El SuperDiez
  La lista de éxitos del cine en España                                                                                           
                                     
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FILA DIEZ
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LAS CRÍTICAS DE LARRY D'ABUTTI  

ALMA MATER   (14.04.18)

Dir.: Philippe Van Leeuw. Pro.: Guillaume Malandrin, Serge Zeitoun. Gui.: Philippe Van Leeuw. Int.:Hiam Abbass, Diamand Bou Abboud, Juliette Navis.

 

Del belga Philippe Van Leeuw sabemos poco: esta es su segunda película, y la primera, El día en que Dios se fue de viaje está casi inédita en España. No importa, basta con esta multipremiada Alma mater –una coproducción franco-belga-libanesa- para abrirle un crédito más que notable.

La historia transcurre entera en 24 horas en un piso de una ciudad asediada por la guerra. Allí conviven diez personas: Oum Yazan, una mujer fuerte y enérgica, cuyo marido está luchando en algún lugar, su anciano padre, sus tres hijos, el novio de la chica mayor, un matrimonio joven con su bebé, refugiados del mismo vecindario y Halima, la criada. Los jóvenes padres esperan ayuda para escapar esa misma noche, y el marido sale de la casa para buscar a su contacto. Y se escucha un disparo.

El horror de la guerra no deja un minuto de respiro. La contienda está fuera, no la vemos, aunque a veces la oímos; pero traspasa los muros del edificio e impregna los poros de cada uno de sus habitantes. Solo quedan los de ese piso, que se resisten a abandonarlo. La familia ha vivido bien, evidentemente: la vivienda es grande, tienen buenos muebles, libros, hay televisión, radio, tienen móviles… aunque no funciona casi nada. El agua y la comida escasean y la ruina acecha tras la puerta fuertemente asegurada.

En ese microcosmos, la personalidad de Oum Yazan se impone ante cada peligro, cada adversidad. Tanto como para salvar la vida de las personas a su cargo una y otra vez, aun a costa de imponer algún trágico sacrificio, como en una partida de ajedrez brutal en la que es preciso ceder momentáneamente una pieza para ganar la partida. La victoria no es sino la supervivencia, en medio de un acoso creciente de enemigos que se multiplican.

El relato, aunque protagonizado por este personaje central, deja aire para que conozcamos la naturaleza de los otros –la entregada Halima, la joven Delhani, el padre…- pero también la del conflicto, una lucha salvaje y fratricida. La película es una metáfora que habla de la pelea por la vida, y una gigantesca metonimia también, en la que el piso cercado es asímismo la ciudad sitiada y el país entero –Siria, pero también Líbano, Bosnia o cualquier rincón del mundo-: un escenario caótico en el que el valor y la determinación deben derrotar al miedo y a la indiferencia, el pecado capital que Van Leeuw achaca a Occidente ante tragedias semejantes.

Y Alma mater es también eso: un alegato en favor de la mujer y su lugar primordial en la sociedad, algo tan olvidado hoy en tantas culturas y tantas “primaveras”. Nadie mejor que Hiam Abbass para representar ese papel: una actriz honda, creativa y sincera, y tan potente como la más premiada y considerada de Hollywood. Si fuera americana, los Oscar no le cabrían en la estantería.

 

LA TRIBU   (17.03.18)

Dir.: Fernando Colomo. Pro.: Mercedes Gamero, Mikel Lejarza. Gui.: Fernando Colomo, Yolanda García Serrano, Joaquín Oristrell. Int.: Paco León, Carmen Machi, Luis Bermejo.

Nueva película de Fernando Colomo –más de veinte ya en su haber- y nueva comedia del cine español, un género que parece que reverdece en la pantalla grande, mientras baja un poco en la pequeña; se invierte la tendencia de estos últimos años. La comedia es, también, el estilo en el que mejor se desenvuelve Colomo desde sus inicios. Lo era su anterior obra, La isla bonita, una deliciosa digresión casi autobiográfica en la que él era el “actor” principal, y se apoya en esta de ahora en la comicidad y en la química de sus protagonistas, Carmen Machi y Paco León, con tantas horas juntos en televisión.

Paco León es Fidel, el director de recursos humanos de una importante empresa, un hombre sin escrúpulos, responsable de despedir a centenares de empleados. Tras un asunto escabroso que se vuelve en su contra y lo ridiculiza enormemente, es despedido. Y un año después trata de pasar desapercibido y de emprender una nueva vida. Hasta que sufre un encuentro inesperado y –casi simultáneamente- un aparatoso incidente que le provoca la pérdida de la memoria.

Este es el planteamiento del argumento. Y el nudo consiste en toda una serie de peripecias que llevan a Fidel a depender de Virginia, que dice ser su madre, a conocer a un par de golfos que podrían ser sus hermanos, y a intentar trabajar en el supermercado de Luciano, un vecino que lo mira raro. Y lo que es más importante, a integrarse en la escuela de baile del barrio, donde “Las mamis” –un grupo de maduritas liderado por Virginia- se preparan para ir a concursar a un “talent show” de la tele.

El desenlace no lo voy a contar, aunque no es precisamente una sorpresa. La película tampoco lo pretende, así que no se resiente por eso. Lo que sí intenta es entretener y hacer reír, o sonreír al menos, y lo consigue en bastantes tramos del argumento, cuando el ritmo es más ágil y los intérpretes dan lo mejor de ellos mismos.

Cosa nada difícil para Carmen Machi, que es una actriz estupenda en cualquier género, y no tiene nada que demostrar. No estoy seguro de que Paco León alcance, hoy por hoy, la misma calidad; aunque se esfuerza, en un papel bastante exigente: este Fidel medio alelado en la mayor parte del metraje. Con él está algunos nombres ya consagrados y un plantel de actrices mucho menos conocidas, un absoluto acierto de cásting que le da a la película bastante frescura y cierto aire de espontaneidad.

Esas han sido siempre las características del cine de Fernando Colomo, desde los inicios de la célebre “comedia madrileña” hasta estas últimas obras de madurez. De un joven de 72 años que no ha perdido las ganas de hacer cine. Español, por más señas.

 

LOVING PABLO   (10.03.18

Dir.: Fernando León de Aranoa. Pro.: Ed Cathell, Miguel Menéndez de Zubillaga, Dean Nichols, Javier Bardem. Gui.: Fernando León de Aranoa. Int.: Javier Bardem, Penélope Cruz, Peter Sarsgaard.

Fernando León de Aranoa ha abandonado –suponemos que de momento- su cine de temática doméstica: Familia, Barrio, Los lunes al sol, Princesas –buena cosecha de Goyas- para volar hacia argumentos más universales y controvertidos. Así era Un día perfecto y más aun este Loving Pablo, que retrata, desde una perspectiva especial, al tristemente famoso Pablo Escobar.

Una mirada especial, porque se fundamenta en la de la periodista Virginia Vallejo –de su novela parte el guion- que mantuvo durante algunos años un tórrido y peligroso romance con el narcotraficante. Vallejo es una periodista de éxito, obstinada en dar siempre un paso más adelante. Fascinada por la figura y el aparente éxito de Escobar, se empeña en conocerlo. A él también le fascina la belleza y el carisma de la mujer, y pronto inician una relación escasamente clandestina.

Pablo Escobar controla gran parte del mercado de la droga, junto con otros carteles colombianos. Nada en la abundancia y lleva una vida de lujo extremo. Pero al tiempo dedica una parte de sus ganancias a construir casas, barrios enteros para los necesitados; el pueblo llano lo adora. Y aunque tiene tras él a la policía y a la DEA norteamericana, que ve entrar en Estados Unidos ríos de droga sin control, la ambición de Escobar no tiene límites, y pretende –y consigue- tener un puesto en el Congreso nacional.  

La película de León de Aranoa transcurre por esos derroteros, sin ocultar nada; pero se centra, como decía, en la mirada de Virgina Vallejo: curiosa primero, entregada después y alejada y temerosa por fin, cuando la relación se rompe y ella comprende el peligro inmenso de tener a Escobar de enemigo. Pero esa relación permite escudriñar también en la vida íntima y familiar del narco, desde una perspectiva relativamente distinta de otros intentos –películas y series recientes-, y completarla con la peripecia de la propia Vallejo, asediada también por los agentes americanos.

No hace falta decir que el grueso de la película descansa sobre el trabajo de sus protagonistas. Penélope Cruz es una convincente y entregada Virginia Vallejo; pero Javier Bardem da otra muestra más de su capacidad para los personajes extremos: es un espectacular Pablo Escobar, gordo, engreído, listo y violento. Y malvado, sin resquicios. Bardem ha entendido muy bien su personaje y cuando habla, cuando mira a la pantalla, cuando estalla de ira, da miedo.

Y este es, en definitiva, el mejor valor de la película. El Pablo Escobar de León de Aranoa y Bardem resulta un ser despreciable, al que es imposible admirar; ningún rastro de heroísmo ni empatía: esta vez el malo de la película es malo de verdad.

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LA ÚLTIMA BANDERA   (03.03.18)

Dir.: Richard Linklater. Pro.: Richard Linklater, Ginger Sledge, John Sloss. Gui.: Richard Linklater, Darryl Ponicsan. Int.: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne.

Nueva película de Richard Linklater, un director versátil, original y siempre interesante. Suya es la trilogía Antes de… -amanecer, atardecer, anochecer-, las incisivas Escuela de rock y Fast food nation y la extraordinaria Boyhood, entre otras. La última bandera –“ondeando”, dice el título original, con evidente mala uva- parte de la novela de Darryl Ponicsan y a su vez es una especie de continuación de El último deber (Hal Ashby, 1973), otra magnífica película.

Los tres protagonistas quizá sean los mismos, después de perderse la pista durante más de treinta años. De hecho, cuando “Doc” llega al bastante cutre bar de Sal, a este le cuesta reconocer a su antiguo compañero de armas, veterano de Vietnam, como él; y también tiene que esforzarse para hacer lo que le pide “Doc”: ir a buscar a quien completa el trío, el violento Mueller, una auténtica fiera de la guerra. Al fin, Sal accede y encuentran a Mueller. Para su sorpresa, se ha convertido en pastor protestante y tranquilo esposo, además de un hombre arrepentido de cuanto hizo en el campo de batalla.

A “Doc” le cuesta todavía más trabajo convencerlo para que acceda a su petición. Que por fin sabemos que se trata de acompañarlo al entierro de su hijo, muerto en Irak. Y primero, “rescatarlo” del propio ejército, que quiere darle honores fúnebres de héroe y enterrarlo en el tristemente famoso recinto de Arlington, junto a los miles de caídos compatriotas. “Doc” se niega a ese homenaje, que le duele en lo más profundo, y prefiere llevar el cuerpo de su hijo a su pueblo y dejarlo en el cementerio local.

Eso provoca un gran disgusto en las autoridades militares, que están decididos a que el joven reciba el tratamiento que ellos creen digno de su supuesta heroicidad y sacrificio por la patria. Y el relato se convierte en una “road movie” en la que los tres antiguos soldados se trasladan por diferentes medios y de distintas maneras, acompañando o persiguiendo al ataúd con el cadáver del hijo de “Doc”. A lo largo del viaje volverán a reconocerse, tendrán oportunidad de redimirse y sobre todo, cuando las circunstancias reales de la muerte del joven salgan a la luz, podrán expresar sus auténticas emociones y reafirmar sus valores.

Acerca de la vida, el compañerismo y el sentimiento de pertenencia a una nación que con tanta frecuencia manda a sus mejores hombres a pelear hasta morir en causas que ni comprenden ni comparten. La última bandera quizá no sea tan redonda como la precedente de Ashby, pero es un canto amargo a la fraternidad y al valor de la verdad tanto como un duro alegato contra el patrioterismo y la exaltación militar. Ah, y una lección de cine de estos tres grandes de la pantalla: Carell, Fishburne y Cranston, artistas excepcionales.

 

LADY BIRD   (24.02.18)

Dir.: Greta Gerwig. Pro.: Scott Rudin, Eli Bush, Evelyn O’Neill. Gui.: Greta Gerwig. Int.: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Timothée Chalamet.

YO, TONYA   (24.02.18)

Dir.: Craig Gillespie. Pro.: Margot Robbie, Steven Rogers, Tom Ackerley. Gui.: Steven Rogers. Int.: Margot Robbie, Allison Janey, Sebastian Stan.

Con estas dos películas se completa en nuestra cartelera el gran lote de los inminentes Oscar de este año. Es verdad que Yo, Tonya no está entre las nueve principales, pero sí están nominadas sus protagonistas femeninas. En cualquier caso, la distribución ha dejado para el final estas dos películas, que resultan ser de lo más interesante de la temporada. Y que además contienen más de un punto en común: ambas son historias de mujeres, tomadas de dos en dos, madre e hija precisamente.

Y las dos son historias reales: Yo, Tonya cuenta la vida de la patinadora olímpica americana Tonya Harding, y Lady Bird es una aproximación autobiográfica a la directora y guionista Greta Gerwig durante su último curso en el instituto. Ya se sabe lo importante que es ese momento para los jóvenes, con la gaduación, el fin –se supone- de la adolescencia y el acceso a la universidad.

Gerwig, también actriz, productora y colaboradora con directores independientes como Noah Baumbach, retrata a Christine McPherson, que se hace llamar Lady Bird: una chica de Sacramento que se enfrenta a la existencia con sus mejores armas: su voluntad, su rebeldía y sus ganas de experimentar la vida adulta, con sus problemas, sus temores y vergüenzas y sus conquistas. Ella es el centro de un universo por el que giran sus amigas, sus novios, un padre comprensivo y una madre estricta y vigilante hasta la desesperación.

Aunque todavía peor –sin duda- es la madre de Tonya, una mujer que ha descubierto la capacidad y la vocación de su hija por el patinaje y que está decidida a que la niña triunfe, aunque tenga que matarla. Craig Gillespie –autor, entre otras, de la estupenda Lars y una chica de verdad-, acude al procedimiento de supuestas entrevistas para dar a conocer a sus personajes; sobre todo a los dos que más influyen en Tonya: su desagradable, tiránica y alcoholizada madre, y su marido, un chulo imbécil y maltratador.

Ellos cuentan lo que quieren, pero hasta sus mentiras son reveladoras. Y de una a otro pasa la vida de Tonya, una niña asustada pero decidida, una joven luchadora y una artista de los patines, la primera –y no sé si única- en conseguir un triple Axel, una pirueta casi imposible. Como casi imposible fue su éxito, tan difícil de conseguir y tan fugitivo.

En las dos películas, claro, sobresale el trabajo de sus protagonistas. Magnífica Saoirse Ronan en su delicada Lady Bird, un trabajo lleno de sinceridad y naturalidad y que aprovecha todos los resquicios del estupendo guion de Greta Gerwig. E impecable Margot Robbie, que dota de realismo y verdad a un personaje tremendo, una mujer con voluntad de triunfar en un mundo hostil, entre una sociedad clasista, injusta y carente de valores y de moral.

 

LA FORMA DEL AGUA   (17.02.18)

Dir.: Guillermo del Toro. Pro.: Guillermo del Toro, J. Miles Dale. Gui.: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor. Int.: Sally Hawkins, Richard Jenkins, Michael Shannon.

Décima película de Guillermo del Toro. El director de Cronos, Mimic, El espinazo del diablo, Hellboy y El laberinto del fauno vuelve con una fábula poética que entronca con las mejores de su obra; y también con los clásicos que dan vueltas sobre el mito de la bella y la bestia, la mujer y el monstruo.

La mujer es Elisa, una joven muda que trabaja de limpiadora en un fantástico laboratorio secreto del gobierno americano. Vive sola y no tiene más amigos que su compañera Zelda y su vecino Giles, un hombre mayor, pintor frustrado y bastante desencantado de la vida.

Estamos en los años 50, en plena guerra fría, y la sombra de los rusos, con ventaja en la carrera espacial y con sus misiles cargados, preocupa al gobierno. Un día, traen al laboratorio a un extraño ser acuático, mitad hombre mitad batracio, con el que los científicos se proponen experimentar, por si encuentran alguna posibilidad inesperada.

Y Elisa descubre a este ser casi por casualidad, y entre los dos surge una imprevista conexión, que parte de la compasión de ella ante el trato inhumano que él recibe y se va convirtiendo en mutua simpatía y, al final, en amor. Un amor que no entiende de diferencias, que es oscuro y difícilmente comprensible y a la vez limpio y verdadero: pura contradicción en un mundo hostil, frío y lleno de falsedad y prejuicios.

Guillermo del Toro ha construido un universo particular, lleno de hallazgos visuales y sonoros; entre estos, la magnífica banda sonora de Alexandre Desplat y el fondo sonoro de la televisión y los vinilos de Eliza. Entre los que conforman la imagen de la película, el maravilloso diseño de los escenarios, azules y fríos en el laboratorio, dorados y cálidos en las viviendas, deliciosamente naif la de ella, recargada, sobreabundante en libros y cachivaches –y en gatos- la del vecino.

Y una fotografía que arranca como en un sueño, cercana a la estética de Jean-Pierre Jeunet –aunque Del Toro lo niegue- y que va cambiando hasta oscurecerse en la secuencia final entre la lluvia incesante, la noche y el mar. No sé si La forma del agua es una obra redonda, perfecta; quizá no, por un tanto autocomplaciente y no demasiado original; pero desde luego es una historia intensa, muy poética y absorbente.

Y que cuenta con lo más atractivo para el espectador: una interpretación de Sally Hawkins –ninguna sorpresa, porque es una actriz descomunal- impresionante, sin resquicios, digna de todos los elogios. Su Elisa es tierna, vulnerable, decidida, alocada y valiente; Guillermo del Todo ha escrito uno de sus mejores personajes y Sally Hawkins da todo un recital.  

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