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FILA DIEZ
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LAS CRÍTICAS DE LARRY D'ABUTTI  

LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO   (20.01.18)

Dir.: Steven Spielberg. Pro.: Steven Spielberg, Liz Hannah, Rachel O’Connor. Gui.: Liz Hannah, Josh Singer. Int.: Meryl Streep, Tom Hanks, Bruce Greenwood.

 

Steven Spielberg es uno de los directores más importantes de la historia del cine; no creo que haya nadie que no haya visto alguna de sus películas, sean Indianas, Jurásicos, aventuras de puro entretenimiento o ensayos más profundos. Todas son interesantes, estupendas, y algunas, obras maestras. Los archivos del Pentágono es, también, una magnífica película.

Cuenta unos hechos sucedidos en 1971, durante el mandato de Nixon. El New York Times inició la publicación de unos documentos del Pentágono, recogidos por el entonces Secretario de Estado, Robert McNamara, que explicaban todas las mentiras y manejos del gobierno sobre la guerra de Vietnam. Naturalmente, la administración Nixon trató de impedirlo y el Times sufrió una dura represión. Y casi de rebote, todos los documentos fueron a parar a la redacción del Washington Post.

El Post era un diario con graves problemas de financiación y buscaba su salvación mediante el apoyo en inversores bursátiles. La editora, Katherine Graham, una mujer entre una selva de tiburones, capeaba la situación como podía. Cuando Ben Bradlee, el director, le propone publicar los documentos, se abre para los dos una disyuntiva de enorme dificultad: ceder ante el miedo de que les cierren el periódico, perderlo todo e incluso que puedan ir a la cárcel, o lanzarse al vacío apoyando al New York Times, y defender cueste lo que cueste la libertad de prensa y la democracia.

Spielberg confiesa haber hecho esta película con verdadera urgencia. Y es verdad que no puede ser más oportuna. Es importante recordar la lucha de la prensa en 1971 tanto como ahora, con unos políticos mentirosos y corruptos, en América y aquí mismo. Y si se le acusa de superficialidad, de haber construido un relato de fácil digestión, no puede negarse que su maestría para filmar está por encima de toda consideración.

Los archivos del Pentágono se despliega en secuencias milimétricas, con ritmo de obra clásica y una cámara que no desdeña moverse hacia y desde los protagonistas, en ángulos expresionistas que muestran el techo de las habitaciones –como en Ciudadano Kane- o vuelan sobre los personajes en planos cenitales. Y que recupera el momento emocionante, ya tan olvidado, de las galeradas construyéndose, las rotativas zumbando y los periódicos naciendo en ramilletes apretados para llevar la información a las manos y los ojos de los lectores.

Todavía más: la obra contiene otra memorable interpretación de Meryl Streep como la editora Katherine Graham. Una mujer que lucha, que triunfa en un mundo de hombres, que no cede a las presiones y que, con toda seguridad, no temblaría ante cualquier intento de abuso. Eso también es de ahora mismo, y eso está, igualmente, en la raíz del pensamiento y de la intención de Steven Spielberg a la hora de realizar esta película.  

 

EL INSTANTE MÁS OSCURO   (13.01.18)

Dir.: Joe Wright. Pro.: Tim Bevan, Lisa Bruce, Eric Fellner. Gui.: Anthony McCarten. Int.: Gary Oldman, Lily James, Kristin Scott Thomas.

 

Joe Wright es un director británico de prestigio, sin abandonar lo comercial. Suyas son Orgullo y prejuicio, Expiación, Hanna y la última Anna Karenina, entre otras. Y Gary Oldman, su compatriota, es un actor extraordinario que no necesita presentación. Aquí, tras un trabajo de medio año del japonés Kazuhiro Tsuji, más de 200 horas de maquillaje, embutido en prótesis y armaduras y asfixiado por el humo y la nicotina de los puros, Gary Oldman se convierte en Winston Churchill.

Curiosamente, esta es la segunda aparición del mítico “premier” británico en las pantallas en unos pocos meses. Pero estas coincidencias se dan a veces, y no suponen, en principio, ningún drama, aunque sí muestren cierta intención política. Y también permiten las comparaciones; sobre todo, cuando retratan personajes y momentos casi idénticos; serán inevitables, para los espectadores de ambas películas.

El instante más oscuro retrata los días cruciales de mayo de 1940, cuando la figura de Winston Churchill emerge tras la caída del gobierno de Chamberlain. Son los momentos en los que el ejército nazi no encuentra oposición real, Bélgica cae en manos de Hitler y ahora se dirige a Francia a través de Dunkerque y Calais, donde está el grueso del ejército inglés. La película entronca también con la reciente de Christopher Nolan, aunque esta se centra –y de qué manera- en la presencia de Churchill.

El protagonista –quiero decir Churchill, pero también Oldman, en un esfuerzo titánico- está en el 95% de las escenas, y en casi todas ellas expresando el sufrimiento interior de un personaje al que vemos las 24 horas de cada uno de sus días, dudando, peleando en el parlamento y en el gabinete, discutiendo de lo divino y lo humano, alentado, eso sí, por su mujer y sus escasos incondicionales –también el rey, en fin-, y, en los momentos de mayor emoción, dirigiéndose al pueblo inglés en su terreno y con sus palabras.

Demasiadas palabras, quizá, en una obra enormemente discursiva y de tal meticulosidad en cada detalle, que solo el pulso narrativo de Joe Wright puede intentar resolverlo sin llegar a causar fatiga. Las precisas, milimétricas, casi lujosas imágenes se ven arropadas por la excelente fotografía de Bruno Delbonnel y la impactante –en su estilo- banda sonora de Darío Marianelli, compositor de cabecera de Wright. Y, por supuesto, hay que decirlo una vez más, por la fastuosa interpretación de Gary Oldman, quizá la mejor de las que hemos visto esta temporada. Ganará muchos premios, y se los merece.

 

QUÉ FUE DE BRAD   (06.01.18)

Dir.: Mike White. Pro.: David Bernad, Dede Gardner, Sidney y Jeremy Kimmel Brad Pitt, Prod. Eje.). Gui.: Mike White. Int. Ben Stiller, Austin Abrams, Jenna Fischer.

Mike White es actor, productor, guionista y, desde 2007, director; esta es su segunda película, tras El año del perro. Se le da bien la comedia, y hace frecuentemente tándem con Jack Black. Y aquí, con Ben Stiller de protagonista, podríamos pensar que nos trae otra película divertida; al fin y al cabo, es a lo que más acostumbrados nos tiene Stiller, con mejor o peor fortuna. No es así; y si en Qué fue de Brad una sonrisa se deja ver de vez en cuando es por algún detalle del guión que nos recuerda, quizá, a nosotros mismos.

Ben Stiller es Brad Sloan; un hombre cercano a la cincuentena -47 años tiene, él mismo se encarga de puntualizarlo- que se enfrenta a su tiempo agobiado por su presente, temeroso del futuro y enfadado -más que nostálgico- por su pasado. Su vida le parece anodina y carente de atractivo; su trabajo, su familia, mediocres. Sobre todo si se compara con sus antiguos amigos, todos unos triunfadores, millonarios e instalados en el éxito permanente. 

Por eso ahora va con su hijo Troy a Boston, deseoso de que consiga matricularse en la más prestigiosa universidad –si puede ser, Harvard mismo-, la que le vaya a garantizar ese mismo triunfo en la vida que ve en los demás, que deseaba y ya no sabe cómo alcanzar y que sueña que al menos el chaval pueda conseguir.  

La película recorre los pensamientos de Brad tanto como su itinerario por los campus de Boston. Mientras su hijo visita las facultades y se somete a las entrevistas, incluso cuando acaba el día y duerme, Brad se enfrenta a sus fantasmas, en forma de soledad, de jóvenes universitarias –que serán colegas de Troy- o de viejos amigos que reviven el pasado y lo hacen enfrentarse a la verdad. Triste verdad, quizá. 

El relato pone al protagonista –y al espectador adulto- frente al espejo del tiempo, ese que es el más incómodo en que mirarse. Brad se hace mayor, su hijo va a la universidad y a él le parece que ya no le queda nada por hacer. Salvo asumir que el tiempo se le ha escapado entre las manos… Aunque tal vez comprenda que no ha sido todo el tiempo, que queda más, y más por hacer y más por disfrutar y sentirse vivo.  

Algo en la mirada de Brad Sloan, en el gesto de Ben Stiller propone que pueda ser así. Stiller compone un personaje perfecto, maduro y nada ridículo, lejos de sus comedias bufas y mucho más cercano de la tragedia –sencilla y cotidiana, eso sí- del hombre moderno. Da gusto verlo en películas como esta.

 

UNA VIDA A LO GRANDE   (23.12.17)

Dir.: Alexander Payne. Pro.: Alexander Payne, Jim Taylor, Megan Ellison… Gui.: Alexander Payne, Jim Taylor. Int.: Matt Damon, Christoph Waltz, Hong Chau.

Novena película de Alexander Payne, un creador total: guionista, productor y director. Todas ellas son interesantes, pero esta llega después de tres extraordinarias: Entre copas, Los descendientes y Nebraska. Las expectativas en todo lo alto, por tanto.

Una vida a lo grande –y también el título original, Downsizing, más o menos Reducción- hace referencia al meollo del argumento. En un futuro no muy lejano, la superpoblación del planeta se va haciendo insostenible. Pero alguien tiene una idea genial –que se le ha ocurrido, seguramente, observando a las hormigas-: si los humanos fuéramos mucho más pequeños, tendríamos mucho más espacio para repartir.

Y unos científicos noruegos consiguen inventar un artefacto que reduce el tamaño de las personas, al tiempo que se construyen espacios –utensilios, casas, ciudades enteras- para ser poblados por los seres humanos diminutos. Y parece que la cosa funciona. Por lo menos, Paul, nuestro protagonista, parece satisfecho cuando llega a Ociolandia, la ciudad de las maravillas, en la que es todo un potentado. Claro que no es completamente feliz, como se verá enseguida.

Y lo que vemos también es que la película cambia de registro y casi de argumento. Tras una primera parte brillantísima en todos los sentidos, la narración toma otros derroteros, hasta el punto de que ya va a dar lo mismo que los protagonistas sean pequeños, medianos o grandes. La pantalla se oscurece y aparecen otras tramas, otros personajes y otros ambientes que parecían imposibles.

El relato gira ahora en torno a Ngoc Lan, una refugiada vietnamita –brillante revelación de la actriz tailandesa Hong Chau- que aparece como secundaria y acaba por conseguir todo el protagonismo. Ese cambio completo de registro resulta desconcertante, y remata en una especie de epílogo que resulta casi surrealista. La película, por eso, sin dejar de ser la fábula ecologista y humanitaria -la especie camina hacia la extinción y algo nos toca hacer- que pretende desde el principio, queda desigual y un poco cuesta abajo: las hipnóticas secuencias iniciales atrapan más que las finales; eso es grave, y aunque siempre está presente la mano maestra de Payne, quizá no sea esta la más original ni la mejor de sus películas.

 

SUBURBICON   (09.12.17)

Dir.: George Clooney. Pro.: George Clooney, Grant Heslov, Teddy Schwarzman. Gui.: Ethan, Joel Coen, George Clooney, Grant Heslov. Int.: Matt Damon, Julian Moore, Oscar Isaac

George Clooney es ese señor de 56 años, que lleva 40 en las pantallas, que ha intervenido en 79 títulos como actor, ha producido 36 obras y ha dirigido hasta la fecha 7 películas –recordemos Monuments men, Los idus de marzo y Buenas noches y buena suerte, por ejemplo- y que es uno de los personajes más atractivos y más simpáticos de Hollywood. Una estrella.

Su nueva película, Suburbicon, cuenta con un guion de los hermanos Coen, insistiendo una vez más en una colaboración que lo sitúa, alternativamente, delante o detrás de la cámara. La autoría de los Coen es más que evidente aquí, pero también el punto de vista de Clooney acerca de la sociedad de su país, a la que no deja de fustigar; aunque la acción se sitúe a mediados del pasado siglo.

Suburbicon es el barrio ideal en cualquier ciudad de cierta importancia. Todo parece perfecto en las bonitas casas, entre calles impolutas adornadas por jardines y parterres exquisitamente cuidados. Se respira tranquilidad, buen gusto y alegría de vivir. También en el hogar de los Gardner, un ejecutivo que parece feliz con su hijo, su mujer y su cuñada. Ellas, Rose y Margaret, son gemelas; y aunque la mujer quedó inválida en un accidente, son tan parecidas que no es de extrañar que la vida conyugal parezca no resentirse.

Pero en la casa de al lado hay un problema: acaban de llegar los nuevos propietarios, los Mayers: un matrimonio joven… y negro. Algo que hace temblar los cimientos de una comunidad tan armoniosa, homogénea y tremendamente racista. Y los acontecimientos se disparan en una insospechada escalada de violencia. Los vecinos cercan la casa de los Mayers, en un asedio cada vez más estrecho, más brutal. Y, por si fuera poco, en la de los Gardner penetran en plena noche un par de maleantes que se llevan todo lo que pueden, maltratan a los propietarios y provocan una terrible tragedia.

Lo que viene a continuación son las consecuencias de esos acontecimientos. Y se desarrolla una doble trama, más en primer plano la de la familia Gardner, con policías, peritos, delincuentes de doble filo y sorprendentes relaciones familiares, pero quizá más potente la de los Mayers: ahí hay una metáfora, una trascendencia y un zurriagazo a la sociedad más típica norteamericana de entonces y ahora, los puros “wasp” –blancos, anglosajones, protestantes- que habitan las mejores urbanizaciones del país.

Sobre el escenario bastante negro, generalmente canalla y nunca desprovisto de suspense y de emoción cercana al espanto de los Coen planea el punto de vista de Clooney, más universal y, aunque no lo parezca, mucho más radical y vitriólico. En cualquier familia, una mala tarde la tiene cualquiera; pero si una masa, una nación está enferma –de odio, de xenofobia, de cualquier otra fobia-, eso es mucho más inquietante y trascendente. Si además el ejemplo se filma con la elegancia y la precisión que hay en Suburbicon, el resultado es una obra notable y necesaria.

 

PERFECTOS DESCONOCIDOS   (02.12.17)

Dir.: Álex de la Iglesia. Pro.: Álvaro Augustín, Ghislain Barrois. Gui.: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría. Int.: Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio. Y Juana Acosta, Eduardo Noriega, Dafne Fernández y Pepón Nieto. Y Beatriz Olivares.

Nueva película de Álex de la Iglesia, un director cada vez más prolífico y siempre estimulante. Ya hace más de 20 años de sus primeros éxitos Acción mutante  y El día de la bestia; pero lleva ya quince largometrajes –más cortos, series y telepelis-, los últimos cinco en cuatro años. Es un no parar, se ve que este ritmo le va bien.

Los “perfectos desconocidos” de ahora no lo son tanto; al menos, cuando empieza la película. Eva y Alfonso son un matrimonio como hay tantos. Esta noche –noche de luna llena y eclipse, con lo peligroso que es eso- esperan a sus amigos a cenar: Eduardo y Blanca, pareja reciente, Ana y Antonio, que ya sabemos que se guardan algún secretillo, y Pepe y su novia, a la que todavía no conocen. Con los anfitriones está Sofía, su hija adolescente, que saldrá de marcha en cuanto lleguen los invitados. Y esos son todos los personajes.

Y la casa, el único escenario. Los siete amigos –al final, Pepe viene solo- se sientan a cenar. Y surge una iniciativa, un juego que parece inocente. ¿Y si todos dejan sus móviles encima de la mesa y se leen en público los mensajes y se atienden en alto las llamadas? Claro, como ninguno tiene nada que ocultar ni que objetar, la propuesta es aceptada. Y comienzan a pasar cosas. Algunas, indiscretas, algunas, equívocas; otras, muy divertidas. Y otras todavía más, de puro trágicas.

Porque la película es una comedia bufa, procedente sin duda del cine italiano, la obra preexistente de Paolo Genovese del mismo título, en cuyo guion se inspira. Pero De la Iglesia y Guerrica-echevarría la han trasladado muy hábilmente a nuestros tipos y nuestras latitudes: todos los personajes son reconocibles, también gracias al espléndido trabajo de sus intérpretes.

Se podría destacar a Ernesto Alterio –con un papel para lucirse-, Pepón Nieto y Belén Rueda, pero seguramente sería injusto para sus compañeros, porque todo el reparto está espléndido.

Muy bien coreografiado, además. Álex de la Iglesia los encierra en un casi único decorado, el comedor y poco más. Esos escenarios herméticos le encantan al director y recurre a ellos frecuentemente. Este no es como el de El bar, de donde los personajes no podían salir, pero se le asemeja: todos aquí están atados a la mesa, en donde los móviles vomitan sorpresas, mentiras dolorosas, confusiones divertidas y certezas como puñales. 

Y la cámara vuela sin respiro de uno a otro, escudriñando hasta los rincones más velados, más escondidos y más secretos. Sin pausa y sin error, con una habilidad que raya en la maestría. Es toda una lección de cine, además de una propuesta estimulante, pelín amarga y todo el rato verdadera.

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