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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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CABALLO DE BATALLA   (12.02.12)
Dir.: Steven Spielberg
Pro.: Steven Spielberg, Kathleen Kennedy   Gui.: Lee Hall, Richard Curtis
Int.: Jeremy Irvine, David Thewlis, Emily Watson  
No se resume fácilmente la carrera de Steven Spielberg, uno de los amos del cotarro del cine americano. 130 títulos como productor –incluida, eso sí, la televisión y la 4ª parte de Parque Jurásico, que ya se anuncia- 11 apariciones amistosas como actor, que no se cuentan, 21 guiones de distintas clases y, lo más importante, director de casi 30 películas. Por cantidad, como se ve, tiene merecido el lugar que ocupa en el Olimpo; por calidad… seguramente también: ha hecho películas sensacionales, muy buenas, regulares y peores; de todo hay. Claro que dirige casi una por año, y entre medias produce, escribe e imagina: cine, videojuegos y mucha, mucha televisión. No para.
Por eso, a menos de cuatro meses de su anterior estreno, Tintín y el secreto del unicornio, llega ahora su nuevo megaespectáculo: Caballo de batalla. Entre otras cosas, un canto al ocaso del arma de caballería tal como se entendía a principios del siglo pasado. Parece ser que en la I Guerra Mundial participó casi un millón de caballos, y casi todos murieron en ella; uno de ellos, precisamente, es el protagonista de esta historia. Y otro es el joven Albert, que vive en la granja de sus padres, sin imaginar lo que el futuro –bastante inmediato- le depara, y compartiendo sus horas con su mejor amigo: el potro “Joey”, al que él mismo ha domado, con el que trabaja y del que apenas se separa.
Pero llega la guerra y el ejército británico necesita caballos. Los padres de Albert deben vender a “Joey” y, por más dolor que sienta el chico –se supone que el caballo también-, no tiene más remedio que sacrificarse. Desde ese momento, la contienda llevará a los dos amigos por caminos muy diferentes. “Joey” se luce con su heroico comportamiento en múltiples aventuras, hasta que un día queda atrapado en tierra de nadie, entre dos fuegos. Por su parte, Albert está participando en la lucha y se encuentra en medio de una cruenta batalla en el frente francés. La situación es verdaderamente dramática.
Como decía, Spielberg ha creado un monumental escenario –eso el cine americano lo hace muy bien- en el que no falta ni un detalle. Miles de figurantes recrean los ejércitos; centenares de caballos atraviesan la pantalla en todas direcciones; pueblos reconstruidos, uniformes escrupulosamente confeccionados a mano, réplica fidedigna del armamento, incluyendo los gigantescos cañones Howitzer –un capricho del director-… y todo aderezado con los más espectaculares efectos especiales y visuales, para dotar de realismo a lo que vemos: una crónica de la Gran Guerra, una de las más salvajes y sangrientas de la historia.
La formidable fotografía del maestro Janusz Kaminski retrata cada momento y cada rincón, los violentos, polvorientos y encharcados de la contienda y los idílicos y luminosos de la campiña inglesa; todos, desde luego, con el sello de Spielberg, que se inspira para la épica o para la lírica, según se tercie. Naturalmente, no se puede discutir su maestría en la realización de un argumento milimétrico, que se organiza en fragmentos casi independientes, según progresan las aventuras del caballo, cambia de dueño o pasa por situaciones a cuál más peligrosa. Pero ese mismo procedimiento –en el que creo que Spielberg se empecina desde hace rato- le resta emoción, se vuelve reiterativo y cansa.
Eso no quita para que en Caballo de batalla haya, como en casi todas sus películas, momentos brillantes, de maravilloso cine, salpicando aquí y allá la acción. Y  un excelente trabajo con el protagonista equino –“los” protagonistas: un casting de cien animales y hasta catorce caballos relevándose en las diferentes escenas-, a la altura de los buenísimos actores humanos. Todo está bien, pero la película resulta escasamente emocionante, un poco pesada y bastante pueril. Para colmo, Spielberg la remata con un final apabullante, en colorines de atardeceres fulgurantes y contraluces sensibleros: todo de una cursilería verdaderamente notable. Yo creo que, al final, Walt Disney no ha muerto ni está congelado: está vivo y se llama Steven Spielberg. (http://www.warhorsemovie.com/)

CANCIONES DE AMOR EN LOLITA'S CLUB    (02.12.07) 
Dir.: Vicente Aranda
Pro.: Andrés Vicente Gómez   Gui.: Vicente Aranda
Int.: Eduardo Noriega, Flora Martínez, Héctor Colomé  
Nueva película de Vicente Aranda, que olvida sus incursiones más o menos histórico-literarias –Juana la Loca, Carmen, Tirante el Blanco- para regresar al tiempo moderno, aunque sin dejar de apoyarse en la novela. De Juan Marsé, como en El amante bilingüe,Si te dicen que caí y La muchacha de las bragas de oro; o de Vázquez Montalbán, Andréu Martín, Antonio Gala y hasta Luis Martín Santos –Tiempo de silencio-, quizá la adaptación más difícil de todas. De cualquier modo, cuando Aranda aborda el cine de género, con guiones propios extraídos de la realidad, a veces de las páginas de sucesos, es cuando alcanza mayor calidad: Amantes, Intruso, incluso El Lute...
Lo que seguramente le pasa a Vicente Aranda es que tiene 81 años y se empeña en seguir haciendo cine, mucho cine; como si tuviera prisa... que a lo mejor sí que la tiene. Sus últimas películas han bajado mucho de nivel, y ésta no es una excepción. Todavía hay tensión dramática, pulsión erótica, pasiones primitivas y sigue retratando personajes que anidan en el lado oscuro de la sociedad. Pero sus elecciones no siempre están bien hechas, su confianza –y la de sus productores- ha mermado y su escritura ha perdido fuerza y precisión.
Ahora pone en imágenes a duras penas la novela homónima de Juan Marsé y para empezar confía arriesgadamente el protagonismo a Eduardo Noriega, en un doble papel: Raúl, un violentísimo, malencarado y desengañado policía, mal visto en su trabajo y amenazado por ETA y las mafias del narcotráfico y la prostitución, y Valentín, su hermano gemelo, un disminuido mental simpático, bien dispuesto y cariñoso, que ha encontrado trabajo, de chico para todo, en un aparatoso club de alterne... y se ha enamorado de Milena, la prostituta más vistosa del local. 
Sus vidas confluyen dramáticamente cuando Raúl, acosado por un turbio asunto en su lugar de trabajo, regresa al hogar paterno y se da cuenta de la atracción de su hermano por Milena; inmediatamente –con tanta energía que no resulta verosímil-, trata de impedir su relación, y sin querer cae él mismo fascinado por la joven. Entonces, lo que parecía un thriller policíaco se mezcla con una intriga sentimental a tres bandas: Milena y Valentín, Raúl y Milena, más la colisión entre ambos hermanos; y aún hay que añadir la tensión de alto voltaje que se palpa entre Raúl y su madrastra, para hacer aún más compleja la trama.
Aranda trata de organizar el argumento en una progresión dramática salpicada por el sexo y la violencia, a veces de forma demasiado manifiesta para un director que, antes, manejaba sabiamente el poder de la elipsis y la sugerencia; aunque, es verdad, su filmografía esté repleta de crímenes y de mujeres desnudas. También el propio guión resulta en algún momento excesivamente explicativo; o lo parece al menos por los esfuerzos de Noriega. 
El actor –más eficaz en la escuela, digamos, naturalista- brega con su doble interpretación, dos hermanos muy parecidos físicamente pero alejados en extremo en el plano psicológico; obligado a enfrentarse a cada personaje y cada situación, e incluso a sí mismo desde esa doble perspectiva, ha optado por llevar ambos papeles hasta el límite en su caracterización, lo que supone un evidente riesgo de sobreactuación, que Aranda tampoco corrige. A su lado, Flora Martínez, eso sí, despliega su potencia física –ya demostrada en Rosario Tijeras y Tuya siempre-, presidida por un cuerpo sensual y una mirada incendiaria, como corresponde.
En definitiva, es un trazo quizá demasiado esquemático y titubeante el que utiliza Aranda para dibujar este relato, lejos del mejor resultado que en otros momentos ha obtenido con los originales literarios de sus películas. Queda la corrección de la puesta en escena y el interés de un argumento que retrata un retazo de la sociedad actual y los submundos que la pueblan: prostitución, drogas, violencia, sexo, dinero negro y, pese a todo, un pequeño resquicio por donde pueda colarse el amor. (www.lolitasclublapelicula.com)

CANÍBAL   (13.10.13)
Dir.: Manuel Martín Cuenca
Pro.: Fernando Bovaira, Manuel Martín Cuenca   Gui.: Alejandro Hernández, Manuel Martín Cuenca
Int.:
Antonio de la Torre, Olimpia Melinte, María Alfonsa Rosso
El cine de Manuel Martín Cuenca es muy interesante. Es un magnífico documentalista –El juego de Cuba, Últimos testigos- pero además sus películas argumentales son estupendas, originales y distintas: realizó en 2003 La flaqueza del bolchevique –con la revelación de María Valverde y la confirmación de Luis Tosar-, y continuó con Malas temporadas (2005) y La mitad de Óscar (2010). Todas ellas contienen argumentos –adaptados u originales- bien trazados, con muy buenos personajes, siempre en atmósferas y universos personales, complicados, a veces hasta opresivos…
Caníbal, además de contener todas esas características, es la obra más madura, compleja y arriesgada de Martín Cuenca; y también la más precisa. La historia es simple: Carlos es el sastre más prestigioso de Granada. Su taller guarda las telas de mayor calidad y sus cortes son los más clásicos; por eso sus clientes son los más selectos y elegantes de la ciudad. Su vida transcurre entre su piso y la sastrería, situados a pocos pasos de distancia. En apariencia, no realiza otro itinerario, como no sea para ver a su costurera de toda la vida o a realizar un encargo muy especial. La mayor parte del tiempo trabaja en el taller con minuciosa y esmerada dedicación; y en la soledad de su casa duerme y come.
Aunque no come cualquier cosa. O más bien, solo come una cosa: carne. Nadie lo sabe, ni lo sospecha siquiera, pero Carlos es un depredador, un feroz cazador nocturno que sale en busca de su presa como si le fuera la vida en ello; y cuando encuentra una y consigue abatirla, la arrastra a su refugio en lo más escondido de la sierra, la despedaza con la habilidad del mejor carnicero… y la lleva a su casa para hacerla definitivamente suya de la manera más íntima posible: la devora.
En las primeras secuencias de la película, que arranca cargada de suspense, Martín Cuenca nos revela las claves del personaje. Luego iremos conociendo su vida cotidiana, sus costumbres, sus relaciones –escasas- y sus escenarios, siempre cerrados, a menudo nocturnos. A Carlos no le sienta bien el sol. La sastrería es casi hermética, y no digamos su casa. En el taller trabaja con exacta pulcritud, mima sus tejidos como si estuvieran vivos. En su piso duerme solo y come –naturalmente- solo: la mesa puesta con espartana limpieza, el plato con su filete, el vino tinto en la copa limpísima. El vino y la carne, en una ceremonia de comunión absoluta y a la vez gélida, desgarradora.
Hasta que un día aparece Nina, una bella y extraña joven, improbable masajista, que llega buscando a su hermana desaparecida. Se instala en el piso de arriba, habla con Carlos, le pide ayuda, abre una rendija en su vida por la que se cuela, sin saber que se mete en la guarida del lobo. Aparentemente, nada cambia en la rutina del sastre, nada turba su tranquilidad; solo que a veces la fiera no tiene que salir a cazar porque la víctima se le pone delante, lista para el sacrificio.
Afortunadamente, la mirada de Martín Cuenca –distante, fría, casi documental- nos permite contemplar sin horrorizarnos del todo la fotografía del personaje. Caníbal no es una película de terror –no hay gente masticando vísceras- ni un thriller con suspense; Carlos no es Hannibal Lecter, sino una persona mucho más cercana, más oscuro, casi invisible y al mismo tiempo reconocible como uno más, uno cualquiera de nuestros vecinos. Ahí radica, precisamente, lo más terrible de la historia. Que está contada con exactas, bellas y a veces estremecedoras imágenes, y, sobre todo, con lo que no se cuenta, lo que no se ve; la intriga y el horror están en las elipsis, en los silencios, en la imaginación que nos anuncia las certezas.
Y en la magnífica interpretación de los protagonistas: Olimpia Melinte, en su doble papel, es una brillante revelación. Y Antonio de la Torre, en el mejor momento de su carrera, consigue otro gran trabajo: este sastre callado, elegante, perfecto en su quehacer y esclavo de su secreta pasión por la carne femenina.
(
https://www.facebook.com/CanibalLaPelicula)

CAOS CALMO    (22.06.08)
Dir.: Antonio Luigi Grimaldi
Pro.: Domenico Procacci     Gui.: Nanni Moretti, Laura Paolucci
Int.: Nanni Moretti, Valeria Golino, Alessandro Gassman
De este director, Antonello Grimaldi, sabemos muy poco–por lo menos yo- por aquí. Ha realizado series de televisión en Italia y también ha trabajado como actor; por ejemplo, en El caimán, de Nanni Moretti, con quien ha intercambiado aquí los papeles. De Moretti sí que sabemos: es un estupendo –y radical- director y un muy estimable actor. No ha querido dirigir Caos calmo pero se ha reservado interpretarlo; además de componer el guión, siguiendo la novela original de Sandro Veronesi.
Caos calmo es casi un Caro diario –la obra más personal y memorable de Moretti-, que nos muestra el limitado itinerario del protagonista sin abandonarlo ni en un solo plano. Pietro Paladini es un importante ejecutivo de televisión; cuarenta y tantos años, casado, una hija, una vida relativamente estable. Un día está en la playa con su hermano y acuden, poniendo en peligro sus propias vidas, al rescate de dos bañistas a punto de ahogarse. Cuando regresa a casa, la tragedia lo golpea de verdad: su mujer acaba de morir, víctima de un ataque fulminante.
Pietro se queda solo con su hija Claudia. Siente la pérdida de su mujer, le abruma tener que cuidar a la niña, pero sobre todo está sumido en la mayor perplejidad, la que produce un aconteci-miento tan inesperado, tan irreversible y también tan injusto. Toda su energía –bien es verdad que a un ralentí emocional- se vuelca en la chiquilla: no le quita ojo, procura que no esté triste, la atiende lo más que puede y la lleva al colegio. Y cuando la ve entrar, decide quedarse allí mismo, en el parque que hay delante de la escuela, a esperar que salga. Llama a su oficina y deja sus asuntos –que están en un momento complicado- en manos de su secretaria y sus colegas. Y allí permanece hasta que su hija sale, entre la nube de niños y madres que se concentra en la puerta.
Poco a poco, su vida se va conformando a ese mínimo universo. Se sienta en su banco, lee el periódico, come en el quiosco, ve pasar la gente, los de todos los días, las mamás, el chavalín que saluda a su coche, la chica guapísima que pasea a su perrazo... Y recibe visitas, al principio extrañadas, cada vez más acostumbradas a la nueva situación. Sus compañeros de trabajo, agobiados; su hermano, preocupado; su cuñada, que intenta alocadamente ayudar y comprender lo que le parece un desorden absoluto: laboral, familiar y sentimental.
A la vez que cuantos forman ese entorno más o menos cercano de Pietro, el espectador contempla también esa aparente pasividad, ese desinterés que muestra por todo –excepto por la pequeña Claudia-, incluso la ausencia de la emoción y el dolor que, se supone, deberían embargarle. Grimaldi ha encontrado el tono perfecto para retratar el escenario, y Moretti interpreta al personaje con absoluta fidelidad al texto y a la situación. Es verdad que Pietro parece inconmovible, y hasta sirve de asidero y receptor de los problemas de los demás; no es que sea capaz de aconsejar, pero sabe escuchar aparentando atención.
Sólo los más cercanos asaltan su solidez: su hermano con su sofisticada dejadez y su arrebatada cuñada, llena de inseguridad y miedos. Y su hija, claro. Y definitivamente, el recuerdo de su mujer, el desamparo, la soledad. Pietro sólo se abre –al fin- en dos momentos, dos estallidos desgarrados de dolor y de pasión, que atraviesan el paisaje caótico interior y rompen la supuesta calma de la superficie. En la soledad de su coche, Pietro deja llegar la pena, deja brotar la desesperación. Y después, en la noche soñada, se sumerge en un encuentro sexual, violentísimo... y de auténtica crudeza en la pantalla, lo cual ha hecho poner el grito en el cielo a más de un timorato.
Magnífica historia, hermosísimo relato de dolor interno, luto en el corazón, soledad y redención. Y diáfano, además: Pietro tarda en entenderse a sí mismo, pero el espectador sí que lo comprende enseguida. No hace falta ser padre, ni ser italiano, ni tener una cuñada como Valeria Golino... Basta con dejarse llevar por la emoción y ver el cine como lo que es: el sueño de la vida. (www.altafilms.com)
  
CAPITALISMO: UNA HISTORIA DE AMOR   (10.01.10)
Dir.: Michael Moore 
Pro.: Anne y Michael Moore   Gui.: Michael Moore
Documental
Michael Moore lleva veinte años haciendo cine y televisión, pero lo descubrimos cuando, tras la serie La horrorosa verdad, presentó en 2002 Bowling for Columbine en las pantallas de todo el mundo. La tragedia de Columbine en abril de 1999 y la obsesión americana por las armas de fuego era repasada concienzudamente y sin paños calientes por el cineasta. Luego llegó Fahrenheit 9/11, un valiente documento a la sombra del 11-S, más tarde Sicko, de menor repercusión –aunque ahora Obama haya vuelto a poner de actualidad la situación sanitaria de Estados Unidos-, y por último esta incisiva “historia de amor” con los bancos y los millonarios poderosos e insolidarios.
Moore ataca desde la más cruda realidad, no enfatiza nada –en ninguno de sus documentales- y aquí pone el dedo en la llaga de la crisis que nos sacude: la quiebra del sistema capitalista y de mercado feroz que ha dejado en el paro, en la ruina y en la calle a millones de personas en todo el mundo. Moore opina que en su país –y en cualquier parte, es evidente- la gente aguanta demasiado y es penosamente conformista y débil; se adapta y acepta soluciones mediocres, se siente a gusto y se acomoda lo mejor que puede durante tiempo y tiempo.
A la vez, no confía nada en que los políticos vayan a cambiar la situación por propia iniciativa; afirma que son los ciudadanos los que tienen que hacer que cambie. Y para ayudar, agarra su cámara y sus micrófonos y se lanza a la calle. Su periplo comienza esta vez por su mismo pueblo, antes feliz y próspero y ahora marchito y arruinado. Moore ha visto como esta decadencia ha ido devorando paulatinamente la ciudad y siempre ha tenido clara la causa; por eso llevaba planeando esta película desde bastante antes de que estallara la actual crisis mundial. 
Desde su Flint natal, en Michigan, hasta Washington, dando un rodeo por las cuatro esquinas de su país, Moore hace un largo camino, y no sólo en kilómetros. Entrevista a gentes anónimas, se reúne con familias, asalta a  viandantes en mitad de las calles, charla con políticos y economistas, lo intenta con banqueros, acude a material grabado con intervenciones variadas... Es su método de trabajo habitual, al que nos tiene acostumbrados. Casi siempre el resultado es diáfano, esclarecedor y auténtico; pero también recurre a sus conocidas mañas, que van desde las preguntas más irreverentes y las respuestas pactadas a la elaboración de imágenes sugerentemente trucadas: las más de las veces, con el expresidente Bush de protagonista.
En el mundo, dice Moore, “no hay suficientes toallitas desinfectantes para limpiar Washington”, pero no se refiere sólo a la administración republicana: sacude a todo el espectro político por igual, los demócratas tampoco se libran. Se le acusa de demagogia y cierto amarillismo, y es verdad que esta película resulta algo superficial en ciertos momentos; pero también contiene minutos brillantísimos, certeros y hasta amargamente divertidos: la familia desahuciada que encima cobra por destruir sus bienes; la exigencia, saco en mano a la puerta del banco, de que devuelvan el dinero que han robado, o el tratamiento de la llegada al poder de Obama, ya convenientemente financiado por los mismos autores del descalabro financiero.
Las mejores secuencias son, sin duda, las que recogen, a través de las informaciones de los medios, el hundimiento de los gigantes financieros –Lehman Brothers a la cabeza- y las explicaciones de las maniobras del Congreso para regalar a los bancos miles de millones de dólares que sostengan a las entidades y a sus altísimos ejecutivos. Cosa que, por otra parte (y entre paréntesis) han hecho todos los gobiernos del mundo occidental, empezando por el nuestro.
Demagogo o no, vanidoso, impertinente, o todo lo contrario, Michael Moore, desde luego, escarba en las raíces del sistema económico del primer mundo, expone las causas de la crisis y señala sus culpables. Es suficiente para un documental.
(www.capitalismalovestory.com)

CAPITÁN PHILLIPS   (20.10.13)
Dir.: Paul Greengrass
Pro.: Scott Rudin, Michael De Luca, Dana Brunetti   Gui.: Billy Ray
Int.: Tom Hanks,
Barkhad Abdi, Barkhad Abdirahman
Paul Greengrass es un director ingles que trabaja desde los años 80 en cine y –sobre todo- televisión, pero que se ha hecho mucho más conocido a partir del año 2000 con títulos como Bloody Sunday –sobre los trágicos sucesos de Irlanda del Norte en enero del 72-, United 93 –uno de los aviones derribados en el 11-S-, y sus dos “Bournes”: El mito de Bourne (2004) y El ultimátum de Bourne (2007). Capitán Phillips es su novena película, y nuevamente se basa en hechos reales: el secuestro de un barco americano por piratas somalíes en abril de 2009.
El protagonista,
Richard Phillips, es un marino mercante veterano y un padre de familia preocupado por el porvenir de sus hijos; trabaja en el mar desde hace muchos años y es un capitán metódico y experto; pero cuando se hace cargo del Maersk Alabama, un carguero lleno de contenedores que debe bordear el Cuerno de África para llegar a su destino en Kenia, no puede imaginar los terribles acontecimientos que lo esperan. Aunque sabe que navegar cerca de Somalia, aun en aguas internacionales, conlleva un riesgo importante, confía en terminar su viaje sin incidentes. Se equivoca.
A pesar de que funcionan todos los sistemas de alerta, y de que Phillips y su tripulación ponen en juego todas las precauciones y estratagemas posibles, el barco es abordado y retenido por un grupo –pequeño pero feroz- de piratas; aunque ellos se proclaman pescadores, y el guion abre un resquicio para explicar breve pero eficazmente la situación de los pueblos costeros de Somalia: arruinados por las pesqueras internacionales que esquilman sus caladeros y sometidos a las mafias violentas que les exigen tributo y los echan al mar en operaciones casi suicidas de intento de secuestro de barcos extranjeros.
En cualquier caso, los somalíes se apoderan del Maersk Alabama a punta de pistola, Phillips intenta negociar con ellos y, sobre todo, dejar a salvo a la tripulación, y cuando parece que es posible una solución relativamente pacífica, los acontecimientos se precipitan y lo que podría haber sido un episodio más, de proceso recurrente –secuestro, rescate y liberación- se convierte en un insólito drama personal, cercano más bien a la tragedia. El capitán y sus secuestradores se mueven en los límites más estrechos imaginables, también físicamente, en un juego de voluntades y estrategias que puede llegar a ser mortal.
Y la armada americana acude en ayuda de Phillips y su navío. Buques de guerra, un portahelicópteros y, al final, los mismísimos Navy SEAL se enfrentan a los piratas: tan solo cuatro jóvenes desesperados, dispuestos a todo con tal de cumplir lo que creen su deber. La violencia, latente desde los primeros momentos y en aumento según progresa la historia, se abre paso en la pantalla merced al ritmo y a la intensidad de las imágenes de Paul Greengrass –con la excelente fotografía de Barry Ackroyd y la adecuada banda sonora de Henry Jackman- y a la interpretación de Tom Hanks.
A sus 57 años, Hanks es un actor que ha tocado ya todos los palos y ha demostrado que domina todas las caracterizaciones y todos los registros de la pantalla. Ha pasado por la comedia, la acción bélica, el thriller y el drama; ha sido soldado, náufrago, discapacitado, astronauta, detective, aventurero… y hombre normal. Como este capitán Phillips, un héroe a su pesar, que se enfrenta a su trabajo con dedicación profesional y sin más meta que llevarlo a cabo con eficacia.
El cine americano sabe retratar y ensalzar muy bien esta figura, y como en tantas otras ocasiones toda la película gira en torno a él. Sin dejar por ello, acertadamente, de rodearlo de secundarios bien dibujados, de acentuar el tono realista, casi documental en ocasiones, y de dotar a la narración –y esto es lo fundamental- de ese vigoroso ritmo al que me refería; el espectador no puede dejar de conectar y de empatizar con el protagonista, pero también disfruta del espectáculo trepidante que tiene ante sus ojos. (http://www.captainphillipsmovie.com/site/)

CAPITÁN TRUENO Y EL SANTO GRIAL   (09.10.11)
Dir.:
Antonio Hernández
Pro.: Antonio Mansilla, Pau Vergara   Gui.: Víctor Mora, Pau Vergara
Int.: Sergio Peris Mencheta, Natasha Yarovenko, Manuel Martínez, Gary Piquer
A mí Antonio Hernández me parece un director raro… O será que no le cojo el punto. y seguro que, además, es culpa mía que su obra no me resulte muy congruente. Ha dirigido cosas tan dispares como F.E.N., Apaga y vámonos, Cómo levantar 1.000 kilos, Lisboa, El gran marciano, En la ciudad sin límites –de momento, me sigue pareciendo la mejor-, Oculto, Los Borgia… y bastante televisión, telepelis y series, alguna de ellas aún inédita. Además es guionista y actor ocasional: vamos, que sale un poco en alguna de sus películas. O sea, que trabajar, trabaja.
Tampoco sé exactamente por qué esta historia ha caído al final en sus manos. El proyecto del Capitán Trueno ha dado más vueltas que el mismo protagonista. Durante más de diez años, el guión se ha embarrancado en múltiples ocasiones; el personaje ha tenido sucesivamente la cara de casi todos los galanes jóvenes del cine español, y se han propuesto llevarlo a la pantalla no sé cuántos directores, entre los que se han contado Bajo Ulloa y Calparsoro, por citar sólo un par de ejemplos. Por fin, tras múltiples titubeos y pasos adelante y atrás, aquí está el héroe del tebeo, acompañado de sus inseparables Crispín y Goliath.
¿Ha merecido la pena tanta espera y tanta incertidumbre? Si digo ahora mismo que no, lo más probable es que ya nadie quiera leer el resto de la crítica; pero lo digo de todas maneras, es difícil que me salga peor que la película. Intentaré, además, que tenga –la crítica- cierta coherencia; al contrario que las aventuras del Capitán Trueno, que no tienen pies ni cabeza, ni el menor rigor: no digo ya histórico, ni siquiera narrativo. La primera secuencia, a modo de prólogo, ya se las trae: estamos en 1291, con los cruzados del rey Ricardo en Tierra Santa. La elección de la fecha y el motivo por el que el Capitán Trueno se encuentre conquistando un castillo mahometano se me escapan completamente. O quizá es que al ver a Asier Etxeandía con unos pelos pegados por la cara y a Ramón Langa embutido en un corsé símil piel pegándose de mandobles por las mazmorras, perdí el sentido de la orientación. Entre esas vicisitudes, un vejete moribundo le entrega a nuestro héroe un cáliz muy aparente –que resulta ser otra vez el Santo Grial, ya se me escapa la cuenta de los que hay- con el encargo de que lo traiga a España y se lo entregue a los llamados “caballeros custodios”, o algo así…
Cuando atraviesan el Mediterráneo y desembarcan en el levante español y nada más dejar la playa se ven en medio de una selva parecida a la amazónica, el espectador comprende que esto es... un tebeo. También ayudan los diálogos, aunque en una historieta resultarían desacertados, y en la pantalla quedan espantosos el 90 por ciento de las veces. El guión no está tan mal en el otro 10 por ciento, que es cuando los personajes están callados. A lo mejor es por eso por lo que los intérpretes de los mismos, que alguna vez lo han hecho bien, aquí parezca que van en contra de la película. Roberto Álvarez se da pena a sí mismo, Gary Piquer parece que se ha vuelto loco, Ramón Langa hace de malo tan malo que ya no se puede ser más malo, y Natasha Yarovenko pone cara de esforzarse mucho hasta para besar a Sergio Peris Mencheta, que hace lo que puede –más bien poco- todo el rato. Me falta Manolo Martínez, pero como no es actor de verdad, parece buena persona. Ah, y que no se me olvide el otro artista de la partida, Luis Ivars, que ha compuesto una banda sonora tan estruendosa, pedante y aburrida, que realmente le sienta como un guante a la película.
Claro que éste, como los demás, ha hecho lo que le han mandado. La culpa de todo la tienen los productores, por no haber esperado diez años más, y Antonio Hernández, que ha puesto la historia en imágenes con tanta desidia, tan poco oficio y tan mal gusto que dudo mucho de que él mismo haya quedado ni mínimamente satisfecho. Yo imagino que  a Víctor Mora, Ambrós –desde la otra vida- y al resto de los dibujantes, no les habrá gustado nada. El Capitán Trueno me dice que a él, tampoco. Y a mí, menos. (www.capitantruenoyelsantogrial.com/)

CARMINA Y AMÉN - NO SE ACEPTAN DEVOLUCIONES   (04.05.14)
Carmina y amén
Dir. y Gui: Paco León
Pro.: Paco León, Álvaro Augustín, Ghislain Barrois
Int.: Carmina Barrios, María León, Yolanda Ramos…
No se aceptan devoluciones
Dir.: Eugenio Derbez
Pro.: Mónica Lozano   Gui.: Eugenio Derbez, Guillermo Ríos, Leticia López Margalli
Int.: Eugenio Derbez, Loreto Peralta, Jessica Lindsey
Carmina y amén puso el cartel de “no hay billetes” en su estreno y llevó a 50.000 espectadores a las 128 salas que la exhibieron. Claro que esa sesión era gratis… y eso anima mucho. Por su parte, No se aceptan devoluciones es la película en español más taquillera de la historia en Estados Unidos, ha recaudado allí 39 millones de dólares, y más de 85 en total, contando el éxito multitudinario en Méjico, su propio país. Ambas películas, por lo que se ve, tienen una indudable vocación popular.
Y las dos pretenden también ser muy graciosas desde su inicio. En la de Paco León, la descomunal Carmina oculta la muerte de su marido, porque le quedaban dos días para cumplir años y teme que la inoportuna defunción le impida cobrar la paga extraordinaria; recurso que algunos han encontrado divertido y que se me antoja una completa tontería, además de ser más antiguo que el tranvía de mulas. También es muy ocurrente que, en principio, el único testigo del acontecimiento es un pajarraco enjaulado que atiende al nombre de “Bárcenas”.
El comienzo de la mejicana igualmente es antológico. Un tontolhaba –que se cree que es Cantinflas- se despierta un día de sus fechorías amorosas con la noticia de que es padre de una preciosa criatura, que le cae en los brazos como por arte de magia. Tampoco esto lo habíamos visto nunca, ni los tropiezos y desaguisados que le proporciona la encantadora nena al desprevenido y agobiado padre. Ni él mismo se explica cómo consiguen salir adelante.
A partir de sus respectivos inicios, las películas siguen las estructuras insinuadas: la de Derbez, la de un auténtico “culebrón” –melodrama sería mucho decir-, condensado en dos horas de película; la de Paco León,  absolutamente ninguna: como en la primera Carmina, todo se fía a la potencia expresiva de la protagonista y a la oportunidad de las ocurrencias del director-guionista. Es verdad que aquí hay un poco más de continuidad en el relato, pero la tensión narrativa, salpicada de distracciones sin pies ni cabeza, brilla por su ausencia. Todo lo contrario que en No se aceptan devoluciones, que sigue fielmente los cánones del género en un eslalon de situaciones cada vez más patéticas.
Derbez y León tienen conciencia de lo grandes artistas que son. El mejicano irrumpe en la pantalla con su abrumadora personalidad: escribe, dirige y protagoniza la película; el español, también: solo asoma en un pequeño “cameo”, pero además de director y guionista ha sido productor de su película; faceta en la que se ha sentido –faltaría más- muy cómodo, por lo que piensa reincidir.
No sé qué futuro les espera a estos audaces creadores, pero el presente no creo que vaya a romper moldes. A Derbez no le importará mucho: su película está ya más que amortizada y además el público español no me parece muy atento, ahora mismo, a este tipo de historias. Carmina y amén debe tener algo más de recorrido. Paco León, desde luego, es listo y conoce mejor los resortes de nuestra taquilla. Sus dos películas retratan a un personaje grotesco –y yo creo que muy antipático- pero se fundamentan sobre el concepto de la más genuina picaresca “made in Spain” –sí, qué risa y qué satisfacción engañar a la gente-, para luego desarrollar una serie de escenas artificialmente hilvanadas y cuajadas de chistes viejos que, no me cabe duda, resultarán divertidos a algún espectador benevolente, avisado de que, al rebufo de Ocho apellidos vascos, la comedia española ha renacido.
En cualquier caso, el público dirá cómo les va a ir a ambas películas. Y eso sí, de momento, las dos alcanzan el mismo resultado final: si en la mejicana la sonrisa inicial se te va congelando y si con Carmina no llega a asomar, en una y otra terminas riéndote: de lo malas que son.
(
http://carminayamen.com/) (http://www.noseaceptandevoluciones.com)

CARNE DE NEÓN   (23.01.11)
Dir.: Paco Cabezas
Pro.:
Juan Gordon  Gui.: Paco Cabezas
Int.: Mario Casas, Vicente Romero, Macarena Gómez  
Segundo largo del sevillano Paco Cabezas, que se inició en 2007 con Aparecidos, una película cuando menos interesante y nada convencional. En 2005 había realizado su cortometraje Carne de neón –protagonizado por Óscar Jaenada y Victoria Abril- con este mismo argumento de ahora y con el guión convenientemente recortado, con los mismos personajes principales y casi el mismo reparto: repiten Macarena Gómez, Vicente Romero y Dámaso Conde, pero Ángela Molina sustituye a Victoria Abril y el chaval protagonista tiene aquí la figura del actor de moda de nuestro cine: Mario Casas.
Él es este Ricky que anda por el barrio trapicheando y metiéndose en líos, de los que sale ayudado casi siempre por Angelito, que es mayor y tiene más experiencia de la vida; sobre todo, de las cosas malas de la vida, que son en las que ambos están metidos frecuentemente.
Ricky y Angelito son dos delincuentes de poca monta, pero con aspiraciones. Ricky, como es joven e impetuoso, ambiciona tener mucho dinero y negocio propio. Angelito, que es como un padre para él, no sabe cómo hacer para que tenga los pies en el suelo y la cabeza en su sitio. 
Las compañías tampoco ayudan: “La canija”, una pobre yonki que lo adora, y “El niño” y “La infantita”, sus amigos de siempre, no le hacen la vida más tranquila, sino todo lo contrario. Para colmo, Pura, su madre, sale de la cárcel y el chaval se empeña en regalarle un local –un puticlub, el “Hiroshima”, que se ha quedado vacío, mira qué oportunidad-, para que se sienta como una reina. El problema de Pura –el más grave- es que sufre un alzheimer bastante avanzado y en el local puede pasar, absolutamente, de todo; pero ni eso desanima a Ricky, decidido a ser un hijo modelo y un hombre de provecho. Tal cual.
A los amos del trapicheo y la prostitución en el barrio, todas estas iniciativas les resultan muy molestas, así es que Ricky lo tiene cada vez más difícil. Lo que al principio son recados y advertencias comprensivas, casi cariñosas, por parte del implacable capo mafioso, que es argentino y se hace llamar “El Chino”, cualquiera sabe por qué, se tornan pronto en ataques violentos y muy peligrosos. También entra en juego Santos, un policía de armas tomar –al pie de la letra-, que no se sabe muy bien de qué lado de la ley está; es violento y corrupto pero, eso sí, un padre amantísimo, que adora a su hija. 
Paco Cabezas conduce esta amalgama de personajes y relaciones con mano firme. Ha desarrollado un guión que se complica lo justo, que no deja ver sus costuras y que hace ir y venir a sus personajes, siempre sobre el eje argumental de la mirada del protagonista, sin desfallecimientos ni incoherencias; todo lo contrario. Claro que para eso ha apostado por gente arriesgada, que ha creído en el proyecto y se ha entregado sin reservas. Qué vamos a decir de la categoría de Darío Grandinetti y de nuestro Antonio de la Torre, un actor de los que van a hacer época. Antonio Romero –que se reveló en Celda 211 como el taimado “Tachuela”- es un maravilloso “Angelito”, y Macarena Gómez está pidiendo a gritos el reconocimiento unánime de su vocación y de su arte: “La canija” es otro personaje inolvidable, turbio y tierno a la vez, con toda esa alma dolorida y confusa asomando por los ojazos oscuros y sorprendidos de su intérprete. 
Todos ellos, liderados por el carisma y la potencia física de un Mario Casas en estado de gracia, pululan por esta tierra de nadie que puede ser la cara oculta –o no tanto- de cualquiera de nuestras ciudades: un escenario nocturno, de calles oscuras, con coches antiguos derrapando, pistolas acuchillando esperanzas y sombras rebeldes corriendo por las aceras. Una estupenda historia, en suma; un magnífico thriller a la española, que nada tiene que envidiar a los mejores del género. Violento como los clásicos americanos y fatalista como los mejores franceses, aporta además un feroz sentido del humor y una humanidad que hacen a sus personajes tan auténticos como entrañables.
(carnedeneon.es)

CASSANDRA'S DREAM    (28.10.07) 
Dir. Woody Allen 
Pro. Letty Aronson, Stephen Tenenbaum   Gui. Woody Allen 
Int. Ewan McGregor, Colin Farrell, Tom Wilkinson.  
Fiel a su cita anual, el maestro Allen nos regala su nueva película, y van 38; desde 1966 (What’s Up Tiger Lily?) o 1969 (Coge el dinero y corre), según se admita su debut como director. Eso quiere decir que ha mantenido un ritmo de una película al año, corrieran buenos o mejores tiempos; porque malos no los ha habido. Hoy, Woody Allen se encuentra aparentemente lejos de la factura y los argumentos de sus primeros filmes, rotundamente cómicos y con mucha frecuencia protagonizados por él mismo; con cierta precaución al principio (Interiores, Otra mujer, Sombras y niebla) y más abiertamente cada vez, sus películas han ido abandonado el terreno de la pura comedia para adentrarse en argumentos más dramáticos a la vez que su estilo se ha ido haciendo más austero, más despojado y más puro.
Aparentemente, porque en realidad Allen ha hablado siempre de lo mismo: del ser humano y sus miedos, de las relaciones personales y sus dificultades, de los sentimientos y su fugacidad y de la vida y su trascendencia. Podría ser el cronista neurótico, el marido inseguro, el investigador despistado... o ¡el director de cine ciego!, personajes llenos de comicidad; no importa. En el fondo, siempre late el mismo sentido trágico de la frustración, la caducidad y el temor a la incertidumbre venidera. 
Ahora, es verdad, según Woody Allen se acerca a la vejez –setenta y dos años, una edad en la que a muchos directores americanos, menos independientes y rebeldes que él, ya no les dejan trabajar- la presencia de la muerte se va haciendo más constante, más evidente. Sus tres últimas obras, las que componen su “trilogía londinense”, son la clara confirmación: Match Point –el azar jugando a ocultar un asesinato-, Scoop –la muerte organizando el destino, y viceversa- y El sueño de Cassandra: un “crimen y castigo” revisitado, aderezado por el aliento del drama clásico; como en Poderosa Afrodita, pero esta vez muy en serio.
Aunque “cassandra” no es aquí la figura mitológica que predijo la caída de Troya, sino el nombre de un velero que precipitará el destino de los hermanos protagonistas de la película. Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell) son dos jóvenes de vida incierta y futuro más que improbable; Terry trabaja en un taller de automóviles y no está nada satisfecho; tampoco le satisface la escasa suerte que tiene cuando se deja llevar por su pasión por el juego y acumula deudas difíciles de saldar. Ian, por su parte, se dedica fundamentalmente a pasarlo bien con las chicas, perfeccionando –o eso es lo que cree- sus dotes de seductor. El viejo barco que quieren comprar personifica sus ansias de libertad y el barniz de lujo con el que pretenden adornar sus opacas existencias. No tienen dinero pero consiguen reunir lo suficiente para hacerse con el velero, repararlo, hacerlo navegar y llevar en él a sus novias. 
La de Terry es una buena chica, que prefiere una vida anodina pero segura de matrimonio convencional, y que está contenta con lo que le ofrece su novio. La de Ian es una actriz sofisticada y muy liberal, engañada de momento por el supuesto nivel de vida de quien cree un avezado y exitoso hombre de negocios. Los dos hermanos, sin embargo, tendrán muy pronto que afrontar el gravísimo problema económico al que están abocados. Y entonces aparece el tío Howard (Tom Wilkinson). Es el millonario hermano de la madre de los protagonistas, un ejemplo de éxito para ella y un motivo de desazón continua para su marido, el honrado y desastroso padre de los chicos. El tío Howard será quien los saque de la miseria... pero a cambio de un favor siniestro y absolutamente inmoral, que cambiará su vida. 
Allen nos cuenta esta historia sin ofrecer a sus personajes, ni tampoco al espectador, la menor concesión a la simpatía gratuita, el sentimentalismo o la mentira piadosa. Con un guión perfecto, implacable, y en un registro narrativo y estilístico muy cercano a Match Point, también aquí sus protagonistas someten sus conciencias a una disyuntiva que pugna entre la ética, la moral e incluso la ley, y el dinero, el éxito y quizás la vida. La vida, sobre todo. Con un rigor absoluto, que nace en las fuentes del mejor cine clásico, Allen plantea y resuelve cada escena, cada secuencia, cada intervención de los intérpretes con la seguridad, el equilibrio y la exactitud de un cirujano; el bisturí penetra, expone y corta donde es preciso; no hay nada superfluo, no sobra nada; ni se echa nada a faltar. De esa manera, sabemos enseguida quiénes son esas personas y comprendemos lo que hacen, lo que piensan y el porqué de sus decisiones; no son gentes extraordinarias, sino todo lo contrario: personas normales, sometidas a los vaivenes de su precaria existencia, a sus circunstancias y a su destino. No necesitan un poeta épico, sino un observador y un narrador; por eso, lo que hace Allen es ponerse al servicio de su historia y contarla de manera perfecta para disfrute de sus espectadores.
Hay quien dice ésta es una obra menor, y que las películas de Woody Allen “sin” Woody Allen –actor- no son tan auténticas, tan interesantes. Es un error. Allen es, más que un cómico, un pensador, un intelectual, un hombre culto y riguroso, dueño de una capacidad de creación, de fabulación y de pedagogía que no decae con la edad. Nadie hace una obra maestra todos los años; pero no nos engañemos: Woody Allen nunca hace una “obra menor”. (www.onpictures.com)

CASTILLOS DE CARTÓN   (01.11.09)
Dir.: Salvador García Ruiz
Pro.: Gerardo Herrero   Gui.: Enrique Urbizu
Int.: Adriana Ugarte, Biel Durán, Nilo Mur  
Cuarta película de García Ruiz, director especializado en llevar a la pantalla obras literarias; lo hizo en su debut en 1996 con Mensaka –de la novela de José Ángel Mañas- y después con El otro barrio y Las voces de la noche. Castillos de cartón adapta el libro de Almudena Grandes, también especialista, pero a la inversa, en ver sus novelas en el cine: tras Las edades de Lulú, producidas las restantes, sin excepción, por Gerardo Herrero. Por qué extraña razón en esta película se han suprimido en el montaje final las escenas –me consta que rodadas- que en la novela explican y conforman la historia y los personajes, es algo que productor y director deberían aclarar; como no lo hacen, lo que queda es un relato más ambiguo y abierto, que debemos suponer es la apuesta final de los autores. Nos guste o no esta decisión –a mí, no mucho-, Castillos de cartón, la película, es como la tenemos delante, y eso es lo que hay que juzgar. 
Para empezar por lo más vistoso, un reparto valiente y muy adecuado: Adriana Ugarte –revelación en la muy estimulante Cabeza de perro, de Santi Amodeo-, Biel Durán –aquel chavalín de La teta y la luna, de Bigas Luna- y Nilo Mur –debutante en la notable Héctor, de Gracia Querejeta-; los tres –ya con carreras en continua y evidente progresión-, son los protagonistas: María José –Jose, para los amigos-, Jaime y Marcos son estudiantes de Bellas Artes en la España de los 80 que olía a democracia recién estrenada, escenario de sucesos y “movidas” que disparaban la ilusión y las ansias de libertad. 
Los jóvenes aspirantes a artista experimentan con sus pinceles y con sus cuerpos y nos desvelan su intimidad en un triángulo aparentemente indisoluble en el que sus secretos y sus ropas caen a la misma velocidad. Los intérpretes se entregan absolutamente a la mirada del espectador y a la cámara de García Ruiz, y el director les corresponde con una coreografía estética y pudorosa que elude toda procacidad para revelar la naturalidad del desnudo. 
Así, vamos descubriendo la relación entre los tres y la personalidad y el papel que juega cada uno; Jaime, oportunista, dinámico y decidido; Marcos, callado e inseguro, pero de gran talento artístico, y Jose, inteligente y animosa, discreta ante su familia y arrolladoramente sincera en su relación. Ella es la que proclama: “que sepan todos que estamos juntos, que somos novios... los tres”. Y esa situación, con sus gozos y sus pesares, sus problemas y sus soluciones, va discurriendo paralela al esfuerzo artístico, al logro personal que se muestra con muy distinta altura para cada uno: Jose pinta sin preocupaciones, Jaime no progresa más allá del trazo artesanal, y Marcos se despega de sus amigos camino del triunfo.
Salvador García Ruiz narra sin el menor estrépito; la misma contención que muestra ante el erotismo desinhibido de muchas de sus secuencias impregna su estilo, apostando siempre por cierta lejanía en su punto de vista, que resulta estrictamente objetivo –y es de agradecer- pero quizá también demasiado frío; no tiene el descaro burlón de Dieta mediterránea ni la pasión dolorosa de After, otras historias triangulares de nuestro cine reciente. Aunque eso no anula el carácter iniciático y, desde luego, transgresor del relato, más emparentado, en ese sentido, con los Soñadores de Bertolucci; Castillos de cartón habla también de sexo y libertad y del descubrimiento de la vida.
Interesante película, en definitiva; y un aplauso animoso para el trío protagonista, que hace cercanos y reconocibles sus personajes, a pesar de su especial relación. Cada uno y todos juntos van evolucionando desde las dudas y los miedos iniciales hasta el momento de la madurez; desde el roce dubitativo hasta la entrega radical; del esbozo académico al estallido de color desbordante. Y desde el desenfadado desnudo juvenil compartido, a la mirada adulta, la afirmación individual, la apuesta por un futuro que se adivina cercado por el dolor. (www.castillosdecarton.com)

CASUAL DAY    (11.05.08)
Dir.: Max Lemcke
Pro.: Álvaro Agustín, Iker Monfort   Gui.: Daniel y Pablo Remón
Int.: Juan Diego, Javier Ríos, Luis Tosar... Y Estíbaliz Gabilondo, Secun de la Rosa, Alberto San Juan, Álex Angulo, Arturo Valls, Carlos Kaniowsky... más Malena Alterio y Marta Etura.  
Segundo largometraje de Max Lemcke, que es casi el primero, porque su debut Mundo fantástico (2004), pasó absolutamente desapercibido. Eso no lo desanimó, parece, y ahora se ha apoyado en un muy estimable guión de los hermanos Remón para construir este relato coral que retrata el mundo de la empresa y, en el sustrato de la historia, la condición humana.
Podría resultar un empeño un tanto pretencioso, pero los autores han sabido encontrar el tono para no desvirtuar la narración con exageradas profundidades metafísicas, ni tampoco caer en la caricatura zafia; como decía Juan Diego, se trata de arquetipos, pero trasladados a la pantalla con rigor y con absoluta sensación de normalidad, de cotidianeidad, aunque se parta de una situación especial: la del “casual day”, o, traducido al castellano antiguo, la “jornada de convivencia”.
Todos los empleados, por invitación especial de la empresa, se trasladan al campo para pasar un día informal, sin traje ni corbata, conviviendo  y realizando actividades varias; desde las comidas y las copas en común hasta la guerra de “paint-ball”, pasando por la inevitable charla, repaso personal y evaluación a cargo del siniestro –quiero decir simpático- psicólogo laboral. También se aprovecha la jornada para que el jefe explique algunas decisiones –entre los pinos todo es menos dramático-, ciertas condiciones, una filosofía de empresa muy necesaria para todos.
Toda la película transcurre en ese día, tras un breve prólogo en el que la joven Inés –espléndida Marta Etura, como siempre-  le cuenta a su mejor amiga sus preocupaciones amorosas. 
Curiosamente, el personaje no volverá a aparecer, pero estará siempre pivotando en el eje de la historia: uno de los mejores aciertos del guión. Y como decía, el relato empieza por la mañana, con los participantes acudiendo al lugar por diversos medios –los curritos en el monovolumen, la joven promesa en el coche de su jefe-, y termina de madrugada, con los supervivientes viendo amanecer en plena naturaleza. ¡Qué hermoso y qué bucólico...!
En medio, todas esas actividades que permiten, poco a poco, dibujar el retrato de los protagonistas en el microcosmos, la perfecta escala social del edificio corporativo: el jefe en la cúspide de la sexta planta, los recién llegados a hacer méritos y escalar desde la segunda. José Antonio, el jefe, es también el mayor y el que lo tiene más claro: lleva toda la vida luchando –y no es metáfora- para llegar a su despacho y a su Audi 8, el símbolo de su poder. Al coche –y a la empresa- deja entrar al joven Ruy, el novio de su hija. A la hija de José Antonio le gusta Ruy, así es que lo va a promocionar y lo va a casar con la niña, faltaría más. A lo mejor Ruy no está tan decidido, pero eso da igual.
Y a su alrededor pululan todos los demás: Cholo, el segundo de a bordo, despótico y machista; Marta, ilusionada e inocente; el adulador Arozamena y el descontento Almárcegui; y el conformista, y el agobiado y la pobre víctima. Todos pasan el día de asueto tejiendo lo que parece ser una nueva red, pero que no hace sino reproducir la que los sostiene en la vida real, en el trabajo, en la sociedad; los arquetipos funcionan como deben: la vida contiene depredadores y presas, aprovechados y altruistas, feroces profesionales y afanosos aficionados. 
Lemcke le saca bastante partido a la fábula, con intención y muy buen ritmo, apoyado en una estupenda fotografía, en la solidez del guión y en la fenomenal aportación de sus intérpretes. Los jóvenes se consolidan con su desparpajo ante la cámara, los veteranos –Luis Tosar, Alberto San Juan- le echan oficio y convicción, y Juan Diego... está como siempre; es decir, magnífico. La película gustó muchísimo en Málaga... pero no participaba en la sección oficial. No se sabe por qué: misterios del cine español.

CAUTIVOS   (17.05.15)
Dir.: Atom Egoyan
Pro.: Atom Egoyan, Simone Urdl   Gui.: Atom Egoyan, David Fraser
Int.:
Ryan Reynolds, Rosario Dawson, Alexia Fast
El canadiense Atom Egoyan es uno de los cineastas que mejor maneja el lado más oscuro y más morboso de la existencia. Su cine no siempre alcanza las mismas cotas, pero reúne títulos de evidente importancia: El liquidador (1991), Exótica (1994), El dulce porvenir (1997), El viaje de Felicia (1999), Ararat (2002) –acerca de las consecuencias, nunca extinguidas, del genocidio armenio-, Chloe (2009)… Frecuentemente, en sus películas aparecen niños y adolescentes víctimas de acosos, accidentes e incluso crímenes; y también en esta última.
Matthew y Tina son orgullosos padres de Cassandra, una niña de nueve años apasionada del patinaje; cuando vuelven del entrenamiento, camino de casa, padre e hija se detienen para comprar un helado. Matthew se baja de su furgoneta, dejando a Cass descansando en el interior, y no sospecha el interminable infierno que va a vivir. Apenas tarda unos minutos, pero cuando regresa, la niña no está. Ha desaparecido sin dejar huella. Por más que la llama y la busca en torno al coche y a la tienda, ni encuentra respuesta ni el más leve indicio en la llanura nevada que se extiende hasta el horizonte.
Ni los desolados padres ni los policías, inmediatamente alertados, encuentran la menor pista. Es más, cuando
Matthew acude a denunciar la pérdida, se encuentra en tal estado de confusión y con una actitud tan desafiante que casi levanta sospechas de estar él mismo tras la desaparición de su hija. Por fin, se encarga de la investigación un grupo de agentes especializados en delitos de redes de pederastia, que rastrean las páginas de internet y los procedimientos de contactos más habituales… sin mejores resultados: a Cass parece habérsela tragado la tierra, y su madre se desespera. Pero Matthew, no.
Toda la primera parte de la película se desarrolla a través de un puzle dramático que quiebra la estructura narrativa avanzando y retrocediendo a lo largo de ocho años sobre un paisaje hostil de nieve perpetua en la que se pierden los rastros y se congela la esperanza, y entre unos escenarios poblados de personajes al principio indescifrables pero que poco a poco van adquiriendo significado en la retina del espectador, cuando las piezas encajan y se ponen en orden. Entonces se atisba un cierto grado de comprensión, que sin embargo abre la puerta a un argumento que se desdobla para aportar más inquietud y más desolación.
En esos momentos, Egoyan abandona en cierta medida esa ruptura de la continuidad para poner más el acento sobre los personajes: los padres de Cass, al borde de la separación: Tina, acudiendo cada año a los investigadores en busca de alguna respuesta, y Matthew –un poderoso protagonista- buscándose las suyas por su cuenta; Jeffrey, el policía agresivo y Nicole, la jefa del grupo, valerosa, equilibrada y sagaz. Y Mika, la figura escurridiza y sombría, las dos caras de una verdad que puede ser insoportable. Esos son casi todos, y todos giran en torno a la figura ausente de Cassandra, que ahora tendría diecisiete años y sería campeona de patinaje artístico.
Quizá el tramo medio –y más largo- de la película resulte un tanto más flojo, como si el director-guionista bajara el pistón tras un planteamiento tan denso. Puede ser; o también que Egoyan deja que la narración vuelva a arrancar desde abajo para ir subiendo el tono paulatinamente; lo cierto es que el relato se hace más lineal y se acerca a un aspecto de intriga policiaca con suspense, que, por otro lado, es un formato no demasiado lejano de su obra. En cualquier caso, la tensión sube hasta llegar a un desenlace que puede parecer convencional pero que no lo es en absoluto.
Bajo esa apariencia de thriller, Atom Egoyan traza una perturbadora historia con retazos impresionistas –y momentos impresionantes- que indaga en el sentido del mal: la depravación, el abuso sexual, los crímenes contra la infancia. Y en la terrible cuestión que asalta las conciencias: hasta dónde llega la culpabilidad y hasta dónde la inocencia.

CAZA A LA ESPÍA   (07.11.10)
D
ir.: Doug Liman
Pro.: Akiva Goldsman, Jerry Zucker, D.L.   Gui.: Jez Butterworth, John-Henry Butterworth
Int.: Naomi Watts, Sean Penn, Sam Shepard
Doug Liman cuenta ya con una decena de títulos en su currículum; los más relevantes, Swingers, El caso Bourne –la primera y mejor de la serie, para mi gusto- y Sr. y Sra. Smith. En Caza a la espía –horroroso título español- también hay un matrimonio, pero no andan a tiros; al menos, entre ellos.
La protagonista, la espía del título, es Valerie Plame, una atractiva madre de familia, esposa de un diplomático… y agente de la CIA. La vemos en arriesgadas operaciones por distintos rincones del mundo, todos ellos muy peligrosos; y luego, en plena paranoia americana anti iraquí, es encargada por el gobierno de investigar la existencia de las famosas armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein. Valerie descubre pronto la falsedad de esta acusación, pero aún así ve como su marido es enviado a Níger para esclarecer una supuesta venta de uranio a Irak, que resulta ser igualmente falsa.
Los hechos que narra la película son rigurosamente ciertos: Joe Wilson, el marido de Valerie, informó a la Casa Blanca y, cuando comprendió que sus argumentos eran ignorados, escribió un artículo en el New York Times denunciando la situación. Entonces se inició una tremenda campaña de desprestigio, y, lo que es peor, Valerie Plame sufrió la más terrible represalia: su identidad secreta fue revelada a la prensa y su carrera y su vida quedaron expuestas al mayor peligro. Todas sus operaciones encubiertas fueron inmediatamente suspendidas; no sólo las que pudieran iniciarse, sino también las que ya estaban en curso, comprometiendo a las personas implicadas y a todo su entorno. Infamias de toda intensidad cayeron sobre el matrimonio y la opinión pública americana, completamente manipulada, vivió el caso como un acto de doble traición. 
El guión va revelando estos sucesos siguiendo la cronología exacta, marcando los tiempos de una acción paralela, que se despega mientras las vidas de los esposos parecen también separarse, agobiados por la tensión que les va derrotando, hasta dar un giro y tratar de reencontrarse, prácticamente en defensa propia. Claro que no hay aquí acción al uso, con carreras vertiginosas, tiros y explosiones; esta es una historia real y, si el ritmo se acelera es solo en los instantes precisos, cuando el relato atraviesa los escenarios de auténtico peligro. 
El resto adopta más bien un tono documental, que recorre las estancias y los pasillos del poder, desde la frialdad milimétrica de Langley hasta los aledaños emponzoñados del Despacho Oval. “Docudrama”, como se dice ahora, que ahonda primordialmente en la sorpresa, la indignación y el dolor de la protagonista, representada por la formidable interpretación de Naomi Watts, muy bien secundada por un contenido Sean Penn. 
Aunque el argumento se parece a otros en su desarrollo, en esta ocasión, lo narrado es histórico y no cabe la sorpresa, tantas veces forzada a fuerza de querer ser impresionante, en la conclusión: lo sucedido está, si no en la historia, sí en las hemerotecas. Lo que sí sorprende es que el asunto pasara relativamente desapercibido y que haya sido olvidado tan solo a la vuelta de unos pocos años. Y lo que debería sorprendernos es que terminara con graves sanciones –luego perdonadas- para unos culpables de tercera categoría, mientras los verdaderos causantes de esa fechoría, los mismos de la más grave mentira de las últimas décadas, se pasean libremente y, amparados en su equívoca condición de ex presidentes, puedan alardear de haber salvado al mundo.
Por eso, bienvenidas películas como ésta, de ese género de denuncia política que ya escasea; no importa que vengan acompañadas de la etiqueta de cine comercial: ambas cosas no están reñidas, y mucho menos si sirven de vehículo a una biografía excepcional como en este caso en el que la acción dramática y el suspense enmarcan la lucha de Valerie Plame, una mujer que se enfrentó al poder sin más fuerzas que las de la verdad y su inquebrantable determinación. (www.cazaalaespia.com)

CAZA AL ASESINO   (24.05.15)
Dir.: Pierre Morel
Pro.: Sean Penn, Ron Halpern, Andrew Rona, Joel Silver   Gui.: Don MacPherson, Pete Travis, Sean Penn
Int.: Sean Penn, Jasmine Trinca, Javier Bardem
Pierre Morel es un director francés que trabaja habitualmente en Hollywood de la mano de Luc Besson. Ha dirigido Distrito 13 (2004), Venganza (2008) y Desde París con amor (2010), y también ha trabajado en la fotografía de Taxi 2 y Taxi 4, otro par de la serie Transporter, El americano, Antes del atardecer y algunas otras películas, generalmente thrillers de acción al uso. Parece la figura indicada para realizar este nuevo, producido, escrito –entre otros- y protagonizado por Sean Penn.
El comienzo, en efecto, es prometedor. Terrier trabaja en el Congo, entre el eterno conflicto que arrasa tantas zonas del continente africano. Su tarea consiste en proteger un enclave humanitario de una agencia de Naciones Unidas; con él hay otros hombres y una mujer, Annie, su pareja. Pero el trabajo de Terrier no acaba aquí: con Félix, Cox y alguno más, forman un comando secreto de mercenarios, dispuestos a hacer cualquier trabajo sucio que se les encargue y, por supuesto, se les pague. Por ejemplo, liquidar al Ministro de Minas, cuya actitud no resulta demasiado amistosa para según qué intereses.
Claro que el que ejecute el encargo deberá escapar del Congo rápidamente. Por eso Félix, el jefe del grupo, se lo encarga a Terrier. Porque es un tirador experto y porque así le dejará el campo libre con Annie, de la que Félix está ocultamente enamorado. Todo se cumple como está previsto; y esta parte está contada con eficacia y tiene bastante interés: la tensión amorosa en un escenario que remite a las corrupciones de las grandes empresas, la manipulación de los recursos naturales y el asesinato político; todo el ambiente y los personajes que lo pueblan están retratados con sabor de autenticidad y con emoción creciente.
Y ahí prácticamente se acaba la película. El relato salta de golpe unos años; las cosas han cambiado bastante. No lo parece para Terrier, que ha vuelto a África y ha rehecho su vida… casi. Casi que no, porque de repente la situación se le complica bastante y tiene que volver a escapar del continente para venir a Europa en busca de unas cuantas respuestas. Como apuntaba, todo ha cambiado mucho: Cox no es ni sombra del que era, y lo mismo sucede con Félix y Annie, que ahora están juntos y viven por todo lo alto.
Terrier querría reprochárselo a ambos, sobre todo a ella; pero comprende que eso es lo que pasa cuando te marchas sin decir adiós y dejas a tu chica en el Congo al cuidado de tu mejor malísimo amigo. Que aun esto podría valer, pero la historia y los protagonistas van pillando un tufillo un tanto melodramático y casi cómico a su pesar. Javier Bardem compone un Félix absolutamente cargante, y Sean Penn luce pectorales y soluciones imposibles, en su tarea de convencernos de que es un héroe de acción. Que sí que hay, mucha, porque todos van de un lado para otro, a toda velocidad hasta llegar a Barcelona. Es que el gobierno catalán y el español han puesto algunos euros en el producto, con lo que la película puede aspirar a subvención y Sean Penn podrá estar en los Goya, y en los premios de la Academia Catalana, que todavía molan más. La cuestión no pasa desapercibida, porque precisamente toda la parte final y más bonita –por trepidante, extraviolenta y así de ridícula- transcurre durante una corrida de toros en la plaza de Barcelona. Que nadie se extrañe: entre las banderas de España y de la Comunidad de Madrid –que nunca ha sido tan extensa- se puede atisbar un cartel que habla de la reapertura de la plaza. Qué grande.
Todos estos detalles molestan porque son absolutamente prescindibles, incluido el remate de la faena a cargo de un miura escapado del corral. Pero es que además, la trama, que apuntaba esas buenas maneras del principio, se queda en nada y lo que podía ser una denuncia de los turbios manejos de gobiernos y multinacionales, no es más que una intrascendente historia de amor encajada en un seudopoliciaco: una aventura típica y muy tópica de carreras, tiros y puñetazos. (
http://thegunmanthefilm.com/)

CELDA 211   (08.11.09)
Dir.: Daniel Monzón
Pro.: Álvaro Augustin, Juan Gordon   Gui.: Daniel Monzón, Jorge Guerricaechevarría
Int.: Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Marta Etura
 
Cuando Daniel Monzón debutó en el año 2000 en la dirección cinematográfica –ya había escrito el guión de Desvío al Paraíso, de Gerardo Herrero- con El corazón del guerrero, despertó expectativas prometedoras. Su segunda película, El robo más grande jamás contado (2002) era bastante mala, y La caja Kovak (2006) no lograba levantar el vuelo. Pero ahora sí, y Celda 211 es una magnífica película, otro ejemplo de que aquí se puede hacer cine de género y hacerlo muy bien además.
La verdad es que Celda 211 arranca con una secuencia alarmantemente débil: Juan, un funcionario de prisiones, visita la cárcel que será, al día siguiente, su lugar de trabajo. De repente, un cascote le cae en la cabeza y los colegas que lo acompañan lo introducen en una celda vacía –en vez de llevarlo a la enfermería- y además salen corriendo cuando estalla un vertiginoso motín en la prisión. Juan, medio aturdido aún, comprende la situación y, para salvar la vida, se hace pasar por un recluso.
Flojo pretexto; pero es que, si no, no habría película. A partir de ahí, mucho y muy buen cine. El motín está liderado por el tremendo “Malamadre”, un peligroso asesino, de aspecto atroz y voz tan cavernosa como su conciencia. “Malamadre” acepta a Juan en su bando, primero receloso y luego divertido y cautivado por la aparente indefensión y la inteligencia de su nuevo compinche. Tampoco el resto de la camarilla del jefe están muy tranquilos: el lugarteniente “Tachuela”, que guarda la sombra de “Malamadre”; el enloquecido “Releches”, y el calculador y taimado “Apache”, todos miran a Juan –inmediatamente apodado “Calzones”, ellos saben por qué- con evidente desconfianza.
Mientras la rebelión se mantiene en todo su apogeo, del otro lado de las rejas se vive una situación caótica y frenética por momentos. Hay quien apunta a una intervención inmediata y resolutiva –pronto los geos están preparados para el ataque-, hay quien confía más en las dotes de persuasión del negociador profesional, y hay quien piensa que puede acabar con la revuelta por sus propios medios personales... y persuasivos. 
Todo este personal está representado en la película por un reparto excelente: Resines, Manuel Morón –los de fuera-, Carlos Bardem, Luis Zahera, Vicente Romero –los de dentro-, más Alberto Ammann, que debuta con su difícil encargo y está casi siempre a gran nivel, Marta Etura, la única mujer del elenco, que saca adelante un papel poco agradecido y casi innecesario, y, claro, Luis Tosar, este “Malamadre” airado, violento e implacable, pero también fiel a sus propios códigos y a su tremebundo sentido de la amistad: un personaje estupendo, de esos que cualquier actor agradece en su carrera. Tosar lo aprovecha y redondea una interpretación memorable.
Celda 211 es, desde luego, un thriller carcelario, subgénero “motín a bordo” –todo hay que clasificarlo-, pero hay elementos que lo distinguen del estándar del género. No se basa tanto en las relaciones de poder en la prisión –que también- y explora más la evolución psicológica de los personajes: el temible criminal deja ver alguna grieta en su feroz personalidad, el tímido funcionario se sorprende a sí mismo con su transformación y su capacidad de liderazgo. Al mismo tiempo, se va estableciendo un paralelismo moral entre amotinados y funcionarios, entre reclusos y políticos, que resulta una evidente traslación de los mecanismos de la sociedad y un retrato nada amistoso del comportamiento del ser humano.
Daniel Monzón conduce Celda 211 con muy buen pulso y estupendo sentido de la narración, siguiendo un magnífico guión –de los mejores del cine español de este año- y apoyándose en la muy notable fotografía de Carles Gusi. Pero lo más importante es que todos los elementos se funden al servicio de la historia, que mantiene al espectador pegado a la butaca, atrapado por la fuerza de las imágenes y golpeado, también en su conciencia, por el drama, cruel y verdadero, que transcurre ante sus ojos. (www.celda211.com)

 

CERCA DE TU CASA   (03.09.16)

Director: Eduard Cortés. Intérpretes: Sílvia Pérez Cruz, Adriana Ozores, Lluis Homar.
Eduard Cortés es el responsable de hacer debutar en el cine a Sílvia Pérez Cruz. Ella es Sonia, una joven que sufre la más difícil situación: ni ella ni su marido tienen trabajo, no pueden pagar el piso en el que viven y son desahuciados por el banco. No valen súplicas ni promesas ni más plazos, y Sonia, su marido y su hija pequeña se quedan en la calle. No del todo, porque buscan acomodo forzoso en casa de sus padres; que, en realidad, tampoco pueden mantenerlos. Y empiezan una travesía dolorosa que amenaza con acabar con el matrimonio y convertir unas vidas tranquilas y decentes en una existencia cercana a la desesperación y a la delincuencia.
Hay que hablar de estos temas, y hay que hacerlo urgentemente y contundentemente. Lo hace Eduard Cortés, pero además lo hace con el acierto de contar con Sílvia Pérez Cruz y con el valor de arriesgarlo todo en una puesta en escena que resuelve en canciones los estados de ánimo, los pensamientos y las declaraciones de los protagonistas. Las canciones se intercalan en la acción con oportunidad y, pasada la primera sorpresa, el espectador entra en el juego sin sobresaltos. Claro que gran parte del mérito lo tiene la compositora y, desde ahora, estupenda actriz. En la película cantan todos –cada uno en la medida de sus posibilidades y con melodías ajustadas a sus características-, pero la que sobresale, como es natural, es Sílvia Pérez Cruz. No la vamos a descubrir ahora, porque su voz ha llenado escenarios desde hace tiempo; pero la cercanía de la gran pantalla, su fotogenia, su capacidad de cantar interpretando –o de interpretar cantando- arrebata y emociona desde el primer fotograma.

Película valiente, distinta, oportuna. Sus defectos, que alguno tiene, no importan: vale su intención, su mensaje, y el talento portentoso de su protagonista.

CHE, EL ARGENTINO    (07.09.08)
Dir.: Steven Soderbergh
Pro.: Laura Bickford, Benicio del Toro   Gui.: Peter Buchman
Int.: Benicio del Toro, Demián Bichir, Santiago Cabrera, Elvira Mínguez, Unax Ugalde)  
No hace mucha falta presentar a Steven Soderbergh, director americano de 45 años, autor de la ya lejana Sexo, mentiras y vídeos y también de otras veinte películas, entre ellas El rey de la colina, Kafka, Erin Brockovich, Traffic –Oscar para él y otro para Del Toro-, Solaris, El buen alemán y Ocean’s Eleven y siguientes.
Todavía menos presentación necesita el “Che”, el argentino y universal Ernesto Guevara. Un personaje fascinante, que también ha interesado sobremanera a Soderbergh y a Benicio del Toro –parecido asombroso, vaya por delante-, que han dedicado muchísimo esfuerzo y todo el dinero que han podido –que no es tanto, pero le han sacado grandísimo partido- a contar la historia del guerrillero, político, médico, héroe de la Revolución –con mayúscula- y compañero de Fidel Castro en su conquista del poder en la Cuba de Batista.
Soderbergh y sus colaboradores se han documentado tan exhaustivamente –con los propios escritos del Che, más infinidad de fuentes de todo tipo- que el guión final ha dado para dos películas: ésta que se acaba de estrenar y Guerrilla, que verá la luz el año que viene. La actual es, verdaderamente, una primera parte; arranca, como marco general de toda la historia, con la comparecencia de Guevara en la sede de Naciones Unidas, en 1964. Allí presentó las credenciales del joven régimen cubano, cinco años después del triunfo de la revolución.
Lo narra la película: Fulgencio Batista había dado un golpe de estado en 1952 y había implantado una férrea dictadura. Y Soderbergh nos muestra el encuentro entre Castro y el Che –presentados por Raúl, el hermano menor de Fidel-, en Méjico, en 1955. Allí comenzó todo.
En un barco viejo y descascarillado, los rebeldes desembarcan en Cuba y son inmediatamente atacados y diezmados. Escapa una veintena de jóvenes –el Che tiene 27 años, Castro, 29-, que se refugian en Sierra Maestra. Poco a poco consiguen organizarse y van consiguiendo pequeñas victorias locales mientras va aumentando su número y mejora su armamento. En 1957, los revolucionarios ya dominan la Sierra y preparan su asalto a los valles y las grandes ciudades: Santa Clara, Santiago y, finalmente, la Habana. Son menos de 1.000 hombres, frente al ejército de Batista -70.000 soldados mucho mejor equipados-. En el verano del 58, el dictador manda diecisiete batallones contra los rebeldes, pero fracasa: la ofensiva es imparable. Cae Santa Clara; el 30 de diciembre Batista huye y el 1 de enero de 1959 se proclama el triunfo de la revolución.
La película cuenta con escrupulosa fidelidad estos hechos. Alterna, en un montaje rigurosamente clásico, las imágenes del Che en Naciones Unidas –su intervención en la Asamblea, más las entrevistas con los medios americanos- con las de la guerra. Las primeras con absoluto tono documental, en blanco y negro, entretejiendo hábilmente la acción de las segundas, rodadas generalmente a plena luz y con espectacular realismo. 
En ambas partes brilla la espléndida interpretación de Benicio del Toro, y no sólo, como ya decía, por su absoluto parecido físico; Del Toro es, sin duda, el mejor Che posible, él lo sabe, conoce y ama al personaje y se ha entregado a su papel en cuerpo y alma. Un alma que se trasluce en cada intervención, que jalonan la historia para explicar el pensamiento y el ideario del carismático líder. A veces, es cierto, con algún apunte de didactismo que, afortunada/, no llega a ser peligroso para la entidad de la película. 
Tampoco hay –éste es el mayor mérito- ningún oportunismo, ni político ni sentimental, sino un prudente distanciamiento, algo así como un predominio de los planos generales sobre los primeros planos. Al fin y al cabo, ésta es una película épica, de una gesta colectiva, que Soderbergh centra en su protagonista más brillante, más generoso y más modesto. “¿Qué se siente siendo un líder?” le preguntan en América. El Che, confuso, responde: ¿Un líder... de qué...? Y se lo tienen que explicar: “De la revolución”. (www.cheelargentino.com)
 
CHLOE   (28.11.10)
Dir.: Atom Egoyan 
Pro.: Ivan Reitman, Jennifer Weiss, Joe Medjuck   Gui.: Erin Cressida Wilson
Int.: Julianne Moore, Liam Neeson, Amanda Seyfried  
Atom Egoyan es un director canadiense nacido en El Cairo y de ascendientes armenios, y es autor de películas impactantes, perturbadoras, siempre interesantes, como El liquidador, Exótica, El dulce porvenir, El viaje de Felicia, Ararat –sobre el genocidio de armenios a manos del ejército turco-, Cuando la verdad miente… Egoyan es un especialista en analizar las conductas humanas, los grupos sociales y sus mecanismos soterrados y las relaciones cercanas y familiares, penetrando hasta los sentimientos reprimidos y revelando la intimidad más escondida.
En 2003, la francesa Anne Fontaine dirigió a Gérard Depardieu, Fanny Ardant y Emmanuelle Beart –un trío de altura- en Natalie X. Ahora, Atom Egoyan lleva la historia a las calles, los hoteles y los interiores de las casas de Toronto –que él conoce muy bien-, con Julianne Moore y la muy sexy Amanda Seyfried, acompañadas por Liam Neeson. El guión se basa en el de la película precedente: una mujer casada cree que su marido la engaña y, para ver si su sospecha se confirma, contrata a una joven y guapísima prostituta para que lo tiente y luego le cuente el comportamiento del hombre. 
En principio, parece que la cosa tiene cierto fundamento. Catherine, una madura e interesante ginecóloga de prestigio, ve cómo su matrimonio se ha ido enfriando, cómo David, su marido -un ocupado profesor que trabaja lejos de casa-, dedica cada vez más tiempo a su profesión y menos a ella, que también trabaja y se cansa mucho, y cómo su hogar va resultando, a pesar del lujo, más inhóspito día a día. También la relación con su hijo, aplicado estudiante de música, es muy diferente de la que antes disfrutaban. Catherine se siente sola y, lo que es peor, ve como su marido empieza a estar muy bien acompañado por sus atentas y atractivas alumnas. 
La situación hace crisis cuando, el día del cumpleaños de David, con toda la fiesta preparada y la casa llena de invitados y regalos, él pierde el avión y no puede asistir a su propia celebración. Es entonces cuando Catherine se fija en Chloe, que sale y entra del hotel que está bajo su consulta, acompañada de caballeros que, evidentemente, pagan por su atención. Y no duda en contratar los servicios de la joven, explicándole con dolor, pero también con cierto espíritu morboso, para qué los solicita. En efecto, Chloe encuentra a David y ejerce su atracción sobre él. Después, ha de volver junto a Catherine y contarle el resultado de su encargo. Cuando la joven relata a la mujer lo que está pasando, a pesar de los celos y la rabia iniciales, no tarda en surgir entre ambas una atracción antes insospechada pero ahora invencible.
El cuerpo desnudo de Chloe, su mirada y su voz; sus besos y sus caricias, tiernas e impúdicas, aniquilan las dudas de David, el miedo de Catherine… La joven –absolutamente adorable Amanda Seyfried- es quien domina, dueña en cada momento de la sugestión, el placer, la culpa y la absolución. Desde ese punto, lo que era una crónica familiar protagonizada por la rutina, la incomunicación y el desapego, se convierte en manos de Egoyan en la oportunidad para desarrollar un amargo y oscuro “thriller” de seducción, y para explorar a fondo algunas de las obsesiones que pueblan la conducta erótica: el sexo lésbico, la relación compartida, el placer alquilado… Y con ellas, el engaño tolerado, la mentira ignorada, el deseo y el dolor. Seguramente, de trabajar con un guión propio –de hecho, es la primera vez que esto no sucede-, el director habría llevado la historia por otro derrotero sentimental y, desde luego, intelectual.
Pero ésta tiene también su carga de profundidad, una mina que amenaza entre dos aguas y que no hace explosión hasta el desenlace, cuando los espejos saltan y los personajes se revelan a sí mismos la verdad, y cuando la descubren en cada una de los otras caras de este poliedro –mucho más que un triángulo- pasional. Cada secuencia entonces, cada plano, es significativo y concluyente: sólo el final es, posiblemente, el final. (www.chloelapelicula.com)

5 METROS CUADRADOS   (13.11.11)
Dir.:
Max Lemcke
Pro.: Isabel García Peralta   Gui.: Pablo y Daniel Remón
Int.: Fernando Tejero, Malena Alterio, Emilio Gutiérrez Caba
Antes de esta película, Max Lemcke ha dirigido Mundo fantástico en 2003, y Casual day, que presentó en la “Zonazine” del Festival de Málaga de 2008, y cosechó un casi unánime elogio de la crítica. Tres años después, ha conseguido el éxito absoluto en el último certamen malagueño con 5 metros cuadrados: Biznaga de Oro a la mejor película, premio al mejor guión, premios de interpretación para Fernando Tejero y Jorge Bosch –protagonista y secundario-, y premio de la crítica.
Fernando Tejero y Malena Alterio repiten como pareja, pero esta vez no en su habitual registro cómico de las series televisivas, sino en otro bastante más dramático: ellos son Álex y Virginia, unos novios treintañeros que lo llevan con evidente ilusión, están muy enamorados y hacen planes para su futuro. El más importante, vivir ya juntos en el piso que acaban de comprar; no les preocupa que aún lo estén construyendo y que hayan tenido que pedir una hipoteca a cuarenta años para pagarlo. La inmobiliaria parece de garantía, el edificio va para arriba y hasta pueden imaginar cómo quedará su nido de amor una vez terminado, con las magníficas vistas al descampado desde su terraza de cinco metros cuadrados. Y todo parece irles bien, hasta que sucede lo imprevisto: las obras se paran, nadie se hace responsable y la incipiente urbanización queda abandonada y precintada. Virginia y Álex sufren una terrible decepción, que no hace más que aumentar según pasa el tiempo y comprenden el alcance del problema: son unas víctimas más de la desatada especulación urbanística. 
En torno a los esqueletos de los edificios van apareciendo otros afectados, convocados por la preocupación; poco a poco, irán dejando aflorar su carácter, sus miedos, su indecisión, su solidaridad o su egoísmo. Hay quien intenta crear una sociedad de damnificados, hay quien no quiere saber nada de los demás y los hay también que buscan soluciones por su cuenta y riesgo. Para nuestros protagonistas, el mundo ideal en el que vivían empieza a resquebrajarse sin remedio y cada vez más gravemente. Su situación económica es catastrófica y la afectiva también se resiente. Virginia pretende asumir el problema e intenta alcanzar alguna respuesta, aunque llevarse a Álex a vivir a casa de sus padres no vaya a resultar una solución ideal. Él, por su parte, se desespera, empieza a tener serios problemas personales y también en su trabajo, y siente que su vida está a punto de cambiar para siempre, y quizás de manera muy distinta a la que había soñado. 
Fernando Tejero levanta el personaje con un digno esfuerzo de concentración, tratando de evitar sus “tics” más recurrentes y mostrando su mejor caracterización de antihéroe urbano, de anónimo don nadie que se reivindica a golpe de irrenunciable dignidad. Otro tanto puede decirse de Malena Alterio, tan atenta y tan inteligentemente dirigida como su compañero.
Max Lemcke ya demostró en Casual day su capacidad en la dirección de actores, y ahora lo confirma con estos protagonistas y un escogido y espléndido reparto; y también su interés por un tipo de argumento que sus guionistas –forma con ellos un equipo ya consolidado- dotan de aliento humano, de realismo, de actualidad y de espíritu crítico. Si la crisis económica y financiera que padecemos ha dejado miles de víctimas bajo el verdugo hipotecario, desde mucho antes hemos conocido ejemplos de estos otros casos: los afectados por el trágico timo, la sangrienta estafa inmobiliaria de los que han dejado su dinero y su ilusión en manos de desaprensivos piratas de la construcción.
La historia de Álex y Virginia, la de sus compañeros de desgracias y la de sus estafadores –empresarios, banqueros, concejales- es una excelente crónica de esa otra España negra; no la que se esconde en el atraso y la ignorancia, sino la descarada y deslumbrante de los despachos de alto standing y bajísima moral. (http://www.acontracorrientefilms.com/pelicula/62/5-metros-cuadrados/)

CISNE NEGRO   (20.02.11)
Dir.: Darren Aronofsky
Pro.: Scott Franklin, Arnold Messer   Gui.: Mark Heyman, Andres Heinz, John McLaughlin
Int.: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel  
Darren Aronofsky es un director neoyorkino, dueño de una poética personalísima, a veces desconcertante, siempre extraordinaria. Debutó en 1998 con Pi, una mirada sobre las matemáticas y el caos; dirigió después Réquiem por un sueño y La fuente de la vida, certeras parábolas sobre la influencia de las drogas –en sus personajes, la primera; y seguramente en el propio director y guionista, la siguiente-, y dejó hace un par de años a Mickey Rourke a un paso del Oscar por su protagonista en El luchador, su última película hasta este Cisne negro.
El argumento de El lago de los cisnes, el popular ballet de Tchaikovski, es muy conocido:
una inocente princesa ha sido hechizada por un malvado mago y espera al príncipe que, con su amor, la devuelva a su estado original; es el cisne blanco. El príncipe llega, en efecto; pero es engañado y queda atrapado bajo la sombra siniestra del cisne negro, imagen del mal, la seducción y la traición. La princesa-cisne blanco, desesperada, renuncia a la vida antes que al amor. La música bellísima del genial compositor ha dado lugar a múltiples variaciones coreográficas, pero sólo las más excepcionales bailarinas han sido capaces de interpretar ambos papeles sobre un escenario.
Y esa es la obsesión de la joven Nina, la rutilante promesa de la compañía de Thomas Leroy, una de las más importantes de Nueva York. La “prima ballerina” titular, la ya no tan joven Beth –una Winona Ryder que parece autorrepresentarse en la reina destronada-, tiene que ceder el paso ante la pujante belleza y el afán incansable de perfección y gloria de la aspirante. Es ley de vida y, desde luego, es la ley del teatro y de la danza; lo que no quiere decir que sea fácil ni agradable de cumplir.
Nina vive sólo para el ballet; trabaja, sufre y respira solamente para su arte. Castiga su cuerpo y su mente con absoluta exigencia y ni siquiera le sirve el consejo y el apoyo de su madre, antigua bailarina y decidida vigilante de la carrera y la virtud de su hija. La dedicación y los sacrificios de Nina se verán recompensados: tras durísimas pruebas, parece al fin contar con el apoyo de Thomas;
pero entonces irrumpe en escena la espectacular Lily, una recién llegada de impetuosa belleza que cautiva a todo el mundo con su estilo, su sensualidad y su entrega. 
La relación entre las jóvenes bailarinas, su rivalidad en la escena y el desenfado posesivo de Lily desquician a Nina, la aturden y acaban por cautivarla y seducirla hasta llevarla por caminos antes insospechados. Al mismo tiempo, su obsesión por el doble papel de la reina-cisne amenaza con afectarla no sólo en su cuerpo maltratado –desde los dedos amordazados de sus pies hasta el aleteo imposible de sus brazos- sino también en su mente, su voluntad y su fantasía. Su trabajo se convierte en una pesadilla, sometida a la busca incesante de la perfección; no por la técnica, sino por la pasión: la que le exige Thomas, la que encuentra en Lily, la que dinamita su vida, dentro y fuera del escenario. 
Como en El luchador, Aronofsky explora el cuerpo de su protagonista, la piel, los músculos atormentados. Pero Nina se parece más a la pianista de Haneke, en su camino a la perfección por el dolor, la humillación y la mutilación; es el alma, el espíritu, el aliento de la bailarina el que traspasa la pantalla con su explosiva transfiguración. La película gravita permanentemente sobre la figura de Nina, pero a la vez no deja de mostrarnos su propia realidad, su mirada alucinada, su danza interior ingrávida, celeste y mortal. No hay reposo para el espectador, sumergido en la emoción, la belleza y la turbulenta poesía de estas imágenes, que vuelan sobre la inmortal música.
Y que existen, además, gracias a la espectacular interpretación de Natalie Portman, una incomparable Reina de los Cisnes entregada al sacrificio y a la pasión de la danza, esclava a la vez del recodo más oscuro y escondido de su mente, y absoluta protagonista de esta obra perturbadora e intensísima. (www.foxsearchlight.com/blackswan/)

CITIZENFOUR   (29.03.15)
Dir.: Laura Poitras
Pro.: Laura Poitras, Mathilde Bonnefoy, Dirk Wilutzky
Interv.: Edward Snowden, Glenn Greenwald, Ewen MacAskill
Galardonado con el reciente Oscar –y multitud de premios más-, este documental cierra la trilogía con la que Laura Poitras, su directora, ha analizado el mundo tras la catástrofe del 11 de septiembre. En 2006 realizó My country, my country –que fue nominado al Oscar-, acerca de la vida de los iraquíes en su país ocupado, y en 2010 dirigió The oath (El juramento) –premiado en Sundance- sobre dos prisioneros yemeníes. Su éxito le valió ser detenida e interrogada repetidas veces, ver cómo se le confiscaban sus ordenadores y teléfonos y ella misma ir a parar a la lista de sospechosos de alto nivel contra la seguridad nacional.
Quizá por todo eso fue la elegida, tal y como vemos al inicio de Citizenfour, para ser la receptora de una serie de correos cifrados que llegaron a su poder a partir de enero de 2013. Mediante ese nombre en clave, un emisor anónimo denunciaba las operaciones ilegales de la NSA –Agencia Nacional de Seguridad americana- que violaban datos, mensajes y comunicaciones entre personas e instituciones de todo el mundo; miles –quizá millones- de correos, llamadas y transmisiones de cualquier tipo, además de referencias y detalles personales, eran registrados y almacenados en secreto, sin ninguna autorización judicial ni el menor respeto por la intimidad y la confidencialidad.
El informante, al fin, acordó revelar su identidad a Laura Poitras: tras “Citizenfour” se ocultaba Edward Snowden, anteriormente funcionario de la CIA y la Agencia de Seguridad, y el documental recoge, en su parte central, los encuentros secretos celebrados en Hong Kong entre este, la directora y los periodistas de The Guardian y The Washington Post Glenn Greenwald y Ewen MacAskill, responsables –sobre todo el primero- de la publicación y difusión de los archivos de Snowden.
Y a partir de ahí se muestra con todo detalle la repercusión mundial de la revelación de los manejos de la NSA, con la respuesta escandalizada de los países, gobiernos e instituciones –de carácter político, privado o empresarial- afectados por el espionaje, y las  réplicas de la administración americana, desde la más confusa hasta la más cínica, pasando por toda una serie de torpezas y débiles justificaciones, entre las que se puede ver la del mismísimo presidente Obama.
Y, por supuesto, también se contemplan las consecuencias para los responsables de esa difusión: el acoso, la obstrucción y la persecución contra Poitras y los periodistas –nuevamente el mensajero es el culpable-, que llega hasta la detención de la pareja de Greenwald y las presiones a los medios en los que trabaja, y, en el caso de Edward Snowden, a enviarlo a la clandestinidad forzosa y el exilio.
Naturalmente, Citizenfour no es un caso cerrado; ni el documental ni la historia ponen fin a los hechos. Seguro que este podría seguir, y contar algunas cosas más, o haber adoptado otro punto de vista; su directora ha preferido, tras el supuesto suspense inicial –esos mensajes que cruzan la pantalla como un cometa-, dar la voz a Snowden y seguirlo en su periplo personal, que también en algunos momentos llega a rozar el thriller policíaco; él es el protagonista, y a través de él se desarrolla y explica toda la trama.
Lo que en definitiva ha hecho Laura Poitras –tomando el relevo de Michael Moore en la tarea de destripar las cloacas de la sociedad moderna- es eso tan difícil de contar la verdad. No para denunciar, como en otras ocasiones, porque la denuncia ya estaba hecha, sino precisamente para recogerla, registrarla e impedir que se pierda o se olvide. La cámara de Poitras es un testigo, que mira y cuenta lo que ve. Objetivamente y con toda la libertad que ha sido capaz de conseguir, para que sea el espectador quien comprenda y juzgue: la cualidad que hace que un libro o una película pueda ser considerada, como esta, un auténtico documental. (
https://citizenfourfilm.com/)

CITY OF EMBER    (04.01.09)
Dir.: Gil Kenan
Pro.: Tom Hanks, Gary Goetzman   Gui.: Caroline Thompson
Int.: Saoirse Ronan, Harry, Treadaway, Bill Murray, Tim Robbins  
Tom Hanks no es sólo un estupendo actor y un estimable director; es uno de los personajes más poderosos de Hollywood, y parte de ese poder se debe a su capacidad y buen tino como hombre de negocios y como el avispado productor en que se ha convertido. Ahora le ha echado el ojo a City of Ember (La ciudad de la oscuridad), una muy entretenida novela de Jeanne Duprau, y le ha encargado la adaptación a Caroline Thompson –la guionista de Eduardo Manostijeras-, y a Gil Kenan, el director de la estupenda película de animación Monster House, llevar la historia a la pantalla. Kenan reincide, por tanto, en el cine juvenil, pero ahora con una fantasía de acción real y abundancia de efectos digitales.
Ember es una ciudad subterránea, el último refugio de la civilización terrestre, que ha terminado por asolar el planeta, arruinando cualquier clase de vida en su superficie. En Ember no existen el día y la noche y sólo las brillantes lámparas iluminan sus calles y sus casas con la energía que produce el más que vetusto generador central, que funciona –cada vez peor- gracias al río que cruza las profundidades. El relato arranca cuando, tras varias generaciones de vida bajo tierra, los jóvenes se enfrentan al Día de la Asignación, el momento más importante de sus vidas, aquél en el que el sorteo presidido por el Alcalde, la máxima autoridad de la ciudad –un orondo Bill Murray- va a decidir el empleo y el oficio de cada cual para el resto de sus días. A los protagonistas, un chaval llamado Doon y su amiguita Lina  no les sonríe la fortuna en la forma que deseaban: aunque a ella le encante hacer de correo de casa en casa, él se las tendrá que ingeniar para adentrarse en el oscuro mundo de tuberías, remaches, grifos enormes y manómetros congestionados que cruza, todavía más abajo, el subsuelo de la ciudad sepultada.
Pronto nos damos cuenta de que las cosas no van todo lo bien que deberían. Han pasado doscientos años, el generador empieza a fallar y los apagones –con lo peligrosos que ya sabemos que son- se hacen cada vez más frecuentes; la maquinaria está, a menudo, en manos tan débiles y despistadas que sólo un milagro puede conseguir que funcione; por toda la población se extiende la confusión y el desánimo... Poco a poco, la acción va ganando intensidad y suspense según la situación se acerca al desastre; héroes y villanos van descubriendo sus cartas y hasta la ciudad de Ember palpita, se agita y se estremece, como un ser vivo más. Todo se tambalea, hasta el juramento de lealtad de los ciudadanos, su gratitud al Poderoso Generador y a los Constructores de la civilización, y la creencia inmutable en la luz de Ember frente a la inmensa oscuridad exterior. 
Gil Kenan, al contrario de lo que se hace habitualmente con la animación –que recibe un tratamiento dramático y estético semejante a la acción real-, aporta a la imagen toda la frescura, el dinamismo y la espectacularidad –en la que nada es imposible- del cine animado. Y además la ficción fantástica –con toda clase de imaginativos escenarios y vestuario, instrumentos y maquetas y efectos especiales digitales y tradicionales- se une aquí a los esquemas del cine protagonizado y pensado para los chavales.
Estupendo reparto, con el joven Tradaway –ya curtido, a sus catorce años, en la televisión-, la espectacular Saoirse Ronan –la enredadora Briony Tallis de Expiación-, que lleva camino de convertirse en una de las próximas estrellas del cine internacional, y un conjunto de veteranos que arropa convincentemente el trabajo de los críos; todos ellos consiguen que la fábula resulte creíble, muy entretenida y absolutamente recomendable para todos los públicos. Que, naturalmente, no necesitan moraleja; pero también la hay en esta película: que la fuerza de la ilusión y el amor a la verdad acaban por triunfar sobre las tinieblas, por muy hondas que éstas sean. Ah, y que la mayor oscuridad que envuelve al ser humano es la del error y la mentira, disfrazada –una parábola gratis aplicable perfectamente a la sociedad moderna- bajo la capa del poder y asentada sobre la corrupción y el abuso. (www.cityofember.com)

CIUDAD DE VIDA Y MUERTE   (11.04.10)
Dir.: Lu Chuan
Pro.: John Chong, Han Sanping, Qin Hong   Gui.: Lu Chuan
Int.: Ye Liu, Gao Yuanyuan, Fan Wei  
Lu Chan es un director chino de 40 años y uno de los más importantes de su generación, aunque desconocido por estas tierras. Estudió en la Escuela de Cine de Pekín y ha dirigido dos películas antes de ésta: The missing gun (2002) y Mountain patrol (2006), que ganó el premio de la Academia china, que también tienen. Ciudad de vida y muerte, además de levantar una auténtica polvareda en las relaciones bilaterales chino-japonesas –el proyecto se inició justo a los 70 años de los hechos que narra- le ha valido a Lu Chan el reconocimiento internacional y múltiples premios, incluyendo la Concha de Oro en el pasado San Sebastián.
En diciembre de 1937, en lo más crudo de la guerra, los japoneses ponen sitio a la ciudad de Nanking, entonces capital de China. El ejército nipón asalta la ciudad, protegida por murallas y fortificaciones más débiles de lo que aparentan; la maquinaria atacante no tarda en ir derribando los baluartes, sembrando la destrucción y el caos entre unos soldados chinos que no pueden ni saben defenderse. Pronto la batalla se extiende por las calles bombardeadas, entre los edificios destruidos y sobre las ruinas y los cadáveres que siembran el escenario.
Los combatientes chinos, abandonados por sus jefes, mueren a centenares y se rinden a miles. Pudiera ser que las normas de honor de la guerra salvaran sus vidas, pero los japoneses sólo obedecen a una ley en aquellos momentos: no debe quedar un solo soldado enemigo vivo. Y se produce un absoluto exterminio de los defensores de Kanking, asesinados –no se puede decir de otra forma- impunemente, segados por las ametralladoras al borde del mar, entre las vallas que los contienen, las sogas que los amarran, abrazados, incrédulos aún ante su destino… Militares y civiles, jóvenes, ancianos y niños.
La película, fotografiada en un estremecedor blanco y negro, consume su primera mitad en medio de este horror. Pero quizá lo peor venga ahora, cuando la ciudad ha quedado reducida a la paz de los muertos. 300.000, según la estimación china. Casi la mitad de Nanking destruida. Y los oficiales japoneses ponen su mirada en el sector denominado “Zona de Seguridad”, un distrito, un rincón aparentemente neutral e inviolable; ha quedado a salvo de la destrucción, organizado y amparado por los residentes occidentales, a los que lidera un alemán del partido nazi que obtiene el respeto y el apoyo de los ocupantes japoneses.
Con los alemanes, británicos y demás extranjeros, en la Zona de Seguridad residen también bastantes chinos: ancianos, soldados heridos o escondidos, familias, mujeres… Y comienza la segunda parte de la odisea, cuando los japoneses obligan a salir a las mujeres chinas: de cien en cien, primero las jóvenes; luego más y más, luego todas. Y todas son violadas y maltratadas hasta la extenuación, hasta la muerte. ¿20.000 violaciones? Puede ser, pero el número ya da igual, ante la magnitud de este segundo acto de exterminio.
No importa, creo yo, contar toda esta parte de la película. Son hechos históricos –discutidos por ambas partes, es verdad-, el relato en la pantalla desarrolla también otras líneas y otros diferentes personajes, y, sobre todo, la inmensa calidad y la categoría cinematográfica de lo que estamos viendo permite en muchos momentos –y también a la hora de esta crónica- trascender del tremendo impacto visual y emocional para aplaudir el vigor y la valentía con que Lu Chuan ha realizado esta película.
Precisamente, son los protagonistas los que dotan de valor y de significación a esta Ciudad de vida y muerte, de la misma manera que son los elementos que le procuraron los mayores problemas: de inicio, con la propia censura china, que no permitía aflorar el retrato de unos compatriotas vencidos, humillados y entregados, ni de unos oficiales japoneses dotados de humanidad en medio de aquella jauría cruel, innoble y violenta. Unos islotes apenas, pero unos hitos que dan sentido a la narración, elevan la película y explican cómo es, también, la más despiadada confrontación entre semejantes. (www.karmafilms.es)

COBARDES   (27.04.08)
Dir.: José Corbacho, Juan Cruz
Pro.:
Julio Fernández, Tedy Villalba   Gui.: Cruz y Corbacho
Int.:
Eduardo Garé, Edu Espinilla, Elvira Mínguez, Lluis Homar  
Segunda y muy esperada película de los autores de Tapas, con la que ganaron el Premio del Festival de Málaga; también con Cobardes han ganado allí, aunque ahora haya sido sólo el muy devaluado premio de la crítica. El argumento se basa en un caso de acoso escolar: un chaval de catorce años se ve constantemente agredido por un grupito de compañeros del instituto: insultos, motes ofensivos, robos, vejaciones y, al final, palizas; el chico no se atreve a denunciar a sus malos compañeros a sus profesores, ni siquiera a sus padres. Tiene miedo.
Los padres de los jóvenes protagonistas también viven con miedo: uno teme a un jefe despótico y brutal; el otro, concejal del ayuntamiento, se somete a la disciplina de partido por temor a perder el puesto, el dinero y la influencia. Las madres se salvan un tanto de la general cobardía; se ve que Cruz y Corbacho han destilado unas gotas de feminismo que permiten a Elvira Mínguez –siempre estupenda- y a una insólita y esforzada Paz Padilla componer los personajes de mayor altura moral de la historia.
La película se bifurca, así, en una doble intención: por un lado la denuncia del abuso escolar y su frecuencia cada vez mayor en el entorno educativo de nuestros jóvenes, y por otro la trascendencia del miedo en la vida adulta, familiar, profesional y social. Por desgracia, cada idea termina por diluir la otra –con el inserto, además, de una absurda trama mafiosa- y la película resulta pobre, algo dogmática y carente de emoción y pulso. (http://movies.filmax.com/cobardes/)

COMETAS EN EL CIELO    (09.03.08)  
Dir.: Marc Forster
Pro.: William Horberg, Sam Mendes   Gui.: David Benioff
Int.: Khalid Abdalla, Atossa Leoni, Zekeria Ibrahimi  
Forster –recién cumplidos los 39 años- es un director alemán que se crió en Suiza y trabaja en América; ha dirigido, entre otras, Monster’s ball –que regaló un Oscar, un Oso berlinés y muchos más premios a Halle Berry- Descubriendo Nunca Jamás y Más extraño que la ficción, un guión de Zach Helm con el mejor Will Ferrell posible. Como consecuencia de esta carrera, Forster dirige el inmediato nuevo Bond Quantum of solace. Todo esto quiere decir que Marc Forster es un magnífico artesano, que tiene incluso cierto toque de personalidad y que sus mejores películas  –rozando la perogrullada- son las que tienen un guión mejor, más sólido y también más personal.
El de esta película es obra de David Benioff, sobre una novela      -cómo no- del iraní Khaled Hosseini, y narra la vida del protagonista en dos tiempos del Afganistán pre y post-talibán. Nuevamente Afganistán y nuevamente niños: esto está siendo ya una moda descarada, y el cine americano, naturalmente, se apunta: La guerra de Charlie Wilson era la última, y ahora ésta.
Amir y Hassan son dos niños, amigos inseparables pese a su diferente condición social –Hassan es hijo del criado del padre de Amir- y ambos son virtuosos de la cometa. En el pacífico cielo azul de Kabul se desarrollan auténticas competiciones, que gana quien consigue cortar y derribar más cometas competidoras y se hace con ellas al caer vencidas al suelo. Parece que nada puede enturbiar la amistad y la devoción de los dos chicos, hasta que el carácter de Amir, pacífico y temeroso, lo lleva a una situación tremenda que marcará para siempre las vidas de los dos amigos.
Y de repente, llega la revolución. Las familias ricas, como la de Amir, son perseguidas y muchos tienen que escapar de Afganistán y buscar refugio en el cercano Pakistán o, como Amir y su padre, en América. Allí se establecen, pasan los años, Amir estudia, se enamora y se casa. Y cuando su vida parecía tranquila y encauzada, algo viene a romper la calma y a cambiar su destino. Amir tendrá que volver a su patria y jugarse la vida; y al mismo tiempo, tratar de alcanzar la redención y la reconciliación consigo mismo y con su pasado.
No es una empresa sencilla. En Afganistán gobiernan los talibanes, que han impuesto un régimen de terror basado en lo que suponen el estricto fundamentalismo islámico. Amir busca en su pasado y lo que encuentra son ruinas domésticas, miedo en las calles, miseria económica y moral, y hasta la ocasión de contemplar una espantosa ejecución por lapidación. La película, como lo exige el guión, cambia totalmente de registro; pero esta parte, que alcanza el mayor dramatismo argumental, es precisamente la que más flojea en su resolución. Es seguramente el momento de más veracidad de la historia y, sin embargo, resulta el menos creíble... aunque siga siendo coherente con el propósito general de la obra. 
Esta es una película que no esconde sus intenciones y además está resuelta con la mayor eficacia, bien interpretada, bien contada, realizada con buen pulso –excepto esa secuencia de acción rozando la épica hacia el final del metraje- y, desde luego, con una excelente partitura de Alberto Iglesias, sólo batido en el Oscar por la mala suerte de enfrentarse a la brillantísima música de Darío Marianelli para Expiación
En definitiva, gana la lírica: el relato de amistad entre los niños, el dolor por la pérdida, el esfuerzo del protagonista por abrirse camino en un país extraño y, sobre todo, su resolución por enfrentarse al pasado y redimir su culpa. Pero todo, eso sí, en tono menor; con la misma falta de intensidad –aunque en otro sentido- de La guerra de Charlie Wilson y muy lejos de la emoción de Buda explotó por vergüenza. Seguro que Marc Forster lo sabe hacer mejor y más apasionante, pero esta historia está pensada para gustar y hacer taquilla; lo que, cuando no se falta a la verdad, tampoco es un objetivo deshonroso. (www.cometasenelcielo.es)

Cómo sobrevivir a una despedida   (26.04.15)

Dir.: Manuela Moreno
Pro.: Adrián Guerra, Núria Valls   Gui.: Susana López Rubio, Manuela Moreno
Int.: Natalia de Molina, Celia de Molina, Úrsula Corberó

Primer largometraje de Manuela Moreno, que también podía titularse Lo que va del corto al largo o Cinco idiotas de resacón; justifico: las buenas sensaciones de los cortometrajes de Moreno, en especial Pipas, no se han confirmado en este su siguiente paso; que de lo que va es exactamente de eso: cinco jovencitas –o cuatro más uno, que viene a ser lo mismo- se van a Canarias de despedida de soltera, esa celebración marciana que consiste en hacer el idiota y beber hasta perder el sentido y la memoria de todo lo que pasa en los momentos de mayor éxtasis.

Los cinco son amigos desde el colegio: Gisela –la que se va a casar-, Nora –la ideóloga del desaguisado-, Tania, Marta y, por último, Rai, el colega gay y simpaticote. Gisela –pobre chica- no es nada partidaria de la aventura, así que, mediante traición del tonto del novio, el resto de la cuadrilla la secuestra y la mete en el avión. Llegar a las islas y empezar –o continuar- los problemas es todo uno: se pierden las maletas –eso es normal-, el alojamiento no es el previsto, el paisaje y el paisanaje están llenos de equívocos y todo es tan grimoso que no se sabe si dan ganas de reír o de llorar.

La factura de la película es brillante y no falta detalle; en general, la producción, que se adivina generosa, debería permitir el lucimiento de la directora y de sus intérpretes; ellas –y ello- parece que hacen lo que pueden; y digo parece por concederles el beneficio de la duda, porque como casi nunca se entiende lo que dicen, hay que recurrir a otras claves. Por ejemplo, es evidente que le echan un entusiasmo físico que el guión –torpe, desaliñado y muy poco original- se encarga de minimizar.

En resumen: espero que esta despedida no sea, en lo cinematográfico, definitiva. Porque sobrevivir, lo que se dice sobrevivir, no va ser una tarea nada fácil. (www.deaplaneta.com/es/como-sobrevivir-a-una-despedida)

COPIA CERTIFICADA   (31.10.10)
Dir.: Abbas Kiarostami
Pro.: Marin y Nathanël Karmitz, Charles Gillibert   Gui.: Abbas Kiarostami 
Int.: Juliette Binoche, William Shimell, Jean-Claude Carrière  
Además de la saga Makhmalbaf y de algún francotirador como Bahman Ghobadi, el cine iraní tiene su máximo exponente internacional con Abbas Kiarostami –Teherán, 1940-, iniciador de la renovación de la cinematografía de su país y triunfador en Cannes en 1997 con la Palma de Oro para El sabor de las cerezas. Kiarostami dirige desde 1970 pero, naturalmente, su obra era completamente desconocida en occidente hasta que en 1994 todo el mundo alabó su película A través de los olivos –una obra singular, enormemente poética y arriesgada-. Luego llegó el éxito en Cannes, seguido, en 1999, por El viento nos llevará, Gran Premio del Jurado en Venecia.
Copia certificada es la primera incursión de Kiarostami fuera de Irán. Estamos en un pueblo de la Toscana italiana. Hay arte en cada edificio, en cada calle, en cada esquina y en cada pared. Pero aún no lo vemos: la película abre sobre un primer plano de un libro; está colocado en una mesa y esperamos a que aparezca el autor, un reputado crítico inglés. Especialista en arte, claro. El libro y la disertación del escritor versan sobre lo mismo: la obra original y la copia. El valor de la copia perfecta. El valor del original, como copia a su vez del natural. Y esta es la trama, que se va a desarrollar a todos los niveles –visual, intelectual, afectivo- a lo largo del metraje.
En primera fila del auditorio se encuentra una bella mujer. La verdad es que ha llegado tarde y no está muy atenta a la conferencia; y debería: es una galerista francesa, que debe saber del tema lo suficiente como para que las palabras del escritor la interesen. Pero más que las palabras y el libro que éste presenta, a ella lo que le interesa de verdad es el personaje, el hombre entendido al que poder enseñar las bellezas del lugar.
Al otro día, recorren juntos el pueblo. Ella le muestra lugares y rincones, plazas, iglesias y bares. Desayunan, caminan, hablan –en francés, en inglés, en italiano-, se tropiezan con bodas de jóvenes del lugar y con turistas maduros; conviven con el espejismo de unas fotografías que multiplican la ilusión y con las miradas cansadas a través de ventanas imposibles. Todo en el recorrido es simétrico, paralelo, como la imagen de un escenario que se ahonda hacia el infinito o como la réplica invertida de la realidad vista en un retrovisor. Espejos, ventanas, cámaras de fotos. La realidad duplicada en su copia perfecta.
¿Cómo distinguirla del original? En un momento dado, el paseo del hombre y la mujer, la charla, se quiebran en un cambio radical de actitud; ella sigue siendo la conductora, pero ahora ambos parecen transitar por un mundo diferente, hecho de recuerdos sugeridos, cada vez más potentes, hasta dolorosos. Kiarostami apuesta fuerte y apela a la inteligencia del espectador para que comprenda que seguimos en el mismo juego de la copia, ahora de la vida, del amor. Como en El año pasado en Marienbad, el ayer parece invadir la realidad presente. El amante es aquí la amante: ella; y el juego de quitar palillos se convierte en quitarse prendas: los pendientes, el sujetador, las joyas, hasta llegar a esa libélula temblorosa que revolotea en el pecho de la mujer.
La mujer es esa actriz fascinante, Juliette Binoche. Nadie como ella, hoy en día, para comprender y multiplicar el misterio de ser, en cada película, la copia perfecta de sí misma siendo otra, la intérprete, el personaje. Con ella en la pantalla –muy bien secundada por el barítono William Shimell- el cine alcanza su verdadera esencia de sueño, de réplica, de copia de la vida. Las películas de Abbas Kiarostami no son fáciles de ver: esa infinita mirada final en A través de los olivos; esa sugerencia sensual, casi una sinestesia, de El sabor de las cerezas, ese tiempo detenido en espera de la muerte en El viento nos llevará…  No importa; a cambio de ese esfuerzo, obras maestras como ésas, como esta Copia certificada, nos abren la mente, nos obligan a reflexionar, nos ofrecen la posibilidad de la interpretación y el análisis y nos hacen mejorar y progresar como personas. (www.wandavision.com)

COSMÓPOLIS   (14.10.12)
Dir.: David Cronenberg
Pro.: Paulo Branco, Martin Katz   Gui.: David Cronenberg
Int.: Robert Pattinson, Paul Giamatti, Juliette Binoche
Las películas más comerciales de Cronenberg –Una historia de violencia, Promesas del este, Un método peligroso, entre las últimas- suelen ser ásperas y violentas. Las otras –El almuerzo desnudo, M. Butterfly, Crash, eXistenZ-, también; y además extravagantes y morbosas. En Cosmópolis, el director canadiense ha vuelto a alguna de sus constantes más queridas: esos universos opresores y esos espacios herméticos: tanto, que la acción se desarrolla prácticamente entera en el interior cerrado y agobiante de una limusina.
Dentro de su lujoso coche, Eric Packer –un muy acertado Robert Pattinson- atraviesa la ciudad para darse un capricho: cortarse el pelo en su antigua barbería. Pero las calles están intransitables; la visita del presidente y las revueltas populares que la acompañan han provocado un caos circulatorio que obliga a los vehículos a desplazarse a paso de tortuga. No importa: dentro de la limusina, Packer negocia, come, ama, disputa, recibe a su médico, a su mujer y sus amigos… Y si sale un momento al exterior, cada vez más enrarecido y peligroso, será solo para exponerse a la vida envenenada y a la acechanza helada de la muerte.
Basada en una novela de éxito de Don DeLillo, Cosmópolis es un relato claustrofóbico y amargo sobre el poder del dinero y el desorden social que amenaza a un mundo moderno insolidario y brutal. Desde el inicio del viaje en la burbuja que aísla al protagonista de la barbarie exterior, hasta el –supuesto- pistoletazo final, el espectador recibe las imágenes implacables que traducen ese mensaje pesimista y oscuro que no deja mucho resquicio a la esperanza. (www.cosmopolisthefilm.com)

CREPÚSCULO    (07.12.08)
Dir.: Catherine Hardwicke
Pro.: Wyck Godfrey, Karen Rosenfelt   Gui.: Melissa Rosenberg, sobre la novela de Stephenie Meyer
Int.: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Billy Burke  
De Catherine Hardwicke, directora americana de 53 años, he visto Thirteen y no he visto Los amos de Dogtown ni The nativity story. Crepúsculo, que completa su obra, también la he visto: es la adaptación a la pantalla de la primera novela de esta famosa Stephenie Meyer, una señora que a los 30 años se puso a escribir y se hizo millonaria con esta serie juvenil –ya lleva cuatro cuentos- al lado de la cual Harry Potter resulta ser Guerra y Paz. La buena de Stephenie declara ser profundamente religiosa y creyente, y no ver películas para mayores de 18 años. Así es que es inútil comparar su novela y esta película con Entrevista con el vampiro, porque, evidentemente, no la habrá visto; y tampoco habrá leído a Anne Rice, qué disparate, menudas historias cuenta. Lo que Crepúsculo cuenta es cosa bien distinta: la jovencita Isabella –Bella, para los amigos-, una adolescente de dieciséis años, se traslada a casa de su padre, al frío pueblo en el que vive, porque su madre tiene un nuevo novio, parece que el asunto es serio y la niña no quiere estorbar. Ya de entrada se ve que es buena chica.
Llega a Forks –el frío pueblo del que hablaba- y reencuentra algunos amigos de la infancia, hace nuevas amistades en el instituto y trata de llevarlo lo mejor que puede. En seguida se fija en un grupo de chavales, todos familia al parecer, que no se mezclan con los demás. Son guapos y pálidos, y el más guapo y más pálido y que mira así como raro, es Edward. A Bella le parece antipático y hasta le da un poco de repelús, pero parece ser que eso es lo que les pasa siempre a las chicas cuando se van a enamorar perdidamente, que primero el chico les da asco pero luego les da gusto... Siempre que la cosa sea normal, que muy pronto el espectador se va a dar cuenta de que esto muy normal no es.
Lo primero, porque Edward y su familia –y esto no es descubrir nada, porque a estas alturas, todo el mundo sabe ya que esta es una historia de vampiros; para eso han vendido millones de libros y la película ha hecho un taquillón en América-, Edward y su familia, insisto, son, efectivamente, vampiros. Unos vampiros modernos, que salen a la luz del sol, echan ajo a sus ensaladas, se peinan mirándose al espejo y, los que salen buenos como la familia protagonista, prefieren la sangre de bicho antes que comerse a un semejante. Además viven en un chalet precioso, lleno de libros y de discos de música clásica y de los Bee Gees. Da gusto con ellos.
¿Hay conflicto? Pues sí, un poco. Hay otro grupo de vampiros, que son malos y matan personas sin atender razones; esto es peligroso, porque pueden atacar a los vampiros buenos o, lo que es peor, a la protagonista, a su padre o a algún otro allegado... y no digo más. Pero es que, además, a Bella le gusta tanto Edward que está deseando que le pegue un bocado, dicho sea como metáfora bastante evidente. Lo está deseando, porque la tentación es mucha, la carne es débil –unas más que otras, claro- y la fascinación que el hermoso vampiro ejerce sobre ella es parecida a la que llevó a Eva a la perdición bajo el influjo de Lucifer.
Pero... Bella, en el fondo, es virtuosa y sabe lo que la enseñaron en la catequesis: que es mocita y pierde. A mí esto me impresiona sobremanera, porque desde el siglo XIX no había visto una cosa igual, y estoy que no quepo en mí de curiosidad; pero para saber más tendré que esperarme a la segunda película, porque yo, desde luego, los libros no me los pienso leer.
En resumen: una bobadita juvenil con toques neogóticos, que no está mal contada y que sería completamente intrascendente y hasta simpática si no fuera por la exagerada magnitud popular –y sobre todo económica- que tiene el supuesto fenómeno y que hace mirarla con mayor exigencia, y por la ñoñería mojigata y desfasada del mensaje que traslada. La juventud femenina –objetivo descarado y, a lo  que se ve, alcanzado en gran parte-, merece un trato y una pedagogía más respetuosos, más valientes y más adecuados a los tiempos que corren. (www.crepusculolapelicula.com)

CRIADAS Y SEÑORAS   (30.10.11)
Dir.:
Tate Taylor
Pro.: Chris Columbus, Michael Barnathan, Brunson Green  Gui.: Tate Taylor
Int.: Emma Stone, Viola Davis, Jessica Chastain  
Tate Taylor es actor –en una veintena de títulos, casi todos en televisión- y guionista, productor y director de un corto y dos largos; el primero pasó sin pena ni gloria, pero con este segundo ha dado en el clavo absolutamente. Ha tomado una novela de éxito, la ha adaptado y –como en el caso de Margin Call, que comentábamos la semana pasada-, ha conseguido un magnífico reparto, exclusivamente femenino, con las nuevas estrellas de Hollywood Emma Stone y Jessica Chastain y con las magníficas Bryce Dallas Howard, Viola Davis, Sissy Spacek, Octavia Spencer, Mary Steenburgen…
La acción de Criadas y señoras transcurre en una localidad d
el Mississippi, en los años 60 del pasado siglo. La vida discurre apaciblemente en los hogares de las buenas familias burguesas: los maridos trabajan y las amas de casa se entretienen entre los cotilleos domésticos, las visitas a las tiendas y las peluquerías, y las meriendas y festejos varios que se organizan frecuentemente. Pero detrás de esta fachada de bonanza se esconden todos los trapos sucios, los secretos y las mentiras que no deben salir a la luz. Y, por supuesto, las cosas no son tan fáciles ni divertidas para la servidumbre, las pobres criadas negras de las señoras ricas y blancas de esa pudiente sociedad pueblerina. 
Por suerte, la joven, independiente –y soltera- “Skeeter” Phelan, aunque también pertenece a la aristocracia blanca de clase alta, comprende las injusticias que se cometen con las criadas, condena los malos tratos que se les infringen y está decidida a ayudarlas a revelar y corregir esa situación. Para ello busca primero la complicidad de Aibileen, una espabilada, aunque temerosa sirviente, y después la de todas las demás mujeres en la misma o muy parecida circunstancia. 
“Skeeter”, que quiere ser periodista y escritora, tiene la oportunidad de contar con una decidida editora, que la anima a recoger los testimonios de las oprimidas criadas y publicarlas en un libro que radiografíe a sus desprevenidos vecinos, aunque ocultando piadosamente nombres y escenarios. Naturalmente, la joven y sus aliadas tienen que proceder con suma cautela; el asunto supondría para éstas un serio peligro y a ella le valdría la enemistad de toda una sociedad racista, clasista y reaccionaria, incapaz de asumir que la esclavitud ya fue abolida; pero ni a una ni a otras, hartas de la situación, les importará el riesgo.
Hay quien ha encontrado referentes de esta historia en Tomates verdes fritos y en Arriba y abajo; con la película de Jon Avnet comparte el ambiente sureño y el peso de la cocina y la comida en el argumento. Con la famosa y estupenda serie británica de televisión, poco o nada: es cierto que aparecen las diferencias sociales, las clases opuestas; pero en Arriba y abajo cada una asumía sus roles con absoluta determinación y no existía, más allá de una personal concienciación, nada de la rebeldía, del espíritu subversivo que acaban por desarrollar las criadas negras –y sus hombres- en este relato. Que, además, clama por la injusticia y el maltrato de que son víctimas los de “abajo”, con la indiferencia y hasta la satisfacción de los de “arriba”.
Precisamente, éste es el mayor valor del argumento de Criadas y señoras: la apuesta por la igualdad y la justicia, por la solidaridad y el valor, y la crítica de la hipocresía y el racismo, en todas sus vertientes. Por contra, algunos momentos de decidida exaltación llegan a bordear un sentimentalismo que puede parecer exagerado o demasiado fácil; no habría costado mucho tratar de contenerlo, y, de paso, quizá se habría conseguido reducir un metraje que también resulta un poco largo.
Exceptuando ese pequeño lunar –que muchos espectadores, incluso, disfrutarán- lo que queda, es decir, casi todo, es una estupenda historia, que traslada eficazmente a la pantalla un texto de éxito para convertirlo en una de las películas de la temporada, triunfadora en la taquilla americana y firme candidata a más de una estatuilla en los próximos Oscar de Hollywood. (http://thehelpmovie.com)

CRÓNICAS DIPLOMÁTICAS. QUAI D'ORSAY   (06.04.14)
Dir.: Bertrand Tavernier
Pro.: Frédéric Bourboulon, Jérôme Seydoux   Gui.: Bertrand Tavernier, Antonin Baudry, Christophe Blain
Int.: Thierry Lhermitte, Raphaël Personnaz, Niels Arestrup
Betrand Tavernier posee un de las más sólidas filmografías del cine europeo. A sus 73 años –los cumple el día 25-, su carrera, que empezó en 1974 con El relojero de Saint Paul, reúne títulos tan destacados como Que empiece la fiesta, La muerte en directo, Una semana de vacaciones, Un domingo en el campo, Alrededor de la medianoche, La vida y nada más, Ley 627, La carnaza, Capitán Conan, Hoy empieza todo, En el centro de la tormenta… y hasta una veintena larga. Cine de mucha calidad, certero y comprometido; comedias, pocas… hasta esta última: una caricatura implacable de la burocracia ministerial, que todos entienden que apunta al blanco de Dominique de Villepin, que fuera ministro de Jacques Chirac.
El habitante del Quai d’Orsay –el ministerio de exteriores francés- es Alexandre Taillard de Vorms, un hombre impetuoso, brillante, atractivo y bastante engreído y maniático. Acaba de nombrar al joven Arthur Vlamink su personal “asesor de lenguaje”; es decir, el que le escribe los discursos. En principio, Arthur no está muy convencido de querer ese trabajo, pero se deja persuadir por la insistencia de su novia y por el interés humano de encontrarse en el mismo centro de la diplomacia francesa. Poco a poco se va dando cuenta de las dificultades de su misión, pero su profesionalidad le obliga a superar los escollos y progresar.
Lo tiene difícil: Alexandre nunca está contento con la redacción de sus discursos, y le obliga a rehacerlos continuamente; con la colaboración, además, de una tropa de consejeros para asuntos, continentes y categorías diversos, que aportan poca ayuda y mucha confusión. Menos mal que ahí está también el director del gabinete Claude Maupas, un veterano diplomático que se las sabe todas y que nunca pierde la cabeza.
Falta hace. Porque el Ministerio de Asuntos Exteriores francés es, como puede suponerse, un hervidero de conflictos, cuando no de crisis declaradas. Muchas vienen de fuera; pero la más importante y permanente es la que provoca el propio ministro. El hombre es una especie de torbellino –tornado, más bien- que produce sunamis de papeles volando cuando cruza los despachos, y tormentas de intendencia con caprichos y veleidades ridículas pero continuas. Las secretarias sufren para aguantarlo y los consejeros no tienen tiempo ni de comer ante sus ocurrencias y manías y sus exigencias de eficacia.
El bueno de Arthur, como último de la fila, lo padece más que ninguno y solo puede apoyarse en Maupas, en el despacho, y en su paciente novia Martine, en casa. Su vida profesional, en realidad, bascula entre los dos polos opuestos: el director de gabinete, experimentado, silencioso, casi ausente, y el nervioso, tremebundo y casi ridículo ministro. La pericia de Bertrand Tavernier para dibujar los caracteres de ambos antagonistas en la pantalla llena un guion escrito a seis manos con los autores de la novela gráfica original. Y los demás personajes poseen la misma calidad: cada una de las piezas del agitado ministerio tiene vida, personalidad y, por encima de la farsa, absoluta autenticidad.
Tavernier ha respetado además la estructura de los capítulos del tebeo, puntuándolos en la película con una sucesión de citas de Heráclito –el filósofo de la contingencia- que parecen escritas para la pantalla: “Ante un discurso, el estúpido se queda pasmado”, por ejemplo. Pero el que de verdad corre el riesgo es el propio espectador, atónito ante el ingenio de la película y la velocidad con que transcurre ante sus ojos. Es una catarata de imágenes, una sucesión de ocurrencias sin el menor reposo, que casi terminan por fatigar, tan intensa es la cosa.
Menos mal que el recital de los protagonistas no cansa nunca: extraordinarios Thierry Lhermitte –poco aprovechado en otras ocasiones- y Niels Arestrup –ha ganado el Cesar con este trabajo- y al mejor nivel todos los demás; al servicio, como dice el mismo Tavernier, de una historia que revela en tono de comedia la cara oculta de la política, la que nunca sale en los medios. Oculta, añado, pero más verdadera y profunda que la que conocemos. (www.golem.es/cronicasdiplomaticas-quaidorsay)