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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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BAARÌA   (23.05.10)
Dir.: Giuseppe Tornatore
Pro.:
Marina Berlusconi, Tarak Ben Ammar   Gui.: Giuseppe Tornatore
Int.:
Francesco Scianna, Margareth Madè, Ángela Molina  
Giuseppe Tornatore nació en 1956 cerca de Palermo, y más concretamente en Bagheria, la “Baarìa” del título en el dialecto siciliano. Después de Il camorrista, que fue su debut en 1986, dirigió Cinema Paradiso en 1988, la película por la que lo recuerda todo el mundo. Su cine tiene evidente interés, con títulos como Todos están bien, Una pura formalidad, La leyenda del pianista en el océano y La desconocida, entre otros. Sus películas son personales y cercanas a lo autobiográfico; y si no, lo parecen. También sucede con esta Baarìa, que además es otro ejemplo de “psicoanálisis” patrio, algo a lo que ya nos tiene acostumbrados el cine italiano. Tornatore recorre, armado evidentemente con su memoria personal, buena parte de la historia de la Italia contemporánea: la que va de la dictadura de Mussolini al siglo XXI. 
El relato está presidido por un cierto tono onírico, propio de una ensoñación infantil. No en vano se abre y se cierra con un breve capítulo protagonizado por un chavalín que juega en la calle a la peonza –imagen muy significativa- y que, azuzado por un encargo con recompensa, vuela literalmente sobre las calles y los tejados del pueblo: un villorrio, seco, pobre, despoblado, tostado por el sol inclemente que arrasa cada esquina. Tras ese prólogo poético, conocemos al protagonista: Peppino, otro niño, que se hace el remolón ante el drama de tener que entrar en la escuela. Y aquí arranca de verdad la narración, la historia de la familia Torrenuova y sus paisanos, retratados con minuciosa exactitud.
La película constituye un gigantesco fresco en el que, bajo la despierta mirada de Peppino, se retrata cada momento, y cada rincón del pueblo y, por extensión, del país entero. Italia cruje bajo el régimen de Mussolini, y su represión policial no deja demasiado resquicio a la libertad. Baarìa y sus habitantes se consumen, aguantan como pueden, sueñan con escapar de la pobreza… y llega la guerra. Los jóvenes se van, unos vuelven y otros no. Peppino va creciendo, pronto es un mocetón capaz de poner sus ojos en la chica más guapa del pueblo, luego ya es un hombre lleno de responsabilidades domésticas y también políticas, y al mismo tiempo que su familia, el pueblo crece y se hace más próspero y más moderno. 
Las nuevas calles y las nuevas casas ven pasar la saga de los Torrenuova, tres generaciones de sicilianos que pasean por la pantalla sus costumbres –aderezadas algunas por un toque de cierto realismo mágico acorde con ese aire de ensoñación-, sus deseos, sus miedos, sus frustraciones y sus esperanzas. También está el poético homenaje al cine; el cine de entonces, hecho de imaginación en celuloide perforado. Y todo el tiempo, claro, una de las constantes del alma italiana: la contienda política, con toda su crudeza.
Al fascismo demoledor de los primeros años sucede la danza de los partidos: la división de la izquierda, la fiel militancia de Peppino en el Partido Comunista, la desorientación de los socialistas, la omnipotente presencia de la Democracia Cristiana, las trampas, los peligros del juego político y las conjeturas de cada convocatoria electoral en la Sicilia profunda… Y la amenaza constante de la mafia, una fuerza política –y económica- más, y sin duda de las más poderosas.
El riesgo evidente de una película como ésta es que roza la desmesura. Bertolucci hizo Novecento en dos partes, seguramente por eso mismo. Tornatore ha optado por dividir el relato en pequeños fragmentos, como viñetas puntuadas por elipsis de distinta densidad. Eso lo aligera, es verdad, pero también quiebra el ritmo y dispersa la atención; produce una cierta indiferencia que debe resultar el extremo opuesto a lo que pretende el director. En cualquier caso, el esfuerzo merece un respeto indudable y la peripecia de este Peppino Torrenuova tan cercano y verdadero provoca la simpatía del espectador pero además lo obliga a reflexionar sobre la historia, la política y la condición humana. (www.tripictures.com/baaria/)

BAD TEACHER   (10.07.11)
Dir.: Jake Kasdan
Pro.: Jimmy Miller   Gui.: Gene Stupnitsky, Lee Eisenberg
Int.: Cameron Diaz, Justin Timberlake, Jason Segel  
Jake Kasdan es hijo del guionista y director Lawrence Kasdan, su madre es escritora y su hermano Jon también dirige: una familia muy cinematográfica. Jake ha interpretado media docena de películas, ha escrito y producido otras tantas y ha dirigido bastantes capítulos de series y películas para televisión. Para la pantalla grande ha realizado El efecto cero, Colgado, pringado y sin carrera y Dewey Cox: una vida larga y dura, un guión de Judd Apatow… nada menos.
Con ese bagaje y estos antecedentes, resulta bastante coherente la presente historia, esta Mala profesora que protagoniza una espectacular Cameron Diaz. Ella es Elizabeth, una joven que da clases –no se sabe merced a qué extraña capacitación- en el instituto John Adams, uno de tantos como vemos en el cine americano. En éste también hay un grave problema en las aulas pero esta vez no se debe a lo malos que son los estudiantes sino a lo mala –malísima- que es la profe. Elizabeth es vaga, indisciplinada, desordenada e insolente y no puede ver a sus alumnos ni en pintura. Además es malhablada, antipática, adicta a los porros y al dinero ajeno. Una joyita.
Claro que hay que decir, en descargo de Elizabeth, que trabaja en el instituto porque no tiene más remedio; las cosas no le han salido como planeaba y allí por lo menos gana un sueldo. Escaso, porque, al contrario que en España, que todos los profesores son millonarios, en Estados Unidos la enseñanza está mal pagada. Sobre todo, para lo que Elizabeth quiere: ahorrar 10.000 dólares para la cirugía que necesita con urgencia y que no es otra que una operación de aumento de pecho. Ella piensa que ese “volumen” es lo único que le falta para triunfar en la vida, y no se va a detener ante nada ni ante nadie para conseguir el dinero. Por ejemplo, si es necesario, camelará a Scott, el nuevo profesor sustituto, un chaval majete, atractivo, rico y completamente idiota; estas dos última cualidades, francamente interesantes. El resto del claustro, bastante dividido: tiene a su favor a Russell, el profesor de gimnasia –admirador incondicional-, a la simplona Lynn y al director Snur, un chiflado por los delfines, cuyas conversaciones con Elizabeth recuerdan a las de El profesor chiflado –el de Jerry Lewis, no esa otra cosa- con el suyo. 
Pero en contra tiene a Amy Ardilla –literalmente del apellido Squirrel-, una profe supertrabajadora, superdidáctica, superentregada y supermala. Mala como Elizabeth, pero mala de verdad, de mala baba, no como la prota, que, a pesar de todo, es encantadora. Cuando las cosas lleguen a mayores, es decir, cuando las dos se disputen los favores de Scott, más los dólares del premio a la mejor “teacher”, la guerra en el claustro llegará a proporciones verdaderamente importantes. Ahí ya vale todo, incluidos los trucos, verdaderos o fingidos, más rastreros, dolorosos y… divertidos.
Porque la trama, resuelta con pincel de trazo fino en algunos momentos –los menos- y con auténtica brocha gruesa la mayoría, sólo tiene la intención de hacer reír; y lo consigue con un buen número de chistes y situaciones de todo tipo y calibre. Lo más llamativo, y lo más logrado, es la intención de zaherir la sensibilidad de algún biempensante y de más de un machito molesto sobre todo por la inversión de papeles que representa la protagonista: aquí es ella la procaz, desvergonzada y promiscua, algo hasta ahora reservado a los hombretones e insospechado en ese llamado sexo débil. 
Ni que decir tiene que Cameron Diaz se zambulle sin reparo en su personaje, que arrastra con su ímpetu a todos los demás. La “química” entre ellos es manifiesta, porque todos están a lo mismo: pasarlo bien y hacérselo pasar al espectador juvenil y desprejuiciado ante este ya no tan nuevo género –se va haciendo masivo, gracias precisamente a Apatow y sus seguidores- y que podríamos etiquetar como “guarricomedia” o algo semejante. En cualquier caso, bienvenidas las bromas; que estamos en verano. (www.badteacher.es)

BELLEZA OCULTA   (24.12.16)
Director: David Frankel. Intérpretes: Will Smith, Kate Winslet, Edward Norton
David Frankel era un director de series y telepelis, hasta que el éxito de El diablo viste de Prada (2006) lo lanzó a la pantalla grande; ha realizado después cuatro películas más, y quizá la más ambiciosa sea esta, que cuenta con Will Smith de protagonista. Su personaje, Howard, es un destacado publicista, un hombre de éxito que piensa que su vida es perfecta; pero todo cambia cuando su hija de seis años muere. Arrasado por el dolor, no encuentra consuelo en nada, hasta que empieza a escribir cartas. Las misivas tienen extraños destinatarios: la muerte, el tiempo, el amor… Tan extraña es su conducta, que sus colegas deciden tomar la iniciativa. Y para sorpresa de Howard, todos a quienes había escrito se le aparecen para darle respuesta: la muerte es una anciana tranquila y sabia; el tiempo, un joven inquieto y apremiante, y el amor una hermosa joven que quiere aportarle serenidad y valor. Aparentemente, nadie más que él puede ver a sus interlocutores y corre el riesgo de que crean que está enfermo, pero poco a poco Howard recobra su fuerza y su capacidad para descubrir la belleza que se esconde en cada rincón de la vida.

La película es una parábola poética de alcance limitado, pero su mayor calidad reside en el magnífico reparto que ha reunido David Frankel: Will Smith está acompañado por Kate Winslet, Edward Norton, Helen Mirren, Keira Knightley, Michael Peña y alguno más: un lujo.

BESTIAS DEL SUR SALVAJE   (27.01.13)
Dir.: Benh Zeitlin
Pro.: Michael Gottwald, Dan Janvey, Josh Penn   Gui.: Benh Zeitlin, Lucy Alibar
Int.: Quvenzhané Wallis, Dwight Henry, Levy Easterly
Este fin de semana, la cartelera ha recibido un aluvión de estrenos de películas –se ve que se aproximan los Oscar- “importantes”; y un rápido repaso permite radiografiar por dónde van los tiros en este negocio. Entre otras varias, ha llegado Coriolanus, una obra “de autor” –Ralph Fiennes versionando a Shakespeare- que muy poca gente va a ver; se han estrenado dos películas para el selecto público: El cuarteto, académico –en el mejor sentido de la palabra- y entrañable debut de Dustin Hoffman como director, y La banda Picasso, académica –en el peor sentido del término- y desorientada historieta de Fernando Colomo; y luego dos de “fórmula” para premio –que va a ser que no, o no tanto-: El lado bueno de las cosas y El vuelo; ambas las habíamos visto ya alguna vez, no recuerdo cuándo.
Todos estos títulos no tienen nada que hacer si las comparamos, hablando de cine, con Bestias del sur salvaje. El primer largometraje de Benh Zeitlin, neoyorkino de 30 años, es la obra más apasionante, perturbadora y original de esta semana y de los últimos meses: la historia de unos seres marginales, puros, aterradoramente libres, que viven en los pantanos, sobre el barro y  la herrumbre y bajo un cielo de lona y chapa sin más estrellas que los agujeros por donde se cuela el calor, el polvo y la lluvia.
El gran dique protege la tierra civilizada de Luisiana de las oscuras y contaminadas aguas del río y, más allá, del fango y las fieras que lo habitan. Hushpappy y su padre navegan en su improbable barquichuela, hecha con la caja oxidada de un camión y cuatro bidones de petróleo mal uncidos; llegan al pie del dique, la niña apenas atisba lo que hay al otro lado… “Es un sitio muy feo”, le dice su padre. Y vuelven a su casa; si se puede llamar casa a sus chabolas inestables, arruinadas, imposibles. Hushpappy tiene seis años quizás. Vive con su padre, y su madre no está, aunque ella sigue su rastro, una presencia fantasmal que reside en una camiseta vieja y en los dibujos que hace la niña. Hushpappy dibuja en cartones y maderas para conjurar ausencias y asegurarse una presencia física en el futuro infinito. Tan pequeña, tan frágil como parece, la niña es una fuerza de la naturaleza: organiza su vida, pesca, chapotea en el barro con sus botazas que amenazan abandonarla; y hasta hace su comida, aunque pueda ocurrir que queme su choza en un rapto de soberbia.
La niña y su padre no están solos. Al sur del dique, al sur del sur de la riqueza americana, viven las gentes del pantano. Cuatro o cinco –o quizá solo dos- familias sin más parentesco conocido que su vida en común en la ciénaga. Seis o siete adultos, otros tantos críos que van y vienen por la nada de su existencia. Que parece suficiente, satisfactoria en su misma precariedad. Allí tienen perros y gallinas, pero también hay cocodrilos, peces monstruosos y salvajes animales prehistóricos. Y la lluvia, el huracán, la inundación, la ruina de la ruina.
Pero Hushpappy –esta increíble Quvenzhané Wallis, un prodigio de fotogenia- es un canto a la esperanza. Tiene la fuerza de la inocencia, la magia de la ilusión, la pasión de la pureza. Es una niña y tiene miedo y llora, pero corre, y lucha, y vence. Es el mejor vehículo para este relato insólito, trazado a contracorriente, indómito y poético como sus protagonistas, presidido por el espíritu de Nueva Orleans, el gemido del blues en el pantano, la queja del hombre de color a la naturaleza injusta y la apuesta por la libertad, la lucidez y la esperanza.
La película ha sido reconocida con la Cámara de Oro en Cannes y el Gran Premio del Jurado en Sundance; y es candidata al Oscar. No lo ganará, pero no importa; el mejor veredicto es el que otorga el espectador asombrado, alucinado y después entregado: Hushpappy sobrevive y la película sacude y conmueve; c
omo pasa a veces en el buen cine, en el gran cine, Bestias del sur salvaje es una obra hermosa y terrible a la vez: una llama, un vendaval, una ventana por donde entra la vida. (http://beastsofthesouthernwild.com/)

BIENVENIDOS AL NORTE    (11.01.09)
Dir.: Dany Boon 
Pro.: Claude Berri, Richard Pezet  Gui.: Dany Boon, Alexandre Charlot, Franck Magnier
Int.: Kad Merad, Dany Boon, Zoe Felix  
Los franceses adoran a Dany Boon; es su gran estrella de la comedia nacional, monta espectáculos en el Olympia, es director, guionista e intérprete de sus películas y, no contento con el éxito de La casa de tus sueños, ha llevado a veinte millones de compatriotas a ver esta Bienvenidos al Norte. El norte de Francia, el Pas de Calais, Lille, Armentiers más exactamente, es donde nació hace 42 años. Así es que sabe de lo que habla: éste es su paisaje, ésta es su gente, éste es su idioma.
Lo sabe mucho mejor que el protagonista de la historia, un tal Philippe Abrams, funcionario de correos que vive con su mujer y su hijo en Salon-de-Provence, al sur de Francia. Julie, la mujer, está un poco deprimida y al bueno de Philippe, que la quiere mucho, se le ocurre que un traslado a la soleada y divertida Costa Azul le sentaría muy bien. Lo malo es que para conseguir ese destino hace trampas y, como no está muy ducho en la pillería, lo descubren. Y lo mandan a dirigir una oficina postal... al norte. No al norte de su ciudad, que es casi todo el país, ni siquiera a París: al norte-norte, a lo más norte que se puede, al Nord-Pas de Calais, a una ciudad perdida llamada Bergues.
Para los franceses, esto del norte es algo muy serio: les parece una región pobre, con sus minas abandonadas, su desempleo, su atraso cultural... Allí siempre hace un frío que pela y, para colmo, los “ch’tis”, como se denominan, tienen fama de paletos, cerrados, y hablan una jerga casi incomprensible, llena de palabras extrañas y en la que las consonantes varían a capricho y las vocales suenan de otra forma. En fin, los topicazos regionales que también nosotros conocemos bien, aunque no tengamos en España una comunidad que nos caiga tan rematadamente mal a todos los demás... o a lo mejor sí. 
En fin, que el pobre Philippe, desesperado, se va a su destierro. Solo, claro; su mujer y el crío se quedan en su casa. Y él llega a Bergues y se encuentra... con gente agradable, amistosa, rotundamente cordial y bastante divertida; eso sí, es verdad que no se les entiende apenas, lo que da lugar a equívocos y situaciones hilarantes, muy bien aprovechadas por el sentido de la comedia de Dany Boon; al menos, en la versión original en francés, no sé muy bien qué pasará en la versión doblada... 
A partir de ese momento, la vida de Philippe en el norte transcurre con la mayor placidez, aunque él haga creer a su mujer, por no desilusionarla, que las cosas son como creían: un auténtico castigo en un país inhóspito, rodeado de gentes adustas y sin la menor comodidad. Lo malo será cuando a Julie, conmovida por el supuesto sacrificio de su marido, se le meta en la cabeza irse a vivir con él y acompañarlo en su desgracia. Y este giro de guión, muy bien resuelto, llevará a la secuencia más espectacular, la que nos pone –a los franceses y a cualquiera que sepa ver el contraste- ante la caricatura completa: los lugareños se comportan no como son, sino como el cliché de sus compatriotas quiere que sean.
Dany Boon es un “crack”. Su cine, aparentemente de una simplicidad extrema, retoma el aliento de un Jacques Tati o de un René Clair a lo moderno; lo suyo es un género de comedia costumbrista, que tiene la mirada precisa y el objetivo angular para captar todos los ángulos de la realidad, pero también el espíritu irónico, la gracia afilada y el punto de vista crítico del mejor humorismo. Y además en Bienvenidos al Norte, en el fondo, late una divertida y entrañable historia de amor.
No me extraña que sea la película más taquillera de la historia del cine francés y que ya los americanos le hayan echado el ojo para hacer su correspondiente versión, inevitablemente mucho peor. Eso quiere decir que esta historia, aunque sea francesa por los cuatro costados, contiene la precisa universalidad, la dosis necesaria de ternura y, desde luego, la cantidad de inteligencia suficiente para hacer sonreír y pensar al público de cualquier latitud. Incluida la nuestra, aunque no seamos tan chauvinistas, pedantes, charlatanes, engreídos y antipáticos como los franceses. (www.bienvenuechezleschtis-lefilm.com)

BILLY LYNN   (28.01.17)
Director: Ang Lee. Intérpretes: Joe Alwyn, Vin Diesel, Kristen Stewart.
Cuatro años después de la muy exitosa La vida de Pi, el taiwanés Ang Lee (Comer, beber, amar, La tormenta de hielo, Tigre y dragón, Brokeback Mountain, Deseo, peligro…) vuelve a la pantalla grande con una película que es un alarde técnico –3D, alta definición, 120 fotogramas por segundo- y una historia pretendidamente épica que contiene un trasfondo de ácida crítica de la sociedad americana. 
Billy Lynn es un chaval de 19 años que regresa de la guerra de Iraq convertido en un héroe. El famoso pelotón Bravo del que forma parte ha pasado por una terrible experiencia y ahora sus componentes –los supervivientes- disfrutan de un permiso que les permite descansar unos días en casa. Pero las supuestas vacaciones también son aprovechadas por las autoridades militares para pasear en triunfo a los soldados, exhibiéndolos en los medios y haciéndoles formar parte de un gigantesco show en el intermedio de un importantísimo partido de fútbol.

Billy se somete al espectáculo, pero su mente está puesta en los sucesos escalofriantes por los que ha pasado. No se distrae ni en familia –con el fervor de su madre y el apoyo decidido de su hermana-, ni ante los cantos de sirena de una posible película que cuente su vida y le reporte una fortuna –más pequeña, desde luego, de los que se podría pensar-, ni bajo los encantos de una guapa animadora, una virginal “cheerleader” del equipo local dispuesta a rendirse al héroe de guerra. 

Ang Lee ha creado una película tan personal como el resto de su obra; hay quien dice que su mirada es cínica, pero creo que en realidad es inteligente e implacablemente crítica, que parte de la barbarie bélica para volver sobre sí misma tras mostrarnos a este héroe involuntario que no sabe dejar de serlo, a pesar de su miedo y su lucidez: porque Billy sabe la verdad de su “heroicidad”, esa que no interesa tanto conocer bajo la burda capa de patriotismo que esconde la más cruda realidad.

BIRDMAN   (11.01.15)
Dir.: Alejandro González Iñárritu
Pro.:
Alejandro González Iñárritu, John Lesher, Arnon Milchan   
Gui.:
Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone
Int.: Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton
Alejandro González Iñárritu (México, 1963) ha realizado cinco películas: debutó en 2000 con Amores perros y siguió con 21 gramos, Babel y Beautiful: todas ellas de extraordinaria calidad,  aunque su cine resulte siempre incómodo, con frecuencia oscuro, doloroso y decididamente dramático. Birdman alcanza la misma excelencia, pero con este argumento y las peripecias del protagonista es posible reírse –gracias al feroz sentido del humor que destila y a la vergüenza ajena que a ratos sacude al espectador- y, sobre todo, dar rienda suelta a la imaginación y a la capacidad crítica de cada cual, por la inagotable catarata de inteligencia y verdad que destilan sus imágenes.
El protagonista es Riggan Thomas –el mejor Michael Keaton que hemos visto en años-, un actor que fue, en sus años mozos, una estrella de la pantalla en su papel de “Birdman”, un superhéroe muy popular y muy admirado. Pero ha pasado el tiempo y personaje e intérprete han caído en el olvido; por eso, ahora Riggan quiere recuperar esa fama y el cariño de sus seguidores, y alcanzar el reconocimiento final como actor, representando en Broadway una ambiciosa obra de teatro.
Pero mientras se acerca la hora del estreno y se muestran al público los últimos ensayos generales, van sucediendo –o quizá solo lo parece- multitud de acontecimientos inesperados o provocados, graves o hilarantes, muy reales… o muy imaginarios.
La propia obra, ficción dentro de la ficción –o no-, una adaptación de De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver, es, además de la columna vertebral de la película, la mejor definición del protagonista, un hombre apresado por su personaje, tan capaz de prodigios de telequinesia y levitación como incapaz de reconocerse y de amar.
La narración avanza, según Riggan se la cuenta a sí mismo, mediante largos planos-secuencia apenas fracturados, por los que el protagonista transita solo o en compañía de otros: su pareja actual y su exmujer, tan huérfanas de cariño verdadero la una como la otra; su representante, el único que parece poder comprender, ya que no domar a la fiera; su compañero de reparto, otro actor tan megalómano y rimbombante como él –pero con mucho éxito, algo del todo insoportable-, o su hija, una criatura celestial en el
filo de la navaja. O, como digo, solo: la única manera en que Riggan no hace daño a nadie más que a él.
Pero Birdman contiene mucho más que “Birdman”. El personaje, claro, explicita la forma en que el arte –y en concreto el cine, y más en particular el cine americano- consume a sus héroes y olvida a sus mitos; y cómo ese cine de consumo y digestión livianos seduce a las masas que, a la vez, rechazan las propuestas más inteligentes. Pero el guion de Iñárritu y la mirada de Keaton van mucho más allá, para cuestionar el valor del propio arte y del artista, y, por supuesto, el de la crítica: cierto ejercicio de la crítica, para ser más exacto. Y aun queda discurso hecho cine para volver la vista sobre el ser humano como persona, como padre y esposo, como creador e intérprete.
Fascinante Birdman. Una historia compleja, hecha de capas que se superponen y encajan con milimétrica precisión; un impactante ejercicio de estilo, de suma dificultad, que combina realismo y poesía, el retrato a ras de suelo y la fantasía surrealista. Y un vehículo también –elemento común en toda la obra de Iñárritu- para el lucimiento de sus intérpretes: el citado Michael Keaton, los estupendos Edward Norton y Zach Galifianakis, y una superlativa Emma Stone, la actriz más en forma y más carismática de su generación: ella se las tiene con Keaton y con Norton, y no pierde en ninguna confrontación.
Birdman se ve con pasión y se disfruta de su –aparente- ligereza y de su espíritu revulsivo, irreverente y a la vez profundamente humano. Se podría hablar de ella durante horas, pero es una película tan brillante, tan sugerente, que cuesta reducirla a palabras: es mejor ir a verla. Si puede ser, volando. (http://www.foxsearchlight.com/birdman/)

BIUTIFUL   (05.12.10)
Dir.: Alejandro González Iñárritu
Pro.: Fernando Bovaira, Alejandro González Iñárritu   Gui.: Alejandro González Iñárritu, Armando Bo
Int.: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Eduard Fernández
González Iñárritu es un director ya consagrado en Estados Unidos –no digamos en Méjico, su país- por sus tres primeros títulos: Amores perros, 21 gramos y Babel. Ha trabajado con compatriotas y con grandes intérpretes americanos, y ha desarrollado un estilo propio, de tensión creciente e historias cruzadas, deudor en gran parte del magnífico trabajo de su guionista, Guillermo Arriaga.
Con su actual película, Biutiful, coproducción hispanomejicana que asalta nada menos que al Oscar de lengua no inglesa, mantiene su estilo y su identidad, pero ha cambiado de guionista y se aleja de esas estructuras complicadas para centrarse en un único protagonista y un solo escenario; efectuando, eso sí, la disección con un acerado bisturí, sin contemplaciones ni medias tintas, de las gentes, los múltiples personajes que lo pueblan y atraviesan.
Por las calles oscuras, los tugurios, las pensiones de mala muerte y los sótanos enmohecidos de una Barcelona encanallada y crepuscular, pululan traficantes, mafiosos, policías corruptos, subsaharianos esclavos del top-manta, chinos escondidos con sus máquinas de coser, prostitutas de mísera tarifa, y supervivientes de mil batallas de asfalto y polvo blanco. Pobres gentes que pelean con sus vidas al filo del desastre, el hambre o la deportación: González Iñárritu nos dibuja el paisaje de la inmigración, la cara más amarga del desarraigo y la incomprensión. Como en Amores perros, vuelve a desarrollar aquí un elemento social: en la civilización de la opulencia, los inmigrantes son, como él dice, gente invisible, lo último en la escala humana; y dentro de esa graduación de la indiferencia, todavía hay clases, hay opresión, hay siervos y esclavos. Y como en esa primera película, y en las otras dos, se trasluce la que debe ser la principal obsesión del director: la muerte. El final de una vida, truncada por accidente o malicia, el peso tan leve del alma fugitiva, el fin desnudo de todo y el principio a la vez de una infinita nada que desconocemos y nos asusta.
Uxbal, el protagonista de esta crónica, es un hombre cercado por la enfermedad y sus adicciones, y un luchador irreductible por su familia y sus creencias: pocas y ciertamente turbias, pero firmes e inviolables. Trapichea, coloca ilegales en tareas imposibles, organiza mafias pequeñas de control fácil, saca dinero de donde menos se piensa, pero conserva su espíritu de clase y su conciencia, aunque adormecida y visionaria.
No es extraño, entonces, que Uxbal sea capaz de hablar con los muertos ni de que entienda y distinga la oportunidad o la impertinencia de la muerte. Personas crédulas le pagan por descifrar el mensaje póstumo de sus allegados, pero él no se aprovecha de ese dolor: lo conoce, lo asume y también se rebela angustiosa, inútilmente, cuando se presenta de repente, agrediéndolo y llenándolo de rabia y confusión. No teme por él, pero sí por sus seres queridos: sus pequeños hijos asustados, la mujer desolada que una vez compartió su vida, su hermano, cercano y desconocido a la vez, sus amigos…
Tremendo relato, película incómoda y quizá imperfecta en sus momentos de desmesura, en su tono incesantemente agónico; pero también llena de verdad y de profunda emoción en el atisbo de unas gentes que nos resultan incómodas y que quisiéramos poder ignorar. Y en el retrato de esta sociedad insolidaria y corrupta, y de este hombre que sobrevive en ella mientras le quedan fuerzas para respirar; este Uxbal fieramente humano, solitario a su pesar, perdedor porque quiere, que se debate contra su presente demoledor y su futuro más que imperfecto, desafiando a la muerte con su voluntad y un atisbo de dignidad entre la miseria y la corrupción. Es un personaje arrasador, y atraviesa la pantalla con la jeta de triste fauno envilecido de un portentoso Javier Bardem. (www.biutiful-lapelicula.es)

BLACKTHORN. SIN DESTINO   (03.07.11)
Dir.: Mateo Gil 
Pro. Andrés Santana, Ibon Cormenzana   Gui.
Miguel Barros 
Int. Sam Shepard, Eduardo Noriega, Stephen Rea
Mateo Gil es el guionista de las películas de Alejandro Amenábar –y de El método, de Marcelo Piñeyro-, pero también dirige: tras algunos cortos y Nadie conoce a nadie (1999) se atreve ahora con un western rodado en América, en inglés y con un potente reparto internacional encabezado por Sam Shepard y el español Eduardo Noriega.
Todos pensábamos que Butch Cassidy y Sundance Kid, los famosos forajidos, habían muerto en 1908 a manos del ejército boliviano; pero parece ser que no fue así: según nos cuenta este relato, consiguieron escapar y, aunque Sundance no sobrevivió mucho tiempo, Butch permaneció escondido tras una identidad falsa durante veinte años; como un tal James Blackthorn ha conseguido no sólo una aparente respetabilidad sino también una muy importante cantidad de dólares, además de una cierta estabilidad sentimental. Hasta que al fin, harto de la clandestinidad y convencido de su impunidad, decide regresar a su casa. 
Pero en el camino se tropieza con otro fugitivo medio perdido: Eduardo, un joven ingeniero español que acaba de robar el dinero de la mina para la que trabajaba; a Blackthorn-Cassidy no le gusta mucho semejante compañía, pero en el fondo el propietario de la mina le parece bastante más canalla que el ladrón, y accede a ayudar a Eduardo a escapar de sus perseguidores; bien es verdad que también juega a su favor la posibilidad de compartir el botín. De esta manera, entre los dos hombres surge una ambigua y peligrosa relación, que los une y los separa, según vienen dadas las circunstancias; la primera y más importante, la tropa que los acosa –ahora a los dos- y que Cassidy toma por policías, aunque Eduardo sabe muy bien su verdadera identidad.
El destino, como en toda historia épica que se precie, jugará una baza definitiva. Cassidy, más viejo y experimentado, se las sabe todas; comprende que Eduardo no es Sundance, y que el compañerismo de antaño no se puede repetir; sin embargo, no cuenta con que será el pasado, precisamente, quien venga a pedirle cuentas –viejas cuentas- en la persona del alguacil Mackinley, el mismo que dirigiera dos décadas antes la persecución de la famosa pareja. Eduardo, por su parte, desconoce el alcance verdadero de sus acciones, espoleado sólo por la ambición y la codicia ante un dinero que cree fácil. 
Y Mackinley, desengañado, amargado y vencido de antemano por los años, el alcohol y la soledad, vendrá a ser –sin querer- el ángel exterminador que intente cerrar la salida de la trampa. La narración, que no se ha despegado un instante de los dos protagonistas, los elude un momento para que podamos saber más que ellos mismos de lo que les espera; es un acierto del guión, que remite a los esquemas clásicos. Y no es el único. Los personajes están trazados con líneas seguras, escuetas, potentes en su sobriedad: se explican a sí mismos, sin necesidad de excusas argumentales.
Sam Shepard es un Butch Cassidy creíble y perfectamente posible; sobre él recae el peso mayor de la historia y lo soporta con absoluta solvencia: es un hombre mayor y deseoso de encontrar el descanso; al final, se deja vencer por la nostalgia; no de sus pasadas fechorías, sino de su todavía más lejano hogar, aun incluso del que pudo ser y nunca fue. Stephen Rea, cuando aparece, deja constancia de su enorme calidad, componiendo un secundario cargado de historia, tan fronterizo con la vida como su adversario. Y si hubiera que oponer un pero –aunque tampoco definitivo- sería para la elección de Eduardo Noriega, quizá el más dubitativo de los personajes, un español metido con calzador en el guión. Sin estar mal, extraña un poco. 
En conjunto, una estupenda apuesta de Mateo Gil, que acierta plenamente a recrear la atmósfera de este western crepuscular plagado de leyendas de otra época y antihéroes cansados, envejecidos y sin esperanza. (www.blackthornthemovie.com/)

BLUE JASMINE   (17.11.13)
Dir.: Woody Allen
Pro.: Letty Aronson, Stephen Tenenbaum, Edward Walson   Gui.: Woody Allen
Int.: Cate Blanchett, Alec Baldwin, Peter Sarsgaard
¿Cómo es posible que un director de cine casi octogenario haga invariablemente una película al año –desde hace más de cuarenta– y que cada uno de sus estrenos sea un acontecimiento? Es posible… si hablamos de Woody Allen. Desde Toma el dinero y corre (1969) hasta aquí, 45 películas –y 70 guiones, a veces el dato no es muy conocido- en las que ha retratado de todas las formas y géneros posibles al ser humano, su esencia, su circunstancia y su entorno más o menos cercano. En sus primeras obras, el protagonista solía ser masculino; no en vano él mismo interpretaba la vida, las obsesiones, los miedos y los delirios del hombre moderno; pero poco a poco, las mujeres han ido adquiriendo mayor importancia en sus historias hasta ser, como en esta Blue Jasmine, dueñas absolutas del relato. En esta ocasión, singularmente, desde el primero al último plano.
Jasmine se nos presenta en el avión que va desde Nueva York a San Francisco. Parece una mujer atractiva y sofisticada, pero está nerviosa, excitada, confusa. Llega armada con la batería de sus lujosas maletas a casa de su hermana Ginger, una pobre chica que trabaja en el súper del barrio y que carga con un divorcio bastante áspero, un novio macarrónico y una vida de poco lucimiento. Jasmine, en realidad, es solo fachada: acaba de perder toda su vida, su alocada existencia llena de lujo y frivolidad. Abrumada y desesperada, sin marido, sin dinero y sin trabajo, se instala en casa de la sorprendida y bienintencionada Ginger.
Apenas le da explicaciones, pero el modélico guion de Woody Allen va poco a poco desvelando a Jasmine, descubriéndonos su pasado y las claves de su trastorno. La vemos en su mansión neoyorkina, al lado de su marido, un tiburón de las finanzas seductor y desaprensivo. Seguramente intuye el origen de su riqueza, los negocios turbios en los que se basa, pero prefiere cerrar los ojos y disfrutar de lo que tiene, aunque en realidad nada, ni siquiera su marido, sea suyo. Jasmine en Nueva York no presiente la Jasmine en San Francisco en que se va a convertir.
Llevada en volandas por el genio de Cate Blanchett, la narración progresa alternando los dos tiempos, los dos escenarios, las dos vidas de la protagonista; hasta que el pasado, con todo su peso, irrumpa en el presente, cerrando la historia de Jasmine en la pantalla. Frecuentemente los personajes de Woody Allen siguen viviendo después de la película y a veces nos preguntamos qué habrá sido de ellos. Pero de todos los finales abiertos, este es el más dramático: lo más probable es que Jasmine no tenga futuro. Se la ha comparado con la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo –y es evidente que el arranque la película está inspirado en ese argumento-; pero, además de que es inútil comparar a Tenessee Williams o a Elia Kazan con Allen, la naturaleza de ambas protagonistas se revela pronto diametralmente opuesta: Blanche es, en el fondo, una víctima y su final le viene cruelmente impuesto; Jasmine es una mujer neurótica y deprimida, aunque locamente romántica y con un punto de vista dislocado acerca de la realidad y de sí misma; pero también es manipuladora y mentirosa, y al final es dueña de su destino: ella sola se lo busca.
El universo de Jasmine y alrededores está dibujado por Woody Allen con tal maestría que el relato fluye como si nadie lo controlara, como si  el espectador estuviera dentro, mirando desde cualquier rincón. Dice Cate Blanchett que Allen dirige desde el guion, colocando la cámara con exactitud milimétrica y dejando que sus actores expresen, ellos solos, todo el talento que llevan dentro. En Blue Jasmine la técnica funciona a la perfección: el espléndido retrato que se muestra en la película es el resultado del maravilloso maridaje entre la sabiduría del director y guionista y el talento descomunal de su actriz. El mejor Woody Allen de los últimos tiempos se plasma en el cuerpo tembloroso, en la voz, en los ojos y en la mirada de una superlativa Cate Blanchett. (
http://wwws.warnerbros.es/bluejasmine/)

BON APPÉTIT   (14.11.10)
Dir. David Pinillos
Pro. Pedro Uriol   Gui. Paco Cabezas, David Pinillos, Juan Carlos Rubio
Int. Unax Ugalde, Nora Tschirner, Herbert Knaup
David Pinillos es un destacado montador –El juego de la verdad, 8 citas, La vergüenza, Gordos…- que ahora debuta como director con esta historia de amigos que se besan, como dicen en la película. El protagonista es Daniel, un joven chef español que ha conseguido trabajo en un importante restaurante de Zúrich. El dueño está muy contento con él, y Daniel está encantado con sus compañeros más cercanos: el ayudante Hugo y la sumiller Hanna; sobre todo con ésta, que le brinda su amistad y le sirve de cicerone en la ciudad desconocida. Naturalmente, Daniel se enamora de Hanna, pero es muy problemático que ella corresponda a los requerimientos de un colega.
El restaurante es un auténtico microcosmos en el que caben, si no todos, sí un buen muestrario de sentimientos, compromisos, y posibilidades que conciernen y definen a los seres humanos: competencia, amistad, trabajo, amor, errores, malentendidos, penitencias y agradecimientos. No está mal para un escenario tan pequeño. Daniel se mueve muy pronto en él como pez en el agua, en parte porque su pericia culinaria es absolutamente reconocida –aunque eso también entraña sus peligros-, en parte porque Hugo y Hanna no tienen inconveniente en compartir con él su espacio y sus secretos más personales. Los de Hugo le harán comprenderlo mejor; los de Hanna, desearla más.
Pinillos conduce con elegante soltura esta comedia, no tanto una historia entre fogones –que también-, como una especie de “road movie” sentimental en la que el protagonista va y viene entre Suiza y España, entre la gastronomía y el amor, entre la esperanza y el desengaño; al final, tendrá que confesarse que es muy difícil ser amigo de la mujer de la que uno está enamorado. El jugoso guión apuesta por la sencillez coloquial –no exenta de inteligencia- que permite el lucimiento de la joven Nora Tschirner y el ya consagrado Unax Ugalde. (
www.bonappetitlapelicula.com)

BOYHOOD   (14.09.14)
Dir. Richard Linklater
Pro.: Richard Linklater, Jonathan Sehring, John Sloss  Gui.: R.L.
Int.: Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke
Richard Linklater –Texas, 1960- es una personalidad casi única en el actual panorama cinematográfico. Ha hecho algunas películas más convencionales –Movida del 76, Suburbia, Escuela de rock, Fast food nation…-, aunque siempre de interés; pero solo a él se le ha ocurrido, por ejemplo, filmar la evolución de dos personas a través de dos décadas y tres películas: Antes de amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013). Y al mismo tiempo, realizar este magnífico documento: Boyhood muestra la vida de un chaval durante doce años; desde que es un niño de seis, empezando la primaria, hasta que, con dieciocho, lo deja a las puertas de la universidad.

Mason es un crío que vive con su madre y su hermana mayor. En su universo infantil, vive las pullas de su hermana y siente el cariño de su madre; sin apenas comprender la ausencia de un padre, que aparece intermitentemente para volver a disolverse en la distancia. También sufre las mudanzas y los cambios de ciudad, de colegio y de amigos provocados por la inestabilidad de su hogar y las aspiraciones de la madre, que no se resigna a la soledad y busca nueva pareja. Mason se encuentra –y no será una única vez- con una nueva figura paterna y una familia algo más extensa. Y se encamina al instituto, con otros colegas, otros deberes y otros problemas.

Y también las primeras dudas, los primeros amores, el calor de la adolescencia, los peligros y las alegrías de la calle… Pero la vida sigue; y mientras Mason crece, el país –y el mundo entero- giran a su alrededor, dejándonos ver y comprender un trozo de nuestra propia historia. El planeta se estremece con la caída de las Torres Gemelas y con las guerras que empezaron y aun no han acabado, aparece una ilusión llamada Barack Obama, llega una crisis mundial, y Mason pasa de la Game Boy a la Wii y de Star Wars a Harry Potter, y luego se gradúa, su madre tiene otro marido, su padre otra mujer y el futuro, de pronto, se ha hecho presente.

Con un esencial sentido de la narración, mediante sabias elipsis que encadenan momentos de maravillosa autenticidad, Linklater nos hace acompañar a Mason, verlo crecer y madurar junto a las personas que lo rodean. No hay truco ni maquillaje: Ellar Coltrane se puso ante la cámara cuando era un niño, con toda naturalidad pero sin sospechar siquiera que un día sería actor. Y en apenas cuarenta sesiones, esos doce años de su vida quedaron registrados y se muestran con asombrosa continuidad.

Ethan Hawke y Patricia Arquette, por su parte, contribuyen igualmente sin artificio a la ficción que soporta el argumento: eran unos padres jóvenes cuando comenzó la película y son unas personas maduras, entradas en la cuarentena, cuando acaba. La experiencia remite, de alguna manera, a las más longevas series de televisión; la familia Alcántara, de nuestro Cuéntame…, sin ir más lejos, ha vivido precisamente el mismo lapso de tiempo. La diferencia estriba, claro, en la capacidad de síntesis y el sentido del ritmo del guion de Linklater y en la propia concepción y realización de la idea.

Claro que no habría sido posible sin la colaboración y la entrega de los protagonistas, con Ethan Hawke a la cabeza: un actor imprescindible para Linklater, un amigo íntimo y casi un alter ego del autor. Patricia Arquette es también cómplice incondicional y hasta Lorelei, la hija del director, es la hermana de Mason en la película. Ellar Coltrane, un niño de Texas, pasó de memorizar sus diálogos a participar activamente con sus sugerencias y su propia experiencia.

Todos juntos construyen esta obra maestra que es un retrato pero también y sobre todo una indagación sobre el paso del tiempo y la vida de las personas, con sus esperanzas y sus realidades. Y de cómo cada momento nos afecta, nos limita y nos libera. Una lección de casi tres horas de cine en las que la pantalla nos seduce y quisiéramos que esta película no terminara nunca. (http://www.boyhood-lapelicula.es/)

BRIDGET JONES'S BABY   (17.09.16)
Director: Sharon Maguire. Intérpretes: Renée Zellweger, Colin Firth, Patrick Dempsey
La británica Sharon Maguire retoma su inicial colaboración con Renée Zellweger para la resurrección de Bridget Jones, uno de los personajes más estrambóticos -y carismáticos- de la pantalla. Quince años después de su primera aparición en la pantalla, parece que Bridget ha madurado. Tiene un buen trabajo, cierta estabilidad –tampoco demasiada, eso sería mucho pedir-, se lleva bien con su ex Mark y, a sus cuarenta años recién cumplidos, puede pensar en pasarlo bien sin complicarse mucho la vida. Pero entonces conoce a Jack, un atractivo ejecutivo dueño de una web de contactos con la que todos ligan… menos él. Hasta ese momento, claro; ya se sabe que con Bridget, conocerla es amarla.

Renée Zellweger, su intérprete ideal, también ha cambiado –hay quien dice que no parece la misma... para peor, yo creo que son ganas de fastidiar-, tras un significativo parón en su carrera. En cualquier caso, recupera su tono y su  carisma para la comedia -siempre ha tenido un amplio registro, pero quizá esto es lo que mejor se le da, y comedia y no otra cosa son estas películas-, y a la vez su personaje más reconocible y más emblemático; por supuesto, sin perder ninguna de sus cualidades; la principal, ser capaz de interesar a dos hombres a la vez: Mark –Colin Firth-, como siempre, y otro; en este caso, Jack –Patrick Dempsey-, su nueva conquista. Ambos se disputan su atención… y algo más. Porque, para sorpresa de todos y escándalo de alguna, Bridget se queda embarazada. Va a ser mamá; pero lo complicado es saber quién será el papá.

BUDA EXPLOTÓ POR VERGÜENZA    (02.03.08)  
Dir.: Hana Makhmalbaf
Pro.: Maysam Makhmalbaf  Gui.: Marzieh Makhmalbaf
Int.: Nikbakht Noruz, Abbas Alijome, Abdolali Hoseinali  
Los Makhmalbaf son auténticamente una familia de cine. El padre, Mohsen (50 años), forma con Abbas Kiarostami  (67 años) la punta de lanza del cine iraní; está casado con la guionista Marzieh Meshkini y tiene tres hijos: Samira –la directora de La manzana y La pizarra-, Maysam –de momento productor, montador y cámara- y la jovencísima Hana, que dirigió Buda explotó por vergüenza con 18 años y consiguió el Gran Premio del Jurado en el pasado Festival de San Sebastián.
La película se sitúa en los desolados paisajes de las montañas afganas de Bamian, donde las gigantescas estatuas de Buda fueron destruidas por los talibanes en 2001. Las montañas están horadadas por cientos de cuevas y allí viven unas cuantas familias que subsisten en difíciles condiciones. Baktay y Abbas son dos niños de apenas seis años; Abbas es un hombrecito que va a la escuela y ya deletrea su primera cartilla. A Baktay le da envidia pero como es niña, tiene que cuidar de su hermano pequeño y permanecer en la cueva mientras su madre trabaja en lo que puede.
Baktay, decidida a todo, no duda en desobedecer a su madre y correr montaña abajo –con muchísimo miedo pero con mayor determinación- camino de una escuela que no sabe dónde está, suponiendo que exista. Su camino está lleno de dificultades: lo primero que necesita es un cuaderno y un lápiz y no tiene ninguna de las dos cosas. Tampoco tiene dinero, como es natural. Pero el tendero –en su quiosco de madera, un sorprendente supermercado en medio de la nada- le sugiere que venda unos huevos y consiga las rupias necesarias para comprar el material escolar. La niña vuelve a su gruta, coge los huevos y baja de nuevo. Pero nadie quiere huevos; sólo el herrero quiere pan y B tendrá que buscar cómo hacer el trueque para que el herrero le compre el pan y ella, con ese dinero, comprar a su vez el cuaderno que necesita.
A Hana Makhmalbaf no le tiembla el pulso para describir la aventura de su pequeña heroína. Ni siquiera cuando se adentra por terrenos más simbólicos para mostrar, en un par de parábolas tan crudas que parecen imposibles y de tanta ternura que llegan a producir dolor, las condiciones de la vida de las mujeres en el Afganistán actual. Los niños juegan con una violencia extrema, armados de palos que simulan fusiles, y son talibanes vengativos que ametrallan americanos, o vigilantes estrictos de la moral, que impiden el paso a las niñas, las despojan de sus libros y sus adornos, las secuestran y son capaces de lapidarlas si se tercia, sin la menor compasión.
Y la escuela resulta ser una utopía: sólo los niños parecen tener derecho a la educación y al conocimiento, y Baktay recorre un nuevo camino, casi de otro mundo, hasta llegar al pequeño recinto en el que las niñas son admitidas. Consigue ganar un pupitre, porque la maestra no se entera de nada y porque acierta a sobornar a sus nuevas amigas con el lápiz de labios de su madre, con el que todas se iluminan labios y mejillas como mujeres adultas... Y como tampoco eso puede ser, la niña emprende el regreso a casa, intentando atravesar un mundo masculino, hostil e incomprensible, en el que no se puede sobrevivir porque cada niño, cada hombre, cada marido, profesor o soldado, es un talibán: un amo, un secuestrador, un asesino.
Ya es milagrosa la existencia de un cine como éste, como las películas de su hermana Samira; Hana Makhmalbaf se suma a la aventura de hablar de lo prohibido, de defender su condición, de gritar y pelear por los derechos de la igualdad entre mujeres y hombres. Si en occidente –no hay más que echar un ojo a las noticias- todavía parecemos sordos a estas demandas de justicia, ¿qué será en esos lugares donde ellas son obligadas a ocultarse, a encerrarse en casa o bajo la cárcel del burka, donde pueden ser impunemente oprimidas, juzgadas, castigadas y asesinadas...? La historia de Baktay es verdadera; tierna, pero a vez feroz. Su sombra se alarga y llega hasta aquí: no podemos ignorarla. (www.wandafilms.com)