se ve que aquí los otros estaban para estorbarlo. La escritura es muy desigual, con momentos muy brillantes y algunos francamente malos, innecesarios y hasta pueriles. Entre los textos más pegados al relato bíblico y los de cosecha propia, hay un evidente desfase. Como sucede con los personajes: cuesta un poco ver a John Turturro como faraón, y no digamos a Sigourney Weaver como faraona… Por allí anda también un trotón Ben Kingsley… y eso sí, María Valverde está estupenda –y muy jovencita siempre- como Séfora, la mujer de Moises.
Christian Bale hace lo que puede, primero como un guerrero egipcio que parece sacado de un videojuego y luego peleándose con una barba postiza cada vez más larga -y más postiza-, y con un Yahvé autoritario y violento. El dios de los hebreos, por un capricho de los autores, está personificado en un chaval de malos pelos y mirada aviesa, que tiene a Moisés aterrorizado y compungido; sobre todo cuando se le ocurre castigar a los egipcios con las diez terribles plagas… No lo dice la Biblia y tampoco la película, pero no se explica uno cómo ese pueblo pudo sobrevivir a semejante castigo: tan cruel y –en la película- tan largo.
Es verdad que ese momento es el eje dramático y narrativo de la obra. Hasta ahí, la madurez de Moisés –se nos ahorra el episodio de su nacimiento y su salvación de las aguas-, convertido en general del ejército y hermano adoptivo de Ramsés; capaz de salvarle la vida en una batalla contra los hititas –totalmente gratuita y que solo sirve para que Scott comience la narración en todo lo alto- y de ser desterrado después por el mismo faraón, cuando se revela su verdadero origen. Después de las plagas, el auténtico éxodo del pueblo hebreo, convertido al final en una carrera frenética –los momentos de mejor ritmo de la película- hasta el “crescendo” del paso del Mar Rojo. Y el relato acelera a partir de ahí, como si todos fueran conscientes de que el metraje ya va siendo suficiente. En realidad, es probable que así haya sido, y que el próximo “montaje del director” nos ofrezca media horita más; y puede que incluso quede mejor. Aunque lo que no hace falta es que se añadan más efectos de imagen: entre tanta maqueta, tanta animatrónica, tantos trucos visuales y tantísimas muchedumbres digitales, casi no queda espacio para la acción real. Y ese es otro defecto, no solo de esta película, sino de todo este estilo de productos: que quieren apabullar y asombrar… y la verdad es que no lo consiguen: todos esos alardes están ya más que vistos y no ofrecen nada nuevo.
Pero lo que también es evidente, y no sería justo omitirlo, es el enorme trabajo que supone un empeño de estas características; y el talento, que asoma a ráfagas, de sus creadores, y los momentos, entre el barullo, de cine de sobrada calidad.
(http://www.exodusgodsandkings.com/#home)

EXPIACIÓN    (13.01.08)  
Dir.: Joe Wright 
Pro.: Tim Bevan, Eric Fellner   Gui.: Christopher Hampton
Int.: Keira Knightley, James McAvoy, Romola Garay, Vanessa Redgrave  
Jóvenes ilustres se unen a Vanessa Redgrave y Christopher Hampton –reputado guionista y también director de Carrington y El agente secreto-: James McAvoy –antes protagonista de El último rey de Escocia y con un evidente brillantísimo futuro-, Keira Knightley –la más potente estrella británica de ahora mismo, a sus 22 años- y el director Joe Wright, de 35 años, que firmó un excelente debut hace un par de temporadas con Orgullo y prejuicio, también con Keira de protagonista.
Ahí adaptaba la novela de Jane Austen, y ahora hace lo mismo con un “best seller” de Ian McEwan, que no tengo el gusto de haber leído... porque hasta ahí podíamos llegar. Es cierto que McEwan está satisfechísimo de la adaptación, que “respeta la estructura de la novela”, dice. Y la película ha sido un éxito de taquilla en Inglaterra, lo es en América, tiene siete candidaturas a los Globos de Oro, diecisiete a los Bafta británicos y también le caerá más de un Oscar. Es una historia de amor y celos, de culpa y arrepentimiento, y además sale una guerra; y eso gusta mucho.
La historia arranca muy bien; magníficamente, diría yo: en un par de secuencias, con muy buen estilo cinematográfico, todo el ritmo del mundo y una banda sonora que acompaña imaginativa y eficazmente, Joe Wright nos presenta a los protagonistas: las hermanas Tallis y el joven Turner. Estamos a finales de los años 30, cuando Hitler ya es una amenaza y la segunda guerra mundial va a hacer pronto temblar a Europa, aunque los Tallis todavía no lo saben. La familia pasa el verano en su mansión de la campiña. Brioni Tallis es una jovencita de 13 años, de fecunda imaginación y dotes dramáticas, que contempla los escarceos amorosos entre su guapísima hermana Cecilia y el no menos encantador, aunque de modesta fortuna –hijo de una sirvienta-, Robbie Turner.
Toda la primera parte –que es también la de la novela- es una estupenda película, que acaba repentinamente, cuando un suceso desgraciado rompe la tranquilidad veraniega, con consecuencias terribles además. Brioni, comida por los celos, comete una fechoría indigna y provoca la infelicidad de los amantes.
A partir de aquí, la estructura lineal de la película se rompe y la acción, que ha avanzado unos cuantos años, retrocede a veces según lo exige el punto de vista de los protagonistas. Que también van cambiando, porque a ratos la historia cuenta los avatares de Robbie, en tremendos episodios de la guerra, a ratos se detiene en Cecilia, convertida en enfermera en Londres, y otras veces, en la última parte, reencuentra a Brioni, ya con 18 años, que ha seguido los pasos de su hermana y también trabaja cuidando y tratando de reconfortar a los jóvenes heridos en la contienda.
Cada uno de los fragmentos sigue estando bien, pero la combinación tiene menos calidad que sus ingredientes; a pesar de la emoción que los anima, los personajes palidecen cuando no están en la pantalla, falla el engranaje que los tendría que mantener vivos en la memoria del espectador, y la trama que debería sostener los continuos “flashbacks” cansa más que intriga. Luego viene el epílogo, la secuencia final protagonizada por Vanessa Redgrave como Brioni anciana, que remata el relato, otra vez de forma sensacional, y le da definitivo significado al argumento. El largo paréntesis que abarca desde la culpa inicial a su reparación final se cierra con un giro sorprendente y dramáticamente potentísimo: lo mejor de la historia.
Y también está muy bien, desde luego, la brillante interpretación, con mención especial para las tres actrices que encarnan a la menor de las hermanas: la fogosa y culpable adolescente, la doliente joven que busca en la abnegación, el sacrificio y hasta el castigo la redención a su falta –tantos siglos de rígida moral lastrando la conciencia colectiva-, y la madura y desengañada autora, que cuenta su vida y desvela el doble delito que burla a la vez esa moral punitiva y el rigor de la narración. Que, por su parte, si fuera menos barroca y más lineal –en la película; no sé de dónde ha salido esta moda de contar las cosas a saltos- dejaría sabor de boca de gran cine. (www.expiacion.es