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CRÍTICAS ANTERIORES  Por Larry D'Abutti

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ADIÓS A LA REINA   (06.05.12)
Dir.: Benoît Jacquot
Pro.: Christophe Valette   Gui.: Benoît Jacquot, Gilles Taurand
Int.: Léa Seydoux, Diane Kruger, Xavier Beauvois  
Benoît Jacquot es un veterano director francés, poco conocido por aquí; ha realizado más de 30 títulos, entre documentales, películas para televisión y largometrajes. En 2009 obtuvo un importante éxito de crítica en toda Europa –también en España- con Villa Amalia, protagonizada por la maravillosa Isabelle Huppert. Y ahora reúne a otras tres grandes de la pantalla europea: la alemana Diane Kruger y las jóvenes francesas Virginie Ledoyen y Léa Seydoux, en este drama histórico que cuenta los últimos días de la monarquía de los Borbones en Francia.
Basado en el éxito editorial de Chantal Thomas del mismo título, el guión de Adiós a la Reina vuelve a repasar –por enésima vez- estos hechos; ahora, por cierto, sin ninguna de las veleidades “pop” de la pasada versión de Sofia Coppola, sino con un aspecto mucho más tradicional, que no enmascara, sin embargo, un relato de intrigas y pasiones completamente contemporáneo. París, 14 de julio de 1789. La revolución ha estallado, el pueblo ha tomado la Bastilla y los vientos de una furiosa transformación parecen arrasarlo todo; aunque en Versalles tardan en enterarse. El palacio duerme como vive: ajeno a todo lo que no sea su propia, cerrada, íntima existencia.
Los lujosos salones, los pasillos susurrantes, las alcobas de señores y criados laten al ritmo de la murmuración, el engaño, el placer culpable y los deseos húmedos de unos y otros. Duques y baronesas, damas y oficiales, criaditas y militares intercambian camas y enredos con el conocimiento general, teñido de elegante indiferencia burguesa, como mandan los cánones palaciegos. Toda la entraña versallesca se nos muestra a través de los ojos de la lectora de la reina, la joven y atractiva Sidonie Laborde, que entretiene la vida ociosa de María Antonieta con sus libros.  
Sidonie es poca cosa, apenas una criada de segundo orden, pero tiene el privilegio de acercarse a su señora, descansar a su lado, leerle pasajes hermosos o terribles y vivir a escasos centímetros la emoción de la dueña de sus pensamientos: Sidonie está fascinada, profundamente enamorada de María Antonieta; la adora en silencio y, seguramente, daría su vida por ella. Para su desgracia, la reina ni siquiera ha reparado seriamente en su lectora, porque a quien quiere es a su dama Gabrielle de Polignac, esposa de un alto noble de la corte a la vez que complaciente amante de la soberana.
El retrato que vemos de los personajes, resuelto con intención expresionista, es lo mejor de la película. Las señoras orgullosas, las sirvientes en claroscuro, los curas glotones y lascivos… La cámara sigue atropelladamente las idas y venidas de Sidonie, testigo emocionada de los acontecimientos, y se detiene en repasar, desde todos los ángulos, la figura de María Antonieta: una mujer frívola, caprichosa, voluble y tan imbuida de su posición como ajena a las necesidades y exigencias de su gente. Por su parte, el rey Luis XVI aparece en dos pinceladas, agobiado por la situación y consciente de la pérdida de su poder. Como dice uno de sus cortesanos, “de pie y sin sombrero, un rey es igual que cualquier hombre”.
Cuando la amenaza de los revolucionarios se va haciendo más patente –aunque nunca se deja ver en la pantalla-, la calma en Versalles termina por quebrarse y convertirse en un frenético subir y bajar, esconderse y encontrarse e intentar escapar de la ratonera en la que se ha convertido el palacio. Nobles y criados, todos van desapareciendo; todos, menos Sidonie, fiel a su señora: su devoción hará crecer al personaje, auténtico eje del relato hasta el plano final. Ella –la mirada apabullante de Léa Seydoux- nos ha mostrado escenario y protagonistas, con ella hemos observado la esencia del régimen que acaba, la brecha social –y humana- entre señores y criados, tan enorme que no cabe ni el diálogo, y comprendemos que la sideral distancia entre Versalles y el pueblo francés sólo puede resolverse con una tragedia de las mismas proporciones. La película se queda ahí, pero la Historia nos lo ha contado. (www.karmafilms.es/ficha_cine.php?ID=160)

AFTER   (25.10.09)
Dir.: Alberto Rodríguez
Pro.: José Antonio Félez   Gui.: Rafael Cobos   Arg.: Alberto Rodríguez
Int.: Tristán Ulloa, Guillermo Toledo, Blanca Romero
 
Alberto Rodríguez -38 años, sevillano- forma, con su paisano Santi Amodeo, la punta de lanza del interesantísimo cine andaluz de ahora mismo: seguramente el más vivaz, certero e interesante de nuestra cinematografía. Ellos dos, y el productor José Antonio Félez –pocas veces se reconoce la labor de estos productores-, que está detrás y en el origen de muchas de las mejores películas españolas recientes. La obra de Alberto Rodríguez comprende El factor Pilgrim (2000), un curiosísimo experimento correalizado con Amodeo y con un todavía desconocido Álex O’Dogherty de protagonista, El traje (2002), dirigida ya en solitario pero con guión de Amodeo, y 7 vírgenes (2005), escrita por Rafael Cobos, igual que After.
Mientras Amodeo se ha ido deslizando en busca de un universo marginal, con elementos que rozan el surrealismo, la trayectoria de Rodríguez tiende a la negrura, a un realismo social poblado de personajes desubicados, problemáticos y, a menudo, infelices. Buena prueba es esta historia de estos treintaañeros –más cerca de los cuarenta, en realidad-, enredados en sus afectos y perdidos en la larga noche de fiesta interminable, alcohol y drogas sin medida, y sexo aturdido, improbable y barato: menos probable y de peor calidad cuanto más avanzan las horas y disminuye su lucidez.
Manuel, Julio y Ana son tres personas de buena posición, con una vida estable y aparentemente sólida. De Manuel conocemos su entorno familiar, con una mujer y un hijo que no le hacen muy feliz; su amiga y vecina Ana tiene una buena casa en la misma urbanización de clase alta, seguramente tiene un buen empleo y sabemos también que tiene un novio-amante... aproximadamente. Y Julio vive solo y solitario, tiene un trabajo abominable y busca en los contactos de internet alguna relación azarosa y frecuentemente poco satisfactoria.
A pesar de ser amigos, los tres se ven poco; una vez al año, quizás. Y no tienen mucho que contarse, pero cenan juntos y beben para animarse, y luego siguen bebiendo y prolongan la velada deambulando de local en local y de casa en casa, entre la música a todo volumen, la risa descontrolada, el deseo creciente y el polvo blanco estremeciéndoles el cuerpo. 
Alberto Rodríguez lo cuenta muy bien: presenta a sus protagonistas en la recta final de la noche, en el umbral del desenlace, para a continuación abrir tres capítulos sucesivos en los que tomará a cada uno de los personajes para explicar sus vidas en breves y vigorosas pinceladas y acompañarlos después en la noche común relatándola desde su punto de vista; a veces coincidente y a veces distinto del de los otros dos. De esta manera, se va componiendo un mosaico en el que encajan las peripecias de los tres amigos, acompañados de los secundarios que pululan a su alrededor: los ligones, el camello, las chicas desinhibidas y los macarras pendencieros.
After es una crónica –como todo el cine de Rodríguez- más que una representación. A ello contribuye, desde luego, la calidad del guión; pero, sobre todo, la magnífica interpretación: de Tristán Ulloa –al que no hay que descubrir-, uno de los más sólidos nombres de nuestro cine; de Blanca Romero, en su primer papel en la pantalla grande, una excelente revelación, muy bien dirigida y completamente entregada, y de Guillermo Toledo, por fin alejado de sus clichés de comedia y convertido en un formidable actor –siempre lo ha sido- de hondísimo calado dramático.
La verdad y la sinceridad de sus interpretaciones conmueve y arrastra e impide que los personajes resulten ridículos de tan patéticos. Están desorientados, asustados en la aparente normalidad de sus vidas, y las vías de escape que buscan no les aportan ninguna solución. After: después; después de la cena, después de la fiesta; las horas y los hechos cuando se acerca la madrugada, cuando todo se va cerrando, cuando va llegando el abandono y la resaca. Esta vez no hay mucha posibilidad para el optimismo. Lo que Rodríguez y sus gentes nos dicen es que tras la nada, en el “after” del “after”, sólo sigue quedando eso: nada. (www.afterlapelicula.com)

ÁGORA   (11.10.09)
Dir.: Alejandro Amenábar
Pro.: Fernando Bovaira, Álvaro Agustín   Gui.: Alejandro Amenábar, Mateo Gil
Int.: Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac  
Pocos directores pueden presumir de una carrera con la progresión espectacular de Alejandro Amenábar: de Tesis (1996), una estupenda película pequeña, casi un juego, con intérpretes semidebutantes –Eduardo Noriega, Fele Martínez- y modesto coste –y 7 Goyas, todo hay que decirlo-, a esta apabullante Ágora de reparto internacional, y 50 millones de presupuesto; con títulos entremedias como Abre los ojos (1997), Los otros (2001, otros 8 Goyas) y Mar adentro (2004, 14 premios más de la Academia, y un Oscar). La verdad es que su éxito es más que merecido, por el interés de su obra, su calidad y su amor al riesgo: en cada paso que ha dado, Amenábar se la ha jugado. Y hasta ahora, ha ganado.
Pero en este nuevo desafío lo tiene un poco más difícil y la rentabilidad de la película –si es que eso le preocupa, que supongo que sí- va a ser más complicada. Por su propia dimensión, porque no es un producto tan comercial y también, por qué no decirlo, porque en este país tanto éxito se digiere mal y ya llevamos años esperando que Amenábar se la pegue: eso, al parecer, produce mucha satisfacción y mucha risa.
Ágora: finales del siglo IV, el imperio romano en franca decadencia; Alejandría es uno de los focos culturales más importantes del mundo pero sus calles comienzan a sufrir las convulsiones de la violencia, que tiene su origen en la continua fricción entre las religiones que conviven –mal- en la ciudad: el culto pagano, heredero de la tradición griega y romana; el antiguo, cada vez más residual, pero aún fuerte judaísmo, y el naciente y cada vez más extendido cristianismo, que ahora es, además, la doctrina oficial del imperio. 
Dentro de la Biblioteca –la mítica estancia donde se reunía el saber y el conocimiento de la época-, parece que aún se respira la paz y el entendimiento. Hipatia, filósofa, astrónoma y matemática, reúne allí a sus discípulos, jóvenes atentos e inteligentes, que representan el futuro de Alejandría. Cada vez entre los alumnos hay más cristianos, pero cristianos y paganos conviven al amparo de Hipatia y de los miles de papiros que llenan las paredes de la Biblioteca. La joven filósofa, mientras predica la concordia y la tolerancia, vive fascinada por el misterio de la armonía celeste, planteada por Ptolomeo en un sentido que la inteligencia y la intuición de Hipatia no pueden aceptar. 
Amenábar hace avanzar a su personaje en su investigación, paralelamente al terrible conflicto religioso y popular que está a punto de estallar a pocos metros de su habitación. Y que sucede de pronto, con la fuerza de un volcán. Los cristianos, primero atacados, responden con extremada violencia guiados por el obispo Cirilo y no colman su sed de venganza hasta arrasar Alejandría, la Biblioteca y las vidas de cuantos no quieren abrazar su fe; incluida Hipatia, acusada de herejía y brujería, y brutalmente asesinada.
El Ágora de Amenábar no es sólo la plaza pública; es también y sobre todo, el planeta que habitamos, donde todos deberíamos encontrar el entendimiento y la tolerancia; y de esa manera, como dice el propio director, la película es una historia del pasado sobre lo que está pasando ahora. Por eso el punto de vista de la cámara se vuelve por momentos cenital, hasta abarcar la misma Tierra como un minúsculo átomo vivo en medio del universo. Lamentablemente, esa intención didáctica lastra el argumento, que se traduce, además, en imágenes nada complacientes: Amenábar ha apostado por una reconstrucción casi documental, en la que la épica –y no digamos la lírica- se ven sustituidas por un realismo brutal en el que la metáfora se diluye, y que resulta muy poco emotivo.
Demasiada honradez, quizás, y un montaje final apresurado en algunos momentos, agobiado por el excesivo metraje; pero Amenábar sigue fiel a sí mismo: Ágora es una personalísima apuesta, con grandes virtudes también: una ambientación cuidada hasta el último detalle; un espectacular movimiento de masas; un sentido de la narración propio de un maestro, y, sobre todo, un canto a la libertad y la verdad, y el homenaje a una mujer valiente, adelantada a su tiempo y víctima de las fuerzas de la oscuridad y la represión. (www.agoralapelicula.com)

AGUA PARA ELEFANTES   (08.05.11)
Dir.: Francis Lawrence
Pro.: Gil Netter, Erwin Stoff   Gui.: Richard LaGravenese
Int.: Robert Pattinson, Reese Witherspoon, Christoph Waltz  
Siempre he sostenido –si se me permite iniciar esta crónica con una reflexión personal- que el cine es una lata… de cocacola. Las películas, quiero decir: como un producto industrial más, se elaboran en las fábricas; después se distribuyen por todo el país, o todo un continente, o todo el mundo si es posible; y por último se ponen a disposición del público para su consumo masivo. La diferencia con el refresco –que debería saber siempre igual- es que cada película es única y distinta, es un prototipo cuya eficacia comercial está siempre por demostrar. A veces la fábrica produce obras de arte; en otras ocasiones –la mayoría-, no. Pero esto es otra historia, distinta al rédito del negocio.
Viene a cuento este preámbulo para explicar por qué las grandes fábricas americanas producen, y cada vez más distribuyen también, películas como esta Agua para elefantes, un claro ejemplo de cómo funciona la fórmula no tan mágica del comercio cinematográfico. Primero se busca una novela de aceptable éxito popular, como la precedente de la escritora Sara Gruen. Se encarga la adaptación a un buen guionista: Richard LaGravenese, autor de Los puentes de Madison y El rey pescador, se compone un reparto atractivo para la cartelera –Robert Pattinson, el protagonista de la serie Crepúsculo; Christoph Waltz, el malvado coronel nazi de Malditos bastardos, y la atractiva Reese Witherspoon- y se cede la coctelera a un director joven y con nervio, curtido en los vídeos musicales o en encargos como Constantine o Soy leyenda.
El resultado debería ser digerible. Además, la historia se ambienta en el mundo del circo, un universo que ha dado al cine americano títulos importantes y taquilleros como El fabuloso mundo del circo, Trapecio o El mayor espectáculo del mundo –que ganó dos Oscar en 1953: película y guión, precisamente-. Y transcurre en unos momentos muy adecuados a la eterna indigencia del antiguo y ambulante ceremonial circense. 
América, año 30. Jacob es un joven a punto de terminar su carrera de veterinario. Alcanzado por un desgraciado accidente y abatido por la depresión que arrasa el país, se marcha de su pueblo y coincide, por casualidad, con la trayectoria del Circo Benzini. Quiero decir, que se cuela, sin pretenderlo, en el tren que transporta  equipamiento, animales y artistas. El Circo Benzini es como se estilaba entonces: músicos, equilibristas, payasos, fenómenos de la naturaleza y fieras. Las fieras son un poco de tercera categoría, pero todo el espectáculo es igual de decadente y miserable.
Sobre todo por parte de August, el malvado propietario, auténtico amo y señor de instalaciones y personas; y también dueño, al parecer, de su dulce y guapa esposa, la domadora de caballos y estrella del programa. Los conocimientos de veterinaria de Jacob le dan, al final, la posibilidad de quedarse a trabajar en el circo; y parece que todo puede ir bien, hasta que sucede lo inevitable: cuando entre el educado y atractivo joven y la maltratada y temerosa domadora salta la chispa del amor, bajo la carpa estallará una auténtica tempestad de celos, pasión y violencia.
Pero no tanta como para asustar al espectador; todo es bastante previsible y no hay lugar para un posible suspense, que queda imposibilitado desde la primera secuencia de la película. Lo que sí hay es bastante oficio para resolver los momentos de mayor tensión y para que se note menos la escasa entidad de los personajes: Christoph Waltz repite los tics de malvado que popularizó con Tarantino; Reese Witherspoon –con una imagen tan retocada que no parece ella-, no consigue apasionar, y Robert Pattinson no nos hace olvidar que hace diez minutos era un vampiro más frío que un témpano. Y él es el mejor resumen de la película: no es que nada esté rematadamente mal; es que el “mayor espectáculo del mundo” necesita más pasión, más ilusión y un poquito más de imaginación. (www.aguaparaelefantes.es)

ÁGUILA ROJA, LA PELÍCULA   (24.04.11)
Dir.: José Ramón Ayerra
Pro.: Daniel Écija   Gui.: Pilar Nadal, Juan Manuel Córdoba, Guillermo Cisneros
Int.: David Janer, Javier Gutiérrez, Francis Lorenzo…
…más Miryam Gallego, Inma Cuesta, Xabier Elorriaga, José Ángel Egea, Roberto Álamo… Y todos los ya sabidos: Águila Roja es el título y también el héroe de una ya larga serie de televisión. El protagonista es Gonzalo de Montalvo, un humilde maestro que esconde una identidad secreta: una curiosa especie de guerrero ninja que pelea por la verdad y la justicia en la turbulenta España del siglo XVII. El origen marcial del personaje me es desconocido; seguramente los seguidores del evento sabrán muy bien la explicación. Ahora el folletín llega al cine, dirigido por José Ramón Ayerra, –realizador de algunos de los últimos episodios y de otros muchos de distintas series-, escrito por casi los mismos guionistas, y encarnados los personajes, como se ve, por los actores de la pequeña pantalla, a los que se une alguna “participación especial” como la de la modelo y aspirante a actriz Martina Klein. Con ella arranca la historia, galopando sobre brioso corcel –hay que ponerse a tono- y perseguida por una tropilla comandada por el famoso comisario de la villa, una especie de John Wayne en negativo. La chica lo va a pasar mal, cuando…
Hasta aquí puedo contar; sobre todo, porque esa no es ni siquiera la acción principal de la historieta. Lo más importante es que, en esos momentos, la corte de Felipe IV está revuelta; a las intrigas y cotilleos habituales se une la inminente llegada de los reyes de Francia e Inglaterra y del Papa de Roma, nada menos, que se ha dejado caer por El Escorial… La excusa es una cumbre que solucione el contencioso de la corona española con Portugal, pero la verdadera intención de los malvados monarcas es repartirse el suelo de España; con la colaboración, claro, de viejos conocidos: el comisario siniestro, la pérfida –y guapísima- marquesa Lucrecia y el taimado cardenal Mendoza. La conspiración está servida y sólo hay que quitar de en medio al rey; si se puede se le envenena, si no, se le secuestra, se le encierra y se le convence para que se deje comer por un tigre de Bengala. Lo que haga falta.
¿Y Águila Roja? Pues Águila Roja está harto. Tiene más trabajo del que puede atender –claro, como la película es más larga…- entre tanta intriga y tanto sobresalto: unos enemigos cada vez más brutos, el rey en peligro, su gente en medio de la batalla, su hijo con un problema muy serio y encima la rubia recién llegada que se empeña en camelarlo y para convencerlo no duda en bañarse desnuda en el río, si lo exige el guión. Que lo que no exige, ni lo intenta, es el menor fundamento histórico de semejante peripecia; sería casi excesivo en un argumento que empieza ya deshilvanado y que va cada vez más en declive hasta no dejar títere con cabeza.
El relato está bien ambientado –con los mismos decorados de la serie-, con abundancia de medios, y se resuelve con cierta energía visual; pero el guión es tan endeble que la acción resulta incongruente, los personajes carecen de justificación y personalidad, y no se entiende lo que hacen ni cómo ni por qué. De hecho, los más potentes de la serie, que junto con el protagonista son, naturalmente, los “malos” del cuento, quedan aquí desdibujados, sin explotar, sustituidos por un grupo de villanos que no dan ni miedo, de tan torpes como son. El único que no para, hasta convertirse en auténtico líder de la historia, es el bueno de Sátur –Javier Gutiérrez-, el escudero de Águila Roja, que, con su esforzada comicidad, llena buena parte del metraje.
Los actores, seguramente por estos motivos, están casi todos casi siempre fuera de tono, exagerados o planos, sin la menor credibilidad; grave delito en gente generalmente competente. Y como consecuencia, este sosísimo mejunje se encamina a un final verdaderamente chusco, en el que lo dramático resulta ridículo, lo heroico cómico, lo solemne cursi y todo absolutamente increíble. Lo peor es que la película, con más humildad y sin tantas pretensiones, podría haber contenido un sencillo homenaje a una serie de señalado éxito popular en vez de resultar este engolado, soberbio y disparatado envoltorio que no lleva nada dentro. (www.aguilarojalapelicula.com/)

AIR DOLL   (11.07.10)
Dir.: Hirokazu Kore-eda 
Pro.: Toshiro Uratani, H.K.   Gui.: Hirokazu Kore-eda
Int.: Du-Na Bae, Arata, Itsuji Itao  
Hirokazu Kore-eda firmó en 2008 una obra maestra, que posiblemente fue la mejor película del año pasado: Still walking. Su filmografía, tan personal y al propio tiempo tan clásica –nadie mejor tras Ozu, tras Kurosawa-, se ha basado, excepto en su debut, en guiones originales: Después de la vida, Distance, Nadie sabe –en 2004, una explosiva revelación-, Hana y la citada Still walking. Ahora, por segunda vez, parte de una historia de ficción, una pequeña novela gráfica, que le impactó tanto que empezó a trabajar en el guión hace nueve años.
La historia arranca cuando Hideo regresa a casa. Está cansado del trabajo, se le ve adormilado, triste. En su piso lo espera Nozomi, su joven y silenciosa compañera. Él masculla cuatro frases en la cena y pronto se van a la cama. Al día siguiente, vuelta a empezar: él se marcha al trabajo, ella se queda en casa. Para Hidao, la vida no es muy alegre: trabajo, comida, sexo; sin ninguna ilusión. Para Nozomi, sólo estar en casa y esperar.
Pero un día, todo parece cambiar. Nozomi se anima, ve caer la lluvia, siente latir la vida y sale a la calle. Con ella descubrimos la ciudad, los barrios viejos y alicaídos de Tokio, las calles huérfanas  de luz y de bullicio: imprentas antiguas, restaurantes vacíos, un supermercado, un videoclub… La joven atraviesa vacilante las calles, se cruza con una niña que va al colegio vigilada por su padre, se sienta en un banco junto a un anciano solitario, se sorprende de los sacos de basura amontonados en la acera, entra en el videoclub, regresa a casa antes de que vuelva Hidao, como si nada hubiera pasado.
Pero sí que ha pasado. Cada día, Nozomi sale de su inactividad en cuanto se queda sola, baja a la calle y se va al videoclub. Le gusta el dependiente; y aunque no sabe nada de cine, ni es capaz de identificar títulos ni creadores, se siente cada vez más a gusto y termina por conseguir que el dueño la contrate y pueda trabajar al lado del joven encargado. Junto a él aprende a expresarse, descubre emociones y sentimientos, reconoce su propio corazón y es capaz de amar –también de engañar- y de vivir el placer que le da el aliento de su amado llenando su cuerpo. Pero sabe que tiene que volver a casa cada noche para que Hidao le murmure palabras vacías y le haga el falso amor de la soledad desesperada.
Por ese mapa de las soledades humanas pasa Kore-eda su atenta mirada. La ciudad es irreconocible porque es todas las ciudades; y cada calle es cualquier calle y sus gentes son todas las gentes: la mujer que come un bocado sola en el parque, la chica bulímica que se atiborra hasta la nausea, la anciana que ya no sabe lo que come, la niña que tira su bocadillo mal masticado al montón de la basura… Comen para sobrevivir, para luchar contra el vacío, la vejez y la tristeza de estar vivos aún, de saberse caducos y sustituibles.
Nozomi, no. Ella no soporta ser sustituta ni sustituida; no come ni tampoco envejecerá. Pero sí conoce su final, que será como ella: hermoso y terrible a la vez; y como tiene corazón para sentir y tiene voluntad para equivocarse, será ella quien decida. Este es el milagro poético, perturbador y emocionante de Hirokazu Kore-eda; porque –no lo he dicho antes- Nozomi no es un ser humano: es una muñeca hinchable.
Desde Berlanga con Tamaño natural –y aún antes- hasta aquel Lars y una chica de verdad de hace un par de temporadas, los solitarios, amargados, confusos protagonistas han encontrado consuelo en este triste juego de la más radical mujer-objeto. Pero nunca como en esta profundísima, bellísima película del maestro japonés –gracias también a la portentosa fotografía del taiwanés Mark Ping-Bing Lee, el mismo de Deseando amar, de Wong Kar-wai-, que nos sumerge en una dolorida y certera metáfora acerca de la naturaleza humana y la fugacidad de la vida, del miedo, la extrañeza y la soledad de las personas. (www.golem.es/airdoll/)

ALACRÁN ENAMORADO   (14.04.13)
Dir.: Santiago A. Zannou
Pro.: Álvaro Longoria   Gui.: Carlos Bardem, Santiago A. Zannou
Int.: Álex González, Carlos Bardem, Judith Diakhate
Santiago A. Zannou debutó en 2008 con la estimulante El truco del manco –ganadora de 3 Goyas y protagonizada por Juan Manuel Montilla “El Langui” y otros intérpretes no profesionales-, a la que han seguido El alma de La Roja –un documental dedicado a las viejas glorias del balompié español- y La puerta de no retorno, otro documental –magnífico-, que es un canto emocionado a sus raíces africanas. Y ahora ha vuelto a la ficción con otra historia urbana sacada de una novela de Carlos Bardem, un guion coescrito entre los dos y con el propio Carlos en uno de los papeles cardinales de la obra.
También está el “otro” Bardem, Javier. Él es Solís, un personaje siniestro, el dueño del lado oscuro de la trama. Solís es un líder, un hombre atractivo, magnético en las distancias cortas; gran orador, de enorme capacidad de convicción, capaz de llegar con facilidad a las mentes de quienes lo escuchan: es un grupo de ultras fanáticos, xenófobos, racistas y con el germen del nazismo latiéndoles en las venas. Son pocos, pero cada vez son más, más convencidos, más entregados, más violentos.
Entre ellos está Julián, un joven pandillero que pasea la nocturnidad de la ciudad “limpiando” las calles de cuanto les resulta ofensivo: inmigrantes desprevenidos, indigentes indefensos, personas de otro color: negro o amarillo, les da casi igual. Julián es distinto, pero de momento se deja arrastrar por sus colegas de fechorías. Hasta que todos juntos aparecen por el gimnasio de Pedro, un gimnasio cualquiera en el que se boxea y, con suerte, se ve salpicar la sangre: un espectáculo. Con Pedro trabaja Carlomonte, un antiguo boxeador estropeado por el fracaso y la vida pero conservado en alcohol y sabiduría.
Por el gimnasio también anda Alyssa, una joven mulata que limpia las instalaciones y organiza el papeleo; y hasta hay algún chaval negro, aspirante a profesional, entrenándose en el ring. Ambos son objetivo para las burlas y vejaciones del grupo de violentos racistas, que son inmediatamente expulsados del local. Pero Julián regresa pronto; algo ha visto allí que le ha hecho pensar y tomar algunas decisiones. La primera, aprender a boxear; y también, aprender a convivir y a respetar; abandonar a sus amigos y sus ideas y aceptar los consejos y las instrucciones de Carlomonte –que no lo mira con confianza- y de Pedro, que quiere darle una oportunidad. Y de Alyssa, que le gusta más de lo que él mismo se quiere confesar.
Julián está decidido a cambiar y a luchar por su nueva vocación y por un futuro distinto, aunque sabe que el camino que inicia no va resultar fácil. Sus antiguos camaradas no lo van a entender ni perdonar, su entorno es un vacío sin esperanza y en el cuadrilátero va a recibir golpes como martillazos. Solo tiene su voluntad y un atisbo del éxito y el amor que pudieran estar a su alcance.
El personaje está bien trazado y funciona como vértice de dos fuerzas opuestas: Solís, el nazi manipulador y cínico, que puede triunfar encendiendo los más básicos instintos de la gente, y, en el otro extremo, Carlomonte, que sobrevive lúcidamente en la hondura del fracaso. Javier Bardem, en dos pinceladas, deja la impronta de su calidad; Carlos, en un papel mucho más largo –un segundo protagonista en realidad- construye a la perfección una personalidad compleja, interesante y muy humana; la película es suya en muchos momentos del metraje. Y también es de destacar el trabajo del brillante Hovik Keuchkerian, antiguo boxeador –este sí- reconvertido en actor.
Alacrán enamorado, en cualquier caso, no es una película “de” boxeo, sino una historia en la que el boxeo funciona como metáfora de lucha, entrega y superación. No es una idea muy original, es verdad –y el guion cae en algún que otro tropezón-, pero importan más los aspectos positivos: la muy buena factura conseguida, la evidente pasión con que se ha acometido el proyecto y la honradez de la apuesta –personal y comercial- de sus autores. (http://www.alacranenamorado.com)

ALGO PASA EN HOLLYWOOD   (13.12.09)
Dir.: Barry Levinson
Pro.: Jane Rosenthal, Art Linson, RDN   Gui.: Art Linson
Int.: Robert De Niro, Catherine Keener, Robin Wright Penn  
Barry Levinson tiene una larga carrera a sus espaldas, llena de buenas e interesantes películas como Diner, Justicia para todos, Sleepers, Avalon o Rain Man –con una abultada cosecha de Oscar-, y con otras de menor calidad y perfectamente olvidables. También es escritor y productor, con un bagaje similar; pero lo que no se puede discutir es que, a sus 67 años, con casi 40 de experiencia, se lo sabe todo del oficio.
Por eso, debió ver en el libro de Art Linson  Cuentos del amargo Hollywood una crónica de la realidad del mundo del cine... americano. El guión del propio Linson y la película de Levinson quieren ser, efectivamente, una ácida sátira de los personajes que pululan por el universo de los estudios de Hollywood: estrellas, cometas errantes y algún que otro asteroide; además de bastante polvo cósmico. La verdad es que estos tipos y este ambiente abundan en cualquier latitud, en el mundo del cine, en el artístico en general, y en el de casi cualquier colectivo humano.
Pero esto es Hollywood, y no hay que ir más allá. El protagonista de la historia es Ben –un Robert de Niro sin el menor interés-, productor en apuros por partida triple: su última película no ha gustado, la siguiente se presenta con un escollo casi insalvable, y, en lo personal, no consigue encajar su divorcio con la fascinante Kelly –Robin Wright Penn, lo mejor de la obra-. Su vida es una carrera de obstáculos, va acelerado de un lado para otro, sin despegarse de su móvil y sin tiempo para comer ni descansar.
No es para menos. La implacable jefa del estudio lo obliga a sentar a la moviola al director de la película acabada –un joven genio, anfetamínico, alcohólico e histérico- para remontarla y cambiar el final; Bruce Willis, que aparece como un actor violento, tiránico y megalómano, se niega a variar su aspecto físico para la película que va a empezar inmediatamente, por más que Ben y el agente de Willis lo intenten hasta la extenuación. Y por último, tras un largo proceso de casi dos años, todavía Ben sigue intentando recuperar a su mujer, que, evidentemente, no puede soportar que su trabajo esté siempre por encima de su relación.
Verdaderamente, el personaje es complejo y daría para distintos enfoques, uno de ellos el de la comedia, desde luego. Pero el guión se queda a medio camino de todo, ni cómico ni trágico, y la sátira, que quiere ser mordaz, resulta exagerada y banal; sobre todo, porque lo que cuenta es archisabido y más que previsible. Así es que es inútil comparar esta película con los grandes títulos que vienen a la memoria, de El crepúsculo de los dioses y El juego de Hollywood a La noche americana, por ejemplo. Todas ellas han contado antes estas historias, con más interés y bastante más arte que esta obra de tono menor. 
Claro que hay tanto vitriolo suelto –mucho procedente de la mismísima realidad- que en algunos momentos asoma la sonrisa y llegamos a establecer cierta empatía con el agobiado protagonista, rodeado de esa fauna vanidosa, estúpida, vacía y feroz. Seguramente un De Niro en plenitud de forma habría compuesto un personaje mucho más interesante y más potente. Porque, hay que decirlo ya, todo el reparto pelea con sus papeles lo mejor que puede: Willis y Sean Penn hacen de ellos mismos, Catherine Keener es la calculadora jefa, Kristen Stewart es la hija de Ben, Stanley Tucci es el guionista novio de Kelly y John Turturro es el desquiciado agente. Grandes nombres, como se ve.
Pero Robert de Niro es el eje de la historia, y está para otra cosa: para hacer caja, que por algo es coproductor de la película. Es una pena, pero creo que ya ha agotado todo su crédito; el grandísimo actor, multipremiado, adorado por la industria, la crítica y el público, no hace nada importante desde hace casi quince años; se lo ve desganado y superficial. Y al mismo tiempo, trabaja demasiado: tiene seis títulos por estrenar y once más en su calendario. A lo mejor, eso no es una agenda, sino un síntoma. (www.algopasaenhollywood.com)

ALIEN: COVENANT   (13.05.17)
Director: Ridley Scott. Intérpretes: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup. 
A Ridley Scott no hace falta presentarlo; su Carrera es dilatada en el tiempo y fecunda en obras: películas interesantes, muy buenas y excepcionales, algunas. En lo que se refiere a la actual, recordemos que Scott dirigió en 1979 Alien, una obra maestra que aunaba el terror y la ciencia ficción. Luego otros continuaron la historia, pero él quiere contar también el origen del mito con una trilogía que sirva de prólogo.
Así llegó Prometheus en 2012, y ahora estrena esta segunda parte, que la sucede en el tiempo: años después de aquella trágica expedición, el navío espacial Covenant atraviesa la galaxia rumbo a un remoto planeta inexplorado; la tripulación y el pasaje están compuestos por parejas que tratarán de colonizarlo y recrear un nuevo paraíso, y también viaja algún otro componente… un tanto especial. En mitad del viaje, una extraña señal les hace desviarse hasta un curioso planeta que resulta parecido a la Tierra. Y pronto descubrirán que en realidad han caído en un mundo siniestro y tremendamente peligroso: un infierno.
En realidad, el guion repite el esquema de los “Alien” de Ridley Scott: la nave, llámese Nostromo o Covenant, se desvía momentáneamente de su ruta y aterriza en un planeta desconocido en el que se encuentra la simiente del monstruo. En Prometheus y ahora, sin embargo, Scott bucea en busca del inicio, no solo de la criatura sino de todo: de la especie humana, de la que nos va a sustituir y de la vida en el universo. Falta un capítulo para descubrirlo y desvelar la existencia del Creador, sea este quien sea.
Michael Fassbender repite en su papel del incombustible David/Walter, y Katherine Waterson interpreta a la oficial Daniels, la jefa a su pesar de la expedición, que recuerda a la teniente Ripley del original. Ellos –y los monstruos creados por el talento de H. R. Giger- son los protagonistas de la nueva entrega de la serie: una película tan espectacular como se esperaba,  bellísima y –como la inicial- aterradora al mismo tiempo.

AL OTRO LADO    (16.03.08)
Esc. y Dir.: Fatih Hakin
Pro.: Andreas Thiel, Klaus Maek 
Int.: Baki Davrak, Hanna Schygulla, Nursel Köse
Quinta película de Fatih Akin, 34 años, director alemán hijo de padres turcos; en 2004 realizó Contra la pared, que tuvo una enorme repercusión, y un año más tarde el documental Cruzando el puente: los sonidos de Estambul, un magnífico retrato de la música popular de la moderna Turquía. Al otro lado es la segunda entrega de una anunciada trilogía dedicada al amor, la muerte y el mal, respectivamente.
Es verdad que esta película está presidida por la muerte; dos de sus tres partes se abren con el anuncio de una defunción –la tercera lleva el título general: al otro lado-, pero ni eso resta interés ni emoción al argumento, ni lo limita a ese único suceso; al contrario, el relato es todo el tiempo apasionante, absorbente, conmovedor. Fatih Akin, que escribe todos sus guiones, ganó con éste, con toda justicia, el premio en el pasado Cannes: ha compuesto una pieza maestra, sin resquicios, que se va desvelando y encajando con exactitud, conjugando el tiempo y el espacio con absoluta maestría, con realismo y con sensibilidad.
Como en Contra la pared –exenta, sin embargo de su pasión furiosa-, en Al otro lado Akin ahonda en las relaciones humanas y retrata los escenarios que conoce bien: Alemania y Turquía, a uno y otro lado de la frontera; sus personajes van y vienen, se buscan, se entrecruzan ignorándose, se enfrentan con amor o desesperación, se desencuentran fatalmente, definitivamente, se perdonan y reconcilian... El joven profesor Nejat no comprende que su padre viva con la prostituta Yeter, una mujer turca que trabaja con su cuerpo para pagar los estudios de su hija Ayten en Estambul. Nejat va a Turquía a buscarla, pero Ayten, perseguida por su activismo político, se ha escapado a Alemania y allí conoce a otra chica estudiante, Lotte, que la cobija en su casa. La madre de Lotte –la maravillosa Hanna Schygulla- no aprueba la decisión de su hija, pero cuando Ayten es detenida por la policía alemana y devuelta a su país, Lotte cruzará también al otro lado para ir en su busca; y más tarde, sumida en el dolor, la madre irá también a su encuentro.
Los protagonistas son turcos y alemanes, y hay alemanes que viven y trabajan en Estambul, y, desde luego, miles de turcos lo hacen en Alemania. Y a Turquía llegan centenares de kurdos, y por toda Europa se extiende un movimiento migratorio que confunde y renueva etnias, idiomas, costumbres y pensamientos; ese es el nuevo mundo en el que vivimos y en el que se desenvuelven los protagonistas de la película. Un nuevo mundo y un nuevo orden que necesita, sobre todo, de la concordia, la comprensión y la apertura de fronteras, también las mentales. 
De eso habla Al otro lado, pero no sólo de eso. También habla de sentimientos, de coincidencias, de caminos y de sucesos: terribles como la muerte, pero llenos de esperanza también para los que se levantan y siguen andando; siguiendo esos caminos, como las carreteras que cruza Nejat con el perdón en el corazón, y el estrecho que atraviesa Ayten entre Europa y su pena. Con la indulgencia para la ignorancia de quienes llegan un poco antes de lo debido al aeropuerto, un rato después al tablón de anuncios que ya no revela nada, una vida más tarde del disparo absurdo y traicionero, un siglo antes de que el mar devuelva al pescador abatido y fatigado.
Y con todo el amor a unos personajes que se saben vivos, que sobreviven para encontrar la reconciliación: con el mundo, con los otros y consigo mismos. Fatih Akin los ha creado así, vivos entre sus dos países, con un magnífico desarrollo dramático y narrativo, en el que el pulso del guión y las imágenes nunca decae, sino que levanta por momentos un monumento poético, hondamente cinematográfico y verdadero como la misma realidad. Extraordinaria película. Premio Lux, por todos sus valores, del Parlamento Europeo. Pero sobre todo, premio a la capacidad y a la humanidad del autor, y a la inteligencia de los espectadores. Da gusto ver cine como éste. (www.golem.es/alotrolado/)

AMADOR   (10.10.10)
Dir.: Fernando León de Aranoa
Pro.: Jaume Roures, Fernando León de Aranoa   Gui.: Fernando León de Aranoa
Int.: Magaly Solier, Celso Bugallo, Sonia Almarcha  
Muy interesante carrera la de Fernando León: Familia (1996), Barrio (1998), Los lunes al sol (2002) y Princesas (2005), además de un corto inaugural –Sirenas (1994)- y par de documentales: Caminantes (2001) y un segmento del colectivo Invisibles (2007). Títulos cortos, pero intenciones largas; y buenas películas todas ellas.
Amador es tan honda como las demás; habla de la inmigración, de la muerte y de la vida, de la oportunidad y el deber, y también de la ilegalidad y la desvergüenza. Y de la supervivencia. El relato empieza con un prólogo en el que un grupo de hombres, casi todos jóvenes, seguramente todos latinoamericanos, asaltan los contenedores de basura de un cementerio para llevarse las flores más o menos caducas que los empleados han dejado allí. La secuencia es dura y nos introduce –como sucedía en Los lunes al sol- en el argumento principal de la película.
Marcela –Magaly Solier, la actriz-fetiche de Claudia Llosa y protagonista de La teta asustada- es una joven inmigrante que atiende con su compañero un negocio de venta de flores; ilegal, por supuesto, pero al menos de origen menos macabro: compran rosas a granel a distribuidores extranjeros, las guardan en su nevera, las perfuman con aerosoles y las disponen en paquetitos para la venta ambulante. Como es natural, el negocio no da para mucho, así es que Marcela busca otro trabajo, y encuentra la posibilidad de cuidar a un anciano a tiempo completo.
Amador –estupendo Celso Bugallo, como siempre- está prácticamente postrado en la cama y su hija no puede atenderlo; sobre todo, porque le resulta más trascendente su propia familia y más urgente terminar la casa que se está haciendo lejos de la ciudad. Marcela no tiene ninguna cualificación para esa tarea, pero parece buena chica, calladita y bien dispuesta. Tampoco va a cobrar mucho ni a poner pegas a nada: la persona ideal. A Amador no le hace mucha gracia la decisión de su hija ni la persona que han dejado para su cuidado, pero haciendo de la necesidad virtud, poco a poco va admitiendo a la chica. También sabe que no le queda mucho recorrido, y la juventud, la aparente inocencia de Marcela y hasta su capacidad para escuchar y aprender le granjean su simpatía.
Algunas  de las sentencias y pensamientos del viejo dejan perpleja a la joven, y también estimulan su reflexión; y más aun cuando ambos se confiesan –o descubren- sus secretos. Pronto se establecerá entre los dos una cierta complicidad, con la sola intromisión de Puri, la puntual cita semanal de Amador, y, más tarde, cuando sobrevuela la tragedia, la del misterioso visitante que no se deja ver.
En esos momentos, Marcela se enfrenta ya al dilema moral más importante de su vida. Fernando León, siempre buen guionista, hace girar toda la narración sobre los débiles hombros de la chica. Que no lo son tanto como parece: ella se enfrenta a una doble, o más bien triple circunstancia, y en cada momento tomará una decisión, todas peligrosas. En ese tramo, la película oscila cada vez más, y cada vez más peligrosamente, entre la objetividad costumbrista –que su director niega en sus películas y en el cine en general, no sé por qué- y la irrealidad casi, casi onírica. Es cierto que hay algunas claves para interpretar lo que se muestra, pero no se harán explícitas hasta el final, cuando todo encaja con una seguridad y una crudeza apabullantes.
Fernando León trata además de aligerar el drama con algunos toques de humor, no sé si muy acertados. En todo caso, Amador es una película un poco titubeante en sus objetivos; sombría y amarga, pero, en conclusión, también esperanzadora: Marcela es una mujer sin patria, nacida para perdedora y, sin embargo, lucha por encontrar su dignidad y su lugar en el mundo, aunque sea a costa de transgredir unas normas que siente que no debe aceptar. Su valor –y el de tantas mujeres como ella- es el auténtico protagonista. (www.amadorlapelicula.es)

AMANECE EN EDIMBURGO   (22.06.14)
Dir. Dexter Fletcher
Pro.: Andrew Macdonald, Allon Reich, Kieran Parker   Gui.: Stephen Greenhorn
Int.: George MacKay, Kevin Guthrie, Peter Mullan
Aunque no sea una estrella mundial, Dexter Fletcher lleva toda su vida en el cine. Delante de la cámara, como actor en más de 80 títulos, desde Bugsy Malone, nieto de Al Capone –cuando tenía 10 años- hasta Los tres mosqueteros –la última, de Paul W. S. Anderson- y la reciente El tour de los Muppets. Y ha dirigido dos películas: Wild Bill (2011) y esta. Amanece en Edimburgo es un sorprendente musical, una inmersión en un género tan poco frecuentado últimamente. No ha faltado quien vea en esta ocurrencia una revitalización de la especie, además de saludarla con algo así como “el Mamma mía de la temporada”. La comparación está algo traída por los pelos: ambas películas están tan lejos como puedan estarlo las frías y húmedas calles de Edimburgo de las soleadas y cálidas playas de Grecia; y al optimismo a ultranza y la comicidad de aquel argumento se opone el sentimentalismo ácido y el opaco costumbrismo de este. Eso sí: música por música, las canciones del grupo escocés The Proclaimers sirven, como lo hicieron las de Abba, para que los intérpretes canten y bailen, se quieran y se peleen, y expresen sus sentimientos, penas y alegrías: eso es el musical.
Basada en una obra teatral de Stephen Greehorn –en la mejor tradición del musical británico y con un importante éxito a sus espaldas-, el guion del propio Greehorn retrata el paisaje y las gentes de barrio de Leith, en el Edimburgo de clase trabajadora. Davy y Ally son dos jóvenes que acaban de regresar de la guerra de Afganistán; Ally se reencuentra con su novia Liz, y Davy conoce a Yvonne, una guapa enfermera. Los padres de Davy -Rab y Jean-, por su parte, reciben con emoción el regreso de su hijo y preparan la fiesta de sus bodas de plata. Todo parece marchar bien. Claro que si las cosas no se torcieran no habría argumento; y los problemas empiezan cuando los protagonistas tienen que reencontrarse con la vida que habían dejado para ir a la guerra. Hay que buscar trabajo, y puede que lo que alcanzan no sea muy satisfactorio; hay que tratar de olvidar los horrores vividos, con algunas secuelas que se les hacen muy presentes. Y hay que pensar en el futuro: Ally quiere casarse con Liz, que está muy contenta de que haya vuelto, pero quizá no anhele tan pronto el matrimonio; Davy no puede olvidar que es escocés, y su relación con Yvonne, que es inglesa y piensa en volver a Londres, está a punto de naufragar.
Y a Rab y Jean, con veinticinco años de convivencia, no es el futuro lo que les agobia, sino precisamente el pasado: de improviso, el secreto mejor guardado de Rab les estalla entre las manos en mitad de la fiesta y amenaza con romper la felicidad de la pareja y a la pareja misma. Los seis personajes sufren parecido desencuentro, y buscan en amigos y colegas, y también entre sí, el apoyo y la comprensión. Sin dejar de cantar –una memorable Quinientas millas en la voz emocionada de Peter Mullan- y también bailar por las calles, los rincones, las casas y los bares de Edimburgo, un escenario que se despliega como un protagonista más de la película.
Un musical siempre comporta un riesgo extremo: hacer posible que el espectador acepte la inclusión de las canciones y las coreografías como parte de la acción, sin que la verosimilitud –ni el ritmo, precisamente- se resienta gravemente. Las mejores piezas del género lo consiguen –no hacen falta referentes- y esta, también. Dexter Fletcher ha asumido el reto y maneja con eficacia y energía los tiempos y el compás de la partitura; le ayuda, por supuesto, la calidad de sus actores, actrices y bailarines, que brillan por igual en unos estupendos temas que van desde la balada romántica y el dueto humorístico hasta el fantástico “flashmob” final a modo de apoteosis. Quizá Amanece en Edimburgo esté especialmente pensada para los amantes del musical. Pero me atrevo a creer que nadie, aficionado o no, sale defraudado o descontento de esta película sentimental y ligera, acertada e interesante. (www.filmax.com/peliculas/amanece-en-edimburgo.39)

AMELIA   (22.11.09)
Dir.: Mira Nair
Pro.: Lydia Dean Pilcher, Kevin Hyman, Ted Waitt   Gui.: Ronald Bass, Anna Hamilton Phelan
Int.: Hilary Swank, Richard Gere, Ewan McGregor  
Mira Nair, directora india de 52 años, ha realizado –aparte de las que no hemos visto aquí- algunas películas interesantes: Salaam Bombay, Mississippi Masala, Cuando salí de Cuba, La boda del monzón (León de Oro en Venecia), La feria de las vanidades, El buen nombre... casi todas ellas pobladas y protagonizadas por personajes femeninos relevantes. Por eso, seguramente, fue la elegida por los productores –entre los que se cuenta la propia Hilary Swank- para llevar a la pantalla este guión, basado en los libros de Susan Butler y Mary S. Lovell, que narra la apasionada –y corta- vida de la famosa aviadora Amelia Earhart.
A Hilary Swank –doble Oscar por Los chicos no lloran y Million dólar baby- también le apetecía el personaje, evidentemente. Así es que se pusieron manos a la obra para contar esta historia. Que arranca, con esta manía actual que ya es casi imprescindible, en el momento en que Amelia Earhart emprende el que será su último vuelo, un desafortunado intento de dar la vuelta al mundo sobre el ecuador pilotando su propio avión, un Lockheed Electra de la época; es decir, de 1937. Allí están los periodistas, los fotógrafos... y su marido. El avión, con Amelia a los mandos y el experto Frederic Noonan como navegante, despega rápidamente.
Y entonces la acción retrocede para mostrarnos los comienzos de la carrera de la joven aviadora. Que seguirá salpicada por momentos, secuencias del viaje alrededor del mundo, lo que no creo que beneficie en nada a la progresión del relato, sino que más bien lo ralentiza y confunde. Hay ratos en los que el primer plano de Hilary Swank con gorro y chupa de aviadora no se sabe bien si es de ahora o de antes; y su marido, o sea el de Amelia –que es Richard Gere en la película-, siempre está esperando que lo llame por teléfono.
Porque en los primeros años de la historia el aspecto de Amelia es tan andrógino que nos tememos que los esfuerzos de George Putnam, editor, luego representante y enseguida pretendiente de la aviadora resulten decididamente baldíos. Pero no, al final ella accede, con ciertas condiciones, y George se convierte en amante esposo y fiel acompañante... entre viaje y viaje.
Lo cierto –y la película lo cuenta, un poco a trompicones- es que Amelia Earhart fue consiguiendo importantes hitos en la aviación femenina; al principio acompañada por hombres en el avión, poco a poco más activa y liberada. Su mayor éxito en esta etapa inicial consistió en reproducir el viaje de Lindbergh a través del Atlántico; fue la primera mujer que lo consiguió y además en menos tiempo que el famoso aviador. Amelia inició así una carrera de éxitos internacionales que la convirtieron en un ídolo mundial y en una de las mujeres más influyentes de su país.
Rompió barreras sociales anticuadas, abrió brecha en un mundo exclusivamente masculino, facilitó el acceso a la aeronáutica a otras mujeres y además participó activamente en la política industrial americana, de la mano del joven piloto y prometedor político Gene Vidal. Hilary Swank e Ewan McGregor viven un apasionado y eléctrico romance en la pantalla, que posiblemente fuera también real; pero George Putnam siguió al lado de Amelia, ayudándola en sus retos y esperándola una y otra vez, y una vez más en su último viaje. La aviadora desapareció sobre el Pacífico el 2 de julio de 1937, cuando volaba hacia la isla Howland, con más de 22.000 millas recorridas y combustible para 20 horas de vuelo. Nunca llegó y nunca se encontraron sus restos.
La película narra demasiado fríamente, y muchos de los hitos de Amelia Earhart –sobre todo sus importantísimas conquistas sociales y feministas- quedan un tanto desdibujadas. Mira Nair persigue más a la mujer aventurera y se empeña en la autenticidad de la ambientación, pero el recurso de ir saltando en el tiempo para mostrar sucesivos retazos de su dramático final hace perder intensidad al personaje. Toda la historia, así, adolece de ese tono menor, que no le sienta bien a un relato que se espera épico y que resulta sólo interesante... como un buen documental. (www.amelialapelicula.es)

AMERICAN GANGSTER    (06.01.08)
Dir.: Ridley Scott
Pro.: Brian Grazer   Gui.: Steven Zaillian
Int.: Denzel Washington, Russell Crowe, Cuba Gooding Jr.  
Es difícil encontrar una ficha técnico-artística más repleta de Oscars: todos los arriba citados lo han ganado... menos el director. Y eso que Ridley Scott es el autor de un puñado de buenísimas películas –Los duelistas, Alien, Blade Runner-, y estuvo nominado por Thelma y Louise, Gladiator y Black Hawk derribado-; pero también es verdad que en los últimos tiempos no ha tenido demasiado acierto para elegir sus proyectos. Ahora puede resarcirse con esta historia, basada en hechos reales, que cuenta la vida del que fue rey de la droga en Nueva York durante los primeros años 70, Frank Lucas, y la del hombre que se decidió a acabar con ese reinado: el detective Richie Roberts. 
Frank Lucas –Denzel Washington-, heredó el negocio de su jefe y mentor, Bumpy Johnson y consiguió mantenerlo y ampliarlo hasta obtener prácticamente el monopolio de la heroína, que se hacía traer de Vietnam sin intermediarios, –aprovechando los transportes aéreos que iban y venían de la guerra, con la connivencia de los militares-, y que vendía pura y a bajo coste. Aliado con la mafia, que aceptó a regañadientes su poder, y con la complicidad de los corruptos policías neoyorkinos, vivió rodeado del mayor lujo pero con absoluta discreción, que él sabía imprescindible para sus manejos. 
Por su parte, Richie Roberts –Russell Crowe, el actor favorito de Scott- era un hombre modesto, escrupulosamente honrado y, por ello, mal visto por sus propios compañeros y superiores; pero fue capaz de descubrir la mano oculta que movía el trágico negocio de la droga, convencido –y convenciendo a sus colaboradores- de la responsabilidad de Lucas, un gangster negro –les parecía increíble- situado en lo más alto de la cúpula criminal y no como un mero intermediario o distribuidor cualificado. 
Ridley Scott aprovecha la calidad de sus actores, verdaderamente estupendos en sus roles respectivos. Ambos han entendido a la perfección sus personajes, que viven un itinerario paralelo. Los dos se desenvuelven en un medio que les es hostil: el gangster, porque tiene que imponerse al resto de los proveedores de la droga –si no hay más remedio, matando a alguno en mitad de la calle-, a las reticencias de las familias del hampa, a las presiones de los policías cómplices y aún a las veleidades de sus propios parientes, colocados todos en una serie de negocios aparentemente honrados pero que ocultan la verdadera red de distribución de la heroína. 
El agente Roberts tampoco lo tiene fácil. Topa con la incomprensión y el desprecio de sus mismos compañeros, con la soledad en más de un aspecto de su vida, y, desde luego, con la oscura y enredada trama de la organización criminal, a la que no acierta a poner cabeza ni a encontrar los resquicios por donde asaltarla. Policía y delincuente comparten, además, la posesión de una irreductible ética y un acentuado sentido del deber; naturalmente, de muy distinto significado en sus conductas: Roberts es absolutamente decente e incorruptible; Lucas es inexorablemente decidido, cruel y letal si lo encuentra necesario.
Ese enfrentamiento de ambas conductas, ambas trayectorias, los dos modos de vida y la voluntad incombustible que los preside, cada uno en un lado de la ley, es, más allá de la crónica de un hecho real, el verdadero motor, el aliento que preside esta historia. 
Porque esta vez, también hay que decirlo, Ridley Scott cuenta, además de sus dos magníficos actores, con la fuerza del magnífico guión de Steven Zaillian –La lista de Schindler, Bandas de Nueva York- para trazar con muy buen pulso y con momentos de máxima tensión ambas historias entrecruzadas, y para ir luego aproximando, cada vez con mayor intensidad, las trayectorias de los dos hombres, hasta hacerlos reunirse en un final que echa chispas: la secuencia que precede al epílogo –y no cuento más detalles- es una de esas que llevan la firma de un grandísimo director y que desprende –como toda la película- sabor de buen cine por los cuatro costados. (www.americangangster.es)

AMERICAN PASTORAL   (10.06.17)
Director: Ewan McGregor. Pro.: Tom Rosenberg, Gary Lucchesi, Andre Lamal. Gui.: John Romano. Intérpretes: Ewan McGregor, Jennifer Connelly, Dakota Fanning.
Hasta en ocho ocasiones los textos de Philip Roth –uno de los más grandes escritores norteamericanos vivos- han llegado a la pantalla, desde Goodbye, Columbus (1969) hasta las últimas Indignación y American pastoral, ambas de 2016. Novelas y relatos, adaptados a veces por guionistas de la talla de Ernest Lehman –Portnoy’s complaint, 1972- y realizados en otras ocasiones por directores reconocidos como Robert Benton –La mancha humana, 2003- o Isabel Coixet –Elegy, 2008-, han obtenido dispares resultados aunque siempre con el interés de la referencia a las obras originales.
American pastoral ha pasado por un largo período de incubación, desde que el proyecto se inició en 2003, con Phillip Noyce y Fisher Stevens alternándose como posible director, hasta que en 2015 Ewan McGregor asumió la responsabilidad una vez que ya estaba confirmado como protagonista junto a Jennifer Connelly –única que se mantenía desde el reparto inicial-, Dakota Fanning y David Strathairn. 
McGregor es Seymour “El Sueco” Levov, un hombre al que la vida le sonríe. Antiguo atleta universitario triunfador en múltiples disciplinas, está felizmente casado con Dawn, una reina de la belleza local, vive en Newark en una hermosa granja, dirige la importante fábrica de guantes legada por su padre, ahora retirado, y tiene una preciosa hija, Merry, que es el orgullo del matrimonio. Seymour se siente satisfecho de su existencia, de saberse el ejemplo de cómo un muchacho de familia judía de origen humilde ha conseguido situarse en la cúspide social gracias a su trabajo, a su honradez y al cumplimiento de unas leyes en las que cree. Y así entra, junto con su país, que aun se cree feliz, en los turbulentos años 60.
A comienzos de la década, el presidente Kennedy es asesinado y su sucesor, Lyndon B. Johnson, lleva a los Estados Unidos a la guerra de Vietnam. Empieza una corriente creciente de protestas sociales, por los derechos civiles y en contra de la guerra, y la población negra se rebela en lucha por la igualdad. En su casa, los Levov ven como su hija se ha convertido en una adolescente problemática, contestataria y radical, y a la vez su patria penetra en una espiral de violencia. Las manifestaciones populares y la represión consiguiente incendian las calles y provocan miedo e incertidumbre. Y en medio de esta confusión, con la fábrica asaltada por grupos incontrolados, y tras un  atentado con dinamita, Merry desaparece y la policía la busca por terrorista.
La familia Levov sufre una terrible crisis, paralela a la que vive América y, en buena medida, todo el mundo: hay golpes de estado y revoluciones, asesinatos, guerras, los estudiantes franceses se echan a la calle y otros muchos siguen su ejemplo… Y comienza en Estados Unidos el mandato de Richard Nixon, que terminaría abruptamente. Un final que Seymour teme también para los suyos; el rastro de su hija aparece y se disuelve con parecido dramatismo, por más que él dedique su vida entera a seguirlo; y Dawn siente que su realidad la traiciona, ya no es la reina de la belleza, ya no le interesa su granja y su cabeza le va a explotar en mil pedazos. El relato, aquí, sin perder del todo el trasfondo social y la búsqueda de Merry, se centra en la pareja y en su progresiva inestabilidad. Hasta que, en el penúltimo giro del guion, hay algunas respuestas. Que no por ciertas van a ser menos dolorosas, como el final de una pesadilla que lleva a un despertar tampoco feliz.
Estimable debut de Ewan McGregor tras la cámara, con un nada desdeñable manejo de personajes y situaciones. Quizá la película, en su conjunto, no llega a la fuerza y la airada ironía de la novela original, pero sí acierta a transmitir su contenido: el dramático descenso a los infiernos de un hombre, su familia y su país.

AMOR   (13.01.13)
Dir.: Michael Haneke
Pro.: Margaret Ménégoz, Stefan Arndt, Michael Katz   Gui.: Michael Haneke
Int.: Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert
Huelga presentar a Michael Haneke. Después de Caché, La pianista, Código desconocido, El tiempo del lobo, Funny games –las dos versiones-, La cinta blanca, El vídeo de Benny, –citadas sin ningún orden cronológico, qué más da-, la obra del director austríaco –nacido en Munich, en marzo hará 71 años- es sobradamente conocida y valorada. A todos los reconocimientos y premios conseguidos, hay que añadir los de su última obra: Amor ha ganado la Palma de Oro en Cannes y los premios del cine europeo para la película, el director y sus protagonistas; más cuatro nominaciones a los Oscar –incluidas película y director-, cuatro a los Bafta británicos y casi todas las posibles como película de lengua no inglesa.
El argumento es sencillo, y los protagonistas, prácticamente solo dos: un matrimonio de ancianos.
Georges y Anne han sido profesores de música y ahora, ya octogenarios, gozan de una existencia apacible y disfrutan de los buenos conciertos y de los éxitos de sus antiguos alumnos. Tienen una vida acomodada, ocupan un buen piso y parece que no les falta de nada. Incluso están acostumbrados al desapego de su hija, que viaja constantemente acompañando a su marido, también músico. En realidad, no necesitan su atención ni sus cuidados; están acostumbrados y se bastan el uno al otro. Hasta que Anne sufre un ataque que la deja semiparalizada y en un estado de progresivo deterioro. Georges, entonces, se dedica por completo a su mujer, tratando de organizar la vida de ambos de la mejor manera que sabe y puede. Al desconcierto inicial le sigue la voluntad de imponerse a las dificultades, crecientes cada día; y luego llega el dolor, la rabia y la impotencia.
Los veteranos Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva –con la presencia fugaz de la siempre magnífica Isabelle Huppert- ofrecen un maravilloso recital bajo la exacta batuta de su director. Haneke mueve a sus intérpretes y se desplaza él mismo por el único escenario con una sencillez y un rigor extraordinario. Mantiene el punto de vista lo suficientemente cercano para que podamos entrever el alma de sus personajes, pero con la necesaria perspectiva para que no nos aturda la posibilidad –tantas veces falseada por otros directores- de una sensiblería desbocada.
No hay ninguna intención de jugar con los sentimientos del espectador, ni de manipularlo en sentido alguno. No hay tampoco suspense y, desde luego, si hay interrogantes, no hay respuestas. Del mismo modo que Haneke nos enseña la vivienda de los ancianos y cada uno de los rincones que Anne y Georges habitan, con una exactitud milimétrica que nos permite conocer el piso como si viviéramos en él, con la misma certidumbre nos muestra el ocaso de las vidas que en él discurren. No hay ningún error, nada distorsiona la mirada de una cámara que es, a la vez, nuestros ojos y nuestra conciencia.
Muchas veces, Michael Haneke se ha complacido en retratar la maldad, la crueldad del ser humano, el odio insalvable, la indiferencia culpable, la mutilación afectiva y hasta física. Él ha manifestado que Amor es su obra más tierna, y no le falta razón, comparada con sus títulos anteriores; por eso la ha titulado así, porque el sentimiento que une a sus protagonistas, esta vez, es hermoso, solidario y definitivo. Pero también es una de sus propuestas más inteligentes y, en otro sentido, más dura; su cine sigue sin tener nada de complaciente:
Amor es una película íntima e intimista, difícil de contemplar, casi dolorosa; pero también, como he dicho, rigurosa y certera, bellísima, contenida en la emoción y arrebatadoramente sincera. Haneke desgarra las apariencias domésticas, muestra sin tapujos el camino que lleva del amor a la muerte, y lo hace con una lucidez  extraordinaria, con la sabiduría de un maestro, con una lección de cine en cada plano, en cada secuencia, en cada instante. Amor es una excepcional obra maestra. (http://www.golem.es/distribucion/pelicula.php?id=277)

AMOR Y OTRAS DROGAS   (16.01.11)
Dir.: Edward Zwick
Pro.: Charles Randolph, Edward Zuick, Marshall Herskovitz   Gui.: Charles Randolph, Edward Zuick, Marshall Herskovitz
Int.: Jake Gyllenhaal, Anne Hathaway, Hank Azaria  
Edward Zwick –director, productor, guionista…- ha mezclado muy bien el drama romántico con el cine de acción –recordemos Tiempos de gloria, Leyendas de pasión, En honor a la verdad, El último samurái, Diamantes de sangre o Shakespeare in love, con la que ganó el Oscar como productor-, pero ahora ha decidido contar una historia urbana y contemporánea que se encuadra en la vieja fórmula de la comedia dramática basada en la personalidad y el encuentro de la pareja protagonista. Fórmula de toda la vida, pero puesta al día, naturalmente, para la ocasión.
Jamie es un joven vendedor, con muy buena presencia y mucha labia para el negocio… y para las chicas. Con lo primero triunfa pero con lo segundo… también. Demasiado, diría yo, lo que le acarrea algún problema serio; por lo que se ve obligado a aceptar, por consejo de su desastroso hermano –que es desastroso pero se considera un triunfador-, un empleo de visitador médico. Es un sector de durísima competencia, en el que hay que desplegar todas las artes de profesionalidad, convicción en el producto y capacidad de persuasión: léase soborno al facultativo y seducción de administrativas y enfermeras. A Jamie se le da mejor un aspecto que otro, pero va tirando. Su caballo de batalla son los antidepresivos, un artículo de digestión masiva en una sociedad como la americana –del norte, of course-, en la que hay más psiquiatras que taberneros. La pelea entre los laboratorios es dura, hasta que de pronto aparece un nuevo fármaco, que no tiene nada que ver pero que va a levantar el ánimo de la población: una pildorilla azul, de fácil consumo y resultados garantizados, por la que los hombres –y también algunas mujeres- pierden la cabeza. Viagra, creo que se llama…
En principio, esto tiene poco que ver con Maggie. Pero resulta que coincide en la consulta del médico con Jamie; por razones distintas: él está –más o menos- trabajando; ella acude a buscar su medicina. Padece la enfermedad de Parkinson, aunque aún en un grado inicial. Maggie podría ser artista, o lo que quisiera: es una chica muy atractiva, inteligente, libre y creativa; pero sabe que su enfermedad va a limitar gravemente su vida, y su principal interés es vivirla intensamente mientras pueda.
Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway son la pareja protagonista, y por ahí anda también un rosario de estupendos secundarios como Hank Azaria, Oliver Platt, Josh Gad y Katheryn Winnick –la novia de Seeley Booth en Bones-, además de George Segal y Jill Clayburgh. Los cito porque Amor y otras drogas es, sobre todo, una película de actores. Edward Zwick ha descargado el peso del guión en sus intérpretes, y ha acertado: el texto es dinámico, divertido, profundo y dramático cuando lo requiere y se reparte equilibradamente para su lucimiento. 
El conductor es Jamie, esta especie de donjuán alocado y bastante egoísta; pero pronto aparecerá Maggie para ponerle el mundo al revés, hacerle madurar y enseñarle el amor. Claro que es sin querer, porque Maggie y Jamie, cada uno por su lado, tienen un proyecto de vida en el que no cabe el otro. Ella, sobre todo, lo tiene muy claro; y su actitud y su decisión van a tomar las riendas de la historia, que cambia de eje y de sensibilidad: más dramática ahora, aunque sin olvidar del todo algún elemento de comicidad desinhibida y bastante crítica.
Puede que este zigzag de la risa a la  casi tristeza hubiera desconcertado al espectador sin la presencia de esta pareja; pero Hathaway y Gyllenhaal –que ya coincidieron en Brokeback Mountain- están estupendos: él es un magnífico actor, uno de los mejores y más completos de su generación, y ella ha dejado definitivamente atrás sus papeles más ñoños y facilillos para demostrar una espléndida madurez –a sus 28 años- y una categoría artística y una fotogenia admirables. Ambos son aspirantes a los Globos de Oro -en el momento de redactar esta crítica-y, con toda seguridad, a los Oscar. Son jóvenes todavía, pero ya les toca. (www.LoveAndOtherDrugsTheMovie.com)

ANIMALES NOCTURNOS   (03.12.16)
Director: Tom Ford. Intérpretes: Amy Adams, Jake Gyllenhaal, Michael Shannon.
Tom Ford, el director de Un hombre soltero, vuelve con otra historia psicológica que se desarrolla en la mente de su protagonista. Susan es una mujer que ha superado –y cree que olvidado- su primer matrimonio y vive con otro hombre. Un día, su exmarido le manda una novela que ha escrito, con la petición de que la lea y le dé su opinión. Y el relato, una historia violenta y amarga, la atrapa de tal manera que le hace revivir su vida con él… pero de manera muy diferente.
Susan es Amy Adams, una actriz en plena forma capaz de crear a la perfección este difícil personaje: la mujer atormentada que intenta escapar de su pasado, solo para inventarse una existencia distinta y seguramente imposible. Ella –muy bien arropada por sus acompañantes masculinos: espléndido Michael Shannon y formidable Jake Gyllenhaal, un actor superlativo, el mejor de su generación- es la espina dorsal de esta película a tres bandas: una doble aventura emocional, bastante desoladora, y un thriller negro y furioso, la parte de la novela que lee Susan, lo más logrado de la película. Argumento y personajes que forman un triángulo con algo más de tres lados, una historia oscura protagonizada por una persona que se debate entre el miedo, la mentira, la más sutil venganza y los deseos escondidos en implacables e insomnes pesadillas.

ANTES DEL ANOCHECER   (30.06.13)
Dir.: Richard Linklater
Pro.: Richard Linklater, Sara Woodhatch, Christos Konstantakopoulos
Gui.: Richard Linklater, Julie Delpy, Etan Hawke
Int.: Julie Delpy, Etan Hawke, Walter Lassally
Richard Linklater ha dirigido ya una veintena de películas de muy diferentes tipos; entre ellas están Movida del 76, Suburbia, Escuela de rock, Fast food nation y Bernie. Pero también Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer, la trilogía compuesta con Ethan Hawke y Julie Delpy. Director e intérpretes han protagonizado uno de los experimentos más interesantes de la historia del cine: a lo largo de las tres obras y de casi dos décadas, los personajes han ido evolucionando a la vez que los artistas, y los hemos ido reencontrando y reconociendo en cada ocasión.
Jesse y Celine eran unos jóvenes de apenas veinte años cuando se conocieron en 1995, en aquel trayecto de tren nocturno que los unió durante unas horas en Viena antes de separarlos. Para siempre, a no ser porque la casualidad volvió a unirlos en París, en 2004: ahora él es escritor, está casado y tiene un hijo; ella es responsable de proyectos humanitarios y ecologistas. Al caer la tarde, se separan de nuevo. Y volvemos a encontrarlos en 2013, pasando unas vacaciones en Grecia, al borde del mar Egeo. Se han casado y tienen dos niñas; acaban de despedir en el aeropuerto al hijo mayor de Ethan, que regresa a América.
Naturalmente, Celine y Jesse han madurado. Él prepara su siguiente libro, ella duda entre dos trabajos; a Jesse le apena la distancia que lo separa de su hijo y Celine no quiere ni oír hablar de irse a vivir a Estados Unidos. Hablar, precisamente, es lo que hacen: en el coche al volver del aeropuerto; en casa de los amigos que los acogen; por las calles del pueblo; en la noche de hotel que les han regalado sus anfitriones, para que se relajen y descansen libres de preocupaciones y sobresaltos infantiles.
La película se estructura en cuatro partes claramente diferenciadas. La primera y la tercera contienen largos planos-secuencia habitados únicamente por los dos protagonistas. El inicial, el trayecto en el coche, es un radical y modélico plano único, rodado de un tirón, en el que ambos personajes se definen y nos muestran al milímetro el momento en el que se hallan. Después, en la casa, entre los huertos y el mar, en la comida y en la sobremesa a la sombra de la historia, se habla de literatura, de arte, de sentimientos, de vida y de amor. El viejo escritor y su amiga; el matrimonio maduro y la pareja joven y dichosa comparten con Celine y Jesse opiniones y pensamientos.
Luego, estos atraviesan el pueblo, las callejas que relucen bajo el sol envolviéndolos en un escenario casi mágico: un segundo plano, un decorado lleno de vida para hablar precisamente de eso, de la vida. Los momentos pasados, esos encuentros fugaces y el largo intervalo entre cada uno; los amores olvidados, los afectos eternos, el paso del tiempo arrumbando personas y recuerdos… La cámara de Linklater se mueve en completa sintonía con los personajes, apenas los abandona unos segundos para retratar un detalle, una sombra, hasta un sonido. Y llegan al hotel.
Por capricho de los distribuidores, o para que quede en consonante, el título de la película se ha cambiado; el original es Antes de la medianoche. Y en efecto, hasta la medianoche seguimos acompañando a Jesse y Celine, nuevamente en soledad, por fin enfrentados a sí mismos y a su verdad, sin máscaras, sin coartadas y sin excusas ni privilegios. Esas horas son decisivas. Las miradas, los silencios, los gritos, las palabras –un guion que parece inexistente, de tan sincero y espontáneo- recorren los secretos y las evidencias del matrimonio, los recodos de la convivencia, la dubitativa pervivencia del amor.
Linklater, Delpy y Hawke han compuesto otra vez –y en su conjunto- una historia que repasa y disecciona la naturaleza humana. Profunda, divertida, tremenda y verdadera, la crónica de estos personajes no puede dejarnos indiferentes, porque es como un espejo en el que nos miramos y nos recordamos, nos reconocemos y hasta descubrimos nuestro futuro. (http://www.acontracorrientefilms.com/pelicula/205/antes-del-anochecer/)

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO    (25.05.08)  
Dir.: Sidney Lumet 
Pro.: Michael Cerenzie, Brian Linse, Paul Parmar   Gui.: Kelly Masterson
Int.: Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke, Marisa Tomei  
Nueva obra maestra de Sidney Lumet, el director de Doce hombres sin piedad, Esa clase de mujer, Piel de serpiente, Llamada para el muerto, Perversión en las aulas, Serpico, Asesinato en el Orient Express, Tarde de perros, Network, Veredicto final, El abogado del diablo, La noche cae sobre Manhattan, Gloria, Declaradme culpable... En total, más de 40 películas, sin contar la televisión, en la que, como tantos otros importantes de Hollywood, inició su carrera. Lumet es otro de los grandes veteranos -¡tiene 83 años!- que no pierde su energía ni su capacidad de constante renovación ni, por supuesto, su acierto para seleccionar argumentos del mayor interés. Y hasta de alto riesgo, como el presente.
Andy –Philip Seymour Hoffman- y Hank –Ethan Hawke- son dos hermanos en serias dificultades; Andy, el mayor, apresado en una carísima adicción y con graves problemas económicos, concibe un plan desesperado y, según él, infalible, y convence a su hermano pequeño –tan agobiado como él por la falta de dinero- para que lo lleve a cabo. Parece fácil y bien pensado: atracar una modesta joyería; nada más abrir, cuando la anciana empleada esté más desprevenida. Los dueños cobrarán el seguro y ellos se repartirán el  botín. Pero Andy no sabe que Hank, bastante menos decidido que él, contratará a un delincuente callejero para que dé el golpe en su lugar; y además el destino intervendrá de forma absolutamente dramática.
La trama se inicia, precisamente, con una secuencia magistral. Es por la mañana, temprano... Una esquina cualquiera de la ciudad. El centro comercial está en calma, casi en silencio. Un coche cruza la escena y se detiene junto a una furgoneta... Todavía no sabemos lo que va a ocurrir y, sin embargo el aire pesa con la sombra de la tragedia. Y muy pronto, todo se precipita. En cuestión de segundos la acción estalla y el presentimiento se hace realidad llenando la pantalla de violencia. Acaba el prólogo dejando al espectador con el corazón en la boca.
A partir de aquí, Lumet plantea un inteligentísimo juego de encaje. La película avanza rompiendo el orden temporal, mostrando, con la secuencia inicial como eje, los acontecimientos que la preceden y la siguen. La acción se somete al punto de vista de cada uno de los personajes y compone una serie de piezas que se ensamblan en el argumento con la precisión de un deslumbrante puzle. Sucesivamente, la atmósfera se va haciendo más y más irrespirable, según crece la bola de nieve creada en principio por los dos hermanos casi como un divertimento, algo que no debería haber tenido consecuencias graves y que, por el contrario, se complica por momentos, cada vez con mayor trascendencia.
Los dos –espléndidas interpretaciones de un Philip Seymour Hoffman en estado de gracia y un también magnífico Ethan Hawke- ven crecer sus dificultades: los problemas de Andy son cada vez más tremendos y  Hank se hunde por el peso de su ruina. Y junto a ellos, el anciano padre, que se desespera, y la mujer de Andy, que traspasa finalmente el límite de su propia conciencia –el gran Albert Finney y una muy recuperada Marisa Tomei-. Como siempre en las películas de Lumet, el reparto constituye una baza esencial, y ésta no es una excepción.
Sabiduría del director para escoger a sus intérpretes y para componer y resolver este argumento en una película cerrada, equilibrada, en la que no sobra ni falta nada, y tan intensa como una tragedia griega. El diálogo entre personajes y espectadores es contundente: éstos descifran la apuesta vital y el código moral de aquéllos, y los protagonistas aportan las sucesivas entregas, que van aumentando la tensión y el interés dramático, hasta desembocar en un final durísimo que remata esta obra tan violenta como inteligente. Han pasado muchos años desde Veredicto y Tarde de perros; muchos -35- desde Serpico; pero Lumet sigue siendo el mismo: inconformista, iconoclasta, atrevido, interminablemente joven.

APPALOOSA    (23.11.08)  
Dir.: Ed Harris
Pro.: Robert Knott, Ed Harris   Gui.: R.K., Ed Harris
Int.: Ed Harris, Viggo Mortensen, Renée Zellweger, Ariadna Gil  
Ed Harris ya era un actor muy bien considerado -50 películas- cuando debutó como director en el 2000 con la muy interesante Pollock. Y ocho años después produce, escribe, dirige y protagoniza este western, una historia fronteriza y melancólica como los mejores clásicos del género. Nuevo Mexico, 1882. El “marshal” Virgil Cole –Harris- y su ayudante y amigo Everett Hitch –Mortensen- llegan a Appaloosa, llamados por las autoridades del lugar para imponer el orden y la ley frente a los desmanes del poderoso ranchero Randall Bragg –un potentísimo Jeremy Irons-, que precisamente acaba de asesinar al anterior sheriff del pueblo.
Cole y Hitch son una pareja temible: son hombres fríos, aparentemente tranquilos, con toda certeza implacables, conscientes de los peligros a los que se enfrentan –llevan años haciéndolo- pero también de su capacidad profesional: son los más expertos, los más decididos y los más rápidos. Estamos convencidos nada más verlos, aunque su pasado permanece en la oscuridad; sólo es evidente su inquebrantable amistad. (A mí se me ocurre que podrían ser -¿por qué no?- aquellos “Dos hombres buenos” que el gran José Mallorquí inmortalizó en la radio española de los años 50 y primeros 60). Dos pistoleros, del lado de la ley, pero con pies tan cerca de su delgada frontera que no les cuesta nada pasar al otro lado.
Se cuelgan las estrellas de sheriff y se ponen a la tarea. Pero a las dificultades de la empresa –empiezan los enfrentamientos con el ranchero Bragg y sus hombres- se une, en seguida, la aparición perturbadora de Allison French –Renée Zellweger-, una atractiva viudita de dudosa profesión y dedos inquietos: toca el piano, pero no son sus teclas las únicas que recorre.
A Virgil Cole le gusta mucho Allison, sobre todo porque ella le hace mucho caso. Ella le hace mucho caso a cualquier cosa que lleve pantalones y pistola, y hasta tienta al bueno de Hitch, seguramente seducida –es disculpable- por su impresionante armamento y por los mostachos que luce, que le dan un aire parecido a un Alatriste con escopeta. Menos mal que Hitch es leal y Cole comprensivo, y su amistad está por encima de todo.
Y luego, que no están para tonterías. La acción se precipita, los representantes de la ley tratan de llevar a Bragg ante la justicia, y poco a poco van apareciendo todos los componentes del western clásico: la llegada de pistoleros profesionales, unos indios escapados de la reserva, un juez que tarda y un testigo que duda. También hay un asalto al tren, un duelo en el corral y alguna pelea en el bar; todo como mandan los cánones. Siempre con los códigos visuales y estéticos propios del género: nada de primerísimos planos introspectivos, escenarios oscuros y dudas existenciales –como en alguna reedición moderna-, sino grandes espacios bajo el sol, cabalgadas en plano general, fotografía brillante y realista y aire para ver cómo se acercan los enemigos, desenfundan y disparan.
Y por supuesto, con esa localización en un espacio y un tiempo declaradamente crepuscular: el oeste americano cercano a Méjico, los protagonistas con un pie a cada lado de la raya, el último empujón del crecimiento de un país y una sociedad en la que Cole y Hitch no van a tener cabida; es muy posible que éste, en más de un sentido, sea su último trabajo. Appaloosa crecerá o desaparecerá, transformada o engullida por la civilización que llega. Y que trae, entre otros rasgos, la arribada de gentes como ese ranchero, antes perseguido delincuente y después respetado ciudadano –el elemento más moderno del argumento- gracias al poder de las influencias y la corrupción.
El western: lo eterno, pero aquí muy bien contado y con mucha coherencia. Con el peso de la historia y la fuerza de la tragedia griega: hombres enfrentados, drama y duelo: el que vence al final, ya lo decíamos, es el más fuerte, el más valiente, el más rápido con las pistolas. El Oeste –y sus películas- son así. (www.welcometoappaloosa.warnerbros.com)

ARGO   (28.10.12)
Dir.: Ben Affleck
Pro.: Grant Heslov, Ben Affleck, George Clooney   Gui.: Chris Terrio
Int.: Ben Affleck, John Goodman, Alan Arkin
Ben Affleck era casi un desconocido cuando en 1997 consiguió que Gus Van Sant pusiera en imágenes su guion –escrito a medias con Matt Damon- de El indomable Will Hunting. Los actores y escritores debutantes ganaron el Oscar y la película los lanzó a la fama. Luego sus caminos se separaron y Affleck continuó con su carrera de intérprete, que comprende ya más de cincuenta títulos; la mayoría, es verdad, bastante irrelevantes, entre la comedia romántica, el thriller rutinario, el fantástico o la aventura histórica. Seguramente eso no le bastaba, porque en 2007 debutó en la dirección con otro guion propio: Adiós pequeña, adiós, que protagonizó su hermano Casey. Obtuvo un reconocimiento unánime y, ya animado, volvió a escribir, dirigir e interpretar: The town. Ciudad de ladrones (2010), otra estupenda película. Y ahora protagoniza y produce –junto con Grant Heslov y George Clooney, que ya es sabido que no da puntada sin hilo- esta Argo, una historia verídica que parece mentira y que fue secreta hasta que Bill Clinton la dejó salir a la luz.
A finales de 1979, el Irán de Jomeini y sus fundamentalistas ayatolás estalló de rabia contra los Estados Unidos, que habían dado cobijo al Sha Reza Pahlevi, recientemente derrocado. Una multitud, cientos de hombres enardecidos se fueron concentrando en torno a la embajada americana en Teherán y al final la asaltaron ante la pasividad de la policía y el ejército iraníes, y tomaron como rehenes a los diplomáticos y trabajadores de la legación. Pero no a todos: seis personas habían conseguido huir instantes antes de la invasión; se refugiaron en el apartamento de uno de ellos y al otro día, sin que los asaltantes se percataran aún, encontraron asilo en la embajada de Canadá.
Mientras el conflicto diplomático crecía hasta las proporciones de una enorme crisis, las autoridades americanas trataron de sacar del país a los seis refugiados, antes de que los iraníes se dieran cuenta, los localizaran y se pudiera extender el problema a Canadá: nadie dudaba de que su embajada podría ser también atacada, con consecuencias imprevisibles. Y empezaron a fraguarse fórmulas de escape, todas ellas desechadas sucesivamente por la evidencia de sus escasas posibilidades. Hasta que el agente de la CIA Tony Mendez, especialista en estas situaciones, urdió un plan, en apariencia el más descabellado de todos.
Con la ayuda del director de maquillaje John Chambers y del productor Lester Siegel –personajes auténticos-, la maquinaria de Hollywood se puso en marcha, con todos sus instrumentos, para el rodaje de Argo, una película de acción, con elementos exóticos e interplanetarios, al gusto de la época. Mendez llegó a Teherán como parte de un equipo de localización de exteriores, y él y el equipo –los seis refugiados- deberían salir, una vez cumplida la tarea, rumbo a Suiza.
Todo esto podemos conocerlo de antemano a poco que ahondemos en la historia. Lo que no sabemos es cómo Ben Affleck va a hacer concluir su relato, si la película buscará un final más épico, más dramático, ceñido a la realidad o libremente imaginado. Para eso hay que verla, pero también hay que dejarse envolver por lo que va pasando a lo largo del metraje. Desde que los seis huidos de la embajada se refugian en la de Canadá, el guion recorre todo el proceso de elaboración de la “operación Argo”, con breves pinceladas de lo que ocurre paralelamente en Irán. Las dificultades se van salvando pero la intriga permanece, hasta que Mendez aterriza en Teherán. Y ahí comienza el auténtico clímax de la película, manejado con toda solvencia por Affleck, que no roba ningún plano como actor para dejar que la propia tensión interna del relato gane la pantalla. Cuando los americanos ponen el pie fuera de su refugio, camino de la salvación o el desastre, las imágenes dejan de ser solo descriptivas para adentrarse en la emoción de los protagonistas. Emoción que, como en todo buen cine, se contagia al espectador. (http://wwws.warnerbros.es/argo/?gclid=CN_BqoXfoLMCFaTMtAod1CQARw)

A ROMA CON AMOR   (23.09.12)
Dir.: Woody Allen
Pro.: Letty Aronson, Giampaolo Letta   Gui.: Woody Allen
Int.: Roberto Benigni, Jesse Eisenberg, Penélope Cruz, Woody Allen
Woody Allen es ese señor de casi 77 años, que ha dirigido hasta la fecha 45 películas; casi sin excepción una por año desde 1966; ha escrito prácticamente la totalidad de sus guiones –y veintitantos más para otros- y ha interpretado un buen número de ellas; todos estos datos son sobradamente conocidos, y sus títulos, también; huelga repetirlos ahora. Sí merece la pena destacar un dato: Allen ha vuelto a tener un papel en una obra suya, algo que no se producía desde Scoop (2006). El personaje se sigue pareciendo al arquetipo que ha creado a lo largo de los años, aunque ahora no es un ilusionista de tercera sino un veterano –jubilado, más bien- director de ópera. Viaja a Europa con su mujer para encontrarse en Roma con la hija de ambos y el novio de ésta, un joven italiano al que no conocen.
De aquí parte una de las historias que conforman la película. Porque Allen ha tomado del Decamerón la estructura de relatos entrecruzados, y también el tono satírico y a veces mágico de  sus páginas, y mezcla cuatro cuentos que presenciamos sin pestañear: el que él protagoniza, el de un ciudadano romano anónimo que de repente se convierte en estrella de la televisión, la historia de un arquitecto americano que recuerda su pasado mientras acompaña misteriosamente a una joven pareja, y la de unos novios provincianos que viven por accidente emocionantes aventuras sexuales.
Antonio y Milly vienen a conocer a la familia capitalina, un poco cortados y bastante asustados por estar en la gran ciudad. Tan cortados y asustados, que se pierden. Milly se pone en peligro de caer en las garras de un resabiado actor madurito, ligón profesional aprovechado de su declinante fama. Y Antonio recibe la visita inesperada de una profesional empeñada en que lo pase bien. Al mismo tiempo, John, un reputado arquitecto americano recorre las mismas calles que visitó en su juventud y traba amistad con una parejita que espera la visita de una amiga de ella, la terriblemente seductora Mónica. Por su parte, Leopoldo, el hombre más normal y corriente de Roma, sufre una inesperada y agotadora atención de la televisión, que lo lleva a la fama enloquecedora… y efímera.
Seguramente, a Woody Allen no le fascina tanto Roma como París. Lo que en la capital francesa era artística evocación poética, en la italiana se convierte en caricatura; amable y condescendiente pero distanciada y un tanto abrumadora. La película tiene más de recorrido superficial que de acercamiento profundo, y Roma es un espléndido y divertido decorado, pero no un protagonista como París. Tampoco importa mucho, en realidad, porque donde Allen ha puesto el interés mayor es en el trazo de los personajes; ahí sí que hay más de un hallazgo.
No tanto en el suyo, que ya conocemos sobradamente –siempre sentimos la tentación de creer que tiene mucho de autorretrato- como en el resto: su propio consuegro, un formidable empresario que canta divinamente… pero tan sólo en determinadas circunstancias; la prostituta empeñada en desempeñar el papel de virginal esposa; el pobre hombre que sucumbe al acoso mediático sólo para comprobar que todos los sueños –hasta las pesadillas- se acaban un día; el extraño que se cuela por arte de magia en el epicentro de un triángulo amoroso…
Americanos y romanos –sobre todo estos-, que caminan por la Ciudad Eterna protagonizando escenas alocadas, tiernas y hasta surrealistas bajo la mirada de su creador, seguramente temeroso de que temperamento tan… latino acabe escapándosele de las manos. Por eso conduce los relatos con tiento, graduando muy bien los momentos y el ir y venir de sus criaturas; en eso y en su sentido del humor, su ironía y su escritura llena de enredos inteligentes y provocativos, se demuestra también su talento.
En resumen: otra joyita del maestro neoyorquino, el más europeo de los directores americanos. (
www.virgilio.it/toromewithlove)

¡ATRACO!   (21.10.12)
Dir.: Eduard Cortés
Pro.: Pedro Costa, Gerardo Herrero, Luis A. Scalella   Gui.: Eduard Cortés, Piti Español, Marcelo Figueras
Int.: Guillermo Francella, Óscar Jaenada, Amaia Salamanca
Eduard Cortés es un director español más que apreciable. Su obra comprende bastante televisión y, en cine, cinco películas: La vida de nadie (2002), Otros días vendrán (2005), Ingrid (2009), la reciente The Pelayos –de este mismo año-, y esta última, un tremendo éxito en Argentina desde que se estrenó.
El atraco del título sucede en Madrid, a finales de 1955. Dos hombres uniformados –luego sabemos que visten de bomberos- asaltan una importante joyería en pleno centro y huyen con su botín tras producirse un violento tiroteo. Y de inmediato saltamos atrás, para explicarnos el origen del acontecimiento: el expresidente argentino Juan Domingo Perón está exiliado en Panamá; vive con cierto lujo, sus seguidores lo adoran y se dejan la piel por satisfacer sus necesidades y caprichos, incluidos los de alcoba. Pero la situación no es muy estable y por eso piensan trasladarlo a España y fijar su residencia en la capital.
Lamentablemente, los gastos de traslado y estancia son cuantiosos: viaje con todo su séquito, alquiler del inmueble adecuado y posterior manutención; más el soborno de algún funcionario, el “aceite” imprescindible para que la máquina funcione. Por todo ello, el entorno del ilustre huésped –no sin la lacrimógena oposición de algún admirador irredento- decide empeñar las valiosísimas joyas de la difunta Eva Perón, sin que el viudo se entere y por el tiempo que se necesite.
El autor de la idea, uno de los más importantes ayudantes del expresidente, se traslada a Madrid, deposita el tesoro en manos de un joyero de confianza y regresa a Panamá con un buen fajo de billetes que van a permitir realizar la operación.
Por desgracia, Carmen Polo ve las alhajas en una de sus habituales “visitas” a las joyerías madrileñas, y se encapricha de ellas. El asustado comerciante avisa a sus amigos argentinos del inminente peligro: la mujer de Franco no solo no paga nunca sus compras, sino que además no hay nadie capaz de oponerse a sus deseos; las prendas en cuestión van a volar en pocos días. Entonces, los desesperados peronistas planean fingir un atraco en el establecimiento y, de acuerdo con el dueño, recuperar y esconder las joyas; un par de agentes –el antiguo jefe de seguridad presidencial y un alocado joven aspirante a actor- son los encargados de realizarlo.
Esos son los intensos momentos que hemos presenciado al comienzo de la película, y ahora comprendemos por qué las cosas no han salido todo lo bien que estaban pensadas. La primera consecuencia ya la hemos visto al principio, y la segunda es que, como es natural, la policía se pone tras la pista de los ladrones. Que, como no son profesionales, puede que hayan dejado más de un cabo suelto.
La trama también evoluciona a partir de aquí, abandonando los toques de humor –a veces tirando a negro- que la aderezaban y dirigiéndose con decisión hacia el thriller dramático. Eduard Cortés maneja los hilos con habilidad, mejor que en la precedente The Pelayos; cuenta también aquí con un reparto más equilibrado: con los españoles Óscar Jaenada y Amaia Salamanca, que cumplen suficientemente, están los argentinos Daniel Fanego, Nicolás Cabré y Guillermo Francella, el inolvidable “Sandoval” de El secreto de sus ojos.
Con su ayuda y sobre una idea de Pedro Costa –especialista en sucesos reales desde siempre- que da pie a un guion que ahonda en los protagonistas y se entretiene lo justo en los secundarios, Cortés ha realizado una interesante intriga policiaca y política, retratando una época histórica –mediados de los 50 en España-, que reúne a Franco con Perón –aunque nunca veamos a aquél y éste aparezca veladamente- y unos personajes enredados en unos sucesos que parecen ficticios pero que muy bien pudieron ocurrir en realidad. (www.atraco-lapelicula.com)

ATRAPADA EN LA OSCURIDAD   (08.09.13)
Dir.: Joseph Ruben
Pro.: Michael Baker, David Loughery, Robert Menzies   Gui.: David Loughery
Int.: Michelle Monaghan, Michael Keaton, Barry Sloane
Joseph Ruben es un director americano al que parecen gustarle los argumentos con mujeres en apuros; suyas son Misteriosa obsesión, Regreso al paraíso y Durmiendo con su enemigo; aunque también Solo ante la ley, El buen hijo y Asalto al tren del dinero, más cerca del thriller con suspense. Y esta de ahora tiene de ambas cosas, además de una evidente –y no confesada- cercanía a Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967), que protagonizó Audrey Hepburn.
Aquí es Michelle Monaghan –la hemos visto en Misión imposible: Protocolo fantasma– la que carga con la responsabilidad. Ella es Sara, una joven y atrevida reportera gráfica; tan atrevida, que la vemos en la guerra de Afganistán, trabajando y jugándose la vida en primera línea del frente. Y tanto es así, que un día cae en una emboscada de un comando suicida y resulta gravemente herida; como consecuencia, pierde la visión. Sin posibilidad de trabajar, intenta recuperar las ganas de vivir,
refugiada en su moderno ático neoyorkino y en la compañía de su novio, Ryan, que parece quererla mucho.
Se acerca la nochevieja y Sara prepara con ilusión la cena familiar con su embarazadísima hermana, su cuñado y, naturalmente, su novio. Sale a hacer las últimas compras por el barrio… y cuando regresa a su piso todo ha cambiado. De la manera más traumática, la realidad se le impone: Ryan no es quien aparentaba ser, y resulta que tiene unas muy serias cuentas pendientes con unos acreedores bastante peligrosos, que vienen a reclamárselas. El salvaje Chad y el metódico y cruel Hollander se han introducido en el ático y atacan a la aterrorizada joven para que les revele el secreto que su novio, al parecer, guardaba celosamente.
El pulso –dramáticamente desigual- entre la indefensa Sara y sus captores, que ocupa la zona central del argumento, es lo más interesante de la película; mucho más que esa inicial incursión en el género bélico, de difícil digestión, y la traca final, bastante más trillada. De hecho, sí que hay traca: los fuegos artificiales, que celebran la llegada del año nuevo, y que recuerdan dolorosamente a la mujer el ruido de las bombas, constituyen un recurso tan de manual que casi hacen pensar en lo peor. Menos mal que se contiene sin pasar a mayores.
Pero mientras tanto, Michelle Monaghan pelea valerosamente con su personaje, sacándolo adelante con solvencia. Frente a ella, un recuperado Michael Keaton compone el suyo tratando de no pasarse de la raya, lo que tiene mucho mérito sabiendo que él es coproductor de la cinta. Y el otro protagonista del acontecimiento es el propio escenario, este Ático Norte –título original de la película- en cuyas habitaciones se esconde el botín perseguido, y con su equívoca azotea, desde la que se domina la ciudad pero de donde no se puede escapar.
Joseph Ruben es –como demuestra su currículum- un hábil artesano, que sabe conducir sin complicaciones la historia que lleva entre manos; mueve los hilos de sus personajes planificando con eficacia casi televisiva y apostando siempre por el punto de vista –aunque sea mental o emocional- de su protagonista femenina, que es la que asume, como es lógico, la empatía del espectador. Los apuros de Sara luchando por su vida, ciega pero no inválida –ni mucho menos tonta-, tienen la función de atraparnos y conmovernos; ese es el objetivo principal.
Por eso, seguramente no es posible ver Atrapada en la oscuridad sin acordarse de otras: Sola en la oscuridad, desde luego, y también Terror ciego o la española más reciente Los ojos de Julia; pero considerada independientemente resulta entretenida y de cierto interés. Claro que, ya que hablaba antes de la digestión: la de esta película –y la de tantas otras con la misma procedencia- debe ser tan rápida y leve que no va a dejar poso de muchas calorías. Ni fílmicas ni de las demás.
(http://www.atrapadaenlaoscuridad.com/)

AUTÓMATA   (25.01.15)
Dir.: Gabe Ibáñez
Pro.: Antonio Banderas, Sandra Hermida, Danny Lerner   Gui.: Gabe Ibáñez, Igor Lejarreta
Int.: Antonio Banderas, Birgitte Hjort Sørensen, Dylan McDermott
Autómata se presentó –con buena acogida- en el pasado Festival de San Sebastián, de la mano de sus dos responsables: Gabe Ibáñez –director y guionista- y Antonio Banderas –productor y protagonista absoluto-. De este ya lo sabemos todo, tras una carrera tan extensa; Ibáñez, un especialista en efectos visuales, dirige su segundo largo, tras la estimable Hierro (2009). Banderas ha confiado en él para realizar este proyecto, coproducido con la búlgara Nu Boyana Viburno –el rodaje combina escenarios digitales con las áridas estepas del país balcánico- y apoyado en el reparto con nombres internacionales: el poliédrico Dylan McDermot, la danesa Birgitte Hjort Sørensen –vista en la serie Borgen- y las voces de Melanie Griffith y Javier Bardem.
Todos andan por un planeta desolado. Las perturbaciones solares han herido de muerte la vida en la Tierra. Sus habitantes han sido casi aniquilados: miles de millones han muerto y los escasos supervivientes se
apiñan en áreas restringidas tras enormes murallas, a salvo de la rapiña de algún desgraciado mutante y de los mortíferos efectos de los desiertos radiactivos y la lluvia envenenada. Las tareas más pesadas y enojosas –y otras más placenteras- corren a cargo de sofisticados robots, fieles servidores programados para ayudar a los seres humanos y evitarles cualquier mal; y su eficacia es absoluta… hasta que deja de serlo.
A pesar de los estrictos códigos de conducta que rigen su fabricación –extraídos de las leyes robóticas de Asimov- los androides empiezan a comportarse de manera extraña y llegan a ocurrir hechos muy graves que parecen indicar casi una rebelión. Sumamente confundidas, las fuerzas del orden se movilizan y exigen responsabilidades a los vigilantes del correcto funcionamiento de los robots. Jacq Vaucan, un veterano y amargado agente de seguros, comienza a investigar los extraños sucesos, hasta que él mismo resulta sospechoso de haberlos provocado. Y se ve obligado a una marcha desesperada, en la que no puede confiar ni en sus semejantes ni en los desconcertantes humanoides, cada vez más fuertes y más inteligentes.
La –no tan futura- convivencia entre personas y robots ya ha sido ampliamente expuesta en la literatura y, desde luego, en el cine. Es imposible olvidar algunos referentes, de los que la película de Ibáñez y Banderas resulta deudor; y no solo en ese aspecto: el hombre perseguido injustamente, el peligro de extinción de la especie humana, los límites de la libertad bajo la vigilancia omnipresente… son subtramas de la película que también hemos visto a menudo con anterioridad. Incluso ese paisaje devastado, sea de Bulgaria o de algún otro rincón de la galaxia, resulta demasiado conocido.
Por fortuna, todo lo demás está bastante bien. Sin ir más lejos, Autómata tiene cuatro nominaciones a los inminentes Goya: mejor fotografía, dirección artística, diseño de vestuario y sonido, y posiblemente consiga alguno de ellos, porque son elementos más que notables de la película. Destaca también, claro, la presencia de Antonio Banderas, que está en el noventa por ciento de los planos, en los que se desenvuelve con el oficio y la intensidad que requiere el personaje. Esa intensidad propia del género: futurista o no, un thriller clásico debe mantener la tensión en argumento y personajes durante todo el metraje.
Autómata lo consigue casi todo el tiempo. Gabe Ibáñez conduce la trama con muy buen pulso, desplegando eficazmente un guion que roza lo modélico. Solo hay un cierto bache en la segunda mitad de la obra, que parece pedir mayor ligereza, –quizá un montaje más dinámico y más breve- antes de llegar al clímax final. Pecado venial en una obra muy bien pensada y realizada con entusiasmo y voluntad de agradar. En todo el mundo, si es posible: esta es la “otra forma” de hacer cine español. (http://automata-movie.com/)

AVATAR   (20.12.09)
Dir.: James Cameron
Pro.: James Cameron, Jon Landau   Gui.: James Cameron
Int.: Sam Worthington, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver  
Ya ha llegado la película que va a revolucionar… la cartera de sus productores; en especial, de Cameron, el director de Terminator (84), Aliens (86), Abyss (89), Mentiras verdaderas (94) y Titanic (97). Luego, una gran pausa para que, doce años más tarde, vuelva con esta propuesta fabulosa, capaz –según él- de reinventar el cine.
De momento, el argumento no es muy original, y se basa en el muy repetido esquema del personaje –ajeno, extranjero, enemigo- que se infiltra en las filas de sus contrarios y acaba integrándose y defendiéndolos frente a su propio bando. No hace falta poner ejemplos, pero tampoco esto sería lo más grave; al fin y al cabo, ideas originales no surgen todos los días. El caso es que la historia transcurre en el planeta Pandora, un lugar habitable pero de atmósfera letal para los terrestres; allí viven en mística comunión con la naturaleza los na’vi, unos humanoides –de alguna manera hay que llamarlos- de tres metros de alto, azules y con rasgos felinos, incluido el rabo.
El problema es que en Pandora se ha descubierto un importantísimo yacimiento de un mineral imprescindible para la Tierra, pero está en pleno territorio de los na’vi y no parece que se vayan a dejar expoliar fácilmente: son gente primitiva pero también muy firmes en sus creencias y muy feroces guerreros, si llega el caso. Por eso, el astuto coronel Quaritch convence a Jake Sully, un exmarine paralítico, para que se infiltre entre los nativos convertido en un “avatar”, el último grito en ingeniería genética: un híbrido con aspecto de na’vi pero con el ADN terrícola y controlado remotamente por la mente de la persona humana.
Sully es muy listo y enseguida asimila su nueva identidad, aprendiendo el idioma, subiendo y bajando de los árboles sin pisarse la cola, montando en los feroces dragones... y enamorándose, cómo no, de la espectacular Neytiri, una auténtica pantera... azul; eso sí, con taparrabos. De aquí en adelante, lo previsto: todo va bien hasta que empieza a ir mal y al final estalla la guerra, una contienda interplanetaria violenta y sanguinaria, que es, en definitiva, lo que a Cameron le gusta contar.
¿Cómo está contado todo? Pues de la manera más espectacular y más moderna. Cameron ha perfeccionado la famosa
“motion capture”, la técnica que permite digitalizar la interpretación real de los artistas convirtiéndolos en personajes animados capaces de hacer increíbles volatines y arriesgadas monerías de todo tipo. Dice el director que esta artesanía digital consigue afinar las expresiones de los personajes hasta lograr un aspecto real. Parecido, pienso yo, a lo que hacen los actores, conveniente maquillados, en otras películas...
También se ha mejorado, dicen, la proyección en 3D. La sensación de profundidad, en efecto, es muy buena; sobre todo, en los escenarios cien por cien animados. Pero siguen haciendo falta las dichosas gafas, bastante incómodas sobre todo en una película tan, tan larga –más de dos horas y media-, y no se ha resuelto el principal escollo técnico: en las escenas de imagen real, cada elemento resulta, paradójicamente, muy plano; mucho más que la sensación espacial que en el cine convencional producen la profundidad de campo y el movimiento dentro del cuadro.
Y, en fin, todo estaría bien si no fuera porque este producto ha costado una cantidad de dinero verdaderamente vergonzosa y se vende como algo trascendental, cuando no es más que un entretenimiento ampuloso, poco original y cargado de mensajes elementales: una película de aventuras, superficial, precocinada y de fácil digestión para la chavalería. Y, por supuesto, una operación comercial destinada al videojuego y a la muñequería. Nada acaba ni empieza con Avatar; si acaso, supone un paso más en la moda del 3D animado, que, con toda seguridad, será superado en los próximos meses. Si es que antes no nos cansamos de verlo, los espectadores, y de gastarse esas millonadas los productores. 
Para rematar, en conclusión, me permito citar a Javier Marías, en su artículo de El País del pasado domingo: “De poco me sirve que el mundo sea cada día más deliberadamente infantil, yo procuro no seguir su paso cuando el paso me parece idiota y un atraso...” Pues eso. (www2.avatarmovie.com)

AYER NO TERMINA NUNCA   (28.04.13)
Dir.: Isabel Coixet
Pro.: Adolfo Blanco, Isabel Coixet   Gui.: Isabel Coixet
Int.: Candela Peña, Javier Cámara
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una de nuestras directoras más interesantes y con más personalidad. Suyas son, entre otras, películas como Cosas que nunca te dije, Mi vida sin mí, La vida secreta de las palabras, Elegy, Mapa de los sonidos de Tokio y el documental Escuchando al juez Garzón. Títulos que abordan, como se ve, temas muy distintos, con guiones adaptados o propios; como en esta ocasión, en que ha escrito una historia dura, sin ninguna concesión y muy exigente –también- para sus intérpretes.
Un hombre y una mujer se encuentran en el vestíbulo –frío, desierto- de un cementerio; paredes de hormigón como lápidas gigantes, ningún cobijo, ninguna comodidad, nadie que los reciba. Han llegado por separado: él, en un coche alquilado desde el aeropuerto; ella, en el suyo propio, viejo, casi desvencijado. El hombre parece desorientado, intranquilo; ella está nerviosa y, evidentemente, dolorida. Luego sabremos que hace cinco años que no se ven; después de una ruptura matrimonial nada amistosa, él se marchó a Alemania; ella ha seguido viviendo en España.
Y ahora, un triste trámite burocrático los ha vuelto a reunir. Ha pasado tanto tiempo y tanta vida que casi ni se reconocen; los dos saben lo que deben hacer, pero no aciertan a mirarse, a acercarse, a hablar. Poco a poco, el hielo empieza a quebrarse, hay un atisbo de diálogo –primero banal, después más profundo- y, cuando al fin caen los obstáculos, los recuerdos comienzan a aflorar. Y con ellos, los reproches, las palabras hirientes, las preguntas como dardos. El recuento del dolor, la memoria de los días perdidos, la tragedia pasada que los vuelve a atenazar.
Coixet afirma que su argumento se basa en experiencias cercanas, vividas por ella o su entorno próximo. No me cabe la menor duda, a la vista de la arrebatadora sinceridad del guión, de la verdad que transmiten sus personajes. Y también por el riesgo de la puesta en escena elegida, ese escenario gélido que esconde –o lo intenta- la turbadora emoción de un enfrentamiento tan devastador.
Quizá esa contención de las emociones sea, en definitiva, uno de los significantes más evidentes en la obra de la directora; sobre todo, en sus personajes femeninos, siempre un punto por encima de sus oponentes: la joven desgarrada de La vida secreta de las palabras o la íntimamente herida de Elegy; la mujer sin esperanza de Cosas que nunca te dije o la luchadora irrevocable de Mi vida sin mí, precisamente la que Coixet encuentra más cercana a esta última protagonista.
Tampoco ella se conforma; también lucha por su vida, por rehacer su presente y tratar de encontrar una posibilidad de futuro. No depende del hombre, pero quiere saber, quiere comprender. Aun con la certeza de que él no tiene respuestas, de que ha sobrevivido mejor, ha disimulado mejor el dolor, ha dejado caer el tiempo sobre la herida y ya no puede ayudarla, ni consolarla, ni quererla; a pesar de todo eso, ella lucha.
Brillantísimo trabajo el de Candela Peña y Javier Cámara: ellos son los extraordinarios protagonistas de este arriesgado ejercicio, un sensacional “pas de deux” con los sentimientos a flor de piel; un intercambio descarnado, feroz, de miradas, gestos, voces y silencios desgarradores en mitad del vacío.
Ayer no termina nunca es, en su aparente desnudez, una obra compleja, inteligente, que permite distintas aproximaciones del espectador. Una de ellas, sin duda, la calidad del guión y ese esfuerzo actoral; otra, el retrato de las relaciones humanas, las íntimas sobre todo; y una más, fundamental, el estudio acerca de uno de los sentimientos más fuertes, más determinantes y, en muchas ocasiones, de los más ocultos: la pervivencia del dolor. La pena que arrasa el corazón y el alma entera y que se queda ahí, callada, escondida, pero permanente en la memoria, indeleble recuerdo, eterno pesar. (http://www.acontracorrientefilms.com/pelicula/194)